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El Superhombre y otras novedades

Chapter 30: ÍNDICE
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About This Book

A collection of critical essays examining late nineteenth-century literary productions, offering concise portraits of contemporary writers, reviews of books, and reflections on trends such as regionalism, French influence, and the vogue for the superman. The author balances praise and reservation, contrasting national literary merits, parsing stylistic affinities, and critiquing hyperbolic admiration and blind imitation. Essays mix close readings, comparative observations, and cultural commentary to assess aesthetic claims, biographical sketches, and the reception of foreign ideas, aiming to guide readers through evolving tastes and debates in letters.

La sima, con todo, tiene, según mi modo de sentir, algo de poco simpático, que no me atrevo a calificar de defecto, pero me alegraría de que desapareciese en otras obras del autor cuando las escriba. Y no dudo yo que habrá de escribirlas, por la gran disposición que ha mostrado en la ya escrita, y por el merecido aplauso con que el público le alentará de seguro.

El defecto, llamémosle así, es el más tremendo pesimismo. La aprobación y hasta si se quiere la admiración que como obra de arte nos causa La sima, no va acompañada de puro deleite estético, sino harto amargada y hasta emponzoñada por el espectáculo de la vileza y de la maldad de los seres humanos, y por ciertas dudas impías y desesperadas sobre la Providencia del cielo.

No se crea por lo dicho que acuse yo al señor Ortiz de Pinedo de crear personajes exageradamente malos. El peor de cuantos en La sima figuran tiene en el mundo, fuerza es confesarlo, modelos más viciosos, más perversos y más ruines. No peca, pues, el Sr. Ortiz de Pinedo por crear seres humanos peores que los que en realidad existen; peca porque aparta del lado, y digámoslo así, de la esfera de acción y de pasión de la heroína de su novela a quien ha decidido hundir en la más negra sima a todo hombre y a toda mujer capaz de sentir por ella un noble y desinteresado afecto que pueda, sepa y quiera darle buenos consejos, prever el precipicio en que va a caer y sostenerla para que no caiga, tenderle una mano cariñosa y fuerte para levantarla de su caída o sostenerla al menos en su ya irremediable infortunio.

Ramona, hija del prestamista usurero don Felipe, que ha llegado a ser muy rico, se educa en un excelente y aristocrático colegio de señoritas, donde, sobre su buen fondo natural, pone la educación los más delicados sentimientos. Por desgracia, Ramona, de acuerdo con la sentencia evangélica, es cándida como las palomas, pero dista muchísimo de cumplir con la primera parte del consejo o del precepto: no es prudente como la serpiente. Notoria es su imprevisión y lastimosa su ineptitud para la vida. Guardará en su alma un tesoro de virtudes, pero desde luego se ve que carece de las dos virtudes cardinales que más nos importan: de la prudencia y de la fortaleza.

Ramona se casa con un joven marqués sin que se vea en la novela que se casa por amor. Se casa por casarse y por ser marquesa. El marqués quiere dorar sus blasones por medio del casamiento, así como ella quiere blasonar su oro. Caso es éste que ocurre con harta frecuencia. No sostendré yo que moralmente sea muy bonito. Poco airoso es para un hombre valerse de sus títulos nobiliarios y del esplendor con que le rodea la alta sociedad en que vive, para conseguir que una mujer le mantenga. No siempre, sin embargo, tales contratos matrimoniales traen aparejada la desventura. Tal vez el marido titulado es un bendito, tan lleno de gratitud y de afecto hacia su rica consorte, como Elías o San Pablo, primer ermitaño, hacia los cuervos que les traían el alimento. Y tal vez, si el marido titulado es listo, el dinero de su mujer vale para auparle y le sirve de trampolín para entrar con desahogo en la vida política, escalar los puestos más altos y brillar y hacer brillar en ellos a su compañera.

No es esto negar que el marido poseedor del título no pueda ser, y no sea a veces, ya un tonti-loco, ya un desalmado sinvergüenza, ya el más derrochador y vicioso de todos los hombres; pero de todo esto parece inverosímil que no se tuviese alguna noticia antes de la boda y aun antes del noviazgo. ¿Cómo es que el padre y la madre de la niña no se opusieron? ¿Qué ceguedad tan grande no fue la de la misma niña y tan injustificada y tan apenas explicada, ya que su amor no se ve que fuera muy vehemente para rendirse y entregarse en cuerpo y en alma a un perdido, sólo casi con el mero aliciente del marquesado?

En el caso de La sima, la docilidad de Ramona raya en tontería y en poco verosímil debilidad de carácter; pero menos verosímil es aún que D. Felipe, padre de ella, que debía de ser muy experto en crematística, no prevea la ruina de su yerno, y, por consiguiente, de su hija, y no procure evitarla. La única que lo procura es la madre, y la madre muere de un sofocón.

Don Felipe, que según se trasluce, estaba ya en vida de su mujer enredado con la sirvienta, se casa con ella no bien enviuda. Lance es éste naturalísimo, vulgar y verosímil. Lo que es raro, por dicha, es la maldad completa de todo individuo. Siempre, o casi, siempre, al lado de las más perversas cualidades, suele entrar alguna buena o mediana entre los ingredientes que componen el carácter de cada persona. La más desaforada piruja, la que, abusando de la lascivia senil y fomentándola con maña diabólica, llega a apoderarse del corazón y de las riquezas de un viejo chocho, ya suele mostrarse generosa para hacerse perdonar sus bellaquerías, aun sin tener el menor resquicio de bondad en su alma, ya para serenar su conciencia echa en la balanza de sus acciones alguna buena que sirva de contrapeso a las malas. No digo que Nicolasa, la madrastra de la marquesa Ramona, sea una criatura inverosímil de puro mala. Hay o debe de haber muchas Nicolasas en la vida real y en la sociedad en que vivimos. Lo raro en todo esto, lo que parece, no resultado del natural encadenamiento de las cosas, sino maraña o trama urdida por el mismo diablo, es que no haya en torno, ni cerca, ni lejos de la pobre Ramona sujeto masculino ni femenino que sea honrado, decente y cariñoso con ella y que para algo pueda serle útil. El único ser que tiene para ella amistosa y desinteresada devoción es un pobrecito jorobado, desvalido y casi inútil.

¿Cómo es posible que Ramona no tuviese una amiga en sus antiguas compañeras de colegio o entre las personas de la clase media que debían visitar y tratar a su padre y a su madre, o entre las damas elegantes que hubo ella de conocer y de agasajar en su casa antes de quedar arruinada? Bien sé yo que al que se queda pobre la gente suele despreciarle y volverle la espalda, pero no hasta el extremo de que no quede una sola criatura racional que le tienda la mano y que le aliente y consuele.

En el colegio, y aún después, Ramona, educada católicamente, hubo de tener confesores, hubo de tratar con sacerdotes. ¿Cómo no halló uno menos indiferente y frío de entrañas, menos despegado y duro para ella que el padre Zubulzu?

Ramona era bonita, elegante, no tenía nada de necia y mientras vivió en la alta sociedad, y no cayó en la sima, hubo de tener admiradores, amigos jóvenes y viejos que la estimasen, que la atendiesen, y con alguno de los cuales, a pesar de todo su recato y severidad de costumbres, pudo ella ser amable, concediendo aquellos favores de casta predilección y de limpia y amistosa confianza que no ya la austera virtud, pero ni la santidad prohíbe. ¿Cómo es que ninguno de esos amigos trató primero de evitar que cayese en la sima, o procuró después sacarla de ella sin exigirle en pago la humillación y la deshonra?

Posible es que las circunstancias se dispongan de tal suerte que un desgraciado no halle persona a quien volver la cara; pero no se debe suponer, sin insultar ni calumniar al linaje humano, que el desgraciado no halle a dicha persona porque en realidad no exista en el mundo. La desventura de Ramona llega, pues, al más raro cuando no al más increíble de los extremos. Fuera del jorobado, nadie hay que la asista ni que mire por ella: ni criadas ni otra gente humilde, ni personas, de la clase media, amigas o parientes de su familia, ni damas y caballeros de la sociedad aristocrática en que se ha criado y después ha vivido.

Extraña es también la completa y espantosa miseria hasta donde el autor conduce a su heroína, dotándola para ello de generosidad tan magnánima, que no puede menos de confundirse un poco con la simpleza hasta en el pensamiento de las personas más novelescas y despreciadoras de los intereses materiales.

A cualquiera se le ocurre, por último, la idea de que una mujer sana y joven, de veinticinco o veintiséis años, educada con esmero, debe de tener alguna habilidad, saber algo, disponer de algún medio, industria o recurso para ganarse honradamente la vida. Puede ser aya, maestra o acompañanta de señoritas ricas. Puede enseñar música, francés, inglés, labores de manos y hasta primeras letras. Puede bordar, pintar, hacer algo, en suma, que le valga dos o tres pesetas diarias. La mala suerte aprieta, pero no siempre ahoga. En La sima se nota demasiado el decidido empeño del autor de precipitar en ella a su heroína arrojándola en tamaña hondura que no le sea posible salir; que no le quede más recurso que la muerte o la infamia. Impulsada Ramona por la tétrica imaginación del Sr. Ortiz de Pinedo, viene a caer fatalmente en este horrible dilema: o suicidarse, o ser la manceba del torero Severiano, alias el Zuncho. Y como la infeliz Ramona carece del valor que para el suicidio premeditado se requiere, o bien, si el valor no le falta, su conciencia moral o religiosa le veda cometer tan horrendo crimen, Ramona opta por el otro término del dilema, y bien se ve, al terminar la novela, que va a incurrir en un pecado más feo, más sucio y más plebeyo, aunque menos feroz y menos contrario que el suicidio al orden natural y a la razón y a la voluntad divinas.

Durante la lectura de las últimas páginas de La sima nos forjamos por algunos momentos la grata ilusión de que Ramona, en medio de su abandono, iba a hallar un noble valedor en el torero: alguien que la protegiese sin exigirle brutalmente la paga; pero, como ya queda indicado, esta ilusión se desvanece pronto. El torero no es mejor que los demás seres de nuestra especie. Unicamente sobresale entre ellos por su energía, pero esta energía no manifiesta su actividad por ningún generoso impulso, sino movida sólo por egoístas y bestiales apetitos.

A pesar de cuanto queda dicho, a pesar de ciertas impropiedades e inverosimilitudes en los pormenores, y a pesar de varias coincidencias que sobrevienen demasiado a propósito para que parezcan fortuitas, como la imprevista aparición del torero en una grave ocasión en que salva a Ramona del trance más vergonzoso y desastrado, La sima está planeada y escrita con tal arte, que su lectura interesa, atrae y seduce, aunque en vez de deleitar aflija, acabando por descorazonar, si no tuviésemos el recurso de reflexionar que todo es fingido y falso, que todo es amañado, exagerado y teratológico, y no ordinario y corriente, por fortuna.

En resolución, yo me atrevo a calificar al Sr. Ortiz de Pinedo de buen pintor de costumbres, aunque me alegraría de que mostrase menos amarga predilección por la pintora de las malas, y de que pusiese menos color negro, menos sombras y más luz, y más tintas de rosa y de azul de cielo en su paleta. Tal vez en lo futuro lo haga así, sin obstinarse en producir extraordinarios efectos contristando más de lo justo el ánimo de sus lectores. Muchísimo, en mi sentir, ganará con esto el Sr. Ortiz de Pinedo.

IV

Así como todo lector cándido y crédulo podrá inferir después de leer La sima que es una abominable patulea la mayoría de los seres humanos, la lectura de otra flamante novela que tengo sobre mi mesa, y cuyo título es Nieve y cieno, puede inducir en error menos cruel, pero no menos evidente. ¿Es verosímil, es frecuente en la vida real que haya un gran conjunto de hombres y de mujeres apacibles, sencillos, virtuosos y buenos a carta cabal, los cuales vivirían feliz y honradamente en un perpetuo y almibarado idilio, si no hubiese un tirano que les impusiese su yugo, que los tratase a puntapiés y que los dominase a su antojo, como fiero y rústico pastor a rebaño manso e inerme.

Esta idea de la bondad de la muchedumbre y de la desventura a que la condena un solo malvado que sobre ella impera o prevalece, es idea menos misantrópica que la de suponer que todos, o casi todos, somos perversos; pero es idea no menos falsa y muchísimo mas vulgarizada. Los malos príncipes, los gobiernos estúpidos o inmorales, los jueces inicuos, la autoridad, en suma, de cualquier grado o clase que sea, tiene, para los que piensan de dicha suerte, la culpa de todos los males. Si una ciudad, villa o aldea se empobrece y se arruina; si sus habitantes pierden el bienestar, el reposo y la cultura de que en otro tiempo gozaban, culpa es del ayuntamiento o del alcalde. Y si una nación decae, si pierde su poder y su crédito, y si las naciones extrañas la ofenden o la menosprecian, culpa es del monarca o de sus tontos y perversos ministros. Lo falso que es pensar de la mencionada manera se advierte a las claras, considerando que ni el alcalde, ni el ayuntamiento, ni el rey, ni los ministros, ni nadie de cuantos se sobreponen y mandan incurrirían en maldades y harían cosas estúpidas, si no los sostuviese en su maldad y en su estupidez, colaborando con ellos, cuando no la mayor parte, la más activa y briosa de los seres que componen la nación, la ciudad, la villa o la aldea. En todo pecado, en todo crimen, en toda tiranía, apenas hay nunca nada de imputable a uno solo. La sociedad entera debe responder de las tonterías del poder cuando da el poder a los tontos, y declararse culpada de los desmanes y delitos de ese mismo poder que la representa y que ella crea, sostiene y aguanta.

No se entienda por esto que supongamos indispensables, ni siquiera convenientes la desconfianza perpetua o la frecuente insurrección de los gobernados para que éstos no se hagan, a par de víctimas, cómplices de las torpezas, desmanes y crímenes de los que gobiernan. Lo que yo supongo, y lo que creo casi a pies juntillas, es que el tirano, benévolo o malévolo, monarca o tribuno, presidente de la república, alcalde de monterilla o cacique, se cría, se nutre o respira en el medio ambiente, cumple la voluntad de los más o de los que más valen por el número o por la energía, y no sería lo que es si no le prestasen auxilio y apoyo para que tal sea. Tal vez Nerón, si volviese a reinar en el día en una nación culta de Europa, sería un rey constitucional afabilísimo, algo enamorado y amigo de divertirse, pero muy generoso protector de las ciencias y de las artes; tendría a su lado a algún compositor de óperas como Wagner, a alguna excelente bailarina como Lola Montes, y a un brillante séquito de arquitectos, escultores, pintores, poetas, literatos y sabios. Tal vez Felipe II, si resucitase y reinase de nuevo en España, él, tan identificado con el espíritu nacional y con el pensamiento nacional de entonces, sería hoy no menos cominero y desconfiado y no menos engorroso que ya lo fue; pero dejándose llevar de la corriente de los tiempos, lejos de ser fanático, sería librepensador, aunque con disimulo, con firmeza, y procuraría por diferentes orientaciones, como se dice ahora, aquel engrandecimiento y aquella prosperidad de sus Estados que sin duda procuró cuando reinaba por vez primera.

Traigo a cuento todo lo antedicho para fundamento de la opinión que voy a dar sobre la ya citada novela Nieve y cieno. Es la nieve, si no la población entera, la gran mayoría de los habitantes de una pintoresca y linda villa de las Alpujarras, situada en la fértil aunque riscosa falda del encumbrado Veleta, y designada con el seudónimo de Iberuela. Y son el cieno el alcalde o cacique y su hijo Lucas, par de encarnados demonios que todo lo añascan. Si no fuera por ellos, aquel lugar sería un Paraíso. La campesina sencillez de costumbres, la inocencia alegre y suave y el amor puro reinarían allí si no fuese porque Lucas, el hijo del alcalde, está prendado, a modo de lascivo sátiro, de la gentil Esperanza, dechado de todas las virtudes y demás buenas prendas que pueden realzar el mérito de una muchacha. El padre de ésta es un excelente sujeto. Y el señor cura, D. Serafín, un verdadero santo varón, un venerable siervo de Dios, un modelo de curas. Su sobrino, Luciano, no le va en zaga en punto a perfecciones morales. Es desinteresado, discreto, trabajador, instruido y valiente, dando pruebas de lo último en la guerra de Cuba, donde tuvo que ir a pelear porque le cayó la cédula de soldado. Vuelto ya al lugar con la licencia absoluta, viene a ser maestro de escuela, y enseña tan bien a los chicos y con tanto tino y afecto, que los chicos y los padres de familia le bendicen y le aman.

Desde antes que Luciano fuese a militar en la Perla de las Antillas, desde la infancia casi, o sin casi, Luciano y Esperanza eran novios; estaban dulcemente encadenados por el florido lazo de los más castos y delicados amores.

En la novela Nieve y cieno, cuyo autor es el Sr. D. José Joaquín Domínguez, magistral, a lo que entiendo, de la santa iglesia catedral de Guadix, todo cuanto llevo contado en cifra está primorosamente contado por extenso, con rara y castiza elegancia de estilo, con espontánea naturalidad y con tal viveza y con tal riqueza de colorido que acreditan de excelente e inspirado escritor a quien lo hace, demostrando además que pinta lo que ha visto, que lo toma del natural y que siente y ama y refleja en su alma toda aquella hermosura, no ya sólo como en fiel espejo, sino adornada, glorificada e iluminada asimismo por ideales resplandores.

La historia amorosa de Nieve y cieno sería tan grata y apacible, aunque harto menos sensual y mucho más etérea, que la de Dafnis y Cloe, si no fuese, como ya queda indicado, por el pícaro Lucas, hijo del cacique. Éste lo echa todo a perder de la manera más imprevista, brutal y cruenta.

Como era naturalísimo, los enamorados Luciano y Esperanza llegan al término de sus legítimos deseos, y reciben la bendición nupcial en la iglesia; pero, coram pópulo, cuando entre la multitud, y con general regocijo, salen de la iglesia los recién casados, Lucas aparece, se arroja sobre Luciano como un tigre sobre su presa, y le da muerte con dos certeras y terribles puñaladas.

Lastimoso es el hecho. No carece de verosimilitud, aunque es extraño que alguien, por empedernido, cínico y feroz criminal que sea, recurra al asesinato con tan escaso disimulo. Por más que se cumpla la frase o sentencia proverbial que afirma que nada es muy peligroso ni muy difícil de realizar cuando se tiene el padre alcalde, más extraño es aún que el asesinato de Luciano quede impune, y hasta que sea aplaudido por la autoridad superior, lo cual se indica y se presume por el final de la novela. El padre de Lucas, el alcalde o cacique, Antolín Carrejo, va a la capital y trata de probar, y prueba, que Luciano era un tremendo conspirador, algo a modo de un Lucio Sergio Catilina, y que había sido muerto para que la república, la paz y el orden se salvasen. A ciencia y paciencia del honrado vecindario de Iberuela, tan amante de Luciano y tan ligado a él por la admiración y la gratitud, ¿cómo pudo forjarse sin contradicción ni protesta tan inicua maraña? ¿Cómo pudo quedar sin correctivo y pena tan negro crimen? ¿Cómo eran tan tímidos o tan incapaces los habitantes de Iberuela, que tamaño horror consintiesen y sufriesen? Y, en todo caso, sin negar la posibilidad, porque apenas hay nada que no sea posible, ¿es lícito inferir de un hecho singular y anormal una general proposición afirmativa? ¿El caciquismo es siempre causa de infortunios y de inmoralidades? En el día de hoy, el más bullidor, el más sabio o el más rico de cada lugar, donde suele disponer y mandar cuanto se dispone y se manda, se designa chistosamente con el apodo de cacique, lo cual no deja de ser ofensivo para sus conciudadanos, quienes de un modo implícito quedan calificados de indios bravos o semisalvajes. ¿Pero cuándo no hubo o cuándo dejará de haber caciques, aunque con otro nombre o apodo los designemos? Desde antes que Cadmo aportase a Grecia, y desde antes que Saturno reinase en Italia, en Grecia y en Italia hubo caciques. Y lo que es en España los hubo muy viciosos desde los tiempos antiquísimos de los Geriones, de quienes en balde nos libertaron Osiris y el Hércules egipcio, ya que después dominó este desventurado país casi sin interrupción una larga serie de no menos feroces tiranos. Véase, pues, cómo el caciquismo es achaque antiguo por donde quiera, y muy singularmente en España, y cómo semejante plaga no puede ni debe considerarse como deplorable novedad introducida e implantada entre nosotros por constitución o régimen político de última moda.

Sea de todo ello lo que debe ser, y prescindiendo de la tesis, si en Nieve y cieno es lícito traslucir que la hay, bien puede asegurarse que dicha novela es de muy grata y apacible lectura hasta que ocurre la tragedia con que termina. Y bien puede asegurarse que el señor D. José Joaquín Domínguez escribe con muy castiza elegancia y delicado gusto, y deja conocer, sin afectación y sin importunos alardes, que ha estudiado bien a nuestros clásicos y a los de la docta antigüedad griega y romana, sin copiar servilmente nada de ellos, sino poniendo en su estilo sabor y aroma, como el que presta al vino nuevo la solera de vino rancio y generoso que el antiguo vaso contiene.

Quisiera yo dar aquí noticia de otros cuentos y novelas recientemente publicados. La cosecha, como ya indiqué, es abundantísima en el siglo presente y también lo fue en el pasado. Me arredra, pues, fatigar a mis lectores. Y sin perjuicio de emprender de nuevo la tarea de crítico en otra ocasión en que me sienta yo menos cansado, me limitaré ahora a citar por sus títulos a Tomás I, por D. José Jesús García, impreso en Almería; a Gondar y Fortaleza, por el marqués de Figueroa; a Suelo, por D. Sebastián Gomila, edición de Barcelona; A la sombra de la mezquita, cuentos cordobeses, por D. Julio Pellicer; La mujer de Ojeda (Alicante, 1901), por D. Gabriel Miró; Naderías, cuentos y artículos, por don Alfonso Jara, y Del bulto a la Coracha, por el ya muy estimado y celebrado malagueño don Arturo Reyes.

Hoy, por último, sólo daré cuenta de una novela de un escritor sevillano, conocido ya por erudito y también por elegantísimo e ingenioso poeta. Como novelista, no sé yo que D. Luis Montoto, el escritor a quien aludo, haya publicado nada antes de escribir y de publicar la novela que lleva por título Los cuatro ochavos. Como poeta lírico le conocía yo y le estimaba en mucho desde hace tiempo. En el movimiento intelectual y en la actividad literaria de que es centro Sevilla, figura entre los más ilustres literatos. Con su novela Los cuatro ochavos viene ahora a colocarse, sin duda, entre los mejores y más originales novelistas de toda España.

La historia que nos cuenta está inmediatamente tomada de la realidad. Todo en ella, más que de ficción, tiene trazas de fiel trasunto de cosas que se han presenciado; no de nada que se inventa, sino de sucesos y de personas que se recuerdan. Y sin embargo, de los tales sucesos y personas, que aparecen vulgarísimos al empezar la narración, brota y se desenvuelve luego la encantadora poesía.

Don Antonio, el principal personaje, el dueño de los cuatro ochavos, se nos muestra al principio tímido, engreído con sus riquezas, egoísta y hasta pervertido y vicioso, no arrastrado por pasiones violentas, sino por debilidad de carácter.

El interés de esta curiosa novela, lo que verdaderamente nos la hace simpática, no es la transformación o el cambio, porque nada cambia ni se transforma, sino la aparición cada vez más clara y más brillante de la bondad, nobleza y dulzura del alma de D. Antonio, que va desechando poco a poco sus miserias y sus vicios por debilidad contraídos, y acaba por resplandecer en su desnudez espiritual, limpia, inmaculada y rica de bondadosos afectos.

El valer moral del a primera vista insignificante D. Antonio va elevándose gradualmente hasta que, en nuestro concepto, se transfigura y aparece cercado de simpáticos resplandores.

Su generosidad, mal empleada primero, ya en mujeres livianas, ya en sostener en la holganza y la crápula al desvergonzado parásito Pepe Carranza, empieza a tomar atinada dirección merced al cariño, sin el menor viso ni asomo de concupiscencia, que le inspira Soledad, fiel y honrada ama de llaves. Se extrema después la bondad del corazón de D. Antonio cuando recoge al niño Angelito, que providencialmente viene a ponerse bajo su amparo, y que es hijo de Soledad y del anarquista Isaías, que ha tenido que huir y que emigrar a Buenos Aires.

El amor paternal que siente D. Antonio por el niño que ha recogido, sin que Soledad se haya valido de maña ni de astucia para que le recoja y le ame, hace ya a D. Antonio digno de veneración y simpatía.

El ulterior y bien motivado examen de conciencia que hace D. Antonio recorriendo punto por punto su vida pasada y reconociendo con pena y arrepentimiento cuán inútil y estéril ha sido, le realza y le purifica a nuestros ojos, le pone muy por cima de sus cuatro ochavos, de que antes cándidamente se ufanaba, y le eleva también sobre las personas miserables e interesadas que le rodean: sobre el parásito Pepe Carranza y sobre sus destestables parientes Teodorita y Ricardo, que ansiaban heredarle y que al fin le heredan.

Tampoco en esta novela de Los cuatro ochavos triunfa la virtud en el mundo. Teodorita y Ricardo son los que triunfan. Bien puede decirse que son ellos los que matan a disgustos a D. Antonio.

El fin de la novela no puede ser más trágico. Si sólo se atiende a lo material y externo de la vida humana, no puede ser más pesimista. Soledad queda desvalida, acusada de ladrona y casi deshonrada. Su marido, que ha vuelto de Buenos Aires y ha tomado parte en un tremendo motín popular, muere de un balazo capitaneando las turbas. Y el bueno de D. Antonio, sin persona amiga que cuide de él, y entre las rapaces garras de sus infames primos, acaba lastimosamente su vida.

Pero lo singular de todo esto, lo que prueba que el estilo, las creencias y los sentimientos del narrador y la luz del cielo con que tal vez ilumina los casos más crueles y las mayores catástrofes pueden trocar el mal en bien y convertir el veneno en triaca, es que Angelito y Soledad, tan desventurados materialmente, se hacen dignos de envidia y de gloria, y el pobre de D. Antonio, que al principio de la novela casi nos infunde desprecio y es objeto de risa y de burla, acaba por ser amado y venerado de los lectores.

El dejo que en el ánimo de ellos debe de quedar después de leída la novela no es desconsolador ni depresivo, sino que está lleno de suave y religiosa consolación y de la moralidad más verdadera y más alta. Y cuando esto no se opone, sino que se aviene y se concierta con el entretenimiento ameno que obras de esta clase han de traer consigo (porque si lo moral fuese aburrido, lo moral se convertiría en inmoral, ya que haría lo moral odioso), dichas obras merecen todo aplauso y cumplen hábil y discretamente con el fin que ha de proponerse el novelista, deleitando y enseñando a la vez, sin fastidiar el espíritu, sin darnos un mal rato, sin entristecer ni oprimir los corazones.

Yo creo que la novela del Sr. Montoto realiza cumplidamente el mencionado fin. Por eso me complazco en celebrarla, envío a su autor mi más cordial enhorabuena, y le excito, hasta donde mi aprobación y mis alabanzas alcancen, a que siga escribiendo narraciones con el acierto que puede esperarse del que ya en Los cuatro ochavos se advierte y celebra.


Sobre la CUESTIÓN DE AMBIENTE


Al Sr. D. Antonio de Hoyos.

Mi distinguido amigo: He leído con la debida atención la novela de usted que tiene por título Cuestión de ambiente, y voy a decirle con franqueza el parecer que sobre ella me pide. Dicha obra demuestra, a mi ver, que su autor posee imaginación muy viva, natural sencillez y facilidad de estilo, nada vulgar aptitud para la observación, y arte y buen tino para ordenar después, expresar y narrar lo observado.

Todas estas prendas lucirían, sin embargo, mucho más en usted y darían más sazonado fruto, si la lectura de ciertos libros extranjeros que están de moda, como los de Bourget, Marcelo Prévot y D'Annuncio no pesasen sobre la condición propia del ingenio de usted, llevándole por caminos muy otros de los que espontáneamente hubiera seguido.

También perjudican a usted no poco la prontitud y la precocidad, apenas cumplidos los veinte años, con que se ha puesto a escribir y con que escribe, sin conceder a la reflexión y a la crítica tiempo bastante para discernir los conceptos y valerse sólo en sus planes de los más pertinentes y de los más en armonía, esquivando, sobre todo, multitud de cuestiones que valiéndome de vocablo harto familiar, me atreveré a calificar de peliagudas.

Menester es, si tales cuestiones han de tocarse sin escandalizar a las gentes, que por larga experiencia y profundo estudio sepa tocarlas el escritor con destreza y suavidad, como el cirujano y el dentista que manejan bien el escalpelo y el gatillo para rebanarnos un pedazo de carne o para sacarnos una muela sin inútil dolor y sin grave daño.

En el fervor juvenil de la inspiración usted hace lo contrario. Lejos de esquivar dificultades, se diría que las amontona, colocándolas como estorbo a su paso para saltar por cima como quiera que sea y derribándolo todo.

De aquí, sin duda, las acusaciones que he oído lanzar contra la obra de usted, y que yo considero esencialmente injustas, aunque algo fundadas en varios irreflexivos atrevimientos.

La novela de usted no es sólo cuestión de ambiente, sino también cuestión de todo lo cuestionable. Bien puede afirmarse que es usted un escritor muy sugestivo de cuestiones. A cada paso que da Ignacio, el protagonista de la novela, salta una o más cuestiones, como saltan las ranas cuando alguien va andando por la húmeda orilla cubierta de larga hierba de un estanque o de una laguna. Así como las ranas, espantadas, se zambullen en el agua, así las cuestiones que usted suscita se quedan por resolver y se pierden en la corriente de los sucesos que usted va contando.

Yo me inclino a creer que las bodas más se hacen por conveniencia y cálculo que por previos y poéticos amores. No quiero decir que así debe ser, sino que así es. Acaso de cada cincuenta, acaso de ciento o más parejas que se casan, una sola se enamoró primero. Nótese, en prueba de la verdad de este aserto, que apenas hay historia, verídica o fabulosa, de dos muy finos amantes cuyo término venga a ser el matrimonio. Ni Hero y Leandro, ni Píramo y Tisbe, ni Lanzarote y Ginebra, ni Tristán e Iseo, ni Paolo y Franchesca, ni Abelardo y Eloísa, ni Diego Marsilla e Isabel de Segura, ni Julieta y Romeo, ni Calixto y Melibea, ni Dante y Beatriz, ni Petrarca y Laura estuvieron nunca casados.

Convengamos en que si algo parecido a poéticos amores hubiera de preceder a todo legítimo consorcio, el género humano se compondría casi de solteros, y habría poco hogar doméstico estable y como Dios manda.

Y, sin embargo, aun dando lo antedicho por evidente, ¿no se hubiera ajustado mejor al propósito de usted que Ignacio se hubiera enamorado fervorosamente de la señorita Eulalia antes de casarse con ella? Así se explicaría mejor lo que sin llegar a ser imposible frisa en inverosímil: que a Ignacio le suceda algo de muy semejante a lo que sucede al tenor Fernando en la linda ópera titulada La Favorita. Ignacio, no menos inocentón, sonámbulo y distraído, aunque también no menos celoso de su honra que el tenor a que nos referimos, se casa con Eulalia, sin llegar a enterarse de lo que antes había pasado. Y aquí, lejos de disminuir dificultades, usted las acrecienta y las multiplica, en mi sentir sin necesidad. Bastaba que se supiese por toda la sociedad de Madrid el desliz o los deslices de Eulalia con un hombre casado. ¿Para qué suponer además que Eulalia guardaba íntimamente prendas de tal hombre? ¿No hubiera sido más prudente, ya que el novelista puede suponer cuanto se le antoje, o que Eulalia no hubiera llegado a tener tales prendas, o que las hubiera soltado natural y sigilosamente antes de concertar su boda?

Pues no señor; usted se empeña en que el negocio sea más raro y más difícil de explicar, y usted dispone que la boda se celebre a escape a fin de que no sobrevenga el fenómeno de la aparición de una criatura humana perfecta y mucho menos que sietemesina.

En vista de cuanto va sucediendo y usted relatando, no pocas personas acusan a usted de sobrado pesimista y de que pinta con los más negros colores la inmoralidad y los vicios de la alta sociedad a que pertenece.

Lo que es yo disto mucho de ver en usted tan mala intención. Y no entiendo tampoco que sea el resultado malo, aunque la intención sea buena.

La verdad es, por más que sea muy triste verdad, que las más nobles virtudes y las más acendradas excelencias morales, no llegan a dar clara muestra de sí ni se manifiestan bien ni resplandecen, si los vicios, los pecados y las maldades no dan ocasión o causa para ello. La virtud, digámoslo así, sería como un capullo que jamás llegaría a ser flor perfecta abriendo el cáliz, desplegando los pétalos y embalsamando el aire con su aroma, si el vicio, sin querer, y por contradicción, no interviniese en el asunto. ¿Hubiera habido mártires si no hubiera habido desalmados y feroces tiranos que los pusiesen en la alternativa de renegar de su Dios y de adorar los ídolos o de ser devorados por las fieras, desollados o quemados vivos o sometidos a otros exquisitos y muy crueles tormentos? Sin bárbaras e incultas naciones que someter y domar, sin despotismos que derribar, sin injusticias que castigar y sin perdidas libertades que volver a adquirir, la valentía y el denuedo militar, ¿de qué suerte podrían manifestarse?

Deduzco yo de aquí que toda la picardía de la señorita Eulalia y su doblez y sus embustes eran indispensables, para que el pundonor, la honradez, el candor y la inocencia de Ignacio apareciesen de realce, como punto luminoso y lleno de hermosura sobre el fondo obscuro del cuadro.

El empeño que tiene la Duquesa en seducir a Ignacio y los medios elegantes y alambicados de que se vale para conseguirlo, me parecen tan bien traídos como lindamente descritos, y no deben asustar a las personas más pudorosas. Su representación y narración por circunstanciadas que sean y a pesar de toda la verdad y viveza con que se pinten, no deben ser tenidas por inmorales. Las historias sagradas y profanas están llenas de casos parecidos. Sin la mujer de Putifar jamás hubiera resplandecido con luz propia, ni hubiera logrado gloria imperecedera la castidad de José, hijo de Jacob. Si la princesa o reina Briolanja no hubiese hecho tantas locuras y dado tan desaforados ataques al corazón de Amadís, ¿cómo hubiera probado éste su fidelidad admirable a la señora Oriana ni cómo se hubiera hecho digno de llevar a cabo la aventura de la Insula firme, siendo espejo, norte y guía de leales amadores?

La gente anda por ahí alborotada, censurando de muy viciosa y de sobrado verde, permítaseme lo familiar del vocablo, la escena en que la Duquesa trata de seducir a Ignacio. ¿Pero cómo censurar tal cosa, cuando el Año Cristiano contiene no pocas escenas bastante más crudas? San Vicente Ferrer, pongamos por caso, fue acometido dos veces por lindísimas señoras de él enamoradas, las cuales se llevaron chasco y se quedaron tocando tabletas, a pesar de los esfuerzos que hicieron, y entregadas a los mismísimos demonios, sus colaboradores y guías en esfuerzos tan desenfrenados y lascivos. Y cuenta que las tales señoras prendadas de San Vicente, se desataron mil veces más contra el santo que contra Ignacio se desató la Duquesa. Baste recordar que una vez cuando San Vicente volvió a su celda, se encontró metida en su cama a la linda dama que le pretendía.

Con no menos depravación fue perseguido San José de Calasanz fundador de las Escuelas Pías, con la circunstancia agravante del premeditado y pertinaz abuso de confianza que hubo en la perseguidora, hija de confesión del venerable siervo de Dios que acudía a consultarle sobre los fingidos y más sutiles escrúpulos de su conciencia.

Y Santo Tomás de Aquino, el Angel de la Escuela, tuvo que pelear contra el profano amor no menos bravas y espantosas batallas.

Cierto día se vio tan acosado por una hermosa mujer que le ceñía entre sus brazos, que tuvo que rechazarla a empujones y luego a fin de ahuyentarla la persiguió con un tizón encendido. Por último, y en premio de tan señalada victoria, bajaron del cielo dos ángeles y ciñeron al santo el milagroso cíngulo de la virginal pureza, con el cual, aunque le dolió muchísimo cuando se le ciñeron, quedó, digámoslo así asegurado de incendios para en adelante.

Con todo lo expuesto me parece que dejo demostrado que la escena de seducción entre la Duquesa e Ignacio, lejos de ser pecaminosa es ejemplar y edificante. Y dejo demostrado también que no se sigue de que haya hoy duquesas tan seductoras que haya mayor corrupción en una clase de la sociedad que otras, ni en la época presente que en las pasadas. La misma corrupción aparece ya en tiempo de los Faraones y se repite en Fedra, en Briolanja y en las empecatadas mujeres de las que consiguieron triunfar los tres gloriosísimos santos que hemos citado. No implica mayor corrupción, ni necesitamos atribuir al autor de la novela mayor pesimismo, para que quede justificada la venganza que toma la Duquesa haciendo saber a Ignacio su deshonra. Casi todas las mujeres de los tiempos antiguos cuando se ven despreciadas se vengan más ferozmente.

¿Por qué introdujo venenos
Naturaleza si había
Para dar muerte desprecios?

¡Qué atrocidades y qué horrendos crímenes no comete la heroína de La devoción de la Cruz, cuando el católico dramaturgo nos la representa irritada por un desprecio no real, sino imaginado! Julia impulsada por su pasión se decide a cometer y comete tales crímenes que

Darán espantos al mundo,
Admiración a los tiempos,
Horror al mismo pecado
Y terror al mismo infierno.

La venganza, pues, que toma la Duquesa haciéndole ver a Ignacio su deshonra, es una niñería, es una bagatela si la comparamos con otras mil venganzas, nacidas de agravios por el estilo.

Cuanto sucede después hasta que termina la novela me parece todavía menos meditado, y escrito más depriesa que el resto. Y es lástima, porque tal vez las mejores escenas se hallan al fin de la obra. El cinismo de Eulalia que confiesa con orgullo su falta moviendo a Ignacio a castigarla brutalmente en un acceso de ira, da lugar a una escena bien trazada aunque de rudo naturalismo, el cual resalta más por la cuestión de ambiente, por la elegantísima mise en scène en que ocurre.

Por último, de cuantas soluciones pudo usted dar a este enredo me parece la que usted da la menos natural y verosímil. Si Ignacio no se vuelve loco, ¿considera usted tan fácil que su mujer le haga pasar por tal y que le encierre en un manicomio? Pero supongamos el mencionado encierro muy factible. ¿No llega Ignacio al último límite de la extravagancia y no nos hace recelar que está loco de veras cuando toma la determinación de quedarse para siempre entre los locos y de pasar allí su vida sin querer probar que está cuerdo? Francamente yo recelo que Ignacio estaba completamente loco ¿pero porqué nos lo oculta usted y no más lo declara, justificando al bueno del médico y no comparándole malamente con Pilatos, ya que Pilatos se limitó a lavarse las manos y el médico se ensució las manos y la conciencia con una horrible mentira?

Mucho sentiré que crea usted, y más aún que crea la gente, si llega a publicarse esta carta, que el tono festivo en que está redactada redunda en perjuicio y descrédito de la primera obra de usted que ha visto la luz pública en un volumen. No me perdonaría yo, y calificaría de pésimo gusto, el propósito de responder con burlas a quien candorosamente me pide consejos. Yo los doy sin la menor burla, aunque severos a veces. Y toda burla además sería inmotivada. En absoluto, está lejos de merecerla Cuestión de ambiente y muchísimo menos la merece aún si se tiene en cuenta la mocedad de su autor. Aunque sean odiosas las comparaciones, me atrevo a sostener que pocos o ninguno de los novelistas, que florecen hoy en toda Europa con tanta abundancia, escribieron o pudieron escribir mejor novela que la de usted en la temprana edad que usted tiene.

Si algo de irónico y de regocijado contiene este escrito no va contra usted si bien se mira. Va contra la mala crítica y contra la peor interpretación que se da por algunas personas a los hechos fingidos que usted refiere.

La alta sociedad, compuesta de sujetos mejor educados que el vulgo, y más favorecidos de la fortuna, no es, ni puede ser, ni usted quiere que sea, más corrompida y viciosa que la plebe ignorante y baja. Afirmación tal sería en el fondo antiprogresista y antidemocrática y en su última consecuencia nos llevaría como a Rousseau a identificar la virtud y el salvajismo.

Bueno es tener presente, por último, que en la virtud hay mucho de silencioso, de modesto y de retraído, mientras que el vicio bulle, escandaliza y alborota por donde quiera. En contraposición de la alegre Duquesa que usted pinta, hay de seguro no pocas otras que encerradas en sus casas y sin dar nada que decir, son dechado de nobilísimas prendas que emplean en obras de caridad y misericordia.

Si algo censuro yo en usted, no para que se retraiga de escribir, sino para que siga escribiendo y se corrija, es el pesimismo tétrico, que más que por sentirlo adopta usted por moda: pesimismo, que en nuestro siglo de menos fe que los siglos pasados, tiene la desesperación por término y no aquel fin divino, ultramundano y dichoso que ponían en sus dramas, poemas, leyendas y demás escritos, autores como Calderón a quien ya hemos citado. ¿Qué importa que el mundo sea, no solo valle de lágrimas, sino tenebrosa caverna de infamias y de maldades, si así resplandece más, venciéndolo, dominándolo y hasta perdonándolo todo,

El madero soberano,
Iris de paz que Dios puso
Entre las iras del cielo
Y los delitos del mundo?

Me atrevo, pues, a aconsejar a usted, ya que es tan mozo y ya que no tiene motivo para quejarse de su malaventura, que no se meta todavía a predicador, ni se muestre tan adusto y desengañado, y que en otras novelas nos cuente lances y sucesos menos lastimosos y más agradables y dulces, vertiendo en su sátira, cuando a la sátira se incline, no hiel, sino sal y pimienta, que no la hagan amarga, sino picante y sabrosa.

De todos modos insisto en aconsejar a usted que no se arredre y que siga escribiendo. Aunque no presumo de profeta, harto fácil es pronosticar y pronostico, en vista de la espontaneidad con que usted escribe, que todas sus futuras novelas serán leídas con gusto y podrán servir y servirán de inocente pasatiempo, ya que no contengan igualmente, lo cual también puede esperarse, lecciones morales y todo género de sana doctrina.

FIN


ÍNDICE

El Superhombre1
Las inducciones del Sr. D. pompeyo Gener37
La irresponsabilidad de los poetas71
La purificación de la poesía83
Don Cristóbal de Moura, primer Marqués de Castel-Rodrigo93
El espectáculo mas nacional115
«El extraño»137
Sobre la novela de nuestros días149
Del progreso en el arte de la palabra159
El filósofo autodidacto197
Sobre la duración del habla castellana
   con motivo de algunas frases del Sr. Cuervo
209
Nueva edición de «La Celestina»223
Biblioteca de filosofía y sociología237
El regionalismo literario en Andalucía.249
La goletera, por Arturo Reyes275
Las novelas ejemplares de Cervantes por F. A. de Icaza281
El buen paño..., novela por J. F. Muñoz Pabon, presbítero285
Lully Arjona, novela por D. Alfonso Danvila289
Mariquita León, novela original de José Nogales y Nogales297
Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox303
El último patriota, novela por José Nogales y Nogales309
Isaac, por Javier Lasso de la Vega321
Discurso pronunciado por doña Emilia Pardo Bazán
   en los Juegos florales de Orense, en la noche del 7 de Junio de 1901    
331
Novelas recientes345
Sobre la Cuestión de ambiente383