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Eneida; v. 2 de 2 cover

Eneida; v. 2 de 2

Chapter 1063: CXCV.
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About This Book

The epic follows a Trojan leader who escapes the destruction of his city and undertakes a divinely guided journey across the Mediterranean to reach Italy, where he is destined to establish a people. Along the voyage he encounters love and loss, notably a doomed affair with a foreign queen, descends to the underworld to learn his future, and suffers repeated divine interference that shapes events. The second half focuses on martial struggles in Italy against local rulers, culminating in a brutal confrontation that resolves personal vengeance and political destiny. Themes include duty, piety toward gods and family, the tension between private desire and public obligation, and the moral costs of founding a nation.

CLXXX.

»Sí, que en vosotras el imperio siento
Del magnánimo Jove! ¿El precio es ése
De mi virginidad? ¿Qué á mi contento
Presta eterno vivir? ¡Nunca él hubiese
De la ley del comun fenecimiento
Exentado mi sér! Mortal yo fuese,
Fin diera á mi penar, y huyendo haria
A la fraterna sombra compañía!

CLXXXI.

»¡Héme ahora inmortal! ¡Oh hermano mio!
¿Qué habrá sin tí que enojos no me sea?
¿Y dónde mi doliente desvarío
Abismo tan profundo cual desea
Que me trague hallará, y en el umbrío
Reino sepulte á esta infelice dea?»
Dice, y llora, y cubierta un glauco velo,
En hondas linfas escondió su duelo.

CLXXXII.

Enéas entretanto con la grande
Arbórea lanza á su contrario acosa;
Hace el hierro brillar miéntras la blande,
Y habla; en su voz la indignacion rebosa:
«¡Qué! ¿y será que tu planta se desmande,
Turno, á nueva tardanza vergonzosa?
Con bravas armas ya, no en triste huida,
Brazo á brazo el combate se decida!...

CLXXXIII.

»¡Vé, toma formas mil! Cuantos el arte,
Cuantos recursos la pujanza encierra,
Ensaya: vuela al cielo á refugiarte,
O en los cóncavos senos de la tierra!...»
Sacude la cabeza, y «No, no es parte
Tu ira á aterrarme, ¡oh bárbaro! me aterra,»
Turno dice, «la cólera divina;
Júpiter, sí, que labra mi rüina.»

CLXXXIV.

Más no dijo; y rodando la mirada
Sobre el campo, una piedra vido ingente,
Ingente, antigua piedra, colocada
Porque allí señalase permanente
La linde de dos predios disputada.
Cargaran peso tan difícilmente,
Tendiendo fuertes cuellos á porfía,
Doce hombres de los que hoy la tierra cria.

CLXXXV.

Arrebata el pedron con mano presta
Turno, y con él, cuanto en sus fuerzas cabe,
Empínase, y veloz corre, y lo asesta.
Turbado el héroe, que acudió no sabe,
Ni que asió del peñasco, ni que enhiesta
Mueve su mano aquella mole grave;
¡Ay de él! á sus rodillas falta brío,
Cuaja su sangre de la muerte el frio.

CLXXXVI.

Arrojado del brazo prepotente,
Rodando el risco en la region vacía,
No completó su giro, inobediente
Al recibido impulso que lo guia.
Y cual finge terrores el durmiente
En el regazo de la noche umbría,
Por lánguido sopor ligado, y sueña
Que ansiosa fuga en alargar se empeña,

CLXXXVII.

Y siente en sus conatos que desmaya,
Del antiguo vigor privado, y yerta
La lengua en vano desatar ensaya,
Y voz ni grito á producir acierta;
Por dondequiera, así, que Turno vaya
A entrar brioso en la que senda abierta
Ha imaginado, allí la Diosa dura
El éxito á estorbarle se apresura.

CLXXXVIII.

Ya naufraga en angustias su esperanza:
Ha tornado á los Rútulos la vista
Y á la ciudad; mas la apremiante lanza
El pié le ataja, el ánimo le atrista:
Ni con qué traza escape se le alcanza,
Ni por cuál modo al enemigo embista;
Rastrea en torno, y su ojeada es vana,
Que ni el carro aparece ni la hermana.

CLXXXIX.

Dudar ve á Turno, y su asta fulminante
Vibra Enéas, propicio punto cata
Con los ojos, y arrójala distante,
Y entero en ella su poder desata.
No con ímpetu suele semejante
Piedra que de ballesta se arrebata
Terrífica zumbar; ni así, encendido,
Estalla el rayo en hórrido estampido

CXC.

Fiero estrago llevando, el hierro crudo
Vuela á guisa de negro torbellino,
Y por lo bajo rompe del escudo
Hasta el séptimo cerco diamantino,
Y el halda abriendo á la loriga, pudo
Crujiente en medio al muslo hacer camino.
Al fiero golpe, que de accion le priva,
Turno enorme de hinojos se derriba.

CXCI.

Alzándose, en doliente vocería,
Los Rútulos prorumpen; gime el viento,
Y tiembla en torno el monte, y á porfía
Vuelven los altos bosques el lamento.
Él, hincado, la diestra dirigia
Y miradas de humilde sentimiento
A Enéas: «He mi suerte merecido,
Y nada,» exclama, «para mí te pido.

CXCII.

»¡Venciste! todo en mí te pertenece;
Me han visto los Ausonios prosternado
Tender las palmas. Si piedad merece
Un padre (fuélo Anquíses) desdichado,
La ancianidad de Dauno compadece,
Y vivo, ó muerto, cual te venga en grado,
Este hijo tu piedad le restituya.
¡Oh! cese tu rencor; ¡Lavinia es tuya!»

CXCIII.

Paróse armado el héroe encrudecido,
Y revolviendo los ardientes ojos
La diestra reprimió: ya del rendido
El discurso amansaba sus enojos,
Cuando el infausto talabarte vido
De Palante asomar, ricos despojos
Que echó sobre sus hombros Turno ufano,
Muerto el mancebo, y con sangrienta mano.

CXCIV.

Han resaltado las que el cinto lleva
Lucientes inequívocas labores.
Conforme Enéas las miradas ceba
En aquel monumento de dolores
Insanables, la colera renueva,
Y clama así, terrible en sus furores:
«¿Con tan queridas prendas te atavías,
Y escapar de mis manos presumias?

CXCV.

»Palante es quien te hiere; sí, Palante
Quien te inmola, y se venga en tu culpada
Sangre!» Dice, y al pecho que delante
Tiene, encamina la fulmínea espada
Enardecido. Turno en ese instante
A manos siente de la muerte helada
Sus miembros desatarse, y gemebundo
Su espíritu indignado huye al profundo.

FIN DE LA ENEIDA.

NOTAS:

[1] Pongo el registro de los principios del códice sevillano:

Folio 12, libro II: «Despues desto dicho callaron todos, é estuvieron atentos catando á Eneas, por oyr lo que avie de contar...» Folio 40, libro III: «Despues que á los Dioses plogo las cosas de Asia...» Folio 63, vuelto. «O cuanto fué pagada la reyna Dido de la narracion de Eneas... De antes ferida de amoroso fuego.» Folio 87 vuelto, libro V: «Partiendo Eneas de los mares de Cartago, estando en medio de la flota...» Fol. 115. libro VI: «Despues que Eneas las precedentes dijo palabras...»

[2] Ensayo de una biblioteca de traductores españoles, páginas 67 y 71.

[3] Vid. Clemencin, Elogio, etc. pág. 45.

[4] La descripcion detallada de los códices de Madrid, Sevilla y París puede verse en mi inédita Biblioteca de Traductores. El primero que menciona las glossas de D. Enrique sobre Virgilio es Fernán Mejía en el Noviliario Vero. Cita la trad. Tamayo de Várgas en la carta preliminar al Plinio de Jerónimo Huerta. Vid. además N. Antonio, Sarmiento (Memorias para la historia de la poesía y poetas españoles), Mayans (Vida de Virgilio), Pellicer, Amador de los Rios, Ochoa (Catálogo de los ms. de París), y D. Menéndez Rayon en un art. de La Reforma.

[5] Ensayo de una biblioteca española, col. 648.

[6] Catálogo del teatro, pág. 283.

[7] Todas las obras de P. Virgilio Maron, ilustradas con varias interpretaciones y notas en lengua castellana. 1778, Valencia, librería de los Orgas.

[8] El libro I de la Eneida tiene 756 versos, el II 804, el III 718.

[9] Tengo á la vista su partida de defuncion, que me ha facilitado D. Fermin Canella y Secades, catedrático de la Universidad de Oviedo.

[10] América Poética. Valparaiso, 1846. pág. 797.

[11] Noticia que con otras muchas no ménos curiosas me ha comunicado en carta particular el Sr. Caro, refiriéndose á otra del argentino Sr. Gutierrez, fechada en Noviembre de 1874. Añade el Sr. Caro que hasta ahora no ha podido hallar los números de la Revista del Plata, á que la carta alude.

[12] Puede verse un extenso juicio de las traducciones de Leonél da Costa en el tomo VI del Ensaio biographico critico sobre os melhores poetas portuguezes por José M. da Costa e Silva, pág. 154 y siguientes. Costa e Silva no conoció la Eneida.

[13] Vid. Costa e Silva, tomo V, pp. 267 y ss. donde juzga y extracta esta version.

[14] Vide Costa e Silva Ensaio biographico, tomo VI pp. 325 á 363.