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Fábulas

Chapter 114: FÁBULA VI
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About This Book

Una colección de breves fábulas en verso que emplea animales antropomorfizados y situaciones cotidianas para enseñar lecciones morales y prácticas a lectores jóvenes. Cada pieza desarrolla un conflicto sencillo y una resolución que expone virtudes y vicios humanos, como la vanidad, la prudencia o la avaricia, con tono claro y didáctico; muchas incluyen notas explicativas y referencias mitológicas o geográficas para facilitar su comprensión en entornos escolares. El conjunto prioriza la sencillez expresiva y la finalidad pedagógica.

La Gallina de los Huevos de oro.

  Érase[278] una Gallina que ponía
Un huevo de oro al dueño cada día.
Aun con tanta ganancia mal contento,
Quiso el rico avariento
Descubrir de una vez la mina de oro,
Y hallar en menos tiempo más tesoro.
Matóla, abrióla[279] el vientre de contado;
Pero después de haberla registrado,
¿Qué sucedió? que muerta la Gallina,
Perdió su huevo de oro y no halló mina.
  ¡Cuántos hay que teniendo lo bastante,
Enriquecerse quieren al instante,
Abrazando proyectos,
A veces de tan rápidos efectos,
Que sólo en pocos meses,
Cuando se contemplaban ya marqueses,
Contando sus millones,
Se vieron en la calle sin calzones[280]!

FÁBULA VII

Los Cangrejos.

  Los más autorizados, los más viejos
De todos los Cangrejos,
Una gran asamblea celebraron.
Entre los graves puntos que trataron,
Á propuesta de un docto presidente,
Como resolución la más urgente,
Tomaron la que sigue:—pues que al mundo
Estamos dando ejemplo sin segundo
El más vil y grosero
En andar hacia atrás como el soguero[281];
Siendo cierto también que los ancianos,
Duros de pies y manos,
Causándonos los años pesadumbre,
No podemos vencer nuestra costumbre:
Toda madre, desde este mismo instante,
Ha de enseñar á andar hacia adelante
Á sus hijos; y dure la enseñanza
Hasta quitar del mundo tal usanza.
—«Garras á la obra[282], dicen las maestras
Que se creían diestras»;
Y sin dejar ninguno,
Ordenan á sus hijos uno á uno
Que muevan sus patitas blandamente
Hacia adelante sucesivamente.
Pasito á paso, al modo que podían,
Ellos obedecían;
Pero, al ver á sus madres, que marchaban
Al revés de lo que ellas enseñaban,
Olvidando los nuevos documentos[283],
Imitaban sus pasos más contentos.
Repetían las madres sus lecciones;
Mas no bastaban teóricas razones,
Porque obraba en los jóvenes Cangrejos
Sólo un ejemplo más que mil consejos.
Cada maestra[284] se aflige y desconsuela,
No pudiendo hacer práctica su escuela.
De modo que en efecto
Abandonaron todas el proyecto.
Los magistrados saben el suceso,
Y en su pleno congreso
La nueva ley al punto derogaron,
Porque se aseguraron
De que en vano intentaban la reforma,
Cuando ellos no sabían ser la norma.
  Y es así, que la fuerza de las leyes
Suele ser el ejemplo de los reyes.

FÁBULA VIII

Las Ranas sedientas.

  Dos Ranas que vivían juntamente,
En un verano ardiente
Se quedaron en seco en su laguna:
Saltando aquí y allí, llegó la una
Á la orilla de un pozo.
Llena entonces de gozo,
Gritó á su compañera:
—Ven y salta ligera.
Llegó, y estando entrambas á la orilla,
Notando como grande maravilla
Entre los agostados
[285] juncos y heno
El fresco pozo casi de agua lleno,
Prorrumpió la primera:—¿Á qué esperamos,
Que no nos arrojamos
Al agua que apacible nos convida?
La segunda responde:—Inadvertida,
Yo tengo igual deseo;
Pero pienso y preveo
Que, aunque es fácil al pozo nuestra entrada,
La agua[286], con los calores exhalada,
Según vaya faltando,
Nos irá dulcemente sepultando;
Y al tiempo que salir solicitemos,
En la Estigia laguna nos veremos.
  Por consultar al gusto solamente,
Entra en la nasa el pez incautamente;
El pájaro sencillo en la red queda;
¡Y en qué lazos el hombre no se enreda!

FÁBULA IX

El Cuervo y el Zorro.

  En la rama de un árbol,
Bien ufano y contento,
Con un queso en el pico
Estaba el señor Cuervo.
Del olor atraído
Un Zorro muy maestro,
Le dijo estas palabras
Á poco más ó menos:
—Tenga usted buenos días[287],
Señor Cuervo, mi dueño:
¡Vaya! que estáis donoso,
Mono, lindo en extremo.
Yo no gasto lisonjas,
Y digo lo que siento,
Que si á tu bella traza
Corresponde el gorjeo,
Juro á la diosa Ceres,
Siendo testigo el cielo,
Que tú serás el fénix[288]
De sus vastos imperios.
  Al oír un discurso
Tan dulce y halagüeño,
De vanidad llevado
Quiso cantar el Cuervo.
Abrió su negro pico,—
Dejó caer el queso.
El muy astuto Zorro,
Después de haberlo preso[289],
Le dijo:—Señor bobo,
Pues sin otro alimento
Quedáis con alabanzas
Tan hinchado y repleto,
Digerid las lisonjas,
Mientras digiero el queso.
  Quien oye aduladores,
Nunca espere otro premio.

FÁBULA X

Un Cojo y un Picarón[290].

  Á un buen Cojo un descortés
Insultó atrevidamente:
Oyólo pacientemente
Continuando su carrera,
Cuando al son de la cojera
Dijo el otro: Una, dos, tres,
Cojo es.
  Oyólo el Cojo; aquí fué[291]
Donde el buen hombre perdió
Los estribos, pues le dió
Tanta cólera y tal ira,
Que la muleta le tira,
Quedándose, ya se ve,
Sobre un pie.
  —Sólo el no poder correr
Para darte el escarmiento,
Dijo el Cojo, es lo que siento,
Que este mal no me atormenta:
Porque al hombre sólo afrenta,
Lo que supo merecer,
Padecer.

FÁBULA XI

El Carretero y Hércules.

  En un atolladero
El carro se atascó de Juan Regaña[292];
Él á nada se mueve ni se amaña,
Pero jura muy bien: ¡gran carretero!
  Á Hércules invocó y el dios le dice:
—Aligera la carga, ceja un tanto;
Quita ahora ese canto;
¿Está?—Sí, le responde, ya lo hice.
  —Pues enarbola el látigo, y con eso
Puedes ya caminar.—De esta manera,
Arreando á la Mohina y la Roncera,
Salió Juan con su carro del suceso[293].
  Si haces lo que estuviere de tu parte,
Pide al cielo favor: ha de ayudarte[294].

FÁBULA XII

La Zorra y el Chivo.

  Una Zorra cazaba;
Y al seguir á un gazapo,
Entre aquí se escabulle, allí lo atrapo,
En un pozo cayó que al paso estaba.
  Cuando más la afligía su tristeza,
Por no hallar la infeliz salida alguna,
Vió asomarse al brocal por su fortuna
Del Chivo padre la gentil cabeza.
  —¿Qué tal? dijo el barbón, ¿la agua[295] es salada?
—Es tan dulce, tan fresca y deliciosa,
Respondió la Raposa,
Que en el tal pozo estoy como encantada.
  Al agua el Chivo se arrojó sediento:
Monta sobre él la Zorra, de manera
Que, haciendo de sus cuernos escalera,
Pilla el brocal y sale en el momento.
  Quedó el pobre atollado ¡cosa dura!
¿Mas quién podrá á la Zorra dar castigo
Cuando el hombre, aun á costa de su amigo,
Del peligro mayor salir procura?

FÁBULA XIII

El Lobo, la Zorra y el Mono juez.

  Un Lobo se quejó criminalmente
De que una Zorra astuta le robase.
El Mono juez, como ella lo negase,
Dejólos alegar prolijamente.
  Enterado, pronuncia la sentencia:
—No consta que te falte nada, Lobo;
Y tú, Raposa, tú tienes el robo:—
Dijo, y los despidió de su presencia.
  Esta contradicción es cosa buena,
La dijo el docto Mono con malicia.
Al perverso su fama le condena,
Aun cuando alguna vez pida justicia.

FÁBULA XIV

Los dos Gallos.

  Habiendo á su rival vencido un Gallo,
Quedó entre sus gallinas victorioso,
Más grave, más pomposo
Que el mismo Gran Sultán en su serrallo[296].
  Desde un alto pregona vocinglero
Su gran hazaña: el gavilán lo advierte,
Le pilla, le arrebata y por su muerte,
Quedó el rival señor del gallinero.
  Consuele al abatido tal mudanza:
Sirva también de ejemplo[297] á los mortales
Que se juzgan exentos de los males,
Cuando se ven en próspera bonanza.

FÁBULA XV

La Mona y la Zorra.

  En visita una Mona
Con una Zorra estaba cierto día,
Y así ni más ni menos la
[298] decía:
—Por mi fe que tenéis bella persona[299],
  Gallardo talle, cara placentera,
Airosa en el andar, como vos sola:
Y á no ser tan disforme vuestra cola,
Seríais en lo hermoso la primera.
  Escuchad un consejo,
Que ha de ser á las dos muy importante:
Yo os la he de cortar, y lo restante
Me lo acomodaré por zagalejo[300].
  Abrenuncio[301], la Zorra le responde:
Es cosa para mí menos amarga
Barrer el suelo con mi cola larga,
Que verla por pañal bien sé yo donde.
  Por ingenioso que el necesitado
Sea para pedir al avariento,
Este será de superior talento
Para negarse á dar de lo sobrado.

FÁBULA XVI

La Gata mujer[302].

  Zapaquilda la bella
Era Gata doncella
Muy recatada, no menos hermosa:
Queríala su dueño por esposa
Si Venus consintiese,
Y en mujer á la Gata convirtiese.
De agradable manera
Vino en ello la diosa placentera;
Y ved á Zapaquilda en un instante
Hecha moza gallarda, rozagante.
Celébrase la boda;
Estaba ya la sala nupcial toda
De un lucido concurso coronada;
La novia relamida, almidonada
Junto al novio galán enamorado;
Todo brillantemente preparado;
Cuando quiso la diosa
Que cerca de la esposa
Pasase un ratoncillo de repente.
Al punto que le ve, violentamente,
Á pesar del concurso y de su amante,
Salta, corre tras él, y échale el guante.
  Aunque del valle humilde á la alta cumbre
Inconstante nos mude la Fortuna,
La propensión del natural es una
En todo estado, y más con la costumbre.[303]

FÁBULA XVII

La Leona y el Oso.

  Dentro de un bosque obscuro y silencioso,
Con un rugir continuo y espantoso,
Que en medio de la noche resonaba,
Una Leona á las fieras inquietaba.
Dícela[304] un Oso:—Escúchame una cosa:
¿Qué tragedia horrorosa,
Ó qué sangrienta guerra,
Qué rayos, ó qué plagas á la tierra
Anuncia tu clamor desesperado
En el nombre de Júpiter airado?
—¡Ah! mayor causa tienen mis rugidos.
Yo, la más infeliz de los nacidos,
¿Cómo no moriré desesperada
Si me han robado el hijo? ¡ay desdichada!
—¡Hola! ¿conque eso es todo?
Pues si se lamentasen de ese modo
Las madres de los muchos que devoras,
Buena música hubiera á todas horas.
¡Vaya! ¡vaya! consuélate como ellas,
No nos quiten el sueño tus querellas.
  Á desdichas y males
Vivimos condenados los mortales.
Á cada cual no obstante le parece,
Que de esta ley una excepción merece.
Así nos conformamos con la pena,
No cuando es propia, si cuando es ajena.[305]

FÁBULA XVIII

El Lobo y el Perro flaco.

    Distante de la aldea
  Iba cazando un Perro
  Flaco, que parecía
  Un andante esqueleto.
  Cuando menos lo piensa,
  Un Lobo le hizo preso.
  Aquí de sus clamores,
  De sus llantos y ruegos.
  —Decidme, señor Lobo,
  ¿Qué queréis de mi cuerpo,
  Si no tiene otra cosa
  Que huesos y pellejo?
  Dentro de quince días
  Casa á su hija mi dueño
  Y ha de haber para todos
  Arroz y gallo muerto
[306].
  Dejadme[307] ahora libre,
  Que, pasado este tiempo,
  Podrás comerme á gusto,
  Lucio, gordo y relleno.—
  Quedaron convenidos,
  Y apenas se cumplieron
  Los días señalados,
  El Lobo buscó al Perro.
  Estábase[308] en su casa
  Con otro compañero,
  Llamado Matalobos[309],
  Mastín de los más fieros:
  Salen á recibirle
  Al punto que le vieron;
  Matalobos bajaba
  Con corbatín de hierro.
  No era el Lobo persona
  De tantos cumplimientos,
  Y así por no gastarlos,
  Cedió de su derecho.
  Huía, y le llamaban;
  Mas él iba diciendo
  Con el rabo entre piernas:
  Pies, ¿para qué os quiero?
    Hasta los niños saben
  Que es de mayor aprecio
Un pájaro en la mano,
Que por el aire ciento.[310]

FÁBULA XIX

La Oveja y el Ciervo.

  Un celemín[311] de trigo
Pidió á la Oveja el Ciervo, y la decía:
—Si es que usted de mi paga desconfía,
Á presentar me obligo
  Un fiador desde luego,
Que no dará lugar á tener queja.
—¿Y quién es éste? preguntó la Oveja.
—Es un lobo abonado, llano y lego.
  —¡Un lobo! ya; mas hallo un embarazo:
Si no tenéis más fincas que él sus dientes,
Y tú los pies para escapar valientes,
¿Á quién acudiré cumplido el plazo?
  Si, quién es el que pide y sus fiadores,
Antes de dar prestado se examina,
Será menor, sin otra medicina,
La peste de los malos pagadores.

FÁBULA XX

La Alforja.

  En una Alforja al hombro
Llevo los vicios;
Los ajenos delante,
Detrás los míos.
  Esto hacen todos;
Así ven los ajenos,
Mas no los propios.

FÁBULA XXI

El Asno infeliz.

  Yo conocí un Jumento[312]
Que murió muy contento,
Por creer (y no iba fuera de camino)
Que así cesaba su fatal destino.
Pero la adversa suerte,
Aun después de su muerte,
Le persiguió: dispuso que al difunto
Le arrancasen el cuero[313] luego al punto
Para hacer tamboriles
Y que en los regocijos pastoriles
Bailasen las zagalas en el prado
Al son de su pellejo vaqueteado.
  Quien por su mala estrella es infelice,
Aun muerto lo será: Fedro lo dice.

FÁBULA XXII

El Jabalí y la Zorra.

  Sus horribles colmillos aguzaba
Un Jabalí en el tronco de una encina.
La Zorra, que vecina
Del animal cerdoso se miraba,
  Le dice:—Extraño el verte,
Siendo tú en paz señor de la bellota,
Cuando ningún contrario te alborota,
Que tus armas afiles de esa suerte.
  La fiera le responde:—Tengo oído
Que en la paz se prepara el buen guerrero,
Así como en la calma el marinero,
  Y que vale por dos el prevenido[314].

FÁBULA XXIII

El Perro y el Cocodrilo.

  Bebiendo un Perro en el Nilo,
Al mismo tiempo corría.
—Bebe quieto, le decía
Un taimado Cocodrilo.
Díjole el Perro prudente:
—Dañoso es beber y andar,
Pero ¿es sano el aguardar
Á que me claves el diente?
  Oh ¡qué docto Perro viejo!
Yo venero su sentir
En esto de no seguir
Del enemigo el consejo.

FÁBULA XXIV

La Comadreja y los Ratones.

  Débil y flaca cierta Comadreja,
No pudiendo ya más de puro
[315] vieja,
Ni cazaba, ni hacía provisiones
De abundantes Ratones,
Como en tiempos pasados,
Que elegía los tiernos regalados
Para cubrir su mesa.
Sólo de tarde en tarde hacía presa
En tal cual, que pasaba muy cercano,
Gotoso, paralítico ó anciano.
Obligada del hambre cierto día,
Urdió el modo mejor con que saldría
De aquella pobre situación hambrienta[316]
Pues la necesidad todo lo inventa[317].
Esta vieja taimada
Métese entre la harina amontonada.
Alerta y con cautela,
Cual suele en la garita el centinela,
Espera ansiosa su feliz momento
Para la ejecución del pensamiento.
Llega el Ratón sin conocer su ruina,
Y mete el hociquillo entre la harina.
Entonces ella le echa de repente
La garra al cuello y al hocico el diente.
Con este nuevo ardid tan oportuno
Se los iba embuchando de uno en uno;
Y á merced de discurso tan extraño
Logró sacar su tripa de mal año.
  Es un feliz ingenio interesante:
Él nos ayuda, si el poder nos deja;
Y al ver lo que pasó á la Comadreja,
¿Quién no aguzará el suyo en adelante?

FÁBULA XXV

El Lobo y el Perro.

  En busca de alimento
Iba un Lobo muy flaco y muy hambriento.
Encontró con un Perro tan relleno,
Tan lucio, sano y bueno,
Que le dijo:—Yo extraño
Que estés de tan buen año,
Como se deja ver por tu semblante;
Cuando á mí, más pujante,
Más osado y sagaz, mi triste suerte
Me tiene hecho retrato de la muerte.
El Perro respondió:—Sin duda alguna
Lograrás, si tú quieres, mi fortuna.
Deja el bosque y el prado,
Retírate á poblado;
Servirás de portero
Á un rico caballero,
Sin otro afán ni más ocupaciones
Que defender la casa de ladrones.
—Acepto desde luego tu partido
Que para mucho más estoy curtido.
Así me libraré de la fatiga,
Á que el hambre me obliga,
De andar por montes sendereando peñas,
Trepando riscos y rompiendo breñas,
Sufriendo de los tiempos los rigores,
Lluvias, nieves, escarchas y calores.—
Á paso diligente
Marchaban juntos amigablemente,
Tratando varios puntos de confianza
Pertenecientes á llenar la panza[318].
En esto el Lobo por algún recelo,
Que comenzó á turbarle su consuelo,
Mirando al Perro dijo:—He reparado[319]
Que tienes el pescuezo algo pelado.
Díme, ¿qué es eso?—Nada.
—Dímelo por tu vida, camarada.—
No es más que la señal de la cadena;
Pero no me da pena,
Pues, aunque por inquieto,
Á ella estoy sujeto,
Me sueltan cuando comen mis señores.
Recíbenme á sus pies de mil amores:
Ya me tiran el pan, ya la tajada,
Y todo aquello que les desagrada:
Éste lo mal asado,
Aquél un hueso poco descarnado;
Y aun un glotón que todo se lo traga,
A lo menos me halaga,
Pasándome lo mano por el lomo;
Yo meneo la cola, callo y como.
—Todo eso es bueno, yo te lo confieso;
Pero por fin y postre tú estás preso,
Jamás sales de casa,
No puedes ver lo que en el pueblo pasa.
¿Es así? pues, amigo,
La amada libertad que yo consigo,
No he de trocarla de manera alguna
Por tu abundante y próspera fortuna.
Marcha, marcha á vivir encarcelado;
No serás envidiado
De quien pasea el campo libremente,
Aunque tú comas tan glotonamente,
Pan, tajadas y huesos, porque al cabo
No hay bocado en sazón para un esclavo[320].

LIBRO SEXTO

FÁBULA PRIMERA

El Pastor y el Filósofo.

  De los confusos pueblos apartado,
Un anciano Pastor vivió en su choza,
En el feliz estado en que se goza,
Existir ni envidioso, ni envidiado
[321].
No turbó con cuidados la riqueza
Á su tranquila vida[322];
Ni la extremada mísera pobreza
Fué del dichoso anciano conocida.
Empleado en su labor gustosamente
Envejeció: sus canas, su experiencia
Y su virtud le hicieron finalmente
Respetable varón, hombre de ciencia.
  Voló su grande fama por el mundo,
Y llevado de nueva tan extraña,
Acercóse un Filósofo profundo
Á la humilde cabaña,
Y preguntó al Pastor:—Díme, ¿en qué escuela
Te hiciste sabio? ¿Acaso te ocupaste
Largas noches leyendo á la candela?
¿Á Grecia y Roma sabias observaste?
¿Sócrates refinó tu entendimiento?
¿La ciencia de Platón has tú medido[323]?
¿Ó pesaste de Tulio el gran talento?
¿Ó tal vez como Ulises has corrido
Por ignorados pueblos y confusos,
Observando costumbres, leyes y usos?
  —Ni las letras seguí, ni como Ulises
(Humildemente respondió el anciano)
Discurrí por incógnitos países.
Sé que el género humano,
En la escuela del mundo linsonjero,
Se instruye en el[324] doblez y en la patraña;
Con la ciencia que engaña
¿Quién podrá hacerse sabio verdadero?
Lo poco que yo sé me lo ha enseñado
Naturaleza en fáciles lecciones:
Un odio firme al vicio me ha inspirado;
Ejemplos de virtud da á mis acciones.
Aprendí de la abeja lo industrioso,
Y de la hormiga, que en guardar se afana,
Á pensar en el día de mañana;
Mi mastín, el hermoso,
Y fiel sin semejante,
De gratitud y lealtad constante
Es el mejor modelo,
Y, si acierto á copiarle, me consuelo.
Si mi nupcial[325] amor lecciones toma,
Las encuentra en la Cándida paloma.
La gallina á sus pollos abrigando
Con sus piadosas alas como madre,
Y las sencillas aves aun volando,
Me prestan reglas para ser buen padre.
  Sabia naturaleza, mi maestra,
Lo malo y lo ridículo me muestra
Para hacérmelo odioso.
Jamás hablo á las gentes
Con aire grave, tono jactancioso;
Pues saben los prudentes
Que, lejos de ser sabio, el que así hable
Será un buho solemne, despreciable.
Un hablar moderado,
Un silencio oportuno
En mis conversaciones he guardado:
El hablador molesto é importuno
Es digno de desprecio.
Quien escuche á la Urraca, será un necio.
  Á los que usan la fuerza y el engaño
Para el ajeno daño,
Y usurpan á los otros su derecho,
Los debe aborrecer un noble pecho.
Únanse con los lobos en la caza,
Con milanos y halcones,
Con la maldita serpentina raza,
Caterva de carnívoros ladrones.
Mas ¿qué dije? Los hombres tan malvados
Ni aun merecen tener estos aliados.
No hay daño ni animal tan peligroso
Como el usurpador y el envidioso.
Por último en el libro interminable
De la naturaleza yo medito:
En todo lo creado es admirable:
Del ente más sencillo y pequeñito
Una contemplación profunda alcanza
Los más preciosos frutos de enseñanza.
  —Tu virtud acredita, buen anciano,
(El Filósofo exclama)
Tu ciencia verdadera y justa fama.
Vierte el género humano
En sus libros y escuelas sus errores:
En preceptos mejores
Nos da naturaleza su doctrina.
  Así quien sus verdades examina
Con la meditación y la experiencia,
Llegará á conocer virtud y ciencia.

FÁBULA II

El Hombre y la Fantasma.

  Un Joven licencioso
Se hallaba en un estado vergonzoso
Con sus males secretos retirado:
En soledad, doliente, exasperado,
Cavila, llora, canta, jura, reza,
Como quien ha perdido la cabeza.
—¿Te falta la salud? Pues, caballero,
De todo tu dinero,
Nobleza, juventud y poderío
Sábete
[326] que me río:
Trata de recobrarla, pues perdida,
¿De qué sirven los bienes de la vida?—
Todo esto una Fantasma[327] le previno,
Y al instante se fué como se vino.
El enfermo se cuida, se repone,
Un nuevo plan de vida se propone.
En efecto se casa;
Cércanle los cuidados de la casa,
Que se van aumentando de hora en hora.
La mujer (Dios nos libre), gastadora,
Aun mucho más que rica,
Los hijos y las deudas multiplica;
De modo que el marido,
Más que nunca aburrido,
Se puso sobre un pie de economía,
Que, estrechándola más de día en día,
Al fin se enriqueció con opulencia.
La Fantasma le dice:—En mi conciencia
Que te veo amarillo como el oro:
Tienes tu corazón en el tesoro[328];
Miras sobre tu pecho acongojado
El puñal del ladrón enarbolado[329];
Las noches pasas en mortal desvelo,
Y ¿así, quieres vivir?... ¡qué desconsuelo!—
El hombre, como caso milagroso,
Se transformó de avaro en ambicioso.
Llegó dentro de poco á la privanza:
¡El señor don Dinero qué no alcanza[330]!
La Fantasma le muestra claramente
Un falso confidente,
Cien traidores amigos,
Que quieren ser autores y testigos
De su pronta caída.
Resuélvese á dejar aquella vida,
Y ya desengañado,
En los campos se mira retirado.
Buscaba los placeres inocentes
En las flores y frutas diferentes.
¿Quieren ustedes creer (esto me pasma)
Que aun allí le persigue la Fantasma?
—Los insectos, los hielos y los vientos,
Todos los elementos
Y las plagas de todas estaciones
Han de ser en el campo tus ladrones.
¿Pues adónde irá el pobre caballero?...
  Digo que es un solemne majadero
Todo aquel que pretende
Vivir en este mundo sin su duende.

FÁBULA III

El Jabalí y el Carnero.

  De la rama de un árbol un Carnero
Degollado pendía;
En él á sangre fría
Cortaba el remangado carnicero.
  El rebaño inocente,
Que el trágico espectáculo miraba,
De miedo ni pacía, ni balaba.

Un Jabalí gritó:—Cobarde gente,
  Que miráis la carnívora matanza[331],
¿Cómo no os vengáis del enemigo?
—Tendrá (dijo un Carnero) su castigo;
Mas no de nuestra parte la venganza.
  La piel, que arranca con sus propias manos,
Sirve para los pleitos y la guerra,
Las dos mayores plagas de la tierra,
Que afligen á los míseros humanos.
  Apenas nos desuellan, se destina
Para hacer pergaminos[332] y tambores:
Mira cómo los hombres malhechores
Labran en su maldad su propia ruina.

FÁBULA IV

El Raposo, la Mujer y el Gallo.

  Con las orejas gachas
Y la cola entre piernas,
Se llevaba un Raposo
Un Gallo de la aldea.
Muchas gracias al alba,
Que pudo ver la fiesta,
Al salir de su casa,
Juana la madruguera
[333].
Como una loca grita:
—Vecinos, que le lleva;
Que es el mío, vecinos.
Oye el Gallo las quejas,
Y le dice al Raposo:
—Díle que no nos mienta,
Que soy tuyo y muy tuyo.
Volviendo la cabeza
Le responde el Raposo:
—¿Oyes, gran embustera?
No es tuyo, sino mío;
Él mismo lo confiesa.
Mientras esto decía,
El Gallo libre vuela,
Y en la copa de un árbol
Canta que se las pela.
El Raposo burlado
Huyó ¡quién lo creyera!
  Yo, pues, á más de cuatro
Muy zorros en sus tretas,
Por hablar á destiempo,
Los ví perder la presa.

FÁBULA V

El Filósofo y el Rústico.

  La del alba sería
La hora en que un Filósofo salía
Á meditar al campo solitario,
En lo hermoso y lo vario
Que á la luz de la aurora nos enseña
Naturaleza, entonces más risueña.
Distraído, sin senda caminaba,
Cuando llegó á un cortijo, donde estaba
Con un martillo el Rústico en la mano,
En la otra un milano,
Y sobre una portátil escalera.
—¿Qué haces de esa manera?
El Filósofo dijo.
—Castigar á un ladrón de mi cortijo,
Que en mi corral ha hecho más destrozos,
Que todos los ladrones en Torozos.
Le clavo en la pared... ya estoy contento...
Sirve á toda tu raza de escarmiento.
  —El matador es digno de la muerte,
El Sabio dijo: mas si de esa suerte
El milano merece ser tratado,
¿De qué modo será bien castigado
El hombre sanguinario, cuyos dientes
Devoran á infinitos inocentes,
Y cuenta como mísera su vida,
Si no hace de cadáveres comida?
Y aun tú, que así castigas los delitos,
Cenarías anoche tus pollitos[334].
  —Al mundo le encontramos de este modo,
Dijo airado el patán[335]; y sobre todo,
Si lo mismo son hombres que milanos,
Guárdese no le pille entre mis manos.
El Sabio se dejó de reflexiones.
  Al tirano le ofenden las razones,
Que demuestran su orgullo y tiranía:
Mientras por su sentencia cada día
Muere (viviendo él mismo impunemente)
Por menores delitos otra gente.

FÁBULA VI

La Pava y la Hormiga.

  Al salir con las yuntas
Los criados de Pedro,
El corral se dejaron
De par en par abierto.
Todos los pavipollos
Con su madre se fueron,
Aquí y allí picando

Hasta el cercano otero[336].
Muy contenta la Pava
Decía á sus polluelos[337]:
—Mirad, hijos, el rastro
De un copioso hormiguero.
Ea, comed hormigas,
Y no tengáis recelo,
Que yo también las como:
Es un sabroso cebo.
Picad, queridos míos:
¡Oh qué días los nuestros,
Si no hubiese en el mundo
Malditos cocineros!
Los hombres nos devoran,
Y todos nuestros cuerpos
Humean en las mesas
De nobles y plebeyos.
Á cualquier fiestecilla
Ha de haber pavos muertos.
¡Qué pocas Navidades[338]
Contaron mis abuelos!
¡Oh glotones humanos,
Crueles carniceros!—
Mientras tanto una Hormiga
Se puso en salvamento
Sobre un árbol vecino,
Y gritó con denuedo:
—¡Hola! ¿con que los hombres
Son crueles, perversos?
Y ¿qué seréis los Pavos?
¡Ay de mí! ya lo veo:
Á mis tristes parientes,
¿Qué digo? á todo el pueblo,
Sólo por desayuno
Os le vais engullendo.—
No respondió la Pava
Por no saber un cuento,
Que era entonces del caso
Y ahora viene á pelo.
  Un gusano roía
Un grano de centeno;
Viéronle las Hormigas:
¡Qué gritos! ¡qué aspavientos!
—Aquí fué Troya[339] (dicen):
Muere, pícaro perro.
Y ellas ¿qué hacían? Nada:
Robar todo el granero.
  Hombres, Pavos, Hormigas,
Según estos ejemplos,
Cada cual en su libro
Esta moral tenemos.
La falta leve en otro
Es un pecado horrendo;
Pero el delito propio
No más que pasatiempo.

FÁBULA VII