WeRead Powered by ReaderPub
Fábulas cover

Fábulas

Chapter 138: FÁBULA V
Open in WeRead

About This Book

Una colección de breves fábulas en verso que emplea animales antropomorfizados y situaciones cotidianas para enseñar lecciones morales y prácticas a lectores jóvenes. Cada pieza desarrolla un conflicto sencillo y una resolución que expone virtudes y vicios humanos, como la vanidad, la prudencia o la avaricia, con tono claro y didáctico; muchas incluyen notas explicativas y referencias mitológicas o geográficas para facilitar su comprensión en entornos escolares. El conjunto prioriza la sencillez expresiva y la finalidad pedagógica.

El Zapatero médico.

  Un inhábil y hambriento Zapatero
En la corte por médico corría;
Con un contraveneno que fingía,
Ganó fama y dinero.
Estaba el rey postrado en una cama
De una grave dolencia:
Para hacer experiencia
Del talento del médico, le llama.
El antídoto pide, y en un vaso
Finge el rey que le mezcla con veneno;
Se lo manda beber: el tal Galeno[401]
Teme morir: confiesa todo el caso,
Y dice que, sin ciencia,
Logró hacerse doctor de grande precio
Por la credulidad del vulgo necio.
Convoca el rey al pueblo:—¡Qué demencia
Es la vuestra, exclamó, que habéis fiado
La salud francamente
De un hombre á quien la gente
Ni aun quería fiarle su calzado!—
  Esto para los crédulos se cuenta
En quienes tiene el charlatán su renta.[402]

FÁBULA VI

El Murciélago y la Comadreja.

  Cayó sin saber cómo
Un Murciélago á tierra,
Al instante le atrapa
La lista Comadreja.
Clamaba el desdichado
Viendo su muerte cerca,
Ella le dice:—Muere,
Que por naturaleza
Soy mortal enemiga
De todo cuanto vuela.—
El avechucho[403] grita,
Y mil veces protesta
Que él es ratón, cual todos
Los de su descendencia.
Con esto (¡qué fortuna!)
El preso se liberta.
Pasado cierto tiempo,
No sé de qué manera,
Segunda vez le pilla:
Él nuevamente ruega;
Mas ella le responde
Que Júpiter la ordena
Tenga paz con las aves,
Con los ratones guerra.
—¿Soy yo ratón acaso?
Yo creo que estás ciega.
¿Quieres ver cómo vuelo?—
En efecto, le deja,
Y á merced de su ingenio,
Libre el pájaro[404] vuela.
  Aquí aprendió de Esopo.
La gente marinera,
Murciélagos que fingen
Pasaporte y bandera.
No importa que haya pocos
Ingleses comadrejas:
Tal vez puede de un riesgo
Sacarnos una treta.

FÁBULA VII

La Mariposa y el Caracol.

  Aunque te haya elevado la fortuna
Desde el polvo á los cuernos de luna,
Si hablas, Fabio, al humilde con desprecio,
Tanto como eres grande, serás necio,
¡Qué! ¿te irritas? ¿te ofende mi lenguaje?
—No se habla de ese modo á un personaje.
—Pues haz cuenta, señor, que no me oiste,
Y escucha á un Caracol: vaya de chiste.
  En un bello jardín cierta mañana,
Se puso muy ufana
Sobre la blanca rosa
Una recién nacida Mariposa.
El sol resplandeciente
Desde su claro oriente
Los rayos esparcía:
Ella á su luz las alas extendía,
Sólo por que envidiasen sus colores
Manchadas aves y pintadas flores[405].
Esta vana, preciada de belleza,
Al volver la cabeza
Vió muy cerca de sí sobre una rama
Á un pardo Caracol. La bella dama
Irritada exclamó:—¿Cómo, grosero,
Á mi lado te acercas? Jardinero,
¿De qué sirve que tengas con cuidado
El jardín cultivado,
Y guarde tu desvelo
La rica fruta del rigor del hielo,
Y los tiernos botones de las plantas,
Si ensucia y come todo cuanto plantas,
Este vil Caracol de baja esfera?
Ó mátale al instante, ó vaya fuera.
  —Quien ahora te oyese,
Si no te conociese,
Respondió el Caracol, en mi conciencia
Que pudiera temblar en tu presencia.
Mas díme, miserable criatura,
Que acabas de salir de la basura,
¿Puedes negar que aun no hace cuatro días
Que gustosa solías,
Como humilde reptil andar conmigo,
Y yo te hacía honor en ser tu amigo?
¿No es también evidente,
Que eres por línea recta descendiente
De las Orugas[406], pobres hilanderos[407],
Que mirándose en cueros,
De sus tripas hilaban y tejían
Un fardo en que el invierno se metían,
Como tú te has metido,
Y aun no hace cuatro días que has salido.
Pues si éste fué tu origen y tu casa,
Por qué tu ventolera se propasa
Á despreciar á un Caracol honrado?—
  ¿El que tiene de vidrio su tejado[408]
Esto logra de bueno
Con tirar las pedradas al ajeno.

FÁBULA VIII

Los dos Titiriteros[409].

  Todo el pueblo admirado
Estaba en una plaza amontonado,
Y en medio se empinaba un Titerero
Enseñando una bolsa sin dinero;
—Pase de mano en mano, les decía:
Señores, no hay engaño, está vacía.—
Se la vuelven, la sopla, y al momento
Derrama pesos duros, ¡qué portento!
Levántase un murmullo de repente,
Cuando ven por encima de la gente
Otro Titiritero á competencia.
Queda en expectación la concurrencia
Con silencio profundo;
Cesó el primero, y empezó el segundo.
Presenta de licor unas botellas:
Algunos se arrojaron hacia ellas,
Y al punto las hallaron transformadas
En sangrientas espadas.
Muestra un par de bolsillos de doblones:
Dos personas, sin duda dos ladrones,
Les echaron la garra muy ufanos,
Y se ven dos cordeles en sus manos.
Á un relator cargado de procesos
Una letra le enseña de mil pesos.
Sople usted: sopla el hombre apresurado,
Y le cierra los labios un candado.
Á un abate[410] arrimado á su cortejo
Le presenta un espejo,
Y al mirar su retrato peregrino,
Se vió con las orejas de pollino.
Á un santero[411] le manda
Que se acerque: le pilla la demanda[412],
Y allá, con sus hechizos,
La convirtió en merienda de chorizos.
Á un joven desenvuelto y rozagante
Le regala un diamante:
Éste le dió á su dama, y en el punto
Pálido se quedó como un difunto,
Item más, sin narices y sin dientes;
Allí fué la rechifla de las gentes,
La burla y la chacota.
El primer Titerero se alborota.
Dice por el segundo con denuedo:
—Ese hombre tiene un diablo en cada dedo,
Pues no encierran virtud tan peregrina
Los polvos de la madre Celestina[413];
Que declare su nombre.—
El concurso lo pide, y el buen hombre
Entonces, más modesto que un novicio,
Dijo: No soy el diablo, sino el vicio.

FÁBULA IX

El Raposo y el Perro.

  De un modo muy afable y amistoso,
El Mastín de un pastor con un Raposo
Se solía juntar algunos ratos,
Como tal vez los perros y los gatos[414]
Con amistad se tratan. Cierto día
El Zorro á su compadre[415] le decía:
Estoy muy irritado:
Los hombres por el mundo han divulgado
Que mi raza inocente (¡qué injusticia!)
Les anda circumcirca[416] en la malicia.
¡Ah maldita canalla!
Si yo pudiera...—En esto el Zorro calla,
Y erizado se agacha.—Soy perdido,
Dice, los cazadores he oído.
¿Qué me sucede?—Nada:
No temas, le responde el camarada;
Son las gentes[417] que pasan al mercado.
Mira, mira, cuitado,
Marchar haldas en cinta á mis vecinas
Coronadas con cestas de gallinas.
—No estoy, dijo el Raposo, para fiestas;
Vete con tus gallinas y tus cestas,
Y satiriza á otro. Porque sabes
Que robaron anoche algunas aves,
¿He de ser yo el ladrón?—En mi conciencia
Que hablé, dijo el Mastín, con inocencia.
¿Yo pensar que has robado el gallinero,
Cuando siempre te vi como un cordero?
—¡Cordero! exclama el Zorro; no hay aguante
Que cordero me vuelva en el instante,
Si he hurtado el que falta en tu majada.
—Hola, concluye el Perro, camarada,
El ladrón es Ud.[418] según se explica.—
El estuche[419] molar al punto aplica
Al mísero Raposo,
Para que así escarmiente el cosquilloso[420],
Que de las fabulillas se resiente.
«Si no estás inocente,
Dime, ¿por qué no bajas las orejas?
Y si acaso lo estás, ¿de qué te quejas?»

LIBRO NONO

FÁBULA PRIMERA

El Gato y las Aves.

  Charlatanes se ven por todos lados
En plazas y en estrados,
Que ofrecen sus servicios (¡cosa rara!)
Á todo el mundo por su linda cara
[421].
Éste, químico y médico excelente,
Cura á todo doliente,
Pero gratis: no se hable de dinero.
El otro petimetre[422] caballero
Canta, toca, dibuja, borda, danza,
Y ofrece la enseñanza
Gratis por afición á cierta gente.
Veremos en la fábula siguiente
Si puede haber en esto algún engaño:
La prudente cautela no hace daño.
  Dejando los desvanes y rincones
El señor Mirrimiz, Gato de maña,
Se salió de la villa á la campaña.
En paraje sombrío
Á la orilla de un río
De sauces coronado,
En unas matas se quedó agachado.
El Gatazo[423] callaba como un muerto
Escuchando el concierto
De dos mil avecillas,
Que en las ramas cantaban maravillas.
Pero callaba en vano,
Mientras no se acercaban á su mano
Los músicos volantes, pues quería
Mirrimiz arreglar la sinfonía.
  Cansado de esperar, prorrumpe al cabo,
Sacando la cabeza: ¡Bravo, bravo!
La turba calla: cada cual procura
Alejarse ó meterse en la espesura;
Mas él les[424] persuadió con buenos modos,
Y al fin logró que le escuchasen todos.
  —No soy Gato montés ó campesino;
Soy honrado vecino
De la cercana villa;
Fuí Gato de un maestro de capilla;
La música aprendí y aun, si me empeño,
Veréis como os la enseño;
Pero gratis y en menos de una hora.
¡Qué cosa tan sonora
Será el oír un coro de cantores,
Verbigracia, calandrias, ruiseñores!
Con estas y otras cosas diferentes,
Algunas de las aves inocentes
Con manso vuelo á Mirrimiz llegaron:
Todos en torno de él se colocaron;
Entonces con más gracia
Y más diestro que el Músico de Tracia[425],
Echando su compás hacia el más gordo,
Consigue gratis merendarse un tordo.

FÁBULA II

La Danza pastoril.

  Á la sombra que ofrece
Un gran peñón tajado,

Por cuyo pie corría
Un arroyuelo manso,
Se formaba en estío
Un delicioso prado.
Los árboles silvestres
Aquí y allí plantados,
El suelo siempre verde
De mil flores sembrado,
Más agradable hacían
El lugar solitario.
Contento en él pasaba
La siesta, recostado
Debajo de una encina,
Con el albogue, Bato[426].
Al son de sus tonadas
Los pastores cercanos,
Sin olvidar algunos
La guarda del ganado,
Descendían ligeros[427]
Desde la sierra al llano.
  Las honestas zagalas,
Según iban llegando,
Bailaban lindamente,
Asidas de las manos,
En torno de la encina
Donde tocaba Bato.
De las espesas ramas
Se veía colgando
Una guirnalda bella
De rosas y amaranto.
La fiesta presidía
Un mayoral anciano:
Y ya que el regocijo
Bastó para descanso,
Antes que se volviesen
Alegres al rebaño,
El viejo presidente
Con su corvo, cayado
Alcanzó la guirnalda,
Que pendía del árbol,
Y coronó con ella
Los cabellos dorados
De la gentil zagala,
Que con sencillo agrado
Supo ganar á todas
En modestia y recato.
  Si la virtud premiaran
Algunos cortesanos,
Yo sé que no huiría
Desde la corte al campo.

FÁBULA III

Los dos Perros.

  Procure ser en todo lo posible
El que ha de reprender irreprensible.
  Sultán, perro goloso y atrevido,
En su casa robó, por un descuido,
Una pierna excelente de carnero.
Pinto, gran tragador, su compañero,
Le encuentra con la presa encarnizado,
Ojo al través, colmillo acicalado,
Fruncidas las narices y gruñendo.
  —¿Qué cosa estás naciendo,
Desgraciado Sultán? Pinto le dice.
¿No sabes, infelice[428],
Que un perro infiel, ingrato,
No merece ser perro, sino gato?
¡Al amo, que nos fía
La custodia de casa noche y día,
Nos halaga, nos cuida y alimenta,
Le das tan buena cuenta[429],
Que le robas goloso
La pierna del carnero más jugoso!
Como amigo te ruego
No la maltrates más: déjala luego.
—Hablas, dijo Sultán, perfectamente.
Una duda me queda solamente
Para seguir al punto tu consejo:
Di, ¿te la comerás si yo la dejo?

FÁBULA IV

La Moda.


De lo más remarcable[432] á los curiosos.
  «Empecemos, decían,
Aunque sea por poco.»
Hiciéronse zapatos
Con cáscaras de nueces por lo pronto.
  Toda la raza mona
Andaba con sus choclos[433],
Y el no traerlos era
Faltar á la decencia y al decoro.
  Un leopardo hambriento
Trepa para los Monos;
Ellos huir intentan
Á salvarse en los árboles del soto[434].
  Las chinelas[435] lo estorban,
Y de muy fácil modo
Aquí y allí mataba,
Haciendo á su placer dos mil destrozos.
  En Tetuán desde entonces
Manda el senado docto,
Que cualquier uso ó moda
De países cercanos ó remotos,
  Antes que llegue el caso
De adoptarse en el propio,
Haya de examinarse
En junta de políticos á fondo.
  Con tan justo decreto,
Y el suceso horroroso
¿Dejaron tales modas?
Primero dejarían de ser Monos.

FÁBULA V

El Lobo y el Mastín.

  Trampas, redes y perros
Los celosos pastores disponían
En lo oculto del bosque y de los cerros,
Porque matar querían

Á un Lobo por el bárbaro delito
De no dejar á vida ni un cabrito.
Hallóse cara á cara
Un Mastín con el Lobo de repente,
Y cada cual se para,
Tal como en Zama estaban frente á frente
Antes de la batalla, muy serenos,
Aníbal y Escipión, ni más ni menos.
En esta suspensión treguas propone
El Lobo á su enemigo.
El Mastín no se opone,
Antes le dice:—Amigo,
Es cosa bien extraña por mi vida
Meterse un señor Lobo á cabricida[436].
Ese cuerpo brioso
Y de pujanza fuerte,
Que mate al jabalí, que venza al oso.
Mas ¿qué dirán al verte
Que lo valiente y fiero
Empleas en la sangre de un cordero?
El Lobo le responde:—Camarada,
Tienes mucha razón; en adelante
Propongo no comer sino ensalada.—
Se despiden y toman el portante.
Informados del hecho
Los pastores se apuran y patean:
Agarran al Mastín y le apalean.
Digo que fué bien hecho;
Pues, en vez de ensalada, en aquel año
Se fué comiendo el Lobo su rebaño.
  ¿Con una reprensión, con un consejo
Se pretende quitar un vicio añejo?

FÁBULA VI

La Hermosa y el Espejo.

  Anarda la bella
Tenía un amigo
Con quien consultaba
Todos sus caprichos:
Colores de moda,
Más ó menos vivos,
Plumas, sombreretes[437],
Lunares y rizos
Jamás en su adorno
Fueron admitidos,
Si él no la[438] decía:
«Gracioso, bonito».
Cuando su hermosura
Llena de atractivo,
En sus verdes años
Tenía más brillo,
Traidoras la roban
(Ni acierto á decirlo)
Las negras viruelas
Sus gracias y hechizos.
Llegóse al espejo:
Éste era su amigo,
Y como se jacta
De fiel y sencillo,
Lisa y llanamente
La verdad la dijo.
Anarda furiosa,
Casi sin sentido,
Le vuelve la espalda
Dando mil quejidos.
Desde aquel instante
Cuentan que no quiso
Volver á consultas
Con el señor mío[439].
  Escúchame Anarda:
«Si buscas amigos
Que te representen
Tus gracias y hechizos,
Mas que no te adviertan
Defectos, y aun vicios
De aquellos que nadie
Conoce en sí mismo;
Díme ¿de qué modo
Podrás corregirlos?»

FÁBULA VII

El Viejo y el Chalán.

FÁBULA VIII

La Gata con Cascabeles.

  Salió cierta mañana
Zapaquilda al tejado
Con un collar de grana,
De pelo y cascabeles adornado.
Al ver tal maravilla,
Del alto corredor y la guardilla
[441]
Van saltando los Gatos de uno en uno;
Congrégase al instante
Tal concurso gatuno[442]
En torno de la dama rozagante,
Que entre flexibles colas arboladas
Apenas divisarla se podía.
Ella con mil monadas
El cascabel parlero sacudía;
Pero cesando al fin el sonsonete,
Dijo, que por juguete,
Quitó el collar al perro su señora,
Y se lo puso á ella.
Cierto que Zapaquilda estaba bella:
Á todos enamora,
Tanto que en la gatesca compañía,
Cuál dice su atrevido pensamiento,
Cuál se encrespa celoso;
Riñen éste y aquél con ardimiento,
Pues con ansia quería
Cada Gato soltero ser su esposo.
Entre los arañazos y maullidos
Levántase Garraf, Gato prudente,
Y á los enfurecidos
Les grita:—Noble gente,
¡Gata con cascabeles por esposa!
¿Quién pretende tal cosa?
¿No veis que el cascabel la caza ahuyenta
Y que la dama hambrienta
Necesita sin duda que el marido,
Ausente y aburrido,
Busque la provisión en los desvanes,
Mientras ella cercada de galanes,
Porque el mundo la vea,
De tejado en tejado se pasea?—
Marchóse Zapaquilda convencida,
Y lo mismo quedó la concurrencia.
  ¡Cuántos chascos se llevan en la vida
Los que no miran más que la apariencia!

FÁBULA IX

El Ruiseñor y el Mochuelo.


Empezó con sus ayes
Á publicar sus dolorosos celos.
  Después de mil querellas,
Que llegaron al cielo,
Á cantar empezaba
La antigua historia del infiel Teseo,
  Cuando, sin saber como,
Un cazador Mochuelo
Al músico arrebata
Entre las corvas uñas prisionero.
  Jamás Pan con la flauta
Igualó sus gorjeos,
Ni resonó tan grata
La dulce lira del divino Orfeo.
  No obstante, cuando daba[444]
Sus últimos lamentos,
Los vecinos del bosque
Aplaudían su muerte: yo lo creo.
  Si con sus serenatas
El mismo Farinelo
Viniese á despertarme,
Mientras que yo dormía[445] en blando lecho;
  En lugar de los bravos,
Diría: Caballero,
¡Que no viniese ahora
Para tal Ruiseñor algún Mochuelo!
  Clori tiene mil gracias:
Y ¿qué logra con eso?
Hacerse fastidiosa
Por no querer usarlas á su tiempo.

FÁBULA X

El Amo y el Perro.

  —Callen todos los perros de este mundo
Donde está mi Palomo:
Es fiel, decía el Amo, sin segundo
Y me guarda la casa... pero ¿cómo?
  Con la despensa abierta
Le dejé cierto día;
En medio de la puerta
De guardia se plantó con bizarría.
  Un formidable gato,
En vez de perseguir á los ratones,
Se venía guiado del olfato
Á visitar chorizos y jamones.
  Palomo le despide buenamente;
El gatazo[446] se encrespa y acalora:
Riñen sangrientamente,
Y mi Guardajamones[447] le devora.—
  Esto contaba el Amo á sus amigos,
Y después á su casa se los lleva
Á que fuesen testigos
De tal fidelidad en otra prueba.
  Tenía al buen Palomo prisionero
Entre manidas pollas y perdices:
Los sebosos riñones de un carnero
Casi casi le untaban las narices.
  Dentro de este retiro á penitencia[448]
El triste fué metido
Después de algunos días de abstinencia.
Al fin, ya su Señor compadecido
  Abre con sus amigos el encierro;
Sale rabo entre piernas agachado:
Al Amo se acercaba el pobre Perro,
Lamiéndose el hocico ensangrentado.
  El Dueño se alborota y enfurece
Con tan fatales nuevas.
Yo le preguntaría ¿Y qué merece
Quien la virtud expone á tales pruebas?

FÁBULA XI

Los dos Cazadores.

  Que en una marcial función,
Ó cuando el caso lo pida,
Arriesgue un hombre su vida,
Digo que es mucha razón.
  Pero el que por diversión
Exponer su vida quiera
Á juguete de una fiera,
Ó peligros no menores,
Sepa de dos Cazadores
Una historia verdadera.
  Pedro Ponce, el valeroso,
Y Juan Carranza, el prudente,
Vieron venir frente á frente
Al lobo más horroroso.
El prudente, temeroso,
Á una encina se abalanza,
Y cual otro Sancho Panza,
En las ramas se salvó.
Pedro Ponce allí murió:
Imitemos á Carranza.

FÁBULA XII

El Gato y el Cazador.

  Cierto Gato en poblado descontento,
Por mejorar sin duda de destino
(Qué no sería Gato de convento)
Pasó de ciudadano á campesino.
Metióse santamente
Dentro de una covacha, mas no lejos
De un gran soto poblado de conejos.
Considere el lector piadosamente
Si este noble ermitaño
Probaría la hierba en todo el año.
Lo mejor de la caza devoraba,
Haciendo mil excesos;
Mas al fin por el rastro que dejaba
De plumas y de huesos,
Un Cazador lo advierte: le persigue,
Arma trampas y redes con tal maña,
Que al instante consigue
Atrapar la carnívora alimaña.
Llégase el Cazador al prisionero,
Quiere darle la muerte.
El animal le dice:—Caballero,
Duélase de la suerte
De un triste pobrecito[449],
Metido en la prisión y sin delito.
—¿Sin delito, me dices,
Cuando sé que tus uñas y tus dientes
Devoran infinitos inocentes?
—Señor, eran conejos y perdices;
Y yo no hacía más, á fe de Gato,
Que lo que ustedes hacen en el plato.
—Ea, pícaro, muere,
Que tu mala razón no satisface.
Con que sea[450] la cosa que se fuere,
¿La podrá usted hacer, si otro la hace?

FÁBULA XIII

El Pastor.

  Salicio[451] usaba tañer
La zampoña todo el año,
Y, por oírle, el rebaño
Se olvidaba de pacer.
  Mejor sería romper
La zampoña al tal Salicio;
Porque si causa perjuicio
En lugar de utilidad,
La mayor habilidad,
En vez de virtud, es vicio.

FÁBULA XIV

El Tordo Flautista.

  Era un gusto el oír, era un encanto,
Á un tordo gran flautista, pero tanto,
Que en la gaita gallega,
Ó la pasión me ciega,
Ó á Misón le llevaba mil ventajas.
  Cuando todas las aves se hacen rajas[452]
Saludando á la aurora,
Y la turba confusa charladora[453]
La[454] canta sin compás y con destreza
Todo cuanto la viene á la cabeza,
El flautista empezó: cesó el concierto.
Los pájaros con tanto pico abierto
Oyeron en un tono soberano
Las folías[455] la gaita y el villano[456].
  Al escuchar las aves tales cosas,
Quedaron admiradas y envidiosas;
Los jilgueros preciados de cantores,
Los vanos ruiseñores,
Unos y otros corridos,
Callan entre las hojas escondidos.
Ufano el Tordo grita:—Camaradas,
Ni saben, ni sabrán estas tonadas
Los pájaros ociosos,
Sino los retirados estudiosos.
  Sabed, que con un hábil zapatero
Estudié un año entero:
Él dale que le das á sus zapatos,
Y alternando, silbábamos á ratos.
En fin, viéndome diestro,
—Vuela al campo, me dice mi maestro,
  Y harás ver á las aves de mi parte
  Lo que gana el ingenio con el arte.

FÁBULA XV

El Raposo y el Lobo.

    Un triste Raposo
  Por medio del llano
  Marchaba sin piernas,
  Cual otro soldado,

  Que perdió las suyas
  Allá en Campo Santo.
  Un Lobo le dijo:
  —Hola, buen hermano,
  Diga, ¿en qué refriega
  Quedó tan lisiado?
  —¡Ay de mí! responde;
  Un maldito rastro
  Me llevó á una trampa,
  Donde por milagro,
  Dejando una pierna,
  Salí con trabajo.
  Después de algún tiempo
  Iba yo cazando[457],
  Y en la trampa misma
  Dejé pierna y rabo.—
  El Lobo le dice[457]
 —Creíble es el caso:
  Yo estoy tuerto, cojo
  Y desorejado
  Por ciertos mastines,
  Guardas de un rebaño.
  Soy de estas montañas
  El Lobo decano,
  Y como conozco
  Las mañas de entrambos,
  Temo que acabemos,
  No digo enmendados,
  Sino tú en la trampa,
  Y yo en el rebaño.
  Que el ciego apetito
Pueda arrastrar tanto
Á los brutos, pase,
¡Pero á los humanos!

FÁBULA XVI

El Ciudadano Pastor.

  Cierto joven leía
En versos excelentes
Las dulces pastorelas[458]
Con el mayor deleite.
Tenía la cabeza
Llena de prados, fuentes,
Pastores y zagalas,
Zampoñas y rabeles.
Al fin, cierta mañana
Prorrumpe de esta suerte:
—¡Yo he de estar prisionero
Cercado de paredes,
Esclavo de los hombres,
Y sujeto á las leyes,
Pudiendo, entre pastores,
Grata y sencillamente
Disfrutar desde ahora
La libertad campestre!
De la ciudad al bosque
Me marcho para siempre:
Allí naturaleza
Me brinda con sus bienes;
Los árboles y ríos
Con frutas y con peces;
Los ganados y abejas
Con la miel y la leche;
Hasta las duras rocas
Habitación me ofrecen
En grutas coronadas
De pámpanos silvestres.
Desde tan bella estancia,
¡Cuántas y cuántas veces,
Al son de dulces flautas,
Y sonoros rabeles,
Oiré á los pastores,
Que discretos contienden,
Publicando en sus versos
Amores inocentes!
Como que ya diviso
Entre el ramaje verde
Á la pastora Nise[459],
Que al lado de una fuente,
Sentada al pie de un olmo,
Una guirnalda teje.
¿Si será para Mopso[460]?...—
  Tanto el joven enciende
Su loca fantasía,
Que ya en fin se resuelve,
Y en zagal disfrazado,
En los bosques se mete.
Á un rabadán[461] encuentra,
Y le pregunta alegre:
Díme, ¿es de Melibeo
Ese ganado[462]?—Miente,
Que es mío; y sobre todo,
Sea de quien se fuere.
—No respondió el buen hombre
Muy poéticamente.
El Joven temeroso
De que tal vez le diese
Con el fiero garrote
Que por cayado tiene,
Sin chistar más palabra[463],
Huyó bonitamente.
Marchaba pensativo,
Cuando quiso la suerte
Que cogiendo bellotas
Á la pastora viese.
  —¡Oh Nise fementida!
Exclama: ¡cuántas veces,
Siendo niña, querías
Que yo te recogiese
La fruta con rocío
De mis manzanos verdes!—
Diciendo así, se acerca:
La moza se revuelve,
Y dándole un bufido
En las breñas se mete.
Sorprendido el Mancebo,
Dice: «¿Qué me sucede?
¿Son éstos los pastores
Discretos, inocentes,
Que pintan los poetas
Tan delicadamente?
Á nuevos desengaños
Ya no quiero exponerme.»
Rendido, caviloso
Á la ciudad se vuelve.
  Yo siento á par del alma
Que no se detuviese
Á disfrutar un poco
De la vida campestre.
Por mi fe que las migas,
El pastoril albergue,
El rigor del verano,
Los hielos y las nieves,
Le hubieran persuadido
Mucho más vivamente,
Que es un solemne loco[464]
Todo aquel que creyere
Hallar en la experiencia
Cuanto el hombre nos pinta por deleite.

FÁBULA XVII

El Ladrón.

Por catar[465] una colmena
Cierto goloso Ladrón,
Del venenoso aguijón[466]
Tuvo que sufrir la pena.
  «—La miel, dice, está muy buena,
Es un bocado exquisito:
Por el aguijón maldito
No volveré al colmenar.—
¡Lo que tiene el encontrar
La pena tras el delito!

FÁBULA XVIII

El Joven filósofo y sus Compañeros.