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Fábulas

Chapter 54: FÁBULA IX
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About This Book

Una colección de breves fábulas en verso que emplea animales antropomorfizados y situaciones cotidianas para enseñar lecciones morales y prácticas a lectores jóvenes. Cada pieza desarrolla un conflicto sencillo y una resolución que expone virtudes y vicios humanos, como la vanidad, la prudencia o la avaricia, con tono claro y didáctico; muchas incluyen notas explicativas y referencias mitológicas o geográficas para facilitar su comprensión en entornos escolares. El conjunto prioriza la sencillez expresiva y la finalidad pedagógica.

El Asno y el Caballo.

  —¡Ah! ¡quien fuese Caballo!
Un Asno melancólico decía:
«Entonces sí que nadie me vería
Flaco, triste y fatal[129] como me hallo.
  Tal vez un caballero
Me mantendría ocioso y bien comido;
Dándose su merced por muy servido
Con corvetas y saltos de carnero.
  Trátanme ahora como vil y bajo,
De risa sirve mi contraria suerte:
Quien me apalea más, más se divierte,
Y menos como, cuando más trabajo.
  No es posible encontrar sobre la tierra
Infeliz como yo.» Tal se juzgaba,
Cuando al Caballo ve como pasaba
Con su jinete y armas á la guerra.
  Entonces conoció su desatino;
Rióse de corvetas y regalos,
Y dijo: Que trabaje y lluevan palos;
No me saquen los dioses de Pollino.

FÁBULA XVIII

El Cordero y el Lobo.

  Uno de los Corderos mamantones[130],
Que para los glotones[131]
Se crían sin salir jamás al prado,
Estando en la cabaña muy cerrado,
Vió por una rendija de la puerta
Que el caballero Lobo estaba alerta,
En silencio esperando astutamente
Una calva ocasión[132] de echarle el diente.
Mas él, que bien seguro se miraba,
Así le provocaba:
—Sepa usted, seor[133] Lobo, que estoy preso,
Porque sabe el pastor que soy travieso;
Mas si él no fuese bobo,
No habría ya en el mundo ningún Lobo;
Pues yo corriendo libre por los cerros[134],
Sin pastores ni perros,
Con sola mi pujanza y valentía
Contigo y con tu raza acabaría.
—¡Á Dios, exclamó el Lobo, mi esperanza
De regalar á mi vacía panza!
Cuando este miserable me provoca,
Es señal de que se halla de mi boca
Tan libre como el cielo de ladrones.
  Así son los cobardes fanfarrones[135],
Que se hacen en los puestos ventajosos
Más valentones, cuanto más medrosos.

FÁBULA XIX

Las Cabras y los Chivos.

  Desde antaño en el mundo
Reina el vano deseo
De parecer iguales
Á los grandes señores los plebeyos.
  Las Cabras alcanzaron
Que Júpiter excelso
Les diese barba[136] larga
Para su autoridad y su respeto.
  Indignados los Chivos[137]
De que su privilegio
Se extendiese á las Cabras,
Lampiñas con razón en aquel tiempo;
  Sucedió[138] la discordia
Y los amargos celos
Á la paz octaviana[139],
Con que fué gobernado el barbón pueblo.
  Júpiter dijo entonces,
Acudiendo al remedio:
—¿Qué importa que las Cabras
Disfruten un adorno propio vuestro,
  Si es mayor ignominia
De su vano deseo,
Siempre que no igualaren
En fuerzas y valor á vuestro cuerpo?
  El mérito aparente
Es digno de desprecio;
La virtud solamente
Es del hombre el ornato verdadero.

FÁBULA XX

El Caballo y el Ciervo.

  Perseguía un Caballo vengativo
Á un Ciervo que le hizo leve ofensa:
Mas hallaba segura la defensa
En su veloz carrera el fugitivo.
  El vengador, perdida la esperanza
De alcanzarle y lograr así su intento,
Al hombre le pidió su valimiento
Para tomar del ofensor venganza.
  Consiente el hombre; y el Caballo airado
Sale con su jinete[140] á la campaña,
Corre con dirección, sigue con maña[141],
Y queda al fin del ofensor vengado.
  Muéstrase al bienhechor agradecido,
Quiere marcharse libre de su peso;
Mas desde entonces mismo quedó preso
Y eternamente al hombre sometido.
  El Caballo, que suelto y rozagante,
En el frondoso bosque y prado ameno
Su libertad gozaba tan de lleno,
Padece sujeción desde ese instante.
  Oprimido del yugo ara la tierra;
Pasa tal vez la vida más amarga;
Sufre la silla, freno, espuela, carga,
Y aguanta los horrores de la guerra.
  En fin, perdió la libertad amable
Por vengar una ofensa solamente.
Tales los frutos son que ciertamente[142]
Produce la venganza detestable.

LIBRO TERCERO

FÁBULA PRIMERA

El Águila y el Cuervo.

Á DON TOMÁS DE IRIARTE

  En mis versos, Iriarte,
Ya no quiero más arte,
Que poner á los tuyos por modelo.
Á competir anhelo
Con tu numen, que el sabio mundo admira,
Si me prestas tu lira,
Aquella en que tocaron dulcemente
Música
[143] y poesía juntamente.
Esto no puede ser: ordena Apolo
Que digno solo tú[144], la pulses solo.
¿Y por qué solo tú? ¿Pues cuando menos
No he de hacer versos fáciles, amenos,
Sin ambicioso ornato?
¿Gastas otro poético aparato?
Si tú sobre el Parnaso[145] te empinases,
Y desde allí cantases:
Risco tramonto de época altanera,
Góngora[146] que te siga, te dijera;
Pero si vas marchando por el llano,
Cantándonos en verso castellano
Cosas claras, sencillas, naturales,
Y todas ellas tales,
Que aun aquel que no entiende poesía
Dice: Eso yo también me lo diría[147];
¿Por qué no he de imitarte, y aun acaso
Antes que tú trepar por el Parnaso?
No imploras las Sirenas, ni las Musas
Ni de númenes usas,
Ni aun siquiera confías en Apolo.
Á la naturaleza imploras sólo:
Y ella sabia te dicta sus verdades.
Yo te imito: no invoco á las deidades;
Y por mejor consejo,
Sea mi sacro numen cierto viejo;
Esopo digo. Díctame, machucho[148],
Una de tus patrañas, que te escucho.
  Una Águila rapante,
Con vista perspicaz, rápido vuelo,
Descendiendo veloz de junto al cielo,
Arrebató un Cordero en un instante.
Quiere un Cuervo imitarla: de un Carnero
En el vellón sus uñas hacen presa:
Queda enredado entre la lana espesa,
Como pájaro en liga prisionero.
  Hacen de él los pastores vil juguete[149],
Para castigo de su intento necio.
Bien merece la burla y el desprecio
El Cuervo que á ser Águila se mete.
  El Viejo me ha dictado esta patraña,
Y astutamente así me desengaña.
Esa facilidad, esa destreza
Con que arrebató el Águila su pieza,
Fué la que engañó al Cuervo, pues creía
Que otro tanto, á lo menos, él haría.
Mas ¿qué logró? servirle[150] de escarmiento.
  Ojalá que sirviese á más de ciento
Poetas de mal gusto inficionados:
Y dijesen, cual yo desengañados,
El Águila eres tú, divino Iriarte;
Yo no pretendo más sino admirarte:
Sea tuyo el laurel, tuya la gloria,
Y no sea yo el Cuervo de la historia.

FÁBULA II

Los Animales con peste.

  En los montes, los valles y collados[151]
De animales poblados,
Se introdujo la peste[152] de tal modo,
Que en un momento lo inficiona todo.
Allí donde su corte el León tenía,
Mirando cada día
Las cacerías, luchas y carreras
De mansos brutos y de bestias fieras,
Se veían los campos ya cubiertos
De enfermos miserables y de muertos.
—Mis amados hermanos,
Exclamó el triste rey, mis cortesanos,
Ya véis que el justo cielo nos obliga
Á implorar su piedad, pues nos castiga
Con tan horrenda plaga:
Tal vez se aplacará con que se le haga
Sacrificio de aquel más delincuente,
Y muera el pecador, no el inocente.
Confiese todo el mundo su pecado:
Yo cruel, sanguinario, he devorado
Inocentes corderos[153];
Ya vacas, ya terneros;
Y he sido á fuerza de delito tanto[154]
De la selva terror, del bosque espanto.
—Señor, dijo la Zorra, en todo eso
No se halla más exceso
Que el de vuestra bondad, pues que se digna
De teñir en la sangre ruin, indigna
De los viles cornudos animales,
Los sacros dientes, y las uñas reales.—
Trató la corte al rey de escrupuloso:
Allí del Tigre, de la Onza y Oso
Se oyeron confesiones
De robos y de muerte á millones;
Mas entre la grandeza, sin lisonja,
Pasaron por escrúpulos de monja[155].
El Asno, sin embargo, muy confuso
Prorrumpió:—Yo me acuso
Que al pasar por un trigo este verano,
Yo hambriento y él lozano,
Sin guarda, ni testigo,
Caí en la tentación, comí del trigo.
—¡Del trigo! y ¡un Jumento!
Gritó la Zorra, ¡horrible atrevimiento!
Los cortesanos claman:—Éste, éste
Irrita al cielo, que nos da la peste.
Pronuncia el rey de muerte la sentencia,
Y ejecutóla el Lobo á su presencia.
  Te juzgarán virtuoso,
Si eres, aunque perverso, poderoso;
Y aunque bueno, por malo detestable
Cuando te miran pobre y miserable.[156]
Esto hallará en la corte[157], quien la vea;
Y aun el mundo todo ¡Pobre Astrea!

FÁBULA III

El Milano enfermo.

  Un Milano, después de haber vivido
Con la conciencia peor que un forajido,
Enfermó gravemente.
Supuesto que
[158] el paciente
Ni á Galeno ni á Hipócrates leía,
Á bulto conoció que se moría.
Á los dioses desea ver[159] propicios,
Y ofrecerles entonces sacrificios
Por medio de su madre, que afligida
Rogaría sin duda por su vida.
Mas ésta le responde:—Desdichado,
¿Cómo podré alcanzar para un malvado
De los dioses clemencia,
Si, en vez de darles culto y reverencia,
Ni aun perdonaste á víctima sagrada
En las aras divinas inmolada?
  Así queremos, irritando al cielo,
Que en la tribulación nos dé consuelo.

FÁBULA IV

El León envejecido.

  Al miserable estado
  De una cercana muerte reducido,
  Estaba ya postrado
  Un viejo León del tiempo consumido:
  Tanto más infeliz y lastimoso,
  Cuanto había vivido más dichoso[160].
  Los que cuando valiente,
Humildes le rendían vasallaje,
Al verlo decadente,
Acuden á tratarle con ultraje;
Que, como la experiencia nos enseña,
Del árbol caído todos hacen leña.
  Cebados á porfía,
Le sitiaban sangrientos y feroces.
El Lobo le mordía;
Tirábale el Caballo fuertes coces;
Luego le daba el Toro una cornada[161];
Después el Jabalí su dentellada.
  Sufrió constantemente
Estos insultos; pero reparando
Que hasta el Asno insolente
Iba á ultrajarle, falleció clamando:
—Esto es doble morir: no hay sufrimiento,
Porque muero injuriado de un Jumento[162].
  Si en su mudable vida
Al hombre la Fortuna ha derribado
Con misera caída
Desde donde lo había ella encumbrado;[163]
¿Qué ventura en el mundo se promete,
Si aun de los viles llega á ser juguete?

FÁBULA V

La Zorra y la Gallina.

  Una Zorra cazando,
De corral en corral iba saltando
Á favor de la noche en una aldea.
Oye al Gallo cantar: «¡maldito sea!»
Agachada, y sin ruido,
Á merced del olfato y del oído,
Marcha, llega, y oliendo á un agujero[164],
«Éste es», dice; y se cuela al gallinero[165].
Las aves se alborotan, menos una,
Que estaba en cesta como niño en cuna,
Enferma gravemente.
Mirándola la Zorra astutamente,
La pregunta:—¿Qué es eso, pobrecita?
¿Cuál es tu enfermedad? ¿tienes pepita[166]?
Habla: ¿cómo lo pasas, desdichada?
La enferma le responde apresurada:
—Muy mal me va, señora, en este instante;
Muy bien, si usted se quita de delante.
  ¡Cuántas veces se vende un enemigo,
Como gato por liebre,[167] por amigo!
Al oír su fingido cumplimiento,
Respondiérale yo para escarmiento:
Muy mal me va, señor, en este instante;
Muy bien, si usted se quita de delante.

FÁBULA VI

La Cierva y el León.

  Más ligera que el viento[168]
Precipitada huía
Una inocente Cierva
De un cazador seguida.
En una obscura gruta,
Entre espesas encinas,
Atropelladamente
Entró la fugitiva.
Mas ¡ay! que un León sañudo,
Que allí mismo tenía
Su albergue, y era susto[169]
De la selva vecina,
Cogiendo entre sus garras
Á la res fugitiva,
Dió con cruel fiereza
Fin sangriento á su vida.
  Si al evitar los riesgos
La razón no nos guía,
Por huir de un tropiezo
Damos mortal caída.

FÁBULA VII

El León enamorado.

  Amaba un León á una Zagala hermosa:
Pidióla por esposa
Á su padre pastor urbanamente.
  El hombre temeroso, mas prudente,
Le respondió:—Señor, en mi conciencia[170],
Que la muchacha logra conveniencia;
Pero la pobrecita[171], acostumbrada
Á no salir del prado y la majada,
Entre la mansa oveja y el cordero,
Recelará tal vez, que seas fiero.
No obstante, bien podremos, si consientes,
Cortar tus uñas, y limar tus dientes;
Y así verá que tiene tu grandeza
Cosas de majestad, no de fiereza.
Consiente el manso León enamorado,
Y el buen hombre le deja desarmado.
Da luego su silbido:
Llegan el Matalobos y Atrevido,
Perros de su cabaña; de esta suerte
Al indefenso León dieron la muerte.
  Un cuarto[172] apostaré á que en este instante
Dice, hablando del León, algún amante,
Que de la misma muerte haría gala,
Con tal que se la diese la zagala.
Deja, Fabio, el amor, déjalo luego;
Mas hablo en vano, porque siempre ciego,
No ves el desengaño,
Y así te entregas á tu propio daño.

FÁBULA VIII

Congreso de los Ratones[173].

  Desde el gran Zapirón, el blanco y rubio,
Que, después de las aguas del diluvio,
Fué padre universal de todo gato,
Ha sido Miauragato[174]
Quien más sangrientamente
Persiguió á la infeliz ratona gente[175].
Lo cierto es, que obligada
De su persecución la desdichada,
En Ratópolis[176] tuvo su congreso.
Propuso el elocuente Roequeso[177]
Echarle un cascabel, y de esa suerte
Al ruido escaparían de la muerte.
El proyecto aprobaron uno á uno.
¿Quién lo ha de ejecutar? eso ninguno.
—Yo soy corto de vista, yo muy viejo,
Yo gotoso, decían. El consejo
Se acabó como muchos en el mundo.
  Proponen un proyecto sin segundo:
Lo aprueban. Hacen otro: ¡qué portento!
¿Pero la ejecución? ahí está el cuento.

FÁBULA IX

El Lobo y la Oveja.

  Cruzando montes y trepando cerros,
Aquí mato, allí robo,
Andaba cierto Lobo,
Hasta que dió en las manos de los perros.
  Mordido y arrastrado
Fué de sus enemigos cruelmente:
Quedó con vida milagrosamente,
Mas inválido al fin y derrotado.
  Iba el tiempo curando su dolencia,
El hambre al mismo paso le afligía;
Pero, como cazar aun no podía,
Con las hierbas hacía penitencia.
  Una Oveja pasaba, y él la[178] dice:
—Amiga, ven acá: llega al momento:
Enfermo estoy, y muero de sediento[179]:
Socorre con el agua á este infelice[180].
  —¿Agua quieres que yo vaya á llevarte?
Le responde la Oveja recelosa;
Díme pues una cosa:
¿Sin duda que será para enjuagarte,
  Limpiar bien el garguero,
Abrir el apetito,
Y tragarme después como á un pollito?
¡Anda, que te conozco, marrullero!
Así dijo, y se fué; si no, la mata.
¡Cuánto importa saber con quien se trata!

FÁBULA X

El Hombre y la Pulga.

  —Oye, Júpiter sumo[181], mis querellas,
Y haz, disparando rayos y centellas,
Que muera este animal vil y tirano,
Plaga fatal para el linaje humano;
Y si vos no lo hacéis, Hércules sea
Quien acabe con él y su ralea[182].
  Éste es un Hombre que á los dioses clama,
Porque una Pulga le picó en la cama,
Y es justo, ya que el pobre se fatiga,
Que de Júpiter y Hércules consiga,
De éste, que viva despulgando sayos;
De aquél, matando pulgas con sus rayos.
  Tenemos en el cielo los mortales
Recurso en las desdichas y los males;
Mas se suele abusar frecuentemente,
Por lograr un antojo impertinente.

FÁBULA XI

El Cuervo y la Serpiente.

  Pilló el Cuervo dormida á la Serpiente,
Y al quererse cebar en ella hambriento,
Le mordió venenosa. Sepa el cuento
Quien sigue á su apetito[183] incautamente.

FÁBULA XII

El Asno y las Ranas.

  Muy cargado de leña un Burro viejo,
Triste armazón de huesos y pellejo,
Pensativo, según lo cabizbajo,
Caminaba, llevando con trabajo
Su débil fuerza la pesada carga.
El paso tardo, la carrera larga,
Todo al fin contra el mísero se empeña,
El camino, los años y la leña.
Entra en una laguna el desdichado,
Queda profundamente empantanado
[184].
Viéndose de aquel modo,
Cubierto de agua y lodo,
Trocando lo sufrido[185] en impaciente,
Contra el destino dijo neciamente
Expresiones ajenas de sus canas.
Mas las vecinas Ranas,
Al oír sus lamentos y quejidos[186],
Las unas se tapaban los oídos,
Las otras, que prudentes lo escuchaban,
Reprendíanle así, y aconsejaban:
«—Aprenda el mal Jumento
Á tener sufrimiento,
Que entre las que habitamos la laguna,
Ha de encontrar lección muy oportuna.
Por Júpiter estamos condenadas
Á vivir sin remedio encenagadas
En agua detenida[187], lodo espeso;
Y á más de todo eso,
Aquí perpetuamente nos encierra,
Sin esperanza de correr la tierra,
Cruzar el anchuroso mar profundo,
Ni aun saber lo que pasa por el mundo.
Mas llevamos á bien nuestro destino,
Y así nos premia Júpiter divino,
Repartiendo entre todas cada día
La salud, el sustento y alegría.»
  Es de suma importancia
Tener en los trabajos tolerancia;
Pues la impaciencia, en la contraria suerte,
Es un mal más amargo que la muerte.

FÁBULA XIII

El Asno y el Perro.

  Un Perro y un Borrico caminaban
Sirviendo á un mismo dueño.
Rendido éste del sueño,
Se tendió sobre[188] el prado que pasaban.
  El Borrico entre tanto aprovechado,
Descansa y pace; mas el Perro hambriento,
—Bájate, le decía, buen Jumento,
Pillaré de la alforja algún bocado.
  El Asno se le aparta como en chanza:
El Perro sigue al lado del Borrico,
Levantando las manos y el hocico,
Como perro de ciego cuando danza.
  —No seas bobo, el Asno le decía:
Espera á que nuestro amo se despierte,
Y será de esa suerte
El hambre más, mejor la compañía.
  Desde el bosque entre tanto sale un lobo:
Pide el Asno favor al compañero:
En lugar de ladrar el marrullero,
Con fisga respondió:—No seas bobo[189],
  Espera á que nuestro amo se despierte,
Que pues me aconsejaste la paciencia,
Yo la sabré tener en mi conciencia,
Al ver al Lobo que te da la muerte.
  El Pollino murió: no hay que dudarlo;
Mas si resucitara,
Corriendo el mundo á todos predicara:
Prestad auxilio, si queréis hallarlo.

FÁBULA XIV

El León y el Asno cazando.

  Su Majestad leonesa, en compañía
De un Borrico, se sale á montería[190].
En la parte al intento acomodada,
Formando el mismo León una enramada,
Mandó al Asno que en ella se ocultase,
Y que de tiempo en tiempo rebuznase
Como trompa de caza en el ojeo.
Logró el rey su deseo;
Pues apenas se vió bien apostado,
Cuando al son del rebuzno destemplado,
Que los montes y valles repetían,
  su selvoso albergue se volvían
Precipitadamente
Las fieras enemigas juntamente;
Y en su cobarde huída
En las garras del León pierden la vida.
Cuando el Asno sé halló con los despojos
De devoradas fieras á sus ojos,
Dijo:—Pardiez[191], si llego más temprano,
Á ningún muerto dejo hueso sano.
Á tal fanfarronada
Soltó el rey una grande carcajada:
  Y es que jamás convino
Hacer del andaluz[192] al vizcaíno.

FÁBULA XV

El Charlatán y el Rústico.

  —Lo que jamás se ha visto, ni se ha oído
Verán ustedes: atención les pido.
Así decía un Charlatán famoso,
Cercado de un concurso numeroso.
En efecto: quedando todo el mundo
En silencio profundo,
Remedó á un cochinillo de tal modo,
Que el auditorio todo,
Creyendo que le tiene y que le tapa,
Atumultuado grita—¡fuera capa!
Descubrióse, y al ver que nada había,
Con vítores le aclaman á porfía.
—Pardiez, dijo un Patán, que yo prometo
Para mañana, hablando con respeto,
Hacer el puerco
[193] más perfectamente;
Si no, que me lo claven en la frente.
Con risa prometió la concurrencia,
Á burlarse del Payo, su asistencia.
Llegó la hora, todos acudieron:
No bien al Charlatán gruñir oyeron
Gentes á su favor preocupadas,
¡Viva! dicen, al son de las palmadas.
Sube después el Rústico al tablado
Con un bulto en la capa, y embozado,
Imita al Charlatán en la postura
De fingir que un lechón tapar procura;
Mas estaba la gracia en que era el bulto
Un marranillo que tenía oculto.
Tírale callandito de la oreja:
Gruñendo en tiple, el animal se queja;
Pero, al creer que es remedo el tal gruñido,
Aquí se oía un ¡fuera! allí un silbido,
Y todo el mundo queda
En que es el otro quien mejor remeda.
El Rústico descubre su marrano;
Al público lo enseña, y dice ufano[194]:
—¿Así juzgan ustedes?
¡Oh preocupación, y cuánto puedes[195]!

LIBRO CUARTO

FÁBULA PRIMERA.

La Mona corrida.

EL AUTOR Á SUS VERSOS.

  Fieras, aves y peces
Corren, vuelan y nadan,
Porque Júpiter sumo
[196]
Á general congreso á todos llama.
  Con sus hijos se acercan,
Y es que un premio señala
Para aquel, cuya prole
En hermosura lleve la ventaja.
  El alto regio trono
La multitud cercaba,
Cuando en la concurrencia
Se sentía decir:—La mona falta.
  —Ya llega, dijo entonces
Una habladora Urraca,
Que como centinela,
En la alta punta de un ciprés estaba.
Entra rompiendo filas,
  Con su cachorro[197] ufana,
Y ante el excelso trono
El premio pide de hermosura tanta.
  El dios Júpiter quiso,
Al ver tan fea traza,
Disimular la risa,
Pero se le soltó la carcajada.
  Armóse en el concurso
Tal bulla y algazara,
Que corrida la Mona
Á Tetuán se volvió desengañada.
  ¿Es creíble, señores,
Que yo mismo pensara
En consagrar á Apolo
Mis versos, como dignos de su gracia?
  Cuando por mi fortuna
Me encontré esta mañana,
Continuando mi obrilla,
Este cuento moral, esta patraña,
  Yo dije á mi capote[198]:
¡Con qué chiste, qué gracia,
Y qué vivos colores
El jorobado Esopo me retrata!
  Mas ya mis producciones
Miro con desconfianza,
Porque aprendo en la Mona
Cuánto el ciego amor propio nos engaña.

FÁBULA II

El Asno y Júpiter.

  «—No sé como hay jumento,
Que teniendo un adarme[199] de talento,
Quiera meterse á burro de hortelano.
Llevo á la plaza desde muy temprano
Cada día cien cargas de verdura:
Vuelvo con otras tantas de basura;
Y para minorar mi pesadumbre,
Un criado me azota por costumbre.
Mi vida es ésta: ¿qué será mi muerte,
Como no mude Júpiter mi suerte?»
  Un Asno de este modo se quejaba.
El dios, que sus lamentos escuchaba,
Al dominio lo entrega de un tejero.
—Esta vida, decía, no la quiero:
Del peso de las tejas oprimido,
Bien azotado, pero mal comido.
Á Júpiter me voy con el empeño
De lograr nuevo dueño.
Envióle á un curtidor. Entonces dice:
—Aun con este amo soy más infelice[200]:
Cargado de pellejos de difunto,
Me hace correr sin sosegar un punto,
Para matarme sin llegar á viejo,
Y curtir al instante mi pellejo.
Júpiter, por no oir tan largas quejas,
Se tapó lindamente las orejas,
Y á nadie escucha desde el tal Pollino,
Si le habla de mudanza de destino.
  Sólo en verso se encuentran los dichosos,
Que viven ni envidiados, ni envidiosos.
La espada por feliz tiene al arado,
Como el remo á la pluma y al cayado;
Mas se tienen por míseros en suma
Remo, espada, cayado, esteva y pluma[201].
¿Pues á qué estado el hombre llama bueno?
Al propio nunca, pero sí al ajeno[202].

FÁBULA III

El Cazador y la Perdiz.

  Una Perdiz, en celo reclamada,
Vino á ser en la red aprisionada.
Al Cazador la mísera decía:
—Si me das libertad, en este día
Te he de proporcionar un gran consuelo;
Por ese campo extenderé mi vuelo:
Juntaré á mis amigas en bandada,
Que guiaré á tus redes engañada,
Y tendrás, sin costarte dos ochavos
[203],
Doce perdices como doce pavos.
—¡Engañar y vender á tus amigas!
¿Y así crees que me obligas?
Respondió el Cazador; pues no, señora:
Muere y paga la pena de traidora.
  La perdiz fué bien muerta, no es dudable:
La traición, aun soñada, es detestable.

FÁBULA IV

El Viejo y la Muerte.

  Entre montes por áspero camino,
Tropezando con una y otra peña,
Iba un Viejo cargado con su leña[204]
Maldiciendo su mísero destino.
  Al fin cayó, y viéndose de suerte
Que apenas levantarse ya podía,
Llamaba con colérica porfia
Una, dos y tres veces á la muerte.
  Armada de guadaña en esqueleto,
La Parca se le ofrece en aquel punto;
Pero el Viejo, temiendo ser difunto,
Lleno más de terror que de respeto,
  Trémulo la decía, y balbuciente:
—Yo... señora... os llamé desesperado;
Pero...—Acaba: ¿qué quieres desdichado?
—Que me carguéis[205] la leña solamente.
  Tenga paciencia quien se cree infelice,
Que aun en la situación más lamentable,
Es la vida del hombre siempre amable:
El Viejo de la leña nos lo dice.

FÁBULA V