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Filosofía Americana: Ensayos

Chapter 38: ÍNDICE
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About This Book

Una serie de ensayos examina las distintas acepciones de la libertad y del determinismo, distingue libertad empírica (ausencia de coacción externa) y dominio de sí, y analiza cómo las causas hereditarias, sociales y psicológicas condicionan la acción humana sin anular la posibilidad de una libertad práctica. Aborda la confusión entre determinismo y fatalismo, la relación entre propiedad, poder y autonomía, la noción de voluntad coordinadora y la libertad virtual, así como el determinismo social y el fundamento de la responsabilidad. Propone que la responsabilidad relativa, educable y derivada de la convivencia, es compatible con el determinismo y suficiente para sostener la vida moral y social.

La sugestión de asociaciones de ideas derivadas de las relaciones de causa o efecto o de las percepciones de semejanzas y coexistencias entre los hechos sociales, es una de las funciones más importantes de la enseñanza de la historia para la solidez de los recuerdos, formación de grandes síntesis y para la amplitud y elevación de las ideas. Como casos de esta sugestión pueden ofrecerse los dos siguientes:

Observación de las circunstancias y causas semejantes que en la antigüedad motivaron el paso de un gobierno monárquico a un gobierno republicanoaristocrático en Esparta, Atenas y Roma. En virtud de las mismas observaciones quedan explicadas simultáneamente las respectivas leyendas.

Observación de las semejanzas que hay entre el cristianismo y el islamismo que hacen que las dos religiones no sean más que retoños de un tronco común, el judaismo.

Como se deja ver por las opiniones y ejemplos expuestos, es preciso que en la clase de historia los alumnos estén en actividad. Tal idea la manifiesta también Rafael Altamira en su obra sobre la Enseñanza de la Historia, y llega a recomendar este autor,—a fin de que los alumnos no reciban pasivamente ni las lecciones del profesor ni las del escritor de un texto,—que debe estudiarse la historia en sus fuentes mismas, en los documentos, monumentos, restos, etc.

Se comprende fácilmente cuántas dificultades puede presentar la aplicación de este método en cualquier país y más en el nuestro, donde los establecimientos de instrucción no tienen a su disposición no sólo los monumentos y documentos necesarios para efectuar cursos completos, pero ni aun cuadros en cantidad y de calidad suficientes.

Por estas razones,—y sin olvidar el principio primordial de la actividad de los alumnos,—es menester considerar mucho todavía entre nosotros la manera cómo el profesor comunica ciertos conocimientos a sus alumnos y trata de que éstos se los asimilen.

Consideremos primeramente la narración oral. Usada ésta de una manera exclusiva tiene que ir acompañada del trabajo de redactar apuntes, si el profesor no habla muy rápidamente, o si sucede esto último, el estudiante llega a encontrarse sin puntos de apoyo y referencia para refrescar sus recuerdos.

En el primero de los casos indicados ya ocurre que el profesor dicta lentamente sus lecciones, lo que hace que la clase sea muy aburrida e inactiva, tanto para los alumnos como para el profesor, ya sucede que éste lleva a cabo una narración propiamente tal y entonces los estudiantes se ven reducidos, cuando tienen interés, a redactar, según sus recuerdos, algunos apuntes en sus casas. Aunque esto es menos malo que dictar en clase, sin embargo, de todas maneras es recomendable que no se llegue a caer en el sistema de los apuntes. Éstos resultan generalmente escritos con mala sintaxis, mala ortografía, letra apenas inteligible y muchos errores de fondo, de suerte que el estudiante los consulta y lee más tarde sólo por necesidad, y, una vez rendido el examen, o los arroja en un rincón o los deja en legado a otro estudiante de curso inferior, para quien pasan a ser una calamidad aun mayor. Todo el tiempo que se gasta en esta labor de resultados fugaces debe ser mejor empleado.

Cuando el profesor, en el segundo de los casos anotados más atrás, narra con mucha rapidez y no repite lo suficiente, y los alumnos, que no tienen a su disposición un texto o manual adecuado, no alcanzan a tomar o redactar apuntes, viene como consecuencia inevitable el fracaso de la clase.

Por los motivos expuestos, creemos que lo más conveniente es la combinación discreta de la narración en clase con el uso de un buen libro fuera de la clase.

Casi no es menester ya detenerse a decir cuán censurable es el uso de un manual o texto mal hecho, recargados de cifras y de nombres, y adquirido principalmente para que el alumno aprenda de memoria cierto número de páginas que el profesor cuida de indicar en cada clase.

La narración ha de ser vivaz, casi artística, evocadora de los tiempos ya muertos, sugestiva, de modo que haga sentir que la historia es la vida del pasado.

Para que el profesor esté en aptitud de hacer narraciones en la forma que se acaba de expresar, le es indispensable la lectura de las obras de los grandes maestros de la historia y de obras literarias y poéticas importantes de la época de que se ocupa, o de obras de tiempos posteriores que se refieran a dicha época. Ejemplos de estas últimas serían buenas novelas históricas.

No se puede encarecer lo bastante cuán necesaria es la lectura de los grandes autores para que el profesor de historia manifieste en su clase el gusto, la confianza y el entusiasmo que la hacen agradable y educadora. Ni el profesor de los primeros años de Humanidades debe prescindir de esas lecturas. A este respecto acuden a la memoria los nombres de autores como Fustel de Coulanges, Mommsen, Curtius, Taine, Renan, Macaulay, Buckle, Michelet, Lamprecht, Monod, H. Houssaye, Mitre, Letelier, Barros Arana, Amunátegui, etc. Entre los historiadores de fama más reciente hay que recordar al norteamericano H. Charles Lea, que, entre otras obras, ha escrito una Historia de la Inquisición en la Edad Media (traducida al francés por Salomón Reinach), considerada unánimemente por los críticos europeos como un libro monumental que en el porvenir no podrá ser superado; y al italiano Guillermo Ferrero que lleva publicados tres volúmenes (traducidos al francés) de su obra Grandeza y Decadencia de Roma.

Debe ser también una de las más importantes consecuencias de las clases de Historia, que los alumnos mismos de los cursos superiores adquieran gusto por la lectura de los autores de mérito y que han escrito sirviéndose de fuentes originales. Consiguiendo esto, no sólo se enseña sino que se educa, se encamina a los jóvenes por la senda de los goces delicados y salvadores que procura la comunión intelectual con los grandes hombres.

Por último, considerando, que en la vida es preciso no sólo pensar exactamente, sino también sentir y obrar de las maneras que más elevadamente correspondan a las justas aspiraciones individuales y sociales y a las mutuas adaptaciones de éstas,—se llega a apreciar el valor que la Historia tiene para la educación moral. Su influencia en este sentido la ejerce la historia por medio de los ejemplos de trabajo, abnegación, constancia, valor moral, independencia y tenacidad para las luchas legítimas que ofrecen las vidas de los grandes hombres y de los grandes pueblos. Para que el efecto benéfico de tales ejemplos obre sobre los alumnos, es menester que el profesor sienta primero vivamente la importancia, belleza y grandeza que dichos ejemplos contienen.


IDEALES PARA LA JUVENTUD

La Federación de Estudiantes me ha conferido la honra de hablar en esta hermosa velada, organizada para celebrar el Centenario de la Independencia Argentina, y como un homenaje a la Federación Universitaria de Buenos Aires.

Es un honor que impone serias responsabilidades, y éstas crecen cuando, como voy a hacerlo ahora, no se ha de hablar en nombre de la Federación respecto de la República hermana, sino a los estudiantes con motivo del aniversario que conmemoramos.

Si de toda obra de carácter intelectual, y por consiguiente de un discurso, se entiende en general que ha de ser la expresión sincera de un alma y no un conjunto de fórmulas huecas, propias de una ceremonia oficial; si toda producción que se presenta al público como la manifestación de un espíritu ha de ser la expresión de lo que él tenga por verdadero y no sólo de lo que considere conveniente en ese momento para su auditorio, en desmedro de la verdad,—es indudable que estas condiciones se tornan más exigentes cuando el auditorio o el público lo forma la juventud de una nación. Hablar a la juventud es practicar un acto que revista algo de sagrado. No comprenderlo así es como tener en sus manos el ser aún informe de la patria futura y soltarlo, abandonándole al tiempo tal como se le había recibido, en lugar de apretarlo con amor en sus brazos para darle los rasgos que las lecciones del pasado y la visión del porvenir enseñan, para hacerle sentir que es el depositario dichoso de la fuerza viva más rica, que ha de ser la causa y el objeto de las transformaciones individuales y sociales de los días venideros.

Por tales razones y sentimientos, esta fiesta se me presenta con caracteres excepcionales que la realizan a mis ojos.

Que los sucesos épicos de nuestra independencia sean celebrados dignamente por la juventud que estudia, es como si los frutos del heroísmo fueran celebrados por el heroísmo en flor. Si nos imaginamos, tal vez de una manera poco precisa, que existe el alma de una raza, el alma de un pueblo, y que en ella palpita sin cesar algo de heroico que anda buscando personalidades en quienes encarnarse para realizar lo grande que las necesidades de cualquier instante de la vida social reclaman,—esa parte heroica del alma de la raza ha de tener puestas sus esperanzas seguramente en la juventud que trabaja; en la que no deserta de las nobles luchas; en la que, al emprender una campaña de adelanto, no siente el miedo de perder en ella el logro de ambiciones bastardas o las comodidades de la existencia ordinaria; en la que cree que lo bello y lo bueno ha de amarse y que, aunque cueste, lo justo ha de hacerse y lo verdadero ha de decirse.

La juventud, en efecto, (hablo de la que es capaz de disciplina y esfuerzo), ocupa en la sociedad un lugar privilegiado: ha alcanzado cierta madurez que le falta al niño, y lleva en su pecho valientes anhelos e impulsos de que suele carecer el hombre. En el sistema de la rotación histórica es como un calor de mediodía que apresura el maduramiento de los frutos del progreso, que no estarían nunca en sazón al contar sólo con la indiferencia de los espíritus vulgares y cansados, que comen, miran y duermen, y creen en los descubrimientos y adelantos sólo cuando se les ponen en las manos.

Esta especie de conjunción del recuerdo de un gran hecho del pasado americano con la fuerza generosa de la adolescencia, impone el considerar con reflexión lo que haremos esta noche y cuál será el orden de ideas más apropiadas a ella. En esta circunstancia y en la de que es poco menos que imposible expresar algo nuevo sobre el patriotismo y la confraternidad chilenoargentina después de todo lo que se ha hablado y escrito en estos días sobre el particular, se encuentran las razones del rumbo que voy a dar a mis palabras. Al concepto dominante de este discurso, que es un género de patriotismo recomendado a los estudiantes de cursos superiores, llamadlo, a falta de otra denominación mejor, patriotismo intelectual, patriotismo superior o americanismo intelectual.

Me parece, en consecuencia, que en estos instantes no basta con que nos regocijemos al rememorar las hazañas de los padres de la patria, sino que es menester para celebrar y comprender a los héroes, sentir en sí mismo algo de heroico. Proceder del primer modo, sólo aumentando la intensidad de los goces fáciles, sería indigno de nosotros, sería como aplaudir los triunfos de César y Alejandro, con las parodias de Caracalla y de otros emperadores romanos.

Primeramente voy a concretar a un punto esta manifestación cariñosa y entusiasta de simpatía a la República hermana del otro lado de los Andes, punto que va a ser de admiración para ella y de enseñanza para nosotros.

Hemos sido y somos en estos días viajeros que recorremos la espléndida selva de los progresos argentinos; admirados y contentos, hemos puesto nuestros ojos en sus árboles gigantescos y en sus frutos exquisitos. ¡Quién ha contado los progresos materiales de esa tierra, quién ha entonado himnos a sus guerreros, quién ha celebrado la opulencia de su capital, la segunda metrópoli del mundo latino! Yo, de la floresta, voy a tomar una flor humilde, especie de violeta del campo social, y a ella voy a consagrar mi admiración. Esta flor es la instrucción primaria. Aspirando su perfume y bendiciendo al suelo que la ha hecho crecer, os digo mi sentimiento en la siguiente expresión:—Saludemos en la República Argentina a la primera democracia de la América española, a una democracia que tiene instrucción primaria gratuita, secularizada y obligatoria. Saludémosla con estos dictados que nos señalan un camino y que la honran. En efecto, la instrucción primaria de aquella República desde los seis hasta los catorce años, y completamente secularizada, de manera que en las escuelas no se da ninguna enseñanza religiosa, a menos que los alumnos o sus padres la soliciten expresamente, y, en este caso, la reciben en horas extraordinarias. De esta suerte, la República Argentina ha llegado a tener una proporción de un poco más de un treinta por ciento de analfabetos, mientras que nosotros contamos con cerca de un setenta por ciento de los mismos. Estos son los resultados funestos de un concepto de la libertad, aún poderoso entre nosotros, que se resiste a hacer compulsiva la instrucción más indispensable al ciudadano, libertad que, así entendida, no es otra cosa que una desorganización erradamente individualista, feudal y anárquica. A los partidarios de esta falsa libertad les dijo Mirabeau en la Constituyente, hace más de un siglo: «Si defendéis la ignorancia del pueblo es porque os habéis formado una renta con esa ignorancia».

A este respecto es de lo más sugestivo el informe presentado el año pasado por nuestro conocido, el ilustre profesor de ciencia política de la Universidad de Pensilvania, Mr. L. S. Rowe, sobre la instrucción pública en la Argentina y Chile.

«El progreso de la educación en Chile, dice el distinguido profesor, en el Report of the Commissioner of Education (1909), presenta un contraste notable con el de la República Argentina». En la República Argentina el desarrollo democrático del país desde 1850, ha conducido hacia un temprano desenvolvimiento de la instrucción primaria. La instrucción secundaria y superior han recibido poca atención. La organización social aristocrática de Chile, por otro lado, ha encaminado los esfuerzos hacia el desarrollo de los establecimientos de instrucción secundaria. En consecuencia, Chile posee los mejores Liceos e institutos de Sud América. Desgraciadamente la instrucción primaria fué descuidada por muchos años y ha resultado de ahí un grado de ignorancia tal en las masas populares, que hace insalvable (impassable) el abismo (chasm) que existe entre las clases sociales. El país sufre ahora las consecuencias de esta larga negligencia...

«El problema de mayor importancia que en estos momentos afronta Chile, es el del adelanto y expansión del sistema de educación primaria. Sólo por medio de la educación de las masas y el consecuente emparejamiento del tremendo abismo que separa las clases ricas y educadas, podrá Chile retardar el aumento del descontento».

Tiene razón Mr. Rowe. La educación contribuirá a que se solucionen de una manera suave, en una evolución social progresiva, los conflictos internos que han de sobrevenir. Esta previsión está fundada en la historia entera del siglo xix. Inglaterra y España ofrecen a este respecto ejemplos elocuentes. Ambos pueblos eran, al empezar aquella centuria, monarquías absolutas autocráticas; pero mientras en la primera existía desde entonces una opinión pública educada y preparada, en la segunda, durante el primer cuarto del siglo, un ministro de Fernando VII, Calomarde, cerraba casi todos los establecimientos de instrucción, y dejaba abierta, bajo los especiales auspicios de Su Majestad Católica, ¿qué? una escuela de Tauromaquia en Sevilla. Las consecuencias de este estado de cosas y de las diferencias de educación de los dos países son bien conocidas: Inglaterra, en el trascurso del siglo, ha realizado una transformación maravillosa de sus instituciones y ha llegado a ser una monarquía democrática modelo, sin ninguna revolución, y ofreciendo al mundo los más bellos ejemplos de luchas cívicas; y España, en el mismo lapso de tiempo, se ha visto sacudida por innumerables revoluciones sangrientas, que han costado la vida a millares de sus hijos, no ha logrado dar una forma sólida a su Constitución, y se debate aún dolorosamente en medio de las tendencias más opuestas y desgarradoras.

Pero entre nosotros, no existe únicamente ese abismo entre las clases sociales de que habla el profesor norteamericano; existe,—en virtud del mismo hecho de la falta de educación de una gran parte de la población,—una notable disonancia entre nuestra cultura intelectual y nuestras instituciones sociales. Estas no corresponden al grado de adelanto que ha alcanzado aquélla.

Estos problemas del desarrollo y expansión de la instrucción primaria y del mejoramiento de las instituciones, son problemas que se compenetran. Ambos requieren que se ilustre a la sociedad para transformar al Estado. De aquí la importancia que envuelve el que la juventud se forme un concepto cabal de la vida social y de sus exigencias de progreso, lo cual no se consigue sin una instrucción que sea simultáneamente positiva, científica y filosófica.

—¿Qué nexo, qué relación se deja sentir entre estos asuntos y el centenario de la independencia argentina, o de la independencia americana si se quiere, que celebramos en estos instantes? Hay algunos muy esenciales y al ocuparnos de ellos llegaremos a la segunda y última parte de que pienso tratar.

Así como comprende y sabe amar a Jesús sólo el que desprecia de corazón las riquezas y quiere a los pobres, a los humildes y a los niños; así como comprende y estima el alma de Marco Aurelio aquél que obedece en su vida espiritual a una austeridad benévola y a una ecuanimidad severa; así como penetra mejor el ser de un Spencer, de un Comte, o de un Stuart Mill el que consagra sus desvelos al estudio y a la ciencia, de igual suerte será capaz de apreciar y de celebrar las hazañas de los héroes de nuestra independencia sobre todo el que tenga el ánimo, como ellos lo tuvieron, de consagrar su individualidad a un ideal humano y nacional.

¿Se dirá, acaso, que ya pasaron los tiempos del heroísmo y que las espadas de San Martín, de Belgrano y de O'Higgins descansan en los museos para que nosotros las miremos sonrientes y evoquemos tranquilos el recuerdo de una edad homérica que no ha de volver?

¡Ah, no! Las espadas pueden descansar en los museos y quizás no sea necesario el heroísmo de la guerra (y esto aun desgraciadamente puede no ser cierto); pero, qué hermosas jornadas nos presenta el heroísmo de la paz, cómo reclaman nuestra acción la pluma, la palabra, el laboratorio, las masas incultas y los errores imperantes, con un apremio que parece que aun centuplicándonos seríamos pocos. Así como creía John Ruskin, allá por 1860, en su bella y solitaria residencia de Los Alpes, tener su cabeza sumida en un haz de hierbas de un campo de batalla, empapado en sangre, y oir los gritos que se levantaban de la tierra, los gritos de la inocencia que quería ser socorrida y los de la miseria que quería ser consolada, así me imagino que brotan de nuestra tierra y de la América en general, voces por doquiera, voces que claman por hombres que trabajen con fe y entusiasmo en las cosas del progreso espiritual; me imagino que hay verdades que palpitan en el aire esperando quien con valor las sostenga y las proclame; reformas que esperan un adalid que las convierta en realidades; y pobrezas, dolores e injusticias que, si no han de ser remediadas, suspiran a lo menos por la pluma atrevida de un Galdós, de un Zola o de un Díckens que, con obras de aliento, los inmortalicen en el arte.

Este heroísmo de la paz no es algo brillante y que sólo requiera el esfuerzo de un día. No; es labor modesta, a veces obscura, de energía tenaz, de perseverancia que llega a ser un hábito; es la existencia entera del hombre noblemente vivida; es marchar con la augusta serenidad del estoico para cumplir sus deberes y con la fuerza propulsora del amor para efectuar creaciones; es tener la convicción de que en la vida social nada se improvisa, y de que los hombres no somos más que las madréporas solidarias de un monumento colosal que en el mar del espacio está construyendo la humanidad.

En el heroísmo de la guerra se lanza la voz de «al abordaje» una o varias veces en una o más campañas. En el heroísmo de la paz hay que vivir siempre, como Cirano, con el penacho en alto, para combatir sin tregua a los verdaderos enemigos del hombre: la pereza y el egoísmo, el misoneismo, los prejuicios y el dogmatismo. En el heroísmo de la guerra bajan del cielo las walkirias a coronar a los guerreros después de las batallas; en el heroísmo de la paz llevan los guerreros las walkirias en el alma en forma de virtudes, que celebran sus triunfos y entonan sólo para ellos himnos de aliento cuando desmayan.

Se puede decir que los esfuerzos de los hombres se encaminan al mejor aprovechamiento y desarrollo de dos clases de energías: energías materiales y energías espirituales y sociales. Entre nosotros, movidos por el gran afán de las cosas prácticas, se ha gastado especial cuidado sobre todo con las primeras. No obstante, nuestros campos y las entrañas de nuestros montes y las caídas de agua de nuestras cordilleras están todavía casi vírgenes y encierran tesoros incalculables para los trabajadores que a arrancarlos se consagren. No es raro que esto suceda en Chile, cuando al decir de W. Ostwald, la explotación de las energías del sol y de la tierra se encuentran en la infancia aun en los países más adelantados. Si es verdad, pues, que se pierden en Chile muchísimas energías de la tierra, es preciso también apresurarse a reconocer que son inmensas las fuerzas sociales que se despilfarran. El pueblo ignorante de que hemos hablado, la mujer que por preocupaciones de casta no sigue una profesión que le permita mantenerse, los ociosos que podrían robustecer los músculos en las fábricas, los parásitos de todas clases que pululan en los clubs, en el foro o en los templos; los llevados por la ventolera de la idea ramplona dominante de que en la vida, con el dinero que bien o mal gasta, no hay otra cosa que hacer que gozar hoy y preparar los placeres de mañana; todas estas son fuerzas sociales que se malgastan.

En la necesidad de salvar y aprovechar estas energías sociales, necesidad que concuerda con la tendencia constante de la especie de dar intensidad y facilidad a su existencia, radica el motivo de hacer germinar y cultivar en la juventud un concepto superior de la vida, un concepto armónico en que, a la base de la riqueza material, se agregue el florecimiento de la cultura espiritual, sintetizada en una filosofía que sea a la vez positivista e idealista evolucionista y meliorista.

Al cultivo de la ciencia y de la filosofía en Hispano América quiero llamar la atención de las almas jóvenes, considerándolo como el supremo trabajo del heroísmo de la paz, en cuanto significa la empresa más digna de continuar la obra de los padres de la patria, tanto por su valor intrínseco, cuanto por la reacción que debe operar sobre la vida realmente práctica.

¿No merecen esta clase de homenaje los héroes de 1810? ¿O es homenaje inadecuado que tratemos de retemplar nuestro espíritu con el ejemplo de aquéllos para practicar las principales formas de heroísmo que las condiciones de la época presente permiten? ¿O viviremos en nuestra vida espiritual y social únicamente de imitaciones y repeticiones?

Proceder así sería decirle a la juventud que la forma en que hemos vivido nosotros es la mejor forma de vida posible, o que la existencia social no es susceptible de mejoramiento. Ninguna persona puede con seguridad decir esto; y la que lo hace no ve en su pesimismo que lo que falta no son tanto las virtudes en el corazón de los hombres, como quizás la fuerza en su propio pecho, la fuerza generosa que sube al alma en vapor de esperanza y de aliento.

¿O no tenemos tal vez los elementos para dar a las mejores enseñanzas de la ciencia y de la filosofía modernas formas adecuadas a nuestras condiciones de pueblos nuevos, que nos permitan establecer y aplicar principios, conceptos e innovaciones que a su vez recobren sobre el resto del mundo?

Aunque dudemos de esta posibilidad, debemos tentarla. Como ha dicho Hoffnidg, el que no se atreve a equivocarse no acierta jamás con la verdad.

Si queremos dar a nuestra patria y a nuestra raza personalidad en el concierto de la humanidad, debemos esforzarnos por darle personalidad espiritual, es decir, artística y científica.

El que no nos atreviéramos a esto encontraría una mengua para nuestro carácter, así como es en cierto grado dolorosa, vergonzosa, la situación internacional de nuestro idioma castellano.

Nuestra bella lengua, que es el órgano de cincuenta millones de hombres, no ocupa en el universo intelectual un lugar de primera fila, ni mucho menos. En las aulas en que se celebran los Congresos científicos europeos, el español no resuena. Hasta en un congreso sobre educación moral que se verificó en Londres en Septiembre de 1908, los únicos idiomas que circularon fueron el inglés, el alemán y el francés. Y se trataba de una materia que no exige para realizar experiencias en ella ni institutos especiales, ni una técnica científica muy complicada.

Creo que esta situación nos apocará, nos enfermará moralmente, si nos resignamos sólo a ser siempre satélites y no encaminamos el ánimo hacia el fin de dar a la lengua castellana y a la cultura hispanoamericana un lugar eminente y de igualdad con las primeras de la tierra. Empecemos por sentir la necesidad de hacerlo. Al lado de los pocos que con igual propósito trabajan en la madre patria, luchemos con constancia, con energía de cíclopes, para encender los focos de la cultura hispanoamericana que deben marcar una nueva faz en la historia de la humanidad.

Convenzámonos de que esos fines no los alcanzaremos únicamente con el cultivo de las letras. Sólo la ciencia nos conducirá a ellos, la ciencia que disciplina el carácter y la inteligencia, la ciencia que endereza el espíritu hacia la libertad del pensamiento y de la acción, y de la cual ha dicho Ostwald, el sabio profesor de la Universidad de Léipzig, que es la raíz de toda cultura y al mismo tiempo su más espléndida flor.

Las tareas de este heroísmo de la paz son las que os propongo como divisa, ¡oh, jóvenes! y podemos estar seguros de que con un movimiento intelectual de carácter social, científico y filosófico, conseguiremos, por lo menos, dos cosas: hacer algo que tenga un alto valor en sí mismo, dando a nuestras vidas orientaciones elevadas y morales, y simultáneamente recobrar sobre nuestro organismo social, arrostrando en esta procesión de las antorchas del porvenir, a los rezagados, a los perezosos, a los egoístas, e imponiendo las reformas que reclaman el examen racional e histórico de nuestra sociabilidad en sus relaciones con la cultura humana general, reformas que las interminables querellas y la ambiciosa o epicúrea inacción de los políticos, indefinidamente dilatan.

Tales son las águilas y las banderas de las legiones del heroísmo de la paz, que sostienen el imperio de la ciencia que ya existe, y avanzan hacia el de la justicia que existirá.

Si logramos que estos sentimientos arraiguen en nuestras entrañas, y, al calor de noble entusiasmo, que nos ha agitado en estos días y nos agita ahora, nos es dado fundirlos con nuestro ser, podremos decir que hemos celebrado el centenario de la independencia argentina uniendo fraternalmente a los héroes de la República hermana con los nuestros, y buscando en el recuerdo de ellos luz, fuerza moral y orientaciones para el porvenir. Nos imaginaríamos que, armados de un bagaje espiritual digno de un dios germánico de la familia de Odin, a saber: de energía, de valor y de sinceridad, habríamos realizado una romería al templo de la gloria para decirles a los héroes de nuestra raza:

«En la sagrada cohorte de la humanidad somos los que vosotros érais al empezar vuestra carrera, somos peregrinos del ideal. En estos instantes consagrados a vuestros nombres, acudimos a vosotros y rememoramos vuestras hazañas para beber en ellas las fuerzas necesarias. En estas horas solemnes os decimos que anhelamos ser vuestros continuadores y completadores. Os ofrecemos estos votos cual coro de voces del alma con que acompañamos íntimamente las músicas que os ensalzan; os los ofrecemos como flores que han de dar frutos de nuestra voluntad.»

«Así como vosotros cortasteis, hace un siglo, las amarras que mantenían atadas las naves de estos pueblos al tronco de una monarquía decrépita por la falta de toda libertad, así queremos nosotros a nuestra vez cortar las cuerdas que aún atan las velas y limpiar los cascos de las naves de las rémoras que las entorpecen al marchar. Queremos dotar a las naves de luz propia y de recursos abundantes, y a la tripulación ignara, floja y timorata, disciplinarla con equidad e ilustrarla para que no la detenga ningún «más allá», para que no se detenga cuando vea que conoce los nuevos horizontes, el cielo y los mares y sus escollos, de una manera experimental; queremos acudir a donde nos llaman otras escuadras más avanzadas que la nuestra para vivir en concierto solidario y concluir de sondar los misterios del espacio, de la tierra y de la vida inmaterial.»

«Así como vosotros realizasteis, hace un siglo, la que era entonces en el terreno político utopía de la libertad, así aspiramos nosotros a ser los ejecutores de las nuevas concepciones científicas y sociales que el espíritu del tiempo nos pone por delante, como mandatos de las a veces desconocidas, pero siempre inmortales y modestas diosas de la humanidad: la verdad, la justicia y la belleza».


UN CONGRESO DE LIBREPENSADORES

Qué grato placer nos produjo la idea de celebrar en Santiago un Congreso de Librepensadores.

Nos pareció que por este solo hecho ya recorriera a todo Chile en su larga extensión de Norte a Sur, un soplo suave de vida que alegrara los espíritus y dejara tras de sí una estela luminosa.

Como un pequeño eco del gran Congreso de Librepensadores celebrado recientemente en Roma, y también como necesaria manifestación de nuestra vida propia, vendrá este Congreso—si los chilenos lo queremos—a grabar una de las mejores páginas de nuestra historia de pueblo civilizado.

Anhelamos que la noticia sola de este acontecimiento que se prepara conmueva hondamente a cada hombre y a cada joven que se crea con alma y le haga sentir la importancia de ese Congreso: movidos por los sentimientos más elevados, amor a la humanidad, amor a la patria, amor a la verdad, acudir de los diferentes puntos de la República a reunirse en un mismo sitio, ligados por los delicados lazos de aspiraciones intelectuales y morales comunes, para exponer los resultados de trabajos modestos y sinceros, confortar las voluntades para las nobles luchas de la verdad y dar generosos ejemplos a la juventud: éstos son algunos de los valores de semejante Congreso.

Si no somos capaces de pensar libremente, debemos de renunciar al concepto de civilizados. Tendremos de la civilización su perfume y su ropaje; pero no su esencia, si no tenemos fuerzas para elevarnos a la vida superior del pensamiento.

Este Congreso viene a ser como un oasis en el camino de la vida para los que no se contentan ni con las satisfacciones vulgares y mundanas, ni se consuelan con las fantasías místicas que son sólo errores seculares.

No hay centro importante en nuestro país que no cuente con un pequeño núcleo de personas ansiosas de luz, de ideal, de arte, de ciencia y de una vida mejor y más justa, realizada y construída en este mundo. Pasan, es cierto, algo inadvertidos, porque en el ajetreo mundano sólo se oyen las músicas de fanfarria y no las canciones apenas rumorosas de los soñadores.

Pero, hay también otras personas a las cuales se puede aplicar lo que un poeta decía de sí mismo: «que llevan en el corazón de hielo, como un sepulcro, de su entusiasmo los despojos» y que van a engrosar el grande y turbio río de las multitudes para quienes la vida es sólo hacer papel y gozar.

A aquéllas, a las que aún creen en ideales, a fin de que perseveren, y a éstas, a las desprovistas de entusiasmo, para que vuelvan en sí, hay que recordarles que la verdadera vida es amar, pensar obrar y luchar noblemente; y hay que recordarles el caso referido por Darwin en su autobiografía, para que no olviden cuán importante es consagrar siquiera cortos instantes al idealismo.

Cuenta el ilustre naturalista, que en su juventud gozaba con la música, la pintura y la lectura de Shakespeare; pero en su edad madura encontró al genial dramaturgo tonto y aburridor y que no gozó con la música ni la pintura. Se había privado de estos goces, había atrofiado algunas de sus facultades por no haberlas ejercitado.

Algo análogo acontece a todos los hombres con la facultad de pensar y de idealizar. Movidos únicamente por el interés y el goce, pierden el poder de elevarse a concepciones superiores a esos dos móviles. Con la decantada experiencia que adquieren destruyen sus ilusiones, por lo que Goethe decía que preferiría más bien no ser nunca hombre de experiencia y continuar escuchando siempre a los grillos y ruiseñores que en los cerebros jóvenes entonan los más deliciosos cantares de la existencia.

Todo lo dicho significa, que por la propia felicidad conviene conservar en el fondo de su ser un santuario libre de egoísmo y de sensualismo dedicado a las puras concepciones artísticas y científicas.

En un Congreso de Librepensadores esos fuegos individuales se confortarán y robustecerán al contacto de otros fuegos semejantes.

El pensamiento desinteresado y libre es felicidad.


Ese Congreso no es tampoco una amenaza para nadie.

El pensar libre es un pensar sin dogmas, pero no sin principios.

Al revés de lo que se pudiera imaginar a primera vista, es la forma más difícil del pensar, la que requiere más carácter, más precauciones y más ilustración. No es el pensamiento desenfrenado, sino armado de todos los recursos de la lógica para defenderse de los errores que con tanta sutileza se introducen en la mente.

El libre pensamiento es lógico.

Es el pensamiento provisto de poderosos telescopios y de la precisión de las matemáticas para escudriñar los misterios de los cielos; es el que armado de balanzas, microscopios, alambiques, retortas y de cien aparatos más, analiza, disuelve y estudia la materia para arrancar los secretos a la tierra; es el que para establecer un solo hecho histórico, consulta, compara y critica centenares de documentos y monumentos; es el que para establecer una sola ley social se basa en lo posible en las estadísticas de todos los países y de todos los tiempos.

El libre pensamiento es trabajo.

Es el que incorporado en Jesús, en Sócrates y en Jordán Bruno, los condujo al cadalso; es el que brillando en la mente de un Galileo, lo arrastró a las prisiones de la Inquisición; es el que ha inspirado la labor de un Newton en la mecánica, de un Claudio Bernard en la fisiología, de un Darwin y un Haeckel en las ciencias naturales; el que produjo los esfuerzos agotadores y casi mortales de un Comte y un Spencer en la filosofía.

El libre pensamiento es severo y heroico.

En el campo de la moral y de la conducta su acción es inmensa. Sólo ciertas inteligencias y muy contados caracteres gozan de esa libertad superior que consiste en sustraerse a la masa abrumadora de prejuicios que se sugieren con el uso como verdades inconclusas, a esas normas de vida que la tradición impone y que las muchedumbres siguen sin discutir como reglas dictadas por su majestad anónima e irresistible «La opinión pública». Es un fruto del pensar libre concebir y practicar modos superiores de vida que ataquen usos irracionales, que restablezcan la verdad en las relaciones del hombre con el hombre, o del hombre con la naturaleza, que arrojen un poco de ideal sobre la realidad y que echen sobre esta vida surgida del enfriamiento de la corteza terrestre, el velo embellecedor tejido con el calor del alma humana.

El libre pensamiento es creador y revela carácter.

FIN

Notas al Calce

[1] Einleitung in die Moral Wissenschaft, II, Die Freiheit.

[2] Les lois de i'imitation, III.

[3] Höffding, Histoire de la philosophie moderne.

[4] Pure Sociology, III.

[5] General Sociology, I.

[6] Logik der Geisteswissenschaffen. p. 267.

[7] Pure Sociology, p. 238.

[8] Sociologische Erkeniniss, citado por J. Novicow.

[9] The Psychic Factors of Civilization, xxxiii.

[10] Applied Sociology, p. 126.

[11] Applied Sociology, p. 68.

[12] Citada por Mr. Ward, Applied Sociology, p. 147 y siguientes.

[13] London. Longman, Green and C.º.

[14] La llamo seudociencia porque no puede ser ciencia, aunque la designen así los teólogos, ya que éstos no pueden suponer como base de ella la ley de causalidad y el determinismo, que constituyen los postulados primordiales de toda ciencia.

[15] Antipragmatismo.

[16] La Morale et la Science des Mœurs.

[17] La morale.

[18] De la educación intelectual, moral y física.

[19] La Réforme de l'enseignement par la philosophie.


ÍNDICE

I
LA LIBERTAD, EL DETERMINISMO Y LA RESPONSABILIDAD
I. —Las ideas de libertad y el determinismo. 2
II. —El determinismo y su influencia sobre la acción humana y el pensamiento. 10
III. —La libertad absoluta. 17
IV. —El determinismo psíquico y las ideas nuevas. 26
V. —La fuerza coordinadora de la voluntad y la libertad virtual. 34
VI. —El determinismo social y el individuo. 40
VII. —El fundamento de la responsabilidad. 50
VIII. — El sentimiento de responsabilidad y su educación.—Conceptos definitivos de libertad y responsabilidad. 57
II
EL MELIORISMO O LA FILOSOFÍA SOCIAL DE LESTER F. WARD
I. —Mr. Lester F. Ward.—Sus obras principales.—Lo que es una filosofía social. 66
II. —La Sociología Pura.—La materia de la Sociología. 69
III. —La síntesis creadora.—El dualismo cósmico.—El principio de la sinergía.—Base psicológica de la Sociología.—El alma.—Las fuerzas sociales. 80
IV. —La sinergía social.—Las estructuras sociales.—La lucha de razas.—Origen del Estado y del derecho.—El darwinismo social. 93
V. —Optimismo o pesimismo.—Meliorismo. 115
VI. —Economía de la naturaleza y economía de la mente. 119
VII. —La Sociología aplicada.—Interpretaciones de la historia.—Consecuencias del error. 135
VIII. —La lucha contra el error.—El genio.—La educación. 145
IX. —La Sociocracia. 151
X. — Conclusión. 159
III
EL PRAGMATISMO O LA FILOSOFÍA PRÁCTICA DE WILLIAM JAMES
I. —Origen del pragmatismo.—Mr. Charles Peirce. 167
II. —Juicio general. 170
III. —Caracteres lógicos y psicológicos del pragmatismo.—El concepto de verdad. 172
IV. —Crítica de esos principios. 184
V. —El pragmatismo y algunos problemas metafísicos. 198
VI. —El pragmatismo meliorista y voluntarista. 200
VII. —Últimas observaciones. 209
IV
LA EDUCACIÓN INTELECTUAL Y LA IMITACIÓN INGLESA 217
V
LA MISIÓN DEL PROFESOR Y LA ENSEÑANZA DE LA HISTORIA 249
VI
IDEALES PARA LA JUVENTUD 269
VII
UN CONGRESO DE LIBREPENSADORES 287

Tip. Garnier (Chartres). 296.4.14.


Nota del Transcriptor:

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