(Aparécese la sombra del rey Hamlet hacia el fondo del teatro. Hamlet al verla se retira lleno de horror, y después se encamina hacia ella.)
Hamlet.—¡Angeles, y ministros de piedad, defendednos! Ya seas alma dichosa ó condenada visión, traigas contigo aura celestial ó ardores del infierno, sea malvada ó benéfica intención la tuya, en tal forma te me presentas, que es necesario que yo te hable. Sí, te he de hablar... Hamlet, mi rey, mi padre, soberano de Dinamarca... ¡Oh! respóndeme, no me atormentes con la duda. Dime, ¿por qué tus venerables huesos, ya sepultados, han roto su vestidura fúnebre? ¿Por qué el sepulcro, donde te dimos urna pacífica te ha echado de sí, abriendo sus senos que cerraban pesados mármoles? ¿Cuál puede ser la causa de que tu difunto cuerpo, del todo armado, vuelva otra vez á ver los rayos pálidos de la luna, añadiendo á la noche horror? ¿y que nosotros, ignorantes y débiles por naturaleza, padezcamos agitación espantosa con ideas que exceden á los alcances de nuestra razón? Dí, ¿por qué es esto? ¿por qué? ó ¿qué debemos hacer nosotros?
Horacio.—Os hace señas de que le sigáis, como si deseara comunicaros algo á solas.
Marcelo.—Ved con qué expresivo ademán os indica que le acompañéis á lugar más remoto; pero no hay que ir con él.
Horacio.—No, por ningún motivo.
Hamlet.—Si no quiere hablar, habré de seguirle.
Horacio.—No hagáis tal, señor.
Hamlet.—¿Y por qué no? ¿Qué temores debo tener? Yo no estimo la vida en nada, y á mi alma ¿qué puede él hacerle, siendo como él mismo cosa inmortal?... Otra vez me llama... Voile a seguir.
Horacio.—Pero, señor, si os arrebata al mar o á la espantosa cima de ese monte, levantado sobre los peñascos que baten las ondas, y allí tomase alguna otra forma horrible, capaz de impediros el uso de razón, y enajenarla con frenesí... ¡Ay! ved lo que hacéis. El lugar solo inspira ideas melancólicas á cualquiera que mire la enorme distancia desde aquella cumbre al mar, y sienta en la profundidad su bramido ronco.
Hamlet.—Todavía me llama... Camina. Ya te sigo.
(La sombra hará los movimientos que indica el diálogo. Horacio y Marcelo quieren detener á Hamlet, y él los aparta con violencia, y la sigue.)
Marcelo.—No, señor, no iréis.
Hamlet.—Dejadme.
Horacio.—Creedme, no le sigáis.
Hamlet.—Mis hados me conducen y prestan á la menor fibra de mi cuerpo la nerviosa robustez del león de Nemea. Aun me llama... Señores, apartad esas manos... por Dios... ó quedará muerto á las mías el que me detenga... Otra vez te digo que andes, que voy á seguirte.
ESCENA XI
HORACIO, MARCELO
Horacio.—Su exaltada imaginación le arrebata.
Marcelo.—Sigámosle, que en esto no debemos obedecerle.
Horacio.—Sí, vamos detrás de él... ¿Cuál será el fin de este suceso?
Marcelo.—Algún grave mal se oculta en Dinamarca.
Horacio.—Los cielos dirigirán el éxito.
Marcelo.—Vamos, sigámosle.
ESCENA XII
Parte remota cercana al mar vista á lo lejos del palacio de Elsingor
HAMLET, la sombra del rey HAMLET
Hamlet.—¿A dónde me quieres llevar? Habla, yo no paso de aquí.
La sombra.—Mírame.
Hamlet.—Ya te miro.
La sombra.—Cuasi es ya llegada la hora en que debo restituirme á las sulfúreas y atormentadoras llamas.
Hamlet.—¡Oh, alma infeliz!
La sombra.—No me compadezcas: presta sólo atentos oídos á lo que voy á revelarte.
Hamlet.—Habla, yo te prometo atención.
La sombra.—Luego que me oigas, prometerás venganza.
Hamlet.—¿Por qué?
La sombra.—Yo soy el alma de tu padre, destinada por cierto tiempo á vagar de noche, y aprisionada en fuego durante el día, hasta que sus llamas purifiquen las culpas que cometí en el mundo. ¡Oh! si no me fuera vedado manifestar los secretos de la prisión que habito, pudiera decirte cosas que la menor de ellas bastaría á despedazar tu corazón; helar tu sangre joven; tus ojos, inflamados como estrellas, saltar de sus órbitas; tus anudados cabellos separarse, erizándose como las púas del colérico espín. Pero estos eternos misterios no son para los oídos humanos. Atiende, ¡ay! atiende. Si tuviste amor á tu tierno padre...
Hamlet.—¡Oh Dios!
La sombra.—Venga su muerte; venga un homicidio cruel y atroz.
Hamlet.—¿Homicidio?
La sombra.—Sí, homicidio cruel, como todos lo son; pero el más cruel y el más injusto y el más aleve.
Hamlet.—Refiéremelo presto, para que con alas veloces como la fantasía, o con la prontitud de los pensamientos amorosos, me precipite á la venganza.
La sombra.—Ya veo cuán dispuesto te hallas, y aunque tan insensible fueras como las malezas que se pudren incultas en las orillas del Leteo, no dejaría de conmoverte lo que voy á decir. Escúchame ahora, Hamlet. Esparcióse la voz de que estando en mi jardín dormido me mordió una serpiente. Todos los oídos de Dinamarca fueron groseramente engañados con esta fabulosa invención; pero tú debes saber, mancebo generoso, que la serpiente que mordió á tu padre hoy ciñe su corona.
Hamlet.—¡Oh! Présago me lo decía el corazón. ¡Mi tío!...
La sombra.—Sí, aquel incestuoso, aquel monstruo adúltero, valiéndose de su talento diabólico, valiéndose de traidores dádivas... (¡Oh, talento y dádivas malditas, que tal poder tenéis para seducir!) supo inclinar á su deshonesto apetito la voluntad de la reina mi esposa, que yo creía tan llena de virtud. ¡Oh, Hamlet, cuan grande fué su caída! Yo, cuyo amor para con ella fué tan puro... yo, siempre tan fiel á los solemnes juramentos que en nuestro desposorio le hice, yo fuí aborrecido, y se rindió a aquel miserable, cuyas prendas eran en verdad harto inferiores á las mías. Pero así como la virtud será incorruptible aunque la disolución procure excitarla bajo divina forma, así la incontinencia, aunque viviese unida á un ángel radiante, profanará con oprobio su tálamo celeste... Pero ya me parece que percibo el ambiente de la mañana. Debo ser breve. Dormía yo una tarde en mi jardín, según lo acostumbraba siempre. Tu tío me sorprende en aquella hora de quietud, y trayendo consigo una ampolla de licor venenoso, derrama en mi oído su ponzoñosa destilación, la cual de tal manera es contraria á la sangre del hombre, que semejante en la sutileza al mercurio, se dilata por todas las entradas y conductos del cuerpo, y con súbita fuerza le ocupa, cuajando la más pura y robusta sangre como la leche con las gotas ácidas. Este efecto produjo inmediatamente en mí, y el cutis hinchado, comenzó á despegarse á trechos con una especie de lepra en ásperas y asquerosas costras. Así fué, que estando durmiendo perdí á manos de mi hermano mismo mi corona, mi esposa y mi vida á un tiempo. Perdí la vida cuando mi pecado estaba en todo su vigor, sin hallarme dispuesto para aquel trance, sin haber recibido el pan eucarístico, sin haber sonado el clamor de la agonía, sin lugar al reconocimiento de tanta culpa, presentado al tribunal eterno con todas mis imperfecciones sobre mi cabeza. ¡Oh, maldad horrible, horrible!... Si oyes la voz de la naturaleza, no sufras, no, que el tálamo real de Dinamarca sea el lecho de la lujuria y abominable incesto. Pero de cualquier modo que dirijas la acción, no manches con delito el alma, previniendo ofensas á tu madre. Abandona este cuidado al cielo; deja que aquellas agudas puntas, que tiene fijas en su pecho, la hieran y atormenten. Adiós. Ya la luciérnaga, amortiguando su aparente fuego, nos anuncia la proximidad del día. Adiós, adiós. Acuérdate de mí.
ESCENA XIII
HAMLET, y después HORACIO y MARCELO
Hamlet.—¡Oh vosotros, ejércitos celestiales! ¡oh tierra!... ¿y quién más? ¿invocaré al infierno también?... ¡Eh! no... Deténte, corazón mío, deténte; y vos, mis nervios, no así os debilitéis en un momento, sostenedme robustos... ¡Acordarme de ti! Sí, alma infeliz, mientras haya memoria en este agitado mundo. ¡Acordarme de ti! Sí, yo me acordaré y yo borraré de mi fantasía todos los recuerdos frívolos, las sentencias de los libros, las ideas é impresiones de lo pasado que la juventud y la observación estamparon en ella. Tu precepto solo, sin mezcla de otra cosa menos digna, vivirá escrito en el volumen de mi entendimiento. Sí, por los cielos te lo juro... ¡Oh, mujer la más delincuente! ¡Oh, malvado, malvado! ¡halagüeño y execrable malvado! Conviene que yo apunte en este libro... (Saca un libro de memorias y escribe en él.) Sí... que un hombre puede halagar y sonreirse, y ser un malvado: á lo menos estoy seguro de que en Dinamarca hay un hombre así, y éste es mi tío... Sí, tú eres... ¡ Ah! pero la expresión que debo conservar es ésta: «Adiós, adiós, acuérdate de mí». Yo he jurado acordarme.
Horacio (gritando desde adentro).—¡Señor! ¡señor!
Marcelo (gritando desde adentro).—¡Hamlet!
Horacio.—Los cielos le asistan.
Hamlet.—¡Oh! háganlo así.
Marcelo.—¡Hola! ¡eh! señor.
Hamlet.—¡Hola amigos, ¡eh! venid, venid acá
(Salen Horacio y Marcelo.)
Marcelo.—¿Qué ha sucedido?
Horacio.—¿Qué noticias nos dais?
Hamlet.—¡Oh! maravillosas.
Horacio.—Mi amado señor, decidlas.
Hamlet.—No, que lo revelaréis.
Horacio.—No, yo os prometo que no haré tal.
Marcelo.—Ni yo tampoco.
Hamlet.—¿Creéis vosotros que pudiese haber cabido en el corazón humano...? Pero ¿guardaréis secreto?
Los dos.—Sí, señor, yo os lo juro.
Hamlet.—No existe en toda Dinamarca un infame... que no sea un gran malvado.
Horacio.—Pero no era necesario, señor, que un muerto saliera del sepulcro á persuadirnos esa verdad.
Hamlet.—Sí, cierto, tenéis razón; y por eso mismo, sin tratar más del asunto, será bien despedirnos y separarnos; vosotros adonde vuestros negocios ó vuestra inclinación os lleven... que todos tienen sus inclinaciones y negocios, sean los que sean; y yo, ya lo sabéis, á mi triste ejercicio, á rezar.
Horacio.—Todas esas palabras, señor, carecen de sentido y orden.
Hamlet.—Mucho me pesa de haberos ofendido con ellas; sí, por cierto, me pesa en el alma.
Horacio.—¡Oh! señor, no hay ofensa ninguna.
Hamlet.—Sí, por san Patricio que sí la hay, y muy grande, Horacio... En cuanto á la aparición... es un difunto venerable... sí, yo os lo aseguro... Pero reprimid cuanto os fuese posible el deseo de saber lo que ha pasado entre él y yo. ¡Ah, mis buenos amigos! yo os pido, pues sois mis amigos y mis compañeros en el estudio y en las armas, que me concedáis una corta merced.
Horacio.—Con mucho gusto, señor; decid cuál sea.
Hamlet.—Que nunca revelaréis á nadie lo que habéis visto esta noche.
Los dos.—A nadie lo diremos.
Hamlet.—Pero es menester que lo juréis.
Horacio.—Os doy mi palabra de no decirlo.
Marcelo.—Yo os prometo lo mismo.
Hamlet.—Sobre mi espada.
Marcelo.—Ved que ya lo hemos prometido.
Hamlet.—Sí, sí, sobre mi espada.
La sombra.—Juradlo.
(Se oirá la voz de la sombra, que suena á varias distancias debajo de tierra. Hamlet y los demás, horrorizados, mudan de situación, según lo indica el diálogo.)
Hamlet.—¡Ah! ¿eso dices?... ¿Estás ahí, hombre de bien?... Vamos, ya le oís hablar en lo profundo. ¿Queréis jurar?
Hamlet.—Que nunca diréis lo que habéis visto. Juradlo por mi espada.
La sombra.—Juradlo.
Hamlet.—¿Hic et ubique? Mudaremos de lugar. Señores, acercaos aquí; poned otra vez las manos en mi espada, y jurad por ella que nunca diréis nada de esto que habéis oído y visto.
La sombra.—Juradlo por su espada.
Hamlet.—Bien has dicho, topo viejo, bien has dicho... Pero ¿cómo puedes taladrar con tal prontitud los senos de la tierra, diestro minador? Mudemos otra vez de puesto, amigos.
Horacio.—¡Oh! Dios de la luz y de las tinieblas, ¡qué extraño prodigio es este!
Hamlet.—Por eso como á un extraño debéis hospedarle y tenerle oculto. Ello es, Horacio, que en el cielo y en la tierra hay más de lo que puede soñar tu filosofía. Pero venid acá, y, como antes dije, prometedme (así el cielo os haga felices) que por más singular y extraordinaria que sea de hoy más mi conducta (puesto que acaso juzgaré á propósito afectar un proceder del todo extravagante), nunca vosotros al verme así daréis nada á entender, cruzando los brazos de esta manera, ó haciendo con la cabeza este movimiento, ó con frases equívocas como: sí, sí, nosotros sabemos; nosotros pudiéramos si quisiéramos... si gustáramos de hablar; hay tanto que decir en eso; pudiera ser que... ó en fin, cualquiera otra expresión ambigua, semejante á estas, por donde se infiera que vosotros sabéis algo de mí. Juradlo: así en vuestras necesidades os asista el favor de Dios. Juradlo.
La sombra.—Jurad.
Hamlet.—Descansa, descansa, agitado espíritu. Señores, yo me recomiendo a vosotros con la mayor instancia, y creed que por más infeliz que Hamlet se halle, Dios querrá que no le falten medios para manifestaros la estimación y amistad que os profesa. Vámonos. Poned el dedo en la boca, yo os lo ruego... La naturaleza está en desorden... ¡Iniquidad execrable! ¡Oh! ¡nunca yo hubiera nacido para castigarla! Venid, vámonos juntos.
ACTO II
ESCENA PRIMERA
Sala en casa de Polonio
POLONIO, REINALDO
Polonio.—Reinaldo, entrégale este dinero y estas cartas.
(Le da un bolsillo y unas cartas.)
Reinaldo.—Así lo haré, señor.
Polonio.—Sería un admirable golpe de prudencia, que antes de verle te informaras de su conducta.
Reinaldo.—En eso mismo estaba yo.
Polonio.—Sí, es muy buena idea, muy buena. Mira, lo primero has de averiguar qué dinamarqueses hay en París, y cómo, en qué términos, con quién y dónde están, á quién tratan, qué gastos tienen; y sabiendo por estos rodeos y preguntas indirectas que conocen á mi hijo, entonces ve en derechura á tu objeto, encaminando á él en particular tus indagaciones. Haz como si le conocieras de lejos, diciendo: sí, conozco á su padre, y á algunos amigos suyos, y aun á él un poco... ¿Lo has entendido?
Reinaldo.—Sí, señor, muy bien.
Polonio.—Sí, le conozco un poco; pero... (has de añadir entonces) pero no le he tratado. Si es el que yo creo, á fe que es bien calavera; inclinado á tal ó tal vicio... y luego dirás de él cuanto quieras fingir; digo, pero que no sean cosas tan fuertes que puedan deshonrarle. Cuidado con eso. Habla sólo de aquellas travesuras, aquellas locuras y extravíos comunes á todos que ya se reconocen por compañeros inseparables de la juventud y la libertad.
Reinaldo.—Como el jugar, ¿eh?
Polonio.—Sí, el jugar, beber, esgrimir, jurar, disputar, putear... Hasta esto bien puedes alargarte.
Reinaldo.—Y aun con eso hay harto para quitarle el honor.
Polonio.—No por cierto; además, que todo depende del modo que le acuses. No debes achacarle delitos escandalosos, ni pintarle como un joven abandonado enteramente a la disolución; no, no es ésa mi idea. Has de insinuar sus defectos con tal arte, que parezcan nulidades producidas de falta de sujeción, y no otra cosa, extravíos de una imaginación ardiente, ímpetus nacidos de la efervescencia general de la sangre.
Reinaldo.—Pero, señor...
Polonio.—¡Ah! tú querrás saber con qué fin debes hacer esto, ¿eh?
Reinaldo.—Gustaría de saberlo.
Polonio.—Pues, señor, mi fin es éste, y creo que es proceder con mucha cordura. Cargando estas pequeñas faltas sobre mi hijo (como ligeras manchas de una obra preciosa), ganarás por medio de la conversación la confianza de aquél a quien pretendas examinar. Si él está persuadido de que el muchacho tiene los mencionados vicios que tú le imputas, no dudes que él convenga con tu opinión, diciendo: señor mío, ó amigo, ó caballero, en fin, según el título ó dictado de la persona ó del país...
Reinaldo.—Sí, ya estoy.
Polonio.—Pues entonces él dice... dice... ¿Qué iba yo a decir ahora...? Algo iba yo a decir. ¿En qué estábamos?
Reinaldo.—En que él concluirá diciendo al amigo ó al caballero...
Polonio.—Sí, concluirá diciendo... es verdad... así te dirá precisamente: Es verdad, yo conozco á ese mozo, ayer le ví, ó cualquier otro día, ó en tal y tal ocasión, con éste ó con aquel sujeto; y allí, como habéis dicho, le ví que jugaba, allá le encontré en una comilona, acullá en una quimera sobre el juego de pelota, y... (puede ser que añada) le he visto entrar en una casa pública, videlicet, en un burdel, ó cosa tal. ¿Lo entiendes ahora? Con el anzuelo de la mentira pescarás la verdad, que así es como nosotros los que tenemos talento y prudencia solemos conseguir por indirectas el fin directo, usando de artificios y disimulación. Así lo harás con mi hijo, según la instrucción y advertencias que acabo de darte. ¿Me has entendido?
Reinaldo.—Sí, señor, quedo enterado.
Polonio.—Pues adiós, buen viaje.
Reinaldo.—Señor...
Polonio.—Examina por ti mismo sus inclinaciones.
Reinaldo.—Así lo haré.
Polonio.—Dejándole que obre libremente.
Reinaldo.—Está bien, señor.
Polonio.—Adiós.
ESCENA II
POLONIO, OFELIA
Polonio.—Y bien, Ofelia, ¿qué hay de nuevo?
Ofelia.—¡Ay, señor, que he tenido un susto muy grande!
Polonio.—¿Con qué motivo? Por Dios que me lo digas.
Ofelia.—Yo estaba haciendo labor en mi cuarto, cuando el príncipe Hamlet, la ropa desceñida, sin sombrero en la cabeza, sucias las medias, sin atar, caídas hasta los pies, pálido como su camisa, las piernas trémulas, el semblante triste como si hubiera salido del infierno para anunciar horror... se presenta delante de mí.
Polonio.—Loco, sin duda por tus amores, ¿eh?
Ofelia.—Yo, señor, no lo sé; pero en verdad lo temo.
Polonio.—¿Y qué te dijo?
Ofelia.—Me asió una mano y me la apretó fuertemente. Apartóse después á la distancia de su brazo, y poniendo así la otra mano sobre su frente, fijó la vista en mi rostro recorriéndole con atención, como si hubiera de retratarle. De este modo permaneció largo rato, hasta que por último sacudiéndome ligeramente el brazo, y moviendo tres veces la cabeza abajo y arriba, exhaló un suspiro tan profundo y triste, que pareció deshacérsele en pedazos el cuerpo y dar fin á su vida. Hecho esto, me dejó, y levantada la cabeza comenzó á andar, sin valerse de los ojos para hallar el camino; salió de la puerta sin verla, y al pasar por ella fijó la vista en mí.
Polonio.—Ven, conmigo; quiero ver al rey. Ese es un verdadero éxtasis de amor, que siempre fatal á sí mismo en un exceso violento, inclina la voluntad á empresas temerarias, más que ninguna otra pasión de cuantas debajo del cielo combaten nuestra naturaleza. Mucho siento este accidente. Pero dime, ¿le has tratado con dureza en estos últimos días?
Ofelia.—No, señor: sólo en cumplimiento de lo que mandasteis, le he devuelto sus cartas, y me he negado á sus visitas.
Polonio.—Y eso basta para haberle trastornado así. Me pesa no haber juzgado con más acierto de su pasión. Yo temí que era sólo un artificio suyo para perderte... ¡Sospecha indigna! ¡Eh! Tan propio parece de la edad anciana pasar más allá de lo justo en sus conjeturas, como lo es en la juventud la falta de previsión. Vamos á ver al rey. Conviene que lo sepa. Si le callo este amor, sería más grande el sentimiento que pudiera causarte teniéndole oculto, que el disgusto que recibirá al saberlo. Vamos.
ESCENA III
Salón de palacio
CLAUDIO, GERTRUDIS, RICARDO, GUILLERMO, acompañamiento
Claudio.—Bien venido, Guillermo; y tú también, querido Ricardo. Además de lo mucho que se me dilata el veros, la necesidad que tengo de vosotros me ha determinado á solicitar vuestra venida. Algo habéis oído ya de la transformación de Hamlet. Así puedo llamarla, puesto que ni en lo interior ni en lo exterior se parece nada al que antes era; ni llego á imaginar qué otra causa haya podido privarle así de la razón, si ya no es la muerte de su padre. Yo os ruego á entrambos, pues desde la primera infancia os habéis criado con él, y existe entre vosotros aquella intimidad nacida de la igualdad en los años y el genio, que tengáis á bien deteneros en mi corte algunos días. Acaso el trato vuestro restablecerá su alegría; y aprovechando las ocasiones que se presenten, ved cuál sea la ignorada aflicción que así le consume, para que descubriéndola procuremos su alivio.
Gertrudis.—El ha hablado mucho de vosotros, mis buenos señores, y estoy segura de que no se hallarán otros dos sujetos á quienes él profese mayor cariño. Si tanta fuese vuestra bondad, que gustéis de pasar con nosotros algún tiempo para contribuir al logro de mi esperanza, vuestra asistencia será remunerada como corresponde al agradecimiento de un rey.
Ricardo.—VV. MM. tienen soberana autoridad en nosotros, y en vez de rogar deben mandarnos.
Guillermo.—Uno y otro obedeceremos, y postramos á vuestros pies, con el más puro afecto, el celo de serviros que nos anima.
Claudio.—Muchas gracias, cortés Guillermo. Gracias, Ricardo.
Gertrudis.—Os quedo muy agradecida, señores, y os pido que veáis cuanto antes á mi doliente hijo. (A los criados.) Conduzca alguno de vosotros á estos caballeros adonde Hamlet se halle.
Guillermo.—Haga el cielo que nuestra compañía y nuestros conatos puedan serle agradables y útiles.
Gertrudis.—Sí. Amén.
ESCENA IV
CLAUDIO, GERTRUDIS, POLONIO, acompañamiento
Polonio.—Señor: los embajadores enviados a Noruega han vuelto ya en extremo contentos.
Claudio.—Siempre has sido tú padre de buenas nuevas.
Polonio.—¡Oh! sí, ¿no es verdad? Y os puedo asegurar, venerado señor, que mis acciones y mi corazón no tienen otro objeto que el servicio de Dios y el de mi rey; y si ese talento mío no ha perdido enteramente aquel seguro olfato con que supo siempre rastrear asuntos políticos, pienso haber descubierto ya la verdadera causa de la locura del príncipe.
Claudio.—Pues dínosla, que estoy impaciente de saberla.
Polonio.—Será bien que deis primero audiencia á los embajadores: mi informe servirá de postres a este gran festín.
Claudio.—Tú mismo puedes ir á cumplimentarlos é introducirlos. (Vase Polonio.) Dice que ha descubierto, amada Gertrudis, la causa verdadera de la indisposición de tu hijo.
Gertrudis.—¡Ah! yo dudo que él tenga otra mayor que la muerte de su padre y nuestro acelerado casamiento.
Claudio.—Yo sabré examinarle.
ESCENA V
CLAUDIO, GERTRUDIS, POLONIO, VOLTIMAN, CORNELIO, acompañamiento
Claudio.—Bien venidos, amigos. Dí, Voltiman, ¿qué respondió nuestro hermano el rey de Noruega?
Voltiman.—Corresponde con la más sincera amistad á vuestras atenciones y á vuestro ruego. Así que llegamos mandó suspender los armamentos que hacía su sobrino, fingiendo ser preparativos contra el polaco; pero mejor informado después halló ser cierto que se dirigían en ofensa vuestra. Indignado de que abusaran así de la impotencia á que le han reducido su edad y sus males, envió estrechas órdenes á Fortimbrás, que sometiéndose prontamente á las reprensiones del tío, le ha jurado por último que nunca más tomará las armas contra V. M. Satisfecho de este procedimiento el anciano rey, le señala sesenta mil escudos anuales, y le permite emplear contra Polonia las tropas que había levantado. A este fin os ruega concedáis paso libre por vuestros estados al ejército prevenido para tal empresa, bajo las condiciones de recíproca seguridad, expresadas aquí.
(Saca unos papeles y se los da a Claudio.)
Claudio.—Está bien: leeré en tiempo más oportuno sus proposiciones, y reflexionaré lo que debo en este caso responderle. Entre tanto os doy gracias por el feliz desempeño de vuestro encargo. Descansad. A la noche seréis conmigo en el festín. Tendré gusto de veros.
ESCENA VI
CLAUDIO, GERTRUDIS, POLONIO
Polonio.—Este asunto se ha concluído muy bien. (Claudio hace una seña, y se retira el acompañamiento). Mi soberano, y vos, señora: explicar lo que es la dignidad de un monarca, las obligaciones del vasallo, por qué el día es día, noche la noche, y tiempo el tiempo. Así pues, como quiera que la brevedad es el alma del talento, y que nada hay más enfadoso que los rodeos y perífrasis... seré muy breve. Vuestro noble hijo está loco; y le llamo loco, porque, si en rigor se examina, ¿qué otra cosa es la locura sino estar uno enteramente loco? Pero dejando esto aparte...
Gertrudis.—Al caso, Polonio, al caso, y menos artificios.
Polonio.—Yo os prometo, señora, que no me valgo de artificio alguno; ¡es cierto que él está loco! es cierto que es lástima, y es lástima que sea cierto; pero dejemos á un lado pueril antítesis, que no quiero usar de artificios. Convengamos pues en que está loco, y ahora falta descubrir la causa de este efecto, ó por decir, la causa de este defecto; porque este efecto defectuoso nace de una causa, y así resta considerar lo restante. Yo tengo una hija... la tengo mientras es mía: que en prueba de su respeto y sumisión... notad lo que os digo... me ha entregado esta carta. (Saca una carta y lee en ella los pedazos que indica el diálogo.) Ahora resumid los hechos y sacaréis la consecuencia. «Al ídolo celestial de mi alma, á la sin par Ofelia»... Es una alta frase... una falta de frase sin par... Es una falta de frase, pero oíd lo demás. Estas letras destinadas á que tu blanco y hermoso pecho las guarde: estas...
Gertrudis.—¿Y esa carta se la ha enviado Hamlet?
Polonio.—¡Bueno por cierto! Esperad un poco, seré muy fiel.
duda si al sol el movimiento falta,
duda lo cierto, admite lo dudoso;
pero no dudes de mi amor las ansias.
Estos versos aumentan mi dolor, querida Ofelia; ni sé tampoco expresar mis penas con arte; pero cree que te amo en extremo, con el mayor extremo posible. Adiós. Tuyo siempre, mi adorada niña, mientras esta máquina exista.—Hamlet.
Mi hija, en fuerza de su obediencia, me ha hecho ver esta carta, y además me ha contado las solicitudes del príncipe, según han ocurrido, con todas las circunstancias del tiempo, el lugar y el modo.
Claudio.—Y ella ¿cómo ha recibido su amor?
Polonio.—¿En qué opinión me tenéis?
Claudio.—En la de un hombre honrado y veraz.
Polonio.—Y me complazco en probaros que lo soy. Pero ¿qué hubierais pensado de mí, si cuando he visto que tomaba vuelo este ardiente amor... porque os puedo asegurar que aun antes que mi hija me hablase, ya lo había yo advertido?... ¿qué hubiera pensado de mí V. M. y la reina que está presente si hubiera tolerado este galanteo? ¿Si haciéndome violencia á mí propio hubiera permanecido silencioso y mudo, mirándolo con indiferencia? ¿Qué hubierais pensado de mí? No, señor, yo he ido en derechura al asunto, y le dije a la niña, ni más ni menos: hija, el señor Hamlet es un príncipe muy superior á tu esfera... Esto no debe pasar adelante. Y después le mandé que se encerrase en su estancia, sin admitir recados ni recibir presentes. Ella ha sabido aprovecharse de mis preceptos, y el príncipe... (para abreviar la historia) al verse desdeñado, comenzó á padecer melancolías, después inapetencia, después vigilias, después debilidad, después aturdimiento, y después (por una graduación natural) la locura que le saca de sí, y que todos nosotros lloramos.
Claudio.—¿Creéis, señora, que esto haya pasado así?
Gertrudis.—Me parece bastante probable.
Polonio.—¿Ha sucedido alguna vez... (tendría gusto de saberlo) que yo haya dicho positivamente: «Esto hay», y que haya resultado lo contrario?
Claudio.—No se me acuerda.
Polonio.—Pues separadme ésta de éste (señalando la cabeza y el cuello) si otra cosa hubiere en el asunto... ¡Ah! por poco que las circunstancias me ayuden, yo descubriré la verdad donde quiera que se oculte, aunque el centro de la tierra la sepultara.
Claudio.—¿Y cómo te parece que pudiéramos hacer nuevas indagaciones?
Polonio.—Bien sabéis que el príncipe suele pasearse algunas veces por esa galería cuatro horas enteras.
Gertrudis.—Es verdad, así suele hacerlo.
Polonio.—Pues cuando él venga, yo haré que mi hija le salga al paso. Vos y yo nos ocultaremos detrás de los tapices, para observar lo que hace al verla. Si él no la ama y no es ésta la causa de haber perdido el juicio, despedidme de vuestro lado y de vuestra corte, y enviadme á una alquería á guiar un arado.
Claudio.—Sí, y lo quiero averiguar.
Gertrudis.—Pero, ¿veis? ¡Qué lástima! Leyendo viene el infeliz.
Polonio.—Retiraos, yo os lo suplico: retiraos entrambos, que le quiero hablar si me dais licencia.
ESCENA VII
POLONIO, HAMLET
Polonio.—¿Cómo os va, mi buen señor?
(Hamlet sale leyendo un libro.)
Hamlet.—Bien, á Dios gracias.
Polonio.—¿Me conocéis?
Hamlet.—Perfectamente. Tú vendes peces.
Polonio.—¿Yo? No, señor.
Hamlet.—Así fueras honrado.
Polonio.—¿Honrado decís?
Hamlet.—Sí, señor, que lo digo. El ser honrado, según va el mundo, es lo mismo que ser escogido uno entre diez mil.
Polonio.—Todo eso es verdad.
Hamlet.—Si el sol engendra gusanos en un perro muerto, y aunque es un dios, alumbra benigno con sus rayos á un cadáver corrupto... ¿No tienes una hija?
Polonio.—Sí, señor, una tengo.
Hamlet.—Pues no la dejes pasear al sol. La concepción es una bendición del cielo, pero no del modo en que tu hija podrá concebir. Cuida mucho de esto, amigo.
Polonio.—Pero ¿qué queréis decir con eso? Siempre está pensando en mi hija. No obstante, al principio no me conoció... Dice que vendo peces... ¡Está rematado, rematado!... Y en verdad que yo también, siendo mozo, me vi muy trastornado por el amor... casi tanto como él. Quiero hablarle otra vez. ¿Qué estáis leyendo?
Hamlet.—Palabras, palabras, todo palabras.
Polonio.—¿Y de qué se trata?
Hamlet.—¿Entre quién?
Polonio.—Digo que de qué trata el libro que leéis.
Hamlet.—De calumnias. Aquí dice el malvado satírico, que los viejos tienen la barba blanca, las caras con arrugas, que vierten de sus ojos ámbar abundante y goma de ciruela, que padecen gran debilidad de piernas y mucha falta de entendimiento. Todo lo cual, señor mío, aunque yo plena y eficazmente lo creo, con todo eso, no me parece bien hallarlo afirmado en tales términos; porque al fin vos seríais sin duda tan joven como yo, si os fuera posible andar hacia atrás como el cangrejo.
Polonio.—Aunque todo es locura, no deja de observar método en lo que dice. ¿Queréis venir, señor, adonde no os dé el aire?
Hamlet.—¿Adónde? ¿A la sepultura?
Polonio.—Cierto que allí no da el aire. ¡Con qué agudeza responde siempre! Estos golpes felices son frecuentes en la locura, cuando en el estado de razón y salud tal vez no se logran. Voyle a dejar; y disponer al instante el careo entre él y mi hija. Señor, si me dais licencia de que me vaya...
Hamlet.—No me puedes pedir cosa que con más gusto te conceda, exceptuando la vida, eso sí, exceptuando la vida.
Polonio.—Adiós, señor.
Hamlet.—¡Fastidiosos y extravagantes viejos!
Polonio (á Guillermo y Ricardo, que salen por donde él se va).—Si buscáis al príncipe, vedle ahí.
ESCENA VIII
HAMLET, RICARDO, GUILLERMO
Ricardo.—Buenos días, señor.
Guillermo.—Dios guarde á V. A.
Ricardo.—Mi venerado príncipe.
Hamlet.—¡Oh, buenos amigos! ¿Cómo va? ¡Guillermo, Ricardo, guapos mozos! ¿Cómo va? ¿Qué se hace de bueno?
Ricardo.—Nada, señor: pasamos una vida muy indiferente.
Guillermo.—Nos creemos felices en no ser demasiado felices. No, no servimos de airón al tocado de la fortuna.
Hamlet.—¿Ni de suelas á su calzado?
Ricardo.—Ni uno, ni otro.
Hamlet.—En tal caso estaréis colocados hacia su cintura: allí es el centro de los favores.
Guillermo.—Cierto, como privados suyos.
Hamlet.—Pues allí en lo más oculto... ¡Ah! dices bien, ella es una prostituta... ¿Qué hay de nuevo?
Ricardo.—Nada, sino que ya los hombres van siendo buenos.
Hamlet.—Señal que el día del juicio va á venir pronto. Pero vuestras noticias no son ciertas... Permitid que os pregunte más particularmente: ¿por qué delitos os ha traído aquí vuestra mala suerte á vivir en prisión?
Guillermo.—¿En prisión decís?
Hamlet.—Sí: Dinamarca es una cárcel.
Ricardo.—También el mundo lo será.
Hamlet.—Y muy grande, con muchas guardas, encierros y calabozos; y Dinamarca es uno de los peores.
Ricardo.—Nosotros no éramos de esa opinión.
Hamlet.—Para vosotros podrá no serlo, porque nada hay bueno ni malo sino en fuerza de nuestra fantasía. Para mí es una verdadera cárcel.
Ricardo.—Será vuestra ambición la que os le figura tal: la grandeza de vuestro ánimo le hallará estrecho.
Hamlet.—¡Oh, Dios mío! Yo pudiera estar encerrado en la cáscara de una nuez, y creerme soberano de un estado inmenso.... Pero estos sueños terribles me hacen infeliz.
Ricardo.—Todos esos sueños son ambición, y todo cuanto al ambicioso le agita no es más que la sombra de un sueño.
Hamlet.—El sueño en sí no es más que una sombra.
Ricardo.—Ciertamente, y yo considero la ambición por tan ligera y vana, que me parece la sombra de una sombra.
Hamlet.—De donde resulta que los mendigos son cuerpos, y los monarcas y héroes agigantados, sombras de los mendigos... Iremos un rato á la corte, señores, porque á la verdad no tengo la cabeza para discurrir.
Los dos.—Os iremos sirviendo.
Hamlet.—¡Oh! no se trate de eso. No os quiero confundir con mis criados, que, á fe de hombre de bien, me sirven indignamente. Pero decidme, por nuestra amistad antigua: ¿qué hacéis en Elsingor?
Ricardo.—Señor, hemos venido únicamente á veros.
Hamlet.—Tan pobre soy, que aun de gracias estoy escaso: no obstante, agradezco vuestra fineza... Bien que os puedo asegurar que mis gracias, aunque se paguen á ochavo, se pagan mucho. ¿Y quién os ha hecho venir? ¿Es libre esta visita? ¿Me la hacéis por vuestro gusto propio? Vaya, habladme con franqueza; vaya, decídmelo.
Guillermo.—¿Y qué os hemos de decir, señor?
Hamlet.—Todo lo que haya acerca de esto. A vosotros os envían sin duda, y en vuestros ojos hallo una especie de confesión, que toda vuestra reserva no puede desmentir. Yo sé que el bueno del rey y también la reina os han mandado que vengáis.
Ricardo.—Pero ¿á qué fin?
Hamlet.—Eso es lo que debéis decirme. Pero os pido por los derechos de nuestra amistad, por la conformidad de nuestros años juveniles, por las obligaciones de nuestro no interrumpido afecto, por todo aquello, en fin, que sea para vosotros más grato y respetable, que me digáis con sencillez la verdad. ¿Os han mandado venir, ó no?
Ricardo (mirando á Guillermo).—¿Qué dices tú?
Hamlet.—Ya os he dicho que lo estoy viendo en vuestros ojos: si me estimáis de veras, no hay que desmentirlos.
Guillermo.—Pues, señor, es cierto: nos han hecho venir.
Hamlet.—Y yo os voy á decir el motivo: así me anticiparé á vuestra propia confesión, sin que la fidelidad que debéis al rey y la reina quede por vosotros ofendida. Yo he perdido de poco tiempo á esta parte, sin saber la causa, toda mi alegría, olvidando mis ordinarias ocupaciones; y este accidente ha sido tan funesto á mi salud, que la tierra, esa divina máquina, me parece un promontorio estéril; ese dosel magnífico de los cielos, ese hermoso firmamento que veis sobre nosotros, esa techumbre majestuosa sembrada de doradas luces, no otra cosa me parece que una desagradable y pestífera multitud de vapores. ¡Qué admirable fábrica es la del hombre! ¡Qué noble su razón! ¡Qué infinitas sus facultades! ¡Qué expresivo y maravilloso en su forma y sus movimientos! ¡Qué semejante á un ángel en sus acciones! Y en su espíritu, ¡qué semejante a Dios! El es, sin duda lo más hermoso de la tierra, el más perfecto de todos los animales. Pues no obstante, ¿qué juzgáis que es en mi estimación ese purificado polvo? El hombre no me deleita... ni menos la mujer... bien que ya veo en vuestra sonrisa que aprobáis mi opinión.
Ricardo.—En verdad, señor, que no habéis acertado mis ideas.
Hamlet.—Pues ¿por qué te reías cuando dije que no me deleita el hombre?
Ricardo.—Me reí al considerar, puesto que los hombres no os deleitan, qué comidas de cuaresma daréis á los cómicos que hemos hallado en el camino, y están ahí deseando emplearse en servicio vuestro.
Hamlet.—El que hace de rey sea muy bien venido; S. M. recibirá mis obsequios como es de razón: el arrojado caballero sacará á lucir su espada y su broquel, el enamorado no suspirará en balde, el que hace de loco acabará su papel en paz, el patán dará aquellas risotadas con que sacude los pulmones áridos, y la dama expresará libremente su pasión, ó las interrupciones del verso hablarán por ella. ¿Y qué cómicos son?
Ricardo.—Los que más os agradan regularmente. La compañía trágica de nuestra ciudad.
Hamlet.—¿Y por qué andan vagando así? ¿No les sería mejor para su reputación y sus intereses establecerse en alguna parte?
Ricardo.—Creo que los últimos reglamentos se lo prohiben.
Hamlet.—¿Son hoy tan bien recibidos como cuando yo estuve en la ciudad? ¿Acude siempre el mismo concurso?
Ricardo.—No; señor; no, por cierto.
Hamlet.—¿Y en qué consiste? ¿Se han echado á perder?
Ricardo.—No, señor. Ellos han procurado seguir siempre su acostumbrado método; pero hay aquí una cría de chiquillos, vencejos chillones, que gritando en la declamación fuera de propósito, son por esto mismo palmoteados hasta el exceso. Esta es la diversión del día; y tanto han denigrado los espectáculos ordinarios (como ellos los llaman), que muchos caballeros de espada en cinta, atemorizados de las plumas de ganso de este teatro, rara vez se atreven á poner el pie en los otros.
Hamlet.—¡Oiga! ¿Conque son muchachos? ¿Y quién los sostiene? ¿Qué sueldo les dan? ¿Abandonarán el ejercicio cuando pierdan la voz para cantar? Y cuando tengan que hacerse cómicos ordinarios, como parece verosímil que suceda, si carecen de otros medios, ¿no dirán entonces que sus compositores los han perjudicado, haciéndolos declamar contra la profesión misma que han tenido que abrazar después?
Ricardo.—Lo cierto es que han ocurrido ya muchos disgustos por ambas partes, y la nación ve sin escrúpulo continuarse la discordia entre ellos. Ha habido tiempo en que el dinero de las piezas no se cobraba hasta que el poeta y el cómico reñían y se hartaban de bofetones.
Hamlet.—¿Es posible?
Guillermo.—¡Oh, si lo es! Como que ha habido ya muchas cabezas rotas.
Hamlet.—Y qué, ¿los chicos han vencido en esas peleas?
Ricardo.—Cierto que sí, y se hubieran burlado del mismo Hércules con maza y todo.
Hamlet.—No es extraño. Ya veis mi tío, rey de Dinamarca. Los que se mofaban de él mientras vivió mi padre, ahora dan veinte, cuarenta y aun cien ducados por su retrato de miniatura. En esto hay algo que es más que natural, si la filosofía pudiera describirlo.
Guillermo.—Ya están ahí los cómicos.
Hamlet.—Pues, caballeros, muy bien venidos á Elsingor; acercaos aquí, dadme las manos. Las señales de una buena acogida consisten por lo común en ceremonias y cumplimientos; pero permitid que os trate así, porque os hago saber que yo debo recibir muy bien á los cómicos en lo exterior, y no quisiera que las distinciones que á ellos les haga pareciesen mayores que las que os hago á vosotros. Bien venidos... Pero mi tío padre, y mi madre tía, á fe á fe, que se equivocan mucho.
Guillermo.—¿En qué, señor?
Hamlet.—Yo no estoy loco, sino cuando sopla el nordeste; pero cuando corre el sur, distingo muy bien un huevo de una castaña.
ESCENA IX
POLONIO y dichos
Polonio.—Dios os guarde, señores.
Hamlet.—Oye aquí, Guillermo, y tú también... un oyente á cada lado. ¿Veis aquel vejestorio que acaba de entrar? Pues aun no ha salido de mantillas.
Ricardo.—O acaso habrá vuelto á ellas, porque según se dice, la vejez es segunda infancia.
Hamlet.—Apostaré que me viene á hablar de los cómicos, tened cuidado... Pues, señor, tú tienes razón; eso fué el lunes por la mañana, no hay duda.
Polonio.—Señor, tengo que daros una noticia.
Hamlet.—Señor, tengo que daros una noticia. (Imitando la voz de Polonio). Cuando Roscio era actor en Roma...
Polonio.—Señor, los cómicos han venido.
Hamlet.—¡Tuh! ¡tuh! ¡tuh!
Polonio.—Como soy hombre de bien que sí.
Hamlet.—Cada actor viene caballero en burro.