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Heath's Modern Language Series: José

Chapter 19: XII
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About This Book

Set in a provincial fishing village, the narrative follows everyday life and interpersonal tensions among working families, focusing on economic pressures, mismatched marriages, domestic power imbalances, and unspoken romantic longing. Scenes depict market exchanges, disputes over money, social gossip, and the petty moral judgments that shape reputations. The prose alternates intimate character studies with community observation, emphasizing how poverty, pride, and inherited expectations determine decisions and relationships. Through incidents involving household quarrels, calculations of earnings, and whispered rumors, the work examines honor, resignation, and the subtle mechanics of social hierarchy in a tight-knit rural community.

—D. Fernando... V., por lo que veo, no está muy sobrado de dinero... Yo le agradezco mucho lo que quiere hacer por mí, pero no debo tomar esos cuartos haciéndole falta[118.1]...

D. Fernando, con ademán descompuesto[118.2] y soltando chispas de indignación por los ojos, le interrumpió gritando:

—¡Pendejo! ¡Zambombo! ¡Después que te hice el honor de confesarte mi ruina, me insultas! Guarda ese dinero ahora mismo, o lo tiro al agua...

José comprendió que no había más remedio que guardarlo otra vez; y así lo hizo después de pedirle perdón por el supuesto insulto. Formó intención, no obstante, de vigilar para que nada le faltara y devolvérselo en la primera ocasión favorable.

Saltaron en tierra y se separaron como buenos amigos.

XII

Guardó el secreto de todo aquello José: así se lo había pedido con instancia D. Fernando. Volvió éste a prometerle que se casaría con Elisa si ejecutaba punto por punto cuanto le ordenase, y le hizo creer que del sigilo con que se llevase el asunto pendía enteramente el suceso de él.

Mediante la cantidad de seis reales cada día, halló el buen caballero hospedaje, si no adecuado a la antigüedad y nobleza de su estirpe, suficiente para no perder la vida de hambre, como no había estado lejos de acontecer, según sabemos. Y ¡caso raro! desde que se vio con algunos cuartos en el bolsillo, subió todavía algunos palmos[119.1] su orgullo nobiliario: andaba por el pueblo con la cabeza erguida, el paso sosegado y firme, echando a los vecinos miradas muy más propias del Renacimiento[119.2] que de nuestros días, saludando a las jóvenes con una sonrisa galante y protectora, como si aun ejerciese sobre ellas el ominoso derecho de pernada.

Donde quiera que la ocasión se ofrecía, brindaba a sus vasallos con alguna copa de vino, y a las vasallas con golosinas de la confitería. Pero hay que declarar a fuer de verídicos[119.3] que los villanos y las villanas de Rodillero no aceptaban los favores de D. Fernando con aquel respeto y sumisión con que sus mayores en otros tiempos recibían los desperdicios[120.1] feudales de la gran casa de Meira; antes parecía que al beber el vino y al tomar los confites lo hacían por pura condescendencia, por no herir la delicada susceptibilidad del hidalgo: y aun se advertía en todos ellos una cierta sonrisa de compasión, que a poderla ver, hubiera hecho estremecerse en sus tumbas a todos los hijos de aquella ilustre casa, al comendador de Villaplana, al procurador de las Cortes de Toro, al presidente del Consejo de Italia, etc., etc. Y por si[120.2] esta sonrisa de compasión no fuese bastante para ajar el prestigio de su linaje, los comentarios que se hacían a espaldas del caballero eran mucho más humillantes todavía:—«Este pobre Don Fernando se figura que catorce mil reales no se concluyen nunca.—¡Cuánto mejor sería que con ese dinero pusiese una tiendecita y le sacase un rédito![120.3]—Nada;[120.4] se lo va a gastar en cuatro días,[120.5] y luego vamos a tener que mantenerlo de limosna.»

Elisa, una de las feudatarias más hermosas que el señor de Meira tenía en Rodillero, era asimismo una de las más rebeldes. En vano el noble señor se esforzaba en brindarla protección siempre que la hallaba al paso;[120.6] en vano la ofreció repetidas veces un cartuchito[120.7] de almendras traídas exprofeso de Sarrió; en vano desenvolvía con ella todos los recursos de la más refinada galantería que recordaba los buenos tiempos de la casa de Austria.[120.8] La linda zagala acogía aquellos homenajes con sonrisa dulce y benévola, donde no se advertía ni rastro de admiración o temor; y algunas veces, cuando los acatamientos ceremoniosos y las frases melífluas subían de punto,[121.1] hasta se vislumbraba detrás de sus ojos tristes y suaves cierta leve expresión de burla. La verdad es que la naturaleza no había secundado poco ni mucho las disposiciones feudales de D. Fernando; al verle con su cuerpecillo contrahecho delante de la figura elevada y gentil de Elisa, la imaginación más poderosa y amiga de forjarse quimeras no podría seguramente representarse al señor del castillo delante de una tímida villana.

Por dos o tres veces[121.2] la había preguntado, rompiendo súbitamente el hilo de sus discreteos[121.3] clásicos:

—¿Cuántos años tienes?

—Veinte.

La última vez le dijo:

—¿Tienes tu fe de bautismo?[121.4]

—Me parece que sí, señor.

—Pues tráemela mañana. ¡Pero cuidado que nadie sepa nada! Yo he resuelto que tú y José os caséis a la mayor brevedad.[121.5]

Al escuchar estas palabras volvió a aparecer en los labios de Elisa aquella sonrisa benévola y compasiva de que hemos hecho mención, y al separarse del caballero, después de un rato de plática, no pudo menos de murmurar:

—¡Pobre D. Fernando; qué rematado está!

Sin embargo, por consejo de José, que algo, aunque no mucho, fiaba en el poder de la casa de Meira, le llevó al día siguiente el documento. Nada se perdía en ello y se complacía al buen señor. La joven, que no tenía motivo alguno para fiar en aquel poder, como su novio, tomó el asunto en chanza.

Lo que tomaba muy en serio era la maldición de la sacristana; cada día más. En su alma candorosa, siempre había echado raíces la superstición: al ver ahora la constancia implacable con que la suerte se empeñaba en estorbar su felicidad, era natural que lo achacase a una potencia oculta y misteriosa, la cual, bien considerada, no podía ser otra que la malquerencia de aquella bruja. Para deshacer o contrarrestar su poder acudía a menudo en oración al camarín[122.1] del Santísimo Cristo de Rodillero, famosa imagen, encontrada en medio de la mar por unos pescadores hace algunos siglos.

Pero en vano fue que en poco tiempo le pusiese[122.2] más de una docena de cirios y le rezase más de un millón de padrenuestros; en vano, también, que se ofreciese a pasar un día entero en el camarín sin probar bocado,[122.3] y lo cumpliese: el Santísimo Cristo, o no la escuchaba o quería experimentar aún más su fortaleza. El negocio de sus amores iba cada día peor: pensando serenamente, podía decirse que estaba perdido: José cada vez más azotado por la desgracia; ella cada vez más sometida al yugo pesado de su madre, sin osar moverse sin su permiso ni replicarle palabra.

En tan triste situación, comenzó a acariciar la idea de desagraviar a la sacristana, y vencer de esta suerte el influjo desgraciado que pudiera tener en su vida. Lo primero que se le ocurrió fue que José le pidiese perdón, y repetidas veces se lo aconsejó con instancia; pero viendo que aquél se negaba resueltamente a ello, y conociendo su carácter tenaz y decidido, se determinó ella misma a humillarse.

Una tarde, a la hora de la siesta, dejando la casa sosegada, saliose sin ser vista y enderezó los pasos por el camino escarpado que conducía a la casa del sacristán, la cual estaba vecina de la iglesia y, una y otra, apartadas bastante del pueblo, sobre una meseta que formaba hacia la mitad la montaña. Como iba tan preocupada y confusa, no vio a la madre de José, que estaba cortando tojo para el horno, no muy lejos del camino. Ésta levantó la cabeza y se dijo con sorpresa:—¡Calle![123.1] ¿a dónde irá Elisa a estas horas?—Siguiola con la vista primero y, llena de curiosidad, echó a andar en pos de ella[123.2] para no perderla. Vio que se detenía a la puerta de la casa del sacristán, que llamaba y que entraba.

—¡Ah, grandísima pícara!—dijo con voz irritada.—¡Conque eres uña y carne de[123.3] la sacristana! ¡Ya me parecía a mí que con esa cara de mosquita muerta[123.4] no podías ser cosa buena!... ¡Yo te arreglaré, buena pieza;[123.5] yo te arreglaré!

Sólo porque Elisa entraba en casa de la sacristana, ya era uña y carne de ella. Esta falta de lógica, siempre había sido característica de Teresa: la cólera ofuscaba enteramente el escaso juicio que Dios la había dado. Aparentaba despreciar la maldición de la sacristana, y su orgullo salvaje la impulsaba a desatarse en insultos siempre que de ésta se hablaba; pero en realidad, no había en Rodillero quien creyese más a pie juntillas[123.6] en tales hechicerías.

Salió Eugenia a recibir a la joven, y se quedó grandemente sorprendida de su visita; pero al saber el objeto de ella, mostrose muy satisfecha y triunfante. Elisa se lo explicó ruborizada y balbuciendo. La sacristana, hinchándose hasta un grado indecible, se negó a otorgar su perdón mientras la misma Teresa y José no viniesen a pedírselo. En vano fue que Elisa se lo suplicase con lágrimas en los ojos; en vano que se arrojase a sus pies y con las manos cruzadas le pidiese misericordia; nada pudo conseguir. La sacristana, gozándose en aquella humillación y casi creyendo en el poder sobrenatural que los sencillos pescadores le daban, repetía siempre en actitud soberbia:

—No hay perdón, mientras la misma Teresa no venga a pedírmelo de rodillas... así como tú estás ahora.

Elisa se retiró con el alma acongojada: bien comprendía que era de todo punto imposible decidir a la madre de su novio a dar este paso; y viendo que la sacristana se negaba a levantarla, creyó aún con más firmeza en la virtud de su maldición.

Caminaba con paso vacilante, los ojos en el suelo, meditando en la desgracia que había acompañado siempre a sus amores: sin duda, Dios no los quería, a juzgar por los obstáculos que sobre ellos había amontonado en poco tiempo. El camino por donde bajaba era revuelto y pendiente; de trecho en trecho tenía algunos espacios llanos a manera de descansos.

Al llegar a uno de ellos, saliole inopinadamente al encuentro Teresa. Como a pesar del desabrimiento[124.1] de las dos familias nunca le había demostrado la madre de José antipatía, Elisa sonrió para saludarla: pero Teresa acercándose, contestó al saludo con una terrible bofetada.

Al verse maltratada tan inesperadamente, la pobre Elisa quedó sobrecogida, y en vez de defenderse, se llevó las manos a los ojos y rompió a sollozar con gran sentimiento.

Teresa, después de este acto de barbarie, quedó a su vez suspensa y descontenta de sí misma: la actitud humilde y resignada de Elisa la sorprendió. Y para cohonestar su acción indigna, o por ventura, para aturdirse y escapar al remordimiento, comenzó a vociferar como tenía por costumbre injuriando a su víctima.

—¡Anda, pícara, ves[125.1] a reunirte otra vez con la sacristana! ¿Estás aprendiendo para bruja?[125.2] Yo te regalaré el palo de la escoba. ¡Vaya, vaya, con la mosquita muerta! ¡Y cómo saca los pies de las alforjas![125.3] ¡Yo pensé que no necesitabas salir fuera de casa para aprender brujerías!

Tal efecto hicieron sobre la infeliz muchacha estos insultos injustificados después de los golpes, que no pudiendo resistir a la emoción, se dejó caer desmayada en el suelo. Esto acabó enteramente de desconcertar a la viuda; y por un impulso del corazón, muy natural en su carácter arrebatado, pasó repentinamente de la cólera a la compasión, y corriendo a sostener a Elisa en sus brazos, comenzó a decirla al oído:

—¡Pobrecilla! ¡Pobrecilla! ¡No hagas caso de mí, pichona![125.4]... ¿Te he hecho daño, verdad?... Soy una loca... ¡Pobrecilla mía! ¡Pegarte, siendo tan buena y tan hermosa!... ¡Qué dirá mi José cuando lo sepa!...

Y viendo que Elisa no volvía en sí, comenzó a mesarse el cabello con desesperación.

—¡Bestia, bestia! ¡No hay mujer más bestia que yo! ¡Santo Cristo bendito, ayúdame y socorre a esta niña!... ¡Elisa, Elisina, vuelve en ti, por Dios, mi corazón!

Pero la joven no acababa de salir del síncope. Teresa giraba la vista en torno buscando agua para echarle a la cara. Al fin, no viéndola por ninguna parte y no atreviéndose a dejar sola a Elisa, tomó el partido de levantarla en sus robustos brazos y llevarla a cuestas[126.1] hasta una fuente que había algo más abajo. Cuando la hubo rociado las sienes con agua, recobró el conocimiento; la viuda se apresuró a besarla y pedirla perdón; pero aquellas vivas y extremadas caricias, en vez de tranquilizarla, estuvieron a punto de hacerla perder de nuevo el sentido; tanto la sorprendieron. Por fin, entre sollozos y lágrimas, pudo decir:

—Muchas gracias... Es V. muy buena...

—¡Qué he de ser buena![126.2]—prorrumpió Teresa con gran vehemencia.—Soy una loca rematada... La buena eres tú, mi palomita... ¿Estás bien?... ¿Te he hecho mucho daño?... ¡Qué dirá mi José cuando lo sepa!

—Fui a casa de la sacristana a pedirla que le levantase la maldición...

Teresa al oír esto comenzó otra vez a mesarse el cabello.

—¡Si soy una bestia![126.3] ¡Si soy una loca! Razón tienen en decir que debiera estar atada... ¡Pegar a esta criatura por hacerme un beneficio!

Fue necesario que Elisa la consolase, y sólo después de afirmar repetidas veces que no la había hecho daño, que ya le había pasado el susto y que la perdonaba y la quería, logró calmarla.

En esto ya la joven se había levantado del suelo: Teresa le sacudió la ropa cuidadosamente, le enjugó las lágrimas con su delantal, y abrazándola y besándola con efusión gran número de veces, la fue acompañando por la calzada de la iglesia, llevándola abrazada por la cintura, hasta que dieron en el pueblo.[127.1] Por el camino hablaron de José (¿de qué otra cosa podían hablar de más gusto para las dos?); Elisa manifestó a Teresa que o se casaría con su hijo o con ninguno; ésta se mostró altamente satisfecha y lisonjeada de este cariño; se hicieron mutuas confidencias y revelaciones; se prometieron trabajar con alma y vida para que aquella unión se realizase, y, por último, al llegar al pueblo, se despidieron muy cariñosamente. Teresa, todavía avergonzada de lo que había hecho, preguntó a la joven antes de separarse:

—¿No es verdad, Elisina, que me perdonas de corazón?

—¡Bah!—repuso ésta con sonrisa dulce y graciosa.—Si V. me ha pegado, es porque puede hacerlo... ¿No soy ya su hija?

Teresa la abrazó de nuevo, llorando.

XIII

El suceso anterior, que pudo muy bien desbaratar los planes tenebrosos de la casa de Meira respecto a la suerte de Elisa y José, vino por su dichosa resolución a secundarlos. Porque a partir de este día, se entabló una firme amistad entre Elisa y la madre de su novio, la cual procuraron ambas mantener oculta por necesidad: veíanse furtivamente, cambiábanse rápidamente la palabra y se daban recados de José y para José; las entrevistas de éste con la joven continuaban siendo en las horas más silenciosas de la noche. En el pensamiento de los tres estaba el escogitar los medios de realizar el apetecido matrimonio contra la voluntad de la maestra, pues ya estaban bien convencidos de que nada lograrían de ella. Elisa se representaba bien claramente que la causa de aquella ruda oposición no era otra que la avaricia, el disgusto de entregar los bienes que pertenecían a su difunto padre; pero no sólo no lo confesaba a nadie, sino que hacía esfuerzos por no creerlo, y alejar de sí tal pensamiento: y aun se prometía muchas veces despojarse de su hacienda cuando[128.1] llegase el caso, para no causar pesadumbre alguna a su madre.

Mas aunque en ella y en José tal pensamiento estuviese presente, no acertaban a dar un paso para ponerlo en vías de obra;[128.2] la rudeza del pobre marinero, y la supina ignorancia de las mujeres, no les consentía ver en aquel asunto un solo rayo de luz. En esta ocasión, como en tantas otras durante la Edad Media, fue necesario que el castillo viniese en socorro del estado llano.[128.3] La casa de Meira, sin que ellos lo supiesen, ni menos[128.4] persona alguna de Rodillero, trabajaba en favor suyo silenciosamente, con el misterio y sigilo diplomáticos que ha caracterizado siempre a los grandes linajes, a los Atridas, a los Médicis, a los Austrias. Más de media docena de veces había ido D. Fernando a Sarrió y había vuelto sin que nadie se enterase del verdadero negocio que allá le llevaba: unas veces era para comprar aparejos de pesca, otras para encargarse unos zapatos, otras a ver un pariente enfermo, etc., etc.; siempre mintiendo y engañando sútilmente a todo el mundo con un refinamiento verdaderamente florentino. Lo mismo Teresa que Elisa, no dejaban de advertir que la sombra del noble vástago las protegía; había señales ciertas para pensarlo: cuando cruzaba a su lado las dirigía hondas miradas de inteligencia acompañadas a veces de ciertos guiños inexplicables, otras de alguna palabra misteriosa como «esperanza;» «los amigos velan;» «silencio y reserva;» y así por el estilo[129.1] otras varias destinadas a conmoverlas y sobresaltarlas; pero ellas la mayor parte de las veces no se daban por entendidas, o porque no las entendieran realmente, o porque no concediesen a los manejos diplomáticos del caballero toda la importancia que tenían. Sólo José estaba al tanto de ellos en cierta manera, aunque no mucho confiaba en su eficacia.

Un día D. Fernando le llamó a su posada, y presentándole un papel le dijo:

—Es necesario que firme Elisa este documento.

—¿Pero, cómo?...

—Llévalo en el bolsillo; provéete de un tintero de asta y una pluma... y a la primera ocasión... ¿entiendes?

—Sí, señor.

—Quedamos en eso.[129.2]

Devuelto el papel al cabo de algunos días con la firma, el caballero le dijo:

—Es necesario que preguntes a Elisa si está dispuesta a todo; a desobedecer a su madre y a vivir fuera de su casa algunos meses, para casarse contigo.[129.3]

Esta comisión fue de mucho mayor empeño[129.4] y dificultad para el marinero. Elisa no podía decidirse a dar un paso tan atrevido. No el temor de cometer un pecado y faltar a sus deberes filiales la embarazaba, pues por el cura que la confesaba sabía que siendo la oposición de los padres irracional o fundada únicamente sobre motivos de intereses, estaba en su derecho faltando a la obediencia: pero siempre había vivido tan supeditada a su madre, tenía tantísimo miedo a su cólera fría y cruel, que la idea de aparecer en plena rebelión ante ella, la aterraba. Fue necesario que pasasen muchos días, que José la suplicase infinitas veces hasta con lágrimas en los ojos, y que ella se persuadiese a que no había absolutamente otro recurso ni otro medio de salir de aquella angustiosa situación y alcanzar lo que tan ardientemente deseaba, para que al fin viniese a consentir en ello.

Noticioso el Sr. de Meira de esta concesión, dijo a José en el tono imperativo propio de su rango:

—Esta tarde ven a buscarme; tenemos que hacer juntos.

José inclinó la cabeza en testimonio de sumisión.

—¿Te encuentras resuelto a todo?

La misma señal de respeto.

—Perfectamente: no desmereces del alto concepto que de ti había formado. En los asuntos arduos es menester que se aúnen la diplomacia y el valor...; entiéndelo bien. Tal ha sido lo que caracterizó siempre a mi familia: prudencia y decisión. El adelantado D. Alonso de Revollar, un ascendiente mío por la línea femenina, pasó en su época, y durante la guerra de América,[130.1] por un consumado diplomático, y sin embargo, esto no dañaba poco ni mucho a su valor, que en ocasiones rayó en temeridad...

—¿Ya a qué hora quiere que vaya a buscarle?—preguntó José temiendo con razón que el caballero se descarriase,[130.2] como solía acontecer.

—Después de comer... a la una.

—Pues con su permiso, D. Fernando... tengo que componer una red...

—Bien, bien, hasta la vista.

A la hora indicada fue el marinero a la posada del Sr. de Meira: al poco rato salieron juntos y enderezaron los pasos por la calle abajo en dirección de la ribera. Antes de llegar a ella, D. Fernando se detuvo delante de una casa algo más decente que las contiguas.

—Alto; vamos a entrar aquí.

—¿En casa de D. Cipriano?

—En casa de D. Cipriano.

El Sr. de Meira llamó a la puerta y preguntó si se podía ver al señor juez municipal. La vieja que les salió a abrir, hermana de éste, les dijo que estaba durmiendo la siesta. D. Fernando insistió: era un negocio urgente. La vieja, mal humorada y gruñendo, porque estaba lejos de reconocer en el señor de Meira derechos señoriales, se fue al cabo a despertar a su hermano.

D. Cipriano, a quien ya tenemos el honor de conocer por haberle visto en la tienda de la maestra, los recibió afablemente, aunque mostrando sorpresa.

—¿Qué hay de nuevo, D. Fernando?

Éste sacó del bolsillo de su raidísima levita un papel, lo desdobló con lentitud académica y lo presentó gravemente al juez.

—¿Qué es esto?

—Una solicitud[131.1] de Dª. Elisa Vega pidiendo que se la saque del poder de su madre y se la deposite con arreglo a la ley, para contraer matrimonio.

D. Cipriano dio un salto atrás.

—¿Cómo... Elisita... la hija de la maestra?

D. Fernando inclinó la cabeza en señal de asentimiento.

El juez municipal se apresuró a coger las gafas de plata que tenía sobre la mesa y a ponérselas, para leer el documento.

La lectura fue larga, porque D. Cipriano, en achaque de letras,[132.1] se había andado toda su vida con pies de plomo. Mientras duró, José tenía los ojos clavados ansiosamente en él. El señor de Meira se acariciaba distraídamente su luenga perilla blanca.

—¡No sospechaba esto!—exclamó el juez levantando al fin la cabeza.—Y a la verdad no puedo menos de[132.2] confesar que lo siento... porque al cabo[132.3] la maestra y su marido son amigos... y van a llevar un disgusto grande... ¿Ha escrito V. esta solicitud, D. Fernando?

—¿Está en regla, señor juez?—respondió éste gravemente.

—Sí, señor.

—Pues basta; no hay necesidad de más.

D. Cipriano se puso pálido; después rojo. No había hombre de más extraña susceptibilidad en todo el mundo: una mirada le hería; una palabra le ponía fuera de sí:[132.4] pensó que D. Fernando había querido darle una lección de delicadeza y se inmutó notablemente.

—Sr. D. Fernando... yo no pretendía... esas palabras... me parece...

—No ha sido mi ánimo ofender a V., señor juez. Quería solamente hacer constar mis derechos a callarme delante del funcionario... Por lo demás, V. es mi amigo hace tiempo y he tenido siempre un gran placer en tenderle mi mano. Basta que V. haya pertenecido a los ejércitos de su majestad, para que sea acreedor a la más alta consideración por parte de todos los hombres bien nacidos.

El tono y la actitud con que D. Fernando pronunció estas palabras debía semejar mucho al que usaban en tiempos remotos los nobles al dirigirse a algún miembro del estado llano, cuando éste entró a deliberar con ellos en los negocios del gobierno. Pero D. Cipriano, que no estaba al tanto de[133.1] estos ademanes puramente históricos, en vez de ofenderse más, se tranquilizó repentinamente.

—Gracias, D. Fernando..., muchas gracias. Como yo aprecio tanto a esa familia...

—Yo la aprecio también. Pero vamos al caso: Elisa se quiere casar con este muchacho; su madre se lo impide sin razón alguna... porque es pobre, tal vez... o tal vez (esto no lo afirmo, lo doy como hipótesis) por no entregar la herencia del difunto Vega, con la cual comercia y se lucra. No hay otro medio que acudir pidiendo protección a la ley; y la muchacha ha acudido.

—Está muy bien. Ahora lo que procede,[133.2] es que yo vaya a preguntar a la chica si se ratifica en[133.3] lo que aquí demanda. En caso afirmativo, procederemos al depósito.

—¿Y cuándo?

—Hoy mismo... Esta misma tarde, si VV. quieren.

—Por la tarde, señor juez—apuntó José,—se va a enterar todo el pueblo y habrá un escándalo... Si V. quisiera dejarlo para después que oscurezca...

—Como quieras; a mí me es igual. Pero te advierto que es necesaria la presencia del secretario, y está hoy en Peñascosa.

—D. Telesforo estará aquí entre luz y luz[134.1]—dijo el señor de Meira.

—Entonces no tengo nada que objetar. Al oscurecer les espero a VV.

—Ahora, D. Cipriano—dijo el señor de Meira, inclinándose gravemente,—yo espero que nada se sabrá de lo que ha pasado aquí...

—¿Qué quiere V. decir con eso, D. Fernando?—preguntó el juez, poniéndose otra vez pálido.

D. Fernando sonrió con benevolencia.

—Nada que pueda ofender a V., señor juez... Usted es un hombre de honor y no necesita que le recomienden el secreto en los negocios que lo exigen. Quería decir únicamente que en este asunto necesitamos el mayor sigilo; que nadie sospeche nuestro propósito, ni se trasluzca absolutamente nada.

—Eso es otra cosa—repuso D. Cipriano sosegándose.

—Quedamos, pues, en que[134.2] después que anochezca nos espera V., ¿no es eso?

—Sí, señor.

—Hasta la vista, entonces.

El prócer alargó su mano al representante del tercer estamento.

—Adiós, D. Fernando: adiós, José.

Así que cerró la noche, una noche de Agosto calurosa y estrellada, D. Fernando, D. Telesforo (que había llegado oportunamente pocos momentos antes) y José, se dirigieron otra vez a casa del juez: subió D. Telesforo únicamente: aguardaron a la puerta el noble y el marinero: al poco rato salió D. Cipriano acompañado de cerca por su notable bastón[135.1] con puño de oro y borlas, y algo más lejos por el secretario del juzgado. Los cuatro, después de cambiar un saludo amical en tono de falsete, enderezaron los pasos silenciosamente por la calle arriba en dirección a la casa del maestro.

Las tabernas estaban, como siempre a tal hora, atestadas de gente: por sus puertas abiertas se escapaba la luz y rumor confuso y desagradable de voces y juramentos: nuestros amigos se alejaban de ellas cuanto podían para no ser notados. El pobre José iba temblando de miedo: él, tan sereno y tan bravo ante los golpes de mar, sentía encogérsele el corazón y doblársele las piernas al imaginar cómo se pondría la maestra viéndose burlada. Más de veinte veces estuvo para huir,[135.2] dejar que aquellos señores desempeñasen su tarea solos; pero siempre le detenía la idea de que Elisa iba a necesitar de su presencia para animarse. ¿Cómo estaría la pobrecilla en aquel momento? Al preguntarse esto José tomaba fuerzas y seguía caminando quedo en pos de los tres ancianos.

Cuando llegaron frente a la casa de la maestra, el juez se detuvo y les dijo bajando cuanto pudo la voz:

—Ahora voy a entrar yo solamente con D. Telesforo. Usted, D. Fernando, puede quedarse con José cerca de la puerta, por si hacen falta para dar valor a la chica.

Asintió el marinero de todo corazón, pues en aquel instante podía ahogársele con un cabello. D. Cipriano y D. Telesforo se apartaron de ellos; la luz de la tienda les iluminó por un momento: entraron. Un estremecimiento de susto y pavor sacudió fuertemente el cuerpo de José.

XIV

En la tienda de la maestra se habían congregado, como todas las noches a primera hora,[136.1] unos cuantos marineros y algunas mujerucas, que rendían parias a la riqueza y a la importancia de la señá Isabel: estaban además el cabo de mar y un maragato que traficaba con el escabeche. La tertulia se mantenía silenciosa y pendiente de los labios del venerable D. Claudio, el cual, sentado detrás del mostrador en un antiguo sillón de baqueta,[136.2] leía en alta voz a la luz del velón por[136.3] un libro manoseado y grasiento.

Era costumbre entre ellos solazarse en las noches de invierno con la lectura de alguna novela: las mujeres, particularmente, gozaban mucho siguiendo sus peripecias dolorosas. Porque era siempre una historia tristísima la que se narraba, y si no los tertulianos se aburrían: una esposa abandonada de su marido, que a fuerza de paciencia y dulzura consigue traerle de nuevo a sus brazos; las aventuras de un niño expósito, que al fin resulta hijo de un duque o cosa que lo valga;[136.4] los trabajos de dos enamorados a quienes la suerte persigue cruelmente muchos años. Había dos o tres docenas de estas novelas en Rodillero, que habían dado ya varias veces la vuelta al pueblo,[136.5] siempre con el mismo éxito lisonjero y con un poquito más de grasa cada día en sus folios: todas «concluían bien:» era requisito indispensable. D. Claudio, que era muy sensible a las desgracias narradas y solía llorar con[137.1] ellas, cuando estaba constipado[137.2] nunca dejaba de proponer que se leyese, con objeto de desahogar un poco la cabeza.

Titulábase la novela que ahora tenía entre las manos, Maclovia y Federico, o las minas del Tirol: era una relación conmovedora de las desdichas de dos amantes que, habiendo nacido en egregia cuna, por el rigor de sus padres se ven precisados a ganarse el sustento con las manos. Federico y Maclovia se casan en secreto: el padre de ésta, que es un príncipe de malísimas pulgas,[137.3] los persigue: huyen ellos, y Federico entra de bracero en una mina; su joven esposa le sigue con admirable valor; tienen un hijo; padecen mil dolores e injusticias: al fin el príncipe se ablanda y los redime de tanta desgracia, llevándolos en triunfo a su palacio. Las mujerucas, y hasta los hombres, estaban sumamente interesados y ansiaban saber en qué paraba.[137.4] De vez en cuando alguna de aquéllas exclamaba en tono lastimero:

—¡Ay, pobrecita mía; cuánto pasó![137.5]

La compasión era siempre para el elemento femenino de la obra.

La señá Isabel cosía como de costumbre detrás del mostrador al lado de su fiel esposo; no parecía muy apenada por las desgracias de los jóvenes amantes. Elisa también estaba sentada cosiendo; pero a menudo se levantaba de la silla con distintos pretextos, descubriendo cierta inquietud que desde luego[137.6] llamó la atención de la sagaz maestra.

—¡Pero muchacha, hoy tienes azogue![137.7]

No azogue, sino miedo y muy grande tenía la pobre. ¡Cuántas veces se arrepintió de haber cedido a los ruegos de José! Pensando en lo que iba a suceder aquella noche, sentía escalofríos; el corazón le bailaba dentro del pecho con tal celeridad, que se extrañaba de que los demás no lo advirtiesen. Había rezado ya a todos los santos del cielo y les había prometido mil sacrificios si la sacaban con bien[138.1] de aquel aprieto.—¡Dios mío—solía decirse,—que no vengan!—Y a cada instante dirigía miradas de terror a la puerta. La señá Isabel observó que unas veces estaba descolorida, y otras roja como una amapola.

—Oyes, Elisa; tú estás enferma...

—Sí, madre; me siento mal—repuso ella vislumbrando con alegría la idea de marcharse.

—Pues anda, vete a la cama... será principio de un constipado.

La joven no lo quiso ver mejor,[138.2] y soltando la obra que tenía en las manos, desapareció rápidamente por la puertecilla de la trastienda. Subió la escalera a saltos como si huyese de un peligro inminente; pero al llegar a la sala quedó petrificada oyendo en la tienda la voz de D. Cipriano.

En efecto, éste y D. Telesforo entraban en aquel instante.

—Buenas noches, señores.

—Buenas noches—contestaron todos.

La maestra quedó muy sorprendida, porque D. Telesforo hacía bastante tiempo que estaba reñido con ella y no frecuentaba la tienda. Después de un momento de silencio algo embarazoso, D. Cipriano preguntó con amabilidad:

—¿Y Elisita?

—Ahora se ha ido a la cama: se siente un poco mal—repuso la señá Isabel.

—Pues necesito hablar con ella dos palabritas—replicó el juez apelando siempre[139.1] a los diminutivos.

La maestra se puso terriblemente pálida, porque adivinó la verdad.

—Bueno, la llamaré—dijo con voz opaca[139.2] levantándose de la silla.

—No es necesario que V. la moleste; yo subiré, si es que no se ha acostado.

—Subiremos cuando V. quiera...

El juez extendió la mano como para detenerla, diciendo:

—Permítame V., señora Isabel... El negocio que vamos a tratar es reservado[139.3]... El único que debe subir conmigo es D. Telesforo.

La maestra le clavó una mirada siniestra: D. Cipriano se puso un poco colorado.

—Yo lo siento mucho, señora, pero es necesario...

Y por no sufrir más tiempo los ojos de la vieja, se apresuró a subir a la casa,[139.4] seguido del secretario.

El venerable D. Claudio, prodigiosamente afectado con aquella escena, dejó caer al suelo a la desdichada Maclovia, y ya no se acordó de recogerla. Abría los ojos de tal modo, mirando a su mujer, que era un milagro del cielo el que no se le escapasen de las órbitas.[139.5] La maestra, inmóvil, clavada al suelo en el mismo sitio en que la había dejado D. Cipriano, no perdía de vista la puerta por donde éste había salido.

—Vamos—dijo al fin con ira concentrada, pasándose la mano por el rostro;—la niña está en el celo;[139.6] hay que casarla a escape.[139.7]

—¿Cómo casarla?—preguntó D. Claudio.

Su mujer le echó una mirada de desprecio, y volviéndose a los circunstantes que estaban pasmados sin saber lo que era aquello, añadió:

—¿Qué; no se han enterado VV. todavía?... Pues está bien claro; que ese perdido de la viuda necesita cuartos, y quiere llevarme a Elisa.

José oyó perfectamente estas palabras, y se estremeció como si le hubiesen pinchado. D. Fernando trató de sosegarlo, poniéndole una mano sobre el hombro; pero él mismo estaba muy lejos de hallarse tranquilo; por más que se atusase[140.1] gravemente su luenga perilla blanca hasta arrancársela, la procesión le andaba por dentro.[140.2]

—Yo creía—dijo uno de los tertulios—que eso había concluido hacía ya mucho tiempo.

—En la apariencia sí—contestó la maestra;—pero ya ven VV. cómo se las ha arreglado[140.3] ese borrachín para engatusarla otra vez.

—Pero ese es un acto de rebelión por parte de Elisa, que merece un castigo ejemplar—saltó D. Claudio.—Yo la encerraría en la bodega y la tendría quince días a pan y agua.

—Y yo te encerraría a ti en la cuadra por borrico—dijo la señá Isabel, descargando sobre su consorte el fardo de cólera que la abrumaba.

—¡Mujer!... esa severidad... ¿a qué conduce?... Me parece que te ha cegado la pasión en este momento.

El rostro del maestro, al proferir estas palabras, reflejaba la indignación y el miedo a un mismo tiempo, y guardaba, aunque no esté bien el decirlo, más semejanza que nunca con el de un perro dogo.

Su esposa, sin hacerle caso alguno, siguió hablando con aparente calma.

—¡Vaya, ya se le contentó el antojo a la viuda!... Hay que alegrarse, porque si no, el día menos pensado se queda en un patatús.[141.1]

—¡Pero quién había de decir que una chica tan buena como Elisa!...—exclamó una de las mujerucas.

—A la pobre le han llenado la cabeza de viento—dijo la maestra.—Se figura que hay en casa torres y montones y que todos son de ella... ¡No se van a llevar mal chasco ella y su galán![141.2]

—Señora Isabel—dijo el juez, que bajaba en aquel momento,—Elisa ha solicitado el depósito para casarse y acaba de ratificarse en su petición... No me queda más remedio que decretarlo... Siento en el alma darle este disgusto... pero la ley... yo no puedo menos...

La maestra, después de mirarle fijamente, hizo un gesto despreciativo con los labios.

—No se disguste V., D. Cipriano, que va a enfermar.[141.3]

Una ola formidable de sangre subió al rostro del susceptible funcionario.

—Señora, tenga V. presente[141.4] con quien habla.

—Con el hijo de Pepa la panadera—dijo ella, bajando la voz y volviéndole la espalda.

El capitán D. Cipriano era hijo, en efecto, de una humilde panadera y había ascendido desde soldado:[141.5] no era de los que ocultasen su origen ni se creía deshonrado por esto; mas el tono de desprecio con que la maestra pronunció aquellas palabras, le hirió tan profundamente, que no pudo articular ninguna. Después de mover varias veces los labios sin producir sonido alguno, al fin rompió, diciendo en voz temblorosa:

—Cállese V., mala lengua... o por vida de Dios, que la llevo a V. a la cárcel.

La maestra no contestó, temiendo sin duda que el juez exasperado cumpliese la amenaza: se contentó con reírse frente a sus tertulios.

D. Cipriano, repuesto de su emoción dolorosa, o convaleciente por lo menos, dijo con acento imperativo:

—A ver... designe V. la persona que ha de encargarse de su hija mientras permanezca en depósito.

La maestra volvió la cabeza, le miró otra vez con desdén y se puso a cantar frente a sus amigas:

Tan tarantán, los higos son verdes.

Viendo lo cual D. Cipriano, dijo con más imperio aún:

—Venga V. acá, D. Telesforo... Certifique usted ahora mismo que la señora no ha querido designar persona que se encargue de tener a su hija en casa mientras esté depositada.

Después de dar esta orden, salió de la tienda y se fue al portal: allí estaba Elisa a oscuras y temblando de miedo. Cuando hubo hablado con ella algunas palabras, volvió a entrar.

—En uso de la facultad que la ley me concede, designo a Dª. Rafaela Morán, madrina de la interesada, para que la tenga en su poder hasta que cese el depósito.

Mientras D. Telesforo extendía estas diligencias,[142.1] los marineros y las mujerucas comenzaron a consolar a la señá Isabel y a poner infinitos comentarios y glosas a la escena que se estaba efectuando: repuestos de la sorpresa que les había producido, se les desató la lengua de forma que[143.1] la tienda parecía un gallinero.

—¡Pero cómo se atrevería esa chica a dar un paso semejante!—decía uno.

—Después de todo, ¿qué se va a hacer?... Hay que tomarlo con calma, señá Isabel...—decía una vieja que no le pesaba nada[143.2] del disgusto que la maestra padecía.

—Por mí, si estuviera en su lugar—decía otra a quien le pesaba mucho menos—no me disgustaría poco ni mucho[143.3]... Que la niña se quiere marchar de casa... ¡Vaya bendita de Dios!... Con darle lo que es suyo, estamos en paz.[143.4]

La maestra la echó una rápida mirada de ira. La vieja sonrió con el borde de los labios:[143.5] ya sabía que había herido en lo más vivo.

—Lo peor de todo es el ejemplo, D. Claudio—dijo el maragato.

—Tiene V. razón, ¡el ejemplo! ¡el ejemplo!—exclamó aquél elevando al cielo los ojos y las manos.

—A mí me daba en la nariz[143.6] que Elisa tenía algún secreto—apuntó un marinero anciano.—Por dos veces la vi hablando con D. Fernando de Meira, camino del[143.7] monte de San Esteban, y noté que en cuanto me atisbaron[143.8] echaron a correr, uno para un lado y otro para otro.

—Pues otra cosa me pasó a mí—dijo el cabo de mar.—Iba una tarde hacia Peñascosa, y a poco más de media milla de aquí me encontré a D. Fernando, en gran conversación con Elisa, y noté que acababa de separarse de ellos la viuda de Ramón de la Puente.

—¡Ya me parecía que aquí había de andar la mano del señor de la gran casa de Meira!—exclamó la maestra.

Oyendo aquel insulto, D. Fernando no pudo contenerse y entró como un huracán por la puerta de la tienda, con las mejillas pálidas y los ojos centellantes.

—¡Oiga V., grandísima pendeja; enjuáguese V. la boca antes de hablar de la casa de Meira!

—¡No lo dije yo!—exclamó la maestra soltando al mismo tiempo una carcajada estridente.—¡Ya pareció el marqués de los calzones rotos!—Y encarándose con él, añadió sarcásticamente:—¿Cuántos zoquetes de pan le han dado, señor marqués, por encargarse de este negocio?

Los tertulios rieron. El pobre caballero quedó anonadado; la cólera y la indignación se le subieron a la garganta, y en poco estuvo que no le ahogasen;[144.1] comprendió que era imposible luchar con la desvergüenza y procacidad de aquella mujer, y se salió de la tienda pálido y convulso. Pero la maestra, viendo que se le escapaba la presa, le gritó:

—¡Ande V., pobretón! Le habrán llenado la panza para servir de pantalla, ¿verdad? Ande, váyase y no vuelva, ¡gorrón! ¡pegote! ¡chupón!

El noble señor de Meira, al recibir por la espalda aquella granizada de injurias, se volvió, agitó los puños y tuvo fuerzas para preguntar:

—¿Pero no hay quien clave un hierro candente en la lengua a esa infame mujer?

Al decir esto recordaba, sin duda, los terribles castigos que sus antepasados infligían a los villanos insolentes. Pero en la tienda, estas aterradoras palabras fueron acogidas con una risotada general.

D. Telesforo, en tanto,[145.1] había concluido de escribir. El juez, cada vez más ofendido con la maestra, dijo al secretario:

—Haga V. el favor de notificar a la madre de la joven que debe entregar la cama y la ropa de su uso.

—Yo no entrego nada, porque lo que hay en casa es mío—dijo la vieja poniéndose seria.

—Dígale V. a la señora—continuó el juez, dirigiéndose a D. Telesforo,—que eso ya se verá: por lo pronto,[145.2] que entregue la cama y la ropa que la ley concede a la depositada.

—Pues yo no entrego nada.

—¡Pues se lo tomaremos!—exclamó D. Cipriano exasperado.—A ver: dos de VV. que vengan conmigo a servir de testigos...

Y señalando a un par de marineros, les obligó a subir con él al cuarto de Elisa. Ésta sollozaba en el portal escuchando con terror los atroces insultos que a ella, a su novio y a la familia de éste lanzaba su madre dando vueltas[145.3] por la tienda como una fiera.

Al cabo de un instante bajó D. Cipriano.

—Elisa, sube conmigo a señalar tu ropa.

—¡Por Dios, señor juez! Déjeme V. por Dios! No quiero llevarme nada...

D. Cipriano, respetando el dolor de la joven y su delicadeza, no quiso insistir. Pero se fue a la calle en busca de José, le llevó arriba y le hizo cargar con la ropa y la cama de Elisa. Después sacó a ésta del portal, la colocó entre D. Fernando de Meira y él, y se dirigieron a casa de la madrina escoltados por el secretario y algunas mujeres y marineros que se habían juntado a la puerta de la tienda. José marchaba delante trotando con su grata carga.

XV

Trascurrieron los tres meses que la ley señala para esperar el consejo paterno: no se pasaron tan alegres como podía presumirse. Elisa no estaba contenta en casa de su madrina: era una vieja egoísta e impertinente que no cesaba en todo el día de reñir con las gallinas, con el cerdo y con los gatos. Acostumbrada a este gruñir y rezar constante, pronto consideró a su ahijada como uno de tantos animales domésticos, y le prodigó los mismos discursos: de vez en cuando le echaba en cara directa o indirectamente el favor que la hacía; favor que la joven había prometido pagar cuando estuviese en posesión de sus bienes. Además, la rebelión contra su madre la traía pesarosa;[146.1] sentía remordimientos; lloraba a menudo; más de una vez se sintió tentada a volverse a casa, echarse a los pies de señá Isabel y pedirla perdón. José la sostenía con su pasión enérgica y dulce a la par[146.2] en estos momentos de flaqueza, tan propios en una hija buena y sencilla. No salía apenas a la calle: sólo a la hora del oscurecer, cuando su novio venía de la mar, hablaba algunos cortos instantes con él a la puerta de casa, delante de su madrina, quien no se alejaba un punto de ellos, más por el gusto de estorbarles, que para guardar a su ahijada. Tal vez que otra, muy rara,[146.3] salían de paseo los tres por algún camino extraviado, de suerte que nadie los viese: la inocente muchacha imaginaba que su conducta era juzgada severamente en Rodillero, y que todos la reprobaban. No era verdad: los vecinos del lugar, sin faltar uno, hallaban justificada su resolución, y se habían alegrado no poco de ella: la maestra era generalmente odiada.

Hubo un suceso también que les impresionó dolorosamente, lo mismo a ella que a José, y que hizo bastante ruido en el pueblo. D. Fernando de la casa de Meira había desaparecido de Rodillero pocos días después de haberse depositado a Elisa; de nadie se despidió, y nadie supo a dónde se había dirigido: todas las indagaciones que se hicieron para averiguar su paradero, fueron infructuosas. José experimentó un gran disgusto: precisamente tenía ya ahorrados de la costera del bonito cerca de tres mil reales que pensaba darle en seguida a cuenta de los diez mil que de él había recibido, figurándose, no sin razón, que los dineros con que se había quedado[147.1] de los catorce mil que D. Anacleto le había pagado por la casa, andarían muy cerca de concluirse. Volvíase loco pensando que acaso hostigado por la necesidad, y no queriendo de vergüenza pedirle nada, se habría huido por el mundo[147.2] el buen caballero a quien tantos favores debía. Salió expeditamente él mismo en su busca, abandonando para ello lancha y trabajo; pero después de recorrer durante cuatro días todos los contornos y haber extendido la excursión a varios puntos distantes de la provincia preguntando en todos los parajes, viose necesitado a regresar sin saber nada. Esto le tenía muy apesadumbrado.

La costera del bonito había sido tan buena aquel año como el anterior: la lancha que José había comprado a un armador vizcaíno, trabajó admirablemente todo el verano: la compaña, en la cual figuraban como antes el satírico Bernardo y el tremendo Corsario, estaba contentísima, no sólo por las ganancias que percibía, sino por ver al pobre José, a quien todos apreciaban de veras, al cabo de sus desgracias y en vísperas de ser feliz. Repetíase sin notables variantes lo que pasaba en el comienzo de esta historia: Bernardo embromaba a sus compañeros, y en particular al Corsario, con faramallas divertidas como la de la piedra de marras:[148.1] José no salía tampoco ileso de ellas. A menudo le preguntaba:—¿Pero cuándo vemos esa comedia, muchacho? Mira tú que se van a marchar los cómicos.—Todos estaban al tanto de lo que aquello significaba, y reían, recordando la promesa que José les había hecho el año anterior, de darles dinero el día de su matrimonio para ir a Sarrió a ver una función de teatro. La única diferencia, y de ello no les pesaba nada, era que este año había mucha sardina: los viejos, mientras ellos corrían por la altura aferrando bonitos, se mantenían cerca de la costa, con las barcas chicas, y mañana y tarde solían volver a casa cargados de pescado. En pocos meses había entrado mucho dinero en el pueblo: las fábricas de escabeche funcionaban noche y día; no se veían por la calle sino maragatos y carros atestados de barriles. El cuerno de la abundancia se había vaciado de golpe sobre Rodillero; y, como sucedía siempre en tales casos, en vez de separar una parte de las ganancias para comer en los días de miseria, todas se invertían en las tabernas y en el mercado. Entre los pescadores no se conoce apenas el ahorro; pero hay disculpa para ello: el peligro constante en que viven les arranca la facultad de prever, que tan desarrollada está entre los campesinos; el trabajo rudo y sombrío a que se entregan les hace apetecer con ansia los momentos de expansión y la alegría ruidosa que el vino comunica.

Sucedió lo que era de esperar: en pos de los bienes, los males. Terminada la costera del bonito, y también casi dando las boqueadas[149.1] la de la sardina, quedaron las lanchas paradas algún tiempo esperando la merluza y el congrio. Los marineros, durante este tiempo de holganza, vivían en las tabernas o se paseaban en pandillas, según su costumbre, por las riberas de la mar escrutando y dando su opinión sobre las velas que cruzaban por el horizonte. En estos días se comieron lo que les restaba de los pingües quiñones del verano.

Pero el invierno no se presentó benigno. Cuando empezaron a salir al congrio y la merluza, volvían la mayor parte de los días sin nada o con muy poco pescado. Además, en varias ocasiones sintieron algunos latigazos del Noroeste, que les puso en cuidado. Dejaron entonces de pescar, y aguardaron que llegase la época propicia para el besugo. El mes de Diciembre siguió aún más rudo y tornadizo[149.2] que el de Noviembre; mas como no había otro remedio que ir a la mar, bajo pena de morirse de hambre o salir a pedir limosna por las aldeas, cosa que solamente hacían en el último aprieto, comenzaron a trabajar en la pesca del besugo, aunque recelosos y prevenidos para cualquier evento. El tiempo fue de mal en peor: algunos días serenos llegaban que les hacían concebir esperanzas de mejoría; pero al instante se cambiaba y volvía a mostrarse con cariz feo y huraño.[150.1] Cierta especie propalada por el lugar les infundió aún más recelo: se decía que un muchacho había visto varias noches salir de la ribera tres de las lanchas, tripuladas por hombres vestidos de blanco, y que al cabo de dos o tres horas las veía entrar de nuevo solas. No es fácil representarse el terror que esta noticia produjo en el pueblo, sobre todo entre las mujeres: los hombres también estaban tristes y medrosos, pero lo disimulaban.

A la general tristeza que en el pueblo reinaba, y de la cual participaban, no en pequeña porción, Elisa y José, se añadió para éstos una desgracia que les conmovió hondamente: se supo de modo evidente[150.2] que D. Fernando de Meira había sido encontrado muerto en un camino de sierra, allá hacia la montaña[150.3] de León. Se dio por supuesto[150.4] entre los vecinos que el caballero iría[150.5] a buscar dinero a réditos[150.6] por la noche, según su costumbre, y se habría matado[150.7] de una caída; pero algunos, sin respeto a la memoria del comendador de Villaplana, del procurador de las Cortes de Toro, del presidente del Consejo de Italia y del oidor de la Audiencia de Méjico, aseguraban que D. Fernando iba pidiendo limosna y se había muerto de hambre y de frío. Sea de esto lo que quiera,[150.8] su muerte causó en todo el pueblo triste impresión, porque era universalmente querido. Elisa le lloró como a un padre, y José anduvo muchos días caviloso[150.9] y taciturno. Pero al cabo, los preparativos de boda consiguieron secar las lágrimas de ambos y ocupar exclusivamente su atención. Habían pensado casarse en los primeros días de Diciembre; mas no fue posible por algunas dificultades que el cura puso y necesitaron vencer; y también porque no hallaron casa. José no quería de modo alguno vivir con su madre, pues conociéndole el genio, sabía que Elisa iba a tener disgustos, por más que aquélla ya la amase entrañablemente. Quedó aplazado el matrimonio para año nuevo. Los preliminares, tan sabrosos siempre para los enamorados, no lo fueron tanto en esta ocasión por las particulares circunstancias en que se hallaban y por la atmósfera de tristeza que pesaba sobre el pueblo.