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Historia de la literatura y del arte dramático en España, tomo III cover

Historia de la literatura y del arte dramático en España, tomo III

Chapter 13: CAPÍTULO XXIII.
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About This Book

El autor ofrece un estudio crítico del teatro español, con especial atención a la producción de Lope de Vega, clasificando sus comedias según etapas creativas y detallando rasgos formales y temáticos. Describe en las primeras obras abundancia de imágenes, acción desbordada, diálogo rápido y uso frecuente de redondillas y quintillas, mientras que en las tardías aprecia mayor orden dramático, gradación psicológica y preferencia por el romance. Examina asimismo la tendencia histórica del repertorio, la recreación de épocas pasadas y la mezcla de tradición y crónica, y subraya la imaginación fecunda y la erudición que sustentan esas composiciones.

CAPÍTULO XXII.

Otros poetas dramáticos de esta época.—Mexía de la Cerda.—Damián Salustrio del Poyo.—Hurtado Velarde.—Juan Grajales.—Joseph de Valdivieso.—Andrés de Claramonte.—Otros poetas dramáticos del tiempo de Lope de Vega.

UN cuando el examen de las obras de Guevara nos haya hecho penetrar en el siglo XVIII, hemos de retroceder ahora á los principios del período precedente, y nombrar á varios poetas, que escribieron para el teatro en tiempo de Lope de Vega y durante los últimos años del reinado de Felipe II, ó los primeros de su sucesor. Pocas ocasiones se nos presentarán, sin embargo, de trazar capítulos detallados de ellos, porque de muchos se sabe ahora poco, y de algunos, absolutamente nada[42].

Pedro Díaz, según Navarro, uno de los que llevaron las comedias á su perfección, es mencionado por Rojas entre los predecesores de Lope de Vega, y como autor de una de las primeras comedias de santos titulada El Rosario. Parece, sin embargo, que su nombre quedó después prontamente obscurecido por los de los nuevos dramáticos. Es de presumir que aconteciera lo mismo con Joaquín Romero de Cepeda[43], con Berrio y Francisco de la Cueva, de quienes tratamos ya en el período anterior de la historia del teatro español. Los dos últimos eran letrados, y Lope de Vega dice de ellos (Dorotea, parte 5ª), que ofrecieron el raro ejemplo de ser tan distinguidos intérpretes de las leyes como amables poetas, y que escribieron comedias que se representaron con general aprobación. Francisco de la Cueva, natural de Madrid[44], fué bastante amigo de Lope, y es celebrado por él singularmente en La Arcadia, en El laurel de Apolo, y en la dedicatoria de la comedia La mal casada.

De las obras dramáticas de esta época de Andrés Rey de Artieda y de Lupercio Leonardo de Argensola, no conocemos nada, aun cuando sepamos que ambos escribieron para el teatro hasta en el período anterior. Artieda, como veremos en breve, era opuesto á Lope y á su escuela, por cuyo motivo es de sospechar que se inclinaba más bien al sistema clásico.

De Mejía de la Cerda, licenciado y relator de la chancillería de Valladolid, poseemos una llamada tragedia, que se titula Inés de Castro, producción literaria muy inferior, que no puede compararse bajo ningún aspecto con la de Guevara sobre el mismo asunto, ni aun con la de Nice lastimosa, de Bermúdez, conocida y explotada indudablemente por Mejía. Obsérvanse en el arreglo del plan graves defectos; los caracteres apenas pueden sostenerse, y el diálogo es pesado, sin gracia ni animación alguna. Esta obra dramática se escribió probablemente antes que la de Reinar después de morir, de Guevara.

La comedia más notable de las tres, que se conservan de Damián Salustrio del Poyo (poeta natural de Murcia, aunque domiciliado en Sevilla), es, sin disputa, la que lleva el título de La próspera fortuna de Ruy López de Avalos, (en dos partes)[45]. Es una especie de comedia biográfica, cuya acción no ofrece por cierto grande unidad, aunque tenga varias escenas de bien calculado efecto. La fábula se supone ocurrir en tiempo de Enrique III de Castilla. Es notable la escena, en que el médico judío Don Maix intenta envenenar al Rey á ruego del almirante de Castilla. El envenenador se dispone á entrar desde la antesala en la regia cámara, cuando el retrato de Doña Catalina, esposa del Monarca, que está colgado sobre la puerta, cae en tierra, y le impide la entrada; casi al mismo tiempo se presenta el Rey; el judío queda confuso, arroja el veneno, y al fin confiesa su propósito. Esta escena ha sido imitada por Tirso de Molina en La prudencia en la mujer, y por Calderón en El mayor monstruo los celos; por lo menos, en ambos domina la idea de convertir á un retrato en ángel protector de una vida amenazada. Pocos asuntos se han manejado tanto por los dramáticos españoles como la historia de D. Alvaro de Luna; pero la verdad es también que acaso la comedia más débil, que desenvuelva este argumento, es la de nuestro Damián Salustrio del Poyo.

De las obras de Hurtado Velarde (de Guadalajara), existe sólo una tragedia titulada Los siete infantes de Lara, pieza dramática de espectáculo de las más débiles. Al parecer este mismo Velarde había escrito otro Cid, antes que Guillén de Castro[46].

Juan Grajales (licenciado, y distinto del actor del mismo nombre que menciona Rojas), ha representado dramáticamente la historia de Colá Rienzi en dos comedias, tituladas La próspera y La adversa fortuna del caballero del Espíritu Santo. Tanto el pensamiento como la ejecución de ambas es grosero y poco acertado, casual el enlace de unas escenas con otras, y no hay que hablar de la distribución y buen arreglo del plan, ni de la intención poética, que se revela en el conjunto. Muy superior á estas comedias es El bastardo de Ceuta, drama, que, aun ofreciéndonos graves faltas, las compensa en parte por un número igual de importantes bellezas. Su argumento es, en compendio, el siguiente: Elvira, esposa del capitán Meléndez, creyendo ser abrazada de su esposo, lo es en realidad por el alférez Gómez de Melo, que se ha deslizado secretamente en su habitación, y da á luz á Rodrigo, fruto de esta unión. La misma noche, en que su esposa es engañada de esta manera, sale Meléndez para la guerra de Africa, enamorándose después de la mora Fátima, de quien se separa dejándola una prenda de su amor. Supónese que estos sucesos ocurren veinte años antes de empezar la comedia. Nada dice Elvira á su esposo de la acción indigna de Gómez de Melo; pero el carácter de Rodrigo es tan diverso del de su presunto padre, y lo respeta tan poco, que éste concibe algunas sospechas sobre su paternidad. La guerra contra los infieles estalla mientras tanto de nuevo. Grave peligro de muerte amenaza un día á Meléndez en una batalla, del cual pudiera librarlo Rodrigo; pero lo abandona su cobarde é ingrato hijo, salvándole inesperadamente un mancebo moro; éste es Celín, nacido de los amores de Meléndez y de Fátima, que oye la voz de la naturaleza, y es arrastrado por ella hacia su padre con fuerza irresistible. Ni el padre ni el hijo se conocen; y aunque enemigos, y preparados á la pelea, celebran un pacto de amistad y paz. Acabada la guerra toma mayor incremento la antipatía mutua, que se profesan Meléndez y su pretendido hijo, osando éste levantar la mano á su padre en una disputa. Meléndez castiga severamente al degenerado joven, pero cree al mismo tiempo que ningún hijo es capaz de cometer tales atentados contra su padre, é intenta averiguar de Elvira si ha sido otro el que lo engendró. Espíala en sueños, y sabe entonces la afrentosa astucia de su alférez Gómez de Melo. Trama entonces una doble venganza, así de Gómez, por haber ofendido su honor, como de Rodrigo, bastante audaz para faltarle al respeto debido; logra, en efecto, realizarla, suscitando una lucha entre ambos, en la cual sucumbe Gómez á manos del bastardo. Mientras tanto la abandonada Fátima, deseosa también de vengarse de la infidelidad de su antiguo amante, excita á su hijo Celín, que ignora el secreto de su nacimiento, á dar muerte al capitán Meléndez. Celín, obediente á su madre, prométela cumplir sus mandatos; pero, al encontrarse frente á frente de su padre, se le cae la espada de las manos, y siguiendo un impulso interior, que lo domina, se precipita á los pies del mismo, á quien intentaba arrancar la vida. Reconócense después padre é hijo, y éste resuelve vivir entre los cristianos y profesar la religión de su padre.

José de Valdivieso, sacerdote y capellán del arzobispo de Toledo, mantuvo estrechas relaciones de amistad con los más célebres poetas de su época, para quienes su casa era un punto de reunión y trato. Parece que se consagró á la poesía, más bien por su afición á ella que por vocación especial. Sus comedias religiosas, á lo menos, apenas merecen la más ligera alabanza: distínguense por su falta completa de buen gusto, por el absurdo y exagerado misticismo, peculiar de ordinario de este linaje de composiciones, aunque sin la osada fantasía, que las sublima, conciliando lo extraño con lo maravilloso. Su loco cuerdo es un verdadero caos de prodigios sin fundamento, que en vez de inspirar devoción, como su autor intenta, sólo excitan aversión y repugnancia. Cuenta la historia de un rico comerciante, que de repente se convence de la frivolidad de los bienes mundanos, y se retira al desierto para hacer rigurosa penitencia el resto de sus días. Después de pasar así ocho años, víctima voluntaria de los más insólitos tormentos, cree que debe humillarse aún más para merecer la gracia del Señor, y recorre ciudades y aldeas fingiéndose loco, y sufriendo las burlas é insultos del populacho.

Más feliz fué Valdivieso con los autos[47], no pudiendo negarse que manifestó ingenio en su traza, siempre que prescindimos del extraño enlace de pensamientos inseparable de este linaje de composiciones. Lástima es que se hallen sobrecargados de teología escolástica, y que su estilo sea hinchado y de mal gusto. En el auto Psiquis y Cupido, es Psiquis el Alma humana, la Hija del cielo y el Amor es Cristo. El Mundo, el Deleite y Lucifer son galanes, que pretenden la mano de Psiquis, y se ven rechazados de ella, porque en sueños ha visto al Amor, á quien sólo desea pertenecer. Este se presenta como amante suyo, y se desposa con ella; el himeneo se celebra primero en su casa, en donde descubrirá su rostro, velado hasta entonces; para acompañar á la desposada hasta ella, la entrega á la Verdad y á la Razón. Las hermanas de Psiquis, que se llaman Irascible y Concupiscible, envidian la dicha de la desposada, y se conjuran con los tres amantes desdeñados para destruirla. El plan se realiza. Déjase Psiquis seducir de sus enemigos, anticipándose á la eternidad, y temiendo en vez de creer. En la ocasión primera, en que intenta levantar el velo del Amor, es retirada por la Fe; en la segunda huye de sus brazos el divino amante, y se precipita en un insondable abismo. La Razón queda ciega de repente, y vaga lamentándose; aparécese la Verdad para buscar á la perdida; y mientras se conduelen ambas de lo ocurrido, se ve á Lucifer cabalgando en una serpiente, y teniendo en sus brazos á la desolada Psiquis, manchada de sangre y con negras vestiduras. El Amor, sin embargo, accede al fin á celebrar de nuevo su himeneo, movido por el arrepentimiento del Alma; la Santa Virgen trae á Psiquis en sus brazos, él estrecha entre los suyos á la recién hallada, y en este instante la adornan blancos paños; ábrense sus ojos á la razón; huyen el Mundo, el Deleite y Lucifer; se ve al Cielo, padre de Psiquis, que ofrece á su hija una corona y una palma, y un coro solemniza con sus cánticos las bodas del Alma y de Cristo. La composición del auto, titulado El hospital de locos, es singular hasta lo sumo. El Alma, llevando por guía al Placer, hace una peregrinación; excítala éste á entrar en una casa, en donde habitan todos los goces, obedeciéndolo á pesar de las reconvenciones de la Razón, que, desde el umbral, intenta disuadirla de su propósito. Aquella casa es de locos; manda en ella el Delirio, y la ocupan las diversas locuras; Lucifer, con un tambor de niños, llama á la Guerra contra el Cielo; el Mundo Infantil cabalga en un caballo de juguete; la Curiosidad bebe copiosamente en una mesa; la Carne toca una guitarra, y entona canciones eróticas, y la Humanidad yace en un rincón en pacífica locura. Se felicita al Alma por su venida, y se la adorna con un bonete de loco. Agrádale bastante al principio la desenfrenada licencia de la nueva vida; pero pronto la encadena la Culpa, y la encierra en una prisión. Abre entonces los ojos á la luz, y se arrepiente de sus extravíos; viene en su ayuda la Inspiración ó la Gracia Divina, llamada por la Razón, y con su auxilio se liberta de la cárcel.

Andrés de Claramonte, célebre actor y director del teatro de Murcia (muerto en 1610), fué también famoso poeta, principalmente á causa de su comedia El negro valiente en Flandes, cuya segunda parte escribió después Vicente Guerrero.

Seguramente no es grande el valor poético de esta composición; falta el arte en el conjunto de la acción, y su desarrollo es duro y grosero; pero, sin embargo, respira toda ella cierta frescura y grata sencillez. Las temerarias hazañas del negro, que milita bajo las banderas del duque de Alba, y que, á fuerza de osadía, consigue la investidura de caballero de la Orden de Santiago (entre otras empresas, por haber penetrado solo en el campamento enemigo y haber hecho prisionero en su tienda al príncipe de Orange), excitan un vivo interés á causa de las animadas descripciones, que llenan á esta comedia. La rudeza de su exposición se harmoniza admirablemente con el colorido popular, que la distingue[48].

Si juzgamos ahora en general á todos los poetas, que hemos mencionado desde Guevara (en cuanto es lícito, atendido el escaso número de sus obras existentes), no merecerán, por cierto, grandes alabanzas. Las comedias de que hablamos, nos recuerdan en demasía la infancia del teatro; muéstrannos el arte dramático, que alcanzó tanta perfección en tiempo de Lope de Vega, notablemente degenerado, careciendo, sin duda, de crítica los literatos, que las comparan con las de aquel gran maestro. Aun las peores obras de Lope aventajan á las mejores de éstos en la dignidad del estilo y en la elegancia de la dicción poética. Raros vestigios se observan en ellas de traza sensata del plan, y aún menos de sello artístico en los sucesos; al contrario, siguen los unos á los otros grosera é inmediatamente, y parecen diseñados con toscas pinceladas. Falta en ellas por completo la delicada veladura de sus detalles, y las transiciones poéticas; su diálogo es poco flexible y nos ofrecen en confuso desorden lo ordinario, común y trivial, al lado de lo patético, y rasgos de mal gusto envueltos en hinchadas estrofas. Verdad es, que, á pesar de tales defectos, se encuentran á veces aisladas bellezas, aunque por lo general pertenecen más bien al asunto, manejado con anterioridad por otros, que al poeta que los expone, cuando es lo cierto que el verdadero genio les hubiese dado mucho mayor realce. Así se explica que estos dramáticos no pudieran rivalizar con Lope de Vega, ni merecer largo tiempo el favor del público; ya en el segundo cuarto del siglo XVIII apenas se mencionan sus nombres, siendo escaso el interés que excitaban, aun para imprimir sus obras, no encontrándose ninguna de ellas en las grandes colecciones de comedias españolas, hechas posteriormente[49].

Otros muchos poetas contemporáneos son aún menos importantes para que su memoria se perpetuara en la literatura. Los nombres de estos escritores dramáticos, que indicaremos á continuación sin más comentarios, puesto que, al parecer, no existen obras suyas impresas, ó no han llegado á nuestra noticia, son los siguientes:

El licenciado Justiniano. Atribúyensele en los catálogos de Medel del Castillo (Madrid, 1735) y de la Huerta dos comedias, tituladas Los ojos del cielo y Santa Lucía.

Juan de Quirós, jurado de Toledo, que no debe confundirse con Francisco de Quirós, posterior á él.

Navarro, licenciado en Salamanca.

El licenciado Martín Chacón, familiar de la Inquisición.

D. Gonzalo de Monroy, regidor de Salamanca, distinto del más famoso Cristóbal de Monroy.

El Dr. Angulo, regidor de Toledo.

El Dr. Vaca, sacerdote y beneficiado en Toledo.

Hipólito de Vergara.

Ochoa.

Diego de Vera.

Liñán.

Almendárez.

Félix de Herrera, diverso de otro del mismo apellido, de quien trataremos más adelante.

Miguel Sánchez Vidal, de Aragón, que hubo de escribir en 1589 una comedia, en tres jornadas, cuyo título era La isla Bárbara[50].

Hay además otros muchos escritores, ya en parte mencionados en el segundo libro de esta Historia, que prosiguieron componiendo comedias en el presente período. Tales son Alonso y Pedro de Morales, Grajales, Zorita, Mesa, Sánchez, Ríos, Avendaño, Juan de Vergara, Villegas, Castro y otros. En lo sucesivo trataremos de algunos cuando hablemos de los más célebres autores.

Con los dichos termina la serie de poetas que se distinguieron en la literatura dramática durante la primera mitad de la carrera también dramática de Lope[51]. Sígueles una segunda serie de los que trabajaron en época algo posterior, y cuyo período más floreciente coincide con el de Lope. Natural es que estas dos series de poetas, y en tiempos tan próximos, no puedan separarse rigurosamente: la primera toca á la segunda, y el principio de la última se pierde á su vez en la anterior; pero conviene señalarlas para orientarnos, dividiendo de esta suerte en dos grupos á los coetáneos de Lope de Vega, que realmente se diferencian entre sí en algunos puntos. Sin embargo, antes de proseguir la historia de la literatura dramática, conviene fijar nuestra atención en el giro especial que tomaba la crítica de este género poético.

CAPÍTULO XXIII.

Oposición de algunos críticos al drama nacional.—Andrés Rey de Artieda.—Francisco Cascales.—Cristóbal de Mesa.—Esteban Manuel de Villegas.—Bartolomé Leonardo de Argensola.—Cristóbal Suárez de Figueroa.—Triunfo del partido nacional contra los galicistas.

N breve echó la forma nacional del drama tan profundas raíces en el ánimo del público, que otro cualquier linaje de ensayos heterogéneos no podía tener en el teatro favorable éxito. No era ya de temer que la flor lozana de la poesía original fuese deshojada bajo el peso de la falsa erudición. Algunas, aunque escasas tentativas, se hicieron, á la verdad, para escribir dramas á la manera de los antiguos; acaso sean los únicos ejemplos El Pompeyo, de Cristóbal de Mesa, y la imitación del Hypolito de Eurípides, de Esteban Manuel de Villegas; las traducciones de antiguas tragedias y comedias, como La Medea de Eurípides, y las comedias de Terencio de Pedro Simón Abril, han de calificarse más bien de trabajos filológicos, que como ensayos para imprimir una dirección determinada al gusto de la nación. Formóse, sin embargo, un partido de sabios y semisabios con el propósito de contrariar al drama español, y cuyo desagrado al observar el desprecio con que se miraban sus preceptos, se desahogó en invectivas contra todo el teatro nacional. No es posible negar que, en parte de esta contienda, desplegaron habilidad é ingenio, y que fueron oportunas algunas de sus censuras de los extravíos de los poetas más favorecidos del público. Pero el foco de donde partía el ataque, era en extremo absurdo; siempre el desventurado Aristóteles, siempre son las tres unidades las que se invocan; entre las críticas que hacen de Lope, descuellan la de que no es Plauto, ni Terencio, ni Séneca, que menosprecia la dignidad sensata del estilo trágico, confundiendo sin mesura lo cómico con lo trágico. La verdad, confesada ahora generalmente, que cada arte sufre modificaciones inherentes á las circunstancias de su nacimiento, y al carácter del pueblo en cuyo seno se desenvuelve, y que, con arreglo á ella, el drama moderno ha seguido rumbo muy diverso del antiguo para llegar á su perfección, era entonces completamente desconocida. Si hubiese triunfado esta secta literaria, el teatro español, lo mismo que el italiano, hubiese sufrido el yugo de una falsa teoría; la poesía moderna, á pesar de sus propiedades más gratas y verdaderamente originales, sería también la más pobre; la literatura dramática española no podría compararse á un campo de vegetación exuberante, lleno de flores y frutos de toda especie (aunque se encuentren en él, sin duda, malas yerbas), sino á una tierra árida, en donde nacen aquí y allí raquíticos arbustos; y en vez de sus creaciones tan nuevas como originales, dignas de ser imitadas, sólo nos ofrecería copias glaciales é insoportables de los antiguos modelos. Felizmente, tal resultado era menos de esperar en aquella época que en cualquiera otra. La victoria obtenida por Lope de Vega en favor del teatro nacional fué tan decisiva, que nada pudieron contra ésta los ataques de una crítica enemiga, aun empleando la mayor prudencia y todas las armas de la sátira. Pero la secta erudita de que ahora hablamos, no puede, en verdad, felicitarse de haber mostrado en la contienda una táctica superior; de ninguna manera le era dado llegar hasta donde se proponía, y ni aun produjeron efecto las juiciosas observaciones, que mezclaron con diatribas, ni las censuras, que hicieron justa mella en algunas comedias, porque sus autores sostenían principios absurdos y destituídos en general de fundamento, confundiendo además en sus invectivas las bellezas superiores en la esencia y en la forma, inseparables del drama moderno, con otros vituperables olvidos de todas las reglas de la naturaleza y del arte. A pesar de todo lo expuesto, es digna esta disputa de llamar nuestra atención, porque, entre otras razones, nos ofrece la prueba de que todas las preocupaciones estrechas y máximas pedantescas, que enseñaron Boileau y su escuela con tantas pretensiones, y que dieron después la vuelta á toda Europa, fueron conocidas en España medio siglo antes y quizás expuestas con más ingenio que en ningún otro pueblo.

El valenciano Andrés Rey de Artieda comenzó el primero el fuego en una epístola al marqués de Cuéllar[52], impresa hacia el año de 1605.

Como las gotas que en verano llueven
Con el ardiente sol dando en el suelo,
Se transforman en ranas y se mueven,
Assí al calor del gran Señor de Delo
Se levantan del polvo poetillas
Con tanta habilidad que es un consuelo;
Y es una de sus grandes maravillas
El ver que una comedia escriba un triste
Que ayer sacó Minerva de mantillas.
Y como en viento su invención consiste,
En ocho días, y en menor espacio,
Conforme su caudal la adorna y viste.
¡Oh, quán al vivo nos compara Horacio
A los sueños frenéticos de enfermo
Lo que escribe en su triste cartapacio!
Galeras vi una vez ir por el yermo,
Y correr seis caballos por la posta
De la isla del Gozo hasta Palermo;
Poner dentro Vizcaya á Famagosta,
Y junto de los Alpes, Persia y Media,
Y Alemaña pintar larga y angosta.
Como estas cosas representa Heredia,
A pedimento de un amigo suyo,
Que en seis horas compone una comedia.

No habla menos resueltamente sobre la última cuestión Francisco Cascales, de Murcia[53], en sus Tablas poéticas, que aparecieron en 1616. En este libro ingenioso, escrito en forma de diálogo, se dice, entre otras cosas, lo siguiente: «¡Válame Dios! (dice Pierio en la pág. 166 de la edición de Madrid, de Sancha, 1779.) Luego, según eso, no son comedias las que cada día nos representan Cisneros, Velázquez, Alcaraz, Ríos, Santander, Pinedo, y otros famosos en el arte histriónica; porque todas, ó las más, llevan pesadumbres, revoluciones, agravios, desagravios, bofetadas, desmentimientos, desafíos, cuchilladas y muertes; que aunque las haya en el contexto de la fábula, como no concluyan con ellas, son tenidas por comedias.—Ni son comedias (le replica Castalio), ni sombra de ellas. Son unos hermafroditos, unos monstruos de la poesía. Ninguna de esas fábulas tiene materia cómica, aunque más acabe en alegría.»

Pierio dice que á lo menos se llamarán tragicomedias[54].

He aquí ahora cómo contesta á esta observación: «Si otra vez tomáis en la boca este nombre, me enojaré mucho. Digo que no hay en el mundo tragicomedia, y si el Amphitrion de Plauto se ha intitulado así, creed que es título impuesto inconsideradamente. ¿Vos no sabéis que son contrarios los fines de la tragedia y la comedia? El trágico mueve á terror y misericordia; el cómico mueve á risa. El trágico busca casos terroríficos para conseguir su fin; el cómico trata acontecimientos ridículos: ¿cómo queréis concertar estos heráclitos y demócritos? Desterrad, desterrad de vuestro pensamiento la monstruosa tragicomedia, que es imposible en ley del arte haberla. Bien os concederé yo que, casi cuantas se representan en esos teatros, son de esa manera; mas no me negaréis vos que son hechas contra razón, contra naturaleza y contra el arte.»

En otro lugar de sus Tablas poéticas, dice así: «Me acuerdo haber dado (comedia) de San Amaro, que hizo viaje al Paraíso, donde estuvo doscientos años, y después cuando volvió á cabo de dos siglos, hallaba otros lugares, otras gentes, otros trajes y costumbres. ¿Qué mayor disparate que esto? Otros hay que hacen una comedia de una corónica entera.» Más adelante, en la misma obra, se expresa de este modo: «Los poetas extranjeros, digo, los que son de algún nombre, estudian el arte poética, y saben por ella los preceptos y observaciones que se guardan en la épica, en la trágica, en la cómica, en la lírica y en otras poesías menores. Y de aquí vienen á no errar ellos y á conocer tan fácilmente nuestras faltas.» Esta alusión á los dramas regulares extranjeros, que hace también Cervantes, nos parecerá, sin duda, harto extraña; probablemente se referirá á las obras del Trissino, Rucellai, Speroni, Ariosto, Maquiavelo, Lasca y á otras tragedias pesadamente regulares ó comedias prosáicas y áridas de los italianos, puesto que el teatro francés estaba á la sazón en su infancia.

Otro esforzado campeón del rigorismo clásico fué Cristóbal de Mesa, natural de Zafra, en Extremadura. Este erudito y poeta, no escaso, por cierto, de ingenio, había pasado en Italia casi toda su vida, en donde, como él cuenta, trató por más de cinco años á Torquato Tasso. Al parecer había ya muerto á principios del siglo XVII. Sus ataques al teatro español son notables por lo profundos. En el prólogo á sus Rimas (Madrid, 1611), se queja de que la poesía haya degenerado en un trabajo mecánico por culpa de los que escriben tantas comedias, y de que se hagan aparecer desacordadamente Reyes en la comedia, y en la tragedia personajes de las clases más bajas; en sus epístolas se solaza con la multitud é irregularidad de los dramas de Lope; se conduele de que, mientras los poetas cómicos se enriquecen, los trágicos y épicos se mueren de hambre, y dice que, para alcanzar el renombre y las ventajas de gran poeta, es preciso que los criados representen las más groseras farsas, que haya aventuras nocturnas amorosas, y que ocurran en las tablas altercados entre lacayos y doncellas, etc. En la dedicatoria de su tragedia Pompeyo (la cual, por lo demás, no guarda con exactitud las reglas clásicas), explica la observancia de las unidades como condición fundamental de toda obra dramática perfecta; dice, entre otras cosas, que, siendo tan breve el tiempo de la acción trágica, que Aristóteles lo limita al espacio de un día, su unidad será tanto más perfecta, cuanto más se estreche ese plazo, y cuanto más perfecta sea su unidad, más lo será también la tragedia.

Esteban Manuel de Villegas, uno de los líricos españoles más distinguidos (nació en Nágera en 1595), dispara en sus epístolas y elegías innumerables dardos satíricos contra los poetas cómicos. En la elegía séptima finge un diálogo con un mozo de mulas, al cual dice:

Que si bien consideras, en Toledo
Hubo sastre que pudo hacer comedias,
Y parar de las musas el denuedo.
Mozo de mulas eres, haz tragedias:
Y el hilo de una historia desentraña,
Pues es cosa más fácil que hacer medias.
Guissa como quisieres la maraña,
Y transforma en guerreros las doncellas,
Que tú serás el cómico de España.
Verás que el histrión mímico en ellas
Gasta más artificios que Juanelo,
En el subir del agua con gamellas.
Hasta que aparador hace del cielo
El scénico tablado, que ha servido
De obsceno lupanar á vil martelo.
Luego serás del vulgo conocido
En el cartel que diga: De Fulano,
Hoy lunes a las dos, bravo sonido.

Irás con el magnate mano á mano,
Por bien que mulas rasques, que el ingenio
Merece todo honor en el más llano.

Más adelante pone irónicamente en los labios de un mal poeta estas palabras:

... gran barbaria haber solía
Por cierto, en aquel siglo de Terencio,
Según lo da á entender su poesía.
Yo del passado no le diferencio,
Quando la Propaladia de Naharro

De nuestra España desterró el silencio.
. . . . . . . . . . . .
Pero por Plauto no daré un cabello;
Miro que su oración toda se agacha;
No cual la tuya, Lope, que alça cresta,
Hasta tocar del sol la ardiente hacha.
¿Pues qué, si tu Rosaura, en la floresta
Juega el venablo y bate los ijares,
Del valiente bridón que la molesta?
. . . . . . . . . . . .
¿Juventud castellana, ya qué temes?
Yo te prometo honor, suda y escribe,
Que Apolo hay acá con quien te extremes.

Preceptos más sensatos acerca de la composición y del estilo del drama, expone á un poeta cómico Bartolomé de Argensola, hermano de Lupercio Leonardo, á quien ya conocemos; pero sus reglas son, en parte, de esa naturaleza profunda que nos enseña que un cuerpo humano no puede tener cabeza de caballo.

Tras esto, á Musas cómicas te inclinas,
Si bien las sequedades aborreces
De las fábulas griegas y latinas.
Y no lo extraño; pero muchas veces
En lo que yace desabrido y seco
Hallan qué ponderar discretos jueces.
. . . . . . . . . . . .
Y pues que á la instrucción moral se empeña,
No traiga para ejemplos de la vida
Lo que algún delirante enfermo sueña;

Que ni la plebe es bien que se despida
Después que te prestó grato silencio,
Si no desesperada, desabrida.
. . . . . . . . . . . .
Fúndate en verosímiles acciones,
No en la selva al delfín busquen las redes,
Ni al jabalí en el piélago á los canes,
Pues que en sus patrias oprimirlos puedes.
Según lo cual, no quieran los galanes,
Aunque traten, ó incautos ó sutiles,
Con rameras, con siervos ó truhanes,
Envilecerse entre plebeyos viles,
Sin descuento; ni príncipes ni reyes
Aplebeyar los ánimos gentiles.
. . . . . . . . . . . .
Haz al fin que el lugar, el tiempo, el modo,
Guarden su propiedad; porque una parte
Que tuerza de esta ley, destruye al todo.
. . . . . . . . . . . .
Y esto de introducir una figura
Que á solas hable con tardanza inmensa,
¿No es falta de invención y aun de cordura?
Dirán que así nos dice lo que piensa,
Y lo que determina allá en su mente
(A mi entender) ridícula defensa.
¿No es fácil inventar un confidente
A quien descubra el otro del abismo
Del alma lo que duda ó lo que siente?
Soliloquio es hablar consigo mismo.
. . . . . . . . . . . .
¿Quién no se burlará de una persona
Que, sin oyente, sobre algún suceso,

En forma de diálogo razona?
. . . . . . . . . . . .
Si airado un padre forma llanto ó queja,
No para provocar el pueblo á risa
Le interrumpa el plebeyo, que graceja;
Que así nuestra piedad, por tan preciosa
Obligación, socorre al afligido,
Como naturaleza nos lo avisa...

El adversario más encarnizado y constante de las comedias y del teatro de su tiempo, fué Cristóbal Suárez de Figueroa. Son muy escasas las noticias biográficas que se han conservado de este conocido escritor, autor de muchas obras en prosa y verso, y sólo se sabe que existía á fines del siglo XVI y á principio del XVII, y que residió largo tiempo en Italia. Sus críticas del drama español se encuentran, en parte, en su obra titulada Plaza universal de todas las ciencias (Madrid, 1615); en parte, en la del Pasajero, advertencias utilísimas á la vida humana (Madrid, 1617). En el primero de los libros citados dice que los poetas cómicos de su tiempo no conocen las reglas del arte, ó que escriben, por lo menos, como si las ignorasen. Su única guía es el gusto del público español, al cual no convienen las fábulas de Terencio y de Plauto, y á cuyo capricho han de ajustarse las comedias, originándose de aquí que ministren al público un alimento ponzoñoso y escriban farsas que carecen casi en absoluto de fondo, de moral y de buen estilo, para que el auditorio, por vía de pasatiempo, se solace tres ó cuatro horas sin sacar utilidad alguna de este divertimiento. Según su opinión, esos poetas modernos no quieren convencerse de que, para imitar á los antiguos, han de adornar sus escritos con sentencias morales y con enseñanzas para la vida, deberes de los más propios del buen autor cómico, aunque su objeto principal sea mover la risa; al contrario, los escritores de comedias hacen escaso alarde de su buen gusto, y demuestran lo limitado de su instrucción literaria, desenvolviendo sus planes sin orden ni regla alguna y sin otra norma que su capricho, y siendo ésta la causa de que, gentes que apenas saben leer, como el sastre de Toledo, el pañero de Sevilla y otros estúpidos é ignorantes personajes del mismo jaez, se atrevan á escribir comedias. Añade que la consecuencia de este estado deplorable de cosas, es que se representen en los teatros comedias escandalosas, plagadas de conversaciones obscenas y de pensamientos vulgares, de inconveniencias y de faltas contra la verosimilitud. De aquí también proviene que ni á Príncipes ni á Reinas se respete como merecen, ofreciéndolos en situaciones harto libres y poco dignas, y poniendo en sus labios palabras nada conformes con la moral ni con su rango; los criados hablan sin temor, las doncellas sin vergüenza, los ancianos con cinismo, etc.

Más prolijo se muestra Figueroa al escribir sus ideas sobre esta materia en su Pasajero, pareciéndonos tan importante su opinión acerca del teatro español en cuanto se refiere á su carácter esencial, que nos vemos obligados á insertar sus palabras, curiosas en más de un concepto. La discusión se presenta en forma de diálogo. (El Pasajero, folio 103, alivio 3.º)

»Don Luis. En la fiesta passada deprendí el modo de componer un libro: faltame por saber aora el estilo que tengo de seguir en la Comedia.

»Doctor. Esse punto nos diera en que entender, si el arte tuviera lugar en este siglo. Plauto y Terencio fueran, si vivieran oy, la burla de los teatros, el escarnio de la plebe, por aver introduzido quien presume saber más[55], cierto genero de farsa menos culta que gananciosa. Sucesso de veinte y quatro horas, ó quando mucho de tres dias, avia de ser el argumento de cualquier Comedia, en quiē assentara mejor propiedad y virisimilitud. Introduzianse personas ciudadanas: esto es, comunes: no Reyes ni Principes, con quien se evitan las burlas por el decoro que se les deve. Aora consta la Comedia (ó sea como quieren representación), de cierta miscelanea, donde se halla de todo. Graceja el lacayo con el señor, teniendo por donaire la desverguenza. Pierdese el respeto á la honestidad, y rompen las leyes de buenas costumbres el mal exemplo, la temeridad, la descortesía. Como cuestan tan poco estudio, hazen muchos muchas, sobrando siempre animo para mas, á los mas timidos. Alli como gozques gruñen por invidia, ladran por odio, y muerden por venganza. Todo charla, paja todo, sin nervio, sin ciencia ni erudicion. Sean los escritos hidalgos; esto es, de mas calidad que cantidad, que no consiste la opinion de sabio en lo mucho, sino en lo bueno.

»Dos caminos tendreis por donde endereçar los passos comicos en materia de trazas. Al uno llaman Comedia de cuerpo, al otro de ingenio, ó sea de capa y espada. En las de cuerpo, que (sin las de Reyes de Ungria, ó Principes de Transilvania) suelen ser de vidas de Santos, intervienen varias tramoyas, ó aparencias: singulares añagazas, para que reincida el poblacho tres y cuatro vezes, con crecido provecho del Autor. El que publica con acierto esto, que con propiedad se puede llamar Espanta villanos, consigue entero credito de buen convocador, yendose poco á poco estimando, y premiando sus papeles. Ponense las niñezes del santo en primer lugar: luego sus virtuosas acciones, y en la ultima jornada sus milagros y muerte, con que la comedia viene á cobrar la perfecion entre ellos se requiere.

»Don Luis. La materia es bonissima para principiantes: pues aunque se yerre la traza, y aya descuido en las coplas, no osaran perder el respeto al Santo con gritarla, siendo forzoso tener paciencia hasta el fin.

»Doctor. ¿Como paciencia? Dios os libre de la furia mosqueteril, entre quiē si no agrada lo que representa, no ay cosa segura, sea divina, ó profana. Pues la plebe de negro, no es menos peligrosa desde sus bancos, ó gradas ni menos bastecida de instrumētos para el estorvo de la comedia, y su regodeo. Ay de aquella, cuyo aplauso nace de carracas, cenzerros, ginebras, silvatos, campanillas, zapadores, tablillas de san Lazaro[56]; y sobre todo de vozes y silvos incessables. Todos estos generos de musica infernal resonaron no ha mucho en cierta farsa, llegando la desverguenza á pedir que saliesse á baylar el Poeta, á quien llamaban por su nombre.

»Maestro. ¿Es posible que huvo tan gran desorden? ¿Y que se consintió? ¿Tan mala fué? ¿De que tratava que tanta inquietud concitó en los circunstantes?

»Doctor. No fue entendida ni tuvo nombre señalado, causa de prohijarse muchos de donaire.

»Digo pues, que estas de cuerpo se suelen acertar mas facilmente. Sastre conoci que entre diversas representaciones que compuso, duraron algunas quinze ó veinte dias.

»Isidro. Esse fue el que llamaron de Toledo. Sin saber leer ni escribir, yva haziendo coplas hasta por la calle, pidiendo á Boticarios, y á otros, donde avia tintero y pluma, se las notassen en papelitos[57].

»Doctor. Con tal exemplo bien podiā deshazer la rueda de su inchazon los pavones comicos, considerando quan poco especulativa sea su ocupacion, pues la alcanzan sugetos tan materiales, ingenios tan idiotas. Soy por esso de opinion, sea lo que aveis de componer, de algun varon señalado en virtud. Podreis escojerle á vuestro gusto, leyendo el catalogo de los Santos, cuyas vidas escrivieron varios autores. Sobre todo deveis advertir, no introduzgais en el teatro cosas en demasia torpes, con fin de que ayan de resultar milagros dellas: porque como los hombres prestan mas atencion á lo malo que á lo bueno, quedase mas impreso en la memoria lo que se oyó de mejor gana; así en toda ocasion es justo evitar lo indigno como escandaloso. El uso (antes abuso) admite en las comedias de santidad algunos episodios de amores, menos honesto de lo que fuera razon: no se de que utilidad sean, sino de estragar el exemplo; y de hazer adulterino, y apocrifo lo verdadero. Aplicad toda vigilancia en la seguridad de las tramóyas. Hanse visto desgracias en algunas que alborotaron con risa el concurso: ó quebrandose, y cayendo las figuras, ó parandose, y assiendose quando devian correr con mas velozidad.

»Don Luis. Ruegoos detēgais la vuestra en igual proposito. Assi advertis las circunstancias, como si del todo estuvierades cierto de mi gusto. Sabed, que es diferente del que suponeis, porque de ninguna forma determino sea de Santo la que escriviere. Y si bien carecera del arte terenciana, porque la ignoro, con todo quisiera no se hallara tan distante de lo verisimil y propio, como es anteponer la historia á la fabula, alma de la comedia. Puedē pues caer los avisos sobre igual assunto, ahorrando los en razon del otro se os yran ofreciēdo: ya que de aquellos, y no de estos me pienso valer.

»Doctor. Alegrado me aveis con el acertado medio de vuestra inclinacion. Eligis la parte mejor para la comedia, ques la fabula. Quiere Horacio, aya en qualquier obra un cuerpo solo cōpuesto de partes verisimiles. Conviene para sea uno, tenga un contexto perfecto y cabal de cosas imitadas y fingidas. Ser uno el sujeto, y la materia se trata, haze la fabula sea tambien otra. Por uno se entenderá lo que no está mezclado, ni cōpuesto de cosas diversas, aūque se forma este cuerpo de muchas partes, deven todas mirar á un blanco, y estar entre si tan unidas, que de la una verisimil, ó necesariamente se siga la otra. Pues con la precedencia desto sabreis ser la comedia imitacion Dramatica de una entera y justa accion, humilde y suave; por medio de pasatiempo y risa limpia el alma de vicios. Ser imitacion, consta de que no seria poesia, si esta le faltasse. Que sea Dramatica, vése claro: por el Comico nunca habla por si, sino introduze otros que hablen: y esso suena esta palabra. La accion conservando su unidad, no ha de ser simple, sino cōpuesta de otras acessorias, llaman episodios. Devēse ingerir en la principal de tal manera, que juntas miren á un mismo blanco, y con la mas digna se terminē todas. Ha de ser entera; esto es, que conste de principio, medio y fin. Justo, quanto á conveniente grandeza. Humilde, quāto á la accion, siendo los constituyen la fabula Comica plebeyos, o quādo mucho ciudadanos, en que tambien puedē entrar soldados: por manera, que si los que se introduzen son gente comun, forçosamente ha de ser el lenguage familiar, mas en verso por la suavidad con que deleita. De aquí se infiere (escriue un Gramatico) ser error poner en la fabula hechos de principales, por no poder induzir risa, pues forzosamente ha de proceder de hombres humildes. Los sucessos, porfias, y contiendas destos mueven contento en los oyentes: no assi en las reyertas de nobles. Si un Principe es burlado, luego se agravia y ofende. La ofensa pide venganza, la venganza causa alborotos y fines desastrados: con que se viene á entrar en la jurisdiccion del Tragico. Siendo, pues, este el fin de la comedia, su materia sera todo acontecimiento apto y bueno para mover á risa. No puede el Comico abrazar mas que una accion de una persona fatal: persona fatal se llama la a quien principalmente mira la comedia. Las otras que la acompañan para ornamento y extension, aveis de procurar vayan asidas con lazos de lo verisimil, possible y necessario.

»Deseo desembarazarme con brevedad; por esso voy saltando velozmente, tocando aquí y alli de passo, sin detenerme como debiera en muchos requisitos. En razon de costumbres, se devē considerar las condiciones y propiedades de personas y naciones. Holgara se hallaran en vulgar comedias tan bien escritas, que os ministraran exemplo para cualquiera de las personas que se suelen introduzir, por no remitiros á las de Terencio y Plauto. Mas será forçoso os valgais en esta parte de vuestro buen juicio y cortesania, dando á cada uno el lenguaje y afecto conforme á la edad y ministerio, sin guiaros por las que representan en essos teatros, de quien casi todas son hechas contra razon, contra naturaleza y arte. Conviene rastrear las calidades de las naciones, para que se haga dellas verdadera imitaciō. Caminan las costumbres con la naturaleza del lugar, produziēdo varios Payses varias naturalezas de hōbres. En una misma naciō las suele aver diferentes, segun la variedad de los Climas.

»Fuera de la Tragedia, á quien mas sirven las sentencias, es la comedia. Como esta mira principalmente á las costumbres, y es un espejo de la vida humana, valese dellas a este fin en muchas ocasiones. Pondreis cuydado, en que no las diga qualquiera de las personas, sino gente docta y esperta. Las partes cuātitativas de la Poesia Scenica, son Prologo, Proposicion, Aumento y Mutacion. Sirve el Prologo para preparar el animo de los oyentes, a que tengan atencion y silencio: o para defēder al autor de alguna calumnia, de algunas faltas que le murmuran, ó para explicar algunas cosas intrincadas, que podrian impedir la noticia de la fabula. En las farsas que comunmente se representan, han quitado ya esta parte que llamaran Loa. Y segun lo poco servia, y quan fuera de proposito era su tenor, anduvieron acertados. Salia un farandulero, y despues de pintar largamente una nave cō borrasca, o la disposicion de un exercito, su acometer y pelear, cōcluia con pedir atencion y silencio, sin inferirse por ningun caso de lo uno lo otro. Alegase tambiē ser el prologo narrativo cōtrario á la suspension, requisito para el comun agrado no poco essencial. En la proposicion, o primer acto, se entabla el argumento de la comedia. En el aumento, o segundo, crece con diversos enredos y acaecimientos quanto puede ser. En la mutacion o tercero, se desata el ñudo de la fabula con que da fin. Estos tres actos dividē otros en cinco, y qualquiera, en cinco scenas, y tal vez mas o menos. La persona que representa, no deve salir al teatro mas que cinco veces. Tampoco han de hablar juntamente mas que cinco personas. Horacio no consiente sino tres, o quando mucho quatro. Observaron los Comicos con la experiencia, ser confusion todo lo que no fuere hablar quatro o cinco.

»Los Italianos usan en la Comedia versos sueltos, ya enteros, ya rotos; mas, a mi ver, nuestras redondillas son las mas aptas que se pueden hallar, por ser de verso tan suave como el Toscano, si bien respeto de su brevedad, recibe poco ornato. Sō pocas assi mismo las consonancias: lo que no sucede en octava, ó estancia de cancion.

«Conozco, se pudiera aver escusado este advertimiēto, por componerse oy las farsas en todo genero de verso, mas fue forçoso proponer lo mejor. Sobre todo os ruego escuseis la borra de muchos romances, por tal vez vi comenzar y concluir con uno la primera jornada.

»Don Luis. Por cierto aveis andado riguroso legislador de la Comedia. Gentil quebradero de cabeza: en diez años no aprendiera yo el arte con dezis se deve escrivir; y despues sabe Dios, si fuera mi obra aquel parto ridiculo del Poeta: o algun nublado despidiera piedras y silvos. Lo que piēso hazer es seguir las pisadas de los cuyas representaciones adquirieron aplauso, escrivanse como se escrivierē. Sacarè al tablado una dama y un galā, este con su lacayo gracioso, y aquella con su criada que le sirva de requiebro. No me podra faltar un amigo del enamorado que tenga una hermana con dar zelos en ocasiō de riñas. Harè que venga un soldado de Italia, y se enamore de la señora haze el primer papel. Por dar picō al querido, favorecera en publico al recién llegado. En viendolo, vomitarà braburas de zelozo. Andaran las quexas con el amigo, y pondrele en punto de perder el seso; y aun quiza le rematarè del todo, de forma que diga sentencias amorosas á su propósito, y aquí por ningun caso se podrá escusar un desafio. Al sacar las espadas los meterán en paz los que los van siguiendo, avisados del lacayo, que se deshara con muestras de valentias covardes. El padre del ofendido hara diligēcias por divertirle de aquella afizion, que aunque muy hōrada ha de ser pobre la querida. Para esto tratarà casarle cō la hermana del amigo: y efetuarase el desposorio sin comunicarle cō las partes; no mas que dando noticia con algunas vislumbres, bastantes para que lo lleguen á saber los interesados. En tiempo de tantas veras quitarāse los amantes las mascaras, y descubrirā ser fingido el favor hecho al forastero. Assi quando entiendan los padres tener ya conclusion el matrimonio tratado, remaneceran casados los que riñeran. El padre tomarà el cielo cō las manos, mas al fin se aplacará con ruegos de los circunstantes. Convendra pues aora consolar á los que intervinieron en la representaciō, desta manera. Descubrirase ser el soldado hermano del novio, que desde muy pequeño se fue a la guerra. Harāse grandes alegrias; y este se juntarà en matrimonio cō la hermana del amigo; digamos, con la ha de ser repudiada. Inhumanidad seria, que estos gozosos por tales acontecimientos, careciessen de una hermana, con quien poder acomodar al amigo. Pues el gracioso y la criada de suyo se estan casados: cō esto acabarā la comedia.

»Maestro. Gracia particular haveis tenido. En un geme de tierra sin amonestaciones, quajastes quatro casamientos. Advertid cō todo, aveis dexado de introduzir una figura, no poco importāte, que es el vegete, ó escudero, natural enemigo del lacayo.

»Don Luis. Bueno fuera que se me quedara en el tintero tan donosa circunstancia. Pondre particular cuidado en sacarle á menudo a motejarse cō su cōtēdor. Preciarase el viejo de muy hidalgo, por cuyo respeto, y por su mala catadura tēdra el gracioso larga materia para los apodos; honrandole el escudero tābien con los títulos de almohazador, de covarde y vinolento. Yo espero guisar todo esto de manera que cause mucha delectacion y regozijo. En quanto al hablar, gentil modo de meternos en pretina cō numero tan corto; si las demādas ó respuestas passaran entre mas de quatro, ó cinco; si los versos han de ser en quintillas, ó no. Ciento hare que hablen si fuere menester, que al passo que subiere de punto la trapala, crecera en los oyentes la cantidad de la risa. Cinco, o seis romances por ningū caso los dexarè de poner: pues porque no cinquenta tercetos? Los sonetos no seran mas que siete, colocados a trechos. En alguna descripciō no es forçoso entre la magnificēcia de algunas octavas? Dexo por ventura escusar diez, o veinte liras amorosas, y mas si las introduzgo en soliloquios? Podré, aun quiera excluir el privilegio y comodidad de las rimas sueltas?: con quien como con prosa, se explicā facilmente qualquier concetos, libres de peligrosas cōsonancias? En suma no me apartarè del estilo siguē todos. Sin duda teneis (si bien no en virtud de muchos años) adquirido ya mucho de viejo (perdonadme esto y mas permite la amistad) cuya condiciō de buena gana vitupera las cosas presentes, alaba las passadas, y reprehende con demasia á los mancebos. El mundo està ya aficionado á este genero de composicion: con el se solaza y rie: que podemos hazer los pocos contra tantos? Será bien arrimar el pecho á tan furioso raudal de gustos.

»Doctor. No por cierto, sino dexarse llevar de la corriente. Mas siendo esta vuestra intenzion; para que hazerme gastar tiempo y palabras en lo de que no os puede resultar provecho, por no usarlo? Alla os lo aved, que de mi parte cumpli con rendirme á vuestra instancia, dando satisfacion á las apariencias de vuestro gusto.

»Demos pues que ya esta comedia se halla escrita con arte, o sin el, que forma observareys para que consiga su fin, que es el de la representacion?

»Don Luis. Tambien quereis dificultarme cosa tan facil. Haré llamar un Autor de los mejores que huuiere en la Corte; y darele a entender el estudio y trabajo que gasté en la presente comedia. Acometerele con algunos assomos de lisonja, que hasta con semejantes será importante medio para negociar bien. Alabarele su compañia. Direle quan bien recebida se halla; y por este y otros caminos ire disponiendo su voluntad. Antes de desembaynar el papel, significaré lo que confio de su buen juyzio y conocimiento, causa de haverme determinado á darle este primer trabajo, este amado y unico hijo de mi entendimiento.

»Maestro. Por lo menos no será muy sabroso manjar el que pide tanto saynete. Introducion con tan larga arenga fuera para mi sospechosa.

»Doctor. Y por ventura señor Maestro, mandan nisperos los Priores de la farsa? Tan necesarios son de semejantes juegos como quantos ay. Apenas formará tales concetos nuestro primerizo, quando como platicos fulleros le irán mirando a las manos, ponderando las palabras, y el fin con que las dexare caer. Mas no es bien passar adelante sin alguna oposicion. Haced cuenta, que como Catedratico os poneis al poste; y va de argumento. Dezidme, quien os assegura que ningun Autor ha de ir a casa de Poeta incognito? Engañado vivis. Quiera Dios, que aun entrandoos por la suya, seays admitido, y que os toque vez tras muchos dias de pretenzion y agasajo. Esto mi Rey, no es componer comedias con arte, sino referir los estrechos por donde aveis de passar forçosamente; y asi concededme tantica atencion, y no os de pesadumbre lo que oyeredes. No ay en esta vida trance tan penoso como es la primera introducion y noviciado de un poetilla Comico. Los professores de esta mala secta, o son libres y determinados, o timidos y vergonzosos. Demos que la insolencia de los primeros no aya menester valedores, sino que ellos proprio motu se aparecen como Santelmo en la congregacion farseril. Suele el más alentado proponer al Autor, le quiere leer una comedia la mas famosa que jamas se presentó en teatro. Dize bellezas de la traza, sublima las apariencias, encarama los versos, y sube de punto los passos mas apretados de risa: y quierā, o no las circunstantes, comienza con abultada voz, y peregrino aliēto a publicar su encarecido papel. Advierte con grande pūtualidad las entradas y salidas, y particularmente las diferēcias de trages. Entre otras cosas no da lugar a la vayan loando segun la va leyendo; sino quando le parece menudea las alabanzas con todo genero de exageraciones. Bañanse entanto los oyentes, como dizen, en agua rosada; pisanse los pies, danse codazos, y riyendose con demasía de la figura, piensa el relator nace aquel excesso de risa de la graciosidad de sus dichos, y aumenta con la propia notablemente la agena. Algunos ay contra quien no bastan escusas de estorvos, porque con tan obstinada prosecucion llevan adelante su letura, que ni por pensamiento la desamparan un punto hasta llegar al Laus Deo[58]. Finalmente tras rendir al trabajo y sudor de sus acciones, y razonado palabras generales, llenas de mentirosa alabança, le entretienen dias y meses, y van dando siempre mas largas hasta que se cansa el presumido pretendiente; si ya oliendo el poste, no se retira antes que la dilacion no le solicite manifiesto desengaño. Esto quanto á los que careciendo de todo empacho, se introduxeron sin ser llamados ni escogidos. Siguense los vergonzosos, cuyo tormento viene á ser mucho mayor, porque dura mas dias. Acuerdome aver visto rōdar á uno de estos (y vale a nombrar) la casa de cierto Autor de la forma que suele la de su dama el mas enternecido galan. Fenecen en sus principios sus mayores osadías; porque apenas abre camino con la imaginacion para entrar, quando le cierra y detiene la falta de conocimiento, la estrañeza de la gente, y la dificultad del motivo que le lleva. Duran estas irresoluciones tanto, que muchos por falta de valedor, no hazen sino cōponer, y echar comedias al suelo del arca, con el ansia que suele el avaro recojer y acumular doblones. Por esta causa se hallan infinitos con muchas gruessas represadas, esperando se representarán quando menos en el teatro de Josafat, donde por ningun caso les faltarán oyentes[59]. Hallanse otros cō mas ventura, porque, o tienen amigos, con quien poder desimular mejor los colores de la verguença, o son allegados de algunos Principes, de cuya intercesion y autoridad se valen para hacer un san Estevan al desdichado Autor.

»La primera clase procede cō mas suavidad. Entra el amigo siendo garante de aquella desventura. Propone el ingenio del ahijado, celebra la tersura de su escrivir, aunque apenas conocido hasta entonces. No olvida la buena eleccion en los argumentos, y haziendole en lo rizo, crespo y suave, un segundo Vega, pide se le señale hora para manifestar las hazañas de su noble batallador. Dasele dia, y llegando el punto, hallan el conclave bastecido de electores: por alegar el Autor no poderse determinar á recibir nada sin el parecer de los compañeros. Comienza, pues, el pobre corderillo á recitar su maraña en medio de tanto lobo. Terribles son los actos publicos. ¡Como se cortan los brios, como enmudecen las lenguas, y se estrechan los corazones en ellos! ¿Puedese considerar en el mundo gente tan idiota y que tanto yerre como los farsantes? No, por cierto; pues hombres muy entendidos y cortesanos se burlan en su presencia, y apenas tiene animo para articular las vozes. Al fin se va prosiguiendo poco á poco; y si es obra que con cercenar y añadir puede tener salida, vanle haziendo sus cotas á la margen: mas si es rematada del todo, leida la primera, ó quando mucho segunda jornada, dan por visto lo que resta, y despiden; ó por el respeto que se deve al introductor, alegran al novato con dezir la hizieran con mucho gusto si no les faltara tiempo para estudiarla. Que sienten el averse de ir presto; mas que se pueden dar muchos parabienes al Autor que la recibiere, por aver de ganar de comer con ella largamente. Animanle tras esto á que no desampare la pluma; que es lastima no honre sin cesar los teatros con la agudeza de su ingenio. Suenanle suavisimamente al engañado estas lisonjas, y en su conformidad publica lo que bien parecio á todos sus comedias, y que solo por aver de partir con brevedad los Farsantes no la ponen y estudian. Asi se anda de Autor en Autor, moliendo á los amigos, aunque algunos á la primer embarcacion descubren el baxio, y escapan, poniendo escusas. Los que se amparan de los Señores, consiguen por lo menos la primera vez su intencion; porque como el ruego del poderoso es mandato, obedecen sin replica, preparandose con paciencia para la furiosa ventisca que aguardan. En tanto, es de ver la solicitud y satisfaccion con que acude á los ensayos el que ha de ser causa de su perdicion y apedreo. Rebientan por dezirle que es un impertinente, un tonto, y en fin, un mal poeta, mas enfrenalos al punto el temor de la imaginada cicatriz en el rostro, ó la memoria tremenda del bosque trasladado á sus espaldas. En suma, puestos en la ocasion del padecer, mueven con las recientes heridas á conmiseracion al propio imperante. Llegan, pues, á sentir con exceso los intercesores sufran por su causa los míseros aquella persecucion, aquel naufragio; en virtud de quien quedan essentos y libres en lo porvenir: pues no hay coraçones tan de bronze que les mande entrar en otro, presente el escarmiento de lo passado. Segun esto, no es aproposito la moneda que corre en el gasto de las comedias? No pueden tantas dificultades quitar los impulsos de escrivir al mismo Apolo? Ved si tengo razon en procurar borraros del pensamiento esta ocupacion, de quien ultimamente se viene á sacar no mas que cumplidissimo disgusto. Supongamos salga en todo acertada la comedia: que agrade la maraña; que deleyte el verla; que regozije la graciosidad, solo con un tibio buena es, queda satisfecho el trabajo: y este no de todas lenguas, por que es casi imposible agradar á tantos y tan diversos caprichos. Juzgo, considerado lo que apunté, por imprudencia exponer á riesgo evidente las cosas de opinion, de suyo tan vidriosas y tan faciles de peligrar.

»Don Luis. Batis, como se suele dezir, en hierro frio, pesse esta vez el artificio cortesano. Yo he de vencer, si puedo, esta fantasma que la llaman temor. Quiero arrojarme á lo que en otros tienen hecho tanto hábito que en ocho dias y en menos despachan la farsa mas dificil.

»Doctor. Sea en buena hora: dad efecto á vuestra voluntad, que desde hoy no hallará contradiccion en la mia. Pesame de averos tan importunamente persuadido lo que os estava bien. Podra ser suspireis algun dia por la falta de recuerdos. Ay dolor como ser señalado y corrido, quando el negocio no sucede á medida del deseo? Querria entonces aver nacido el que como potro desbocado solicitó su ruina, guiado de su antojo indomable? Prodigioso afecto es, sin duda, el de la Poesia. Tan asido esta al alma, que antes parte ella del Cuerpo, que el desampare el coraçon.

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»Dízese del amor engendrarse en el alma de un solo mirar. Nace, y es al principio como niño pequeño, tierno y suave. Crece poco á poco hasta cobrar estatura y fuerça de gigante, para perdicion de quien le engendró. Tal es el estilo de qualquera inclinacion. Comiença de burlas, por divertirse, por entretenerse. Vasele cobrando aficion, internase en la voluntad: hazese fuerte, y al fin echa en ella tan hondas raices, que sugeta del todo el alvedrio, faltando brios al dueño para eximirse de su violencia. Hareis una comedia: representarase con aplauso, ó no tendra lugar en el teatro. Si fue bien recibida quien dexará de assegundar? Si halló disfavor, quien no se apercibe para la enmienda, para la mejoria? De suerte que por un camino, ó por el otro, no podreis escapar de perpetuo Farsero; perdonad el equivocarme, de perpetuo Autor de farsas quise dezir; que no puede aver mayor desdicha que serlo. Conviertese esta Quaresma, ó aquella la pecadora mas pertinaz, que la mueven al cabo los asombros de su condenacion: mas acaso aveis visto reduzido algun poeta? Aveisle visto removido un instante de su obstinacion? En todas edades es molestado deste gusanillo roedor de la poesia: muchacho, mancebo, varon, viejo, decrepito; al amanecer, á medio dia, á la tarde, á la noche, todo es versificar; todo es romances, sonetos, decimas, liras, octavas, etcétera...»

Hasta aquí Suárez de Figueroa; pero sus advertencias, como es de presumir, fueron vanas.

La afición á escribir comedias crecía más cada día; el número de los nuevos poetas dramáticos se aumentaba de año en año, y los más intentaban rivalizar en fecundidad con Lope de Vega. No es posible negar que la inundación, siempre mayor, de obras dramáticas, que invadía al teatro español, arrastraba consigo muchas composiciones medianas; pero también se puede afirmar, que, hasta los dramas peores de esta época, no fueron nunca tan defectuosos como el conjunto de las obras dramáticas de casi todas las demás naciones. Reinaba en la España de ese tiempo una inspiración poética especial, que se extendía desde los autores más distinguidos á los más inferiores, haciéndolos partícipes de brillantes cualidades, de las cuales quizás hubieran carecido en circunstancias menos favorables, por cuyo motivo no es fácil encontrar una obra dramática del tiempo de Lope ó de Calderón, en que no aparezca alguna buena propiedad, alguna invención feliz, algún rasgo brillante de imaginación, ó por lo menos un estilo poético sobresaliente. Entre todos ellos hubo algunos, que, señalados como poetas de primer orden, atravesaron así los siglos y serán llamados tales por todas las generaciones futuras, y otros, que, con facultades más limitadas, escribieron, sin embargo, algunas obras muy notables, que les han asegurado para siempre gloria duradera. Daremos, pues, á conocer estos poetas dramáticos españoles más famosos, y comenzaremos por aquéllos que llegaron á la cúspide de su arte, en el tiempo en que vivía Lope de Vega.