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Historia natural y moral de las Indias (vol. 2 of 2) cover

Historia natural y moral de las Indias (vol. 2 of 2)

Chapter 11: CAPÍTULO VIII
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About This Book

This work offers a wide-ranging survey of natural and moral observations about the Americas, describing indigenous religions, rites, temples, priests, and sacrifices including human offerings; cataloging superstitions, funerary practices, and ceremonies that sometimes parallel Christian sacraments; and analyzing political institutions, calendars, writing and record-keeping, laws, architecture, economic organization, and communication systems among various peoples such as the Mexica and the Incas. The author balances ethnographic description with reflections on how knowledge of local customs might inform evangelization and governance, and frequently compares American practices with classical and Old World precedents.

CAPÍTULO VIII

Del uso de los mortuorios que tuvieron los Mejicanos y otras naciones.

Habiendo referido lo que en el Perú usaron muchas naciones con sus difuntos, es bien hacer especial mencion de los Mejicanos en esta parte, cuyos mortuorios eran solemnísimos, y llenos de grandes disparates. Era oficio de Sacerdotes y Religiosos en Méjico (que los habia con extraña observancia, como se dirá despues) enterrar los muertos, y hacerles sus exequias; y los lugares donde los enterraban, eran las sementeras y patios de sus casas propias: á otros llevaban á los sacrificaderos de los montes: otros quemaban, y enterraban las cenizas en los templos, y á todos enterraban con cuanta ropa, joyas y piedras tenian; y á los que quemaban, metian las cenizas en unas ollas, y en ellas las joyas y piedras y atavios, por ricos que fuesen. Cantaban los oficios funerales como responsos, y levantaban á los cuerpos de los difuntos muchas veces, haciendo muchas ceremonias. En estos mortuorios comian y bebian; y si eran personas de calidad, daban de vestir á todos los que habian acudido al enterramiento. En muriendo alguno, ponianle tendido en un aposento hasta que acudian de todas partes los amigos y conocidos, los cuales traian presentes al muerto, y le saludaban como si fuera vivo. Y si era Rey, ó Señor de algun pueblo, le ofrecian esclavos, para que los matasen con él, y le fuesen á servir al otro mundo. Mataban asímismo al sacerdote ó capellan que tenia, porque todos los Señores tenian un sacerdote, que dentro de casa les administraba las ceremonias; y así le mataban para que fuese á administrar al muerto: mataban al Maestresala, al Copero, á los enanos y corcovados, que de estos se servian mucho, y á los hermanos que mas le habian servido; lo cual era grandeza entre los Señores servirse de sus hermanos y de los referidos. Finalmente mataban á todos los de su casa, para llevar y poner casa al otro mundo. Y por que no tuviesen allá pobreza, enterraban mucha riqueza de oro, plata y piedras, ricas cortinas de muchas labores, brazaletes de oro, y otras ricas piezas; y si quemaban al difunto, hacian lo mismo con toda la gente y atavíos que le daban para el otro mundo. Tomaban toda aquella ceniza, y enterrábanla con grande solemnidad: duraban las exequias diez dias de lamentables y llorosos cantos. Sacaban los sacerdotes á los difuntos con diversas ceremonias, segun ellos lo pedian, las cuales eran tantas, que cuasi no se podian numerar. A los Capitanes y grandes Señores les ponian sus insignias y trofeos, segun sus hazañas y valor que habian tenido en las guerras y gobierno, que para esto tenian sus particulares blasones y armas. Llevaban todas estas cosas y señales al lugar donde habia de ser enterrado, ó quemado, delante del cuerpo, acompañandole con ellas en procesion, donde iban los sacerdotes y dignidades del templo, con diversos aparatos, unos incensando, y otros cantando, y otros tañendo tristes flautas y tambores, lo cual aumentaba mucho el llanto de los vasallos y parientes. El Sacerdote que hacía el oficio, iba ataviado con las insignias del Idolo, á quien habia representado el muerto, porque todos los Señores representaban á los Idolos, y tenian sus renombres, á cuya causa eran tan estimados y honrados. Estas insignias sobredichas llevaba de ordinario la orden de la Caballería. Y al que quemaban, despues de haberle llevado al lugar adonde habian de hacer las cenizas, rodeabanle de tea á él, y á todo lo que pertenecia á su matalotage, como queda dicho, y pegabanle fuego, aumentándolo siempre con maderos resinosos hasta que todo se hacía ceniza. Salia luego un Sacerdote vestido con unos atavíos de demonio, con bocas por todas las coyunturas, y muchos ojos de espejuelos, con un gran palo, y con él revolvia todas aquellas cenizas con gran ánimo y denuedo, el cual hacía una representacion tan fiera, que ponia grima á todos los presentes. Y algunas veces este ministro sacaba otros trages diferentes, segun era la cualidad del que moría. Esta digresion de los muertos y mortuorios se ha hecho por ocasion de la idolatría de los difuntos; ahora será justo volver al intento principal, y acabar con esta materia.