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Historia natural y moral de las Indias (vol. 2 of 2) cover

Historia natural y moral de las Indias (vol. 2 of 2)

Chapter 61: CAPÍTULO XXVII
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About This Book

This work offers a wide-ranging survey of natural and moral observations about the Americas, describing indigenous religions, rites, temples, priests, and sacrifices including human offerings; cataloging superstitions, funerary practices, and ceremonies that sometimes parallel Christian sacraments; and analyzing political institutions, calendars, writing and record-keeping, laws, architecture, economic organization, and communication systems among various peoples such as the Mexica and the Incas. The author balances ethnographic description with reflections on how knowledge of local customs might inform evangelization and governance, and frequently compares American practices with classical and Old World precedents.

CAPÍTULO XXVII

Del cuidado grande y policía que tenían los Mejicanos en criar la juventud.

Ninguna cosa me ha admirado, ni parecido mas digna de alabanza y memoria, que el cuidado y órden que en criar sus hijos tenian los Mejicanos; porque entendiendo bien, que en la crianza é institucion de la niñez y juventud consiste toda la buena esperanza de una república (lo cual trata Platón largamente en sus libros de Legibus), dieron en apartar sus hijos de regalo y libertad, que son las dos pestes de aquella edad, y en ocuparlos en ejercicios provechosos y honestos. Para este efecto habia en los templos casa particular de niños, como Escuela ó pupilage distinto del de los mozos y mozas del templo, de que se trató largamente en su lugar. Habia en los dichos pupilages ó Escuelas gran número de muchachos, que sus padres voluntariamente llevaban allí, los cuales tenian ayos y maestros que les enseñaban é industriaban en loables ejercicios, á ser bien criados, á tener respeto á los mayores, á servir y obedecer, dándoles documentos para ello; para que fuesen agradables á los Señores, enseñábanles á cantar y danzar; industriábanlos en ejercicios de guerra, como tirar una flecha, fisga ó vara tostada á puntería, á mandar bien una rodela, y jugar la espada. Hacíanles dormir mal, y comer peor, porque de niños se hiciesen al trabajo, y no fuese gente regalada. Fuera del comun número de estos muchachos, habia en los mismos recogimientos otros hijos de Señores y gente noble, y éstos tenian mas particular tratamiento: traíanles de sus casas la comida: estaban encomendados á viejos y ancianos que mirasen por ellos, de quien continuamente eran avisados y amonestados á ser virtuosos, y vivir castamente, á ser templados en el comer, y á ayunar, á moderar el paso, y andar con reposo y mesura: usaban probarlos en algunos trabajos y ejercicios pesados. Cuando estaban ya criados, consideraban mucho la inclinacion que en ellos habia: al que veian inclinado á la guerra, en teniendo edad le procuraban ocasion en qué probarle: á los tales, so color de que llevasen comida y bastimentos á los soldados, los enviaban á la guerra, para que allá viesen lo que pasaba, y el trabajo que se padecia, y para que así perdiesen el miedo: muchas veces les echaban unas cargas muy pesadas, para que mostrando ánimo en aquello, con mas facilidad fuesen admitidos á la compañía de los soldados. Asi acontecía ir con carga al campo, y volver Capitan con insignia de honra: otros se querian señalar tanto, que quedaban presos ó muertos, y por peor tenian quedar presos; y así se hacian pedazos por no ir cautivos en poder de sus enemigos. Así que los que á esto se aplicaban, que de ordinario eran los hijos de gente noble y valerosa, conseguian su deseo: otros que se inclinaban á cosas del templo, y por decirlo á nuestro modo, á ser eclesiásticos, en siendo de edad, los sacaban de la escuela, y los ponian en los aposentos del templo, que estaban para Religiosos, poniéndoles tambien sus insignias de eclesiásticos; y allí tenian sus prelados y maestros, que les enseñaban todo lo tocante á aquel ministerio; y en el ministerio que se dedicaban, en él habian de permanecer. Gran órden y concierto era éste de los Mejicanos en criar sus hijos, y si ahora se tuviese el mismo órden en hacer casas y Seminarios, donde se criasen estos muchachos, sin duda florecería mucho la cristiandad de los Indios. Algunas personas celosas lo han comenzado, y el Rey y su Consejo han mostrado favorecerlo; pero como no es negocio de interés, va muy poco á poco, y hácese friamente. Dios nos encamine para que siquiera nos sea confusion lo que en su perdicion hacian los hijos de tinieblas, y los hijos de luz no se queden tanto atrás en el bien.