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Historia natural y moral de las Indias (vol. 2 of 2) cover

Historia natural y moral de las Indias (vol. 2 of 2)

Chapter 66: CAPÍTULO IV
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About This Book

This work offers a wide-ranging survey of natural and moral observations about the Americas, describing indigenous religions, rites, temples, priests, and sacrifices including human offerings; cataloging superstitions, funerary practices, and ceremonies that sometimes parallel Christian sacraments; and analyzing political institutions, calendars, writing and record-keeping, laws, architecture, economic organization, and communication systems among various peoples such as the Mexica and the Incas. The author balances ethnographic description with reflections on how knowledge of local customs might inform evangelization and governance, and frequently compares American practices with classical and Old World precedents.

CAPÍTULO IV

De la salida de los Mejicanos, y camino y poblacion de Mechoacán.

Habiendo, pues, pasado trescientos y dos años, que los seis linages referidos salieron de su tierra, y poblaron la de Nueva-España; estando ya la tierra muy poblada y reducida á órden y policía, aportaron á ella los de la séptima cueva ó linage, que es la nacion Mejicana, la cual, como las otras, salió de las Provincias de Aztlan y Teuculhuácan, gente política y cortesana, y muy belicosa. Adoraban éstos el Idolo llamado Vitzilipúztli, de quien se ha hecho larga mencion arriba, y el Demonio que estaba en aquel Idolo, hablaba y regia muy facilmente esta nacion. Este, pues, les mandó salir de su tierra, prometiéndoles que los haria Príncipes y Señores de todas las Provincias, que habian poblado las otras seis naciones: que les daria tierra muy abundante, mucho oro, plata, piedras preciosas, plumas y mantas ricas. Con esto salieron llevando á su Idolo metido en una arca de juncos, la cual llevaban cuatro Sacerdotes principales, con quien él se comunicaba, y decia en secreto los sucesos de su camino, avisándoles lo que les habia de suceder, dándoles leyes, y enseñándoles ritos, ceremonias y sacrificios. No se movian un punto sin parecer y mandato de este Idolo. Cuando habian de caminar, y cuando parar, y donde, él lo decía, y ellos puntualmente obedecian. Lo primero que hacian donde quiera que paraban, era edificar casa ó tabernáculo para su falso Dios, y poníanle siempre en medio del Real que asentaban, puesta el arca siempre sobre un altar hecho al mismo modo que le usa la Iglesia Cristiana. Hecho esto, hacian sus sementeras de pan, y de las demas legumbres que usaban; pero estaban tan puestos en obedecer á su Dios, que si él tenia por bien que se cogiese, lo cogian, y si no en mandándoles alzar su Real, allí se quedaba todo para semilla y sustento de los viejos y enfermos, y gente cansada, que iban dejando de propósito, donde quiera que poblaban, pretendiendo que toda la tierra quedase poblada de su nacion. Parecerá, por ventura, esta salida y peregrinacion de los Mejicanos, semejante á la salida de Egipto y camino que hicieron los hijos de Israél, pues aquellos, como éstos, fueron amonestados á salir y buscar tierra de promision, y los unos y los otros llevaban por guia su Dios, y consultaban el arca, y le hacian tabernáculo, y allí les avisaba y daba leyes y ceremonias, y así los unos como los otros, gastaron gran número de años en llegar á la tierra prometida. Que en todo esto y en otras muchas cosas hay semejanza de lo que las historias de los Mejicanos refieren, á lo que la divina Escritura cuenta de los Israelitas, y sin duda es ello así. Que el Demonio, Príncipe de soberbia, procuró en el trato y sujecion de esta gente, remedar lo que el altísimo y verdadero Dios obró con su pueblo, porque como está tratado arriba, es extraño el hipo que Satanás tiene de asemejarse á Dios, cuya familiaridad y trato con los hombres pretendió este enemigo mortal falsamente usurpar. Jamás se ha visto Demonio que así conversase con las gentes, como este Demonio Vitzilipúztli. Y bien se parece quien él era, pues no se han visto ni oído ritos mas supersticiosos, ni sacrificios mas crueles é inhumanos, que los que éste enseñó á los suyos; en fin, como dictados del mismo enemigo del género humano. El caudillo y Capitan que éstos seguian, tenia por nombre de Méji: y de ahí se derivó despues el nombre Méjico, y el de su nacion Mejicana. Caminando, pues, con la misma prolijidad que las otras seis naciones, poblando, sembrando y cogiendo en diversas partes, de que hay hasta hoy señales y ruinas, pasando muchos trabajos y peligros, vinieron á cabo de largo tiempo á aportar á la Provincia que se llama de Mechoacán, que quiere decir tierra de pescado, porque hay en ella mucho en grandes y hermosas lagunas que tiene, donde contentándose del sitio y frescura de la tierra, quisieran descansar y parar. Pero consultando su Idolo, y no siendo de ello contento pidiéronle, que á lo menos les permitiese dejar de su gente allí, que poblasen tan buena tierra, y de esto fue contento, dándoles industria como lo hiciesen, que fue, que en entrando á bañarse en una laguna hermosa que se dice Pázcuaro, así hombres como mugeres, les hurtasen la ropa los que quedasen, y luego sin ruido alzasen su Real, y se fuesen; y así se hizo. Los otros que no advirtieron el engaño, con el gusto de bañarse, cuando salieron, y se hallaron despojados de sus ropas, y así burlados y desamparados de los compañeros, quedaron muy sentidos y quejosos, y por declarar el ódio que les cobraron, dicen, que mudaron trage, y aun lenguage. A lo menos es cosa cierta, que siempre fueron estos Mechoacanes enemigos de los Mejicanos; y así vinieron á dar el parabien al Marqués del Valle de la victoria que habia alcanzado cuando ganó á Méjico.