CAPÍTULO V
De lo que les sucedió en Malinálco, en Tula y en Chapultepéc.
Hay de Mechoacán á Méjico mas de cincuenta leguas. En este camino está Malinálco, donde les sucedió, que quejándose á su Idolo de una muger que venia en su compañía, grandísima hechicera, cuyo nombre era Hermana de Dios, porque con sus malas artes les hacia grandísimos daños, pretendiendo por cierta vía hacerse adorar de ellos por Diosa, el Idolo habló en sueños á uno de aquellos viejos que llevaban el arca, y mandó, que de su parte consolase al pueblo, haciéndoles de nuevo grandes promesas, y que á aquella su Hermana, como cruel y mala, la dejasen con toda su familia, alzando el Real de noche, y con gran silencio, y sin dejar rastro por donde iban. Ellos lo hicieron así; y la hechicera hallándose sola con su familia, y burlada, pobló allí un pueblo, que se llama Malinálco, y tienen por grandes hechiceros á los naturales de Malinálco, como á hijos de tal madre. Los Mejicanos, por haberse disminuido mucho por estas divisiones, y por los muchos enfermos y gente cansada que iban dejando, quisieron rehacerse, y pararon en un asiento que se dice Tula, que quiere decir lugar de juncia. Allí el Idolo les mandó, que atajasen un rio muy grande, de suerte que se derramase por un gran llano, y con la industria que les dió, cercaron de agua un hermoso cerro llamado Coatepéc, é hicieron una laguna grande, la cual cercaron de sauces, álamos, sabinas y otros árboles. Comenzóse á criar mucho pescado, y á acudir allí muchos pájaros, con que se hizo un deleitoso lugar. Pareciéndoles bien el sitio, y estando hartos de tanto caminar, trataron muchos de poblar allí, y no pasar adelante. De esto el Demonio se enojó reciamente, y amenazando de muerte á sus sacerdotes, mandóles que quitasen la represa al rio, y la dejasen ir por donde antes corría; y á los que habian sido desobedientes, dijo, que aquella noche él les daría el castigo que merecian; y como el hacer mal es tan propio del Demonio, y permite la Justicia divina muchas veces, que sean entregados á tal verdugo los que le escogen por su Dios, acaeció que á la media noche oyeron en cierta parte del Real un gran ruido, y á la mañana yendo allá, hallaron muertos los que habian tratado quedarse allí; y el modo de matarlos fue abrirles los pechos, y sacarles los corazones, que de este modo los hallaron; y de aquí les enseñó á los desventurados su bonito Dios el modo de sacrificios que á él le agradaban, que era abrir los pechos, y sacar los corazones á los hombres, como lo usaron siempre de allí en adelante en sus horrendos sacrificios. Con este castigo, y con habérseles secado el campo, por haberse desaguado la laguna, consultando á su Dios de su voluntad y mandato, pasaron poco á poco hasta ponerse una legua de Méjico en Chapultepéc, lugar célebre por su recreacion y frescura. En este cerro se hicieron fuertes, temiéndose de las naciones que tenian poblada aquella tierra, que todas les eran contrarias, mayormente por haber infamado á los Mejicanos un Copíl, hijo de aquella hechicera, que dejaron en Malinálco; el cual, por mandado de su madre, al cabo de mucho tiempo, vino en seguimiento de los Mejicanos, y procuró incitar contra ellos á los Tepanécas, y á los otros circunvecinos, y hasta los Chálcas, de suerte que con mano armada vinieron á destruir á los Mejicanos. El Copíl se puso en un cerro, que está en medio de la laguna, que se llama Acopílco, esperando la destruccion de sus enemigos; mas ellos, por aviso de su Idolo, fueron á él, y hallándole descuidado, le mataron, y trajeron el corazon á su Dios, el cual mandó echar en la laguna, de donde fingen haber nacido un Tunal, donde se fundó Méjico. Vinieron á las manos los Chálcas, y las otras naciones con los Mejicanos, los cuales habian elegido por su Capitan á un valiente hombre llamado Vitzilovítli; y en la refriega éste fué preso y muerto por los contrarios; mas no perdieron por eso el ánimo los Mejicanos, y peleando valerosamente, á pesar de los enemigos abrieron camino por sus escuadrones, y llevando en medio á los viejos, niños y mugeres, pasaron hasta Atlacuyaváya, pueblo de los Cúlhuas, á los cuales hallaron de fiesta, y allí se hicieron fuertes. No les siguieron los Chálcas, ni los otros; antes de puro corridos de verse desbaratados de tan pocos, siendo tantos, se retiraron á sus pueblos.