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Historia natural y moral de las Indias (vol. 2 of 2) cover

Historia natural y moral de las Indias (vol. 2 of 2)

Chapter 77: CAPÍTULO XV
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About This Book

This work offers a wide-ranging survey of natural and moral observations about the Americas, describing indigenous religions, rites, temples, priests, and sacrifices including human offerings; cataloging superstitions, funerary practices, and ceremonies that sometimes parallel Christian sacraments; and analyzing political institutions, calendars, writing and record-keeping, laws, architecture, economic organization, and communication systems among various peoples such as the Mexica and the Incas. The author balances ethnographic description with reflections on how knowledge of local customs might inform evangelization and governance, and frequently compares American practices with classical and Old World precedents.

CAPÍTULO XV

De la guerra y victoria que hubieron los Mejicanos de los Suchimílcos.

Rendida ya la nacion de los Tepanécas, tuvieron los Mejicanos ocasion de hacer lo propio de los Suchimílcos, que como está ya dicho, fueron los primeros de aquellas siete cuevas ó linages, que poblaron la tierra. La ocasion no la buscaron los Mejicanos, aunque como vencedores podian presumir de pasar adelante, sino los Suchimílcos escarvaron para su mal, como acaece á hombres de poco saber, y demasiada diligencia, que por prevenir el daño que imaginan, dan en él. Parecióles á los de Suchimílco, que con las victorias pasadas los Mejicanos tratarían de sujetarlos, y platicando esto entre sí, y habiendo quien dijese, que era bien reconocerles por superiores, y aprobar su ventura, prevaleció al fin el parecer contrario, de anticiparse y darles la batalla. Lo cual entendido por Izcoált, Rey de Méjico, envió su General Tlacaellél con su gente, y vinieron á darse la batalla en el mismo campo, donde partian términos. La cual, aunque en gente y aderezos no era muy desigual de ambas partes, fuélo mucho en el orden y concierto de pelear, porque los Suchimílcos acometiéronles todos juntos de monton sin órden. Tlacaellél tuvo á los suyos repartidos por escuadrones con gran concierto, y así presto desbarataron á sus contrarios, y los hicieron retirar á su ciudad, la cual de presto tambien entraron, siguiéndoles hasta encerrarlos en el templo, y de allí con fuego les hicieron huir á los montes, y rendirse finalmente cruzadas las manos. Volvió el Capitan Tlacaellél con gran triunfo. Saliéndole á recibir los Sacerdotes con su música de flautas, é incensándole á él y á los Capitanes principales, haciendo otras ceremonias y muestras de alegria que usaban, y el Rey con ellos, todos se fueron al templo á darle gracias á su falso Dios, que de esto fue siempre el Demonio muy codicioso, de alzarse con la honra de lo que él no habia hecho, pues el vencer y reinar lo da no él, sino el verdadero Dios, á quien le parece. El dia siguiente fué el Rey Izcoált á la ciudad de Suchimílco, y se hizo jurar por Rey de los Suchimílcos, y por consolarles prometió hacerles bien, y en señal de esto les dejó mandado hiciesen una gran calzada, que atravesase desde Méjico á Suchimílco, que son cuatro leguas, para que así hubiese entre ellos mas trato y comunicacion. Lo cual los Suchimílcos hicieron, y á poco tiempo les pareció tan bien el gobierno y buen tratamiento de los Mejicanos, que se tuvieron por muy dichosos en haber trocado Rey y República. No escarmentaron, como era razon, algunos comarcanos, llevados de la envidia ó del temor á su perdicion. Cuytlaváca era una ciudad puesta en la laguna, cuyo nombre y habitacion, aunque diferente, hoy dura: eran éstos muy diestros en barquear la laguna, y parecióles que por agua podian hacer daño á Méjico, lo cual visto por el Rey, quisiera que su ejército saliera á pelear con ellos. Mas Tlacaellél, teniendo en poco la guerra, y por cosa de afrenta tomarse tan de propósito con aquéllos, ofreció de vencerlos con solos muchachos, y así lo puso por obra. Fuese al templo, y sacó del recogimiento de él los mozos que le parecieron, y tomó desde diez á diez y ocho años los muchachos que halló, que sabian guiar barcos ó canoas, y dándoles ciertos avisos y órden de pelear, fué con ellos á Cuytlaváca, donde con sus ardides apretó á sus enemigos de suerte, que les hizo huir, y yendo en su alcance, el Señor de Cuytlaváca le salió al camino, rindiéndose á sí y á su ciudad y gente, y con esto cesó el hacerles mas mal. Volvieron los muchachos con grandes despojos y muchos cautivos para sus sacrificios, y fueron recibidos solemnísimamente con gran procesion, músicas y perfumes, y fueron á adorar su Idolo, tomando tierra, y comiendo de ella; y sacándose sangre de las espinillas con las lancetas los Sacerdotes, y otras supersticiones que en cosas de esta cualidad usaban. Quedaron los muchachos muy honrados y animados, abrazándoles y besándoles el Rey, y sus deudos y parientes acompañándoles, y en toda la tierra sonó, que Tlacaellél con muchachos habia vencido la ciudad de Cuytlaváca. La nueva de esta victoria y la consideracion de las pasadas, abrió los ojos á los de Tezcuco, gente principal y muy sabia para su modo de saber, y así el primero que fue de parecer se debian sujetar al Rey de Méjico, y convidarle con su ciudad, fue el Rey de Tezcuco, y con aprobacion de su Consejo enviaron Embajadores muy Retóricos con señalados presentes á ofrecerse por súbditos, pidiéndole su buena paz y amistad. Esta se aceptó gratamente, aunque por consejo de Tlacaellél, para efectuarse, se hizo ceremonia que los de Tezcuco salian á campo con los de Méjico, y se combatian y rendian al fin, que fue un auto y ceremonia de guerra, sin que hubiese sangre ni heridas de una y otra parte. Con esto quedó el Rey de Méjico por supremo señor de Tezcuco, y no quitándoles su Rey, sino haciéndole del supremo Consejo suyo; y así se conservó siempre hasta el tiempo de Motezuma II, en cuyo Reino entraron los Españoles. Con haber sujetado la ciudad y tierra de Tezcuco, quedó Méjico por Señora de toda la tierra, y pueblos que estaban en torno de la laguna, donde ella está fundada. Habiendo, pues, gozado de esta prosperidad, y reinado doce años, adoleció Izcoált, y murió, dejando en gran crecimiento el reino que le habian dado, por el valor y consejo de su sobrino Tlacaellél (como está referido), el cual tuvo por mejor hacer Reyes, que serlo él, como ahora se dirá.