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Historia natural y moral de las Indias (vol. 2 of 2) cover

Historia natural y moral de las Indias (vol. 2 of 2)

Chapter 81: CAPÍTULO XIX
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About This Book

This work offers a wide-ranging survey of natural and moral observations about the Americas, describing indigenous religions, rites, temples, priests, and sacrifices including human offerings; cataloging superstitions, funerary practices, and ceremonies that sometimes parallel Christian sacraments; and analyzing political institutions, calendars, writing and record-keeping, laws, architecture, economic organization, and communication systems among various peoples such as the Mexica and the Incas. The author balances ethnographic description with reflections on how knowledge of local customs might inform evangelization and governance, and frequently compares American practices with classical and Old World precedents.

CAPÍTULO XIX

De los hechos de Autzól, octavo Rey de Méjico.

Entre los cuatro Electores de Méjico, que como está referido, daban el Reino con sus votos á quien les parecía, habia uno de grandes partes llamado Autzól: á éste dieron los demás sus votos, y fue su eleccion en extremo acepta á todo el pueblo, porque demás de ser muy valiente, le tenian todos por afable y amigo de hacer bien, que en los que gobiernan es principal parte para ser amados y obedecidos. Para la fiesta de su coronacion, la jornada que le pareció hacer fue, ir á castigar el desacato de los de Cuaxutátlan, Provincia muy rica y próspera, que hoy dia es de lo principal de Nueva-España. Habian éstos salteado á los Mayordomos y Oficiales, que traian el tributo á Méjico, y alzádose con él: tuvo gran dificultad en allanar esta gente, porque se habian puesto donde un gran brazo de mar impedia el paso á los Mejicanos. Para cuyo remedio, con extraño trabajo é invencion, hizo Autzól fundar en el agua una como Isleta hecha de fagina y tierra, y muchos materiales. Con esta obra pudo él y su gente pasar á sus enemigos, y darles batalla, en que les desbarató, venció y castigó á su voluntad, y volvió con gran riqueza y triunfo á Méjico á coronarse segun su costumbre. Extendió su reino con diversas conquistas Autzól, hasta llegarle á Guatemala, que está trescientas leguas de Méjico: no fue menos liberal que valiente: cuando venian sus tributos (que como está dicho, venian con grande aparato y abundancia) salíase de su palacio, y juntando donde le parecia todo el pueblo, mandaba llevasen allí los tributos: á todos los que habia necesitados y pobres repartia allí ropa y comida, y todo lo que habian menester en gran abundancia. Las cosas de precio, como oro, plata, joyas, plumería y preseas, repartíalas entre los Capitanes y soldados, y gente que le servia, segun los méritos y hechos de cada uno. Fué tambien Autzól gran Republicano, derribando los edificios mal puestos, y reedificando de nuevo muchos suntuosos. Parecióle que la ciudad de Méjico gozaba poca agua, y que la laguna estaba muy cenagosa, y determinóse echar en ella un brazo gruesísimo de agua, de que se servian los de Cuyoacán. Para el efecto envió á llamar al principal de aquella ciudad, que era un famosísimo hechicero, y propuesto su intento, el hechicero le dijo, que mirase lo que hacia, porque aquel negocio tenia gran dificultad, y que entendiese, que si sacaba aquella agua de madre, y la metia en Méjico, habia de anegar la ciudad. Pareciéndole al Rey eran excusas para no hacer lo que él mandaba, enojado le echó de allí. Otro dia envió á Cuyoacán un Alcalde de Corte á prender al hechicero, y entendido por él á lo que venian aquellos ministros de el Rey, les mandó entrar, y púsose en forma de una terrible águila, de cuya vista espantados se volvieron sin prenderle. Envió otros enojado Autzól, á los cuales se les puso en figura de tigre ferocísimo, y tampoco éstos osaron tocarle. Fueron los terceros, y halláronle hecho sierpe horrible, y temieron mucho mas. Amostazado el Rey de estos embustes, envió á amenazar á los de Cuyoacán, que si no le traían atado aquel hechicero, haria luego asolar la ciudad. Con el miedo de esto, ó él de su voluntad, ó forzado de los suyos, en fin fué el hechicero, y en llegando le mandó dar garrote. Y abriendo un caño por donde fuese el agua á Méjico, en fin salió con su intento, echando grandísimo golpe de agua en su laguna, la cual llevaron con grandes ceremonias y supersticion yendo unos Sacerdotes incensando á la orilla: otros sacrificando codornices, y untando con su sangre el borde del caño: otros tañendo caracoles, y haciendo música al agua, con cuya vestidura (digo de la Diosa del agua) iba revestido el principal, y todos saludando al agua, y dándole la bien venida. Así está todo hoy dia pintado en los Anales Mejicanos, cuyo libro tienen en Roma, y está puesto en la sacra Biblioteca ó librería Vaticana, donde un Padre de nuestra Compañía, que habia venido de Méjico, vió ésta y las demás historias, y las declaraba al Bibliotecario de su Santidad, que en extremo gustaba de entender aquel libro, que jamás habia podido entender. Finalmente, el agua llegó á Méjico, pero fué tanto el golpe de ella, que por poco se anegara la ciudad, como el otro habia dicho, y en efecto arruinó gran parte de ella. Mas á todo dió remedio la industria de Autzól, porque hizo sacar un desaguadero por donde aseguró la ciudad, y todo lo caido, que era ruin edificio, lo reparó de obra fuerte y bien hecha, y así dejó su ciudad cercada toda de agua, como otra Venecia, y muy bien edificada. Duró el reinado de éste once años, parando en el último y mas poderoso sucesor de todos los Mejicanos.