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Historia natural y moral de las Indias (vol. 2 of 2) cover

Historia natural y moral de las Indias (vol. 2 of 2)

Chapter 86: CAPÍTULO XXIV
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About This Book

This work offers a wide-ranging survey of natural and moral observations about the Americas, describing indigenous religions, rites, temples, priests, and sacrifices including human offerings; cataloging superstitions, funerary practices, and ceremonies that sometimes parallel Christian sacraments; and analyzing political institutions, calendars, writing and record-keeping, laws, architecture, economic organization, and communication systems among various peoples such as the Mexica and the Incas. The author balances ethnographic description with reflections on how knowledge of local customs might inform evangelization and governance, and frequently compares American practices with classical and Old World precedents.

CAPÍTULO XXIV

De la nueva que tuvo Motezuma de los Españoles que habian aportado á su tierra, y de la embajada que les envió.

Pues á los catorce años del Reinado de Motezuma, que fué en los mil y quinientos y diez y siete de nuestro Salvador, aparecieron en la mar de el Norte unos navíos con gente, de que los moradores de la costa, que eran vasallos de Motezuma, recibieron grande admiracion, y queriendo satisfacerse mas quien eran, fueron en unas canoas los Indios á las naves, llevando mucho refresco de comida y ropa rica, como que iban á vender. Los Españoles les acogieron en sus naves, y en pago de las comidas y vestidos que les contentaron, les dieron unos sartales de piedras falsas, coloradas, azules, verdes y amarillas, las cuales creyeron los Indios ser piedras preciosas. Y habiéndose informado los Españoles de quien era su Rey, y de su gran potencia, les despidieron diciéndoles, que llevasen aquellas piedras á su Señor, y dijesen, que de presente no podian ir á verle, pero que presto volverian, y se verian con él. Con este recado fueron á Méjico los de la costa, llevando pintado en unos paños todo cuanto habian visto, y los navios y hombres, y su figura, y juntamente las piedras que les habian dado. Quedó con este mensage el Rey Motezuma muy pensativo, y mandó no dijesen nada á nadie. Otro dia juntó su Consejo, y mostrando los paños y los sartales, consultó qué se haria. Y resolvióse en dar órden á todas las costas de la mar, que estuviesen en vela, y que cualquiera cosa que hubiese le avisasen. Al año siguiente, que fué á la entrada del diez y ocho, vieron asomar por la mar la flota, en que vino el Marqués del Valle Don Fernando Cortés, con sus compañeros, de cuya nueva se turbó mucho Motezuma, y consultando con los suyos, dijeron todos, que sin falta era venido su antiguo y gran Señor Quetzaálcoatl, que él habia dicho volvería, y que así venia de la parte de oriente, adonde se habia ido. Hubo entre aquellos Indios una opinion, que un gran Príncipe les habia en tiempos pasados dejado, y prometido que volveria, de cuyo fundamento se dirá en otra parte. En fin, enviaron cinco Embajadores principales con presentes ricos á darles la bien venida, diciéndoles, que ellos sabian que su gran Señor Quetzaálcoatl venia allí, y que su siervo Motezuma le enviaba á visitar, teniéndose por siervo suyo. Entendieron los Españoles este mensage por medio de Marina, India, que traían consigo, que sabia la lengua Mejicana. Y pareciéndole á Hernando Cortés que era buena ocasion aquella para su entrada en Méjico, hizo que le aderezasen muy bien su aposento, y puesto él con gran autoridad y ornato, mandó entrar los Embajadores, á los cuales no les faltó sino adorarle por su Dios. Diéronle su embajada diciendo, que su siervo Motezuma le enviaba á visitar, y que como Teniente suyo le tenia la tierra en su nombre, y que ya sabía que él era el Topilcin, que les habia prometido muchos años habia volver á verlos, y que allí le traian de aquellas ropas, que él solia vestirse cuando andaba entre ellos, que le pedian las tomase, ofreciéndole muchos y muy buenos presentes. Respondió Cortés aceptando las ofertas, y dando á entender, que él era el que decian, de que quedaron muy contentos, viéndose tratar por él con gran amor y benevolencia (que en esto, como en otras cosas, fué digno de alabanza este valeroso Capitan), y si su traza fuera adelante, que era por bien ganar aquella gente, parece que se habia ofrecido la mejor coyuntura que se podia pensar, para sugetar al Evangelio con paz y amor toda aquella tierra. Pero los pecados de aquellos crueles homicidas y esclavos de Satanás pedian ser castigados del Cielo, y los de muchos Españoles no eran pocos; y así los juicios altos de Dios dispusieron la salud de las gentes, cortando primero las raíces dañadas. Y como dice el Apóstol[57]: la maldad y ceguera de los unos fué la salvacion de los otros. En efecto, el dia siguiente, despues de la embajada dicha, vinieron á la Capitana los Capitanes y gente principal de la flota, y entendiendo el negocio, y cuan poderoso y rico era el Reino de Motezuma, parecióles que importaba cobrar reputacion de bravos y valientes con aquella gente; y que así, aunque eran pocos, serian temidos y recibidos en Méjico. Para esto hicieron soltar toda la artillería de las naves, y como era cosa jamás vista por los Indios, quedaron tan atemorizados, como si se cayera el Cielo sobre ellos. Despues los soldados dieron en desafiarlos á que peleasen con ellos, y no atreviéndose los Indios, los denostaron, y trataron mal, mostrándoles sus espadas, lanzas, gorgujes, partesanas, y otras armas, con que mucho les espantaron. Salieron tan escandalizados y atemorizados los pobres Indios, que mudaron del todo opinion, diciendo, que allí no venia su Rey y Señor Topilcin, sino Dioses enemigos suyos para destruirlos. Cuando llegaron á Méjico, estaba Motezuma en la casa de Audiencia, y antes que le diesen la embajada, mandó el desventurado sacrificar en su presencia número de hombres, y con la sangre de los sacrificados rociar á los Embajadores, pensando con esta ceremonia (que usaban en solemnísimas embajadas) tenerla buena. Mas oída toda la relacion é informacion de la forma de navíos, gente y armas, quedó del todo confuso y perplejo, y habido su Consejo no halló otro mejor medio, que procurar estorbar la llegada de aquellos extranjeros por artes mágicas y conjuros. Solíanse valer de estos medios muchas veces, porque era grande el trato que tenian con el Diablo, con cuya ayuda conseguian muchas veces efectos extraños. Juntáronse, pues, los hechiceros, magos, y encantadores, y persuadidos de Motezuma tomaron á su cargo el hacer volver aquella gente á su tierra, y para esto fueron hasta ciertos puestos, que para invocar los Demonios, y usar su arte les pareció cosa digna de consideracion. Hicieron cuanto pudieron y supieron: viendo que ninguna cosa les empecia á los Cristianos, volvieron á su Rey diciendo, que aquellos eran mas que hombres, porque nada les dañaba de todos sus conjuros y encantos. Aquí ya le pareció á Motezuma echar por otro camino, y fingiendo contento de su venida, envió á mandar en todos sus Reinos, que sirviesen á aquellos Dioses celestiales, que habian venido á su tierra: todo el pueblo estaba en grandísima tristeza y sobresalto. Venian nuevas á menudo, que los Españoles preguntaban mucho por el Rey, y por su modo de proceder, y por su casa y hacienda. De ésto él se congojaba en demasía; y aconsejándole los suyos, y otros nigrománticos que se escondiese, y ofreciéndole que ellos le pondrian donde criatura no pudiese hallarle, parecióle bajeza, y determinó aguardar, aunque fuese muriendo. Y en fin, se pasó de sus casas Reales á otras, por dejar su palacio para aposentar en él á aquellos Dioses, como ellos decían.