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La invasión o El loco Yégof

Chapter 31: INDICE
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About This Book

An elderly hunter recounts the 1814 invasion as it reaches a small Vosges village, tracing how rural routines and local ties are tested when a young conscript is absent. The narrative dwells on household scenes, landscape detail and village talk, and on a handful of figures—a former volunteer turned village craftsman, his foster daughter and their neighbors—whose tenderness, fears and pragmatic concerns about arms and survival make visible the domestic costs of warfare. The account presents military upheaval through popular, intimate observation rather than grand strategy, showing how ordinary lives bend and hold under the pressure of invasion.

Los demás, sentados alrededor de los jefes, con el oído atento y las manos en el borde de la peña, miraban al abismo. Las descargas continuaban con gran viveza, lo que revelaba el encarnizamiento de la batalla; pero era imposible ver nada. ¡Oh! ¡Cómo hubieran querido los pobres sitiados tomar parte en aquella lucha suprema! ¡Con qué ardor se hubieran precipitado al combate! El temor de ser otra vez abandonados, de ver a sus defensores en retirada al llegar el día, les tenía mudos de espanto.

Mientras tanto, comenzaba a nacer el día; el pálido crepúsculo se asomaba tras las negras cumbres; algunos rayos descendían hasta los valles tenebrosos, y media hora después se plateaban las brumas del abismo. Hullin dirigió una mirada por los intersticios de las nubes y pudo reconocer la posición. Los alemanes habían perdido la altura del Valtin y la meseta de «El Encinar» y estaban agrupados en el valle de Charmes, al pie del Falkenstein, a un tercio de la ladera, para no ser dominados por el fuego de sus adversarios. Frente a la peña, Piorette, dueño de «El Encinar», levantaba barricadas con troncos de árboles en la pendiente de Charmes. Con la pipa en la boca, con el sombrero metido hasta las orejas y la carabina en bandolera, iba y venía de uno a otro lado. Brillaban a la luz del Sol naciente las hachas azuladas de los leñadores. A la izquierda de la aldea, en la ladera del Valtin y en medio de los matorrales, Marcos Divès, montado en un caballejo negro de larga cola, con su espadón colgando del puño, señalaba las ruinas y el camino de schlitte. Un oficial de infantería y algunos guardias nacionales, con uniformes azules, le escuchaban; Gaspar Lefèvre solo, delante del grupo, y apoyado en el fusil, parecía meditabundo. Por su actitud se comprendía cuán enérgicas eran las resoluciones que formaba para el momento del ataque. Por último, en la cumbre de la colina, junto al bosque, doscientos o trescientos hombres formados en filas, con el fusil en descanso, también miraban.

Al ver tan escaso número de defensores oprimióseles el corazón a los sitiados, tanto más cuanto que los alemanes, siete u ocho veces superiores en número, comenzaban a formar dos columnas de ataque para tornar de nuevo las posiciones perdidas. El general enemigo enviaba ayudantes a diferentes lados transmitiendo órdenes, y las bayonetas empezaban a desfilar.

—¡Esto ha concluido!—dijo Hullin a Jerónimo—. ¿Qué pueden hacer quinientos o seiscientos hombres contra cuatro mil en línea de batalla? Los falsburgueses volverán a sus casas diciendo: «¡Hemos cumplido con nuestro deber!», y Piorette será destrozado.

Todos los sitiados pensaban lo mismo; pero lo que colmó su desesperación fue ver de repente una larga fila de cosacos desembocar en el valle de Charmes a galope tendido, con el loco Yégof a la cabeza, volando como el viento; su barba, la cola de su caballo, su piel de perro y su roja cabellera hendían el aire. El loco miraba hacia la peña y blandía la lanza por encima de su cabeza. Desde el fondo del valle se dirigió derechamente hacia el Estado Mayor enemigo, y cuando llegó delante del general hizo algunos gestos señalando al otro lado de la meseta de «El Encinar».

—¡Ah, bandido!—exclamó Hullin—. Está diciendo que Piorette carece de defensas por aquel lado y que es preciso rodear la montaña.

En efecto; una columna se puso inmediatamente en marcha en tal dirección, mientras que otra se dirigía a los parapetos para despistar a los sitiados sobre el movimiento de la primera.

—Materne—gritó Juan Claudio—. ¿No habría medio de darle un tiro a ese loco?

El anciano cazador movió la cabeza y dijo:

—No; es imposible; está fuera de alcance.

En aquel momento Catalina dejó escapar un grito feroz, que asemejose al graznido de un gavilán.

—¡Aplastémosles!... ¡Aplastémosles como en el Blutfeld!

Y aquella anciana, que un momento antes parecía tan débil, se arrojó sobre una enorme piedra y la levantó con ambas manos; luego, adelantándose con paso firme—sueltos los largos cabellos grises, la nariz aguileña hundida en sus contraídos labios, las mejillas tersas y el cuerpo doblado—, llegó hasta el borde del abismo y lanzó la piedra al vacío, en que describió una curva inmensa.

Oyose un estruendo horrible debajo; saltaron trozos de abetos en infinitas direcciones, y la enorme piedra rebotó a unos cien pasos con nuevo ímpetu, descendió luego una rápida pendiente, y de un último salto fue a caer sobre Yégof, aplastándole a los mismos pies del general enemigo. Todo ello fue obra de escasos segundos.

Catalina, de pie en el filo de la peña, reía con risa estridente que no tenía fin.

Y los demás, aquellos hombres que parecían fantasmas, como animados de una vida nueva, se precipitaron sobre las ruinas del viejo burgo gritando:

—¡A muerte! ¡A muerte!... ¡Aplastémosles como en el Blutfeld!

Nunca se vio una escena más terrible. Aquellos seres que se hallaban a las puertas del sepulcro, secos y descarnados como esqueletos, volvían a recobrar sus fuerzas para la matanza. No vacilaban ni estaban entorpecidos; cada cual cogía su piedra y la arrojaba al precipicio, volviendo a coger otra sin perder tiempo y sin mirar siquiera lo que pasaba debajo.

Ya puede imaginarse cuál sería el estupor de los kaiserlicks ante aquel diluvio de escombros y piedras. Al sentir el ruido que hacían los peñascos saltando por encima de la maleza y los macizos de árboles, los atacantes se volvieron y quedáronse como petrificados, al principio; mas levantando los ojos hacia arriba y viendo que descendían sin cesar piedras y más piedras, y contemplando en lo alto unos espectros que iban y venían, alzaban los brazos, arrojaban proyectiles y volvían a comenzar la tarea, al ver a sus camaradas destrozados, pues había filas de quince o veinte hombres aniquilados de un solo golpe, un grito inmenso resonó en el valle de Charmes hasta el Falkenstein, y, a pesar de las imprecaciones de los jefes, no obstante el fuego de fusilería que comenzaba a derecha e izquierda, los alemanes iniciaron la desbandada para escapar a aquella horrible muerte.

En lo más fuerte de la derrota, el general enemigo logró rehacer un batallón y que marchara al paso hacia la aldea.

Aquel hombre, tranquilo en medio del desastre, tenía algo de grande y de digno. A veces se volvía con aire sombrío para mirar cómo caían las rocas, que dejaban claros sangrientos en sus filas.

Juan Claudio lo observaba, y a pesar del entusiasmo del triunfo, a pesar de la certeza de haber escapado al hambre, el viejo soldado no podía substraerse a un sentimiento de admiración.

—Mira—dijo a Jerónimo—; hace como nosotros al volver del Donon y del Grosmann; se queda el último y no cede el terreno sino palmo a palmo. Decididamente, hay hombres valerosos en todas partes.

Marcos Divès y Piorette, testigos de aquel golpe de audacia, descendían atravesando los pinares, para cortar la retirada al general enemigo; pero no pudieron conseguirlo. El batallón, reducido a la mitad, formó el cuadro detrás de la aldea de Charmes y subió lentamente por el valle del Sarre, deteniéndose de vez en cuando, como un jabalí herido que hace frente a la jauría, cuando los hombres de Piorette o los de Falsburgo le hostigaban mucho.

Así terminó la gran batalla del Falkenstein, conocida en la sierra con el nombre de Batalla de las Peñas.

XXVI

Apenas hubo terminado el combate, cerca de las ocho, Marcos Divès, Gaspar y unos treinta guerrilleros subieron al Falkenstein con banastas llenas de víveres. ¡Qué espectáculo les esperaba allí! Todos los sitiados, tendidos en el suelo, parecían muertos. Por mucho que se les sacudía, por muy fuerte que se les gritaba en los oídos: «¡Juan Claudio!... ¡Catalina!... ¡Jerónimo!», no respondían. Gaspar Lefèvre, viendo a su madre y a Luisa inmóviles y con los dientes apretados, dijo a Marcos que si ellas no volvían en sí se levantaría la tapa de los sesos con su fusil. Marcos respondió que cada cual era libre de hacer lo que quisiera; pero que, por su parte, no estaba dispuesto a darse un tiro por Hexe-Baizel.

Por último, el anciano Colon colocó una cesta de víveres en una piedra y, en tal momento, Kasper Materne suspiró, abrió los ojos, y al ver las provisiones comenzó a castañetear los dientes, como una zorra cuando va de caza.

Comprendieron en seguida lo que aquello quería decir, y Marcos Divès fue colocando a cada uno su calabaza de aguardiente bajo la nariz, lo que bastó para resucitarlos. Todos querían devorar a la vez, pero el doctor Lorquin, a pesar del hambre canina que sentía, tuvo la buena ocurrencia de advertir a Marcos que no les hiciera caso, porque la menor congestión sería para ellos mortal. Por lo cual no recibió cada uno mas que un pedazo de pan, un huevo y un vaso de vino, lo que les reanimó extraordinariamente. Después pusieron a Catalina, Luisa y los demás sitiados en los schlittes y los bajaron a la aldea.

Pintar el entusiasmo y el enternecimiento de sus amigos cuando los vieron llegar, más delgados que Lázaro al salir de la tumba, es algo imposible. Unos a otros se miraban, se besaban, y cada vez que llegaba algún vecino de Abreschwiller, de Dagsburgo o de San Quirino se repetían tales manifestaciones de afecto.

Marcos Divès se vio obligado a contar más de veinte veces la historia de su ida a Falsburgo. El valiente contrabandista no había tenido suerte: después de haber escapado milagrosamente a las balas de los kaiserlicks había dado con sus huesos en el valle de Spartzprod, en medio de una partida de cosacos que le habían desvalijado hasta el forro de los bolsillos. Tuvo necesidad de andar errante dos semanas alrededor de los puestos rusos que cercaban la ciudad, sufriendo el fuego de los centinelas, expuesto veinte veces a ser detenido por espía, antes de poder penetrar en la plaza. Por último, el comandante Meunier, alegando la debilidad de la guarnición, rehusó al principio el socorro que se le pedía, y sólo ante la porfiada excitación de los vecinos de la ciudad consintió en destacar dos compañías.

Los guerrilleros, al oír este relato, admiraban el valor de Marcos y su perseverancia en los peligros.

—¿Y qué?—respondía el gigante contrabandista con aire de buen humor a los que le felicitaban—. No he hecho mas que cumplir con mi deber. ¿Podía dejar perecer a mis camaradas? Bien sé que la empresa no era fácil; esos miserables cosacos son más astutos que los carabineros; olfatean a una legua de distancia como los cuervos; pero ha sido inútil: a pesar de todo, les hemos despistado.

Al cabo de cinco o seis días todos estuvieron restablecidos. El capitán Vidal, de Falsburgo, había dejado veinticinco hombres en el Falkenstein para custodiar las municiones; entre ellos estaba Gaspar Lefèvre, y el muchacho bajaba todas las mañanas a la aldea. Los aliados se habían trasladado a la Lorena; en Alsacia no se les veía mas que alrededor de las plazas fuertes. Pronto fueron conocidas las victorias de Champ-Aubert y de Montmirail; pero habían llegado tiempos de desgracia; los aliados, no obstante el heroísmo de nuestro ejército y el genio del emperador, entraron en París.

Aquel fue un golpe terrible para Juan Claudio, Catalina, Materne, Jerónimo y para la sierra entera; mas el relato de estos acontecimientos no entra en el campo de nuestra historia, ya que otros han relatado tales cosas.

Hecha la paz, en la primavera se reconstruyó la casa de «El Encinar»: los leñadores, los almadreñeros, los albañiles, los almadieros y demás obreros del país prestaron su concurso.

Casi al mismo tiempo el ejército fue licenciado; Gaspar se cortó los bigotes, y tuvo lugar su matrimonio con Luisa.

Aquel día llegaron los antiguos combatientes del Falkenstein y del Donon, y la casa los recibió con puertas y ventanas abiertas de par en par. Cada cual llevaba sus presentes a los novios: Jerónimo, unos zapatitos para Luisa; Materne y sus hijos, un gallo silvestre, la más ardiente de las aves, como es sabido; Divès, varios paquetes de tabaco de contrabando para Gaspar, y el doctor Lorquin, una canastilla de fina ropa blanca.

Las mesas estuvieron puestas para todo el mundo y las hubo hasta en las trojes y bajo los cobertizos. Lo que se consumió de vino, pan, carne, tartas y kugelhof no puede calcularse; pero lo que sí se sabe positivamente es que Juan Claudio, que estaba muy triste desde la entrada de los aliados en París, se reanimó aquel día y cantó viejas canciones de su juventud, tan alegremente como cuando partió con el fusil al hombro para Valmy, Jemmapes y Fleurus. Los ecos de Falkenstein repitieron a lo lejos aquellos viejos cantos patrióticos, los más sublimes, los más nobles que el hombre haya oído nunca sobre la Tierra. Catalina Lefèvre llevaba el compás golpeando en la mesa con el mango de un cuchillo, y si es cierto, como algunos dicen, que los muertos acuden a escuchar cuando se habla de ellos, los muertos debieron quedar contentos y el Rey de Bastos debió cubrir de espumarajos su barba roja.

Llegada la media noche se levantó Hullin y, dirigiéndose a los novios, dijo:

—Tendréis robustos hijos; yo haré que salten en mis rodillas, les enseñaré mis antiguas canciones y después iré a reunirme con los que fueron.

Dicho esto, besó a Luisa, y cogiendo de un brazo a Marcos Divès y del otro a Jerónimo, se dirigió a su casucha, seguido del resto de la comitiva, que repetía a coro los sublimes cantos del anciano. Nunca se vio una noche más hermosa; innumerables estrellas brillaban en el cielo azul obscuro; en la parte baja de la ladera, donde se había enterrado a tantos héroes, los brezos se estremecían movidos por el viento. Todos se sentían felices y enternecidos. En el umbral de la barraca se estrecharon las manos unos a otros y se dieron las buenas noches; y unos a la derecha y otros a la izquierda, formando pequeños grupos, regresaron a sus aldeas.

—¡Buenas noches, Materne, Jerónimo, Divès, Piorette; buenas noches!—gritaba Juan Claudio.

Los antiguos amigos se volvían, agitando los sombreros y exclamaban para sus adentros:

«Hay días en que se siente uno dichoso de vivir en este mundo. ¡Ah! ¡Si no hubiera nunca pestes, guerras ni hambres; si los hombres pudieran entenderse, amarse y socorrerse mutuamente; si no se suscitaran injustas desconfianzas entre ellos!... La Tierra sería un verdadero paraíso.»

FIN


INDICE

 Páginas
I................7
II................20
III................30
IV................46
V................53
VI................73
VII................84
VIII................93
IX................101
X................112
XI................120
XII................126
XIII................144
XIV................153
XV................166
XVI................180
XVII................190
XVIII................197
XIX................205
XX................215
XXI................237
XXII................249
XXIII................255
XXIV................262
XXV................263
XXVI................287

VOLÚMENES PUBLICADOS

1.Química general, por el Dr. Luanco.Pts. 2.
2.Historia Natural, por el Dr. De Buen.Pts. 2.
3.Física, por el Dr. Lozano.Pts. 2.
4.Geometría general, por el Dr. Mundi.Pts. 2.
5.Química orgánica, por el Dr. Carracido.Pts. 2.
6.La Guerra Moderna, por D. M. Rubió.Pts. 2.
7.Mineralogía, por el Dr. S. Calderón.Pts. 2.
8.Ciencia Política, por D. Adolfo Posada.Pts. 2.
9.Economía Política, por el Dr. J. Piernas.Pts. 2.
10.Armas de guerra, por D. J. Génova.Pts. 2.
11.Hongos comestibles y venenosos, por don Blas Lázaro.Pts. 2.
12.La ignorancia del Derecho, por D. J. Costa.Pts. 2.
13.El sufragio, por el Dr. A. Posada.Pts. 2.
14.Geología, por D. José Macpherson.Pts. 2.
15.Pólvoras y explosivos, por D. C. Banús.Pts. 2.
16.Armas de caza, por D. J. Génova.Pts. 2.
17.La Guinea Española, por D. R. Beltrán.Pts. 2.
18.Meteorología, por D. A. Arcimis.Pts. 2.
19.Análisis químico, por D. J. Casares.Pts. 2.
20.Abonos industriales, por D. A. Maylín.Pts. 2.
21.Unidades, por D. C. Banús.Pts. 2.
22.Química biológica, por el Dr. Carracido.Pts. 2.
23.Bases para un nuevo Derecho penal, por el Dr. Dorado.Pts. 2.
24.Fuerzas y motores, por D. M. Rubió.Pts. 2.
25.Gusanos parásitos en el hombre, por el doctor Marcelo Rivas.Pts. 2.
26.Fabricación del pan, por D. N. Amorós.Pts. 3.
27.Aire atmosférico, por D. E. Mascareñas.Pts. 2.
28.Hidrología médica, por el Dr. D. H. Rodríguez.Pts. 2.
29.Historia de la civilización española, por D. Rafael Altamira.Pts. 3.
30.Las epidemias, por D. F. Montaldo.Pts. 2.
31.Cristalografía, por L. Fernández.Pts. 3.
32.Artificios de fuego de guerra, por D. José de Lossada y Canterac.Pts. 2.
33.Agronomía, por don A. López.Pts. 2.
34.Bases del Derecho mercantil, por D. L. Benito.Pts. 2.
35.Antropometría, por D. T. de Aranzadi.Pts. 2.
36.Las provincias de España, por D. M. Villaescusa.Pts. 3,50
37.Formulario químico industrial, por D. Trías.Pts. 2.
38.Valor social de leyes y autoridades, por don Pedro Dorado.Pts. 2.
39.Canales de riego, por D. J. Zulueta.Pts. 3.
40.Arte de estudiar, por D. M. Rubió.Pts. 2.
41.Plantas medicinales, por D. B. Lázaro.Pts. 3,50
42.A b c del instalador y montador electricista.—Tomo I.—Instalaciones privadas, por D. Ricardo Yesares.Pts. 3,50
43.A b c del instalador y montador electricista.—Tomo II.—Estaciones centrales y canalizaciones, por D. R. Yesares.Pts. 3,50
44.Medicina doméstica, por D. A. Opisso.Pts. 3.
45.Contabilidad comercial, por D. J. Prats.Pts. 4.
46.Sociología contemporánea, por D. A. Posada.Pts. 2.
47.Higiene de los alimentos y bebidas, por D. J. Madrid.Pts. 2.
48.Operaciones de Bolsa, por D. U. Bertrán.Pts. 2.
49.Higiene industrial, por D. J. Eleizegui.Pts. 3,50
50.Formulario de correspondencia francés-español, por D. J. Meca.Pts. 3,50
51.Motores de gas, petróleo y aire, por R. Yesares.Pts. 3,50
52.Las bebidas alcohólicas.El alcoholismo, por D. A. Piga y don D. Aguado Marinoni.Pts. 2.
53.Formulario de correspondencia inglés-español, por D. J. Meca.Pts. 3,50
54.Carpintería práctica, por D. E. Heras.Pts. 3.
55.Instituciones de Economía social, por don J. Torrembó.Pts. 3.
56.Prontuario del idioma, por D. E. Oliver.Pts. 4.
57.Máquinas e instalaciones hidráulicas, por D. J. de Igual.Pts. 3,50
58.Pedagogía universitaria, por D. Francisco Giner de los Ríos.Pts. 3,50
59.Gallinero práctico, por D. C. de Torres.Pts. 4.
60.Dai Nipón (El Japón), por D. A. García.Pts. 4.
61.Cultivo del algodonero, por D. Diego de Rueda.Pts. 3.
62.Galvanoplastia y electrólisis, por R. Yesares.Pts. 3,50
63.Educación de los niños, por F. Climent.Pts. 4.
64.El microscopio, por D. Ernesto Caballero.Pts. 2.
65.Diccionario de argot español, por L. Besses.Pts. 3,50
66.Piedras preciosas, por Marcos J. Bertrán.Pts. 3,50
67.
68.
Manual de Mecánica elemental, por Forner Carratalá.
Tomo I: Mecánica general.
Pts. 3.
Tomo II: Mecánica aplicada.Pts. 3.
69.Los remedios vegetales, por Alfredo Opisso.Pts. 3.
70.
71.
Las Repúblicas hispanoamericanas, por Emilio H. del Villar (dos tomos).Pts. 7.
72.Vinificación moderna, por D. Diego de Rueda.Pts. 3,50
73.Plantas industriales, por D. Alfredo Opisso.Pts. 3.
74.Cerrajería práctica, por Eusebio Heras.Pts. 3.
75.El arte del periodista, por D. Rafael Mainar.Pts. 3,50
76.La electricidad en la agricultura, por don R. Yesares.Pts. 3.
77.Telegrafía eléctrica, por F. Villaverde Navarro.Pts. 3.
78.Medicina social, por A. Opisso.Pts. 3.
79.Geografía general, por Emilio H. del Villar.Pts. 4,50
80.La familia y los enfermos, por D. J. L. Eleizegui.Pts. 3.
81.
82.
Elementos del cálculo mercantil, por L. de la Fuente. Dos tomos.Pts. 7.
83.Teoría de la literatura y de las artes, por D. H. Giner de los Ríos.Pts. 3.
84.Manual del naturalista preparador, por el Dr. Areny de Plandolit.Pts. 2.
85.Documentos mercantiles, por Francisco Grau Granell.Pts. 4.
86.Pozos artesianos, por Lucas F. Navarro.Pts. 2.
87.Investigación y alumbramiento de aguas, por Lucas F. Navarro.Pts. 2.
88.Manual de Pirotecnia, por J. B. Ferré.Pts. 3.
89.Elementos de arquitectura naval (buques de guerra), por D. A. Blanco.Pts. 3.
90.Rudimentos de cultura marítima, por Alfonso Arnáu. Tomo I.Pts. 4.
91.Rudimentos de cultura marítima, por Alfonso Arnáu. Tomo II.Pts. 4.
92.Ascensores hidráulicos y eléctricos, por R. Yesares.Pts. 3.
93.Maravillas de la Ciencia, por D. J. Usunáriz.Pts. 2.
94.Derecho internacional, por D. Aniceto Sela.Pts. 3.
95.El boxeo y la esgrima del bastón, por A. Barba.Pts. 2.
96.Foot-ball, basse ball y lawn tennis, por A. Barba.Pts. 2.
97.El gas pobre y sus aplicaciones a la fuerza motriz y a la calefacción, por M. R. y Bellvé.Pts. 3.
98.La abeja y sus productos. (Apicultura moderna), por Vicente Va.Pts. 3.
99.Manual de rimas selectas (pequeño diccionario de la Rima), por Pérez Hervás.Pts. 3.
100.Manual del pintor decorador, por D. José Cuchy.Pts. 2.
101.El dibujo para todos, por V. Masriera.Pts. 4.
102.América Sajona, por Emilio H. del Villar.Pts. 4.
103.Agrimensura, por J. Ferré.Pts. 4.
104.Estética, por D. A. Opisso.Pts. 4.
105.Floricultura, por D. J. Garzón Ruiz.Pts. 4,50
106.Flores artificiales, por Dolores Andréu.Pts. 4,50
107.Formulario práctico de artes y oficios, por F. Climent Terrer.Pts. 4.
108.
109.
Astronomía, por J. Comas Solá.Pts. 9.
110.El arte de pensar, por Alfredo Opisso.Pts. 4.
111.Máximas de Epicteto, traducidas por Apeles Mestres.Pts. 3,50
112.Manual del maquinista fogonero, por Balbino Vázquez.Pts. 5,50
113.Perspectiva, por Francisco Arola Sala.Pts. 6.
114.Educación cívica, por Federico Climent Terrer.Pts. 5.
115.A b c de la Música, por Eliseo Carbó.Pts. 5,50
116.Teoría y concepto del Arte, por Francisco Arola Sala.Pts. 7,50

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LAS CONSECUENCIAS ECONOMICAS DE LA PAZ.—J. M. Keynes, profesor de Cambridge y miembro que fue de la Conferencia de la Paz, estudia profundamente la situación económica de Europa después de la guerra. 264 páginas.—Diez pesetas.

Tres obras sobre Rusia:

LA REPUBLICA RUSA
por el Coronel Malone (3 ptas.).

EL BOLCHEVISMO EN ACCION
por W. T. Goode (3 ptas.).

RUSIA EN LAS TINIEBLAS
por Wells (4 ptas.).

Quien quiera conocer a fondo el problema de la revolución rusa y sus probables consecuencias para Europa, debe leer estas tres obras, documentadísimas y de poderoso interés dramático.