The Project Gutenberg eBook of La transformación de las razas en América
Title: La transformación de las razas en América
Author: Agustín Alvarez
Commentator: Arturo E. de la Mota
Release date: October 18, 2008 [eBook #26947]
Language: Spanish
Credits: Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
Proofreading Team at http://www.pgdp.net
"LA CULTURA ARGENTINA"
AGUSTÍN ÁLVAREZ
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La Transformación
de las
Razas en América
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Con una introducción de
ARTURO E. DE LA MOTA
ADMINISTRACIÓN GENERAL:
CASA VACCARO, Av. de Mayo 638—Buenos Airas
1918
ÍNDICE
| Agustín Álvarez |
| Advertencia de la presente edición |
| Introducción |
| La evolución del espíritu humano |
| La madre de los borregos |
| El mensaje de la esfinge |
| La palabra de dios |
| El criador y sus criaturas |
| El alfarero y los cantaros |
| La fe y la razon |
| El pasado y el presente |
| La escuela religiosa |
| La revelación y la evolución |
| Las últimas auroras |
| El pasado y el futuro |
| Dios medioeval y dios moderno |
| La sociedad presente y la futura |
| El porvenir |
| Las ideas capitales de la civilización en el momento que pasa |
| La vida y el bienestar |
| La vida y la salud (el costo de las velas) |
| La religión y la ciencia |
| Instituciones libres |
| Instituciones libres |
| Evolución intelectual de las sociedades |
| Sumario: La barbarie. —Cómo se realiza el progreso. —Las civilizaciones antiguas. —Las civilizaciones medioevales. —La civilización moderna. —Evolución de la moral. |
| El diablo en América |
| El diablo en América |
AGUSTÍN ÁLVAREZ
Nació en la ciudad de Mendoza el 15 de Julio de 1857. Huérfano desde la primera edad, fue un "self made man"; si llegó a conquistar fama y rango, no fue tan sólo por su talento original y su vasta ilustración, sino también por sus ejemplares virtudes públicas y privadas.
Cursó estudios secundarios en el Colegio Nacional de Mendoza; allí encabezó una revuelta estudiantil para obtener reformas de la enseñanza y cambios en las autoridades docentes. En 1876 se trasladó a Buenos Aires, ingresando al Colegio Militar; en 1883 emprendió estudios universitarios, graduándose en Derecho en 1888. Fue Juez en lo civil, en Mendoza (1889-1890) y Diputado por esa provincia al Congreso Nacional (1892-1896). Su doble competencia militar y forense lo llevó al cargo de vocal letrado del Consejo Supremo de Guerra y Marina (1896-1906). Durante los últimos quince años de su vida fue un apóstol de la educación científica y moral, ocupando cátedras en las Universidades de Buenos Aires y La Plata; de ésta última fue vicepresidente fundador y canciller vitalicio.
Su carrera de escritor, iniciada en la prensa, en 1882, le llevó a especializarse en estudios de educación, sociología y moral. Son sus obras principales: "South América" (1894), "Manual de Patología Política" (1899), "Educación Moral" (1901), "¿Adonde vamos?" (1904), "La transformación de las razas en América" (1908), "Historia de las Instituciones Libres" (1909), "La Creación del Mundo Moral" (1912), y numerosos folletos y escritos sobre los problemas políticos, sociológicos y éticos que constituyeron la constante preocupación de su edad madura.
La democracia en lo político, el liberalismo en lo moral, el laicismo en lo pedagógico y la justicia en lo social, fueron los cimientos cardinales de su vasta obra de apóstol y de pensador, orientada en el sentido educacional de Sarmiento y eticista de Emerson.
Su virtud y su sencillez fueron tan grandes como su consagración al estudio y a la enseñanza; fue, siempre, un varón justo.
Falleció en Mar del Plata el 15 de Febrero de 1914.
ADVERTENCIA DE LA PRESENTE EDICIÓN
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El libro editado en 1908 con el título La transformación de las razas en América constaba de 33 títulos. Los primeros 14 forman parte de la conferencia titulada La Evolución del espíritu humano; los 19 restantes están incluidos en el volumen ¿A dónde vamos?
En la presente edición se conservan los primeros 14, con su título de conjunto y se agregan los trabajos similares: Las ideas capitales de la civilización en el momento que pasa, Instituciones libres, Evolución intelectual de las sociedades y El diablo en América.
INTRODUCCIÓN
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"En la América del Norte se aprendió a trabajar y a gobernar; en la América del Sur se aprendió a rezar y obedecer".—"La herencia moral de los pueblos hispanoamericanos". (Rev. de Filosofía, año 1, N.º 3). Agustín Álvarez.
I.—Álvarez y la hora actual
Nunca será más oportuno e interesante estudiar a Agustín Álvarez que en la hora actual, tanto por lo que el hombre, la vida y su obra comportan de halagüeño y significativo como para enfrentarlo con la incertidumbre y regresión del momento. Vientos de reacción soplan por todas partes; luctuosos tiempos los que corren y más luctuosos, acaso, los que se avecinan. Reacción criollista y religiosa a la vez. El pasado bárbaro vuelve a la escena con sus violencias primarias, su "culto nacional del coraje". El dogma pujando por ahogar la libertad y el libre examen. El amo esforzándose por anular la crítica y la fiscalización. En suma, las dos fórmulas fatales: reacción política y reacción religiosa. Estado social peligroso, formas funestas a los pueblos nuevos que han menester savia joven e ideales nuevos.
Y no es alarmismo de pesimista el nuestro: miramos los fenómenos sociales objetivamente, poniendo sordina a la pasión y al entusiasmo.
Según la afirmación de un escritor humorista, hábil juglar de paradojas, "todo se había mestizado en el país: el comercio, el trabajo, la agricultura, las vacas, los caballos, los carneros; lo único que se mantenía criollo puro era la política. Y es lo único que no anda bien"[1]. Acaso la única verdad de todo un libro. Esa es la política que persiste, que triunfa; puramente empírica y sentimental, personalista. Ni económica, ni social, ni científica. De palabras sonoras, de gestos teatrales, de declamaciones histriónicas, sin una idea económica, sin principio filosófico o propósito social que la determine. Es la vieja política que vuelve—o más bien, que continúa—a pesar del cambio de unos hombres por otros, y de las declamaciones prosopopéyicas de los palaciegos en el Capitolio: es decir, la política de Tartufo, que ya encontrara aquí Luz del Día en su peregrinación por América, cuando, cansada de vivir en Europa, hizo su viaje de incógnito por estas tierras según la sabrosa creación alberdiana. Es que el señor Tartufo es un viejo conocido nuestro. Para Alberdi era un personaje familiar. Miral cómo retrata al tipo ideal de su mandatario, con condiciones también ideales: "Debe tener en apariencia—dice—todas las aptitudes del mando, pero en realidad debe carecer de todas, porque si una sola le acompaña, eso será lo bastante para que nunca llegue al poder; con el exterior de un gobernante nato, debe ser más gobernable que un esclavo; debe ser un timón con el aire de un timonero; una máquina con figura de maquinista, un carnero con piel de león, un conejo con el cuero de una hiena, un bribón consumado con el aire grave del honor hecho hombre. Debe ser un mentiroso de nacimiento y al mismo tiempo el flajelo de los mentirosos para darse el aire de odiar a la mentira. El carácter es un escollo y el vicio de decir la verdad es otro. El que ama el poder y aspira tenerlo, debe dejarse mutilar la mano antes que abrirla, si está llena de verdades: verdad y poder son antítesis. Debe tener el talento de ocultar la verdad por la palabra y la prensa. La frase gobierna al mundo a condición de ser vacía, porque la frase, como la tambora, hace más ruido a medida que es más hueca"[2].
Esta página admirable del eminente hombre público parece escrita para nuestra época. La tierra fantástica de su Quijotania, que no es sino ésta que nosotras conocemos, fue siempre y sigue siendo aún, propicia a los tartufos que hasta se han puesto del lado del pueblo soberano...
"Ilusos o criminales—dice un respetable escritor—gracos o dulcamaras, su brillante fraseología sólo sirve para engañar a los crédulos y arrastrarlos a la perdición. ¡Qué cuadro doloroso el de estas naciones corroídas en que una fachada opulenta esconde un edificio en ruinas y en que el aparato de la civilización sólo sirve de máscara a la decrepitud y los vicios de la decadencia!"[3].
La regresión de esta hora histórica es innegable. Es un estado de plena patología política. Hechos hay a granel que abonan la seriedad de este aserto; bastará auscultar serenamente el ambiente social para percibirlo. Es "el tinglado de la antigua farsa" que dijera Benavente. Mas no es caso de lamentarse ni temblar: recojamos el ánimo y vayamos hacia Agustín Álvarez. Estudiémoslo y meditemos su obra de múltiples proyecciones sociales, fecunda y sobria en enseñanzas, que, en la recia urdimbre de su pensamiento, robusteceremos nuestro espíritu, en su vida austera hallaremos un modelo que imitar y en la cosecha del sembrador encontraremos la buena semilla—todavía infecunda—para esparcirla a todos los vientos, en la seguridad de que contribuiremos al mejoramiento moral, social y político de este pedazo de suelo en que nos toca actuar y vivir.
II.—El hombre y la obra
Por mi parte tengo que confesar con rubor no haber conocido a Álvarez, sino algo después de los veinte años, vale decir, en su obra de pensador, de moralista, de sociólogo, de educador, que lo fue en el más alto concepto del vocablo. Su vasta, compleja e inusitada labor esparcida en numerosos volúmenes, de filosofía, de educación, de política y de sociología, escritos con ese sello tan característico, tan suyo, que lo hace inconfundible entre mil.
No he conocido antes a Álvarez. Por otra parte no estoy seguro de que hubiera comprendido en toda su intensidad e intención el valor de sus escritos y obras, en la primera juventud en que gustamos más de la frase que suena, de la cláusula armónica al oído, que de su contenido o sustancia. Y no es mía la culpa; en mi lejana ciudad natal el maestro era un desconocido y seguirá siéndolo quién sabe por cuanto tiempo. Allí donde, según el decir suyo, tan exacto como mortificante, se gasta más sebo y cera para fabricar velas que jabón para la higiene, claro está que Álvarez y sus ideas no podían llegar sino de contrabando. El medio es francamente hostil a ellas. Se lo ignora como se lo ignora a Ameghino: sólo se los conoce de nombre. Apenas si Darwin y Comte tienen uno que otro discípulo infiel. ¿Y cómo iba a escucharse la voz del maestro laico, del filósofo de la libertad, del crítico agudo y mordaz de nuestra patología política y social si aquellas sociedades provincianas son un exponente del pasado hispano-colonial con todos sus prejuicios y rutinas? ¿Podría oírse la voz de Álvarez, su crítica recia y fuerte a todos los dogmas religiosos donde el espíritu manso y serenamente episcopal del padre Esquiú preside la vida de las gentes todavía con sus sermones en olor de santidad?
No podía percibirse, pues, su pensamiento entre el ruido ensordecedor de las campanas echadas a vuelo diariamente, para mejor gloria del Señor, el canto de los beaterios y la mendicante pobreza mental del pueblo. Compréndese fácilmente que en los pueblos de provincias, donde el fanatismo toma formas tan raras y en donde, pudiéramos afirmar sin exageración, sólo se aprende a rezar y a despreciar el trabajo manual, un pensador de su estirpe y de la fuerte contextura de su crítica fuese sistemáticamente excluido. Así este virtuoso del pensamiento es casi un extraño; sólo comienza hoy a conocérselo. Por otra parte, la prensa gaucha y mercachifle, que tiene para el tartufo el aplauso suelto y fácil, tuvo para él su silencio de guerra. Y se comprende bien.
El político criollo no podía ir a buscar a sus obras una frase pertinente para ornamentar su discurso con la cita indispensable, porque él lo tenía catalogado en un "Manual de patología". El abogado, más o menos leguleyo y enredista, el procurador ave negra, en fin, la serie interminable de los que cayeron bajo la agudeza mortificante de su pluma y toda esa legión enorme de gente "buena" con que nos encontramos diariamente, que vive tributando culto a los prejuicios más groseros y ridículos, no podía ser amiga de Álvarez, y hoy han de prendérsele a su nombre y a sus obras con mal disimulada saña.
Cosas, hombres, costumbres, hábitos, rutinas, prejuicios, taras hereditarias, sedimentos sociales, todo lo enfoca bajo el haz luminoso de su linterna este espíritu ansioso de saber y de bien.
Hurga, remueve, corta lo enfermo, lo malo, con su bisturí implacable. Todo cae bajo la disección y el análisis. Al par del diagnóstico de la enfermedad expresará el remedio para la cura, aunque sea el cauterio aquí o la amputación allí.
Su humorismo provinciano se desata en el sarcasmo, en la ligera y apenas perceptible sonrisa burlona—que me la imagino distendiendo constantemente la comisura de sus labios—; en la crítica mordaz y fina de los sectarismos sociales, de los órganos petrificados que pugnan por abatir el espíritu de observación y experimentación del positivismo científico, sin verdades reveladas ni verdades inmutables; teniendo siempre la frase adecuada, la cita oportuna, el decir cáustico para todas estas cosas tan feas y tan nuestras.
* * *
Pero lo que más hace resaltar el valor de su obra con acentuados relieves, es que toda ella, como él mismo, fue el producto del esfuerzo propio. Muchacho huérfano, conoció tempranamente el dolor de la vida, es decir, tuvo que ser prematuramente hombre; mas eso no apagará la sed de perfección de su espíritu, el ansia fervorosa de saber, ni amainará el temperamento brioso y decidido. Vino a Buenos Aires, la suspirada Buenos Aires, ciudad deslumbradora y áurea, escenario indispensable a todas las consagraciones, no sin antes haber dado pruebas de su carácter enérgico encabezando una revuelta estudiantil en el colegio nacional de Mendoza, donde cursó estudios secundarios.
Así, pues, sin oro en las talegas, pero con un gran valor para la lucha, llegó a Cosmópolis, a luchar brazo a brazo con la vida. Se formó solo en el estudio y el trabajo, sin directores mentales, sin guías, sin tutores de su inteligencia—la peor calamidad—siguiendo sus vocaciones unas veces, impulsado por las necesidades otras, hasta encontrar la definitiva orientación de su espíritu, a más de la mitad de su existencia, siguiendo luego por ese camino de progreso hasta su muerte.
Esta condición de ser el producto de su trabajo, de no deber nada de sus prestigios y de sus méritos conquistados a nadie, será más tarde motivo de su orgullo, un orgullo legítimo, por cierto, que él expresará repetidas veces al decir de sus biógrafos en pertinente y expresivo idioma inglés: "self made man".
La vocación de los grandes caracteres suele ser el apostolado de una idea—ha dicho un escritor contemporáneo[4], a propósito de nuestro dilecto pensador—y Álvarez tenía todas las características del apóstol: la fe inquebrantable que lo hace persistir en su lucha tenaz en un ambiente hostil, puesta la mirada visionaria hacia un ideal humanitario, de perfección social, de vida bella y mejor para todos por la difusión cultural, pues entendía que la educación forma una segunda naturaleza, creyendo "poder cambiar, por medio de la escuela, un pueblo de bellacos en un pueblo de gentes de bien y una tierra de miserias y maldiciones, en tierra de prosperidades y bendiciones"[5]. Esa es la calurosa pasión que se descubre a través de su crítica social en sus múltiples facetas, aunque ella se dirija más a la razón que al sentimiento, prefiera el cerebro al corazón y busque la reflexión serena más que la efectividad fácilmente impresionable. Por último, esa sencillez en el escritor, despreocupación en el hombre, proverbialmente suya, que consiste en el olvido de la propia persona para consagrarse a los otros, al culto de una idea o ideal que suele ser siempre una obsesión constante en los predestinados.
El hombre, su vida entera, su espíritu templado en la adversidad y los reveses, se refleja en su obra de escritor; tan clara, tan nítida es la imagen, que nunca es más exacto aquello del estilo y el hombre. "Y tanto se refleja en el libro la personalidad de su autor—dice Alicia Moreau—que al leerlo parece que surgiera de entre las páginas aquella su original silueta, sencilla y modesta sin afectación, el gesto sobrio y ameno, la mirada serena, la sonrisa de bondad finamente matizada de ironía; el autor está en su obra tanto como la obra en su autor, pues nunca un hombre fue más autorizado para hablar de moral a sus prójimos"[6].
En vano buscaríamos en Agustín Álvarez esa unidad, esa consecuencia espiritual, que tienen a menudo otros escritores y pensadores, entre su juventud y la plena madurez. No existió en él. La vida lo obligó como a tantos otros a seguir orientaciones, que acaso no fueran las predilectas a su temperamento, y así lo vemos cambiar a menudo de rumbos. Múltiples actividades distraen y preocupan su existencia. Militar primero—y esto es lo más asombroso tratándose de Álvarez,—abogado, periodista, juez, escritor, diputado, profesor universitario después.
Pero no será perdido en vano el tiempo transcurrido en los diversos campos de su actividad; irá acumulando datos, notas diversas, amontonando observaciones, haciendo aprendizaje en la naturaleza de los hombres y las cosas, en las costumbres y hábitos; palpando errores, deformaciones, vicios ancestrales, acaso siempre con esa sonrisa de hombre bueno, "matizada de ironía", que le servirán para su ulterior labor crítica y consultiva de escritor costumbrista y de filósofo moralista. Eso mismo lo hará abominar de todo el pasado hispano-colonial, sintiendo por él un santo horror, a igual de otros grandes pensadores nuestros: Sarmiento y Alberdi; pasado que ha moldeado ese tipo de individuos y de sociedades, resignados hasta el fatalismo, supersticiosos, fanáticos y perezosos, como una consecuencia del pésimo régimen político, del feudalismo de la tierra unido al detestable régimen económico y, sobre todo, como un producto de la morfina absorbida por siglos de cristianismo que en su afán de cultivar el alma para la otra vida ha descuidado ésta "flaca vida terrenal", formando así sociedades reacias a la higiene, a la cultura y al trabajo, poco aptas para la civilización y el progreso técnico. Con su moral de renunciamiento, de dolor y amargura, depresiva de la personalidad, que él combatirá tenazmente sabiendo cuán hondas son sus raíces y cuán esparcidas están, como fervoroso de la ciencia que era, sin ser propiamente un hombre de ciencia. Por eso procurará trazar las bases de un nuevo mundo moral, fundamentado en el culto de la vida, de la belleza y de la libertad interna y externa, mediante la educación del individuo en la virtud y libertad que da la sabiduría. Por eso también será un europeísta, coincidiendo en esto, como en su pasión por la educación popular, otra vez con Sarmiento, pues sobre todo era un apasionado del tipo anglo-sajón. Se esforzará por mejorar el individuo trabajando en la levadura criolla, según el modelo del norte, entendiendo así mejorar la colectividad. Lleno de un sano optimismo, confiaba en el futuro, labrando la dura argamasa sin temor de romperse las manos.
Trabajaba para el porvenir, generoso y desinteresado, confiando en él, entendiendo que "todos los ideales del presente pueden ser realizados en el porvenir como están excedidos en el presente todos los sueños del pasado".
* * *
No hacemos aquí un estudio crítico. Esbozamos simplemente, sin mayor pretensión, la obra junto al hombre. Eticista a la manera de Emerson,—con quien se le ha encontrado tanto parecido—aunque no es tan exacta la semejanza, será el Emerson del sur, más propiamente, el Emerson argentino.
Su obra seria de escritor no comienza hasta los treinta y siete años de su vida, con "South America", seguido de otros volúmenes que guardan una acentuada unidad de tendencias; "Manual de patología política", que será llamado primero "Manual de imbecilidades argentinas", cambiando más tarde el nombre y el contenido con algunos agregados; irán apareciendo luego otros libros más: "Ensayo sobre Educación", ¿A dónde vamos?"; hasta rematar, sereno y profundo el escritor, con "Transformación de las razas en América", "Historia de las instituciones libres" y "La creación del mundo moral".
Por la virtuosidad de sus ideales y la austeridad de su vida de varón tranquilo y fuerte que "iba armado con aquel invulnerable escudo de la bondad y de la justicia que permitía a M. Bergeret recoger la piedra que una multitud enfurecida le arrojaba porque se había atrevido a decir la verdad y murmurar sonriente: es un argumento cuadrangular", podemos considerarlo como el tipo ideal del ciudadano—que dijera de Alberdi, Jaurés,—en la más honrosa expresión del término y maestro del pueblo también, ya que no pasó su vida como tantos escritores de serrallo—lejos de la vida colectiva y de su época—tejiendo filigranas y arabescos, sino que dedicola en sus últimos y laboriosos años a instruir al pueblo y la juventud, desde la cátedra, con libros, folletos, conferencias públicas, para libertarlo de los dogmas religiosos y de prejuicios y rutinas de toda índole, después de haberse libertado a sí mismo por la sabiduría; y porque es un alto exponente de energía, de labor, de esfuerzo propio, es digno de presentarse como un modelo, a los jóvenes y a los hombres de trabajo que luchan en la pobreza por mejorarse día a día, llevando prendido al alma un sano y noble ideal.
III.—El escritor
Tenía el estilo sencillo, fácil y claro sin la rebuscada erudición de los que quieren deslumbrar más que enseñar. Ello no significa que no hubiera erudición en sus libros: la hay, y de buena ley, pues que era un infatigable estudioso, un apasionado de la ciencia, gustando a menudo fundamentar en ella sus aseveraciones. Ni aparatoso, ni solemne, a pesar de estar llenos sus libros de sanas y saludables máximas morales que trasuntaban su anhelo de justicia y de bien, preocupación constante de su vida de escritor.
A veces tórnase picaresco, malicioso, agudo, para zaherir el vicio, el prejuicio o la rutina. Es siempre pintoresco, bueno, lleno de sana alegría, como si se hubiera propuesto curar la melancolía ingénita de nuestro pueblo, imbuido de tristeza romántica.
Dijérase que la forma le preocupaba bien poco. Llenos están sus libros de desaliño—sobre todo los primeros, en que hasta la gramática se resiente—en un cierto agradable desgaire. Álvarez no es un estilista. Podríase afirmar—como se dijo de Sarmiento—que escribe en mangas de camisa. No importa que la palabra no suene bien, que la frase sea un lugar común, con tal que aquélla o ésta expresen con exactitud el concepto y se comprenda bien su significado.
No hará literatura vana de hojarasca y ampulosidad; no escribirá ni una página en que haya el rebuscamiento alambicado de la locución, el refinamiento esmerado de la forma, que degenera a menudo en un verbalismo odioso, en que tanta gente de letras malgasta su tiempo. No hará jamás ni una filigrana, ni un arabesco. A él le interesan las ideas, los conceptos como expresión de verdades. Irá al fondo del problema o la cuestión, y lo tratará con claridad y conocimiento. Sin que ello importe que no guste de la belleza, como que campean en sus libros imágenes hermosas como novias garridas y apuestas, pues que no desdeña unir a la línea severa de la idea la curva elegante y armoniosa del arte.
Pero siempre familiar e irónico. Esta última condición le viene de su fuerte cepa nativa; es la socarronería del criollo que el hombre culto ha perfeccionado y pulido.
Se le ha criticado, y con razón, que no tenía el dominio de la síntesis artística de la prosa. Se repite a cada momento; da vueltas y rodeos sobre un mismo tema. En tal sentido puede decirse que escribió muchas páginas inútiles; pero no es esto aceptar aquella imputación de mal gusto e inoportunidad que le echaron al rostro por haber dado demasiada importancia a la cuestión religiosa. Ella la tiene, sin duda, para preocupar a escritores y pensadores, y Álvarez estuvo en lo cierto; ya nos ocuparemos luego de ello.
Hay algo, sobre todo en el escritor y en el hombre, que lo hacen inconfundible, único: es su valentía moral. Conocer la verdad, es ya, por cierto, un mérito. Decirla sin reticencias ni eufemismos es de suyo admirable. Pero vivirla, uniendo la idea al hecho, la teoría a la práctica, la prédica a la acción es, a no dudarlo, una heroicidad. Exponer sus prestigios, sus méritos, su porvenir entero es el heroísmo moderno más alto y más noble.
Tocole vivir una época de bizantinismo desenfrenado, en que la corrupción lo invadía todo y los valores morales se cotizaban en moneda nacional. Un pueblo de caballeros en que no abundaba la hombría de bien, es decir, un pueblo de respetables ladrones. El ditirambo, el panegírico, la sumisión incondicional al potentado fue un medio de alcanzar posiciones, de conquistar rangos y de labrar fortuna. Su espíritu selecto chocó con el sensualismo ambiente de pillos y vividores y lo marcó con su pluma de fuego.
Por ser el "arquetipo del sentido común o medianía intelectual"—se ha insinuado por allí—"pudo sostener con su vida, el ejemplo de las teorías caras a su estrecha visión". Acúsasele pues, de carencia de amplitud de espíritu, de falta de comprensión. Contestaremos con estas sabrosas líneas de don Miguel de Unamuno:
"Y me moriré repitiendo que la falta de austeridad no es sino falta de inteligencia y que no es sino tontería, pura tontería, tontería de remate lo que atrae a esa gentuza del buen tono a los centros del lujo y del vicio. No siendo el vicio de pensar todos los demás arrancan de deficiencias mentales. Y claro está que no llamo vicio a las pasiones, a las fuertes pasiones, a las pasiones trágicas. Llamo vicio a la vaciedad de los espíritus que se tienen por refinados"[7].
* * *
Álvarez fue ante todo y sobre todo un autodidacta. Como todo estudioso tenía por costumbre—dice uno de sus biógrafos—hacer acotaciones marginales a las obras leídas, subrayando los párrafos que le interesaban y anotando en las primeras hojas del libro leído el número de las que servirán a sus ulteriores consultas. Además, valíase de cuadernos en que hacía extractos, notas, agrupaba observaciones, prontas para ser utilizadas en sus escritos. Quedan todavía muchos de ellos sin haber llenado su objeto—según confesión de un vástago de aquella noble cepa tutora—a causa de la muerte prematura.
Su obra se reciente de método. El trajín de la lucha cotidiana le impidió el reposo y la serenidad, tan necesarias a las especulaciones del espíritu.
Su paso por la vida militar, por el periodismo, por los tribunales, ya como abogado o magistrado, su incursión por el campo de la política, su dedicación a la labor educacional como profesor de la enseñanza militar, secundaria y universitaria; su actuación como miembro de numerosas instituciones científicas o culturales, o ya en numerosos congresos científicos de diversa índole, nacionales o internacionales; su actuación de funcionario de la nación o provincia; todo ello le impidió hacer su obra metódica y serenamente, en la especialización. Así en ese afanoso bregar diario por todos los senderos fue construyendo con admirable persistencia y energía no común. ¡Asombra el imaginar lo que hubiera dado este cerebro bellamente constituido si la fortuna le hubiese sido propicia y hubiera podido dedicarse por completo al estudio, sin las preocupaciones materiales que son como el grillete para el intelectual!
Caracteriza singularmente sus primeros libros la copiosidad en las citas. Sus enormes lecturas enciclopédicas las va volcando allí; junto a la observación personal de hombres, hechos y cosas que el espectador diestro descubre al solo golpe de vista, irá la cláusula pertinente del autor nacional o extranjero con quien hermana o coincide, acompañada de una sabrosa acotación suya. O bien será la anécdota, el cuento, el hecho histórico, el proverbio criollo traído a cuenta para satirizarlo y deducir sus consecuencias lógicas. Así han sido escritos sus primeros libros, sobre todo "South America", "Manual de patología política" y "Ensayo sobre Educación".
IV.—La cuestión religiosa
La cuestión religiosa ha preocupado constantemente a Álvarez. Estuvo repicando con sin igual persistencia sobre ello; exhortando a sus conciudadanos al estudio de la ciencia, que ponía frente a frente del precepto religioso. Fue "un San Pablo del liberalismo", ha dicho Joaquín V. González con sobrado acierto. Se le ha reprochado y repróchasele como un rasgo de mal gusto esa insistencia; mas, Álvarez estaba en lo cierto. En nuestro país la religión toma formas curiosísimas; se infiltra por todos los rincones de la vida social: en la escuela, en el hogar, en el gobierno, en la administración, en la ley. Y atisba con ojo avizor el momento propicio para reconquistar la posición perdida.
Afírmase a menudo que la cuestión religiosa no es de actualidad, que ella ha sido resuelta en nuestro país, que en el mundo ya no se discute. Nada más falso ni antojadizo que esta aseveración. La cuestión religiosa es de actualidad en el mundo hoy más que nunca, y se habla por ahí de un renacimiento místico o religioso en la humanidad... Pero lo innegable es que la guerra ha puesto en discusión las viejas normas éticas que rigen la humanidad actual, y, en primer plano, las normas religiosas.
En nuestro país el problema religioso es de actualidad, de Sarmiento a esta parte, sobre todo, en su faz práctica. El registro civil con el matrimonio civil, y la ley laica de educación, son conquistas del espíritu laico sobre el poder religioso. Todo hace suponer que la lucha—que ruge sordamente en los distintos grupos sociales—entre el precepto religioso y los ideales laicos ha de acentuarse cada vez más.
Ni siquiera, pues, puede con justicia tachársele a Álvarez de inactual. A propósito de esto, se le acusa de "materialista", de haber formado opinión en lecturas extremadamente de esa índole—las "únicas" fuentes de su cultura, dice un crítico—con criterio viejo, atrasado, y que vio a través de este prisma el problema religioso.
Creemos que Ingenieros ha contestado esa inculpación de una manera definitiva: "Nada hay en efecto—dice—más falso que la pretendida identidad de la superstición con el idealismo, no hay nada más torpe que sugerir al vulgo que todos los moralistas laicos son "materialistas" y carecen de ideales", y luego agrega: "Nada hay moralmente más materialista que las prácticas externas de todos los cultos conocidos y el aforo escrupuloso con que establecen sus tarifas para interceder ante la divinidad; nada más idealista que practicar la virtud y predicar la verdad como hicieron los más de los filósofos que murieron en la hoguera acusados de herejía. En este sentido moral—y no cabe otro para apreciar un sembrador de ideales—Agustín Álvarez fue idealista toda su vida, no adhiriendo jamás al materialismo de ninguna religión conocida"[8].
V.—El educador
Álvarez fue un maestro en el amplio sentido de la palabra. Su temperamento de educador y su vocación por la enseñanza se manifestó en múltiples formas. Puede decirse que fue en él una preocupación constante.
En la cátedra universitaria enseñaba—dicen sus alumnos—con verdadero fervor. En la conferencia pública, en el folleto y el libro pone esa misma unción pedagógica.
"Nuestra enfermedad es la ignorancia; su causa el fanatismo"—escribe—. "El remedio es la escuela; el médico es el maestro". Advierte que la América vive encendiendo "velas a los santos para que vean a quienes deben hacer milagros, y no enciende luces en la inteligencia de los niños para alumbrar el camino de la existencia". Confía en la escuela como el remedio de todos nuestros males; pero la escuela que da la educación científica, basada en la observación de la naturaleza, la educación laica, pues la escuela, en su buen entender, debe educar para la libertad y el trabajo y no para la sumisión y el abandono. De su preocupación sobre la materia hablan bien claro las sustanciosas páginas que dejó al morir.
De su "Ensayo sobre educación", aparecido en momentos de mayor confusión de planes y programas, ha dicho Máximo Victoria: "El campanero de estos tres repiques llamaba a misa mayor cuando los escribió".
Arturo E. de la Mota.
LA EVOLUCIÓN DEL ESPÍRITU HUMANO
LA MADRE DE LOS BORREGOS
La necesidad específica del entendimiento es la explicación, como la necesidad específica del estómago es el alimento. El hambre y la curiosidad son, pues, los dos factores primitivos y fundamentales del ser humano: el uno para asegurar el crecimiento físico, el otro para asegurar el crecimiento mental, igualmente necesario para la conservación del individuo y de la especie.
Sin alas, sin cola, sin trompa, sin garras, sin colmillos, sin veneno, sin púas, sin cuernos, sin caparazón, sin agilidad, sólo por la inteligencia podía el hombre sobreponerse a las demás especies animales en la lucha por la vida; pero, en cambio, la inteligencia era de suyo un arma o un poder susceptible de desarrollarse indefinidamente, de levantarse más alto que los pájaros y de caer más bajo que los reptiles.
Es necesario obrar para vivir, y es necesario saber para obrar. Saber al derecho o al revés, saber bien o saber mal, da lo mismo para determinarse a la acción o la inacción y conducirse en ellas, y sólo es diferente para el resultado.
Para orientarse en el mundo, más allá del hábito heredado en el instinto, es necesario tener un concepto, una idea, una explicación del mundo, muy burda en un principio, y de más en más elaborada después, porque solamente las explicaciones burdas pueden satisfacer a los entendimientos burdos, y solamente las explicaciones refinadas pueden satisfacer a los espíritus refinados.
Así, para la credulidad fundamental del niño, del salvaje y del ignorante, las explicaciones son tanto más creíbles cuanto son más disparatadas, más extraordinarias, más fantásticas, que es decir, más atrayentes, más impresionantes sobre la imaginación predominante en ellos.
Los sistemas de explicación del universo, las creencias a priori sobre lo desconocido, eran tan necesarias al hombre para rumbear y desempeñarse en la maraña de bienes y de males en que se desenvuelve la vida, como las sendas y los caminos para transitar sobre el suelo, y en ambos terrenos el ensanche del tráfico tenía que producir necesariamente el ensanche de la vía.
Descubrir el modo y la razón de ser propias de los hechos y de las cosas era imposible. Imaginárselos, era fácil e inevitable, pues cercados en todas direcciones por el misterio, urgidos por la necesidad de saber para obrar y aguijoneados por la curiosidad de saber para saber, los hombres tenían que recurrir fatalmente a la cavilación para descifrar los enigmas del universo y de la vida, a fin de orientarse en el mundo y en la vida, y la loca de la casa tuvo que ser la encargada de amueblar y pertrechar la casa.
Para los primeros hombres, el antecedente conocido de sus acciones, el porqué de sus actos, fue ese misterio interior que llamamos la voluntad, y en función de este primer factor de los hechos propios se explicaron, naturalmente, los hechos ajenos como efectos de otras voluntades en las otras personas, en los animales y en las cosas, como el niño que se enoja con los juguetes indóciles a sus caprichos y los rompe, porque los cree culpables, que es decir, voluntarios; como los baqueanos de la cordillera que creen que la montaña desconoce a los forasteros y desencadena en seguida la tormenta para manifestar su disgusto; como los napolitanos supersticiosos que creen que las diligencias no gustan de los curas y se vuelcan de rabia cuando va alguno entre los pasajeros.
Tomando esta primera cosa conocida—el yo—como base o punto de referencia para la explicación de las demás cosas, el hombre llegó necesariamente a la personificación de todas las cosas del mundo real, desde luego, y a la de todas las del mundo imaginario después, suplicando en un principio directamente al sol para que enviase la luz y el calor y evitase los nublados y los eclipses, y después a Horo, a Dionisios, a Febo Apollo, a Jehová, a Dios, a San Antonio o a San Francisco.
Empezando por suponer una voluntad dentro o detrás de las cosas para explicarse las particularidades de las cosas, el hombre llegó, por refinamientos sucesivos, a imaginarse los poderes invisibles como productores de los hechos incomprensibles, encarnándolos después en los fetiches para rendirles miedo, vale decir, culto.
Y una vez concebidos los factores imaginarios de los hechos y de las cosas, sobrevino la necesidad de influir sobre aquéllos, para influir sobre éstas, y el hechicero—embrión del obispo—tomó a su cargo en la tribu la provechosa función de espantar a los malos espíritus para sanar a los enfermos.
La necesidad trae la función y el funcionario trae el procedimiento. La necesidad de actuar sobre los poderes invisibles trajo al mago y el mago trajo la magia, hechicería en segundo grado, bifurcada ya en dos ramas o especialidades en el judaísmo y en el paganismo, la una para apaciguar a los poderes imaginarios irritados o propiciarlos por medio de sacrificios, laudatorias y genuflexiones, pues "la sangre y los sufrimientos de los humanos eran el néctar de los dioses"; la otra para pronosticar o predecir sus determinaciones, interpretando, según el método de los profetas, las visiones de la imaginación exaltada por el ayuno y la soledad, en el judaísmo, o los sueños y los presagios, según el método de las pitonisas y los augures en el paganismo.
Entretanto, al lado de las viejas mitologías y liturgias perfeccionadas, surgen la filosofía y la literatura griegas, que, disminuyendo la candidez humana, quebrantan primeramente el prestigio de los adivinadores del porvenir, y luego la eficacia misma de las teogonías corrientes para responder satisfactoriamente a la curiosidad humana ensanchada en el mundo greco-latino. Y el hombre necesita, entonces, en las costas del Mediterráneo, una nueva explicación de los hechos y de las cosas, del mundo, y se la proporciona el supernaturalismo cristiano, con los dos testamentos como nueva teoría de los hechos y de las cosas, y con los sacramentos—hechicería en tercer grado—como nuevo vehículo de comunicación entre los seres humanos que sufren los accidentes de la vida y los acontecimientos del universo, y los seres sobrehumanos que los producen, suspenden o cambian a su arbitrio.
En el Oriente quedaron los astrólogos para investigar el porvenir interrogando a los astros, y los nigromantes para conocer las cosas ocultas por las ciencias ocultas; en el Occidente, los exorcistas para expulsar los demonios del cuerpo de los poseídos, y los beatos para inducir a los muertos a producir bienes y evitar males para los vivos.
Aunque muy lentamente, porque la Iglesia, prohibiendo la duda y la curiosidad para preservar sus dogmas, ha mellado los aguijones que empujan a los hombres a buscar, investigar y averiguar para saber, el entendimiento humano ha seguido creciendo siempre en amplitud y en complejidad, con disminución consecutiva y paralela del miedo a las brujas, duendes, diablos y basiliscos, y el último traje o catecismo de terrores y esperanzas imaginarias, confeccionado con las revelaciones de los profetas y de los apóstoles, llega, también, a quedarle estrecho.
El exorcismo, que había hecho víctimas a millares de millares, quemando herejes, embrujados y endemoniados,—histéricos, locos y sabios,—no pudo sostenerse ante la inteligencia humana llegada a más, y cayó el primero, definitivamente, en la aurora del siglo XIX.
En un principio, la Iglesia, por entonces omnipotente, luchando contra la incredulidad naciente, consigue mantener la integridad de su explicación-credo, destruyendo o aplastando a los que, desde el Renacimiento, empiezan a excederla en capacidad mental, pero éstos siguen brotando en todas partes y en tal progresión que la guerra, la excomunión, el tormento y la hoguera, funcionando en el máximum, no bastan, al fin, para extirparlos, y a su turno, ella también empieza a batirse en retirada, ante la marea creciente de los curiosos insatisfechos con la última explicación de lo natural por lo sobrenatural.
Porque la alquimia ha venido abriendo el camino a la física y a la química, han renacido la filosofía, la literatura y el arte, y el entendimiento humano, de nuevo en camino, empieza a repugnar los milagros de los muertos y los extravíos histéricos de los profetas y de los doctores de la Iglesia, en que siguen comulgando los pobres de espíritu.
Una nueva explicación del mundo empieza a ser necesaria para las inteligencias abiertas de la Europa y de la América, y la inician en el último siglo las ciencias positivas, prescindiendo del origen incognoscible de las cosas para explicar los hechos naturales por sus causas naturales; abandonando el porqué se producen, que hasta aquí ha separado a los hombres en fieles e infieles, enconados y enfurecidos recíprocamente sobre su diferente explicación a priori de los misterios del universo, para contraerse a investigar el cómo se producen, que siendo uno mismo para todos los observadores, constituye un capital común para los hombres de todas las razas, de todos los colores, los lugares y los climas, un vínculo de acercamiento recíproco para beneficio mutuo.
Y sin un sacerdocio desligado de la familia y de la patria y consagrado exclusivamente a propagarlo y explotarlo, sin órdenes de caballería y de predicadores a su servicio, sin jesuítas combatientes a sus flancos, sin misioneros que la difundan, sin un pontífice a su frente, sin déspotas que la impongan por la fuerza, la última explicación del universo y de la vida se ensancha, difunde y extiende espontáneamente, no sobre el filo del sable, como las religiones medioevales, sino en alas del libro y del periódico, enrolando por su propia superioridad intrínseca a todos los hombres y las mujeres, a medida que superan el nivel intelectual del pasado que produjo las supersticiones oficiales de las religiones oficiales, pues del mismo modo que el fetichismo católico, v. gr., resulta inadecuado para las tribus de negros de África, porque les queda demasiado grande para su entendimiento demasiado estrecho todavía, resulta, también, inadecuado para las inteligencias desenvueltas de la Europa y de la América porque les queda demasiado chico y demasiado mezquino.
De la crasa ignorancia a la más grosera superstición, y, ayudando la benignidad del clima y la fertilidad del suelo en las regiones privilegiadas, de una en otra superstición hasta la más alta, de la más alta a la ciencia; del credo obligatorio al libre pensamiento, de la verdad revelada a la verdad demostrada; de la magia religiosa a la mecánica racional; de las palmas benditas al pararrayo; del milagro al vapor, al ferrocarril, al telégrafo, al teléfono; de la rogativa a la cirugía y los sueros; de la censura eclesiástica a la libertad de la prensa; de "la santa ignorancia" a la instrucción obligatoria, tal ha sido la marcha ascendente del espíritu humano, impelido por la necesidad de conocer el porqué de las cosas para conducirse enfrente de las cosas.
Cuestión de millares o de centenares de siglos para subir los primeros escalones de la evolución, de decenas solamente para los últimos, ha llegado a ser, bajo el impulso de la instrucción pública liberal, cuestión de sólo docenas de años para alcanzar aumentos apreciables de capacidad mental en el individuo y en la comunidad.
Pues, según leyes sicofisiológicas conocidas, el órgano que se ejercita se desarrolla, y alguna parte de esto o la aptitud para reproducirlo, se transmite, también, grosso modo, a la descendencia, por manera que, una vez así levantado por los hombres superiores y los medianos de una época el nivel moral o intelectual de la subsiguiente, los de ésta, emergiendo para su respectiva carrera desde una plataforma o base más alta, llegan más lejos con el mismo caudal o impulso, que es lo que explica el hecho notorio de que los hombres medianos y los superiores de Francia, por ejemplo, tomados en conjunto, valgan muchas veces más que los de España, en la misma pretendida raza latina, o los de la Argentina—que tuvo un Rivadavia, un Mitre y un Sarmiento,—mucho más que los de Bolivia, que ha tenido muchos obispos y ningún educador, en la misma América del Sud y del Papa; lo que explica que un Voltaire, un Michelet, un Renan, un Taine, un France, siendo un hecho natural en Francia, serían un caso prodigioso en España, absolutamente imposible en Marruecos.
Ahora, la superstición, que no es más que un conocimiento falso de las cosas, es una forma de actividad de la mente—muy pobre, sin duda, pero "más vale algo que nada"—y de acuerdo con las leyes precitadas, la mente desarrollada por las primeras supersticiones, cuán lentamente lo fuera, creció, al fin, en alguna parte, lo bastante para excederlas, haciendo necesarias las segundas, después las terceras, y así sucesivamente, hasta culminar el género en el paganismo, el budismo, el judaísmo, el cristianismo y el mahometismo, que rematan la edad de la imaginación.
Pobremente alimentada con patrañas, mitos y leyendas, la inteligencia humana ha crecido, al fin, lo bastante para necesitar alimentos más consistentes, explicaciones menos fantásticas y más positivas de los hechos y de las cosas del mundo, y se inicia, entonces, la edad de la razón, con el dominio progresivo del hombre sobre las fuerzas de la naturaleza, conquistadas con los métodos positivos de investigación.
Como los hombres mismos, como los animales todos, que al término de su limitada carrera pasan a ser carga y estorbo, cartas de más en la baraja de la vida universal, que no puede conservar su perpetua juventud sino por la renovación perpetua, las creencias que se prolongan más allá de su radio de eficacia, acaban, como las uñas desmesuradamente alargadas de los aristócratas siameses, por embarazar y estrechar la existencia, debiendo ser, entonces, barridas por el olvido y la muerte bienhechores, para dar lugar a nuevas entidades, a nuevas formas del movimiento perpetuo de la materia. La evolución de las creencias ha sido paralela con la del entendimiento, y los dioses, los semidioses y las semidiosas actuales descienden de los fetiches prehistóricos, como el hombre contemporáneo desciende del hombre de las cavernas.
El empeño de mantener en pie lo que ha madurado para caer y desaparecer, se paga irremisiblemente en pérdida de vida nueva, y podría decirse que la mortalidad prematura de los hombres por intolerancia, imbecilidad remanente, ignorancia, miseria, suciedad, indolencia, pesimismo, etc., etcétera, está en los diferentes países en razón directa de la antigüedad y de la inmovilidad de sus respectivas creencias sobre el universo y la vida, que les impiden llegar sucesivamente a mejores procedimientos de disminuir el mal y aumentar el bien. Basta recordar que la peste humana, que puede ser detenida con sólo matar ratones desde que se ha encontrado su bacilo, aniquiló la cuarta parte de la población de la Europa, cuando las epidemias eran combatidas con rogativas y procesiones, en el siglo XIV.
Las creencias son así un producto fatalmente pasajero del entendimiento humano en crecimiento incesante desde que se puso en marcha huyendo del mal y buscando el bien. Todo lo que ha sido materia de los terrores y de las esperanzas de los hombres en una época o en un estado de la evolución progresiva de la humanidad civilizada, ha perdido su valor en las subsiguientes. En el árbol de la vida síquica, las hojas envejecen también, se secan, se caen y son reemplazadas por otras en la subsiguiente primavera del espíritu. En la inmensidad del tiempo, toda teoría de la vida es como la paja que lleva el viento, como el árbol que crece en el suelo y que no puede instituirse por sí mismo en ejemplar único y definitivo del reino vegetal sobre la tierra.
EL MENSAJE DE LA ESFINGE
El primer rompecabezas en que se estrellaron los primeros caviladores ansiosos de saber misterios interrogando a la Esfinge, fue, sin duda, el fenómeno siempre imponente y universal de la muerte. Y una vez asomados al "agujero de sombra", y puestos a resolver el insoluble enigma, el deseo de ser y la imposibilidad de pensarse no siendo, les llevaron fatalmente a imaginarse una continuación ulterior de la vida.
Y aquí fue Troya, pues la emigración de los habitantes de las tumbas y la invasión del mundo de los vivos por los muertos, que se enseñoreaban de todas las cosas y de todas las gentes, esparciendo sobre los dominios de la vida las fatídicas tinieblas del reino de la nada, empezó entonces, y no ha concluido aún, sino para una feliz minoría de afortunados que ha conseguido ya escapar a la incontrarrestable tiranía de los potentados de la eternidad y a la abrumadora carga de sus representantes en la actualidad.
El hombre también había sacado un mundo de la nada, mejor dicho, una trinidad de mundos fantásticos, lamentablemente absurdos, inicuos, atroces, con un desván o entresuelo complementario para los cretinos y los recién nacidos: el mundo de los eternamente felices, el de los temporalmente desgraciados y el de los eternamente felices, mundos de muertos resucitados que se convierten en señores invisibles, intangibles, ubicuos y omnipotentes para el bien y el mal de los vivos, en dioses, semidioses, ángeles, demonios, penitentes y condenados en reclusión o en ambulación.
Desde luego, los hombres que siguen viviendo después de muertos siguen siendo capaces de hacer bienes y males—pues esto es la característica de la vida—y estando ya fuera del alcance de los medios defensivos y represivos, no quedaba más remedio inmediato que encerrarlos bajo la tierra, clavados por el centro del pecho con una sólida estaca o asegurados con una piedra pesada sobre la fosa, para que no pudieran salir a molestar a los vivos con sus rencores insaciados o sus venganzas pendientes, que fue el lejano origen de los mausoleos modernos, según Grant Allen, o, finalmente, enterrarlos "en sagrado" y hartarlos de responsos, misas, novenas y rosarios, para que el ánima del muerto no salga en fantasma errante a penar por este mundo, hambrienta de oraciones de sus deudos, amigos y conocidos, para conseguir indulgencias en el otro.
Pero los que no eran enterrados quedaban sueltos, y todas las precauciones posibles eran naturalmente ineficaces para sujetar a los ultrapoderosos, que resucitaban quand même, y removiendo las losas salían de su sepulcro, y subían al empíreo o descendían al infierno, desde donde llegaban a ser más poderosos aún, y más caprichosos, rencorosos y vengativos todavía. Y del temor póstumo a los fuertes, supuestos coexistiendo con los débiles en una forma o manera aún más irresistible y peligrosa para éstos, nació el culto de los dominadores muertos, y el carácter sagrado de sus descendientes directos, considerados naturalmente como intermediarios más eficaces para suplicarles auxilio y favores en los trances difíciles.
Así el primer jefe hereditario en el grupo humano primitivo es al mismo tiempo sacerdote y rey, y entra en su reinado póstumo con prestigios dobles. Desde aquí arranca el derecho divino, que queda anexo a cada una de las dos funciones, cuando más adelante se separan, por las exigencias de la división del trabajo.
Y como estos dioses rudimentarios eran temidos en la proporción en que habían sido poderosos y temibles en vida, los caudillos sobresalientes deslucían a los comunes en la imaginación de los sobrevivientes, como el sol a las estrellas durante el día, relegándolos a subdioses, y magnificados aquéllos después por la leyenda, vinieron a ser dioses locales o tribales, dioses nacionales más tarde, con el triunfo de su tribu sobre otras tribus, dioses universales, finalmente, y por el mismo proceso de abultamiento fantástico que en la antigüedad griega levantaba la reputación de poder sobrenatural de una estatua particular de Júpiter, de Venus o de Minerva, sobre todas las restantes, y que en la actualidad católica y cismática destaca la reputación milagrosa de una entre los millares de imágenes o de estatuas de la Virgen o de los santos, sobre todas las de un país, como sucede con la de San Nicolás de Rusia, o con la de Luján entre nosotros, o sobre la de todos los países como ocurre con la de Lourdes en Francia.
Rudimentaria y confusa en los primeros engendros, esta segunda existencia del hombre se define y precisa en la imaginación, con el andar del tiempo y de la imaginación, hasta adquirir contornos completamente definidos, y, en ciertos momentos de la historia, aun más definidos y precisos que los de la vida real, aunque participando siempre de sus caracteres, pues el ideal es una destilación de la realidad en ficciones; el hombre no puede escapar de sí mismo, y cuando ha concebido a Dios con los materiales al alcance de su fantasía, resulta no haber hecho más que una transfiguración de sí mismo, una personificación de fuerza, de poder, de voluntad, de inteligencia sublimadas.
Así, poco a poco, vino organizándose la concepción de una voluntad previa, como antecedente del mundo real y un mundo imaginario para la vida imaginaria, con su correspondiente regidor y juez supremo, con su corte celestial y sus gehennas y su portero perpetuo, y, poseídos de incurable terror ante el factor universal de la vida y la muerte, de las plagas, las pestes, los terremotos y las tempestades, los hacedores de dioses no volvieron a tenerlas todas consigo, ni aun cuando discurrieron apaciguarlos con sacrificios humanos en un principio, principalmente primogénitos, niños inocentes y doncellas, y finalmente con el sacrificio parcial de la circuncisión, sustituida entre los cristianos por el bautismo; con sacrificios de animales más adelante, de preferencia corderos, palomas y toros célibes; con sacrificios de dinero y alhajas, en último resorte, como se estila ahora; ni aún sacrificándolo él mismo a él mismo—el sacrificio máximo—esto es, comiéndoselo en persona, desde luego, para tenerlo adentro en manera de específico deificante y depurante de maldades y pecados, como lo practican actualmente los ainos de la isla de Sakalín, cuyo Dios anual es un oso cazado cachorro en el bosque, criado con golosinas, mimado y venerado, y al fin muerto, descuartizado, distribuido y comido solemnemente en la gran fiesta religiosa; comiéndoselo, más tarde, en la persona de un vicario consagrado anualmente, como lo practicaban todavía los mejicanos en la época del descubrimiento de América; y, finalmente, en el canibalismo simbólico de la misa, según la forma copiada del culto de Mitra, en el pan y el vino de la eucaristía transubstanciados por ceremonias mágicas en la carne y la sangre del hijo de Dios sacrificado a Dios—última expresión del cordero pascual y del inocente chivo emisario, encargado de llevarse al desierto los pecados de los hombres y expiarlos con sus propias penurias y tribulaciones.
Dos vidas distintas, en dos mundos diferentes, con sus respectivos regidores, implicaban, naturalmente, dos despotismos sobre una sola existencia, dos gobiernos simultáneos con sus correspondientes jerarquías paralelas de funcionarios para velar por el cumplimiento de las dos clases de obligaciones del súbdito simultáneo de Dios y el Rey—el altar y el trono. Los obispos y los curas, como delegados del reino de los cielos para dirigir las almas, atar y desatar desde aquí para allá, para absolver y condenar, exigir contribuciones y consumirlas, administrar la gracia y la ira divinas, imponiendo penitencias y excomuniones o concediendo indulgencias; el príncipe y sus lugartenientes y delegados para las mismas funciones en lo concerniente a los asuntos de la tierra.
Las pirámides de Egipto son un testimonio en piedra de la magnitud de las cargas reales que recayeron sobre las espaldas de los vivos por la invención de la vida de los muertos, en una de sus millares de formas diferentes.
Se sabe que en algunas regiones, en épocas remotas, los esclavos eran enterrados vivos con el cadáver del amo, y que hasta el siglo pasado era costumbre en la India quemar vivas a las viudas con el marido difunto, pero, generalmente, se enterraba a los muertos con provisiones en especies materiales para la vida ulterior, principalmente granos, que, brotando más lozanos en la tierra removida y abonada por los detritos del difunto, dieron origen a la agricultura, según la famosa teoría de Grant Allen, y hoy se les entierra con provisiones en especies espirituales, porque la vida eterna tenía que ser pensada, finalmente, sin las circunstancias de la existencia real, o de lo contrario no podía ser eterna. Por lo tanto, sin renovación de los materiales del organismo, sin necesidad de comer, de dormir, de beber, de vestirse, eternamente igual, sin nada en que pensar, sin nada que hacer—fuera de bostezar a pasto—sin amor, sin odio, sin hijos, sin día y sin noche, sin bien y sin mal, sin pensamiento y sin acción, vale decir, sin conducta—la más aburrida especie de vida que haya sido posible imaginar, o bien, con hambre y sed y sueño y odio y noche y calor o frío inextinguibles, que es decir, la más absurda.
Desde que la vida imaginaria es ilimitada por construcción imaginaria, la vida real, con sus dichas y desdichas transitorias, es nada más que el prólogo o la introducción a la dicha o la desdicha perpetuas, de donde resulta que "los muertos son los vivos y los vivos son los muertos", según la expresión de A. France, o más bien, es un trocatintas, pues los vivos pueden obrar en el otro mundo, sacando ánimas del purgatorio, por ejemplo, y los muertos pueden hacer todas las cosas de este mundo, hasta proporcionarles marido a "las hijas de María" que se lo piden a San Expedito, cuando están apuradas.
Pero, desde que los grandes objetivos del hombre, intoxicado de terrores y de esperanzas sobre la vida futura, vinieron a estar fuera de este mundo, este mundo quedó fuera de la atención de los hombres, y por ende, las leyes naturales, que han proporcionado los maravillosos recursos de la civilización moderna, quedaron en la edad media fuera del alcance del entendimiento humano, totalmente absorbido por la preocupación angustiosa de las entidades y de las cosas sobrenaturales, deslumbrado por el espejismo del otro mundo hasta dar la espalda a la vida real y el frente a la vida imaginaria, por entender que la más alta y noble ambición del hombre era la de "sentarse eternamente a la diestra de Dios padre", después de muerto, con lo que resultaba estúpido, degradante y vil todo anhelo de felicidad antes de morirse.
Y el mundo real, estigmatizado como uno de los cuatro enemigos del alma, quedó ignorado hasta la aurora de los tiempos modernos mientras se difundía la monomanía del más allá que hizo de la Europa medioeval una simple variante de la China contemporánea, pues si en ésta el hombre vive para los muertos, en aquélla el hombre vivía para después de muerto.
LA PALABRA DE DIOS
En resumen, nuestro abolengo mental, destacándose paulatinamente de las mescolanzas de cultos, mitologías y teogonías del remoto pasado, vino a quedar del tenor siguiente:
Dios había hecho a los hombres para el cielo, pero de modo a que se perdiesen en la tierra, y el diablo, agarrando la ocasión por los cuernos, se los había ganado para el infierno. Entonces, para no quedarse solo en el cielo, Dios bajó a la tierra, eligió entre todos un pueblo para sí y le dictó sus condiciones, que fueron olvidadas, por lo cual, más tarde, le envió con un hijo ad hoc un segundo mensaje.
Los guardianes oficiales de la primera palabra de Dios desconocieron al Dios hijo, portador de la segunda, lo apresaron, lo juzgaron; lo condenaron y lo ejecutaron por contraventor a las leyes de Dios padre.
Pero otros la recogieron y edificaron sobre ella la Iglesia, la casa de Dios hijo, frente a la sinagoga, la casa de Dios padre.
Dios había hablado a Moisés entre relámpagos y truenos, cuando no se conocían aún los derechos del hombre y los deberes del padre, que tenía hijos y esposas, esclavos, asnos, bueyes y cabras para explotarios, matarlos o venderlos; había hablado como un patriarca judío, como el rey del egoísmo, estableciendo, en primer término, la obligación de amarlo a él sobre todas las cosas del mundo, que todavía deben ser abandonadas por los que quieran servirlo en toda regla, la más gravosa de todas las cargas que han pesado sobre la conciencia del hombre, el deber humano que ha producido más palos, tormentos y matanzas, más lágrimas y sufrimientos, más miseria y más imbecilidad consuetudinaria.
Y porque Dios había cometido la indiscreción de hablar, el hombre tuvo que callarse a perpetuidad, o hablar sólo para repetir, como papagayo sin plumas, la palabra divina, que vino a ser la túnica de Neso de la inteligencia humana. Y treinta y dos generaciones de hombres transcurrieron bajo la era cristiana en la miseria, la ignorancia y la barbarie crónicas, profiriendo u oyendo solamente la palabra sagrada, fulminada desde el púlpito, volcán de amenazas, en erupción perpetua de castigos en este mundo y en el otro, para los pecadores y los infieles, en fuente inagotable de terrores imaginarios para implantar en el corazón de los elegidos para el cielo el horror a la vida irrenunciable y el temor a la muerte inevitable.
Y condenado por la Iglesia con penas terribles en el otro mundo y por el poder civil con penas atroces para los deudos en éste, el suicidio, que ha sido en el lejano Japón, como lo fue en la antigua Roma, un límite al sufrimiento y por ende a la crueldad humana, desapareció de las costumbres europeas y llegando, entonces, el sufrimiento y la crueldad consecutiva al máximum de su amplitud posible, quedó centuplicado de golpe, por la sola invención complementaria de los instrumentos de tortura, el poder de los déspotas temporales y espirituales sobre el creyente puesto entre la espada y el infierno, y obligado a capitular con todas las bajezas, humillaciones y penalidades antes que afrontar la pavorosa eternidad.
Dios había pensado, y el pensamiento de Dios—non plus ultra, de suyo—paralizó de golpe a la razón y al pensamiento humano, pues, en su calidad de ser todopoderoso, Dios no estaba obligado a ser razonable, ni justo, ni bueno, ni acertado, y como quiera que fuese, los hombres estaban obligados a obedecerle ciegamente, so pena de condenación eterna, como al papa, que tampoco tiene obligación de ser el más sabio de los hombres y asimismo tiene el derecho de ser infalible.
La razón humana, así anulada para los fines de la vida humana, vino a ser en el entendimiento del creyente lo que el apéndice en el intestino del hombre civilizado: un órgano superfluo, puesto que no tenía función propia.
Y vinieron entonces para la cristiandad aquellos oscuros y miserables diez siglos de la edad media, en dieta rigurosa de pensamiento divino, en los que la inteligencia humana no dio un solo paso adelante, estancada en la parálisis mental de los musulmanes y por las mismas circunstancias: todo estaba pensado, todo estaba resuelto, todo estaba dicho, todo estaba escrito de antemano por los profetas y los apóstoles, bajo el dictado o la inspiración de Dios mismo, y sancionado con penas horrorosas.
Porque los teólogos de todas las variedades, quemaban vivos respectivamente a los que pensaban de diferente modo que ellos, y Dios era en la edad media el rey de los teólogos, esperando a las almas del otro de la muerte para juzgar sus intenciones y pensamientos, y precipitarlos en el fuego eterno, si diferían del suyo, pues aunque Jesús mismo había dicho: "haz a los otros lo que quisiérais que te hicieran a tí", esto no rezaba con él ni con su padre, ni con sus teólogos por aquello de "en casa del herrero, cuchillo de palo".