WeRead Powered by ReaderPub
Los Conquistadores: El origen heróico de América cover

Los Conquistadores: El origen heróico de América

Chapter 4: CAPÍTULO III PLUS ULTRA
Open in WeRead

About This Book

Meditación en tono de crónica viajera que sitúa en la Extremadura rural el origen moral y humano de las empresas americanas. El autor describe paisajes, pueblos, ruinas romanas y tipos humanos, y enlaza esas observaciones con perfiles y anécdotas sobre los conquistadores, proponiendo que su audacia y temperamento surgieron de aquel medio. El texto combina descripción topográfica, evocación histórica y reflexión sobre la memoria colectiva, abordando temas de heroísmo, ambición y la relación entre tierra natal y expansión ultramarina.

The Project Gutenberg eBook of Los Conquistadores: El origen heróico de América

This ebook is for the use of anyone anywhere in the United States and most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included with this ebook or online at www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you will have to check the laws of the country where you are located before using this eBook.

Title: Los Conquistadores: El origen heróico de América

Author: José María Salaverría

Release date: April 8, 2021 [eBook #65024]
Most recently updated: October 18, 2024

Language: Spanish

Credits: Chuck Greif and the Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was produced from images available at The Internet Archive)

*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LOS CONQUISTADORES: EL ORIGEN HERÓICO DE AMÉRICA ***

ÍNDICE
APÉNDICES

 

 

LOS CONQUISTADORES

Es propiedad.
Copyright by Rafael Caro Raggio 1918.
Derechos reservados para todos los países.


Imprenta y litografía de Rafael Caro Raggio.




JOSE MARIA SALAVERRIA


LOS
CONQUISTADORES

EL ORIGEN HEROICO DE AMÉRICA



Rafael Caro Raggio: Editor
VENTURA RODRÍGUEZ, 18
1918

 

 

CAPÍTULO PRIMERO

VISIÓN DE EXTREMADURA

HAY en España un territorio desviado de la ruta de los turistas, en cierto modo desconocido e impenetrable. Sólo se ven allí terrenos de cultivo, sierras de pastoreo y algunas minas de poco renombre.

Es la comarca que une a Extremadura con Andalucía, país tan bello como sugerente, que ahora estimo recorrer con el alma abierta a las grandes recordaciones históricas. Por aquí pasaban, en efecto, los soldados y capitanes de Extremadura buscando el glorioso valle del Guadalquivir y los muelles de Sevilla, donde las galeras de empinada popa reclutaban a todos los hombres de buena voluntad que soñasen con el oro y la gloria de las Indias.

Por estos montes de encinas y olivos, gratos a la vid, transitaban los conquistadores a lomo de sus ágiles caballos, portando su espada y su rodela, y allá dentro del pecho un animoso corazón.

Los llanos y las dehesas de Extremadura llenáronse un día de fastuosas revelaciones; hasta el país escondido y mediterráneo había llegado la buena nueva, y en la Tierra de Barros, en la Serena, en Cáceres, en Trujillo, los hidalgos de templada musculatura y lanza en astillero comentaban bajo los portales: «Allá abajo, hacia Sevilla, hay banderas donde engancharse para las empresas del Nuevo Mundo... ¡Todo lleno de oro y plata y perlas preciosas!»

Mientras el tren me lleva a Extremadura, es imposible librar a la mente de la obsesión de América; los objetos modernos tratan de llamarme y no lo consiguen. La Historia se sube, en ocasiones, a la cabeza con la misma aptitud delirante que un vino rancio. Veo los pueblos y los hombres cuotidianos; las máquinas a vapor y los artefactos científicos de un coto minero; los periódicos y los trajes me hablan con obstinación de los afanes contemporáneos, y yo insisto, a pesar de todo, en transportarme a la época de los conquistadores.

Asisto con curiosidad a las variaciones del paisaje, y principalmente deseo sorprender la aparición de Extremadura. El tren parece corresponder a mi impaciencia y corre por una comarca fronteriza y solitaria, alta y desierta. Es la región de la divisoria hidrográfica, límite de las cuencas del Guadalquivir y del Guadiana medio. De pronto, pasado un túnel, el paisaje ha cambiado.

No cambia, sin embargo, tan radicalmente como por la parte de Despeñaperros; allí se salta de la meseta centro-española, fría y elevada, a las felices tierras andaluzas, donde el naranjo florece y se yergue la cimbradora palmera; mientras que entre Andalucía y Extremadura no existe violencia ni el tránsito puede decirse que sea fundamental. La gente sigue pronunciando el castellano con el mismo dejo gracioso y ceceante de los andaluces, y las palmas datileras, asomándose por los bardales de los huertos, muestran bien pronto que estamos en un país fértil y caliente, donde el régimen estepario de la Mancha se ha sustituido por el clima atlántico-meridional.

Al paso de las estaciones del ferrocarril yo me apresuro a observar las gentes, el lenguaje, los gestos y el orden de los cultivos. ¿Cómo son los descendientes de aquellos hombres extraordinarios en quienes la voluntad, el valor y el don de iniciativa alcanzaron un límite que pocas veces ha sobrepasado la naturaleza humana?

Veo un territorio montañés y risueño, bien poblado y cultivado en forma de bancales, lleno de alquerías blancas, que adornan con su candidez la reciente verdura de la primavera. Pronto se allana el país y se hace más fecundo y rico. Entramos en la Tierra de Barros, célebre por su fertilidad. Grandes y opulentos pueblos surgen en la llanura, cuyas gruesas tierras de labor florecen con los cultivos más caros: frondosos olivares, campos de mies, prósperos viñedos. Con frecuencia se divisan, desde el tren, amplias y hermosas casas de labor, de denso aspecto señorial.

Miro las personas entre tanto, y celosamente examino sus rasgos, su talante, sus gestos. Es el extremeño un hombre de varonil y hermosa presencia, robusto y bien proporcionado. Desde luego se advierte en él un cierto aire reservado, escaso de gesticulaciones. No puede llamarse adustez a ese aire como reconcentrado; tampoco le conviene el nombre de tímido, ni el de triste o fosco. Es una gravedad tan digna y viril, como exenta de empaque provocativo. Unase el castellano con el andaluz occidental, agréguese un poco de portugués, y se tendrá el extremeño.

Es notable la salud y belleza de la raza. Los chiquillos que corren descalzos, las niñas de pintarrajeados pañolones, muestran un rostro lindo y carnoso, unos ojos grandes y honestos, unas mejillas morenas con vivas rosas de salud. Hay un tipo de hombre cenceño, de ojos obscuros y talante firme, y no abundan menos los rostros claros, rubios, especialmente en las muchachas. Las mujeres seducen por su aire honesto, pudoroso; más simpáticas aun porque carecen de melindres y estudiadas gazmoñerías.

He aquí el país raro de grasas llanuras y boscosas sierras; país de vastas soledades, encinares espesos y solitarios rebaños; tierra de encalmados horizontes, donde los mansos ríos buscan el camino del mar... Como los ríos, también los hombres persiguieron el ensueño de la remota e inaudita navegación. Un sueño de mar infinito, una quimera de las frondosas playas indianas exaltó esa tierra que no conoce el mar, pero que lo presentía con el amor infuso de un navegante predestinado. Tierra densa y grave, enigmática por su especie de mudez, que dió ejemplares de voluntad férrea como Pizarro, y al mismo producía el alma mística del divino Morales, y aquella otra alma ascética de Zurbarán...

Llegando a Mérida he concluido de empaparme en unción histórica, y lentamente he vagado por las ruinas romanas, por el teatro de rotas columnas y bajo las arcadas del ingente acueducto. Es una serena tarde de abril, y desde el borde del larguísimo puente milenario contemplo los recios trozos de las antiguas murallas, que caen rectas sobre el río y dan una veraz sensación de esa grandeza impasible, cesárea, de todo lo romano. El Guadiana, ensanchado en esta parte de su curso, pasa lento y grandioso, como poniéndose a tono con la aspiración de majestad que expresan las murallas y el puente cesáreos.

Y en el silencio de la tarde, apenas malogrado por el tintineo de un rebaño que vuelve al redil, sube de la tierra y fluye en el ambiente todo una profundidad recordatoria. Los siglos parecen fundirse y decantarse en la última llama del sol poniente, y el aire sin duda está lleno de memorias ilustres, de polvo de siglos, de ideales huellas de almas.

*
* *

Mientras la pluma traza estas líneas, los torreones y campanarios de Trujillo esparcen su severa sombra por la plaza incomparable. Veo a través de los cristales erguirse un caserón arruinado; y en tanto escapa la imaginación hacia los países vitales y frondosos del Nuevo Mundo... ¡Qué remotos y antagónicos los dos cuadros! Aquí las sombras y las ruinas de las torres abolengas de Trujillo; allá lejos se desgrana el collar de las mil ciudades opulentas y las veinte naciones dinámicas.

Sin embargo, la duda es ociosa; aquéllo ha nacido de ésto. Y la obra infinitamente transcendental la consumaron unos obscuros hidalgos de espada y de iniciativa que nacieron a la sombra de estas torres de Extremadura, ahora calladas y vacías.

Es así, teniendo siempre fija la idea de América, como adquieren supremo valor los campos extremeños. El ánimo se impresiona a cada punto al sorprender la memoria de los conquistadores, viva siempre en todo este país desviado, labradiego y pastoril. Y en esta nostálgica evocación de epopeyas, el pueblo extremeño confunde a los héroes más dispares, hacinándolos, después de todo, con una cierta lógica. Cortés y Pizarro se mezclan con García de Paredes, el de las hazañas hercúleas en Italia, como si hubieran combatido juntos, y pasando a caballo por la sierra de Santa Cruz, nos cuenta el guía que en algún escondrijo de aquellos cerros está oculto e incólume el sepulcro de Viriato.

Suena a hierro Extremadura. De sus encinares brotó la flor estimada que tiene el nombre de voluntad. ¡Oh gloriosa América, eres el fruto de una voluntad inquebrantable, infinita, y nada, si no fuese ella, te hubiese desprendido de la noche de tu sueño aborigen! Las manos que te alzaron a la luz desde el fondo de las selvas y las cordilleras, eran manos decisivas e incansables, que no conocían la renunciación. Sólo una casta de gigantes pudo cumplir la enorme tarea. Casta de Balboa, de Cortés, de Pizarro, para quienes las empresas más absurdas se domesticaban, se humillaban, por lo mismo que los propios dioses se amedrentan frente a la inexorable decisión genial del héroe.

La ancha plaza de Trujillo aparece a mis ojos toda llena de muchachos endomingados, que celebran la Fiesta de la Pascua Florida llevando un cordero votivo. Bulle y ríe la gente en la bucólica romería. Los corderillos, adornados con cintas y cascabeles, ponen su nota cándida en el regocijo muchachil. Y arriba, en un estupendo anfiteatro, la ciudad vieja se encarama por las vertientes de la pequeña loma, ofreciendo la muda solemnidad de sus casonas y torres almenadas.

Desde lo alto de la acrópolis, entre marcial y mística, me he detenido a ver las ruínas venerables y la solitaria inmensidad de los campos labrados. Los alcotanes giran, en largo vuelo, sobre las rotas murallas del castillo. Unas cigüeñas, lentas y suntuarias, agregan majestad al melancólico panorama.

Los blasones nobiliarios viven entre las ruínas, y vive siempre, como en una grave penumbra, la sombra del Conquistador. En lo más alto, una pobre mujer señala un muro: «Ahí nació Francisco Pizarro.» Me aproximo a ver la gacha y ruda ojiva del portal. Sólo un lienzo de la casa queda en pie; todo ha caído menos el tosco y simple escudo de la estirpe: un árbol con dos cerdos rampantes...

CAPÍTULO II

EL SELLO ANDALUZ

CUANDO se ha visitado Andalucía y Extremadura, después de haber recorrido algunas partes de América, acude a la mente la idea clara del prodigio, y hallamos que el milagro adquiere explicación y realidad. Esto ocurre principalmente porque entre las comarcas que produjeron a los conquistadores y los pueblos americanos, existe ahora mismo una admirable identificación. Un siglo entero de independencia más o menos irritada no ha podido desintegrar o desunir lo que desde el principio enlazó el esfuerzo poderoso de unas personalidades densas. El sello andaluz pervive en América y Sevilla, esa graciosa perla del Guadalquivir, es el origen cívico de lo americano.

Hay en algunas ciudades una simpatía irresistible, que nos obliga a hablar de ellas en tono exaltado; el mismo nombre de Sevilla es por sí solo una voz melodiosa, fuente de ilustres sugericiones. Digamos también que las gracias y los buenos hados suelen visitar de tarde en tarde a los pueblos, y así no hay duda que en la creación de Andalucía ha presidido un genio benévolo; los andaluces tienen razón cuando llaman a su risueño país la tierra de María Santísima.

Sería poco, sin embargo, si Andalucía poseyera únicamente el prestigio de su cielo, de su fino aire y de su amabilidad. Tiene, además, la fuerza, el contenido genial y la aptitud para todo género de grandeza. Asombra de veras esa región positivamente prócer, que en ningún momento de la Historia ha dejado de ser visitada por el soplo divino de la inteligencia. Consideremos que es Andalucía el país a que se refieren las prehistóricas noticias de los iberos, que tenían leyes, versos y escritura mucho antes de que abordaran a las playas españolas los vajeles fenicios y griegos. Y en los grandes museos de Europa, en las vitrinas que corresponden al período de la piedra tallada, siempre hay, junto a las reliquias de Creta, Sicilia o el Peloponeso, unas piedras finamente labradas por manos andaluzas.

Esa gente hábil y despierta, que conoce la cultura tan de antiguo como las razas más príncipes, no ha cesado de mantener contacto con la civilización, y hoy mismo, a través de todas las invasiones que el genio andaluz absorviera y mejorara, se nos muestra Andalucía como un núcleo vivo, palpitante y armónico que acaso está pronto para un nuevo renacimiento.

La idea que se tiene de lo meridional es en cierto sentido desdeñoso, especialmente ahora que los pueblos septentrionales imponen la ley en arte, ciencia y política. Lo meridional quiere decir un poco inferior, decadente, brillante, frívolo, de corto aliento, muelle y externo. Pero Andalucía nos asombra también en este caso, porque siendo una típica expresión de lo meridional contiene, no obstante, hondura y fuerza. ¿Esto es, probablemente, a causa de que Andalucía no participa en todo de las características mediterráneas? Andalucía parece un país orientado hacia el Atlántico mejor que al Mediterráneo, como su río esencial, el Guadalquivir, lo indica. Por otra parte, la gran cuenca del Guadalquivir es una cosa castellana más bien que levantina.

Diremos, en suma, que Andalucía es lo meridional de Castilla, como Castilla es una consecuencia del Cantábrico. Así se realiza, pues, un desplazamiento de españolismo integral que va del Cantábrico a Castilla y de la Mancha a Andalucía, resolviéndose por el Guadalquivir, que da sus aguas al Atlántico, la unión anular de los dos extremos étnicos. El meridionalismo de Andalucía, por cuanto se halla investido de gracia y de fuerza, deberemos situarlo en la calidad del de los pueblos, como Atenas y Florencia, que pudieron cultivar conjuntamente el arte y la energía.

La virtud andaluza estriba en esa facultad de la multiplicación de las aptitudes. He ahí el pueblo que sabe ser fino y muelle, duro y resistente. El retrato que el viejo historiador hace del Marqués de los Vélez, hombre terriblemente valeroso y hercúleo, está muy lejos de la imagen que el vulgo compone a propósito de la gente andaluza.

En un sitio de Sevilla, en aquello que llamaríamos la acrópolis sevillana, los siglos han realizado una insuperable síntesis arquitectónica. El Alcázar muestra su encanto árabe y la delicia de sus íntimos jardines; cerca de él alza su mole gótica la Catedral; la Giralda, acierto de grandiosidad y finura, echa al espacio su encajería de ladrillo; un trozo de Ayuntamiento, también cercano, ofrece su filigrana plateresca; la Lonja, entre el Alcázar y la Catedral, reproduce la serenidad del Renacimiento; y para que nada falte, allí está la portada churrigueresca del palacio arzobispal.

Todo lo contiene Andalucía, y es por esto la verdadera síntesis o expresión de España. Las otras porciones de la nación no expresan ni contienen todos los lados españoles; el Cantábrico, Galicia, Aragón, Cataluña y Levante, la misma Castilla, son fragmentos españoles. Sólo en Andalucía se cumple la totalidad. Por eso aciertan algunos extranjeros cuando imaginan una España del corte y el tono de Andalucía. Por eso muchos extranjeros se defraudan cuando el tren les lleva por las interminables vías castellanas.

Lo verdaderamente español, plenamente español, es Andalucía. En algún momento histórico ha girado la vida española en el seno andaluz, y entonces encontraba España su centro de gravedad.

No debe olvidarse que los principales hechos españoles han sido apadrinados por Andalucía. La Reconquista tuvo allí sus naturales campos de batalla, sus decisivas acciones; en Andalucía adquirió, además, el arabismo un concepto de civilización que no adquiriera en el resto de España, a pesar del oasis de Toledo. Frente a Granada se cerró el broche de la unidad española. ¿Y no fué en Andalucía donde el mismo idioma castellano se pulió, se afinó, se hizo abundante y flexible? Las huestes de Gonzalo de Córdoba, que ilustraron el nombre militar de España en Italia, iban formadas por caballeros y nobles andaluces. La iniciación, el arreglo, la forma, la obra entera de América, partieron de Andalucía.

Aptos para los trabajos de la inteligencia, los andaluces nos abruman con la cifra de sus poetas, humanistas, escritores de todo género, oradores y artistas. Tienen el desenfado y la violencia de Hurtado de Mendoza, la grandiosidad verbal de Herrera, la fuga mística de Granada, la gracia abundante de Góngora. Sus escultores llegan al punto máximo de la religiosidad. Sus pintores son varios, múltiples, y entre todos completan los distintos caracteres de la personalidad española. Murillo es dulce y perfecto; Velázquez asume la realidad y la elegancia; Valdés Leal se reserva la violencia dramática y el barroquismo lacerante de la expresión. El propio Zurbarán, casi del todo andaluz, acude a completar, con su pasmoso y magistral misticismo, la empresa de conjunción española que se cumple en Andalucía.

Pero Andalucía ha creado sobre todo a América. Cuando oímos decir que en América perviven las formas y el espíritu de España, debemos entender que esas formas y ese espíritu son andaluces. De manera que América recibió el ser de España a través de Andalucía, en cuanto Andalucía representa el concepto español más puro, auténtico, y, por consiguiente, total.

Fué una suerte para América que se hubiera encargado Andalucía de infundirle el ser y la civilización; Andalucía era por sí misma un mundo, una nación, un núcleo civilizado en absoluto. Las otras porciones de España no podían arrostrar el trabajo de fecundar un continente. El territorio cantábrico era de sentido rural; Cataluña fallaba por el idioma y en aquella época carecía de virtud expansiva; Castilla estaba lejos del mar y era ella misma incompleta, insuficiente.

Mientras que Andalucía lo poseía todo, y en aquel momento hasta tuvo el instinto de su misión y la ráfaga emocional del entusiasmo. En Andalucía estaba madura la civilización, y el Renacimiento sopló bien pronto en sus palacios y ciudades. Henchida de savia propia y original, Andalucía traspasó a América su contenido cívico y religioso, sus costumbres y su carácter. Toda esa bella zona que comprende desde el valle del Guadalquivir hasta el mar, con la zona adyacente y correlativa de Extremadura, ha sido el país que pobló primeramente América, y que la selló para siempre con su cuño. Las modalidades de esa zona guadalquivireña y extremeña, están ahora mismo palpables en todo lo ancho del nuevo continente. El rumbo y el empaque, el aire de señorío, la repugnancia por la tacañería, el don dadivoso, la hospitalidad caballeresca, el sentido hidalgo y señorial de la vida... todo eso, tan hispano-americano, es de directa progenie andaluza. Esas cualidades pueden hallarse dispersas en otras comarcas españolas; pero todas juntas, en un haz, sólo es posible encontrarlas en Andalucía.

La fuerza expansiva y el pronunciado carácter andaluz son tales, contra lo que supone la frivolidad del vulgo, que Andalucía, en efecto, no consintió, no dió lugar, hizo imposible que otra cualquiera influencia interviniese en el resellamiento de la sociedad americana. América, en rigor, no puede llamarse castellana, ni siquiera española; es propiamente andaluza. Si cabe llamarla castellana y española, será tan solo por cuanto Andalucía representa en una medida excelsa y perfeccionada la idea de Castilla, y, consiguientemente, el concepto de España.

¡Qué madura y qué llena, cuán brillante y animosa aquella Sevilla del 1500; bella por su luz y sus flores; prestigiosa por sus palacios y monumentos; ilustre por sus señores y sus artistas!... Y rica, además, en realidades de oro y en quimeras de remotas aventuras.

Era entonces el núcleo más atrayente de la Península, cuando Toledo declinaba y Madrid no había logrado aún absorber la vida nacional. A las márgenes del Guadalquivir acudían, como a un cauce lógico, todos los que exigían algo de la gloria y de la fortuna, y en algunos autores, como Cervantes, la idea vuela continuamente al escenario de Sevilla, el más digno, por tanto, de cualquier ficción literaria y el único sitio que verdaderamente merecía la pena de ser vivido y narrado.

Poco esfuerzo necesita hacer nuestra imaginación para concebir la complicación de aquella ciudad en aquel tiempo, cuando los naturales motivos de esplendor que posee la comarca se aumentaban con el inaudito trajín de los muelles, punto exclusivo de arranque para las flotas de Indias. Todo espíritu ambicioso tenía que afluir a Sevilla, sede de la pompa religiosa y tablado eximio de las letras; acudían los mercaderes y los armadores, los cartógrafos y los pilotos, los caballeros de mesnada, los simples soldados, los propios pícaros. Junto con ellos se congregaban los ambiciosos de otras naciones: franceses y flamencos y alemanes, y los insuperables maestros de rapacidad, los genoveses. En aquella muchedumbre cosmopolita y heterogénea existían los útiles necesarios para toda expedición. Era una abastecida síntesis del mundo. Así es explicable cómo en las flotas que partían para América marchaban tan completas las cosas y los hombres, de modo que arribando a las Indias era como si una ciudad de Europa se desbordase allí para florecer rápidamente.

Un rumor de fantasía palpitaba en los muelles sevillanos, y las mentiras de los que tornaban, uniéndose a las presunciones de los candidatos de Ultramar, daba cariz supersticioso a los navíos de dorados puentes que flameaban en el cielo andaluz sus banderolas. ¡Qué mágica visión de las nuevas tierras! ¡Qué gran puerta se abría al ensueño en aquellas márgenes del río opulento!... Las señas estaban allí bien evidentes; no valía pensar en subterfugios ni en engañifas. Allí reposaban los fardos de cacao y de pimienta, de azúcar, de café y de cuantos frutos preciados originaba el Nuevo Mundo. Allí bullían también los esclavos inauditos. Del vientre de las naves salían aquellas arcas evidentes, palpables, todas llenas de pasta de oro. ¿Y no era igualmente cierta la llegada de los señores, cubiertos de preseas y servidos por numerosos criados, que antes partieran pobres y con el matalotaje tomado a préstamo?

En aquel jubileo de las Indias pronto los mitos clavaron su espina impaciente en las imaginaciones. La leyenda de Jauja, la versión de Potosí, el sueño del Cerro de la Plata, el país de la Florida y sobre todo, por encima de todas las quimeras, el mito de Eldorado...

Todo era indispensable, sin embargo. El énfasis de la fantasía ha podido siempre obligar al hombre a osar lo inaudito, y sin la ayuda de la quimera hubiera sido imposible que aquellos hombres arrostraran tales trabajos, y pudieran, en fin, entre martirios y fracasos, alzar, para la vida civilizada, la realidad de un continente.

 

 

CAPÍTULO III

PLUS ULTRA

ROZAMOS las monedas con los dedos y apenas si nunca nos fijamos en el blasón de su anverso; pasamos nuestras miradas distraídas sobre el escudo nacional que campea en los edificios públicos, y no nos detenemos a reflexionar acerca de su sentido emblemático. El eterno desgaste cotidiano roba religiosidad a las cosas y los símbolos más sublimes.

Las dos columnas que encuadran el escudo español, ¡he ahí el símbolo verdaderamente sublime, por el cual nunca morirá el recuerdo de España en el mundo! Las dos columnas quieren significar la superstición y la limitación del mundo entero. «No hay más allá», decía el miedo y la ignorancia de los hombres. De pronto hubo alguien que osó la investigación de lo desconocido, y las columnas fueron sobrepasadas, y el orgullo de los audaces pudo escribir ese mote altanero que abre a la Humanidad una nueva era. «Plus ultra.»

Siempre será imposible arrancar al hombre la facultad de adoración, y el ser más soberbio y rebelde siente alguna vez el prurito de prosternarse ante cualquiera representación de lo sobrenatural o de lo infinito. El hombre no puede prescindir de los símbolos, porque ellos son los lazos materiales que nos unen al ideal. El «Plus ultra» nos descorre milagrosamente un escenario mental, y mudos de asombro vemos levantarse esa creación fantástica, resplandeciente, que se llama América.

Detrás del mote escueto, y por fortuna sonoro, contemplamos una suerte de milagros y de grandezas cuya visión nos aturde. La misma forma geográfica del continente ayuda al goce admirativo. Parece, en efecto, un país providencial, único, separado de los otros continentes, surgiendo como un jardín del seno de los océanos; parece el Paraíso de las narraciones primitivas, el cual, si fué sustraído al hombre por sus pecados, estaba, en cambio, reservado a las edades posteriores como un premio por los afanes y sacrificios humanos. América es el don de los dioses, que perdonan finalmente al hombre. Es el Paraíso arrebatado y luego restituído.

Pues bien, los dioses habían escogido a su pueblo amado para que consumase la obra milagrosa de la restitución del Paraíso. Verdaderamente, sólo España podía consumar el milagro de América.

El mundo estaba incompleto, el mundo era una cosa imprecisa e indelimitada que se cernía en el caos geográfico. Entonces se levantó España, y con un ademán que llamaríamos sencillo, por estar exento de teatralidad y de dolor, ensanchó en toda su extensión el mundo, recorrió los mares en todo su misterio, alumbró los continentes y dió, en fin, realidad a la redondez de la tierra.

Y todo esto lo realizó sencillamente, como si de veras obedeciese a un mandato de los dioses; como si fuera el brazo que la Providencia usa para efectuar el milagro. Esa obra descomunal de América apenas si perturbó en nada la vida española; España no interrumpe su actuación europea, sus campañas, sus formidables entreveros políticos; la acción de España se diversifica en Europa y en el Norte de Africa, sigue su curso normal, trágicamente magnífico, y como por un exceso de grandeza no se oye casi hablar de las Indias a los escritores y los gobernantes. Es un caso de plenitud y de energía; es algo como el silencio en el obrar del soberbio y del poderoso. La obra descomunal de América va realizándola España rápidamente, sencillamente, sin que un músculo contraído denote el esfuerzo extraordinario. Esta señorial aptitud para consumar actos excepcionales, que en el gigante parecen naturales y en otros absorberían todas las fuerzas y toda la voluntad, es un distintivo diferencial que España debe reclamar sobre todo.

Repasad el censo de las cosas geniales creadas por la Humanidad; sed exigentes al considerar el valor esencial y eterno de esas cosas; cuando hayáis reducido a breve cifra las genialidades trascendentales, entre ellas contará siempre el descubrimiento, conquista y colonización de América.

¡Cuántos pueblos han debido vivir y perecer sin que su nombre quede perpetuado en una obra verdaderamente trascendental! España, hasta la consumación de los siglos, será una expresión viva porque produjo a América.

No consiste la genialidad en el ruido de las batallas y de la política; se puede embargar la Historia con el peso de muchas acciones, como Turquía o Cartago, y no obstante carecer de opción para el respeto de los siglos. No vale llenar la Historia y añadirle peso, que al fin es como una contrariedad; no vale siquiera haberse esmerado en pequeñas obras, en breves esfuerzos, en numerosas aportaciones modestas; lo importante en un pueblo es abrirse, como una montaña de oro virgen, y darse, derramarse, arrojar al tiempo de una vez y magníficamente la obra trascendental.

A los españoles se nos ha regateado todo. Con un rencor de fiscal adverso, todo se nos ha discutido, negado, mezquinado. Pero considérense con atención y justicia el descubrimiento, conquista y colonización de América, y un aura de heroísmo y honda humanidad trascenderá al espíritu más extraño o ajeno. El heroísmo está palpitante; no los Cruzados, pero ni los fantásticos campeones de la caballería, ni los guerreros mitológicos, han inventado aventuras como la de Cabeza de Vaca o combates y trabajos como los de Pizarro y Cortés. El humanismo de la empresa española en América fué muchas veces escatimado; sin embargo, desde el ejemplo de Roma ningún pueblo se ha transfundido en el pueblo dominado como España en América. La flor de su sangre y de su cultura, sus creencias y su idioma, su fe y sus costumbres, su ánimo y sus sentimientos, todo lo derramó España en América, exactamente como hace una madre. ¿Es esto un delito de humanidad?

Vertida, derramada, transfundida en América, España quiere y puede llamarse madre. La América española no es un país extraño que al libertarse políticamente se separa en realidad; no puede separarse nunca, porque es una parte indivisible de la universalidad española.

 

 

CAPÍTULO IV

LOS ESPAÑOLES EN AMÉRICA

DESDE muy antiguo, y en distintas zonas del mundo, se ha pretendido descalificar y disminuir a los españoles que conquistaron América. Parece como si el primer impulso de estupefacción que la conquista de Méjico y Perú produjo en las gentes, hubiera humillado a los mismos admiradores; y es sabido siempre que la envidia reacciona del mismo modo: la admiración se convierte en incisivas objeciones.

El mundo se sobresaltó y quedó estupefacto cuando empezaron a correr las primeras noticias de las Indias, que eran llevadas, naturalmente, agrandadas y envueltas en hipérbole, por los pilotos, mercaderes, aventureros y embajadores. Aquellas noticias hablaban de tierras y pueblos, que venían a reproducir y confirmar las relaciones semiolvidadas de Marco-Polo. Un mundo distinto, fresco de originalidad, radiante de juventud y de riquezas, asomaba por el lado de Occidente, ni más ni menos que como un regalo milagroso. Y este regalo venía a caer en la corona de España, ya desde antes favorecida tan grandemente por la Providencia. Pero cuando Cortés entró en Méjico y sujetó aquel imperio al dominio de Carlos V, y cuando un poco después mostró Pizarro la maravilla de su hazaña y el tesoro increíble del Perú, el mundo no supo cómo expresar su asombro. Lo cierto es que el nombre de España, entre el vulgo de Europa, iba adscrito a una idea de fuerza militar, palpable en los campos de Italia, Africa y Francia, y a una idea de oro, pero de oro manante, torrencial, inexhausto.

No debe extrañarnos que Europa procurase reaccionar, y bien pronto, en efecto, saltaron las primeras objeciones. Especialmente fué el siglo XVIII, ese siglo de casacas y de ilustración empolvada, el que mejor objetó y criticó la obra de España en América. Ese siglo racionalista y pacifista era incapaz de sentir el vuelo épico de los conquistadores. Nada, en verdad, tan antagónico como la energía brusca y española de los conquistadores y el intelectualismo sedentario del siglo XVIII.

La conquista de América fué una acción a la española. Cada nación imprime a sus actos el sello que fluye de su propia naturaleza, siempre que esa nación tenga la virtud de la originalidad. No sería prudente que aquí nos detuviéramos a esclarecer si otra nación de Europa del siglo XVI hubiera podido descubrir, dominar y civilizar rápidamente el Nuevo Mundo, como en realidad lo consiguió España. A Portugal le faltaban, indudablemente, fuerzas, densidad y otros elementos; Italia y Alemania no existían como verdaderos Estados homogéneos; Francia carecía de la aptitud colonizadora. En cuanto a Inglaterra, ¿cuántos siglos habría necesitado para completar la obra americana con su sistema de los colonos y las factorías que hubo de inaugurar en los Estados Unidos? En tiempo de Wáshinton las colonias británicas apenas si lograban alejarse algunas leguas de la costa del mar, y todo el interior era una sombra medrosa por donde corrían los indios y los bisontes.

Si América había de ingresar prontamente en el acerbo civilizado, era preciso que osase la empresa un pueblo escogido. Los dioses eligieron a España para esa empresa. Y España se lanzó a la obra, poniendo en ella su sentido heroico de la acción. Este sentido heroico de la actividad, que ha formado alguna vez y eficazmente el espíritu español, dió nacimiento a América. Así ha nacido América a la vida, y nadie puede evitar que así sea. Y España, con su empresa de América, ha cerrado, efectivamente, en la Historia el ciclo de la epopeya romántica, legendaria y milagrosa.

Las objeciones del mundo se han dirigido precisamente contra los personajes de esa epopeya. Con un espíritu cominero y sedentario, lleno de dengues y ascos, se ha querido reducir el tamaño de los conquistadores. Se les ha tomado la cuenta exacta de cada una de sus muertes y de todas las gotas de sangre que necesitaron verter. No se ha mirado al conjunto de la obra ni al total de los resultados; no se ha visto el edificio entero de América, que al cabo del mismo siglo XVI estaba ya concluído y era tan majestuoso. Sólo se han visto y contado las muertes y los abusos, como si alguna epopeya pudo nunca ser realizada por ángeles puros. Ni se ha visto, a través de la sordidez puritana y de las gafas de los racionalistas del siglo XVIII, la nube caballeresca y como mística que envuelve a los conquistadores; tan distintos, ciertamente tan incomprensibles para todas las mentes que no sientan y perciban el genio español.

Una literatura de acarreo se ha obstinado en presentar a los conquistadores como personas bajas y soeces, brutales, con la más ruda brutalidad del más ignorante soldado. Se ha repetido el estúpido lugar común de que América fué conquistada y poblada por las peores gentes de España, y yo escuché a bastantes americanos hacer la misma relación de ese vicio de origen, que les asignaba tan miserables predecesores.

Pero si repasamos las crónicas de la Conquista, constantemente hallaremos ocasión de rectificar al vulgo. Lo cierto es que en las expediciones que se dirigían a América, junto con los inevitables marineros toscos y soldados soeces, marchaba una gruesa multitud de caballeros, aristócratas, hidalgos, segundones, personas de pro, buenos capitanes y gente de toga y de iglesia. Es absolutamente erróneo que embarcase para América lo peor de España. En aquellos tiempos España tenía una verdadera plenitud de caballeros e hidalgos que eran suficientes para acudir a las empresas de Europa y a la aventura de Ultramar. Por eso era fuerte entonces España, por la multitud y densidad de su aristocracia, aquella aristocracia de pequeños caballeros y fuertes hidalgos, que se dispersaron y perdieron, por desgracia, en tantas dilatadas empresas; los cuales, al desaparecer, dejaron a España como sin hueso y sin brío, puesto que los falsos hidalgos de nueva promoción, que después acudieron, ya no tenían la virtud íntimamente aristocrática de los primitivos.

Es indudable que las expediciones se formaban con la flor de las gentes de Andalucía, de Extremadura, de Castilla y del Cantábrico. Buenos pilotos de Vizcaya, de Galicia, de las marinas de Huelva y de las riberas del Guadalquivir; cartógrafos y hasta hombres de letras; artilleros como Candía, el que siguió a Pizarro, y el Catalán, que acompañaba a Cortés; caballeros, en fin, de toda España. Cuando Hurtado de Mendoza quiere fundar a Buenos Aires, lleva, según los cronistas, una multitud de señores y brillantes capitanes, que van en una armada poderosa, todos seducidos por el prestigio del ya famoso y un poco quimérico Río de la Plata. Y en la relación que envían los fundadores de Veracruz al emperador Carlos V, dicen que «Hallándose con deseo de poblar muchos caballeros e hijos-dalgos...»

Efectivamente, las fundaciones de ciudades y la toma de posesión de las tierras descubiertas no se ejecutan rudamente y al modo que harían unos soldados facinerosos. La mayor solemnidad jurídica, el formulismo más civil y ceremonioso preside esos actos, verdaderamente memorables y conmovedores. Blasco Núñez de Balboa penetra solo y armado en la mar del Sur, que acaba de descubrir, y con el estandarte en una mano y la espada en la otra, asesta al mar las cuchilladas de ritual y proclama, en estilo caballeresco: «si hay algún hombre que quiera desdecirle sobre aquella posesión, y si le hay, que salga a defender su protesta».

Lo mismo hace Cortés, lo mismo todos los conquistadores. Y enseguida que se arma una expedición, por modesta que fuere, tienen cuidado de llevar un clérigo y un hombre de toga para que vigilen la campaña, tomen nota del oro que se rescata, reserven el quinto para el rey y pongan orden y decoro formal a todo. En la primera expedición al Yucatán, unos cien soldados, pobres de suyo y sin más propósito que rescatar oro, empeñan sus caudales y llegan a poder armar unos pequeños navíos; a pesar de su modestia en recursos, y ser una simple expedición accidental, se apresuran a contratar un sacerdote para que les diga misa, y un magistrado para los efectos formales y jurídicos.

Las mayores formalidades preceden a la fundación de las poblaciones, que inmediatamente nombran sus cabildos y justicias, y que desde el primer momento adquieren el sentido foral y ciudadano, verdaderamente democrático a la española. Véase la fundación de Veracruz; la formalidad es suprema y convincente. En efecto, convenido que han la necesidad de fundar una villa, el jefe de la expedición, que es Hernán Cortés, reune a los señores y soldados y nombra los alcaldes y regidores que se precisan. Hecho esto, al día siguiente se reunen los alcaldes y regidores y mandan llamar a Hernán Cortés en nombre de la Corona, y le piden que les muestre los poderes y ejecutorias de que dispone. Examinados estos poderes, los magistrados de la villa fallan, por tanto, que el poder legal de Hernán Cortés ha terminado en aquel instante. El poder civil recupera sus derechos y procede con plena soberanía. Entonces, puesto que la armada necesita un capitán, los alcaldes y regidores deliberan concienzudamente y deciden elegir a Cortés como jefe...

Seguramente, aquí se trata de una maniobra que cualquier político moderno, de cualquier aldea constitucional, conoce y sabe tramar. Es claro que Hernán Cortés conocía previamente la decisión del cabildo de Veracruz; pero él y sus hombres tenían un hondo sentido de la autoridad, y no osaban hacer nada sin anteponer el formulismo y la ceremonia de las leyes y de la Justicia.

Antes de entrar en batalla contra los indios, ¿no vemos a los españoles, aún a riesgo de empeorar su situación estratégica, destacar un heraldo y amonestarles seriamente para que se vengan a razones y se sometan al rey de España? Esta casi cómica protestación se repite muchas veces; es como si los españoles quisieran exculparse del crimen que ellos no desean hacer, pero que la necesidad del momento les obliga a hacer... Pero todos sus formulismos, todas sus formalidades jurídicas fueron vanas; la posteridad les ha llamado rudos aventureros, soldados foragidos, gentes sin Dios y sin Ley.

La brillante y lucida hueste que Hernán Cortés preside y lleva a la conquista de Méjico es una hermosa armada de quinientos hombres esforzados, empavesada de banderolas y trémula por el ruido y resplandor de las armas. Es una síntesis de España; es un pedazo de Europa que contiene todo lo estimable de la civilización cristiana y europea. Caballeros, capitanes, clérigos, magistrados, oficiales y artífices; nadie falta allí para completar la síntesis. Es un pequeño mundo que avanza hacia la virginidad del mundo ignorado. No falta ni siquiera la literatura; el propio Hernán Cortés describirá sus actos, como antes César, y allí va con ellos Bernal Díaz del Castillo, que habrá de escribir su famosa historia de La conquista de la nueva España. Es un mundo pequeño, es una tropa pequeñísima para osar tan enorme empresa; pero lleva consigo un aliento excepcional, con el que sabrán incluir aquellos extensos países en el seno de la civilización europea.

El propio Bernal Díaz del Castillo se entusiasma y toma un tono lírico cuando considera la obra que han realizado los españoles. El valiente capitán y rudo historiador, viejo ya en su retiro de Guatemala, echa la mirada hacia atrás, recuerda lo que fué América y lo que es en el momento, y habla con acento emocionado y con legítimo orgullo de todo cuanto le debe el mundo a los conquistadores. Enumera el horror de las idolatrías sanguinarias que los españoles han suprimido; el ferviente cristianismo en que viven las poblaciones indias; el número de monasterios e iglesias que se han erigido en todas partes. Habla de los muchos oficios en que diestramente se emplean los indios, enseñados por los españoles, y cómo los pueblos tienen sus cabildos y justicias y viven en sosiego.

«Digamos cómo todos los demás indios, naturales de estas tierras, han deprendido muy bien todos los oficios que hay en Castilla entre nosotros. Y tienen sus tiendas de los oficios, y obreros, y ganan de comer a ello... Y muchos hijos de principales saben leer y escribir y componer libros de canto llano... Y han plantado en sus tierras y heredades de todos los árboles y frutas que hemos traído de España... Y demás desto, miren los curiosos lectores qué de ciudades, villas y lugares están poblados en estas partes de españoles... Y tengan atención a los obispados que hay, que son diez, sin el arzobispado de la muy insigne ciudad de Méjico, y cómo hay tres audiencias reales... Y miren qué hay de hospitales... Y también tengan cuenta cómo en Méjico hay Colegio Universal (Universidad), donde estudian y deprenden la gramática, teología, retórica y lógica y filosofía, y otros artes y estudios, e hay moldes y maestros de imprimir libros...»

Esto se escribía en 1568, cuarenta años después de la conquista de Méjico. Aproximadamente por aquel tiempo, otro historiador-soldado, tan sabio como discreto, Pedro de Cieza de León, exclama en su Crónica del Perú:

«Y no me paresce que debo pasar de aquí sin decir alguna parte de los males y trabajos que estos españoles y todos los demás padecieron en el descubrimiento destas Indias, porque yo tengo por muy cierto que ninguna nación ni gente que en el mundo haya sido, tantos ha pasado. Cosa es muy digna de notar que en menos de sesenta años se haya descubierto una navegación tan larga y una tierra tan grande y llena de tantas gentes; descubriéndola por montañas muy ásperas y fragosas y por desiertos sin camino, y haberlas conquistado y ganado, y en ellas poblado de nuevo más de doscientas ciudades...»

CAPÍTULO V

EL ORIGEN HEROICO DE AMÉRICA

LA obra del Nuevo Mundo es hija del heroísmo. Tiene un hondo sabor de aventura, y jamás el tiempo ha de borrar esa huella aventurera y heroica de los orígenes. Y es, además, acaso la última gran empresa heroica y aventurera que la historia ha producido.

Las obras que nacen del heroísmo mantienen eternamente un sello excepcional que las hace más eficaces y bellas. Esta verdad la han conocido todos los pueblos, y es efectiva la voluntad de poseer orígenes heroicos que manifiestan las civilizaciones todas. De la cabeza de Minerva armada quiere Atenas nacer, y la misma Roma, nido de algo como bandoleros al principio, se hace inventar la leyenda de aquellos guerreros de Troya, origen de la estirpe romana.

La superstición guerrera, común a todas las razas, podría parecer un prejuicio que hubiera impuesto a las gentes la casta militar, dominante y temible antiguamente. Pero una casta militar no pudo sostener en toda hora su pensamiento imperativo ni sobornar constantemente a los filósofos, poetas y artistas, y lo cierto es que todos, hombres de meditación o de fantasía, otorgaron siempre al heroísmo su entusiasmo, sus cantos y sus obras panegíricas.

Es porque comprendían que el soplo heroico hace grandes, fértiles y duraderas a las cosas. Sabían que el espíritu del heroísmo es el más fecundo en idealidad, porque inspira y estimula las virtudes próceres humanas: la virtud, el honor, la lealtad, la generosidad, el sacrificio. Y porque de estas virtudes príncipes nacen las ideas bellas, y, por lo tanto, las mismas actitudes y los gestos bellos.

Del poema de La Ilíada se nutre Grecia hasta su final. Y tanto o más que la interpretación de los símbolos o personajes religiosos, le interesa al espíritu heleno interpretar las luchas y los personajes de la guerra de Troya. Un mundo de estatuas y ánforas, una floración de inefable estética brota del alma cálida de Grecia al contacto de aquella idea de heroísmo.

Las obras que fecunda el heroísmo, por su virtud de aristocracia y de sublimidad, diríase que superan la resistencia del tiempo y están por sí mismas sinceradas. El aura de valor y de nobleza en que se envuelven las hace respetables, hermosas, temibles. ¡Qué infecunda y fea la civilización que no ha nacido del heroísmo! Todos los bajeles y riquezas de Fenicia fueron inútiles para el mundo e inaptos para el arte y la idealidad, porque carecieron de heroísmo. Las colonias, los palacios y las actividades de Cartago son estériles porque les falta la ráfaga heroica; sólo al morir la ciudad prosaica halla en Aníbal el hombre que podrá justificar a su patria ante la Historia.

Por las páginas de la La Biblia corre ese soplo heroico más de una vez; con rumor de espadas están llenos sus libros, y las estrofas sagradas vibran gloriosamente y tienen un alto tono de alegría triunfal cuando narran las guerras contra los filisteos, aquellas luchas por la conquista de un territorio que Dios concede a su pueblo para que lo nutra con heroísmo. La figura de David ilumina como una llama heroica los libros santos.

Heroico es el cristianismo, y no solamente mártir. ¿No es un alma profundamente heroica la de San Pablo, y alma íntimamente marcial? ¿Es algo más que heroísmo la voluntad de vencer de los cristianos en la Edad Media? Las Cruzadas, los poemas caballerescos en Tierra Santa, la expulsión de los moros de España, ¿no son conceptos en que el heroísmo se funde, como la mas alta y no igualada fusión, con el misticismo? ¿Y no tienen carácter heroico las aventuras temerarias de los fundadores y los evangelistas?

Glorioso es el Renacimiento por sus humanidades, su arte y su ciencia; pero es además grande y glorioso por sus esencias heroicas. El siglo XVI crea verdaderos portentos humanos, personas de excepción, héroes extraordinarios y numerosos. Es la hora radiante en que la personalidad heroica se manifiesta con más brillo y hasta sus últimas consecuencias.

Del heroísmo ha nacido América. Un soplo, entre místico y marcial, empujó las carabelas inaugurales. Bajo la cruz pintada en el velamen, las espadas y las corazas hacían sus fieros ruidos. Así fué creada América, y nunca será esto rectificado.

Los españoles crearon América a su modo, al modo heroico. Salían del poema largo de los moriscos; recordaban los actos del Cid, el que lograba ciudades y reinos con la fuerza de la lanza; estaban impregnados de lecturas caballerescas... En las Indias, puesto que la dirección de los gobernantes de la península era nula, aquellos españoles emprendieron la obra según su propio e íntimo ser, espontánea e inspiradamente. Por ser obra libre de la espontaneidad de los conquistadores y pobladores, América es el acto más puramente español. Tal vez por eso también es América una cosa tan inexorablemente española.

La virtud heroica sabe hacer estos milagros. Y si una colonización de comerciantes, como la holandesa, deja al cabo de los siglos que Java y Sumatra no pesen nada en el mundo, sino como almacenes de azúcar y como viveros de gentes anónimas, las naciones americanas que España creó heroicamente son cosas personales, únicas, y posibilidades magníficas en el porvenir. Ni Méjico ni el Perú carecerán nunca de valor en la Historia.

Entregados a su iniciativa, obedientes a su espontaneidad, los españoles vertieron en América su ser entero; todo su contenido social, político y religioso. Con una rapidez que asombra, las catedrales y las universidades levantaban sus torres en el aire americano. Los cabildos, como copia de la vida municipal de España, se transplantaban a las Indias y daban a aquellas regiones el tono cívico y libre que desde el principio ostentaron. El afán de poblar se mezcla con el afán heroico, y tan pronto como se ve algo exento de dificultades, Pizarro insiste en fundar la ciudad de Lima, en cuyos planos y replanteo interviene, y de cuya fundación y grandeza está tan orgulloso, tan enamorado.

 

 

CAPÍTULO VI

EL CID COMO PRECURSOR DE LOS CONQUISTADORES DE AMÉRICA

LOS hombres varían poco a través del tiempo, en cuanto a los caracteres y modos fundamentales; variamos nuestro modo de vestir, cambiamos la forma de las leyes y de los sistemas de locomoción, pero en lo íntimo somos consecuentes.

Leyendo las incomparables estrofas de Mío Cid nos encontramos con relatos y episodios que parecen escritos por un cronista del siglo XVI. Y todo el que sienta hondamente la epopeya de América, reconocerá que los conquistadores, expresa o infusamente, estaban influídos por el poema del Cid.

Muchos de los conquistadores, por su rudimentaria cultura, no conocían directamente el viejo poema castellano; pero a través de los romances, cuentos y tradiciones, es seguro que España entera se hallaba saturada del espíritu y hasta los pormenores del héroe de Vivar.

Este era un hombre representativo que asumió todas las esencias del alma española, y que, por ley natural que nunca falla, sirvió de guía y modelo a las generaciones sucedentes. El Cid, como perfecto héroe nacional, dió el tono a España, y para comprender esto no necesitamos acudir a los ejemplos literarios, como son los romances y las numerosas comedias que han surgido de los episodios del Cid; la influencia más viva y práctica la tenemos en la conquista de América.

Lo cierto es que Hernán Cortés y Francisco Pizarro efectúan sus empresas en una forma que en ocasiones parece copiada del mismo poema de Mío Cid.

Cuando Pizarro alza pendón en Panamá y hace la recluta de sus mesnadas, verdaderamente está calcando al Cid en su ataque y conquista de Valencia.