«Se tiró al suelo al dentrar,
«le dió un empellón a un vasco»,
y me alargó un medio frasco,
diciendo: Beba, cuñao...»

Colaboradores asiduos, ardientes y numerosos, ¿cómo es, sin embargo, que los cántabros no hayan dado a la historia de la conquista de América un nombre resaltante, único y genial como Cortés, Pizarro o Balboa?

Es un hecho extraño y perturbador que hayan tenido que ocupar siempre un puesto de segundo orden, el puesto del ayudante o del colaborador. Es en cierto modo trágica esa predisposición de la gente vasca a detenerse en el penúltimo escalón de la nombradía, y el figurar en las grandes empresas como piloto, y no como capitán. Esto es más notable y dramático, y desde luego digno de estudio, si se considera que el vasco posee las cualidades que exige el primer puesto: vanidad, ambición, sed de renombre y gloria, anhelo de la jerarquía.

Lo cierto es que el vasco siempre se halló en los grandes hechos, pero no como capitán, sino en calidad de piloto. Es el Andagoya que prepara los barcos y explora las playas; pero el que conquistará Perú será Pizarro. Es Elcano quien rodeará el mundo por primera vez; pero saldrá de piloto en la expedición, y Magallanes logrará el premio inmortal del viaje. Esto se repite siempre y en todos los sitios; el vasco anda cerca del generalato, de la genialidad, y no logra dar el salto decisivo. En la batalla de Pavía es el soldado vasco Juan de Urbieta quien se halla más cerca de Francisco I y le toma la espada; pero está cerca, está al borde del éxito, y no es él precisamente quien gana la batalla. En arte, en política, en todos los afanes príncipes busca el vasco el lugar del peligro y de la gloria, ¡y no consigue la genialidad, y se limita a ser piloto!...

¿Por qué? ¿Hay una fatalidad en los pueblos? ¿Hay un efecto de casualidad, de oportunidad?

Sutilizando el hecho, podríamos atribuir ese fenómeno del vasco secundario como producto de la democracia vascongada. Exento de tradición monárquica y señorial, exento de ciudades y de cultura propia, el país vasco ha tenido que carecer por consiguiente del verdadero instinto del lujo y del mando. En un país de celosa igualdad, el hombre ambicioso, vano y vehemente necesitó buscar fuera un campo para sus hazañas. Pero desde el principio estaba en situación de inferioridad frente a otros hombres naturalmente próceres, altivos, seguros de su rango y que por tradición frecuentaban la corte y asumían en la familia los cargos eminentes de la guerra y el mando político. El sentido natural y fatal del mando: he ahí lo que tal vez les faltó a los vascos, que no obstante poseían toda la codicia y la ardiente sed del mando.

El cántabro ha sido principalmente rural. El ruralismo se distingue por un cierto titubeo, por una timidez, por una duda constante, por fiar a la astucia y a la espera el éxito de los propósitos. Pero el gobierno de la genialidad requiere otros caminos; para ser capitán es preciso la aptitud convencida, instintiva, rápida e indiscutible del mando. El hombre de mando no duda; hace como los reyes de origen divino; siente que una fuerza extrahumana lo ha puesto al frente de la empresa. Este era el caso de Hernán Cortés.

 

 

III

EJEMPLO DE UNA RECLUTA DE CONQUISTADORES

(Bernal Díaz del Castillo. “Conquista
de la Nueva España”. Cap. XXI.)

«E así como desembarcamos en el puerto de la villa de la Trinidad, y salimos en tierra, y como los vecinos lo supieron, luego fueron a recibir a Cortés y a todos nosotros los que veniamos en su compañía, y a darnos el parabien venido a su villa, y llevaron a Cortés a aposentar entre los vecinos, porque habia en aquella villa poblados muy buenos hidalgos; y luego mandó Cortés poner su estandarte delante de su posada y dar pregones, como se habia hecho en la villa de Santiago, y mandó buscar todas las ballestas y escopetas que habia y comprar otras cosas necesarias y aun bastimentos; y de aquesta villa salieron hidalgos para ir con nosotros, y todos hermanos, que fué el capitán Pedro de Albarado y Gonzalo de Albarado y Jorge de Albarado y Gonzalo y Gomez e Juan de Albarado el viejo, que era bastardo; el capitán Pedro de Albarado es el por muchas veces nombrado; e tambien salió de aquesta villa Alonso de Avila, natural de Avila, capitán que fué cuando lo de Grijalva, e salió Juan de Escalante e Pedro Sanchez Farfan, natural de Sevilla, y Gonzalo Mejía, que fué tesorero en lo de Méjico, e un Baena y Juanes de Fuenterrabía, y Cristóbal de Olí, que fué forzado, que fué maestre de campo en la toma de la ciudad de Méjico y en todas las guerras de la Nueva España, e Ortiz el músico, e un Gaspar Sánchez, sobrino del tesorero de Cuba, e un Diego de Pineda o Pinedo, y un Alonso Rodriguez, que tenia unas minas ricas de oro, y un Bartolomé García y otros hidalgos que no me acuerdo sus nombres, y todas personas de mucha valía. Y desde la Trinidad escribió Cortés a la villa de Santispíritus, que estaba de allí diez y ocho leguas, haciendo saber a todos los vecinos cómo iba a aquel viaje a servir a su majestad, y con palabras sabrosas e ofrecimientos para atraer a sí muchas personas de calidad que estaban en aquella villa poblados, que se decían Alonso Hernández Puertocarrero, primo del conde de Medellin, y Gonzalo de Sandoval, alguacil mayor e gobernador que fué ocho meses, y capitán que después fué en la Nueva España, y a Juan Velazquez de Leon, pariente del gobernador Velazquez, y Rodrigo Rangel y Gonzalo Lopez de Jimena y su hermano Juan Lopez, y Juan Sedeño. Este Juan Sedeño era vecino de aquella villa; y declarólo así porque habia en nuestra armada otros dos Juan Sedeños; y todos estos que he nombrado, personas muy generosas, vinieron a la villa de la Trinidad, donde Cortés estaba; y como lo supo que venian, los salió a recebir con todos nosotros los soldados que estábamos en su compañía, y se dispararon muchos tiros de artillería y les mostró mucho amor, y ellos le tenian grande acato. Digamos ahora cómo todas las personas que he nombrado, vecinos de la Trinidad, tenian en sus estancias, donde hacian el pan cazabe, y manadas de puercos cerca de aquella villa, y cada uno procuró de poner el mas bastimento que podia. Pues estando desta manera recogiendo soldados y comprando caballos, que en aquella sazon e tiempo no los habia, sino muy pocos y caros; y como aquel hidalgo por mí ya nombrado, que se decia Alonso Hernandez Puertocarrero, no tenia caballo ni aun de qué comprallo, Cortés le compró una yegua rucia y dió por ella unas lazadas de oro que traia en la ropa de terciopelo que mandó hacer en Santiago de Cuba (como dicho tengo); y en aquel instante vino un navío de la Habana a aquel puerto de la Trinidad, que traía un Juan Sedeño, vecino de la misma Habana, cargado de pan cazabe y tocinos, que iba a vender a unas minas de oro cerca de Santiago de Cuba; y como saltó en tierra el Juan Sedeño, fué a besar las manos a Cortés, y después de muchas pláticas que tuvieron, le compró el navío y tocinos y cazabe fiado, y se fué el Juan Sedeño con nosotros. Ya teníamos once navíos, y todo se nos hacia prósperamente, gracias a Dios por ello; y estando de la manera que he dicho, envió Diego Velazquez cartas y mandamientos para que detengan la armada a Cortés, lo cual verán adelante lo que pasó.»

 

 

IV

EJEMPLO DE UNA BATALLA EN EL NUEVO MUNDO

(Bernal Díaz del Castillo. “Conquista
de la Nueva España”. Cap. CXLV.)

«Y volvamos a nuestra batalla: que al pasar de la puente hirieron a muchos de los nuestros e mataron dos soldados, y luego les llevamos a buenas cuchilladas por unas calles donde habia tierra firme adelante, y los de a caballo, juntamente con Cortés, salen por otras partes a tierra firme, adonde toparon sobre mas de diez mil indios, todos mejicanos, que venian de refresco para ayudar a los de aquel pueblo; y peleaban de tal manera con los nuestros, que les aguardaban con las lanzas a los de a caballo, e hirieron a cuatro dellos; y Cortés, que se halló en aquella gran presa, y el caballo en que iba, que era muy bueno, castaño oscuro, que le llamaban el Romo, u de muy gordo u de cansado, como estaba holgado, desmayó el caballo, y los contrarios mejicanos, como eran muchos, echaron mano a Cortés y le derribaron del caballo; otros dijeron que por fuerza le derrocaron; ahora sea por lo uno o por lo otro, en aquel instante llegaron muchos mas guerreros mejicanos para si pudieran apañarle vivo a Cortés; y como aquello vieron unos tlascaltecas y un soldado muy esforzado, que se decia Cristóbal de Olea, natural de Castilla la Vieja, de tierra de Medina del Campo, de presto llegaron, y a buenas cuchilladas y estocadas hicieron lugar, y tornó Cortés a cabalgar, aunque bien herido en la cabeza, y quedó el Olea muy malamente herido de tres cuchilladas; y en aquel tiempo acudimos allí todos los mas soldados que mas cerca dél nos hallamos; porque en aquella sazón, como en aquella ciudad habia en cada calle muchos escuadrones de guerreros y por fuerza habiamos de seguir las banderas, no podiamos estar todos juntos, sino pelear unos a unas partes y otros a otras, como nos fué mandado por Cortés; mas bien entendimos que donde andaba Cortés y los de a caballo que habia mucho que hacer, por las muchos gritas y voces y alaridos que oiamos. Y en fin de mas razones, puesto que habia adonde andábamos muchos guerreros, fuimos con gran riesgo de nuestras personas adonde estaba Cortés, que ya se le habian juntado hasta quince de a caballo y estaban peleando con los enemigos junto a unas acequias, adonde se mamparaban y estaban albarradas; y como llegamos, les pusimos en huida, aunque no del todo volvian las espaldas; y porque el soldado Olea que acudió a nuestro Cortés estaba muy mal herido de tres cuchilladas y se desangraba, y las calles de aquella ciudad estaban llenas de guerreros, dijimos a Cortés que se volviese a unos mamparos y se curase el Cortés y el Olea; y así, volvimos, y no muy sin sobra de vara y piedra y flecha, que nos tiraban de muchas partes donde tenian mamparos y albarradas, creyendo los mejicanos que volviamos retrayéndonos, e nos seguian con gran furia; y en este instante viene Pedro de Albarado e Andrés de Tapia y Cristóbal de Olí y todos los mas de a caballo que fueron con ellos a otras partes, el Olí corriendo sangre de la cara y el Pedro de Albarado herido y el caballo, y todos los demás cada cual con su herida, y dijeron que habian peleado con tanto mejicano en el campo, que no se podian valer; y porque cuando pasamos la puente que dicho tengo, parece ser que Cortés los repartió, que la mitad de a caballo fuesen por una parte y la otra mitad por otra; y así, fueron siguiendo tras unos escuadrones, y la otra mitad tras los otros. Pues ya que estábamos curando los heridos con quemalles con aceite e apretalles con mantas, suenan tantas voces y trompetillas e caracoles por unas calles en tierra firme, y por ellas vienen tantos mejicanos a un patio donde estábamos curando los heridos, e tírannos tanta vara e piedra, que hirieron de repente a muchos soldados; mas no les fué muy bien de aquella cabalgada, que presto arremetimos con ellos, y a buenas cuchilladas y estocadas quedaron hartos dellos tendidos. Pues los de a caballo no tardaron en salilles al encuentro, que mataron muchos, puesto que entonces hirieron dos caballos e mataron un soldado; de aquella vez los echamos de aquel sitio e patio; y cuando Cortés vió que no habia mas contrarios, nos fuimos a reposar a otro grande patio, adonde estaban los grandes adoratorios de aquella ciudad, y muchos de nuestros soldados subieron en el cu más alto, adonde tenian sus ídolos, y desde allí vieron la gran ciudad de Méjico y toda la laguna, porque bien se señoreaba todo; y vieron venir sobre dos mil canoas que venian de Méjico llenas de guerreros, y venian derechos adonde estábamos; porque, segun otro día supimos, el señor de Méjico, que se decía Guatemuz, les enviaba para que aquella noche o día diesen en nosotros; y juntamente envió por tierra sobre otros diez mil guerreros, para que, unos por una parte y otros por otra, tuviesen manera que no saliésemos de aquella ciudad con las vidas ninguno de nosotros. Tambien habia apercebido otros diez mil hombres para les enviar de refresco cuando estuviesen dándonos guerra, y esto se supo otro día de cinco capitanes mejicanos que en las batallas prendimos; y mejor lo ordenó Nuestro Señor Jesucristo; porque así como vino aquella gran flota de canoas, luego se entendió que venian contra nosotros, y acordóse que hubiese muy buena vela en todo nuestro real, repartido a los puertos y acequias por donde habian de venir a desembarcar, y los de a caballo muy a punto toda la noche, ensillados y enfrenados, aguardando en la calzada y tierra firme, y todos los capitanes, y Cortés con ellos, haciendo vela y ronda toda la noche, e a mí e a otros diez soldados nos pusieron por velas sobre unas paredes de cal y canto, y tuvimos muchas piedras e ballestas y escopetas y lanzas grandes adonde estábamos, para que si por allí, en unas acequias que era desembarcadero, llegasen canoas, que los resistiésemos e hiciésemos volver, e a otros soldados pusieron en guarda en otras acequias.

Dejemos de hablar deste desman por causa de Cortés, y digamos cómo habiamos ya llegado a Tacuba con nuestras banderas tendidas, con todo nuestro ejército y fardaje, y todos los mas de a caballo habian llegado, y también Pedro de Albarado y Cristóbal de Olí, y Cortés no venia con los diez de a caballo que llevó en su compañía. Tuvimos mala sospecha no les hubiese acaecido algún desman, y luego fuimos con Pedro de Albarado y Cristóbal de Olí e Andrés de Tapia en su busca, con otros de a caballo, hácia los esteros donde le vimos apartar, y en aquel instante vinieron los otros dos mozos de espuelas que habian ido con Cortés, que se escaparon, e se decía el uno Monroy y el otro Tomás de Rijoles, y dijeron que ellos por ser ligeros escaparon, e que Cortés y los demás se vienen poco a poco porque traen los caballos heridos; y estando en esto viene Cortés, con el cual nos alegramos, puesto que él venia muy triste y como lloroso; llamábanse los mozos de espuelas que llevaron a Méjico a sacrificar, el uno Francisco Martin Vendobal, y este nombre de Vendobal se le puso por ser algo loco, y el otro se decía Pedro Gallego. Pues como allí llegó Cortés a Tacuba, llovia mucho, y reparamos cerca de dos horas en unos grandes patios; y Cortés con otros capitanes y el tesorero Alderete, que venia ya malo, y el fraile Melgarejo y otros muchos soldados subimos en el gran cu de aquel pueblo, que desde él se señoreaba muy bien la ciudad de Méjico, que está muy cerca, y toda la laguna y las mas ciudades que están en el agua pobladas; y cuando el fraile y el tesorero Alderete vieron tantas ciudades y tan grandes, y todas asentadas en el agua, estaban admirados. Pues cuando vieron la gran ciudad de Méjico y la laguna y tanta multitud de canoas, que unas iban cargadas con bastimentos y otras iban a pescar y otras baldías, mucho mas se espantaron, porque no las habian visto hasta en aquella sazon; y dijeron que nuestra venida en esta Nueva España que no eran cosas de hombres humanos, sino que la gran misericordia de Dios era quien nos sostenia; e que otras veces han dicho que no se acuerdan haber leido en ninguna escritura que hayan hecho ningunos vasallos tan grandes servicios a su rey como son los nuestros, e que ahora lo dicen muy mejor, y que dello harian relación a su majestad. Dejemos de otras muchas pláticas que allí pasaron, y cómo consolaba el fraile a Cortés por la pérdida de sus mozos de espuelas, que estaba muy triste por ellos; y digamos cómo Cortés y todos nosotros estábamos mirando desde Tacuba el gran cu del ídolo Huichilóbos y el Tatelulco y los aposentos donde solíamos estar, y mirábamos toda la ciudad, y las puentes y calzada por donde salimos huyendo; y en este instante suspiró Cortés con una muy grande tristeza, muy mayor que la que de antes traia por los hombres que le mataron antes que en el alto cu subiese; y desde entonces dijeron un cantar o romance:

En Tacuba está Cortés
Con su escuadrón esforzado,
Triste estaba y muy penoso,
Triste y con gran cuidado,
La una mano en la mejilla,
Y la otra en el costado, etc.

Acuérdome que entonces le dijo un soldado que se decía el bachiller Alonso Perez, que después de ganada la Nueva España fué fiscal e vecino en Méjico: «Señor capitán, no esté vuestra merced tan triste; que en las guerras estas cosas suelen acaecer, y no se dirá por vuestra merced:

Mira Nero, de Tarpeya,
A Roma cómo se ardía...»

Y Cortés le dijo que ya veia cuántas veces habia enviado a Méjico a rogalles con la paz, y que la tristeza no la tenia por sola una cosa, sino en pensar en los grandes trabajos en que nos habiamos de ver hasta tornar a señorear, y que con la ayuda de Dios presto lo porniamos por la obra.»

V

DESCUBRIMIENTO DEL PACIFICO

(López de Gomara. “Historia
de las Indias”.)

DESCUBRIMIENTO DE LA MAR DEL SUR

ERA Vasco Núñez de Balboa hombre que no sabia estar parado; y aunque tenia pocos españoles para los muchos que menester eran, segun don Carlos Panquiaco decía, se determinó ir a descobrir la mar del Sur, porque no se adelantase otro y le hurtase la bendicion de aquella famosa empresa, y por servir y agradar al Rey, que dél estaba enojado. Aderezó un galeoncillo que poco antes llegara de Santo Domingo, y diez barcas de una pieza. Embarcóse con ciento y noventa españoles escogidos, y dejando los demás bien proveidos, se partió del Darien, 1.º de setiembre año de 13. Fué a Careta, dejó allí las barcas y navío y algunos compañeros. Tomó ciertos indios para guía y lengua, y el camino de las sierras que Panquiaco le mostrara. Entró en tierra de Ponca, que huyó como otras veces solia. Siguiéronle dos españoles con otros tantos caretanos, y trajéronle con salvoconducto. Venido, hizo paz y amistad con Balboa y cristianos, y en señal de firmeza dióles ciento y diez pesos de oro en joyuelas, tomando por ellas hachas de hierro, cortezuelas de vidrio, cascabeles y cosas de menos valor, empero preciosas para él. Dió tambien muchos hombres de carga y para que abriesen camino; porque como no tienen contratación con serranos, no hay sino unas sendillas como de ovejas. Con ayuda, pues, de aquellos hombres hicieron camino los nuestros, a fuerza de brazos y hierro, por montes y sierras, y en los rios puentes, no sin grandísima soledad y hambre. Llegó en fin a Cuareca, do era señor Torecha, que salió con mucha gente no mal armada, a le defender la entrada en su tierra si no le contentasen los extranjeros barbudos. Preguntó quién eran, qué buscaban y a do iban. Como oyó ser cristianos, que venian de España, y que andaban predicando nueva religion y buscando oro, y que iban a la mar del Sur, díjoles que se tornasen atrás sin tocar a cosa suya, so pena de muerte. Y visto que hacer no le querian, peleó con ellos animosamente. Mas al cabo murió peleando, con otros seiscientos de los suyos. Los otros huyeron a mas correr, pensando que las escopetas eran truenos, y rayos las pelotas; y espantados de ver tantos muertos en tan poco tiempo; y los cuerpos, unos sin brazos, otros sin piernas, otros hendidos por medio, de fieras cuchilladas. En esta batalla se tomó preso un hermano de Torecha en hábito real de mujer, que no solamente en el traje, pero en todo lo al, salvo en parir, era hembra. Entró Balboa en Cuareca; no halló paz ni oro, que lo habian alzado antes que pelear. Empero halló algunos negros esclavos del señor. Preguntó de dónde los habian, y no le supieron decir o entender mas de que habia hombres de aquel color cerca de allí, con quien tenian guerra muy ordinaria. Estos fueron los primeros negros que se vieron en Indias, y aun pienso que no se han visto mas. Aperreó Balboa cincuenta putos que halló allí, y luego quemólos, informado primero de su abominable y sucio pecado. Sabida por la comarca esta victoria y justicia, le traian muchos hombres de sodomía que los matase. Y segun dicen, los señores y cortesanos usan aquel vicio, y no el comun; y regalaban a los alanos, pensando que de justicieros mordian los pecadores; y tenian por mas que hombres a los españoles, pues habian vencido y muerto tan presto a Torecha y a los suyos. Dejó Balboa allí en Cuareca los enfermos y cansados, y con sesenta y siete que recios estaban, subió una gran sierra, de cuya cumbre se parecia la mar austral, segun las guias decían. Un poco antes de llegar arriba mandó parar el escuadron, y corrió a lo alto. Miró hacia mediodía, vió la mar, y en viéndola arrodillóse en tierra y alabó al Señor, que le hacia tal merced. Llamó los compañeros, mostróles la mar, y díjoles: «Veis allí, amigos míos, lo que mucho deseábamos. Demos gracias a Dios, que tanto bien y honra nos ha guardado y dado. Pidámosle por merced nos ayude y guie a conquistar esta tierra y nueva mar que descobrimos y que nunca jamás cristiano la vido, para predicar en ella el santo Evangelio...»

FIN

 

 

ÍNDICE

Págs.
Capítulo I. Visión de Extremadura.9
»II.El sello andaluz.19
»III.Plus Ultra.33
»IV.Los españoles en América.41
»V.El origen heroico de América.55
»VI.El Cid como precursor de los conquistadores de América.63
»VII.La codicia.75
»VIII.Las riquezas.87
»IX.El valor.99
»X.El conquistador brillante.113
»XI.Francisco Pizarro.131
»XII.Los capitanes.153
»XIII.El sentido de América.163

APÉNDICES

I.El amaneramiento histórico.183
II.Los pilotos cantábricos.189
III.Ejemplo de una recluta de conquistadores.199
IV.Ejemplo de una batalla en el Nuevo Mundo.205
V.Descubrimiento del Pacífico.215