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Los majos de Cádiz

Chapter 4: II
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About This Book

La novela reúne episodios y cuadros de costumbres gaditanas que retratan la vida cotidiana de clases populares en un puerto provincial: tabernas, paseos, romances y pequeñas rivalidades construyen un mosaico de personajes vivos y parlantes. La narración combina descripción realista y humor contenido con observaciones morales y sociales, mostrando el choque entre tradiciones locales y las modas artísticas y literarias de la época. A través de escenas corales y episodios íntimos se exploran la convivencia comunitaria, los afectos y las tensiones sociales, mientras el autor contrapone lo pintoresco y lo humano para ofrecer un panorama cálido y crítico de la sociedad que representa.

The Project Gutenberg eBook of Los majos de Cádiz

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Title: Los majos de Cádiz

Author: Armando Palacio Valdés

Release date: October 5, 2011 [eBook #37637]

Language: Spanish

Credits: Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
Proofreading Team at http://www.pgdp.net

*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LOS MAJOS DE CÁDIZ ***

En esta edición se han mantenido las convenciones ortográficas del original, incluyendo las variadas normas de acentuación presentes en el texto.
(nota del transcriptor)

LOS

MAJOS DE CÁDIZ

(NOVELA DE COSTUMBRES)

POR

ARMANDO PALACIO VALDÉS



————

MADRID
TIPOGRAFÍA DE LOS HIJOS DE M. G. HERNÁNDEZ
Libertad, 16 duplicado.
1896



ES PROPIEDAD

ÍNDICE

I

El viajero.

Sucedía esto allá en Cádiz, en una taberna del Campo del Sur, no lejos de Capuchinos, frente al mar Océano.

Para entrar en la tienda era menester subir tres escalones. Cerca de la entrada, á mano izquierda, estaba el mostrador: detrás de él la gran estantería repleta de botellas. Á un lado toneles y barriles y terciados sobre éstos varios zaques de vino. En el fondo tres aposentos separados por sendos tableros pintados de amarillo que no llegaban al suelo. Había gente bulliciosa en estos cuartos: escuchábase rumor de plática alegre y chasquido de vasos.

La tienda estaba sola, débilmente esclarecida por una lámpara de petróleo colgada sobre el mostrador. Sentada detrás de éste y haciendo calceta se hallaba la tabernera, cuyos ojos grandes, negros, aterciopelados, no se apartaban de la puerta explorando tenazmente las tinieblas de la calle. Era una espléndida andaluza de carnes opulentas, blancas, sonrosadas, de negra y ondeada cabellera y expresión grave y melancólica, como la de las mujeres árabes. Por la amplitud de sus formas parecía mujer de treinta años; pero examinando su rostro de cerca observábase en él la frescura y trasparencia de la infancia. Debía de ser mucho más joven de lo que aparentaba. Vestía traje sencillo de percal azul con pañuelo negro de seda anudado á la espalda, los cabellos sencilla y graciosamente peinados, los brazos un poco más fuertes y macizos de lo que exigiría un escultor, pero blancos é incitantes de todos modos, remangados hasta más arriba del codo; la fresca, mantecosa garganta al aire también. Las líneas suaves de su rostro ovalado, la pureza de su perfil acusaban alma sencilla y bondadosa; pero en el mirar fijo de sus ojos profundos había señales evidentes de un carácter pertinaz. No eran duros aquellos ojos, pero les faltaba poco.

Un caballero subió rápidamente las escaleras y entró en la tienda. Era un mozo corpulento, de fisonomía dulce y simpática, sobre cuyo labio superior apenas se distinguía leve bozo rubio.

—¡Soleá!—exclamó al entrar, con visible y placentera emoción extendiendo sus manos á la tabernera.

Ésta se alzó de la silla y le miró un instante con más sorpresa que alegría. Era casi tan alta como él y casi tan corpulenta.

—¡Manolo!—dijo al fin bastante fríamente.—¿De dónde sales?

—¿De dónde salgo?... Pues del tren, y antes de una fementida tartana que me ha desparramao los huesos por el cuerpo... Pero choca, criatura. ¿Es que no quieres darme la mano?—añadió poniéndose serio repentinamente.

—¿Por qué no?—dijo ella extendiendo su mano regordeta por encima del mostrador.

Manolo la estrechó con fuerza entre las suyas y la retuvo, mirando á la joven en silencio con intensa expresión de cariño. Ella apartó los ojos con señales de malestar y dijo afectando indiferencia:

—¿Y qué dejas por Medina, niño?

Al mismo tiempo tiró suavemente de su mano. Manolo, sin soltarla, profirió en voz baja con acento apasionado:

—Déjamela siquiera un minuto. ¡Cinco meses hace ya que no la toco!

—¡Un siglo!—exclamó la tabernera con sonrisa apenas perceptible, echando al mismo tiempo una mirada recelosa á la puerta.

Manolo advirtió esta mirada y, soltando bruscamente la mano, preguntó:

—¿Y Velázquez?

—Tan bueno—respondió poniéndose levemente colorada.

—¿Está fuera?

—Sí, después de almorzar ha salido y aún no ha vuelto.

El joven se sentó en una silla que había delante del mostrador, apoyó el codo sobre éste y con la mano en la mejilla quedó sombrío y silencioso. Soledad, al cabo de un rato, le preguntó con amabilidad:

—¿Hace mucho tiempo que no has visto á mi madre?

—No la he visto hace un siglo... ¡ni ganas!—respondió con reprimido acento de cólera, puestos los ojos en el techo.

Soledad le contempló fija y severamente largo rato; luego, alzando los hombros, hizo una leve mueca de desdén. Manolo adivinó esta mueca sin verla y volviendo su rostro turbado:

—Dispensa, hija; no puedo remediarlo... Tu madre me ha hecho mucho daño.

—¡Qué niño eres, Manolo! La pobrecita de mi madre no se ha metido en nada. Si hay en lo que ha pasado alguna culpa, toda es mía; no se la eches á nadie.

—¡Está bien!—exclamó el joven con sonrisa triste.—¡Ni siquiera me quieres dejar esa ilusión!

La tabernera iba á contestar, movió los labios para hacerlo, pero se contuvo; hizo un gesto de indiferencia y guardó silencio. Manolo volvió á su actitud sombría. Al cabo de un rato profirió secamente:

—Dame un medio.

La tabernera dejó la media sobre el mostrador, se levantó en silencio y después de sacar un vaso y fregarlo reposadamente en la pileta, lo llenó de manzanilla. Manolo lo apuró casi de un tope. Soledad le clavó los ojos con curiosidad un instante y volvió á sentarse.

Aumentaba el bullicio en los cuartos. Escucháronse las notas dulces de la guitarra y poco después llegó á sus oídos una soleá entonada á media voz por un hombre.

—¿Quién está ahí?—preguntó Manolo.

—Los de siempre.

—¿Y quiénes son los de siempre?

—Pues la reunión; ¿no los conoces? Pepe de Chiclana, María-Manuela, Paca la de la Parra, Antonio, Frasquito y su tío el señor Rafael.

—¿Y en el otro cuarto?

—Marchantes que juegan al rentoy.

Hubo una pausa y Manolo volvió á decir:

—Dame otro medio.

Con la misma calma y silencio, Soledad se levantó de nuevo y escanció otro vaso, que el joven apuró instantáneamente.

—La noche en que murió tu padre—profirió al cabo de largo silencio con voz poco segura—fuí á despertar á mi pobre madre, que ya dormía; me senté á su cabecera y llorando como un niño le pinté vuestra situación, le puse delante el cuadro terrible que acababa de presenciar. ¡Qué cosas le diría que al poco rato vi rasados sus ojos con lágrimas!... Aprovechando aquel momento de blandura me puse de rodillas y le dije:—¡Por Dios, mamá, por los dolores que has pasado para echarme al mundo, no te opongas más tiempo á mi matrimonio!... Y aquella mujer tan orgullosa me besó en la frente y me dijo al oído: «Tráela cuando quieras á casa, hijo mío». Me fuí tambaleando á la cama como un beodo y no pude dormir. Cuando tuve ocasión para comunicarte la noticia, vi tu semblante alterado y huiste á ocultarte en tu cuarto. Pensé que la emoción te ahogaba, cuando era el remordimiento...

Soledad hizo un gesto de impaciencia.

—¡Quién se acuerda ya de esas historias, Manolo! Tú y yo no habíamos nacido el uno para el otro.

—Cuando volvíamos del entierro—prosiguió el joven como si no hubiese oído—me emparejé con Velázquez, hablamos de vuestra situación, le di las gracias por lo que había hecho, considerándome ya de la familia, y le dije mi proyecto, mejor dicho, mis proyectos, porque le abrí el corazón por completo y le enteré de todos los pormenores de nuestro noviazgo. Él aprobaba con la cabeza á todo lo que yo decía, elogiaba mi conducta y hacía votos por mi felicidad, sonriendo... ¡Sí! le vi sonreir dos ó tres veces... ¡Qué papel me has hecho representar, Soleá!

Esta bajó la cabeza balbuciendo ruborizada:

—No te acuerdes más de eso.

—No lo traigo á la memoria para echártelo en cara. Lo hago únicamente para que me perdones lo que he dicho al hablar de tu madre. Aunque me jures lo contrario, seguiré creyendo que ha tenido la mayor parte de la culpa.

—Te engañas. Mi madre no ha hecho más que mostrarse agradecida á los favores que ese hombre nos hizo... Lo demás lo hizo Dios ó el diablo...

—El diablo seguramente, porque me han dicho que te hace muy desgraciada.

—¡Falso!—profirió la joven vivamente.—Me hace la mujer más feliz de la tierra.

Manolo cerró los ojos y ahogó un suspiro, ocultando un momento la cara entre las manos. Luego dijo esforzándose por sonreir:

—Me alegro, me alegro con toda mi alma. Sería un villano si otra cosa hiciese. Porque yo, al fin, te ofrecía una posición honrosa en el mundo, mientras él te ha colocado en una situación bien triste...

—Pero si yo me alegro de esa situación—interrumpió Soledad con tonillo colérico.

—¡Lo sé! ¡lo sé!... No te esfuerces en convencerme—respondió él con amargura.—Sólo hago constar un hecho. Eres terca, caprichosa y un poco egoistilla; pero así y todo no mereces que te hagan desgraciada. Con todos esos defectos te haces, sin embargo, querer. ¿Sabes por qué?... Por la inocencia... Eres una niña. Tu terquedad, tus caprichos y hasta tu egoísmo, en vez de inspirar repugnancia, hacen sonreir. Me has hecho traición, me clavaste el puñal en el pecho y le has dado vueltas cuando estaba dentro. Pues no te guardo rencor: me has martirizado como los chicos martirizan á los pájaros, sin saber lo que hacen... Cuando llegó á mis oídos que no te trataba bien, que te hacía desprecios delante de la gente, me puse enfermo de rabia, como si fueses cosa propia, como si jamás me hubieses hecho nada malo. Á pesar de mi resentimiento fuí á ver á tu madre y por desgracia ésta me confirmó en lo que había oído...

—¡Qué sabe mi madre lo que dice!—exclamó la joven con creciente irritación.

—Sí; he podido averiguar que no sólo te hacía desprecios, sino que ha llegado á levantarte la mano...

—¿Ha dicho mi madre eso?—preguntó ella vivamente con el semblante demudado.

—No, no—se apresuró á responder el joven.—No te dispares, niña. Tu madre sólo me ha dicho que no eres feliz. Otros pormenores los he sabido por gente de Medina que ha estado aquí.

—¡Bah!—exclamó ella con una mueca de desprecio.—¡Quién ataja las malas lenguas!... ¿Sabes lo que es eso, querido?—añadió inclinándose hacia él y dejando la calceta sobre el mostrador.—Pues es que hay muchas en Medina á quienes la envidia les come las entrañas.

Manolo la miró fijamente con sorpresa. Luego, sonriendo dijo:

—¡Qué engreída estás, Soleá!

Ésta se ruborizó y volvió á coger la calceta.

—No es nuevo, en ti eso—siguió él.—Lo mismo con amigas que con novios, siempre has sido propensa á los engreimientos repentinos... Á mí también me ha tocado mi cachito, ¿verdad?... Pero el de ahora va durando demasiado...

Soledad guardó silencio. Él también calló. Largo rato escucharon distraídos, melancólicos, los acordes de la guitarra. Cuanto se hablaba en el cuarto de la reunión llegaba á sus oídos. Las bromas desvergonzadas y los dichos agudos con que los alegres compadres entreveraban las coplas, en vez de hacerles reir, les iba poniendo á cada instante más serios y reflexivos. Soledad no apartaba los ojos de los puntos de la calceta. Manolo, con la cabeza echada hacia atrás, los tenía puestos en el techo. Al fin, haciendo un esfuerzo para sacudir el letargo y cambiando de postura, dijo resueltamente:

—Échame vino, que me voy.

La tabernera cumplió la orden con igual silencio. Manolo apuró el vaso, como lo había hecho antes, y puso una moneda sobre el mostrador. Soledad abrió el cajón, sacó la vuelta y la colocó á su lado.

—Está bien—dijo metiéndola en el bolsillo.—Me voy, hija mía, que me esperan.

Hizo ademán de levantarse; se inclinó hacia Soledad.

—Hasta la vista, gitana. ¿No me das la mano?

Y así que la tuvo cogida manifestó riendo:

—Dispensa, querida, la matraca que te he dado. Alguna que otra vez me suelen atacar estos arrechuchos y entonces me pongo insoportable, lo conozco; pero en seguidita me pasan y entonces no soy mal chico, ¿verdad, tú? Lo único que te pido es que sueltes á escape esa cara de regidor ofendido y no me la vuelvas á enseñar en la vida. Ríete, lucero, que cuando tú te ríes me alumbra el sol á la medianoche. Y si otra vez me pongo guasón, como hace poco, me dices: «Manolo, cierra el pico y déjame el alma quieta», ó si tú quieres, hija de mi alma, me das un lapo con esta mano rica que beso con tu permiso... y con el del dueño del establecimiento.

Y estampó en ella, efectivamente, tres ó cuatro besos. Soledad la retiró riendo.

—¡Siempre el mismo!

—¡Eso es! ¡Siempre el mismo!—repuso él levantándose.—¡Siempre queriéndote como un babieca! ¡Para mí, criatura, eres y serás la Virgen del Carmen y la Santísima Trinidad y el copón y la hostia!...

—¡Calla, Manolo, calla! Habrá que mandarte á la miga.

—¡Si fueras tú la maestra!... Adiós, gachona. Soy tu amigo hasta la muerte. ¿Verdad que soy tu amigo? ¿Verdad que lo soy?... Dí que sí, manteca de oro... Hasta la vista, ¿eh? ¡Muchos, muchos, muchos besos! Y á Velázquez... á Velázquez que se lo coman los lobos—añadió soltando la carcajada y saliendo por la puerta como un huracán.

Al poner el pie en la calle, aquel relámpago de alegría ficticia se apagó repentinamente. El alma del viajero quedó negra como la noche. Atravesó el paseo lentamente, apoyó ambos codos en el pretil de la muralla y contempló con ojos extáticos la inmensidad del mar. La bóveda del cielo alta y tachonada de estrellas se hundía en las tinieblas del horizonte. Debajo de ella, las olas inmóviles se extendían como una masa opaca donde sólo de vez en cuando brillaba la tenue luz fugitiva de un astro. La brisa húmeda trajo á su nariz los acres olores marinos. Permaneció así largo rato, abstraído, enteramente emboscado en las memorias de otros días. Al cabo sacó el pañuelo para secar sus ojos que la frescura de la brisa, sin duda, había mojado, y murmuró con su habitual sonrisa bondadosa:

—¡Pensé que estaba curado! ¡Buen chasco!

Y se dispuso á retirarse. Pero cuando hubo avanzado un poco sintió los pasos de un hombre que venía. Retrocedió nuevamente hasta el pretil para ocultarse en la oscuridad. Al llegar cerca del farol, lo conoció. El hombre se detuvo delante de la tienda, subió resueltamente los escalones y entró en ella. El rostro del joven viajero se contrajo fuertemente. Miró un instante con fijeza á la puerta iluminada y se alejó á paso largo.