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Los pescadores de "Trépang" cover

Los pescadores de "Trépang"

Chapter 29: NOTAS:
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About This Book

The narrative follows a Chinese-crewed junk cruising an isolated stretch of the Australian coast to harvest trépang, with a European commander supervising two young companions. It blends atmospheric coastal description and seafaring detail with mounting tension over whether to land: the crew must prepare anchors, firearms, and boiling caldrons while fearing nearby indigenous groups known to attack and consume outsiders. Scenes focus on operational routines of the fishing expedition, cultural friction among crew members, and suspense as the men balance the lure of a lucrative catch against the risk of ambush.

XXIV.—EL   JEFE   URI-UTANATE

EL Capitán, Hans y el chino habían esperado en vano en el bosquecillo de nueces moscadas la vuelta de los cazadores, que se habían alejado siguiendo al babirussa.

Al principio no se inquietaron, creyendo que el animal los había llevado muy lejos; pero viendo que las horas pasaban sin que Cornelio ni Horn volvieran, comenzaron a recelar que les hubiera podido ocurrir alguna desgracia.

Encontrándose en país salvaje, habitado por tribus hostiles y algunas sospechosas de antropofagia, y poblado además de no pocos animales feroces, sus temores no carecían de fundamento.

El Capitán, cuyos recelos aumentaban a medida que el día iba decayendo, decidió marchar en busca de sus compañeros. Después de haber recomendado a Hans y al chino que no abandonaran el bosquecillo y vigilasen atentamente, se puso en marcha hacia el Sur, siguiendo las huellas del babirussa y teniendo la precaución de señalar los árboles a su derecha, dando en ellos hachazos, a fin de guiarse al regreso.

Se internó mucho en la selva; pero ya iba al acaso, pues había perdido las huellas del animal. De vez en cuando llamaba a gritos a sus compañeros, sin obtener respuesta.

Como el sol iba declinando y temía no poderse guiar al regreso, se vió, a pesar suyo, obligado a volver al campamento, con la esperanza de hallar en él a los cazadores que podían haber vuelto por otro camino.

Su desesperación llegó al colmo, cuando sólo vió a Hans y al chino.

—Se han extraviado—dijo—. ¿Qué será de ellos? Los imprudentes, persiguiendo a la res, se han olvidado de hacer señales en los árboles, y Dios sabe dónde estarán ahora.

—No pueden estar muy lejos, tío—dijo Hans—. El babirussa perdía sangre y no habrá podido correr mucho. De seguro volverán.

—Pero la selva es inmensa, Hans, y muy fácil extraviarse en ella.

—Van-Horn es un marino, y tú sabes que los hombres de mar saben orientarse muy bien.

—En el mar, sí; ¡pero en estos bosques, donde no pueden verse el sol ni las estrellas! Pero tengamos paciencia. No veo otro remedio por ahora.

Construyeron una pequeña choza con hojas y ramas entrelazadas, y se guarecieron en ella para pasar la noche sin atreverse a dormir, por temor de no oir los gritos o señales de sus compañeros.

Las horas pasaban sin que Cornelio ni Van-Horn volviesen. Sólo a media noche creyeron sentir una lejana detonación y gritos; pero no se repitieron.

El Capitán hubiera querido partir al instante; pero la oscuridad era profunda y temía extraviarse. Hubo, pues, de renunciar a su proyecto.

Al alba, vencidos por el cansancio de aquella larga y angustiosa velada, se quedaron dormidos; pero su sueño duró poco, pues fueron bruscamente despertados por unos gritos salvajes.

Iban a ponerse en pie, cuando se precipitaron sobre ellos treinta o cuarenta papúes armados de cerbatanas, mazas y lanzas, y adornados de plumas y collares de dientes de cuadrúpedos y conchas de tortugas.

Hans y el chino fueron en un instante reducidos a la impotencia, antes de que pudieran hacer uso de sus armas. El Capitán, empuñando un hacha, se había lanzado fuera tratando de guarecerse en la selva; pero no pudo lograrlo, porque se vió rodeado por un numeroso grupo de salvajes y hecho prisionero, a pesar de su desesperada defensa.

Un viejo papú, de alta estatura, con la cabeza adornada de plumas de aves del paraíso, y liada a la cintura una banda de tela que le caía por delante, se acercó al Capitán y le dijo en lengua malaya:

—¿Dónde está mi hijo?

—¿Tu hijo?—exclamó Van-Stael—. ¡No sé quién es!

—Había venido aquí para matar al jefe de los arfakis.

—No lo he visto.

—¡Mientes!—gritó el papú—. ¡Tú lo has matado!

—Te repito que no lo he visto.

—Los europeos son nuestros enemigos.

—Yo no he sido nunca enemigo tuyo.

—Tú quieres engañarme; pero eres mío, y serás mi esclavo, o te entregaré a mis súbditos para que te coman.

—Estás borracho, papú—dijo el Capitán, que iba perdiendo la calma—. ¿Qué historia es ésa que me cuentas?

—¿Qué hacéis en este bosque?

—Hemos naufragado en estas costas, arrojados por la tempestad, y trataba de llegar al río Durga, para luego ir a las islas Arrú y desde allí volver a mi patria.

—¿Y no has visto a los arfakis?

—Ni a uno siquiera.

—¿Qué es lo que ha ocurrido a mi hijo?

—¿Pero cómo quieres que lo sepa?

—¿Son amigos tuyos los arfakis?

—Si los hubiera encontrado, me habrían comido.

—No te creo: serás mi esclavo, hasta que encuentre a mi hijo.

—Como quieras. ¿Dónde está tu aldea?

—En la orilla del río Durga.

—Es mi camino—murmuró el Capitán—. Cornelio y Van-Horn saben que vamos en busca de ese río, y tal vez nos los encontremos allí. Sin embargo, se lo advertiré, por si vuelven a este sitio.

Arrancó una hoja de un libro de memorias, y escribió en ella las palabras que más tarde debían leer sus compañeros, arrojándola medio arrugada sobre la yerba.

—¿Qué has hecho?—le preguntó el jefe.

—Un voto a mi genio protector—respondió el Capitán—. Te aconsejo que no toques ese papel, si no quieres morir.

El papú, supersticioso como todos sus compatriotas que creen en los genios del mar y de la noche, se guardó muy bien de tocar el papel. Al contrario, temiendo que fuera un poderoso maleficio, apresuróse a dar la orden de marcha.

Convencido de que su hijo había sido muerto por los arfakis o por sus prisioneros, volvía a su aldea.

La marcha a través de aquellos grandes bosques fué penosa, sobre todo para los tres náufragos, a quienes les habían atado las manos a la espalda para impedirles todo intento de rebeldía o de fuga, durante el descanso nocturno.

Al alba del tercer día, los papúes y sus prisioneros llegaron a la orilla del Durga, gran río, de rápida corriente, que surca una gran parte de la vasta isla hacia Occidente, y que desemboca cerca del cabo Valke, en el trozo de mar que baña el archipiélago de las islas Arrú.

Una gran aldea acuática fundada sobre altísimos pilotes ocupaba una enorme extensión de la orilla izquierda. La componían cuarenta espaciosas cabañas rectangulares, con largos corredores provistos de barandas de bambú que las ponían en comunicación unas con otras. Los pilotes que sostenían aquellas construcciones estaban hincados en el fondo del río. Comunicábanse con la orilla por medio de puentes móviles, bajo los cuales, atadas a aquella selva de estacas, se balanceaban en el agua gran número de barcas apareadas hechas de troncos de árboles ahuecados, y provistas de un puente de unión, de palos y de velas.

Los papúes atravesaron los puentes y entraron en la aldea a los gritos de júbilo de sus habitantes. Encerraron a los prisioneros en la habitación del jefe, que era la más vasta de todas, pues no tenía menos de ciento cincuenta pies de largo por la mitad de ancho, y estaba situada en la medianía de aquella larga fila de casas.

El Capitán y sus compañeros tuvieron que hacer peligrosos ejercicios gimnásticos para andar por aquellos puentes y corredores, cuyos pisos eran muy semejantes a los de la casa aérea de que atrás hablamos. Varias veces estuvieron a punto de caerse, pero sus guardianes les ayudaban a seguir, acostumbrados como estaban aquellos salvajes a caminar por tales suelos sin poner jamás el pie en falso. La única ventaja de aquel sistema de pavimentos consiste en que, sin necesidad de escobas, está siempre limpio de inmundicias.

—¿Y ahora, qué vas a hacer de nosotros?—preguntó el Capitán al jefe, cuando se vió dentro de la estancia junto a sus compañeros.

—El consejo de los ancianos de la tribu decidirá de vuestra suerte—respondió el salvaje—. Si habéis matado a mi hijo, moriréis.

—¡Qué testarudo!—exclamó el Capitán, impaciente.—¡Te he dicho que no somos enemigos tuyos!

—Todos los hombres de tu raza son enemigos míos.

—Otros, sí; nosotros, no.

—Es igual; todos sois lo mismo.

—¡Pero si yo no he visto a tu hijo!

—Lo habrán matado los arfakis, tus aliados.

—¡Eres un canalla!

—Soy Uri-Utanate.

—¡Un pillo!—gritó el Capitán exasperado.

—¡Calla, hombre blanco!

—¡No tengo miedo a los tuyos!

—Más tarde me lo dirás.

—Mira, viejo negro, que tengo en la selva compañeros libres, y si nos tocas a mí o a los míos, quemarán tu aldea.

—Mis guerreros me defenderán.

—¡Oh, bandido!

El Capitán, furibundo, se había levantado amenazando con los puños al jefe, cuando de pronto oyó dos disparos de fusil, seguidos de gran gritería.

—¡Dos disparos!—exclamó Hans—. ¡Sin duda son Cornelio y Van-Horn!...

El jefe papú se había precipitado fuera de la habitación empuñando su maza, temeroso de que fuera asaltada la aldea. Poco después dió un grito de alegría.

—¡Uri! ¡Uri!—decía, corriendo a través de las terrazas, donde se había agolpado la población entera.

Un papú, seguido por dos hombres blancos, cruzó el puente y corrió al encuentro del jefe, rápido como una flecha.

—¡Padre!—exclamó.

El jefe, que estaba muy conmovido, lo estrechó contra su pecho, diciendo:

—¡Vivo!... ¡Vivo mi hijo!...

—Sí, padre. Los arfakis, como ves, no me pudieron matar.

Luego, dirigiendo una mirada alrededor, preguntó a su padre:

—¿Has hecho prisioneros a unos hombres blancos?

—Sí—respondió el jefe.

—¿Dónde están? ¡Quiero verlos!

—En mi cabaña.

El papú corrió por la terraza, y entró en la estancia donde se hallaban el Capitán, Hans y el chino.

Avanzó hacia ellos, y con un gesto que no carecía de nobleza les dijo:

—¡Sois libres, y huéspedes gratos del jefe Uri-Utanate!

—Pero ¿quiénes son éstos?—le preguntó el jefe, que lo había seguido—. ¿No son enemigos nuestros?

—No, padre. Son hermanos de los hombres blancos que me arrancaron de las manos de los arfakis, cuando iban a matarme.

En aquel instante Cornelio y Van-Horn se presentaron en la puerta.

—¡Tío!

—¡Sobrino!

—¡Hans!

—¡Van-Horn!

Los cuatro náufragos, que llegaron a temer no volver a verse, se abrazaron estrechamente, mientras el chino, arrebatado de alegría, daba saltos por la estancia, como si estuviera loco.

—Hombres blancos—dijo Uri-Utanate, que ya lo sabía todo—. Mi casa, mis guerreros y mis barcos están a vuestra disposición. Me habéis devuelto a mi hijo, a mi heredero, y yo os devuelvo la libertad.

—Padre—dijo el joven guerrero—. Estos hombres vienen de lejanos países situados al Oeste, y quieren llegar a las islas Arrú para volver a su patria. Yo los guiaré hasta ellas.

—¡Mi hijo es un valiente! Sigue a los hombres blancos, y protégelos hasta las islas.

—Gracias, Uri-Utanate—dijo el Capitán—. Cuando llegue a mi patria diré que en la Papuasia hay hombres malos; pero que tampoco faltan los de corazón generoso.

C O N C L U S I Ó N

AL siguiente día los náufragos del junco dejaban la aldea de Uri-Utanate, y descendían la corriente del río Durga en una de las mayores y mejor provistas embarcaciones de aquellos naturales.

El hijo del jefe y doce de los más hábiles marinos indígenas les acompañaban para defenderlos de los piratas de la costa y guiarlos hasta las islas Arrú.

El jefe, antes de separarse de ellos, les había devuelto las armas, y había hecho cargar en la piragua víveres para muchos días.

La bajada del río se hizo sin incidentes desagradables, pues todas las tribus acampadas en aquellas orillas eran aliadas de Uri-Utanate.

Tres días después llegaron al cabo Valke, pusieron la proa al Sudoeste, y favorecidos por un viento fresco navegaron a la vela hacia Arrú, archipiélago que está en medio del mar de Banda, comprendido entre las islas del mismo nombre, que lo limitan por el Oeste, y la costa de la Papuasia o Nueva Guinea, que lo ciñe por el Noroeste.

A los doce días de navegación dieron vista a aquel importante grupo de islas, compuesto de más de treinta, fertilísimas y cubiertas de exuberante vegetación.

Todas ellas son pequeñas, a excepción de la de Trana, que tiene veinte leguas de largo por tres de ancho, y está poblada por multitud de papúes y malayos, repartidos en veinticuatro aldeas, dieciséis de las cuales son cristianas, cinco mahometanas y tres idólatras.

Aunque no haya en ella ninguna colonia de blancos, pertenece a los holandeses, que la visitan mucho para adquirir conchas de tortugas, trépang y aves del paraíso. Los barcos malayos, llamados paraos, frecuentan aquellas playas para pescar olutarias y traficar con sus naturales.

La piragua, guiada por Uri, llegó al puerto natural de Dabo, formado por las islas Vama y Vacam, que es el más importante de todo el archipiélago, y ancló ante el viejo fuerte holandés.

Los náufragos tuvieron la satisfacción de encontrar allí una goleta holandesa, a cuyo Capitán conocían, y que estaba cargando trépang. Era la Batanta, de Timor, mandada por un antiguo amigo de Van-Stael.

Renunciamos a describir la acogida que tuvieron los náufragos por parte de sus compatriotas: el Capitán puso el buque a su disposición.

El joven Uri se detuvo dos días en Dabo acompañando a sus salvadores, y luego, antes de partir, sacó de un escondite que había en la piragua dos grandes paquetes envueltos en hojas y cuidadosamente atados con bejucos, y, mostrándoselos al Capitán Van-Stael, le dijo:

—Este metal amarillo, que abunda en nuestro país entre las arenas del Durga, sé que es muy apreciado por los blancos. Consérvalo como recuerdo mío.

Dicho esto, saltó a la piragua, hizo tender las velas y se dió a la mar saludando por última vez a sus amigos.

El Capitán y sus compañeros, que no habían comprendido el significado de aquellas palabras, creyeron que aquellos paquetes contendrían regalos de poco valor; pero ¡cuál sería su sorpresa cuando, abiertos, vieron que estaban llenos de polvo de oro!

Había, por lo menos, un quintal de tan precioso metal, que tanto abunda entre las arenas de los ríos papúes. Era una verdadera fortuna, que les recompensaba largamente de la pérdida del junco y del trépang.

Cuatro días después la Batanta desplegaba velas, y una semana más tarde llegaba a Timor ante la factoría del armador chino.

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El capitán Van-Stael ha renunciado a navegar: posee una gran factoría; se ocupa en el comercio del trépang y de los productos de su país. Hans y Cornelio navegan ahora en un buque adquirido con el oro del papú, en compañía del viejo Van-Horn y del pescador chino, que no han querido abandonarlos.



FIN

ÍNDICE

Páginas.
I.—LA COSTA AUSTRALIANA9
II.—LOS PESCADORES DE TRÉPANG19
III.—LA PINTURA DE GUERRA DEL SALVAJE33
IV.—LOS AUSTRALIANOS45
V.—EL ASALTO NOCTURNO57
VI.—LA ORGÍA DE LA TRIPULACIÓN69
VII.—LOS DEVORADORES DE CARNE HUMANA81
VIII.—EL GOLFO DE CARPENTARIA93
IX.—EL NAUFRAGIO DURANTE EL HURACÁN105
X.—EL HURACÁN117
XI.—UNA ISLA DE CORAL129
XII.—EL ESTRECHO DE TORRES141
XIII.—LOS PIRATAS DE LA PAPUASIA151
XIV.—LA NUEVA GUINEA163
XV.—EL ASALTO DE LOS COCODRILOS173
XVI.—LA CABAÑA AÉREA185
XVII.—ENTRE LAS FLECHAS Y EL FUEGO197
XVIII.—LA CAZA DE LAS TORTUGAS209
XIX.—LOS ÁRBOLES DE SAGÚ221
XX.—LOS BOSQUES DE LA PAPUASIA233
XXI.—EL BABIRUSSA245
XXII.—LA VENGANZA DE LOS PAPÚES257
XXIII.—LOS PRISIONEROS267
XXIV.—EL JEFE URI-UTANATE279
CONCLUSIÓN289
NOTAS 

BIBLIOTECA CALLEJA

PRIMEROS VOLÚMENES

Azorín:Ptas.
   Parlamentarismo español3,50
   El paisaje español3,50
Juan Ramón Jiménez: 
   Diario de un poeta recién casado (Verso y prosa)3,50
   Estío (Verso)3,50
   Platero y yo (Primera edición completa). (Prosa)3,50
Ricardo de Orueta: 
   Berruguete y su obra (Con fotograbados. Texto en español, francés e inglés)     6,—
G. K. Chesterton: 
   Ortodoxia (Trad. del inglés por Alfonso Reyes)3,50
Paolo Savj López: 
   Cervantes (Trad. del italiano por A. G. Solalinde)3,50
Jules Renard: 
   Poil de Carotte (Trad. del francés por Juan Ramón Jiménez)3,50
Gastón Leroux: 
   Rouletabille en Rusia2,50
   Bibi (Dos tomos)4,—
   La Esposa del Sol2,50
   El sillón trágico2,50
   El hombre que ha visto al diablo2,50
Emilio Salgari: 
   El buque maldito1,50
   Los pescadores de Trépang1,50

NOTAS:

[1] Culebrinas de poco calibre usadas por los malayos.

[2] Especie de golondrinas.

[3] Treinta y tres libras.

[4] El dios de los australianos.

[5] Tiene una superficie una cuarta parte mayor que la del imperio de Austria Hungría.

[6] Estos pájaros son también comunes en la isla de Nueva Bretaña, que está al Este de Nueva Guinea.

[7] El betel es una mezcla de las hojas aromáticas del siri, de nueces secas y de cal viva. Se mastica, y produce una salivación roja; y con el tiempo ennegrece los dientes.

El betel es muy usado por todos los habitantes de las islas indomalayas y por los papúes.

[8] Jefe.