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Novelas Cortas

Chapter 21: I
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About This Book

A collection of short tales that blend adventure, comedy, and moral observation in compact, episodic narratives about encounters with rogues, mysterious figures, and ordinary people. Episodes move between tense scenes of banditry and mistaken identity and lighter sketches of social foibles, told with vivid local detail and wry irony. This edition offers extensive annotations, an idiomatic commentary, graded exercises, and a vocabulary to support readers studying the original language.




(p33)

EL AFRANCESADO


I

En la pequeña villa del Padrón, sita en territorio gallego,[33-1] y
allá por el año[33-2] del 1808, vendía sapos y culebras y agua llovediza,[33-3]
a fuer de legítimo boticario, un tal GARCÍA[33-4] DE PAREDES,
misántropo solterón, descendiente acaso, y sin acaso,[33-5] de aquel
05 varón[33-6] ilustre que mataba un toro de una puñada.

Era una fría y triste noche de otoño. El cielo estaba encapotado
por densas nubes, y la total carencia de alumbrado terrestre
dejaba a las tinieblas campar por su respeto[33-7] en todas las
calles y plazas de la población.

10 A eso de las diez de aquella pavorosa noche, que las lúgubres
circunstancias de la patria hacían mucho más siniestra, desembocó
en la plaza que hoy se llamará[33-8] de la Constitución un silencioso
grupo de sombras, aun más negras que la obscuridad de
cielo y tierra, las cuales avanzaron hacia la botica de García de
15 Paredes, cerrada completamente desde las Ánimas,[33-9] o sea desde
las ocho y media en punto.

—¿Qué hacemos?[33-10]—dijo una de las sombras en correctísimo
gallego.

—Nadie nos ha visto....—observó otra.

20 —¡Derribar la puerta!—propuso una mujer.

—¡Y matarlos!—murmuraron hasta quince voces.

—¡Yo me encargo del boticario!—exclamó un chico.

—¡De ése nos encargamos todos!

—¡Por judío![33-11]

25 —¡Por afrancesado!

—Dicen que hoy cenan con él más de veinte franceses....

—¡Ya lo creo! ¡Como saben que ahí están seguros, han
acudido en montón!
(p34)
—¡ Ah! Si fuera en mi casa! ¡Tres alojados llevo echados
[34-1]
al pozo!

—¡Mi mujer degolló ayer a uno!...

—¡Y yo ... (dijo un fraile con voz de figle) he asfixiado a
05 dos capitanes, dejando carbón encendido en su celda, que antes
era mía![34-2]

—¡Y ese infame boticario los protege!

—¡Qué expresivo estuvo ayer en paseo con esos viles
excomulgados!

10 —¡Quién lo había de esperar[34-3] de García de Paredes! ¡No
hace un mes que era el más valiente, el más patriota, el más
realista del pueblo!

—¡Toma! ¡Como que[34-4] vendía en la botica retratos del
príncipe Fernando![34-5]

15 —¡Y ahora los vende de Napoleón!

—Antes nos excitaba a la defensa contra los invasores....

—Y desde que vinieron al Padrón se pasó a ellos....

—¡Y esta noche da de cenar a todos los jefes!

—¡Oíd qué algazara traen![34-6] ¡Pues no gritan ¡viva el
20 Emperador!

—Paciencia.... (murmuró el fraile.) Todavía es muy
temprano.

—Dejémosles emborracharse.... (expuso una vieja.)
Después entramos[34-7]... ¡y ni uno ha de quedar vivo!

25 —¡Pido que se haga cuartos[34-8] al boticario!

—¡Se le hará ochavos,[34-9] si queréis! Un afrancesado es más
odioso que un francés. El francés atropella a un pueblo extraño:
el afrancesado vende y deshonra a su patria. El francés comete
un asesinato: el afrancesado ¡un parricidio!



II

30 Mientras ocurría la anterior escena en la puerta de la botica,
García de Paredes y sus convidados corrían la francachela[34-10] más
alegre y desaforada que os podáis figurar.
(p35)
Veinte eran, en efecto, los franceses que el boticario tenía a
la mesa, todos ellos jefes y oficiales.

García de Paredes contaría[35-1] cuarenta y cinco años; era
alto y seco y más amarillo que una momia; dijérase[35-2] que su
05 piel estaba muerta hacía mucho tiempo; llegábale la frente a
la nuca, gracias a una calva limpia y reluciente, cuyo brillo tenía
algo de fosfórico; sus ojos, negros y apagados, hundidos en las
descarnadas cuencas, se parecían a esas lagunas encerradas
entre montañas, que sólo ofrecen obscuridad, vértigos y muerte
10 al que las mira; lagunas que nada reflejan; que rugen sordamente
alguna vez,[35-3] pero sin alterarse; que devoran todo lo que
cae en su superficie; que nada devuelven; que nadie ha podido
sondear; que no se alimentan de ningún río, y cuyo fondo
busca la imaginación en los mares antípodas.

15 La cena era abundante, el vino bueno, la conversación
alegre y animada.

Los franceses reían, juraban, blasfemaban, cantaban, fumaban,
comían y bebían a un mismo tiempo.

Quién[35-4] había contado los amores secretos de Napoleón;
20 quién la noche del 2 de Mayo[35-5] en Madrid; cuál[35-6] la batalla de
las Pirámides;[35-7] cuál otro la ejecución de Luis XVI.[35-8]

García de Paredes bebía, reía y charlaba como los demás, o
quizás más que ninguno;[35-9] y tan elocuente había estado en favor
de la causa imperial, que los soldados del César[35-10] lo habían
25 abrazado, lo habían vitoreado, le habían improvisado himnos.

—¡Señores! (había dicho el boticario): la guerra que os
hacemos los españoles es tan necia como inmotivada. Vosotros,
hijos de la Revolución, venís a sacar a España[35-11] de su tradicional
abatimiento, a despreocuparla, a disipar las tinieblas religiosas,
30 a mejorar sus anticuadas costumbres, a enseñarnos esas utilísimas
e inconcusas «verdades de que no hay Dios, de que no hay
otra vida, de que la penitencia, el ayuno, la castidad y demás
virtudes católicas son quijotescas[35-12] locuras, impropias de un pueblo
civilizado, y de que Napoleón es el verdadero Mesías, el (p36)
redentor de los pueblos, el amigo de la especie humana....»
¡Señores! ¡Viva el Emperador cuanto yo deseo que viva!

—¡Bravo, vítor!—exclamaron los hombres del 2 de Mayo.

El boticario inclinó la frente con indecible angustia.

05 Pronto volvió a alzarla, tan firme y tan sereno como antes.

Bebióse un vaso de vino, y continuó:

—Un abuelo mío, un García de Paredes, un bárbaro, un
Sansón,
[36-1] un Hércules, un Milón de Crotona,[36-2] mató doscientos
franceses en un día.... Creo que fué en Italia. ¡Ya veis que
10 no era tan afrancesado como yo! ¡Adiestróse en las lides contra
los moros del reino de Granada; armóle caballero el mismo
Rey Católico,[36-3] y montó más de una vez la guardia en el Quirinal,[36-4]
siendo Papa nuestro tío Alejandro Borja![36-5] ¡Eh, eh!
¡No me hacíais tan linajudo!—Pues este DIEGO GARCÍA DE
15 PAREDES, este ascendiente mío..., que ha tenido un descendiente
boticario, tomó a Cosenza y Manfredonia; entró por
asalto en Cerinola, y peleó como bueno[36-6] en la batalla de Pavía![36-7]
¡Allí hicimos prisionero a un rey de Francia, cuya espada ha
estado en Madrid cerca de tres siglos, hasta que nos la robó
20 hace tres meses ese hijo de un posadero que viene a vuestra
cabeza, y a quien llaman Murat![36-8]

Aquí hizo otra pausa el boticario. Algunos franceses demostraron
querer contestarle; pero él, levantándose, e imponiendo
a todos silencio con su actitud, empuñó convulsivamente un
25 vaso, y exclamó con voz atronadora:

—¡Brindo, señores, porque maldito sea mi abuelo, que era
un animal, y porque se halle ahora mismo en los profundos
infiernos!—¡Vivan los franceses de Francisco I[36-9] y de Napoleón
Bonaparte!

30 —¡Vivan!...—respondieron los invasores, dándose por
satisfechos.

Y todos apuraron su vaso.

Oyóse en esto[36-10] rumor en la calle, o, mejor dicho, a la puerta
de la botica.
(p37)
—¿Habéis oído?—preguntaron los franceses.

García de Paredes se sonrió.

—¡Vendrán[37-1] a matarme!—dijo.

—¿Quién?

05 —Los vecinos[37-2] del Padrón.

—¿Por qué?

—¡Por afrancesado!—Hace algunas noches que rondan mi
casa....—Pero ¿qué nos importa?—Continuemos nuestra
fiesta.

10 —Sí ... ¡continuemos! exclamaron los convidados.
¡Estamos aquí para defenderos!

Y chocando ya botellas contra botellas, que no[37-3] vasos contra
vasos.

—¡Viva Napoleón! ¡Muera Fernando![37-4] ¡Muera Galicia![37-5]—gritaron
15 a una voz.

García de Paredes esperó a que[37-6] se acallase el brindis, y
murmuró con acento lúgubre:

—¡Celedonio!

El mancebo[37-7] de la botica asomó por una puertecilla su cabeza
20 pálida y demudada, sin atreverse a penetrar en aquella caverna.

—Celedonio, trae papel y tintero—dijo tranquilamente el
boticario.

El mancebo volvió con recado de escribir.[37-8]

—¡Siéntate! (continuó su amo.)—Ahora, escribe las cantidades
25 que yo te vaya diciendo. Divídelas en dos columnas.
Encima de la columna de la derecha, pon: Deuda,[37-9] y encima
de la otra: Crédito.

—Señor ... (balbuceó el mancebo.)—En la puerta hay
una especie de motín.... Gritan ¡muera el boticario!...
30 Y ¡quieren entrar!

—¡Cállate y déjalos!—Escribe lo que te he dicho.

Los franceses se rieron de admiración al ver al farmacéutico
ocupado en ajustar cuentas cuando le rodeaban la muerte y la ruina.
(p38)
Celedonio alzó la cabeza y enristró la pluma, esperando cantidades
que anotar.

—¡Vamos a ver, señores! (dijo entonces García de Paredes,
dirigiéndose a sus comensales.)—Se trata de resumir nuestra
05 fiesta en un solo brindis. Empecemos por orden de colocación.

—Vos,[38-1] Capitán, decidme: ¿cuántos españoles habréis matado[38-2]
desde que pasasteis los Pirineos?[38-3]

—¡Bravo! ¡Magnífica idea!—exclamaron los franceses.

—Yo.... (dijo el interrogado, trepándose en la silla y
10 retorciéndose el bigote con petulancia.) Yo ... habré
matado ... personalmente ... con mi espada ... ¡poned
unos diez o doce!

—¡Once a la derecha![38-4]—gritó el boticario, dirigiéndose al
mancebo.

15 El mancebo repitió, después de escribir:

Deuda ... once.

—¡Corriente! (prosiguió el anfitrión.)—¿Y vos?...—Con
vos hablo, señor Julio....

—Yo ... seis.

20 —¿Y vos, mi Comandante?

—Yo ... veinte.

—Yo ... ocho.

—Yo catorce.

—Yo ... ninguno.

25 —¡Yo no sé!...; he tirado a ciegas....—respondía
cada cual, según le llegaba su turno.

Y el mancebo seguía anotando cantidades a la derecha.

—¡Veamos ahora, Capitán! (continuó García de Paredes.)—Volvamos
a empezar[38-5] por vos. ¿Cuántos españoles esperáis
30 matar en el resto de la guerra, suponiendo que dure todavía...
tres años?

—¡Eh!... (respondió el Capitán.)—¿Quién calcula[38-6] eso?

—Calculadlo...; os lo suplico....

—Poned otros once.
(p39)
—Once a la izquierda....—dictó García de Paredes.

Y Celedonio repitió:

Crédito, once.

—¿Y vos?—interrogó el farmacéutico por el mismo orden[39-1]
05 seguido anteriormente.

—Yo ... quince.

—Yo ... veinte.

—Yo ... ciento.

—Yo ... mil—respondían los franceses.

10 —¡Ponlos todos a diez, Celedonio!... (murmuró irónicamente
el boticario.)—Ahora, suma por separado[39-2] las dos
columnas.

El pobre joven, que había anotado las cantidades con sudores
de muerte, vióse obligado a hacer el resumen con los dedos,
15 como las viejas. Tal era su terror.

Al cabo de un rato de horrible silencio, exclamó, dirigiéndose
a su amo:

Deuda..., 285.—Crédito..., 200.

—Es decir ... (añadió García de Paredes), ¡doscientos
20 ochenta y cinco muertos, y doscientos sentenciados! ¡Total,
cuatrocientas ochenta y cinco víctimas!!!

Y pronunció estas palabras con voz tan honda y sepulcral,
que los franceses se miraron alarmados.

En tanto, el boticario ajustaba una nueva cuenta.

25 —¡Somos unos héroes!—exclamó al terminarla.—Nos
hemos bebido[39-3] setenta botellas, o sean[39-4]] ciento cinco libras y
media de vino, que, repartidas entre veintiuno, pues todos hemos
bebido con igual bizarría, dan cinco libras de líquido por
cabeza.—¡Repito que somos unos héroes!

30 Crujieron en esto las tablas de la puerta de la botica, y el
mancebo balbuceó tambaleándose:

—¡Ya entran!...

—¿Qué hora es?—preguntó el boticario con suma
tranquilidad.
(p40)
—Las once. Pero ¿no oye usted que entran?

—¡Déjalos! Ya es hora.[40-1]

—¡Hora!... ¿de qué?—murmuraron los franceses, procurando
levantarse.

05 Pero estaban tan ebrios, que no podían moverse de sus sillas.

—¡Que entren![40-2] ¡Que entren!... (exclamaban, sin embargo,
con voz vinosa, sacando los sables con mucha dificultad
y sin conseguir ponerse de pie.) ¡Que entren esos canallas!
¡Nosotros los recibiremos!

10 En esto,[40-3] sonaba ya abajo, en la botica, el estrépito de los
botes y redomas que los vecinos[40-4] del Padrón hacían pedazos, y
oíase resonar en la escalera este grito unánime y terrible:

—¡Muera el afrancesado!



III

Levantóse García de Paredes, como impulsado por un resorte,
15 al oír semejante clamor dentro de su casa, y apoyóse en la mesa
para no caer de nuevo sobre la silla. Tendió en torno suyo
una mirada de inexplicable regocijo, dejó ver en sus labios la
inmortal sonrisa del triunfador, y así, transfigurado y hermoso,
con el doble temblor de la muerte y del entusiasmo, pronunció
20 las siguientes palabras, entrecortadas y solemnes como las campanadas
del toque de agonía:[40-5]

—¡Franceses!... Si cualquiera de vosotros, o todos juntos,
hallarais ocasión propicia de vengar la muerte de doscientos
ochenta y cinco compatriotas y de salvar la vida a otros doscientos
25 más; si sacrificando vuestra existencia pudieseis desenojar
la indignada sombra de vuestros antepasados, castigar a los
verdugos de doscientos ochenta y cinco héroes, y librar de la
muerte a doscientos compañeros, a doscientos hermanos,
aumentando así las huestes del ejército patrio con doscientos
30 campeones de la independencia nacional, ¿repararíais ni[40-6] un
momento en vuestra miserable vida? ¿Dudaríais ni un punto (p41)
en abrazaros, como Sansón,
[41-1] a la columna del templo, y morir,
a precio de matar a los enemigos de Dios?

—¿Qué dice?—se preguntaron los franceses.

—Señor..., ¡los asesinos están en la antesala!—exclamó
05 Celedonio.

—¡Que entren!... (gritó García de Paredes.)—Ábreles
la puerta de la sala.... ¿Qué vengan todos ... a ver cómo
muere el descendiente de un soldado de Pavía![41-2]

Los franceses, aterrados, estúpidos, clavados en sus sillas por
10 insoportable letargo, creyendo que la muerte de que hablaba el
español iba a entrar en aquel aposento en pos de los amotinados,
hacían penosos esfuerzos por levantar los sables, que yacían
sobre la mesa; pero ni siquiera conseguían que sus flojos dedos
asiesen las empuñaduras: parecía que los hierros[41-3] estaban adheridos[41-4]
15 a la tabla por insuperable fuerza de atracción.

En esto inundaron la estancia más de cincuenta hombres y
mujeres, armados con palos, puñales y pistolas, dando tremendos
alaridos y lanzando fuego por los ojos.

—¡Mueran todos!—exclamaron algunas mujeres, lanzándose
20 las primeras.

—¡Deteneos!—gritó García de Paredes con tal voz, con
tal actitud, con tal fisonomía, que, unido este grito a la inmovilidad
y silencio de los veinte franceses, impuso frío terror a
la muchedumbre, la cual no se esperaba[41-5] aquel tranquilo y
25 lúgubre recibimiento.

—No tenéis para qué[41-6] blandir los puñales.... (continuó
el boticario con voz desfallecida.)—He hecho más que todos
vosotros por la independencia de la Patria.... ¡Me he fingido
afrancesado!... Y ¡ya veis!... los veinte Jefes y Oficiales
30 invasores ... ¡los veinte!—no los toquéis[41-7]...—¡están
envenenados!...

Un grito simultáneo de terror y admiración salió del pecho
de los españoles. Dieron éstos un paso más hacia los convidados,
y hallaron que la mayor parte estaban ya muertos, con la (p42)
cabeza caída hacia adelante, los brazos extendidos sobre la
mesa, y la mano crispada en la empuñadura de los sables. Los
demás agonizaban silenciosamente.

—¡Viva García de Paredes!—exclamaron entonces los españoles,
05 rodeando al héroe moribundo.

—Celedonio.... (murmuró el farmacéutico.)—El opio se
ha concluido.... Manda por opio a la Coruña
[42-1]....

Y cayó de rodillas.

Sólo entonces comprendieron los vecinos del Padrón que el
10 boticario estaba también envenenado.

Vierais[42-2] entonces un cuadro tan sublime como espantoso.—Varias
mujeres, sentadas en el suelo, sostenían en sus faldas y en
sus brazos al expirante patriota, siendo las primeras en colmarlo
de caricias y bendiciones, como antes fueron las primeras en
15 pedir su muerte.—Los hombres habían cogido todas las luces
de la mesa, y alumbraban arrodillados aquel grupo de patriotismo
y caridad....—Quedaban, finalmente, en la sombra
veinte muertos o moribundos, de los cuales algunos iban desplomándose
contra el suelo con pavorosa pesantez.

20 Y a cada suspiro de muerte que se oía, a cada francés que
venía a tierra, una sonrisa gloriosa iluminaba la faz de García
de Paredes
, el cual de allí a poco devolvió su espíritu al cielo,
bendecido por un Ministro del Señor y llorado de sus hermanos
en la Patria.

Madrid, 1856.




(p43)

¡VIVA EL PAPA!


I

El tierno episodio que voy a referir es rigurosamente histórico,
como los anteriores y como los siguientes; pero no ya sólo
por la materia, sino también por la forma.—Vivo está quien lo
cuenta, como suele decirse..., y entiéndase que quien le
05 cuenta no soy yo; es un Capitán retirado que dejó el servicio
en 1814.

Hoy no soy escritor; soy mero amanuense: no os pido, pues,
admiración ni indulgencia, sino que me creáis a puño cerrado.
[43-1]

Para invención, el asunto es de poca monta; y luego pertenece
10 a un género en que yo no me tomaría el trabajo de inventar
nada....

Presumo de liberal,[43-2] y un pobre Capitán retirado me ha conmovido
profundamente contándome los sinsabores ... políticos
de un Papa muy absolutista....

15 Mi objeto es conmoveros hoy a vosotros con su misma
relación, a fin de que el número de los derrotados cohoneste
mi derrota.

Habla mi Capitán.



II

Uno de los más calurosos días del mes de Julio de 1809, y
20 ¡cuidado que[43-3] aquel dichoso año hizo calor! a eso de las diez
de la mañana, entrábamos en Montelimart, villa o ciudad del
Delfinado,[43-4] que lo que sea no lo sé,[43-5] ni lo he sabido (p44)
nunca, y maldita la falta
[44-1] que me hacía saber que existía
tal Francia en el mundo....

—¡Ah! ¿Conque era en Francia?...

—Pues ¡hombre![44-2] ¡Me gusta! ¿Dónde está el Delfinado
05 sino en Francia?—Y no crean ustedes que ahí, en la frontera...,
sino muy tierra adentro,[44-3] más cerca del Piamonte[44-4] que de
España....

—¡Siga V...., Capitán! Los niños ... que aprendan[44-5]
en la escuela....—Y tú, ¡a ver si[44-6] te callas, Eduardito!

10 —Pues como digo, entrábamos en Montelimart, ahogados
de calor y polvo, y rendidos[44-7] de caminar a pie durante tres semanas,
veintisiete[44-8] oficiales españoles que habíamos caído prisioneros
en Gerona[44-9].... Mas no creáis[44-10] que en la capitulación
de la plaza, sino en una salida que hicimos pocos días antes, a
15 fin de estorbar unas obras en el campamento francés.... Pero
esto no hace al caso. Ello es[44-11] que nos atraparon y nos llevaron
a Perpiñán,[44-12] desde donde nos destinaron a Dijon[44-13].... Y
ahí tienen Vds. el por qué[44-14]] de lo que voy a referir.

Pues, señor, como uno se acostumbra a todo, y el Emperador
20 nos pasaba[44-15] diez reales diarios durante el viaje—que íbamos
haciendo a jornadas militares de tres o cuatro leguas,—y nadie
nos custodiaba, porque cada uno de nosotros había respondido
con su cabeza de que no desertarían los demás, y veintisiete
españoles juntos no se han aburrido nunca, sucedía que, sin embargo
25 del[44-16] calor, de la fatiga y de no saber ni una palabra de
francés, pasábamos muchos ratos divertidos,[44-17] sobre todo desde
las once de la mañana hasta las siete de la tarde, horas que permanecíamos
en las poblaciones del tránsito; pues las jornadas
las hacíamos de noche con la fresca.... A ver, Antonio,
30 enciéndeme esta pipa.

Montelimart....—¡Bonito pueblo!...—El café está en
una calle cerca de la Plaza, y en él entramos a refrescarnos, es
decir, a evitar el sol ... (pues los bolsillos no se prestaban a
gollerías), en tanto que[44-18] tres de nuestros compañeros (p45)
iban a ver al Prefecto
[45-1] para que nos diese las boletas de
alojamiento,[45-2] que en Francia se llaman mandat....

No sé si el café estará todavía como entonces estaba. ¡Han
pasado cuarenta[45-2] y cuatro años! Recuerdo que a la izquierdata[45-3]
05 de la puerta había una ventana de reja,[45-] con cristales, y delante
una mesa a la cual nos sentamos algunos de los oficiales, entre
ellos C...., que ha sido diputado a Cortes[45-5] por Almería[45-6] y
murió el año pasado....—Ya veis que esto es cosa que puede
preguntarse.[45-7]

10 —Pues ¿no dice V. que ha muerto?

—¡Hombre! Supongo que C. ... se lo habrá contado[45-8] a
su familia—respondió el Capitán, escarbando la pipa con la
uña.

—¡Tiene V. razón, Capitán!—Siga V....; el que no lo
15 crea, que [45-9] lo busque.

—¡Bien hablado, hijo mío!—Pues, como íbamos diciendo,
sentados estábamos a la mesa del café, cuando vimos correr
mucha gente por la calle, y oímos una gritería espantosa....
Pero como la gritería era en francés, no la entendimos.

20Le Pape![45-10] Le Pape! Le Pape!...—decían los muchachos
y las mujeres, levantando las manos al cielo, en tanto
que todos los balcones se abrían y llenaban de gente, y los
mozos del café y algunos gabachos que jugaban al billar se lanzaban
a la calle con un palmo de boca abierta,[45-11] como si oyeran
25 decir que el sol se había parado.

—¡Pues parado está, papá abuelo![45-12]

—¡Cállese V. cuando hablan los mayores! ¡A ver[45-13]... el
deslenguado!

—No haga V. caso, Capitán.... ¡Estos niños de
30 ahora!...

—Toma[45-14].... ¡Y si está parado[45-15]!...—murmuró el
muchacho entre dientes.

Le Pape! Le Pape! ¿Qué significa esto?—nos preguntamos
todos los oficiales.
(p46)
Y cogiendo a uno de los mozos del café, le dimos a entender
nuestra curiosidad.

El mozo tomó dos llaves; trazó con las manos una especie
de morrión sobre su cabeza; se sentó en una silla, y dijo:

05Le Pontife![46-1]

—¡Ah!... (dijo C....—que era el más avisado de
nosotros.—¡Por eso fué luego diputado a Cortes!)—¡El
Pontífice! ¡El Papa!

Oui, monsieur. Le Pape! Pie sept.[46-2]

10 —¡Pío VII[46-3]!... ¡El Papa!... (exclamamos nosotros,
sin atrevernos a creer lo que oíamos.) ¿Qué hace el
Papa en Francia? Pues ¿no está el Papa en Roma? ¿Viajan
los Papas? ¿El Papa en Montelimart?

No extrañéis nuestro asombro, hijos míos.... En aquel
15 entonces[46-4] todas las cosas tenían más prestigio que hoy.—No
se viajaba tan fácilmente, ni se publicaban tantos periódicos.—Yo
creo que en toda España no había más que uno, tamaño
como un recibo de contribución.[46-5]—El Papa era para nosotros
un sér[46-6] sobrenatural..., no un hombre de carne y hueso....—¡En
20 toda la tierra no había más que un Papa!... Y en
aquel tiempo era la tierra mucho más grande que hoy.... ¡La
tierra era el mundo..., y un mundo lleno de misterios, de
regiones desconocidas, de continentes ignorados!—Además,
aun sonaban en nuestros oídos aquellas palabras de nuestra
25 madre y de nuestros maestros: «El Papa es el Vicario de
Jesucristo; su representante en la tierra; una autoridad
infalible, y lo que desatare o atare aquí, remanecerá atado o
desatado en el cielo....»

Creo haberme explicado.—Creo que habréis comprendido
30 todo el respeto, toda la veneración, todo el susto que experimentaríamos
aquellos pobres españoles del siglo pasado, al oír
decir que el Sumo Pontífice estaba en un villorrio de Francia y
que íbamos a verle!

Efectivamente: no bien salimos del café, percibimos allá,(p47)
en la Plaza (que como os he dicho estaba cerca), una empolvada
silla de posta, parada delante de una casa de vulgar
apariencia y custodiada por dos gendarmes de caballería,
cuyos desnudos sables brillaban que era un contento
[47-1] ....

05 Más de quinientas personas había alrededor del carruaje,
que examinaban con viva curiosidad, sin que se opusiesen a
ello los gendarmes, quienes, en cambio,[47-2] no permitían al público
acercarse a la puerta de aquella casa, donde se había
apeado Pío VII mientras mudaban el tiro de caballos....

10 —Y ¿qué casa era aquélla, abuelito? ¿La del Alcalde?

—No, hijo mío.—Era el Parador de diligencias.

A nosotros, como a militares que éramos, nos tuvieron un
poco más de consideración los gendarmes, y nos permitieron
arrimarnos a la puerta.... Pero no así pasar el umbral.

15 De cualquier modo, pudimos ver perfectamente el siguiente
grupo, que ocupaba uno de los ángulos de aquel portal u
oficina.

Dos ancianos..., ¿qué digo? dos viejos decrépitos, cubiertos
de sudor y de polvo, rendidos de fatiga, ahogados de
20 calor, respirando apenas, bebían agua en un vaso de vidrio,
que el uno pasó al otro después de mediarlo. Estaban sentados
en sillas viejas de enea. Sus trajes talares, blanco el uno,
y el otro de color de púrpura, hallábanse tan sucios y ajados
por resultas de aquella larga caminata, que más parecían humildes
25 ropones de peregrinos, que ostentosos hábitos de príncipes
de la Iglesia....

Ningún distintivo podía revelarnos cuál era Pío VII (pues
nada entendíamos nosotros de trajes cardenalicios ni pontificales),
pero todos dijimos a un tiempo:

30 —¡Es el más alto! ¡El de las blancas vestiduras!

Y ¿sabéis por qué lo dijimos? Porque su compañero lloraba
y él no; porque su tranquilidad revelaba que él era mártir;
porque su humildad denotaba que él era el Rey.

En cuanto a su figura, me parece estarla viendo todavía.(p48)
Imaginaos un hombre de más de setenta años, enjuto de carnes,
de elevada talla y algo encorvado por la edad. Su rostro, surcado
de pocas pero muy hondas arrugas, revelaba la más
austera energía, dulcificada por unos labios bondadosos que
05 parecían manar persuasión y consuelo. Su grave nariz, sus
ojos de paz, marchitos por los años, y algunos cabellos tan
blancos como la nieve, infundían juntamente reverencia y confianza.
Sólo contemplando la cara de mi buen padre y la de
algunos santos de mi devoción, había yo experimentado hasta
10 entonces una emoción por aquel estilo.

El sacerdote que acompañaba a Su Santidad era también muy
viejo, y en su semblante, contraído por el dolor y la indignación,
se descubría al hombre de pensamientos profundos y de acción
rápida y decidida. Más parecía un general que un apóstol.

15 Pero ¿era cierto lo que veíamos? ¿El Pontífice preso, caminando
en el rigor del estío, con todo el ardor del sol, entre
dos groseros gendarmes, sin más comitiva que un sacerdote,
sin otro hospedaje que el portal de una casa de postas, sin otra
almohada que una silla de madera?

20 En tan extraordinario caso, en tan descomunal atropello, en
tan terrible drama, sólo podía mediar un hombre más extraordinario,
más descomunal, más terrible que cuanto veíamos
[48-1]....—El
nombre de NAPOLEÓN circuló por nuestros labios.
¡Napoleón nos tenía también a nosotros en el interior de
25 Francia! ¡Napoleón había revuelto el Oriente,[48-2] encendido en
guerra nuestra patria, derribado todos los tronos de Europa!—¡Él
debía de ser quien arrancaba al Papa de la Silla de San
Pedro[48-3] y lo paseaba así por el Imperio francés, como el pueblo
judío paseó al Redentor por las calles de la ciudad deicida!

30 Pero ¿cuál era la suerte del beatísimo prisionero? ¿Qué
había ocurrido en Roma? ¿Había una nueva religión en el
Mediodía de Europa? ¿Era papa Napoleón?

Nada sabíamos..., y, si he de deciros[48-4] la verdad, por lo
que a mí hace,[48-5] todavía no he tenido tiempo de averiguarlo....
(p49)
—Yo se lo diré a V., por vía de paréntesis, en muy pocas
palabras, Capitán.—Esto completará la historia de V., y dará
toda su importancia a ese peregrino relato.