III
El día 17 de Mayo de ese mismo año de 1809 dió Napoleón
05 un decreto, por el que[49-1] reunió al Imperio francés los Estados
pontificios, declarando a Roma[49-2] ciudad imperial libre.
El pueblo romano no se atrevió a protestar contra esta medida;
pero el Papa la resistió pasivamente desde su palacio
del Quirinal,[49-3] donde aun contaba con algunas autoridades y su
10 guardia de suizos.
Sucedió entonces que unos pescadores del Tiber cogieron
un esturión y quisieron regalárselo al Sucesor de San Pedro.
Los franceses aprovecharon esta ocasión para dar el último
paso contra la autoridad de Pío VII; gritaron: ¡al arma!;
15 el cañón de Sant-Angelo[49-4] pregonó la extinción del gobierno
temporal de los Papas, y la bandera tricolor[49-5] ondeó sobre el
Vaticano.
El Secretario de Estado, cardenal Pacca (que sin duda era
el sacerdote que V. encontró con Pío VII), corrió al lado de
20 Su Santidad; y, al verse los dos ancianos, exclamaron: Consummatum
est![49-6]
En efecto: mientras el Papa lanzaba su última excomunión
contra los invasores, éstos penetraban en el Quirinal, derribando
las puertas a hachazos.[49-7]
25 En la Sala de las Santificaciones[49-8] encontraron a cuarenta
suizos, resto del poder del ex Rey de Roma,[49-9] quienes los dejaron
pasar adelante por haber recibido orden de no oponer
resistencia alguna.
El general Radet, jefe de los demoledores, encontró al Papa
30 en la Sala de las Audiencias ordinarias, rodeado de los cardenales
Pacca y Despuig y de algunos empleados de Secretaría.
(p50)
Pío VII vestía roquete y muceta;[50-1] había dejado su lecho
para recibir al enemigo, y daba muestras de una tranquilidad
asombrosa.
Era media noche. Radet, profundamente conmovido, no
05 se atreve a hablar. Al fin intima al Sumo Pontífice que renuncie
al gobierno temporal de los Estados romanos.[50-2] El Papa
contesta que no le es posible hacerlo, porque no son suyos,
sino de la Iglesia, cuyo administrador lo hizo la voluntad del
Cielo.... Y el general Radet le replica mostrándole la orden
10 de llevarlo prisionero a Francia.
Al amanecer del siguiente día salía Pío VII de su palacio
entre esbirros y gendarmes, saltando sobre los escombros de
las puertas, sin más comitiva que el cardenal Pacca, ni más
restos de su grandeza mundanal que un papetto, moneda
15 equivalente a cuatro reales de vellón,[50-3] que llevaba en el
bolsillo.
En las afueras de la puerta del Popolo[50-4] lo esperaba una silla
de posta, a la cual le hicieron subir, y después de esto cerraron
las portezuelas con una llave, que Radet entregó a un gendarme
20 de caballería.
Las persianas del lado derecho, en que se sentó el Papa,
estaban clavadas, a fin de que no pudiese ser visto....
IV
—¡En esa silla lo encontré yo!...—¿Ven ustedes cómo
no miento?
25 —Hace V. bien en interrumpirme, Capitán; porque yo he
terminado, y el resto queremos oírlo de labios de V....
—Pues voy allá,[50-5] señores míos.
Íbamos diciendo que Pío VII y el cardenal Pacca (¡mucho
me alegro de haber llegado a saber su nombre!) estaban sentados
30 en el portal de la casa de postas; que el pueblo se había
agrupado en la calle; que los gendarmes le impedían el paso,(p51)
y que nosotros los españoles conseguimos acercarnos tanto a la
puerta, que veíamos perfectamente a los dos augustos
sacerdotes.
Pío VII fijó casualmente la vista en nosotros, y sin duda
05 conoció, por nuestros raros y destrozados uniformes, que también
éramos extranjeros y cautivos de Napoleón.... Ello
fué[51-1] que, después de decir algunas palabras al Cardenal, clavó
en nosotros una larga y expresiva mirada.
10 En esto sonó allí cerca un fandango, divinamente tocado y
cantado por los tres compañeros nuestros, que volvían ya con
las boletas para alojarnos....
Creo haberos dicho que habíamos comprado dos guitarras
antes de abandonar a Cataluña;[51-2] y si se me ha olvidado[51-3] decíroslo,
os lo digo ahora.
15 Al oír aquel toque y la copla que le siguió, el Papa levantó
otra vez la cabeza, y nos miró con mayor interés y ternura.
El italiano, el músico, había reconocido el canto.
¡Ya sabía que éramos españoles!
Ser español, significaba en aquel tiempo mucho más que
20 ahora. Significaba ser vencedor del Capitán del siglo; ser soldado
de Bailén y Zaragoza;[51-4] ser defensor de la historia, de la
tradición, de la fe antigua; mantenedor de la independencia
de las naciones; paladín[51-5] de Cristo; cruzado[51-6] de la libertad.
—En esto último nos engañábamos.... Pero ¡cómo ha
25 de ser!—¿Quién había de adivinar entonces, al defender a
D. Fernando VII[51-7] contra los franceses, que él mismo los llamaría
al cabo de catorce años y los traería a España en contra nuestra,[51-8]
como sucedió en 1823?...—En fin; no quiero hablar...,
¡pues hay cosas que todavía me encienden la sangre!
30 El caso fué, volviendo a mi relato, que el rostro del Papa
se cubrió de santo rubor al considerar nuestra desventura y
recordar el heroísmo de que España estaba dando muestras al
mundo..., y que el más puro entusiasmo chispeó en sus
amantísimos ojos....—¡Parecía que aquellos ojos nos besaban!
(p52)
Nosotros, por nuestra parte, comprendiendo toda la predilección
que nos demostraba en aquel momento el Sumo Pontífice,
procurábamos expresarle con la mirada, con el gesto, con
la actitud, nuestra veneración y piedad, así como el dolor y la
05 indignación que sentíamos al verlo preso y ultrajado por sus
malos hijos....—Casi instintivamente nos quitamos los morriones
(cosa que chocó mucho a los franceses, los cuales seguían
con sus gorros[52-1] encasquetados), y nos llevamos la mano derecha
al corazón como quien hace[52-2] protestación de su fe.
10 El Papa levantó los ojos al cielo y se puso a rezar.—¡Sabía
que una bendición de su mano podía atraer sobre nosotros la
cólera del pueblo impío que nos rodeaba, como nosotros sabíamos
que un grito de ¡viva el Papa! podía empeorar la situación
del beatísimo prisionero!—¡Mostrábanse tan orgullosos
15 los franceses que nos rodeaban al ver aquel supremo triunfo de
la Revolución sobre la autoridad!... ¡Creían tan grande a
la Francia en aquel momento!
En esto se abrió paso por entre la muchedumbre, y apareció
en el cuadro que habían despejado los gendarmes, una mujer
20 del pueblo, mucho más anciana que el Pontífice: una viejecita
centenaria, pulcra y pobremente[52-3] vestida, coronada de cabellos
como la nieve, trémula por la edad y el entusiasmo, encorvada,
llorosa, suplicante, llevando en las manos un azafate de mimbres
secos lleno de melocotones, cuyos matices rojos y dorados se
25 veían debajo de las verdes hojas con que estaban cubiertos....
Los gendarmes quisieron detenerla.... Pero ella los miró
con tanta mansedumbre; era tan inofensiva su actitud; era su
presente tan tierno y cariñoso; inspiraba su edad tanto respeto;
había tal verdad en aquel acto de devoción; significaba tanto,
30 en fin, aquel siglo pasado, fiel a sus creencias, que venía a saludar
al Vicario de Jesucristo en medio de su calle de Amargura,[52-4]
que los soldados de la Revolución y del Imperio comprendieron
o sintieron que aquel anacronismo, aquella caridad de otra
época, aquel corazón inerme y pacífico que había sobrevivido(p53)
casualmente a la guillotina, en nada aminoraba ni deslucía los
triunfos del conquistador de Europa, y dejaron a la pobre mujer
del pueblo entrar en aquel afortunado portal, que ya nos había
traído a la memoria otro portal, no menos afortunado, donde
05 unos sencillos pastores hicieron también ofrendas al Hijo de
Dios vivo....
Comenzó entonces una interesante escena entre la cristiana
y el Pontífice.
Púsose ella de rodillas, y, sin articular palabra, presentó el
10 azafate de frutos al augusto prisionero.
Pío VII enjugó con sus manos beatísimas las lágrimas que
inundaban el rostro de la viejecita; y cuando ésta se inclinaba
para besar el pie del Santo Padre,[53-1] él colocó una mano sobre
aquellas canas humilladas, y levantó la otra al cielo con la
15 inspirada actitud de un profeta.
—¡VIVA EL PAPA!—exclamamos entonces nosotros en
nuestro idioma español, sin poder contenernos....
Y penetramos en el portal resueltos a todo.
20 Pío VII se pone de pie al oír aquel grito, y, tendiendo hacia
nosotros las manos, nos detiene, cual si su majestuosa actitud
nos hubiese aniquilado.... Caemos, pues, de rodillas, y el
Padre Santo nos bendice una, otra y tercera vez.
Al propio tiempo álzase en la puerta y en toda la Plaza como
un huracán de gritos, y nosotros volvemos la cabeza horrorizados,
25 creyendo que los franceses amenazan al Sumo Pontífice....—¡Lo
de menos[53-2] era que nos amenazasen a nosotros!—¡Decididos
estábamos a morir!
Pero ¡cuál fué nuestro asombro al ver que los gendarmes,
los hombres del pueblo, las mujeres, los niños..., ¡todo
30 Montelimart! estaba arrodillado, con la frente descubierta,
con las lágrimas en los ojos, exclamando:
—Vive le Pape![53-3]
Entonces se rompió la consigna: el pueblo invadió el portal
y pidió su bendición al Pontífice.
(p54)
Éste cogió una hoja verde de las que cubrían el azafate de
melocotones que seguía ofreciéndole la anciana, y la llevó a sus
labios y la besó.
La multitud, por su parte, se apoderó de los frutos como de
05 reliquias; todos abrazaron a la pobre mujer del pueblo; el
Papa, trémulo de emoción, atravesó por entre la muchedumbre,
nos bendijo otra vez al paso, y penetró en la silla de
posta; y los gendarmes, avergonzados de lo que acababa de
pasar, dieron la orden[54-1] de partir.
10 En cuanto a nosotros, durante todo aquel día no fuimos en
Francia prisioneros de guerra, sino huéspedes de paz.
Conque ... he dicho.
V
—¡Aun queda algo que decir!...—(exclamó el mismo
que contó poco antes lo acontecido en Roma.) ¡Óiganme
15 Vds. a mí un momento!
En 1814, cinco años después de la escena referida por el
Capitán, la fuerza de la opinión de toda Francia obligó a Napoleón
Bonaparte a poner en libertad a Pío VII.
Volvió, pues, el Sumo Pontífice a recorrer el mismo camino
20 en que le habían encontrado los prisioneros españoles, y he
aquí cómo describe Chateaubriand[54-2] la despedida que hizo
Francia al sucesor de San Pedro:
«Pío VII caminaba en medio de los cánticos y de las lágrimas,
del repique de las campanas y de los gritos de ¡Viva el Papa!
25 ¡Viva el Jefe de la Iglesia!... En las ciudades sólo quedaban
los que no podían marchar, y los peregrinos pasaban la
noche en los campos, en espera de la llegada del anciano sacerdote.
TAL ES, SOBRE LA FUERZA DEL HACHA[54-3] Y DEL CETRO,
LA SUPERIORIDAD DEL PODER DEL DÉBIL SOSTENIDO POR LA
30 RELIGIÓN Y LA DESGRACIA.»
Guadix, 1857.
(p55)
EL EXTRANJERO
I
«No consiste la fuerza en echar por tierra[55-1] al enemigo, sino en
domar la propia cólera,»—dice una máxima oriental.
«No abuses de la victoria,»—añade un libro de nuestra
religión.
05 «Al culpado que cayere debajo de tu jurisdicción, considérale
hombre miserable, sujeto a las condiciones de la depravada naturaleza
nuestra; y en todo cuanto estuviere de tu parte, sin hacer
agravio a la contraria, muéstratele piadoso y clemente, porque,
aunque los atributos de Dios son todos iguales, más resplandece
10 y campea, a nuestro ver, el de la misericordia, que el de la justicia,»
aconsejó, en fin, D. Quijote a Sancho Panza.[55-2]
Para dar realce a todas estas elevadísimas doctrinas, y cediendo
también a un espíritu de equidad, nosotros, que nos
complacemos frecuentemente en referir y celebrar los actos
15 heroicos de los españoles durante la Guerra de la Independencia,[55-3]
y en condenar y maldecir la perfidia y crueldad de los
invasores, vamos a narrar hoy un hecho que, sin entibiar en el
corazón el amor a la patria, fortifica otro sentimiento no menos
sublime y profundamente cristiano:—el amor a nuestro prójimo;—sentimiento
20 que, si por congénita desventura de la humana
especie, ha de transigir[55-4] con la dura ley de la guerra,
puede y debe resplandecer cuando el enemigo está humillado.
El hecho fué el siguiente, según que[55-5] me lo han contado
personas dignas de entera fe, que intervinieron en él muy de
25 cerca[55-6] y que todavía andan por el mundo.—Oíd sus palabras
textuales.
(p56)
II
—Buenos días, abuelo[56-1] ...—dije yo.
—Dios guarde a V., señorito ...—dijo él.
—¡Muy solo va V. por estos caminos!...
—Sí, señor. Vengo de las minas de Linares,[56-2] donde he estado
05 trabajando algunos meses, y voy a Gádor[56-3] a ver a mi familia.
—¿Usted irá[56-4]...?
—Voy a Almería[56-5]..., y me he adelantado un poco a la
galera[56-6] porque me gusta disfrutar de estas hermosas mañanas
de Abril.—Pero, si no me engaño, usted rezaba cuando yo
10 llegue....—Puede V. continuar.—Yo seguiré leyendo entretanto,
supuesto que el escaso andar de esa infame galera le
permite a uno estudiar en mitad de los caminos....
—¡Vamos! Ese libro es alguna historia....—Y ¿quién
le ha dicho a V. que yo rezaba?
15 —¡Toma! ¡yo, que le he visto a V. quitarse el sombrero[56-7] y
santiguarse!
—Pues ¡qué demonio! hombre.... (¿Por qué he de negarlo?)[56-8]
Rezando iba....—¡Cada uno tiene sus cuentas con
Dios!
20 —Es mucha verdad.
—¿Piensa V. andar largo?[56-9]
—¿Yo?—Hasta la venta....
—En este caso, eche V. por esa vereda[56-10] y cortaremos
camino.
25 —Con mucho gusto. Esa cañada me parece deliciosa.—Bajemos
a ella.
Y, siguiendo al viejo, cerré el libro, dejé el camino y descendí
a un pintoresco barranco.
Las verdes tintas y diafanidad del lejano horizonte, así como
30 la inclinación de las montañas, indicaban ya la proximidad del
Mediterráneo.
(p57)
Anduvimos en silencio algunos minutos, hasta que el minero
se paró de pronto.
—¡Cabales!—exclamó.
Y volvió a quitarse el sombrero y a santiguarse.
05 Estábamos bajo unas higueras cubiertas ya de hojas, y a la
orilla de un hermoso torrente.
—¡A ver,[57-1] abuelito!... (dije, sentándome sobre la hierba.)
Cuénteme V. lo que ha pasado aquí.
—¡Cómo!¿Usted sabe....—replicó él, estremeciéndose.
10 —Yo no sé más ... (añadí con suma calma), sino que aquí
ha muerto un hombre...; ¡y de mala muerte, por más
señas![57-2]
—¡No se equivoca V., señorito, no se equivoca usted!—Pero
¿quién le ha dicho...?
15 —Me lo dicen sus oraciones de V.
—¡Es mucha verdad! Por eso rezaba.
Miré tenazmente la fisonomía del minero, y comprendí que
había sido siempre hombre honrado.—Casi lloraba, y su rezo
era tranquilo y dulce.
20 —Siéntese V.[57-3] aquí, amigo mío....—le dije, alargándole
un cigarro de papel.[57-4]
—Pues verá V., señorito....—Vaya,[57-5] ¡muchas gracias!— ¡Delgadillo[57-6]
es!...
—Reúna V. dos, y resultará uno bastante grueso—añadí,
25 dándole otro cigarro.
—¡Dios se lo pague a V.!—Pues, señor ... (dijo el viejo,
sentándose a mi lado): hace cuarenta y cinco años que una
mañana muy parecida a ésta, pasaba yo casi a esta hora por
este mismo sitio....
30 —¡Cuarenta y cinco años!—medité yo.
Y la melancolía del tiempo cayó sobre mi alma.—¿Dónde
estaban las flores de aquellas cuarenta y cinco primaveras?—¡Sobre
la frente del anciano blanqueaba la nieve de setenta
inviernos!
(p58)
Viendo él que yo no decía nada, echó unas yescas,[58-1] encendió
el cigarro y continuó de este modo:
—¡Flojillo es![58-2]—Pues, señor, el día que le digo a usted,
venía yo de Gérgal[58-3] con una carga de barrilla, y al llegar al
05 punto en que hemos dejado el camino para tomar esta vereda,
me encontré con dos soldados españoles que llevaban prisionero
a un polaco.[58-4]—En aquel entonces era cuando estaban aquí los
primeros franceses, no los del año 23,[58-5] sino los otros....
—¡Ya comprendo! Usted habla de la guerra de la
10 Independencia.
—¡Hombre! ¡Pues entonces no había V. nacido!
—¡Yo lo creo!
—¡Ah, sí! Estará apuntado[58-6] en ese libro que venía V. leyendo.—Pero
¡ca! ¡Lo mejor de estas guerras no lo rezan[58-7]
15 los libros! ¡Ahí ponen lo que más acomoda..., y la gente
se lo cree a puño cerrado![58-8]—¡Ya se ve! ¡Es necesario tener
tres duros y medio[58-9] de vida, como yo los tendré en el mes de
San Juan,[58-10] para saber más de cuatro cosas!—En fin, el polaco
aquel[58-11] servía a las órdenes de Napoleón ...—del bribonazo[58-12]
20 que murió ya....—Porque ahora dice el señor Cura que hay
otro[58-13] ...—Pero yo creo que ése no vendrá por estas tierras....—¿Qué
le parece a V., señorito?
—¿Qué quiere V. que yo le diga?
—¡Es verdad! Su merced no habrá estudiado todavía de
25 estas cosas....—¡Oh! El señor Cura, que es un sujeto muy
instruido, sabe cuándo se acabarán los mamelucos de Oriente[58-14]
y vendrán a Gádor[58-15] los rusos y moscovitas[58-16] a quitar la
Constitución[58-17]....—Pero ¡entonces ya me habré yo muerto!...—Conque
vuelvo a la historia de mi polaco.
30 El pobre hombre se había quedado enfermo en Fiñana,[58-18] mientras
que sus compañeros fugitivos se replegaban hacia Almería.—Tenía
calenturas, según supe[58-19] más tarde....—Una vieja
lo cuidaba por caridad, sin reparar que era un enemigo....
(¡Muchos años de gloria llevará[58-20] ya la viejecita por(p59)
aquellam buena acción!); y, a pesar de que aquello la comprometía,
guardábalo escondido en su cueva, cerca de la Alcazaba[59-1]....
Allí fué donde, la noche antes, dos soldados españoles, que
iban a reunirse á su batallón, y que por casualidad entraron a
05 encender un cigarro en el candil[59-2] de aquella solitaria vivienda,
descubrieron al pobre polaco, el cual, echado en un rincón, profería
palabras de su idioma en el delirio de la calentura.
—¡Presentémoslo a nuestro jefe! (se dijeron los españoles).
Este bribón será fusilado mañana, y nosotros alcanzaremos
10 un empleo.
Iwa, que así se llamaba el polaco, según luego me contó la
viejecita, llevaba[59-3] ya seis meses de tercianas, y estaba muy débil,
muy delgado, casi hético.
La buena mujer lloró y suplicó, protestando que el extranjero
15 no podía ponerse en camino sin caer muerto a la media
hora[59-4]....
Pero sólo consiguió ser apaleada por su falta de «patriotismo».
—¡Todavía no se me ha olvidado[59-5] esta palabra, que antes no
había oído pronunciar nunca!
20 En cuanto al[59-6] polaco, figúrese V. cómo miraría[59-7] aquel lance.
—Estaba postrado por la fiebre, y algunas palabras sueltas que
salían de sus labios, medio polacas, medio españolas, hacían reír
a los dos militares.
—¡Cállate, didon,[59-8] perro, gabacho![59-9]—le decían.
25 Y, a fuerza de golpes, lo sacaron del lecho.
Para no cansar a V., señorito: en aquella disposición, medio
desnudo, hambriento..., bamboleándose, muriéndose...,
¡anduvo el infeliz cinco leguas!...
¡Cinco leguas, señor!...—¿Sabe V. los pasos que tienen
30 cinco leguas?—Pues es desde Fiñana hasta aquí....—¡Y a
pie!... ¡descalzo!...
¡Piénselo V.!... ¡Un hombre fino, un joven hermoso y
blanco como una mujer, un enfermo, después de seis meses de
tercianas!... ¡y con la terciana en aquel momento mismo!...
(p60)
—¿Cómo pudo resistir?
—¡Ah! ¡No resistió!...
—Pero ¿cómo anduvo cinco leguas?
—¡Toma! ¡A fuerza de bayonetazos!...
05 —Prosiga V., abuelo.... Prosiga V.
—Yo venía por este barranco, como tengo de costumbre,[60-1]
para ahorrarme terreno, y ellos iban por allá arriba, por el camino.
Detúveme, pues, aquí mismo, a fin de observar el remate
de aquel horror, mientras fingía picar un cigarro[60-2] negro de los
10 de entonces....
Iwa jadeaba como un perro próximo a rabiar.... Venía con
la cabeza descubierta, amarillo como un desenterrado, con dos
rosetas encarnadas en lo alto de las mejillas y con los ojos
llameantes, pero caídos...: ¡hecho,[60-3] en fin, un Cristo en la
15 calle de la Amargura[60-4]!...
—¡Mí querer morir![60-5] ¡Matar a mi, por Dios!—balbuceaba
el extranjero con las manos cruzadas.
Los españoles se reían de aquellos disparates, y le llamaban
franchute,[60-6] didon y otras cosas.
20 Dobláronse al fin las piernas de Iwa, y cayó redondo[60-7] al
suelo.
Yo respiré, porque creí que el pobre había dado su alma a
Dios.
Pero un pinchazo que recibió en un hombro le hizo erguirse
25 de nuevo.
Entonces se acercó a este barranco para precipitarse y
morir....
Al impedirlo los soldados, pues no les acomodaba que
muriera su prisionero, me vieron aquí con mi mulo, que, como
30 he dicho, estaba cargado de barrilla.
—¡Eh, camarada! (me dijeron, apuntándome con los
fusiles.)—¡Suba V ese mulo![60-8]
Yo obedecí sin rechistar, creyendo hacer un favor al extranjero.
(p61)
—¿Dónde va V.?[61-1]—me preguntaron cuando hube subido.
—Voy a Almería.... (les respondí). ¡Y eso que ustedes
están haciendo es una inhumanidad!
—¡Fuera sermones!—gritó uno de los verdugos.
05 —¡Un arriero afrancesado!—dijo el otro.
—¡Charla mucho..., y verás lo que te sucede!
La culata de un fusil cayó sobre mi pecho....
¡Era la primera vez que me pegaba un hombre, fuera de mi
padre!
10 —¡No irritar, no incomodar!—exclamó el polaco, asiéndose
a mis pies; pues había caído de nuevo en tierra.
—¡Descarga la barrilla!—me dijeron los soldados.
—¿Para qué?
—Para montar en el mulo a este judío.[61-2]
15 —Eso es otra cosa.... Lo haré con mucho gusto.
Dije, y me puse a descargar.
—No..., no..., no.... (exclamó Iwa.) ¡Tú dejar
que me maten!
—¡Yo no quiero que te maten, desgraciado!—exclamé,
20 estrechando las ardientes manos del joven.
—¡Pero mí sí querer! ¡Matar tú a mí, por Dios!...
—¿Quieres que yo te mate?
—¡Sí..., sí..., hombre bueno! ¡Sufrir mucho!
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
25 Volvíme a los soldados, y les dije con tono de voz que hubiera
conmovido a una piedra:
—¡Españoles, compatriotas, hermanos! Otro[61-3] español, que
ama tanto como el que más[61-4] a nuestra patria, es quien os suplica.
—¡Dejadme solo con este hombre!
30 —¡No digo que es afrancesado!—exclamó uno de ellos.
—¡Arriero del diablo! (dijo el otro): ¡cuidado con lo que
me dices![61-5] ¡Mira que te rompo la crisma![61-6]
—¡Militar de los demonios! (contesté con la misma fuerza.)
Yo no temo a la muerte.[61-7]—¡Sois dos infames sin corazón!(p62)
¡Sois dos hombres fuertes y armados, contra un moribundo
inerme!... ¡Sois unos cobardes!—Dadme uno de esos
fusiles, y pelearé con vosotros hasta mataros o morir...; pero
dejad a este pobre enfermo, que no puede defenderse.—¡Ay!
05 (continué, viendo que uno de aquellos tigres se ruborizaba): si,
como yo, tuvieseis hijos; si pensarais que tal vez mañana se verán
en la tierra de este infeliz, en la misma situación que él,
solos, moribundos, lejos de sus padres; si reflexionarais en[62-1] que
este polaco no sabe siquiera lo que hace en España; en que
10 será un quinto[62-2] robado a su familia para servir a la ambición de
un Rey..., ¡qué diablo![62-3] vosotros le perdonaríais....— ¡Si;
porque vosotros sois hombres antes que españoles, y este polaco
es un hombre, un hermano vuestro!—¿Qué ganará España
con la muerte de un tercianario? ¡Batíos[62-4] hasta morir con
15 todos los granaderos de Napoleón; pero que sea[62-5] en el campo
de batalla! Y perdonad al débil; ¡sed generosos con el vencido;
sed cristianos, no seáis[62-6] verdugos!
—¡Basta de letanías![62-7]—dijo el que siempre había llevado
la iniciativa de la crueldad, el que hacía andar a Iwa a fuerza
20 de bayonetazos, el que quería comprar un empleo al precio de
su cadáver.
—Compañero, ¿qué hacemos?[62-8]—preguntó el otro, medio
conmovido con mis palabras.
—¡Es muy sencillo! (repuso el primero.) ¡Mira!
25 Y sin darme tiempo, no digo de evitar, sino de prever sus
movimientos, descerrajó un tiro sobre el corazón del polaco.
Iwa me miró con ternura, no sé si antes o después de morir.
Aquella mirada me prometió el cielo, donde acaso estaba ya
el mártir.
30 En seguida los soldados me dieron una paliza con las baquetas
de los fusiles.
El que había matado al extranjero, le cortó una oreja, que
guardó en el bolsillo.
¡Era la credencial del empleo que deseaba!
(p63)
Después desnudó a Iwa, y le robó ... hasta cierto medallón
(con un retrato de mujer o de santa) que llevaba al cuello.
Entonces se alejaron hacia Almería.
Yo enterré a Iwa en este barranco..., ahí..., donde
05 está V. sentado..., y me volví a Gérgal, porque conocí que
estaba malo.[63-1]
Y, con efecto, aquel lance me costó una terrible enfermedad,
que me puso a las puertas de la muerte.
—Y ¿no volvió V. a ver a aquellos soldados? ¿No sabe V.
10 cómo se llamaban?
—No, señor; pero, por las señas que me dió más tarde la
viejecita que cuidó al polaco, supe[63-2] que uno de los dos españoles
tenía el apodo de Risas, y que aquél era justamente el
que había matado y robado al pobre extranjero.
15 En esto nos alcanzó la galera: el viejo y yo subimos al
camino; nos apretamos la mano, y nos despedimos muy contentos
el uno del otro.— ¡Habíamos llorado juntos!