II
Una tarde regresó de su faena el tío Hormiga, muy preocupado
y caviloso, y más temprano que de costumbre.
25 Su mujer aguardó a que despachase a los mozos de labor
para preguntarle qué tenía, y él respondió enseñándole un tubo
de plomo con tapadera por el estilo del cañuto[78-8] de un licenciado
del ejército; sacó de allí, y desarrolló cuidadosamente, un
amarillento pergamino escrito en caracteres muy enrevesados, y
30 dijo con imponente seriedad:
—Yo no sé leer, ni tan siquiera[78-9] en castellano, que es la(p79)
lengua más clara del mundo; pero el diablo me lleve si esta escritura
no es de moros.
—¿Es decir, que la has encontrado en la Torre?
—No lo digo sólo por eso, sino porque estos garrapatos no
05 se parecen a ninguno de los que he visto hacer a gente cristiana.
La mujer de Juan Gómez miró y olió el pergamino, y exclamó
con una seguridad tan cómica como gratuita:
—¡De moros es!
Pasado un rato, añadió melancólicamente.
10 —Aunque también me estorba a mí lo negro,[79-1] juraría que
tenemos en las manos la licencia absoluta[79-2] de algún soldado de
Mahoma,[79-3] que ya estará en los profundos infiernos.
—¿Lo dices por el cañuto de plomo?
—Por el cañuto lo digo.
15 —Pues te equivocas de medio a medio,[79-4] amiga Torcuata;
porque ni los moros entraban en quintas,[79-5] según me ha dicho
varias veces nuestro hijo Agustín, ni esto es una licencia absoluta.
Esto es ... un....
El tío Hormiga miró en torno suyo,[79-6] bajó la voz y dijo con
20 entera fe:
—¡Estas son las señas de un tesoro!
—¡Tienes razón!—respondió la mujer, súbitamente inflamada
por la misma creencia.—¿Y lo has encontrado ya? ¿Es
muy grande? ¿Lo has vuelto a tapar bien? ¿Son monedas de
25 plata, o de oro? ¿Crees tú que pasarán todavía? ¡Qué felicidad
para nuestros hijos! ¡Cómo van a gastar y a triunfar en
Granada[79-7] y en Madrid! ¡Yo quiero ver eso! Vamos allá....
Esta noche hace luna....
—¡Mujer de Dios! ¡Sosiégate! ¿Cómo quieres que haya
30 topado ya con el tesoro guiándome por estas señas, si yo no sé
leer en moro ni en cristiano?
—¡Es verdad! Pues, mira.... Haz una cosa: en cuanto
Dios eche sus luces,[79-8] apareja un buen mulo; pasa la sierra por
el puerto[79-9] de la Ragua, que dicen está bueno, y llégate a(p80)
Ugíjar,[80-1] a casa de nuestro compadre[80-2] D. Matías Quesada, el cual
sabes entiende de todo[80-3].... El te pondrá en claro ese papel
y te dará buenos consejos, como siempre.
—¡Mis dineros me cuestan todos sus consejos a pesar de
05 nuestro compadrazgo!... Pero, en fin, lo mismo había pensado
yo. Mañana iré a Ugíjar, y a la noche estaré aquí de
vuelta; pues todo será apretar un poco a la caballería[80-4]....
—Pero ¡cuidado[80-5] que le expliques bien las cosas!...
10 —Poco tengo que explicarle. El cañuto estaba escondido
en un hueco o nicho revestido de azulejos como los de Valencia,[80-6]
formado en el espesor de una pared. He derribado todo
aquel lienzo, y nada más de particular he hallado. Debajo de
lo ya destruido comienza la obra de sillería de los cimientos,
cuyas enormes piedras, de más de vara en cuadro,[80-7] no removerán
15 fácilmente dos ni tres personas de puños tan buenos como
los míos. Por consiguiente, es necesario saber de una manera
fija en qué punto estaba escondido el tesoro, so pena[80-8] de tener
que arrancar con ayuda de vecinos todos los cimientos de la
Torre....
20 —¡Nada! ¡Nada! ¡A Ugíjar en cuanto amanezca! Ofrécele
a nuestro compadre una parte..., no muy larga, de lo
que hallemos, y, cuando sepamos dónde hay que excavar,[80-9] yo
misma te ayudaré a arrancar piedras de sillería. ¡Hijos de mi
alma! Todo para ellos! Por lo que a mí toca, sólo siento
25 si habrá algo que sea pecado en esto que hablamos en voz baja.
—¿Qué pecado puede haber, grandísima tonta?
—No sé explicártelo.... Pero los tesoros me habían parecido
siempre cosa del demonio, o de duendes.... Además,
30 ¡tomaste a censo aquel terreno por tan poco rédito al año!...
¡Todo el pueblo dice hubo trampa[80-10] en el tal negocio!
—¡Eso es cuenta del secretario y de los concejales! Ellos
me hicieron la escritura.
—Por otro lado, tengo entendido[80-11] que de los tesoros hay
que dar parte al Rey....
(p81)
—Eso es cuando no se hallan en terreno propio, como éste
mío....
—¡Propio! ¡Propio!... ¡A saber[81-1] de quién sería esa
torre que te ha vendido el Ayuntamiento!
05 —¡Toma! ¡Del Moro!
—¡A saber quién sería ese Moro!... Por de pronto,[81-2]
Juan, las monedas que el Moro escondiera en su casa, serían
suyas o de sus herederos; no tuyas, ni mías....
—¡Estás diciendo disparates! ¡Por esa cuenta, no debía
10 yo ser alcalde de Aldeire, sino el que lo era el año pasado
cuando se pronunció Riego![81-3] ¡Por esa cuenta, habría que
mandar[81-4] todos los años a África, a los descendientes de los
moros, las rentas que produjesen las vegas de Granada, de
Guadix[81-5] y de centenares de pueblos!...
15 —¡Puede que[81-6] tengas razón!... En fin, ve a Ugíjar, y el
compadre te aconsejará lo mejor en todo.
III
Ugíjar dista de Aldeire cosa de cuatro leguas de muy mal camino.
No serían,[81-7] sin embargo, las nueve de la siguiente mañana
20 cuando el tío Juan Gómez, vestido con su calzón corto de
punto azul y sus bordadas botas blancas de los días de fiesta,
hallábase ya en el despacho de D. Matías de Quesada, hombre
de mucha edad y mucha salud, doctor en ambos Derechos[81-8]
y autor de la mayor parte de los entuertos contra la justicia que
25 se hacían por entonces en aquella tierra. Había sido toda su
vida lo que se llama un abogado picapleitos, y estaba riquísimo
y muy bien relacionado en Granada y Madrid.
Oído que hubo[81-9] la historia de su digno compadre, y después
de examinar atentamente el pergamino, díjole que, en su
opinión, nada de aquello olía a tesoro: que el nicho en que
30 halló el tubo debió de ser[81-10] un babuchero,[81-11] y que el
escrito le parecía una especie de oración que los moros suelen(p82)
leer todos los viernes[82-1] por la mañana.... Pero que, sin embargo,
no siéndole a él completamente conocida la lengua árabe, remitiría
el documento a Madrid a un condiscípulo suyo que estaba
empleado en la Comisaría de los Santos Lugares,[82-2] a fin de que
05 lo enviara a Jerusalén, donde lo traducirían al castellano; por
todo lo cual sería conveniente mandarle al madrileño un par
de onzas de oro,[82-3] en letra,[82-4] para una jícara de chocolate.
Mucho lo pensó el tío Juan Gómez antes de pagar un chocolate
tan caro (que resultaba a diez mil doscientos cuarenta
10 reales la libra); pero tenía tal seguridad en lo del tesoro[82-5]
(y a fe que[82-6] no se equivocaba según después veremos), que sacó
de la faja ocho monedillas de a cuatro[82-7] duros y se las entregó al
abogado, quien las pesó una por una antes de guardárselas[82-8] en
15 el bolsillo; con lo que el tío Hormiga tomó la vuelta de Aldeire
decidido a seguir excavando en la Torre del Moro, mientras
tanto que[82-9] enviaban el pergamino a Tierra Santa y volvía de
allá traducido; diligencias en que, según el letrado, se tardaría
cosa de año y medio.
IV
No bien había vuelto la espalda el tío Juan, cuando su compadre
20 y asesor cogió la pluma y escribió la siguiente carta
comenzando por el sobre:
«SR. D. BONIFACIO TUDELA Y GONZALEZ,[82-10] Maestro de capilla[82-11]
de la Santa Iglesia Catedral de CEUTA.[82-12]
«Mi querido sobrino político:[82-13]
25 «Solamente a un hombre de tu religiosidad confiaría yo el
importantísimo secreto contenido en el documento adjunto.
Dígolo porque indudablemente están escritas en él las señas de
un tesoro, de que te daré alguna parte si llego a descubrirlo
con tu ayuda. Para ello es necesario que busques un moro
30 que te traduzca ese pergamino, y que me mandes la traducción(p83)
en carta certificada,[83-1] sin enterar a nadie del asunto, como no
sea[83-2] a tu mujer, que me consta es persona reservada.
«Perdona que no te haya escrito en tantos años; pero bien
conoces mis muchos quehaceres. Tu tía sigue rezando por ti
05 todas las noches al tiempo de acostarse. Que estés mejor[83-3] del
dolor de estómago[83-4] que padecías en 1806, y sabes que te quiere
tu tío político,
«MATÍAS DE QUESADA.
«UGÍJAR, 15 de ENERO, 1821.
10 «POSDATA.—Expresiones a Pepa, y dime, si habéis tenido
hijos.»
Escrita la precedente carta,[83-5] el insigne jurisconsulto pasó a la
cocina, donde su mujer estaba haciendo calceta y cuidando el
puchero, y díjole las siguientes expresiones en tono muy áspero
15 y desabrido, después de echarle en la falda las ocho monedas
de a cuatro duros que ya conocemos:
—Encarnación,[83-6] ahí tienes: compra más trigo, que va a subir
en los meses mayores,[83-7] y procura que lo midan bien. Hazme
de almorzar mientras yo voy a echar al correo esta carta para
20 Sevilla preguntando los precios de la cebada. ¡Que el huevo
esté bien frito y el chocolate claro! ¡No tengamos la de
todos los días![83-8]
La mujer del abogado no respondió palabra, y siguió haciendo
calceta como un autómata.
V
25 Dos semanas después, un hermosísimo día de Enero, como
sólo los hay en el Norte de África y en el Sur de Europa,
tomaba el sol en la azotea de su casa de dos pisos el maestro
de capilla de la catedral de Ceuta con la tranquilidad
de quien ha tocado el órgano en misa mayor y se ha comido
30 luego una libra de boquerones, otra de carne y otra de
pan, con su correspondiente dosis de vino de Tarifa.[83-9]
(p84)
El buen músico, gordo como un cebón y colorado como una
remolacha, digería penosamente, paseando su turbia mirada de
apoplético por el magnífico panorama del Mediterráneo, y del
Estrecho de Gibraltar, del maldecido Peñón[84-1] que le da nombre,
05 de las cercanas cumbres de Anghera y Benzú[84-2] y de las remotas
nieves del Pequeño Atlas, cuando sintió acelerados pasos en la
escalera y la argentina voz de su mujer, que gritaba gozosamente:
—¡Bonifacio! ¡Bonifacio! ¡Carta de Ugíjar! ¡Carta de
tu tío! ¡Y vaya si es gorda![84-4]
10 —¡Hombre![84-5]—respondió el maestro de capilla, girando
como una esfera o globo terráqueo sobre el punto de su
redonda individualidad, que descansaba en el asiento.—¿Qué
santo se habrá empeñado para que mi tío se acuerde de mí?
¡Quince años hace que resido en esta tierra usurpada a Mahoma,
15 y cata aquí[84-6] la primera vez que me escribe aquel abencerraje,[84-7]
sin embargo de haberle yo escrito cien veces a él!
¡Sin duda me necesita para algo!
Y, dicho esto,[84-8] abrió la epístola (procurando que no la leyese
la Pepa de la posdata), y apareció, crujiente y tratando de
20 arrollarse por sí propio,[84-9] el amarillento pergamino.
—¿Qué nos envía?—preguntó entonces la mujer, gaditana[84-10]
y rubia por más señas,[84-11] y muy agraciada y valiente a pesar de
sus cuarenta agostos.
—¡Pepita, no seas tan curiosa!... Yo te lo diré, si debo
25 decírtelo, luego que me entere. ¡Mil veces te he advertido
que respetes mis cartas!...
—¡Advertencia propia de un libertino como tú! En fin,
¡despacha! y veamos si yo puedo saber qué papelote[84-12] te
manda tu tío. ¡Parece un billete de Banco del otro mundo!
30 En tanto que[84-13] su mujer decía aquellas cosas y otras, el
músico leyó la carta, y maravillóse hasta el extremo de ponerse
de pie sin esfuerzo alguno.
Tenía, sin embargo, tal hábito de disimular, que acertó a
decir muy naturalmente:
(p85)
—¡Qué tontería! ¡Sin duda está ya chocheando aquel mal
hombre! ¿Querrás creer que me remite esta hoja de una
Biblia en hebreo, para que yo busque algún judío que la compre
imaginándose el muy bobo que darán por ella un dineral?
05 Al mismo tiempo...—añadió para cambiar la conversación
y guardándose[85-1] en la faltriquera la carta y el pergamino:—al
propio tiempo ... me pregunta con mucho interés si tenemos
hijos.
—¡Él no los tiene!...—observó vivamente Pepita.—¡Sin
10 duda piensa dejarnos por herederos!
—¡ Más fácil es que al muy avaro se le haya ocurrido heredarnos
a nosotros!... Pero ¡calla!: están dando las once,
y yo tengo que afinar el órgano para las vísperas de esta tarde....
Me voy. Oye, prenda: que la comida esté dispuesta a
15 la una, y que no se te olvide[85-2] echar dos buenas patatas en el
puchero. ¡Que si tenemos hijos[85-3]!... ¡Vergüenza me da
de haber de contestarle que no!
—¡Escucha! ¡Espera! ¡Oye!—contestó como un rayo
la parte contraria....
20 —¡Ya! ¡Ya!
—¡Anda, zambombo, tonel, desagradecido![85-4] ¿Quién te
habrá amado a ti en el mundo como esta necia, que, con ese
barrigón y todo, te considera el hombre más hermoso que
Dios ha criado?
25 —¿Sí? ¿Me has dicho hermoso? ¡Pues mira, Pepa—respondió
el artista, pensando seguramente en el pergamino
árabe;—si mi tío llega a dejarme por heredero, o yo me
hago rico de cualquier otro modo, te juro llevarte a vivir a la
plaza de San Antonio de la ciudad de Cádiz, y comprarte más
30 joyas que tiene la Virgen de las Angustias[85-5] de Granada! Conque
hasta luego, pichona.
Y tirando un pellizco[85-6] en la barba a la que de antemano
tenía ya el hoyo en ella, cogió el sombrero y tomó el camino...,(p86)
no de la catedral, sino de las callejuelas en que suelen
vivir las familias moras avecindadas en aquella plaza fuerte.[86-1]
VI
En la más angosta de dichas callejuelas, y a la puerta de
una muy pobre, pero muy blanqueada casucha, estaba sentado
05 en el suelo, o más bien sobre sus talones, fumando en pipa de
barro secado al sol, un moro de treinta y cinco a cuarenta años,
revendedor de huevos y gallinas, que le traían a las puertas de
Ceuta los campesinos independientes de Sierra-Bullones y
Sierra-Bermeja, y que él despachaba, a domicilio o en el mercado,
10 con una ganancia de ciento por ciento. Vestía chilava[86-2]
de lana blanca y jaique[86-3] de lana negra, y llamábase entre los
españoles Manos-gordas, y entre los marroquíes
Admet-ben-Carime-el-Abdoun.
Tan luego como el moro vió al maestro de capilla levantóse
15 y salió a su encuentro, haciéndole grandes zalemas; y, cuando
estuvieron ya juntos, díjole cautelosamente:
—¿Querer[86-4] morita? Yo traer mañana cosa meleja; de doce
años....
—Mi mujer no quiere más criadas moras....—respondió
20 el músico con inusitada dignidad.
Manos-gordas se echó a reír.
—Además ...—prosiguió D. Bonifacio—tus endiabladas
moritas son muy sucias.
—Lavar....—respondió el moro, poniéndose en cruz[86-5] y
25 ladeando la cabeza.
—¡Te digo que no quiero moritas!—prosiguió D. Bonifacio.—Lo
que necesito hoy es que tú, que sabes tanto y que
por tanto saber eres intérprete de la plaza, me traduzcas al
español este documento.
30 Manos-gordas cogió el pergamino, y a la primera ojeada
murmuró:
(p87)
—Estar moro....
—¡Ya lo creo que es árabe! Pero quiero saber qué dice,
y, si no me engañas, te haré un buen regalo ... cuando se
realice el negocio que confio a tu lealtad.
05 A todo esto, Admet-ben-Carime había pasado ya la vista por
todo el pergamino y puéstose muy pálido.
—¿Ves que se trata de un gran tesoro?—medio afirmó,
medio interrogó el maestro de capilla.
—Creer que sí—tartamudeó el mahometano.
10 —¿Cómo creer? ¡Tu misma turbación lo dice!
—Perdona....—replicó Manos-gordas sudando a mares.[87-1]
—Haber aquí palabras de árabe moderno, y yo entender. Haber
otras de árabe antiguo o literario, y yo no entender.
—¿Qué dicen las palabras que entiendes?
15 —Decir oro, decir perlas, decir maldición de Alah[87-2]....
Pero yo no entender sentido, explicaciones ni señas. Necesitar
ver al derwich de Anghera, que estar sabio, y él traducir
todo. Llevarme yo pergamino hoy, y traer pergamino mañana,
y no engañar ni robar al señor Tudela. ¡Moro jurar!
20 Así diciendo, cruzó las manos, se las llevó a la boca[87-3] y las
besó fervorosamente.
Reflexionó D. Bonifacio: conoció que para descifrar aquel
documento tendría que fiarse de algún moro, y que ninguno le
era tan conocido ni tan afecto como Manos-gordas, y accedió
25 a dejarle el manuscrito, bien que bajo reiterados juramentos
de que al día siguiente estaría de vuelta de Anghera con la
traducción, y jurándole él, por su parte, que le entregaría lo
menos[87-4] cien duros cuando fuese descubierto el tesoro.
Despidiéronse el musulmán y el cristiano, y éste se dirigió,
30 no a su casa ni a la catedral, sino a la oficina de un amigo,
donde escribió la siguiente carta:
«SR. D. MATÍAS DE QUESADA Y SÁNCHEZ[88-1](p88)
«Alpujarra, UGÍJAR.
«Mi queridísimo tío:
«Gracias a Dios que hemos tenido noticias de usted y de tía
05 Encarnación, y que éstas son tan buenas como Josefa y yo
deseábamos. Nosotros, querido tío, aunque más jóvenes que
ustedes, estamos muy achacosos y cargados de diez hijos, que
pronto se quedarán huérfanos y pidiendo limosna.
«Se burló de usted quien le dijera que el pergamino que me
10 ha enviado contenía las señas de un tesoro. He hecho traducirlo
por persona muy competente, y ha resultado ser una sarta
de blasfemias contra Nuestro Señor Jesucristo, la Santísima
Virgen y los santos de la Corte celestial, escritas en versos árabes
por un perro morisco del marquesado del Cenet durante la
rebelión de Aben-Humeya.[88-2] En vista de semejante sacrilegio,
15 y por consejo del señor Penitenciario,[88-3] acabo de quemar tan impío
testimonio de la perversidad mahometana.
«Memorias a mi tía: recíbanlas ustedes de Josefa, y mande
algún socorro a su sobrino, que está en los huesos[88-4] por resultas
20 del pícaro dolor de estómago.
«BONIFACIO.
«CEUTA, 29 de Enero de 1821.»
VII
Al mismo tiempo que el maestro de capilla escribía la precedente
carta y la echaba al correo, Admet-ben-Carime-el-Abdoun
25 reunía en un envoltorio no muy grande todo su hato y
ajuar, reducidos a tres jaiques viejos, dos mantas de pelo de cabra,
un mortero para hacer alcuzcuz,[88-5] un candil[88-6] de hierro y una
olla de cobre llena de pesetas (que desenterró de un rincón del
patinillo de su casa); cargó con todo ello a su única mujer, esclava,
30 odalisca o lo que fuera, más fea que una mala noticia(p89)
dicha de pronto[89-1] y más sucia que la conciencia de su marido, y
salióse de Ceuta, diciendo al oficial de guardia de la puerta que
da al campo moro que se iban a Fez[89-2] a mudar de aires por consejo
de un veterinario. Y como quiera que esta sea la hora,[89-3]
05 después de sesenta años y algunos meses de ausencia, que no se
haya vuelto a saber de Manos-gordas ni en Ceuta, ni en sus cercanías,
dicho se está[89-4] que D. Bonifacio Tudela y González no
tuvo el gusto de recibir de sus manos la traducción del pergamino,
ni al día siguiente, ni al otro, ni en toda su vida, que por
10 cierto debió de ser muy corta, puesto que de informes dignos
de crédito aparece que su adorada Pepita se casó en Marbella
en terceras nupcias con un tambor mayor asturiano, a quien hizo
padre de cuatro hijos como cuatro soles, y era otra vez viuda a
la muerte del Rey absoluto,[89-5] fecha en que ganó por oposición en
15 Málaga el destino de matrona aduanera.
Con que busquemos nosotros a Manos-gordas, y sepamos qué
fué de él y del interesante pergamino.
VIII
Admet-ben-Carime-el-Abdoun respiró alegremente, y aun
hizo alguna zapateta,[89-6] sin que por eso se le cayesen las mal aseguradas
20 zapatillas, tan luego como se vió fuera de los redoblados
muros de la plaza española y con toda el África[89-7] delante de
sí....
Porque África, para un verdadero africano como Manos-gordas,
es la tierra de la libertad absoluta; de una libertad anterior
25 y superior a todas las Constituciones e instituciones humanas;
de una libertad parecida a la de los conejos no caseros y
demás animales de monte, valle o arenal.
África, quiero decir, es la Jauja[89-8] de los malhechores, el seguro
de la impunidad, el campo neutral de los hombres y de las fieras,
30 protegido por el calor y la extensión de los desiertos. En(p90)
cuanto a los sultanes, reyes y beyes que presumen imperar en
aquella parte del mundo, y a las autoridades y mílites que los
representan, puede decirse que vienen a ser, para tales vasallos,
lo que el cazador para las liebres o para los corzos: un mal encuentro
05 posible, que muy pocos tienen en la vida, y en el cual
muere uno o no muere: si muere, tal día hizo un año;[90-1] y si no
muere, con poner mucha tierra por medio[90-2] no hay que pensar[90-3]
más en el asunto. Sirva esta digresión de advertencia a quien
la necesitare, y prosigamos nosotros nuestra relación.
10 —¡Toma aquí,[90-4] Zama!—dijo el moro a su cansada esposa,
como si hablase con una acémila.
Y, en lugar de dirigirse al Oeste, o sea hacia el Boquete de
Anghera, en busca del sabio santón, según había dicho a D.
Bonifacio, tomó hacia el Sur, por un barranquillo tapado de malezas
15 y árboles silvestres, que muy luego le llevó al camino de
Tetuán,[90-5] o bien a la borrosa vereda que, siguiendo las ondulaciones
de puntas y playas, conduce a Cabo-Negro por el valle
del Tarajar, por el de los Castillejos, por Monte-Negrón y por
las lagunas de Río-Azmir, nombres que todo español bien nacido
20 leerá hoy con amor y veneración, y que entonces no se habían
oído pronunciar todavía en España ni en el resto del mundo
civilizado.
Llegado que hubieron[90-6] ben-Carime[90-7] y Zama al vallecillo del
Tarajar, diéronse un punto de descanso a la orilla del arroyuelo
25 de agua potable que lo atraviesa, procedente de las alturas de
Sierra-Bullones; y en aquella tan segura y áspera soledad, que
parecía recién salida[90-8] de manos del Criador y no estrenada
todavía por el hombre; a la vista de un mar solitario, únicamente
surcado, tal o cual[90-9] noche de luna, por cárabos de piratas
o buques oficiales de Europa encargados de perseguirlos,
30 la mora se puso a lavarse y peinarse, y el moro sacó el manuscrito
y volvió a leerlo con tanta emoción como la primera
vez.
Decía así el pergamino árabe:
(p91)
«La bendición de Alah sea con los hombres buenos que lean
estas letras.
«No hay más gloria que la de Alah, de quien Mahoma fué y
es, en el corazón de los creyentes, profeta y enviado.
05 «Los hombres que roban la casa del que está en la guerra o
en el destierro viven bajo la maldición de Alah y de Mahoma,
y mueren roídos de escarabajos y cucarachas.
«¡Bendito sea, pues, Alah, que crió estos y otros bichos para
que se coman[91-1] a los hombres malos!
10 «Yo soy el caid Hassan-ben-Jussef, siervo de Alah, aunque
malamente he sido llamado D. Rodrigo de Acuña por los sucesores
de los perros cristianos que, haciéndoles fuerza y violando
solemnes capitulaciones, bautizaron con una escoba, a guisa de
hisopo, a mis infortunados ascendientes y a otros muchos islamitas
15 de estos reinos.
«Yo soy capitán bajo el estandarte del que, desde la muerte
de Aben-Humeya,[91-2] titúlase legítimamente rey de los andaluces,
Muley-Abdalá-Mahamud-Aben-Aboó, el cual, si no está ya sentado
en el trono de Granada, es por la traición y cobardía con
20 que los moros valencianos han faltado a sus compromisos y juramentos,
dejando de alzarse al mismo tiempo que los moros
granadinos contra el tirano común; pero de Alah recibirán el
pago, y, si somos vencidos nosotros, vencidos serán también
ellos y expulsados a la postre de España, sin el mérito de haber
luchado hasta última hora en el campo del honor y en defensa
25 de la justicia; y, si somos vencedores, les cortaremos el pescuezo
y echaremos sus cabezas a los marranos.
«Yo soy, en fin, el dueño de esta Torre y de toda la tierra
que hay a su alrededor, hasta llegar por Occidente al barranco
30 del Zorro y por Oriente al de los Espárragos, el cual debe tal
nombre a los muchos y muy exquisitos que cultivó allí mi abuelo
Sidi-Jussef-ben-Jussuf.
«La cosa no anda bien. Desde que el mal nacido D. Juan
de Austria[91-3] (confúndalo Alah) vino a combatir contra os(p92)
creyentes, prevemos que por ahora vamos a ser derrotados, sin perjuicio
de que,[92-1] andando los años[92-2] o las centurias, otro Príncipe
de la sangre del Profeta venga a recobrar el trono de Granada,
que ha pertenecido setecientos[92-3] años a los moros, y volverá a
05 pertenecerles[92-4] cuando Alah quiera, con el mismo título con que
lo poseyeron antes vándalos y godos, y antes los romanos, y
antes aquellos otros africanos que se llamaban los cartagineses:[92-5]
¡con el título de la conquista! Pero conozco, vuelvo a decir,
que por la presente[92-6] la cosa anda mal, y que muy pronto tendré
10 que trasladarme a Marruecos con mis cuarenta y tres hijos,
suponiendo que[92-7] los austriacos no me cojan en la primera batalla
y me cuelguen de un alcornoque, como yo los colgaría a
todos ellos si pudiera.
«Pues bien: al salir de esta Torre para emprender la última
15 y decisiva campaña dejo escondidos aquí, en sitio a que no
podrá llegar nadie sin topar primero con el presente manuscrito,
todo mi oro, toda mi plata, todas mis perlas; el tesoro de mi
familia; la hacienda de mis padres, mía y de mis herederos; el
caudal de que soy dueño y señor por ley divina y humana, como
20 es del ave la pluma que cría, o como son del niño los dientes que
echa con trabajo, o como son de cada mortal los malos humores
de cáncer o de lepra que hereda de sus padres.
«¡Detente, por tanto, oh tú, moro, cristiano o judío que, habiéndote
puesto a derribar esta mi casa, has llegado a descubrir
25 y leer los renglones que estoy escribiendo! ¡Detente, y respeta
el arca de tu prójimo![92-8] ¡No pongas la mano en su caudal!
¡No te apoderes de lo ajeno! Aquí no hay nada del
fisco, nada de dominio público, nada del Estado. El oro de
las minas podrá pertenecer a quien lo descubra, y una parte de
30 él al Rey del territorio. Pero el oro fundido y acuñado, el
dinero, la moneda, es de su dueño, y nada más que[92-9] de su dueño.
¡No me robes, pues, mal hombre! ¡No robes a mis descendientes,
que ya vendrán, el día que esté escrito,[92-10] a recoger su
herencia! Y si es que buenamente, por casualidad, encuentras(p93)
mi tesoro, te aconsejo que publiques edictos, llamando y notificando
el caso a los causa-habientes de Hassan-ben-Jussef; que
no es de hombres honestos[93-1] guardarse los hallazgos cuando estos
hallazgos tienen propietario conocido.
05 «Si así no lo hicieres, ¡maldito seas,[93-2] con la maldición de Alah
y con la mía! ¡Y pártate un rayo! ¡Y quiera Dios que cada
una de mis monedas se vuelva en tus manos un escorpión, y
cada perla un alacrán! ¡Y que mueran de lepra tus hijos, con
los dedos podridos y deshechos, para que no tengan ni tan siquiera[93-3]
10 el placer de rascarse! ¡Y que tu hija la mayor se escape
de tu casa con un judío! ¡Y que a ti te metan un palo
por el cuerpo, y te saquen asi a la vergüenza, teniéndote en
alto hasta que, con el peso de tu cuerpo, el palo salga por
encima de la coronilla y quedes patiabierto en el suelo, como
15 indecente rana atravesada por un asador!
«Ya lo sabes, y sépanlo todos, y bendito sea Alah, que es
Alah.
«Torre de Zoraya, en Aldeire del Cenet, a 15 días del mes de
Saphar del año de la egira[93-4] 968.
20 «HASSAN-BEN-JUSSEF.»