IX
Manos-gordas quedó profundamente preocupado con la nueva
lectura de este documento, no por las máximas morales y por
las espantosas maldiciones que contenía, pues el pícaro había
perdido la fe en Alah y en Mahoma de resultas de[93-5] su frecuente
25 trato con los cristianos y judíos de Tetuán y Ceuta, que, naturalmente,
se reían del Corán,[93-6] sino por creer que su cara, su
acento y algún otro signo musulmán de su persona le impedían
trasladarse a España, donde se vería expuesto a muerte segura
tan luego como cualquier cristiano o cristiana descubriese en él
30 a un enemigo de la Virgen María.
(p94)
Además, ¿qué apoyo (a juicio de Manos-gordas) podría hallar
en las leyes ni en las autoridades de España un extranjero,
un mahometano, un semi-salvaje, para adquirir la Torre de Zoraya,
para hacer excavaciones en ella, para entrar en posesión
05 del tesoro o para no perderlo inmediatamente con la vida?
—¡No hay remedio!—díjose por remate de largas reflexiones.—¡Tengo
que confiarme al renegado ben-Munuza! Él es
español, y su compaña[94-1] me librará de todo peligro en aquella
tierra. Pero como no existe bajo la capa del cielo un hombre
10 de peor alma que el tal renegado, no me estará de más[94-2] tomar
algunas precauciones.
Y en virtud de esta cavilación sacó del bolsillo avíos de escribir,
redactó una carta, púsole el sobre, pególo con un poco de
pan mascado, y echóse a reír de una manera diabólica.
15 En seguida fijó los ojos en su mujer, que continuaba haciendo
la policía de todo un año a costa de la limpieza física y ...
moral del malaventurado arroyuelo, y, llamándola por medio de
un silbido, dignóse hablarle de este modo:
—Cara de higo chumbo, siéntate a mi lado y óyeme....
20 Luego[94-3] acabarás de lavarte, que bien lo necesitas, y puede que[94-4]
entonces te juzgue merecedora de algo mejor que la paliza diaria
con que te demuestro mi cariño. Por de pronto,[94-5] sinvergüenzona,[94-6]
déjate de monadas y entérate bien de lo que voy a
decirte.
25 La mora, que, lavada y peinada, resultaba más joven y artística,
aunque no menos fea que antes, se relamió como una gata,
clavó en Manos-gordas los dos carbunclos que le servían de ojos,
y díjole, mostrando sus blanquísimos y anchos dientes, que nada
tenían de humanos:
30 —Habla, mi señor; que tu esclava sólo desea servirte.
Manos-gordas continuó:
—Si desde este momento en adelante llega a ocurrirme alguna
desgracia, o desaparezco del mundo sin haberme despedido de
ti, o, habiéndome despedido, no tienes noticias mías en seis(p95)
semanas, procura volver a entrar en Ceuta y echa esta carta al
correo. ¿Te has enterado bien, cara de mona?
Zama rompió a llorar, y exclamó:
—¡Admet! ¿Piensas dejarme?
05 —¡No rebuznes, mujer!—contestó el moro.—¿Quién habla
ahora de eso? ¡Demasiado sabes que me gustas y que me
sirves! Pero de lo que[95-1] ahora se trata es de que te hayas enterado
bien de mi encargo....
—¡Trae!—dijo la mora, apoderándose de la carta, abriéndose
10 el justillo y colocándola entre él y su gordo y pardo seno,
al lado del corazón.—Si algo malo llega a sucederte, esta carta
caerá en el correo de Ceuta, aunque después caiga yo en la
sepultura.
Aben-Carime sonrió humanamente al oír aquellas palabras, y
15 dignóse mirar a su mujer como a una persona.
X
Mucho y muy regaladamente debió de dormir aquella noche
el matrimonio agareno[95-2] entre los matorrales del camino, pues
no serían menos de las nueve de la siguiente mañana cuando
llegó al pie de Cabo-Negro.
20 Hay allí un aduar de pastores y labriegos árabes, llamado
«Medik», compuesto de algunas chozas, de un morabito o ermita
mahometana, y de un pozo de agua potable, con su brocal de
piedra y su acetre de cobre, como los que figuran en algunas
escenas bíblicas.
25 El aduar se hallaba completamente solo en aquel momento.
Todos sus habitantes habían salido ya con el ganado o con los
aperos de labor a los vecinos montes y cañadas.
—Espérame aquí ...—dijo Manos-gordas a su mujer.—Yo
voy á buscar a ben-Munuza, que debe de hallarse al otro
30 lado de aquel cerro arando los pobres secanos que allí posee.
—¡Ben-Munuza!—exclamó Zama con terror.—¡El renegado
de quien me has dicho....(p96)
—Descuida....—interrumpió Manos-gordas.— ¡Hoy
puedo yo más que él! Dentro de un par de horas estaré de
vuelta, y verás cómo se viene[96-1] detrás de mí con la humildad de
un perro. Esta es su choza.... Aguárdanos en ella, y haznos
05 una buena ración de alcuzcuz[96-2] con el maíz y la manteca
que hallarás a mano. ¡Ya sabes que me gusta muy recocido![96-3]
¡Ah! Se me olvidaba.... Si ves que anochece y no he bajado,
sube tú; y si no me hallas en la otra ladera del cerro o
me hallas cadáver, vuélvete a Ceuta y echa la carta al correo....
10 Otra advertencia: suponiendo que sea mi cadáver lo que encuentres,
regístrame, a ver[96-4] si ben-Munuza me ha robado o no
este pergamino.... Si me lo ha robado, vuélvete de Ceuta a
Tetuán, y denuncia a las autoridades el asesinato y el robo.
¡No tengo más que decirte! Adiós.
15 La mora se quedó llorando a lágrima viva, y Manos-gordas
tomó la senda que llevaba a la cumbre del inmediato cerro.
XI
Pasada la cumbre, no tardó en descubrir en la cañada próxima
a un corpulento moro vestido de blanco, el cual araba patriarcalmente
la negruzca tierra con auxilio de una hermosa
20 yunta de bueyes. Parecía aquel hombre la estatua de la Paz
tallada en mármol. Y, sin embargo, era el triste y temido renegado
ben-Munuza, cuya historia os causará espanto cuando la
conozcáis.
Contentaos por lo pronto con saber que tendría cuarenta años,
25 y que era rudo, fuerte, ágil y de muy lúgubre fisonomía, bien
que sus ojos fuesen azules como el cielo y rubias sus barbas
como aquel sol de África que había dorado a fuego[96-5] la primitiva
blancura europea de su semblante.
—¡Buenos días, Manos-gordas!—gritó en castellano el antiguo
30 español, tan luego como divisó al marroquí.
Y su voz expresó la alegría melancólica propia del extranjero
que halla ocasión de hablar la lengua patria.
(p97)
—¡Buenos días, Juan Falgueira!—respondió sarcásticamente
ben-Carime.
El renegado tembló de pies a cabeza al oír semejante saludo,
y sacó del arado la reja de hierro como para defender su vida.
05 —¿Qué nombre acabas de pronunciar?—añadió luego,
avanzando hacia Manos-gordas.
Éste lo aguardaba riéndose, y le respondió en árabe, con un
valor de que nadie le hubiera creído capaz:
—He pronunciado ... tu verdadero nombre: el nombre
10 que llevabas en España cuando eras cristiano, y que yo conozco
desde que estuve en Orán[97-1] hace tres años....
—¿En Orán?
—¡En Orán, sí, señor!... ¿Qué tiene eso de extraordinario?
De allí habías venido tú a Marruecos,[97-2] y allí fuí yo a comprar
15 gallinas. Allí pregunté tu historia, dando tus señas, y allí
me la contaron varios españoles. Supe,[97-3] por tanto, que eras
gallego, que te llamabas Juan Falgueira, y que te habías escapado
de la Cárcel Alta de Granada, donde estabas ya en
capilla para ir a la horca por resultas de[97-4] haber robado y dado
20 muerte, hace quince años, a unos señores a quienes servías en
clase de mulero.... ¿Dudarás ahora de que te conozco
perfectamente?
—Dime, alma mía ...—respondió el renegado con voz
sorda y mirando a su alrededor—¿y has contado eso a algún
25 marroquí? ¿Lo sabe alguien más que tú en esta condenada
tierra? Porque es el caso que yo quiero vivir en paz, sin que
nadie ni nada me recuerde aquella mala hora, que harto he
purgado. Soy pobre; no tengo familia, ni patria, ni lengua, ni
el Dios que me crió. Vivo entre enemigos, sin más capital
30 que estos bueyes y que esos secanos, comprados a fuerza de[97-5]
diez años de sudores.... Por consiguiente, haces muy mal
en venir a decirme....
—¡Espera!—respondióle muy alarmado Manos-gordas—No
me eches esas miradas de lobo, que vengo a hacerte un(p98)
gran favor, y no a ofenderte por mero capricho. ¡A nadie he
contado tu desgraciada historia! ¿Para qué? ¡Todo secreto
puede ser un tesoro, y quien lo cuenta se queda sin él! Hay,
empero, ocasiones en que se hacen cambios de secretos sumamente
05 útiles. Por ejemplo: yo te voy a contar un importante
secreto mío, que te servirá como de fianza del tuyo, y que nos
obligará a ser amigos toda la vida....
—Te oigo. Concluye....—respondió calmosamente el
renegado.
10 Aben-Carime leyóle entonces el pergamino árabe, que Juan
Falgueira oyó sin pestañear y como enojado; visto lo cual[98-1]
por el moro, y a fin de acabar de atraerse su confianza, le
reveló también que había robado aquel documento a un cristiano
de Ceuta....
15 El español se sonrió ligeramente al pensar en el mucho
miedo que debía de tenerle el mercader de huevos y de
gallinas cuando le contaba sin necesidad aquel robo, y, animado
el pobre Manos-gordas con la sonrisa de ben-Munuza,
entró al fin en el fondo del asunto, hablando de la siguiente
20 manera:
—Supongo que te has hecho cargo[98-2] de la importancia de
este documento y de la razón por qué te lo he leído. Yo no
sé dónde está la Torre de Zoraya, ni Aldeire, ni el Cenet: yo
no sabría ir a España, ni caminar por ella; y, además, allí me
25 matarían por no ser cristiano, o, cuando menos,[98-3] me robarían
el tesoro antes o después de descubierto.[98-4] Por todas estas
razones necesito que me acompañe un español fiel y leal, de
cuya vida sea yo dueño y a quien pueda hacer ahorcar con
media palabra; un español, en fin, como tú, Juan Falgueira, que,
30 después de todo, nada adelantaste con robar ni matar, pues
trabajas aquí como un asno, cuando con los millones que voy a
proporcionarte podrás irte a América, a Francia, a la India, y
gozar, y triunfar, y subir tal vez hasta rey.[98-5] ¿Qué te parece
mi proyecto?[98-6]
(p99)
—Que está bien hilado, como obra de un moro....—respondió
ben-Munuza, de cuyas recias manos, cruzadas sobre
la rabadilla, pendía, balanceándose, la barra de hierro a la
manera de la cola de un tigre.
05 Manos-gordas se sonrió ufanamente, creyendo aceptada su
proposición.
—Sin embargo....—añadió después el sombrío gallego.—Tú
no has caído en una cuenta[99-1]....
—¿En cuál?—preguntó cómicamente ben-Carime, alzando
10 mucho la cara y no mirando a parte alguna, como quien se
dispone a oír sandeces y majaderías.
—¡Tú no has caído en que yo sería tonto de capirote[99-2] si
me marchase contigo a España a ponerte en posesión de ...
medio tesoro, contando con que tú me pondrías a mí en posesión
15 del otro medio! Lo digo porque no tendrías más que
pronunciar media palabra el día que llegásemos a Aldeire y te
creyeses libre de peligros, para zafarte de mi compañía y de
darme la mitad de las halladas riquezas.... ¡En verdad que
no eres tan listo como te figuras, sino un pobre hombre, digno
20 de lástima, que te has metido en un callejón sin salida al descubrirme
las señas de ese gran tesoro y decirme al mismo tiempo
que conoces mi historia, y que, si yo fuera contigo a España,
serías dueño absoluto de mi vida!... Pues ¿para qué te
necesito yo a ti? ¿Qué falta me hace tu ayuda para ir a apoderarme
25 del tesoro entero? ¿Ni[99-3] qué falta me haces en el
mundo? ¿Quién eres tú, desde el momento en que me has
leído ese pergamino, desde el momento en que puedo quitártelo?
—¿Qué dices?—gritó Manos-gordas, sintiendo de pronto
circular por todos sus huesos el frío de la muerte.
30 —No digo nada.... ¡Toma!—respondió Juan Falgueira,
asestando un terrible golpe con la barra de hierro sobre
la cabeza de ben-Carime, el cual rodó en tierra, echando sangre
por ojos, narices y boca, y sin poder articular palabra....
El desgraciado estaba muerto.
Tres o cuatro semanas después de la muerte de Manos-gordas,
el veintitantos[100-1] de Febrero de 1821, nevaba si había
que nevar[100-2] en la villa de Aldeire y en toda la elegantísima
sierra andaluza,[100-3] a que la propia nieve da vida y nombre.
05 Era domingo de Carnaval, y la campana de la iglesia llamaba
por cuarta vez a misa, con su voz delgada y pura como la de un
niño, a los ateridos cristianos de aquella feligresía demasiado
próxima al cielo, los cuales no se resignaban fácilmente, en día
tan crudo y desapacible, a dejar la cama o a separarse de los
10 tizones, alegando acaso, como pretexto, que «los días de Carnestolendas
no se debe rendir culto a Dios, sino al diablo.»
Algo semejante decía por lo menos el tío Juan Gómez a su
piadosa mujer, la seña[100-4] Torcuata, defendiéndose, en el rincón
del fuego, de los argumentos con que nuestra amiga le rogaba
15 que no bebiera más aguardiente ni comiese más roscos, sino
que la acompañase a misa, a fuer de buen cristiano, sin miedo
alguno a las críticas del maestro de escuela y demás electores
liberales; y muy enredada estaba la disputa cuando cata aquí[100-5]
que entró en la cocina el tío Jenaro, mayoral de los pastores
20 de su merced, y dijo, quitándose el sombrero y rascándose la
cabeza, todo de un solo golpe:[100-6]
—¡Buenos días nos dé Dios, señor Juan y señá Torcuata!
Ya se harán ustedes cargo[100-7] de que algo habrá sucedido por
allá arriba para que yo baje por aquí con tan mal tiempo, no
25 tocándome oír misa este domingo. ¿Cómo va de salud?
—¡Vaya! ¡vaya! ¡no espero más!—exclamó la mujer del
alcalde, cruzándose la mantilla[100-8] con violencia.—¡Estaría de
Dios[100-9] que hoy echases la misa en el puchero![100-10] ¡Ya tienes
ahí conversación y copas para todo el día, sobre si[100-11] las
30 cabras están preñadas o sobre si los borregos han echado
cuernos!
(p101)
¡Te condenarás, Juan; te condenarás si no haces pronto las
paces con la Iglesia dejando la maldita alcaldía!
Marchado que se hubo[101-1] la seña Torcuata, el Alcalde alargó
un rosco y una copa al mayoral, y le dijo:
05 —¡Simplezas de mujeres, tío Jenaro! Arrímese usted a la
lumbre y hable. ¿Qué ocurre por allá arriba?
—¡Pues nada! que ayer tarde el cabrero Francisco vió que
un hombre, vestido a la malagueña, con pantalón largo y chaquetilla
de lienzo, y liado en una manta de muestra,[101-2] se había
10 metido en el corral nuevo por la parte que todavía no tiene
tapia, y rondaba la Torre del Moro, estudiándola y midiéndola
come si fuese un maestro de obras.[101-3] Preguntóle Francisco qué
significaba aquello, y el forastero le interrogó a su vez quién era el
dueño de la Torre; y como Francisco le dijese que nada menos
15 que el Alcalde del pueblo, repuso que él hablaría a la noche con
su merced y le explicaría sus planes. Llegó presto la noche,
y el hombre hizo como que se marchaba,[101-4] con lo que el cabrero
se encerró en su choza, que, como sabe usted, dista poco de
allí. Dos horas después de obscurecer enteramente notó el
20 mismo Francisco que en la Torre sonaban ruidos muy raros y
se veía luz, lo cual le llenó de tal miedo que ni tan siquiera[101-5] se
atrevió a ir a mi choza a avisarme; cosa que hizo en cuanto
fué de día,[101-6] refiriéndome el lance de ayer tarde, y advirtiéndome
que los tales ruidos[101-7] habían durado toda la noche.
25 Como yo soy viejo, y he servido al Rey, y me asusto de pocas
cosas, me plantifiqué en seguida en la Torre del Moro acompañado
de Francisco, que iba temblando, y encontramos al forastero
liado en su manta y durmiendo en un cuartucho[101-8] del piso
bajo, que tiene todavía su bóveda de hormigón. Desperté al
30 sospechoso personaje, y le reconvine por haber pasado la noche
en la casa ajena sin la voluntad de su dueño; a lo que me
respondió que aquello no era casa, sino un montón de escombros,
donde bien podía haberse albergado un pobre caminante
en noche de nieves, y que estaba dispuesto a presentarse a(p102)
usted y a explicarle quién era y todas sus operaciones y pensamientos.
Le he hecho, pues, venir conmigo, y en la puerta del
corral aguarda, acompañado del cabrero, a que usted le dé
licencia para entrar....
05 —¡Que entre!—respondió el tío Hormiga, levantándose
muy alterado por habérsele ocurrido, desde las primeras palabras
del mayoral, que todo aquello tenía bastante que ver con
el célebre tesoro, a cuyo hallazgo por sus solos esfuerzos había
renunciado su merced hacía una semana, después de arrancar
10 antes inútilmente muchas y muy pesadas piedras de sillería.
XIII
Tenemos ya cara a cara y solos al tío Juan Gómez y al
forastero.
—¿Cómo se llama usted?—interrogó el primero al segundo
con todo el imperio de un Alcalde de monterilla[102-1] y sin invitarle
15 a que se sentara.
—Llámome Jaime Olot—respondió el hombre misterioso.
—¡Su habla de usted no me parece de esta tierra!...—¿Es
usted inglés?
—Soy catalán.[102-2]
20 —¡Hombre! ¡Catalán!... Me parece bien. Y ...
¿qué le trae a usted por aquí? Sobre todo, ¿qué diablos de
medidas tomaba usted ayer en mi Torre?
—Le diré a usted. Yo soy minero de oficio, y he venido a
buscar trabajo a esta tierra, famosa por sus minas de cobre y
25 plata. Ayer tarde, al pasar por la Torre del Moro, vi que con
las piedras de ella extraídas estaban construyendo una tapia, y
que aun sería necesario derribar o arrancar otras muchas para
terminar el cercado.... Yo me pinto solo[102-3] en esto de demoler,
ya sea dando barrenos, ya por medio de mis propios
30 puños, pues tengo más fuerza que un buey, y ocurrióseme la
idea de tomar a mi cargo, por contrata, la total destrucción de(p103)
la Torre y el arranque de sus cimientos, suponiendo que llegase
a entenderme con el propietario.
El tío Hormiga guiñó sus ojillos grises, y respondió con
mucha sorna:
05 —Pues, señor; no me conviene la contrata.
—Es que[103-1] haré todo ese trabajo por muy poco precio, casi
de balde....
—¡Ahora me conviene mucho menos!
El llamado Jaime Olot paró mientes[103-2] en la soflama del tío
10 Juan Gómez, y miróle a fondo como para adivinar el sentido
de aquella rara contestación; pero, no logrando leer nada en
la fisonomía zorruna de su merced, parecióle oportuno añadir
con fingida naturalidad:
—Tampoco dejaría de agradarme[103-3] recomponer parte de
15 aquel antiguo edificio y vivir en él cultivando el terreno que
destina usted a corral de ganado. ¡Le compro a usted, pues,
la Torre del Moro y el secano que la circunda!
—No me conviene vender—respondió el tío Hormiga.
—¡Es que le pagaré a usted el doble de lo que aquello
20 valga!—observó enfáticamente el que se decía catalán.
—¡Por esa razón me conviene menos!—repitió el andaluz
con tan insultante socarronería, que su interlocutor dió un paso
atrás, como quien conoce que pisa terreno falso.
Reflexionó, pues, un momento, pasado el cual alzó la cabeza
25 con entera resolución, echó los brazos a la espalda[103-4] y dijo, riéndose
cínicamente:
—¡Luego sabe usted que en aquel terreno hay un tesoro!
El tío Juan Gómez se agachó, sentado como estaba; y,
mirando al catalán de abajo arriba, exclamó donosísimamente:
30 —¡Lo que me choca es que lo sepa usted!
—¡Pues mucho más le chocaría si le dijese que soy yo el
único que lo sabe de cierto!
—¿Es decir que conoce usted el punto fijo en que se halla
sepultado el tesoro?
(p104)
—Conozco el punto fijo, y no tardaría veinticuatro horas en
desenterrar tanta riqueza como allí duerme a la sombra....
—Según eso, ¿tiene usted cierto documento?...
—Sí, señor; tengo un pergamino del tiempo de los moros,
05 de media vara en cuadro..., en que todo eso se explica....
—Dígame usted; ¿y ese pergamino?...
—No lo llevo sobre mi persona, ni hay para qué, supuesto
que me lo sé[104-1] de memoria al pie de la letra[104-2] en español y en
10 árabe.... ¡Oh! ¡no soy yo tan bobo que me entregue
nunca con armas y bagajes! Así es que antes de presentarme
en estas tierras escondí el pergamino ... donde nadie más
que yo podrá dar con él.
—¡Pues entonces no hay más que hablar! Señor Jaime
15 Olot, entendámonos como dos buenos amigos ...—exclamó
el Alcalde, echando al forastero una copa de aguardiente.
—¡Entendámonos!—repitió el forastero, sentándose sin
más permiso y bebiéndose la copa en toda regla.
—Dígame usted—continuó el tío Hormiga,—y dígamelo
20 sin mentir, para que yo me acostumbre a creer en su formalidad....
—Vaya usted preguntando, que yo me callaré cuando me
convenga ocultar alguna cosa.
—¿Viene usted de Madrid?
25 —No, señor. Hace veinticinco años que estuve en la corte
por primera y última vez.
—¿Viene usted de Tierra Santa?
—No, señor. No me da por ahí.[104-3]
—¿Conoce usted a un abogado de Ugíjar llamado D. Matías
30 de Quesada?
—No, señor; yo detesto a los abogados y a toda la gente
de pluma.
—Pues, entonces, ¿cómo ha llegado a poder de usted ese
pergamino?
(p105)
Jaime Olot guardó silencio.
—¡Eso me gusta! ¡veo que no quiere usted mentir!—exclamó
el Alcalde.—Pero también es cierto que D. Matías de
Quesada me engañó como a un chino,[105-1] robándome dos onzas
05 de oro, y vendiendo luego aquel documento a alguna persona
de Melilla[105-2] o de Ceuta.... ¡Por cierto que, aunque usted
no es moro, tiene facha de haber estado por allá!
—¡No se fatigue usted ni pierda el tiempo! Yo le sacaré
a usted de dudas. Ese abogado debió de enviar el manuscrito
10 a un español de Ceuta, al cual se lo robó hace tres semanas el
moro que me lo ha traspasado a mí....
—¡Toma! ¡ya caigo! Se lo enviaría a un sobrino que
tiene de músico[105-3] en aquella catedral..., a un tal Bonifacio
de Tudela....
15 —Puede ser.
—¡Pícaro D. Matías! ¡Estafar de ese modo a su compadre![105-4]
¡Pero véase cómo la casualidad ha vuelto a traer el
pergamino a mis manos!...
—Dirá usted a las mías...—observó el forastero.
20 —¡A las nuestras!—replicó el Alcalde, echando más
aguardiente.—¡Pues, señor! ¡somos millonarios! Partiremos
el tesoro mitad por mitad, dado que[105-5] ni usted puede excavar
en aquel terreno sin mi licencia, ni yo puedo hallar el
tesoro sin auxilio del pergamino que ha llegado a ser de
25 usted. Es decir, que la suerte nos ha hecho hermanos.
¡Desde hoy vivirá usted en mi casa! ¡Vaya otra copa!
Y, en seguidita que almorcemos,[105-6] daremos principio a las
excavaciones....
Por aquí iba la conferencia cuando la señá Torcuata volvió
30 de misa. Su marido le refirió todo lo que pasaba y le hizo la
presentación del señor Jaime Olot. La buena mujer oyó con
tanto miedo como alegría la noticia de que el tesoro estaba a
punto de parecer; santiguóse repetidas veces al enterarse de la
traición y vileza de su compadre D. Matías de Quesada, y miró(p106)
con susto al forastero, cuya fisonomía le hizo presentir grandes
infortunios.
Sabedora, en fin, de que tenía que dar de almorzar a aquel
hombre, entró en la despensa a sacar de lo más precioso y
05 reservado que contenía, o sea lomo en adobo y longaniza
de la reciente matanza, no sin decirse mientras destapaba las
respectivas orzas:
—¡Tiempo es de que parezca el tesoro; pues, entre si
parece o no parece,[106-1] nos lleva de coste los treinta y dos duros
10 de la famosa jícara de chocolate, la antigua amistad del compadre
D. Matías, estas hermosas tajadas, que tan ricas habrían
estado con pimientos y tomates en el mes de Agosto, y el tener
de huésped a un forastero de tan mala cara. ¡Malditos sean
los tesoros, y las minas, y los diablos, y todo lo que está debajo
15 de tierra, menos el agua y los fieles difuntos!
XIV
Pensando estaba así la señá Torcuata, y ya se dirigía a las
hornillas con una sartén en cada mano, cuando se oyeron sonar
en la calle gritos y silbidos de viejas y chicuelos, y voces de
gente más formal que decía:
20 —¡Señor Alcalde! ¡Abra usted la puerta! ¡La Justicia
de la ciudad está entrando en el pueblo con mucha tropa!
Jaime Olot se puso más amarillo que la cera al oír aquellas
palabras, y dijo, cruzando las manos:
—¡Escóndame usted, señor Alcalde! ¡De lo contrario,[106-2] no
25 tendremos tesoro! ¡La justicia viene en mi busca!
—¿En busca de usted? ¿Por qué razón? ¿Es usted algún
criminal?
—¡Bien lo decía yo!—gritó la tía Torcuata.—¡De esa
cara triste no podía venir nada bueno! ¡Todo esto es cosa
30 de Lucifer!
(p107)
—¡Pronto! ¡pronto!—añadió el forastero.—¡Sáqueme
usted por la puerta del corral!
—¡Bien! Pero déme usted antes las señas del tesoro....—expuso
el tío Hormiga.
05 —Señor Alcalde....—seguían diciendo los que llamaban a
la puerta. —¡Abra usted! ¡El pueblo está cercado! ¡Parece
que buscan a ese hombre que habla con usted hace una
hora!...
—¡Abrid al Juzgado de primera instancia![107-1]—gritó por
10 último una voz imperiosa, acompañada de fuertes golpes
dados a la puerta.
—¡No hay remedio!—dijo el Alcalde, yendo a abrir, mientras
que el forastero se encaminaba por la otra puerta en busca
del corral.
15 Pero el mayoral y el cabrero, advertidos de todo, le cerraron
el paso, y entre ellos y los soldados, que ya penetraban también
por aquella puerta, lo cogieron y ataron sin contratiempo
alguno, aunque aquel diablo de hombre desplegó en la lucha
las fuerzas y la agilidad de un tigre.
20 El alguacil del Juzgado, a cuyas órdenes iban un escribano y
veinte soldados de infantería, contaba entre tanto al despavorido
Alcalde las causas y fundamentos de aquella prisión tan
aparatosa.
—Ese hombre—decía—con quien usted estaba encerrado
25 ... no sé por qué, hablando de ... no sé qué asunto, es el
célebre gallego Juan Falgueira, que degolló y robó hace quince
años a unos señores, de quienes era mulero, en cierta casería
de la vega de Granada, y que se escapó de la capilla la víspera
de la ejecución vestido con el hábito del fraile que lo auxiliaba,
30 a quien dejó allí medio estrangulado. El mismísimo Rey
(q.D.g.[107-2] recibió hace quince días una carta de Ceuta,
firmada por un moro llamado Manos-gordas, en que le decía
que Juan Falgueira, después de haber residido largo tiempo en(p108)
Orán y otros puntos de África, iba a embarcarse para España,
y que sería fácil echarle mano[108-1] en Aldeire del Cenet,
pensaba comprar una torre de moros y dedicarse a la minería....
Al propio tiempo el Cónsul español en Tetuán escribía a
05 nuestro Gobierno participándole que una mora llamada Zama
se le había presentado quejándose de que el renegado español
ben-Munuza, antes Juan Falgueira, acababa de embarcarse
para España después de asesinar al moro Manos-gordas, marido
de la querellante, y de haberle robado cierto precioso pergamino....
10 Por todo ello, y muy principalmente por el atentado
contra el fraile en la capilla, S.M. el Rey ha recomendado
con particular encarecimiento a la Chancillería[108-2] de Granada la
captura del tal facineroso y su inmediata ejecución en aquella
misma capital.
15 Imagínese el que leyere el espanto y asombro de todos los
que oyeron esta relación, así como la angustia del tío Hormiga,
a quien no podía caber ya duda de que el pergamino estaba en
poder de aquel hombre ¡sentenciado a muerte!
Atrevióse, pues, el codicioso Alcalde, aun a riesgo de comprometerse
20 más de lo que ya estaba, a llamar a un lado a Juan
Falgueira y a hablarle al oído, bien que anunciando antes al
concurso que iba a ver si lograba que confesase a Dios y a los
hombres sus delitos. Pero lo que hablaron en realidad ambos
socios fué lo siguiente:
25 —¡Compadre![108-3]—dijo el tío Hormiga.—¡Ni la Caridad[108-4]
lo salva[108-5] a usted! Pero ya conoce que será lástima que ese
pergamino se pierda.... ¡Dígame dónde lo ha escondido!
—¡Compadre!—respondió el gallego.—Con ese pergamino,
o sea[108-6] con el tesoro que representa, pienso yo negociar
30 mi indulto. Proporcióneme usted la Real gracia, y le entregaré
el documento; pero, por lo pronto,[108-7] se lo ofreceré a los
jueces para que declaren que mi crimen ha prescrito[108-8] en estos
quince años de expatriación....
(p109)
—¡Compadre!—replicó el tío Hormiga—es usted un
sabio, y celebraré que le salgan bien todos sus planes. Pero,
si fracasan, ¡por Dios le pido que no se lleve a la tumba un
secreto que no aprovechará a nadie!
05 —¡Vaya si me lo llevaré![109-1]—contestó Juan Falgueira
—¡De algún modo me he de vengar[109-2] del mundo!
—¡Vamos andando![109-3]—gritó en esto el alguacil, poniendo
término a aquella curiosa conferencia.
Y, cargado que fué de grillos y esposas el condenado a
10 muerte, salieron con él los curiales y los soldados en dirección
a la ciudad de Guadix, de donde habían de conducirlo a la de
Granada.
—¡El demonio! ¡El demonio!—seguía diciendo la mujer
del tío Juan Gómez una hora después, al colocar de nuevo el
15 lomo y la longaniza en sus respectivas orzas.—¡Malditos sean
todos los tesoros habidos y por haber![109-4]