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Orígenes de la novela, Tomo III cover

Orígenes de la novela, Tomo III

Chapter 59: SCENA QUARTA
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About This Book

Una introducción ofrece un estudio crítico sobre la génesis de la novela española, centrándose en el análisis de la Celestina: cuestiones de autoría, fecha, fuentes clásicas e italianas, variantes textuales, caracteres, estilo y su influencia en drama y novela. La segunda parte reúne novelas dialogadas y textos contemporáneos que ilustran temas, lenguaje, modismos, ortografía y rasgos tipográficos de la época. El volumen expone además los criterios editoriales y de transcripción empleados, respetando la ortografía original en las reproducciones (corrigiendo solo errores evidentes) y adaptando la ortografía académica en la introducción para facilitar la lectura.

NOTAS:

[626] En el original digo, pero parece errata.

[627] En la traducción castellana, alfeolas; en el texto portugués, alfeloas.

[628] En el original, por errata, amiga.

[629] Huartar, por errata.


SCENA SEXTA

Cariofilo. Vitoria. Andresa.

Car.—Beso las manos dessa persona mil quentos de vezes.

Vit.—Diz que sí, librenos Dios; a ti va, suegra.

And.—Mas a ti, nuera.

Car.—Huelgo mucho con esse parentesco, con tal que sea yo el esposo.

Vit.—Lexos va su aguero, con sol passe él por nuestra puerta.

Car.—Por qué sois tan libre, señora? quién os dize que por ser tan hermosa estais obligada a poner los pies sobre todo?

Vit.—Pues bien, son desgracias.

Car.—Por estas que me nacen, que os he de hurtar, porque estais mal empleada en esta tierra, y yo sé otra en que podeis triunfar.

Vit.—Quereis vos? daldo por hecho. Pensais que aquello es poco? comed naranja y cortareis la colera.

Car.—Burlais de mí, señora? sea en buen hora, no es pequeña ventura essa. Pues sabed que no ay cosa que assi me rinda como estos requiebros con desdenes: porque soy tan sujeto a vna gracia robadora, y a vn rostro triguero, que por toda la vida no boluere el pie atras. Andresa, hija, vos me aueis de valer con esta moça, si quereis que seamos amigos, o al menos porque no veais mal pesar de mí, pues veis cómo me trae atropellado, y con quanto mal me haze, no le puedo querer mal, ni me lo parece.

Vit.—Echase muy bien de ver. No se habla en otra cosa en la plaça.

Car.—Oisme vos, amiga mia?

Vit.—Ay, Iesus, pues no?

And.—Si ella quiere, no ha de quedar por mí.

Car.—A proposito. No me pagueis con escusas, que no me está bien, y yo no quiero que haga ella por mí sino lo que mereciere.

Vit.—Sí, paja y cebada lo que basta, assentalde la paga.

Car.—Ha de vna traydora, por qué teneis essos ojos tan trauiessos?

Vit.—Mal hora y negra, vistes en lo que ha dado? pues qué le haremos?

Car.—Si vos me dierades poder sobre ellos, yo me atreuiera a hazellos muy mansos.

Vit.—San Manso que los amanse. He miedo que los hareis muy mala compañia, y yo quierolos como la vista con que veo.

Car.—Teneis mucha razon, y a vos os parece esso por la mala que me hazeis; pero yo no soy vengativo con mugeres hermosas, y por vn lunar en la cara, como esse que teneis, no ay cosa que yo no dexe; y si vos quisiessedes tomar experiencia de mí...

Vit.—Por lo que a mí toca, en esso estoy; qué me aconsejas tú, suegra?

And.—Eres vna boba, yo hizieralo: niega el sí, para ver lo que haze, señora.

Vit.—Bueno seria para él esso.

Car.—Señora mia, fuera de toda burla, porque soy de pocas palabras y cierto en las obras; por estas barbas, que me pareceis muy bien y que os lo deseo; y más os digo otra cosa, que para más cautiuarme no he visto en esta tierra otra que tenga talle de muger cortesana sino a vos.

Vit.—Suegra, holgaos con mi bien.

And.—Quién se aueriguará contigo? No tienes más que dessear, y aún mal contenta.

Car.—Por este rostro que os hablo verdad, y que teneis vn donayre cortesano que me mata.

Vit.—Aun nosotras por acá no hemos visto essos muertos.

Car.—Pesar de los Moros, aun más muerto que yo?

Vit.—Señor, os mentiran los ojos, que no seria yo.

Car.—No pueden ellos mentir en cosa tan clara.

Vit.—Busque V. m. las de su calidad, que nosotras somos gente humilde. Andamos en este río al frio y al sol; otras damas tendrá por allá que lo merezcan.

Car.—Aora me agrauias? Esso no entró en el concierto; demas que os engañais mucho conmigo: porque soy muy enemigo de paredes enjaluegadas, y más codicioso de vna moça sin arte que el milano de pollos, lo que aora es fuerça que veamos en el rio.

Vit.—Esso será donde ay que ver.

And.—Y cómo que ay!

Car.—Es el mal que no soy muy ignorante; tengo mal ojo, no puede auer en essa persona cosa mala.

Vit.—Buenas son ellas, pues me traen y me sacan del atascadero y no las he de buscar prestadas?

Car.—A tiempo estamos que lo veremos.

Vit.—Mejor placer vea mi madre de mí, que meta el pie aora en el agua.

And.—Mejor será tu alma.

Vit.—Mejor será ella, que lo haré como lo digo.

And.—Irase el diablo para el diablo, y pasarásse esse enojo.

Vit.—Yo soy assi antojadiza y estoy aora como he de estar.

Car.—Yo os dire cómo será, Andresa, no le hinchais vos el cantaro.

Vit.—Quando ella no quisiere, no faltará otra ruin.

And.—Hablais vos vuestras virtudes.

Car.—Aqui estoy yo que sin serlo, si en esso os siruo, assi como estoy os lo hinchire en medio de la corriente del rio.

Vit.—A, señor, cubrios, que llueue. Essas palabras tienen más sentido.

Car.—Y vos para qué sois tan maliciosa? Qué modo teneis para traer essas cejas tan bien hechas, que parecen pintadas?

Vit.—Para qué es tan grande honra a tan pequeño santo?

Car.—No sois sino muy grande para mí, que no ay cosa de que haga tanto aprecio como del valor de la persona; y los ruines que lo pusieron en tener dinero y cosas desta calidad, les vino de tener bazos animos, y disfrazan la naturaleza, mas la verdad es mi opinion, y la fundo en lo que veo y entiendo; y si quisieredes aora que yo os hinchiesse el cantaro en la voluntad, ya estoy de la otra parte del rio.

Vit.—Besole las manos por lo que ha dicho, mas antes lo quebraré que le daré esse trabajo.

Car.—Quién pudiera saber con qué intento se dize esso! Quál es vuestra calle, señora?

Vit.—Por discrecion lo sacareis: de frente de la nariz, no la primera puerta, sino la otra.

Car.—Aunque sea burlaros de mí, me alegro, pues os holgais, que no quiero gusto sin compañia; yo lo sabre por otras señales más ciertas, que es por el rastro, que por todo este camino y en mí dexa essa gracia.

Vit.—Para qué es tanto cortar?

Car.—Mirad el ladronicio de aquellos ojos, aquella risa y aquellos dientes como perlas!

Vit.—Vistes aquello? qué gran bien. En fin, señor, no se me da nada que hagais burla de mí quanto quisieredes. Aunque somos gente del campo, no nos echan fuera de la Iglesia.

Car.—Andressa, amiga mia, ya veo quán poco valgo por mí con esta moça; en vuestras manos me pongo y vos ponedme en su gracia.

Vit.—Mirad, señor, que nunca los encomendados hallaron bien.

Car.—Ha! que no pretendo más que tengais dolor de mí, pues sois tan compasiua; no quiero para con vos más fauor que a vos misma.

Vit.—Está muy bien assi.

Car.—Señora, aqui os espero, porque no sé si dais licencia que vaya adelante; y tú, moça, por esse arenal da señal de ti como endemoniada.

Vit.—Aparejada está la fiesta, que ya la procession sale.

Car.—Oyes tú, moça, o no?

And.—Oygo, y más que oygo; perro ladrador nunca buen caçador.

Car.—Placeme, porque yo tengo essa opinion, y a buen entendedor pocas palabras.

Vit.—Hasta esso es todo nada.

Car.—Aora quiero ver lo que hazeis por mí, que yo doy poder bastante para dar y donar.

Vit.—Esso basta con la fe de escriuano.


SCENA SEPTIMA

Cariofilo, Zelotipo.

Car.—Voto a tal, que es valiente la moça y bien dispuesta, y deue de tener buenas carnes, y es rubia para mejor señal. Cortenme las orejas si no es golosa; podra ser que la cace antes de muchos dias, que si Andresa es la que yo pienso, ella me la traera a las manos; y si no, todo será tornarme al camino seguro, y al vltimo remedio, que es mi amiga Filtria; echaréla que me la pesque. Bueno ando yo aora con estas muchachas. Este juego quiere que se den a él y luego acude. La buena diligencia todo lo alcança; con esto ellas mismas se entran en los peligros, como lo hara ésta, que ya lleua en la cabeça la negra vanidad de hermosa, como si no lo fuera mucho más la virtud. Es vn trato muy gruesso éste de las rapacillas y muy sobre seguro; hazense de rogar al principio, y quien las conoce y perseuera en seguirlas nunca perdio el caudal. Yo ando ocioso, que es la yesca deste fuego, como dize mi amigo Ouidio, que quitar la ociosidad es matar la hambre al amor y quitarle las armas, y quando me desautorice aora vnos dias, que no puede ser menos, porque este rapaz de Cupido es la misma desautoridad, y no ay oro sin escoria, y por sus terminos se ha de conseguir todo, tiempo me queda para recogerme y llorar; no quiero casarme tan presto. Quanto más que por tachas, y más como ésta, ninguno perdio casamiento; dinero allana los montes y passa el mar. Assi que no ay que reparar en quentas, ni inconuenientes; quiero lograrme, si puedo; que para priuar con toda muger se ha de perder la grauedad, y hazer locuras es el mejor empleo deste trato. El juyzio estese a vn lado para los quarenta; el arrepentimiento, para los cinquenta; la contricion, llanto y dolor, para la miseria de los cansados sesenta, hasta cerrar la sepultura. El año da los frutos sazonados segun las mudanças de sus tiempos. Assi va nuestra vida por sus edades, y yo tambien, por no errar la senda, voime con ellos; quiero ir al paraiso por el camino general y contentarme con tener allá vn rincon, porque no soy embidioso. Essotros mis señores, que lo procuran con muchos ayes y eleuaciones de ojos, y sólo es por parecer bien al mundo, si no es otro su intento, no les he embidia a lo que fingen y a sus engaños. Ya viene acá Zelotipo; la prissa que trae por contarme lo que le ha passado con su prima! qué cosa tan natural es no poder encubrir el contento o pesar que sentimos! Por este respeto, demas de otros, es la amistad vn bien diuino, que se comunica con nosotros, sino que anda aora muy desvalida por malas inclinaciones, porque se baraja el mundo en interes. Y toda la conuersacion se resuelue en tener ojo al prouecho particular, no comunicar ni sufrir a ninguno sino es con este fin: ya no se hallará otro Damon, ni Pithias, ni vn Rey Dionisio, que desease su familiaridad. Gran desventura es la desta nuestra edad; en ella vemos muchos exemplos de males no vistos hasta aora, ni oidos, y ninguno de virtudes; y damos por escusa nuestra el defeto del tiempo, siendolo el de nuestro natural, que lo ponemos en esta opinion con nuestras obras. Ha, señor, vais a pedir algun oficio?

Zel.—O, amigo, no entendi hallaros aqui; pareciome que os huuierades alejado más.

Car.—Tengo aqui puestos laços a cierta caça.

Zel.—Y qué tal?

Car.—Aora lo sabreis. Veis aquella rapacilla de lo verde, que viene acá del rio con otra de mi casa?

Zel.—Es criada de la señora Eufrosina.

Car.—Por vuestra vida? Pues pagámelo y os la traere a lo que quisieredes.

Zel.—Esso cómo?

Car.—Por que la mando con el pie. Esta es la que os dixe, y quando os dexé topéla y habléla vnos brauos amores: tengola encomendada a Andresa, que es diablo, y me la ha de rendir. Esta es vna gran mina para tratar vuestro negocio, y lleuar y traer, que estos casos quieren ser assi trabados. Y todas estas ayudas son necessarias para poner en efeto la obra; iremos assi juntando nuestras municiones, y quando fuere tiempo de poner fuego, no seais necio, que ya sabeis que quantos más Moros, más ganancia.

Zel.—Está bien, pareceme que teneis razon; hazed lo que quisieredes, en vuestras manos me pongo.

Car.—Son estos vnos remedios acomulatiuos a manera de corredores de campo, poco costosos y muy importantes. La regla de Ouidio es picallas, porque sean diligentes. Aora le hablaré yo en mi particular; en el vuestro luego, que es más seguro. Dexadme aora con ella y vereis milagros.


SCENA OCTAUA

Andresa, Vitoria, Cariofilo, Zelotipo.

And.—Veslo alli, que está esperando donde lo dexamos.

Vit.—Ay triste de mí, y aquél que llega aora a él es el primo de nuestra Silua de Sosa.

And.—El mismo es.

Vit.—Ay mal hora y negra, y él contáraselo todo, y el otro irá luego a ponerlo en pico a su prima, que burlará de mí sin cesar.

And.—No, que yo le dire que le auise que calle.

Vit.—Tan grandes amigos son los dos?

And.—Guardenos Dios, los mayores del mundo.

Vit.—Será tan ruin como él.

Car.—Veis aqui, señor, vna señora que en aquella señal negra vereis luego si la pueden hazer por mí, y quiero que juzgueis si tengo razon en perderme.

Vit.—Jesus, libreme Dios! aun no está harto de burlarse? Señor Zelotipo, vengueme V. m., pues yo no puedo.

Zel.—Ojala pudiera yo lo que vos podeis: que el seruiros está en mi tan cierto como en él el obedeceros.

Car.—Veis aqui esta espada, y yo delante della como vn cordero.

Vit.—Guardeme Dios de mala vision.

Zel.—Señora Vitoria, donde vos estais no puede auella.

Vit.—Tambien me parece que se burla; no esperaua yo de V. m. esso; prometole que yo le dé mis quexas a la señora su prima.

Zel.—Holgaré mucho, con tal que le digais mi razon.

Vit.—Esso es lo que más me importaua para darle que reir; demas que quiero tanto a V. m. que no me atreuere a culpalle delante della, porque seria ir con vna quexa y venir con dos.

Zel.—Pues yo soy todo de V. m y de toda essa casa, y tan de su vando, que seré antes contra mí y contra todo el mundo.

Car.—Andresa, amiga mía, qué tenemos hecho?

And.—Mucha cosa.

Car.—Y pues, quiere?

And.—Quiere, en casa se lo contaré todo.

Car.—Está bien, señor Zelotipo, no me gasteis mi tiempo, dexad los cumplimientos para otro dia.

Vit.—No le quisiera yo tan pegajoso.

Car.—Con vos puedo yo dexar de serlo?

Vit.—No ay prisa a quien Dios no acuda.

Car.—Quereis hazerme merced de vn poco de agua?

Vit.—Toda la del cantaro os dare.

Car.—Cómo no he de estar perdido con estas franquezas, señora? aora para entre los dos os aueis de acordar de mí en ausencia?

Vit.—Ay Jesus, pues no?

Car.—Esto fuera de burla.

Vit.—Yo no sé hazer burla sino de quien la hiziere de mí.

Car.—Beso a V. m. las manos por la que me haze, que es para mí muy grande; y mirad que de oy adelante viuo como vuestro, porque os quiero y estimo mucho.

Vit.—No se espera menos de tal persona.

And.—Señores, no passen adelante, porque estamos ya en la boca de la calle.

Zel.—Dize bien, vamonos por acá, besamos las de Vs. ms.

Vit.—Señor, si viere que dize mal de mí, no lo consienta.

Zel.—No le conuiene a él esso conmigo.

Car.—Dexaldo vos, id en buen hora, que yo le cantaré por Mayo:

Acá os hallo en mi Rol,
garrido amor;

y si mandais, vamos a la puente, y contareis vuestras auenturas, que yo os veo muerto por dezirlas.

Zel.—Vamos en buen hora.


ACTO QUARTO

SCENA PRIMERA

Siluia de Sosa.

Sil.—En grandes cuydados me veo con estos amores de mi primo, porque no les hallo camino ni fundamento. Por una parte me parece que es en donayre todo lo que dize, y creo que su intento es ennoblecerse más con esto: porque ya ninguno se contenta con su suerte, ni se quiere preciar della, y su fin es procurar más altura. Que aqui estoy yo que no deuo nada a la hermosura y talle de Eufrosina, y que no le despreciara ni le fuera tan costosa, antes lo tuuiera en buena dicha, por sus buenas partes. Mas no tienen por bueno sino lo que más cuesta; y deste gusto dañado nacen los trabajos: que para quien se quiere acomodar con la naturaleza, poco basta, y el gusto y el descanso consiste en el estado humilde, como el dessasossiego y cuydado en estado soberuio. Por otra parte pienso que no puede más y, tengo dolor dél: porque le veo tan consumido y tan diferente de lo que era, que no ay duda sino que muere por Eufrosina: porque lo fingido no dura mucho y ello mismo se descubre. Yo temo su muerte, si se ve desesperado de mí, segun lo mucho que muestra sentir, y me duele el coraçon de verlo tal. Bien entiendo que le puedo remediar, por lo que he conocido de Eufrosina, que no la pesa de saber que la quiere bien, y las mujeres nunca tuuimos juyzio ni le tendremos. Ella no ha menester más que oirse alabar de hermosa, como quien piensa que mata a quantos la ven; y assi no dudo creer que le tenia amor, y la siento eleuada, porque siempre busca cómo hablar en él; y toma por traza hazer burla de su persona, como si yo fuesse inocente y no la entendiesse; y de poco acá se ha hecho más ventanera que solia ser, con el dessasossiego que consigo trae. Algunas horas la hallo pensatiua, agena de la libertad y descuydo con que antes se reia y holgaua, como quien no tenia cuydados ni cuenta con nada. Quando haze labor, canta uersos sentidos. En los libros que lee, todo su fin es buscar passos de amores, y gusta mucho dellos. Repara en los versos tristes y en las sentencias de entendimientos sutiles. De noche no puede dormir y habla en cosas que dan a entender lo que trae en el pensamiento. Todo esto es nueuo en ella, y pareceme tan mal como pareciera bien a mi primo si lo viera. Qué flaco sufrimiento es el nuestro, que si no tiene particular gusto a que se amarre y haga fuerte, no ay inconueniente que lo enfrene. Hermosura, sangre delicada, ociosidad y regalo son los medios de todos los estremos que estas muy señoras suelen tener; si quieren bien, no miran sino a lo que desean. Todo lo que les dizen creen, por lo que de sí presumen; y en fin todo es viento. Viene la vejez y seca aquella flor, y como rosa, que en vn dia nace y se marchita, assi passa nuestra hermosura. Ved aora a qué proposito viene que se sujetasse mi primo al amor de Eufrosina la primera vez que la vio, de manera que la voluntad, entendimiento y razon se hizieron luego a la vanda del apetito, que lo tiene tan sin libertad, que confessando el peligro, sin esperança jura que no puede escusarse de seguillo, y yo lo creo y me compadece. Triste de mí! y quién supiera el fin destos tratos, que siempre son peligrosos. Si él se cassase con ella, no me estaria a mí mal, que no será tan ruin que no me lo agradezca; mas es tan incierto y está tan lexos, que de aqui allá no nos duela la cabeça. Quién me mete a mí aora en estas rebueltas? allá se auengan; si se quisieren bien, quieranse; yo no lo estoruaré ni lo aprouaré, al menos en quanto más no viere; quierome entretener en esta mi costura y cantar por apartarme destos cuydados, que quien canta sus males espanta.

Aquel Cauallero
Que de amor me habla,
Quierole en el alma.

Sé que es mucho mio,
Creo su verdad,
Dios me dió en empeño
A su libertad.
De mi voluntad
A su dulce habla,
Quierole en el alma.
Tieneme fe dada
De ser mio sin fin;
No viuo engañada,
Ni él lo está de mí.
Dize lo venci
Con ojos y habla:
Quierole en el alma.


SCENA SEGUNDA

Eufrosina, Siluia de Sosa.

Euf.—Yo quiero oir esta musica, buena está aora vuestra alma para pedirle mercedes.

Sil.—Pues, señora, no hemos de estar siempre de vna manera.

Euf.—Tal sea mi vida como me parece esso; quiero acompañaros, quando no sea más de por oiros. ¿Quién me ha rebuelto mi azafate? Donde vos estuuieredes siempre ha de auer rebueltas.

Sil.—Mejor me ayude Dios que yo he puesto mis manos en él.

Euf.—Ay, si os dieran tormento, y cómo dixerades la verdad!

Sil.—En buena fe que ya estaua assi quando yo vine.

Euf.—Mirad qué mentira; si se os cayera vn diente cada vez que la decis, ya no tuuierades ninguno; y es sin duda que me tomariades de mis agujas, que a vos nada se os escapa.

Sil.—Mejor viua yo y me dé Dios salud.

Euf.—Segun esso no viuireis. Aora veis esto? Quién me ha quitado de aqui el alfiler grande?

Sil.—Su mulata ó alguna de essotras, que todo lo rebueluen y barajan, ó lo perderia ella, que nunca lo prende.

Euf.—Esse es buen dissimular; mostrad, que yo lo conocere. Ay, esse es.

Sil.—Lo que yo sé, señora, que en la otra sala lo hallé.

Euf.—No, sino que vos hallais más en mi agugero. Veamos qué teneis hecho en vuestras labores. Ay, hermana, y cómo sois desaliñada, y perdonadme; mirad cómo teneis ahajada esta costura, que no está para ver.

Sil.—Vistes tan grande mal? pues sí, desaliñada es la niña! ensucianmela essas criadas, que me la andan arrojando por cima de las arcas: y nunca tiene ventura de estar queda en vn lugar, por más que lo riña y vocee.

Euf.—Qué cierto es que no vereis assi la mia!

Sil.—Quién alabará la nouia?

Euf.—Mas no lo podeis negar. Graciosa es esta labor.

Sil.—Estos ramos le dan mucha gracia.

Euf.—Pues quando tengan la cenefa que los acompañe, ha de parecer muy bien.

Sil.—Bien sé yo quién ha de llorar en otra ocasion.

Euf.—Mirad lo que dize esta desuergonçada.

Sil.—Tal me sucediesse, y guardad, señora, no se os rebuelua el estomago; mas qué cierto es que lo quisierades oy antes que mañana, y os agrada tanto, que no lo creeis.

Euf.—En buena fe, que antes querria ser monja.

Sil.—Ya anda por aqui el amor; y quién os lo quita?

Euf.—Mi señor padre, que no querra.

Sil.—Ay, quién lo creyesse!

Euf.—Por qué no? pues sé muy bien quán poco dura esta vida, y que hoy somos y mañana no, y de vna hora a otra nos desconocemos. Passa el verdor de la edad en dos dias; y quando no pensamos estamos en la vejez, y toda nuestra hermosura se acaba. En el alma consiste la verdadera y durable belleza. Todo lo demas que tenemos es sombra, que passa en vn momento. Si de tanto tiempo como ocupamos en las vanidades del mundo considerassemos alguna hora quán poco dura todo y con quánto trabajo se goza, y conociessemos este engaño tan claro, no es possible sino que tuuieramos más cordura en nuestro proceder, aunque pienso que no aprouechan consideraciones; porque anda la comun inclinación tan habituada a malos exercicios, que los que más conocimiento alcançan del mal lo suelen hazer peor. Hazemos siempre las cuentas de lexos, sin reparar en el cargo; repartimos la vida en vanos fundamentos, que llorando seguimos; damos poder a la costumbre, fuerça a naturaleza, disculpa a nuestras inclinaciones. De manera que hazemos nosotros otra ley que compite con la de Dios, todo para mayor trabajo: que el mundo y el pecado nunca dieron descanso.

Sil.—Quién haze aora a Eufrosina predicador? pero qué cierto es esto de ánimos descontentos é indeterminados en su gusto, que como no lo tienen en lo que pretenden, luego tratan de consuelos espirituales. Qué lexos estan destas espiritualidades los ánimos diuertidos y enfrascados en sus apetitos!

Euf.—Esto es cosa llana, que vna monja buena Religiosa viue fuera de toda desuentura y muy contenta, siruiendo a Dios con muy cierta esperança de eterno premio; porque quien más cerca está del fuego, más se calienta, y no puede tener disgusto a que luego no le socorra el fauor diuino; y vale más un momento de consuelo espiritual que quantos tormentos falsos el mundo puede dar y tiene.

Sil.—Señora, bien parla Marta despues de harta; vos como estais segura desso, tratais bien del arnes. Ser penitente es el trabajo, que confessor quienquiera lo será, y el mayor parece ligero a quien no lo passa.

Euf.—Esso es verdad, mas no contradize serlo tambien lo que yo digo: porque todos venimos a este mundo a purgar el pecado de nuestros primeros padres, y por este medio habilitarnos para la vida eterna, para que fuimos criados, y las religiosas caminan por el atajo y se ven más cerca de conseguir este efeto, y no se ocupan en otra cosa sino en exercicios para conseguirlo. Y lo que á los del siglo parece más aspero en el hombre, que es professar pobreza, castidad y obediencia, viuir como encarceladas sin salir del monasterio, ir siete veces al coro cada dia a alabar a su Criador, bien considerado es el mayor descanso desta vida: porque dadme vos miserias como las que padece la muger casada, por más rica que sea, en criar los hijos, casar las hijas, sufrir y pagar las amas y criadas. Pues sugecion no puede ser mayor que la que tiene a su marido, zelada de los cuñados, reprehendida de sus hermanos, notada de los parientes, perseguida de la suegra; y el dia que sale de casa, le questa la licencia mil enfados y de donde fue trae otros tantos; y todo por el mundo que siguen, de que esperan por premio doblado tormento, y con tanta desuentura, quanta en este purgatorio ay que sentir. Pues sólo por el descanso de espiritu de la monja, en buena fee que tiene tanta ventaja seguir la Religion, y no el siglo, como la verdad a la mentira.

Sil.—Lo contrario diran algunas, que las entran contra su voluntad.

Euf.—Esso es porque ninguno viue contento con su suerte, si la considera con las esperanças del mundo. Mas quien tantea la vida con la razon de espiritu dirá lo que yo digo, y ojala me la dexaran seguir a mí aora.

Sil.—Pecado fuera comer la tierra essa hermosura y mal lograr essa gallardia.

Euf.—En esso va poco y se auentura a perder mucho.

Sil.—Qué cosa ha de ser quando la veamos con vn hermoso hijo a los pechos? que de tal arbol, tal fruto; y no puede ser mayor gusto que ver la simiente en grano.

Euf.—Y qué caro que les cuesta a las cuytadas de las madres! No vais más lexos de la mia, que desde que me pario no tuuo vn dia de salud y le resultó la muerte; y assi sólo por no parir, querria ser monja cien vezes.

Sil.—Ya otras han dicho esso y se casaron; si yo no me muero, no me acostaré antes que os azeche y vea lo que passa.

Euf.—Vos lo hauiades de hazer?

Sil.—Y como que espero hazerlo y reirme mucho quando oyere llorar, pesandome por no ser vos.

Euf.—Vuestro dia os vendra.

Sil.—Ya fuesse antes oy que mañana.

Euf.—Quien assi lo dize no lo niega.

Sil.—Es mal hora que me haga de rogar con lo que yo deseo.

Euf.—Qué carta es esta que teneis en el pecho?

Sil.—Dadlo acá, señora, dadlo acá, que no os importa.

Euf.—Primero veré si es de amores.

Sil.—Por vida mia no verá, si yo puedo.

Euf.—Assi yo viua como la veré.

Sil.—Por Dios le pido que me dé mi carta; y pues yo no veo las suyas, por qué ha de ver las mias?

Euf.—Quiero yo ver ésta.

Sil.—Parecele bien esto? pues deme quantos golpes quisiere, que no he dexar que la vea en ninguna manera del mundo.

Euf.—Pienso que quereis jugar; vos ya no me la habeis de quitar por fuerça, y por vida de mi señor padre que si porfiais, que me enoge de veras.

Sil.—Hazed vuestra voluntad. Yo no sé qué desgracia es la mia o qué cautiuerio, que todo lo ha de ver; porque yo soy vna necia. Algun dia he de ser señora de mí. Y si yo no esperara esto, con mis manos me matara; yo me ire en casa de mi madre por escusar estas cosas.

Euf.—Señora, no se deshaga por amor de mí, que no es el mal tan grande. Tambien yo soy para guardar secreto, y no sabria encubriros ninguno mio. Mas no todas son almas de cantaro como yo soy. Veis ahi vuestra carta tan preciada.

Sil.—Holgose mucho, riase aora y haga burla a su placer.

Euf.—Mas, fuera de enojo, quereis dezirme cuya es?

Sil.—Es de su dueño.

Euf.—Qué graciosa sois! Pensais vos que es bueno mostraros afrentada, como que no hizierades conmigo otro tanto, y yo lo sufriera?

Sil.—Pues assi es la moça sufrida para burlarse con ella quando no quiere.

Euf.—Teneis bien de qué quexaros; pero la carta yo os prometo que es muy discreta. Respondistes ya?

Sil.—Señora, no querais saber lo que no os importa, ni de ninguno más de lo que os quisiere dezir.

Euf.—Por qué? no soy muger para guardar secreto? poca confiança hazeis de mí, más fiara yo de vos.

Sil.—Amistad y secreto no se guarda entre desiguales, sino es de menor a mayor, por temor o interes.

Euf.—Fiad de mí, que soy muger de mi palabra.

Sil.—Eela aqui con sus demasiadas importunaciones como el otro dia.

Euf.—Aora no más, no más; que me maten si no es de aquel loco; y vos, señora, daisle ocasion para estos atreuimientos y recibis papeles? Bien está, ya no le culpo a él; holgaos y tened placer, vereis como ando vendida.

Sil.—Por cierto que no sé qué me haga ni qué le diga; tomóme por fuerça la carta estando yo sin pensamiento de darla, y luego bueluese contra mí?

Euf.—Essa es vna gentil escusa. Recibio la carta del otro cabeça de viento, y quexase de lo que le digo?

Sil.—Digo la verdad, que si la tomé fue que me la arrojó en el regazo.

Euf.—Por esso no fuera bien quemalla?

Sil.—Para hazello la traia, mas holgueme de leerla antes. Este fue el pecado que me engañó, mas prometo de irla luego a quemar con la memoria destas cosas, veremos si me dexa.


SCENA TERCERA

Eufrosina sola.

Euf.—O, cómo me siento perseguida de pensamientos en que no puedo ni sé tomar resolucion cierta. Por esso se dize no ay vida sin muerte, placer sin pesar, descanso sin trabajo, luz sin escuridad. Triste de mí, que busqué el cuchillo con que me degollé, descubriendome yo misma a las espias del amor; sin sus cuydados estaua en quanto no las oí. Hirio mis oidos, alborotaron sus vientos el mar de mis deseos; y yo, inocente destos nueuos y estraños mouimientos, no osé tomar puerto. Trabaja esta tormenta por dar conmigo de Caribdis en Scila. Desde que supe la pretension de Zelotipo y su aficion conformose mi voluntad tanto con ella, que quanto más trabajo por negallo menos puedo encubrir quán inclinada estoy a su intento. Hurto a la memoria los pensamientos que dél me ofrece, cuestame mucho y valeme poco; y aora me tiene tan vencida con las razones desta carta, que le rindo por fuerça las armas de mi resistencia; porque como el amor reyna en el alma aficionada a la discrecion, venciose la mia a su modo de dezir discreto, y yo teniendo los sentidos eleuados en esta imaginacion, negueme por obedecerle, y no soy en esto la primera, ni seré la postrera. Fedra amó su entenado; de Pasiphe nació el Minotauro; Europa quiso bien el toro Cretense; Simiramis a su propio hijo; Canaze y Biblis amaron a sus hermanos, Mirra a su propio padre. Mayores monstruos son éstos que amar vn hombre galan y discreto que por su persona merece lo que otro por sus grandes rentas. Y que no sea mi igual, tambien Diana amó a Orion, Aurora a Zefalo, Venus a Adonis, pobres caçadores; porque conocieron que en la persona está el verdadero merecimiento: pues por qué no haré yo lo mismo? Demás que Zelotipo es de noble linage, y si no es rico, basta la hazienda que yo tengo, y no pretendo ni quiero riquezas, sino contento, y vn hombre con vna capa y espada, de condicion y entendimiento a mi gusto. Todos los libros que leo de antiguas y modernas historias estan llenos de las hazañas deste Rey de los humanos. Quiça si le obedezco me dara descanso, y si le niego el vassallage podria mudar la voluntad Zelotipo, que el mucho desden resfria el amor; y segun siento sujeta la mia, no podre resistir sus venganças y será peor. Por otra parte, si entro en esto, no see que será de mí: dare mala vejez a mi padre, que me quiere tanto; si me quiero escusar, ya no soy señora de mí para poderlo hazer. El ánimo dudoso a muchas partes se inclina. No sé para qué somos buenas las mugeres; los hombres pretenden lo que apetecen, todo les está bien. Nosotras encubrimos los deseos y apetecemos lo que más nos vedan. En fin, he de obedecer a quien todos obedecen; si me culparen, compañeras hallaré. Siempre oi dezir que voluntad es vida. El mirar mucho en los casamientos por riquezas haze que aya en el mundo tantas mal casadas. Puede ser que esto venga ordenado de Dios para más descanso mio, que dél viene todo el bien. Qué haré, en fin? quiero descubrirme a Siluia de Sosa, que es mi amiga; mas qué dirá aora de mis desdenes y desprecios? querráse vengar de los pesares que le he hecho. Triste de mí, que aun en esto es la fortuna mi contraria, que no sé si me hará contradicion; mas a todo me he de poner, pues assi lo quiere el amor.


SCENA QUARTA

Eufrosina, Siluia de Sosa.

Euf.—Venis ya más mansa, señora? Estais muy enojada?

Sil.—No mucho, pero yo me guardaré de que tengamos más estas pendencias.

Euf.—Bien sabeis, hermana, como despues que murio mi madre no he tenido otra amiga ni otra conuersacion sino es la vuestra.

Sil.—Y yo, señora.

Euf.—Dexadme dezir; y siendo assi bien creereis la confiança que en vos deuo tener, y con ella os confiesso que no puedo ya encubrir lo que siento; perdonadme estos desatinos de amor, castigadme si os pareciere mal; y si cortesia y voluntad os obligan a hazer por mí alguna cosa, sea en esto, en que consiste mi vida y el contento della, que yo quiero con tanto estremo a vuestro primo, que me fuerça a hazer tan grande error como es confesarlo. En vuestras manos me pongo para que ordeneis de mí lo que os pareciere con juyzio claro y libre, pues yo no le tengo ya.

Sil.—Triste de mí, qué he hecho? aun esto ha de venir a más mal. Mis pecados me metieron en este laberinto.

Euf.—Mirad, hermana, bien para mi disculpa quán natural es de mugeres delicadas de ingenio y sangre noble ser vencidas deste tirano amor. Por él quebró Hisifele sus leyes, Medea mató a su hermano, Filis se mató por Demofon, por Hercules Dianira[630] y Dido por Eneas; entre las quales bien puedo passar, pero no me disculpo; ofrezcome a la pena que me dieredes, que será más piadosa que la del amor que siento.

Sil.—Cómo temi yo esto y cómo lo adiuiné!

Euf.—Luego como me dixistes que vuestro primo estaua aficionado de mí, pienso que burlando lo hize de veras dueño desta alma, y todas vuestras burlas fueron besos del fingido Ascanio. Aora ved qué haré.

Sil.—Mucho me pesa, señora, veros tan adentro en essa passion, y por parecerme que estauades lexos dessos cuydados y assegurada de vuestra condicion tan essenta, os hablaua burlando como vistes; y si yo considerara la sutileza del amor, nunca tal dixera; mas quién auia de imaginar que cosas de tanta burla vinieran a tantas veras?

Euf.—Pues qué, no es verdad que él me quiere bien?

Sil.—Esso no lo negaré, porque no os he de mentir; antes lo que yo conozco dél es que no puede llegar a más el amor del que os tiene.

Euf.—No sé si os engañais, que los hombres todos son engaños.

Sil.—Essos son para quien se han de vsar; mas con vos, señora, y con essa hermosura no se pueden tratar, pues sola la gracia de essos ojos vencerá a los brutos animales. Si oyessedes a mi primo dar razones sobre esso y dezir que ninguno os conoce sino él!

Euf.—Quién pudiera saber la verdad!

Sil.—Mala está de ver. Con mi vida asseguraré yo que os adora, y lo podeis creer; assi tuuiera yo lo que desseo. Si lo oyerades hablar en esso conmigo, yo asseguro que me confessarades lo que digo: porque sus palabras son diferentes de las de otros. Ver los suspiros que daua salir tan claros del alma, que parece que la arrancaban, el poco concierto dellos, vnas razones tan comedidas y sujetas, que ellas mismas mostrauan su dolor, vnos deseos couardes, vnas desconfianças sentidas, vnos pensamientos tan puros, que como os digo, señora, si lo oyessedes, yo fiadora que confesseis que le sois deudora. Mas con todo esto no querria que os metiessedes en cosas de que despues no podais salir.

Euf.—Ya aora no puedo, y si quereis que viua, no me aconsejeis esso, antes me holgaria mucho oirlo y que no me sintiesse.

Sil.—Facilmente se puede hazer.

Euf.—Como no me he visto en otra tal, para nada tengo traça.

Sil.—Mas no sea dessa manera, pues assi lo quereis, sino habladle.

Euf.—No tengo coraçon para tanto.

Sil.—Yo os diré cómo será, y que le parezca que lo hazeis acaso; quando él venga acá y estemos hablando, entraos conmigo, como que no sabeis que está él alli, y lo vereis temblar y no acertar a dezir palabra, porque en tratando de vos pierde el color, y tiene los ojos que parece que quiere llorar, y se oluida de todo.

Euf.—Aduertid que si le hablo, temo que luego no ha de hazer caso de mí: porque estas cosas cuanto más cuestan más se estiman.

Sil.—Donde ay verdadero amor no cabe desprecio, y a los amores las dificultades de los principios los hazen publicos: porque las mugeres quieren que las merezcan con pretensiones largas, y por esto los hombres hazen finezas públicas, que dañan adelante. Yo, señora, no quisiera hazer cosa que vuestro padre viniera a saber, antes morirme. Lo mejor es que dexemos esto y no nos empeñemos más.

Euf.—Hablais como libre desta passion y como quien le duele poco el mal ageno, pues no os lo merezco tan poco. Quándo esperais que vendra acá?

Sil.—No sé en buena fee, porque yo lo escandalicé tanto sobre la carta, que será possible no se atreua a venir tan presto.

Euf.—No sé si fuera bueno embiarlo a llamar, aunque en esto hallo inconuenientes.

Sil.—Harelo si vos quereis; mas ya he dicho que es menester gran recato, porque no nos entiendan.

Euf.—Yo assi querria.

Sil.—Vitoria va al rio, quiero embiarle vn recaudo con ella.

Euf.—Pues conocele?

Sil.—Bonito es él para que no le conozcan; mas no querria que sospechasse alguna malicia, que son estas moças parleras; en fin, quiero dezirselo.