X.
EL 10 DE MARZO DE CÁDIZ.
Ya más de una vez ha dado a notar quien esto escribe cuán olvidada está la generación presente de lo que hicieron y pensaron sus padres. Parece como que la parte más moderna de nuestra historia, o digamos la que está más atrás del periodo en que, muerto Fernando VII, comenzó la guerra por la sucesión a la corona de España, es una de las más desconocidas. Verdad es que la breve época desde 1820 hasta 1823 tiene poco que la recomiende, habiendo sido su terminación no solo funesta, sino ignominiosa para los que entonces predominaron, y no, cierto, porque todos ellos fuesen dignos de desprecio, sino porque, traídos por los sucesos a una situación de que era imposible no salir mal, si no merecieron el descrédito en que cayó la revolución de que fueron defensores, y con ella hasta cierto punto sus personas, tampoco pudieron, ni pueden con razón, extrañar la a veces injusta y acre censura que ha sido común hacer de sus hechos y sus nombres.
Pero no es lo malo que se tache, si a veces con justicia, a veces sin ella y en todo caso con rigor, por lo excesivo no merecido, a los constitucionales de 1823, pues peor es, si cabe, y atendiendo a que duele más a los humanos ser despreciados que ser maltratados; que de las cosas de aquellos días solo queden memorias escasas y confusas. De seguro no faltarán quienes al leer el encabezamiento del artículo presente pregunten: ¿Y qué ocurrió en Cádiz el 10 de marzo que merezca ser conmemorado? ¿Y de qué año fue el 10 de marzo, cuya recordación da margen a no menos que un artículo de periódico del día presente?
Sin embargo, este 10 de marzo hoy conservado en pocas memorias, como que casi ha desaparecido la generación cuyos ánimos tanto ocupó, era citado con frecuencia desde 1820 a 1823, siendo uno de los asuntos que daban motivo a encarnizadas disputas y vehementes declamaciones y apasionados juicios, en los cuales, tomando la fundada acusación carácter de odio y venganza, y apareciendo espíritu de bandería, perdía mucho de su fuerza, mientras por el lado opuesto, defensas hijas de parcialidad política, tiraban a convertir en acto loable, o cuando menos disculpable, un delito que debía ser calificado de tal, juzgándole por sus méritos y fuese cual fuese la causa en cuyo favor se declarase, y diese su fallo definitivo la fortuna. Y así fue que, vuelto en 1823 al mando y predominio el partido de la monarquía, fue celebrado y recompensado como buen servicio hecho al trono un atentado que toda autoridad debería haber desaprobado, aun cuando por motivos dignos de consideración no castigase a los perpetradores y directores.
Empezaba a correr marzo de 1820, y se veía España en una situación de que da la historia pocos ejemplos. Sobre cuatro mil hombres no cabales dueños de la ciudad de San Fernando tenían allí levantada la bandera de la Constitución de 1812, y el Rey, señor de todas las fuerzas de la monarquía, en el término de más de dos meses no había podido vencer una rebelión de tan flacas fuerzas. Una columna procedente de aquel punto, y que apenas ascendió en la hora de su salida a dos mil hombres, había recorrido buena parte de la Andalucía Baja, proclamando en varias de sus poblaciones la Constitución, y perseguida por las tropas reales, alcanzada y vencida, pero no desbaratada, en Marbella, haciéndose después de este revés señora de la ciudad de Málaga, rechazando allí a los contrarios que vinieron a embestirle, y obligada a emprender la fuga después de su triunfo, había padecido segunda y mayor derrota en Morón, lo cual no impidió que sus fugitivas reliquias ocupasen por algunas horas a Córdoba. En tanto, los que habían quedado en San Fernando se veían cercados por fuerzas muy superiores a las suyas en puesto harto mal defendido, pues dueños de Cádiz sus contrarios, así como lo eran de la tierra de allende el Puente de Suazo y la batería del Portazgo, fácilmente podían por el lado nombrado en primer lugar haber superado los pobres obstáculos que les ofrecía la espaciosa playa. Que tan flaco poder como era el de los rebeldes existiese aún, y hasta con apariencias de fuerte, era ciertamente un prodigio, pero prodigio que podía y debía ser explicado por la situación de España por aquellos días. Los constitucionales, aunque en número muy escaso, tenían la ventaja de estar en perfecto concierto, unidos con el lazo de la sociedad secreta, si no todos ellos, los que gozaban de algún influjo, y hasta el ser pocos les daba vigor, porque es privilegio de una minoría reducida tener una fuerza que es grande por estar reconcentrada. Además tenían parciales en el ejército que con habilidad y osadía habían adquirido extraordinaria influencia sobre sus compañeros e inferiores. Si la mayor parte de los españoles era realista, lo era tímida y confusamente, sin pasión todavía, porque no tenía que chocar y luchar con pasiones contrarias, poco satisfecha del Gobierno, del cual juzgaba por los efectos que era malo, y de resultas, si no deseosa de verle caído, tampoco dispuesta a sostenerle contra una fuerza contraria. Así, los constitucionales levantados, donde quiera que ponían el pie y levantaban el grito, si no encontraban amigos y valedores, tampoco tenían que habérselas con enemigos, y, hasta viéndose rodeados de espectadores cuya indiferencia parecía buena voluntad, cobraban bríos suponiéndose o figurándose tener un tanto numerosos parciales.
Si tal era la disposición de los ánimos en lo general de la nación, y si por ello, y particularmente por el estado de la opinión en una parte crecida de la oficialidad del ejército, la causa de los levantados dueños de la ciudad de San Fernando no podía darse por perdida, resta considerar cómo pensaban y sentían en aquellas horas quienes componían las dos fuerzas beligerantes, dando este nombre solo a los que en Andalucía sustentaban las opuestas partes de la revolución y de la monarquía.
En el ejército destinado a Ultramar reinaba entre la tropa, corriendo 1819, grande repugnancia a embarcarse. Esta repugnancia de los soldados fue aprovechada por los conspiradores, los cuales, fomentándola y avivándola, predispusieron los ánimos de gente ruda en quienes no podía haber opiniones políticas en favor del levantamiento. En punto a la oficialidad, ha sido calumnia corriente atribuir a toda ella que obraba movida por tan feo motivo, pero en punto a que influía en una parte de ella, quizá la menor, apenas cabe duda. A unos pocos oficiales instruidos habían llevado a la empresa doctrinas de las llamadas liberales, bien estudiadas; a muchos, deseos de medrar; a otros un espíritu inquieto. La sociedad secreta había comprometido a no pocos, que habían pasado a ser constitucionales porque habían empezado por ser sectarios. Así, en general, y aun puede decirse con rarísima excepción, si acaso alguna, todavía en marzo las tropas acantonadas en San Fernando bajo la bandera constitucional se mantenían firmes y hasta ardorosas en su adhesión a la causa que habían abrazado.
No había sucedido lo mismo en la columna volante, de la cual habían desertado algunos oficiales y muchos soldados a la bandera Real. Pero esto era sabido de pocos en San Fernando, los cuales lo ocultaban a punto de conseguir que estuviese casi generalmente ignorado, no fuese que el ejemplo incitase a la imitación, cosa en aquellas circunstancias harto probable.
Pero lo que apenas sabían ni los constitucionales ni los mismos oficiales superiores que militaban en las filas de los Reales, era que, particularmente en las tropas que formaban la guarnición de Cádiz, había llegado a crearse un espíritu, si no anticonstitucional, hostil a los constitucionales, que iba llegando a ser entusiasmo. Por cierto, si esto hubiese sido conocido, habría causado en la parte opuesta desmayo, y en la propia bríos, con lo cual la expugnación de San Fernando y la ruina completa del levantamiento constitucional habría sido cosa fácil.
Varias causas habían contribuido a convertir en celosos y acalorados parciales de la causa monárquica a los mismos que poco antes por la aversión a embarcarse abrazaron o favorecían la de los levantados. Fue una desgracia que, al ser sorprendido por Riego en Arcos el cuartel general del ejército, sin haber verdadera refriega, hubiesen caído muertos dos o tres soldados del batallón de Guías del general, y aunque luego este mismo cuerpo se puso bajo la bandera constitucional, desde luego dio muestras de obrar como forzado y resentido, pudiendo estas cosas al parecer de inferior importancia más que otras de muy superior clase en los ánimos de la soldadesca. Así, los guías se fueron desertando casi todos, y viniéndose a Cádiz se formó de ellos un cuerpo con su nombre antiguo. De otros desertores de la bandera constitucional, y no del batallón de Guías, fue compuesto en la misma plaza de Cádiz otro batallón con el nombre de Leales de Fernando VII, y con llamarse así, y con la idea constante en su mente de la deserción, se sentían poseídos de afectos de ardorosa lealtad al monarca. Hasta la circunstancia de ser el vecindario de Cádiz, con rarísimas excepciones, apasionado amigo de la Constitución en aquel pueblo nacida, contribuyó a excitar en el soldado pensamientos y afectos contrarios, porque el no encubierto desvío de los paisanos a los que miraban como opresores aumentó la mala voluntad o desprecio con que suelen mirarlos y tratarlos los militares.
Todo esto, bien será repetirlo, no estaba patente. Así, en la oficialidad de la fuerza opuesta a la constitucional abundaban parciales de estos, irresolutos tanto cuanto ignorantes del modo de pensar y sentir de la clase llamada de tropa.
Tal era la situación de las cosas, y bien podía ser considerado el ejército de San Fernando como perdido, cuando comenzaron a circular por Cádiz rumores que daban por noticia haber sido proclamada la Constitución en puntos de España bastante lejanos. De Galicia llegó casi a saberse con certeza. De otros lugares se decía con menos verdad, pero se presumía con sobrado fundamento que así fuese. En tanto, faltó el correo de Madrid, porque el conde de La Bisbal, puesto al frente de una corta fuerza, había proclamado la Constitución en la Mancha cortando la comunicación entre la capital y Andalucía, lo cual hizo creer desde luego como cierto lo que en breve llegó a serlo, y era haber triunfado la causa del levantamiento constitucional en el mismo centro del Gobierno, compeliendo al Rey a doblar la cerviz y sujetarse al yugo.
Mandaba el ejército opuesto a los levantados constitucionales el general Freire, y la escuadra surta en la bahía de Cádiz el capitán general de marina don Juan María Villavicencio; el primero bien acreditado en la guerra de la Independencia por distinguidos servicios, y en 1814 sospechado de cierta inclinación a la Constitución entonces derribada; el segundo, persona muy notable por haber sido hasta uno de los regentes del reino desde 1812 a 1813, así como por su larga carrera, y también por su talento y saber, nada afecto a la causa constitucional, de lo cual había dado pruebas, pero tolerante con sus adversarios. Como puede presumirse, aparecía el primero más celoso de la causa que sustentaba, por lo mismo que podía ser sospechado de tibio, mientras el segundo, señalado por sus no lejanos grandes servicios al poder monárquico, cuyos excesos había condenado como prudente sin faltarle por esto a la lealtad debida, parecía que preveía ser necesario buscar un medio de avenencia entre parcialidades poderosas. Sabidas las noticias de la sublevación de Galicia con certeza, y de la de la Mancha confusamente, y siendo muy de temer que hubiese habido una gran mudanza en Madrid, ambos generales vinieron a Cádiz, el uno del Puerto de Santa María, y el otro de su navío. Su llegada conmovió al pueblo de Cádiz; supusiéronles intenciones que no traían; acudió numeroso gentío a la plaza de San Antonio, que había sido llamada de la Constitución desde 1812 a 1814; el hecho mismo de haber allí tal concurso era ya grave, trocado el temor en confianza, siendo así que poco antes los gaditanos, irritados y medrosos, apenas salían a la calle, y no osaban congregarse en crecido número; y, como acaece siempre cuando hay muchas personas juntas, la concurrencia, aun sin ser bulliciosa, tenía apariencias y aun carácter de serlo, sonando como clamor sordo las conversaciones particulares, y alterados los rostros de los concurrentes como de quienes estaban en ansiosa expectativa a punto de no poder ya distinguirse que aquella reunión fuese pacífica, sin poder por esto ser calificada con razón de sediciosa. No podía durar mucho tal incertidumbre. Los generales se asomaron al balcón de una casa que daba a la misma plaza, y en breve, sin que ninguno de los dos lo hubiese dispuesto ni consentido, pero sin que mostrase resolución de estorbarlo, un grito de «Viva la Constitución» salido de mil bocas pobló el aire, y atronó aquel recinto. No sonó una voz que a tal exclamación se opusiese; no se dio providencia para reprimir un movimiento que era ya una rebelión o revolución declarada. Era entonces, y fue por algún tiempo, costumbre dar a la inscripción que anunciaba tener una plaza el nombre de la Constitución a modo de un carácter sagrado y una importancia política la más alta. Así es que de pronto se buscó una tabla, y escribiendo en ella el a la sazón terrible letrero, fue este colocado en el lugar donde había estado otro igual escrito con letras de bronce dorado en lápida de mármol, saludando apasionadas aclamaciones a aquel símbolo de una época renovada, que para los gaditanos era de glorioso y caro recuerdo. Siguiose iluminarse el pueblo todo al cerrar la noche, y discurrir las gentes por las calles con ruidosa alegría, tanto que en las escenas de la revolución de 1808 a 1814 no hubo una que a esta excediese en punto a manifestaciones de entusiasmo popular, y pocas que la igualasen.
En tanto, el general de marina Villavicencio, a impulsos de su natural conciliador, o mandó o consintió que pasasen a San Fernando tres oficiales de la armada a dar al ejército llamado Nacional noticia de lo ocurrido. Fueron los que llevaron tal comisión el conde de Mirasol, muerto ha pocos días, don Jacobo Oreiro, y don N. Sánchez Cerquero.
Poco esperábamos en San Fernando recibir tan faustas nuevas. Yo, que era uno de los contados a cuya noticia había llegado haber sido vencida y deshecha la columna volante del mando de Riego, había salido en la misma tarde de aquel día (9 de marzo), y cuando en Cádiz ocurría tan inesperada mudanza, a dar un corto paseo, y me sentía poseído de negra melancolía, viendo cercano el momento en que, o había de caer en manos de nuestros contrarios y pagar con la vida mi delito, o de escapar con trabajo a vivir la vida del proscrito, empresa nada fácil. Venía retirándome de mi paseo, y había entrado en las calles, cuando noté súbito alboroto de general alegría. Anunciábase haberse jurado en Cádiz la Constitución, y la llegada de los portadores de la noticia tanto cuanto feliz difícil de creer. Ya antes más de una vez habían corrido voces semejantes creídas de algunos, dudadas de muchos, y venidas a desvanecerse como ilusión hija del deseo. En esta ocasión fui yo de los incrédulos, hasta que varias personas me afirmaron ser verdad averiguada lo que yo estimaba lo contrario. Me encaminé, pues, a casa del general Quiroga, donde hallé a los oficiales de marina, procedentes de Cádiz, rodeados de gente alborozada, agasajados, festejados y acosados a preguntas por quienes apenas podían creer el felicísimo suceso de que eran nuncios.
Entró entonces el discurrir qué habría de hacerse, por nuestra parte. Lo primero que se resolvió, fue enviar a Cádiz comisionados que tratasen de ponernos en paz y unión con las autoridades y tropas de aquella ciudad, si bien pareció oportuno dar el carácter de parlamentarios a los encargados de tan importante comisión, por no considerarse aún la paz asentada. Tres fuimos los nombrados para la comisión o parlamento; el coronel don Felipe Arco-Agüero, jefe de estado mayor de nuestro ejército; el de igual graduación don Miguel López de Baños, que tenía el mando de nuestra artillería, y tercera persona no militar, que fue la mía, recomendándome para tal comisión el ser diplomático, y más todavía el cercano parentesco que me unía con el general Villavicencio, hermano de mi madre, además mi padrino de bautismo, y a cuyo lado había yo pasado buena parte de mi niñez. Comenzamos desde las primeras horas de la noche a prepararnos para nuestro viaje, si bien los preparativos no podían ser muchos, ni lo eran. De ello nos distrajo por breve rato la agradable ocupación de salir de la población al sitio llamado Manchón de Torrealta, donde está situado el observatorio astronómico, y desde el cual registra la vista no corto espacio, descubriéndose a lo lejos, allende las aguas de la bahía y las tierras llanas inmediatas, la ciudad de Cádiz, blanca como la nieve, en el horizonte; pero en aquel momento, si las tinieblas de la noche no permitían ver sus casas y torres, señalaba el lugar donde estaban un resplandor vivísimo nacido de las luminarias, cuya luz se dilataba a largo trecho. Numerosos espectadores acudían a recrearse con la contemplación de aquella luz, más grata todavía que la de la aurora lo es para el navegante, tras de una noche de borrasca, peligro y ansias.
Poquísimo dormí yo en la noche de que voy ahora aquí hablando, porque hacía en mí el gozo lo que podría haber hecho la pena más aguda. Amaneció el deseado día, y en sus primeras horas pasé a juntarme con mis compañeros, y emprendimos nuestro breve viaje. Llevábamos los parlamentarios algún acompañamiento: un ayudante de Arco-Agüero, llamado don N. Silva, cuatro soldados de artillería de a caballo, con largas barbas, por lo cual eran apellidados barbones, y un trompeta de la misma arma. Todos iban a caballo menos yo; circunstancia no digna de mención si no hubiese influido en mi suerte en los sucesos que siguieron, y debida a que, siendo yo pésimo jinete, no quería ir haciendo ridícula figura a nuestra entrada en Cádiz, por lo cual escogí un calesín a pesar de lo incómodo y feo de tan mala y antigua máquina de viaje.
Poco más de media legua habríamos andado desde San Fernando, y estábamos cercanos al lugar donde, cerca del torreón apellidado de Torregorda, tuerce casi formando un ángulo recto, y va en derechura a Cádiz la carretera nombrada allí arrecife, cuando empezamos a encontrar gente de Cádiz, que a pie había andado sobre legua y media ansiosa de ver y saludar a los constitucionales de ellos tan amados. Según íbamos adelantando, iba creciendo el número de los viajeros, que llegó a ser muy considerable ya a más de media legua de Cádiz. Habíamos los del ejército constitucional, cuyo título era el de nacional, tomado por divisa añadir a la escarapela encarnada un ribete ancho de cinta verde, divisa considerada después por muchos como propia de la sociedad secreta directora del levantamiento, y de la cual éramos gran parte de los del ejército, si bien no todos, pero divisa que no lo era de sociedad alguna, siendo solo emblema de nuestra esperanza al acometer y empezar a poner por obra nuestra empresa, esperanza nunca del todo perdida. Como sabían esto los gaditanos todos, los paisanos se habían puesto escarapela como militares, y, no habiendo tenido tiempo para coser a las que traían el ribete verde, se habían contentado con poner un lazo de este color sobre el centro de la escarapela encarnada. Las manifestaciones de alegría de aquellas gentes tenían trazas de delirio, y al vernos rompían en altos vivas, declarando, a la par que adhesión a la causa que con ellos nos era común, afecto vivo y aun admiración a nuestras personas, en las cuales veían representadas las de nuestros compañeros. En medio de tanto aplauso, llegamos a la obra avanzada llamada la Cortadura, guarnecida por tropas que poco antes eran para nosotros enemigas, habiéndolo sido por espacio de dos meses, plazo durante el cual habían nacido en ella contra nuestra causa, y más aún contra nuestras personas, pasiones de odio no poco vivo, siendo muy otra nuestra firme, pero errada creencia, pues los reputábamos amigos violentados a sernos hostiles. Sin embargo, al acercarnos al fuerte, más por pedantería que por recelo, quisimos usar las fórmulas comunes de la guerra, y mandamos al trompeta que con nosotros venía, tocar llamada. Salieron a respondernos; pero no como prestándose al parlamento, sino calificándole de inútil, porque ya no estábamos en guerra. Parecía afectuosa la respuesta, así como fundada en buena razón, y, con todo, no hubo de agradarnos, porque fue dada con desabrimiento. Otras dos causas, con harto más motivo, mezclaron un tanto de disgusto y desconfianza a nuestra alegría. Poco antes de llegar a la Cortadura, del numeroso gentío que venía de Cádiz se separó una persona que vino a hablarnos, entendiéndose particularmente con Arco-Agüero, con quien había tenido algunas relaciones de trato casi amistoso. Era el personaje de quien ahora hago aquí mención un don N. Elola, oidor o, como decimos ahora, magistrado de la Audiencia de Sevilla, vivo, travieso, no de la mejor reputación, pues era tachado de ligero y cruel, no sé si con justicia, entremetido y dado a bullir, sin crédito de constitucional ni de lo contrario, y el cual, no sé, ni llegamos a saber, por qué razón venía de Cádiz, y si lo hacía por voluntad propia o encargo de otros. Lo cierto es que Elola se empeñó en persuadir a Arco-Agüero a que nos volviésemos sin llegar a Cádiz; pero como las razones que alegaba nada claro ni explícito contenían, no juzgamos decoroso ni justo dejar de cumplir con lo que nos estaba encomendado. Separose, pues, de nosotros Elola, sin haber logrado convencernos, y no sé si regresó a Cádiz o si siguió a San Fernando.
Igual, si no mayor, causa de temor o de sospecha nos dio otra circunstancia que por lo pronto no fue de todos nosotros notada ni aun sabida. Cabalmente, cuando estábamos llamando a parlamento, y recibiendo por respuesta que tal acto era impropio entre gentes ya no enemigas, había crecido sobre manera y agolpádose en aquel lugar la turba procedente de Cádiz, cuyos vivas y aplausos eran tales y tantos que nos ensordecían, y en medio de la gritería reparamos que también gritaban desde el fuerte asomados a sus murallas los soldados, y aunque viniendo sus gritos de lejos solo podían oírse estos, confundiéndose otros más cercanos y numerosos, no faltó quien oyese que eran, en vez de bendiciones y aplausos, maldiciones y denuestos. Pero esto, repito, apenas llegó a nuestra noticia, y aun cuando hubiese llegado nos habría desviado de pensar en ello el espectáculo que presentó a nuestra vista Cádiz.
A pesar de que las turbas (pues llegaron a serlo) que nos esperaban fuera de las puertas parecía como que debían haber dejado poca gente en el casco de la ciudad, o fuese porque de la población nadie había querido quedarse en casa, o que los que no habían salido a la calle, sin excepción de clase u ocupación, poblaban los balcones y ventanas, era inmenso el gentío que se presentaba a la vista. Las casas estaban adornadas con colgaduras. Entre tanto llovían sobre nosotros, los parlamentarios, flores arrojadas por los que estaban en alto, mientras los que paseaban las calles se apiñaban a nuestro alrededor con animación casi frenética, gritando y procurando asirnos la mano o bien la pierna, o aun solo el vestido. Mis compañeros, poco o mucho conocidos en Cádiz, eran objeto de admiración, y a mí, nacido en aquella ciudad y que en ella había pasado buena parte de mi juventud, se me daban generalmente testimonios de ardiente afecto. Los caballos de mis compañeros apenas podían romper por el tropel, y se encabritaban espantados, y a mi pobre calesín apenas consentían que rodase, no faltando quien se subiese en las ruedas para apretarme la mano o darme una enhorabuena afectuosa. ¡Días eran aquellos que no volverán en largo tiempo, no siendo tan arrebatado o loco entusiasmo posible ya a una generación llena de desengaños y escarmientos, y que por ser más cuerda ha perdido muchos de los placeres que las ilusiones hijas de la inexperiencia traen consigo!
Como ya va aquí dicho, atravesamos casi toda la ciudad de Cádiz por estar muy distante de la Puerta de Tierra la casa del general Freire, a que nos encaminábamos. Al ir a llegar a ella, pasamos las esquinas de la calle de Linares, que desde la plaza de San Antonio, que iba a ser de la Constitución, va al paseo de la Alameda, y que era y debe de ser aún hoy una de las vías de comunicación en aquella ciudad más transitadas. Al atravesar descubrimos parte de la plaza atestada de gente, porque allí iba a jurarse la Constitución ante la lápida que de ella era recordación y símbolo. Reservándonos nosotros asistir a aquel espectáculo para la hora muy cercana en que, presentes las autoridades, había de celebrarse la ceremonia del juramento, nos apeamos a la puerta de la casa del general y pasamos a su presencia.
Hallamos a Freire cortado, inquieto, ni desabrido ni afable, y solo con muestras de estar muy poco satisfecho de la situación en que se veía. La sala en que le vimos estaba muy concurrida, llenándola personas de diversas opiniones, cuáles alegres y soberbias, cuáles si ya no mostrando tristeza o enojo, dando señales o de abatimiento o de recelo. Vinieron a abrazarnos amigos nuestros, que presos por haber sido cómplices en nuestra empresa, habían sido puestos en libertad pocas horas antes y en las de la noche. Otros, poco antes nuestros contrarios ardorosos, con frases conciliatorias procuraban captarse nuestro afecto, explicando su conducta anterior como quien se disculpa de una falta. Bien mirado y considerado todo, no nos sentíamos satisfechos de la escena de que eran teatro aquel lugar y los cercanos, y de que éramos testigos. Freire como que procuraba despedirnos para que nos volviésemos al lugar de que habíamos venido, aunque no lo dijese claramente, y habiendo soltado una expresión de temor de que puestas en roce las tropas de su mando con las del ejército nacional, este introdujese en aquellas un espíritu de indisciplina; y respondiendo a esto Arco-Agüero, como algo picado, que el ejército constitucional era por demás disciplinado, añadió el general de las tropas reales que las suyas (según esperaba) a ningunas cedían en este punto; pero lo dijo con tan anublado rostro y vacilante acento, que bien parecía que hablaba según su deseo y no según su esperanza. En esto sonó un tremendo ruido, oyéronse tiros, voces confusas, carreras: se asomó al balcón Freire y desde la calle le gritaron que estaban asesinando al pueblo. Él dio muestras de no creer tal cosa, pero poco pudo decir, porque ya el hecho estaba patente. La parte trágica y en sus consecuencias no poco funesta de la historia de la segunda época constitucional había comenzado, anticipando los odios que por fuerza habían de nacer de la mudanza de una a otra opinión sustentada con vehemencia, y del choque de intereses que cambios tales tienen por consecuencia forzosa.
II.
La súbita acometida de parte de la guarnición de Cádiz a los pacíficos paisanos que habían acudido alegres a una fiesta a que los había convidado la autoridad, era un suceso que debían haber previsto el general Freire y los que a sus órdenes mandaban las tropas de aquella plaza. Pero de estos últimos, algunos, sin duda, fueron cómplices, aunque solo cómplices hasta cierto grado, del hecho atroz de la desmandada soldadesca; y en cuanto al general, justo será decir que, combatido de terribles dudas, casi arrepentido de haberse prestado a que se proclamase la Constitución en el día anterior, sin llegar su arrepentimiento a punto de atreverse a revocar su resolución cuando menos aventurada, sintiéndose casi rebelde sin serlo, y por lo mismo falto o de la osadía o de la fe que hace de la rebelión la defensa de un principio, o bien creído, o tomado por pretexto, no acertaba a contener la tropa, sofocando el espíritu que la animaba, y dejaba andar las cosas, lisonjeándose de que no llegarían a un extremo.
Así, mientras con loco alborozo celebraba en la noche del 9 al 10 de marzo el restablecimiento de la Constitución el vecindario de Cádiz, bramaban de coraje los soldados en los cuarteles, siendo para ellos cada viva que oían un insulto insufrible, o un reto que pedía respuesta. En tal disposición de ánimo no fallaron malos consejeros que les persuadiesen a pasar de las palabras de queja y resentimiento a las obras. Quiénes fueron los consejeros del atentado que cometieron, no está averiguado, ni aun hoy, al cabo de largos años y de una causa que duró más de tres, sin dar de si más que llevar al suplicio a un pobre guarda de las puertas, no más culpado que otros, pero sí totalmente desvalido. Que los consejeros del movimiento que vino a ser sublevación, no dictasen el modo brutal con que fue llevado a efecto, probabilísimo es; pues, resuelto el hecho, hubo de quedar el modo de la ejecución encargado a gente baja y grosera. Porque haberse opuesto en la tarde del 9 a obedecer a quien les mandaba, fuese quien fuese, proclamar la Constitución, o consentir que la proclamase el pueblo, habría sido acto loable en cierto grado, y aun haber manifestado los soldados y oficiales en la mañana del 10, quietos en sus cuarteles, su desaprobación de todo cuanto estaba pasando e iba a hacerse, declarándose resueltos a ser fieles al Rey y su Gobierno, habría merecido aprobación más todavía que disculpa. Y con tal declaración bastaba para que el acto de jurar la Constitución hubiese sido por lo menos suspendido, evitando por tal medio un choque al cual no podía arrojarse el indefenso y tímido vecindario.
Pera no fue así; y saliendo a la calle primero el batallón de Guías y después el de Leales, casi en tropel, sin son de cajas, asomaron los de aquel a la plaza de San Antonio por varias de las calles que en ella desembocan, y saludaron al numeroso gentío allí congregado con una descarga. Pretenden los defensores de la inicua agresión que muchos de los tiros disparados lo fueron al aire, y solo para amedrentar, de lo cual citan como prueba haber habido pocas víctimas entre tanta gente allí apiñada; pero si tan prudentes o misericordiosos estuvieron algunos, no fueron todos, pues quedaron una o dos personas muertas y varias heridas en aquel sitio, sin contar con que solo el terror producido por tal barbarie era un acto de ferocidad punible. Huyeron en confuso tropel los que llenaban la espaciosa plaza, entre los cuales había mujeres, niños y ancianos, dándoles alcance los soldados con muestras, si no con intención, de hacer en ellos estrago. Difundiose por la ciudad el alboroto, hubo gritería, gemidos; cerrar de puertas que parecía nuevos disparos y alternaba con los que ciertamente lo eran. Enfureciéndose los agresores, como siempre acaece, con sus primeros actos de violencia, discurrían por las calles voceando, amenazando y a veces hiriendo, pues en lugares distantes del teatro del acto primero de aquella tragedia cayeron muertos algunos paisanos. Resistencia no hubo, por no ser el pueblo gaditano propio para la guerra de calles. Así, al alboroto y bullicio siguió la soledad de las calles, y la angustia y terror en el interior de las casas, pero el silencio no en algún tiempo; pues los vencedores sin batalla con tiros continuos y gritos descompasados de viva el rey seguían dando satisfacción a sus pasiones.
Ya dejo dicho que a la primer noticia del alboroto se asomó el general Freire al balcón para sosegar al pueblo que acudía a quejarse y pedir favor, y que aseguró que nada había qué temer, quizá no creyendo lo ya ocurrido. En tanto los del parlamento, desempeñada ya nuestra comisión, íbamos a volvernos a nuestro ejército a ser portadores de nuevas poco satisfactorias, y muy otras que las que los nuestros con harta razón esperaban. Fue gran fortuna que hubiésemos diferido unos cuantos minutos ponernos en camino, pues, no siendo así, habría roto la sedición antes de haber nosotros llegado a la Puerta de Tierra; y no habiendo por ella salida, porque nos la habría impedido la tropa acuartelada en la inmediación, sin duda alguna habríamos sido sacrificados. Pero como el tumulto comenzó cabalmente en el momento de ir a montar mis compañeros en los caballos que habían dejado a la puerta de la casa del general, suspendieron el salir, y, al revés, se volvieron adentro, donde no creyéndose seguros, subieron a las azoteas que tienen todas las casas de Cádiz, y saltando de una en otra de las de la manzana, al fin pararon en una ya algo distante, donde bajando por la escalera encontraron en uno de los pisos o cuartos de la casa quien les diese abrigo. Otra y harto más crítica fue mi suerte.
Ya dije que había dejado mi calesín a alguna, bien que corta, distancia del alojamiento de Freire, y en esta distancia estaba la calle de Linares en medio. La había yo atravesado, o iba a subir en el calesín, cuando vi que este huía a buen correr de su caballo, y, por otro lado, un golpe crecido de gente huyendo en tropel y barriendo la angosta calle como un torrente me atajaba el camino para la vuelta. En la esquina había (y creo hay aún) una confitería que comunica con una botillería del mismo dueño, a la cual solía yo concurrir algunos meses antes, y había concurrido bastantes años, siendo en ella conocido de los mozos de servicio. Respaldarme a una de las puertas de la confitería, ya cerradas, fue mi primer acto; el segundo o casi inmediato volver mi sombrero de suerte que la escarapela con su lista verde no se viese. Así parecía yo un militar, siendo entonces muy común en los oficiales llevar el sombrero de picos o apuntado con divisas juntamente con el traje de paisano. Por esto no llamé la atención de unos cuantos soldados de Guías que entraron furiosos por la calle persiguiendo a los fugitivos. Delante de mí, y en la acera opuesta, cayó uno de estos enredado en su capa, y echándose sobre él un soldado repetidas veces, le hirió al parecer con su bayoneta; pero creyéndole muerto o moribundo, pasó adelante en busca de nueva víctima, cuando, con sorpresa mía, el que creía yo cadáver se levantó sano y salvo, y se puso en huida, pues ni él tenía otra lesión ni daño que el causado por el miedo, ni su agresor, ciego de furia, había acertado a atravesar con su arma otra cosa que la capa o capotillo del caído. En medio de esto oí yo que me llamaban por mi nombre por las rendijas de la puerta. Respondí, y volvió a hablarme un mozo del café que, preguntándome en voz baja si había algún soldado enfrente, y diciendo yo que todos estaban ya distantes siguiendo el alcance, abrió de la puerta lo bastante para que por allí cupiese mi persona, y tirándome de los faldones me hizo entrar de espaldas, siendo tal la prisa que teníamos, yo por verme en seguridad y él por llevarme a lugar en su sentir algo menos expuesto, que, sin detenerse a abrir la entrada que alzando una tabla del mostrador da paso de este a la parte exterior de la tienda, me hizo saltar por encima y casi caer al lado opuesto. Una vez dentro de la casa, pasé a la sala que servía de botillería y no tenía puerta a la calle, sino solo a un patio, y encontré aquella pieza llena de gente, en su mayor número de mujeres, acongojadas y aterradas. No les fue grata mi llegada, pues pronto se enteraron de quién era yo y del triste caso en que me veía, y les entró el fundado temor de que podrían penetrar allí los soldados y el menos racional de que, si entraban, pagarían todas las personas en aquel lugar refugiadas la pena de hallarse en mi compañía. Así fue que un rumor sordo empezó a declarar deseos de que saliese de entre gentes a las cuales estaba comprometiendo; pero pudo más al cabo la compasión que el miedo, y no hubo quien se atreviese a proponer acción tan fea como habría sido la de arrojarme a la calle donde me amenazaba grandísimo peligro. Lo que sí hicieron fue apoderarse de mi sombrero, y con tijeras descoserme de la escarapela la cinta verde que le servía de ribete, y la cual, por lo mismo de no estar sobrepuesta, me delataba como procedente del ejército de San Fernando. Entre tanto poblaban el aire varios ruidos de voces y tiros, y desde adentro juzgaban muchos refriega o combate lo que era alboroto y excesos de los vencedores, que lo habían sido sin hallar resistencia. Mal podía suponerse que hubiera poder que la hiciese, pero no faltaban quienes se figurasen que en aquel pueblo indefenso y nada belicoso podía haber personas capaces de apelar a las armas para, o hacer frente a una agresión, o tomar de ella venganza, mientras otros se lisonjeaban de que una parte de la guarnición estaba en batalla con la otra en cuya sublevación no había tenido parte. Cesó por fin el ruido, o solo sonaba el de los vivas al Rey dados con voces así como destempladas, roncas: claro indicio tanto de la furia mostrada en la repetición del gritar de los voceantes, cuanto de la bebida con que habían excitado su entusiasmo al arrojarse a su atroz hazaña, y le habían mantenido y seguían manteniendo al solemnizar su triunfo. Pero, como no se oyesen ya disparos, comenzaron los abrigados en la botillería a pensar en irse a sus respectivas casas, lo cual fueron llevando a efecto poco a poco, asomándose primero algunos o algunas con precaución, y aventurándose luego a salir los menos tímidos, y sirviendo el ejemplo a los demás, pues ya veían que habían pasado para lo general de las gentes los momentos de mayor peligro. No así para mí, cuya situación era diferente, y que a la sazón no tenía casa en Cádiz. Por esto hube de detenerme, pensando en qué haría. Solo ya, o poco menos, en mi asilo, había llegado la hora de las tres de la tarde, que era la de comer en Cádiz, y el dueño de aquel establecimiento, no obstante no ser fonda, ni servirse en él otra cosa que bebidas frescas, me propuso darme de comer, lo cual acepte yo sin escrúpulo, suponiendo que pagaría lo que gastase. Comí, pues, y no mal en medio de mi inquietud, y hube de hacerlo de pescado, por ser aquel día viernes de Cuaresma, pensando en que a un francés o inglés parecería natural, siguiendo ideas supersticiosas sobrado comunes, que fuere tan trágico aquel día de la semana, porque entre los extranjeros tiene la reputación de aciago que los españoles atribuyen al martes. Pero cuando concluí mi comida, y para pagarla pedí la cuenta, se me presentó el mismo amo de la casa diciendo que nada me cobraría por título alguno; acto de cortesía y generosidad por desgracia compensado con la condición que me puso, y fue que le hiciese el favor de irme a la calle lo más pronto posible. No tuve otro remedio que obedecer, y me arrojé a correr mi suerte por medio de la ciudad atribulada y desierta, o solo poblada fuera de las casas por soldados que habían roto el freno de la disciplina.
Triste era por cierto y espantoso el aspecto de aquella población, entonces todavía por lo común alegre y de gran concurrencia en sus calles y paseos. Veíanse cerradas todas las puertas, así las que caían a la calle como las que daban paso a los balcones y rejas, y se notaba que aun las de madera detrás de las vidrieras lo estaban asimismo; reinaba profundo silencio, cuando no le interrumpían los gritos de los soldados. Vagaban estos por el pueblo con gesto airado y ademanes descompuestos, como buscando enemigos en quienes desahogar su furia, y rabiosos porque no los encontraban. Por entre ellos pasaba yo sin ser notado, gracias a las divisas de militar que llevaba en mi sombrero. Incierto en cuanto a escoger el punto a que primero me dirigiría, resolví ir a casa de mi tío, porque precisamente por haber él enviado a nuestro ejército en la tarde anterior los oficiales de marina portadores de las para nosotros alegres nuevas, y también, según nos parecía, de seguridades de paz y unión, le considerábamos, no con toda justicia, obligado a hacer que se nos respetase. Llegué, pues, a su casa, penetré donde él estaba, le encontré comiendo con alguna gente, y levantándose al verme, con rostro donde se pintaban sorpresa y enojo, me mandó ir a otra pieza, donde sin perder un momento vino a hablarme sin testigos. Su primer palabra fue preguntarme qué traía, y mi respuesta, seca y hasta insultante, nacida de ver su gesto no afable, fue que no venía a buscar al pariente, o al hermano más querido de mi difunta adorada madre, sino al general de marina que nos había convidado a venir a Cádiz como amigos; siendo mi principal empeño que me reuniese con mis compañeros para que juntos tuviésemos igual fortuna. La respuesta de mi tío fue que nada sabía de ellos, ni tenía que ver con lo que pasaba, por lo cual me remitía al general Campana, con quien me tocaba entenderme, pues este era el gobernador de Cádiz. Salime yo, pues, sin despedirme ni ser despedido, y resuelto a seguir el consejo de mi tío, fui en busca del personaje a quien me remitía; viaje nuevo más peligroso que el que acababa de hacer con tan poco feliz suceso. Estaba por entonces el general Campana en uno de los pabellones de los cuarteles próximos a la Puerta de Tierra, siendo forzoso para llegar allí desde el punto de la ciudad de que yo venía atravesarla toda cuan larga es, pasando por sitios por los cuales estaba en mayor número desparramada la sublevada tropa. Fue mi suerte oír entre sus gritos expresados deseos de haber a las manos a los que pocas horas antes habían entrado en Cádiz procedentes de San Fernando y sido recibidos en triunfo, prometiéndoles, si los descubrían, saciar en ellos su saña. Bien temía yo, y no sin algún motivo, ser conocido de alguno de aquellos hombres feroces, porque de su número no pocos habían estado en el ejército de San Fernando, en el cual era yo muy conocido, aun de los individuos de la clase de tropa, que me daban por título o nombre el de El Gacetero. Pero tuve la dicha de no tropezar con quien me conociese, y llegué al alojamiento del general Campana. La sala en aquella hora estaba llena de oficiales, todos celosos de la causa Real, todos, a lo menos en la apariencia, ufanos de lo ocurrido. Asombrose el general de verme allí, y no obstante no tener conmigo amistad, sino mero conocimiento, se esforzó en persuadirme a que luego, luego, me retirase y fuese a esconderme, porque (según me decía) estaba la gente muy exaltada, y era muy posible que fuese yo víctima de alguna violencia. Pero yo insistí en reclamar mi privilegio de parlamentario, y más todavía en que se me llevase donde estaban mis compañeros, siendo esto último mi principal deseo, porque me habría creído deshonrado si no participaba de su suerte, y también porque ellos no sabían si yo había huido dejándolos en peligro, y no quería yo tener sobre mí tan fea y no merecida nota, ni justificar la prevención desfavorable con que aun el más despreocupado militar juzga al paisano. Mi primera pretensión fue tratada como ridícula; y en cuanto a la segunda, se me aseguró lo que era verdad, y yo no quería creer, a saber: que nadie de los que estaban en autoridad entonces sabía ni sospechaba dónde habían ido a ocultarse los oficiales parlamentarios, pues los soldados estaban presos. Desistí al fin de mi temeridad, o, diciéndolo con más propiedad, de mi necia pertinacia; seguí el consejo del general Campana, que me le daba con empeño e insistencia afectuosa, y me encaminé a buscar abrigo en los puntos en que juzgué me sería menos difícil hallarle. Pero encontré resistencia a acogerme aun en amigos y parientes: tal era el terror de que estaban poseídos los gaditanos. Cerró en tanto la noche, que fue nublada y lluviosa, y, no habiéndose encendido los faroles del alumbrado de la ciudad, que, si no tan bueno como suele serlo ahora el de toda población considerable, era lo mejor qué a la sazón había en España, quedó Cádiz así como en soledad y silencio, en tinieblas, de manera que los poquísimos precisados a transitar por las calles íbamos a tientas y tropezando. En tanta incomodidad y angustia ocurrió que en la calle cuyo nombre es del Sacramento, oí cerca de mí un «¡Viva el Rey!» dado por voz bronca y vinosa, y, antes que viese la persona de quien salía el grito, me sentí detenido y asido por un soldado que, en estado de embriaguez casi completa, andaba, vagando con el sable desnudo, pronto así a hacer mal como a contentarse con dar voces. «¿Quién vive?», me dijo, «y ¿dónde va usted?», a lo cual respondí yo ser oficial de la Real marina (y recalqué el adjetivo Real) que iba con una comisión de mi general. No estaba el que me detenía para entrar en averiguaciones prolijas, y como su enojo era con los paisanos y yo no le parecí tal, por mi sombrero que veía en la oscuridad cuando estábamos juntos, me llamó compañero, trocado en familiaridad el respeto, y, convidándome a gritar «Viva el Rey», lo cual hice yo de buena o mala gana, me dejó ir adelante. Pero podía repetirse este lance con peores resultas. Así fue que crecieron mis ansias, hasta que, por fortuna, en casa de la viuda del hermano mayor de mi madre (que también había sido general de marina) y con cuyas hijas gemelas me había criado más como hermano que como primo, siendo la misma nuestra edad, encontré donde pasar con descanso y seguridad la noche. Pero aun esta misma familia limitó a una noche su hospitalidad, lo cuál no extrañé, pues al cabo más hacían por mí que otros. Pasé, pues, en aquella casa la noche, y dormí profundamente, con admiración de quienes me hospedaban, que atribuyeron a serenidad lo que era cansancio. Llegó la mañana y hube de desocupan mi lugar de provisional abrigo, y de volver a mis vanas pesquisas del día anterior. No había mejorado con el nuevo día el aspecto de Cádiz, y apenas uno u otro habitante había salido de su casa, mientras los soldados, cansados de la agitación pasada, casi todos se habían recogido a las filas de sus respectivos cuerpos, quedando pocos, si bien todavía algunos, sueltos por las calles. En tanto, acudí yo en busca de noticias o de asilo, entre otras personas, a dos que eran de nuestra sociedad secreta, que habían sido partícipes en sus trabajos juntos conmigo pocos meses antes, y que, hasta por su obligación así como por reglas de decoro, debían darme amparo. Pero ambos me recibieron con sequedad casi grosera, y me trataron con tan claro desvío, que, si no me echaron fuera de sus casas a viva fuerza, me intimaron que saliese de ellas en términos que no daban lugar a resistencia alguna y ni siquiera a demora. Volví otra vez a mi paseo sin objeto, cuando una casualidad rarísima le puso término, dándole el más favorable en mis circunstancias, o, a lo menos, el más conforme a mis deseos con empeño manifestados. Caminando yo por una de las desiertas calles del centro de Cádiz, y próximo al teatro Principal, sentí pasos detrás de mí, y a corta distancia, dados tan a compás con los míos, que bien declaraba ser de persona que me seguía. En caso tal, fuese amigo o contrario quien venía sobre mí o a mí, la resistencia era inútil. En efecto, mi seguidor, pues no era perseguidor, en voz muy baja me llamó por mi apellido. Respondí yo, preguntando qué me quería. «¿A dónde va usted?», repuso él; y un no lo sé fue mi segunda respuesta. «¿Y por qué no va usted a juntarse con sus compañeros (dijo hablando otra vez el desconocido, que para mí lo era, aunque él me conociese bien)». «Porque no sé dónde están (respondí yo), y desde el alboroto de ayer los ando buscando». «Pues yo soy quien los tengo ocultos (dijo aquel hombre), y precisamente he salido a comprar algo con que almuercen. ¿Quiere usted venirse conmigo?». «¿No he de querer?», fue mi nueva respuesta. «Pues déjeme usted pasar delante», dijo mi interlocutor (cuya conversación conmigo había pasado siguiendo andando el uno detrás del otro), «sígame usted, y al llegar a la casa número tantos de la calle de Linares entraré yo, y, si no hay soldados en la calle, dejaré la puerta entornada, y por ella entrará usted en mi seguimiento». Hicímoslo así, hallamos la calle del todo desierta, se entró mi guía en la casa indicada, pasé yo detrás y cerré tras de mí la puerta, y siendo la casa de las llamadas de pisos, esto es, como son generalmente las de Madrid que tienen más de un vecino, subiendo la escalera hasta llegar al cuarto tercero, llamamos a él, y abierto que nos fue, sin anunciar mi llegada pasé yo a la sala donde encontré a Arco-Agüero, López de Baños y el ayudante Silva. Un grito de agradable sorpresa me saludó al ponerme delante de mis compañeros, que, juzgando al haberme perdido de vista que yo me había acogido a lugar seguro, oyeron con sorpresa que mis aventuras, trabajos y peligros habían sido muy otros que los suyos, pues desde la casa del general a su asilo solo habían tenido que saltar azoteas y, no habiendo sido descubiertos, no habían sido molestados. Juntos ya los tres del parlamento, determinamos qué habíamos de hacer, lo cual fue, en vez de seguir escondidos, reclamar el derecho de parlamentarios según práctica o ley de la guerra, alegando que al llegar a las obras avanzadas de la plaza habíamos tocado llamada. Quiso Arco-Agüero que yo extendiese la reclamación como ejercitado en el manejo de la pluma. Pero, hecho el escrito y firmado, ocurrió una dificultad no leve, que lo era asimismo para que permaneciésemos por más tiempo abrigados o amparados en aquella casa. El que en ella vivía comenzó a sentir remordimiento o miedo de tenernos allí, y, sobre todo, rehuía llevar un mensaje nuestro por donde quedase convicto de habernos protegido por un periodo de cerca de veinticuatro horas. Nos sacó, y a él también, de este apuro una idea de Arco-Agüero, la cual fue aconsejar a aquel buen hombre que dijese al gobernador, al llevarle nuestra reclamación, que en el día antes, en el momento de empezar el alboroto habían llamado a la puerta de su habitación en el cuarto tercero, y que, yendo él a abrir fue sorprendido por tres oficiales armados venidos de la azotea, según pareció, los cuales, habiéndole sujetado le habían encerrado en un cuarto interior y tenídole desde entonces en aquel encierro, no dándole libertad sino para encargarle del papel de que era portador. Agradó al mensajero el ingenioso embuste, y, prestándose a él, marchó a cumplir su comisión, aliviado de sus ansias. En tanto, nos preparamos a matar el hambre, dando prisa a la criada para que nos trajese el almuerzo; almuerzo, ¡ay!, que no hubimos de comer, ni tampoco otro igualmente mandado traer con no mejor fortuna en el discurso de aquella malaventurada mañana.
Hubo de andar ligero nuestro enviado, porque no mucho después de su salida oímos ruido en la calle, y asomándonos con precaución por detrás de la vidriera, vimos hasta veinte hombres de tropa formados enfrente del lugar de nuestro refugio. Siguiose oír abrir la puerta que daba a la calle, sonar pasos pesados de más de una persona en la escalera, llamar con recios golpes al cuarto en que estábamos, darse entrada a los que venían, y aparecerse en la sala un oficial de la peor traza posible, siguiéndole tres o cuatro soldados con las armas preparadas. Era el tal oficial, repito (sin que la desfavorable preocupación con que le mirábamos nos llevase a ser injustos), de fea catadura, alto, por demás moreno, de tosca presencia y groserísimos modales; hablador, con mucho de jaque, y de la clase de los llamados pinos entonces en nuestro ejército, lo que significaba haber ascendido a oficial, de la clase de sargento y no de la de cadetes, de la cual salía nuestra oficialidad con no muchas excepciones. De que había sido o valiente o afortunado era testimonio un buen número de cruces que llevaba, trayéndolas dispuestas formando un círculo en el costado de su uniforme. Al atravesar los umbrales de la sala en que estábamos esperándole, este oficial nos presentó la punta de su espada desnuda, plantándose como un matador en la plaza de toros al ponerse en suerte, y mandando a sus soldados asimismo preparar las armas, aunque no apuntar, nos gritó ron voz ronca y amenazadora: ¡Dense ustedes presos! Admirámonos todos, y López de Baños, hombre de valor sereno y acreditado, riéndose, dijo a nuestro aprehensor que no le miraba con miedo, pues era un oficial antiguo de superior graduación; que extrañaba su proceder violento y hasta ridículo, y que mal venía suponernos dispuestos a resistir y querer atropellarnos, cuando venía allí por nuestro llamamiento. Quedose cortado aquel soldado rudo, cuya estupidez excedía a lo común de las gentes faltas de talento, instrucción y crianza, y tal fue su confusión, que hasta se olvidó de pedir las espadas a aquellos a quienes iba a llevar y llevó consigo en calidad en que disonaba ir con la espada ceñida. Salimos a la calle con la escolta que nos esperaba, y marchando diez soldados delante de nosotros y otros tantos detrás, nos pusimos en camino, ignorando nosotros cuál iba a ser nuestra suerte. Al atravesar la vecina plaza de San Antonio, vimos que venía por ella formado un cuerpo de tropas a situarse donde había estado el día antes el letrero de plaza de la Constitución y poner otro en su lugar, que hubo de ser el del Rey, y no el antiguo del Santo, haciendo esta sustitución con ceremonia solemne y expiatoria del pecado allí recién cometido. Algo de susto pasamos al ver aquella fuerza, pero no fuimos de ella notados, pues no recibimos ni aun el más leve insulto. Prosiguiendo nuestro camino, llegamos a la puerta llamada de la Caleta, donde hicimos alto, entrando en el cuerpo de guardia de aquel punto, con lo cual estaba visto que por entonces iba a ser nuestra prisión el vecino castillo de San Sebastián. Pero como esta fortaleza está a alguna, bien que corta distancia de la plaza, y asentada en peñas asperísimas, aunque bajas, siendo el camino hasta llegar a su recinto por demás desigual y también de rocas, y cubriéndole la mar cuando está la marea llena, hasta dejar el castillo en una isla a que se va por un pésimo puente de tablas; y como la hora de nuestra llegada a la Caleta fuese la de la pleamar, y el puente estuviese cortado en todo su largo, fue necesario aguardar a la vaciante para tener franco el paso al lugar de nuestro destino. En el cuerpo de guardia había un oficial de milicias provinciales de Sevilla con tropa del mismo cuerpo; hombre atento, servicial, cortés, en suma, caballero, que, siéndolo por su cuna,[67] declaraba serlo por su crianza.