[67] Era hijo o hermano del marqués de San Gil.
Este consintió en que un ordenanza fuese a una tienda de comestibles poco distante a traernos de allí algo que comer durante nuestro descanso, que debía ser de dos o tres horas, atendiendo al estado de la marea. Supo esto con enojo nuestro aprehensor, que deseaba sujetarnos hasta a padecer hambre. Pero como declarase este su intento, y mezclase con la declaración nuevos insultos y amenazas, ya colérico López de Baños le hizo presente que, preso y todo, antes de ser condenado era un coronel a quien debía respeto un subalterno, y que, esto aparte, nunca un hombre de honor, como debe serlo quien viste uniforme, maltrata ni aun de palabra a persona alguna, y menos siendo personas algo distinguidas, de cuya custodia está encargado. Parose un sí es no es turbado con esta reconvención aquel hombre rudo y violento; pero, recapacitando un poco para buscar disculpa o explicación de sus malos modos y rigor brutal, nada de esto es por ustedes (dijo), compañeros; esto va principalmente para el perillán del paisano. Oí yo con paciencia el cumplimiento hecho a mi pobre persona, pero no le extrañé, por ser entonces tal modo de pensar común en la parte baja de la milicia; ideas que ya van desvaneciéndose, aunque no hayan desaparecido del todo en cabezas poco ilustradas.
Lo cierto fue que por mortificar al perillán del paisano no quiso el bueno del oficial dejar de hacer lo mismo con aquellos a quienes llamaba compañeros. Porque, ansiando privarnos del corto regalo de un mal almuerzo, de repente dio orden de ponernos en marcha para el castillo, a pesar de que no había bajado la marea lo bastante para ir a él a pie enjuto, como habría sucedido con solo haber esperado todavía sobre una media hora. Perdimos, pues, como antes apunté, el segundo almuerzo, y le perdimos habiéndole pagado como el primero, y nos dirigimos sin demora a nuestra prisión por entonces definitiva, llegándonos el agua hasta el tobillo cuando menos, y en algunos lugares bastante más arriba, y lastimándonos los pies con tropezar en las puntas agudas de las numerosas rocas que, cubiertas por el mar, aún no podíamos ver para evitar pisarlas. No era esta una gran desdicha ni un peligro, pero era incomodidad bastante para que los soldados de nuestra escolta, no obstante ser del batallón de Leales y nuestros enemigos, haciéndose cargo del mal ajeno porque en aquel caso lo era también propio, gruñesen y en voz perceptible y alta dijesen que no era regular ni había para qué hacer pasar aquel mal rato a aquellos caballeros oficiales. Pero la incomodidad duró poco, y una vez en el castillo, nuestro aprehensor hizo entrega de nuestras personas al gobernador del fuerte, y dejándonos seguros se volvió a Cádiz, no sin esperar a que bajase más la marea para hacer menos incómodo su regreso.
Era el gobernador del castillo un buen sujeto, oficial antiguo, bien criado, y según aparecía, y apareció, no muy extremado ni firme en ideas políticas, de las cuales alcanzaba poco; fiel sin exceso de celo, por lo cual no nos trató ni con rigor ni con blandura, no faltándonos a la cortesía, pero rehuyendo ocasiones en que ejercerla. Dispuso ponernos incomunicados, para lo cual había recibido órdenes; pero protestando tener pocos encierros, nos puso de dos en dos, a López de Baños con el ayudante Silva, y a Arco-Agüero conmigo. A esto agregó concedernos que para comer lo hiciésemos juntos los cuatro, estando presente para observarnos el oficial de la guardia.
El que lo era a la sazón se llamaba don N. Riego Pica, según él nos dijo, añadiendo, como quien desea estar exento de un borrón, que no tenía parentesco, con el Riego no Pica, señalado por el hecho de las Cabezas. Solía el Riego realista venir a visitarnos, pero no entraba muy adentro en nuestro cuarto, diciendo que tenía horror a las pulgas, de las que, en su opinión, había allí muchas, de cuyo rigor nos dejaba participar, y paseando de la puerta del cuarto hasta la pared de enfrente, ensartada la llave de nuestra prisión por su ojo en un dedo de su mano, y haciéndole dar vueltas continuas, se entretenía en darnos noticias propias para desconsolarnos. En verdad, no se quedaba inferior a nuestro aprehensor en cuanto a tenernos y mostrarnos mala voluntad, pero nos daba pruebas de su desafecto con modos, aunque secos y fríos, corteses.
Así pasamos la tarde del día 11, en la mañana del cual ocurrió nuestra prisión y llegada al castillo, y lo mismo fueron todo el día 12 y aun la mañana del 13.
Entretanto, deliberaban los que mandaban en Cádiz sobre qué debía hacerse con nosotros. Que hubo quien aconsejase pasarnos por las armas como a rebeldes, si bien ha habido quien lo haya dicho, no parece cierto. Lo primero a que se apeló fue a enviar a San Fernando un parlamento proponiendo canjearnos por los generales a la sazón encerrados en la Carraca, y hechos prisioneros cuando fue sorprendido por Riego el cuartel general en Arcos, así como por el ministro de Marina Cisneros, que en la misma ciudad de San Fernando había caído en poder de los levantados constitucionales.
Al llegar al ejército dicho nacional esta propuesta, encontró los ánimos de los que allí mandaban llenos a la par de soberbia y de ira. Sabíase ya estar ondeando triunfante en más de un punto de España el pendón constitucional, presumiéndose con razón que sería alzado en breve aun en Madrid mismo. Si esto daba aliento, por otra parte el atentado cometido en Cádiz había sido sabido con indignación furiosa. De los gaditanos que en la mañana del infausto día 10 habían salido de la ciudad y adelantado largo trecho, pocos se volvieron atrás y los más huyeron a San Fernando. Congregados allí, y enfurecidos con la noticia del hecho atroz y pérfido de la guarnición de Cádiz, rompieron en altos clamores, y comunicaron sus pensamientos y afectos al vecindario de la población donde por dos meses y días había residido el ejército nacional, vecindario, hasta entonces tranquilo, y el cual, si en general más que contrario nos era amigo, no había, con todo, hecho demostración alguna favorable a nuestra causa. Alborotada aquella gente, pedía armas para tomar venganza en los asesinos, del pueblo gaditano; y si tal jactancia de población poco belicosa habría valido poco delante de los soldados, tenía fuerza moral y no corta oír proclamados nuestros principios ya por algunos más que los militares del ejército sublevado, o los pocos que estábamos militando con nuestra presencia o con nuestra pluma bajo la misma bandera. En aquellas mismas horas llegaron de Gibraltar algunos personajes de cuenta, entre ellos don Facundo Infante y don Bartolomé Gutiérrez Acuña, trayendo buenas noticias, como era el pormenor de la revolución de Galicia, y todavía más alegres y muy fundadas esperanzas. Tal era la situación de las cosas cuando llegó allí la propuesta del canje, la cual fue desechada con indignación, dando por motivo de desecharla que los generales prisioneros lo habían sido por una sorpresa, cuando nosotros los parlamentarios por el carácter que llevábamos éramos personas sagradas aun en medio de la guerra más reñida y seguida con más furor y encono. Pero, como podía recelarse que los de Cádiz intentasen algo en nuestro daño, se los amenazó con que si en algo nos maltrataban, igual suerte cabría a los generales prisioneros, ateniéndose al principio de las represalias; cruel y no muy justo para puesto en ejecución, pero saludable como amenaza cuando el temor que infunde impide actos de bárbara violencia. Siguiose a esto que envalentonados los constitucionales así como irritados, rotas ya las hostilidades con los de Cádiz, adelantasen por la carretera o arrecife, y plantasen una batería a corta distancia de la Cortadura, arrojando desde ella bombas o granadas, y haciendo esto como por vía de reto y a fin de tomar el papel de agresores.
Mientras esto pasaba, medio ignorándolo nosotros, en la tarde del 13 entró Riego Pica, según era su costumbre, en nuestro encierro, y dando su acostumbrado paseo sin perder la maña de guardarse de las temidas pulgas ni dejar de hacer girar la llave en su dedo, nos dijo que corría la voz de haberse prestado el rey a jurar la Constitución, pero que, siendo tal acto a las claras forzado, no hacía caso de él la guarnición de Cádiz. No sé si esperaba respuesta, pero ninguna dimos, aparentando recibir con frialdad tan graves noticias.
Pasó la noche, y en la mañana del 14 fue relevada nuestra guardia, sustituyendo a los del batallón de Leales que la formaba, tropa de las milicias provinciales de Sevilla. Aunque estos cuerpos de provinciales desde 1820 a 1823 se dieron a conocer en general por desafectos a la Constitución, en las horas de que voy ahora aquí hablando, ganamos mucho con pasar bajo su custodia. El oficial que mandaba la nueva guardia, si no era amigo de nuestra causa, tampoco era enemigo, y considerándonos como a individuos, se nos mostraba atento y afable, de suerte que nos fue muy satisfactorio el cambio que nos privaba del Riego tan diferente del constitucional del mismo apellido. Pero lo principal era no ser dudoso que en Madrid había triunfado la causa constitucional, aun cuando no fuese completo su triunfo.
Tranquila y aun agradable fue la noche del 14 al 15, pero más agradable aún la mañana que siguió. En ella fueron recibidas en Cádiz las Gacetas de oficio de Madrid con el decreto del 7 en que prometía Fernando VII jurar la Constitución, y con la noticia de haber hecho el juramento el 9 con toda formalidad, habiéndose además creado una junta a modo de vigilante de los hechos futuros del monarca. Viendo tan trocadas las cosas el gobernador del castillo, envió a decirnos que estábamos en libertad, pero que nos tenía aún en aquella fortaleza por precaución, trocada la prisión en amparo amistoso, porque estaba revuelta y amenazando la guarnición en Cádiz, dominada por los autores del atentado cometido cinco días antes. Y como en el mensaje se nos exhortase a que nos alegrásemos, comiésemos y bebiésemos, hubo quien respondiese por vía de burlas que en punto a comer, sobre todo Galiano no había esperado el consejo, siendo cierto que yo, a la sazón joven y glotón, había distraído mis penas comiendo copiosamente. Pasamos a visitar al gobernador en respuesta a su cortesía, y fuimos muy agasajados por él y por su mujer y dos hermanas de esta que tenía consigo.
Así corrió el día 15, hasta que, llegadas las horas avanzadas de la noche, nos entregamos al descanso y sosegado sueño. Habíamos despertado temprano, y Arco-Agüero, cuyo humor era alegre, me había rogado que escribiese una proclama o de mi invención o dictada por él, cuando, llamando a la puerta de nuestro cuarto, ya no encierro, al abrir me encontré al entonces oficial subalterno de la armada Real, y hoy teniente general de la misma y consejero de Estado, don Juan José Martínez y Tacón, conocido mío antiguo, el cual me dijo que venía con un bote de orden de su general a recogernos para llevarnos a San Fernando, haciendo el viaje por agua, por donde no es costumbre hacerlo, rodeando a Cádiz, porque el estado de la plaza o ciudad, donde seguía la guarnición, si no sublevada, poco menos, y mostrándose resuelta a no hacer paz con los constitucionales, no consentía que atravesásemos por dentro de su recinto, de lo que se seguiría peligro no solo a nuestras personas sino a la paz pública. Vestímonos al instante, despedímonos apresurados del ya amigo gobernador y de su familia, subimos al bote por la playa, no habiendo allí muelle, y, estando clara y templada la mañana, casi callado el viento y la mar serena, como si estuviese la naturaleza en consonancia con el estado de nuestros ánimos, rodeamos la todavía inquieta y acongojada Cádiz hasta llegar a las aguas de su bahía. Allí atracamos al navío general, y se nos dijo que subiésemos a él. Hicímoslo así, y pasando a la cámara encontramos en ella al general, mi tío, acompañado de sus hijas. Un seco saludo de nuestra parte correspondió al que él nos hizo, y, puestos a un lado de la cámara como en formación nosotros, y al otro el general con su familia, reinó por algunos instantes completo silencio, dominando en nuestros ánimos la pasión política a un punto de hacerme aún a mí olvidar las relaciones de estrecho parentesco. Mi tío, siempre cortés, aunque nunca afable en su rostro, ni cuando lo era en su intención y su trato, nos instó a que participásemos de su almuerzo, pero, proponiéndonos la alternativa, en caso de no aceptar el convite, de irnos inmediatamente a nuestro ejército en una falúa que al intento estaba preparada. Escogimos lo último con despego que rayaba en descortesía, y nos salimos de la cámara haciendo un frío y silencioso saludo. Bajamos a la embarcación, emprendimos nuestro corto viaje, y al enfilar, después de la línea de la Cortadura, la en que estaba nuestra recién plantada batería, sabedores los que la guarnecían de ir nosotros en la falúa que veían a lo lejos navegando para San Fernando, rompieron el fuego con un ruidoso saludo. Otro tanto hicieron las baterías de las inmediaciones de San Fernando, habiendo la particularidad de que pasasen muy altas silbando dos o tres balas de cañón por encima de nuestras cabezas, lo cual alborotó a nuestro acompañante el oficial de marina, poco antes aquí citado, no por causarle linaje alguno de temor, pues ningún peligro corríamos, ni aun, habiéndole corrido, podía ello haber hecho mella en el ánimo de un militar pundonoroso y bizarro, sino porque receló que, enfurecidos y enconados los constitucionales contra los de Cádiz, quisiesen mostrárseles enemigos. Así me lo manifestó, pero yo le desvanecí su sospecha, adivinando la causa de la ocurrencia que la motivaba, la cual fue que en la prisa del alborozo, sin reparar que algunos cañones estaban cargados con bala, los dispararon por vía de salva en celebridad de nuestro regreso. Así fue que continuaron los disparos ya con solo pólvora, produciendo cada estampido en nuestros ánimos más grato efecto que el que habría causado la más dulce melodía. Llegamos por fin al muelle denominado de la Punta de la Cantera, hallámosle cuajado de gente, rompió en altos vivas el concurso, y al poner el pie en tierra fuimos abrazados y aun llevados en brazos o en andas formadas por brazos, no solo por los de nuestro ejército, sino por el paisanaje de aquella vecina población, si antes indiferente, o cuando más tibia, entonces ya constitucional ardorosa. Volviose a la escuadra la falúa, y nosotros pasamos al pueblo que por más de dos meses había sido el de nuestra residencia, en días muchos de ellos de tribulación, y al cual volvíamos en horas de triunfo e inefable alegría.
Tardó algunos días en abrirse del todo la comunicación con Cádiz, cuyos habitantes seguían amedrentados a punto de ni sentir gozo por las que debían ser para ellos felicísimas nuevas. Tardó asimismo la guarnición en resignarse a las consecuencias de la mudanza de gobierno, aun sabido ya que a ella se había doblado el Rey, y continuó por breve plazo de días ni sumisa ni rebelde. Pero de allí a poco hubieron de salir de la plaza, teatro de su exceso, aquellas tropas mal contentas, entrando a ocupar su lugar los de nuestro ejército, cuya causa había triunfado. Entonces comenzó a tratarse de formar causa a los fautores del suceso del 10 de marzo, y así lo dispuso el Gobierno, haciendo lo que debía en rigurosa justicia, pero quizá no lo más conveniente. El clamor de los constitucionales de Cádiz y de nuestro ejército pidiendo que fuesen tratados aquellos delincuentes con todo el rigor de la ley, quitó (bien es repetir lo dicho en el principio del artículo presente) a la justicia, si no su verdadero carácter, las apariencias de serlo y casi toda su fuerza moral, porque nuestros clamores más que otra casa sonaban como de quien pedía venganza.[68]
[68] Estando, como estoy, pronto siempre a condenarme a mí mismo, cuando creo que he errado o yerre, debo recordar un hecho. En el 10 de marzo de 1822, esto es, habiendo pasado sin particular mención en el de 1821, si mal no recuerdo por consejo mío, nos presentamos en el Congreso, vestidos de luto, los diputados por la provincia de Cádiz a pedir se activase la causa de los que habían trazado o capitaneado la sedición militar ocurrida en aquel día dos años antes. Si bien es cierto que escandalizaba la dilación en el proceso, la cual fue tanta que solo una víctima oscura pagó por otras personas harto más culpadas que vivieron para recibir alabanzas y premios por su atentado, no es menos verdad que influir con nuestra acción en el curso de la justicia era, cuando menos, impropio. A esto se agregó que, habiendo hablado contra nosotros un diputado eclesiástico, constitucional moderado, le repliqué yo con tal violencia que hubo de rayar en desmán, pues se alzó un clamor contra mí, aun en aquellas Cortes tan violentas en sus principios y conducta.
Justo habría sido calificar la acción de los realistas del 10 de marzo como delito, y no como fidelidad a la causa del monarca; pero bien habría sido también cubrir aquellos excesos y a quienes los cometieron con el manto del olvido o de la clemencia. No fue así, y con todo no se logró su condenación y castigo; pero les preparamos días de altas alabanzas y recompensas dentro del plazo de poco más de tres años, plazo al expirar el cual dio vuelta completa en nuestro daño la rueda de la fortuna.