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Recuerdos de un anciano

Chapter 18: II.
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About This Book

Una colección de recuerdos y artículos en que el autor evoca, desde la perspectiva de la experiencia, episodios políticos y sociales vividos en su época. Combina descripciones vivas de la vida urbana y portuaria, observaciones sobre costumbres y el mobiliario doméstico, y relatos de sesiones públicas y hechos históricos, articulados mediante anécdotas, memoria personal y documentación. El conjunto oscila entre la crónica y la reflexión, ofreciendo testimonios de primera mano sobre ambientes y acontecimientos de una etapa convulsa.

XI.

LAS SOCIEDADES PATRIÓTICAS DE 1820 A 1823.

Tanto hay dicho, y con tantas equivocaciones a veces, sobre las llamadas sociedades patrióticas de la época corrida desde 1820 a 1823, que bien será dar de ellas alguna razón, o exacta noticia, aun cuando obliguen las circunstancias a hacer breve y superficial la que a dar me arrojo. Hasta puede decirse que, en cierta manera, a aquel cuyo nombre suele ir unido con la de una de ellas, y esta la más célebre, toca describir el teatro en que hizo algún papel, y recordar las escenas allí representadas, lo cual tal vez no hará con la imparcialidad debida en los juicios, pero sí con fidelidad al referir de los hechos.

Establecido en España un gobierno de los apellidados libres, dignos del nombre que llevan en cuanto les es apropiado porque en ellos hay libertad para expresar los pensamientos, ya por la vía de la imprenta, ya por discursos en los Cuerpos deliberantes, cuyas sesiones son públicas, nadie pensó por lo pronto en hacer uso de la palabra ante un numeroso concurso para tratar cuestiones políticas, no haciéndolo en virtud de ejercer un cargo público, sino solo para ejercitar un derecho de individuo particular y libre. La Constitución de 1812, prolija en general, estaba manca en algunos puntos, y sobre lo llamado derecho de reunión nada decía. El recuerdo de los famosos clubs de Francia vivía entre los franceses y asimismo entre los extranjeros, e inspirando un horror de lo pasado, infundía terror cuanto a lo futuro. En Inglaterra es cierto que con frecuencia se congregaban crecidas turbas a tratar de la cosa pública, ya en general, ya en lo relativo a cuestiones pendientes; pero tal práctica, emanada no ya de una ley, sino de falta de ley que la prohibiese, había sido, como lo ha sido después en más de una ocasión, coartada, y por otro lado estaba enlazada con las costumbres de un pueblo rara vez tomado por modelo, aun cuando sea muy común, así como muy justo, alabarle. Además, la Constitución había nacido en una plaza sitiada, donde era difícil que se consintiese deliberar en reuniones numerosas, que fácilmente podían convertirse en motín, con gravísimo peligro, cuando no daño, de la seguridad pública. En medio de todo ello, resultó que mientras de la libertad de imprenta se habló mucho en la primera época constitucional, en la de reunión apenas hubo quien pensase.

Sin embargo, en Cádiz, entrado el año de 1814, hubo de formarse una como tertulia pública en la sala de un café, donde se hacían discursos, y aun, según tengo entendido, proposiciones para que fuesen aprobadas. Pero aquella ciudad, si bien la más señalada entre todas las de España por su adhesión a la causa constitucional, no era ya residencia del Gobierno, y todo cuanto en ella pasaba no tenía importancia superior a la que tiene una capital de provincia. Murió recién nacida la tertulia o sociedad de que acabo de hacer mención, y solo dejó de sí memoria por haber sido duramente castigados quienes a ella concurrieron, y por haber alcanzado el castigo al sitio en que celebró sus sesiones, pues, como en otro lugar de estos mis recuerdos dejo contado, restablecido el Gobierno absoluto, el conde de La Bisbal mandó convertir aquella pieza de un café en cuerpo de guardia para purificar su atmósfera; castigo que, declarando serlo de una sala inocente e impasible, lo era del dueño del establecimiento, a quien causó grave perjuicio.

Corrieron, en tanto, los años, y en 1820 fue restablecida la Constitución por un levantamiento militar que vino a ser popular, y por haberse allanado el Rey a jurarla y ponerla en ejecución. Entonces hubo de pensarse en celebrar reuniones que imitasen a los meetings ingleses o a los clubs franceses.

No sé de quién nació esta idea, y lo cierto es que, poco después de jurada por Fernando VII la Constitución, se abrió en Madrid en el café llamado de Lorencini, situado en la Puerta del Sol, una sociedad que pronto adquirió grande influjo y fama no de la mejor clase. A ella, con todo, hubieron de concurrir personajes de tanta nota cuanto eran el exministro don José García de León y Pizarra y el conde de La Bisbal, a sincerarse de cargos que allí les hacían en discursos apasionados delante de un auditorio numeroso. Como debía suponerse de tal reunión y de aquellas circunstancias, predominaban allí las opiniones más extremadas, sustentadas con vehemencia; y no siendo los oradores ni los asistentes gente flemática ni acostumbrada al uso del examen y discusión libres, pronto asomó intención de que lo que en la reunión se resolviese no se quedase en vanas palabras.

Mientras esto ocurría en la capital de España, otro tanto pasaba o iba a pasar en varias poblaciones de las más considerables. Era natural que en la ciudad de San Fernando (o según era común todavía llamarla por su nombre antiguo de la isla de León) no nos quedásemos atrás en punto a formar reuniones de igual clase, que desde luego tomaron el nombre de sociedades patrióticas, con el cual llegaron a adquirir nada buena fama y censura merecida; pero es error suponer que en los dos meses y medio que había estado allí proclamada la Constitución por el ejército encerrado en su recinto, se hubiese pensado siquiera en hablar en público sobre materias políticas, lo cual no podría haber sido sin algún peligro para nuestra causa. Al revés, hubo de preceder la sociedad apellidada Lorencini en Madrid a la que se abrió en San Fernando, muy entrado el mes de abril de 1820.

Dispúsose abrirla en un café, en el cual se levantó una tribuna, remedo fiel en la forma de los púlpitos de nuestras iglesias, desde el cual sitio tocaba perorar ante un inmenso auditorio al que se titulaba orador, a falta de título que mejor le cuadrase. Me tocó ser el primero para inaugurar las tareas de la sociedad, pues no inferior título que el de inauguración dábamos a aquel acto. Era la vez primera que iba yo a hablar a un número crecido de personas congregadas sin exigir circunstancia alguna para darles entrada, esto es, a puerta abierta. Y aquí perdonarán mis lectores que me detenga un tanto a hablar de cosa de tan corto valer como es mi persona, o, digamos, mis pensamientos, dichos y hechos, porque lícito es aprovechar una ocasión de manifestarse tal cual es y ha sido un anciano con frecuencia maltratado, y porque tal manifestación, aun teniendo mucho de defensa, contribuye a poner en su verdadera luz sucesos mal conocidos de una parte de nuestra historia.

Haciendo mi examen de conciencia, y buscando en mis adentros qué motivo pudo inducirme, con algunos años ya de carrera diplomática, con parientes cercanos, todos ellos parciales del Gobierno del Rey, tal cual era su forma en 1819, aunque desaprobasen sus excesos por un lado y por el otro su torpeza, y teniendo medios de medrar como había tenido algunos, y despreciándolos, a jugar con gravísimo peligro mi vida, y mi situación y esperanzas, podría caer en la tentación, que sería sobre criminal, ridícula, de reputarme a manera de un Santo en lo político, como lo son algunos en lo religioso, o, dicho de otro modo, un varón justo olvidado de su propio interés y hasta de su vanidad, y dedicado completamente al triunfo de un principio al que estaba pronto a sacrificarlo todo para conseguirle a cualquiera costa. Ahora bien: si hay tales hombres en la esfera política, lo cual ni afirmo ni niego, no tengo yo ni tenía la arrogante pretensión de ser de su número. He de confesar, pues, que mi deseo de hablar en público, o lo que puede llamarse una fuerte vocación, me impelía a sobreponer a mi interés inmediato el más remoto de obtener aumentos a la par con gloria, y proporcionármelos con el instrumento de la palabra.

A dar fomento a esta mi ambición me llevaban asimismo mis doctrinas. Lo poco que en España se entendía de política, ha sido causa de no haberse comprendido bien las mías, y los hombres más entendidos de la generación presente, dándose poco a estudiar lo pasado, han formado con ligereza sus juicios sobre mi conducta y opiniones. Hasta ha habido hoy mismo un escritor, y no mi enemigo, que, honrándome con elogios excesivos y superiores a mis merecimientos, comete la atroz injusticia de compararme con Danton;[69] con el feroz demagogo incitador de sediciones y matanzas, cuya memoria está unida a la de los asesinatos de septiembre.

[69] Alúdese aquí a la obra recién publicada por don Juan Rico y Amat sobre los oradores españoles. Hay en ella errores, no pocos ni leves, nacidos de que al hablar de aquella época, faltando noticias, se fundan los juicios en suposiciones. Así, da por supuesto el autor que hubo muchas reuniones en San Fernando, en las cuales me mostré yo furibundo demagogo.

Cierto es que yo he dado ocasión alguna vez a tales cargos, y que, puesto en circunstancias revolucionarias, he obrado y aun hablado como procedían y hablaban los prohombres de la revolución francesa, si bien no como los feroces jacobinos; pero estos casos raros no constituyen, o no constituyeron en mí, según es común suponer, un desmandado demagogo.

Mi yerro principal venía de mi admiración de las libertados inglesas, y de mi persuasión de que podían y debían ser aplicadas a mi patria. Sabía yo el inglés casi desde la niñez; había leído mucho los buenos autores de aquella nación, miraba sus prácticas y leyes con veneración y envidia, y deseaba traerlas a mi patria. Republicano, ni soñaba en serlo. Una mudanza de soberano, llegase o no a serlo de dinastía, habría sido muy de mi gusto, por razones claras de comprender; pero, no viéndola posible, no ponía mi pensamiento en cosa que a ella encaminase. Tal era el interior, tales las doctrinas del hombre que comenzó a adquirir renombre en las tribunas de las sociedades populares.

Cuando subí a la abierta en San Fernando, varias circunstancias ridículas por ser pequeñas contribuían a turbarme, y, sin embargo, aun no estando preparado, rompí a hablar, y siendo locamente aplaudido por mi verbosidad, cobré con los aplausos bríos, y concluí mi primera arenga en público, la cual habría de ser seguida de muchas, no siempre en provecho de mi persona, o, diciéndolo con propiedad, de mi concepto. Pero tales discursos, más que encaminados a promover desorden o a pregonar y propagar doctrinas demagógicas, se reducían a trivialidades: mucho repetir la voz libertad; mucho encarecer los bienes que ella trae consigo; mucho ensalzar la Constitución, como fuente de la cual había de correr como en torrentes todo linaje de felicidad pública y aun privada; alguna vez explicar la índole del recién establecido Gobierno, o en su todo o en sus partes. Debo añadir que, con rara excepción, las sociedades patrióticas de provincias no pasaron de ser necias o insulsas, quedando reservado a las de la capital el ser en alto grado perjudiciales.

Ya lo era entonces en Madrid la llamada de Lorencini. O sea la condición impaciente de los pueblos meridionales, gente la cual, con alguna contradicción, es larga en palabras y no se contenta con ellas, sin querer pasar desde luego a las obras, o sea porque todo pueblo no acostumbrado a la discusión templada y pacífica solo quiere usarla como preliminar de actos dirigidos a ejercer el poder, los oradores del café de Lorencini pretendieron ser no una reunión de individuos sueltos, sino un cuerpo deliberante. Así es que enviaron diputaciones al Gobierno, pidiendo no menos que excluir del Ministerio a uno de los que le componían, al ministro de la Guerra, marqués de las Amarillas. Admiró al Gobierno tal y tanto desacato; negó a los suplicantes su arrogante pretensión; alterose con este motivo, aunque no gravemente, la paz pública; fueron de resultas presos algunos de los de la sociedad señalados por haberse desmandado, y la sociedad de Lorencini, si no fue disuelta, hubo de ser reducida a silencio, a lo menos por breve plazo.

Pero el viento soplaba a la sazón favorable a las reuniones llamadas sociedades patrióticas, que iban naciendo en toda población un tanto considerable de nuestra España, con aprobación de los constitucionales todos. Hasta les había dado su aprobación Martínez de la Rosa, quien, recién salido del lugar de su confinamiento, había estado en la de Granada a su paso por aquella ciudad; aprobación expresada con una frase ingeniosa, pues las calificó de batidores de la ley. Así en Madrid, sintiéndose los malos efectos de las discusiones del café de Lorencini, pero conviniéndose, en general, en que, si aquella sociedad había sido mala, era lo conveniente crear una buena que le hiciese frente, se procedió a la formación de una asociación nueva, titulándosela de los amigos del orden, y escogiendo para lugar donde se estableciese el espacioso salón del café apellidado de la Fontana de Oro. Era el tal salón larguísimo y de alguna anchura, y por su construcción permitía hacer una división entre la parte de la sala que habían de ocupar los socios, y otra de grande capacidad destinada a contener un crecido número de oyentes. No faltó su púlpito con el nombre de tribuna, remedos la cosa y el nombre de la vecina Francia, bien que ya hubiese habido un mueble igual, llamado lo mismo en nuestras Cortes de 1810 a 1814, donde uno u otro orador subía para pronunciar desde allí o leer sus arengas.

Había yo llegado a Madrid a ocupar y servir mi plaza de oficial último de la secretaría de Estado (ascenso por cierto no muy notable con que había sido premiada la parte que había tenido en la recién hecha revolución), cuando fue abierta la sociedad de los amigos del orden, cuyo destino fue en breve ser conocida solo por el del lugar en que celebraba sus sesiones, perdiendo poco a poco, pero no desde luego, del todo su derecho a la honrosa denominación que había tomado. Yo, que había hablado dos o tres veces en la de San Fernando, y una vez sola en la que se abrió en Cádiz en el café del Correo, granjeándome en esta última más desaprobación que aplauso, porque choqué con una pasión nacida de lo que creían los gaditanos ser su interés, me preparé para estrenarme en la capital como orador estrenando la sociedad nueva, sin que pueda ahora acordarme de cómo me fue concedido tal honor, aunque sí confiese que le deseaba y que le había solicitado.

Mi primer discurso ya tuvo algo de oposición; acción impropia de un empleado, pero muy natural en aquellas circunstancias, porque ya empezaba a haber disensión entre los que comenzaban a calificarse unos de hombres de 1812 y otros de 1820; los primeros, ufanos de la fama antigua y de sus gloriosos padecimientos, y los segundos de ser restauradores de la caída Constitución; aquellos, tratando a estotros con entono y desdén, y correspondiendo los desairados con resentimiento, pues llevaban menos que lo debido cuando tal vez eran superiores a sus merecimientos, sus esperanzas o sus pretensiones. No estaban aún, sin embargo, vivas las pasiones que pronto empezaron a dar muestra de sí, excepto en lo relativo al marqués de las Amarillas, a quien miraban con disgusto los constitucionales más ardorosos, y particularmente los restauradores de la Constitución, o digamos los revolucionarios, porque el marqués, constitucional, pero tibio, no de los perseguidos en 1814, aristocrático en sus modos y aficiones, y celoso de la disciplina militar y aun del orden civil, no era admirador de la sublevación militar de las Cabezas ni de las que siguieron, y si bien no trataba mal a los participantes en aquella empresa, ocultaba poco que al considerarlos como buenos obraba casi forzado. Y si bien no era esto de culpar en el marqués, tampoco es de extrañar que no le mirasen bien aquellos que le creían su enemigo, ni que extremándose como gente violenta, y abultándose su enemistad, le profesasen poco menos que odio. Si yo no llegaba a tanto, esto prueba que hacer guerra al marqués de las Amarillas era cosa natural en un hombre de 1820, revolucionario, y aunque no militar, parte del ejército de Quiroga, que con el dictado de ejército libertador subsistía unido. Además, aunque desaprobase la sociedad nueva los excesos de la antigua, y hubiese sido creada para formar respecto de ella un contraste, la miraba, sin poderlo remediar, como a hermana; hermana de mala conducta, pero con quien la ligaba algún vínculo, y cuyos yerros, si bien indudables y vituperables, más consistían en su modo de proceder que en sus doctrinas, porque había caminado por malas sendas a buenos fines. Lo cierto es que yo, en mi primer discurso en la Fontana, impugné la idea de que por la vía de la imprenta o en los discursos de las sociedades se debía hablar de las cosas en general y no de las personas, sosteniendo que en los actos de la vida pública, si bien respetando los de la privada, era en los que debían ocuparse quienes servían o de intérpretes o de despertadores de la opinión pública. Y siguiendo esta idea, puse un caso hipotético de un personaje elevado a quien debíamos aparecer hostiles, y designé al marqués ministro de la Guerra sin nombrarle, casi copiando un discurso que contra el ministro inglés sir Roberto Walpole hizo hacia 1730 sir Guillermo Windham en el Parlamento británico; discurso de poquísimos, si acaso de algunos, españoles conocido entonces, por lo cual hubo de parecer idea original mía lo que era plagio, y logré altos y repetidos aplausos por el contenido de mi discurso y por mi modo desenfadado de pronunciarle. Así empezó, la sociedad de la Fontana, y así poco más o menos siguió en 1820, hasta que en 1821, ausente yo de ella, vino a ser un teatro donde se representaban escenas escandalosas.

Cuatro o cinco discursos de medianas dimensiones hice yo en la Fontana, en todos los cuales me mostré parcial loco del levantamiento de 1820, pero no deseoso de desorden ni provocando a él; errado con frecuencia en mis principios, pero solo por extremarlos, y nunca trocándolos por otros ajenos a la Constitución vigente; en suma, digno de severa censura por mi poco seso, pero no de mayor pena como incitador a desmanes. Hablaban allí don Ramón Adán, don Manuel Eduardo Gorostiza, célebre autor de comedias, en aquellos días muy aplaudidas, don Manuel Núñez, muerto pocos días ha, intendente jubilado, y otros más de cuyos nombres en este instante no me acuerdo. Todos ellos, si no hacían oposición al Gobierno, abogaban la causa entonces llamada ya de los exaltados. Apareció un día en aquella tribuna un eclesiástico llamado don N. Falcó, que había sido (creo) diputado en las Cortes ordinarias de 1813 y 1814, y pronunció una oración elegantísima, cuya única falta era exceso en el aliño del estilo y en el esmero de la pronunciación; y agradó sobremanera al auditorio y hasta le cautivó lo que dijo, y el modo de decirlo. Con todo, su argumento no pasó de ser alabanzas de la Constitución y de sus consecuencias en términos generales; propio proceder de hombre que de allí a dos años había de señalarse como diputado a Cortes entre los moderados primero, y a la postre entre los apenas constitucionales, si bien no enteramente absolutistas. Otro clérigo de distinta especie, grosero y osado, y antes de una orden monástica, también apareció en más de una ocasión en aquella tribuna, sacando partido de que solía acompañar a una señora francesa viuda del general don Luis Lacy, y de que presentaba al público un niño del cual decía, no sin ser contradicho, que era hijo de aquella ilustre y desgraciada víctima de nuestras discordias civiles. Con todo esto, corría el tiempo, y los amigos del orden, si bien contrarios al Gobierno, como no podían menos de serlo, pues una reunión de la clase de aquella sociedad, si no es de oposición, muere, matándola cuando no otra cosa el fastidio que causa, todavía no habían hecho cosa alguna en quebrantamiento del orden ni que a ello se aproximase.

Sin embargo, había dado la sociedad uno u otro paso en que nadie reparó por el pronto, y cuyas consecuencias podían ser peligrosas y aun fatales, porque se arrogaba facultades de un cuerpo político que, como tal, procedía fuera del lugar donde se congregaban los socios para hacer discursos. Así fue que en junio de 1820, estando próximo a venir a Madrid el general Quiroga, diputado a Cortes electo, la sociedad de la Fontana nombró una comisión que fuese a obsequiarle en nombre de la misma en su entrada en la capital de la monarquía. Pero en ello nadie hizo alto para censurarlo, y la sociedad, como tal, rerepresentó su papel en las demostraciones hechas para honrar al general del ejército que había proclamado la Constitución en San Fernando.

Entretanto, ninguno de los socios primeros de la Fontana se había separado de la sociedad, aunque desaprobasen el espíritu que le animaba, y solía concurrir a ella aún don Sebastián Miñano con otros de sus opiniones, censurando a los oradores, casi siempre con razón, pero no condenando al cuerpo entero. Iban así las cosas, cuando la llegada de Riego a Madrid, juntamente con los sucesos que la acompañaron y siguieron, y los que habían antecedido y produjeron su viaje, vinieron a convertir en rompimiento escandaloso lo que era discordancia de opiniones, y más todavía de intereses, entre los dos bandos que ya aparecían formados en el gremio de los constitucionales.

No es mi propósito ahora referir aquí lo que ya en alguna otra obrilla mía dejo dicho, y lo que con más extensión está explicado en algún escrito mío que acaso verá la luz después del momento, poco lejano, en que cierre yo los ojos a ella, tocante a la conducta de Riego, de los ministros y del partido que con el famoso general obraba, y del cual se desentendió y apartó él en su conducta en los sucesos que señalaron los días primeros de septiembre de 1820. Me ciño a hablar del papel que en tan graves circunstancias presentó la sociedad de que era yo parte principalísima entonces.

La cuestión pendiente entre el Gobierno y los hombres de 1820, casi todos, era si había o no de ser disuelto el ejército que se había levantado en enero proclamando la Constitución, y que después había tenido aumento de fuerza, y estaba al mando de Riego desde que había venido Quiroga a tomar como diputado su asiento en las Cortes. No había una buena razón que pudiese alegarse contra la providencia del ministerio que había dispuesto la disolución, pero con ello parecía sin razón que caía una mancha sobre la revolución, representada por aquel ejército; no siendo de extrañar que fuésemos tan propensos a recelar los que sentíamos en nuestro fuero interno que nuestro hecho nos hacía acreedores a extremos o de alabanza o de censura, participando mucho de esta última todo cuanto no era la primera. Era lo cierto entonces que la revolución estaba concluida legalmente, pero en la realidad no, porque estaba fuerte, y trabajando con actividad la vencida causa su contraria, teniendo por su cabeza al monarca reinante, y por cómplices a todos los gobiernos de Europa y a una parte muy crecida del pueblo en España. De tal situación nada bueno podía salir, y en ella nada podía hacerse con acierto completo; y no siendo las cosas lo que sonaban y aparentaban ser, lo que tenía visos de racional por lo común no lo era, y de todo ello nacían juicios errados y actos conformes a tales juicios, siendo la verdad que del triunfo de la Constitución rígidamente observada, y dando al trono todo cuanto ella le concedía, con ser tan poco, la restauración del antiguo gobierno absoluto era, si no infalible, harto probable. No pretendo con esto abonar mi conducta y la de quienes conmigo obraban. Trato solo de explicar el origen y la índole de nuestras culpas.

En la Fontana solía hablarse contra la disolución del ejército, pero no con mucho calor ni con insistencia, porque en otras partes, y no del todo ostensiblemente, había comenzado y estaba siguiéndose con ardor la guerra comenzada.

A la llegada de Riego se habían repetido los obsequios hechos a Quiroga, pero con muy inferior efecto, a pesar de que en renombre y concepto excedía mucho el primero al segundo. Las circunstancias habían variado: los constitucionales estaban divididos, y los ánimos estaban más dispuestos a luchar que a mostrar satisfacción o a concurrir a festejos. Todo ello vino a parar en recibir Riego una orden de ir de cuartel a Asturias, lo cual equivalía a un destierro; y en recibir órdenes iguales o parecidas el general de artillería don N. Velasco, el coronel don Evaristo San Miguel; el de igual clase don N. Manzanares y algún otro. De mí comenzó a susurrarse que sería enviado como secretario de embajada a Londres, plaza que entonces desempeñaba, sin perder por ello su puesto, un oficial de la secretaría de Estado. Pero no fue así, y las cosas tomaron para mí otro aspecto. Fui llamado por el oficial mayor de la secretaría don Joaquín Anduaga, el cual me hizo presente que así él como otros dos compañeros suyos que lo eran míos, don Mauricio Onís y don Manuel de Aguilar, iban a separarse de la sociedad de la Fontana, de la cual eran todavía socios, y que esperaban que yo hiciese otro tanto, no solo por razones de lo llamado compañerismo, sino también por otras de mucha mayor fuerza. Mi respuesta fue negarme rotundamente a lo que se me pedía, y, como se me hiciese presente cuán impropio era seguir yo sirviendo mi plaza en una secretaría del despacho, y continuar siendo miembro de un cuerpo declarado ya hostil al Gobierno, convine yo en que tal proceder sería malo y hasta escandaloso, y que por lo mismo estaba yo dispuesto a hacer renuncia, pero de mi empleo, y no del oficio de orador en la tribuna de la Fontana. Cumplí en breve mi propósito, extendí mi renuncia en términos un tanto impropios, y aunque respetuosos en la forma, todo lo contrario en el fondo, y al cabo de ocho años largos de carrera, y tras de mis servicios a una causa que entonces «de oficio» estaba declarada justa, quedé reducido a la clase de mero particular, sin derecho a percibir sueldo, porque aún no existía la clase de cesantes.

Consumado hecho tal, en que mi fatua vanidad tenía no corta parte, aunque también tuviesen alguna y no leve los principios a que quería yo arreglar mi conducta, esperé coger amplio premio de mi sacrificio en vivas y palmadas. Subí, pues, en la noche del 6 de septiembre a la tribuna de la sociedad, seguro de ser aplaudido, y ciertamente al principio excedió la realidad a mis esperanzas, con ser estas muy subidas. Una salva de aplausos tanto cuanto ruidosa, prolongada, me saludó al presentarme al público, y yo, embargado el ánimo, enternecido, cediendo a un tiempo a buenos y a malos afectos, iba a empezar mi discurso, del cual hube de pronunciar algunas frases, justificando o ensalzando mi proceder, cuando fui interrumpido de un modo inesperado, y tanto, que habría sido en balde todo intento de proseguir mi arenga, si ya no me contentaba con hacer el papel, sobre inútil a todo fin desairado, de quien, según la frase vulgar, predica en desierto.

El suceso que interrumpió mi oración fue haber coincidido con ella un alboroto o motín de aquellos a que entonces comenzó a aplicarse la voz de asonada, palabra rejuvenecida de nuestro vocabulario, donde como anticuada figuraba, estando en desuso. A los gritos de viva la Constitución y viva el pueblo soberano, que eran las aclamaciones principales usadas en semejantes alborotos, hubieron de estremecerse de placer mis numerosos oyentes, a los cuales, si eran gratas mis declamaciones, era harto más agradable el tumulto, pues sobre ser más animado que el discurso más vehemente, prometía tener efectos más inmediatos y de superior importancia. En vano yo, influyendo en mí por un lado la vanidad, pero también (séame lícito decirlo) por otro mi convencimiento de que convenía más la oposición por medio de palabras que por el de alborotos, traté de persuadir a mi auditorio de que con oírme serviría mejor a nuestra causa común, que con lanzarse a excesos, si no de los mayores, desde luego propensos a producir algunos de los más graves.

Cansado yo, y habiendo dejado vacía la tribuna, no hubo quien viniese a ocuparla, entretenida la gente ociosa y bulliciosa con el alboroto de las calles; de suerte que con mi malhadada y apenas comenzada arenga se cerró el primer periodo de aquella sociedad de la que tanto se ha hablado.

Al día siguiente a la noche de que acabo de hablar, hubo una acalorada sesión en las Cortes sobre los excesos de la noche anterior y los de que ellos eran resultas. Habló Argüelles con alguna elocuencia, con la razón de su parte, y no del todo con prudencia o tino, y los de la oposición con escasa habilidad para defender su mala causa. Mientras el Ministerio sustentaba la lid en las Cortes, hizo un alarde ostentoso de fuerza en las calles, poblándolas de tropas, y en la Puerta del Sol de cañones, a cuyo lado estaban los artilleros con las mechas encendidas. En el Congreso fue completa la victoria del Gobierno, y en las calles mal pudo conseguirla, pues no hubo asomo de resistencia. Hablar en la Fontana en circunstancias tales era imposible, por lo mismo que no podíamos hacerlo con templanza, ni sin ella. Lo que hicimos los principales socios, esto es, los más activos, fue meternos en una pieza de la casa en cuyo piso bajo celebrábalos las sesiones, y acordar suspender estas por plazo indeterminado, pero no sin hacer a manera de una protesta en términos violentos en la esencia, aun cuando no lo fuesen en la forma. Se me encargó este trabajo, le hice yo de prisa, y le leí a mis consocios, pero no acerté a darles gusto, recayendo sobre mi obra muy general desaprobación por muy diversas razones aparentes, y en verdad, por una común a no pocos que la disimulaban, la cual era el miedo, porque a la fiera amenaza del Gobierno recelaban que seguirían duros golpes. Me acuerdo particularmente que, como yo en el desaprobado escrito dijese cosas graves por lo fuertes, protestando que no las decía, hubo un socio de pocas letras que expresó su extrañeza al notar la contradicción entre lo que yo afirmaba estando haciendo lo contraído, a lo cual respondió en mi defensa otro socio «que el escribir es un arte, y que la contradicción aparente en mí tachada era una figura retórica (la preterición)», lo cual con todo no satisfizo. Vino, pues, a quedar cerrada la Fontana por dos meses a lo menos, sin que los socios compensasen con excesos de la pluma en un manifiesto el sacrificio forzado que hacían renunciando al uso de la palabra.

Pero cuando permanecíamos callados, estuvo a pique de llevarnos a romper el silencio un incidente, el cual prueba que no teníamos inclinación a obrar por medio de motines. Habían las Cortes votado una ley suprimiendo gran parte de las órdenes monásticas, y el Rey, a quien repugnaba dar su sanción a tal proyecto, se manifestó primero dispuesto a negarla, pero después consintió en darla a trueco de ciertas condiciones, y luego volvió a manifestarse resuelto a la negativa. Entendida entonces la Constitución al pie de la letra, se creía que con negar o conceder el monarca su sanción a un proyecto de ley, nada o poco tenía que ver el Ministerio, siendo asunto propio de la regia prerrogativa; pero aun así importaba a los ministros que el proyecto de ley sobre monacales, aun no habiendo sido propuesto por ellos, pasase a ser ley con la sanción real. En medio de esto, o de algún ministro más ligero e imprudente que violento o pérfido, o de empleados allegados a los ministros que creían complacer a sus superiores o servirlos bien, aun contra su deseo en punto a los medios, nació la idea de que convenía amedrentar al monarca, sacando de él por el miedo una vez más lo que ya con frecuencia en los puntos de mayor gravedad se había sacado. Para tan vituperable fin no dudaron quienes a él aspiraban escoger medios nada buenos, pero oportunos; y como la Fontana había conseguido inspirar a la corte terror a la par que odio, a la Fontana apelaron quienes deseaban violentar la conciencia del Rey compeliéndole a confirmar con su sanción la ley sobre monacales. Difundiose de súbito por Madrid a mediodía la voz de que a la noche había sesión en la Fontana, excitose por varios conductos a los socios a que cesase la suspensión voluntaria de hablar en su tribuna, hubo muchos que acogiesen por buena tal idea y se prestasen a llevarla a efecto, y el vulgo liberal, lleno de gozo, se preparó a acudir a un espectáculo para él siempre entretenido, y que lo sería más si en él hubiese de hablarse contra la persona misma del Rey en términos poco embozados. Pero a unos cuantos socios no acomodaba de manera alguna servir de instrumento a política tan torcida, lo cual sería por otra parte convenir en que nuestra sociedad merecía la acusación que le hacían sus enemigos, suponiéndola promovedora de sediciones. Así fue que, congregados en la pieza en que habíamos acordado suspender nuestras sesiones cerca de dos meses antes, ahora deliberamos si era conveniente abrirlas, y, si bien no faltaron quienes opinasen por la afirmativa, prevalecimos los de contrario parecer, y quedó la sociedad en su silencio. Por desgracia, sirvió de poco esta determinación nuestra, pues llegó a Palacio la falsa noticia de que en la Fontana estaba ya hablándose contra la corte con gran calor, y ante un numeroso gentío igualmente acalorado, con lo cual amilanado el Rey se allanó a dar la sanción que de él se exigía. Cuál fue el resentimiento del monarca y los palaciegos, y qué efectos estuvo a pique de tener, no es asunto de la relación presente: baste en ella decir que la sociedad de la Fontana, lejos de prestarse a promover un alboroto, se resistió hasta a abrir sus sesiones cuando a hacerlo era provocada, y no fue, por cierto, culpa de los que en ella figurábamos que, contra nuestra voluntad, sirviésemos de instrumento con que, amenazado, el Palacio cedió al terror que le causaba nuestro nombre, viéndose en esto que era peor nuestro concepto que nuestros merecimientos; preocupación de entonces que hoy todavía dura. Pero si permaneció muda la Fontana en el suceso que acabo de referir, no así cuando, retirado Fernando VII al Escorial, trazó allí planes de derribar la Constitución, y con escasa maña declaró su intento sin dar el golpe que meditaba nombrando por sí, y sin anuencia de sus demás ministros, para desempeñar el ministerio de la Guerra a una persona a todas luces sospechosa. Estalló con esta en Madrid un motín que duró tres días, consintiendo el alboroto los ministros, si bien, por lo mismo que nadie se opuso a los bulliciosos, no pasó el desorden de ser una continuada gritería en que abundaban voces injuriosas a la real persona.[70]

[70] Los que no vivieron en aquellos días no tienen idea de lo que era entonces una asonada. Lejos de causar terror, como los alborotos de nuestros días, eran una verdadera fiesta. En vez de cerrarse las puertas de las casas o las tiendas, todo estaba abierto y poblados de gente los balcones. El motín se reducía a gritos acompañados de canto, porque la revolución de 1820 fue en alto grado filarmónica. El grito principal era viva el pueblo soberano; las canciones varias. La famosa del trágala se usaba solo delante de las casas de determinadas personas, y, por lo común, de noche como por vía de cencerrada.

Se abrió con este motivo la Fontana, y desde su tribuna peroraron varios de los que solían lucir allí su elocuencia, y algunos más que en aquella ocasión se estrenaron. Hablé yo también, y parecí frío y poco digno de mi fama, porque eran horas aquellas de desacato en el hablar, y yo no sabía llegar en la forma a la descompostura generalmente usada entonces. Esto aparte, la Fontana en aquella ocasión obró en consonancia con lo que pasaba fuera de su recinto, pues ni excitó ni fomentó en gran manera el desorden, contentándose con hacer en él un papel y no el primero. Quien más se desmandó fue un don Santiago Jonama, hombre de gran talento y regular instrucción, nada liberal desde 1814 hasta 1820, y hasta entonces poco grato a los constitucionales, si bien figuró después entre los más extremados de su bando, acarreándole sus violencias prisión y temprana muerte causada por enfermedad contraída en su encierro. Este tal aludió a que era posible que llegasen las cosas al caso de deponer al Rey, por lo cual, pasado ya el tumulto, fue llamado por el jefe político y medio reprendido en términos suaves. De los demás en ninguno hubo que notar, porque el yerro o delito era de tantas personas y en tantos lugares, que se hacía imposible no solo el castigo sino aun la censura.

Después de estos sucesos (por noviembre y diciembre de 1820 y al principiar 1821) tuvo la Fontana un eclipse. Estaba, bien puede decirse, abierta de derecho; pero de hecho nadie hablaba en su tribuna. Hasta no sé por qué causa la tribuna hubo de desaparecer por breve plazo, siendo de notar que nadie la echase de menos. Si no había recibido aquella sociedad un golpe, había sido acometida de un mal funestísimo a un cuerpo de su clase, como lo es a los periódicos de oposición violenta, y era que el partido en ella dominante había venido a ser el del gobierno o ministerio, por lo cual no era posible hablar desde aquella tribuna dando gusto a la muchedumbre. Entretanto, por lo mismo que los llamados hombres de 1820 se habían avenido y unido con los ministros, otras personas de diferente opinión, o cuyo interés era casi contrario, se iban deslizando a una recia oposición, cuya fuerza principal era que contaba con el favor palaciego y con el del Rey mismo. Quiso este partido novel, que ni aun podía pretender ser un bando de alguna influencia, usar también del arma de los discursos en sociedad patriótica, sin conocer que arma tal no sirve para todas las manos. Así es que formó una sociedad en el café de la Cruz de Malta; pero según debía suceder, con poca feliz fortuna a la postre.

II.

Para lograr que comprendan los que poco saben de la historia de España en 1820 por qué la sociedad patriótica fundada y abierta en el café de la Cruz de Malta tuvo breve la vida y escasa la fortuna, aunque en ella se habló con tanta violencia cuanto en donde más, indispensable es decir a qué circunstancias debió su origen aquella malhadada reunión y de qué clase de personas estuvo compuesta.

Ofendido y no sin causa el Rey de haber sido engañado y compelido por un terror sin motivo a dar su sanción a la ley de supresión de monacales, se propuso vengarse de un agravio que le punzaba más porque le lastimaba en su vanidad de sagaz y ladino. Buscó la codiciada venganza por varias sendas; primero por una en que caminasen unidos los llamados exaltados u hombres de 1820 con los amigos personales del monarca, o digamos sus privados, contra los ministros, y después, no siendo fácil llevar a cabo tal unión, por otro medio a él más grato, cual era el de una conjuración que, si salía favorecida por la suerte, acabaría a la par con la Constitución y los ministros. Malogrose este último plan, y descubierta la trama, salvó al Rey su inviolabilidad, pero la legal de que disfrutaba no alcanzó a ser moral, por lo cual su persona quedó expuesta, no solo a acre censura, sino a groseros insultos. Vuelto del Escorial, a donde había ido para llevar adelante su empresa hasta darle cima, y regresando de allí, no por su voluntad, sino llamado o constreñido por fuerza a la cual nada tenía que oponer, fue a su entrada en la capital saludado con maldiciones y denuestos, y estos últimos de la clase más soez, de lo que recibió dolor y enojo superiores a todo cuanto podrían haberle causado tentativas contra su vida. De ello acusaba a sus ministros, y no sin razón, bien que a estos servía de disculpa haberles sido imposible refrenar la ira de los constitucionales sin dar a los enemigos de la Constitución un grado no leve de fuerza; cuando estos ya la habían cobrado no corta de resultas de haber sido maltratados los prohombres de la revolución en los sucesos de septiembre. Haberse avenido los ministros con aquellos a quienes dos meses antes habían mirado como a contrarios y castigado como a inquietos, era otro acto que la corte calificaba de culpa, aunque lo mismo habían querido hacer o aparentádolo los palaciegos con plena aprobación del Rey mal disimulada. Había además un crecido número de personas no palaciegas, que en las ocurrencias que causaron el destierro de Riego y sus amigos habían abrazado la causa del ministerio con calor, cebándose en los caídos, proclamándose constitucionales, y calificando de facciosos a sus adversarios; en suma, ofendiendo gravemente a unas personas y a un partido cuyo nuevo encumbramiento veían con dolor e ira, viéndose ellos casi pasados a una oposición de la cual no podían prometerse ventajas, ni aun siquiera sentirse halagados por el aura popular que respiran por lo común con recreo las oposiciones. Si entre tales individuos había algunos amantes sinceros de la Constitución o de un gobierno libre, eran estos en número corto, no señalados por su adhesión a la causa constitucional en los tiempos pasados, y por lo mismo, o ya sospechosos a los liberales extremados, o en situación en la cual era fácil hacer caer sobre ellos sospechas de la peor clase posible. Contábase entre esta gente lo general de los afrancesados, llenos de odio a los constitucionales de 1812, y no sin alguna razón, si bien no la bastante, a justificar los medios que empleaban para satisfacer su pasión rencorosa. Porque es cierto que en 1820, con alguna injusticia y con ninguna cordura, los restauradores de la Constitución, con raras excepciones, no habían escaseado insultos a los malaventurados secuaces de José Bonaparte, cuyo crimen había sido grave, pero en algunos acompañado de circunstancias atenuantes, y a los cuales aconsejaba una sana política tratar como lo han sido en nuestros días los servidores del Pretendiente. Provocados los maltratados, que lo eran de palabra más que de obra, pero resentidos de la injuria más todavía que del daño, y estrechando los lazos que los unía su misma situación de excomulgados políticos, iban formando un partido que buscaba en los anticonstitucionales aliados, yéndose poco a poco desviando aun de la profesión de doctrinas un tanto liberales en que solían ellos buscar y creían hallar la justificación de su pasada culpa.

Esta amalgama de personas vituperaba entonces la conducta del ministerio por lo que llamaba vergonzosa capitulación con los que le habían hecho guerra en septiembre, y a los cuales había vencido y sujetado a merecida, aunque blanda pena. Pero escogieron para comenzar su campaña los de la novel oposición el medio de formar una sociedad patriótica, idea desatinada, de la cual, si lo pensaban bien, no podían sacar provecho. No era la hora en que principiaron a poner por obra su plan la más a propósito para sociedades patrióticas, si ya no las hacían como lo que eran las de provincia, donde se reducían las sesiones a explicar artículos de la Constitución, por lo común disparatando, cosa que no bastaba para los auditorios madrileños, y por esto era preciso que en una tribuna popular de la capital o se hiciesen elogios de los ministros, lo que en reuniones tales no es sufrible, o se hiciesen censuras oyéndolas con desaprobación cabalmente la gente en lo general más inclinada a aceptarlas y aplaudirlas, porque no eran del gusto de estas o no merecían su confianza los censores.

Sin embargo, a los primeros discursos pronunciados en la Cruz de Malta acudieron numerosos oyentes, y como los oradores en punto a doctrinas y a invectivas contra el Gobierno nada dejasen que desear, ni aun comparándolos con los de a la sazón muda Fontana, fueron oídos con satisfacción y terminaron sus arengas entre vivas y palmadas. Pero bajo la corriente a la cual cedían los aprobantes, dejándose llevar por ella como incautos, había otra que impelía a mirar con reprobación la oposición nueva. Los liberales antiguos, y aun la mayor parte de los nuevos, descontando los del mero vulgo, comenzaron a murmurar de la sociedad novel, sospechando la intención que la movía, convirtiendo pronto en certidumbre la sospecha, y llevando a mal, como era y es propio de la parcialidad que se dice o aun se cree amante de la libertad, que otros hiciesen corte al ídolo de su culto y pretendiesen ser por él favorecidos. De todo ello resultó caer la reunión de la Cruz de Malta en pronto y completo descrédito entre los partidos todos, condenándola unos por lo que sonaba ser, y otros por no ser lo que sonaba. Despertose la idea muy natural de que convenía que se hablase en la Fontana levantando altar contra altar, o, digamos, contraponiendo el de la deidad verdadera al de la falsa, con lo cual caería al instante la última resuelta en polvo. Presteme yo a llevar a efecto tal proyecto, y lo hice de muy mala gana, porque acababa de ser incluido entre los vueltos a sus destinos con ventaja, y además aprobaba hasta cierto punto la conducta del Gobierno, quizá porque desaprobaba la de sus contrarios, y, por el lado opuesto, sentía afición a toda sociedad patriótica y llevaba a mal que les coartase la facultad de hablar el Gobierno, del cual, si estaba yo satisfecho en buena parte, no lo estaba del todo. Batallaban también en mi ánimo dos principios encontrados, llevándome a sustentarlos pasiones diversas a ellos conformes: no querer ponerme en guerra con un Gobierno del cual había novísimamente recibido una merced, y, lo que era más, recibido otras iguales mis amigos políticos, siendo esta señal de alianza contra un enemigo común, y sentir repugnancia, por otra parte, o aparecer apóstata, aun cuando no lo era, pues hablaría al cabo contra una sociedad de la clase de las que yo admiraba, si bien compuesta de personas muy otras que las de mi bando, o, dígase, de una sociedad en la cual apenas podía yo culpar los hechos, pero en que juzgaba muy mal de las intenciones de los oradores. Con todo, acudí a la Fontana, y como no estuviese allí aún repuesta en su lugar la tribuna, peroré subido en una mesa, según se hacía en el café de Lorencini. Mi discurso no fue ni ministerial ni de oposición, porque inculpé malamente a los ministros, y afeé el espíritu inquieto de los de la Cruz de Malta, sustentando el derecho de hablar en público y condenando al Gobierno porque le coartaba o se le declaraba contrario, pero insistiendo en que la oposición hecha de palabra no debía provocar a sediciones ni alborotos. Poco efecto hubo de hacer mi arenga, sucediendo otro tanto a la que en seguida hizo mi amigo don Manuel Eduardo de Gorostiza. No recibí señal de desaprobación de los ministros, aunque alguna merecía, ni de los de mi partido, no obstante ser ellos a la sazón ministeriales. Los periódicos dijeron que se había hablado en la Fontana, donde los oradores (señalándonos por nuestros nombres) habíamos sostenido principios de orden, lo cual fue hacernos favor, sin dejar de hacernos justicia. Nuestros pobres rivales de la Cruz de Malta hubieron de callar, porque para seguir la guerra por ellos declarada habían menester fuerzas muy superiores a las suyas. Quedó, pues, triunfante la Fontana, y con ella el ministerio, el cual la miraba, si como amiga, como una que lo era poco segura y no más grata. Fue restablecida la tribuna, pero desde ella se hablaba poco y con escasísimo efecto. Concurría yo, pero solo como oyente, distraído a otras atenciones que la a que llamaban los discursos, dignos en verdad de poca, porque, no siendo la reunión de oposición, en sus efectos era nada. En medio de ello (empezando enero de 1821) salí yo de Madrid y me trasladé a Córdoba, a servir la intendencia de aquella provincia, con la que había sido agraciado al expirar el anterior noviembre.

En Córdoba se formó una sociedad, y, como debe suponerse, hablé yo en ella, cosa que no cuadraba con la dignidad de mi cargo; pero en aquellos días se reparaba poco en tal cosa. Mis discursos allí no fueron demagógicos ni podían serlo, porque no eran de lucha entre doctrinas o intereses opuestos y se reducían a alabanzas de la Constitución, a explicaciones de artículos de la misma, o a justificar reformas de las que entonces estaban haciendo las Cortes.

Corriendo el año de 1821, separó el Rey de sus puestos a sus ministros, y puso en su lugar otros, si bien muchos de ellos constitucionales que habían dado pruebas de serlo, harto inferiores en renombre a aquellos cuyos puestos ocupaban. El espíritu de inquietud comenzó a dar muestras de sí, y, andando el tiempo y mediado el año, la sociedad de la Fontana comenzó a ser por demás borrascosa, según entendí entonces y ha sido fama luego. De sus excesos me hacen responsable no pocos escritores de hoy, completamente ignorantes de lo pasado en los días de que voy hablando; pero mi justificación es fácil, pues no podía, estando en Córdoba, estar en una sociedad madrileña. Lo cierto es que el jefe político de Madrid, Martínez de San Martín, mandó cerrar la tal sociedad, excediéndose, en mi sentir, aun pensándolo hoy, de las facultades que le concedía la ley vigente, pero procediendo con acierto, si cabe acierto en no atenerse a la ley, porque la interpretó estirándola, y la interpretación, aunque errónea, hubo al fin de ser aprobada por las Cortes.

Separado Riego del mando militar de Aragón, siendo su separación bien merecida, coincidió, o poco menos, con el cerrar de la Fontana, haber varios individuos, de ellos muchos socios y oradores en aquellas reuniones turbulentas, que discurrieron pasear por las calles de Madrid como imagen de santo en procesión el retrato del general objeto de la severidad del Gobierno y del culto de los patriotas extremados, haciéndole honores parecidos a los que a las santas imágenes hace la Iglesia. Disgustó al Ministerio el proyecto, y salió una orden prohibiendo ponerle en ejecución; pero tal orden o no fue sabida, o no se tuvo por ajustada a la ley ni por acreedora a obediencia, y, comenzada la procesión, tropezó esta en la calle de las Platerías con un batallón de la Milicia nacional mandado por don Pedro Surra y Rull, a la sazón del comercio de Madrid, el cual, habiendo intimado a los que traían con pompa solemne el retrato que se retirasen y disolviesen, y hallando resistencia pasiva, mandó embestir con ellos a bayoneta calada; pero de tal modo, que la embestida no pasase de amago, porque no preveía que hubiese quien a los suyos hiciese frente. Y fue así, que los de la procesión, viendo venir sobre ellos a los milicianos, se dieron a la fuga, dejando en el suelo la imagen objeto de su veneración y obsequios, la cual fue recogida, y por lo pronto depositada (según creo) en las casas consistoriales. Tanto los del partido vencedor cuanto los del vencido en lid tan poco reñida, convinieron en dar a aquel lance, más cómico que trágico, por nombre o apodo el de batalla de las Platerías; pero no pocos escritores tildaron como horrible exceso la conducta en caso tal observada por el Gobierno y sus agentes. Alcanzó el golpe a la sociedad de la Fontana, cuyas puertas quedaron entonces para siempre cerradas para otro fin que el servicio ordinario de un café, pues aunque todavía hubo en Madrid una sociedad patriótica, y por cierto no poco alborotada, fue otro el lugar donde se congregó, y otros que los socios antiguos de la Fontana quienes en ella se distinguieron.

En tanto, continuaban en varias ciudades de provincias las sociedades patrióticas; pero el hecho mismo de que continuasen acreditaba no ser miradas como peligrosas por las autoridades.

Sin embargo, podría decirse que la tolerancia de la autoridad probaba poco en varias poblaciones, donde o estaba supeditada, o era ejercida contra el Gobierno. Esto pasaba en Cádiz y Sevilla en los últimos meses del año de 1821 en que estaban ambas capitales con las dos provincias de ellas dependientes separadas de la obediencia al Ministerio y a las leyes. Pero, aun allí y entonces, las sociedades patrióticas o públicas no dirigían el movimiento que nacía de las sociedades secretas dominantes en ambas ciudades y si a él coadyuvaban era en corto grado y con escaso efecto.

Así fue que en diciembre del aquí recién citado año, siendo yo diputado electo por la provincia de Cádiz, y habiendo pasado a ella con objeto de traerla con política artificiosa a la obediencia al Gobierno y a las leyes, cuando me proponía valerme para mis fines de la sociedad patriótica de aquella ciudad, supe que tal sociedad era tenida en muy poco hasta por los hombres de opiniones más extremadas y los más empeñados en que no cediese la loca resistencia o rebelión que tantos males estaba produciendo. Era cabeza de la sociedad don Domingo Antonio de la Vega, de quien he hablado bastante en otro lugar de estos mis recuerdos, y participaba la reunión del disfavor con que estaba mirado en Cádiz su presidente, o digamos, de la mala fortuna que a este perseguía, a punto de no haber recaído en él premio alguno por los notabilísimos servicios que había hecho a la causa constitucional en los trabajos que, con grave peligro de quienes en ellos tuvieron parte, la sacaron triunfante al cabo. Fui yo, con todo, una vez a la sociedad, invitado a ello, y no pudiendo excusarme, hablé, y fui muy aplaudido al oírme; pero en breve fue muy censurado mi discurso por haber sido completamente evasivo, pues ni una sola palabra dije sobre la gran cuestión pendiente, la cual ocupaba todos los ánimos, y me ceñí a hablar de las obligaciones que había contraído al ser nombrado diputado y de mis propósitos en punto al modo de desempeñarlas. Era, con todo, tan corto el valor que se daba a todo cuanto se decía o hacía en la sociedad que aun mi proceder algo cauteloso, o, cuando menos, poco franco, si fue con razón desaprobado, no me atrajo clase alguna de sinsabores, y eso que no escasearon para mí en aquellos días, en la misma ciudad, y por la causa que a todos tenía en ansioso empeño.

Igual era, o quizá inferior en importancia a la sociedad de Cádiz, la de Sevilla. No porque en la una y en la otra se oyesen sanas doctrinas, pues sucedía a menudo lo contrario; pero se perdían en los aires, sin dejarse sentir su influencia fuera del recinto en que se celebraban las sesiones todas las perjudiciales ideas que desde sus tribunas se predicaban.

No hablé yo en la sociedad de Sevilla en dos o tres días que pasé en el mes de enero de vuelta de Cádiz en aquella ciudad, reducida ya con trabajo a la obediencia, así como lo había sido su compañera en los anteriores excesos. También a mi paso por Écija asistí a la sociedad que en ella había, a pesar de no ser capital de provincia, pero sí población importante por su vecindario y su riqueza. Era común entonces en España decirse que unos pueblos eran constitucionales y otros no, y el de Écija estaba contado por de los apasionados de la Constitución, y en alto grado. Pero su sociedad era pacífica, y en ella se explicaban los artículos del Código sagrado (que tal nombre se le daba entonces), con poco acierto en general, como se debía esperar del corto saber de casi todos cuantos en ella peroraban; pero con mucha paz y a satisfacción del auditorio, al cual servían aquellas pláticas doctrinales profanas de diversión, que, en una ciudad donde hay pocas, venía bien por cierto. Aunque solo me detuve allí a hacer noche, como fui a la sociedad no pude excusarme de hablar en ella, y dije algunas trivialidades que me valieron buena cosecha de aplausos.

Abriéronse en breve las Cortes de 1822 y 1823, y considerando quiénes eran los diputados electos, había razón sobrada para presumir que en ellas predominaría el partido dicho a la sazón exaltado. No correspondieron del todo a las esperanzas o los temores las resultas, pues en la primera legislatura del nuevo Congreso, variando la mayoría, ya se declaraba por uno, ya por otro de los dos bandos que estaban haciéndose cruda guerra. En la cuestión de las sociedades patrióticas ganaron los moderados una victoria, desechándose una proposición en la cual iba implicado que se abriese la de Madrid, porque se interpretaba la ley vigente hasta aprobar la conducta del jefe político que la había cerrado y mantenía cerrada. Con vergüenza confieso que fui yo de parecer contrario al de la mayoría, durando aún en mí la afición a tan perniciosas reuniones.

Pero sobrevinieron los sucesos que señalaron el día 30 de junio y los seis siguientes, concluyendo el 7 de julio en una agresión violentísima del partido monárquico o absolutista, y una victoria completa de los constitucionales. Del triunfo, al cual habían contribuido los moderados, sacaron los exaltados todo el provecho, cayendo en sus manos el poder a despecho del Rey, constreñido a escoger de entre ellos sus ministros. Abiertas Cortes extraordinarias en octubre de 1822, una comisión del Congreso, entre varias proposiciones que hizo encaminadas a defender y sustentar la Constitución contra los enemigos que dentro de España la combatían y desde afuera la amenazaban, propuso que fuesen abiertas las sociedades patrióticas. Me tocó hacer una nueva ley sobre ellas, y la hice sencillísima, y muy arreglada a las buenas doctrinas, siendo su único defecto que, con ponerla en práctica en las circunstancias en que se veía el pueblo español, se fomentaba todo linaje de desorden y se imposibilitaba el remedio cuando ocurriese.

No tardó mucho en abrirse en Madrid una sociedad para que sirviese de prueba de lo que era en su aplicación y uso la nueva ley. No sirvió ya la Fontana, sin que sepa yo la causa, para teatro de nuevos alborotos, como si fuese menester otro edificio cuya fama oscureciese la del antiguo, por excederle en lo malo. Trabajaba ya entonces una división más al no muy fuerte partido constitucional, pues los exaltados, guiados por dos sociedades secretas, una de otra enemigas, estaban en pugna no menos recia que la que ambos juntos habían tenido y aun no cesaban de sustentar contra los moderados. El Ministerio tuvo, pues, a su frente a los de la sociedad otra que la de que había salido, y sus contrarios, como era natural, extremando las doctrinas favorables al poder popular, le tachaban no solo de torpe, sino de tibio, aplicándole el epíteto, común en aquellas horas, de pastelero. La sociedad, junta en un salón del convento de Santo Tomás, hubo de llamarse Landaburiana, tomando este nombre en obsequio a la memoria del oficial de la Guardia Real don Mamerto Landáburu, asesinado en la tarde del 30 de junio del año 1822 por los anticonstitucionales de la misma Guardia. Acudí yo a ella como a campo de batalla donde lejos de esquivar la lid la buscaba, seguro de la victoria alcanzada entre aplausos. En efecto, en el primer día en que hablé en su tribuna, como fuese el argumento de mi discurso declamar contra las potencias extranjeras que a las claras estaban preparándose a romper en hostilidades contra la España constitucional, salí de mi empresa airoso, vitoreado como cuando más en ocasiones anteriores. Poco me duró mi triunfo. Yo era amigo del Ministerio, impropio título para ganarme aprobaciones en una reunión de la clase de la Landaburiana, en la cual la sociedad de los comuneros, enemiga de la de que yo seguía siendo en ella parte de las principales, contaba por representantes de sus doctrinas e interés a la mayor parte de los oradores. Habló en ella el anciano Romero Alpuente, vertiendo con su débil voz de viejo achacoso máximas subversivas e incitadoras a toda clase de excesos, que si bien proferidas con frialdad excesiva, y saliendo de hombre cuya cabeza estaba cubierta de canas, producían efectos perniciosísimos. Empezó a distinguirse en el mismo teatro don Juan Florán, muerto poco ha titulándose marqués de Tabuérniga; joven entonces, de claro talento y de instrucción corta, declamador hueco y teatral en sus modos, pero propio para arengar a la muchedumbre ignorante. A estas famas recién nacidas y crecientes intenté yo oponer la mía algo antigua; pero con poco fruto, y en breve hube de conocer que no solo quedaba y quedaría vencido en la lid, si a ella me arrojaba, sino que me costaría suma dificultad hasta el intentarlo, impidiéndomelo muestras de desaprobación próximas a ser insultos. Abandoné, pues, el campo, y hube de retirarme aun del lugar destinado a los socios, y si alguna vez concurría a la sociedad fue al sitio destinado a los meros oyentes, desde el cual oía llover denuestos sobre mis amigos políticos y sobre mi persona.[71]