[71] Desde el lugar destinado al público solían mis amigos políticos desmentir a los oradores. Una noche, el señor don Facundo Infante, entonces diputado, como oyese que decían de mí una cosa falsa, gritó «es mentira»; conmoviose el auditorio, pero no paso de murmullo desaprobador su enojo. El orador desmentido no hizo más que ratificarse, pero solo en parte, en lo que había afirmado.

No faltaban en aquella reunión los mueras y a alguno de estos se agregaba mi nombre. Entre tanto iba haciéndose la sociedad turbulenta, a punto de que amenazaba excitar a un motín, y, aunque era probable que no pasasen de amenazas sus provocaciones, el Gobierno y sus parciales no eran sufridos, no siéndolo partido alguno en España y menos entonces, y las circunstancias habían venido a ser críticas sobremanera, despedazando el Estado una guerra interior y viéndose venir una invasión de los extraños. Pero la inexorable mal pensada ley, hija de mi locura más que de la de otros, tenía atadas las manos a la autoridad, pues si podía mandar cerrar la sociedad en la hora en que se desmandase, tenía obligación de consentir que de nuevo se abriese, corrido brevísimo plazo. En apuro tal, apeló el Gobierno a un recurso en que llegaba a los últimos términos de lo ridículo su mal encubierta flaqueza. Mandó reconocer la sala en que celebraba sus sesiones aquella reunión turbulenta, y cuidó de que se declarase el edificio en mal estado, a punto de amenazar ruina, por lo cual, celoso al parecer del bien de los socios y del público, cuya concurrencia le hacía participante del peligro, prohibió congregarse en lugar tan poco seguro. Bien era fácil haber hallado otra sala, aunque menos espaciosa, donde seguir perorando y alborotando; pero estaban cansados de la sociedad hasta los mismos socios. Murió, pues, tan singularmente la sociedad Landaburiana dejando de sí menos nombre que su antecesora, aunque en la historia de nuestros desvaríos merecía ocupar un lugar prominente.

Su fin fue el de las sociedades patrióticas de la capital, porque, coincidiendo con él gravísimos acontecimientos, como fueron la presentación de las notas de las potencias aliadas y la inminencia de la invasión francesa, que pronto vino a ser un hecho, ocupaban los ánimos mayores cuidados que el de prestar atención a vanas declamaciones.

Sin embargo, en las provincias no quedaron desocupadas las tribunas populares. En el último tercio del año 1822, favoreciéndolas hasta no corto grado el Gobierno, si bien hallando en ellas más contrarios que amigos, daban entretenimiento a las poblaciones. De las de algunas sé, pero confusamente, que fueron promovedoras no solo de desorden, sino de excesos. Una hubo en Cartagena cuyo nombre descubre su mala índole, porque se titulaba de los virtuosos descamisados, remedo este sustantivo del de sans culottes, si bien, al copiar a nuestros vecinos, pareció conveniente mudar la pieza de ropa, cuya carencia constituía un mérito o un derecho a ser tenidos los asociados por modelos de patriotismo. Por supuesto, cuadraba mal a semejante cuerpo el nombre que llevaba y el epíteto con que se distinguía, por no ser en sus miembros la virtud calidad muy común, ni dejar de llevar camisa los que pretendían ser de suma pobreza, porque los verdaderamente necesitados no son los que asisten a tales reuniones ni los que en ellas predominan.

Otras sociedades se distinguían por su inocencia. En la de Córdoba, a ejemplo de otras, sintiéndose escasez de oradores y hambre de discursos, se apeló al arbitrio de convidar al clero y a las comunidades religiosas a que viniesen a la tribuna a hacer panegíricos de la Constitución, y como no aceptar el convite pareciese peligroso, acudieron clérigos y frailes a hacer el para ellos ingrato oficio de predicadores profanos.[72] Cosa era que movía a risa oír a aquellos infelices, casi todos ellos enemigos de la causa porque se veían obligados a abogar, decir trivialidades que por lo común eran desatinos enormes, agregándose a la mala voluntad visible en los oradores su ignorancia completa en punto a las materias que trataban.

[72] En una excursión de unos días que hice a Andalucía a fines de febrero de 1823, como hiciese noche en Andújar la diligencia en que yo iba y se supiese ser yo uno de los pasajeros, me envió una diputación la sociedad de aquella ciudad, la cual, sin ser capital, la tenía, así como Écija, por ser población crecida y rica. Pero fue grande mi extrañeza al ver al frente de los que me convidaban al vicario, a quien yo por casualidad conocía por haber viajado con él en silla de posta hasta Madrid en 1817, y porque en el viaje, hablando de un obispo de Jaén que había sido liberal en 1813, se expresó el buen eclesiástico en términos que le declaraban tan lejano de ser constitucional, cuanto cabe. Pero el pobre señor cedía a las circunstancias, como otros de su clase y opiniones. Por supuesto, fui yo a la sociedad y hablé como en Écija. No era por cierto peligrosa al orden público aquella reunión, pues era solo inocente, dando a esta palabra las varias acepciones que es común darle.

Pero solía suceder con alguno de estos eclesiásticos, a quien, en sentido inverso de un personaje de comedia muy conocido, no cuadraría mal el nombre de fray Obediente Forzado, se deslizase un tanto a mostrar desaprobación, si bien no de la Constitución, de su espíritu y de varias doctrinas a la sazón predominantes, así como de leyes de ellas emanadas, y entonces era grande la indignación del auditorio, sin considerar que el malhadado orador, apremiado a hablar, había de hacerlo, o contra su propia opinión en gravísimas materias, o en parte contra los principios reputados santos en el lugar donde predicaba. Por fortuna, fueron raros casos tales, y cuando ocurrieron, no tuvieron efectos funestos a los oradores. En general los discursos constitucionales de los desafectos a la Constitución solo se señalaban por lo vacíos de ideas y por la insulsez a ello consiguiente. Pero tales cuales eran bastaban para hacer pasar el tiempo a los oyentes, que lo eran solo a medias, pues más debían ser llamados concurrentes distraídos.

Estas sociedades pacíficas vinieron a ser a modo de tertulias públicas, en que el orador hacía a veces el papel de algún pobre músico que toca o canta delante de un auditorio que le presta o poca atención o ninguna. Yo hacía el papel de asistente a la de Córdoba durante el mes de marzo de 1823 que pasé en aquella ciudad, y aun hablé en ella una vez para oponerme al desmandado comunero Moreno Guerra, quien, hablando de la próxima entrada del ejército francés invasor en nuestro suelo, le pronosticó pronta y fácil victoria, moviéndole a tal aserto, que vino a ser verdad, el mismo exceso de su furor de partido, pues solo intentaba cebarse en los de la sociedad secreta su enemiga, a la cual achacaba haber traído la guerra.

Durante la estancia del Rey y las Cortes en Sevilla en la fatal primavera de 1823, aún no sé si seguía allí abierta una sociedad patriótica, pero el hecho mismo de no saberlo prueba que si existía, era tenida en muy poco. No la hubo, y mal podía consentirse en el siguiente verano en Cádiz, estando sitiada y combatida la plaza por el ejército francés mandado por el duque de Angulema. Ni estaban a la sazón los espíritus para echar de menos declamaciones vagas de tribuna, siendo general el decaimiento llegado a ser postración, y si poseídos algunos de furia intensa, precisados a no manifestarla, en parte por temor a la autoridad, y en parte también por estar ciertos de que a pocos lograrían comunicar sus pasiones furibundas, y porque sentían que un furioso, cuando no causa terror, provoca a risa.

Que las sociedades patrióticas causaron algún mal, aunque no al punto que suele suponerse, y ningún bien, es cosa que hoy apenas hay quien duda. Así es que, recién proclamada la Constitución de 1812 en 1836, de resultas de varias conmociones populares, y triunfante el partido más extremado de esta época, los ministros de él salidos, y que eran sus caudillos y representantes, se negaron a conceder licencia para el establecimiento de una sociedad patriótica al uso antiguo en Madrid, y si el haber habido quien esto solicitase prueba que aquellas reuniones aún contaban con uno u otro aprobante, el hecho de que no hubo un clamor pidiendo su resurrección, cuando todo quería reponerse según estaba en 1823, acreditó que aquellos cuerpos un tiempo tan famosos vivían en el recuerdo más para ser reprobados que aplaudidos.

En estos años novísimos ha habido, sin embargo, reuniones en que se ha hablado ante un público numeroso sin que de ello haya resultado el menor inconveniente. Pero las reuniones de ahora son para un punto concreto, y versan sobre cuestiones en que la pasión toma poca parte, no teniendo por tanto semejanza con las sociedades patrióticas que tanto dieron que hacer y decir en los tres años y poco más en que estuvo la Constitución de 1812 establecida, pero no firmemente asentada en nuestro suelo. Que hoy produjesen el efecto que en los pasados tiempos, es muy dudoso, siendo lo cierto que si existiesen tendrían forma diversa de la que tuvieron, y serían en algo, aunque no en mucho, diferentes las doctrinas que en ellas resonasen. Pero estas son conjeturas ajenas del artículo presente, en el cual solo ha querido darse un compendio de la historia de aquellos cuerpos, compendio escrito ad narrandum y no ad probandum, aunque de la narración bien pueden y aun deben sacar datos en que fundar juicios los lectores.