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Recuerdos de un anciano

Chapter 26: III.
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About This Book

Una colección de recuerdos y artículos en que el autor evoca, desde la perspectiva de la experiencia, episodios políticos y sociales vividos en su época. Combina descripciones vivas de la vida urbana y portuaria, observaciones sobre costumbres y el mobiliario doméstico, y relatos de sesiones públicas y hechos históricos, articulados mediante anécdotas, memoria personal y documentación. El conjunto oscila entre la crónica y la reflexión, ofreciendo testimonios de primera mano sobre ambientes y acontecimientos de una etapa convulsa.

«a nuestro parecer,
cualquiera tiempo pasado
fue mejor».

Del imaginado Robinson, en cuya inventada historia encuentran los críticos el mayor mérito el de la habilidad con que el autor da a su narración la apariencia de serlo de sucesos real y verdaderamente pasados, se supone que, al salir de su isla desierta, donde tanto había padecido, sintió vivo dolor, aunque salía de un lugar horrible para trasladarse a uno culto, que era además su patria. No de otra manera, al recordarnos las noches de Londres sentimos tentación de exclamar: «¡Aquellas eran horas felices!». Y una buena razón tenemos para decirlo cuando pensamos en desengaños posteriores, en ilusiones desvanecidas, en yerros propios y ajenos, pues del hombre es errar, y tanto cuanto se dilata la vida se multiplican los errores a la par con los que no lo son, en tantas amistades acabadas, convertidas a veces en enemistades, o pasadas a ser desvío cuando menos. Perdonen mis lectores esta efusión del ánimo contristado al meditar sobre consecuencias forzosas de una vida prolongada, y particularmente de una vida política en que tantas y tales son las mudanzas traídas por modos diferentes de ver las cosas, en que el interés o la pasión suelen cegarnos, pero en que motivos poderosos nos compelen a volver por lo que estimamos el provecho común, impeliéndonos a actos en que, discordando los pareceres, chocan unas con otras las voluntades, siendo el choque, por necesidad, violento.

Volviendo de estas reflexiones, acompañadas de arrebato acaso intempestivo, al tono de narrador, y narrador en estilo llano, cual conviene a quien lo es de nada graves sucesos, diré que, por lo general de la emigración, la tertulia de la casa de Argüelles y Valdés era mirada con cierta clase de respeto. Sin duda, los parciales de Torrijos y otros que, sin serlo de este, miraban ya a Mina con bastante mala voluntad, recelaban, y no sin causa, que, si no con todos los de nuestra tertulia, con los habitantes de la casa en que esta se reunía, privaba en grado no corto el general exguerrillero; pero tal privanza no daba muestras de sí, porque parecía aquella pobre reunión como puesta en superior esfera, a donde no llegaban los como airecillos o vaporcillos de pasiones que influían en los habitantes de Somers Town, o en quienes, viviendo con estos en continuo trato, como ellos pensaban y sentían.

Algunos pocos imprudentes, como es sabido, se lanzaron a España, donde al momento cayeron en poder del Gobierno, siendo sin misericordia sacrificados. Tal suerte cupo a los hermanos Bazán, un tiempo parciales de Mina, y después sus contrarios, que no contentos con vituperar al juicioso general por lo que hacía, y lo cual si hubiese hecho, habría sido no solo en su propio daño, sino contra el harto más importante interés de nuestra causa y nuestra patria, se arrojaron a dar ejemplo de una conducta diametralmente opuesta, siendo su trágico fin lección, aunque de pocos aprovechada, porque si en su locura no tuvieron muchos imitadores, no cesó la desatinada opinión de mucha parte de los desterrados de seguir culpando en Mina una inacción que las circunstancias no solo justificaban sino hacían forzosa.

En tanto, el general, objeto de tan injustas censuras, no residía en Somers Town, ni aun por lo común en Londres. Su salud y su conveniencia le dictaban vivir apartado del aire de una ciudad populosa y de los chismes de una emigración desocupada y malcontenta. Sus parciales iban decreciendo en número, sus enemigos antiguos y nuevos creciendo en bríos. Torrijos había atraído a sí no poca gente, mucha de ella de la sociedad rival de la Comunera, mientras la Constitución estaba vigente en España. Don Evaristo San Miguel, a quien daba fama haber sido compañero de Riego, y escritor en 1820 en el ejército levantado en San Fernando, así como después la circunstancia de ser ministro de Estado, y como tal haber respondido a las famosas notas de Verona, sustentando después su respuesta, calificada de temeraria, en el campo de batalla, donde cayó prisionero muy gravemente herido, sin ser de Torrijos, no encubría su aversión a Mina. Acompañábale en ello su entonces estrechísimo amigo don Olegario de los Cuetos, el cual, si no era personaje de cuenta, no dejaba de hacer papel, y siendo chistoso y de felices ocurrencias, amontonaba contra Mina acres y a veces ingeniosas frases de vituperio.[97]

[97] No muy bien aconsejado Mina, dio a luz en Inglaterra una compendiada historia de los hechos de su vida toda, librillo mal escrito y no mejor pensado, que hubo de causar pena a los que entonces éramos sus amigos. Por lo mismo fue materia de censura burlona para sus contrarios. Como ponderase en su obra el excaudillo de guerrillas hasta un punto increíble la cantidad y calidad de sus victorias en la guerra de la Independencia, anubló con ello la indudable alta gloria que había adquirido, si bien solo a los ojos de un odio ciego pudo borrarse. Me acuerdo que el ya aquí citado don Olegario de los Cuetos puso por mote a tal escrito El romance de Francisco Espoz, aludiendo a los conocidos romances de Francisco Esteban, chiste que fue aplaudido de muchos, siendo entonces manía de algunos suponer que el general no tenía el apellido de Mina y que le tomó por ser el de Mina de uno en 1809 guerrillero afamado.

Así estaban las cosas cuando de súbito, mediado 1826, llegó a Inglaterra la noticia de que, muerto don Juan VI, rey de Portugal, su hijo y heredero don Pedro, residente en el Brasil y rebelado contra su padre, con el ya título de Emperador de aquel remoto estado americano, renunciando su cetro europeo, le había puesto en manos de su hija, menor de edad, acompañando la dádiva con la de una Constitución a su pueblo. No era este suceso de poca monta, porque una ley de las llamadas como por antonomasia Constitución, y que de hecho creaba un poder popular, mal podía existir en una parte de la Península ibérica sin que a la otra algo de ella se comunicase. Había más, y era haber sido el ministro plenipotenciario de Inglaterra en Portugal el portador de la recién otorgada Constitución, de lo cual era general deducir que de su influjo venía tan inesperado suceso, no pudiendo él haberse atrevido a usar de su influencia en tan grave materia sin estar para ello autorizado por su gobierno, consecuencia que sacaron, no solo los pobres desterrados españoles, crédulos de suyo, y más de lo que tanto los lisonjeaba, sino liberales y monárquicos de todos los pueblos, los primeros para prometerse mucho del gobierno británico y ensalzarle, los segundos para recelarse de él y maldecirle. Se equivocaban, con todo, unos y otros, pero no era fácil desengañarlos, lo cual no es maravilla, pues la equivocación todavía hoy en algunos dura. Todo ello consistía en atribuir al famoso ministro Canning intenciones que nunca tuvo del todo, y que si llegó a tener en parte, y esta muy corta, fue en fuerza de habérsela atribuido, y aprovecharse él de lo que se le suponía. Porque Canning tory era, aunque de los de doctrinas más liberales entre los de su partido, y tory murió y haciendo profesión de serlo, aun cuando llegado a ser primer ministro en 1827 vio contra sí la mayor parte de los antes sus amigos políticos, sin contar con que en 1826 no era más que uno del ministerio, aunque superior en mérito y renombre a sus compañeros, inferior en categoría a lord Liverpool, acérrimo tory, teniendo que avenirse con él y otros de sus colegas de las mismas ideas, nada favorables por cierto a la extensión del poder popular en el continente, si a los ojos de otros constitucional, a los de ellos revolucionario. Pero, dejando esto aparte, que bien merece ser calificado de digresión, y aun tal vez de digresión impertinente, el efecto producido en los españoles constitucionales por la Constitución dada a Portugal fue tal y tanto, que a quienes menos esperanzas teníamos de mejora en nuestra suerte y la de nuestra patria, entre los cuales me contaba yo, llenó de alegría e infundió confianza en lo futuro.

Con todo esto, el número de los desterrados que de Inglaterra acudió a Portugal fue corto, y las noticias que de allí venían, si no desconsoladoras, propias para rebajar en no corto grado nuestro gozo. Volvió, sin embargo, a subir este de punto cuando, amenazando a Portugal el Gobierno español, el británico resolvió enviar tropas a socorrer al portugués, su aliado, y llevó su resolución a efecto sin demora. Entonces pronunció Canning con este motivo un discurso célebre, calificado de revolucionario por los más de los que eran todo lo contrario en el continente, y aplaudido por muchos liberales, según mi corto entender, con poco motivo, pero que a varios de entre nosotros, y entre estos a Argüelles, más que placer causó disgusto y enojo. Las resultas confirmaron lo que en nosotros parecía nimio recelo.

Sin embargo, aun los desconfiados no dejaron de concebir esperanzas. El amigo y compañero de casa de Argüelles don Ramón Gil de la Cuadra, que entre sus íntimos gozaba del más alto concepto por nada justificado, me encargó que escribiese una carta para que fuese publicada en el periódico The Times, donde procurase desvanecer la idea de que el pueblo español no deseaba una Constitución liberal, y, sosteniendo lo contrario, ponderando el crédito de que Mina gozaba en España en calidad de tipo de la causa de que había sido defensor, dándome a entender, pero no claramente, que deseaba el gobierno inglés ver propagada tal idea como para preparar la opinión a que aprobase cualquier acto encaminado a restablecer la libertad en España. Escribí yo la carta, que salió a luz y dio motivo a artículos en otros periódicos; pero todo se quedó en dar margen a reflexiones sobre la materia que contenía, las cuales duraron poco. Entretanto, los contrarios a Mina manifestaron gran descontento, suponiendo el paso dado por mí, no en favor de la causa común tomando por instrumento a Mina, sino en favor de Mina en el caso para ellos cercano de ondear de nuevo la bandera constitucional en nuestra patria. Nunca he podido averiguar después si de hecho hubo entonces algo de trato, aunque poco e indirecto, entre el desterrado general español y algún agente subalterno, pero autorizado, del gobierno británico; mas me inclino a creer que nada absolutamente hubo, si bien no acuso de fingirlo a Mina, y menos todavía a Gil de la Cuadra, y solo juzgo que uno y otro tomaron por realidad las ilusiones de su deseo, fundándose en algunas conversaciones a que dieron importancia muy superior a la debida.

Pronto pasó lo que parecía aurora de nuestra felicidad rayando en Portugal, y se convertía en día tormentoso, y en encapotársenos más que antes estaba el horizonte. Volvimos, pues, a nuestra vida pacífica y triste. En medio de esto, la como colonia de Somers Town se iba desmembrando, y buena parte de ella empezaba a escoger por morada una isla dependiente de las británicas, poco distante de ellas, y sujeta al gobierno inglés, que brindaba con grandes ventajas a quienes vivían en situación cercana a la pobreza. Era esta la isla de Jersey, un tiempo, pero en días ya remotos, francesa, o, diciéndolo con propiedad, normanda, donde el idioma es francés, aunque no puro, y de los llamados patois entre nuestros vecinos, las leyes peculiares suyas, las costumbres sencillas, la vida un tanto barata, el clima no frío, pero sí sujeto a violentas y frecuentes borrascas, a vientos impetuosos y a continuas lluvias, y cercada de un mar rara vez tranquilo, que brama y se estrella furibundo contra multiplicados escollos. Es, con todo, bellísima aquella isla, en cuyo terreno reducido, pues apenas mide legua y media de norte a sur, y casi otro tanto del este al oeste, abundan lindas vistas campestres; cubierto el suelo de abundante arbolado, principalmente de manzanos, de cuyo fruto se saca la sidra, bebida ordinaria de aquellos isleños; en cuyo terreno quebrado cerros de poca altura, cortados por valles, remedan altas y fragosas sierras, y representan, en pequeño, los países de los Alpes y Pirineos; donde abunda el ganado vacuno, siendo el de allí señalado por la abundancia y calidad de la leche de las vacas, de que se saca exquisita manteca, aun superior a la de la vecina Bretaña. Es allí franco el puerto, aunque no para todos los objetos, pero tal cual es, trae consigo en algunas cosas necesarias a la vida copioso surtido y precios bajos. Todo ello hacía aquel asilo propio para pasar en él la vida los desterrados; y comunicada la noticia de lo bien que allí se pasaba por los primeros llegados, fueron siguiéndolos otros, y en breve excedió a la de Somers Town la población española de Jersey. Los más de los desterrados se establecieron en la población de Saint-Helier, que, con la de Saint-Aubin, son las dos de la isla que merecen el nombre de pueblos; pero hay doce divisiones llamadas parroquias, y que lo son del culto protestante, y todo el territorio está sembrado de casas de campo con anejos de tierras de corta extensión. Varias de estas casas fueron tomadas en arrendamiento a precios cómodos por españoles que se dieron al cultivo o al cuidado de las reses vacunas, de que tenían dos o tres cabezas no más; pero, ayudándose con lo que recibían del gobierno, lo cual constituía una renta que suele faltar al labrador, sacaban los más de sus afanes alguno aunque escaso provecho. En aquella vida campestre no fue olvidada la política, pero compartían con ella la atención diaria otros cuidados, u otras ocupaciones, o cuando no, conversaciones a que daban materia cuidados ajenos, pareciendo como que aquel aire, si no mitigaba la pena causada por el destierro, le daba cierto carácter tranquilo y, en cuanto cabe, dulce. Allí terminaron su carrera mortal algunos de nuestros compañeros de destierro; y quienes en los tiempos venideros visiten el cementerio de Saint-Helier encontrarán en él testimonios del dolor de los que sobrevivían a los amigos o parientes perdidos, y en uno como apartado rincón de un mar distante, recuerdos de los disturbios de la revuelta y malaventurada España.

También estaba más pacífica que antes la mermada población española de Londres. Mina seguía casi siempre en el campo. Torrijos se había vuelto escritor. Los demás seguían su vida acostumbrada.

En medio de esta situación pacífica, recibimos algunos, y entre ellos Istúriz y yo, una carta del general Mina, residente a la sazón a alguna pero corta distancia de Londres, en que nos acompañaba una serie de cuestiones a que solicitaba respuesta; todas ellas relativas a la suerte de España, en la suposición de una empresa encaminada a sustituir al gobierno del Rey uno de los llamados constitucionales. Qué gobierno o qué sistema convendría establecer en la rescatada patria, por lo pronto, era el principal asunto de todas aquellas cuestiones que bajaban a más de un pormenor, no reinando en ellas el mejor orden, y faltando algo, y también sobrando, de lo que, al parecer, requería tal materia, pero al cabo, dándose a entender que ocurría o se tenía entre manos un negocio que hacía necesaria una determinación sobre tan importantes puntos. Como a la sazón reinaba completa tranquilidad en Europa, y no sabíamos, ni aun parecía probable, que corriese peligro la de España, nos sorprendió la carta de Mina, y aunque solicitaba respuesta a sus preguntas solamente por escrito, Istúriz y yo determinamos pasar a dársela en persona, tanto para explanar bien nuestras ideas, cuanto, y esto era lo principal, para averiguar el motivo de pedirnos opinión sobre tales puntos en aquella hora. Fuimos, pues, a vernos con Mina, y nada sacamos en limpio, así porque el general nada tenía de franco, y siendo, como suele decirse, de malas explicaderas, no trataba de mejorar las suyas, sino al revés, de valerse de su defecto para no comprometerse a cosa alguna, como porque el secreto más fácil de guardar es el que nada contiene, y este era entonces el de Mina. Volvímosnos, pues, de mal humor, porque nos habíamos llevado chasco, y sentíamos nuestra vanidad un tanto ofendida de haber como caído en un lazo, cuando presumíamos de avisados, siendo el lazo haber contribuido, aunque en poco, a favorecer un manejo del astuto general, quien, sintiéndose acosado con pretensiones de amigos poco sagaces o juiciosos para que algo hiciese por la causa común, y molestado con injustísimas y violentas acusaciones porque nada hacía, quería entretener la impaciencia y acallar la malicia, para lo cual empleaba medios poco a propósito al cabo para el logro de su intento, pues si él con su buen juicio conocía cuán imposible era restablecer en España la Constitución caída, u otra a ella semejante, por otro lado se engañaba al creer que con arterías harto visibles podía satisfacer a los bien dispuestos, o desarmar a contrarios enconados, cuando a los primeros disgustaba y a los segundos daba ocasión de renovar con aumento de furia y con mejor pretexto sus acusaciones.

La guerra declarada por la Rusia a la Puerta Otomana en 1828 fue para nosotros causa de prometernos algo, bien que inciertos en nuestra esperanza o nuestro deseo, porque es una de las tristes condiciones del destierro mirar con disgusto la pública felicidad en los extraños y celebrar las discordias y guerras, considerando, a veces sin motivo, que de la inquietud han de salir gananciosos.

Al revés, el ministerio de Martignac en Francia fue visto por nosotros con poca satisfacción, pues si bien algunos esperaban de él que, influyendo en las cosas de España, hiciese al Gobierno de Madrid, cuando no otra cosa, más indulgente, no era un perdón lo que en general podía contentar a nuestra soberbia, aun dejando aparte la consideración de que un perdón dado por Fernando VII en el pleno de su autoridad mal podía alcanzarnos a todos.

Pero la mudanza del ministerio francés en 1829 y el descontento que en Francia causó, despertó esperanzas dormidas, y esta vez no sin algún fundamento, como vinieron a acreditar los sucesos en el término de menos de un año. De la resistencia hecha al nuevo ministerio por el pueblo de Francia recibíamos noticias ciertas. Veíase inminente una revolución en el Estado nuestro vecino, cuyos príncipes y gobierno habían impuesto a nuestra patria el que nosotros considerábamos pesado yugo. Así, los impacientes entre los desterrados comenzaron a bullir, y si Mina no se movía, otros creyeron llegada la hora de una tentativa en favor de nuestra causa de que a ellos resultaría gloria y provecho legítimos, y a la par descrédito a un rival casi odiado. Verdad era que si la situación de Francia no consentía que pudiese ayudar al Gobierno español, y aun prometía dentro de poco tal vez convertir en auxiliador el poder que nos había sido, y debía ser el más temible contrario, el estado de Inglaterra no era tal que de ella pudiese esperarse que favoreciese o siquiera consintiese empresas revolucionarias. Era a la sazón cabeza del ministerio británico el duque de Wellington, muy favorable a los españoles en punto a socorrer sus necesidades y a mostrarles cierto grado de consideración y afecto compasivo, pero por sus doctrinas políticas y antecedentes por extremo opuesto a todo cuanto a revolución en pro del poder popular se parecía. Esto no retrajo de la idea de acometer la empresa de restaurar a viva fuerza la libertad española no solo a Torrijos y sus allegados antiguos, sino a otros que habían venido a serlo, y en aquella hora a algunos dignos sujetos de buen seso y prudentes de los que hasta entonces habían tenido con el general excomunero poco trato, viendo en él, si no un contrario político, menos todavía un amigo, y sí una persona enlazada con los que habían sido de ellos enemigos verdaderos. Nació de estas circunstancias un proyecto, que empezó a ser llevado a ejecución, tan descabellado que asombra ver participando en él ciertos personajes; proyecto que sin la revolución casi inmediatamente ocurrida en Francia se habría quedado en ser una locura inocente, pero que con el suceso, si no del todo inesperado, nada seguro, que derribó del trono a Carlos X, perdió en la apariencia lo que había tenido de desatino, y al revés, andando el tiempo, vino a parar en una sangrienta tragedia.

III.

La expedición destinada a dar libertad a España, que hacia fines de junio de 1890 se preparó en Londres, y cuya primera terminación (porque bien puede decirse que la tuvo segunda, y funestísima) no pasó de la corriente del Támesis, es una prueba dolorosa, entre otras muchas, del extremo a que precipitan a hombres de entendimiento y aun de prudencia desvariadas ilusiones nacidas del entusiasmo, y la impaciencia de la desdicha. En efecto; en aquella expedición iban hermanadas la falta de secreto con la cortedad de medios, de suerte que faltaban las condiciones para que pudiese tener un éxito siquiera medianamente satisfactorio. Un golpe dado de pronto e inesperado suele salir bien, o si no tanto, llega a tener algún efecto, a punto de dejar por mayor o menor plazo dudosas sus resultas. Napoleón mismo, con ser todo un Napoleón, no habría entrado en París y tomado de nuevo posesión del trono imperial a los veinte días de haber desembarcado en Cannes al frente de menos de mil hombres, si hubiese habido noticias de que estaba preparándose en la isla de Elba a invadir a Francia. Y para descender de lo muy grande a lo muy pequeño, en 1824 había sido ocupada Tarifa por una corta porción de hombres arrojados, cabalmente porque nadie podía sospechar tal exceso de atrevimiento, cual era el de lanzarse con tan flaco poder a restablecer en España la Constitución entonces recién caída. Por otro lado, la expedición del príncipe de Orange, después Guillermo III de Inglaterra, para arrebatar el cetro de manos de su suegro Jacobo II, fue llevada adelante con harta publicidad; pero era de tal poder, que, aun viéndola venir, no alcanzaban a malograrla los preparativos hechos para resistirle. Y aun lo mismo hubo de acontecer, andando el tiempo, y después del en que ocurrió lo que estos renglones refieren, a la fuerza que preparó el exemperador del Brasil para sentar en el trono de Portugal a su hija; empresa favorecida al cabo por la fortuna. Muy distantes estaban de contar con medios de algún valor los que en Londres se aprestaban a dar por tierra con el gobierno de Fernando VII. Un barco mercante de poco porte, acaso un centenar de hombres, y armamento para algunos más, pero no en cantidad considerable, constituían toda su fuerza. En otro punto de igual o superior importancia, que era el de recursos pecuniarios, tampoco iba la expedición muy sobrada; pero llevaba más que lo suficiente a su escaso poder en gente y armas, habiéndole facilitado una suma de algunos miles de pesos fuertes un buen inglés de la clase media, llamado Boyd, el cual, hallándose con una suma de dinero para Inglaterra no muy crecida, y según creo procedente de una herencia, ardiendo en celo arrebatado de la causa de la libertad, y particularmente de la de España, buscó empleo a su reducido capital en una empresa que a la postre podría darle provecho y desde luego le daría gloria y encumbramiento; desdichado cálculo en lo que de tal tenía, pues hubo de costar al infeliz la vida poco más de un año después, cayendo desapiadadamente sacrificado. La expedición llevaba también a la España rescatada un gobierno ya formado, nacido no ciertamente de la elección, ni aun de una hecha por la nación emigrada, que si poco habría valido, al cabo podía blasonar de ser producto de una votación de lo que quedaba siendo el pueblo de la España constitucional, sino, cuando no por sí mismo nombrado, hijo de los votos de pocos; pero esto era inconveniente inevitable de tal empresa. No se puede llamar del todo singular la composición del gobierno a que ahora aquí me refiero, sino en cuanto a la persona de uno de los tres que le formaban, don Manuel Flores Calderón, nunca en España de la asociación comunera, de severo juicio, y al parecer de pasiones poco violentas, pero en quien debía de haber un ardor encubierto que le movió a entrar y tener parte principal en un proyecto de hombres más celosos que prudentes, y a entrar en ella asociándose con personas a las cuales hasta entonces no había estado arrimado. No era menos extraño ver haciendo uno de los principales papeles en aquel drama a don José María Calatrava; pero en este la vehemencia de las pasiones lo explicaba todo. De la pluma del mismo Calatrava salió un manifiesto o alocución a la nación, que fue, para no perder tiempo, impreso en Inglaterra, como si no quisiesen los que iban a entrar en guerra con Fernando hacerla sin declararla, imitando actos de iniquidad de otros gobiernos, siendo la producción de que voy hablando una obra bien escrita, sin inoportunas galas en el estilo, y con elegancia y decoro, y, si no bien pensada, lo bastante para lo que eran nuestras doctrinas y deseos en aquel tiempo. Pero en la obra había un defecto que la hacía, si no ridícula, poco menos, y era la solemnidad y pompa con que tan flaco poder se presentaba como podría una potencia fuerte; propio proceder del autor, el cual, entre algunas buenas dotes, y otras no tan buenas calidades, tenía un orgullo excesivo. Así es que, en general, aun a aquellos no de la expedición a quienes agradó el papel, disonó haberse escrito y dado a luz para tan pobre empresa, como si fuese voz sonora y bien templada, así como fuerte, que sonaba amenazando, pero salida de cuerpo tan pequeño, que mal podría dar efecto a la amenaza. Sin embargo, a casi todos admiraba y a no pocos infundía desatinadas esperanzas ver que semejante escrito, reproducido en muchos ejemplares, circulando por Londres, y acompañado de actos que seguían sin interrupción, como era haber un barco fletado en que entraban municiones de guerra y estaba pronta a embarcarse gente armada y prevenida a guerrear, no diese margen a providencia alguna del gobierno inglés, cuando al lado de él había un ministro plenipotenciario del rey de España que no podía menos de hacer sobre tan grave negocio vivas reclamaciones, no siendo creíble que el duque de Wellington, tanto por sus inclinaciones conocidas, cuanto por su situación y deber, dejase de atender a ellas del modo más satisfactorio posible para el reclamante. Duró más de lo regular un estado motivo de admiración para algunos y para otros de dudas, así como para unos pocos de desvariadas figuraciones. Zarpó entretanto de su fondeadero el buque, que le tenía en el río Támesis, cerca del puente de Londres, y comenzó su navegación, que por fuerza en sus principios había de ser lenta hasta desembocar en el mar, y, según es allí uso, no se embarcaron los pasajeros, pensando hacerlo en Gravesend o algo más abajo. Pero entonces el Gobierno, que sin duda no quiso dar el golpe hasta darle seguro, sin dilatarle a punto de verse precisado a prender y sujetar al rigor de las leyes a los principales de la expedición, mandó detener el buque, como debía y podía, siendo ya fácil probar cuál era su destino. Terminó así la expedición, muy superior en importancia a todas cuantas tentativas de parecida naturaleza habían hecho los emigrados, pero superior únicamente por el valor de las personas que en ella entraron y por la solemnidad con que se preparó, si bien tan desigual al fin que se proponía cuanto lo habían sido en épocas poco anteriores aun las más descabelladas.

Materia a grandes disensiones habría dado la mala fortuna de la expedición, por lo mismo que nada había tenido de trágica, pues hubo de ocasionar burlas malignas de los que la desaprobaban; burlas que habrían causado resentimiento, si en parte no justo, en otra parte fundado; pero nos salvó de disgustos, de que tocaría algo aun a los al parecer más indiferentes, el gran suceso de la revolución de Francia en 1830 que inmediatamente sobrevino.

No es de extrañar que hasta a los más descorazonados llenase de alegrísimas esperanzas y renovados bríos ver derribada del trono la rama superior de la estirpe de los Borbones, y sustituida la bandera tricolor, emblema de la revolución, y emblema del cual no se suponía que se quedase en ser para nosotros y para casi todos los revolucionarios de fuera de Francia inútil, a la bandera blanca que nos había sido tan funesta, y que, mientras ondeaba triunfante, era un signo propio para recordar nuestra desventura y prometernos que sería esta duradera.

Si cuando faltaban de todo punto, aunque no para algunos pocos, esperanzas de volver al suelo patrio y de entrar a pisarlo no perdonados sino vencedores, pasando por consiguiente a ocupar en él los puestos eminentes, eran entre nosotros tales y tantas las discordias y ambiciones de mando, ¿qué no hubieron de ser cuando a la vista aun de los menos propensos a formarse halagüeñas ilusiones se presentaba una España constitucional renacida y abierta de nuevo a los desterrados, estándoles tan llano el camino, o, cuando menos, habiendo en él tropiezos tan escasos en número y tan fáciles de vencer?

Así es que no bien constó estar ya triunfante en Francia el partido apellidado liberal, cuando fue nuestra idea, con raras excepciones, trasladarnos al territorio donde prevalecían nuestras doctrinas y cuyo interés juzgábamos uno mismo que el de los constitucionales españoles. Fui yo uno de los primeros que de Inglaterra pasaron a Francia, encargado por los que nos juntábamos en casa de Valdés y Argüelles de ir a tantear el estado e intenciones de aquel recién nacido gobierno en lo tocante a España, encargo que admití suponiendo, por haber salido de aquella reducida, pero importante reunión, o digamos tertulia de la paz hija de la falta de esperanza en que vivía, que se obraba de acuerdo con Mina, sirviendo de conducto para entenderse con él Gil de la Cuadra, quien fue asimismo el que con más ahinco me aconsejó ponerme en camino, dando así a mi comisión, si tal nombre merecía, algún valor, y sobre todo a mis ojos, el bastante para que me encargase de ella sin temor de aparecer neciamente crédulo y vano. Séame lícito añadir que contaba yo asimismo con el tal cual renombre de que entonces aún gozaba, muy superior, sin duda, a mis merecimientos, pero debido a mi conducta política en el alzamiento de 1820, y en las Cortes de 1822 y 23, y a la circunstancia de figurar yo entre los primeros en más de una lista de proscritos condenados a muerte por más de una causa. Pero se presentaba una dificultad para hacer mi viaje con la prontitud que, al parecer, requerían las circunstancias, y cuya importancia abultaba mi deseo. La embajada francesa en Londres estaba compuesta casi toda de gente muy adicta al derribado gobierno de Carlos X, que había recibido con no corto dolor y enojo la noticia de la gran mudanza ocurrida en su patria, y, como es natural, no la creía definitiva según llegó a serlo, y teniendo además órdenes muy estrechas de no dar ni visar pasaportes para Francia a constitucionales españoles, cumplía con su obligación sin tomar en cuenta que, trocadas las cosas, era natural que fuese diferente y aun contraria su conducta, y discutiéndose de esto, y ateniéndose a órdenes no revocadas, con lo cual procedían aquellos empleados conforme a sus inclinaciones y deseos, sin poder por ello ser reprendidos ni aun desaprobados en justicia por la autoridad nueva de su patria. Parecía, pues, difícil llevar a efecto mi proyectado viaje, a lo menos hasta que corriese algún tiempo; pero me sacó del apuro y me facilitó la entrada en Francia, yendo en mi compañía una persona que solía aparecer y hacer gran papel en horas de desorden y revueltas, siendo como nacida para discurrir arbitrios raros y salir bien de empresas dificultosas, aunque era menos feliz su suerte y muy inferior su acierto en circunstancias ordinarias; persona parecida en lo moral a lo que son en lo físico seres que andan admirablemente por tierra asperísima y quebrada, y en la llana y fácil de pisar, o tropiezan o son torpes. La persona a quien me refiero en este instante era la de Mendizábal.

Este, por muchos títulos acreedor a ser llamado digno personaje, a pesar de sus defectos y yerros, había vivido hasta un grado muy notable oscurecido en la época corrida desde marzo de 1820 hasta junio de 1823, esto es, mientras estuvo vigente la Constitución, en cuyo restablecimiento había tenido tanta y tan principal parte. Figuraba como intendente honorario, y aún no sé si este destino o estos honores eran adquiridos antes de 1820 por servicios buenos, aunque nada conocidos, que había prestado sirviendo en el ramo de provisiones del ejército durante la guerra de la Independencia. Llevaba, sin quejarse, tal suerte que había sido común a hombres de méritos, si algo inferiores a los suyos, muy considerables, contraídos en la empresa que mudó, y durante tres años tuvo mudada, la suerte de España. Pero encerrado el gobierno constitucional en Cádiz en junio de 1823, se presentó Mendizábal ofreciéndose a la nada fácil tarea de mantener al ejército sitiado en la isla gaditana con los escasísimos recursos que podían ponerse a su alcance. No bien tomó tal encargo, cuando empezó al desempeño con actividad prodigiosa, atrayéndose por ello la atención y aun la admiración de muchos que hasta entonces poco o nada le conocían.[98]

[98] Entre estos citaré al general Álava, el cual me dijo en julio de 1823 que merecía Mendizábal una estatua de oro lágrima. Singular coincidencia es esta con la de la malhadada estatua de 1858.

Pero no podía Mendizábal crear dinero, y como lo necesitaba en cantidad, si no muy crecida, tampoco corta, el gobierno, reducido a la mayor estrechez, y las Cortes, a las cuales este apeló, recurrieron a un medio altamente vituperable, pero, por desgracia, usado por anteriores gobiernos de España, hasta de los constitucionales, siendo vicio nuestro muy común respetar poco todo derecho individual, sin que el de la propiedad esté exceptuado. Por aquellos días, o pocos meses antes, el cónsul general de España en París, don Justo Machado, encargado del fondo producto de las indemnizaciones que en virtud de tratados había pagado Francia a particulares españoles para reparación de perjuicios causados en España desde 1808 hasta 1814 por los ejércitos franceses, viendo próxima la invasión de nuestro territorio por la fuerza que a ello se aprestaba con el fin de acabar con el gobierno constitucional, y receloso de que el gobierno francés, no reconociendo ya por tal al español, se echase sobre aquel fondo, le puso en salvo, de lo cual dio aviso, mereciendo por esta su acción aprobación muy señalada. De esta suma, pues, determinó disponer el gobierno de Cádiz, por lo pronto, para sus necesidades grandísimas y urgentísimas, no haciendo alto en que no era suyo, y quedando satisfecho con prometer competente indemnización en mejor tiempo a aquellos a quienes despojaba de sus bienes. Diéronse, pues, a Mendizábal letras contra Machado, a la sazón residente en Londres, y en cuyo poder estaban, o debían suponerse que estuviesen, tales sumas. Pero Machado protestó las letras, alegando para su acción más de un pretexto, siendo uno de ellos, que el fondo de que se trataba no era del gobierno, lo cual era verdad, pero lo cual no tocaba a Machado resolver, pues por el gobierno estaba encargado de aquel dinero, y no por los interesados. Corrieron, en tanto, con tal rapidez los sucesos, y cayó tan pronto el gobierno constitucional, que no pudo este, dar paso alguno en tal negocio. Restablecido Fernando VII en su poder absoluto, su gobierno escribió a Machado aprobando y aun ensalzando su proceder, no solo como justo, sino como un señalado servicio hecho a su soberano. Pero Machado, con extraña modestia, apenas aceptó tal elogio, soltando la expresión de que había salvado caudales de particulares, esto es, dando a entender que no tenía los que estaban en su poder a disposición del nuevo gobierno de Madrid, como no los había puesto a la del caído encerrado en Cádiz. Siguiose de aquí una correspondencia bastante singular y aun chistosa, pero inútil en cuanto a sacar a Machado el dinero que de él se reclamaba. Entretanto, Mendizábal, tenedor de las letras protestadas, estaba en Inglaterra refugiado, mientras Machado residía, ya en la misma Londres, ya en París, evitando pasar a España, ni separado de la obediencia al gobierno del rey, ni lo contrario, y viviendo bien, como persona muy entendida en tal materia.

No tenía tan buena suerte Mendizábal, a quien, sobre las calamidades comunes a los desterrados, había caído encima otra nueva, pues, andando siempre en negocios, hubo de contraer una deuda que no pudo pagar, y cuyo importe era, creo, de unas 2000 libras esterlinas (sobre 190.000 reales), habiéndole su acreedor, a uso inglés, hecho encerrar en la cárcel destinada particularmente a los presos por deudas. Allí vivía, pues, disfrutando en su desgracia del alivio que dan las leyes inglesas a los que están en tal situación, pues habitaba fuera de las paredes de la cárcel, en sus inmediaciones, dentro de ciertos límites donde es lícita la residencia a los deudores presos, y además tenía el derecho de salir en ciertas no largas épocas del año, con la obligación de recogerse temprano a su habitación forzada, y de no entrar en ciertos lugares como aquellos donde se come y bebe por dinero, y otros de igual o parecida naturaleza. En medio de esto, Mendizábal, o aconsejado u obrando por su propio discurso como hombre de ingenio fecundo en formar raros planes, tuvo la idea de prender a Machado como su acreedor por no menor suma que la de 100.000 libras esterlinas (o dígase sobre 9.500.000 reales), cantidad casi igual al valor de las letras de cambio que contra él tenía. Inadmisible parecía su pretensión, porque las letras estaban giradas por el muerto gobierno constitucional de España, y al que le había sucedido tocaba demandar a Machado con más o menos fundamento, así como a Mendizábal repetir contra el gobierno su deudor. Pero las circunstancias eran raras, tanto que de otras iguales no había ejemplo: el gobierno de Madrid no se reconocía heredero del de Cádiz, como lo es todo gobierno de su antecesor, y Mendizábal, o había de quedarse sin lo suyo, o había de lograr cobrarlo allí donde estaba. Lo cierto es que encontró abogados que le persuadiesen, no solo de lo justo de su pretensión, sino de que era probable que saliese de ella triunfante. Las leyes inglesas, que dan excesivo valor al juramento, sujetan a aquel de quien se reclama bajo él una deuda a ser desde luego detenido y encarcelado, dejándole el recurso de pedir y lograr crecidas sumas, como daños y perjuicios del que le hizo prender, si resulta haber sido sin bastante fundamento. Mendizábal, pues, logró fácilmente el mandamiento de prisión por él solicitado, y aprovechando uno de los días en que él tenía la facultad de salir, acompañado de un su amigo, portador del documento terrible, se fue a esperar a Machado a la puerta del teatro de la Ópera italiana, donde sabía que había de ir el destinado a ser su víctima, como lugar de concurso casi forzoso a quienes como él vivían. Por rara casualidad tardó algo aquella noche en acudir al teatro Machado, y corría el tiempo, y estaba cercana y casi inmediata la hora en que Mendizábal debía estar recogido, pues de no hacerlo sería agravada su prisión, sobre tener que pagar una buena cantidad, perdiendo la fianza de que de su imperfecta o incompleta libertad no abusaría. Tuvo al fin término tan fundada congoja, con aparecer, aunque tarde, antes de la hora fatal, Machado, y un preso por deuda de 2000 libras hizo prender a otro por 100.000; caso que rara vez, si acaso alguna más, habrá ocurrido. No es del todo una digresión de mi objeto la narración que acabo aquí de hacer, pues la prisión de Machado y los procedimientos legales a que dio motivo pusieron a Mendizábal en el caso de hacer servicios a nuestra causa, que lo era suya. En primer lugar, tuvo licencia para pasar a Francia, cosa que era común negar a constitucionales menos comprometidos que él, consintiéndolo su acreedor primitivo, sin duda con seguridad, pero no tal que estuviese el deudor enteramente libre.

Llegó a noticia de Mendizábal, que entonces me veía poco (no por haber tibieza en nuestra amistad, sino por desviarnos diversos cuidados en la inmensa y afanada Londres), que necesitaba yo un pase para Francia, y al punto me ofreció llevarme como su criado, porque su pasaporte le concedía llevar uno. Emprendimos, pues, nuestro viaje en el 11 de agosto de 1830, día cabalmente en que se sentaba Luis Felipe en el trono que le había levantado la revolución, y de que otra revolución vino a derribarle.

Momento de inefable placer fue aquel para mí, que, al cabo de cerca de siete años de destierro, me ponía en camino, según creía, para mi patria, yendo a entrar en ella triunfante con el triunfo de la causa que había servido con celo. Por casualidad, el día antes me había sentido con algo de calentura, la cual, con todo, consultado un facultativo, por ser ligeramente nerviosa, no era obstáculo para viajar, y aunque estando a bordo sentí síntomas febriles, pronto noté que habían desaparecido. Era el día hermoso como de los buenos de agosto; soplaba favorable el viento, no recio, pero no calmoso; rizaban la superficie del mar en el por lo común alborotado estrecho de Calais algunas bien que no altas olas; daba el sol calor grato, y yo, puesto en la cubierta cerca de la proa del buque, le veía cortar el mar, y me hallaba a cada instante bañado por el rocío del agua marina, con lo cual sentía volverme del todo la salud, y nacer en mí más que común aliento, agregándose a lo cual, cuando nos acercamos a la costa francesa, ver en Calais tremolando a millares las banderas tricolores, signo de victoria a la sazón para la causa de la libertad común a muchos pueblos; con el influjo de lo moral en lo físico, me vi al instante en un estado de salud la más robusta. Tres horas duró la agradable travesía: saltamos en tierra a la tarde, nos pusimos en camino a prima noche en la silla correo, y poco después de amanecer el día 13 me encontré en la capital de Francia.

Si en breve fui seguido de españoles de los residentes en Londres, por lo pronto hallé en París varios compañeros de destierro, de los cuales algunos nunca habían venido a Inglaterra, y otros habían salido de allí algún tiempo antes. Era de los primeros una persona que por algunos días bulló mucho entre nosotros, y haciendo papel logró cierto influjo, aunque corto, habiendo sido después su suerte alcanzar alguna fortuna en España, si bien no empleos del Gobierno, distinguirse como escritor, figurar en el Congreso de Diputados, aunque no con lustre como orador, gozar de varia reputación, y al fin caer en la desdicha, si merecida por sus faltas, más dura que la que ha cabido en suerte a hombres con menores prendas y no inferiores culpas. Era este el tan nombrado don Andrés Borrego, a quien no siempre he mirado como amigo, y a veces hasta como a contrario, con quien había contraído en 1858, como alguna vez antes, relaciones, aunque no estrechas, de trato amistoso, y cuya triste fortuna, sin abonar su conducta, hoy lamento sin querer encubrirlo.

Había yo visto a Borrego algunas veces en Gibraltar en octubre de 1823, cuando recién salido yo de Cádiz empezaba la vida de desterrado. Había reparado poco en él, pero a mi llegada a París se me presentó como conocido y aun como amigo, y también como hombre dispuesto a trabajar en la causa que a Francia me había traído, y dueño ya de cierto grado de influjo entre los periodistas y aun en el ánimo del general Lafayette, todavía omnipotente o poco menos en aquella hora, propenso a dejarse cautivar por la lisonja, y en verdad (según supe de su misma boca), prendado de Borrego, al cual suponía de harto más valer entre nosotros que el que entonces tenía. De cuáles eran las pretensiones de Borrego, que las abrigaba grandes, hablaré posteriormente, cuando refiera la lucha que empezó al competir por acaudillar la empresa de lo que llamábamos dar libertad a España.

Encontré también en París a mi queridísimo amigo y compañero don Ángel Saavedra, todavía no, como es hoy, duque de Rivas. Con él renové los lazos de estrecha amistad que nos habían unido, nunca rotos y solo aflojados por habernos separado largas distancias y no corto plazo; pero Saavedra, si firme constitucional, no tenía ambición de figurar en primera línea, y así en mis proyectos conté con él solo como un compañero en la fortuna que habría de caber a nuestra causa.

También encontré a don José Manuel de Vadillo, otro amigo antiguo, y de los que habían compuesto el Ministerio a que dio nombre don Evaristo San Miguel; pero en él tampoco pude ver más que un liberal extremado, en quien lo atrevido y aun exagerado de los principios hacía mal maridaje con su natural flemático e indolente; hombre no falto de valor, pero sí muy opuesto a hacer esfuerzos; en suma, bastante revolucionario en las doctrinas y nada propio para serlo en las obras.

Otro sujeto acudió desde luego a verme, y a tratar conmigo con empeño y pertinacia de negocios políticos, no encubriendo su pretensión de ocupar en cualquiera empresa el puesto de uno de los principales, si ya no el principal caudillo, que era el general don Pedro Méndez de Vigo. Con él no había yo tenido amistad, y solo alguno, pero poco, trato en Londres. No obstante haber sido acusado de la muerte dada a ciertos presos en el mar cerca de la Coruña en 1823, hecho que fue, como debía serlo, muy vituperado, había logrado Méndez Vigo licencia para pasar de Inglaterra a Francia, cosa que a pocos de nosotros se concedía, y lo cual en nuestras preocupaciones era, si no una culpa, cosa a ella parecida, como si la emigración en Inglaterra hiciese del suelo británico una patria, y del territorio francés, mientras dominaba en él un gobierno causador de nuestra ruina, un lugar de mala nota. Extrañé, por lo mismo, ver a Méndez Vigo tan ansioso de lanzarse a restaurar la libertad y con ideas revolucionarias extremadas; pero sin serle adicto ni enemigo, como le encontré pretensiones tan subidas, esquivé ligarme con él, porque no buscaba yo gobierno para España ni generales para el mando de fuerzas destinadas a libertarla, todo lo cual me sobraba, siendo mi objeto solicitar ayuda del gobierno francés, y con ella medios para juntar y preparar del todo fuerzas, a las cuales no faltarían de cierto quienes, bien o mal, las dirigiesen y gobernasen.

Estaban también a la sazón en París dos personajes de tanta importancia como eran don Francisco Martínez de la Rosa y el conde de Toreno. Con el primero me había unido en mi primera juventud estrecha amistad; pero en las lides políticas desde 1820 a 1823, alistados en diferentes y opuestas banderas, nos habíamos llegado a mirar con algo parecido a odio, que por fortuna desapareció del todo con el tiempo, y que ya entonces no existía, pues entramos desde luego en trato cortés, si no amistoso. Pero Martínez de la Rosa, muy dura o injustamente tratado por el bando llamado exaltado en 1822, estaba desviado de la política; aunque vivía fuera de España, vivía como mero desterrado y no como proscrito; hasta había paseado por las calles de Madrid cuando los invasores y absolutistas españoles cantaban su triunfo sobre la Constitución, y huían o gemían ocultos o padecían todos los constitucionales; y por esto, y por el horror que había concebido a los desmanes populares, si no deseaba que continuase en su patria el gobierno que la regía, no se prestaba a actos de violencia que le derribasen. Así nadie contaba con él en agosto de 1830. No así el conde de Toreno, quien, si por razones de algún peso para él, no quiso aparecer figurando en aquellos momentos, cooperaba a los planes de los constitucionales más activos hasta con celo, empleando en ello su influjo en buena parte de la sociedad de París de la clase llamada de capitalistas; ardoroso como el que más, si bien no traspasando los límites del partido en cuyas filas militó, y olvidado todo resentimiento, no obstante haber tenido motivo de queja por enormes agravios a veces iguales a los de que había sido blanco Martínez de la Rosa, y otras veces de distinta clase, pero no menos atroces.

Desde luego empecé a dar pasos, poniéndome en comunicación con personajes franceses, de los de más nota y cuenta en aquellos momentos. El primero de ellos fue el general Lafayette, que me recibió con el agasajo en él natural, cautivándome desde luego, pero no en el grado que a otros, sus modales de caballero y aun de cortesano cumplido, cierta bondad no exenta de ambición, y una llaneza donde se descubría que, al querer igualarse con sus inferiores, era un señor muy principal que descendía, como sin esfuerzo, naturalmente y por afición, pero que descendía al cabo. A todo proyecto favorable a extender la revolución fuera de su patria se prestaba Lafayette gustoso, y hasta con celo; pero, aunque su poder era mucho, nunca llegaba a tanto que pudiese lanzar al gobierno o aun al pueblo francés a empresas aventuradas, cuyo objeto fuese puramente el provecho ajeno, aunque sea común en los franceses blasonar del desinterés con que sirven a los extraños. Aunque vi más de una vez a Lafayette, no llegó a ser intimidad nuestro trato, porque aun para los asuntos de España, divididos de allí a poco los españoles, acertaron a captarse la voluntad del general otros de mis compatricios que aquellos con quienes yo estaba en unión formando un partido aun antes de tener campo en que los partidos pudiesen dar de sí consecuencias. Debo, con todo, añadir que, aun cerca de cuatro años después, próximo ya a morir aquel ilustre anciano, pues ilustre era, no obstante sus graves yerros, y cercano yo también a volver a mi patria, cuyas puertas ya me daban paso franco, tuve la satisfacción de recibir muestras de su amistoso afecto, dadas en el mismo lecho de que a pocos días pasó a ser trasladado al sepulcro.

No fue para mí de tanto agrado, ni aun de alguno, la visita que por el mismo tiempo hice al afamado Benjamin Constant. Había sido yo admirador apasionado de sus escritos, y seguía siéndolo, y aun hoy lo soy en bastante grado, pues veo con placer que van recobrando sus doctrinas la por algún tiempo casi perdida fama, mientras de su carácter y conducta sabía, aunque algo, poco, recomendándole a mis ojos la enemistad que le profesaban mis enemigos, y no habiendo sabido, como haré por posteriores escritos dignos de crédito, que si en él todavía como escritor hay mucho que aprobar y alabar, en los hechos de su vida hay harto más motivo que para el elogio para el vituperio. Pero, aun con toda mi admiración de entonces, salí de mi corta conversación con el famoso publicista por demás descontento. Porque habiendo yo manifestado a aquel célebre personaje que tratábamos de dar cuanto antes a nuestra patria la libertad de que el anterior gobierno francés la había despojado, él, asomando ya entonces entre los suyos la idea política del partido que vino a triunfar en Francia sin que él hasta entonces le fuese contrario, me dijo: Ah! il ne faut pas, que puede traducirse no hay que hacer eso. Incomodado yo, con gesto y tono que hubieron de ser desabridos, à qui ne faut-il pas? le pregunté, haciendo de la pregunta réplica, a lo cual él, conociendo el mal efecto en mí producido por sus palabras, se explayó en vagas, pero frías protestas de su conocido amor a la libertad, recordando cuánto había condenado la guerra o expedición en que el gobierno francés restableció en España el poder absoluto. Pocas y cortadas frases siguieron a estas, y me despedí, siendo probable haberle yo disgustado tanto cuanto él a mí, si no más todavía. No volví a verle, ni hubo para qué, en lo que duró su vida, de allí a pocos meses terminada.

Pero no era yo solo quien bullía entre los constitucionales españoles. Obraba como un comisionado; pero sin saberse de quién ni saberlo bien yo mismo, mientras otros, cuyo número creció mucho en breve, bullían y obraban, o por su cuenta propia, o por la ajena. Desde luego me estorbaba y juntamente me ayudaba Mendizábal, porque, siendo de mi partido, pero de natural propenso a hacerlo todo por sí, estimaba en nada mis acciones, y pretendía dictarme las que él juzgaba convenientes. De una cosa estaba ufano, y con razón, y era de que, haciéndonos falta dinero, él había dado con un medio de encontrarle en cantidad suficiente para nuestras necesidades. Ahora, pues, para toda empresa es indispensable el dinero, y para una como la nuestra lo era en alto grado, y la dificultad de hacerse con él era grandísima, y Mendizábal la había vencido hasta cierto punto, lo cual habría envanecido a cualquiera, y dádole, sobre entono, superioridad sobre sus compañeros; pero a Mendizábal daba una vanidad como a quien más, porque en proporcionar recursos pecuniarios tenía él el punto de su gloria, mirando lo demás como de muy inferior importancia, y, si estimando el talento aplicado a otras materias como instrumento, juzgándole, aunque bueno, propio solo para servir de ayuda a planes de Hacienda. Yo cabalmente pecaba entonces, y gravemente, por el lado opuesto, no dando a las atenciones pecuniarias la importancia que merecen. Agregándose a esto ser Mendizábal dominante y yo nada sufrido, en sus conatos para dictarme lo que debía hacer, siendo él todavía persona cuyo nombre distaba de ponerse en parangón con el mío, hubo entre los dos disputas, a veces acaloradas, si no agrias, y una de ellas llegó a agriarse, aunque por corto tiempo, naciendo de ella para mí un revés que hubo de influir en mi suerte.

Se iban trasladando a Francia todos los emigrados de Inglaterra que se sentían o creían capaces, o de entrar en acción con las armas en la mano, o de dirigir los negocios políticos como conviene a una empresa tal cual era la del restablecimiento del Gobierno constitucional, lo que llevaba consigo una revolución, no pudiendo esperarse que fuese llevada a feliz remate sin resistencia. Entre estos no tardó en presentarse Istúriz, cuyas relaciones conmigo eran de amistad fraternal. Tardaba, en tanto, Mina, y quienes culpaban su flojedad cuando nada había que hacer, más la culpaban en horas en que obrar con vigor era en nosotros casi una obligación sagrada; pero sin razón entonces como antes, pues el precavido general, si, como acreditó de allí a poco, no se había olvidado de su antiguo valor, calculaba las dificultades que tenía que vencer y les daba el valor debido. Al cabo pasó a París, y de París se fue muy pronto a la frontera.

Entre este acudir de españoles a Francia, no apareció Torrijos ni sus compañeros en el Gobierno formado para la expedición acabada en flor, o aun podría decirse en capullo, como un mes antes, pero no porque el activo general y su no menos animoso colega Flores Calderón huyesen del peligro, pues fueron a buscar para teatro de sus hechos la parte meridional de España, trasladándose a Gibraltar, tanto porque allí encontrarían menos competidores por el mando, cuanto por ser conveniente acometer al Gobierno español por puntos uno de otro muy distantes, a fin de distraer su atención para la defensa.

Así puede decirse que había terminado la emigración en Inglaterra, si bien quedaban allí no pocos de los proscritos, pero como retirados de la política militante, y espectadores y no actores en las escenas que se preparaban, las cuales distaron mucho de corresponder a las esperanzas lisonjeras con mucho fundamento concebidas con motivo de la mudanza del gobierno francés, hasta el punto de haber reducido a la emigración en Francia, durante tres años, a una situación más pacífica, si cabe, que la en que había estado en Inglaterra.

Referir las particularidades o el pormenor de los sucesos que en septiembre y octubre de 1830 prepararon en París y otros puntos, y en la frontera produjeron la infeliz tentativa hecha para restablecer en nuestro suelo la Constitución u otra cosa semejante, dará argumento a otra parte de este enojoso trabajo; pero antes no será ocioso, volviendo atrás la vista, contar algunos sucesos anecdóticos de nuestra larga estancia en Inglaterra; sucesos que sería bien haber referido antes, pero que, corriendo sin buen gobierno la pluma, han sido omitidos, aunque en mi sentir no deben quedar olvidados, siquiera sea para puro entretenimiento de mis lectores, si acierto a entretenerlos, lo cual, no lo puedo negar, es uno de los fines a que aspiro.

IV.

Hubo entre los españoles emigrados en Inglaterra algunos caracteres raros, y en mi corto entender, no dignos de recordación, o dignos de ella a lo menos en cuanto la de las personas está enlazada con la de las cosas de aquel periodo, en el cual eran para nosotros motivo de conversación, ya para la extrañeza, ya para la risa, las singularidades a que ahora aquí me refiero. Por lo mismo, la omisión que de tales menudencias he hecho, según me parece, es de condenar, y merece reparo, porque con ella falta algo en la tosca, si bien fiel, pintura que he hecho de nuestra estancia en Inglaterra. Pero tengo que echarme en cara otra omisión de más bulto, y es la de no haberme detenido más en especificar los favores que al pueblo inglés debimos, los cuales fueron tales y tantos, que la ligera mención de ellos antes hecha en otros artículos no es paga suficiente de nuestra deuda de gratitud, cuando en mi sentir era ocasión de satisfacerla en lo posible la narración de lo ocurrido en los días en que se contrajo obligación tan crecida.

Invirtiendo el orden con que acabo de hablar de estas mis omisiones, empezaré a repararlas por la que he puesto en segundo lugar, por parecerme de superior importancia. Y aquí me veo obligado a acogerme de nuevo a la indulgencia de mis lectores, tantas veces solicitada; porque he de decir cosas relativas a tan pobre sujeto como soy y me conozco, y confieso ser, para ocupar la atención pública; pero de mis negocios, a la par que de otros de más valor escribo, y, tratándose de beneficios recibidos, mal podría callar los hechos a su persona quien los recibió muy señalados. Y hay una razón más que me mueve, o, hablando con propiedad, me impele, y como que me precisa a dar tal testimonio. Por ser lo que llaman las gentes anglómano paso, y no puedo negar que en algún grado lo soy, y desde los años primeros de mi edad adulta comencé a serlo, y en lo que eran vagas inclinaciones nacidas de circunstancias particulares me han confirmado después mis estudios. Además, las bondades de que no solo yo, sino muchos de mis compatricios y hermanos en fe política, hemos sido objetos han añadido un título más, y este poderoso, para que mostremos gratitud y admiración a un pueblo que, con colmarnos de beneficios, dio pruebas de una de sus muchas buenas cualidades; lo cual no obstante, ha querido mi suerte que divida mi patria en bandos, y habiendo yo mudado el de mí seguido por otro, al parecer, si no del todo, opuesto, haya en la última y buena parte de mi vida allegádome al que la Francia de 1834 a 1848 miraba como amigo y la Gran Bretaña como contrario, sujetándome a ser tachado de ingrato, aunque en verdad sin causa.

Ya dejo apuntado en las primeras páginas de estos artículos cuán bien recibidos fuimos por el pueblo del Imperio británico los constitucionales españoles. También he dicho con cuánta largueza contribuyeron a socorrer nuestras necesidades personas de todas las opiniones, aun aquellas que con más desaprobación, y hasta con ceño, miraban las doctrinas por sustentar las cuales estábamos padeciendo. Pero no estará de más entrar en el pormenor de algunos de los beneficios a que debimos vivir, si no con regalo, con comodidades propias de un estado que, si era pobreza en sentido relativo, no lo era en absoluto.

El gobierno inglés, a los pocos meses de haber la como inundación de refugiados españoles invadido la tierra británica, trató de sustituirse a los actos de caridad, aunque colectiva y pública, en su carácter de meros particulares, asegurando de un modo permanente la suerte de las desdichadas víctimas de la revolución vencida en España. De notar es que el Ministerio inglés de aquel tiempo era tory, y que a pesar de todo cuanto han dicho los franceses, y creído los no franceses, había visto con poco disgusto, y aun algunos de quienes le componían con satisfacción, el triunfo del duque de Angulema, porque, no obstante serlo del poder francés, lo era asimismo de la bandera blanca, tan grata a los antirrevolucionarios de todos los pueblos, y esto no obstó a que los socorros dados a los españoles tuviesen cierta solemnidad, como acto patente en que la compasión iba hermanada con algo de respeto y cariño. Tomó a su cargo el duque de Wellington la dirección superior de tal negocio, y bajo de él entendió en ello más particularmente su amigo, y antes su secretario de campaña, el lord Fitzroy Somerset, que en días muy posteriores, con el título de lord Raglan, ha hallado en Crimea un campo de victoria y una tumba, dilatando por el mundo su nombre. Por los españoles fue escogido para entenderse con los ingleses, en los casos frecuentes en que estos necesitaban auxilio para el justo reparto de las sumas con que socorrían a los objetos de su beneficencia, el exdiputado a Cortes don Domingo Ruiz de la Vega, hoy uno de los pocos que sobrevivimos de aquella época; ruinas tristes del viejo edificio resuelto ya en polvo y casi olvidado. Poco menos que a todos los refugiados comprendió la beneficencia del Gobierno, y los que de ella no participaron fue porque, o tenían medios de subsistir, y no les consentía su delicadeza recibir auxilios no necesarios, o se hallaban en circunstancias particulares en que mal podían tomar lo que venía por mano de aquel Gobierno. Debe añadirse que quien una vez fue incluido en la lista siguió siendo socorrido con tal que no saliese de las Islas británicas o sus dependencias inmediatas las de Jersey y Guernesey, extendiéndose el beneficio a tal punto que ha habido y quizás hay algunos, triunfante ya nuestra causa en el suelo patrio desde ha veintinueve años muy cumplidos, que todavía viven de lo que cobran de una suma destinada a ser socorro para el forzoso destierro.

Pero aunque el Gobierno acogió a todos, hubo de cerrar su lista, si bien después más de una vez la abrió de nuevo para incluir a refugiados que llegaban. Sin embargo, por lo pronto, estos nuevos desterrados, que iban creciendo en número, no podían ser abandonados por un pueblo en general caritativo, y en particular, por entonces, amante de los españoles. Así es que revivió al momento la junta llamada Commité, que antes de dar socorros el Gobierno los daba, hallándolos en numerosas suscripciones. Pasado algún tiempo, el exdiputado don Joaquín Lorenzo Villanueva y yo hicimos al lado de esta junta de socorros el oficio que con el Gobierno hacía Ruiz de la Vega. Además, me alcanzaron los auxilios de esta junta en graves necesidades que hube de padecer con mi reducida familia, compuesta de un hijo de catorce años (en 1825) cuando llegó conmigo, y de una anciana de cerca de setenta, tía carnal materna mía, y para mí y mi hijo Dionisio segunda madre, y la cual no dejaba de ser uno de los objetos curiosos de la emigración, trasladada a tanta edad a clima y pueblo para ella tan extraños.

En los que así iban acudiendo había personas dignas; de ellas muchas expuestas a ser perseguidas en su patria por motivos que no los deshonraban, pero tampoco faltaban quienes viniesen buscando un modo de vivir que les faltaba en España, o quienes hubiesen merecido castigos por culpas en que la política tenía o poca o ninguna parte. Aun entre estos, pocos hacían cosa que pudiese desacreditarlos y, desconceptuándolos, comunicar algo de su desconcepto a sus compañeros. Eran sí, por lo común, descontentadizos y maldicientes, siendo blanco de sus censuras los principales de la emigración. Aun a los ingleses de la junta que los socorrían acusaban malamente, y sobre todo al secretario de la misma, míster Freshfield, buen hombre, de poca cuenta, que, sin duda a la par que por loables motivos, trabajaba para que sonase su nombre hasta allí oscuro, pretensión harto disimulable, pero al cual comenzaron a calumniar, suponiéndole que se enriquecía con los fondos de las suscripciones, y los escatimaba a los desterrados; acusación que, sobre ser calumniosa, era desvariada pero general, a punto de llevarse a mal que se defendiese al acusado. También Villanueva y yo llevábamos nuestra parte de malquerencia porque no se concediese todo cuanto solicitaban a todos los que pedían. Pero estas eran pequeñeces recibidas comúnmente con risa por ser ridículas, y si alguna vez con un tanto de indignación, con una que duraba poco.

Hacia fines de 1828, cuando el Gobierno más de una vez había dado entrada en la lista de los socorridos a número no corto de personas, y cuando las suscripciones no habían parado del todo, si bien eran menos, fue hecha una nueva apelación a la caridad pública en nuestro favor, con solemnidad bastante a darle fuerza. Hubo una reunión de las llamadas meetings, en la ciudad vieja (City); la presidió el lord corregidor, hablaron en ella personas notables y se distinguió por un discurso el elocuente abogado Mr. Denman, a la sazón afamado diputado en la Cámara de los Comunes, que, después con la dignidad de lord, añadida, no a nombre de tierras, sino a su apellido, llegó a ser primer juez en Inglaterra (lord chief justice), y murió desempeñando tan alto cargo. Correspondió bien el público al llamamiento, no cansándose la generosidad con hacerse de ella tanto uso, y una suscripción nueva y bastante cuantiosa alivió miserias que constantemente se iban renovando.

Pero no era solo en actos que al cabo tienen la índole de limosnas en lo que mostraban los ingleses el afecto que nos profesaban. Se extendían las pruebas de su cariñoso empeño en mirar por nosotros hasta el punto de dar cierta protección a criminales, contribuyendo a que no fuese probada su culpa puestos en juicio, y a que saliesen por consiguiente absueltos. De esto hubo dos ejemplos notables. Fue el primero el de un joven cuyo padre, oficial que había sido en nuestro ejército, era emigrado, y que había logrado colocación en una casa de comercio inglesa y, con igual irreflexión que maldad, falsificado la firma de sus principales. Llevaba en aquel tiempo tal delito en Inglaterra por pena la capital, y según costumbre, hija de preocupaciones de aquel pueblo mercantil, mientras el derecho del Rey de perdonar o conmutar las penas era ejercido con frecuencia para mitigar el rigor de unas leyes penales entonces todavía con exceso duras, rarísima vez, si acaso alguna, había sido dejada de ejecutarse una sentencia de muerte en un falsario. Pero en el caso de que voy ahora hablando, no hubo perdón que solicitar, porque el acusado salió absuelto, no obstante ser clara su culpa, pues la acusación fue seguida de tal modo, que evidentemente tiraba a hacer pocas o nulas las pruebas del delito: los testigos, así los contrarios al reo como los llamados en su defensa, se pusieron en lo posible como de acuerdo, el juez fue blando en el resumen, y el jurado sin vacilación dio su fallo, como allí tiene que serlo por unanimidad, favorable. Triste es añadir que costó la vida al padre la culpa del hijo, no obstante haber este quedado impune.[99]