[99] El infeliz padre se suicidó.
Fue el otro caso el de un zapatero riojano, habilísimo en su oficio, tanto que encontraba trabajo en abundancia y bien remunerado, pero haragán incorregible, así como vicioso. Este tal se dejó crecer la barba, cosa a la sazón rara, y más en Inglaterra, y haraposo y necesitado por gastar más del corto socorro que recibía, después de vagar y dormir al raso alguna noche, entró en una tienda de licores de las a que concurre la plebe, donde su singular aspecto, su color cetrino y las miradas de sus ojos negros y lucientes infundieron terror a algunos que le miraban como a un bandido de teatro, y risa a otros menos asustadizos, de lo último de lo cual enojado nuestro compatriota, apeló al recurso común de la gente no buena de su clase y hábitos en nuestra tierra, y sacando una navaja, hirió a uno de los burlones y puso en fuga despavoridos a los circunstantes. También tenía entonces pena de la vida su delito, aun cuando las heridas hechas no causasen la muerte. Fue, pues, preso el criminal, y llevado a juicio, y no habiendo otro modo de salvarle la vida que el de declararle loco, hubo de probarse que lo estaba, siendo la sentencia la de encierro en una de las casas destinadas a los dementes, a lo cual debe añadirse que en breve de la casa de su prisión se le proporcionó la fuga y la pronta salida del territorio británico.
Otras faltas menores hubieron de ser disimuladas, pues si bien en general fue digna de alabanza la conducta de los emigrados españoles, imposible era que entre tantos hombres no hubiese quienes pecasen, ya leve, ya gravemente, sobre todo, si consideramos que entre ellos, si no abundaban, no faltaban gentes no de las más respetables cuando vivían en su patrio suelo.
Especificar las muestras de consideración que en el trato privado solían recibir nuestros compañeros, sería tarea enojosa y difícil de desempeñar, pues muchas no fueron conocidas. Reinaban sobre este punto generosas ilusiones. Una vez, preguntado yo sobre las calidades y circunstancias de un compañero de destierro que no me merecía muy alto concepto, hube de responder que no le conocía, a lo cual el preguntante me añadió que sin duda era un caballero, pues tal le declaraba su traza, porte y modales, cuando el objeto de semejante elogio, si no era un mal sujeto, pecaba por tosco y sin crianza, como hombre que no había recibido buena educación, ni tenido trato con gente fina. Debe añadirse que unos pocos, y la justicia, aunque sea en nuestra honra, dicta decir poquísimos, que para darse valor apelaron a imposturas, titulándose lo que no eran y tomando distinciones muy altas, lograron casi todos salir con su intento a medida de su deseo; pero tales personas se iban a residir fuera de Londres o de Jersey, y lejos de la observación de sus compañeros de destierro.
A los más conocidos de nuestro gremio fue común hacer señaladas distinciones; pero todos ellos esquivaban recibirlas, aunque las agradeciesen. Hubo de aceptar algunas muestras de superior consideración, pero poquísimas, entre las muchas con que a porfía se le brindaba, Argüelles, si no contento, y esto dejaba de estarlo por lo tocante a la suerte de su patria y causa, resignado en su modesto retiro, viviendo de aquello que sus amigos y parientes le socorrían, bastante a cubrir sus escasísimas necesidades de hombre parco, sobrio, ajeno de lujo y regalo y de todo lo que se llama vicio, aun de la clase apenas digna de tal nombre. Como él vivía el venerable Valdés, como él Istúriz, como él Bauzá, y otros cuya enumeración sería enojosa. En cuanto a mi pobre persona, como tenía perdido ya, o próximo a perderse, el por algún tiempo no corto haber heredado de mi padre, había recurrido al arbitrio de dar lecciones de lengua española a los ingleses, por lo cual hube de rozarme con muchos de ellos, y entre estos con bastantes de las clases superiores de la sociedad, así como con muchos de la media, siendo mi fortuna, no por mi escaso merecer, sino en atención a mi desgracia, ser tratado, no como un maestro que enseña por dinero (gente a quien trataba entonces, si no con desdén, con poco menos la gente inglesa de clase), sino como un amigo a quien se convidaba a la mesa y a tertulias concurridas. Sir Jorge Grey, ahora ministro en su patria, y sobrino del afamado conde de Grey, primer ministro desde 1830 a 34; sir Dionisio Lemarchant; Mr. Eduardo Ellice, que hoy acaba de fallecer, y era entonces cuñado del mismo conde Grey; el Alderman Woor, miembro del Parlamento, y que hizo gran papel algún tiempo en Inglaterra, me favorecieron con tratarme más según mi clase en España, que según la a que me veía reducido en Inglaterra. Pero entre todas las personas a quienes me complazco en tributar este homenaje de tierna gratitud que no llegará a su noticia, hay una familia que me hizo enteramente suyo, y en la cual encontré consideración superior a la merecida, y con ella vivo y casi fraternal afecto, sin olvidar hasta favores en intereses que, por ser dados con delicadeza, pude recibir sin menoscabo de mi decoro. Era esta familia la de un comerciante retirado inglés llamado Mr. Griffin, cuyas hijas, pues hijos no tenía, por su crianza, talento e instrucción se distinguían aun en Inglaterra, y una de las cuales casada durante nuestra amistad con el afamado navegante inglés sir Juan Franklin, con el nombre de lady Franklin se ha hecho notable en sus esfuerzos por averiguar la por mucho tiempo ignorada suerte de su marido, muerto en una expedición en las regiones polares, mientras otra, casada con sir Juan Simpkinson, me proporcionó la estrecha amistad con su marido, abogado en chancillería, hombre de vasta instrucción, entendidísimo en los clásicos griegos y latinos, y también en la literatura francesa e italiana, de ingenio agudo, de humor sarcástico, y por mil títulos de agradabilísima compañía. Así su mujer, como las dos hermanas, solteras cuando las conocí, y ya no en la primera juventud, pero pasadas al estado de matrimonio después, instruidas por la lectura y por multiplicados viajes, de modales como los de la parte superior de la clase media, o dígase de la de caballeros en su patria, cultos al par de los de la sociedad más alta, me dieron a conocer juntamente con el trato de otras personas, pero en grado muy superior, lo íntimo de la sociedad inglesa, a ninguna inferior en lo agradable, y la posibilidad de una amistad estrechísima entre personas de diferente sexo, y no enlazadas por parentesco o deudo, sin el más leve matiz de lo que en otros pueblos hace tales amistades sospechosas a veces, y hasta en no corto grado merecedoras de sospecha. Otra vez y mil pido perdón a quienes lean estos renglones por hacer mención de cosas que me son tan personales; pero sobre serme necesario dar aquí salida a afectos vivos y tiernos de gratitud, bien puede servir mi caso de ejemplo de lo que debieron los españoles constitucionales a los ingleses. Los enemigos del pueblo británico, frío en la apariencia, pero caluroso en sus actos, y si con trazas y actos que a nuestros ojos son de grosería, llevando en su trato la cortesía y respetos sociales a un grado no común de refinamiento, bien harían en enterarse de la historia de la emigración española, y aprenderían de los pocos que de ella quedan, que bienhechores y amigos como lo fueron para nosotros los del gran pueblo que nos dio acogimiento por largo plazo, mal pueden hallarse en otra tierra alguna.
Entre los objetos de tan vivo y por largos días constante afecto, había algunos, bien que pocos, no muy dignos de él, pero casi ningún ingrato. El estado de ociosidad en que los emigrados vivían no era favorable a su buena moral, y, sin embargo, apenas produjo efectos perniciosos, salvo en chismes entre ellos de los que abundan en las poblaciones reducidas. Pero como en toda reunión de hombres los hay de condición singular que se dan a notar por algo entre sus compañeros, no faltaban entre nosotros, y porque servían de causarnos o diversión o extrañeza, esta última mezclada en alguna ocasión con aprecio, no estará de más en este trabajo dedicar unos renglones a hacer de ellos memoria.
Alguna se conserva del extorero José González, conocido por el mote de Muselina, a quien dio más fama que su corta habilidad en su oficio de banderillero, que le granjeó más silbidos que aplausos en las plazas de toros, el papel que representó en la emigración, y aun la circunstancia de estar en ella por razones políticas muy ajenas de su antiguo modo de vida y de su crianza. Pero el pobre hombre había sido de los que capitanearon la plebe de Málaga, cuando allí fue proclamada con alboroto la Constitución en marzo de 1820, por lo cual temió, no sin razón, ser castigado por el gobierno absoluto, el cual así solía cebarse en los pequeños como en los grandes. El haber sido colocado en la lista de los socorridos, dividida primero en seis y después en cinco clases,[100] en la cuarta de estas, que comprendía a los escritores y otros y tenía por encabezamiento literatos, se dio motivo a un lance chistoso que, contado después, ha sido causa de la idea errada de que la comisión inglesa, no contando con la clase en que era justo colocar a un torero, había juzgado su profesión, si no literaria,[101] cosa a ello parecida en las costumbres españolas.
[100] Seis fueron en el principio las clases en que fueron distribuidos los refugiados, y las cuotas las siguientes:
| 1.ª | clase | 5 | libras esterlinas, sobre | 475 | rs. | |
| 2.ª | — | 4 | — | 380 | — | |
| 3.ª | — | 3½ | — | 322 | — | 17 ms. |
| 4.ª | — | 3 | — | 285 | — | |
| 5.ª | — | 2½ | — | 234 | — | 17 ms. |
| 6.ª | — | 2 | — | 190 | — |
En breve fue suprimida la sexta clase, porque se consideró que 190 reales al mes era poco aun para pobres, y los que la componían pasaron a la quinta.
Para cada mujer propia o parienta más cercana y dependiente del socorrido, recibía este dos libras esterlinas o 190 reales, y por cada hijo una libra o 95 reales, pero con tal que el total del socorro no pasase de once libras al mes (1645 reales), que fue el máximum. Por los hijos nacidos en Inglaterra de matrimonios refugiados nada se daba, porque eran ingleses, y como tales tenían derecho a ser socorridos por la ley de pobres.
Estos eran los auxilios que daba el Gobierno. Los de los comités variaban.
[101] El lance que dio a notar la rareza de hablarse de estar Muselina entre los literatos fue el siguiente: Era amigo íntimo del famoso señor Manuel García, padre de la muy afamada Malibrán, y por empeños de este, que a la sazón tenía cierto influjo en Londres como hábil maestro de música, fue colocado entre los socorridos, como debía serlo, no atendiendo a su categoría, difícil de señalar, sino a la cantidad que se deseaba que recibiese, la cual era de tres libras esterlinas, o sea sobre 285 reales mensuales. En un día de cobranza fue Muselina con los demás que recibían auxilios al lugar donde estos se distribuían. Como al margen de la lista debía cada cual poner recibí y añadir su firma, él, que no sabía escribir ni aun leer, dijo a uno que estaba cerca: «¿Quiee osté poné ahí mi nombre o una cruj?». «¿En qué clase está usted?», le preguntó aquel a quien pidió el favor, pronto a complacerle. «Yo no zé en qué claze (dijo Muselina); pero entre loz que cobran tres libraj estoy yo». Fue el otro a mirar, y viendo que los de la cuota indicada formaban la clase cuarta, y que el título de esta empezaba con literatos: «Bueno está», dijo riéndose, «¿conque está usted como literato y no sabe escribir?». Corrió de boca en boca el suceso, y se comentó, aumentó y desfiguró un poco.
Muselina era entrometido, chistoso como el más salado andaluz, aunque grosero, bastante avisado para no dar muestras de su grosería entre gentes decentes, activo y servicial. A él solían deber muchos españoles concurrir en alguna ocasión al aristocrático teatro de la Ópera italiana, porque estando en trato de estrecha amistad con varios de la compañía, estos le daban billetes de favor, que él vendía a reducido precio. Muselina (como era de presumir) no volvió a España, aun después del triunfo de nuestra causa, porque siguió allí socorrido, cuando en su patria nada tenía con qué contar, y en tierra ajena, para él amiga, murió, y descansan sus despojos.
De muy diferente carácter, pero de humilde, aunque de harto más decorosa profesión que la suya, era un zapatero de Granada llamado N. Crespo, y conocido por el mote de Patillas, con el cual se apellidaba él a sí propio y quería que los demás le apellidasen.
Era habilísimo en su oficio, hasta para calzar señoras; pero, aunque bien avenido con los ingleses, miraba con aversión sus modas en el calzado, y se atenía a las de España, si bien a las del tiempo en que él tenía fama y parroquianos numerosos. Su manía era no tener muebles ni alfombrado el suelo, como suele estarlo en Inglaterra hasta el de las casas pobres, y lo estaba el de las en que vivían los emigrados, pero con el socorro del Gobierno, y lo poco que le daba su trabajo, tenía mesa abierta, y como es de suponer, concurrida, gastando así gran parte de su escaso haber en dar sustento a compañeros de desdicha que no lo necesitaban absolutamente. Este infeliz, que así como otros con razón suponía que en su patria no podía prometerse otra suerte que la de caer en completa miseria, se quedó asimismo en Londres recibiendo socorros del Gobierno hasta 1847; pero entonces, como hubiese caído enfermo del pecho un hijo que tenía consigo, al cual amaba tiernamente, y como por consejo de los médicos para tal dolencia fuese conveniente un clima menos frío y los aires patrios, hubo de venirse a Madrid, donde su desdicha excedió con mucho a lo que podían ser sus temores. Siendo honradísimo y pundonoroso, tuvo con todo que recurrir a la caridad, por impedirle trabajar su vejez y achaques, y el número grande de los de su oficio en una capital populosa. Aquí, lamentándose de que en suelo extraño vivía, aunque modesta, algo holgadamente, cuando en el propio se veía mendigo, llegó hasta a serlo en las calles, donde haraposo, sucio, con la barba larga y cana, presentaba una imagen lastimosa, sobre todo, a la vista de quienes le habíamos conocido en Inglaterra, hasta que, rendido por las enfermedades y los años, fue a parar a un hospital, donde tuvo triste fin su vida.
No tocó tan mal destino al un día afamado Cojo de Málaga, que también quería ser llamado así, y no por su nombre de Pablo López. Este, que por la indigna injustísima sentencia que en 1814 produjo su condena a muerte, por fortuna no llevada a ejecución, más que por ser conocido como grande alborotador en las tribunas de las Cortes, había adquirido cierta fama, desde 1820 hasta 1823 había vivido sin hacer el papel que él creía que le tocaba, pero resignado, si bien escamado del peligro que había corrido, se mostraba más cauto que locamente celoso, y viendo a los constitucionales desunidos y en guerra, no acertaba a ponerse, ni de parte de los exaltados, a lo cual parecía que debían inclinarle sus hábitos, pero a lo cual se oponía su antiguo culto a Argüelles, ni de la de los moderados por no chocar con los liberales más ardorosos, y entre estos con los del ejército un día llamado libertador, por quienes en enero de 1820 había sido sacado del presidio de la Carraca y venido a pasar dos meses con nosotros en el cercado ejército de Quiroga. Era el Cojo cortísimo de luces y sobrado en presunción, pero no mal hombre, y daba mucho que reír con sus necedades, si bien estas eran ponderadas, achacándosele muchas que no decía, pero no mal discurridas y muy del género de las que con frecuencia salían de sus labios. No sé si murió en Jersey en los últimos días de la emigración, o si logró pisar de nuevo la tierra de España en 1834; pero corriendo este año, estaba ya terminada su vida y olvidado su nombre.
Por otras rarezas, y de mucha peor especie, era notado el anciano Romero Alpuente, siempre singular en nuestra España. Con todo, varios de entre los que habían sido comuneros seguían honrándole mucho, y también a una amiga que tenía consigo, hembra de no buena ralea, de la cual hubo algo fundadas sospechas de que se entendía con el Gobierno de Fernando VII, si bien pudo esto no pasar de sospecha causada por el mal concepto de aquella en quien recaía. Romero Alpuente, de quien es el famoso dicho la guerra civil es un don del cielo, achacado a algún otro en días muy posteriores, pero no cuando fue pronunciado, sin que el mismo de quien salió negase ser suyo, logró volver a su patria, donde murió en julio o agosto de 1834, nombrado, creo, procurador a Cortes; pero ya puesto en causa por acusación de querer traer su figurado don del cielo a nuestra patria, la cual le habría tenido doblado, pues ya disfrutaba de él con el levantamiento carlista, a la sazón un tanto pujante.
De diferentísima especie era otro sujeto digno del más alto aprecio, y de lástima mucho más que de censura, por sus no comunes rarezas, que le redujeron a triste vida y le trajeron a miserable muerte. Hablo aquí ahora de un sujeto de mí muy querido, y a quien nadie podía querer mal conociendo las dotes de su buen entendimiento, aunque pervertido por un tanto de locura, su vasta instrucción, su escrupulosa honradez, aun su modestia con visos de afectada, pero real y verdadera, en medio de cosas que al parecer la contradecían, del malhadado don Esteban Desprat, diputado que había sido en las Cortes de 1820 y 21, y poco señalado en ellas porque carecía del don de la palabra, y hermanaba, con desvariada osadía en sus doctrinas, singular encogimiento en sus modos. Fue el acto de huir de España hasta cierto grado voluntario en Desprat, pues si bien quedándose habría sido perseguido, no tenía que temer extremos en el rigor de la persecución, pues había figurado poco, y no era de las segundas Cortes, blanco principal, por sus actos, de la saña del Gobierno del rey vuelto a su trono. Pero Desprat, no por mero temor, como después acreditó no volviendo a su patria cuando en ella no corría el menor peligro y sí podía volver hasta a ser diputado a Cortes, sino por un arrebatado celo de la causa liberal, huyó a Inglaterra. Allí se condenó a una vida de duras privaciones, dándose juntamente al estudio. Llegó a tener en varios ramos conocimientos extensos y algo profundos; pero en vez de hacer alarde de su saber, lo encubría, siendo costumbre suya hacer sobre una u otra materias preguntas como de ignorante, deseoso de saber de ella un poco; cuando no del todo satisfecha su curiosidad con la respuesta a sus primeras preguntas, solía en la conversación ir manifestándose más entendido a veces que la persona por él preguntada. Poco a poco sus ideas fueron siendo las de un radical de los más extremados, y paró, andando el tiempo, en socialista. En medio de esto, dio en frecuentar gente de sus ideas; y como entonces estas en Inglaterra contaban pocos prosélitos, y estos no respetables, se habituó a asociarse con personas, o de corto valer, o, cuando menos en la esfera social, de puesto muy humilde. Comenzó también a tasarse la comida y bebida, siendo lo común hacer la primera de pan y queso que llevaba en la faltriquera, y la segunda de agua, que bebía sacándola de las bombas que hay en Londres en las calles, donde asimismo solía lavarse. Renunció a cama mullida, y como tenía bastantes libros, dormía sobre un cajón lleno de ellos. Pero por algún tiempo pagó dos casas, pequeñas ambas, mezquinas y sin muebles, situadas en distintos y uno de otro apartados barrios, para poder ir con más comodidad a diversos y entre sí no cercanos lugares a que le llamaban sus ocupaciones estudiosas. Andando el tiempo, llegó el en que volvimos a nuestra patria los desterrados; pero Desprat no pensó en acompañarnos, y no porque, como otros, prefiriese vivir del socorro que daban los ingleses, pues tenía un pasar más que mediano en España, sino porque el Gobierno aquí establecido distaba infinito de ser conforme a sus ideas, ya ultrarrepublicanas, si tal expresión puede con propiedad usarse. Aun la revolución de 1836 que trajo consigo el restablecimiento de la Constitución de 1812 por la fuerza popular, y aun lo llamado en jerga novel pronunciamiento de 1840, no llegaron a satisfacerle ni con mucho. En tanto, una hermana suya, sabedora de sus necesidades, sobre rogarle por sí y por conducto de varios amigos que volviese con su familia, le remitió sumas no cortas para que viviese con comodidad en Inglaterra si se obstinaba en permanecer allí; pero él no quiso tomar ni aun la más leve parte de aquel dinero, alegando que había causado a la que se le remitía graves perjuicios, sujetándola a persecuciones en los días del restaurado absolutismo, contra lo cual la digna señora protestó, asegurando que los daños por ella recibidos estaban más que subsanados. Quería vivir de su trabajo, y para ello se afanaba, pero le ponía tasa, y una muy baja, y si le daban algo más que la tasación no lo admitía. Tan mala vida hubo de hacer mella en su salud; pero no por esto se prestaba él a linaje alguno de regalo, parecido más a santo penitente que a otra cosa, y siendo ejemplo de ascetismo revolucionario. Su estatura pequeña, lo raro de su vestido, que, según creo, él mismo cortaba y cosía, y un tono humilde, no afectado, sino producto natural de su rareza, chocaban desde luego en su persona al verle y oírle. Hube de tratarle mucho en una estancia de seis meses que hice en Londres en 1843, proscrito yo entonces de nuevo, pero por causa diferentísima de la que él sustentaba, y le encontré muy amigo, a pesar de lo opuesto de nuestras opiniones, porque me profesaba muy buen afecto. Pero le encontré enfermo y llegado a los mayores extremos en sus manías; acostumbrado a andar a pie larguísimas distancias con su ración de pan y queso en el bolsillo, resistiéndose a tomar otro alimento, aunque alguna vez accediendo al cabo, y, ¡cosa singular!, diciendo que él, por lo común, trataba con pillos, porque en ellos encontraba gentes de sus opiniones, siendo, en la suya, gran lástima que los hombres en otras cosas honrados y decentes, en política abrigasen y sustentasen doctrinas falsas y perniciosas. Al cabo hubo de terminar su vida, en periodo poco distante del día de hoy, en un destierro y en su absoluta pobreza, constante en no apelar al uso del dinero suyo propio para hacer más suave el tránsito de la vida a la muerte, a que llegó por dolencias molestísimas y prolongadas.
No me ocurren por ahora a la memoria otros ejemplos de hombres singulares en nuestra emigración, aunque hubo algunos más; pero bien ha sido cerrar su catálogo con la mención de uno en alto grado estimable.
De los escritos publicados durante la emigración, pocos son dignos de ser recordados. Don José Joaquín de Mora publicó algunas obrillas cortas en prosa y verso, pero pronto salió de Inglaterra para la América antes española.
Dos periódicos, no diarios ni aun semanales, sino publicados a largos plazos, existieron, siendo la vida del uno breve, y la del otro casi igual en lo larga a nuestro destierro.
El citado en primer lugar tenía por redactor principal a un hombre de cortos alcances y escaso saber, que en Cádiz o en la isla de León en 1811 había publicado uno con el título del Robespierre español, y que en Inglaterra hacia 1816 y 17 había publicado otro que por su destemplanza había precisado a sus compañeros de destierro a negarle de un modo solemne que fuese expresión de sus doctrinas o pensamientos. A él se agregó y en él escribió no poco un don N. Acevedo, asturiano, que en Madrid en 1821 y 22 había escrito en El Espectador titulándose el Momo, nombre que inspiraba pretensiones a ser chistoso, por cierto nada fundadas, porque si bien bastante instruido, era de erudición indigesta y muy escaso juicio, escritor pesado, acre, grosero en sus denuestos, y que hasta en 1824 tomó el nombre de Mysse Basileos (si no me engaño) sin reparar en que en un constitucional español no estaba bien declararse odiador de los reyes.
Fue el segundo periódico el titulado Ocios de españoles emigrados, donde escribieron principalmente don José Canga Argüelles y don Joaquín Lorenzo Villanueva. En ninguno de los dos escribí yo, lo cual digo porque ha sido frecuente creer lo contrario. Una contienda literaria entre el mismo Villanueva y don N. Puigblanc mostró superioridad de saber en el último, pero empleada en sustentar extravagancias a la par con verdades, haciéndole mucha ventaja como escritor el primero. En una contestación sobre política entre el insigne economista, pero hombre singular, don Álvaro Flórez Estrada y don José Calatrava, cada uno llevó en mi sentir la palma, pero fue del segundo en materia de estilo. Don Vicente Salvá, dueño de un almacén de librería y exdiputado, trabajó mucho en el ramo de bibliografía. Lo que otros tal vez hicieron, o no salió a luz, o no llamó la atención a punto de habérseme quedado grabado en la memoria.
Tiempo es ya de seguir a la emigración a Francia y decir algo de sus esfuerzos para restablecer en España, si no la Constitución íntegra de 1812, una que de ella fuese y proclamase ser legítima heredera.