El libro más leído.—Ediciones en español.—Ediciones en latín.—Ediciones de la Compañía de Jesús.—Obras Relacionadas con nuestro santo.
Hemos dicho en otro lugar que los Ejercicios, de San Ignacio, se han publicado en todos los idiomas y hasta dialectos, por lo cual, puede asegurarse, sin hipérbole, que es el libro que más se ha leído en el mundo y que más ediciones ha alcanzado.
Por eso es muy difícil hacer una verdadera Bibliografía, en la que se consignen todas las ediciones, autores, etc., que se han hecho y ocupado de este libro de oro.
Muchos han sido nuestros trabajos para bucear en ese océano inmenso de publicaciones, no obstante lo cual, podemos asegurar que con las noticias que aquí damos y las que aportamos en otro lugar, poco será lo que ignorado quede acerca de las publicaciones hechas por los Ejercicios.
Comenzaremos por dar noticia de las ediciones hechas en español.
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1615. Ejercicios Espirituales del B. Padre Ignacio de Loyola IHS.—En Roma, en el Colegio Romano de la Compañía de Jesús.
1626. La Palma (Luis): Camino espiritual de la manera que lo enseña el bienaventurado P. San Ignacio de Loyola en su libro de los “Ejercicios Espirituales”.—Alcalá.
1628. Exercicios Espirituales del S. Padre Ignacio de Loyola, 16 IHS 28.—Sevilla, con una carta del P. Bernardo de los Angeles.
1665. Exercicios Espirituales.—Manila. (De la obra Corrections et additions a la Bibliothèque de la Compagnie de Jésus), por Ernesto.—M. Riviere, S. J.
1671. Exercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, en Sevilla, por Tomé de Dios Miranda.
1698. Exercicios Espirituales, de San Ignacio de Loyola.—En el Colegio del Espíritu Santo, Puebla de los Angeles (Mexico), con una carta del P. Bernardo de los Angeles. En esta obra encontramos unidas las “Reglas de la Compañía de Jesús”, editada por los herederos del capitán Juan de Villarreal.
1773. Exercicios Espirituales, de San Ignacio de Loyola, Fundador de la Compañía de Jesús, con una introducción antes del texto del Santo, conveniente para formar el debido aprecio de estos exercicios y la idea de su método y práctica, por Joseph Dolz, impresor. Valencia.
En esta edición procuró el P. Jerónimo Julián, S. J., incluír los comentarios que hizo a los Ejercicios el prepósito Cf. Uriarte en el Catálogo razonado de obras anónimas y pseudónimas.
1746. Ferrusola (Pedro): Ejercicios Espirituales o una explicación de los Ejercicios de San Ignacio. Barcelona.
1749. Exercicios Espirituales del B. Padre Ignacio de Loyola. Sevilla.
1751. Exercicios Spirituales de nvestro padre San Ignacio. Cómo se hazen y practican en la Compañía de Jesús (de la obra del P. E. M. Riviere, S. J., ya citada.)
1833. Exercicios Espirituales, de San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús. En su texto original, con una introducción oportuna para su aprecio, inteligencia y uso, IHS. Madrid. Con una carta del P. Bernardo de los Angeles.
En este mismo año se hizo otra edición igual a ésta en Burgos.
1837. S. P. Ignatii Loilae Exercitia Spiritualia textu hispánico cum autographo collatione restituto IHS. Roma.
También se hizo en Roma otra edición en este mismo año, y, ciertamente, no estaba muy versado en el español ni en el latín su autor cuando le pone este título: Jesus S. P. L. Exert. Spirita. Textu Hispanico ex diligenti cum autograpo callatione restituto. Romae.
Menos mal que el texto español no está tan corrompido como el título que precede.
1858. Exercicios Espirituales, de San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, en su texto original. Madrid. Con la carta del P. Bernardo de los Angeles.
1867. Ejercicios Espirituales, de San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, tomados del texto original autógrafo del mismo santo. Manresa.
1877. Exercicios Espirituales, de San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, en su texto original IHS. Barcelona.
1880. Ejercicios Espirituales, de San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, tomados del texto original autógrafo del mismo Santo. Segunda edición de Manresa.
1887. Exercicios espirituales de San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, en su texto original. IHS. Barcelona.
Otra edición como ésta se hizo en la misma ciudad condal el año 1892.
1896. Nonel (Jaime): Los Ejercicios Espirituales de N. P. S. Ignacio en sí mismos y en su aplicación. Manresa.
1899. En una obra editada por Calleja y que se titula Joyas del Cristianismo. Colección de devociones, meditaciones y lecturas piadosas, por X., figuran los Ejercicios Espirituales, de San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, en su texto original.
En el mismo año se hizo otra edición en México por los hermanos Herrero.
1700. Ejercicios Espirituales, de San Ignacio de Loyola. Barcelona.
En este mismo año se publicó, también en la ciudad condal, una obra titulada Concordancia entre la “Imitación de Cristo” y los “Ejercicios Espirituales”, de San Ignacio, por el P. Mercier, S. J., versión al castellano de D. Arturo Masriera.
1904. Manual de los Ejercicios Espirituales, de San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, formado según las obras de los más celebrados comentadores de los mismos Ejercicios, por el Padre Jaime Gutiérrez, S. J. Zaragoza.
El Apostolado de la Prensa publicó, este mismo año, en Madrid y en uno de los tomos de su Biblioteca los referidos Ejercicios.
1908. En Roma se publicó una edición de los Ejercicios, reproducción fototípica del original.
1912. Manual de los Ejercicios, por el Padre Carra, se titulaba una obra en dos tomos, publicado en Zaragoza. En el tomo I están los Ejercicios.
1915. En Londres se publicó una obra titulada The spiritual Exercises spanish and english, Roehamptom: printed by John Griffin, y The Spiritual exercises of St. Ignatius Loyola spanish and english With a continuous commentary by Joseph Rickaby, S. J.
Además de todas éstas, conocemos las que a continuación damos:
Fernández Navarro: Meditaciones sobre los ejercicios.
Cataneo (P. Carlos A.): Exercicios Espirituales, de San Ignacio.
Casadavalillo (Franco Xavier): Exercicios Espirituales.
Hortiz de Garay: El Eclesiástico instruído. Exercicios Espirituales.
Muñoz (P.): Exercicios Espirituales.
Salazar (Francisco): Ejercicios Espirituales, de N. P. San Ignacio de Loyola.
Raxas (P. Martín): Meditaciones según las cuatro semanas de los ejercicios de San Ignacio.
Rosignolo (C. G.): Noticias memorables de los exercicios espirituales de San Ignacio.
Torrubio (Pedro T.): Práctica de los exercicios espirituales de San Ignacio.
EDICIONES TRADUCIDAS
AL LATÍN
1548. Exercitia spiritualia IHS. Romae.
1553. Exercitia spiritualia. IHS. Conimbrice per Joannem Barrerium.
1563. Exercitia spiritvalia. R. Admodum in Christo patre nostro M. Ignatio de Loyola Societatis Jesu institutore et primo Generale Praeposito autore.
En 1574 se hizo otra edición, igual que ésta, en Burgos.
1576. Exercita spiritvalia Ignatii de Loyola. IHS. Romae.
1582. Exercitia spiritvalia Ignatii de Loyola. Dilingae. Excudebat Joannes Mayer.
1583. Exercitia spiritualia Ignatii de Loyola, S. J. Vilnae.
1586. Exercitia spiritualia Ignatii de Loyola. IHS. Dvaci.
1587. Exercitia spiritvalia. R. Admodum in Christo Patre nostro M. Ignatio de Loyola Societatis JESU Institutore et primo generali praeposito auctore IHS. Hispali.
1593. Exercitia spiritualia Ignatii de Loyola. IHS. Tolosae.
1596. Exercitia spiritvalia Ignatii de Loyola. IHS. Romae.
Esta es la primera edición en que se ven los lugares corregidos por los Padres encargados por la quinta congregación general.
1596. En una obra que se publicó en la Isla de Amakusa (Japón) y que lleva por título “Nataliillvstriss. D. D. Georgii S. R. I. Comitis ab oppers. dorf etc. Domini Svperioris Glocoviae et Fridecii etc... Cum qua mas etiam preces et religiosa obsequia offert. J. M. S. J.”, se encuentran los Ejercicios, de San Ignacio.
1599. IHS. Exercicia spiritualia Ignatii de Loyola. Valentiae.
1600. Exercitia spiritvalia Ignatii de Loyola. Magvntiae.
1604. Exercitia spiritualia B. Ignatii de Loyola IHS. Kalisz (Polonia).
1605. Exercitia spiritvalia B. P. N. Ignatii de Loyola IHS. Mvsiponti (Francia).
1606. Ad Majorem Dei Gloriam. Exercitia spiritualia B. P. Ignatii Loyolae. Romae.
1610. Exercitia spiritvalia B. P. Ignatii Loyolae IHS. Aundomarojoli (Francia).
1614. Exercitia spiritvalia S. Ignatii latine. Lille (Francia).
1615. Exercitia spiritvalia B. P. Ignatii Loyolae IHS. Romae.
1619. Exercitia spiritvalia B. P. Ignatii de Loyola IHS. No tiene lugar donde se ha publicado.
1619. Exercitia spiritvalia B. P. N. Ignatii de Loyola. París.
Esta edición fué la primera que tuvo autorización, por privilegio del Rey, para que los libreros y comerciantes de París la vendieran, ya en latín, ya en francés, durante diez años, y con este título: “Les exercices spirituels du B. P. Ignace de Loyola, fondateur de l’ordre de la Compagnie de Jesvs”, con una autorización especial de A. Soto e I. Govault.
En este mismo año se hizo otra edición igual, en París también, y que lleva este título: Exercitia spiritvalia B. P. N. Ignatii de Loyola.
1620. Exercitia spiritvalia B. P. N. Ignatii Loyolae. IHS. Dilingae (Baviera).
1635. Exercitia spiritvalia S. P. Ignatii Loyolae, IHS. Autverpiae (Bélgica).
Otra edición parecida a ésta se hizo en los mismos año y población, si bien en esta última se notan algunas novedades que dan a comprender que se editó fraudulentamente, pues cambia la v por la u en los principios de verbo (vt, vtpote, vxor y la w por la v en medio de ellos (quaeis, deuotio, euidens, tecétera) y omite la j en las palabras que deben llevarla, utilizando la i (Iesus, eius). Además, algunas páginas no tratan de la misma materia, aunque se ha procurado que los títulos de los párrafos coincidan en las páginas.
En 1638 se hizo otra edición como la primera del 35, en la misma población de Amberes.
1644. Exercitia spiritvalia S. P. Ignatii Loyolae. París.
En esta obra se incluyen, además, otras relacionadas con la Virgen y la relación hecha en el consistorio secreto sobre la vida de San Ignacio, haciéndose una edición igual en Madrid el año 1770.
También se hicieron ediciones de los Ejercicios: en Viena, el 1656; en Campidon (Baviera), el 1660; en Roma, el 1663; en Amberes, el 1676; en Tirnavia (Hungría), el 1679.
Esta edición es muy notable, con muchos fotograbados de pasajes de la vida de San Ignacio, etc.
En 1680 se hizo en Praga una edición muy original, pues está hecha como en opusculitos y lleva veintisiete imágenes hechas por Samuel Dworzak, en las que no sólo se publican los Ejercicios, sino también otros escritos valiosos, como la bula de Alejandro VII, varias meditaciones, etc.
En Amberes se hizo otra el 1689, y en el 1691 otra en Bolonia.
1692. Pozuan (Polonia). Exercitia spiritvalia St. P. Ignatii Loyolae cum sensu eorumdem explanato a Patre Ignatio Diertius Bruseleusi e Societate Jesu.
Ediciones como ésta se hicieron: el 1687, en Bélgica, y el 1691, en Prusia. Igualmente, se hicieron otras en Amberes el 1693, el 1696, y en Wilna (Lituania) otra, el 1712, así como en Viena el mismo año se hizo otra, a la que agregaron las reglas de la Sociedad.
1721. Exercitia spiritvalia S. P. Ignatii Loyolae IHS. Tyrnavia (Hungría).
1732. En Amberes, otra, muy artística, con gran número de ilustraciones.
1735. En Praga se hizo otra edición y en el mismo año otra en Roma.
1826. Exercitia spiritvalia S. P. Ignatii Loyolae cum sensu eorumdem explanato auctore R. P. Inatio Diertius. Turín (Italia).
1829. Exercitia spiritvalia Directorium et Industriae ad curandos animae morbos. Aviñón (Francia).
El 1835 se hizo otra edición en esta misma capital francesa, pero muy variada en su texto.
El 1836 se hizo una edición en Roma, que es muy parecida a la del 1596, con autorización de la Congregación general, y en 1837 se publicó otra igual a la anterior en la Ciudad Eterna, siguiendo a éstas las publicadas el 1838, en Turín; el 1844, en Vichy y en Le Mans (Francia), y en 1858, en Vichy, otra.
1910. Collectio secessuum spiritualium S. Ignatii de Loyola. Exercitiorum spiritualium Editio princeps qualis in lucen prodiit Romae.
Monumenta Ignatiana. Exercitio spiritvalia Sancti Ignatii de Loyola et eorum directoria, tomo 55. Madrid.
EDICIONES TRADUCIDAS
AL LATÍN POR LA
COMPAÑÍA DE JESÚS
Al hacerse algunas ediciones de las Instituciones o estatutos de la Compañía de Jesús, se incluyeron en este cuerpo los Ejercicios Espirituales, y esto nos da otras tantas ediciones.
La primera de éstas se hizo en Amberes, el año 1635, con el título de Corporis Institutorum Societatis Jesu, y la segunda, en 1702, en la misma población.
En la página 335 aparece el texto Exercitia spiritualia S. P Ignatii Loyolae juxta editionem excusam IHS.
Siguieron a ésta las siguientes: Praga, 1705; Amberes, 1709; Praga, 1757; Génova, 1784; Aviñón, 1829; Roma, 1870, y Florencia, 1893.
También se incluyeron los Ejercicios en el Tesoro Espiritual de la Compañía de Jesús, del que se hicieron las siguientes ediciones: Cracovia, 1606 y 1607; Aviñón, 1834 y 1845; Rehampton (Inglaterra), 1874 y 1876; Brujas, 1882 y 1912, y Bilbao, 1887.
Uno de los que más han comentado e ilustrado este libro santo de los Ejercicios ha sido el P Roothaam, quien lo ha publicado con este texto: Exercitia spiritualia S. P. Ignatii Loyolae cum versione literali ex autographo hispanico Proemittuntus R. P. Joannis Roothaam Praepositi generalis Societatis Jesu littera encyclicae ac fratres ejusdem Societatis de spiritualium exercitiorum S. P. N. studio et usu IHS... en Roma, el 1835; en Londres, el 1837; en Roma, el 1838; en Namur, 1840 y 1841; en Palermo (Sicilia), el 1843; en Roma, el 1847, 1852 y 1854; en Ratisbona, el 1855; en Roma, el 1861; en París, el 1865; en Roma, el 1870; en Rehamtom (Inglaterra), el 1881; en Augsburg (Baviera), el 1887, y en Ratisbona, el 1911.
También encontramos una edición en francés, titulada: “Saint Charles Borromée et les Exercices de Saint Ignace par Mgr. A. Ratti Préset de la Bibliotheque Ambrosiennes Enghien (Belgique). Mars. 1911, pp., 28-29.” Sabido es que este autor es el actual Pontífice Pío XI, que hoy rige los destinos de la Iglesia.
Además, nos encontramos con los siguientes Códices, en que se han publicado los Ejercicios:
1.º Autographum et versio Prima Exercitia S. P. Ignatii.
2.º Exercitiorum versionem primam et Vulgatam.
3.º Apographum exercitiorum S. Ignatii.
4.º Exercitia P. Polanci.
5.º Miscellanea de Inst. S. J., vol. II.
6.º Romanus Ignatii et Lainii.
7.º Barcinonensis III.
8.º Directorium Granatense.
9.º Codex Toletanus Ignatianus.
10. Codex Coloniensis Exercitiorum B. Fabri.
11. Codex Vaticanus. Regina lat. 2.004, del P. Fernando Tournier, S. J.
12. Directorium Mironis. Ms. 76. Archivio di Stato (Romae).
13. Ms. 79. Archivio di Stato (Romae).
14. Directorium Variorum. Ms. 85. Archivo del Estado (Roma); y
15. Codex Burdigalensis Exercitiorum.
Luego hay dos opúsculos, titulados: Fondo Gesuítico, y editados en Roma, en 1553 y 1594, en que se insertan los Ejercicios.
Como se ve, por lo arriba apuntado, son innumerables las ediciones hechas de este libro de oro, y por doquiera difundidas, pudiendo decirse que es el que más ha sido leído, comentado y meditado.
Libro providencial que a tantas almas ha llevado el consuelo, la tranquilidad y el bienestar espiritual, y aun corporal, realizando en ellas verdaderos milagros de transformación[89].
COMENTADORES
DE LOS
«EJERCICIOS ESPIRITUALES»
TERCERA PARTE
COMENTADORES
No queremos dejar de consignar en esta sección, para que esta modesta reseña bibliográfica quede lo más perfecta posible, las obras que han pasado por nuestras manos de autores que han comentado el libro de nuestro Santo fundador.
Barry (Pablo): La solitude de Philagie ou l’adresse pour s’occuper avec profit aux Exercices Spirituels une fois tous les ans durant huict ou dix. Lyon, 1638.
Bellecius (Luis): Medulla asceseos seu exercitia S. P. Ignatii de Loyola ac curatiori, quam hactenus ab aliis factum, et menti ejus propiori methodo explanata. Augustae Vindelicorum, MDCCLXIV.
Bourdalcue (Luis): Retraite spirituelle. París, 1721.
Boylesve (Marin de): Exercices spirituels d’après Saint Ignace. París, 1890.
Cattaneo (Carlos Ambrosio): Exercisi spirituali di S. Ignasio. Venecia, MDCCXXI.
Crasset (Juan): Le chrétien en solitude. París, MDCLXXIV.
Denis (Antonio): Commentarii in Exercitia spiritualia S. P. N. Ignatii concionatoribus etiam accommodati. Malinas, 1891; cuarto tomo.
Diertins (José): Sensus Exercitiorum spiritualium S. P. Ignatii Loyolae explanatus. Iprés. MDCLXXXVII.
Elffen (Nicolás): Scintilla cordis. Exercitia S. P. Ignatii. Coloniæ, 1672.
Ettori (Camilo): Ritiramento spirituale. Venecia, MDCLXXXVII.
Gagliardi (Achilles): Commentarii seu explanationes in Exercitia spiritualia Sancti Patris Ignatii de Loyola. Brugis, MDCCCLXXXII.
Le Gaudier (Antonio): Introductio ad solidam perfectionem per manudictionem ad Sancti P. N. Exercitia spiritualia integro mense obeunda. París, MDCXLIII.
Suárez (Francisco): Re religione Societatis Jesu, liber IX.
Zech (Miguel): Ignatianischer Seelen-Wecker, das ist: geisliche Uebungen des heiligen Ignatii Loyola. Ingolstadt, 1761.
Hummelauer (Francisco): Meditationum et contemplationum S. Ignatii de Loyola puncta. Friburgi Brisg, 1909.
Lerchenfeldt (Leonardo): Exercitia spiritualia: Das ist Geistliche Uebungen des heiligen Ignatii Loyolae Stiffters der Societet Iesv. Ingolstatt, 1645.
AUTORES QUE ESCRIBIERON
ACERCA DE
SAN IGNACIO
CUARTA PARTE
OTROS ESCRITORES
Para cerrar esta sección, daremos a conocer otros autores que se ocuparon de nuestro Santo Fundador.
AUTORES ESPAÑOLES
Castañiza: Descripción de lo que la Junta de Vizcaya hizo para elegir por Patrono a San Ignacio. Constituciones de la R. Congregación de San Francisco Xavier y San Ignacio de Loyola.
Alberti (P. Domingo Estanislao): El mes de julio consagrado a San Ignacio.
Beguiriztain (Justo): San Ignacio de Loyola, apóstol de la comunión frecuente.
Bauza (Simón): Sermón en honor de San Ignacio en las fiestas del Colegio de la C. de J., de Mallorca; 1622.
Villarroel (P. Gaspar): Sermón del glorioso San Ignacio en la Canonización.
Novell (Santiago): Tres glorias de San Ignacio.
Album: San Ignacio en Manresa.
Valderrama (Pedro): San Ignacio. Sermón en la beatificación.
Alarcón (Julio): Ignacio de Loyola, según Castelar.
Escolar Y Mendoza: San Ignacio (poema). Fiestas suntuosas que Madrid celebró el 19 de junio del 1622, en su canonización.
Alberola (Ginés): San Ignacio y los Jesuítas.
Oña (Pedro): Ignacio de Cantabria.
Andrade (P. Alonso): San Ignacio de Mumbrega (veneración de la imagen).
Certamen poético con motivo de la canonización de San Ignacio, en Gerona; 1622.
Relación de lo que se hizo en Roma en la canonización del Santo fundador Ignacio de Loyola.
AUTORES LATINOS
Longobardis (Fr. Franciscus): Ignatii æscriptio apparatus quo in festu Sancti celebravit Collegiunm Romanum.
Directorium in exertitia spiritualia (P. N.)
Pearson: Ignatii vindictæ epistolarum S. J.
Y no anotamos más, por no hacer prolija esta relación, pues tan sólo estos estudios, que son los más notables, hemos recogido, para dar una fiel idea de la universalidad de este libro, y, además, en otra sección nos hemos ocupado de los autores que han estudiado a nuestro Santo, en su Vida.
Insistir más en este punto sería fatigar demasiado al lector, y no es nuestro ánimo otro que el de presentarle todas las fuentes en que puede apagar su sed de verdad y satisfacer su anhelos de conocimientos biobibliográficos.
DOCTRINAS FILOSÓFICAS
QUE SE ENCIERRAN EN EL LIBRO DE LOS
“EJERCICIOS ESPIRITUALES”
DE
SAN IGNACIO DE LOYOLA
CAPÍTULO PRIMERO
El siglo XVI.—Aspecto religioso.—Aspecto científico y prodigioso.—Portae inferi non praebalebunt.—La figura de San Ignacio.
En todos los tomos hemos creído necesario estudiar los aspectos que afectaban a nuestros autores, y así en el de Valles (el Divino) estudiamos la Filosofía, y en el de Santa Teresa, a España.
En éste hemos de exponer una idea general de lo que fué aquel siglo llamado de oro por antonomasia, pues desde cualquier punto que se le mire fué grande y único en la Historia del Mundo.
Por lo que hace a la parte religiosa, diremos, con Cretineau-Joli[90], que parecían haber terminado las luchas a mano armada contra la religión del Crucificado, pues la Iglesia, protegida hasta entonces por la energía de los Pontífices, y por la veneración de los pueblos a sus Reyes, se hacía respetar.
Mas, al llegar este siglo, se ve surgir una generación de enemigos, cediendo la espada a la pluma y a la palabra.
Por todo ello, lo que necesitaba la Iglesia no eran soldados, sino doctores, y tanto las Ordenes militares, que habían terminado el fin para que fueron creadas, como las monásticas, que cumplían la misión que sus fundadores les señalaran, eran impotentes para hacer frente a la tempestad que se iniciaba con visos de una gran batuda, pues rugía por doquier en las ideas, en los ánimos y en los corazones, que, impulsados por un desenfreno de pasiones, por una orgía y por una impudicia rayanas en la bacanal, buscaban en la independencia el camino más apropiado a las innovaciones.
Acontecía al siglo XVI lo que al astro-rey, que, cuando se halla en la aurora, trabaja por abarcar ambos mundos.
Y así vemos que el sacerdote inglés conocido por Wiclef y el alemán Juan Hus siembran, con sus teorías, el germen de la discordia en el hogar doméstico, impulsados tan sólo por un orgullo desmedido, por una ambición de celebridad exagerada, teniendo su justo castigo en la hoguera.
No obstante esto, el camino de la herejía se abrió paso a todas la enfermas imaginaciones, a todos los caprichosos orgullos, ya que fácilmente se encontraban también muchos espíritus exaltados y crédulos, gran corrupción en los grandes, desmesurado anhelo de igualdad, de fraternidad, de libertad en los pequeños, y en casi todos unas ansias de formar masa común para llegar a la conquista de esos ideales.
A diario, pues, surgían en el inmenso océano de sectas ignoradas, propuestas a aniquilar la Religión Católica, novadores diversos y extraños, tras de apostatar, unos en el Claustro, y como escudados en la sombra del altar, enseñaban, hipócrita y descaradamente, a los fieles cuán pesado era el yugo de la Iglesia, o bien la felicidad que los pueblos obtendrían si caminasen por la ancha senda de esa trilogía emblemática y que tenía visos de una completa fuerza regeneratriz.
De todos estos escollos y peligros había salido triunfante la Sede Apostólica; mas el choque incesante de inteligencias y de ideas lanzaba una antorcha brillante en los Estados de Europa.
Y es que los caracteres, el genio, las costumbres, todo parecía encontrarse en un estado excepcional; todo tomaba el colorido de una energía brutal, de una avalancha avasalladora.
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Por lo que hace al genio de las conquistas científicas, vemos que extralimita los rangos todos y sale de todas las clases sociales: y Gutemberg inventa la imprenta; Shoeffer y Fust, le secundan, y, como si en este siglo quisieran brotar todos los prodigios, surcan los mares en busca de nuevos continentes intrépidos navegantes, como Bartolomé Díaz, que arriba al cabo de Buena Esperanza; Cristóbal Colón, que descubre América; Vasco de Gama, que franquea el camino de las Indias orientales; Magallanes emprende el primer viaje alrededor del Mundo; Pizarro penetra en el Perú, y los portugueses, en el Brasil, y Americo Vespucio transmite su nombre a regiones que no descubriera.
Además de estos grandes hombres, aparecen también El Dante, el Petrarca y Bocaccio, de un lado; de otro, Cristino de Pissan, Alain Chartier, Chaucer, Monstrelet y Villon; por aquí, Teodoro de Gaza, Ambrosio Camaldula, Jorge de Trebisonda y Lorenzo Valla; por allá, Brunelleschi, Veugbeg, príncipe de Samarkand, Ghiberto y Donatello, arquitecto, astrónomo y escultores. respectivamente.
Kempis lega al mundo cristiano la Imitación de Cristo; Maso inventa el arte del estampado; Chalcondyle historia la guerra de Turquía con Atenas, su patria; Montreal escribe Matemáticas; Alejandro de Imola, Littleton, Fortesme y Cuyas resucitan la Jurisprudencia; Bessarion, Juvenal de los Ursinos y Felipe de Commines se hacen historiadores; Angel Policiano, Bárbaro y Mérula estudian y transmiten a Europa las lenguas antiguas; Juan Miguel de Angers, Guarini y los dos Strozzi se revelan como poetas; Leonardo de Vinci funda, en Florencia, la Escuela de Pintur; el Giorgine, la de Venecia, y la alemana Alberto Durer; Maquiavelo da sus lecciones a los príncipes, etc., etc.
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Con todo esto, la Iglesia ve que contra ella surgen multitud de adversarios, y unos marcharán armados, dispuestos a destruírla; otros, con la palabra y la pluma, que son más poderosas que la espada y el cañón.
Pero nada importa; porque cuando estas legiones de enemigos, brotadas en todos los pueblos y salidas de ellos como asociadas para asestar contra ella sus tiros, permanecerá impávida, impertérrita, segura de que se cumplirá la profecía de su Divino Fundador: et portae inferi non prae, valebunt; las puertas del averno serán impotentes contra ella[91].
Cierto que se batirán contra ella e
intentarán abatir su poder los reyes, con sus pasiones; los pueblos, con sus desenfrenos; hasta los religiosos, con su vesánica apostasía. Mas responderá, ordenando a Bramante echar los cimientos de la Basílica de San Pedro, y Miguel Angel la concluirá, poniendo por cúpula el panteón de Agripa; Rafael y Julio Romano cubrirán las paredes del Vaticano con sus frescos inmortales, y Bembo y Sadolet escribirán bellas encíclicas, dictadas por León X.
Roma veráse amenazada de su ruina total por el condestable de Borbón, que la sitia, la toma y la entrega al pillaje; pero, ¿qué importa a Roma esta nueva contrariedad? Pasan los hombres, y, como Borbón, mueren a sus puertas; pero ella está destinada a sobrevivirlos y conducir el luto de todas sus dinastías.
Ha desaparecido Rafael, y le suceden en el arte y en la gloria el Correggio y el Parmesano, el Ticiano y el Veronés, los Carrache y el Tintoreto. Tasso nos presenta el asombro de su Jerusalén Libertada. Copérnico y Galileo hacen una nueva adquisición en la ciencia de los astros. España y Portugal, en fin, dominan los mares desconocidos hasta entonces, y los más vastos imperios y el espíritu meridional, propio de la raza latina, se manifiesta en las escuelas españolas, encendiendo el alma de los Granadas, Leones, Teresas e Ignacios, que nos dejaron hondas huellas de su camino, sembrándolo de teorías filosóficas admirables y de doctrinas divinizadas.
Y aquí aparecerá nuevamente, con tan grandes paladines, todo el esplendor, toda la grandeza y toda la gloria de la Iglesia Católica, vencedora de los volterianos, de los gnósticos, de los arrianos y de todos los sofistas que pretendieron enturbiar las puras aguas de las doctrinas ortodoxas.
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Y, mientras todo esto ocurría; mientras la luz disipaba las tinieblas por doquiera, con tan maravillosa rapidez, que a veces parecía temerse que la misma luz que quería iluminar al mundo le incendiase, por su gran fuerza, aparece un hombre, “llano y sencillo, sin desaliño[92], humildísimo, sin bajeza; noble y generoso, grave y cortés, levantado sobre todo lo terreno, despreciador de todo lo caduco, con la mira puesta siempre en el que siempre, sin interrupción ni mudanza, dura; gobernándose en todas las cosas, grandes y pequeñas, por razones altísimas; señor de todas sus pasiones, dueño hasta de los primeros movimientos de su ánimo, y, por lo mismo, manifestando sin alteración, por de fuera, la imperturbable bonanza en que su alma navegaba, sin demora, a las eternas riberas, y descollando en el hermosísimo cortejo de todas las virtudes cristianas, que siempre le acompañaba la prudencia más que del hombre, y la caridad de Dios y de los prójimos por Dios, que abrasaba en seráficos, pero apacibles ardores, su corazón, no dándole punto de reposo en procurar, con todas sus fuerzas, que Dios y el Unigénito de Dios, hecho hombre por los hombres, fuese de los hombres conocido, amado y glorificado; y los hombres, conociendo, amando y obedeciendo al que los crió y redimió, fuesen dichosos con la esperanza en la vida fugaz presente, y cumplidamente bienaventurados en la que nunca se acaba, con la vista y posesión del Sumo Bien: tal aparecía a los que le trataban, por más que con vigilante estudio y singular destreza estuviese siempre atento a encubrir los dones que Dios había atesorado en su bendita alma.”
¿Adivináis quién es este hombre? No otro que Ignacio de Loyola, aquel espíritu grande, fuerte, vehemente, de quien dice Castelar lo siguiente:[93] “Es el sumo imperante de las almas, quien funda una religión y organiza una milicia... Extiende su Compañía desde los mares sicilianos hasta los mares andaluces, surge a un tiempo en las Indias orientales y en las Indias occidentales, penetra en el Congo y en Goa, intenta romper las murallas de la China y atravesar las costas del Japón... Al pensar que todo esto se ha intentado y concluído sin armas, sin recursos, por un hombre solo, de seguro, aunque no compartáis mis ideas, admiraréis su firme y robusta voluntad”.
Y en otro lugar dice:
“Ignacio, solo y entregado a sus propias fuerzas, quiso un día realizar y cumplir lo que no habían realizado y cumplido los siglos de fe y las cruzadas de Europa.”
De aquí que el Pontífice Paulo III le llame: “varón lleno del Espíritu Santo e insigne en el don de la sabiduría”.
Avezado Ignacio a las prácticas militares, se figuraba a Jesucristo como un general que combatía por el triunfo de la gloria divina, invitando a todos los hombres a colocarse bajo su enseña; y de aquí le provino el deseo de formar un ejército, del que Jesús fuese el Jefe y el Emperador, teniendo por divisa: Ad Majorem Dei Gloriam, y cuya misión principal fuese la salvación de los hombres. He aquí la imagen perfecta de Ignacio al fundar la Compañía, y he aquí, con él, una de las figuras más relevantes de aquel siglo de portentos y milagros, por lo que se le llamó de Oro.
Pero Ignacio escribió el libro de los Ejercicios Espirituales, libro que se puede llamar arte de convertir al pecador, y que se separa de todos los caminos trillados para conducir a la perfección, fruto de una idea profunda, de una emanación divina, que ha producido grandes resultados.
Y este libro, que se apodera del hombre en las mantillas del pecado, le subyuga, le impulsa a salir del mundo y le coloca, trémulo y palpitante, en manos de la Divinidad, está lleno de filosofía, que es lo que nos proponemos estudiar en este nuestro pobre trabajo, y en los sucesivos capítulos, para ver si puede figurar, con méritos bastantes, entre los grandes filósofos españoles.
CAPÍTULO II
Por qué es filósofo San Ignacio.—Su intuición de la belleza intelectual y moral.—Fecundidad de sus verdades psicológicas.—Abstrae para ser más claro.—La doctrina evangélica, compatible con los progresos de la civilización.
Si entráramos a estudiar los orígenes de la Filosofía para responder al primer punto de este capítulo, tendríamos que remontarnos a épocas bien lejanas, ya que, según Balmes[94], ésta fué comunicada al primer hombre, y, según un autor de la autoridad del señor García Luna, “la Filosofía de la Historia es creación de época harto reciente. Herodoto y Tucídides se ciñeron a contar los acontecimientos; Tito Livio y Diodoro aplicaron ya el raciocinio a los sucesos que referían; por fin, la idea de averiguar si la Humanidad obedece en su desenvolvimiento, en el tiempo y en el espacio, a una ley invariable, empieza a manifestarse en el libro de Vico, y es asunto, en adelante, de las meditaciones de Herder, Hégel y Shlegel”[95].
Ahora bien; la Filosofía es debida al anhelo de saber las causas, y ese anhelo nace en el hombre cuando ya le son conocidas aquéllas y los fenómenos que las producen.
Ancillon dice de la Filosofía que “consiste en separar los principios y las ideas eternas de las formas de que están revestidas”.
Por eso los primeros sistemas filosóficos de que tenemos idea son como síntesis muy vastas y que tan sólo aspiran a dar una ligera razón e idea de las cosas, a saber: Dios, el mundo y el hombre, que tan ligados están entre sí, que no puede substraerse la consideración de uno de estos factores a los otros dos; de aquí que la inexperiencia de los pensadores primitivos hiciérales considerar cuán irrealizable es la empresa de explicarlos conjuntamente[96].
La Filosofía, con el transcurso de los tiempos, ha cedido en no pocas de sus primitivas pretensiones, aunque no por eso ha mudado su esencia, que es la de inquirir cuál es el principio que explica las observaciones y empieza donde termina la jurisdicción de los órganos corporales.
Ahora bien; no se llama filósofo al jurisconsulto que sabe interpretar las leyes de su país, ni al historiador que relata con toda minuciosidad los acontecimientos de una época, ni al poeta que con su estro poderoso ensalza el valor de los guerreros, la belleza de las damas, la gentileza de los nobles, el heroísmo de sus soldados y el acierto de los gobernantes.
Para merecer el nombre de filósofo se precisa la intuición clara y precisa y averiguar las causas íntimas, espirituales, la psicología y la ética de las acciones humanas en todos sus aspectos.
Refiere Cicerón que como aquel Rey de los flacios, Llamado León, oyese a Pitágoras discurrir, con el saber y la elocuencia en él peculiares, le preguntó qué arte profesaba, a lo que respondió que ninguno; pero que era filósofo.
“Entonces—repuso el Rey—, ¿en qué se diferencian los filósofos de los demás hombres?”
A lo que contestó Pitágoras, con gran aplomo y parsimonia:
—Paréceme que sucede en este mundo lo que en las grandes asambleas que se celebran en Grecia para los juegos públicos.
—¿Quieres decirme qué sucede?—repuso el Rey.
—Que acuden muchos a ellas—dijo Pitágoras—por el deseo de merecer coronas sobresaliendo en los ejercicios de cuerpo; otros, para enriquecerse, por medio del comercio; otros, de más templado ánimo, no buscan aplausos, ni ganancias, sino se reducen a ser meros espectadores y a reflexionar sobre lo que pasa delante de sus ojos. Otro tanto puede decirse de todos los hombres que, pasando de otra vida a ésta, buscan en ella: unos, la gloria; otros, las riquezas; pero pocos se aplican a conocer la naturaleza. Pues he aquí a los filósofos, los amantes de la sabiduría, y en el mundo no hay profesión más bella que el estudio y el conocimiento de todas las cosas.
Por eso dice Cicerón: “¡Oh, Filosofía, tú eres la que guías al hombre por esta vida, la que le induces a la virtud y que expulse sus vicios! ¡Qué sería la vida de los hombres sin ti! Tú diste a luz a los pueblos; tú reuniste a los hombres, que andaban desperdigados, en familia y sociedad, en las aulas, en todas partes y en una comunión íntima; tú fuiste la inventora de las leyes; tú fuiste, en fin, la maestra de las costumbres y de las disciplinas”[97].
Así, pues, según el dictamen de Pitágoras, es filósofo aquel que se impone la misión de reflexionar acerca de lo que los demás hombres se contentan con sentir.
Maine Birau dice que “es filósofo aquel que pretende conocer lo que existe fuera de los fenómenos, las causas y las sustancias”[98].
Cousin afirma que “la Filosofía comienza en el momento que el hombre prueba a darse cuenta de sus ideas, y que, en realidad, todas las verdades le pertenecen”[99].
Cicerón la define: La ciencia de los principios y de las cosas divinos y humanos y sus causas[100].
La Filosofía es la razón examinando, dice Balmes[101].
Cree Lamennais que la Filosofía tiene sus raíces en nuestra naturaleza..., que es el ejercicio de la razón; la actividad de la mente aplicada a la investigación de las causas por cuyo medio pueden ser conocidos los fenómenos”[102].
Y, en otro lugar, dice el propio autor: “Después que el hombre interrogó a la naturaleza sobre el secreto de sus operaciones y de sus leyes y trató de descubrir las de su propio individuo, puede asegurarse que existió la Filosofía... inseparable de la mente; por eso es en el mundo de los espíritus lo que el movimiento en el de los cuerpos”.
Proudhon mismo opina que “la Filosofía es el camino de la ciencia, el espejo de la virtud y el antídoto de la superstición, pues enseña la lógica, la moral y la historia”[103].
Los dogmatistas, en fin, enseñan que “la Filosofía es la investigación de los principios primeros”[104].
Todos los autores citados convienen en que el filósofo es el que procura descubrir la razón de los hechos, causas, fenómenos, etcétera; por eso lo abarca todo, pudiéndose aplicar a la Filosofía lo que Salomón decía de la sabiduría[105]: “Hay en ella un espíritu de inteligencia... que todo lo ve y que a todas partes alcanza a causa de su pureza”.
San Agustín dice: “Los más señalados y aplaudidos filósofos, cuyo nombre, si le interpretamos en idioma castellano, indica evidentemente, ser amantes de la sabiduría; y si la sabiduría es Dios, que creó todas las cosas, conforme a lo que enseñó la autoridad divina y la misma verdad, el verdadero filósofo es el que ama a Dios (porque no son, ciertamente, amadores de la verdadera sabiduría los que se llaman filósofos)”[106].
Aplicado, pues, este concepto a nuestro Santo Fundador bien puede decirse que fué filósofo, porque él estudia a Dios como criador[107], al mundo, cuando habla de las criaturas[108], y al hombre, cuando analiza su fin[109].
Y como si esto no bastara, para reforzar sus argumentos, no sólo apela a la lógica, por medio de su raciocinio, sino que, valiéndose de la fe y de la razón[110], esgrime también la moral y la historia[111], según Proudhon, enseñando al hombre en los Ejercicios Espirituales el camino de la verdadera ciencia, que se encierra en el conocimiento de los tres fundamentales principios; pone ante él la virtud[112] como espejo para que en ella se mire y, conociendo su hermosura, la ame y desprecie la superstición, el vicio, el pecado[113].
Conforme con la definición de los dogmatistas, San Ignacio investiga los principios primeros, puesto que analiza a Dios como creador[114] y como único fin del hombre[115], pues si creó a las demás criaturas[116] fué para que le ayuden a conseguir su fin.
Pero no se contenta con filosofar sobre todas las cosas que conoce, sino que quiere participar de la ley común para que la luz que difunde en derredor suyo ilumine también el centro de que proceden sus rayos con aquel lema de: “Ad majorem Dei gloriam”.
Se llama filósofo a San Ignacio porque trata de los medios de conocer qué debemos a la Providencia: como es el haber dado al hombre un cuerpo y un alma, facultad de conocer lo cierto y querer lo bueno, enriqueciéndole de entendimiento para conocerla, de voluntad para amarla. El que no lo entienda y piense no tener dueño o superior, es un necio.
Además, al abrir las obras de muchos filósofos, nos encontramos con grandes contradicciones en sus ideas, exposición o sistema, y de ahí que se menoscabe el concepto que se tiene de la Filosofía. Porque unos niegan la existencia del Universo, como Barcley, Hume, etc., y otros, la de su propio individuo.
¿Qué significan, si no, esa multitud de opiniones, opuestas entre sí, que pretenden haber dado cada una con la verdad a que todas aspiran? Pero, bien fácil es la explicación. La mayoría parten de bases falsas, pues, mientras Locke dice que todas las ideas nos vienen de los sentidos, Descartes sostiene que todas las ideas se forman en el entendimiento; mientras los escépticos afirman que no hay principios primeros, los dogmatistas aseguran lo contrario; mientras Hume mantiene su teoría de que las ideas de causa y substancia, son quimeras, Kant define las ideas de causa y de substancia, concebidas necesariamente por el espíritu, y mientras éste prueba que existe el espíritu, Hume lo niega rotundamente.
El monoteísmo cree en un Dios; el politeísmo, en muchos dioses; el panteísmo dice que todo es Dios; el ateísmo niega su existencia; el mahometismo opina que no hay más que un Dios, y el cristianismo cree en un sólo Dios, con tres personas; el magismo supone dos personas o hipóstasis en Dios; el gnosticismo, en fin, defiende que hay cuatro, siete, diez, etc., personas en Dios.
Es decir, que en lugar de ese concierto armonioso que suponíamos reinaba en el templo de la sabiduría, llega hasta nosotros el rumor bien acentuado de los que disputan entre sí, sin llegar a entenderse; creíamos encontrar en la Filosofía el orden y nos hallamos, de manos a boca, sumidos en un caos.
Todo esto tiene una explicación natural: primero, porque la senda seguida por muchos entendimientos ha obedecido a circunstancias particulares en que se ha visto cada uno de los filósofos y del deseo de reducir los conocimientos adquiridos a una unidad; y, segundo, porque, aun buscando todos la verdad, no han logrado encontrarla por seguir derroteros nada propicios para dar con ella.
He aquí por qué San Ignacio es filósofo.
Él supo beber en la fuente única de la verdad; él siguió la verdadera senda; él miró de hito en hito al horizonte y vió el cenit de todo saber y, siguiendo con la mente y con el corazón al sol de la fe y de la razón, llegó hasta el nadir, donde se encontró con la Verdad única, la razón inconfundible de todo lo existente, el principio y fin irrefutable y única fuente de la sabiduría.
Por eso San Ignacio no es sólo filósofo, sino GRAN FILÓSOFO, pues llega, en su intuición, en su raciocinio y en su demostración hasta donde pocos filósofos han llegado; al summum de la sabiduría, que es conocer, amar y poseer a Dios.
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Pero hay más; el Santo Fundador manifiesta bien claramente, y a pesar de lo rudimentaria de su educación intelectual, la intuición que posee de la belleza suprema, puesto que considera cómo la perfección es complemento de aquélla.
El bien no sólo se revela a la conciencia por la voz del deber, sino también a los sentidos por medio de la belleza: “He de amar y temer a Dios, que me ha sacado de la nada... Mi fin último es ver y poseer a Dios. Ser feliz con la misma felicidad de Dios; habitar eternamente en los palacios de la gloria; gozar de la vista clara del Señor, arrebatado y transformado en Él, por maravillosa manera e inefable unión”[117].
Así demuestra conocer lo sublime y lo bello, porque participa de la naturaleza de lo infinito.
La belleza, muchas veces, se reviste a nuestros ojos con apariencias sensibles, pues que la sublimidad deja en el alma cierto abatimiento que, indudablemente, nace de esa dificultad que sentimos al quererla representar, por medio de imágenes, la idea de lo infinito. Así se ve que, cuando muchos escritores quisieron vencer este obstáculo, cayeron en lo grotesco.
Véase, si no, cómo cierto compilador del Talmud quiso representar la inmensidad de Dios: “Los ojos distan trescientas mil ochocientas millas el uno del otro; cada uno de sus pies comprende treinta mil de estas millas; cada milla divina tiene cien mil varas divinas; cada vara, cuatro palmos, y cada palmo es como el diámetro de la tierra (¡!)”[118].
Como se ve, a pesar de la buena intención del pintor, no da una idea de la imagen del Supremo Hacedor, ni siquiera de su grandeza, porque los sentidos no encuentran en ella la representación material de la idea de lo infinito.
Los vedas describen así al Autor del Universo: “El Ser Supremo, único, no se mueve, aunque sea más rápido que el pensamiento; porque los dioses mismos no pueden alcanzarle: no se deja percibir por los órganos primitivos de la sensación: es superior a los otros órganos de la inteligencia: permanece inmóvil; y durante este tiempo, después de medir la extensión y el espacio, establece el sistema de los mundos. Él se mueve y no se mueve: está en todas partes y fuera de ellas”[119].
Y en otro lugar dicen: “Debemos representarnos al gran Ser como dueño soberano del Universo, como más sutil que un átomo, tan resplandeciente como el oro más puro y de manera que el espíritu puede concebirlo en el sueño de la contemplación más abstracta”.
Alejandro Dow, comentando estos pasajes de los vedas, dice:
“—¿Qué concepto ha de formarse de Dios?
“—Que siendo inmaterial, es superior a toda concepción: que siendo invisible, no puede tener forma; pero, según lo que vemos en sus obras, podemos inferir que es eterno y todopoderoso, que conoce todas las cosas y que en todas partes está presente.”
Los bracmanes conciben así a Dios: “Nada hay más allá del Ser Supremo: es el límite, el último término de la senda..., oculto en todos los seres, en ninguna parte aparece este espíritu, pero los hombres, cuya vista penetra hasta el principio sutil, saben reconocerle con su inteligencia perspicaz, que permanece fija en un punto único... La divinidad carece de oído, de tacto, de gusto, de forma y de olfato; no puede perecer; no tiene principio ni fin; es inalterable”[120].
Fray Luis de León dice: “Dios está junto con nuestro ser, aunque muy lejos de nuestra vista, por lo cual fué conveniente hiciésemos algún nombre, y en el entendimiento alguna figura suya, aunque ella sea obscura e imperfecta[121], que San Pablo la llama enigmática[122]...” Y, después, añade: “Cuando decimos que Dios tiene nombres propios, no decimos que sean cabales e iguales: para que sean propios basta que declaren de las cosas que son propias y aquélla de quien se dice alguna de ellas: mas si no las declara todas enteramente, no será igual. El nombre de Dios no le iguala, como tampoco le podremos entender como quien él es entera y perfectamente. Porque lo que dice la boca es señal de lo que se entiende en el alma; y así no es posible que llegue la palabra adonde el entendimiento no llega: esta es la razón por qué a Dios se dan muchos nombres; su misma grandeza y los tesoros de sus perfecciones riquísimas y, juntamente, la muchedumbre de sus oficios y de los demás bienes que nacen de él y se derraman sobre nosotros, el Espíritu Santo, que conoce la angostura y estrechez de nuestro entendimiento, no nos representa toda junta aquella grandeza, sino como en partes nos la ofrece, diciéndonos algo debajo de un nombre y debajo de otro nombre, otra cosa, otras veces; de aquí el llamarle la Escritura, león, cordero, puerta, camino, pastor, sacerdote, sacrificio, esposo, vid, pimpollo, príncipe de paz...”[123].
Examinadas todas estas definiciones de la idea de Dios, se ve que en ninguna llega la palabra adonde el entendimiento.
Y es que, según la concepción de casi todos ellos, el Ser infinito supone estar en todas partes; mas la idea de estar supone, asimismo, ocupar una porción del espacio, tener extensión, y, como ésta es incompatible con la idea de Dios, se añade que está en todas partes, pero fuera de ellas.
El hecho es natural; pues aunque la inteligencia humana alcanza hasta lo absoluto, por medio de la intuición de esa belleza, pero no puede reducirlo hasta los términos de sus concepciones ordinarias, porque ocultándose a sus ojos el primer eslabón de la cadena, aunque los otros eslabones que ve no le dejen dudar de su existencia, ha de contentarse con la idea por él concebida.
“Más allá de los cielos, el Rey de los cielos reside”, dijo Voltaire, y Alberto Haler añade: “El pensamiento, millares de veces más corredor que el viento, más ligero que el sonido, más rápido que el tiempo y más veloz que las alas mismas de la luz, se fatiga en vano por alcanzarle, y aun desespera de poder jamás tocar sus fines”.
Como se ve, pues, el personificar la idea de Dios en la mayoría de los casos es rebajarla, porque ninguna personificación se acerca siquiera a Aquél cuya esencia es el carecer de términos que le circunscriban.
San Ignacio, en cambio, ha acertado a darnos en unas simples pinceladas la idea perfecta de esa belleza, intelectual y moral, de Dios, con estas lacónicas pero expresivas palabras: “Con plenitud y perfecta posesión de todos los bienes y delicias, sin mezcla de mal alguno...[124]. Dios es principio y fin de todas las cosas...[125]. Es justo..., misericordioso..., sabio y santo...[126]. Creador y Señor de los hombres...[127]. Rey de gloria inmortal y eterno...[128]. Dios infinita sabiduría..., infinito poder..., infinita santidad y justicia..., bondad por esencia”[129].
¿No se ve en estas frases y en estas definiciones pinceladas de maestro que dan perfecta idea del Ser Supremo?
Y es que Ignacio, intuitivamente, veía a Dios, sentía al Ser Supremo tal cual era y con la palabra llega a la mayor perfección en la expresión de la idea de lo infinito, de lo bello y de lo eterno, sin rodeos, sin subterfugios, sin adornos retóricos, sino tal como lo sentía, sencillamente, que es la mayor elocuencia de la Filosofía.
Por eso pueden calificarse esas descripciones de Ignacio de sublimes, pues se acercan a lo infinito y las concebimos sin dificultad, porque las vemos reducidas a los límites de la criatura, y así se ve, al propio tiempo, cómo el hombre se engrandece a medida que participa más de la divinidad.
Ya lo dijo San Pablo: “Habetis fructum vestrum in santificationem, finem vero vitam æternam”. Habiendo sido hechos siervos de Dios, cogéis por fruto vuestro la Santificación y por fin la vida eterna[130].
Y el Santo filósofo nos aconseja: “Hacer la voluntad de Dios en presencia de Dios y conversar con los hombres, sin perder la familiaridad con Dios, y trabajar en lo de fuera sin perder el descanso y quietud del corazón: de manera que a la presencia de Dios se añada el poner por obra y en ejecución la voluntad de Dios”[131].
De este modo nos demuestra, además, cómo una criatura imperfecta presiente y aspira a la perfección y da lugar a que el ingenio la embellezca, aproximándonosla al fin que ella, por sí propia, se inclina: “Así el poder que hay en mí, corto y limitado, es participación de un poder infinito, mi justicia de su justicia y lo mismo mi bondad, misericordia y demás.”
De esta verdad tan importante me serviré ahora y siempre para hacer escala de las perfecciones creadas y subir, por ellas, a la contemplación de las divinas... para amar a Dios como Bien sumo y por sí mismo[132].
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Son las verdades psicológicas como el vehículo que conduce a la mente humana por los derroteros de la verdad, pues establecen una gradación entre sí para llegar a un término: el raciocinio.
Porque así como no puede haber efecto sin causa, así tampoco puede llegarse al raciocinio sin que hayan precedido la razón, la reflexión, la comparación, el juicio, y se hayan desarrollado todas con entera libertad.
Cree Laromiguière[133] que con la atención, que sirve para adquirir ideas exactas de las cosas con la comparación, que descubre las relaciones, y con el raciocinio, que ya nos eleva a los principios, hay lo suficiente para darse cumplida cuenta de todas las obras de la mente humana.
Así vemos que Benjamín Constant tuvo motivo bastante para establecer como un principio inconcuso que el sentimiento religioso es inherente al corazón humano, con sólo observar y conocer las costumbres de varios pueblos antiguos y modernos y parangonar unos con otros.
Y es que la idea es un verdadero juicio, puesto que nace de una relación de distinción.
Cardaillac opina que la idea ha sido formada por el juicio; mas a éste ha precedido la comparación, que, al decir de Damiron, es una cosa muy sencilla, puesto que no es sino poner unos objetos junto a otros, viendo sus semejanzas o diferencias y así quedan comparados, formándose después el juicio que cada uno le merezca, bien entendido que a estas operaciones han de asistir la razón y la reflexión para que lleven toda la cohorte de seguridades y conduzcan al verdadero enjuiciamiento libre y natural, como acto humano que es.