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San Ignacio de Loyola

Chapter 39: CAPÍTULO III
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About This Book

Presenta la vida y obra del fundador de la Compañía de Jesús, ofreciendo una biografía acompañada de bibliografía y un análisis filosófico de los Ejercicios espirituales, considerados aquí como vehículo doctrinal y ético. El autor examina las fuentes internas y externas que inspiraron el texto, expone sus teorías morales y su método espiritual, y valora su influencia en la formación de conciencias y en la vida social. Incluye prólogo y consideraciones sobre la situación intelectual contemporánea, proponiendo la doctrina examinada como respuesta al materialismo y al escepticismo. El estudio combina erudición documental con una intención apologética y pedagógica.

Por las verdades psicológicas se ve, pues, cómo la mente, al ir analizando todas las cosas que se hallan fuera de sí, va desenvolviendo esas madejas que habremos de llamar razonamientos, hasta dar con el verdadero y definitivo juicio de todos y cada uno de los actos del hombre.

Por eso dice un ilustre pensador que el filósofo no debe ceñirse a señalar tan sólo la diferencia que existe entre los principios racionales y los otros principios, sino que es preciso que, estudiando la índole de los unos y de los otros, muestre que los primeros son, por decirlo así, las palancas del entendimiento, los medios inexcusables, únicos, de que se sirve para levantar el edificio de la ciencia.

Al hablar de este modo es porque queremos demostrar cómo también en el libro de los Ejercicios Espirituales hay verdades psicológicas cuya fuerza incontrastable verá quien observe cómo su autor va caminando con gran mesura y parsimonia por todas esas piedras angulares que hemos dado en llamar así, verdades psicológicas, y que son, como al principio decimos: razón, reflexión, comparación y juicio, formando así las ideas y los razonamientos para llegar a las conclusiones más lógicas y más fundamentales.

¿Acaso no vemos en la meditación de los tres pecados cómo razona y reflexiona sobre los males sin cuento que ha traído a la humanidad, por la rebelión de los primeros ángeles, por la insumisión de nuestros primeros padres y por la propia soberbia del hombre cuando infringe sus mandatos, comparando la bondad del Creador con la maldad de las criaturas, emitiendo el juicio condenatorio de los actos de éstas y poniendo de manifiesto las consecuencias lógicas o conclusiones naturales y divinas de estos actos rebeldes, como es el castigo de los culpables?

Pero, es más. No contento el Santo filósofo con edificar así, sobre base sólida, va más allá y pone de manifiesto todas aquellas sensaciones que encarnan perfectamente en los estados psicológicos del hombre, cuales son: la de confusión, temor, arrepentimiento, admiración; suplicio de la memoria, suplicio del entendimiento y suplicio de la voluntad[134], dolor por haber ofendido a Dios, propósito de no volverle a ofender con las cualidades de este propósito, que ha de ser sumo, firme, universal, sobrenatural y eficaz, confusión y vergüenza interior, y, por último, la satisfacción[135], facetas todas del alma, o, mejor dicho, propiedades de ella, con lo cual nos demuestra, además, que en nosotros hay esa substancia, ese sujeto en el que se verifican esas sensaciones y esos actos del entendimiento y de la voluntad, sin que se pierda la identidad del yo, único modo de explicar cómo nos hallamos uno idéntico en medio de las mudanzas y a pesar de las variedades que tales estados de ánimo producen.

Con ello, también, afirma de una manera rotunda la substancialidad del alma; porque si ésta no fuera más—según muchos pensadores—que una serie de fenómenos que no residieran en un mismo sujeto, dicho se está que éstos no dejarían tras sí ninguna huella.

Con la substancialidad del alma, en cambio, se explican los fenómenos de la unidad y continuidad de la conciencia.

Si no hubiera en nosotros nada permanente, nuestras afecciones todas y todos nuestros pensamientos no formarían sino una serie de hechos sin vínculos de ninguna especie, ni habría memoria, ni unidad de conciencia, ni reflexión sobre ninguno de nuestros actos internos, ni siquiera podríamos percibirnos, porque no habría el sujeto percipiente—al decir del insigne Balmes—y cada fenómeno sería tan extraño al otro como un pensamiento de un hombre lo es al del otro[136].

San Ignacio nos pone de manifiesto, clara, palpable y lógicamente cómo el alma humana se desenvuelve en el ente por medio de esas afecciones, de esos sentimientos, de esos actos, en fin, que llegan a realizarse con unidad de criterio, como consecuencia unos de otros, con perfecta homogeneidad, como salidos de un mismo centro y de una heterogeneidad también perfecta por responder a diversas sensaciones.

El alma es el centro de todas las operaciones espirituales—nos viene a decir el Santo filósofo en los pasajes que hemos apuntado antes—y aun intelectuales, y de ella, como el sol difunde el calor, la luz y la vida a los seres todos de la creación, irradian y dimanan esos sentimientos de dolor, arrepentimiento, confusión, temor, admiración, suplicio de la memoria y del entendimiento, alegría y felicidad ante la perspectiva de la bienaventuranza eterna y otros estados psicológicos que experimenta nuestro ser según consideremos los sufrimientos y las alegrías de Jesucristo en su vida, muerte, resurrección y gloria.

Nos demuestra, además, con todo esto, que el alma, como simple que es, no tiene partes, y, así, vemos que nuestro pensamiento es único, aunque tome distintos rumbos, y el ser que piensa en nosotros es el mismo que siente, sin romper la unidad de conciencia, antes por el contrario, robusteciéndola, confirmándola.

¡Y cómo nos demuestra nuestro Santo el libre albedrío del hombre cuando dice que Dios da al hombre el conocimiento perfecto del bien y del mal, del pecado y de la virtud, para que él escoja, y poniendo en su conocimiento cuál es el premio a la virtud y al bien obrar y el castigo al pecado y al vicio!

Además, expone las ideas superiores al orden sensible para que, conociéndolas, las amemos y amándolas las sigamos.

Claro es que, cuántas veces sucede que, estando inclinados por el sentimiento a un acto, procedemos de modo contrarío, como cuando cumplimos con nuestro deber, a pesar del impulso de la pasión, de la pereza, etcétera.

Y que la voluntad racional es libre, también nos lo dice el autor de los Ejercicios, ya que da a entender que la libertad es no sólo la ausencia de toda coacción, sino también de toda necesidad intrínseca, y para que haya libertad, no basta que nadie nos fuerce en lo exterior, sino que es preciso, además, que no haya en nosotros ninguna necesidad intrínseca que nos impulse a obrar o querer de una manera determinada.

Y esta libertad que excluye, no sólo la violencia, sino también la necesidad intrínseca, se llama libertad de albedrío.

El hombre goza de libertad omnímoda para todos sus actos y de un libre albedrío absoluto, y, por ende, puede escoger la senda de la virtud o el camino del pecado.

Bien es verdad que hay en nosotros una necesidad intrínseca—que es la que nos pone de manifiesto al hablar del Juicio particular y del universal—, la de dar cuenta de nuestros actos al Soberano Juez: mas ello no nos cohibe en nada para nuestro modo de proceder, ya que nos dió un alma, una conciencia y un corazón, para pensar, sentir y amar.

Por todo ello, bien claro se ve cuán grande fuerza tienen y cuán fecundas son las verdades psicológicas de nuestro Santo filósofo, pues, con tanta sencillez como falta de conocimientos científicos, supo poner los jalones de una ciencia que todos la reputan como difícil, cuando en realidad es la más fácil, si se atiende a lo que es el raciocinio y al análisis, como es la Filosofía.

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Es la abstracción aquella facultad por la cual vemos lo general en lo particular, es decir, el acto por el que la mente percibe la ley constante a través de los fenómenos variables.

El filósofo entiende por abstraer una idea, adquirirla de cuantas cosas ve fuera de sí y la toma como un principio de la multiplicidad que sus sentidos le ofrecen, llevándole a la unidad que solamente la humana inteligencia es capaz de comprender.

Hay que tener en cuenta que el lenguaje filosófico y su nomenclatura es tan vario porque responde a los distintos aspectos en que se estudian y consideran las facultades del intelecto.

La abstracción no es patrimonio de un solo sentido, sino de todos, según asegura Laromiguière[137], pues cada uno de ellos abstrae de los cuerpos la cualidad que le corresponde, y así vemos cómo los ojos perciben el color; los oídos, el sonido, y el tacto, el calor y el frío, etc., sin que ninguno de ellos pueda darnos más cualidades que las que le corresponden.

De esta manera obran de por sí, y el hombre puede distribuír en cinco especies todos los objetos sensibles, llegándose a decir, según esas premisas, que el cuerpo humano es una máquina para abstraer, y, realmente, así es.

Veámoslo: No pueden los ojos sino hacer abstracción de los colores, y, para que esto no sucediese, menester sería que los viera confundidos con los sonidos y los sabores.

Autores hay, sin embargo, que sostienen que es la mente la que siempre abstrae, aunque, en casos como el que hemos mencionado, se valga de los órganos de la sensibilidad, lo que podemos denominar análisis.

El tantas veces citado Laromiguière encarece las ventajas de la abstracción, diciendo que “si la aplicamos con tino a las varias cualidades de los objetos, lograremos conocerlas, y, al mismo tiempo, el orden que en ellas reina, esto es, que llegaremos a conocer los objetos tales como existen en la realidad, y la abstracción se convertirá en análisis”[138].

Evidente es, desde luego, que la disposición de nuestros sentidos responde a que cada uno de ellos se adapte al conocimiento de una cualidad especial, puesto que no es posible que la mente se fije, a un mismo tiempo, en todos los objetos, por ser limitada, teniendo que separar unas cualidades de otras para mejor conocer todas y cada una de ellas.

Y así lo vemos en las ciencias, por ejemplo; pues la Geometría estudia tan sólo la extensión, y no los colores ni los sonidos; la Óptica aprecia los colores y las leyes de la luz; la Acústica se ocupa de los sonidos; la Psicología estudia al hombre en los fenómenos de su vida intelectual; la Medicina, en su vida orgánica, etc., etc.

De ahí que se haya dicho, y con bien de razón, que el hombre es un ser tan complejo, que, para estudiar el origen de su naturaleza, ha menester reunir todas las ciencias y formar una verdadera enciclopedia.

La abstracción, en fin, lejos de creer que es origen de confusiones, de obscuridad y de rodeos; es fuente de luz, espejo de claridad, modelo de rectitud y principio necesario para suplir lo que falta a la mente de extensión y capacidad.

El fin que con esto nos proponemos es averiguar los medios de conocer qué debimos al Creador; por tanto, cuantas investigaciones en este sentido realicemos traeránnos gran provecho.

La experiencia nos demuestra que es tan difícil la función de la abstracción, que ha sido concedida a muy pocos; y es que los grandes talentos que han dejado las inequívocas señales de su saber en la Historia, no ocuparían muchas páginas; porque esos talentos privilegiados, unas veces por lo limitado de la vida, por la escasa duración de las facultades humanas otras, sólo pudieron observar (abstraer) un escaso número de los fenómenos que explicaron.

Para mejor conocer estos hechos, sería menester reproducir aquí la historia completa de la formación de los conocimientos humanos, trazar una enciclopedia, en que se viese siempre el ser inteligente, adivinar la ley general de que sólo pudieron ver algunos hechos.

El genio consiste, a nuestro juicio, en aquella facultad poderosa y especial de elevarse de lo particular a lo general; porque, si todos pueden observar, si todos pueden hacer abstracciones, son muy pocos los que aciertan a consignar los efectos visibles a las causas de que dimanan.

Quien observa a un individuo, y, por la expresión de su semblante, conoce el estado de su ánimo, es que ve en aquel fenómeno particular la reproducción de la ley general que él conocía o bien la descubre entonces.

El genio adivina siempre la ley que se presenta con las apariencias de los fenómenos.

San Ignacio de Loyola nos demuestra este don de la abstracción, para exponer, con mayor claridad, todas aquellas doctrinas que nos presenta en su hermoso libro.

Porque, ¿quién no ve, cuando nos habla del fin del hombre, hacer abstracción de toda la grandeza que encierra la Creación, de todo el poder y amor de Dios para con los hombres, para ponernos en claro que, siendo Él nuestro criador, es también nuestro único fin?

¿Quién no admira ese don de abstracción al tratar del fin de las criaturas, en el que nos pone de manifiesto cómo hízolas todas primero, y cuando ya estaba el mundo lleno y provisto de tantas como son y tan diferentes, útiles y hermosas, crió al hombre y le dió de todas el señorío[139], para probarnos cómo todas nos están diciendo que existe Dios, descubren sus perfecciones, poder, sabiduría, bondad y providencia?

¿No vemos cómo nos pone en claro la pena del pecado y el premio a la virtud, después de hablarnos de lo que es la génesis de la flaqueza humana y de la grandeza de la divina gracia, abstrayendo estas dos grandes concepciones en aquellas dos conclusiones irrefutables e inmanentes?

¿Es que no nos pone de manifiesto, cuando nos habla de penas y castigos, de premios y mercedes, lo que es la eternidad?

¿Acaso no nos da una idea perfecta, clara y concreta de la grandeza y generosidad de Dios, que, siendo tal, bajó a este mundo y se hizo carne, padeciendo por nosotros en su vida, en su pasión y en su muerte?[140].

¿Y qué decir del inmenso amor a los hombres, cuando nos habla de la institución del Santísimo Sacramento, como si no hubiera sido bastante el padecer y morir por nosotros?

San Ignacio, pues, abstrae para ser más claro, y en cada parábola que estudia, cada pasaje de los sagrados libros que analiza nos presenta como abstracción concreta las ideas de misericordia, de santidad, de justicia, de bondad, de infinito poder, de sabiduría suma, de amor ilimitado, haciéndonos comprender que debemos de acordarnos de nuestras postrimerías, para no pecar nunca[141], y que debemos hacer de la necesidad virtud, para mejor vivir, no sea que con el espanto del morir se junte en nosotros el temor y espanto de la eternidad[142], sacando como consecuencia y resolución franca y generosa la de entregarnos a Cristo y aborrecer el mundo y sus vanidades: surgam et ibo ad patrem meum. No se puede exigir ni más abstracción, ni más claridad en el análisis de todas las verdades eternas y como síntesis de ese libro de oro.

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Recapacitando, pues, en la brevedad de nuestra existencia, en la limitación de las facultades del alma y en las necesidades que, de continuo, nos aquejan, debemos de sacar de todo esto la consecuencia de que no debe huír la confianza de nuestro corazón, porque, de ocurrirnos esto, seríamos los seres más miserables de toda la Naturaleza, sino que, por el contrario, debemos de luchar con más fe, con más ardor, con más vehemencia.

A propósito de esto, nos recuerda nuestro filósofo la parábola el Rey eternal, Jesucristo, en que invita a todos a conquistar su Reino: “Hijos míos: seguidme todos en esta empresa y conquista del Reino de los Cielos, destino del hombre, región de paz y de felicidad. Yo voy delante; yo, por animaros, sufriré cansancio, hambre, sed y toda suerte de privaciones y penalidades; trabajaré de día, sufriendo los ardores del sol, velaré de noche por amor vuestro. Yo seré el primero en pelear y recibir los golpes y heridas del enemigo; mas todo el fruto será para vosotros. Ánimo, pues, con verme a Mí, seguros de la victoria, victoria completa y despojo riquísimo, porque para cada uno de los que sean fieles y valientes tengo guardado un reino, si bien el galardón será correspondiente a los servicios, y tanto mayor y más crecido, cuanto con más ánimo luche cada cual cerca de mi persona y a semejanza mía.[143].

La Providencia ha formado todas las cosas con una sabiduría y una previsión tal, que no puede menos de admirarnos más cada vez que con detenimiento las contemplamos.

Queriendo que los hombres se amasen los unos a los otros como hermanos[144], infundió en sus corazones mil afectos, que son como otros tantos lazos que les unen entre sí; formó nuestra alma de manera que el espectáculo de las miserias ajenas despertase en nosotros el sentimiento benéfico de la compasión, y para mostrar que nacimos para amarnos unos a otros quiso que el hacer el bien fuese para nosotros origen de fruiciones que exceden a todas las que somos capaces de gozar.

E igualmente quiso unir las inteligencias, como había unido los corazones, de lo que se deduce que el designio de la Providencia fué que el linaje humano formase una sola familia, unida por los vínculos de la fraternidad: ecce quam bonum et quan jucundum habitare fratres in unum, y a manera que los pueblos caminan por la senda del progreso y de la cultura, se aumenta la necesidad de valerse unos a otros.

Nos enseña el Santo Evangelio que todos somos hijos de un mismo Padre y que en el amor que nos profesamos unos a otros está el cumplimiento de la Ley que nuestro Padre celestial vino a enseñarnos; y como la luz de la inteligencia proviene de Dios, no puede conducirnos a términos distintos de aquel que el mismo Dios reveló a los hombres.

La razón nos dice también que la caridad cristiana es el grado supremo de la perfectibilidad humana.

San Pablo dice: “Aunque posea todas las riquezas de la tierra, si no poseo la caridad, nada soy.”

Por eso dice un notable escritor que tan cierto es que el verdadero saber y la religión no están reñidos, que el mayor progreso del entendimiento es acercarse a cumplir los preceptos evangélicos.

Y Bacon dice: “La poca filosofía aparta del ánimo la religión; la mucha filosofía hace que a ella nos acerquemos.

Y esto lo vemos confirmado en nuestro Santo filósofo.

Mientras careció de intuición filosófica, su vida caminó por derroteros bien distintos y separado de la Religión por sus pasiones y sus vicios; mas cuando fué penetrando por su inteligencia la luz viva de la Filosofía moral, entonces caminó bien de prisa, y sobre seguro, por la senda del bien, guiado por la antorcha de la fe, símbolo de la Religión, y así llegó no sólo a comprender, sí que también a transmitir aquellas verdades psicológicas y morales que son como las fuentes de la felicidad humana, puesto que, sentada como base de vida la virtud y el bien, fácilmente se llega a la consecución del medio ideal cristiano y del anhelo exclusivo de conquistar el Reino de Dios.

Porque son siervos de Dios y siguen a Cristo, los que, por parecerse más a Él, siendo igual gloria de Dios, eligen antes pobreza que riqueza, trabajos y penas, que descanso, deshonras y desprecios, que honores, etc., y tienen el corazón totalmente desprendido de todas las cosas del mundo, por amar y parecerse más a Jesús[145].

Y estas verdades, que ha transmitido de generación en generación, y de pueblo en pueblo, no han sido acogidas por todos aquéllos con gran complacencia, sin que hayan padecido los progresos de la civilización, sino que, por el contrario, muchos de éstos se han robustecido y afianzado por ir precedidos sus defensores de esta pátina de Religión cristiana, que es como una salvaguardia y un gran baluarte para resistir los embates de las contrariedades.

SAN IGNACIO CON SAN FRANCISCO XAVIER EN LOS CLAUSTROS DE LA UNIVERSIDAD DE PARÍS, DICIÉNDOLE: «¿QUÉ APROVECHA AL HOMBRE GANAR TODO EL MUNDO SI PIERDE SU ALMA?»

Nuestro Fundador supo hacer compatible la doctrina de sus Ejercicios con todos los progresos de la Ciencia y de la civilización, puesto que subsisten integérrimas, puras, impolutas, frescas y fortificantes, cual las aguas cristalinas de la fuente de la gruta de Manresa, y a ellas han de acudir para apagar su sed todos los hombres que quieran poseer la verdad y quieran seguir por el camino del bien, que es el único progreso digno de adquirirse, de seguirse y de poseerse, porque, al decir del Apóstol, quid prodest homini mundum universum lucretur anima, vero, grave detrimnetum patiatur?; ¿qué aprovecha al hombre haber conquistado todo el mundo, si pierde su alma? El Eclesiastés ya ha dicho lo bastante: Vanitas vanitatum et omnia vanitas, nisi servire Deum[146]: Vanidad de vanidades, y todo vanidad, excepto el servir a Dios; sentencias que han cruzado los espacios y han llegado a todos los oídos, sin que los progresos de la civilización hayan logrado desmentirlas ni sustituírlas por otras más verdaderas, más racionales, más fuertes.

Terminemos, pues, con palabras de Balmes: “La Filosofía no muere, ni se debilita por estar a la sombra de la Religión; antes bien, se vivifica y fortalece... Salvo los grandes principios, que no pueden negarse ni en Religión ni en Filosofía, so pena de degradar la naturaleza humana, ¿en qué coarta la fe el vuelo de la inteligencia... Jamás entre los antiguos se elevó la Filosofía al alto grado a que ha llegado después de la aparición del Cristianismo..., y es que en las regiones de la metafísica y de la moral, el espíritu humano se muestra tanto más poderoso cuanto más participa de la influencia del Cristianismo.”[147].

CAPÍTULO III

De la Filosofía escolástica en los «Ejercicios Espirituales».—Errores de otros filósofos que se refutan.—Las facultades en las operaciones humanas.—San Ignacio frente a los filósofos materialistas.—La fe y la razón, antorchas de la verdad cristiana.

Al referirnos, en este capítulo, a la Filosofía escolástica de los Ejercicios, no es para estudiar concretamente aquel sistema que dominó a Europa durante cuatro siglos, y que tuvo varias ramificaciones, sino las distintas escuelas filosóficas; porque sin tener ideas claras y exactas de ellas, no es fácil entender a muchos de nuestros escritores, ni compenetrarnos con ellos.

Sabido es que nuestro Santo, como varios ilustres doctores de la Iglesia, aun distinguiéndose por su saber en materias filosóficas, puede decirse que no fundó ninguna escuela, puesto que tampoco lo había intentado, como no intentó crear un sistema filosófico.

La tesis filosófica de sus Ejercicios se desprende per se, espontáneamente, en virtud de los razonamientos que aduce y de las consecuencias lógicas que deduce; así es que podría llamarse a su Filosofía: natural, científica.

Porque él, al igual que todos los Padres de la Iglesia, resuelve idénticamente las grandes cuestiones de la Filosofía, cuales son: Dios, el hombre y el mundo, esto es, siguiendo, única y exclusivamente, la doctrina de la Iglesia, ayudado de la fe y de la razón e impulsado por la inspiración superior.

Por eso, al hablar nosotros de la Filosofía escolástica, de San Ignacio, queremos referirnos más a la forma que al fondo, más al método que a la doctrina, puesto que la doctrina fundamental acerca de los tres puntos capitales antes citados, trinidad única de esta Ciencia augusta, es una sola e igual para todos: la que enseñó Jesucristo, y ha perpetuado su Iglesia con la fe, columna y único firme sostén de la verdad católica.

Ahora bien; como en el libro de San Ignacio encontramos muchos puntos de contacto con otros grandes filósofos, he aquí por qué hemos dado en llamar su Filosofía escolástica.

Desde luego nos encontramos con que, al reconocer la pequeñez del hombre, remeda la frase socrática: Sólo sé que no sé nada, con aquella otra del Apóstol: Hazte ignorante, para ser sabio[148]; porque si el único fin del hombre es salvar su alma, y no sabe hacerlo, ¿qué sabe?

Además, los que se burlan de Dios[149], de la Religión y de la Moral, encuentran un freno y una gran lección en los Ejercicios, como la encontraban en la doctrina de Sócrates los sofistas.

Este, dejando a un lado la consideración de los demás, ponía la perfección de la Filisofia en el conocimiento y culto de la Divinidad[150], en el arreglo de la conducta y en prepararse para recibir, en otra vida, el premio de las buenas acciones.

Nuestro Santo, también aparta la Filosofía; es decir, no habla con énfasis filosófico, pero enseña que la perfección de todos estriba en el conocimiento de Dios y de sí mismo, haciendo ver la diferencia que existe entre Dios y la criatura[151], poniendo de manifiesto cómo se debe dar culto[152] y amar a la Divinidad[153], arreglando nuestra conducta por medio de una confesión general, previa la práctica de los Santos Ejercicios, o de una confesión general, y ateniéndose después a las reglas de discreción del espíritu, para llegar, por medio de la penitencia, arrepentimiento y devoción, a recibir, en la otra vida, el premio de las buenas acciones[154].

Se dice de Sócrates que, de tal modo se concentraba en la meditación de las verdades morales, de la suerte del alma en la vida futura y sus relaciones con la divinidad, que algunas veces caía en la ilusión de creer que eran inspiraciones de un genio los productos de su viva fantasía y reflexión profunda.

San Ignacio, en cambio, para escribir sobre las verdades eternas en su libro de los Ejercicios, era asistido por el Divino numen, pues ya hemos dicho en otro lugar[155] cómo le inspiraba la Santísima Virgen, no siendo aquel fruto de una inteligencia cultivada, ni siquiera de una viva fantasía, porque carecía de estas cualidades; y si acaso la reflexión era profunda, no hubiera alcanzado, sin embargo, el grado de perfección, ni la altura en sus concepciones y razonamientos que se demuestran en él y en los puntos que se refieren a todas las verdades eternas, a los misterios de nuestra religión augusta, a los tesoros de bondad[156], sabiduría y amor que Dios guarda para los hombres, así como a lo fácil que puede ser la virtud[157], a pesar de lo flaco de nuestra naturaleza[158] y lo odioso que debe ser el pecado, aun pareciéndonos más deleitable, siendo más fácil cometerle, y lo pernicioso que es para nuestra alma[159].

San Ignacio aparécesenos cual otro Moisés, que, descendiendo del Monte Santo, trae entre las manos la Ley de Dios, y envuelto en resplandores asombró al pueblo hebreo.

Porque, ¿qué son los Ejercicios sino la explicación clara, sintética y filosófica de ese admirable Decálogo por el que han de regirse los hombres, si quieren vivir en santa calma?[160].

¿Y no irradian los resplandores de esta obra por todo el mundo y alumbra a los pueblos todos, como el candelabro sobre el celemín, de que nos hablan los sagrados libros?

El método de Sócrates era enemigo de cavilaciones, dirigiéndose tan sólo al buen sentido de los oyentes, empleando la forma de diálogo, casi siempre, que aproxima la discusión filosófica al trato común de la vida.

Bien palpablemente vemos cómo nuestro Santo Fundador escribe para que todos entiendan y sientan lo que dice, y, muchas veces, también, predomina el diálogo en sus meditaciones, pues de este modo parece que llega más pronto al convencimiento del lector u oyente.

Así como en tiempo de Sócrates no faltaban filósofos que, enorgullecidos de su ciencia, despreciaban el sentido común, y el Maestro les enseñaba con su ejemplo, que no es buena la filosofía que se pone en contradicción con las ideas y los sentimientos humanos, así, también, en tiempos del Santo (como en los nuestros) había muchos hombres que, hinchados por la ciencia, no sólo desprecian la fe y el buen sentido, sino que se burlan de ellos[161] teniendo como norma su propia razón y sus propias pasiones[162].

Pero, San Ignacio enseña también poniendo por delante aquella frase del Maestro Supremo: opéribus crédite, que tan sólo en el bien obrar y en dejarse guiar de la fe santa está la verdadera sabiduría[163] y la suprema virtud[164]; pues, si nos creó[165], nos dió un alma espiritual[166] para su gloria[167], entregándonos el señorío de todas las cosas creadas[168], poniéndolas bajo nuestros pies[169].

De donde procede que el que quiere morir sin penitencia de sus pecados, virtualmente quiere permanecer en ellos para siempre y ser castigado para siempre[170]; mas si hiciere penitencia, ¡cuan dulces son las palabras de nuestro Divino Salvador: Yo os aseguro que en el Cielo habrá gozo por cualquier pecador que haga penitencia[171]. Porque, además, ¿qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma?[172]. Y los que así no obran, yerran, equivocan el camino”[173].

El Maestro de la Escuela socrática, sin consignar principios generales, sin establecer teorías, se dirigía a sus oyentes haciéndoles algunas preguntas. Según la respuesta, preguntaba, de nuevo, excitando y dirigiendo la reflexión del discípulo, hasta que le conducía a la verdad deseada; con lo cual conseguía que el amor propio no se sintiese humillado teniendo que recibir doctrinas ajenas, antes experimentase una complacencia al ver cómo salían de su propio seno las verdades que aprendía.

San Ignacio, en cambio, consigna los principios generales[174]; no establece teorías, pero sí aconseja reglas[175] generales; emplea la pregunta y la respuesta[176] porque, de esta manera, persuade más y raciocina.

Excita y dirige la reflexión del ejercitante hasta conducirle a la verdad deseada y procura herir el amor propio, para que, conociendo su pequeñez y su maldad, reciba el don de la gracia, que es la verdadera doctrina y experimente la complacencia de ver cómo se ilumina su mente y su corazón con la luz de la sabiduría increada.

¿Quién podrá conocer tu malicia? Para eso sería necesario saber lo que Dios es. Dios es Dios[177].

Párate un poco a considerarlo y temblarás sólo de ponerlo en boca su santo nombre y de acordarte que le has ofendido[178].

Ahora lo conozco y, con toda el alma, deseo volver a Vos[179].

Y así como la Filosofía griega recibió en la escuela de Sócrates un impulso tan grande que la levantó a una altura a la que no había podido llegar ningún país; así San Ignacio, con sus Ejercicios, da al mundo católico un impulso, como casi lo había dado ningún Santo Padre, puesto que ningún libro (fuera de la Biblia y el Kempis) se han leído ni meditado tanto como éste, y, por consiguiente, ninguno ha producido tan grandes beneficios a la Iglesia, ni tanto provecho a las almas, ni tanta gloria a Dios.

Y si de la escuela del Maestro pasamos a su discípulo predilecto Platón, llamado (el Divino), veremos que San Ignacio tiene también puntos de contacto con aquél, quien sostenía la inmortalidad del alma, con calor y elocuencia[180], la sanción de la conciencia y de su origen divino, señalando premios y castigos en la vida futura, haciendo constar que nada existiría, nada sería ininteligible, nada posible, si no existiera Dios[181].

Porque si buscamos plenitud de ser, allí le encontraremos; si buscamos una inteligencia infinita. Él es; si buscamos unidad donde se halle el principio, origen y vínculo de todas las verdades, allí están.

La virtud no consiste en otra cosa que en imitar a Dios.

¿Y no encontramos en los Ejercicios todos estos temas desarrollados con una admirable claridad de exposición, con una expresión bien sencilla y con unos razonamientos inconfundibles e irrebatibles?

He aquí cómo se expresa al tratar de la sanción de la conciencia:

¿Cómo Dios me ha sufrido hasta ahora? ¿Cómo los ángeles, ministros de su justicia, no me han exterminado?... El sol, ¿cómo no me abrasa con sus rayos? ¿Por qué me alumbra? ¿Cómo los cielos me han conservado con sus influencias? ¿Cómo el aire me ha dado respiración? ¿Cómo el agua me ha refrigerado? ¿Cómo el fuego no me consumió? ¿Cómo la tierra no se abrió para tragarme? ¿Cómo los demonios no han arrebatado mil veces al infierno mi alma?[182].

Repetidas veces hemos aludido a las meditaciones del infierno y de la gloria, en que trata de los castigos y premios de la vida futura, así como de las que se refieren a la existencia de Dios, y en las que prueba que en Él están la sabiduría[183], la plenitud del ser, la Unidad y en quien se encierran el origen, el principio y el vínculo de todas las cosas.

Y que la virtud no consiste en otra cosa que en imitar a Dios, nos lo demuestra en todos los Ejercicios, y especialmente en el lema que le sirve de escudo, a saber: “El hombre ha sido creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios, y, mediante esto, SALVAR SU ALMA”.

Y, si por acaso, continuáramos analizando otras escuelas, nos encontraríamos con que el Santo tiene muchas y grandes concomitancias con San Agustín, con Séneca, con Aristóteles, con Cicerón, con Santo Tomás y otros muchos filósofos que crearon escuelas e hicieron sistemas.

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Mas no sólo entra en nuestro ánimo presentar al Santo Escritor asentando verdades filosóficas tan básicas y tan importantes, para rebatir doctrinas iconoclastas, sino que nos proponemos demostrar cómo dió la batalla para rechazar aquellas ideas que no están en armonía ni en consonancia con la fe y la razón, en cuanto afecta a las cuestiones de Moral y de Religión.

Así vemos cómo refuta las ideas de Anaxímenes, que sostenía como principio de las cosas al aire y al infinito[184]; de Anaxágoras, que defiende, como principio de las cosas, las partículas semejantes[185], pues así como el número—razonaba—se compone de partes tenuísimas, así el mundo fué compuesto de corpúsculos semejantes entre sí. Preguntado para qué había nacido, respondió que para contemplar el sol, la luna y el cielo; a Aristipo, que ponía como último fin del hombre el deleite y decía que nada hay bueno o malo por naturaleza, sino por ley y por costumbre; a Pitágoras, que enseñó como principio de todas las cosas la Unidad, y de ella procede la dualidad; que el alma es una partícula del éter; a Heráclito, quien defendía que todo procede del fuego y en él se resuelve todo; a Lemipo, que decía: “Todas las cosas son infinitas y se transmutan entre sí. Los átomos son el principio de las cosas”. Demócrito enseñaba que el átomo y el vacío son el principio de todas las cosas; todo sucede por necesidad, que es el principio en el cual se engendra todo[186].

Esto en cuanto a los filósofos de la antigüedad.

Si pasamos a épocas subsiguientes, nos encontramos a los pitagóricos, que si admitían una gran unidad de la cual dimana el mundo, sin embargo, consideraban éste como un conjunto de otras unidades subalternas y afirmaban que nuestra alma es un número; a los sexófanes, quienes reducían su doctrina a la idea grosera y poco científica de considerar al mundo como un todo, vivificado por un alma, negando, por ende, la creación y hasta la producción[187].

También encontramos en el transcurso de esta investigación científica a Parménides, discípulo del anterior, quien consideraba al mundo como un todo, y afirmaba que el fuego era el que había formado la tierra y lo que lo movía; a Zenón de Elena, que desenvolvió la doctrina de Parménides, pero valiéndose de la dialéctica, instrumento bien poderoso en el terreno de las cavilaciones.

Negaba la existencia de la materia, del movimiento y del espacio y cayó en un círculo vicioso, cual era el decir que no hay variedad porque todo es uno; todo es uno porque no hay variedad.

Como vemos, hasta lo que dejamos analizado, el nervio de todas las escuelas filosóficas ha sido el estudio de la creación del mundo y de su formación, dándose definiciones bien extrañas y faltas de razón.

Todas ellas las refuta nuestro Santo con estas sencillas frases: “Dios sacó todas las cosas de la nada y creó al hombre; compaginó este cuerpo, prodigio en su composición y estructura y me dió esta alma espiritual a imagen y semejanza suya, y con su aliento la infundió en este cuerpo de barro[188], y como ab æterno es infinitamente felis, el alma también es eterna.

Como refuta el ex nihilo nihil fit de la nada, nada se hace de los epicúreos[189].

Y, si continuamos el análisis de escuelas, teorías y métodos, aunque los hallemos bien distintos, no nos sorprenderá verlos refutados por nuestro filósofo.

Porque, si miramos a la escuela cirenaica, que proclama como único fin del hombre la felicidad, que consiste, según aquélla, en los goces del placer, varémosle que, indignado, condena esta teoría, diciendo: “La misma razón prueba que ni fué, ni pudo ser creado el hombre sino para Dios, prueba que las demás cosas se han de referir a Dios[190].

Y en otro lugar dice: “El alma del condenado tendrá presente los bienes y delicias, los goces y los placeres de su vida pasada, y su recuerdo le afligirá... Todo pasó para mí, exclamará...[191]. ¿De qué me han aprovechado? ¿Quid nobis profuerunt? Me he condenado por cosas que nunca satisficieron la sed de mi alma, ni llenaron cumplidamente los deseos de mi corazón. Ergo errávimus. Me he equivocado.”

Y más adelante: “De todas las acciones, de todas las palabras, de todos los pensamientos se ha de dar muy estrecha cuenta sin exclusión de un solo momento, desde que empezó el uso de razón hasta la última hora de la vida... ¡Cuántos motivos de acusación en cada vicio, contra cada virtud!... ¡Cuántos delitos, cuántos placeres recordados!... Pasó la vida en cometer maldades, y de sus obras depende la muerte que le ha de caber[192].

Por último: “¡Qué reproches y denuestos se dirigirán el cuerpo y el alma de los malos! ¡Cómo se volverán contra sí! Maldecirán, el cuerpo la condescendencia del alma, y el alma los apetitos del cuerpo: éste porque el alma no le rigió según su deber, y ésta porque el cuerpo quiso vivir como las bestias, sin sujetarse a ley ni freno[193]. Mas ya no hay remedio, el Juez omnipotente pronunciará, con ceño severísimo, la terrible sentencia: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno”. ¿Qué pensaré entonces de las cosas de este mundo? ¿En qué concepto tendré entonces las riquezas, los honores y los placeres? Desaparecieron como humo no dejando mas que rubor y pesar de haberlas amado[194].

¿Hay argumentos más irrefutables, razones más poderosas, teoría más fundamental que ésta para rebatir a estos partidarios de la escuela cirenaica?

Pues lo mismo se puede aplicar a los pirrónicos, que defienden, igualmente, la teoría del placer.

¿Y qué decir de la doctrina de los epicúreos, que reducen la vida futura a la nada, siendo la muerte el fin de todo?; ¿qué de los estoicos, cuyo Dios es el fuego, cuya alma es una centella de ese fuego, sin libertad ni vida futura?; ¿qué de los eclécticos, quienes confunden todas las doctrinas, sin encontrar la verdad?; ¿qué de los neoplatónicos, quienes afirmaban que de los dogmas cristianos nada había que les hiciera dignos de ser considerados como religiosos, sino como temas de estudios filosóficos?

Los protestantes mantenían, también, la doctrina de la justificación por los solos méritos de Cristo y sin la eficacia de las obras.

Los alumbrados y quietistas defendían la idea de la contemplación pura en que, perdiendo el alma su individualidad, abismándose en la infinita esencia, aniquilándose, por decirlo así, llega a tal estado de perfección e irresponsabilidad, que el pecado cometido entonces, no es pecado, herejías éstas que son como el resumen de las mantenidas desde los tiempos de los bracmanes o gimnosofistas de la India, pasando por los budhistas, por la escuela neoplatónica, hasta los Nicolaítas, Cainitas y Adamitas.

Y como nota saliente habremos de hacer mención de una congregación secreta que, en 1529 se descubrió en Toledo, llamada de alumbrados y dexados, cuyos miembros eran, casi todos, ignorantes, analfabetos e idiotas.

El cronista Alonso de Santa Cruz nos dice[195] que su doctrina era una mezcla de luteranismo, quietismo y de iluminismo fantástico.

He aquí sus errores principales:

Afirmaban que no había infierno.

Que el Padre había encarnado con el Hijo y que en la bienaventuranza había fe, y los que lloraban sus pecados eran propietarios de sí mismos.

Decían que no eran necesarios los actos exteriores de la adoración, pues era una imperfección... Las obras que se hacen con fe, esperanza y caridad no son por amor a Dios, sino por propio interés. Vedaban la meditación de Cristo. Sostenían que Dios viene más directamente al alma humana que a la hostia consagrada; que la suma perfección no estaba en servir a Dios, ni en guardar sus mandamientos, ni en hacer penitencia, y, entre otros muchísimos errores más, sostenían que aunque no hubiera pecado Adán, no habría entrado nadie en el Cielo, si no hubiese nacido el Hijo de Dios.

Para todas tuvo argumentos, a todas combatió y de todas salió victorioso, pues que su doctrina ha irradiado por doquier iluminando al mundo, a las inteligencias y moviendo a los corazones todos.

San Ignacio, más que con su ciencia, con su inspiración; más que con razonamientos, con su vida ejemplar y santa; más que con su pluma misma, con escribir al dictado de lo alto[196] nos presenta este gran monumento literario, religioso y filosófico, esta gran obra llamada Ejercicios Espirituales, con la que rebate valiente y certeramente el sensualismo de Hobbes y Locke, la moral independiente de Gassendo; el ateísmo de Condillac, Voltaire, de la Maitre, Diderot, Darwin y otros; el socialismo y panteísmo de Zola, Tolstoy y Gorki, así como el enciclopedismo y la indiferencia religiosa de nuestros tiempos.

Dijérase que, cual otro Elías, empuña su espada de fuego y con ella defiende la causa de Dios y arremete contra sus enemigos, o bien toma la de Saulo para, convertido en otro Apóstol, erigirse en capitán y mandar esa Compañía de Jesús que tanto se afana y trabaja para conseguir la mayor gloria de Dios[197].

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Como prueba inequívoca de su omnipotencia, de su sabiduría y de su amor, quiso Dios dotar al alma humana de otras tres potencias: memoria, entendimiento y voluntad, que, filosóficamente hablando, se denominan la sensibilidad externa, la imaginación; la sensibilidad interna o facultad del sentimiento y la inteligencia.

Aunque bien conocido de todos el alcance de estas facultades, creemos, sin embargo, conveniente dar una ligera idea de ellas para conocimiento de todos.

La sensibilidad externa es aquella que ejercitamos por medio de los cinco sentidos, es decir, que se extiende a todos nuestros actos externos.

Con la imaginación reproducimos en nuestro interior las impresiones de los sentidos, sin que éstos tengan dependencia alguna de aquéllos.

Por sensibilidad interna entendemos aquella delicadísima facultad que nos pone en relación directa con los objetos, bien que independientemente de la naturaleza particular de la sensación externa, de la imaginación y del conocimiento, es lo que llamamos vulgarmente sentimiento.

La inteligencia es la facultad de conocer las cosas[198].

Ahora bien; para ejercer el entendimiento se precisa tener un conocimiento perfecto y un juicio exacto de la verdad; porque si es cierto que las demás facultades auxilian al entendimiento, ofreciéndole objetos exteriores o afectos de la misma alma, sin embargo, ellas, por sí solas, no conocen. La naturaleza nos las ha dado para ponernos en comunicación con los objetos, para presentárnoslo bajo ciertas formas y afectarnos de diversos modos, sin perjuicio de reservarse siempre y necesariamente a la facultad superior, que debe presidir todos los actos, internos o externos, del hombre, el entendimiento, con el verdadero conocimiento de todo.

Claro es que tal es y tan continua la necesidad que el entendimiento tiene de todas las facultades[199] que, de no saberlas dirigir bien, incurriremos en frecuentes y gravísimos errores.

Por eso ha dicho Condillac: “Ya nos elevemos a las alturas del cielo, ya descendamos hasta las profundidades del abismo, no podremos salir nunca de nosotros mismos, pues siempre percibiremos a nuestra propia mente”.

Y tan evidente es esto, que no encontramos concebible ninguno de nuestros conocimientos sin la intervención inmediata de alguna de nuestras facultades. De ahí que el ejercicio de éstas haya sido anterior a su propio conocimiento por los que intentaron descubrirlo y definirlo, esto es, por los filósofos.

Por todo esto no cabe dudar que la Filosofía ha sido un título de gloria para la mente humana, y podría considerarse como una blasfemia contra el Creador si se le quisiera atribuír, sin fundamento alguno, el haber infundido un deseo que le extraviase en el vasto campo de los devaneos, dice García Luna.

Y no podemos caer en un concepto tan erróneo cuando contemplamos ese orden tan admirable que reina en todo el Universo. Porque si la Providencia formó hasta los órganos del más vil insecto y les infundió vida y movimiento, ¿cómo había de proceder de distinta manera con la criatura en que más resplandece su sabiduría?

De ningún modo; y así se ve que, por medio de tales facultades, llegamos a conocer las ideas del bien y de la belleza que, a la manera que se hayan desarrollado en nuestra alma, así acertaremos o no a pintar la naturaleza, bien como la triste realidad nos la presenta, bien como el entendimiento la concibe, teniendo siempre en cuenta el objeto que nos propongamos o el fin a que aspiremos.

Tales disquisiciones nos traen como de la mano la figura de nuestro Santo filósofo, quien, dotado de todas estas facultades que enumeradas quedan, pero en un grado superlativo de perfección, supo plasmarlas en su libro admirable, haciéndonos ver cómo la belleza infinita de Dios es la perfección del Bien Supremo; y como todos los hombres desean conseguir ese Bien, nos describe los instintos generosos y de nobleza inherentes a nuestro corazón, contribuyendo eficazmente a buscar la belleza como perfección del bien.

Él nos pone delante de los ojos el modelo de Jesucristo[200], al cual el alma no sólo cree y conoce que es deber suyo acercarse, sino que le hace sentir que, de lograrlo, llega al término de sus deseos, le manifiesta la parte celestial que en sí tiene, el soplo divino que la anima, y, de este modo, la obliga a desprenderse de la tierra y contemplar en la porción más noble de su misma naturaleza una parte que su mente atribuye al Todopoderoso.

Y no creáis que pierde nada de su valor real este efecto sublime de las meditaciones de los Ejercicios porque no sean tan palpables; sino, por el contrario, excitan las facultades del alma y hacen recapacitar más, ejercitarlas con más intensidad.

Porque los que sólo ven con los ojos corporales, habrán de parecerles visiones las cosas que no son capaces de comprender; mas los que ya reflexionan, penetran en lo íntimo de su alma y se sienten profundamente conmovidos cuando consideran a la grandeza, sabiduría y omnipotencia de Dios en la creación[201]; o su amor inmenso a los hombres en su Vida, Pasión y Muerte, así como en la Eucaristía[202]; o su bondad al dar participación en la gloria a las almas virtuosas[203]; o su justicia al infligir un castigo eterno para los pecadores[204]; o su misericordia cuando éstos, arrepentidos, les acoge en su seno y les perdona[205]; o su magnanimidad cuando les exhorta a servir en sus banderas para conquistar el Reino de Cristo[206]; o su generosidad cuando sale en busca del hijo pródigo para perdonarle y celebrar, con festín, su vuelta, arrepentido de su pasado[207].

O bien comprenden la pequeñez del hombre, su soberbia y su maldad, para llegar a los afectos de confusión, por haber ofendido a Dios[208]; de arrepentimiento de sus pecados[209]; de temor al castigo eterno[210]; de gratitud por sentirse perdonados[211]; de admiración por verse tan amados de Dios[212]; de gozo por sentirse fortalecidos con la virtud para luchar contra nuestros tres enemigos y por llegar a merecer el premio eterno reservado a los virtuosos[213]; de reconocimiento por haberse dignado Cristo Jesús bajar del Cielo a la Tierra para ofrecerse en holocausto de nuestros pecados y redimirnos de ellos[214], dejándonos en prenda la Sagrada Eucaristía[215], y su corazón sacratísimo[216], así como por habernos dado como madre nuestra, refugio de pecadores y consuelo de los afligidos, a su propia y Santísima Madre María[217].

Con todas estas meditaciones y con todas estas sensaciones, ritmos constantes de estas facultades que integran nuestra alma, hacen latir los corazones, y las emociones que en aquellos instantes se experimentan nos hacen salir fuera del mundo positivo, pues nuestra alma suspira por conseguir esa belleza increada, que es el Sumo Bien, Dios mismo, a quien ve descrito en las meditaciones.

“El entusiasmo—ha dicho una escritora—es para la conciencia un estímulo, como lo es el honor respecto del deber; hay en el alma una parte de energía que debe consagrarse a la belleza; por tanto, las creaciones del ingenio tienen un carácter moral, que les atribuye una importancia que, al primer aspecto, no se descubría en ellos.”[218].

Mas para que se pueda experimentar ese entusiasmo, ha de preceder una función de nuestras facultades, un afecto, un amor, que en las cosas espirituales ha de ser el amor de Dios, base de todos los deberes que el hombre tiene para con Él[219].

Éste engendra la veneración, la gratitud, el reconocimiento por todo lo que hemos recibido de su bondadosa mano, y, por tanto, la adoración interior con que nos humillamos en su presencia. Obligación que se funda en la propia naturaleza del hombre.

Mas todo esto obra, además, por medio de la conciencia, pues ella nos hace también sentir y conocer. Por ella amamos, por ella nos dolemos, por ella nos alegramos, pues, según la definición más exacta, la conciencia es la facultad por la cual nuestra alma percibe las afecciones propias[220].

Pero es que, además, nuestro Filósofo sabe producir esa concatenación en el actuar de las potencias de nuestra alma, y, al efecto, para excitar la memoria, le hace recordar las eternas verdades[221] y cuánta es la gravedad de la ofensa a Dios[222], para que no incurra en el pecado, según aquello de memorare novissima tua et in æternum non peccabis; excita, igualmente, el entendimiento, por medio del cual el ejercitante ha de comprender los daños del pecado y los bienes de la virtud, según el castigo o la recompensa que para éstos hay, moviéndose al dolor y al arrepentimiento o a la gratitud y alegría, por medio de ejercicios de humildad y satisfacción, con lo cual se cumple aquel axioma filosófico: nada hay en el entendimiento, que no haya sido antes objeto del sentimiento: nihil est in intellectu quod prius non fuerit in sensu.

Excita, por último, a la voluntad, para que, recordando nuestro abolengo divino y comprendiendo y conociendo dónde está nuestro fin[223] y nuestro Reino[224], lo deseemos, lo amemos y queramos poseerle con toda la intensidad y con todo entusiasmo; porque nada se quiere si no se conoce: nihil volitum quim præcognitum.

Es decir, que, según el Aguila de Hipoa: el alma, primero, ha de conocer a su Dios, para quererle; amarle después y poseerle, como último fin[225].

Así el autor de los Ejercicios ha sabido llenar este importante punto filosófico, demostrando cómo las facultades del alma influyen en las operaciones humanas.

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Estos razonamientos nos hacen comprender las miras elevadas de nuestro Escritor filósofo. Las concepciones que, si bien ocasionadas por los hechos exteriores, aspiran a lo infinito, muestran, a su vez, que el hombre participa, en algún modo, de la naturaleza divina de su Creador, puesto que las especulaciones más sublimes de la Filosofía coinciden en este punto con las verdades reveladas: hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza: fatiamus hominein ad imaginem et similitudinem nostram; y la razón humana, después de divagar en el vasto campo de las suposiciones, después de querer rebajarse a la condición de los brutos, viene, al cabo, a reconocer la verdad más importante de todas las verdades, encerrada en esas sencillas palabras del Génesis.

Por eso Bacon llegó a decir que “era menester atender las facultades del entendimiento y hacerse apto para penetrar en las