WeRead Powered by ReaderPub
San Ignacio de Loyola cover

San Ignacio de Loyola

Chapter 40: CAPÍTULO IV
Open in WeRead

About This Book

Presenta la vida y obra del fundador de la Compañía de Jesús, ofreciendo una biografía acompañada de bibliografía y un análisis filosófico de los Ejercicios espirituales, considerados aquí como vehículo doctrinal y ético. El autor examina las fuentes internas y externas que inspiraron el texto, expone sus teorías morales y su método espiritual, y valora su influencia en la formación de conciencias y en la vida social. Incluye prólogo y consideraciones sobre la situación intelectual contemporánea, proponiendo la doctrina examinada como respuesta al materialismo y al escepticismo. El estudio combina erudición documental con una intención apologética y pedagógica.

TRES ÉPOCAS DE SAN IGNACIO

JOVEN GUERRERO; HERIDO EN LAS MURALLAS DE PAMPLONA Y GENERAL DE LA COMPAÑÍA

obscuridades de la naturaleza y caminar por sus más escarpadas sendas... Porque, si las ideas son vagas y mal concebidas, todo el edificio de nuestra inteligencia se desmorona”[226], y el célebre lord Verulamio sostenía que “la especie de culto idolátrico que suelen los hombres tributar a su inteligencia, hace que abandonen la contemplación y el estudio de la Naturaleza, para envolverse de algún modo en sus propias meditaciones y en las ficciones de su espíritu[227]; mas, para adquirir los conocimientos humanos, es preciso “separarse totalmente de la vida seguida hasta ahora... abandonar las teorías, opiniones e ideas recibidas, y que la inteligencia, libre y como una tabla rasa, comience el estudio de los hechos particulares”[228].

Con tales teorías se llegó al materialismo de Condillac, quien sostenía que el yo era una colección de sensaciones, y como éstas se verifican por medio de los nervios y del cerebro, bien claro está que desaparece todo raciocinio espiritual.

En iguales errores incurrieron Cabanis y Destutt-Tracy. El primero sostenía que las “Ciencias morales no deben ser más que un ramo de la historia natural del hombre”[229].

El segundo dice: “Todas nuestras operaciones intelectuales son efecto de los movimientos que suceden en nuestros órganos...; nuestras percepciones de relación son, como todas las demás, efectos de los movimientos sucedidos en nuestros órganos...; la acción de sentir es un efecto particular de la de movernos: pensar, es sentir”[230].

Así que estos errores del materialismo vinieron a dar aquellos otros frutos que se llamaron la doctrina sensualista, en la que cayeron Berkeley y Hume.

Coudillac, Cabanis, Destutt, Tracy, y Broussais sostenía como principio único de todas las operaciones del alma el elemento exterior del pensamiento, ocultando en su análisis la parte esencial que la energía propia de la mente tiene en la formación de éstas.

Así se ve que cuando pretenden determinar la parte que las impresiones de los objetos tienen, en la formación de nuestras ideas, no advirtieron nunca que, sin la concurrencia activa del alma, todas esas impresiones habían de ser completamente estériles y que su entendimiento era el verdadero cadáver de su inteligencia.

Mas no es sólo que incurrieran, por este razonamiento, en el materialismo más abstruso y en el escepticismo más grosero, sino que produce aun mayores estragos, especialmente en el mundo moral.

¿Por qué? Pues muy sencillo: porque a la noción universal y necesaria de la justicia, substitúyenla con la utilidad; es decir: que los derechos y los deberes, la autoridad de la conciencia y la idea de orden son arrollados por los incentivos del interés individual. ¿Pueden darse mayores absurdos? Rotos, así, los vínculos sociales, conviértese la sociedad en un campo de Agramante, en el que la lucha de las pasiones humanas ha de ser porfiada e indefinida, y el individuo según esto, será tan sólo un factor para producir toda clase de fechorías y maldades, ya que sólo su voluntad, sus apetitos y su libre albedrío han de ser los únicos guías, los consejeros áuricos de sus actos.

Aun a trueque de repetir conceptos que ya hemos emitido, no dejaremos de exponer cómo rebate estas teorías San Ignacio, por medio de la doctrina simplicísima de la reflexión moral.

Parte nuestro Santo de la base que el alma es el centro de las facultades cognoscitivas, el eje de todas nuestras emotividades[231], la unidad en la triple función de sus potencias; y, siendo esto así, natural parece que el hombre, dotado de esta alma, de esta inteligencia, de todas estas facultades cognoscitivas y emotivas, tiene que obrar con arreglo a las leyes eternas dictadas por el Creador de toda causa eficiente, de toda obra existente[232].

Por eso coloca al ejercitante en el estado de ánimo capaz de conocer y de sentir, de amar y aborrecer, y procede, filosóficamente hablando, con tal correlación, que, psicológicamente, le coloca en situación de ente sensitivo, activo, intelectivo y capaz de obrar libre, espontáneamente, pero rectamente y en armonía con los impulsos de su corazón, con las reflexiones de su mente, con la eficacia de su voluntad[233].

Él presenta ante la consideración, si no los objetos materiales, sí las ideas que nos impresionan, porque nos causan agrado o desagrado, alegría o tristeza, dolor o consuelo, admiración o desprecio, amor u odio[234].

Además, experimentamos que cuando nuestra alma siente el dolor, por ejemplo, de haber pecado, y por esto haber ofendido a Dios, y, en su consecuencia, habernos separado de Él y haber incurrido en Su enojo[235], se concentra, hasta el punto de aborrecer todo lo que le hace sufrir; mientras que, cuando, efecto del arrepentimiento, sentimos el consuelo de la gracia divina y vemos la promesa de una vida dichosa como término a una vida de virtud y amor a Dios, nuestra alma se alegra, y con la alegría se dilata, se esparce y ama eso que la atrae, que la subyuga, que la enamora.

De este modo, el alma pónese en relación con estas ideas, ejerce su propia energía y, sin ésta, su acción sería estéril e ineficaz, porque a nada sería accesible.

La Providencia nos ha hecho sensibles para que podamos llenar los designios que nos señaló y se propuso al crearnos, y de ahí que sintamos, porque obra en nosotros su poder, y esta propia sensibilidad nos hace llenar plenamente una vida de seres conscientes y perfectos, pues, al hacernos conocer y sentir, nos impulsa a obrar con perfecta libertad y nos convierte en verdaderos hombres, haciéndonos trabajar en nuestro propio perfeccionamiento.

Damirón ha dicho que “esa maravillosa facultad de recibir las impresiones de lo exterior, con que la Providencia nos ha dotado, sirve para llegar hasta nosotros, comunicarnos sus dones y enseñarnos a vivir. Si el alma ni las tuviese, ni las recibiese, sería de todo punto imposible no sólo nuestra educación, sino hasta nuestra existencia racional y menos moral”[236].

Así, las funciones de actividad y pasividad del alma quedan probadas y refutados los errores de los sensualistas y materialistas, quienes sostienen, en este punto concreto, que el alma es pura y completamente pasiva.

“La vida del hombre—ha dicho el Santo Job—es una constante lucha consigo mismo: militia est vita hominis super terram; y, como el Cielo le formó para esta lucha, le dotó también de los medios para actuar en ella, ofensiva o defensivamente. ¿Cómo? Por medio de esas potencias del alma, por medio de esas facultades intelectuales, por medio de esos sentimientos y afectos.”

La propia experiencia nos enseña, como también nos lo enseña nuestro Santo en sus meditaciones, que podemos sujetar nuestros afectos, sin que, por eso, se diga que está en nosotros el poder evitar el sentirlos.

Él nos enseña y aconseja también cómo debemos ejercitar o refrenar el dolor, cuándo debemos sentir el miedo a lo eterno, cómo y cuándo debemos refrenar los ímpetus de venganza[237]. Él nos muestra cómo nos hemos de dar cuenta de lo que pasa en lo íntimo de nuestra conciencia, cuando experimentamos estas impresiones y sentimos estos afectos y cómo debemos hacer uso del imperio que nuestro Criador nos concedió sobre nuestro propios sentimientos y afectos; en lo que consiste la dignidad, la superioridad del hombre, diferenciándole de los demás brutos, que obedecen ciegamente a sus instintos, siguen sus pasiones y apetitos propios.

A propósito de esto, discurre un sabio jesuíta, el Padre Roothaan, de la siguiente manera: “Todas las cosas criadas de suyo son indiferentes, puesto que todas pueden igualmente o desayudar o ayudar a la consecución del fin del hombre. La misma Filosofía humana conoció con lumbre natural esta verdad, cuando enseñó que todas estas cosas no son, propiamente, ni buenas ni malas, sino adiáfora, indiferentes. Y, siendo esto así, nada, ciertamente, más puesto en razón y más oportuno en orden a nuestra salvación eterna, nada más conforme con la verdadera sabiduría, que el mostrarnos del todo indiferentes con todas las cosas del mundo. En todo lo que es concedido a nuestro libre albedrío y no le está prohibido. Añádase, con razón, esta cláusula, porque, si bien todas las cosas per se son indiferentes, sin embargo, con relación a nosotros, y tomadas en particular, hay muchas que la ley divina, el propio deber, la justicia, la caridad, nos mandan, o precaver o rechazar con todas nuestras fuerzas, y muchas que nos mandan procurar o conservar, las cuales, por tanto, con relación a nosotros, son verdaderamente o buenas o malas, y, por lo mismo, no es concedido a nuestro libre albedrío que, acerca de ellas, estemos indiferentes.”

Pues dondequiera que interviene la voluntad de Dios, que prohibe o manda hacer algo, irremisiblemente debemos nosotros querer o no querer lo que quiere o no quiere Dios.

*
* *

Cuando repasamos la historia de la Filosofía y, a través de sus páginas, nos encontramos con tantos grandes pensadores, con teorías tan desemejantes, con sistemas tan diversos, con escuelas tan opuestas y con tesis tan varias, no podemos menos de reconocer que todo esto obedece a una sola causa; a saber: a que, a pesar de sus trabajos, sus desvelos, sus afanes y su ciencia, no han llegado a penetrar en ese santuario augusto que se llama la verdad cristiana.

Y esto, ¿por qué? La razón es obvia: para llegar a una meta, es preciso conocer el verdadero camino y seguirle recto; y si, por acaso, ha de recorrerse en noche obscura, precisa ir provisto de luminarias, de antorchas que, con su luz esplendente, vea por dónde camina y pueda ir con paso firme y seguro. Pues bien: para llegar a la meta de la verdad cristiana, ya lo hemos visto, muchos han querido ir a ciegas o con la sola luz de la razón o con la única antorcha de la fe, y, claro es, que como la una ha de completarse con la otra, pues la primera es reflejo de la segunda, no han podido llegar a esa meta, a ese santuario, para postrarse, rendidos, ante la verdad cristiana.

Porque la fe, según el Apóstol, es el argumento de las cosas no aparentes: argumentum non aparentum; es decir, que no son susceptibles de evidencia o certidumbre intuitiva.

“Ahora bien—argumenta Proudhon—; las cosas que no aparecen constituyen la mayor parte de los objetos que ocupan el espíritu y la conciencia del hombre; de donde resulta que, como no sea por la fe, según dice San Pablo, no podemos saber nada, o casi nada, de las cosas del Universo, ni de la humanidad. Por ahí ha venido a ser la fe un criterio para el espíritu”[238].

En las cuestiones dudosas, la mayor parte de los hombres no conocen mas que la fe. Y, si siguen la razón, o es sin saberlo o es para prescindir de aquélla; pocos utilizan ambas, porque no conciben la razón sin un decreto, ni la Filosofía sin su criterio.

El cristiano, pues, armado con esta fe, puede poseer muchas de las cuestiones filosófico-morales, pues todas ellas están bien expresamente manifiestas ya en palabras de Cristo, consignadas en las Sagradas Escrituras, ya en las interpretaciones que de tales cuestiones da la Iglesia, única autoridad docente.

De donde se deducen estas tres proposiciones; a saber:

Toda proposición confirmada por el Evangelio o aprobada por la Iglesia, es verdadera.

Toda proposición desmentida por el Evangelio o condenada por la Iglesia, es falsa.

Toda proposición sobre la cual nada haya dicho ni el Evangelio ni la Iglesia, es indiferente.

Así vemos, pues, que los filósofos se pierden en disputas y disquisiciones sobre el origen y el fin de las cosas; pero muchos de los sabios cuyos nombres resuenan por todo el mundo no encuentran ni un rayo de luz para alumbrar el caos de sus doctrinas, ni una palabra de consuelo para saciar la sed de verdad de sus discípulos y secuaces, ni aciertan a encontrar una fórmula que, por lo menos, cubra, como con un manto protector, su impudicia o su ignorancia. Y es que caminan sin esa antorcha de la fe que sabe y puede inundar de luz las mentes y las inteligencias que a ella se acogen.

¿Hay Dios? ¿Hay uno o muchos? ¿Cuál es su naturaleza, cuáles sus atributos? Leed a Platón, a Cicerón, a Aristóteles, a los más grandes hombres de la antigüedad, y ¿qué encontráis? Errores, incertidumbres, tinieblas[239]. Leed, en cambio, la Sagrada Escritura; leed el libro de los Ejercicios Espirituales, de San Ignacio, y os encontraréis con que la fe os habla de este modo: Hay un Dios, eterno, infinito, inmutable, inmenso, criador, conservador, ordenador de todas las cosas, cuya providencia se extiende a todo lo criado; a cuyos ojos, tanto lo pasado como el porvenir, está patente; para quien el corazón del hombre no tiene secretos, porque todo lo conoce, todo lo ve, abarca todos los extremos, todo lo dispone con suavidad, vela sobre el justo y aun sobre el pecador, reservando para otra vida la sanción de sus actos.

Además, encontraréis también que por la fe se halla explicación a la existencia del alma y su inmortalidad; el libre albedrío para escoger el camino del bien o la senda del mal; el origen de los distintos y aun contrarios pensamientos que el hombre suele tener; la causa de sus males, sus remedios, sus compensaciones; todo, en fin, lo vemos explicado con sabiduría, tan digna de admirarse, que cuando paramos mientes en examinar todos los sistemas, teorías, escuelas filosóficas, parécenos asistir a una babel científica o a juegos infantiles, en los que nunca se entienden.

¿Y qué decir de esa otra luminaria que llamamos razón?

El mismo Proudhon[240] dice que “La razón, bajo el nombre de ciencia, conocimiento, episteme, gnosis, o bajo el más moderno de filosofía, aspiración a la ciencia, se ha puesto en oposición con la fe y ha aspirado a la posesión de la verdad; no ya sobre aquella sentencia fides ex auditu, sino por medio de una contemplación directa, sicuti e facie ad faciem; es decir, cara a cara. Ver la verdad en sí, con la sola garantía de sus ojos y de su razón, es, evidentemente, descartar la suposición de la existencia de un criterio”.

Mas, ¡ah!, que estas frases, más que encomiásticas, son un verdadero insulto y un denuesto a la razón, porque ésta viene a ser como una parte integrante de la Filosofía, y, de tal manera, que bien pudiera decirse que es una cualidad sine qua non que puede estar en la Filosofía.

Y quien desprecia la razón, o la toma como única base de argumentación, suele ocurrir que se convierte en un ególatra.

Lutero despreciaba la razón, y tuvo aquel rasgo de soberbia luzbélica de erigirse en legislador supremo de una Iglesia que él fundara, para que cubriera sus impudicias y sus sacrilegios. Lamennais escribió páginas inimitables y llenas de elocuencia contra la razón, y, sin embargo, intentó también regenerar el mundo tomando por única base su razón sola.

Y es que no se puede prescindir de ninguna de esas dos ruedas con que ha de caminar el carro de la inteligencia, para llevar, digna y decorosamente, en su trono, la Verdad cristiana, que es la única Verdad.

Claro está que para llegar a ésta se sienten flaquezas, abatimientos, dificultades; mas, ¿qué empresa no lleva consigo anexas todas éstas?

De aquí que deduzcamos, como consecuencia lógica, que la Filosofía no muere, ni se debilita, por estar a la sombra de la Religión, sino que, por el contrario, se fortalece, se vivifica y se hace más clara y más asequible a las inteligencias; y, si a esto unimos que se supedita a la razón, tendremos completo ese cuerpo de doctrina, esa ciencia, mater omnium scientiarum, y por ella, y con ella, encontraremos la Verdad única, incontrovertible y eterna, cual es la Verdad cristiana.

No hay que decir cómo nuestro Santo fué guiado de esa antorcha de la fe y de esa luminaria de la razón, para encontrar la Verdad increada, y en ella pudo posarse.

Bien lo demuestra en su libro de oro, que analizado queda desde el punto de vista filosófico, y bien puede incluírsele entre las obras de los más esclarecidos, de los más grandes filósofos españoles.

Ya lo dió a entender el insigne Menéndez y Pelayo, cuando, hablando de él, expresó este acertadísimo juicio:

“Aquel hidalgo vascongado, herido por Dios, como Israel, a quien Dios suscitó para que levantara un ejército más poderoso que todos los ejércitos de Carlos V, contra la Reforma, San Ignacio es la personificación más viva del espíritu español en una edad de oro. Ningún caudillo, ningún sabio influyó tan portentosamente en el mundo. Si media Europa no es protestante, débelo, en gran manera, a la Compañía de Jesús[241] y al libro admirable de su fundador, los Ejercicios espirituales, lleno de luz y de ciencia para las almas todas y para todos los corazones”.

 

 

CAPÍTULO IV

La verdadera ciencia dimana de Dios.—Influencia de la Filosofía de los «Ejercicios» en el Mundo.—Teoría de la gracia.—Síntesis de la doctrina filosófica que se encierra en los «Ejercicios».

Pobre es en demasía el mundo del humano saber para dar al genio la magnífica limosna de la verdad, que le pide con ansias devoradoras. Entretiénele con migajas que le arroja, alardeando de esplendidez, las cuales, en modo alguno, bastan a saciarle.

Esa rica limosna pidió también Ignacio, cuando, ya en los años de madurez, asistía a las aulas y sentía en su inteligencia y en su corazón un vacío y el estímulo nobilísimo hacia la Verdad, ese ídolo que él había creído abrazar muchas veces y se le había tornado en sombra desvanecida, le aguijoneaba fuertemente, para buscarla en su realidad pura, fuera del mundo de las ilusiones engañosas; allá, donde únicamente existe, donde la buscó Salomón, donde la buscó Agustín, en la cima del Monte Santo, en el piélago de la luz increada, en las reverberaciones de lo inmutable y lo inmenso, en Dios, fuente eterna de la Verdad.

La luz de la divina gracia iluminó aquella inteligencia, llenando su vacío con el rico, inefable don de la inspiración y de la sabiduría; desaparecen entonces a los ojos del capitán Iñigo los espejismos de la falsa ciencia, las negruras de la ignorancia; y, desvanecidas las nubes de la pasión pujante, que empañaba el sol limplio y esplendoroso de la Verdad, contemplando, de hito en hito, con mirada de águila, y queda tan prendado de sus hechizos y soberana belleza, que rompe en aquella sublime exclamación que siglos atrás la pronunciara el converso Casiano: “¡Tarde llegué a amarte, ¡oh!, hermosura siempre antigua y siempre nueva! ¡Tarde te hice entrega de mis amores!”[242].

Nos cuentan los sagrados libros que, al descender Moisés de las cumbres del Sinaí, apareció circundado de luz deslumbradora, recibida en presencia de la Divinidad. Parecía que de su rostro salía fuego sagrado, y fué esto lo bastante para infundir el terror en el pueblo versátil, entregado a la degradación y al abominable culto del becerro de oro.

También Ignacio, bañado en torrentes de luz celestial, empapado en la Ley de Dios, en las Sagradas Escrituras y en los libros de los Santos Padres, irradia de sí, cual otro Moisés, resplandores de doctrina sobrehumana; y de la caldeada fragua de su mente salen los rayos de su palabra, ora enérgica, acerada y penetrante[243], como espada de dos filos, para combatir los errores de su tiempo y los enemigos de la Religión; ora plácida y dulce[244], para enfervorizar a las almas buenas; ora profunda y amena[245], para adoctrinar y persuadir; pero siempre impregnada del suave bálsamo, del celo amoroso, siempre embelesadora, discreta y sentenciosa, eco fiel de su inspiración divina, y tan varia, tan rica y tan fecunda, que apenas es suficiente la vida de un hombre para saborear, ejercitar y cumplir cuanto en los Ejercicios expone.

Y la conciencia de Dios, alcázar suntuoso alzado por Ignacio, forma una ciudadela hermosa de ciencia filosófica y de santidad, y la une con puente de oro al alcázar de la fe.

*
* *

Nuestro Santo parece que, con maravillosa intuición, se adelantó a su siglo, y en el libro de los Ejercicios dejó fuertemente asegurado ese puente de oro y establecida la armonía entre la fe y la ciencia, hijas ambas de Dios, que es la Verdad, e incapaces, por tanto, como hermanas, de vivir en pugna y contradicción, y se anticipó a los días de aparatoso saber que hemos alcanzado, en que sabios, neciamente orgullosos, crean soñados conflictos entre el dogma y la ciencia, entre la gracia y la libertad humana, afirmando que, para creer, es necesario dar garrote a la razón, y haciendo del hombre una máquina inconsciente e irresponsable de sus actos; nueva generación de curanderos sociales, que quieren sanar las llagas de la decaída humanidad prescindiendo de la única medicina salvadora, que prestan de consuno la fe y la cristiana filosofía, y acudiendo al empleo de una farmacopea de desatinos y delirios[246].

¿Y cómo no engarzar a esa corona el monumento más duradero que el bronce, aere perennis, y semejante a las colosales pirámides de Egipto, las cuales permanecen, a través de los siglos, incólumes e impertérritas, desafiando las tempestades de los tiempos y los trastornos profundos de las generaciones y de las razas?

En él está echado el cimiento de la verdadera Filosofía, pues en él se demuestra la necesidad de la Providencia; cómo ésta dirige los acontecimientos, sin coartar en nada el libre albedrío del hombre, por lo cual puede obrar a su antojo y con plena responsabilidad de sus actos, ya que sabe que a Él le debe cuanto es, que de Él depende y a Él ha de dar cuenta de sus obras, para el triunfo del Bien, de la Verdad y de la Justicia[247].

Los que siguen la voz del Eterno Padre y de su Unigénito Jesucristo irán al “Reino de Cristo” y pertenecerán a “la bandera de Cristo Señor Nuestro, sumo capitán”; los que se apartan de sus celestiales enseñanzas, es que se alistan en la “bandera de Lucifer, mortal enemigo de nuestra naturaleza humana”[248], y, por ende, merecerán “las penas del infierno”. Pero aun estos mismos, sin darse cuenta de ello, trabajan por la realización de los fines providenciales del Señor, como sucedió, en el Oriente, a Babilonia, para el conocimiento de la Ley Antigua, y en el Occidente, a Roma, para la difusión del Cristianismo.

En este libro admirable se han empapado las Teresas de Jesús, las Marías Magdalenas de Pazzis, los Felipe Neris, y sirvió de norma a los Franciscos de Sales, Borromeos, Paúles, Blosios, de Avila; Granadas, Leones y multitud de hombres; bebiendo en él sus preciosas teorías incontable número de personas que a él debieron su salvación.

En ese libro, en fin, se hallan refutados, victoriosamente, todos los sistemas heterodoxos de Filosofía; lo mismo el psicológico del napolitano Vico, que el psicológico panteísta de Hegel; que los fatalistas de Herder y Condorcet, que el panteísmo de Krausse y el ecléctico de Víctor Coussin.

¡Honor, pues, a la ciencia y al genio, y venga el arte a realzar esa corona así entretejida, haciéndola más bella con el esplendor del orden[249], corona del talento del hombre privilegiado a quien el Señor dotó de sabiduría y prudencia grande; del hombre cuyas frases llenan de hondo sentido y de una cuotidiana realidad, por sentencias y apotegmas; del hombre que impone veneración y respeto al mundo docto; del hombre que ha recibido las aclamaciones universales de la Iglesia Santa[250] al supremo magisterio del cual sometió siempre con humildad los dictámenes de su razón poderosa; del Santo, en fin, en cuyo espíritu han cincelado el suyo innúmeros habitantes del Empíreo[251].

*
* *

En los Ejercicios nos expone también la teoría de la gracia[252].

¡Y cuan admirable y divina es esta teoría!

Entre el hombre y su Dios abrió la fe un abismo en fuerza de empujar hasta lo infinito la limitación y relatividad de la vida: en un Dios infinito, inmutable, único, eterno, inmenso y dueño de sí mismo consagró, de una manera gráfica y viva, la protesta de su impotencia ante la tiranía y el fragor rudo y estrepitoso de la existencia, su ambición suprema de dominar la vida.

La misma fe que lo abrió, salva su abismo, que parecía no poderse vadear.

Ignacio nos pone de manifiesto cómo con la gracia se diviniza el hombre, se eleva a la dignidad de hijo de Dios, destinado a participar de la misma vida divina; real y verdaderamente en otra vida mejor[253], en la consumación de nuestros destinos por medio de la visión beatífica y del amor bienaventurado; y en esta vida de una manera imperfecta e incoada por medio de la fe, de la esperanza y de la caridad.

Y es que el Santo filósofo vió el pecado en el remordimiento, en la ruptura de la armonía interior de nuestra alma, en la ansiedad, en el temor, en la turbación y palpitación violentas del corazón, que son, en definitiva, los afectos y sentimientos de que hablan los filósofos[254].

Vió, también, Ignacio el dolor y la muerte sentados sus reales sobre la haz de la tierra; vió al hombre sujeto al sufrimiento, al trabajo rudo, a la esclavitud de sus brutales instintos y aviesas inclinaciones, a la muerte, en fin, y vió a la naturaleza toda gimiendo bajo el peso de la vanidad e inestabilidad y pidiendo a voces su liberación y redención; en frase de San Pablo dijo: la naturaleza está manchada con el pecado, y como lo vió nos lo presenta, con los vivos colores, al hablar de los tres pecados.

Pero continúa exponiéndonos el remedio de salvación y nos muestra cómo el Verbo eterno encarnó[255], sufrió y murió en la cruz, redimiendo de esos pecados al género humano[256], quedando el hombre y la naturaleza rehabilitados en la esperanza spé salvi facti sumus[257], que dice el Apóstol. Sí; somos salvos en la fe, en la esperanza y en la caridad: he ahí los tres vértices del triángulo divino que ha de redimir la humanidad, que más bien se funden en uno solo como Dios (la fe), bajo esos tres aspectos.

Por eso nos pone de manifiesto que la fe, en lo que antes de la redención vió el castigo y consecuencias del pecado, en las penalidades, en el dolor, en la muerte, vió, después de efectuada aquélla, el estímulo de nuestro perfeccionamiento, el medio de prueba, el instrumento y agente de la rehabilitación[258].

Que la esperanza columbra en lontananza, al través de las negruras y cerrazón del horizonte de la vida, el día venturoso, purificante y glorificador[259].

Y que la caridad hace del dolor y del sufrimiento fuente de aguas vivas, que en colosal surtidor salta hasta la vida eterna, fuente de inefable placer, de indecible satisfacción; verdadera ave fénix que hace surgir la vida de la muerte, porque posee a fondo y domina el sentido real de la vida, y lo acepta resignada, lo abraza gustosa en perspectiva de sus fecundos y gloriosos resultados.

Uno y mismo es el espíritu que informa a estas tres manifestaciones de la religión; pero en la caridad desenvuelve toda su virtud y eficacia[260].

En la fe da forma concreta al ideal; en la esperanza se promete su definitiva y cabal realización al fin de los tiempos; en la caridad anticipa ese día venturoso, se engolfa en las delicias, en el torrente de voluptuosidad de la bienaventuranza, agranda, agiganta, empuja hasta lo infinito la satisfacción que produce el cumplimiento del deber, y, al través de ella, contempla extasiada, acaricia el conocimiento pleno y acabado de la verdad, la fecundidad y fertilidad infinita del amor, el escalonamiento, progresión y difusión definitivo de los momentos de la vida.

Ese ideal, la felicidad eterna de nuestro ser, ante la que mudas se postraron la fe y la esperanza, el amor lo arrebata, lo asimila, se abraza y funde con él, y, en ese estrecho abrazo, le da el último toque de viva realidad, le da toda la significación, virtualidad y alcance que tiene.

El Santo filósofo nos dice cómo con la fe mira el hombre a Dios como irradiando en su entendimiento los fulgores de su infinita sabiduría; cómo en la esperanza le ve recompensar nuestros méritos y ceñir nuestras sienes con la corona del triunfo, y cómo en la caridad se aboca cara a cara con Dios mismo y se siente capaz y ganoso de poseerle.

Amamos a Dios—nos dice—porque es digno de ser amado, porque es el océano infinito de todas las perfecciones, porque es dueño de sí mismo[261].

Tan ardiente debe ser nuestra aspiración hacia Dios, que debemos despojarnos de toda traba, de todo temor, de todo lo que no sea objeto de nuestro amor y, olvidándonos de nosotros mismos, lleguemos a confundirnos con Dios y descansando en Él.

Por eso el Apóstol de las Indias hubo de exclamar así, endiosado:

Muéveme tú, mi Dios, y en tal manera,
que aunque no hubiera Cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

Sublime paradoja, que es la mejor fórmula de la caridad humana.

Y esta caridad no es temor a la pena, no es respeto a la autoridad, no es utilidad calculada, ni gratitud, ni placer.

Y, sin embargo, es todo eso de una manera más profunda y sublime siendo el amor cristiano un impulso libre y desinteresado que nos mueve a realizar el ideal de lo bueno y de lo perfecto por la satisfacción y el placer que en ello encontramos, es el desbordamiento de un corazón que rebosa generosidad e intensidad de vida, es el altruísmo cristiano, cuyo primer prójimo es Dios mismo.

*
* *

Los Ejercicios de San Ignacio son, pues, como la luz que guía a las inteligencias, como el faro de un puerto que descubre al piloto el término de su viaje[262] y el lugar de su descanso[263], advirtiendo bien a las claras que cuantos esperan la completa felicidad en este mundo, pegan demasiado su corazón a la tierra, y claro es que su mirada, aun extendida y dilatada, no ve más allá de la tumba nada que les atraiga y deleite; mientras que quienes no confían en esta felicidad, ni descansan hasta obtenerla en la eternidad, conocen perfectamente lo que son, apercibiéndose de que su permanencia en el mundo es transitoria, que el estado presente de la humanidad no es definitivo, hecho observado ya por Cicerón y otros pensadores; por lo cual preciso se hace poner la conciencia delante de todos los actos, como la estrella de los Magos, para moderar nuestros deseos de estabilidad, incompatible con nuestro estado de peregrinos.

Allí nos pone de manifiesto también cómo el amor cristiano, subiendo a la Divinidad, se depura y embalsama, para caer como celestial rocío sobre sus semejantes, con esa igualdad que se encierra en la fórmula ama al prójimo como a ti mismo, principio de tal fuerza moral y filosófica que la han aceptado cuantos en el templo de la Filosofía han entrado a orar, no a hurtar; a satisfacerse, no a farisear.

Nuestro Santo y filósofo se muestra a sus hermanos extendidos los brazos, como su modelo Jesucristo, y, con solo esto, consigue que sus hijos puedan penetrar en las espesuras de los desiertos, sin más objeto que abrasarlas con fuego inextinguible y convertir las fieras en hombres y los bosques en fértiles campiñas, como decía San Francisco Xavier.

Como un gran filósofo, Ignacio nos resuelve aquellos tres grandes problemas que ponían espanto a los gobernantes y a los filósofos de su época y aun vienen preocupando a los modernos enciclopedistas.

Estos tres problemas son: libertad, igualdad y fraternidad, y dice: ¿Queréis libertad verdadera? Mandata Dei servate. Respetad, temed a Dios y observad sus mandamientos. Amad a vuestros hermanos, dando a cada uno su derecho y renunciando al vuestro, si es menester, con generosidad y desprendimiento, procurando la paz para todos[264].

Si esto se llevara a cabo veríamos a los legisladores cambiar sus tronos y sillas de marfil por el bufete de administradores de sus conciudadanos.

¿Queréis la igualdad? Quod superest date elemosinam. No se puede pedir una igualdad absoluta, porque no existe[265], pero sabed que los bienes de que gozáis sólo es a título de administradores, pero con la condición de aliviar y socorrer a los desgraciados y desvalidos, que son genuinos representantes de Cristo Jesús; y si olvidáis este deber, tendréis que escuchar aquella voz aterradora que os dirá: “Porque hiciste mal uso de los talentos que te di, caerás al fuego como madero seco, para arder eternamente en la Justicia Divina[266].

¿Queréis fraternidad? Diligite inimicos vestros. Amad a vuestros enemigos, que también son hermanos vuestros, y amadlos más precisamente porque el error les ciega, la ira les domina, el vicio les tiene encenagados, y, por tanto, habéis de procurar atraerlos al buen camino[267].

¿No son éstas las reglas de la moral filosófica y cristiana más sublimes, más prácticas, más necesarias, porque quizá sean las que estén más olvidadas o, por lo menos, más inaplicadas?

¡Ah! Si siguiéramos el rumbo trazado por esta moral, si nos acercáramos a su cumplimiento, veríamos práctica y palpablemente cómo nos íbamos aproximando a la perfección que deseaba llevar San Ignacio con su libro a cuantos en él estudiaran y meditaran seriamente.

Un ilustre escritor ha dicho[268]: “Es muy fácil formar sistemas perfectos para ángeles, pero imposible para hombres”. Vivimos en sociedad y no es necesario ser profundo filósofo para observar y conocer que no sólo nuestras inclinaciones y deseos, sino aun nuestros derechos, los más legítimos e incontrovertibles, se hallan muchas veces, sin quererlo nosotros, en lucha con los deseos e inclinaciones de nuestros semejantes; y donde hay lucha necesaria, no puede haber paz continua; y donde la paz se altera, no puede haber orden constante y absoluto, y sin orden, sólo soñando, se puede imponer la perfección, pues los elementos permanentes de contradicción y guerra existen dentro de nosotros y contra nosotros mismos: Video autem aliam legem in membris meis repugnantem legi mentis meæ[269].

Pues he aquí la ciencia filosófica de San Ignacio en el libro de los Ejercicios.

Él ha formado un sistema perfecto para hombres, pues precisamente en el saber dominar nuestra voluntad, refrenar nuestros deseos ante los de nuestros semejantes, está la perfección, así como el de saber vencer en esa lucha titánica entre el hombre bueno y el hombre malo que en nosotros mismos se encierra, haciendo que triunfe la virtud, la serenidad, la templanza y el amor, sacrificando cuanto no sea esto, a fin de crearnos un nuevo yo que responda a esa moral y a esa filosofía propia de los hombres perfectos, de los que saben en su corazón las esencias de la virtud, del bien y aun de la santidad.

Se nos dirá que esto es dado a pocos, pero no es porque busquen esto todos, sino porque sólo esos pocos son los que tal buscan y por lo que se afanan. Hay muchos que beben las aguas de una fuente; mas pocos son los que conocen su origen o manantial, y menos aún los que han ido en su busca y han gozado de sus primicias.

Y no se crea que para conseguir esto es menester renunciar a prudentes goces, ni menos cortar los vuelos de la inteligencia, sino que, por el contrario, débese no limitarla mezquinamente al tiempo y fijar nuestra mirada en la inmortalidad y, como atletas que recorren el estadio con la vista clavada en el premio que le aguarda, emprender nuestra carrera con ardor por el camino de la conciencia y de la virtud, alumbradas con el resplandor de la fe, avivadas con el calor de la esperanza y vivificadas con el hálito de la caridad, pues, de lo contrario, daríamos a entender que somos y valemos muy poco cuando no podemos atender a un tiempo a dos objetos que no se contradicen, la virtud y la vida, Dios y el hombre.

He aquí, expuesto de una manera sintética, cuanto abarca filosóficamente el inimitable libro de los Ejercicios.

¿Habrá alguien que se resista a conceder el título de gran filósofo a su autor?

Creemos haber ahondado bastante en ese tan rico manantial de fecundos principios filosóficos para darlos a conocer clara, concreta y definitivamente, para que no haya lugar a duda; pues cuando se camina con la antorcha de la verdad y con el báculo de la razón sana, aunque el camino sea áspero, se sortean fácilmente todos los escollos y se vencen todos los obstáculos, llegando al fin triunfantes y vencedores.

¿Lo hemos conseguido?

Tú, lector justo y recto, lo has de decir.

Para terminar, diremos que creemos haber cumplido con la misión que nos propusimos al comenzar esta obra.

Si no lo hemos conseguido, culpa habrá sido solamente de nuestra ineptitud, de nuestra pequeñez intelectual.

 

 

APÉNDICES

APÉNDICE I

INFORME

de la real academia de ciencias morales y políticas, referente al primer tomo de la «biblioteca filosófica» de «los grandes filósofos españoles», dedicado a

FRANCISCO DE VALLES

(EL DIVINO)