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Tres relatos porteños / Segunda edición

Chapter 48: ÍNDICE
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About This Book

Una colección de tres relatos cortos que examinan con ironía compasiva los vicios y las preocupaciones de la vida urbana. El primero sigue a un científico cuya autoridad y descubrimientos despiertan la fe ciega en la técnica; el segundo retrata la ceguera y la violencia del odio de clases durante una semana de festejos; el tercero muestra cómo la riqueza reciente descompone y rebaja los valores culturales al convertir el culto a los héroes en apariencia. El autor adopta una mirada observadora, afilada pero benévola, y un estilo sobrio y humorístico.

El obispo de Heráclea pronunció el panegírico. Fué una hermosa peroración, que consistió únicamente en el desarrollo de este pensamiento, que monseñor de Filippis atribuyó a Veuillot: «¿Qué es una hermosa vida? Un pensamiento de la juventud realizado en la edad madura...»

El seguro conocimiento que evidenciaba siempre de una literatura tan profana como la francesa era una de las causas de su prestigio mundano. Aquella cita lo robusteció por mucho tiempo.

Mientras monseñor hablaba, Juana María, llorando de emoción al recuerdo del padre, pensaba que esa fórmula era también aplicable a ella: había conseguido todo cuanto se propusiera en la juventud. Lo último, lo que más le costara, lo acababa de obtener: poseía la mejor casa de Buenos Aires, y de ahora en adelante tendría un antepasado ilustre.

Los demás discursos, el del gobernador de la provincia, aceptando la donación, y el del director del nuevo establecimiento no le dejaron ninguna duda sobre el punto. El nombre de D. Juan Martín había entrado en la gloria...

A mediodía la mayor parte de la concurrencia se dirigió a la estancia de Alava, que quedaba allí cerca. Mucha gente, mujeres sobre todo, deseaban contemplar a Heraldic, el famoso padrillo que el gran criador había adquirido en Inglaterra, para su haras, en una suma fabulosa. Otros, hombres serios en su mayor parte, preferían ver los mejores ejemplares de la cabaña. Por último, un grupo pequeño de visitantes de mediana condición social, que tenían el culto de los self-mademan, se dió a buscar la célebre máquina de afilar a que se hacía referencia siempre que se aludía a los orígenes de la fortuna de D. Juan Martín.

Esta vez la señora de Alava se puso a la cabeza de los curiosos. Los llevó hasta un pequeño galpón, donde, cubierta por una lona, se hallaba la máquina, con su rueda única, su pedal, la piedra gastada y el tarrito del agua.

«¡Cómo la cuidan!», dijo con admiración uno de los del grupo. El aparato, en verdad, no representaba tener el medio siglo que le atribuía la leyenda. Monseñor de Filippis, que no se apartaba de la señora de Alava, descubrió entonces que la máquina tenía la patente del año anterior. E inmediatamente, con su fino sentido de la adulación, celebró la piedad filial de la señora, que, como una suerte de tributo a los manes paternales, renovaba todos los años la patente del aparejo.

«Gran ejemplo de humildad, señora, gran ejemplo de humildad.»

Entre tanto, la hija de Juan Martín, conturbada por el detalle inadvertido y temiendo que por otros signos se descubriese la piadosa substitución de la reliquia desaparecida, había dejado caer de nuevo la lona. Salieron del galpón, y mientras se alejaban iba pensando que era ridículo que ella, que había reunido en su casa de la calle Juncal muebles antiguos, venerables obras de arte, vinos añejos y cuadros del Renacimiento, no hubiera podido conseguir una máquina de afilar vieja de veinte años.

Fué el único pensamiento desagradable que tuvo aquel día.

Por la noche, sin embargo, sufrió una pesadilla atroz. Soñó que el padre había vuelto y todo lo realizado en los tres años que estuviera ausente se desvanecía como una pintura lavada con ácido: la Sociedad anónima, la casa colonial, el haras, la colonia de vacaciones. Don Juan Martín era más hosco, más intratable, más grosero que nunca. Dejaba que le rematasen la estancia a Alava y pretendía que Adolfito fuese a trabajar a las oficinas de la Empresa.

Y quería obligarla a ella a que le acompañase en sus paseos por la ciudad, mientras él iba empujando la vieja máquina de afilar y llamando la atención con su silbato.

¿No había acaso escoltado a la madre cuando iba al lavadero? Como un conjuro infernal, surgió ante ellos la figura de la madre, zafia, procaz, con un cesto de ropa blanca sobre la cabeza. Los tres echaron a andar por las calles aristocráticas, por los paseos distinguidos, por las playas de moda. Pasaban por entre filas de gente conocida que no la reconocían. Anonadada de vergüenza, oyó al obispo de Heráclea decirle, sacudiendo jovialmente la mitra:

«Gran ejemplo de humildad, señora, gran ejemplo de humildad.»

Bruscamente se le despertó un odio terrible contra el espectro—¿era verdaderamente su padre?—que la arrastraba en aquel paseo infamante. Toda la gente había desaparecido y se encontraban en un desierto rojo. Alzó el brazo para golpear al fantasma y se despertó sentada en la cama en su dormitorio de la estancia. Aunque el resplandor rojizo del velador le permitía darse cuenta de los muebles familiares, de los detalles conocidos, de su fisonomía misma, que el psyché reproducía en un ángulo de la habitación, permaneció largo rato con las pupilas agrandadas por el terror, temblando y a punto de llorar de miedo. ¿Había muerto efectivamente el padre? ¿Habían pasado de verdad tres años?

Poco a poco fué recobrando el sentido de la realidad. Reconstruyó todo lo ocurrido en ese espacio de tiempo y se dió cuenta que había sido víctima de una pesadilla. Pero aun así, su inquietud no desapareció por completo. ¿Podrían volver los muertos? Se quedó pensando en esta posibilidad, que nunca hasta entonces se le había ocurrido. Pero pronto la desechó. Aunque la Dirección de Cementerios no ofrece ninguna garantía al respecto, los muertos no vuelven. Eso para ella era una prueba más de que el Universo estaba perfectamente bien organizado.

F I N

ÍNDICE

 Páginas.
Prólogo7
El cocobacilo de Herrlin15
Capítulo primero.—Simple introducción a una historia complicada17
Capítulo II.—Un informe consular20
Capítulo III.—La mancha azul26
Capítulo IV.—Preliminares de la campaña30
Capítulo V.—La primera vuelta34
Capítulo VI.—La máscara de hierro39
Capítulo VII.—Donde se entra en contacto con el enemigo42
Capítulo VIII.—Revista de fuerzas coloniales48
Capítulo IX.—«Don Pepe»58
Capítulo X.—Síntesis de tres ejercicios financieros62
Capítulo XI.—Donde el cocobacilo de Herrlin se apresta a entrar en acción66
Capítulo XII.—«Don Juan»73
Capítulo XIII.—El honor de los pueblos79
Capítulo XIV.—La septicemia de Herrlin84
Capítulo XV.—Una campaña electoral89
Capítulo XVI.—The Rabbit’s March96
Capítulo XVII.—«¡El conejo no existe!»105
Capítulo XVIII.—Donde se revela por fin la singular eficacia del cocobacilo de Herrlin110
Una semana de holgorio117
Prólogo.—Julio Narciso Dilon119
Capítulo primero.—Desgraciado en el juego121
Capítulo II.—...afortunado en el amor131
Capítulo III.—El damero a media noche135
Capítulo IV.—Asalto a una Comisaría139
Capítulo V.—¡Alto el fuego!142
Capítulo VI.—La luz de un nuevo día146
Capítulo VII.—Convicto y confeso149
Capítulo VIII.—Un interrogatorio153
Capítulo IX.—Aramis157
Capítulo X.—La ninfa Eco161
Capítulo XI.—«Hands up!»164
Capítulo XII.—La vuelta al hogar168
Capítulo XIII.—El asalto a la Comisaría 44170
Capítulo XIV.—De cómo recobro el uso de la razón y otros objetos174
El culto de los héroes179
Capítulo primero.—De cómo D. Juan Martín iba acortando sus paseos181
Capítulo II.—En que se muestra que la piedad, como otros achaques de la vejez, la miopia por ejemplo, puede corregirse con el uso de cristales adecuados185
Capítulo III.—Breve excursión a través de los apellidos191
Capítulo IV.—El huevo de Leda196
Capítulo V.—La vuelta al Colonial207
Capítulo VI.—La muerte del héroe219
Capítulo VII.—Transfiguración224
Capítulo VIII.—Luto liviano232
Capítulo IX.—En el cual la señora de Alava reconoce que el Universo está perfectamente bien organizado236

 

 

 


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