II
FE
Signior mie caro, i’ te sol chiamo e 'nvoco
contr’a l’inutil mie cieco tormento[387].
Su deseo hubiera sido después de la muerte de Vittoria volver a Florencia, para dejar ahí “sus huesos cansados junto a los de su padre”[388]. Pero después de haber servido toda su vida a los Papas, quiso consagrar sus últimos años a Dios. Tal vez había sido impulsado en este sentido por su amiga y cumplía en ello uno de sus últimos votos. Un mes antes de la muerte de Vittoria Colonna, el primero de enero de 1547, Miguel Ángel fué nombrado por breve de Pablo III prefecto y arquitecto de San Pedro, con plenos poderes para levantar el edificio.
Aceptó con disgusto, y no fueron las instancias del Papa las que lo decidieron a cargar sus hombros de septuagenario con el fardo más pesado que hubiera llevado nunca; vió en ello un deber, una misión de Dios:
“Muchos creen—y yo también creo—que he sido colocado en este puesto por Dios, escribía. Por viejo que sea no quiero abandonarlo, porque sirvo por amor a Dios y en Él pongo todas mis esperanzas”[389]. No aceptaba ninguna recompensa por esta sagrada tarea.
Tuvo que contender con numerosos enemigos: “La secta de San Gallo”[390], como dice Vasari, y todos los administradores, proveedores y contratistas de la construcción, de quienes denunciaba los fraudes, para los cuales San Gallo había cerrado los ojos. “Miguel Ángel, dice Vasari, libró a San Pedro de los ladrones y de los bandidos”. Se formó una coalición contra él que tuvo por jefe al descarado Nanni di Baccio Bigio, arquitecto a quien Vasari acusa de haber robado a Miguel Ángel y que pretendía suplantarlo. Se propagó el rumor de que Miguel Ángel no entendía nada de arquitectura, que despilfarraba el dinero y no hacía más que destruir la obra de su predecesor. El Comité de administración de la obra tomó también partido contra su arquitecto, y aprobó en 1551 una investigación solemne presidida por el Papa.
Los inspectores y los obreros fueron a declarar contra Miguel Ángel, con el apoyo de los Cardenales Salviati y Cervini[391]. Miguel Ángel se dignó apenas justificarse y rehusó toda discusión. “No estoy obligado, dijo al Cardenal Cervini, a comunicar a nadie lo que yo debo o quiero hacer. Vuestra obligación es averiguar los gastos. Lo demás sólo me importa a mí”[392].
Nunca consintió su inquebrantable orgullo en participar sus proyectos a nadie. A sus obreros, que se quejaban, les respondió: “vuestra obligación es cumplir como albañiles, como talladores, como carpinteros, hacer vuestro oficio y ejecutar mis órdenes. En cuanto a saber lo que yo tengo en la cabeza, no lo sabréis jamás porque eso sería contra mi dignidad”[393].
Contra los odios que recurrían a tales procedimientos, no hubiera podido sostenerse un instante sin el favor de los Papas[394]. Así es que cuando murió Julio III[395] y el Cardenal Cervini fué electo Papa, Miguel Ángel estuvo a punto de salir de Roma. Pero Marcelo II no hizo más que pasar por el trono y Paulo IV lo sucedió. Seguro de nuevo de la protección soberana, Miguel Ángel continuó luchando. Se habría creído deshonrado y habría temido por su salvación si hubiera abandonado la obra.
“Contra mi voluntad he sido encargado de ella”, dice.
“Hace ocho años que me esfuerzo en vano, entre disgustos y fatigas. Ahora que la construcción está bastante avanzada para que se pueda comenzar la cúpula, mi partida de Roma sería la ruina de la obra, una gran afrenta para mí, y para mi alma un gran pecado”[396].
Sus enemigos no dejaban las armas y la lucha tomó por instantes un carácter trágico. En 1563, el ayudante más adicto a Miguel Ángel en San Pedro, Pier Luigi Gaeta, fué encarcelado por una falsa acusación de robo; y el jefe de los trabajos, Cesare da Casteldurante, fué apuñaleado. Miguel Ángel respondió nombrando en lugar de Cesare a Gaeta. El Comité de administración arrojó a Gaeta y nombró al enemigo de Miguel Ángel, Nanni di Baccio Bigio; Miguel Ángel fuera de sí, no volvió a San Pedro. Se hizo correr el rumor de que abandonaba sus funciones y el Comité le dió por suplente a Nanni, quien se presentó desde luego como amo, esperando rendir por cansancio a aquel viejo de ochenta y ocho años, enfermo y moribundo. No conocía a su adversario; Miguel Ángel inmediatamente fué a buscar al Papa y amenazó con salir de Roma si no se le hacía justicia. Exigió una nueva investigación, dejó convicto a Nanni como incapaz y mentiroso y logró que lo despidieran[397]. Esto fué en septiembre de 1563, como cuatro meses antes de su muerte. Así es que hasta su última hora tuvo que luchar contra la envidia y contra el odio.
No lo compadezcamos. Sabía defenderse y, aunque moribundo, era capaz él sólo, como decía en otro tiempo a su hermano Giovan Simone, “de despedazar a diez mil de aquella ralea”.
Además de la gran obra de San Pedro, otros trabajos de arquitectura ocuparon el final de su vida: el Capitolio[398], la Iglesia de Santa María de los Ángeles[399], la escalera de la Laurenziana de Florencia[400], la Puerta Pía y, sobre todo, la Iglesia de San Juan de los Florentinos, el último de sus grandes proyectos, abortado como todos los demás.
Los florentinos le habían rogado que construyera la Iglesia de su nación en Roma; el duque Cosme mismo, le escribió una carta halagadora con este objeto; Miguel Ángel, sostenido por su amor a Florencia, emprendió la obra con un entusiasmo juvenil[401]. Dijo a sus compatriotas “que si ejecutaban su plan, ni los romanos ni los griegos habrían tenido nunca nada semejante”; palabras, dice Vasari, “como nunca habían salido de su boca, ni antes ni después, porque era extremadamente modesto”. Los florentinos aceptaron el proyecto sin cambiar nada. Un amigo de Miguel Ángel, Tiberio Calcagni, ejecutó, bajo su dirección, un modelo en madera de la Iglesia; “era una obra de arte tan rara, que no se ha visto nunca una Iglesia semejante por la belleza, la riqueza y la variedad. Se inició la construcción y se gastaron cinco mil escudos. Después faltó el dinero, se suspendió la obra y Miguel Ángel sufrió con ello una gran pena”[402]. La Iglesia no fué construida nunca y hasta el modelo ha desaparecido. Tal fué la última decepción artística de Miguel Ángel. ¿Cómo había de tener la ilusión al morir de que San Pedro, apenas esbozado, llegara a terminarse, o de que alguna de sus obras le sobreviviera?
Él mismo, si hubiera podido, tal vez las hubiera destruido. La historia de su última escultura, El Descendimiento de la Cruz, de la Catedral de Florencia, demuestra hasta dónde había llegado su desprendimiento del arte. Si continuaba todavía sus trabajos de escultor, no era ya por fe en el arte, sino por fe en Cristo, y porque “su espíritu y su fuerza no podían dejar de crear”[403]. Pero cuando había terminado su obra, la rompió[404]. “La hubiera destruido enteramente si su servidor Antonio no le hubiera suplicado que se la diera”[405].
Tal era la indiferencia que Miguel Ángel, próximo a la muerte, demostraba para sus obras.
Desde la muerte de Vittoria ningún gran afecto iluminaba su vida. El amor había partido.
Fiamma d’amor nel cor non m’è rimasa;
Se 'l maggior caccia sempre il minor duolo,
Di penne l’ alm’ ho ben tarpat’ e rasa[406].
“La llama de amor no ha quedado en mi corazón;
el peor mal—la vejez—eclipsa el mal menor;
tengo recortadas las alas del alma”.
Había perdido a su hermano y a sus mejores amigos. Luigi del Riccio había muerto en 1546, Sebastián del Piombo, en 1547; su hermano Giovan Simone en 1548. Nunca tuvo grandes relaciones con su último hermano, Gismondo, que murió en 1555. Había concentrado su necesidad de afecto familiar y brusco, en sus sobrinos huérfanos, los hijos de Buonarroto, su hermano más amado. Eran dos, una niña, Cecca (Francesca), y un niño, Lionardo.
Miguel Ángel puso a Cecca en un convento. Le pagó su equipo y su pensión; iba a verla y cuando ella se casó[407], la dotó con una de sus propiedades[408]. Se encargó personalmente de la educación de Lionardo, que tenía nueve años a la muerte de su padre. Una larga correspondencia, que recuerda a menudo la de Beethoven con su sobrino, demuestra la seriedad con la cual cumplía su misión paternal[409]. No le faltaron por este motivo frecuentes disgustos. Lionardo ponía a prueba la paciencia de su tío y esta paciencia no era muy grande.
La mala letra del muchacho era suficiente para poner a Miguel Ángel fuera de sí, porque creía que esto era una falta de respeto para él:
“Nunca recibo una carta tuya sin que sienta calentura antes de poder leerla. No sé donde has aprendido tú a escribir. Será falta de amor. Creo que si tuvieras que escribir al mayor asno del mundo, pondrías más cuidado. He arrojado tu última carta al fuego porque no podía leerla. Así es que no puedo contestarte. Ya te he dicho y repetido hasta la saciedad, que siempre que recibo una carta tuya, me viene fiebre antes de que pueda leerla. Una vez por todas, no me escribas ya más. Si tienes algo que decirme busca alguien que sepa escribir, porque yo necesito mi cabeza para otras cosas y no para agotarme descifrando tus enigmas”[410].
Desconfiado por naturaleza, y más aún por las dificultades que había tenido con sus hermanos, se hacía muy pocas ilusiones respecto al cariño humilde y zalamero de su sobrino; este cariño le parecía más bien dirigido hacia su caja fuerte, que el muchacho esperaba heredar. Miguel Ángel se lo decía francamente. Una vez estando enfermo y en peligro de muerte, supo que Lionardo había ido a Roma y había hecho algunas diligencias indiscretas, y le escribió, furioso:
“¡Lionardo! Yo he estado enfermo y tú has ido a la casa de Ser Giovan Francesco para ver si no había dejado nada. ¿No te basta con mi dinero de Florencia? ¡No puedes desmentir tu raza, y dejar de parecerte a tu padre, quien me arrojó en Florencia de mi propia casa! Debes saber que he hecho un testamento de tal manera que no tengas nada que esperar de mí; así, pues, vete con Dios, y no te presentes más ante mi vista ni me escribas nunca”[411].
Estas cóleras no preocupaban mucho a Lionardo, porque generalmente después seguían las cartas afectuosas y los obsequios[412]. Un año más tarde, se precipitaba de nuevo a Roma atraído por la promesa de un regalo de tres mil escudos. Miguel Ángel, ofendido por su apresuramiento interesado, le escribe:
“Has venido a Roma con una prisa furiosa. No sé si habrías venido tan pronto si yo me encontrara en la miseria y me faltara el pan... Dices que era tu deber venir por amor para mí. ¡Sí, el amor de un taladro[413]! Si me tuvieras cariño, me hubieras escrito: ‘Miguel Ángel, guardad vuestros tres mil escudos y gastadlos en vos mismo, porque ya nos habéis dado bastante; vuestra vida nos es más cara que la fortuna’, pero desde hace cuarenta años habéis vivido de mí y nunca he recibido ni una buena palabra[414]...”.
Una grave cuestión fué la del matrimonio de Lionardo, que ocupó al tío y al sobrino durante seis años[415]. Lionardo condescendía con su tío dócilmente; pensando en la herencia aceptaba todas sus observaciones, lo dejaba escoger, discutir, rechazar los partidos que se le ofrecían y él parecía indiferente.
Miguel Ángel, al contrario, se apasionaba como si él tuviera que casarse. Consideraba el matrimonio como un asunto serio, para el cual el amor era la menor condición; la fortuna no entraba tampoco en cuenta, lo que importaba era la salud y la honorabilidad. Le daba rudos consejos, desprovistos de poesía, robustos y positivos:
“Ésta es una gran decisión; acuérdate de que entre el hombre y la mujer debe haber siempre una diferencia de edad de diez años, y fíjate en que la que escojas no sea solamente buena, sino también sana. Se me ha hablado de varias personas; unas me gustan y otras no. Si piensas en ello, escríbeme si es que te gusta más una que otra, y yo te diré mi opinión. Eres libre para tomar a una o a otra, con tal que sea noble y bien educada, y más bien sin dote, que con una gran dote, para vivir en paz[416]... Un florentino me ha dicho que te han hablado de una muchacha de la casa Ginori, y que te gusta. A mí no me gusta que tomes por mujer una hija cuyo padre no te la daría si tuviera bastante para constituirle una dote conveniente. Yo deseo que el que quiera darte una mujer te la dé a ti y no a tu fortuna. Tú piensa únicamente en considerar la salud del alma y del cuerpo, la calidad de la sangre y de las costumbres, y además ver quiénes son sus parientes, porque esto es de gran importancia. Tómate el trabajo de buscar una mujer que no se avergüence de lavar los platos en caso necesario y de ocuparse de las cosas de la casa. En cuanto a la belleza, como tú no eres precisamente el joven más bello de Florencia, no te preocupes, con tal que no sea ni estropeada ni repugnante[417]...”.
Después de mucho buscar parecía haberse hallado el ave rara. Pero a última hora he aquí que se le descubre un defecto de importancia:
“He sabido que tiene la vista corta, lo cual no me parece un defecto pequeño; por eso no he prometido nada todavía; y puesto que tú tampoco has prometido nada, mi opinión es que te desprendas, si estás seguro de esta cosa”[418].
Lionardo se desalienta. Se sorprende por la insistencia de su tío para casarlo, y éste responde:
“Es verdad, lo deseo, para que nuestra raza no acabe con nosotros. Sé muy bien que el mundo no se trastornará por eso; pero de todos modos, cada animal se esfuerza por conservar su especie. Por eso deseo que tú te cases”[419].
Al fin, el mismo Miguel Ángel se cansa; comienza a encontrar ridículo que él sea quien se ocupe siempre del matrimonio de Lionardo y que éste no se interese en ello. Declara su propósito de abstenerse en lo sucesivo:
“Desde hace sesenta años me he ocupado de vuestros asuntos; ahora estoy viejo y tengo que pensar en los míos”.
Precisamente entonces tiene noticias de que su sobrino tiene relaciones formales con Cassandra Ridolfi; se alegra de ello, lo felicita, y le promete una dote de mil quinientos ducados. Lionardo se casa[420]. Miguel Ángel envía sus felicitaciones a los jóvenes esposos, y promete un collar de perlas a Cassandra. La alegría no le impide sin embargo advertir a su sobrino, “que aunque él no sea muy conocedor de esas cosas, le parece que Lionardo debió haber arreglado todas las cuestiones de dinero antes de conducir a la mujer a su casa; porque siempre hay en estas cuestiones un germen de desunión”. Y termina con esta recomendación burlesca:
“¡Vamos! ahora procurar vivir, y piensa bien en ello, porque el número de las viudas es siempre más grande que el de los viudos”[421].
Dos meses después, en lugar del collar prometido, envió dos anillos a Cassandra, uno adornado con un diamante y el otro con un rubí. Cassandra, como agradecimiento, le manda ocho camisas. Miguel Ángel escribe: “Son muy bonitas, sobre todo la tela, y me gustan mucho, pero me disgusta que hayáis hecho este gasto, porque no me falta nada; da las gracias a Cassandra por mí, y dile que estoy a su disposición para enviarle todo lo que pueda encontrar aquí de artículos romanos u otros. Esta vez sólo he mandado una insignificancia, otra vez haremos algo mejor con algún objeto que le agrade; adviérteme solamente”[422].
Pronto vienen los hijos; el primero llamado Buonarroto[423], según el deseo de Miguel Ángel, y el segundo Michelangelo[424]. Y el viejo tío que invita a la joven pareja para que vaya a su casa de Roma, en 1556, no deja de tomar parte afectuosamente en la alegría y en los dolores de la familia, pero sin permitir nunca a los suyos que se ocupen de sus negocios, ni siquiera de su salud.
Fuera de sus relaciones de familia no faltaron a Miguel Ángel amistades ilustres o distinguidas[425]. A pesar de su humor salvaje sería completamente falso representarlo como un campesino del Danubio, a la manera de Beethoven. Fué un aristócrata italiano de alta cultura y de raza fina.
Desde su adolescencia, que transcurrió en los jardines de San Marco, cerca de Lorenzo el Magnífico, estuvo en relaciones con todo lo que Italia tenía de más noble entre sus grandes señores, sus príncipes, sus prelados[426], los escritores[427], y los artistas[428]. Tenía contiendas de ingenio con el poeta Francesco Berni[429]; tenía correspondencia con Benedetto Varchi; se cambiaba poesías con Luigi del Riccio y con Donato Giannotti. Su conversación era muy buscada, lo mismo que sus profundas observaciones sobre el arte y sus opiniones sobre el Dante, que nadie conocía como él. Una dama romana[430], escribía que cuando él quería, era “un gentil hombre de modales finos y seductores, como apenas habría otro igual en Europa”. Los diálogos de Giannotti y de Francisco de Holanda muestran su exquisita cortesía y la costumbre que tenía del trato social. Y hasta se encuentra, en algunas de sus cartas a los príncipes[431], que le hubiera sido fácil ser un perfecto cortesano. El mundo nunca huyó de él, sino que él fué quien lo tuvo a distancia, y no dependió más que de él mismo llevar una vida triunfal. Era para Italia la encarnación del genio italiano. Al fin de su carrera personificaba el gran Renacimiento como último superviviente, y él sólo era todo un siglo de gloria.
No solamente los artistas lo miraban como un ser sobrenatural[432]. Los príncipes se inclinaban ante él como si fuera un rey. Francisco I y Catalina de Médicis, le rendían homenaje[433]. Cosme de Médicis quiso nombrarlo senador[434]; y cuando fué a Roma[435], lo trató como a un igual, lo hizo sentar a su lado, y conversó con él confidencialmente. El hijo de Cosme, Francesco de Médicis, lo recibió con la gorra en la mano, “demostrando un respeto sin límites para aquel hombre extraordinario”[436]. En él no se honraba menos su genio que “su gran virtud”[437]. Su vejez fué tan gloriosa como la de Goethe o la de Hugo, pero él era un hombre distinto, no tenía ni la sed de popularidad del uno, ni el respeto burgués del otro, por libre que fuera para el mundo y para el orden establecido. Despreciaba la gloria y despreciaba al mundo, y si servía a los papas era por la fuerza; pero no ocultaba que “hasta los papas lo fastidiaban y lo enojaban algunas veces, conversando con él y mandándolo buscar”, y que, “a pesar de sus órdenes no iba a verlos cuando no tenía voluntad”[438].
“Cuando un hombre está hecho así por la naturaleza y por la educación y odia las ceremonias y desprecia la hipocresía, lo racional es dejarlo vivir como le conviene. Si no pide nada ni busca vuestra sociedad, ¿por qué buscar la suya? ¿por qué quererlo rebajar a las vulgaridades que le repugnan y lo hacen alejarse del mundo? No es un hombre superior el que piensa complacer a los imbéciles más bien que a su genio”[439].
No tenía pues con el mundo más que las relaciones indispensables o completamente intelectuales. No les permitía llegar hasta su intimidad; y los papas, los príncipes, la gente de letras y los artistas tenían poco lugar en su vida. Hasta con los muy pocos de entre ellos, para los cuales sentía una verdadera simpatía, era raro que se estableciera una amistad durable. Quería a sus amigos y era generoso con ellos; pero su violencia, su orgullo y su desconfianza, transformaban con frecuencia a los más favorecidos en enemigos mortales. Un día escribió esta bella y triste carta:
“El pobre ingrato está hecho de tal manera que si lo ayudáis en su desgracia, dice que él mismo os presta lo que vos le dais. Si le dais trabajo para demostrarle vuestro interés, pretende que habéis tenido que buscarlo porque vos no podéis hacerlo. De todos los beneficios que recibe, dice que el benefactor se ha visto obligado a hacerlos, y si los beneficios recibidos son tan evidentes que es imposible negarlos, entonces el ingrato espera bastante tiempo para que aquél de quien ha recibido el beneficio, cometa una falta evidente; entonces tiene pretexto para hablar mal de él y librarse de todo reconocimiento. Así se ha obrado siempre contra mí; y sin embargo, ningún artista se ha dirigido a mí sin que yo no lo haya beneficiado con todo mi corazón. Y después toman como pretexto mi carácter raro o la locura que me atribuyen y que a nadie hace daño, para hablar mal de mí y ultrajarme. Ésta es la recompensa de los que son buenos”[440].
En su propia casa tenía ayudantes bastante adictos, pero en general mediocres. Se sospechaba que los escogía intencionalmente mediocres para tener instrumentos dóciles y no colaboradores, lo que, por lo demás, habría sido legítimo. Pero, dice Condivi: “...no era cierto, como muchos le reprochaban, que no quería enseñar; al contrario, lo hacía de buena gana. Desgraciadamente, la fatalidad quiso que le tocaran sujetos poco capaces, o capaces, pero poco perseverantes, que después de algunos meses de enseñanza se creían ya maestros”.
Es indudable que la primera cualidad que exigía de sus ayudantes era una sumisión absoluta. Así como era despiadado para los que desplegaban hacia él una independencia orgullosa, tuvo siempre tesoros de indulgencia y de generosidad para los discípulos modestos y fieles. El perezoso Urbano, “que no quería trabajar”[441], y que tenía razón, porque cuando trabajaba, era para estropear irremediablemente por su torpeza el Cristo de la Minerva, fué objeto de sus cuidados paternales durante una enfermedad[442]; llamaba a Miguel Ángel: “querido como el mejor padre”. Piero di Giannoto fué “amado como un hijo”. Silvio di Giovanni Cepparello, que salió de su casa para entrar al servicio de Andrés Doria, le suplica desoladamente que le permita volver con él. La historia conmovedora de Antonio Mini es un ejemplo de la generosidad de Miguel Ángel para con sus ayudantes. Mini, aquel discípulo que, según Vasari, “tenía buena voluntad pero no era inteligente”, amaba a la hija de una pobre viuda de Florencia. Según el deseo de sus padres, Miguel Ángel lo alejó de Florencia. Antonio quiso ir a Francia[443]. Miguel Ángel le hizo un obsequio regio: “todos los dibujos, todos los cartones, la pintura de Leda[444], todos los modelos que había hecho para ella, tanto en cera como en arcilla”. Provisto con esta fortuna, Antonio partió[445]. Pero la mala suerte que perseguía todos los proyectos de Miguel Ángel, fué más dura todavía con los de su humilde amigo. Fué a París para enseñar el cuadro de la Leda al Rey. Francisco I estaba ausente; Antonio dejó la Leda guardada en la casa de un italiano amigo suyo, Giuliano Buonaccorsi, y volvió a Lyon, donde se había establecido. Cuando regresó a París algunos meses más tarde, la Leda había desaparecido. Buonaccorsi la había vendido por su cuenta a Francisco I. Antonio, enloquecido y sin recursos, incapaz de defenderse, perdido en aquella ciudad extranjera, murió de aflicción a fines de 1533.
Pero de todos sus ayudantes el más amado de Miguel Ángel y a quien su afecto aseguró la inmortalidad, fué Francesco d’Amadore, por sobrenombre Urbino, de Castel Durante. Desde 1530 estaba al servicio de Miguel Ángel, y trabajó bajo sus órdenes en la tumba de Julio II. Miguel Ángel se preocupaba por su porvenir.
Le decía: “¿qué harás tú si yo muero?” Urbino respondió: “serviré a otro”.
—¡Oh infeliz! dijo Miguel Ángel, quiero remediar tu miseria.
“Y le dió dos mil escudos juntos. Un obsequio como sólo los emperadores y los papas podían hacer”[446].
Urbino fué quien murió primero[447]. Al día siguiente de su muerte, Miguel Ángel le escribió a su sobrino:
“Urbino murió ayer en la tarde, a las cuatro. Me ha dejado tan afligido y turbado que me hubiera sido más dulce morir con él, por el cariño que yo le tenía; y bien lo merecía, porque era un hombre digno, leal y fiel. Su muerte hace que me parezca no vivir, y no puedo recobrar la tranquilidad”.
Su dolor era tan profundo que tres meses después decía en una carta célebre, a Vasari:
“Messer Giorgio, mi querido amigo, es posible que escriba mal; sin embargo, en respuesta a vuestra carta, escribiré algunas palabras. Ya sabéis que Urbino ha muerto, lo que es para mí una pena muy cruel, pero también una gracia muy grande que Dios me ha hecho. Esta gracia es que él, que viviendo guardó mi vida, muriendo me ha enseñado a morir, no con pesar, sino con el deseo de la muerte. Me sirvió veintiséis años y siempre lo encontré seguro y muy fiel. Yo lo había enriquecido y ahora que contaba con él para que fuera el sostén de mi vejez, me fué quitado; y no me queda otra esperanza más que volverlo a ver en el paraíso, donde Dios ha demostrado que debía estar, por la muerte muy feliz que le procuró. Lo que ha sido para él más duro que la muerte, fué dejarme vivo en este mundo engañador, y en medio de tantas inquietudes. La mejor parte de mí mismo se ha ido con él y no me queda ya nada más que una miseria infinita”[448].
En su desolación, rogó a su sobrino que fuera a verlo a Roma. Lionardo y Cassandra, inquietos por su tristeza, fueron y lo encontraron muy debilitado. Tuvo que hacer nuevos esfuerzos, por la obligación que Urbino le había impuesto de encargarse de la tutela de sus hijos, de los cuales uno era su ahijado y llevaba su nombre[449].
Tenía otras amistades extrañas. Por la necesidad de reacción contra todas las imposiciones de la sociedad, que es tan fuerte en las naturalezas robustas, le gustaba rodearse de gentes sencillas de espíritu, que tenían salidas inesperadas y maneras libres, gentes que no fueran como todo el mundo: un tal Topolino, tallador de piedras en Carrara, “que se imaginaba ser un escultor distinguido y que nunca hubiera dejado partir para Roma un barco cargado con bloques de mármol, sin mandar tres o cuatro pequeñas figuras modeladas por él, que hacían morir de risa a Miguel Ángel”[450]. Un Menighella, pintor de Valdarno, “que iba de vez en cuando a la casa de Miguel Ángel, para que le dibujara un San Roque o un San Antonio que después iluminaba y vendía a los campesinos”. Y Miguel Ángel, con quien los reyes tenían tanto trabajo para obtener la obra más pequeña, dejaba todo para ejecutar estos dibujos según las indicaciones de Menighella, entre otros un Crucifijo admirable[451]; un barbero que se ocupaba también de pintar y para quien dibujó un San Francisco con los estigmas; uno de sus obreros romanos que trabajó en la tumba de Julio II y que creyó haberse hecho un gran escultor, sin haberlo notado, porque siguiendo dócilmente las indicaciones de Miguel Ángel había hecho salir del mármol, con estupefacción suya, una hermosa estatua; el chistoso orfebre Piloto, apodado Lasca; el holgazán Indaco, pintor singular, “tan amante de la charla que despreciaba la pintura”, y que acostumbraba decir que “trabajar siempre sin tomarse algún placer era indigno de un cristiano”[452], y sobre todo el ridículo e inofensivo Giuliano Bugiardini, para quien Miguel Ángel tenía una simpatía especial.
Giuliano tenía una bondad natural, una manera sencilla de vivir, sin maldad y sin envidia, que gustaba infinitamente a Miguel Ángel. No tenía más defecto que amar demasiado sus propias obras. Pero Miguel Ángel lo estimaba feliz precisamente por esto, porque él mismo era muy desgraciado no pudiendo satisfacerse plenamente con nada... Una vez messer Ottaviano de Médicis había pedido a Giuliano que le hiciera un retrato de Miguel Ángel.
Giuliano se puso a trabajar; y después de haber tenido a Miguel Ángel sentado dos horas sin hablar, le dijo: “Miguel Ángel, ven a ver, levántate ya; he atrapado lo esencial de tu fisonomía”. Miguel Ángel se levantó, y cuando vió el retrato, le dijo riendo a Giuliano: “¿qué diablos has hecho? mira, me has hundido un ojo en la sien”. Giuliano, con estas palabras, se puso fuera de sí. Miró varias veces al retrato y a su modelo, alternativamente, y respondió con atrevimiento: “No me parece; pero vuelve a tu sitio y lo corregiré, si hay lugar”. Miguel Ángel, que sabía lo que pasaba, se volvió a poner, sonriendo, enfrente de Giuliano, quien lo miró varias veces lo mismo que a la pintura. Después se levantó, y dijo: “el ojo está tal como yo lo he dibujado, y la naturaleza así lo muestra”. “Pues bien, dijo Miguel Ángel riendo, es culpa de la naturaleza. Continúa y no ahorres los colores”[453].
Tanta indulgencia, que Miguel Ángel no acostumbraba prodigar con otros hombres y que concedía a esta gente humilde, indica un humor burlón que se divierte con las ridiculeces humanas[454], al mismo tiempo que una piedad afectuosa para esos pobres locos que se creían grandes artistas y que le inspiraban tal vez un retorno hacia su propia locura. En esto había mucho de ironía melancólica y burlesca.