APÉNDICE
TESTAMENTO DE HEILIGENSTADT[86]
A MIS HERMANOS CARL Y JOHANN[87] BEETHOVEN
N. B.—Las palabras en cursivas están subrayadas en el manuscrito.
¡Oh vosotros, hombres que me miráis y me juzgáis huraño, loco o misántropo, cuán injustos habéis sido conmigo! ¡Ignoráis la oculta razón de que os aparezca así! Mi corazón y mi espíritu se mostraron inclinados, desde la infancia, al dulce sentimiento de la bondad, y a realizar grandes acciones he estado siempre dispuesto; pero pensad tan sólo cuál es mi espantosa situación, desde hace seis años, agravada por médicos sin juicio, engañado de año en año con la esperanza de un mejoramiento, y al fin abandonado a la perspectiva de un mal durable, cuya curación demanda años tal vez, cuando no sea enteramente imposible. Dotado de un temperamento ardiente y activo, fácil a las distracciones de la sociedad, debí apartarme de los hombres en edad temprana, pasar mi vida solitario. ¡Si algunas veces quise sobreponerme a todo, oh, cuán duramente chocaba con la triste realidad renovada siempre de mi mal! Y sin embargo, no me era posible decir a los hombres: “¡Hablad más alto, gritad, porque soy sordo!” ¡Cómo me iba a ser posible ir revelando la debilidad de un sentido que debería ser en mí más perfecto que en los demás, un sentido que en otro tiempo he poseído con la más grande perfección, con una perfección tal que indudablemente pocas personas de mi oficio han tenido nunca! ¡Oh, esto no puedo hacerlo! Perdonadme pues si me veis vivir separado cuando debería mezclarme en vuestra compañía. Mi desdicha es doblemente dolorosa, puesto que le debo también ser mal conocido. Me está prohibido encontrar un descanso en la sociedad de los hombres, en las conversaciones delicadas, en los mutuos esparcimientos. Solo, siempre solo. No puedo aventurarme en sociedad si no es impulsado de una necesidad imperiosa; debo vivir como un proscrito; si me acerco a los demás, soy presa de una angustia devoradora, de miedo de estar expuesto a que se den cuenta de mi estado.
Ésta es la razón por la cual acabo de pasar seis meses en el campo. Mi sabio médico me obliga a cuidar mi oído tanto como sea posible, yendo más allá de mis propias intenciones; y sin embargo, muchas veces, recobrado por mi inclinación hacia la sociedad, me he dejado arrastrar de ella; pero ¡qué humillaciones cuando cerca de mí estaba alguien que escuchaba a lo lejos el sonido de una flauta y que yo no oía nada, o que escuchaba el canto de un pastor, ¡sin que yo pudiera oír nada![88]. La experiencia de estas cosas me puso pronto al borde de la desesperación, y poco faltó para que yo mismo hubiese puesto fin a mi vida. Sólo el arte me ha detenido. ¡Ah! Me parecía imposible abandonar este mundo antes de haber realizado todo lo que me siento obligado a realizar. Y así prolongaba esta miserable vida, verdaderamente miserable, un cuerpo tan irritable que el menor cambio me puede arrojar del estado mejor en el peor. ¡Paciencia! se dice siempre; y debo tomarla a ella ahora por guía; la he tomado. Durable debe ser, lo espero, mi resolución de resistir hasta que plazca a las Parcas inexorables cortar el hilo de mi vida. Acaso será esto lo mejor, acaso no, pero yo estoy presto siempre. No es muy fácil ser filósofo por obligación a los veintiocho años, no es fácil; y es más duro aún para un artista que para cualquiera otro.
¡Oh Dios, tú miras desde lo alto en el fondo de mi corazón, y lo conoces, sabes que en él moran el amor a los demás y el deseo de hacerles el bien! Vosotros, hombres, si leéis un día esto, pensad que habéis sido injustos conmigo, y que el desventurado se consuela al encontrar a otro desventurado como él que, a pesar de todos los obstáculos de la naturaleza, hizo cuanto estaba a su alcance para ser admitido en el rango de los artistas y de los hombres de elección.
Vosotros, hermanos míos, (Carl y Johann) inmediatamente que yo haya muerto, si el profesor Schmidt vive aún, rogadle en mi nombre que describa mi enfermedad y a la historia de ella unid esta carta, a fin de que después de mi muerte, al menos en la medida que esto sea posible, la sociedad se reconcilie conmigo. Al mismo tiempo, a vosotros dos nombro herederos de mi pequeña fortuna, si se la puede llamar así, que la debéis partir lealmente, estando de acuerdo y ayudándoos el uno al otro. El mal que me habéis hecho, lo sabéis, os lo he perdonado desde hace mucho tiempo. A ti, hermano Carl, te doy gracias particularmente por la solicitud de que me has dado testimonio en los últimos tiempos. Hago votos porque tengáis una vida más feliz, más exenta de cuidados que la mía. Recomendad a vuestros hijos la virtud, porque sólo ella puede dar la felicidad, que no da el dinero. Hablo por experiencia. Ella me ha sostenido a mí mismo en mi miseria, y a ella debo, tanto como a mi arte, no haber puesto fin a mi vida por el suicidio. ¡Adiós, y amaos! Doy gracias a todos mis amigos, y en particular al príncipe Lichnowski y al profesor Schmidt. Deseo que los instrumentos del príncipe L. puedan ser conservados en la casa de alguno de vosotros, pero que esto no provoque entre vosotros ninguna discusión. Si pueden seros útiles para algo mejor, vendedlos inmediatamente. ¡Cuán feliz seré si todavía puedo serviros desde la tumba!
Si fuera así, con qué alegría volaría hacia la muerte. Pero si ésta llega antes de que haya tenido la ocasión de desarrollar todas mis facultades artísticas, a pesar de mi duro destino, llegará demasiado temprano para mí y desearía aplazarla. Mas aun así, estoy contento. ¿No va a librarme de un estado de sufrimiento sin término?—Venga cuando viniere, yo voy valerosamente hacia ella.—Adiós y no me olvidéis enteramente en la muerte; merezco que penséis en mí, porque a menudo he pensado en vosotros, durante mi vida, para haceros felices. ¡Sedlo!
LUDWIG VAN BEETHOVEN.
Heiligenstadt, 6 de octubre de 1802.
A mis hermanos Carl y (Johann), para ser leída y cumplida después de mi muerte.
El 10 de octubre de 1802.—¡Heiligenstadt, me despido así de ti, y en verdad tristemente!—Sí, la amada esperanza que traje, de ser curado, en parte al menos, debe abandonarme definitivamente. Como las hojas en el otoño se marchitan y caen, así también mi esperanza se ha secado. Poco más o menos como vine me voy; y hasta el alto valor que me sostenía a menudo en los bellos días de estío, se ha desvanecido. ¡Oh Providencia, has lucir para mí una vez un día puro de alegría! ¡Hace ya tanto tiempo que el sonido profundo de la verdadera alegría me es extraño! ¡Oh, cuándo, cuándo, oh Divinidad! ¿podría yo sentirla aún en el templo de la naturaleza y de los hombres? ¿Nunca? ¡No! ¡Oh, esto sería demasiado cruel!
CARTAS
Al Pastor Amenda, en Curlande[89]
Mi querido, mi buen Amenda, mi amigo de corazón: Con una profunda emoción, con una mezcla de dolor y de alegría he recibido y leído tu última carta. ¡A qué podría yo comparar tu fidelidad, tu solicitud hacia mí! ¡Oh, qué bueno es que tú hayas sido siempre mi amigo! Sí; he puesto a prueba tu consagración, y sé qué diferencia hay entre tú y los demás. Tú no eres un amigo de Viena, no; ¡tú eres como aquéllos que sólo existen sobre el suelo de mi patria! ¡Cómo he deseado tenerte cerca de mí, porque tu Beethoven es profundamente infeliz! Debes saber que la parte más noble de mí mismo, mi oído, se ha debilitado mucho. Ya en la época en que tú estabas a mi lado sentía síntomas del mal, y lo ocultaba; después ha ido empeorando. Si esto no puede ser curado, es preciso esperar para saberlo; creo que debe proceder de mi enfermedad del estómago. Respecto a ésta estoy casi restablecido; mas, en cuanto al oído ¿curaré? Naturalmente que lo espero así; pero es muy difícil porque estas enfermedades son las más incurables. ¡Qué triste debo vivir, evitando todo lo que me es más querido, y esto entre hombres tan miserables, tan egoístas!... Entre todos puedo decir que el amigo que más me ha ayudado ha sido Lichnowski; desde el año pasado me ha dado seiscientos florines, y esto y la venta fructuosa de mis obras me ponen en situación de vivir sin el cuidado de ganar el pan. Todo lo que escribo ahora puedo venderlo inmediatamente cinco veces, y bien pagado. He escrito algo regular, en estos últimos tiempos; y puesto que sé que has pedido pianos a... deseo enviarte algunas obras en el empaque de uno de ellos, para que te sea menos costoso.
Ahora, para mi consuelo, ha llegado aquí un hombre con quien puedo gozar del placer de la conversación y de la amistad desinteresada; es uno de mis amigos de juventud[90]. Le he hablado frecuentemente de ti y le he dicho que, desde que abandoné mi patria, eres tú uno de aquéllos que ha elegido mi corazón.—Él tampoco ama a[91]... Es y continúa siendo muy débil para la amistad; yo lo miro, y... como los humildes instrumentos en que toco, cuando me place; pero que no pueden ser nunca testigos nobles de mi actividad, como tampoco pueden verdaderamente participar en mi vida, les doy valor sólo en la medida de los servicios que me proporcionan. ¡Oh, cómo sería feliz si tuviera el uso completo de mi oído! Correría entonces hacia ti; pero debo permanecer alejado de todo; mis años más hermosos transcurren sin que haya realizado todo lo que mi talento y mi fuerza me mandaran.—¡Triste resignación ésta en la cual debo refugiarme! Sin duda que me he propuesto sobreponerme a todos estos males; pero ¿cómo me será posible? Sí, Amenda, si en seis meses mi mal no está curado, exijo de ti que abandones todo y que vengas a mi lado; entonces viajaré (mi ejecución y mi composición sufren aún muy poco por mi enfermedad, pues es sólo en sociedad donde me es más sensible), y tú serás mi compañero, porque estoy convencido de que no me faltará la felicidad. ¡Con quién no podría yo compararme entonces! Desde que tú partiste he escrito de todo, hasta óperas y música sagrada.—Sí, tú no te rehusarás; tú ayudarás a tu amigo a soportar su mal y sus cuidados.—También he perfeccionado mi ejecución de pianista, y espero que este viaje podrá igualmente proporcionarte placer. Después, tú permanecerás para siempre cerca de mí.—He recibido con puntualidad todas tus cartas, y por poco que te haya contestado, has estado siempre presente para mí, y mi corazón palpita por ti con la misma ternura.—Lo que te he dicho de mi oído te ruego callarlo como un gran secreto, y no confiárselo a nadie, quienquiera que sea. Escríbeme con frecuencia. Tus cartas, hasta cuando son breves, me consuelan y me hacen mucho bien. Espero para muy pronto otra tuya, mi querido amigo. No te he enviado tu cuarteto[92] porque lo he rehecho enteramente, desde que he comenzado a saber escribir cuartetos en forma conveniente, como tú verás cuando lo recibas. Ahora, adiós mi querido y buen amigo. Si tú crees que yo pueda hacer por ti algo que te sea agradable, se entiende que debes decirlo a tu fiel L. v. Beethoven, que te ama sinceramente.
Al Doctor Franz Gerhard Wegeler
Viena, 29 de junio (1801).
Mi bueno y querido Wegeler: ¡Cuánto te agradezco tu recuerdo! Lo merezco tan poco, tan poco he hecho para merecerlo; y sin embargo, eres tú tan bueno, no te dejas alejar por nada, ni por mi imperdonable negligencia; permaneces siendo siempre el fiel, el bueno, el leal amigo.—¡Que yo pudiese olvidarte, olvidar a todos vosotros, que habéis sido para mí tan caros y tan buenos, no, eso no lo creo! Hay momentos en que suspiro por estar cerca de vosotros para pasar algún tiempo.—Mi patria, la hermosa región donde yo vi la luz del mundo, también se me representa siempre con tanta claridad y nitidez como cuando os abandoné. Será uno de los más felices instantes de mi vida aquél en que pueda volver a veros y saludar a nuestro padre el Rhin.—Cuándo será esto, no puedo decirlo con exactitud. Por lo menos diré que me encontraréis más grande: no hablo del artista, sino del hombre, que os parecerá mejor, más hecho; y si el bienestar no ha aumentado un poco en nuestra patria, mi arte debe consagrarse al mejoramiento de la suerte de los pobres...
Quieres saber algo acerca de mi situación; bien, pues no va del todo mal. Desde el año pasado, Lichnowski (por increíble que te parezca, aun cuando yo lo digo), quien ha sido siempre y es mi amigo el más fervoroso (bien es cierto que hubo pequeñas diferencias entre nosotros, pero ellas mismas han afirmado nuestra amistad); Lichnowski me ha concedido una pensión de seiscientos florines que yo debo recibir durante el tiempo en que carezca de una posición conveniente. Mis composiciones me producen mucho y puedo decir que se me pide más trabajo que el que puedo hacer. Para cada cosa tengo seis, siete editores, y aun más si quiero buscarlos. Nadie discute conmigo: fijo un precio y se me paga; ya ves que esto es delicioso. Por ejemplo, si veo a un amigo necesitado y mi bolsillo no me permite ir en su ayuda, no tengo más que sentarme a mi mesa de trabajo, y en poco tiempo lo he sacado del apuro.—Soy también más económico que antes...
Por desgracia, un demonio celoso, mi mala salud, ha venido a obstruir mi camino. Desde hace tres años mi oído se ha hecho cada vez más débil. Debe haber originado esto mi enfermedad del estómago, que sufría ya desde antes, como tú sabes, pero que ha empeorado mucho, porque padezco continuamente de diarrea, y por consecuencia de una extraordinaria debilidad. Frank quería tonificarme con reconstituyentes, y curar mi oído por medio del aceite de almendras. Mas ¡prosit! esto no sirve para nada; mi oído está siempre cada vez peor y mi estómago sigue en el mismo estado. Así estuve hasta el otoño último, en el cual a menudo llegué a la desesperación. Un asno de médico me aconsejó los baños fríos; otro, más listo, los baños tibios del Danubio, y el efecto fué maravilloso; mi estómago mejoró, pero mi oído sigue lo mismo o va estando aún peor. Este invierno, mi situación fué verdaderamente deplorable, pues sufrí cólicos espantosos y una recaída completa. Así estuve hasta el mes último en que fuí a ver a Vering, porque pensé que mi mal reclamaba un cirujano y, desde luego, he tenido siempre confianza en él. Logró cortar casi por completo esta violenta diarrea; me ordenó tomar baños tibios del Danubio, haciéndome poner en el agua multitud de licores fortificantes; no me administró ninguna medicina, a no ser, por espacio de unos cuatro días, unas píldoras para el estómago y una especie de té para los oídos. Me encuentro mejor y más fuerte; sólo mis orejas zumban y mugen (sausen und brausen) noche y día. Puedo decir que llevo una vida miserable. Desde hace casi dos años evito toda compañía, porque no puedo decir a las gentes: “Soy sordo”. Si yo tuviera algún otro oficio, esto aun sería posible; pero en el mío es una situación espantosa. ¡Qué dirían mis enemigos, cuyo número no es corto!
Para darte una idea de mi extraña sordera te diré que en el teatro debo colocarme muy cerca de la orquesta para entender a los actores. No oigo los sonidos altos de los instrumentos ni las voces, si me coloco un poco lejos; y en la conversación es sorprendente que haya personas que no lo hayan advertido nunca. Como sufro tantas distracciones, a ellas atribuyen todo. Cuando se habla suavemente, apenas entiendo; sí, entiendo bien los sonidos, mas no las palabras; y, por otra parte, cuando se grita eso me es insoportable. Lo que haya de venir sólo el cielo lo sabe. Vering dice que seguramente mejoraré, si no llego a curar del todo.—Frecuentemente he maldecido de mi existencia y del Creador[93]. Plutarco me ha llevado a la resignación. Quiero, si esto fuese posible, desafiar al destino; pero hay momentos de mi vida en que soy la más miserable de las criaturas.—Te suplico no decir nada de mi estado a nadie, ni aun a Lorchen[94]; te lo confió como un secreto. Me agradaría que tú escribieras a Vering acerca de este asunto; y si mi situación actual ha de durar, iré en la primavera próxima a visitarte, y tú me albergarás en alguna casa de campo, en cualquier hermoso lugar donde pueda hacerme campesino por seis meses. Acaso eso me producirá mucho bien. ¡Resignación! ¡Qué triste amparo, y sin embargo, es el único que me queda! Perdóname que te dé esta molestia de amistad, en tus tedios.
Steffen Breuning está ahora aquí y pasamos casi todos los días juntos. ¡Me produce tanto bien evocar sentimientos de tiempos pasados! Se ha convertido, en verdad, en un joven excelente, bueno, que sabe algo y que tiene (como todos nosotros más o menos) el corazón bien puesto.
Quiero escribir también a la buena Lorchen. Nunca he olvidado a uno solo de vosotros, tan queridos y buenos, aun cuando no dé ningún signo de vida; porque escribir, tú lo sabes, no ha sido mi fuerte nunca; mis mejores amigos han estado años enteros sin recibir una carta de mí. Sólo vivo en mis notas, y apenas una obra queda terminada cuando está comenzada ya otra. En la forma en que trabajo ahora hago a menudo tres o cuatro cosas a un tiempo. Escríbeme con frecuencia, que yo trataré de disponer de tiempo para contestarte. Saluda a todos en mi nombre...
¡Adiós, mi bueno, mi fiel Wegeler! Está seguro de la afección y de la amistad de tu Beethoven.
A Wegeler
Viena, 16 de noviembre de 1801.
¡Mi buen Wegeler! Te doy gracias por tu nueva prueba de solicitud, tanto más cuanto la merezco muy poco.—Quieres saber cómo estoy y yo tengo necesidad de decírtelo, y, por poco agradable que me sea ocuparme de este asunto, lo haré sin embargo de buena gana contigo.
Vering me está poniendo desde hace meses vejigatorios en los dos brazos... El tratamiento me es extremadamente desagradable; sin hablar de los dolores, estoy privado por completo del uso de mis brazos por uno o dos días. Debo convenir en que los zumbidos son un poco más débiles que antes, principalmente en la oreja izquierda, que fué en la que comenzó mi sordera; pero mi oído en verdad no ha mejorado nada hasta el presente, y no me atrevo a decir si está peor aún.—Mi estómago va mejor, y cuando me baño durante algunos días en agua tibia, me encuentro bastante bien por ocho o diez días más. De cuando en cuando tomo algún fortificante para el estómago, y también he comenzado, siguiendo tu consejo, la aplicación de yerbas contra el vientre.—Vering no quiere oír hablar de duchas; y por otra parte, no estoy muy contento con él, porque en verdad tiene pocos cuidados y atención para mi mal; si yo no fuera a su casa—y esto me es muy difícil—no lo vería nunca. ¿Qué piensas tú de Schmidt? No cambio médico de buena gana; pero me parece que Vering es demasiado práctico para renovar muchas de sus ideas por la lectura; y Schmidt en esto me parece un hombre distinto, que acaso no será tan negligente.—Se dicen maravillas del galvanismo. ¿Qué piensas tú de ello? Un médico me ha contado que vió a un niño sordomudo recobrar el oído, y a un hombre, que hacía siete años estaba sordo, también curado.—Precisamente acabo de saber que Schmidt está haciendo experiencias acerca de esto.
De nuevo vivo en forma algo más agradable; frecuento el trato de los demás. Apenas podrías creer cuál vida de soledad y de tristeza he llevado desde hace dos años; mi enfermedad se levantaba por todas partes delante de mí como un espectro, y yo huía de los demás. ¡Debía parecer un misántropo, cuando lo soy tan poco!—Este cambio, una amada, una encantadora muchacha lo ha realizado; me ama y yo la amo: he aquí de nuevo algunos momentos felices, después de dos años; y es la primera vez que pienso que el matrimonio puede dar la felicidad. Desgraciadamente no es de mi condición; y ahora, a decir verdad, no podría casarme porque es necesario que trabaje valerosamente aún. Si no fuera por mi oído habría desde hace largo tiempo recorrido la mitad del mundo, y esto debo hacerlo. No hay mayor placer para mí que ejercer mi arte y mostrarlo.—No creo que fuera feliz en vuestra casa. ¡Quién podría darme la felicidad! Vuestra misma solicitud me pesaría, y a cada instante leería yo la compasión en vuestros rostros, para juzgarme más miserable todavía.—¿Qué me atraía hacia esos bellos lugares de mi patria? ¡Nada más que la esperanza de alcanzar una situación mejor, y que yo llegara a no tener este mal! ¡Oh, si estuviera libre de este mal tendría el mundo entre mis brazos! Mi juventud, sí, lo siento, apenas está comenzando; porque ¿no he estado siempre enfermo? Mi fuerza física crece más que nunca desde hace algún tiempo, junto con mi vigor intelectual. Cada día me acerco más al fin que entreveo sin poderlo definir. Pero sólo con estos pensamientos puede vivir tu Beethoven. ¡No es posible descansar! No conozco otro descanso que el sueño, y soy tan desventurado que tengo que concederle más tiempo que antes. Que esté sólo a medias libre de este mal, y entonces, como un hombre más dueño de sí mismo, más maduro, iré hacia vosotros y estrecharemos nuestros viejos lazos de amistad.
Debéis verme tan feliz como me sea concedido serlo aquí abajo; pero no desventurado. ¡No, porque esto no lo podría soportar! Quiero morder al destino, que no me doblegará indudablemente por completo. ¡Oh, es tan bello vivir la vida mil veces!—Para una vida tranquila, no, lo siento, no nací.
Muchos recuerdos buenos para Lorchen... ¿Tú me amas un poco, no es verdad? Pues está seguro de mi afección y de mi amistad. Tu
BEETHOVEN.
Carta de Wegeler y de Eleonora von Breuning a Beethoven.[95]
Coblenza, 28 de diciembre de 1825.
Mi querido Luis:
No puedo dejar partir para Viena a uno de los diez hijos de Ries, sin que me venga a la mente tu recuerdo. Si después de veintiocho años que hace que abandoné Viena no has recibido una larga carta cada dos meses, puedes culpar de ello a tu silencio para las primeras que te envié. Esto no está bien, y menos ahora, porque nosotros, viejos como somos, vivimos sólo del pasado y encontramos placer, por encima de todo, en los recuerdos de nuestra juventud. Para mí, al menos, mi conocimiento y mi estrecha amistad contigo, gracias a tu buena madre que Dios bendiga, es un punto luminoso en mi vida hacia el cual me vuelvo con placer... Levanto los ojos hacia ti como hacia un héroe y me siento orgulloso de poder decir: “No he dejado de tener influjo sobre su desarrollo; me confiaba sus deseos y sus ensueños; y cuando, más tarde, fué tan mal comprendido a menudo, yo sabía lo que ambicionaba”. ¡Alabado sea Dios que me concedió hablar de ti con mi mujer, y ahora con mis hijos! La casa de mi suegra era tu casa más que tu propia casa, sobre todo después de la muerte de tu noble madre. Dinos una vez solamente: “Sí, pienso en vosotros, en la alegría y en la tristeza”. El hombre, hasta cuando se ha elevado tan alto como tú, sólo es feliz una vez en la vida, cuando es joven. A las piedras de Bonn, de Kreuzberg, de Godesberg, de la Pépinière, etc., deben volar alegremente tus ideas muchas veces.
Ahora quiero hablarte de mí, de nosotros, para darte un ejemplo de la manera en que tú debes contestarme.
Después de mi retorno de Viena, en 1796, todo iba bastante mal para mí; durante muchos años tuve que vivir sólo de mis consultas como médico; y esto duró largo tiempo en esta región miserable, antes de que tuviera lo necesario. Fuí después profesor, con un sueldo, y me casé en 1802. Un año más tarde tuve una hija, que vive aún y que está ya completamente formada; tiene, con un juicio muy recto, la serenidad de su padre, y toca hasta cansarse las sonatas de Beethoven; no es esto un mérito en ella, sino más bien un don innato. En 1807 nació un niño, que ahora estudia en Berlín medicina; y dentro de cuatro años lo enviaré a Viena. ¿Te encargarás de cuidarlo?... He festejado en el mes de agosto mi sexagésimo aniversario, en unión de unos sesenta amigos y conocidos, entre quienes estaban las personas principales de la ciudad. Desde 1807 resido aquí, donde tengo ahora una casa hermosa y una buena posición; mis superiores están contentos de mí y el rey me ha dado algunas condecoraciones y medallas. Lorchen y yo estamos bastante bien.—Y ahora que te he hecho conocer nuestra situación, te toca tu turno...
¿No querrás nunca apartar tus miradas de la torre de San Esteban? ¿No tiene el viaje ningún encanto para ti? ¿No querrás nunca volver a ver el Rhin?—Recibe de Madame Lore toda clase de recuerdos cordiales, así como de mí. Tu viejo amigo,
WEGELER.
Coblenza, 29 de diciembre de 1825.
¡Caro Beethoven, tan querido desde hace tanto tiempo! Quería que Wegeler os escribiese de nuevo, y ahora que este deseo se ha cumplido creo que es mi deber agregar aún dos palabras, no solamente para avivar vuestro recuerdo, sino también para renovar la pregunta insistente sobre si no tenéis, pues, ningún deseo de volver a ver el Rhin y el lugar de vuestro nacimiento, y proporcionarnos a Wegeler y a mí la más grande de las alegrías. Nuestra Lenchen os da gracias por tantas horas felices; tiene tanto placer en oír hablar de vos; y como conoce todas las mínimas aventuras de nuestra alegre juventud en Bonn, del disgusto y de la reconciliación... ¡sería muy feliz de conoceros!—La niña, desgraciadamente, no tiene talento para la música; pero ha hecho tanto, con tanta aplicación y perseverancia que puede tocar vuestras sonatas, variaciones, etc.; y como la música es siempre el más grande de los alivios para Wegeler, ella le proporciona así muchas horas agradables. Julius tiene talento para la música, pero hasta la fecha ha sido negligente; desde hace seis meses está aprendiendo a tocar violoncello con alegría y placer, y como hay en Berlín un buen profesor creo que adelantará mucho.—Los dos niños son grandes y se parecen a su padre, tanto que el buen humor de Wegeler, a Dios gracias, no se ha perdido por completo... Tiene un gran placer en tocar los temas de vuestras variaciones; los primeros tienen su preferencia, pero a menudo toca algunos de los nuevos con una increíble paciencia.—Vuestro Opferlied está colocado por encima de todo, y nunca va Wegeler a su alcoba sin sentarse al piano.—Así, querido Beethoven, podéis ver cuánto y qué durable y vivo es vuestro recuerdo en nosotros. Decidnos, pues, una vez siquiera, que esto tiene algún precio a vuestros ojos y que no hemos sido completamente olvidados.—Si no fuera tan difícil a veces realizar nuestros más caros deseos, habríamos ya ido a Viena a visitar a mi hermano, para tener el placer de veros; pero no es posible pensar en tal viaje ahora que nuestro hijo está en Berlín.—Wegeler os ha dicho cuál es nuestra situación, y seríamos injustos en quejarnos, porque aun los tiempos más difíciles han sido mejores para nosotros que para muchos de los demás.—La mayor felicidad está en que nos hallamos bien y que tenemos buenos hijos. Sí, ellos no nos han causado ninguna pena, y son alegres y buenos.—Sólo Lenchen ha tenido un gran dolor: cuando nuestro pobre Burscheid murió; fué una pérdida que nosotros no olvidaremos nunca. Adiós, querido Beethoven, y pensad en nosotros con toda lealtad y bondad.
ELN. WEGELER.
De Beethoven a Wegeler
Viena, 7 de octubre de 1826[96].
Mi viejo y amado amigo:
El placer que me ha causado tu carta y la de tu Lorchen, no lo puedo expresar. En verdad debí haberte contestado inmediatamente; pero soy un poco perezoso, sobre todo para escribir, porque pienso que sin necesidad de hacerlo me conocen las mejores personas. En mi memoria he hecho a menudo la contestación; mas cuando quiero ponerme a escribir, frecuentemente arrojo lejos de mí la pluma, porque no estoy en aptitud de escribir lo que siento. Me acuerdo de todo el cariño que me has demostrado siempre, por ejemplo, de cuando hiciste blanquear mi alcoba dándome tan agradable sorpresa. Me acuerdo también de la familia Breuning. Que hayamos tenido que separarnos los unos de los otros, eso está en el curso natural de las cosas: cada uno debía seguir el fin que le estaba asignado, y tratar de alcanzarlo; y sólo los eternos principios inconmovibles del bien nos han mantenido siempre firmemente unidos. Por desgracia no puedo escribirte hoy tanto como quisiera, porque estoy en cama...
Tengo presente siempre la silueta de tu Lorchen (ya se lo he dicho), para que veas como todo lo que ha sido de bueno y de amado en mi juventud es precioso para mí siempre.
...En mi casa se dice: Nulla dies sine linea, y, sin embargo, dejo dormir a la Musa; pero es para que despierte más vigorosa en seguida. Espero dar aún al mundo algunas obras, y después, como un niño viejo, iré a terminar mi jornada terrestre entre las gentes sencillas[97].
...Entre las honrosas distinciones que he recibido y que sé te causarán placer, te informo que acabo de recibir del difunto rey de Francia una medalla con esta inscripción: Dada por el rey al señor Beethoven, y que llegó a mis manos acompañada de un escrito muy afectuoso del primer gentil hombre del rey, duque de Chatres[98].
Conténtate con esto por ahora, mi viejo y querido amigo. Los recuerdos del pasado se apoderaron de mí hoy y te envío esta carta con abundantes lágrimas; es apenas el principio, porque bien pronto recibirás otra; y mientras más me escribas mayor placer me proporcionarás. No hay necesidad de demandarlo, cuando se trata de amigos como somos nosotros. Adiós. Te ruego des un beso tiernamente en mi nombre a tu querida Lorchen y a tus niños, y que pienses en mí. ¡Que Dios sea con vosotros!
Como siempre tu fiel y verdadero amigo, que te ama.
BEETHOVEN.
A Wegeler
Viena, 17 de febrero de 1827.
Mi viejo y digno amigo:
Recibí de Breuning, para mi felicidad, tu segunda carta. Estoy muy débil todavía para contestarte; pero puedes pensar que todo lo que me dices ha sido en mi bien, y lo deseo. En cuanto a mi convalecencia, si puedo llamarla así, va mejor pero lentamente; se presume que será necesario esperar la cuarta operación, aun cuando los médicos no dicen nada de ella. Me revisto de paciencia y pienso que todo mal nos trae consigo algún bien... ¡Cuántas cosas querría decirte ahora! Pero estoy demasiado débil, no puedo más que abrazarte en mi corazón, a ti y a tu Lorchen. Con amistad verdadera y consagración a ti y a los tuyos, tu viejo y fiel amigo.
BEETHOVEN.
A Moscheles
Viena, 14 de marzo de 1827.
Mi querido Moscheles:
El 27 de febrero fuí operado por cuarta vez, y ahora aparecen de nuevo indicios seguros de que debo esperar bien pronto una quinta operación. ¿En qué terminará todo esto? ¿qué será de mí si dura algún tiempo todavía?—En verdad que es dura la carga que me ha tocado; pero me conformo a la voluntad del destino, y ruego a Dios solamente que se digne decidir, en su voluntad divina, que para todo el largo tiempo en que yo deba sufrir en vida la muerte, esté al abrigo de las necesidades[99]. Así tendré fuerza para soportar mi carga, por dura y por terrible que pueda ser, resignándome a la voluntad del Altísimo.
Vuestro amigo,
L. V. BEETHOVEN.
PENSAMIENTOS DE BEETHOVEN
SOBRE MÚSICA.
No hay regla que no se pueda violar a causa de Schoner. (“Plus beau”)[100].
La música debe hacer brotar el fuego en el espíritu de los hombres.
La música es una revelación más alta que la sabiduría y la filosofía.
No hay nada más bello que acercarse a la divinidad y derramar sus irradiaciones sobre la raza humana.
¿Por qué escribo?—Porque lo que tengo en mi corazón es preciso que salga fuera, y esto me hace escribir.
¿Creéis que pienso en un violín sagrado, cuando el Espíritu me habla y escribo lo que me dicta?
(A Schuppanzigh).
Según mi manera habitual de componer, hasta cuando se trata de música instrumental tengo siempre el conjunto delante de mis ojos.
(A Treitschke).
Escribir sin piano es necesario... Poco a poco va naciendo la facultad de representarnos lo que deseamos y sentimos, que es una necesidad tan esencial para los seres nobles.
(Al archiduque Rodolfo).
La descripción pertenece a la pintura. Puede también la poesía, en esto, estimarse feliz (en comparación) con la música; su dominio no es tan limitado como el mío; pero, en desquite, el mío se extiende más lejos en otras regiones. Y no se puede tan fácilmente alcanzar mi imperio.
(A Wilhelm Gerhard).
La libertad y el progreso son la finalidad del arte, como lo son de la vida entera. Si no tenemos nosotros la solidez de los maestros de antaño, por lo menos el refinamiento de la civilización ha ampliado muchos horizontes.
(Al archiduque Rodolfo).
No tengo costumbre de retocar mis composiciones, una vez terminadas. No lo he hecho nunca porque estoy penetrado de esta verdad: que todo cambio parcial altera el carácter de la composición.
(A Thomson).
La música pura de las iglesias debería ser ejecutada solamente por las voces, a excepción del Gloria, o de algún otro texto de este género. Prefiero por eso a Palestrina; pero es un absurdo imitarlo sin poseer su espíritu ni sus concepciones religiosas.
(Al organista Freudenberg).
Cuando algún alumno vuestro tiene en el piano el juego de dedos conveniente, la justa medida, y que toca las notas muy exactamente, fijaos sólo en el estilo y no lo detengáis por pequeñas faltas, ni se las hagáis notar sino al fin del trozo.—Este método forma los músicos, lo cual es, después de todo, una de las primeras finalidades del arte musical... Para los pasajes (de virtuosismo) hacedle emplear a su turno todos los dedos... Sin duda, empleando menos dedos, se obtiene un efecto “perlado”, como se dice, o “como una perla”; pero a menudo son más amadas otras joyas[101].
(A Czerny).
Entre los músicos de otros tiempos sólo Haendel, el alemán, y Sebastián Bach tenían genio.
(Al archiduque Rodolfo, 1819).
Mi corazón palpita plenamente por el alto y grande arte de Sebastián Bach, este patriarca de la armonía (dieses Urvaters der Harmonie).
(A Hofmeister, 1801).
En todo tiempo he sido de los más fervientes admiradores de Mozart, y seguiré siéndolo hasta el fin de mi vida.
(Al abate Stadler, 1826).
Estimo vuestras obras por encima de todas las obras teatrales. Me encuentro en éxtasis cada vez que escucho una obra vuestra nueva, y en ella tomo más interés que en las mías propias: verdaderamente os estimo y os amo... Seréis siempre de mis contemporáneos aquél a quien más estimo. Si queréis proporcionarme un placer extremo bastará sólo con que me escribáis algunas líneas, lo cual me aliviará mucho. El arte une a todas las personas, y mucho más a los verdaderos artistas; y tal vez os dignéis también contarme en el número de ellos[102].
(A Cherubini, 1823).
SOBRE CRÍTICA
Por lo que a mí concierne como artista, no se ha podido decir nunca que yo haya hecho el menor caso de lo que se escriba acerca de mí.
(A Schott, 1825).
Pienso con Voltaire “que algunos piquetes de moscas no pueden detener a un caballo en su fogosa carrera”.
(1826).
En cuanto a estos imbéciles, no hay más que dejarlos hablar. Su charlatanería seguramente que no hará a nadie inmortal, como tampoco privará de la inmortalidad a ninguno de aquéllos a quienes Apolo la ha concedido.
(1801).
BIBLIOGRAFÍA
Si se desea conocer mejor a Beethoven, se podrá recurrir a las obras y documentos principales, cuya lista sumaria es la siguiente:
I.—SOBRE LAS CARTAS DE BEETHOVEN
Ludwig Nohl.—Briefe Beethovens, 1865, Stuttgart.
Ludwig Nohl.—Neue Briefe Beethovens, 1867, Stuttgart.
Ludwig Ritter von Koechel.—83 Original Briefe L. V. B. an den Erzherzog Rudolph., 1865, Viena.
Alfred Schoene.—Briefe von Beethoven an Marie Graefin Erdoedy, geb. Graefin Niszky und Mag. Brauchle. 1866, Leipzig.
Theodor von Frimmel.—Neue Beethoveniana, 1886.
Katalog der mit der Beethoven-Feier zu Bonn, an 11-15 mai 1890 verbundenen Ausstellung von Handschriften, Briefen, Bildnissen, Reliquien Ludwig van Beethoven’s., 1890, Bonn.
La Mara.—Musikerbriefe aus fünf Jahrhunderten., 1892, Leipzig.
Dr. A. Christian Kalischer.—Neue Beethoven-Briefe. 1902, Berlín y Leipzig.
Dr. A. Christian Kalischer.—Beethoven’s Sammtliche Briefe, Kritische Ausgabe mit Erlaüterungen. 1906, Berlín.
Dr. Fritz Prelinger.—Beethovens Sammtliche Briefe und Aufzeichnungen. 1907, Viena y Leipzig, 3 vols.
Una selección de las cartas de Beethoven fué publicada en traducción francesa, con introducción y notas de Juan Chantavoine, en 1904, en París.
II—SOBRE LA VIDA DE BEETHOVEN.
Gottfried Fischer.—Manuscrit (Interesante principalmente para conocer la infancia de Beethoven.—Fischer murió en Bonn en 1864, y era propietario de la casa en que vivieron dos generaciones de la familia de Beethoven. Él y su hermana Cecilia conocieron íntimamente a Beethoven cuando era niño, y escribieron sus recuerdos, que son preciosos a condición de que se les use con alguna crítica).—El manuscrito está en la Beethovenhaus de Bonn. Deiters (véase adelante) ha publicado algunos extractos de este manuscrito.
F.-G. Wegeler und Ferdinand Ries.—Biographische Notizen ueber Ludwig van Beethoven (precioso sobre todo para conocer la primera mitad de su vida). 1838, Coblenza. Traducción francesa de 1862, agotada; reimpresión por el Dr. Kalischer de 1905.
Ludwig Nohl.—Eine stille Liebe zu Beethoven. 1857, Berlín. (Publicación del diario de la señorita Fanny Giannatasio del Rio, a quien conoció y amó Beethoven hacia 1816).
Anton Schindler.—Beethovens Biographie, 1840.—Traducción francesa de 1866, agotada.—Importante para conocer la segunda mitad de su vida.
Anton Schindler.—Beethoven in París 1842. Münster.
Gerhard von Breuning.—Aus dem Schwarzspanierhause. 1874. (La Schwarzspanierhaus es la casa de Viena donde murió Beethoven. Fué destruida durante el invierno de 1903).
Moscheles.—The life of Beethoven. 2 vols. 1841, Londres.
Alexander Wheelock Thayer (traducido del inglés al alemán y continuado por Hermann Deiters).—Ludwig van Beethovens Leben, 3 vols.—Comenzado en 1866 e interrumpido por la muerte del autor en 1897, en Trieste, donde era Cónsul de los Estados Unidos; la obra se detiene en el año de 1816.—Deiters resolvió terminarla, completando los libros ya publicados; pero solamente el primer volumen de su traducción se ha publicado hasta hoy.—Es por muchas razones la obra más importante sobre Beethoven, desde el punto de vista de la documentación.
Ludwig Nohl.—Beethovens Leben, 1864-1877. 4 vols.
Ludwig Nohl.—Beethoven nach den Schilderungen seiner Zeitgenossen. Stuttgart.
A. B. Marx.—L. van Beethovens Leben und Schaffen. 1863, 2 vols. 5ª edición aumentada por G. Behncke, 1902, Berlín.
Victor Wilder.—Beethoven, sa vie et son oeuvre. 1883.
Mariam Tenger.—Beethovens unsterbliche Geliebte. 1890.—El valor histórico de este libro ha sido puesto en duda algunas veces; pero hasta la fecha no tenemos razones suficientes para negarle crédito. Mariam Tenger fué la confidente de los últimos años de Teresa; y es verosímil que Teresa, vieja ya, debió involuntariamente idealizar sus recuerdos; el fondo del relato parece exacto.
A. Ehrhard.—Franz Grillparzer. 1900.
Theodor von Frimmel.—Ludwig van Beethoven (en la colección de Berühmte Musiker). 1901, Berlín.
August Goellerich.—Beethoven (en la colección Die Musik de R. Strauss), 1903.
Jean Chantavoine.—Beethoven, 1907.
Die Musik.—Beethovenhefte, Berlín.
III.—SOBRE LA OBRA DE BEETHOVEN.
Beethoven.—Oeuvres complètes, gran edición crítica, Breitkopf und Haertel, Leipzig, 38 vols.
G. Nottebohm.—Thematisches Verzeichniss der im Druck erschienenen Werke von Ludwig van Beethoven, 1868, Leipzig.
A.-W. Thayer.—Chronologisches Verzeichniss der Werke v. B. 1865, Berlín.
G. Nottebohm.—Ein Skizzenbuch von Beethoven. 1865.
Nottebohm.—Ein Skizzenbuch von B. aus dem Jahre 1803. 1880.
Nottebohm.—Beethovens Studien. 1873.
Nottebohm.—Beethoveniana.—Zweite Beethoveniana. 1872-87.
George Grove.—Beethoven and his nine Symphonies, 1896, Londres.
J.-G. Prodhomme.—Les symphonies de Beethoven, 1906.
Alfredo Colombani.—Le Nove Sinfonie di Beethoven. 1897. Turín.
Ernst von Elterlein.—B. Klaviersonaten. 5ª edición, 1895.
Willibald Nagel.—B. und seine Klaviersonaten, 2 vols. 1903-1905.
Shedlock.—The pianoforte sonata. 1900, Londres.
Ch. Czerny.—Pianoforte-Schule (Cuarta parte, capítulos II y III).
Theodor Helm.—B. Streichquartette, 1885.
H. de Curzon.—Les lieder et airs détachés de B. 1906.
Otto Jahn.—Leonore, Klavierauszug mit Text, nach der zweiten Bearbeitung, 1852.
Dr. Erich Prieger.—Fidelio, Klavierauszug mit Text, nach der ersten Bearbeitung, 1906.
Wilhelm Weber.—B. Missa Solemnis. 1897.
Prof. Dr. Richard Sternfeld.—Zur Einführung in L. v. B. Missa Solemnis.
Ignaz von Seyfried.—L. v. B. Studien im Generalbass, Kontrapunkt, und in der Kompositions Lehre. 1832.
W. de Lenz.—Beethoven et ses trois styles. (Análisis de sonatas para piano) (agotado). 1854.
Oulibicheff.—Beethoven, ses critiques et ses glossateurs, 1857.
Wasielewski.—Beethoven. 2 vols. 1886, Berlín.
R. Schumann.—Écrits sur la musique et les musiciens, primera serie, traducción de H. de Curzon, 1894.
Richard Wagner.—Beethoven, 1870, Leipzig.
La obra musical de Friedrich Wilhelm Rust (1739-1796) de Dessau, recientemente encontrada gracias a la publicación que uno de sus nietos ha hecho de algunas de sus sonatas, es útil de conocer para quienes quieran estudiar la formación del genio musical de Beethoven. El hijo más joven de Rust, Wilhelm-Carl, vivió en Viena de 1807 a 1827 y estuvo en relaciones con Beethoven. Rust, Carlos Felipe Emmanuel Bach y los sinfonistas de Mannheim han sido los verdaderos precursores de Beethoven.—Véase Beethoven und die Mannheimer por Hugo Riemann (Die Musik, 1907-8).
Son también interesantes de conocer los Lieder de Neefe (1748-1799), que son enteramente beethovianos ya, y nuestros músicos de la Revolución, principalmente Cherubini, cuyo estilo en algunas de sus composiciones religiosas y dramáticas sirvió a las veces de modelo a Beethoven.
IV.—RETRATOS DE BEETHOVEN.
1789.—Silueta de Beethoven a los diez años de edad. (En la casa de Beethoven, en Bonn; reproducido en la Biografía de Frimmel, página 16).
1791-92.—Miniatura de Beethoven por Gerhard von Kugelgen. (Propiedad de Georg Henschel, de Londres; reproducido en el Musical Times de 15 de diciembre de 1892, página 8).
1801.—Dibujo de H. Stainhauser, grabado por Johann Neidl. (Reproducido en Les Musiciens célébres, 1878, página 267, por Félix Clément; y por Frimmel, página 28).
1802.—Grabado de Scheffner, tomado de Stainhauser. (En la casa de Beethoven en Bonn, y reproducido en Die Musik del 15 de marzo de 1902, página 1145).
1802.—Miniatura de Beethoven por Christian Hornemann. (Propiedad de la señora de Breuning, en Viena; y reproducido por Frimmel, página 31).
1805.—Retrato de Beethoven por W. J. Maehler. (Propiedad de Roberto Heimler, de Viena; reproducido en el Musical Times, página 7; y por Frimmel, página 34).
1808.—Dibujo de L. F. Schnorr de Carolsfeld, litografiado por J. Bauer. (Casa de Beethoven en Bonn).
1812.—Mascarilla de Beethoven, moldeada por Franz Klein.
1812.—Busto de Beethoven, por Franz Klein, según la mascarilla. (Propiedad del fabricante de pianos E. Streicher, de Viena. Reproducido por Frimmel, página 46; y en el Musical Times, página 19).
1814.—Dibujo de L. Letronne, grabado por Blasius Hoefel. (El más hermoso retrato de Beethoven; la casa de Beethoven, en Bonn, posee el ejemplar que él mismo regaló a Wegeler. Reproducido por Frimmel, página 51, y por el Musical Times, página 21).
1815.—Dibujo de L. Letronne, grabado por Riedel. (Reproducido en Die Musik, página 1147).
1815.—Segundo retrato de Beethoven por Maehler. (Propiedad de Ign. von Gleichenstein, de Fribourg-de-Brisgovia.—Hay una reproducción en la casa de Beethoven, en Bonn).
1815.—Retrato de Beethoven por Christian Heckel.(Propiedad de J.-F. Heckel, de Mannheim; y reproducción en la casa de Beethoven en Bonn).
1818.—Grabado según el dibujo de Beethoven por Aug. von Kloeber. (Reproducido en el Musical Times, página 25).—El dibujo original de Kloeber está en la colección del Dr. Erich Prieger, en Bonn.
1819.—Retrato de Beethoven, por Ferdinand Schimon. (En la casa de Beethoven, en Bonn; reproducido en Die Musik, página 1149; por Frimmel, página 63; y por el Musical Times, página 29).
1819.—Retrato de Beethoven por K. Joseph Stieler. (Propiedad de Alex. Meyer Cohn, de Berlín, y reproducido por Frimmel en la página 71).
1821.—Busto de Beethoven por Anton Dietrich (Propiedad de Leopoldo Schroetter de Kristelli; reproducción en la casa de Beethoven en Bonn).
1824-26.—Dibujos-caricaturas de Beethoven paseando, por J.-P. Lyser (Originales propiedad de la Gesellschaft der Musikfreunde, de Viena; reproducidos por Frimmel, página 67; y por el Musical Times, página 15).
1823.—Dibujos-caricaturas de Beethoven paseando, por Jos. van Boehm. (Reproducidos por Frimmel, página 70).
1823.—Retrato de Beethoven por Waldmueller. (Propiedad de Breitkopf y Haertel, de Leipzig; reproducido por Frimmel, página 72).
1825-26.—Dibujo de Beethoven, por Stefan Decker. (Propiedad de Georg Decker, de Viena; reproducción en la casa de Beethoven, en Bonn).
1826.—Dibujo de B. por A. Dietrich, litografiado por Jos. Kriehuber. (Reproducido por Frimmel, página 73).
1826.—Busto de Beethoven a la antigua, por Schaller. (Propiedad de la Sociedad Filarmónica de Londres; copia en la casa de Beethoven, en Bonn; reproducido por Frimmel, página 74, y en el Musical Times).
1827.—Boceto de Beethoven en su lecho de muerte, por Jos. Danhauser. (Propiedad de A. Artaria, de Viena; reproducido en la Allgemeine Musik-Zeitung, de 19 de abril de 1901).
1827.—Tres bocetos de Beethoven en su lecho de muerte, por Teltscher. (Propiedad del Dr. Aug. Heymann; publicados por Frimmel; reproducidos en el Courrier musical, de 15 de noviembre de 1909).
1827.—Mascarilla de Beethoven muerto, moldeada por Danhauser (Casa de Beethoven, en Bonn).
Numerosos retratos de Beethoven han sido hechos después de su muerte. La obra más notable que se le ha consagrado es el monumento de Max Klinger (Viena, 1902).