Hostelero. ¡Voy, voy! ¡No he librado de mala![53.1] (Se va con los Mozos a la hostería.)

Arlequín. ¡Ah, señor! ¿Cómo agradeceros[53.2]...?

Capitán. ¿Cómo pagaros...?

Crispín. ¡Nadie hable aquí de pagar, que es palabra que ofende! Sentaos, sentaos, que para mi señor, que a tantos príncipes y grandes ha sentado a su mesa, será éste el mayor orgullo.

Leandro. Cierto.

Crispín. Mi señor no es de muchas palabras; pero, como veis, esas pocas son otras tantas sentencias llenas de sabiduría.

Arlequín. En todo muestra su grandeza.

Capitán. No sabéis cómo conforta nuestro abatido espíritu hallar un gran señor como vos, que así nos considera.

Crispín. Esto no es nada, que yo sé que mi señor no se contenta con tan poco y será capaz de llevaros consigo y colocaros en tan alto estado...

Leandro. (Aparte a Crispín.) No te alargues en palabras, Crispín...

Crispín. Mi señor no gusta de palabras, pero ya le conoceréis por las obras.

Hostelero. (Saliendo con los Mozos, que traen las viandas y ponen la mesa.) Aquí está el vino... y la comida.

Crispín. ¡Beban, beban y coman y no se priven de nada, que mi señor corre con todo, y si algo os falta, no dudéis en decirlo, que mi señor pondrá orden en ello, que el hostelero es dado a descuidarse!

Hostelero. No por cierto; pero comprenderéis...

Crispín. No digáis palabra, que diréis una impertinencia.

Capitán. ¡A vuestra salud!

Leandro. ¡A la vuestra, señores! ¡Por el más grande poeta y el mejor soldado!

Arlequín. ¡Por el más noble señor!

Capitán. ¡Por el más generoso!

Crispín. Y yo también he de beber, aunque sea atrevimiento. Por este día grande entre todos que juntó al más alto poeta, al más valiente capitán, al más noble señor y al más leal criado... Y permitid que mi señor se despida, que los negocios que le traen a esta ciudad no admiten demora.

Leandro. Cierto.

Crispín. ¿No faltaréis a presentarle vuestros respetos cada día?

Arlequín. Y a cada hora; y he de juntar a todos los músicos y poetas de mi amistad para festejarle con música y canciones.

Capitán. Y yo he de traer a toda mi compañía con antorchas y luminarias.

Leandro. Ofenderéis mi modestia...

Crispín. Y ahora, comed, bebed... ¡Pronto! Servid a estos señores... (Aparte al Capitán.) Entre nosotros..., ¿estaréis sin blanca?

Capitán. ¿Qué hemos de deciros?

Crispín. ¡No digáis más! (Al Hostelero.) ¡Eh! ¡Aquí! Entregaréis a estos caballeros cuarenta o cincuenta escudos por encargo de mi señor y de parte suya... ¡No dejéis de cumplir sus órdenes!

Hostelero. ¡Descuidad! ¿Cuarenta o cincuenta, decís?

Crispín. Poned sesenta... ¡Caballeros, salud!

Capitán. ¡Viva el más grande caballero!

Arlequín. ¡Viva!

Crispín. ¡Decid ¡viva! también vosotros, gente incivil!

Hostelero y Mozos. ¡Viva!

Crispín. ¡Viva el más alto poeta y el mayor soldado!

Todos. ¡Viva!

Leandro. (Aparte a Crispín.) ¿Qué locuras son éstas, Crispín, y cómo saldremos de ellas?

Crispín. Como entramos. Ya lo ves; la poesía y las armas son nuestras... ¡Adelante! ¡Sigamos la conquista del mundo! (Todos se hacen saludos y reverencias, y Leandro y Crispín se van por la segunda izquierda. El Capitán y Arlequín se disponen a comer los asados que les han preparado el Hostelero y los Mozos que los sirven.)

Mutación

CUADRO SEGUNDO

Jardín con fachada de un pabellón, con puerta practicable en primer término izquierda. Es de noche.

Escena Primera

Doña Sirena y Colombina saliendo del pabellón.

Sirena. ¿No hay para[55.1] perder el juicio, Colombina? ¡Que una dama se vea[55.2] en trance tan afrentoso por gente baja y descomedida! ¿Cómo te atreviste a volver a mi presencia con tales razones?

Colombina. ¿Y no habíais de saberlo?

Sirena. ¡Morir me estaría mejor! ¿Y todos te dijeron lo mismo?

Colombina. Uno por uno y como lo oísteis... El sastre, que no os enviará el vestido mientras no le paguéis todo lo adeudado.

Sirena. ¡El insolente! ¡El salteador de caminos! ¡Cuando es él quien me debe todo su crédito en esta ciudad, que hasta emplearlo yo[56.1] en el atavío de mi persona no supo lo que era vestir damas!

Colombina. Y los cocineros y los músicos y los criados todos dijeron lo mismo; que no servirán esta noche en la fiesta si no les pagáis por adelantado.

Sirena. ¡Los sayones! ¡Los foragidos! ¡Cuándo se vio tanta insolencia en gente nacida para servirnos! ¿Es que ya no se paga más que con dinero? ¿Es que ya sólo se estima el dinero en el mundo? ¡Triste de[56.2] la que se ve como yo, sin el amparo de un marido, ni de parientes, ni de allegados masculinos!... Que una mujer sola nada vale en el mundo por noble y virtuosa que sea. ¡Oh, tiempos de perdición! ¡Tiempos del Apocalipsis! ¡El Anticristo debe ser llegado![56.3]

Colombina. Nunca os vi tan apocada. Os desconozco. De mayores apuros supisteis salir adelante.

Sirena. Eran otros tiempos, Colombina. Contaba yo entonces con mi juventud y con mi belleza como poderosos aliados. Príncipes y grandes señores rendíanse a mis plantas.

Colombina. En cambio, no sería[56.4] tanta vuestra experiencia y conocimiento del mundo como ahora. Y en cuanto a vuestra belleza, nunca estuvo tan en su punto, podéis creerlo.

Sirena. ¡Deja lisonjas! ¡Cuándo me vería yo de este modo si fuera la doña Sirena de mis veinte![56.5]

Colombina. ¿Años queréis decir?

Sirena. ¿Pues qué pensaste? ¡Y qué diré de ti, que aun no los cumpliste y no sabes aprovecharlo! ¡Nunca lo creyera[57.1] cuando al verme tan sola de criada te adopté por sobrina! Si en vez de malograr tu juventud enamorándote de ese Arlequín, ese poeta que nada puede ofrecerte sino versos y músicas, supieras emplearte mejor, no nos veríamos en tan triste caso.

Colombina. ¿Qué queréis? Aun soy demasiado joven para resignarme a ser amada y no corresponder. Y si he de adiestrarme en hacer padecer por mi amor, necesito saber antes cómo se padece cuando se ama. Yo sabré desquitarme. Aun no cumplí los veinte años. No me creáis con tan poco juicio que piense en casarme con Arlequín.

Sirena. No me fío de ti, que eres muy caprichosa y siempre te dejaste llevar de la fantasía. Pero pensemos en lo que ahora importa. ¿Qué haremos en tan gran apuro? No tardarán en acudir mis convidados, todos personas de calidad y de importancia, y entre ellas el señor Polichinela con su esposa y su hija, que por muchas razones me importan más que todos. Ya sabes cómo frecuentan esta casa algunos caballeros nobilísimos, pero, como yo, harto deslucidos en su nobleza por falta de dinero. Para cualquiera de ellos, la hija del señor Polichinela, con su riquísima dote y el gran caudal que ha de heredar a la muerte de su padre, puede ser un partido muy ventajoso. Muchos son los que la pretenden. En favor de todos ellos interpongo yo mi buena amistad con el señor Polichinela y su esposa. Cualquiera que sea el favorecido, yo sé que ha de corresponder con largueza a mis buenos oficios, que de todos me hice firmar una obligación para asegurarme. Ya no me quedan otros medios que estas mediaciones para reponer en algo mi patrimonio; si de camino algún rico comerciante o mercader se prendara de ti..., ¿quién sabe?..., aun podía ser esta casa lo que fue en otro tiempo. Pero si esta noche la insolencia de esa gente trasciende, si no puedo ofrecer la fiesta... ¡No quiero pensarlo!..., ¡que será mi ruina!

Colombina. No paséis cuidado. Con qué agasajarlos no ha de faltar. Y en cuanto a músicos y a criados, el señor Arlequín, que por algo es poeta y para algo está enamorado de mí, sabrá improvisarlo todo. Él conoce a muchos truhanes de buen humor que han de prestarse a todo. Ya veréis, no faltará nada, y vuestros convidados dirán que no asistieron en su vida a tan maravillosa fiesta.

Sirena. ¡Ay, Colombina! Si eso fuera, ¡cuánto ganarías en mi afecto! Corre en busca de tu poeta... No hay que perder tiempo.

Colombina. ¿Mi poeta? Del otro lado de estos jardines pasea, de seguro, aguardando una seña mía...

Sirena. No será bien que asista a vuestra entrevista, que yo no debo rebajarme en solicitar tales favores... A tu cargo lo dejo. ¡Que nada falte para la fiesta, y yo sabré recompensar a todos; que esta estrechez angustiosa de ahora no puede durar siempre... o no sería yo doña Sirena!

Colombina. Todo se compondrá. Id descuidada. (Vase doña Sirena por el pabellón.)

Escena II

Colombina, después Crispín, que sale por la segunda derecha.

Colombina. (Dirigiéndose a la segunda derecha y llamando.) ¡Arlequín! ¡Arlequín! (Al ver salir a Crispín.) ¡No es él!

Crispín. No temáis, hermosa Colombina, amada del más soberano ingenio, que por ser raro poeta en todo, no quiso extremar en sus versos las ponderaciones de vuestra belleza. Si de lo vivo a lo pintado fue siempre diferencia, es toda en esta ocasión ventaja de lo vivo, ¡con ser tal[59.1] la pintura!

Colombina. Y vos, ¿sois también poeta, o sólo cortesano y lisonjero?

Crispín. Soy el mejor amigo de vuestro enamorado Arlequín, aunque sólo de hoy le conozco, pero tales pruebas tuvo de mi amistad en tan corto tiempo. Mi mayor deseo fue el de saludaros, y el señor Arlequín no anduviera[59.2] tan discreto en complacerme a no fiar tanto[59.3] de mi amistad, que sin ella, fuera ponerme a riesgo de amaros sólo con haberme puesto en ocasión de veros.

Colombina. El señor Arlequín fiaba tanto en el amor que le tengo como en la amistad que le tenéis. No pongáis todo el mérito de vuestra parte, que es tan necia presunción perdonar la vida a los hombres como el corazón a las mujeres.

Crispín. Ahora advierto que no sois tan peligrosa al que os ve como al que llega a escucharos.

Colombina. Permitid; pero antes de la fiesta preparada para esta noche he de hablar con el señor Arlequín, y...

Crispín. No es preciso. A eso vine, enviado de su parte y de parte de mi señor, que os besa las manos.

Colombina. ¿Y quién es vuestro señor, si puede saberse?

Crispín. El más noble caballero, el más poderoso... Permitid que por ahora calle su nombre; pronto habéis de conocerle. Mi señor desea saludar a doña Sirena y asistir a su fiesta esta noche.

Colombina. ¡La fiesta! ¿No sabéis...?

Crispín. Lo sé. Mi deber es averiguarlo todo. Sé que hubo inconvenientes que pudieron estorbarla; pero no habrá ninguno, todo está prevenido.

Colombina. ¿Cómo sabéis...?

Crispín. Yo os aseguro que no faltará nada. Suntuoso agasajo, luminarias y fuegos de artificio, músicos y cantores. Será la más lucida fiesta del mundo...

Colombina. ¿Sois algún encantador por ventura?

Crispín. Ya me iréis conociendo.[60.1] Sólo os diré que por algo juntó hoy el destino a gente de tan buen entendimiento, incapaz de malograrlo con vanos escrúpulos. Mi señor sabe que esta noche asistirá a la fiesta el señor Polichinela, con su hija única, la hermosa Silvia, el mejor partido de esta ciudad. Mi señor ha de enamorarla, mi señor ha de casarse con ella y mi señor sabrá pagar como corresponde los buenos oficios de doña Sirena y los vuestros también si os prestáis a favorecerle.

Colombina. No andáis con rodeos. Debiera ofenderme vuestro atrevimiento.

Crispín. El tiempo apremia y no me dio lugar a ser comedido.

Colombina. Si ha de juzgarse del amo por el criado...

Crispín. No temáis. A mi amo le hallaréis el más cortés y atento caballero. Mi desvergüenza le permite a él mostrarse vergonzoso. Duras necesidades de la vida pueden obligar al más noble caballero a empleos de rufián, como a la más noble dama a bajos oficios, y esta mezcla de ruindad y nobleza en un mismo sujeto desluce con el mundo. Habilidad es mostrar separado en dos sujetos lo que suele andar junto en uno solo. Mi señor y yo, con ser[61.1] uno mismo, somos cada uno una parte del otro. ¡Si así fuera siempre![61.2] Todos llevamos en nosotros un gran señor de altivos pensamientos, capaz de todo lo grande y de todo lo bello... Y a su lado, el servidor humilde, el de las ruines obras, el que ha de emplearse en las bajas acciones a que obliga la vida... Todo el arte está en separarlos de tal modo, que cuando caemos en alguna bajeza podamos decir siempre: no fue mía, no fui yo, fue mi criado. En la mayor miseria de nuestra vida siempre hay algo en nosotros que quiere sentirse superior a nosotros mismos. Nos despreciaríamos demasiado si no creyésemos valer más que nuestra vida... Ya sabéis quién es mi señor: el de los altivos pensamientos, el de los bellos sueños. Ya sabéis quién soy yo: el de los ruines empleos, el que siempre, muy bajo, rastrea y socava entre toda mentira y toda indignidad y toda miseria. Sólo hay algo en mí que me redime y me eleva a mis propios ojos. Esta lealtad de mi servidumbre, esta lealtad que se humilla y se arrastra para que otro pueda volar y pueda ser siempre el señor de los altivos pensamientos, el de los bellos sueños. (Se oye música dentro.)

Colombina. ¿Qué música es ésa?

Crispín. La que mi señor trae a la fiesta, con todos sus pajes y todos sus criados y toda una corte de poetas y cantores presididos por el señor Arlequín, y toda una legión de soldados con el Capitán al frente escoltándole con antorchas...

Colombina. ¿Quién es vuestro señor, que tanto puede? Corro a prevenir a mi señora...

Crispín. No es preciso. Ella acude.

Escena III

Dichos y Doña Sirena, que sale por el pabellón.

Sirena. ¿Qué es esto? ¿Quién previno esa música? ¿Qué tropel de gente llega a nuestra puerta?

Colombina. No preguntéis nada. Sabed que hoy llegó a esta ciudad un gran señor, y es él quien os ofrece la fiesta esta noche. Su criado os informará de todo. Yo aun no sabré deciros si hablé con un gran loco o con un gran bribón. De cualquier modo, os aseguro que él es un hombre extraordinario...

Sirena. ¿Luego no fue Arlequín...?

Colombina. No preguntéis... Todo es como cosa de magia...

Crispín. Doña Sirena, mi señor os pide licencia para besaros las manos. Tan alta señora y tan noble señor no han de entender en intrigas impropias de su condición. Por eso, antes que él llegue a saludaros yo he de decirlo todo. Yo sé de vuestra historia mil notables sucesos que, referidos,[62.1] me asegurarían toda vuestra confianza... Pero fuera impertinencia puntualizarlos. Mi amo os asegura aquí (Entregándola un papel) con su firma la obligación que ha de cumpliros si de vuestra parte sabéis cumplir lo que aquí os propone.

Sirena. ¿Qué papel y qué obligación es ésta?... (Leyendo el papel para sí.) ¡Cómo! ¿Cien mil escudos de presente y otros tantos a la muerte del señor Polichinela si llega a casarse con su hija? ¿Qué insolencia es ésta? ¿A una dama? ¿Sabéis con quién habláis? ¿Sabéis qué casa es ésta?

Crispín. Doña Sirena..., ¡excusad la indignación! No hay nadie presente que pueda importaros. Guardad ese papel junto con otros..., y no se hable más del asunto. Mi señor no os propone nada indecoroso ni vos consentiríais en ello... Cuanto aquí suceda será obra de la casualidad y del amor. Fui yo, el criado, el único que tramó estas cosas indignas. Vos sois siempre la noble dama, mi amo el noble señor, que al encontraros esta noche en la fiesta, hablaréis de mil cosas galantes y delicadas, mientras vuestros convidados pasean y conversan a vuestro alrededor, con admiraciones a la hermosura de las damas, al arte de sus galas, a la esplendidez del agasajo, a la dulzura de la música y a la gracia de los bailarines... ¿Y quién se atreverá a decir que no es esto todo? ¿No es así la vida, una fiesta en que la música sirve para disimular palabras y las palabras para disimular pensamientos? Que la música suene incesante, que la conversación se anime con alegres risas, que la cena esté bien servida..., es todo lo que importa a los convidados. Y ved aquí a mi señor que llega a saludaros con toda gentileza.

Escena IV

Dichos, Leandro, Arlequín y el Capitán, que salen por la segunda derecha.

Leandro. Doña Sirena, bésoos las manos.

Sirena. Caballero...

Leandro. Mi criado os habrá dicho en mi nombre cuanto yo pudiera deciros.

Crispín. Mi señor, como persona grave, es de pocas palabras. Su admiración es muda.

Arlequín. Pero sabe admirar sabiamente.

Capitán. El verdadero mérito.

Arlequín. El verdadero valor.

Capitán. El arte incomparable de la poesía.

Arlequín. La noble ciencia militar.

Capitán. En todo muestra su grandeza.

Arlequín. Es el más noble caballero del mundo.

Capitán. Mi espada siempre estará a su servicio.

Arlequín. He de consagrar a su gloria mi mejor poema.

Crispín. Basta, basta, que ofenderéis su natural modestia. Vedle cómo quisiera ocultarse y desaparecer. Es una violeta.

Sirena. No necesita hablar quien de este modo hace hablar a todos en su alabanza. (Después de un saludo y reverencia se van todos por la primera derecha. A Colombina.) ¿Qué piensas de todo esto, Colombina?

Colombina. Que el caballero tiene muy gentil figura y el criado muy gentil desvergüenza.

Sirena. Todo puede aprovecharse. O yo no sé nada del mundo ni de los hombres, o la fortuna se entró[64.1] hoy por mis puertas.

Colombina. Pues segura es entonces la fortuna; porque del mundo sabéis algo, y de los hombres, ¡no se diga!

Sirena. Risela y Laura, que son las primeras en llegar...

Colombina. ¿Cuándo fueron ellas las últimas en llegar a una fiesta? Os dejo en su compañía, que yo no quiero perder de vista a nuestro caballero... (Vase por la primera derecha.)

Escena V

Doña Sirena, Laura y Risela, que salen por la segunda derecha.

Sirena. ¡Amigas! Ya comenzaba a dolerme de vuestra ausencia.

Laura. ¿Pues es tan tarde?

Sirena. Siempre lo es para veros.

Risela. Otras dos fiestas dejamos por no faltar a vuestra casa.

Laura. Por más que alguien nos dijo que no sería esta noche por hallaros algo indispuesta.

Sirena. Sólo por dejar mal a los maldicientes, aun muriendo la hubiera tenido.

Risela. Y nosotras nos hubiéramos muerto y no hubiéramos dejado de asistir a ella.

Laura. ¿No sabéis la novedad?

Risela. No se habla de otra cosa.

Laura. Dicen que ha llegado un personaje misterioso. Unos dicen que es embajador secreto de Venecia o de Francia.

Risela. Otros dicen que viene a buscar esposa para el Gran Turco.

Laura. Aseguran que es lindo como un Adonis.

Risela. Si nos fuera posible conocerle... Debisteis invitarle a vuestra fiesta.

Sirena. No fue preciso, amigas, que él mismo envió un embajador a pedir licencia para ser recibido. Y en mi casa está y le veréis muy pronto.

Laura. ¿Qué decís? Ved si anduvimos[65.1] acertadas en dejarlo todo por asistir a vuestra casa.

Risela. ¡Cuántas nos envidiarán esta noche!

Laura. Todos rabian por conocerle.

Sirena. Pues yo nada hice por lograrlo. Bastó que él supiera que yo tenía fiesta en mi casa.

Risela. Siempre fue lo mismo con vos. No llega persona importante a la ciudad que luego no os ofrezca sus respetos.

Laura. Ya se me tarda en verle[66.1]... Llevadnos a su presencia por vuestra vida.

Risela. Sí, sí, llevadnos.

Sirena. Permitid, que llega el señor Polichinela con su familia... Pero id sin mí; no os será difícil hallarle.

Risela. Sí, sí; vamos, Laura.

Laura. Vamos, Risela. Antes de que aumente la confusión y no nos sea posible acercarnos. (Vanse por la primera derecha.)

Escena VI

Doña Sirena, Polichinela, la Señora de Polichinela y Silvia, que salen por la segunda derecha.

Sirena. ¡Oh, señor Polichinela! Ya temí que no vendríais.[66.2] Hasta ahora no comenzó para mí la fiesta.

Polichinela. No fue culpa mía la tardanza. Fue de mi mujer, que entre cuarenta vestidos no supo nunca cuál ponerse.

Señora de Polichinela. Si por él fuera, me presentaría de cualquier modo... Ved cómo vengo de sofocada[66.3] por apresurarme.

Sirena. Venís hermosa como nunca.

Polichinela. Pues aún no trae la mitad de sus joyas. No podría con tanto peso.

Sirena. ¿Y quién mejor puede ufanarse con que[66.4] su esposa ostente el fruto de una riqueza adquirida con vuestro trabajo?

Señora de Polichinela. Pero ¿no es hora ya de disfrutar de ella, como yo le digo, y de tener más nobles aspiraciones? Figuraos que ahora quiere casar a nuestra hija con un negociante.

Sirena. ¡Oh, señor Polichinela! Vuestra hija merece mucho más que un negociante. No hay que pensar en eso. No debéis sacrificar su corazón por ningún interés. ¿Qué dices tú, Silvia?

Polichinela. Ella preferirá algún barbilindo, que, muy a pesar mío, es muy dada a novelas y poesía.

Silvia. Yo haré siempre lo que mi padre ordene, sí a mi madre no le contraría y a mí no me disgusta.

Sirena. Eso es hablar con juicio.

Señora de Polichinela. Tu padre piensa que sólo el dinero vale y se estima en el mundo.

Polichinela. Yo pienso que sin dinero no hay cosa que valga ni se estime en el mundo; que es el precio de todo.

Sirena. ¡No habléis así! ¿Y las virtudes, y el saber, y la nobleza?

Polichinela. Todo tiene su precio, ¿quién lo duda? Nadie mejor que yo lo sabe, que compré mucho de todo eso, y no muy caro.

Sirena. ¡Oh, señor Polichinela! Es humorada vuestra. Bien sabéis que el dinero no es todo, y que si vuestra hija se enamorara de algún noble caballero, no sería bien contrariarla. Yo sé que tenéis un sensible corazón de padre.

Polichinela. Eso sí. Por mi hija sería yo capaz de todo.

Sirena. ¿Hasta de arruinaros?

Polichinela. Eso no sería una prueba de cariño. Antes sería capaz de robar, de asesinar..., de todo.

Sirena. Ya sé que siempre sabríais rehacer vuestra fortuna. Pero la fiesta se anima. Ven conmigo, Silvia. Para danzar téngote destinado un caballero, que habéis[68.1] de ser la más lucida pareja... (Se dirigen todos a la primera derecha. Al ir a salir el señor Polichinela, Crispín, que entra por la segunda derecha, le detiene.)

Escena VII

Crispín y Polichinela

Crispín. ¡Señor Polichinela! Con licencia.

Polichinela. ¿Quién me llama? ¿Qué me queréis?

Crispín. ¿No recordáis de mí? No es extraño. El tiempo todo lo borra, y cuando es algo enojoso lo borrado, no deja ni siquiera el borrón como recuerdo, sino que se apresura a pintar sobre él con alegres colores, esos alegres colores con que ocultáis al mundo vuestras jorobas.[68.2] Señor Polichinela, cuando yo os conocí, apenas las cubrían unos descoloridos andrajos.

Polichinela. ¿Y quién eres tú y dónde pudiste conocerme?

Crispín. Yo era un mozuelo, tú eras ya todo un hombre. Pero ¿has olvidado ya tantas gloriosas hazañas por esos mares,[68.3] tantas victorias ganadas al turco, a que no poco contribuimos con nuestro heroico esfuerzo, unidos los dos al mismo noble remo en la misma gloriosa nave?

Polichinela. ¡Imprudente! ¡Calla o...!

Crispín. O harás conmigo como con tu primer amo en Nápoles y con tu primera mujer en Bolonia, y con aquel mercader judío en Venecia...

Polichinela. ¡Calla! ¿Quién eres tú, que tanto sabes y tanto hablas?

Crispín. Soy... lo que fuiste. Y quien llegará a ser lo que eres..., como tú llegaste. No con tanta violencia como tú, porque los tiempos son otros y ya sólo asesinan los locos y los enamorados y cuatro pobretes que aun asaltan a mano armada al transeúnte por calles obscuras o caminos solitarios. ¡Carne de horca, despreciable!

Polichinela. ¿Y qué quieres de mí? Dinero, ¿no es eso? Ya nos veremos más despacio. No es éste el lugar...

Crispín. No tiembles por tu dinero. Sólo deseo ser tu amigo, tu aliado, como en aquellos tiempos.

Polichinela. ¿Qué puedo hacer por ti?

Crispín. No, ahora soy yo quien va a servirte, quien quiere obligarte con una advertencia... (Haciéndole que mire[69.1] a la primera derecha.) ¿Ves allí a tu hija cómo danza con un joven caballero y cómo sonríe ruborosa al oír sus galanterías? Ese caballero es mi amo.

Polichinela. ¿Tu amo? Será entonces un aventurero, un hombre de fortuna, un bandido como...

Crispín. ¿Como nosotros... vas a decir? No; es más peligroso que nosotros, porque, como ves, su figura es bella, y hay en su mirada un misterio de encanto y en su voz una dulzura que llega al corazón y le conmueve como si contara una historia triste. ¿No es esto bastante para enamorar a cualquier mujer? No dirás que no te he advertido. Corre y separa a tu hija de ese hombre, y no la permitas que baile con él ni que vuelva a escucharle en su vida.

Polichinela. ¿Y dices que es tu amo y así le sirves?

Crispín. ¿Lo extrañas? ¿Te olvidas ya de cuando fuiste criado? Yo aun no pienso asesinarle.

Polichinela. Dices bien; un amo es siempre odioso. Y en servirme a mí, ¿qué interés es el tuyo?

Crispín. Llegar a buen puerto, como llegamos tantas veces remando juntos. Entonces tú me decías alguna vez: Tú que eres fuerte rema por mí... En esta galera de ahora eres tú más fuerte que yo; rema por mí, por el fiel amigo de entonces, que la vida es muy pesada galera y yo llevo remado[70.1] mucho. (Vase por la segunda derecha.)

Escena VIII

El Señor Polichinela, Doña Sirena, la Señora de Polichinela, Risela y Laura, que salen por la primera derecha.

Laura. Sólo doña Sirena sabe ofrecer fiestas semejantes.

Risela. Y la de esta noche excedió a todas.

Sirena. La presencia de tan singular caballero fue un nuevo atractivo.

Polichinela. ¿Y Silvia? ¿Dónde quedó Silvia? ¿Cómo dejaste a nuestra hija?

Sirena. Callad, señor Polichinela, que vuestra hija se halla en excelente compañía, y en mi casa siempre estará segura.

Risela. No hubo atenciones más que para ella.

Laura. Para ella es todo el agrado.

Risela. Y todos los suspiros.

Polichinela. ¿De quién? ¿De ese caballero misterioso? Pues no me contenta. Y ahora mismo...

Sirena. ¡Pero señor Polichinela...!

Polichinela. ¡Dejadme, dejadme! Yo sé lo que me hago.[71.1] (Vase por la primera derecha.)

Sirena. ¿Qué le ocurre? ¿Qué destemplanza es ésta?

Señora de Polichinela. ¿Veis qué hombre? ¡Capaz será de una grosería con el caballero! ¡Que ha de casar a su hija con algún mercader u hombre de baja estofa! ¡Que ha de hacerla desgraciada para toda la vida!

Sirena. ¡Eso no!..., que sois su madre, y algo ha de valer vuestra autoridad...

Señora de Polichinela. ¡Ved! Sin duda dijo alguna impertinencia, y el caballero ya deja la mano de Silvia, y se retira cabizbajo.

Laura. Y el señor Polichinela parece reprender a vuestra hija...

Sirena. ¡Vamos, vamos! Que no puede consentirse tanta tiranía.

Risela. Ahora vemos, señora Polichinela, que con todas vuestras riquezas no sois menos desgraciada.

Señora de Polichinela. No lo sabéis, que algunas veces llegó hasta golpearme.

Laura. ¿Qué decís? ¿Y fuisteis mujer para consentirlo?

Señora de Polichinela. Luego cree componerlo con traerme algún regalo.

Sirena. ¡Menos mal! Que hay maridos que no lo componen con nada. (Vanse todas por la primera derecha.)

Escena IX

Leandro y Crispín, que salen por la segunda derecha.

Crispín. ¿Qué tristeza, qué abatimiento es ése? ¡Con mayor alegría pensé hallarte!

Leandro. Hasta ahora no me vi perdido; hasta ahora no me importó menos perderme.[72.1] Huyamos, Crispín; huyamos de esta ciudad antes de que nadie pueda descubrirnos y vengan a saber lo que somos.

Crispín. Si huyéramos, es cuando todos lo sabrían y cuando muchos corrieran hasta detenernos y hacernos volver a nuestro pesar, que no parece bien ausentarnos con tanta descortesía, sin despedirnos de gente tan atenta.

Leandro. No te burles, Crispín, que estoy desesperado.

Crispín. ¡Así eres! Cuando nuestras esperanzas llevan mejor camino.

Leandro. ¿Qué puedo esperar? Quisiste que fingiera un amor, y mal sabré fingirlo.

Crispín. ¿Por qué?

Leandro. Porque amo, amo con toda verdad y con toda mi alma.

Crispín. ¿A Silvia? ¿Y de eso te lamentas?

Leandro. ¡Nunca pensé que pudiera amarse de este modo! ¡Nunca pensé que yo pudiera amar! En mi vida errante por todos los caminos, no fui siquiera el que siempre pasa, sino el que siempre huye, enemiga la tierra, enemigos los hombres, enemiga la luz del sol. La fruta del camino, hurtada, no ofrecida, dejó acaso en mis labios algún sabor de amores, y alguna vez, después de muchos días azarosos, en el descanso de una noche, la serenidad del cielo me hizo soñar con algo que fuera[72.2] en mi vida como aquel cielo de la noche que traía a mi alma el reposo de su serenidad. Y así esta noche en el encanto de la fiesta... me pareció que era un descanso en mi vida... y soñaba... ¡He soñado! Pero mañana será otra vez la huida azarosa, será la Justicia que nos persigue... y no quiero que me halle aquí, donde está ella, donde ella pueda avergonzarse de haberme visto.

Crispín. Yo creí ver que eras acogido con agrado... Y no fui yo solo en advertirlo. Doña Sirena y nuestros buenos amigos el Capitán y el Poeta le hicieron de ti los mayores elogios. A su excelente madre, la señora Polichinela, que sólo sueña emparentar con un noble, le pareciste el yerno de sus ilusiones. En cuanto al señor Polichinela...

Leandro. Sospecha de nosotros..., nos conoce...

Crispín. Sí; al señor Polichinela no es fácil engañarle como a un hombre vulgar. A un zorro viejo como él hay que engañarle con lealtad. Por eso me pareció el mejor medio prevenirle de todo.

Leandro. ¿Cómo?

Crispín. Sí; él me conoce de antiguo... Al decirle que tú eres mi amo supuso, con razón, que el amo sería digno del criado. Y yo, por corresponder a su confianza, le advertí que de ningún modo consintiera que hablaras con su hija.

Leandro. ¿Eso hiciste? ¿Y qué puedo esperar?

Crispín. ¡Necio eres! Que el señor Polichinela ponga todo su empeño en que no vuelvas a ver a su hija.

Leandro. ¡No lo entiendo!

Crispín. Y que de este modo sea nuestro mejor aliado, porque bastará que él se oponga, para que su mujer le lleve la contraria y su hija se enamore de ti más locamente. Tú no sabes lo que es una joven, hija de un padre rico, criada en el mayor regalo, cuando ve por primera vez en su vida que algo se opone a su voluntad. Estoy seguro de que esta misma noche, antes de terminar la fiesta, consigue burlar la vigilancia de su padre para hablar todavía contigo.

Leandro. ¿Pero no ves que nada me importa del señor Polichinela ni del mundo entero? Que es a ella, sólo a ella, a quien yo no quiero parecer indigno y despreciable..., a quien yo no quiero mentir.

Crispín. ¡Bah! ¡Deja locuras! No es posible retroceder. Piensa en la suerte que nos espera si vacilamos en seguir adelante. ¿Que te has enamorado? Ese amor verdadero nos servirá mejor que si fuera fingido. Tal vez de otro modo hubieras querido ir demasiado de prisa; y si la osadía y la insolencia convienen para todo, sólo en amor sienta bien a los hombres algo de timidez. La timidez del hombre hace ser más atrevidas a las mujeres. Y si lo dudas, aquí tienes a la inocente Silvia, que llega con el mayor sigilo y sólo espera para acercarse a ti que[74.1] yo me retire o me esconda.

Leandro. ¿Silvia dices?

Crispín. ¡Chito! ¡Que pudiera espantarse! Y cuando esté a tu lado, mucha discreción..., pocas palabras, pocas... Adora, contempla, admira, y deja que hable por ti el encanto de esta noche azul, propicia a los amores, y esa música que apaga sus sones entre la arboleda y llega como triste de la alegría de la fiesta.

Leandro. No te burles, Crispín; no te burles de este amor que será mi muerte.

Crispín. ¿Por qué he de burlarme? Yo sé bien que no conviene siempre rastrear. Alguna vez hay que volar por el cielo para mejor dominar la tierra. Vuela tú ahora; yo sigo[75.1] arrastrándome. ¡El mundo será nuestro! (Vase por la segunda izquierda.)

Escena Última

Leandro y Silvia, que sale por la primera derecha. Al final, Crispín

Leandro. ¡Silvia!

Silvia. ¿Sois vos? Perdonad; no creí hallaros aquí.

Leandro. Huí de la fiesta. Su alegría me entristece.

Silvia. ¿También a vos?

Leandro. ¿También decís? ¡También os entristece la alegría!...

Silvia. Mi padre se ha enojado conmigo. ¡Nunca me habló de ese modo! Y con vos también estuvo desatento. ¿Le perdonáis?

Leandro. Sí; lo perdono todo. Pero no le enojéis por mi causa. Volved a la fiesta, que han de buscaros; y si os hallaran aquí a mi lado...

Silvia. Tenéis razón. Pero volved vos también. ¿Por qué habéis de estar triste?

Leandro. No; yo saldré sin que nadie lo advierta... Debo ir muy lejos.

Silvia. ¿Qué decís? ¿No os trajeron asuntos de importancia a esta ciudad? ¿No debíais permanecer aquí mucho tiempo?

Leandro. ¡No, no! ¡Ni un día más! ¡Ni un día más!

Silvia. Entonces... ¿Me habéis mentido?

Leandor. ¡Mentir! No... No digáis que he mentido... No; ésta es la única verdad de mi vida... ¡Este sueño que no debe tener despertar! (Se oye a lo lejos la música de una canción hasta que cae el telón.)

Silvia. Es Arlequín que canta... ¿Qué os sucede? ¿Lloráis? ¿Es la música la que os hace llorar? ¿Por qué no decirme[76.1] vuestra tristeza?

Leandro. ¿Mi tristeza? Ya la dice esa canción. Escuchadla.

Silvia. Desde aquí sólo la música se percibe; las palabras se pierden. ¿No la sabéis? Es una canción al silencio de la noche, y se llama El reino de las almas. ¿No la sabéis?

Leandro. Decidla.

Silvia.

La noche amorosa, sobre los amantes
tiende de su cielo el dosel nupcial.
La noche ha prendido sus claros diamantes
en el terciopelo de un cielo estival.
El jardín en sombra no tiene colores,
y es en el misterio de su obscuridad
susurro el follaje, aroma las flores
y amor... un deseo dulce de llorar.
La voz que suspira, y la voz que canta
y la voz que dice palabras de amor,
impiedad parecen en la noche santa
como una blasfemia entre una oración.
¡Alma del silencio, que yo reverencio,
tiene tu silencio la inefable voz
de los que murieron amando en silencio;
de los que callaron muriendo de amor;
de los que en la vida por amarnos mucho
tal vez no supieron su amor expresar!
¿No es la voz acaso que en la noche escucho
y cuando amor dice, dice eternidad?
¡Madre de mi alma! ¿No es luz de tus ojos
la luz de esa estrella
que como una lágrima de amor infinito
en la noche tiembla?
¡Dile a la que hoy amo que yo no amé nunca
más que a ti en la tierra,
y desde que has muerto sólo me ha besado
la luz de esa estrella!

Leandro.

¡Madre de mi alma! Yo no he amado nunca
más que a ti en la tierra,
y desde que has muerto sólo me ha besado
la luz de esa estrella.

(Quedan en silencio, abrazados y mirándose.)

Crispín. (Que aparece por la segunda izquierda. Aparte.)

¡Noche, poesía, locuras de amante!...
¡Todo ha de servirnos en esta ocasión!
¡El triunfo es seguro! ¡Valor y adelante!
¿Quién podrá vencernos si es nuestro el amor?

(Silvia y Leandro, abrazados, se dirigen muy despacio a la primera derecha. Crispín los sigue sin ser visto por ellos. El telón va bajando muy despacio.)

ACTO SEGUNDO

CUADRO TERCERO

Sala en casa de Leandro

Escena Primera

Crispín, el Capitán, Arlequín. Salen por la segunda derecha, o sea el pasillo.

Crispín. Entrad, caballeros, y sentaos con toda comodidad. Diré que os sirvan algo... ¡Hola! ¡Eh! ¡Hola!

Capitán. De ningún modo. No aceptamos nada.

Arlequín. Sólo venimos a ofrecernos a tu señor, después de lo que hemos sabido.

Capitán. ¡Increíble traición, que no quedará sin castigar! ¡Yo te aseguro que si el señor Polichinela se pone al alcance de mi mano...!

Arlequín. ¡Ventaja de los poetas! Yo siempre le tendré al alcance de mis versos... ¡Oh! La tremenda sátira que pienso dedicarle... ¡Viejo dañino, viejo malvado!

Capitán. ¿Y dices que tu amo no fue siquiera herido?

Crispín. Pero pudo ser muerto. ¡Figuraos! ¡Una docena de espadachines asaltándole de improviso! Gracias a su valor, a su destreza, a mis voces...

Arlequín. ¿Y ello sucedió anoche, cuando tu señor hablaba con Silvia por la tapia de su jardín?

Crispín. Ya mi señor había tenido aviso...; pero ya le conocéis: no es hombre para intimidarse por nada.

Capitán. Pero debió advertirnos...

Arlequín. Debió advertir al señor Capitán. Él le hubiera acompañado gustoso.

Crispín. Ya conocéis a mi señor. Él solo se basta.

Capitán. ¿Y dices que por fin conseguiste atrapar por el cuello a uno de los malandrines, que confesó que todo estaba preparado por el señor Polichinela para deshacerse de tu amo?...

Crispín. ¿Y quién sino él podía tener interés en ello? Su hija ama a mi señor; él trata de casarla a su gusto; mi señor estorba sus planes, y el señor Polichinela supo toda su vida cómo suprimir estorbos. ¿No enviudó dos veces en poco tiempo? ¿No heredó en menos a todos sus parientes, viejos y jóvenes? Todos lo saben, nadie dirá que le calumnio... ¡Ah! La riqueza del señor Polichinela es un insulto a la humanidad y a la justicia. Sólo entre gente sin honor puede triunfar impune un hombre como el señor Polichinela.

Arlequín. Dices bien. Y yo en mi sátira he de decir todo eso... Claro que sin nombrarle, porque la poesía no debe permitirse tanta licencia.

Crispín. ¡Bastante le importará a él de vuestra sátira!

Capitán. Dejadme, dejadme a mí, que como[79.1] él se ponga al alcance de mi mano... Pero bien sé que él no vendrá a buscarme.

Crispín. Ni mi señor consentiría que se ofendiera al señor Polichinela. A pesar de todo, es el padre de Silvia. Lo que importa es que todos sepan en la ciudad cómo mi amo estuvo a punto de ser asesinado; cómo no puede consentirse que ese viejo zorro contraríe la voluntad y el corazón de su hija.

Arlequín. No puede consentirse; el amor está sobre todo.

Crispín. Y si mi amo fuera algún ruin sujeto... Pero, decidme: ¿no es el señor Polichinela el que debía enorgullecerse de que mi señor se haya dignado enamorarse de su hija y aceptarle por suegro? ¡Mi señor, que a tantas doncellas de linaje excelso ha despreciado, y por quien más de cuatro princesas hicieron cuatro mil locuras!... Pero ¿quién llega? (Mirando hacia la segunda derecha.) ¡Ah, Colombina! ¡Adelante, graciosa Colombina, no hayas[80.1] temor! (Sale Colombina.) Todos somos amigos, y nuestra mutua amistad te defiende de nuestra unánime admiración.

Escena II

Dichos y Colombina, que sale por la segunda derecha, o sea el pasillo.

Colombina. Doña Sirena me envía a saber de tu señor. Apenas rayaba el día, vino Silvia a nuestra casa, y refirió a mi señora todo lo sucedido. Dice que no volverá a casa de su padre, ni saldrá de casa de mi señora más que para ser la esposa del señor Leandro.

Crispín. ¿Eso dice? ¡Oh, noble joven! ¡Oh, corazón amante!

Arlequín. ¡Qué epitalamio pienso componer a sus bodas!

Colombina. Silvia cree que Leandro está malherido... Desde su balcón oyó ruido de espadas, tus voces en demanda de auxilio. Después cayó sin sentido, y así la hallaron al amanecer. Decidme lo que sea[80.2] del señor Leandro, pues muere de angustia hasta saberlo, y mi señora también quedó en cuidado.

Crispín. Dile que mi señor pudo salvarse, porque amor le guardaba; dile que sólo de amor muere con incurable herida... Dile... (Viendo venir a Leandro.) ¡Ah! Pero aquí llega él mismo, que te dirá cuanto yo pudiera decirte.

Escena III

Dichos y Leandro, que sale por la primera derecha.

Capitán. (Abrazándole.) ¡Amigo mío!

Arlequín. (Abrazándole.) ¡Amigo y señor!

Colombina. ¡Ah, señor Leandro! ¡Que estáis salvo! ¡Qué alegría!

Leandro. ¿Cómo supisteis?

Colombina. En toda la ciudad no se habla de otra cosa; por las calles se reúne la gente en corrillos, y todos murmuran y claman contra el señor Polichinela.

Leandro. ¿Qué decís?

Capitán. ¡Y si algo volviera a intentar contra vos...!

Arlequín. ¿Y si aún quisiera oponerse a vuestros amores?

Colombina. Todo sería inútil. Silvia está en casa de mi señora, y sólo saldrá de allí para ser vuestra esposa...

Leandro. ¿Silvia en vuestra casa? Y su padre...

Colombina. El señor Polichinela hará muy bien en ocultarse.

Capitán. ¡Creyó que a tanto podría atreverse con su riqueza insolente!

Arlequín. Pudo atreverse a todo, pero no al amor...

Colombina. ¡Pretender asesinaros tan villanamente!

Crispín. ¡Doce espadachines, doce..., yo los conté!

Leandro. Yo sólo pude distinguir a tres o cuatro.

Crispín. Mi señor concluirá por deciros que no fue tanto el riesgo, por no hacer mérito de su serenidad y de su valor... ¡Pero yo lo vi! Doce eran, doce, armados hasta los dientes, decididos a todo. ¡Imposible me parece que escapara con vida!

Colombina. Corro a tranquilizar a Silvia y a mi señora.

Crispín. Escucha, Colombina. A Silvia, ¿no fuera mejor no tranquilizarla?...

Colombina. Déjalo a cargo de mi señora. Silvia cree a estas horas que tu señor está moribundo, y aunque doña Sirena finge contenerla..., no tardará en venir aquí sin reparar en nada.

Crispín. Mucho fuera que tu señora no hubiera pensado en todo.

Capitán. Vamos también, pues ya en nada podemos aquí serviros. Lo que ahora conviene es sostener la indignación de las gentes contra el señor Polichinela.

Arlequín. Apedrearemos su casa... Levantaremos a toda la ciudad en contra suya... Sepa que si hasta hoy nadie se atrevió contra él, hoy todos juntos nos atrevemos; sepa que hay un espíritu y una conciencia en la multitud.

Colombina. Él mismo tendrá que venir a rogaros que toméis a su hija por esposa.

Crispín. Sí, sí; corred, amigos. Ved que la vida de mi señor no está segura... El que una vez quiso asesinarle, no se detendrá por nada.

Capitán. No temas... ¡Amigo mío!

Arlequín. ¡Amigo y señor!

Colombina. ¡Señor Leandro!

Leandro. Gracias a todos, amigos míos, amigos leales. (Se van todos, menos Leandro y Crispín, por la segunda derecha.)

Escena IV

Leandro y Crispín

Leandro. ¿Qué es esto, Crispín? ¿Qué pretendes? ¿Hasta dónde has de llevarme con tus enredos? ¿Piensas que lo creí? Tú pagaste a los espadachines; todo fue invención tuya. ¡Mal hubiera podido valerme contra todos si ellos no vinieran de burla!

Crispín. ¿Y serás capaz de reñirme, cuando así anticipo el logro de tus esperanzas?

Leandro. No, Crispín, no. ¡Bien sabes que no! Amo a Silvia y no lograré su amor con engaños, suceda lo que suceda.

Crispín. Bien sabes lo que ha de sucederte... ¡Si amar es resignarse a perder lo que se ama por sutilezas de conciencia... que Silvia misma no ha de agradecerte!...

Leandro. ¿Qué dices? ¡Si ella supiera quién soy!

Crispín. Y cuando lo sepa, ya no serás el que fuiste: serás su esposo, su enamorado esposo, todo lo enamorado y lo fiel y lo noble que tú quieras y ella pueda desear[83.1]... Una vez dueño de su amor... y de su dote, ¿no serás el más perfecto caballero? Tú no eres como el señor Polichinela, que con todo su dinero que tantos lujos le permite, aun no se ha permitido el lujo de ser honrado... En él es naturaleza la truhanería; pero en ti, en ti fue sólo necesidad... Y aun si no me hubieras tenido a tu lado, ya te hubieras dejado morir de hambre de puro escrupuloso. ¡Ah! ¿Crees que si yo hubiera hallado en ti otro hombre me hubiera contentado con dedicarte a enamorar?... No; te hubiera dedicado a la política, y, no el dinero del señor Polichinela, el mundo hubiera sido nuestro... Pero no eres ambicioso, te contentas con ser feliz...

Leandro. ¿Pero no viste que mal podía serlo? Si hubiera mentido para ser amado y ser rico de este modo, hubiera sido porque yo no amaba, y mal podía ser feliz. Y si amo, ¿cómo puedo mentir?

Crispín. Pues no mientas. Ama, ama con todo tu corazón, inmensamente. Pero defiende tu amor sobre todo. En amor no es mentir callar lo que puede hacernos perder la estimación del ser amado.

Leandro. Ésas sí que son sutilezas, Crispín.

Crispín. Que tú debiste hallar antes si tu amor fuera como dices. Amor es todo sutilezas y la mayor de todas no es engañar a los demás, sino engañarse a sí mismo.

Leandro. Yo no puedo engañarme, Crispín. No soy de esos hombres que cuando venden su conciencia se creen en el caso de vender también su entendimiento.

Crispín. Por eso dije que no servías para la política. Y bien dices. Que el entendimiento es la conciencia de la verdad, y el que llega a perderla entre las mentiras de su vida, es como si se perdiera a sí propio, porque ya nunca volverá a encontrarse ni a conocerse, y él mismo vendrá a ser otra mentira.

Leandro. ¿Dónde aprendiste tanto, Crispín?

Crispín. Medité algún tiempo en galeras, donde esta conciencia de mi entendimiento me acusó más de torpe[84.1] que de pícaro. Con más picardía y menos torpeza, en vez de remar en ellas pude haber llegado a mandarlas. Por eso juré no volver en mi vida. Piensa de qué no seré capaz ahora que por tu causa me veo a punto de quebrantar mi juramento.

Leandro. ¿Qué dices?

Crispín. Que nuestra situación es ya insostenible, que hemos apurado nuestro crédito, y las gentes ya empiezan a pedir algo efectivo. El Hostelero, que nos albergó con toda esplendidez por muchos días, esperando que recibieras tus libranzas. El señor Pantalón, que fiado en el crédito del Hostelero, nos proporcionó cuanto fue preciso para instalarnos con suntuosidad en esta casa... Mercaderes de todo género, que no dudaron en proveernos de todo, deslumbrados por tanta grandeza. Doña Sirena misma, que tan buenos oficios nos ha prestado en tus amores... Todos han esperado lo razonable, y sería injusto pretender más de ellos, ni quejarse de tan amable gente... ¡Con letras de oro quedará grabado en mi corazón el nombre de esta insigne ciudad, que desde ahora declaro por mi madre adoptiva! A más de esto..., ¿olvidas que de otras partes habrán salido y andarán en busca nuestra? ¿Piensas que las hazañas de Mantua y de Florencia son para olvidarlas?[85.1] ¿Recuerdas el famoso proceso de Bolonia?[85.2]... ¡Tres mil doscientos folios sumaba cuando nos ausentamos alarmados de verle crecer tan sin tino! ¿Qué no habrá aumentado bajo la pluma de aquel gran doctor jurista que la había tomado por su cuenta? ¡Qué de considerandos y de resultandos[85.3] de que no resultará cosa buena! ¿Y aun dudas? ¿Y aun me reprendes porque di la batalla que puede decidir en un día de nuestra suerte?

Leandro. ¡Huyamos!

Crispín. ¡No! ¡Basta de huir a la desesperada! Hoy ha de fijarse nuestra fortuna... Te di el amor, dame tú la vida.

Leandro. ¿Pero cómo salvarnos? ¿Qué puedo yo hacer? Dime.

Crispín. Nada ya. Basta con aceptar lo que los demás han de ofrecernos... Piensa que hemos creado muchos intereses y es interés de todos el salvarnos.

Escena V

Dichos y Doña Sirena, que sale por la segunda derecha, o sea el pasillo.

Sirena. ¿Dais licencia, señor Leandro?

Leandro. ¡Doña Sirena! ¿Vos en mi casa?

Sirena. Ya veis a lo que me expongo. A tantas lenguas maldicientes. ¡Yo en casa de un caballero, joven, apuesto!...

Crispín. Mi señor sabría hacer callar a los maldicientes si alguno se atreviera a poner sospecha en vuestra fama.

Sirena. ¿Tu señor? No me fío. ¡Los hombres son tan jactanciosos! Pero en nada reparo por serviros. ¿Qué me decís, señor, que anoche quisieron daros muerte? No se habla de otra cosa... ¡Y Silvia! ¡Pobre niña! ¡Cuánto os ama! ¡Quisiera saber qué hicisteis para enamorarla de ese modo!