Al fin llegó el día.
Simoun, desde la mañana, no había salido de su casa, ocupado en poner en orden sus armas y sus alhajas. Su fabulosa riqueza estaba ya encerrada en la gran maleta de acero con funda de lona. Quedaban pocos estuches que contenían brazaletes, alfileres, sin duda regalos que esperaba hacer. Iba á partir al fin con el Capitan General, que de ninguna manera quiso prolongar su mando, temeroso del qué dirán de las gentes. Los maliciosos insinuaban que Simoun no se arriesgaba á quedarse solo, que, perdido su apoyo, no quería esponerse á las venganzas de tantos explotados y desgraciados, con tanto más motivo cuanto que el General que iba á venir, pasaba por ser un modelo de rectitud y acaso, acaso le haga devolver cuanto había ganado. Los indios supersticiosos, en cambio, creían que Simoun era el diablo que no quería separarse de su presa. Los pesimistas hacían un guiño malicioso y decían:
—Talado el campo, se va á otra parte la langosta.
Solo algunos, muy pocos, sonreían y callaban.
A la tarde, Simoun había dado orden á su criado para que si se presentaba un joven que se llamaba Basilio, le hiciese entrar en seguida. Despues encerróse en su aposento y pareció sumido en profundas reflexiones. Desde su enfermedad, el rostro del joyero se había vuelto más duro y más sombrío, se había profundizado mucho la arruga entre ceja y ceja. Parecía algo encorvado; la cabeza ya no se mantenía erguida, se doblaba. Estaba tan absorto en su meditacion que no oyó llamar á la puerta. Los golpes tuvieron que repetirse. Simoun se estremeció:
—¡Adelante! dijo.
Era Basilio, pero, ¡quantum mutatus! Si el cambio operado en Simoun durante los dos meses era grande, en el joven estudiante era espantoso. Sus mejillas estaban socavadas, desaliñado el traje, despeinado. Había desaparecido la dulce melancolía de sus ojos; en ellos brillaba una llama oscura; diríase que había muerto y su cadaver resuscitaba horrorizado de lo que había visto en la eternidad. Si no el crímen, su siniestra sombra se estendía por toda su figura. El mismo Simoun se espantó y sintió compasion por el desgraciado.
Basilio, sin saludar, avanzó lentamente y en voz que hizo estremecerse al joyero, dijo:
—Señor Simoun, he sido mal hijo y mal hermano; he olvidado el asesinato del uno y las torturas de la otra ¡y Dios me ha castigado! Ahora no me queda más que una voluntad para devolver mal por mal, crímen por crímen, ¡violencia por violencia!
Simoun le escuchaba silencioso.
—Hace cuatro meses, continuó Basilio, me hablaba usted de sus proyectos; he rehusado tomar parte, y he hecho mal; usted ha tenido razon. Hace tres meses y medio la revolucion estaba á punto de estallar, tampoco he querido tomar parte y el movimiento ha fracasado. En pago de mi conducta he sido preso y solo debo mi libertad á las instancias de usted. Usted ha tenido razon y ahora vengo á decirle: ¡arme mi brazo y que la revolucion estalle! ¡Estoy dispuesto á servirle con todos los desgraciados!
La nube que oscurecía la frente de Simoun se disipó de repente, un rayo de triunfo brilló en sus ojos, y cual si hubiese encontrado lo que buscaba, exclamó:
—¡Tengo razon, sí, tengo razon! el derecho me asiste, la justicia está de mi parte, porque mi causa es la de los desgraciados... ¡Gracias, joven, gracias! Usted viene á disipar mis dudas, á combatir mis vacilaciones...
Simoun se había levantado y su semblante estaba radiante: el ardor que le animaba cuando, cuatro meses antes, esplicaba á Basilio sus proyectos en el bosque de sus antepasados, reaparecía en su fisonomía como un rojo crepúsculo despues de un nublado día.
—Sí, continuó; el movimiento ha fracasado y me han desertado muchos porque me vieron abatido vacilar en el supremo instante: ¡conservaba algo en mi corazon, no era dueño de todos mis sentimientos y amaba todavía!... Ahora todo está muerto en mí, ¡y ya no hay cadáver sagrado cuyo sueño tenga que respetar! Ya no habrá vacilaciones; ¡usted mismo, joven ideal, paloma sin hiel, comprende la necesidad, se viene á mí y me excita á la accion! ¡Algo tarde abre usted sus ojos! Entre usted y yo hubiéramos combinado y ejecutado planes maravillosos: ¡yo arriba, en las altas esferas, esparciendo la muerte entre perfumes y oro, embruteciendo á los viciosos y corrompiendo ó paralizando á los pocos buenos, y usted abajo, en el pueblo, entre los jóvenes, evocando la vida entre sangre y lágrimas! Nuestra obra, en vez de ser sangrienta y bárbara, habría sido piadosa, perfecta, artística ¡y de seguro que el éxito habría coronado nuestros esfuerzos! Pero ninguna inteligencia me ha querido secundar; miedo ó afeminamiento he encontrado en las clases ilustradas, egoismo en las ricas, candidez en la juventud, ¡y solo en las montañas, en los destierros, en la clase miserable he encontrado á mis hombres! ¡Pero no importa! ¡si no podemos sacar una acabada estatua, pulida en todos sus detalles, del bloc grosero que desbastaremos se encargarán los que han de venir!
Y cogiendo del brazo á Basilio que le escuchaba sin comprenderle en todo, le condujo al laboratorio donde encerraba sus productos químicos.
Sobre una mesa se encontraba una gran caja de chagrin oscuro, parecida á las que contienen las vajillas de plata que se regalan entre sí los ricos y los soberanos. Simoun la abrió y descubrió, sobre fondo de raso rojo, una lámpara de forma muy original. El recipiente lo figuraba una granada, grande como la cabeza de un hombre, algo rajada, dejando ver los granos del interior, figurados por enormes cornalinas. La corteza era de oro oxidado é imitaba perfectamente hasta las rugosidades de la fruta.
Simoun la sacó con mucho cuidado, y retirando el mechero, descubrió el interior del depósito: el casco era de acero, grueso como dos centímetros y podía contener algo más de un litro. Basilio le interrogaba con la mirada: nada comprendía.
Sin entrar en explicaciones, Simoun sacó cuidadosamente de un armario un frasco y enseñó al joven la fórmula escrita encima.
—¡Nitro-glicerina! murmuró Basilio, retrocediendo y retirando instintivamente las manos. ¡Nitro-glicerina! ¡Dinamita!
Y creyendo comprender, se le erizaron los cabellos.
—¡Sí, nitro-glicerina! repitió lentamente Simoun con su sonrisa fría y contemplando con delicia el frasco de cristal; ¡es algo más que nitro-glicerina! ¡Son lágrimas concentradas, odios comprimidos, injusticias y agravios! Es la suprema razon del debil, fuerza contra fuerza, violencia contra violencia... Hace un momento vacilaba yo, ¡pero usted ha venido y me ha convencido! ¡Esta noche volarán pulverizados los tiranos más peligrosos, los tiranos irresponsables, los que se ocultan detrás de Dios y del Estado, y cuyos abusos permanecen impunes porque nadie los puede fiscalizar! ¡Esta noche oirá Filipinas el estallido, que convertirá en escombros el informe monumento cuya podredumbre he apresurado!
Basilio estaba atontado: sus labios se movían sin producir sonido, sentía que se le paralizaba la lengua, se le secaba el paladar. Por primera vez veía el poderoso líquido, de que tanto había oido hablar, como destilado en sombras por hombres sombríos, en guerra abierta contra la sociedad. Ahora lo tenía delante, trasparente y algo amarillento, vertiéndose con infinito cuidado en el seno de la artística granada. Simoun se le aparecía como el genio de las Mil y una noches que sale del seno del mar: adquiría proporciones gigantescas, tocaba el cielo con la cabeza, hacía estallar la casa y sacudía toda la ciudad con un movimiento de sus espaldas. La granada tomaba las proporciones de una colosal esfera, y la rajadura, una risa infernal, por donde se escapaban brasas y llamas. Por primera vez Basilio se dejaba llevar del espanto y perdía su sangre fría por completo.
Simoun, entretanto, atornillaba sólidamente un curioso y complicado aparato, ponía el tubo de cristal, la bomba, y coronaba el todo con una elegantísima pantalla. Despues se alejó á cierta distancia para contemplar el efecto, inclinando la cabeza ya á un lado ya á otro para mejor juzgar de su aspecto y magnificencia.
Y viendo que Basilio le miraba con ojos interrogadores á la vez que recelosos, repuso:
—Esta noche habrá una fiesta y esa lámpara se colocará en medio de un pequeño kiosko-comedor que he mandado hacer al efecto. La lámpara dará una luz brillante que bastará ella sola para iluminarlo todo, mas, al cabo de veinte minutos la luz se oscurecerá, y entonces, cuando quieran subir la mecha, detonará una cápsula de fulminato de mercurio, la granada estallará y con ella el comedor, en cuyo techo y en cuyo suelo he escondido sacos de pólvora para que nadie se pueda salvar...
Hubo un momento de silencio: Simoun contemplaba su aparato y Basilio apenas respiraba.
—De manera que mi concurso es inútil, observó el joven.
—No, usted tiene otra mision que cumplir, contestó Simoun pensativo; á las nueve la máquina habrá estallado y la detonacion se habrá oido en las comarcas próximas, en los montes, en las cavernas. El movimiento que yo había combinado con los artilleros ha fracasado por falta de direccion y simultaneidad. Esta vez no será así. Al oirse el estallido, los miserables, los oprimidos, los que vagan perseguidos por la fuerza saldrán armados y se reunirán con Cabesang Tales en Santa Mesa para caer sobre la ciudad; en cambio, los militares á quienes he hecho creer que el General simula un alzamiento para tener motivos de permanecer, saldrán de sus cuarteles dispuestos á disparar sobre cualesquiera que designare. El pueblo entretanto, alebrestado, y creyendo llegada la hora de su degüello, se levantará dispuesto á morir, y como no tiene armas ni está organizado, usted con algunos otros se pondrá á su cabeza y los dirigirá á los almacenes del chino Quiroga en donde guardo mis fusiles. Cabesang Tales y yo nos reuniremos en la ciudad y nos apoderaremos de ella, y usted en los arrabales ocupará los puentes, se hará fuerte, estará dispuesto á venir en nuestra ayuda y pasará á cuchillo no solo á la contrarevolucion, ¡sino á todos los varones que se nieguen á seguir con las armas!
—¿A todos? balbuceó Basilio con voz sorda.
—¡A todos! repitió con voz siniestra Simoun, á todos, indios, mestizos, chinos, españoles, á todos los que se encuentren sin valor, sin energía... ¡Es menester renovar la raza! ¡Padres cobardes solo engendrarán hijos esclavos y no vale la pena destruir para volver á edificar con podridos materiales! ¿Qué? ¿se estremece usted? ¿Tiembla, teme sembrar la muerte? ¿Qué es la muerte? ¿Qué significa una hecatombe de veinte mil desgraciados? ¡Veinte mil miserias menos, y millones de miserables salvados en su orígen! No vacila el más tímido gobernante en dictar una ley que ha de producir la miseria y la lenta agonía de miles y miles de súbditos, prósperos, trabajadores, felices tal vez, para satisfacer un capricho, una ocurrencia, el orgullo, ¿y usted se estremece porque en una noche han de terminar para siempre las torturas morales de muchos ilotas, porque un pueblo paralitico y viciado ha de morir para dar paso á otro nuevo, joven, activo, lleno de energía? ¿Qué es la muerte? ¡La nada ó un sueño! ¿Serán sus pesadillas comparables á la realidad de torturas de toda una miserable generacion? ¡Importa destruir lo malo, matar al dragon para bañar en su sangre al pueblo nuevo y hacerle robusto é invulnerable! ¿Qué otra cosa es la inexorable ley de la naturaleza, ley de lucha en que el débil tiene que sucumbir para que no se perpetúe la viciada especie y la creacion camine al retroceso? ¡Fuera, pues, femeniles preocupaciones! ¡Cúmplanse las leyes eternas, ayudémoslas y pues que la tierra es tanto más fecunda cuanto más se abona con sangre, y los tronos más seguros cuanto más cimentados en crímenes y cadáveres, no haya vacilacion, no haya duda! ¿Qué es el dolor de la muerte? La sensacion de un momento, acaso confuso, acaso agradable como el tránsito de la vigilia al sueño... ¿Qué se destruye? ¡Un mal, el sufrimiento, yerbas raquíticas para plantar en su lugar otras lozanas! ¿Llamará usted á eso destruir? Yo lo llamaría crear, producir, sustentar, vivificar...
Tan sangrientos sofismas, dichos con conviccion y frialdad, anonadaban al joven, cuya inteligencia debilitada por más de tres meses de carcel y cegada por la pasion de la venganza, no estaba en disposicion para analizar el fondo moral de las cosas. En vez de replicar que el hombre más malo ó pusilánime siempre es algo más que la planta, porque tiene un alma y una inteligencia que, por viciadas ó embrutecidas que pudiesen estar, se pueden redimir; en vez de contestar que el hombre no tiene derecho de disponer de la vida de nadie en provecho de nadie, y que el derecho á la vida reside en cada individuo como el derecho á la libertad y á la luz; en vez de replicar que si es abuso en los gobiernos castigar en el reo las faltas ó crímenes, en que ellos le han precipitado por incuria ó torpeza, cuanto más lo sería en un hombre, por grande y por desgraciado que fuere, castigar en el pobre pueblo las faltas de sus gobiernos y antepasados, en vez de decir que Dios solo puede tentar tales medios, que Dios puede destruir porque puede crear, ¡Dios que tiene en su mano la recompensa, la eternidad y el porvenir para justificar sus actos y el hombre nunca! en vez de estos raciocinios, Basilio solo opuso una vulgar observacion:
—¡Qué dirá el mundo, á la vista de tanta carnicería?
—¡El mundo aplaudirá como siempre, dando la razon al más fuerte, al más violento! contestó con su sonrisa cruel Simoun. Europa ha aplaudido cuando las naciones del occidente sacrificaron en América millones de indios y no por cierto para fundar naciones mucho más morales ni más pacíficas; allí está el Norte con su libertad egoista, su ley de Lynch, sus engaños políticos; ¡allí está el Sur con sus repúblicas intranquilas, sus revoluciones bárbaras, guerras civiles, pronunciamientos, como en su madre España! Europa ha aplaudido cuando la poderosa Portugal despojó á las islas Molucas, aplaude cuando Inglaterra destruye en el Pacífico las razas primitivas para implantar la de sus emigrados. Europa aplaudirá como se aplaude al fin de un drama, al fin de una tragedia: ¡el vulgo se fija poco en el fondo, solo mira el efecto! Hágase bien el crímen y será admirado y tendrá más partidarios que los actos virtuosos, llevados á cabo con modestia y timidez.
—Perfectamente, repuso el joven; ¿qué me importa al fin y al cabo que aplaudan ó censuren, cuando ese mundo no se cuida de los oprimidos, de los pobres y de las débiles mujeres? ¿Qué consideraciones he de guardar con la sociedad cuando ella no ha guardado ninguna conmigo?
—Así me gusta, dijo triunfante el tentador.
Y sacando de un cajon un revólver, se lo entregó diciendo:
—A las diez espéreme frente á la iglesia de S. Sebastian para recibir mis últimas instrucciones. ¡Ah! A las nueve debe usted encontrarse lejos, ¡muy lejos de la calle Anloague!
Basilio examinó el arma, la cargó y guardó en el bolsillo interior de su americana. Se despidió con un seco:—¡Hasta luego!
Una vez en la calle, Basilio pensó en qué podía ocuparse hasta que llegase la fatal hora; no eran más que las siete. Era la época de las vacaciones y todos los estudiantes estaban en sus pueblos. Isagani era el único que no quiso retirarse, pero había desaparecido desde aquella mañana y no se sabía su paradero. Esto le habían dicho á Basilio, cuando al salir de la carcel fué á visitar á su amigo para pedirle hospitalidad. Basilio no sabía á donde ir, no tenía dinero, no tenía nada fuera del revólver. El recuerdo de la lámpara ocupaba su imaginacion; dentro de dos horas tendría lugar la gran catástrofe y, al pensar en ello, le parecía que los hombres que desfilaban delante de sus ojos pasaban sin cabeza: tuvo un sentimiento de feroz alegría al decirse que, hambriento y todo, aquella noche iba él á ser temible, que de pobre estudiante y criado, acaso el sol le viera terrible y siniestro, de pié sobre pirámide de cadáveres, dictando leyes á todos aquellos que pasaban delante en sus magníficos coches. Rióse como un condenado, y palpó la culata del revólver: las cajas de cartuchos estaban en sus bolsillos.
Se le ocurrió una pregunta ¿dónde principiaría el drama? En su aturdimiento, no se le había ocurrido preguntarlo á Simoun, pero Simoun le había dicho que se alejase de la calle de Anloague.
Entonces tuvo una sospecha; aquella tarde, al salir de la cárcel se había dirigido á la antigua casa de Cpn. Tiago para buscar sus pocos efectos, y la había encontrado trasformada y preparada para una fiesta; ¡eran las bodas de Juanito Pelaez! Simoun hablaba de fiesta.
En esto vió pasar delante de sí una larga fila de coches, llenos de señores y señoras conversando con animacion; creyó distinguir dentro grandes ramilletes de flores, pero no paró atencion en ello. Los coches se dirigían hácia la calle del Rosario y, por encontrarse con los que bajaban del puente de España, tenían que detenerse á menudo é ir lentamente. En uno vió á Juanito Pelaez al lado de una mujer, vestida de blanco con un velo transparente: en ella reconoció á Paulita Gómez.
—¡La Paulita! exclamó sorprendido.
Y viendo que en efecto era ella, en traje de novia, con Juanito Pelaez, como si viniesen de la iglesia,
—¡Pobre Isagani! murmuró ¿qué se habrá hecho de él?
Pensó unos instantes en su amigo, alma grande, generosa, y mentalmente se preguntó si no sería bueno comunicarle el proyecto, pero mentalmente se contestó tambien que Isagani nunca querría tomar parte en semejante carnicería... A Isagani no le habían hecho lo que á él.
Despues pensó en que sin la prision, él sería novio ó marido en aquellas horas, licenciado en Medicina, viviendo y curando en un rincon de su provincia. La sombra de Julî, destrozada en su caida, cruzó por su imaginacion; llamas oscuras de odio encendieron sus pupilas, y de nuevo acarició la culata del revólver sintiendo no llegase ya la terrible hora. En esto vió que Simoun salió de la puerta de su casa con la caja de la lámpara, cuidadosamente envuelta, entró en un coche que siguió la fila de los que acompañaban á los novios. Basilio, para no perder de vista á Simoun, quiso fijarse en el cochero, y con asombro reconoció en él al desgraciado que le había conducido á San Diego, á Sinong el apaleado de la Guardia Civil, al mismo que le enteraba en la carcel de cuanto había sucedido en Tianì.
Conjeturando que la calle Anloague iba á ser el teatro, allá se dirigió el joven, apresurando el paso y adelantándose á los coches. En efecto, se dirigían todos á la antigua casa de Cpn. Tiago: ¡allí se reunían en busca de un baile para danzar por el aire! Basilio se rió al ver las parejas de la Guardia Veterana que hacían el servicio. Por su número se podía adivinar la importancia de la fiesta y de los invitados. La casa rebosaba de gente, derramaba torrentes de luz por sus ventanas; el zaguan estaba alfombrado y lleno de flores; allá arriba, acaso en su antiguo y solitario aposento, tocaba ahora la orquesta aires alegres, que no apagaban del todo el confuso tumulto de risas, interpelaciones y carcajadas.
D. Timoteo Pelaez llegaba al pináculo de la fortuna, y la realidad sobrejujaba sus ensueños. Casaba, al fin, á su hijo con la riquísima heredera de los Gomez, y gracias al dinero que Simoun le había prestado, había alhajado regiamente aquella gran casa, comprada en la mitad de su valor, daba en ella una espléndida fiesta, y las primeras divinidades de Olimpo manileño iban á ser sus huéspedes, para dorarle con la luz de su prestigio. Ocurríansele desde aquella mañana, con la persistencia de una cantata en boga, unas vagas frases que había leido en sus comuniones: «¡Ya es llegada la hora dichosa! ¡Ya se acerca el momento feliz! Pronto se cumplirán en tí las admirables palabras de Simoun: Vivo yo, mas no yo sino que el Capitan General vive en mí», etc. ¡El Capitan General, padrino de su hijo! No asistía en verdad al casamiento; don Custodio le representaba, pero vendría á cenar, y traería un regalo de boda, una lámpara que ni la de Aladin...—entre bastidores—Simoun daba la lámpara. Timoteo, ¿qué quieres más?
La trasformacion que había sufrido la casa de Cpn. Tiago era considerable; se había empapelado de nuevo ricamente; el humo y el olor del opio desaparecieron por completo. La inmensa sala, ensanchada aun por los colosales espejos que multiplicaban al infinito las luces de las arañas, estaba toda alfombrada: alfombra tenían los salones de Europa, y aunque el piso era brillantísimo y de anchas tablas, alfombra debía tener tambien el suyo pues ¡no faltaba más! La rica sillería de Cpn. Tiago había desaparecido, en su lugar se veía otra, estilo Luis XV; grandes cortinas de terciopelo rojo, bordadas de oro, con las iniciales de los novios y sujetas por guirnaldas de azahar artificiales, pendían de los portiers y barrían el suelo con sus anchos flecos, de oro igualmente. En los ángulos se veían enormes vasos de Japon, alternando con otros de Sèvres, de un azul oscuro purísimo, colocados sobre pedestales cuadrados de madera tallada. Lo único que no estaba bien eran los cromos chillones con que don Timoteo había sustituido los antiguos grabados y las litografías de santos de Cpn. Tiago. Simoun no le pudo disuadir; el comerciante no quería cuadros al óleo, no vaya alguno á atribuirlos á artistas filipinos... ¡él, sostener á artistas filipinos, nunca! en ello le iba la paz y acaso la vida, ¡y él sabía como hay que bogar en Filipinas! Verdad es que había oido hablar de pintores estrangeros como Rafael, Murillo, Velazquez, pero no sabía cómo dirigirse á ellos, y luego puede que salgan algo sediciosos... Con cromos no se arriesgaba nada, los filipinos no los hacían, le salían más baratos, el efecto parecía el mismo, si no mejor, ¡los colores más brillantes y muy fina la ejecucion! ¡Vaya si don Timoteo sabía como arreglarse en Filipinas!
La gran caida, adornada toda de flores, se había convertido en comedor: una gran mesa en medio para treinta personas, y al rededor, pegadas á las paredes, otras pequeñitas para dos y tres. Ramilletes de flores, pirámides de frutas entre cintas y luces, cubrían los centros. El cubierto del novio estaba señalado por un ramo de rosas, el de la novia por otro de azahar y azucenas. Ante tanto lujo y tanta flor se imagina uno que ninfas de ropaje ligero y amorcillos con alas irisadas iban á servir néctar y ambrosía á huéspedes aéreos, al son de liras y eolias arpas.
Sin embargo, la mesa para los grandes dioses no estaba allí, estaba servida allá en medio de la ancha azotea, en un elegantísimo kiosko, construido espresamente para el acto. Una celosía de madera dorada, por donde trepan olorosas enredaderas, ocultaba el interior á los ojos del vulgo sin impedir la libre circulacion del aire, para mantener la frescura necesaria en aquella estacion. Un elevado entarimado levantaba la mesa sobre el nivel de las otras en que iban á comer los simples mortales, y una bóveda, decorada por los mejores artistas, protegería los augustos cráneos de las miradas envidiosas de las estrellas.
Allí no había más que siete cubiertos; la vagilla era de plata maciza, mantel y servilletas de finísimo lino, vinos, los más caros y esquisitos. Don Timoteo buscó lo más raro y costoso y no habría vacilado ante un crímen si le hubiesen dicho que el Capitan General gustaba de comer carne humana.
«Danzar sobre un volcan.»
A la siete de la noche fueron llegando los convidados: primero, las divinidades menores, pequeños empleados, gefes de negociado, comerciantes, etc, con los saludos más ceremoniosos y los aires más graves, al principio, como si fueran recien aprendidos: tanta luz, tanta cortina y tanto cristal imponían algo. Despues se familiarizaban y se daban disimulados puñetazos, palmaditas en el vientre y algunos hasta se administraron familiares pescozones. Algunos, es verdad, adoptaban cierta actitud desdeñosa para hacer ver que estaban acostumbrados á cosas mejores, ¡vaya, si lo estaban! Diosa hubo que bostezó encontrando todo cursi y diciendo que tenía gazuza; otra que riñó con su dios, haciendo un gesto con el brazo para darle una manotada. Don Timoteo saludaba por aquí, por allá; enviaba una sonrisita, hacía un movimiento de cintura, un retroceso, media vuelta, vuelta entera, etc., tanto que otra diosa no pudo menos de decir á su vecina, al amparo del abanico:
—¡Chica, que filadelfio está el tío! ¡Mia que paese un fantoche!
Despues, llegaron los novios, acompañados de doña Victorina y toda la comitiva. Felicitaciones, apretones de manos, palmaditas protectoras al novio, miradas insistentes, lascivas, anatómicas para la novia, por parte de ellos; por parte de ellas, análisis del traje, del aderezo, cálculo del vigor, de la salud, etc.
—¡Psíquis y Cupido presentándose en el Olimpo! pensó Ben Zayb y se grabó la comparacion en la mente para soltarla en mejor ocasion.
El novio tenía en efecto la fisonomía truhanesca del dios del amor, y con un poco de buena voluntad se podía tomar por aljaba la joroba en su máximum, que la severidad del frac no llegaba á ocultar.
Don Timoteo empezaba á sentir dolores de cintura, los callos de sus piés se irritaban poco á poco, su cuello se cansaba y ¡faltaba aun el Cpn. General! Los grandes dioses, entre ellos el P. Irene y el P. Salví, habían llegado ya, es verdad, pero aun faltaba el trueno gordo. Estaba inquieto, nervioso; su corazon latía violentamente, tenía ganas de desahogar una necesidad, pero había primero que saludar, sonreir, y despues iba y no podía, se sentaba, se levantaba, no oía lo que le decían, no decía lo que se le ocurría. Y mientras tanto, un dios aficionado le hacía observaciones sobre sus cromos, se los criticaba asegurándole que manchaban las paredes.
—¡Manchaban las paredes! repetía don Timoteo sonriendo con ganas de arañarle; ¡pero si están hechos en Europa y son los más caros que me he podido procurar en Manila! ¡Manchaban las paredes!
Y don Timoteo se juraba cobrar al día siguiente todos los vales que del crítico tenía en su almacen.
Se oyeron pitadas, galopar de caballos, ¡al fin!
—¡El General!—¡El Capitan General!
Pálido de emocion, se levantó don Timoteo disimulando el dolor de sus callos, y acompañado de su hijo y de algunos dioses mayores, bajó á recibir al Magnum Jovem. Se le fué el dolor de cintura ante las dudas que en el momento le asaltaron: ¿debía modelar una sonrisa ó afectar gravedad? ¿debía alargar la mano ó esperar á que el General le ofrezca la suya? ¡Carambas! ¿cómo no se le había ocurrido nada del asunto para consultar con su gran amigo Simoun? Para ocultar su emocion preguntó en voz baja, muy quebrada á su hijo:
—¿Has preparado algun discurso?
—Ya no se estilan discursos, papá, ¡y con éste menos!
Llegó Júpiter en compañía de Juno, convertida en un castillo de fuegos artificiales: brillantes en el tocado, brillantes al cuello, en los brazos, en los hombros, ¡en todas partes! Lucía un magnífico traje de seda, con larga cola, bordada de flores de realce.
S. E. tomó realmente posesion de la casa, como se lo suplicó balbuceando don Timoteo. La orquesta tocó la marcha real, y la divina pareja subió majestuosamente la alfombrada escalera.
La gravedad de S. E. no era afectada; acaso por primera vez, desde que llegó á las Islas, se sentía triste; algo de melancolía velaba sus pensamientos. Aquel era el último triunfo de sus tres años de soberano, y dentro de dos días, para siempre iba descender de tan elevada altura. ¿Qué dejaba detrás de sí? S. E. no volvía la cabeza y prefería mirar hácia delante, ¡hácia el porvenir! Se llevaba una fortuna consigo, grandes cantidades depositadas en los Bancos de Europa le esperaban, tenía hoteles, pero había lastimado á muchos, tenía muchos enemigos en la Corte, ¡el alto empleado le esperaba allá! Otros generales se enriquecieron como él rápidamente, y ahora estaban arruinados. ¿Por qué no se quedaba más tiempo como se lo aconsejaba Simoun? No, la delicadeza ante todo. Los saludos, ademas, no eran ya profundos como antes; notaba miradas insistentes, y hasta displicencia; y él contestaba con afabilidad y hasta ensayaba sonrisas.
—¡Se conoce que el sol está en su ocaso! observó el P. Irene al oido de Ben Zayb; ¡muchos le miran ya frente á frente!
¡Carambas con el cura! precisamente iba él á decir eso.
—Chica, murmuró al oido de su vecina la que llamó fantoche á don Timoteo, ¿has visto qué falda?
—¡Uy! ¡las cortinas del Palacio!
—¡Calla! ¡y es verdad! Pues se llevan todo. ¡Verás como se hace un abrigo con las alfombras!
—¡Eso no prueba más sino que tiene ingenio y gusto! observó el marido, reprendiendo á su esposa con una mirada; ¡las mujeres deben ser económicas!
Todavía le dolía al pobre dios la cuenta de la modista.
—¡Hijo! dame cortinas de á doce pesos la vara y ¡verás si me pongo estos trapos! replicó picada la diosa; ¡Jesus! ¡hablarás cuando tengas tan espléndidos predecesores!
Entretanto Basilio, delante de la casa, confundido entre la turba de curiosos, contaba las personas que bajaban de los coches. Cuando vió tanta gente alegre, confiada; cuando vió al novio y á la novia, seguida de su cortejo de jovencitas inocentes y candorosas, y pensó que iban á encontrar allí una muerte horrible, tuvo lástima y sintió que se amortiguaba su odio.
Tuvo deseos de salvar á tantos inocentes, pensó escribir y dar parte á la justicia; pero un coche vino y bajaron el P. Salví y el P. Irene, ambos muy contentos, y como nube pasagera, se desvanecieron sus buenos propósitos.
—¡Qué me importa? se dijo ¡que paguen los justos con los pecadores!
Y luego añadió para tranquilizar sus escrúpulos:
—Yo no soy delator, yo no debo abusar de la confianza que en mí ha depositado. Yo le debo á él más que á todos ésos; él cavó la tumba de mi madre; ¡esos la mataron! ¿Qué tengo que ver con ellos? Hice todo lo posible para ser bueno, útil; he procurado olvidar y perdonar; ¡sufrí toda imposicion y solo pedía me dejasen en paz! Yo no estorbaba á nadie... ¿Qué han hecho de mí? ¡Que vuelen sus miembros destrozados por el aire! ¡Bastante hemos sufrido!
Despues vió bajar á Simoun llevando en brazos la terrible lámpara, le vió atravesar el zaguan lentamente, con la cabeza baja y como reflexionando. Basilio sintió que su corazon latía debilmente, que sus piés y manos se enfriaban y que la negra silueta del joyero adquiría contornos fantásticos, circundados de llamas. Allá se detenía Simoun al pié de la escalera y como dudando; Basilio no respiraba. La vacilacion duró poco: Simoun levantó la cabeza, subió resueltamente las escaleras y desapareció.
Parecióle entonces al estudiante que la casa iba á estallar de un momento á otro y que paredes, lámparas, convidados, tejado, ventanas, orquesta, volaban lanzados por los aires como un puñado de brasas en medio de una detonacion infernal; miró en torno suyo y creyó ver cadáveres en lugar de curiosos; los veía mutilados, le pareció que el aire se llenaba de llamas, pero la serenidad de su juicio triunfó de aquella alucinacion pasagera que el hambre favorecía y se dijo:
—Mientras no baje, no hay peligro. ¡Aun no ha llegado el Capitan General!
Y procuró aparecer sereno dominando el temblor convulsivo de sus piernas, y trató de distraerse pensando en otras cosas. Alguien se burlaba de él en su interior y le decía:
—Si tiemblas ahora, antes de los momentos supremos, ¿cómo te portarás cuando veas correr sangre, arder las casas y silbar las balas?
Llegó S. E., pero el joven no se fijó en él: observaba la cara de Simoun que era uno de los que habían bajado para recibirle, y leyó en la implacable fisonomía la sentencia de muerte de todos aquellos hombres, y entonces nuevo terror se apoderó de él. Tuvo frío, se apoyó contra el muro de la casa y, fijos los ojos en las ventanas y atentos los oidos, quiso adivinar lo que podía pasar. Vió en la sala la multitud rodeando á Simoun, y contemplando la lámpara; oyó varias felicitaciones, exclamaciones de admiracion; las palabras «comedor, estreno» se repitieron varias veces; vió al General sonreirse y conjeturó que se estrenaría aquella misma noche segun la prevision del joyero y, por cierto, en la mesa donde iba á cenar Su Excelencia. Simoun desapareció, seguido de una multitud de admiradores.
En aquel momento supremo su buen corazon triunfó, olvidó sus odios, olvidóse de Julî, quiso salvar á los inocentes y decidido, suceda lo que suceda, atravesó la calle y quiso entrar. Pero Basilio había olvidado que iba miserablemente vestido; el portero le detuvo, le interpeló groseramente, y al ver su insistencia, le amenazó con llamar á una pareja de la Veterana.
En aquel momento bajaba Simoun ligeramente pálido. El portero dejó á Basilio para saludar al joyero como si pasase un santo. Basilio comprendió en la espresion de la cara que dejaba para siempre la casa fatal y que la lámpara ya estaba encendida. Alea jacta est. Presa del instinto de conservacion, pensó entonces en salvarse. Podía ocurrírsele á cualquiera por curiosidad mover el aparato, sacar la mecha y entonces, estallaría y todo sería sepultado. Todavía oyó á Simoun que decía al cochero:
—¡Escolta, pica!
Azorado y temiendo oir de un momento á otro la terrible esplosion, Basilio se dió toda la prisa que podía para alejarse del maldito sitio: sus piernas le parecían que no tenían la agilidad necesaria, sus piés resbalaban contra la acera como si anduviesen y no se moviesen, la gente que encontraba le cerraba el camino y antes de dar veinte pasos creía que habían pasado lo menos cinco minutos. A cierta distancia tropezó con un joven que de pié, con la cabeza levantada, miraba fijamente hácia la casa. Basilio reconoció á Isagani.
—¿Qué haces aquí? preguntóle. ¡Ven!
Isagani le miró vagamente, se sonrió con tristeza y volvió á mirar hácia los balcones abiertos, al través de los cuales se veía la vaporosa silueta de la novia, cogida del brazo del novio, alejándose lánguidamente.
—¡Ven, Isagani! ¡Alejémonos de esa casa, ven! decía en voz ronca Basilio cogiéndole del brazo.
Isagani le apartaba dulcemente ¡y seguía mirando con la misma dolorosa sonrisa en los labios!
—¡Por Dios, alejémonos!
—¿Por qué alejarme? ¡Mañana ya no será ella!
Había tanto dolor en aquellas palabras que Basilio se olvidó por un segundo de su terror.
—¿Quieres morir? preguntó.
Isagani se encogió de hombros y siguió mirando.
Basilio trató de arrastrarle de nuevo.
—¡Isagani, Isagani, óyeme, no perdamos tiempo! Esa casa está minada, va á saltar de un momento á otro, por una imprudencia, una curiosidad... ¡Isagani, todo perecerá bajo sus ruinas!
—¿Bajo sus ruinas? repitió Isagani como tratando de comprender sin dejar de mirar á la ventana.
—¡Sí, bajo sus ruinas, sí, Isagani! ¡por Dios, ven! ¡te lo explicaré despues, ven! otro que ha sido más desgraciado que tú y que yo, los ha condenado... ¿Ves esa luz blanca, clara, como luz eléctrica, que parte de la azotea? ¡Es la luz de la muerte! Una lámpara cargada de dinamita, en un comedor minado... ¡estallará y ni una rata se escapará con vida, ven!
—¡No! contestó Isagani moviendo tristemente la cabeza; quiero quedarme aquí, quiero verla por última vez... ¡mañana ya será otra cosa!
—¡Cúmplase el destino! exclamó entonces Basilio alejándose á toda prisa.
Isagani vió que su amigo se alejaba con la precipitacion que denotaba un verdadero terror y siguió mirando hácia la fascinadora ventana, como el caballero de Toggenburg esperando que se asome la amada, de que nos habla Schiller. En aquel momento la sala estaba desierta; todos se habían ido á los comedores. A Isagani se le ocurrió que los terrores de Basilio podían ser fundados. Recordó su cara aterrada, él que en todo conservaba su sangre fría y empezó á reflexionar. Una idea apareció clara á su imaginacion: la casa iba á volar y Paulita estaba allí, Paulita iba á morir de una muerte espantosa...
Ante esta idea todo lo olvidó: celos, sufrimientos, torturas morales; el generoso joven solo se acordó de su amor. Sin pensar en sí, sin detenerse, dirigióse á la casa y gracias á su traje elegante y á su aire decidido, pudo franquear facilmente la puerta.
Mientras estas cortas escenas pasaban en la calle, en el comedor de los dioses mayores, circulaba de mano en mano un pedazo de pergamino donde se leían escritas en tinta roja estas fatídicas palabras:
Mane Thecel Phares.
Juan Crisóstomo Ibarra
—¿Juan Crisóstomo Ibarra? ¿quién es ése? preguntó S. E. pasando el papel al vecino.
—¡Vaya una broma de mal gusto! repuso don Custodio: ¡firmar el papel con el nombre de un filibusterillo, muerto hace más de diez años!
—¡¡Filibusterillo!!
—¡Es una broma sediciosa!
—Habiendo señoras...
El P. Irene buscaba al bromista y vió al P. Salví, que estaba sentado á la derecha de la condesa, ponerse pálido como su servilleta mientras con los ojos desencajados contemplaba las misteriosas palabras. ¡La escena de la esfinge se le presentó en la memoria!
—¿Qué hay, P. Salví? preguntó; ¿está usted reconociendo la firma de su amigo?
El P. Salví no contestó; hizo ademan de hablar y sin apercibirse de lo que hacía, se pasó por la frente la servilleta.
—¿Qué le pasa á V. R.?
—¡Es su misma escritura! contestó en voz baja, apenas inteligible; ¡es la misma escritura de Ibarra!
Y recostándose contra el respaldo de su silla, dejó caer los brazos como si le faltasen las fuerzas.
La inquietud convirtióse en terror; se miraron unos á otros sin decirse una sola palabra. S. E. quiso levantarse, pero temiendo lo atribuyeran á miedo, se dominó y miró en torno suyo. No había soldados: los criados que servían le eran desconocidos.
—Sigamos comiendo, señores, repuso, ¡y no demos importancia á una broma!
Pero su voz, en vez de tranquilizar, aumentó la inquietud; la voz temblaba.
—Supongo que ese Mane thecel phares, ¿no querrá decir que seremos asesinados esta noche? dijo don Custodio.
Todos se quedaron inmóviles.
—Pero pueden envenenarnos...
Soltaron los cubiertos.
La luz en tanto principió á oscurecerse poco á poco.
—La lámpara se apaga, observó el General inquieto; ¿quiere usted subir la mecha, P. Irene?
En aquel momento, con la rapidez del rayo, entró una figura derribando una silla y atropellando un criado y, en medio de la sorpresa general, se apoderó de la lámpara, corrió á la azotea y la arrojó al río. Todo pasó en un segundo: el comedor se quedó á oscuras.
La lámpara ya había caido en el agua cuando los criados pudieron gritar:—¡Ladron, ladron! precipitándose tambien á la azotea.
—¡Un revólver! gritó uno; ¡pronto un revólver!¡ Al ladron!
Pero la sombra, más ágil aun, ya había montado sobre la balaustrada de ladrillo y antes que pudiesen traer una luz se precipitaba al río, dejando oir un ruido quebrado al caer en el agua.
Inmediatamente que se enteró del acontecimiento cuando trajeron luces y vió las poco correctas posturas de los dioses sorprendidos, Ben Zayb, lleno de indignacion y ya con la aprobacion del fiscal de imprenta, fué corriendo á su casa—un entresuelo en donde vivía en república con otros—para escribir el artículo más sublime que jamás se haya leido bajo el cielo de Filipinas: el Capitan General se marcharía desconsolado si antes no se enteraba de sus ditirambos y esto, Ben Zayb que tenía buen corazon, no lo podía permitir. Hizo pues el sacrificio de la cena y del baile y no se durmió aquella noche.
¡Sonoras exclamaciones de espanto, de indignacion, fingir que el mundo se había venido abajo y las estrellas, las eternas estrellas, chocaban unas con otras! Despues una introduccion misteriosa, llena de alusiones, reticencias..., luego el relato del hecho y la peroracion final. Multiplicó los giros, agotó los eufemismos para describir la caida de espaldas y el tardío bautismo de salsa que recibió S. E. sobre la olímpica frente; elogió la agilidad con que recobró la posicion vertical, poniendo la cabeza donde antes estaban las piernas y viceversa; entonó un himno á la Providencia por haber velado solícita por tan sagrados huesos y el párrafo resultó tan delicado, que S. E. aparecía como un héroe y caía más alto, como dijo Victor Hugo. Estuvo escribiendo, borrando, añadiendo y limando para que, sin faltar á la verdad—este era su especial mérito de periodista—resultase todo épico, grande para los siete dioses, cobarde y bajo para el desconocido ladron, «que se había ajusticiado á sí mismo, espantado y convencido en el mismo instante de la enormidad de su crímen». Interpretó el acto del P. Irene de meterse debajo de la mesa, por «arranque de valor innato, que el hábito de un Dios de paz y mansedumbre, llevado toda la vida, no había podido amortiguar»; el P. Irene quería lanzarse sobre el criminal y tomando la línea recta pasó por el submesáneo. De paso habló de túneles submarinos, mencionó un proyecto de don Custodio, recordó la ilustracion y los largos viajes del sacerdote. El desmayo del P. Salví era el dolor excesivo que se apoderó del virtuoso franciscano, viendo el poco fruto que sacaban los indios de sus piadosos sermones; la inmovilidad y el espanto de los otros comensales, entre ellos el de la condesa que «sostuvo» (se agarró) al P. Salví, eran serenidad y sangre fría de héroes, avezados al peligro en medio del cumplimiento de sus deberes, al lado de quienes los senadores romanos, sorprendidos por los galos invasores, eran nerviosas muchachuelas que se asustan ante cucarachas pintadas. Despues y para formar contraste, la pintura del ladron: miedo, locura, azoramiento, torva mirada, facciones desencajadas y ¡fuerza de la superioridad moral de la raza! ¡su respeto religioso al ver allí congregados á tan augustos personajes! Y venía entonces de perilla una larga imprecacion, una arenga, una declamacion contra la perversion de las buenas costumbres, de ahí la necesidad de erigir un tribunal militar permanente, «la declaracion del estado de sitio dentro del estado de sitio ya declarado, una legislacion especial, represiva, enérgica, porque es de todo punto necesario, ¡es de imperiosa urgencia hacer ver á los malvados y criminales que si el corazon es generoso y paternal para los sumisos y obedientes á la ley, la mano es fuerte, firme, inexorable, severa y dura para los que contra toda razon faltan á ella é insultan las sagradas instituciones de la patria! Sí, señores, esto lo exige no solo el bien de estas islas, no solo el bien de la humanidad entera, sino tambien el nombre de España, la honra del nombre español, el prestigio del pueblo ibero, porque ante todas las cosas españoles somos y la bandera de España», etc., etc., etc.
Y terminaba el artículo con esta despedida:
«¡Vaya tranquilo el bravo guerrero, que con mano esperta rigió los destinos de este país en épocas tan calamitosas! ¡Vaya tranquilo á respirar las balsámicas brisas del Manzanares! ¡Nosotros aquí nos quedaremos como fieles centinelas para venerar su memoria, admirar sus sabias disposiciones, y vengar el infame atentado contra su espléndido regalo, que hemos de encontrar aun cuando tengamos que secar los mares! ¡Tan preciosa reliquia será para este pais eterno monumento de su esplendor, sangre fría y bravura!»
Así terminaba algo confuso el artículo y antes que amaneciese, lo envió á la redaccion ya con la previa autorizacion del censor. Y se durmió como Napoleon despues de haber dispuesto el plan de la batalla de Jena.
Le despertaron al amanecer con las cuartillas devueltas y una nota del director, diciendo que S. E. había prohibido severa y terminantemente se hablase del asunto y encargado se desmintiese cuantos comentarios y versiones corrieran, dándolos todos por cuentos, exageraciones y consejas.
Para Ben Zayb aquello era matarle á un hijo tan guapo y tan valiente, nacido y criado con tanto dolor y fatiga y ¿dónde encajar ahora la soberbia catilinaria, la exhibicion espléndida de aprestos bélico-justicieros? Y pensar que dentro de un mes ó dos iba él á dejar Filipinas, y el artículo no tendría salida en España, porque ¿cómo decir aquello contra los criminales de Madrid si allí imperan otras ideas, se buscan circunstancias atenuantes, se pesan los hechos, hay jurados, etc., etc.? Artículos como los suyos eran, como ciertos aguardientes envenenados que se fabrican en Europa, buenos para vendidos entre los negros, good for negroes, con la diferencia de que si los negros no los beben no se destruyen, mientras que los artículos de Ben Zayb, léanlos ó no los filipinos, producían sus efectos.
—¡Si al menos se cometiese otro crímen mañana ó pasado! decía.
Y ante el pensamiento de aquel hijo muerto antes de impreso, capullos helados, y sintiendo que sus ojos se humedecían, se vistió para ver al director. El director se encogió de hombros: S. E. lo había prohibido, ¡porque si se llegaba á divulgar que siete dioses mayores se dejaron robar y sorprender por un cualquiera mientras blandían tenedores y cuchillos, peligraba la integridad de la Patria! Y así encargaba no se buscase ni la lámpara ni al ladron y recomendaba á sus sucesores no se arriesgasen á comer en ninguna casa particular, sin estar rodeados de alabarderos y guardias. Y como los que aquella noche supieron algo de los acontecimientos en casa de don Timoteo eran en su mayor parte empleados y militares, no era difícil desmentir el hecho en público: se trataba de la integridad de la patria. Ante este nombre, Ben Zayb bajó la cabeza lleno de heroismo, pensando en Abraham, Guzman el Bueno ó, cuando menos, en Brutus y otros antiguos héroes de la historia.
Tanto sacrificio no podía quedar sin recompensa. El dios de los periodistas estaba satisfecho de Abraham-Ben Zayb.
Casi al mismo tiempo vino el angel gacetillero trayendo el cordero bajo la forma de un asalto, cometido en una quinta á orillas del Pasig, en donde ciertos frailes pasaban la época del calor. ¡Aquella era la ocasion y Abraham-Ben Zayb alabó á su dios!
—Los bandidos sacaron más de dos mil pesos, dejaron mal herido á un religioso y á dos criados... El cura se defendió como pudo detrás de una silla, que quedó rota en sus manos...
—¡Espere, espere! decía Ben Zayb tomando notas; cuarenta o cincuenta tulisanes traidoramente... revólvers, bolos, escopetas, pistolas... leon esgrimiendo, silla... astillas... herido bárbaramente... diez mil pesos...
Y entusiasmado y no contento con los detalles, se trasladó él mismo al sitio de la ocurrencia, componiendo en el camino la descripcion homérica del combate. ¿Una arenguita en boca del gefe? ¿Una frase de desprecio en boca del religioso? Todas las metáforas y comparaciones, aplicadas á S. E., al P. Irene y al P. Salví, vendrían de molde para el religioso herido, y la descripcion del ladron para cada uno de los malhechores. En la imprecacion podía estenderse más, podía hablar de religion, de la fé, de la caridad, del toque de las campanas, de lo que los indios deben á los frailes, enternecerse y diluirse en frases y lirismos castelarinos. Las señoritas de la capital le leerían y dirían:
—Ben Zayb, ¡bravo como un leon y tierno como un cordero!
Cuando llegó al sitio de la ocurrencia, con gran sorpresa suya encontró que el herido no era otro que el P. Camorra, castigado por su provincial á espiar en la quinta de placer, á orillas del Pasig, sus travesuras de Tianì. Tenía una pequeña herida en la mano, una contusion en la cabeza al caerse de espaldas; los ladrones eran tres é iban armados de bolos; la cantidad robada, cincuenta pesos.
—¡No puede ser! decía Ben Zayb; cállese usted... ¡no sabe lo que se dice!
—¡Que no lo he de saber, puñales!
—¡No sea usted tonto!... los ladrones debían ser más...
—¡Hombre! el chupa-tintas éste...
Tuvieron un buen altercado. Lo principal para Ben Zayb era no soltar el artículo, dar proporciones al hecho para que resulte la peroracion.
Cortó la discusion un susurro. Los ladrones cogidos habían hecho declaraciones importantes. Uno de los tulisanes de Matangláwin (Cabesang Tales) les había dado cita para reunirse con su banda en Santa Mesa, para saquear los conventos y las casas de los ricos... Les guiaría un español, alto, moreno, de cabellos blancos, que decía obraba por orden del General, de quien era muy amigo; se les había asegurado además que la artillería y varios regimientos se les reunirían, por lo que no debían tener miedo ninguno. Los tulisanes serían indultados, y la tercera parte del botin les correspondería. La señal debiendo ser un cañonazo, y habiéndolo esperado en vano, los tulisanes creyéndose burlados,unos se retiraron, otros volvieron á sus montañas prometiendo vengarse del español, que por segunda vez había faltado á su palabra. Ellos entonces, los ladrones cogidos, quisieron hacer algo por su cuenta y atacaron la quinta que hallaron más á mano, prometiendo dar religiosamente las dos terceras partes del botin al español de cabellos blancos si acaso las reclamaba.
Coincidiendo las señas con las de Simoun, la declaracion fué recibida como un absurdo y al ladron le aplicaron toda serie de torturas, la máquina eléctrica inclusive, por aquella impía blasfemia. Mas, la noticia de la desaparicion del joyero habiendo llamado la atencion de toda la Escolta, y habiéndose encontrado sacos de pólvora y grande cantidad de cartuchos en su casa, la declaracion tuvo visos de verdad y empezó el misterio á rodear poco á poco el asunto, envolviéndose en nebulosidades, se habló cuchicheando, tosiendo, con miradas recelosas, puntos suspensivos, y muchas frases huecas de ocasion. Los que fueron iniciados no acababan de salir de su asombro, sacaban caras largas, palidecían y poco faltó para que muchos perdieran la razon al descubrirse ciertas cosas que habían pasado desapercibidas.
—¡De buena nos hemos librado! ¿Quién iba á decir...?
A la tarde, Ben Zayb, con los bolsillos llenos de revólvers y cartuchos, fué á visitar á don Custodio, que encontró trabajando de firme en un proyecto contra alhajeros americanos. Murmuró al oido del periodista, en voz quedísima y entre las dos palmas de la mano, palabras misteriosas.
—¿De véras? preguntó Ben Zayb llevándose las manos á los bolsillos, mientras palidecía visiblemente.
—Y donde le encuentren...
Terminó la frase con una mímica espresiva. Levantó ambos brazos á la altura de la cara, el derecho más encogido que el izquierdo, vueltas las palmas de la mano hácia el suelo, cerró un ojo y haciendo dos movimientos de avance,
—¡Psst, psst! silbó.
—¿Y los brillantes? preguntó Ben Zayb.
—Si se le encuentran...
É hizo otra mímica con los dedos de la mano derecha, haciéndolos girar de delante atrás y de fuera adentro, en movimiento de abanico que se cierra, de algo que se recoge, de aspas que giran barriendo imaginarios objetos para sí, con hábil escamoteo. Ben Zayb respondió por otra mímica, abriendo mucho los ojos, arqueando las cejas y sorbiendo ávidamente el aire, como si el aire alimenticio ya se hubiese descubierto.