Los que han leido la primera parte de esta historia, se acordarán tal vez de un viejo leñador que vivía allá en el fondo de un bosque.
Tandang Selo vive todavía y aunque sus cabellos se han vuelto todos canos, conserva no obstante su buena salud. Ya no va á cazar ni á cortar árboles; como ha mejorado de fortuna solo se dedica á hacer escobas.
Su hijo Tales (abreviacion de Telesforo) primero había trabajado como aparcero en los terrenos de un capitalista, pero, más tarde, dueño ya de dos karabaos y de algunos centenares de pesos, quiso trabajar por su cuenta ayudado de su padre, su mujer y sus tres hijos.
Talaron pues y limpiaron unos espesos bosques que se encontraban en los confines del pueblo y que creían no pertenecían á nadie. Durante los trabajos de roturacion y saneamiento, toda la familia, uno tras otro, enfermó de calenturas, sucumbiendo de marasmo la madre y la hija mayor, la Lucía, en la flor de la edad. Aquello que era consecuencia natural del suelo removido, fecundo en organismos varios, lo atribuyeron á la venganza del espíritu del bosque, y se resignaron y prosiguieron sus trabajos creyéndole ya aplacado. Cuando iban á recoger los frutos de la primera cosecha, una corporacion religiosa que tenía terrenos en el pueblo vecino, reclamó la propiedad de aquellos campos, alegando que se encontraban dentro de sus linderos, y para probarlo trató de plantar en el mismo momento sus jalones. El administrador de los religiosos, sin embargo, le dejaba por humanidad el usufructo de los campos siempre que le pagase anualmente una pequeña cantidad, una bicoca veinte ó treinta pesos.
Tales, pacífico como el que más, enemigo de pleitos como muchos, y sumiso á los frailes como pocos, por no romper un palyok contra un kawalì como él decía, (para él los frailes eran vasijas de hierro, y él, de barro) tuvo la debilidad de ceder á semejante pretension, pensando en que no sabía el castellano y no tenía con que para pagar abogados. Por lo demás Tandang Selo le decía:
—¡Paciencia! más has de gastar en un año pleiteando que si pagas en diez lo que exigen los Padres blancos. ¡Hmh! Acaso te lo paguen ellos en misas. Haz como si esos treinta pesos los hubieses perdido en el juego, ó se hubiesen caido en el agua tragándolos el caiman.
La cosecha fué buena, se vendió bien, y Tales pensó en construirse una casa de tabla en el barrio de Sagpang del pueblo de Tianì, vecino de San Diego.
Pasó otro año, vino otra cosecha buena y por éste y aquel motivo, los frailes le subieron el cánon á cincuenta pesos que Tales pagó para no reñir y porque contaba vender bien su azúcar.
—¡Paciencia! Haz cuenta como si el caiman hubiese crecido, decía consolándole el viejo Selo.
Aquel año pudieron al fin realizar su ensueño: vivir en poblado, en su casa de tabla, en el barrio de Sagpang y el padre y el abuelo pensaron en dar alguna educacion á los dos hermanos, sobre todo á la niña, á Juliana ó Julî como la llamaban, que prometía ser agraciada y bonita. Un muchacho amigo de la casa, Basilio, estudiaba ya entonces en Manila y aquel joven era de tan humilde cuna como ellos.
Pero este sueño parecía destinado á no realizarse.
El primer cuidado que tuvo la sociedad al ver á la familia prosperar poco á poco, fué nombrar cabeza de barangay al miembro que en ella más trabajaba; Tanò, el hijo mayor solo contaba catorce años. Se llamó pues Cabesang Tales, tuvo que mandarse hacer chaqueta, comprarse un sombrero de fieltro y prepararse á hacer gastos. Para no reñir con el cura ni con el gobierno abonaba de su bolsillo las bajas del padron, pagaba por los idos y los muertos, perdía muchas horas en las cobranzas y en los viajes á la cabecera.
—¡Paciencia! Haz cuenta como si los parientes del caiman hubiesen acudido, decía Tandang Selo sonriendo plácidamente.
—¡El año que viene te vestirás de cola é irás á Manila para estudiar como las señoritas del pueblo! decía Cabesang Tales á su hija siempre que la oía hablar de los progresos de Basilio.
Pero el año que viene no venía y en su lugar había otro aumento de cánon; Cabesang Tales se ponía serio y se rascaba la cabeza. El puchero de barro cedía su arroz al caldero.
Cuando el cánon ascendió á doscientos pesos, Cabesang Tales no se contentó con rascarse la cabeza ni suspirar: protestó y murmuró. El fraile administrador díjole entonces que si no los podía pagar, otro se encargaría de beneficiar aquellos terrenos. Muchos que la codiciaban se ofrecían.
Cabesang Tales creyó que el fraile se chanceaba pero el fraile hablaba en serio y señalaba á uno de sus criados para tomar posesion del terreno. El pobre hombre palideció, sus oidos le zumbaron, una nube roja se interpuso delante de sus ojos ¡y en ella vió á su mujer y á su hija, pálidas, demacradas, agonizando, víctimas de fiebres intermitentes! Y luego veía el bosque espeso, convertido en campo, veía arroyos de sudor regando los surcos, se veía allí, á sí mismo, pobre Tales, arando en medio del sol, destrozándose los piés contra las piedras y raices, mientras aquel lego se paseaba en su coche y aquel que lo iba á heredar, seguía como un esclavo detrás de su señor. ¡Ah no! ¡mil veces no! que se hundan antes aquellos campos en las profundidades de la tierra y que se sepulten ellos todos. ¿Quién era aquel estrangero para tener derecho sobre sus tierras? ¿Había traido al venir de su país un puñado solo de aquel polvo? ¿se había doblado uno solo de sus dedos para arrancar una sola de las raices que los surcaban?
Exasperado ante las amenazas del fraile que pretendía hacer prevalecer su autoridad á toda costa delante de los otros inquilinos, Cabesang Tales se rebeló, se negó á pagar un solo cuarto y teniendo siempre delante la nube roja, dijo que solo cedería sus campos al que primero los regase con la sangre de sus venas.
El viejo Selo, al ver el rostro de su hijo, no se atrevió á mencionar su caiman pero intentó calmarle hablándole de vasijas de barro y recordándole que en los pleitos el que gana se queda sin camisa.
—¡En polvo nos hemos de convertir, padre, y sin camisa hemos nacido! contestó.
Y se negó resueltamente á pagar ni á ceder un palmo siquiera de sus tierras, si antes no probaban los frailes la legitimidad de sus pretensiones con la exhibicion de un documento cualquiera. Y como los frailes no lo tenían, hubo pleito, y Cabesang Tales lo aceptó creyendo que, si no todos, algunos al menos amaban la justicia y respetaban las leyes.
—Sirvo y he estado sirviendo muchos años al rey con mi dinero y mis fatigas, decía á los que le desalentaban; yo le pido ahora que me haga justicia y tiene que hacérmela.
Y arrastrado por una fatalidad y cual si jugase en el pleito todo su porvenir y el de sus hijos, fué gastando sus economias en pagar abogados, escribanos y procuradores, sin contar con los oficiales y escribientes que explotaban su ignorancia y su situacion. Iba y venía á la cabecera, pasaba días sin comer y y noches sin dormir, y su conversacion era toda escritos, presentaciones, apelaciones, etc. Vióse entonces una lucha como jamás se ha visto bajo el cielo de Filipinas: la de un pobre indio, ignorante y sin amigos, fiado en su derecho y en la bondad de su causa, combatiendo contra una poderosísima corporacion ante la cual la justicia doblaba el cuello, los jueces dejaban caer la balanza y rendían la espada. Combatía tenazmente como la hormiga que muerde sabiendo que va á ser aplastada, como la mosca que ve el espacio al través de un cristal. ¡Ah! la vasija de barro desafiando á los calderos y rompiéndose en mil pedazos tenía algo de imponente: tenía lo sublime de la desesperacion. Los días que le dejaban libres los viajes, los empleaba en recorrer sus campos armado de una escopeta, diciendo que los tulisanes merodeaban y necesitaba defenderse para no caer en sus manos y perder el pleito. Y como si tratase de afinar su puntería, tiraba sobre las aves y las frutas, tiraba sobre las mariposas con tanto tino que el lego administrador ya no se atrevió á ir á Sapgang sin acompañamiento de guardias civiles, y el paniaguado que divisó de lejos la imponente estatura de Cabesang Tales recorriendo sus campos como un centinela sobre las murallas, renunció lleno de miedo á arrebatarle su propiedad.
Pero los jueces de paz y los de la cabecera no se atrevían á darle la razon, temiendo la cesantía, escarmetados en la cabeza de uno que fué inmediatamente depuesto. Y no eran malos por cierto aquellos jueces, eran hombres concienzudos, morales, buenos ciudadanos, excelentes padres de familia, buenos hijos... y sabían considerar la situacion del pobre Tales mejor de lo que el mismo Tales podía. Muchos de ellos conocían los fundamentos científicos é históricos de la propiedad, sabían que los frailes por sus estatutos no podían tener propiedades, pero tambien sabían que venir de muy lejos, atravesar los mares con un destino ganado á duras penas, correr á desempeñarlo con la mejor intencion y perderlo porque á un indio se le antoje que la justicia se ha de hacer en la tierra como en el cielo, ¡vamos, que tambien es ocurrencia! Ellos tenían sus familias y con más necesidades seguramente que la familia de aquel indio: el uno tenía una madre que pensionar y ¿qué cosa hay más sagrada que alimentar á una madre? el otro tenía hermanas todas casaderas, el de más allá numerosos hijos pequeñitos que esperan el pan como pajaritos en el nido y se morirían de seguro el día en que su destino le faltase; y el que menos, el que menos tenía allá lejos, muy lejos, una mujer que si no recibe la pension mensual puede verse en apuros... Y todos aquellos jueces, hombres de conciencia los más y de la más sana moralidad creían hacer todo lo que podían aconsejando la transaccion, que Cabesang Tales pagase el cánon exigido. Pero Tales como todas las conciencias sencillas, una vez que veía lo justo, á ello iba derecho. Pedía pruebas, documentos, papeles, títulos, y los frailes no tenían ninguno y solo se fundaban en las complacencias pasadas.
Pero Cabesang Tales replicaba:
—Si yo todos los días doy limosna á un pobre por evitar que me moleste ¿quién me obligará á mí despues que le siga dando si abusa de mi bondad?
Y de allí nadie le podía sacar y no había amenazas capaces de intimidarle. En vano el Gobernador M—— hizo un viaje expresamente para hablarle y meterle miedo; él á todo respondía:
—Podeis hacer lo que querais, señor Gobernador, yo soy un ignorante y no tengo fuerzas. Pero he cultivado esos campos, mi mujer y mi hija han muerto ayudándome á limpiarlos y no los he de ceder sino á aquel que pueda hacer por ellos más de lo que he hecho yo. ¡Que los riegue primero con su sangre y que entierre en ellos á su esposa y á su hija!
Resultas de esta terquedad los honrados jueces daban la razon á los frailes y todos se le reían diciendo que con la razon no se ganan los pleitos. Pero apelaba, cargaba su escopeta y recorría pausadamente los linderos. En este intervalo su vida parecía un delirio. Su hijo Tanò, un mozo alto como su padre y bueno como su hermana, cayó quinto; él le dejó partir en vez de comprarle un sustituto.
—Tengo que pagar abogados, decía á su hija que lloraba; si gano el pleito ya sabré hacerle volver y si lo pierdo no tengo necesidad de hijos.
El hijo partió y nada más se supo sino que le raparon el pelo y que dormía debajo de una carreta. Seis meses despues se dijo que le habían visto embarcado para las Carolinas; otros creyeron haberle visto con el uniforme de la Guardia civil.
—¡Guardia civil Tanò! ¡Susmariosep! exclamaban unos y otros juntando las manos; ¡Tanò tan bueno y tan honrado! ¡Requimiternam!
El abuelo estuvo muchos días sin dirigir la palabra al padre, Julî cayó enferma, pero Cabesang Tales no derramó una sola lágrima; durante dos días no salió de casa como si temiese las miradas de reproche de todo el barrio; temía que le llamasen verdugo de su hijo. Al tercer día, sin embargo, volvió á salir con su escopeta.
Atribuyéronle propósitos asesinos y hubo bienintencionado que susurró haberle oido amenazar con enterrar al lego en los surcos de sus campos; el fraile entonces le cobró verdadero miedo. A consecuencia de esto, bajó un decreto del Capitan General prohibiendo á todos el uso de las armas de fuego y mandándolas recoger. Cabesang Tales tuvo que entregar su escopeta, pero armado de un largo bolo prosiguió sus rondas.
—¿Qué vas á hacer con ese bolo si los tulisanes tienen armas de fuego? le decía el viejo Selo.
—Necesito vigilar mis sembrados, respondía; cada caña de azucar que allí crece es un hueso de mi esposa.
Le recogieron el bolo por encontrarlo demasiado largo. El entonces cogió la vieja hacha de su padre y con ella al hombro proseguía sus tétricos paseos.
Cada vez que salía de casa, Tandang Selo y Julî temblaban por su vida. Esta se levantaba de su telar, se iba á la ventana, oraba, hacía promesas á los santos, rezaba novenas. El abuelo no sabía á veces cómo terminar el aro de una escoba y hablaba de volver al bosque. La vida en aquella casa se hacía imposible.
Al fin sucedió lo que temían. Como los terrenos estaban muy lejos de poblado, Cabesang Tales apesar de su hacha cayó en manos de los tulisanes, que tenían revolvers y fusiles. Los tulisanes le dijeron que, pues que tenía dinero para dar á los jueces y á los abogados, debe tenerlo tambien para los abandonados y perseguidos. Por lo cual le exigieron quinientos pesos de rescate por medio de un campesino asegurando que si algo le pasaba al mensajero, el prisionero lo pagaría con su vida. Daban dos días de tregua.
La noticia sumió á la pobre familia en el mayor terror y más aun cuando se supo que la Guardia civil iba á salir en persecucion de los bandidos. Si llegaba á haber un encuentro, el primer sacrificado sería el prisionero, eso lo sabían todos. El viejo se quedó sin movimiento y la hija, pálida y aterrada, intentó varias veces hablar y no pudo. Pero un pensamiento más terrible, una idea más cruel les sacó de su estupor. El campesino enviado de los tulisanes dijo que probablemente la banda tendría que alejarse, y si tardan mucho en entregarle el rescate, pasarían los dos días y Cabesang Tales sería degollado.
Esto volvió locos á aquellos dos séres, ambos débiles, ambos impotentes. Tandang Selo se levantaba, se sentaba, bajaba las escaleras, subía, no sabía á dónde ir, á dónde acudir. Julî acudía á sus imágenes, contaba y recontaba el dinero, y los doscientos pesos no se aumentaban, no querían multiplicarse; de pronto se vestía, reunía todas sus alhajas, pedía consejos al abuelo, iría á ver al gobernadorcillo, al juez, al escribiente, al teniente de la Guardia civil. El viejo á todo decía sí, y cuando ella decía no, no decía tambien. Al fin vinieron algunas vecinas entre parientes y amigas, unas más pobres que otras, á cual más sencillas y aspaventeras. La más lista de todas era Hermana Balî, una gran panguinguera que había estado en Manila para hacer ejercicios en el beaterio de la Compañía.
Julî vendería todas sus alhajas menos un relicario de brillantes y esmeraldas que le había regalado Basilio. Aquel relicario tenía su historia: lo había dado una monja, la hija de Capitan Tiago, á un lazarino; Basilio, habiéndole asistido á éste en su enfermedad, lo recibió como un regalo. Ella no podía venderlo sin avisárselo antes.
Se vendieron corriendo las peinetas, los aretes y el rosario de Julî á la vecina más rica, y se añadieron cincuenta pesos; faltaban aun doscientos cincuenta. Se empeñaría el relicario, pero Julî sacudió la cabeza. Una vecina propuso vender la casa y Tandang Selo aprobó la idea muy contento con volver al bosque á cortar otra vez leña como en los antiguos tiempos, pero Hma. Balî observó que aquello no podía ser por no estar el dueño presente.
—La mujer del juez me vendió una vez su tapis por un peso, y el marido dijo que aquella venta no servía porque no tenía su consentimiento. ¡Abá! me sacó el tapis y ella no me ha devuelto el peso hasta ahora, pero yo no la pago en el panguingui, cuando gana, ¡abá! Así le he podido cobrar doce cuartos, y por ella solamente voy á jugar. Yo no puedo sufrir que no me paguen una deuda, ¡abá!
Una vecina iba á preguntarle á Hma. Balî por qué entonces no le pagaba un piquillo, pero la lista panguinguera lo olió, y añadió inmediatamente:
—¿Sabes, Julî, lo que se puede hacer? pedir prestado doscientos cincuenta pesos sobre la casa, pagaderos cuando el pleito se gane.
Esta fué la mejor opinion y decidieron ponerla en práctica aquel mismo día. Hma. Balî se prestó á acompañarla y ambas recorrieron las casas de los ricos de Tianì, pero nadie aceptaba la condicion; el pleito decían estaba perdido y favorecer á un enemigo de frailes era esponerse á sus venganzas. Al fin una vieja devota se compadeció de su suerte prestó la cantidad á condicion de que Julî se quedase con ella á servir hasta tanto que no se pagase la deuda. Por lo demás Julî no tenía mucho que hacer; coser, rezar, acompañarla á misa, y ayunar de cuando en cuando por ella. La joven aceptó con lágrimas en los ojos, recibió el dinero prometiendo entrar al día siguiente, día de la Pascua, á su servicio.
Cuando el abuelo supo aquella especie de venta púsose á llorar como un chiquillo. ¿Cómo? aquella nieta suya que él no dejaba ir al sol para que su cutis no se quemase, Julî la de los dedos finos y talones de color de rosa, ¿cómo? aquella joven, la más hermosa del barrio y quizás del pueblo, delante de cuyas ventanas muchos vanamente han pasado la noche tocando y cantando, ¿cómo? su única nieta, su única hija, la única alegría de sus cansados ojos, aquella que él soñaba vestida de cola, hablando el español y dándose aire con un abanico pintado como las hijas de los ricos, ¿aquella entrar á servir de criada para que la riñan y la reprendan, para echar á perder sus dedos, para que duerma en cualquiera parte y se levante de cualquiera manera?
Y el abuelo lloraba, hablaba de ahorcarse y dejarse morir de hambre.
—Si tú te vas, decía, vuelvo al bosque y no pongo los piés en el pueblo.
Julî le calmaba diciendo que era menester que su padre volviese, que ganarían el pleito y pronto la podrían rescatar de la servidumbre.
La noche fué triste: ninguno de los dos pudo probar un bocado y el viejo se obstinó en no acostarse pasando toda la noche sentado en un rincon, silencioso, sin decir una palabra, sin moverse siquiera. Julî por su parte quiso dormir, pero por mucho tiempo no pudo pegar los ojos. Algo más tranquila ya sobre la suerte su padre, ella pensaba en sí misma y lloraba y lloraba ahogando sus sollozos para que el viejo no los oyese. Al día siguiente sería una criada, y era precisamente cuando Basilio tenía llegar de Manila á traerla regalitos... En adelante tenía que renunciar á aquel amor; Basilio que pronto será médico no debe casarse con una pobre... Y ella le veía en su imaginacion dirigirse á la iglesia en compañía de la más hermosa y rica muchacha del pueblo, bien vestidos, felices y sonriendo ambos, y mientras que ella, Julî, seguía detrás de su ama, llevando novenas, buyos y la escupidera. Y aquí la joven sentía un inmenso nudo en la garganta, una presion en el corazon y pedía á la Virgen la dejase antes morir.
—Pero, al menos, decía su conciencia, él sabrá que he preferido empeñarme á empeñar el relicario que él me ha regalado.
Este pensamiento la consolaba en algo y se hacía vanas ilusiones. ¿Quién sabe? puede suceder un milagro: encontrarse ella doscientos cincuenta pesos debajo de la imágen de la Virgen; había leido tantos milagros parecidos. El sol podía no salir y no venir el mañana y ganarse entretanto el pleito. Podía volver su padre, Basilio presentarse; ella encontraría un talego de oro en la huerta, los tulisanes le enviarían el talego, el cura, el P. Camorra que siempre la embromaba, podía venir con los tulisanes... sus ideas fueron cada vez más confusas y más desordenadas hasta que por fin rendida por la fatiga y el dolor se durmió soñando en su infancia en el fondo del bosque: ella se bañaba en el torrente en compañía de sus dos hermanos, había pececillos de todos colores que se dejaban coger como bobos y ella se impacientaba porque no encontraba gusto en coger unos pececillos tan tontos: Basilio estaba debajo del agua, pero Basilio sin saber ella el porqué, tenía la cara de su hermano Tanò. Su nueva ama les observaba desde la arilla.
Basilio llegó á San Diego en el momento en que la procesion de la Nochebuena recorría las calles. Se había retrasado en su camino perdiendo muchas horas porque el cochero que había olvidado su cédula, fué detenido por la Guardia Civil, sacudido con algunos culatazos y llevado despues al cuartel delante del comandante.
Ahora la carromata se detenía otra vez para dejar pasar la procesion, y el cochero apaleado se descubría reverentemente y rezaba un padrenuestro ante la primera imágen en andas que venía y que parecía ser un gran santo. Representaba un anciano de larguísima barba, sentado al borde de una fosa, debajo de un arbol lleno de toda clase de pájaros disecados. Un kalán con una olla, un almirez y un kalíkut para triturar el buyo eran sus únicos muebles como para indicar que el viejo vivía al borde mismo del sepulcro y allí cocinaba. Aquel era Matusalem en la iconografía religiosa de Filipinas: su colega y quizás contemporáneo se llama en Europa Noël y era más risueño y más alegre.
—En tiempo de los santos, pensaba el cochero, de seguro que no había Guardias civiles, porque con los culatazos no se puede vivir mucho.
Despues del gran anciano, venían los tres Reyes Magos en caballitos que se encabritaban, particularmente el del rey negro Melchor que parecía iba á atropellar á los de sus compañeros.
—No, no debía haber guardias civiles, concluía el cochero envidiando en su interior tan felices tiempos; porque si no ese negro que se permite tales juegos al lado de esos dos españoles (Gaspar y Baltasar) ya habría ido á la carcel.
Y como observase que el negro llevaba corona y era rey como los otros dos españoles, pensó naturalmente en el rey de los indios y suspiró.
—¿Sabeis, señor, preguntó respetuosamente á Basilio, si el pié derecho está suelto ya?
Basilio se hizo repetir la pregunta:
—¿Pié derecho de quién?
—¡Del rey! contestó el cochero en voz baja, con mucho misterio.
—¿Qué rey?
—Nuestro rey, el rey de los indios...
Basilio se sonrió y se encogió de hombros.
El cochero volvió á suspirar. Los indios de los campos conservan una leyenda de que su rey, aprisionado y encadenado en la cueva de San Mateo, vendrá un día á libertarles de la opresion. Cada cien años rompe una de sus cadenas, y y ya tiene las manos y el pié izquierdo libres; solo le queda el derecho. Este rey causa los terremotos y temblores cuando forcejea ó se agita, es tan fuerte que, para darle la mano, se le alarga un hueso, que á su contacto se pulveriza. Sin poderse explicar el por qué, los indios le llaman el rey Bernardo, acaso por confundirle con Bernardo del Carpio.
—Cuando se suelte del pié derecho, murmuró el cochero ahogando un suspiro, le daré mis caballos, me pondré á su servicio y me dejaré matar... El nos librará de los civiles.
Y con mirada melancólica seguía á los tres reyes que se alejaban.
Los muchachos venían despues en dos filas, tristes, serios como obligados por la fuerza. Alumbraban unos con huepes, otros con cirios y otros con faroles de papel en astas de caña, rezando á voz en grito el rosario como si riñesen con alguien. Despues venía S. José en modestas andas, con su fisonomía resignada y triste y su baston con flores de azucenas, en medio de dos guardias civiles como si le llevasen preso: ahora comprendía el cochero la espresion de la fisonomía del santo. Y sea porque la vista de los guardias le turbase ó no tuviera en gran respeto al santo que iba en semejante compañía, no rezó ni siquiera un requiem æternam. Detras de S. José venían las niñas alumbrando, cubiertas la cabeza con el pañuelo anudado debajo del menton, rezando igualmente el rosario aunque con menos ira que los muchachos. En medio se veían algunos arrastrando conejitos de papel de Japon, iluminados con una candelita roja, levantada la colita hecha de papel recortado. Los chicos acudían á la procesion con aquellos juguetes para alegrar el nacimiento del Mesías. Y los animalitos, gordos y redondos como un huevo, parecían tan contentos que á lo mejor daban un brinco, perdían el equilibrio, se caían y se quemaban; el dueño acudía á apagar tanto ardor, soplaba, soplaba, estinguía las llamas á fuerza de golpes y viéndolo destrozado se ponía á lo mejor á llorar. El cochero observaba con cierta tristeza que la raza de los animalitos de papel desaparecía cada año como si tambien les atacase la peste como á los animales vivos. El, Sinong el apaleado, se acordaba de sus dos magníficos caballos que para preservarlos del contagio había hecho bendecir segun los consejos del cura gastándose diez pesos:—ni el gobierno ni los curas habían encontrado mejor remedio contra la epizootia—y con todo se le murieron. Sin embargo se consolaba porque, desde las rociadas de agua bendita, los latines del Padre y las ceremonias, los caballos echaron unos humos, se dieron tal importancia que no se dejaban enganchar y él, como buen cristiano, no se atrevía á castigarlos por haberle dicho un Hermano tercero que estaban benditados.
Cerraba la procesion la Virgen, vestida de Divina Pastora con un sombrero de frondeuse de anchas alas y largas plumas, para indicar el viaje á Jerusalem. Y á fin de que se explicase el nacimiento, el cura había mandado que abultasen algo más el talle y le pusiesen trapos y algodon debajo de las faldas, de modo que nadie pudiera poner en duda el estado en que se encontraba. Era una bellísima imágen, triste igualmente de espresion como todas las imágenes que hacen los filipinos, con un aire algo avergonzado, de como la había puesto el P. Cura tal vez. Delante venían algunos cantores, detrás algunos músicos y los correspondientes guardias civiles. El cura, como era de esperar despues de lo que había hecho, no venía: aquel año estaba muy disgustado por haber tenido que servirse de toda su diplomacia y gramática parda á fin de convencer á los vecinos á que pagasen treinta pesos cada misa de aguinaldo en vez de los veinte que solía costar.
—Os estais volviendo filibusteros, había dicho.
Muy preocupado debía de estar el cochero con las cosas que había visto en la procesion porque cuando ésta acabó de pasar y Basilio le mandó prosiguiera su camino, no se apercibió de que el farol de la carromata se había apagado. Basilio por su parte tampoco lo notó, ocupado en mirar hácia las casas, iluminadas por dentro y por fuera con farolillos de papel de formas caprichosas y colores varios, por estrellas rodeadas de un aro con largas colas, que agitadas por el aire producían dulce murmullo, y peces de cola y cabeza movibles con su vaso de aceite por dentro, suspendidos de los aleros de las ventanas con un aire tan deliciosamente de fiesta alegre y familiar. Basilio observaba tambien que las iluminaciones decaían, que las estrellas se eclipsaban y aquel año tenían menos perendengues y colgajos que el anterior, y éste menos que el otro aun... Apenas había música en las calles, los alegres ruidos de la cocina no se dejaban oir en todas las casas y el joven lo atribuyó á que hacía tiempo todo iba mal, el azúcar no se vendía bien, la cosecha del arroz se había perdido, se había muerto más de la mitad de los animales y las contribuciones subían y aumentaban sin saberse cómo ni por qué, mientras que menudeaban los atropellos de la Guardia Civil que mataba las alegrías en los pueblos.
En esto precisamente estaba pensando cuando un ¡alto! energico resonó en el aire. Pasaban delante del cuartel y uno de los guardias había visto el farol apagado de la carromata y aquello no podía seguir así. Empezó á llover una granizada de insultos sobre el pobre cochero que en vano se escusaba con la duracion de las procesiones, y como iba á ser detenido por contravencion á bandos y puesto despues en los periódicos, el pacífico y prudente Basilio bajó de la carromata y continuó su camino cargando con su maleta.
Aquel era San Diego, su pueblo, donde no tenía un solo pariente...
La única casa que le pareció alegre era la de Capitan Basilio. Pollos y gallinas piaban cantos de muerte con acompañamiento de golpes secos y menuditos como de quien pica carne sobre un tajo, y del chirrido de la manteca que hierve en la sarten. En casa había festin y llegaba hasta la calle tal cual ráfaga de aire impregnada de vapores suculentos, tufillo de guisados y confituras.
En el entresuelo, Basilio vió á Sinang, tan bajita como cuando la conocieron nuestros lectores aunque algo más gruesa y más redonda desde que se ha casado. Y con gran sorpresa suya divisó allá en el fondo, charlando con Cpn. Basilio, el cura y el alférez de la Guardia civil, nada menos que al joyero Simoun siempre con sus anteojos azules y su aire desembarazado.
—Entendido, señor Simoun, decía Cpn. Basilio; iremos á Tianì á ver sus alhajas.
—Yo tambien iría, decía el alférez, porque necesito una cadena de reloj, pero tengo tantas ocupaciones... Si Capitan Basilio quisiera encargarse...
Capitan Basilio se encargaba con mucho gusto y como quería tener propicio al militar para que no le moleste en las personas de sus trabajadores, no quería aceptar la cantidad que el alférez se esforzaba en sacar de su bolsillo.
—¡Es mi regalo de Pascuas!
—¡No lo permito, Capitan, no lo permito!
—¡Bueno, bueno! ¡Ya arreglaremos cuentas despues! decía Capitan Basilio con un gesto elegante.
Tambien el cura quería un par de pendientes de señora y encargaba al Capitan se los comprase.
—Los quiero de mabuti. ¡Ya arreglaremos cuentas!
—No tenga usted cuidado, Padre Cura, decía el buen hombre que tambien quería estar en paz con la iglesia.
Un informe malo del cura podía causarle mucho perjuicio y hacerle gastar el doble: aquellos pendientes eran regalos forzados. Simoun entretanto ponderaba sus alhajas.
—¡Este hombre es atroz! pensó el estudiante; en todas partes hace negocios... Y si hemos de creer á alguno, compra de ciertos señores en la mitad de su precio las alhajas que él mismo ha vendido para que sean regalados... ¡Todos hacen negocio en este país menos nosotros!
Y se dirigió á su casa ó sea á la de Cpn. Tiago, habitada por un hombre de confianza. Este que le tenía mucho respeto desde el día en que le vió hacer operaciones quirúrgicas con la misma tranquilidad como si se tratase de gallinas, le esperaba para darle noticias. Dos de los trabajadores estaban presos, uno iba á ser deportado... se habían muerto varios karabaws.
—¡Lo de siempre, cosas viejas! replicaba mal humorado Basilio; ¡siempre me recibís con las mismas quejas!
El joven, sin ser tirano, como á menudo era reñido por Cpn. Tiago, le gustaba á su vez reñir á los que estaban bajo su direccion. El viejo buscó una noticia nueva.
—¡Se nos ha muerto un aparcero, el viejo que cuida del bosque y el cura no le ha querido enterrar como pobre, alegando que el amo es rico!
—¿Y de qué ha muerto?
—¡De vejez!
—¡Vaya, morirse de vejez! ¡Si al menos hubiese sido de alguna enfermedad!
Basilio en su afan de hacer autopsias quería enfermedades.
—¿No teneis nada nuevo que contarme? Me quitais las ganas de comer contándome las mismas cosas. ¿Sabeís algo de Sagpang?
El viejo contó entonces el secuestro de Cabesang Tales. Basilio se quedó pensativo y no dijo nada. Se le había ido por completo el apetito.
Cuando las campanas empezaban á repicar para la misa de la media noche y los que preferían un buen sueño á todas las fiestas y ceremonias se despertaban refunfuñando contra el ruido y la animacion, Basilio bajó cautelosamente de la casa, dió dos ó tres vueltas por algunas calles y, convencido de que nadie le seguía ni le observaba, tomó por senderos poco frecuentados el camino que conducía al antiguo bosque de los Ibarras, adquirido por Cpn. Tiago cuando, confiscados los bienes de estos, se vendieron.
Como aquel año la Navidad correspondía á luna menguante, reinaba allí oscuridad completa. El repique había cesado y solo los tañidos resonaban en medio del silencio de la noche, al través del murmullo de las ramas agitadas por la brisa y el acompasado clamor de las ondas del vecino lago, como poderosa respiracion de la naturaleza sumida en grandioso sueño.
Impresionado por el lugar y el momento caminaba cabizbajo el joven como si tratase de ver en la oscuridad. De cuando en cuando levantaba la cabeza para buscar las estrellas al través de los claros que dejaban entre sí las copas de los árboles, y proseguía su camino apartando los arbustos y rasgando las lianas que le entorpecían la marcha. A veces desandaba lo andado, su pié se enredaba en una mata, tropezaba contra una raiz saliente, un tronco caido. Al cabo de una media hora llegó á un pequeño arroyo en cuya opuesta orilla se levantaba una especie de colina, masa negra é informe que adquiría en la oscuridad proporciones de montaña. Basilio pasó el arroyo saltando sobre piedras que se destacaban negras sobre el fondo brillante del agua, subió la colina y se encaminó á un pequeño recinto encerrado por viejos y medio desmoronados muros. Dirigióse al arbol de balití que se levantaba en el centro, enorme, misterioso, venerable, formado de raices que subían y bajaban como otros tantos troncos entrelazados confusamente.
Detúvose ante un monton de piedras, se descubrió y pareció orar. Allí estaba sepultada su madre, y su primera visita cada vez que iba al pueblo era para aquella tumba ignorada, desconocida. Teniendo que visitar á la familia de Cabesang Tales al día siguiente, aprovechaba la noche para cumplir con aquel deber.
Sentóse sobre una piedra y pareció reflexionar. Se le presentaba su pasado como una larga cinta negra, rosada en su comienzo, sombría despues, con manchas de sangre, despues negra, negra, gris y clara, más clara cada vez. La estremidad no la podía ver, oculta por una nube que dejaba trasparentar luces y auroras...
Hacía trece años día por día, hora por hora casi que se había muerto allí su madre en medio de la mayor miseria, en una espléndida noche en que la luna brillaba y los cristianos en todo el mundo se entregaban al regocijo. Herido y cojeando había llegado allí siguiéndola; ella, loca y llena de terror, huía de su hijo como una sombra. Allí murió; vino un desconocido que le mandó formase una pira, él obedeció maquinalmente y cuando volvió, se encontró con otro desconocido junto al cadaver del primero. ¡Qué mañana y qué noche fueron aquellas! El desconocido le ayudó á levantar la pira donde quemaron el cadaver del hombre, cavó la fosa en que enterraron á su madre y despues de darle algunas monedas le mandó abandonase el lugar. Era la primera vez que veía á aquel hombre: alto, los ojos rojos, los labios pálidos, la nariz afilada...
Huérfano por completo, sin padres ni hermanos, abandonó el pueblo cuyas autoridades tanto miedo le infundían y se fué á Manila para servir en casa de algun rico y estudiar á la vez como hacen muchos. Su viaje fué una odisea de insomnios y sobresaltos en los que el hambre entraba por poca cosa. Alimentábase de frutas en los bosques donde se solía internar cuando de lejos descubría el uniforme de la Guardia Civil, uniforme que le recordaba el orígen de todas sus desdichas. Una vez en Manila, andrajoso y enfermo, fué de puerta en puerta ofreciendo sus servicios. ¡Un muchachito provinciano que no sabía una palabra de español y por encima enfermizo! ¡Desalentado, hambriento y triste recorría las calles llamando la atencion su miserable traje! ¡Cuántas veces no estuvo tentado de arrojarse á los piés de los caballos que pasaban como relámpagos, arrastrando coches relucientes de plata y barniz, para acabar de una vez con sus miserias! Por fortuna vió á Cpn. Tiago pasar acompañado de la tía Isabel; él los conocía desde San Diego y en su alegría creyó haber visto en ellos casi á unos compoblanos. Siguió al coche, lo perdió de vista, preguntó por su casa y como era precisamente el día en que María Clara acababa de entrar en el convento y Cpn. Tiago estaba muy abatido, fué admitido en calidad de criado, sin sueldo por supuesto, permitiéndole en cambio estudiar, cuando quisiera, en S. Juan de Letran.
Sucio, mal vestido y por todo calzado un par de zuecos, al cabo de algunos meses de estar en Manila, ingresó en el primer año de latin. Sus compañeros, al ver su traje, procuraban alejarse, y su catedrático, un guapo dominico, nunca le dirigió una pregunta y, cada vez que le veía, fruncía las cejas. Las únicas palabras que en los ocho meses de clase se cruzaron entre ambos, eran el nombre propio leido en la lista y el adsum diario con que el alumno contestaba. ¡Con qué amargura salía cada vez de la clase y, adivinando el móvil de la conducta que con el se seguía, qué lágrimas no se asomaban á sus ojos y cuántas quejas estallaban y morían dentro de su corazon! ¡Cómo había llorado y sollozado sobre la tumba de su madre contándole sus ocultos dolores, humillaciones y agravios, cuando al acercarse la Navidad, Cpn. Tiago le había llevado consigo á San Diego! Y sin embargo se aprendía de memoria la leccion sin dejar una coma, ¡aunque sin comprender mucho de ella! Mas al fin llegó á resignarse viendo que entre los trescientos ó cuatrocientos de su clase solo unos cuarenta merecían le honra de ser preguntados porque llamaron la atencion del catedrático ya sea por el tipo, por alguna truhanería, por simpatía ú otra causa cualquiera. Muchos por lo demás se felicitaban porque así se evitaban el trabajo de discurrir y comprender.
—Se va á los colegios, no para saber ni estudiar, sino para ganar el curso y si se puede saber el libro de memoria ¿qué más se les podía exigir? se ganaba el año.
Basilio pasó los exámenes respondiendo á la única pregunta que le dirigieron, como una máquina, sin pararse ni respirar, y gano con gran risa de los examinadores la nota de aprobado. Sus nueve compañeros—se examinaban de diez en diez para ser más pronto despachados,—no tuvieron la misma suerte y fueron condenados á repetir el año de embrutecimiento.
Al segundo, habiendo ganado una enorme suma el gallo que cuidaba, recibió buena propina de Cpn. Tiago y la invirtió inmediatamente en la compra de unos zapatos y de un sombrero de fieltro. Con esto y con las ropas que le daba su amo y que él arreglaba á su talla, su aspecto fué haciéndose más decente, más no pasó de allí. En una clase tan numerosa se necesita de mucho para llamar la atencion del profesor, y el alumno que desde el primer año no se haga notar por una cualidad saliente ó no se capte las simpatías de los profesores, dificilmente se hará conocer en el resto de sus días de estudiante. Sin embargo continuó, pues la constancia era su principal caracter.
Su suerte pareció cambiarse un poco cuando pasó al tercer año. Tocóle por profesor un dominico muy campechano, amigo de bromas y de hacer reir á los alumnos, bastante comodon porque casi siempre hacía explicar la leccion á sus favoritos: verdad es tambien que se contentaba con cualquier cosa. Basilio por esta época ya gastaba botinas y camisas casi siempre limpias y bien planchadas. Como su profesor le observase que se reía poco de los chistes y viese en sus ojos, tristes y grandes, algo como una eterna pregunta, teníale por imbécil y un día quiso ponerle en evidencia preguntándole la leccion. Basilio la recitó de cabo á rabo, sin tropezar en una f; motejóle el profesor de papagayo, contó un cuento que hizo reir de buena gana á toda la clase, y para aumentar más la hilaridad y justificar legitimidad del apodo, hizóle algunas preguntas guiñando á sus favoritos como diciéndoles:
—«Vais á ver como nos vamos á divertir.»
Basilio entonces ya sabía el castellano, y supo contestar con el intento manifiesto de no hacer reir á nadie. Aquello disgustó á todos, el disparate que se esperaba no vino, nadie pudo reir y el buen fraile jamás le perdonó el haber defraudado las esperanzas de toda la clase y desmentido sus profecías. Pero ¿quién se iba á esperar que algo discreto pudiese salir de una cabeza tan mal peinada en que terminaba un indio tan mal calzado, clasificado hace poco entre las aves trepadoras? Y así como en otros centros de enseñanza donde hay verdaderos deseos de que los muchachos aprendan, tales descubrimientos suelen alegrar á los profesores, así tambien en un colegio dirigido por hombres convencidos en su mayor parte de que el saber es un mal, al menos para los alumnos, el caso de Basilio tuvo mal efecto y nunca más se le preguntó en todo el resto del año. ¿Para qué si no hacía reir á nadie?
Bastante desanimado y con ganas de dejar los estudios pasó al cuarto año de latin. ¿Para qué aprender, por qué no dormir como los otros y confiarlo todo al azar?
Uno de los dos profesores era muy popular, querido de todos; pasaba por sabio, gran poeta y tener ideas muy avanzadas. Un día que acompañaba á los colegiales á paseo, tuvo un pique con algunos cadetes, del que resultó primero una escaramuza y despues un reto. El profesor que se acordaría tal vez de su brillante juventud, levantó una cruzada y prometió buenas notas á todos los que en el paseo del domingo siguiente tomasen parte en la batalla. Animada fué la semana: hubo encuentros parciales en que se cruzaron el baston y el sable y en uno de ellos se distinguió Basilio.
Llevado en triunfo por los estudiantes y presentado al profesor, fué desde entonces conocido, llegando á ser su favorito. Parte por esto y parte por su aplicacion, aquel año se llevó sobresalientes con medallas inclusive. En vista de esto, Cpn. Tiago que, desde que su hija se hizo monja, manifestaba cierta aversion á los frailes, en un momento de buen humor indújole á que se trasladase al Ateneo Municipal cuya fama estaba entonces en todo su auge.
Un mundo nuevo se abrió á sus ojos, un sistema de enseñanza que él no se sospechaba en aquel colegio. Aparte de nimiedades y ciertas cosas pueriles, le llenaba de admiracion el método allí seguido y de gratitud el afan de los profesores. Sus ojos se llenaban á veces de lágrimas pensando en los cuatro años anteriores en que por falta de medios no había podido estudiar en aquel centro. Tuvo que hacer esfuerzos inauditos para ponerse al nivel de los que habían principiado bien y pudo decirse que en aquel solo año aprendió los cinco de la segunda enseñanza. Hizo el bachillerato con gran contento de sus profesores que en los exámenes se mostraron orgullosos de él ante los jueces dominicos, allí enviados para inspeccionarles. Uno de estos, como para apagar un poco tanto entusiasmo, preguntó al examinando dónde había cursado los primeros años de latin.
—En San Juan de Letran, Padre, contestó Basilio.
—¡Ya! en latin no está mal, observó entonces medio sonriendo el dominico.
Por aficion y por caracter escogió la Medicina; Cpn. Tiago prefería el Derecho para tener un abogado de balde, pero no basta saber y conocer á fondo las leyes para tener clientela en Filipinas; es menester ganar los pleitos y para esto se necesitan amistades, influencia en ciertas esferas, mucha gramática parda. Cpn. Tiago se plegó al fin acordándose de que los estudiantes de Medicina andaban con los cadáveres á vueltas; hacía tiempo que buscaba un veneno en que templar la navaja de sus gallos y el mejor que sabía era la sangre de un chino, muerto de enfermedad sifilítica.
Con igual aprovechamiento, mayor si cabe, cursó el joven los años de la facultad y ya desde el tercero empezó á curar con mucha suerte, cosa que no solo le preparaba un brillante porvenir sino que tambien le producía bastante para vestirse hasta con cierta elegancia y hacer algunas economías.
Este año era el último de su carrera y dentro de dos meses será médico, se retirará á su pueblo, se casará con Juliana para vivir felices. El éxito de su licenciatura no solo era seguro, sino que lo esperaba brillante como la corona de su vida escolar. Estaba designado para el discurso de accion de gracias en el acto de la investidura, y ya se veía en medio del Paraninfo delante de todo el claustro, objeto de las miradas y atencion del público. Todas aquellas cabezas, eminencias de la ciencia manilense, medio hundidas en sus mucetas de colores, todas las mujeres que allí acudían por curiosidad y que años antes le miraban, si no con desden, con indiferencia, todos aquellos señores cuyos coches, cuando muchacho le iban á atropellar en medio del barro como si se tratase de un perro, entonces le escucharían atentos, y él les iba á decir algo que no era trivial, algo que no ha resonado nunca en aquel recinto, se iba á olvidar de sí para acordarse de los pobres estudiantes del porvenir, y haría la entrada en la sociedad con aquel discurso...