XI

Los Baños

Su Excelencia el Capitan General y Gobernador de las Islas Filipinas había estado cazando en Bosoboso. Pero como tenía que ir acompañado de una banda de música—porque tan elevado personaje no iba á ser menos que los imágenes de palo que llevan en procesion,—y como la aficion al divino arte de Sta. Cecilia aun no se ha popularizado entre los ciervos y jabalíes de Bosoboso, S. E. con la banda de música y su cortejo de frailes, militares y empleados no pudo pillar ni un solo raton, ni una sola ave.

Las primeras autoridades de la provincia previeron futuras cesantías ó cambios de destino; los pobres gobernadorcillos y cabezas de barangay se inquietaron y no pudieron dormir, temiendo no vaya á antojársele al divino cazador sustituir con sus personas la falta de sumision de los cuadrúpedos del bosque, como ya lo había hecho años antes un alcalde viajando en hombros de polistas porque no había caballos tan mansos para responder de su persona. No faltó un mal intencionado susurro de que S. E. estaba decidido á hacer algo, porque en aquello veía los primeros síntomas de una rebelion que convenía sofocar en su cuna, que una caza sin resultados desprestigia el nombre español, etc., y ya se echaba el ojo á un infeliz para vestirle de venado, cuando S. E. en un acto de clemencia que Ben Zayb no sabía con qué frases encomiar, disipó todas las inquietudes, declarando que le daba pena sacrificar á su placer los animales del bosque.

A decir verdad, S. E. estaba contento y satisfecho inter se, pues ¿qué habría sucedido si hubiese fallado una pieza, un ciervo de esos que no estan al tanto de las conveniencias políticas? ¿á dónde iba á parar el prestigio soberano? ¿Cómo? ¿Todo un Capitan General de Filipinas errando una pieza, como un cazador novel? ¿Qué dirían los indios entre los cuales hay regulares cazadores? Peligraría la integridad de la patria...

Así es como S. E., con una risa de conejo y echándoselas de cazador descontento, ordenó la inmediata vuelta á Los Baños, no sin hablar durante el viaje de sus hazañas cinegéticas en tal ó cual soto de la Península como quien no quiere la cosa, adoptando un tono algo despreciativo, muy conveniente al caso, para las cacerías de Filipinas, ¡psé! Los baños en el Dampalit (Daang pa liit), las estufas á orillas del lago, y los tresillos en el palacio con tal ó cual escursion á la vecina cascada ó á la laguna de los caimanes ofrecían más atractivos y menos riesgos para la integridad de la patria.

Allá por los últimos días de Diciembre encontrábase S. E. en la sala jugando al tresillo, en tanto esperaba la hora del almuerzo. Venía de tomar el baño con el consabido vaso de agua y carne tierna de coco y estaba en la mejor disposicion posible para conceder gracias y favores. Aumentaba su buen humor la circunstancia de dar muchos codillos, pues el P. Irene y el P. Sibyla que con él jugaban, desplegaban cada uno toda su inteligencia para hacerse perder disimuladamente, con gran irritacion del P. Camorra que por haber llegado, tan solo aquella mañana no estaba al tanto de lo que se intrigaba. El fraile-artillero como jugaba de buena fé y ponía atencion, se ponía colorado y se mordía los labios cada vez que el P. Sibyla se distraía ó calculaba mal, pero no se atrevía á decir palabra por el respeto que el dominico le inspiraba; en cambio se desquitaba contra el P. Irene á quien tenía por bajo y zalamero y despreciaba en medio de su rudeza. El P. Sibyla ni le miraba siquiera; le dejaba bufar; el P. Irene, más humilde, procuraba escusarse acariciando la punta de su larga nariz. S. E. se divertía y se aprovechaba, á fuer de buen táctico como se lo insinuaba el canónigo, de las equivocaciones de sus contrarios. Ignoraba el P. Camorra que sobre la mesita se jugaba el desenvolvimiento intelectual de los filipinos, la enseñanza del castellano, y á haberlo sabido, acaso con alegría hubiera tomado parte en el juego.

Al traves del balcon abierto en todo su largo, entraba la brisa, fresca y pura, y se descubría el lago cuyas aguas murmuraban dulcemente al pié del edificio como rindiendo homenaje. A la derecha, á lo lejos, se veía la isla de Talim, de de un puro azul; en medio del lago y en frente casi, una islita verde, la isla de Kalamba, desierta, en forma de medialuna, á la izquierda, la hermosa costa bordada de cañaverales, un montecillo que domina el lago, despues vastas sementeras despues techos rojos por entre el verde oscuro de los árboles, el pueblo de Kalamba, despues la costa se pierde á lo lejos, y en el fondo, el cielo cierra el horizonte descendiendo sobre las aguas dando al lago apariencias de mar y justificando la denominacion que los indios le dan de dagat na tabang.

Hácia un estremo de la sala, sentado y delante de una mesita donde se veían algunos papeles estaba el secretario. Su Excelencia era muy trabajador y no le gustaba perder tiempo así es que despachaba con él mientras servía de alcalde en el tresillo y en los momentos en que se daban las cartas.

En el entretanto el pobre secretario bostezaba y se desesperaba. Aquella mañana trabajaba como todos los días en cambios de destino, suspension de empleos, deportaciones, concesion de gracias, etc. y no se tocaba todavía la gran cuestion que tanta curiosidad despertaba, la peticion de los estudiantes solicitando permiso para la creacion de una Academia de castellano.

Paseándose de un estremo á otro y conversando animadamente aunque en voz baja se veía á don Custodio, á un alto empleado, y á un fraile que llevaba la cabeza baja con aire de pensativo ó disgustado; llamábase el P. Fernandez. De una habitacion contigua salían ruidos de bolas chocando unas con otras, risas, carcajadas, entre ellas la voz de Simoun seca é incisiva: el joyero jugaba al billar con Ben Zayb.

De repente el P. Camorra se levantó.

—¡Que juegue Cristo, puñales! exclamó arrojando las dos cartas que le quedaban, á la cabeza del P. Irene; ¡puñales! ¡la puesta estaba segura cuando no el codillo, y lo perdemos por endose! ¡Puñales, que juegue Cristo!

Y furioso, explicaba á todos los que estaban en la sala el caso dirigiéndose especialmente á los tres paseantes como tomándoles por jueces. Jugaba el General, él hacía la contra, el P. Irene ya tenía su baza; arrastra él con el espadas y ¡puñales! el camote del P. Irene no rinde, no rinde la mala. ¡Que juegue Cristo! El hijo de su madre no se había ido allí á romperse la cabeza inútilmente y á perder su dinero.

—Si creerá el nene, añadía muy colorado, que los gano de bóbilis bóbilis. ¡Tras de que mis indios ya empiezan á regatear!...

Y gruñendo y sin hacer caso de las disculpas del P. Irene que trataba de esplicarse frotándose la trompa para ocultar su fina sonrisa, se fué al cuarto de billar.

—P. Fernandez, ¿quiere usted sentarse? preguntó el P. Sibyla.

—¡Soy muy mal tresillista! contesta el fraile haciendo una mueca.

—Entonces que venga Simoun, dijo el General; ¡eh, Simoun, eh, mister! ¿Quiere usted echar una partida?

—¿Qué se dispone acerca de las armas de salon? preguntó el secretario aprovechando la pausa.

Simoun asomó la cabeza.

—¿Quiere usted ocupar el puesto del P. Camorra, señor Simbad? preguntó el P. Irene; usted pondrá brillantes en lugar de fichas.

—No tengo ningun inconveniente, contestó Simoun acercándose y sacudiendo la tiza que manchaba sus manos; y ustedes, ¿qué ponen?

—¿Qué vamos á poner? contestó el P. Sibyla. El General pondrá lo que guste, pero nosotros, religiosos, sacerdotes...

—¡Bah! interrumpió Simoun con ironía; usted y el P. Irene pagarán con actos de caridad, oraciones, virtudes, ¿eh?

—Sabe usted que las virtudes que uno pueda tener, arguyó gravemente el P. Sibyla, no son como los brillantes que pueden pasar de mano en mano, venderse y revenderse... residen en el ser, son accidentes inherentes en el sujeto...

—Me contento entonces con que ustedes me paguen de boquilla, replicó alegremente Simoun; usted, P. Sibyla, en vez de darme cinco tantos me dirá, por ejemplo: renuncio por cinco días á la pobreza, á la humildad, á la obediencia... usted; P. Irene: renuncio á la castidad, á la largueza, etc. ¡Ya ven que es poca cosa y yo doy mis brillantes!

—¡Qué hombre más singular es este Simoun, qué ocurrencias tiene! dijo el P. Irene riendo.

—Y éste continuo Simoun tocando familiarmente en el hombro á Su Excelencia, éste me pagará cinco tantos, un vale por cinco días de carcel; un solo, cinco meses; un codillo, orden de deportacion en blanco; una bola... digamos una ejecucion espedita por la Guardia Civil mientras se le conduce á mi hombre de un pueblo á otro, etc.

El envite era raro. Los tres paseantes se acercaron.

—Pero, señor Simoun, preguntó el alto empleado, ¿qué saca usted con ganar virtudes de boquilla, y vidas y destierros y ejecuciones espeditas?

—¡Pues mucho! Estoy cansado de oir hablar de virtudes y quisiera tenerlas todas, todas las que hay en el mundo encerradas en un saco para arrojarlas al mar, aun cuando tuviera que servirme de todos mis brillantes como de lastre...

—¡Vaya un capricho! exclamó el P. Irene riendo; ¿y de los destierros y ejecuciones espeditas?

—Pues, para limpiar el pais y destruir toda semilla mala...

—¡Vamos! todavía está usted furioso con los tulisanes y cuidado que bien podían haberle exigido un rescate mayor ó quedarse con todas sus alhajas. ¡Hombre, no sea usted ingrato!

Simoun contaba que había sido atajado por una banda de tulisanes quienes, despues de agasajarle por un día le dejaron seguir el viaje sin exigirle más rescate que sus dos magníficos revólvers Smith y las dos cajas de cartuchos que consigo llevaba. Añadía que los tulisanes le habían encargado muchas memorias para su Excelencia, el Capitan General.

Y por esto y como contase Simoun que los tulisanes estaban muy bien provistos de escopetas, fusiles y revólvers, y que contra semejantes individuos un hombre solo por bien armado que estuviese no se podía defender, S. E. para evitar en lo futuro que los tulisanes adquieran armas, iba á dictar un nuevo decreto concerniente á las pistolas de salon.

—¡Al contrario, al contrario! protestaba Simoun; si para mí los tulisanes son los hombres más honrados del país; son los únicos que ganan su arroz debidamente... Creen ustedes que si hubiera caido en manos... ¡vamos! de usted por ejemplo, ¿me habría dejado escapar sin quitarme la mitad de mis alhajas, cuando menos?

Don Custodio iba á protestar: aquel Simoun era verdaderamente un grosero mulato americano que abusaba de su amistad con el Capitan General para insultar al P. Irene. Verdad es tambien que el P. Irene tampoco le habría soltado por tan poca cosa.

—Si el mal no está, prosiguió Simoun, en que haya tulisanes en los montes y en el despoblado; el mal está en los tulisanes de los pueblos y de las ciudades...

—Como usted, añadió riendo el canónigo.

—Sí, como yo, como nosotros, seamos francos, aquí no nos oye ningun indio, continuó el joyero; el mal está en que todos no seamos tulisanes declarados; cuando tal suceda y vayamos á habitar en los bosques, ese día se ha salvado el país, ese día nace una nueva sociedad que se arreglará ella sola... y S. E. podrá entonces jugar tranquilamente al tresillo sin necesidad de que le distraiga el secretario...

El secretario bostezaba en aquel momento estendiendo ambos brazos por encima de la cabeza y estirando en lo posible las piernas cruzadas por debajo de la mesita.

Al verle todos se rieron. Su Excelencia quiso cortar el giro de la conversacion y soltando las cartas que había estado peinando dijo entre serio y risueño:

—¡Vaya, vaya! basta de bromas y juegos; trabajemos, trabajemos de firme que aun tenemos media hora antes del almuerzo. ¿Hay muchos asuntos que despachar?

Todos prestaron atencion. Aquel día se iba á dar la batalla sobre la cuestion de la enseñanza del castellano por la que estaban allí desde hace días el P. Sibyla y el P. Irene. Se sabía que el primero, como Vice Rector, estaba opuesto al proyecto y que el segundo lo apoyaba y sus gestiones lo estaban á su vez por la señora condesa.

—¿Qué hay, qué hay? preguntaba S. E. impaciente.

—La juehion je lah jamah je jalon, repitió el secretario ahogando un bostezo.

—¡Quedan prohibidas!

—Perdone, mi General, dijo el alto empleado gravemente: V. E. me permitirá que le haga observar que el uso de las armas de salon está permitido en todos los paises del mundo...

El General se encogió de hombros.

—Nosotros no imitamos á ninguna nacion del mundo, observó secamente.

Entre S. E. y el alto empleado había siempre divergencia de opinion y basta que el último haga una observacion cualquiera para que el primero se mantenga en sus trece.

El alto empleado tanteó otro camino.

—Las armas de salon solo pueden dañar á los ratones y gallinas, dijo; van á decir que...

—¿Que somos gallinas? continuó el General encogiéndose de hombros; y á mí, ¿qué? Pruebas he dado yo de no serlo.

—Pero hay una cosa, observó el secretario; hace cuatro meses, cuando se prohibió el uso de las armas, se les ha asegurado á los importadores estrangeros que las de salon serían permitidas.

Su Excelencia frunció las cejas.

—Pero la cosa tiene arreglo, dijo Simoun.

—¿Cómo?

—Sencillamente. Las armas de salon tienen casi todas seis milimetros de calibre, al menos las que existen en el mercado. ¡Se autoriza la venta solo para todos los que no tengan esos seis milimetros!

Todos celebraron la ocurrencia de Simoun, menos el alto empleado que murmuró al oido del P. Fernandez que aquello no era serio ni se llama gobernar.

—El maestro de Tianì, continuó el secretario hojeando unos papeles, solicita se le dé mejor local para...

—¿Qué más local si tiene un camarin para él solo? interrumpió el P. Camorra que había acudido olvidándose ya del tresillo.

—Dice que está destechado, repuso el secretario, y que habiendo comprado de su bolsillo mapas y cuadros, no puede esponerlos á la intemperie...

—Pero yo nada tengo que ver con eso, murmuró S. E.; que se dirija al Director de Administracion, al Gobernador de la provincia ó al Nuncio...

—Lo que le diré á usted, dijo el P. Camorra, es que ese maestrillo es un filibusterillo descontento: ¡figúrense ustedes que el hereje propala que lo mismo se pudren los que se entierran con pompa que los que sin ella! ¡Algun día le voy á dar de cachetes!

Y el P. Camorra cerraba sus puños.

—Y á decir verdad, observó el P. Sibyla como dirigiéndose nada más que al P. Irene; el que quiere enseñar, enseña en todas partes, al aire libre: Sócrates enseñaba en las plazas públicas, Platon en los jardines de Academo, y Cristo en las montañas y lagos.

—Tengo varias quejas contra ese maestrillo, dijo S. E. cambiando una mirada con Simoun; creo que lo mejor será suspenderle.

—¡Suspendido! repitió el secretario.

Diole pena al alto empleado la suerte de aquel infeliz que pedía ausilio y se encontró con la cesantía y quiso hacer algo por él.

—Lo cierto es, insinuó con cierta timidez, que la enseñanza no está del todo bien atendida...

—He decretado ya numerosas sumas para la compra de materiales, dijo con altivez su Excelencia como si quisiese significar: ¡He hecho más de lo que debía!

—Pero como faltan locales á propósito, los materiales que que se compren se echarán á perder...

—No todo se puede hacer de una vez, interrumpió secamente S. E.; los maestros de aquí hacen mal en pedir edificios cuando los de la Península se mueren de hambre. ¡Mucha presuncion es querer estar mejor que en la misma Madre Patria!

—Filibusterismo...

—¡Ante todo la Patria! ¡ante todo somos españoles! añadió Ben Zayb con los ojos brillantes de patriotismo y poniéndose algo colorado cuando vió que se quedó solo.

—En adelante, terminó el General, todos los que se quejen serán suspendidos.

—Si mi proyecto fuese aceptado, se aventuró á decir don Custodio como hablando consigo mismo.

—¿Relativo á los edificios de las escuelas?

—Es sencillo, práctico y económico como todos mis proyectos, nacidos de una larga esperiencia y del conocimiento del pais. Los pueblos tendrían escuelas sin que le costasen un cuarto al gobierno.

—Enterado, repuso con sorna el secretario; obligando á los pueblos á que los construyan á su costa.

Todos se echaron á reir.

—No señor, no señor, gritó don Custodio picado y poniéndose colorado: los edificios están levantados y solo esperan que se los utilice. Higiénicos, inmejorables, espaciosos...

Los frailes se miraron con cierta inquietud. ¿Propondría don Custodio que se convirtiesen en escuelas las iglesias y los conventos ó casas parroquiales?

—¡Veámoslo! dijo el General frunciendo el ceño.

—Pues, mi General, es muy sencillo, repuso don Custodio estirándose y sacando la voz hueca de ceremonia; las escuelas solo estan abiertas en los días de trabajo, y las galleras en los de fiesta... Pues conviértanse en escuelas las galleras, al menos durante la semana.

—¡Hombre, hombre, hombre!

—¡Ya pareció aquello!

—Pero ¡qué cosas tiene usted, don Custodio!

—¡Vaya un proyecto que tiene gracia!

—¡Este les pone á todos la pata!

—Pero, señores, gritaba don Custodio al oir tantas exclamaciones; seamos prácticos, ¿qué local hay más á propósito que las galleras? Son grandes, estan bien construidas, y maldito para lo que sirven durante la semana. Hasta desde un punto de vista moral, mi proyecto es muy aceptable: serviría como una especie de purificacion y expiacion semanal del templo del juego, digámoslo así.

—Pero es que á veces hay juego de gallos durante la semana, observó el P. Camorra, y no es justo que pagando los contratistas de las galleras al gobierno...

—¡Vaya! ¡por esos días se cierra la escuela!

—¡Hombre, hombre! dijo el Cpn. General escandalizado; ¡tal horror no sucederá mientras yo gobierne! ¡Que se cierren las escuelas porque se juega! ¡Hombre, hombre, hombre! ¡primero presento la dimision!

Y S. E. estaba verdaderamente escandalizado.

—Pero, mi General, vale más que se cierren por algunos días que no por meses.

—¡Eso sería inmoral! añadió el P. Irene más indignado todavía que su Excelencia.

—Más inmoral es que los vicios tengan buenos edificios y las letras ninguno... Seamos prácticos, señores, y no nos dejemos llevar de sentimentalismos. En política no hay cosa peor como el sentimentalismo. Mientras por respetos humanos prohibimos el cultivo del opio en nuestras colonias, toleramos que en ellas se fume, resulta que no combatimos el vicio pero nos empobrecemos...

—Pero observe usted que eso le produce al gobierno sin trabajo ninguno, más de cuatrocientos cincuenta mil pesos, repuso el P. Irene que se hacía más y más gubernamental...

—¡Basta, basta, señores! dijo S. E. cortando la discusion: yo tengo mis proyectos sobre el particular y dedico mi particular atencion al ramo de instruccion pública. ¿Hay algo más?

El secretario miró con cierta inquietud al P. Sibyla y al P. Irene. Lo gordo iba á salir. Ambos se prepararon.

—La solicitud de los estudiantes pidiendo autorizacion para abrir una Academia de Castellano, contestó el secretario.

Un movimiento general se notó entre los que estaban en la sala y despues de mirarse unos á otros fijaron sus ojos en el General para leer lo que dispondría. Hacía seis meses que la solicitud estaba allí aguardando un dictamen, y se había convertido en una especie de casus belli en ciertas esferas. Su Excelencia tenía los ojos bajos como para impedir que se leyesen sus pensamientos.

El silencio se hacía embarazoso y comprendiólo el General.

—¿Qué opina usted? preguntó al alto empleado.

—¡Qué he de opinar, mi General! contestó el preguntado encogiéndose de hombros y sonriendo amargamente; qué he de opinar sino que la peticion es justa, ¡justísima y que me parece estraño se hayan empleado seis meses en pensar en ella!

—Es que se atraviesan de por medio consideraciones, repuso el P. Sibyla friamente y medio cerrando los ojos.

Volvió á encogerse de hombros el alto empleado como quien no comprende qué consideraciones podían ser aquellas.

—Aparte de lo intempestivo del propósito, prosiguió el dominico, aparte de lo que tiene de atentatorio á nuestras prerrogativas...

El P. Sibyla no se atrevió á continuar y miró á Simoun.

—La solicitud tiene un caracter algo sospechoso, concluyó éste cambiando una mirada con el dominico.

Este pestañeó dos veces. El P. Irene que los vió comprendió que su causa estaba ya casi perdida: Simoun iba contra ella.

—Es una rebelion pacífica, una revolucion en papel sellado, añadió el P. Sibyla.

—¿Revolucion, rebelion? preguntó el alto empleado mirando á unos y á otros como si nada comprendiese.

—La encabezan unos jóvenes tachados de demasiado reformistas y avanzados por no decir otra cosa, añadió el secretario mirando al dominico. Hay entre ellos un tal Isagani, cabeza poco sentada... sobrino de un cura clérigo...

—Es un discípulo mío, repuso el P. Fernandez, y estoy muy contento de él...

—Puñales, ¡tambien es contentarse! exclamó el P. Camorra; en el vapor por poco nos pegamos de cachetes: porque es bastante insolente, ¡le dí un empujon y me contestó con otro!

—Hay ademas un tal Macaragui ó Macarai...

—Macarai, repuso el P. Irene terciando á su vez; un chico muy amable y simpático.

Y murmuró al oido del General:

—De ése le he hablado á usted, es muy rico... la señora condesa se lo recomienda eficazmiente.

—¡Ah!

—Un estudiante de Medicina, un tal Basilio...

—De ese Basilio no digo nada, repuso el P. Irene levantando las manos y abriéndolas como para decir dóminus vobiscum; ese para mí es agua mansa. Nunca he llegado á saber lo que quiere ni lo que piensa. ¡Qué lástima que el P. Salví no esté delante para darnos algunos de sus antecedentes! Creo haber oido decir que cuando niño tuvo peras que partir con la Guardia Civil... su padre fué muerto en no recuerdo qué motin...

Simoun se sonrió lentamente, sin ruido, enseñando sus dientes blancos y bien alineados...

—¡Ajá! ¡ajá! decía S. E. moviendo la cabeza: ¿con que esas tenemos? ¡Apunte usted ese nombre!

—Pero, mi General, dijo el alto empleado viendo que la cosa tomaba mal giro; hasta ahora nada de positivo se sabe contra esos jóvenes; su peticion es muy justa, y no tenemos ningun derecho para negársela fundándonos solo en meras conjeturas. Mi opinion es que el gobierno, dando una prueba de su confianza en el pueblo y en la estabilidad de su base, acuerde lo que se le pide; y libre á él despues de retirar el permiso cuando vea que se abusa de su bondad. Motivos ni escusas no han de faltar, podemos vigilarles... Para qué disgustar á unos jóvenes que despues pueden resentirse, ¿cuando lo que piden está mandado por reales decretos?

El P. Irene, don Custodio y el P. Fernandez asentían con la cabeza.

—¿Pero los indios no deben saber castellano, sabe usted? gritó el P. Camorra; no deben saber porque luego se meten á discutir con nosotros, y los indios no deben discutir sino obedecer y pagar... no deben meterse á interpretar lo que dicen las leyes ni los libros, ¡son tan sutiles y picapleitos! Tan pronto como saben el castellano se hacen enemigos de Dios y de España... lea usted si no el tandang Basio Macunat; ¡ese sí que es un libro! ¡Tiene verdades como esto!

Y enseñaba sus redondos puños.

El P. Sibyla se pasó la mano por la corona en señal de impaciencia.

—¡Una palabra! dijo adoptando el tono más conciliador en medio de su irritacion; aquí no se trata solamente de la enseñanza del castellano, aquí hay una lucha sorda entre los estudiantes y la Universidad de Sto Tomás; si los estudiantes se salen con la suya, nuestro prestigio queda por los suelos, dirán que nos han vencido y exultarán y ¡adios fuerza moral, adios todo! Roto el primer dique ¿quién contiene á esa juventud? ¡Con nuestra caida no haremos más que anunciar la de ustedes! Despues de nosotros el gobierno.

—¡Puñales, eso no! gritó el P. Camorra; veremos antes ¡quien tiene más puños!

Entonces habló el P. Fernandez que durante la discusion solo se había contentado con sonreir. Todos se pusieron atentos porque sabían que era una buena cabeza.

—No me quiera usted mal, P. Sibyla, si difiero de su manera de ver el asunto, pero es raro destino el mío de estar casi siempre en contradiccion con mis hermanos. Digo pues que no debemos ser tan pesimistas. La enseñanza del castellano se puede conceder, sin peligro ninguno y para que no aparezca como una derrota de la Universidad, debíamos los dominicos hacer un esfuerzo y ser los primeros en celebrarla: allí está la política. ¿Para qué vamos á estar en contínua tirantez con el pueblo, si despues de todo somos los pocos y ellos los más, si nosotros necesitamos de ellos y no ellos de nosotros?—Espere usted, P. Camorra, ¡espere usted!—Pase que por ahora el pueblo sea debil y no tenga tantos conocimientos, yo tambien lo creo así, pero no será mañana, ni pasado. Mañana ó pasado serán los más fuertes, sabrán lo que les convendrá y no lo podemos impedir, como no se puede impedir que los niños, llegados á cierta edad, se enteren de muchas cosas... Digo pues, por qué no aprovechamos este estado de ignorancia para cambiar por completo de política, para fundarla sobre una base sólida, imperecedera, ¿la justicia por ejemplo en vez de la base ignorancia? Porque no hay como ser justos, esto se lo he dicho siempre á mis hermanos y no me quieren creer. El indio, como todo pueblo joven, es idólatra de la justicia; pide el castigo cuando ha faltado, así como le exaspera cuando no lo ha merecido. ¿Es justo lo que desean? pues á concederlo, démosles todas las escuelas que quieran, ya se cansarán: la juventud es holgazana y lo que la pone en actividad es nuestra oposicion. Nuestro lazo prestigio, P. Sibyla, está ya muy gastado, preparemos otro, el lazo gratitud por ejemplo. No seamos tontos, hagamos lo que los cucos jesuitas...

—¡Oh, oh, P. Fernandez!

No, no; todo lo podía tolerar el P. Sibyla menos proponerle á los jesuitas por modelo. Tembloroso y pálido se deshizo en amargas recriminaciones.

—Primero franciscano... ¡cualquier cosa antes que jesuita! dijo fuera de sí.

—¡Oh, oh!

—¡Eh, eh! ¡¡Padre P—!!

Vino una discusion en que todos, olvidándose del Capitan General, intervinieron; hablaban á la vez, gritaban, no se entendían, se contradecían; Ben Zayb las tenía con el P. Camorra y se enseñaban los puños, el uno hablaba de gansos y el otro de chupa-tintas, el P. Sibyla hablaba del Capítulo y el P. Fernandez, de la Summa de Sto. Tomás, etc. hasta que entró el cura de Los Baños á anunciar que el almuerzo estaba servido.

Su Excelencia se levantó y así se cortó la discusion.

—¡Ea, señores! dijo; ¡hoy hemos trabajado como negros y eso que estamos de vacaciones! Alguien dijo que los asuntos graves deben tratarse en los postres. Yo soy en absoluto de esa opinion.

—Podemos indigestarnos, observó el secretario aludiendo al calor de la discusion.

—Entonces lo dejaremos para mañana.

Todos se levantaron.

—Mi General, murmuró el alto empleado; la hija de ese Cabesang Tales ha vuelto solicitando la libertad de su abuelo enfermo, preso en lugar del padre...

Su Excelencia le miró disgustado y se pasó la mano por la ancha frente.

—¡Carambas! ¡que no le han de dejar á uno almorzar en paz!

—Es el tercer día que viene; es una pobre muchacha...

—¡Ah, demonios! exclamó el P. Camorra; yo me decía: algo tengo que decir al General, para eso he venido... ¡para apoyar la peticion de esa muchacha!

El General se rascó detrás de la oreja.

—¡Vaya! dijo; que el secretario ponga un volante al teniente de la Guardia Civil, ¡para que le suelten! ¡No dirán que no somos clementes ni misericordiosos!

Y miró á Ben Zayb. El periodista pestañeó.

XII

Placido Penitente

De mala gana y con los ojos casi llorosos iba Plácido Penitente por la Escolta para dirigirse á la Universidad de Santo Tomás.

Hacía una semana apenas que había llegado de su pueblo y ya había escrito dos veces á su madre reiterando sus deseos de dejar los estudios para retirarse y trabajar. Su madre le había contestado que tuviese paciencia, que cuando menos debía graduarse de bachiller en artes, pues era triste abandonar los libros despues de cuatro años de gastos y sacrificios por parte de uno y otro.

¿De dónde le venía á Penitente el desamor al estudio, cuando era uno de los más aplicados en el famoso colegio que el P. Valerio dirigía en Tanawan? Penitente pasaba allí por ser uno de los mejores latinistas y sutiles argumentadores, que sabían enredar ó desenredar las cuestiones más sencillas ó abstrusas; los de su pueblo le tenían por el más listo, y su cura, influido por aquella fama, ya le daba el grado de filibustero, prueba segura de que no era tonto ni incapaz. Sus amigos no se explicaban aquellas ganas de retirarse y dejar los estudios; no tenía novias, no era jugador, apenas conocía el hunkían y se aventuraba en un revesino, no creía en los consejos de los frailes, se burlaba del tandang Basio, tenía dinero de sobra, trajes elegantes, y sin embargo iba de mala gana á clase y miraba con asco los libros.

En el Puente de España, puente que solo de España tiene el nombre pues hasta sus hierros vinieron del Extrangero, encontróse con la larga procesion de jóvenes que se dirigían á Intramuros para sus respectivos colegios. Unos iban vestidos á la europea, andaban de prisa, cargando libros y cuadernos, preocupados, pensando en su leccion y en sus composiciones; estos eran los alumnos del Ateneo. Los letranistas se distinguían por ir casi todos vestidos á la filipina, más numerosos y menos cargados de libros. Los de la Universidad visten con más esmero y pulcritud, andan despacio y, en vez de libros, suelen llevar un baston. La juventud estudiosa de Filipinas no es muy bulliciosa ni bullanguera; va como preocupada; al verla cualquiera diría que delante de sus ojos no luce ninguna esperanza, ningun risueño porvenir. Aunque de espacio en espacio alegran la procesion las notas simpáticas y ricas en colores de las educandas de la Escuela Municipal con la cinta sobre el hombro y los libros en la mano, seguidas de sus criadas, sin embargo apenas resuena una risa, apenas se oye una broma; nada de canciones, nada de salidas graciosas; á lo más bromas pesadas, peleas entre los pequeños. Los grandes casi siempre van serios y bien compuestos como los estudiantes alemanes.

Plácido seguía el paseo de Magallanes para entrar por la brecha—antes puerta—de Sto. Domingo, cuando de repente recibió una palmada sobre el hombro que le hizo volverse inmediatamente de mal humor.

—¡Olé, Penitente, olé, Penitente!

Era el condiscipulo Juanito Pelaez, el barbero ó favorito de los profesores, pillo y malo como él solo, de mirada picaresca y sonrisa de truhan. Hijo de un mestizo español,—rico comerciante en uno de los arrabales que cifraba todas sus alegrías y esperanzas en el talento del joven,—prometía mucho por sus picardías y, gracias á su costumbre de jugar malas pasadas á todos, escondiéndose despues detrás de sus compañeros, tenía una particular joroba que se aumentaba cada vez que hacía una de las suyas y se reía.

—¿Cómo te has divertido, Penitente? preguntaba dándole palmadas fuertes sobre el hombro.

—Así, así, contestó Plácido, algo cargado, ¿y tú?

—¡Pues, divinamente! Figúrate que el cura de Tianì me invita á pasar las vacaciones en su pueblo, me voy... ¡chico! ¿le conoces al P. Camorra? Pues es un cura liberal, muy campechano, franco, muy franco, de esos por el estilo del P. Paco... Y como había chicas muy guapas, dábamos cada jarana, él con su guitarra y sus peteneras y yo con mi violin... Te digo, chico, que nos divertimos en grande; ¡no hay casa que no hayamos subido!

Y murmuró al oido de Plácido algunas palabras echándose á reir despues. Y como Plácido manifestára cierta estrañeza, añadió:

—¡Te lo puedo jurar! No tienen más remedio, porque con un espediente gubernativo se deshace del padre, ¡marido ó hermano y santas pascuas! Sin embargo nos hemos encontrado con una tonta, novia creo yo de Basilio, ¿sabes? ¡Mira que tonto es ese Basilio! Tener una novia que no sabe una palabra de español, ¡ni tiene dinero y que ha sido criada! Arisca como ella sola pero bonita: el P. Camorra la emprendió una noche de bastonazos con dos bagontaos que la daban serenata y yo no sé como no los mató. Pero con todo, ¡sigue tan arisca como siempre! Pero tendrá que pasar por ello como todas, ¡como todas!

Juanito Pelaez se reía con la boca llena como si aquello le supiese á gloria. Plácido le miró con disgusto.

—Oye y ¿qué explicó ayer el catedrático? preguntó cambiando de conversacion.

—Ayer no hubo clase.

—¡Ojó! ¿Y antes de ayer?

—¡Hombre, jueves!

—Es verdad ¡qué bruto soy! Sabes, Plácido, ¿que me voy volviendo bruto? Y ¿el miércoles?

—¿El miércoles? Aguarda... el miércoles lloviznó.

—¡Magnífico! ¿y el martes, chico?

—El martes era la fiesta del Catedrático y fuimos á festejarle con una orquesta, un ramillete de flores y algunos regalos...

—¡Ah, carambas! exclamó Juanito, que lo he olvidado ¡qué bruto soy! Oye, ¿y preguntó por mí?

Penitente se encogió de hombros.

—No lo sé, pero le entregaron la lista de los festejantes.

—¡Carambas!... oye, y el lunes ¿qué hubo?

—Como era el primer día de clase, leyó la lista y señaló la leccion: sobre los espejos. ¡Mira! desde aquí hasta allí, de memoria, al pié de la letra... ¡se salta todo este trozo y se da esto!

Y le indicaba con el dedo en la Física de Ramos los puntos que se tenían que aprender, cuando de repente saltó el libro por los aires, merced á una palmada que le aplicó Juanito de abajo arriba.

—Hombre, déjate de lecciones, ¡vamos á hacer día pichido!

Día pichido llaman los estudiantes de Manila al que encontrándose entre dos de fiesta, resulta suprimido, como estrujado por voluntad de los estudiantes.

—¿Sabes tu que verdaderamente eres un bruto? replicó furioso Plácido recogiendo su libro y sus papeles.

—¡Vamos á hacer día pichido! repetía Juanito.

Plácido no quería: por dos menos no cierran una clase de más de ciento cincuenta. Se acordaba de las fatigas y economías de su madre que le sustentaba en Manila privándose ella de todo.

En aquel momento entraban por la brecha de Sto. Domingo.

—Ahora me acuerdo, exclama Juanito al ver la plazoleta delante del antiguo edificio de la aduana; ¿sabes que estoy encargado para recoger la contribucion?

—¿Qué contribucion?

—¡La del monumento!

—¿Qué monumento?

—¡Toma! el del P. Baltasar ¿no lo sabías?

—Y ¿quién es ese P. Baltasar?

—¡Sopla! ¡pues un dominico! Por eso acuden los Padres á los estudiantes. Anda, ¡larga tres ó cuatro pesos para que vean que somos espléndidos! Que no se diga jamás que para levantar una estátua han tenido que acudir á sus propios bolsillos. Vamos, Placidete, ¡que no es dinero perdido!

Y acompañó estas palabras con un guiño significativo.

Plácido recordó el caso de un estudiante que ganaba cursos regalando canarios, y dió tres pesos.

—Mira, ¿sabes? escribiré claro tu nombre para que el profesor lo lea, ¿ves? Plácido Penitente, tres pesos. ¡Ah! ¡escucha! Dentro de quince días es la fiesta del profesor de Historia Natural... Sabes que es muy barbian, que no pone nunca faltas ni pregunta la leccion. Chico, ¡hay que ser agradecidos!

—¡Es verdad!

—Pues ¿no te parece que debemos festejarle? La orquesta no ha de ser menos que la que le llevasteis al catedrático de Física.

—¡Es verdad!

—¿Qué te parece si ponemos la contribucion á dos pesos? Anda, Placiding, empieza tu por dar, así te quedas en la cabeza de la lista.

Y como viese que Plácido daba sin vacilar los dos pesos pedidos, añadió.

—Oye, pon cuatro, que ya despues te devolveré los dos; es para que sirvan de gallo.

—Pues si me los has de devolver, ¿para qué dártelos? basta con que pongas cuatro.

—¡Ah! es verdad ¡qué bruto soy! ¿sabes que me voy volviendo bruto? Pero dámelos de todos modos, para enseñarlos.

Plácido, para no desmentir al cura que le bautizó, dió lo que le pedían.

Llegaron á la Universidad.

A la entrada y á lo largo de las aceras que á uno y otro lado de la misma se estendían, estacionaban los estudiantes esperando que bajen los profesores. Alumnos del año preparatorio de Derecho, del quinto de Segunda Enseñanza, del preparatorio de Medicina formaban animados grupos: estos últimos eran fáciles de distinguir por su traje y por cierto aire que no se observa en los otros: vienen en su mayoría del Ateneo Municipal y entre ellos vemos al poeta Isagani esplicando á un compañero la teoría de la refraccion de la luz. En un grupo se discutía, se disputaba, se citaban frases del profesor, testos del libro, principios escolásticos; en otro gesticulaban con los libros agitándolos en el aire, se demostraba con el baston trazando figuras sobre el suelo; más allá, entretenidos en observar á las devotas que van á la vecina iglesia, los estudiantes hacen alegres comentarios. Una vieja, apoyada en una joven, cojea devotamente; la joven camina con los ojos bajos, tímida y avergonzada de pasar delante de tantos observadores; la vieja levanta la falda color de café, de las Hermanas de Sta. Rita, para enseñar unos piés gorditos y unas medias blancas, riñe á su compañera y lanza miradas furiosas á los curiosos.

—¡Saragates! gruñe, no les mires, ¡baja los ojos!

Todo llama la atencion, todo ocasiona bromas y comentarios.

Ora es una magnífica victoria que se para junto á la puerta para depositar á una familia devota; van á visitar á la Virgen del Rosario en su día favorito; los ojos de los curiosos se afilan para espiar la forma y el tamaño de los piés de las señoritas al saltar del coche; ora es un estudiante que sale de la puerta con la devocion aun en el rostro: ha pasado por el templo para rogar á la Virgen le hiciese comprensible la leccion, para ver si está la novia, cambiar algunas miradas con ella é irse á clase con el recuerdo de sus amantes ojos.

Mas en los grupos se nota cierto movimiento, cierta espectacion, é Isagani se interrumpe y palidece. Un coche se ha detenido junto á la puerta: la pareja de caballos blancos es bien conocida. Es el coche de la Paulita Gomez y ella ha saltado ya en tierra, ligera como un ave, sin dar tiempo á que los pícaros le vieran el pié. Con un gracioso movimiento del cuerpo y un pase de la mano se arregla los pliegues de la saya, y con una mirada rápida y como descuidada ha visto á Isagani, ha saludado y ha sonreido. Doña Victorina baja á su vez, mira al través de sus quevedos, vé á Juanito Pelaez, sonrie y le saluda afablemente.

Isagani, rojo de emocion, contesta con un tímido saludo; Juanito se dobla profundamente, se quita el sombrero y hace el mismo gesto que el célebre cómico y caricato Panza cuando recibe un aplauso.

—¡Mecáchis! ¡qué chica! exclama uno disponiéndose á partir; decid al catedrático que estoy gravemente enfermo.

Y Tadeo, que así se llamaba el enfermo, entró en la iglesia para seguir á la joven.

Tadeo va todos los días á la Universidad para preguntar si hay clase y cada vez se extraña más y más de que la haya: tiene cierta idea de una cuacha latente y eterna y la espera venir de un día á otro. Y todas las mañanas, despues de proponer en vano que hagan novillos, se marcha pretestando grandes ocupaciones, compromisos, enfermedades, precisamente en el momento mismo en que sus compañeros entran en la clase. Pero, por no se sabe qué arte de birlibirloque, Tadeo aprueba cursos, es querido de los profesores y tiene delante un hermoso porvenir.

Entretanto un movimiento se inicia y los grupos empiezan á moverse; el catedratico de Física y Quimica ha bajado á clase. Los alumnos, como burlados en sus esperanzas, se dirigieron al interior del edificio dejando escapar exclamaciones de descontento. Plácido Penitente sigue á la multitud.

—¡Penitente, Penitente! ¡le llamó uno con cierto misterio firma esto!

—Y ¿qué es eso?

—No importa, ¡fírmalo!

A Plácido le pareció que le tiraban de las orejas; tenía presente en la memoria la historia de un cabeza de barangay de su pueblo, que por haber firmado un documento que no conocía, estuvo preso meses y meses y por poco fué deportado. Un tío suyo, para grabarle la leccion en la memoria, le había dado un fuerte tiron de orejas. Y siempre que oía hablar de firmas se reproducía en los cartilagos de sus orejas la sensacion recibida.

—Chico, dispensa, pero no firmo nada sin enterarme antes.

—¡Que tonto eres! si lo firman dos carabineros celestiales, ¿qué tienes que temer?

El nombre de carabineros celestiales infundía confianza. Era una sagrada compañía, creada para ayudar á Dios en la guerra con el espíritu del mal, y para impedir la introduccion del contrabando herético en el mercado de la Nueva Sion.

Plácido iba ya á firmar para acabar porque tenía prisa: sus compañeros rezaban ya el O Thoma, pero le pareció que su tío le cogía de la oreja, y dijo:

—¡Despues de clase! quiero leerlo antes.

—Es muy largo, ¿entiendes? se trata de dirigir una contrapeticion, mejor dicho, una protesta. ¿Entiendes? Makaraig y algunos han solicitado que se abra una academia de castellano, lo cual es una verdadera tontería...

—¡Bien, bien! chico, luego será, que ya estan empezando, dijo Plácido tratando de escaparse.

—¡Pero si vuestro profesor no lee la lista!

—Sí, sí, que la lee á veces. ¡Despues, despues! Ademas... yo no quiero ir en contra de Makaraig.

—Pero si no es ir en contra, es solamente...

Plácido ya no oía, ya estaba lejos y andaba de prisa dirigiéndose á su clase. Oyó diferentes ¡adsum! ¡adsum! ¡carambas, se leía la lista!... apretó los pasos y llegó precisamente á la puerta cuando estaban en la letra Q.

¡Tinamáan ng...! murmuró mordiéndose los labios.

Vaciló sobre si entrar ó no: la raya ya estaba puesta y no se la iban á borrar. A la clase no se va para aprender sino para no tener la raya; la clase se reducía á hacer decir la leccion de memoria, leer el libro y, cuando más, á una que otra preguntita abstracta, profunda, capciosa, enigmática; es verdad que no falta el sermoncito—¡el de siempre!—sobre la humildad, la sumision, el respeto á los religiosos y él, Plácido, era humilde, sumiso y respetuoso. Iba á marcharse ya pero se acordó de que los exámenes se acercaban y su profesor no le había preguntado todavía ni parecía haberse fijado en él: ¡buena ocasion era aquella para llamar la atencion y ser conocido! Ser conocido es tener el año ganado, pues, si no cuesta nada suspender á uno que no se conoce, se necesita tener duro el corazon para no impresionarse ante la vista de un joven que con su presencia reprocha diariamente la pérdida de un año de su vida.

Plácido entró pues y no sobre la punta de los piés como solía hacer, sino metiendo ruido con sus tacones. Y ¡demasiado consiguió su intento! El catedrático le miró, frunció las cejas y agitó la cabeza como diciendo:

—¡Insolentillo, ya me las pagarás!