The Project Gutenberg eBook of Historia de la literatura y del arte dramático en España, tomo III

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Title: Historia de la literatura y del arte dramático en España, tomo III

Author: Adolf Friedrich von Schack

Translator: Eduardo de Mier

Release date: May 29, 2011 [eBook #36253]

Language: Spanish

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*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK HISTORIA DE LA LITERATURA Y DEL ARTE DRAMÁTICO EN ESPAÑA, TOMO III ***

COLECCIÓN
DE
ESCRITORES CASTELLANOS
——
CRÍTICOS


HISTORIA
DE
LA LITERATURA

Y DEL ARTE DRAMÁTICO

EN ESPAÑA

III




TIRADAS ESPECIALES

100ejemplaresen papel de hilo, del i al ioo.
25"en papel China, del I al XXV.
25"en papel Japón, del XXVI al L.

HISTORIA
DE
LA LITERATURA

Y DEL ARTE DRAMÁTICO
EN ESPAÑA

POR

ADOLFO FEDERICO
CONDE DE SCHACK

traducida directamente del alemán al castellano
 
POR

EDUARDO DE MIER

TOMO III




MADRID
IMPRENTA Y FUNDICIÓN DE M. TELLO
IMPRESOR DE CÁMARA DE S. M.
ISABEL LA CATÓLICA, 23

1887




ÍNDICE
NOTAS
barra decorativa capítulo XII

CAPÍTULO XII.

Clasificación de las comedias de Lope, y crítica particular de algunas.—El conde Fernán González.El casamiento en la muerte.Las doncellas de Simancas.Los Benavides.El Príncipe despeñado.

E N lo relativo á su método de desarrollar los dramas, se observan notables diferencias, según corresponden á períodos anteriores ó posteriores. Se comprende, sin esfuerzo, que es imposible trazar entre unos y otros una línea cronológica divisoria; pero consta del prólogo de su Peregrino cuáles han sido escritos antes de 1604, y notamos en ellos tantos rasgos generales comunes, que nos facilitan el señalar entre los restantes á aquéllos que, por su carácter y concordancias, han de considerarse como sus trabajos más antiguos. Los signos que distinguen á estas comedias, pertenecientes á la primera mitad de la carrera dramática de Lope, son los siguientes: profusión de imágenes, sentimientos y pasiones; acumulación de unos sucesos sobre otros; muchedumbre de personajes, hechos é incidentes; en una palabra, abundante riqueza en la acción, aunque sin distribución juiciosa y debida economía. Muévese todo con celeridad arrebatadora; suprímense por completo los largos discursos; el diálogo es rápido y de acritud casi epigramática. La exposición del asunto no se hace por relación de algún personaje, sino que forma parte de la acción en las primeras escenas. En cuanto al lenguaje, se observa que las combinaciones métricas más usadas son las redondillas y quintillas, empleando también con frecuencia yámbicos de seis pies, sin rima; el romance, al contrario, se ve pocas veces, y ordinariamente sólo en las narraciones. Los tres diamantes y La fuerza lastimosa, pueden considerarse como tipos del período más antiguo de las composiciones de Lope. En las del último se sujeta la acción á un orden mejor dispuesto: sin perjudicar al curso y á la movilidad del enredo, se nota una pintura y gradación más delicada en los detalles; reina más claridad en los afectos y determinaciones de los personajes y en la transición de unas pasiones á otras; hay también más simetría en la relación de las partes con el todo y en la agrupación de los personajes. Renúnciase al propósito de presentarlo todo á la vista de los espectadores, hasta las circunstancias más insignificantes; si en las obras anteriores se intercalan escenas inoportunas que interrumpen la acción principal, y que podrían suprimirse sin violencia, en las posteriores se sustituyen con las relaciones que hacen los personajes. Los endecasílabos, no rimados, desaparecen casi enteramente, y en cambio predomina el romance, que se usa también en el diálogo. La discreta enamorada y La dama melindrosa personifican esta clase. No es necesario advertir que Lope conserva hasta el fin de su carrera dramática la exuberancia y vivo fuego de su imaginación, y su habilidad para inventar y trazar los planes de sus obras. La moza de cántaro, en la cual dice haber escrito 1.500 comedias, y Las bizarrías de Belisa, á cuya conclusión manifiesta haberse consagrado de nuevo á las musas, á quienes había abandonado, son dos composiciones de los últimos años de su vida, por cierto de las más bellas.

Si, con relación á sus argumentos, nos hacemos cargo de la multitud innumerable de sus dramas, se nos presenta en primer término una larga serie de cuadros, fundados en la historia ó en la tradición nacional. Ardientemente inspiraban á Lope los sucesos de su patria, y jamás desaprovecha las ocasiones que se le presentan de perpetuar el renombre y el honor de su nación, y de pintar con los más brillantes colores las hazañas de los héroes españoles. El número y variedad de estas obras suyas es tan prodigioso, que de las existentes se puede formar una galería casi completa de todos los cuadros más importantes de la historia de España. Observamos, pues (para indicar tan sólo algunos principales), en La amistad pagada, la lucha de los antiguos cántabros contra el poder romano; en El Rey Wamba, los anárquicos desórdenes de la monarquía gótica amenazando desplomarse; en El último Godo de España, la traición del conde D. Julián, la muerte de Rodrigo y la victoria de las armas mahometanas; en El primer Rey de Castilla, los primeros triunfos de la nueva y vigorosa monarquía cristiana; en Las almenas de Toro, las disensiones entre D. Sancho y sus dos hermanas Doña Urraca y Doña Elvira, su asesinato por Vellido Dolfos, y al Cid como al héroe castellano más famoso; en El sol parado, las gloriosas expediciones guerreras de San Fernando; en Lo cierto por lo dudoso, los primeros gérmenes de discordia entre Don Pedro el Cruel y Enrique de Trastamara, que habían de terminar tan trágicamente; en Los Ramírez de Arellano, el horrible fratricidio cometido en los campos de Montiel; en El milagro por los celos, los tiempos de D. Juan II en uno de sus más notables sucesos, que fué la caída de D. Álvaro de Luna; en El piadoso aragonés, la historia del desdichado Carlos de Viana, aunque no exento de culpa; los dos levantamientos contra su padre, su prisión, y al fin, su trágica muerte, á consecuencia de la cual subió Fernando el Católico al trono de Aragón; en El cerco de Santa Fe, la gloriosa lucha que acabó con el último baluarte mahometano en la Península; por último, en La victoria del Marqués de Santa Cruz, una guerra en que tomó parte, en su juventud, el mismo poeta.

No es posible dividir rigurosamente estas obras en históricas y tradicionales, confundiéndose la tradición y la historia en las leyendas más antiguas, y mezclándose á menudo con los sucesos más recientes algunas tradiciones de que no habla la historia, ó las invenciones del poeta. Pero si ha de denominarse drama histórico al que aparece lleno del espíritu de la historia, representando los sucesos más importantes de ciertas épocas, bajo su verdadero punto de vista, es menester calificar con este dictado á innumerables dramas de Lope, y aun asegurar que acaso en ninguna otra literatura los haya en su género tan excelentes. Observamos que el poeta sabe penetrar en el espíritu de los tiempos pasados; que infunde nueva vida á generaciones humanas, que han desaparecido de la tierra; que se da traza de crear una imagen fiel de la vida en su centro más característico, y que en el florecimiento y caída de otros hombres nos deja adivinar la misteriosa trama, las creaciones y los estragos del sér que anima al orbe. La claridad con que nos ofrece los hechos y sucesos de otras épocas, la exactitud con que imprime tono y colorido á los tiempos más diversos, excita, sin duda, nuestra admiración, y hasta algunas obras de esta clase arrojan más luz sobre los períodos á que se refieren, que las crónicas ó áridas compilaciones de los historiógrafos. Como si les inspirase vida real y verdadera, hace pasar delante de nuestros ojos la existencia completa de ciertas épocas, sus pasiones, deseos y relaciones distintas, y las clases variadas que constituyen á la nobleza y al pueblo. Su propósito de representar cada período con su colorido especial, se manifiesta á veces hasta en el lenguaje, como sucede en la comedia titulada Las famosas asturianas, escrita en el estilo que distingue á los más antiguos monumentos de la literatura castellana. Muchos otros detalles de poca importancia, que sólo se aprecian estudiándolos con cuidado, prueban sus profundas y eruditas investigaciones históricas. Ha de atribuirse, sin embargo, á un don adivinatorio singular, á su intuición poética, que nos lo ofrezca todo tan claro y perceptible, como si creyésemos haberlo presenciado realmente.

Del particular agrado de Lope hubieron de ser las pinturas de los tiempos del primer renacimiento del imperio hispano-cristiano. Complácese en retratarnos aquellos antiguos castellanos rústicamente sencillos, que ejercían en sus súbditos patriarcal autoridad, ya labrasen sus campos, ya desenvainasen la espada contra los infieles. Todos estos cuadros, que, por ejemplo, se observan en Los Prados de León, en Los Tellos de Meneses, en Los Benavides y en otras muchas comedias suyas, son tan lozanos y enérgicos, que á no estar completamente estragado por las descoloridas imágenes, que en nuestros tiempos se han vendido por poesía, no se puede menos de tributarles nuestra sincera admiración; y por mucho que se repitan, siempre parece nueva la impresión que nos hacen. La verdadera gracia, el encanto mágico de la pura poesía pastoral, se confunde en ellos con la más grave solemnidad de la heróica. Ninguno como Lope ha representado todo el robusto germen de la nación española; sus sentimientos sencillos, humildes y religiosos, su suficiencia, sus afectos, nacidos en el seno de la libertad, y su decisión en defender á cada instante, al precio de su sangre y de su fortuna, sus piadosas creencias. La materia y la forma se unen en ellos de la manera más íntima: nótase una facilidad tal en su colorido, tanta naturalidad é imparcialidad, como suele observarse sólo en las obras poéticas populares. Sus caballeros no hablan mucho, pero sus palabras son graves; á los dichos suceden al punto los hechos, y se llevan á cima las hazañas más extraordinarias como si fuesen pequeñeces de poca monta. Figúrasenos que los antiguos caballeros, cubiertos de hierro y armados con su yelmo y su escudo, se levantan de sus tumbas, ó que tornan á la vida desde los sepulcros marmóreos de la catedral de Burgos. Todo es gigantesco en estos cuadros: la indomable voluntad y la fuerza férrea de sus personajes, como la noble hidalguía y el recato de las señoras, las más eminentes virtudes, como las pasiones violentas y los crímenes. ¡Y qué diferencias características en todas estas creaciones! Al lado de la grandeza de alma y de la experiencia del anciano, la temeraria obstinacion del joven. ¡Qué rasgos individuales distinguen hasta á los personajes subalternos, clérigos y monjes, labradores y pastores, generales y guerreros! Característico también de la época en que se supone ocurrir la acción, es la fiereza y la bravura pendenciera, casi brutal, de que se hallan dotados los héroes especiales, como, por ejemplo, Bernardo del Carpio y Mudarra, que los asemeja de una manera chocante con el Hotspur y el bastardo Faulconbridge, de Shakespeare. La exposición desordenada y abrupta de la fábula se harmoniza á maravilla con el conjunto. ¡Y cuán delicada y cuán inseparable del carácter español es la mezcla de orgullo hinchado y de amorosa resignación, de arrebatos producidos por la justicia de que los personajes se creen asistidos, de veneración por los deberes que la lealtad les impone, y á los cuales todo se subordina; de nobleza y de barbarie, de invariable constancia en las amistades y de los odios más tenaces! ¡Cuán característica su devoción, que, á modo de himno que se eleva en medio de la tempestad, resuena entre el estruendo de las luchas de tan enérgicas poesías! Por último, si examinamos la acción en su totalidad, ¡cuán rápido es su curso, cuánta vida y animación en sus partes! ¡Cuán completa es la ilusión que nos arrastra en medio de la existencia más agitada, entre estos grupos que pasan con rapidez ante nuestros ojos, entre estas escenas guerreras cuyo belicoso tumulto creemos escuchar! Y después, cuando nos imaginamos que vivimos con los moros y que asistimos á las escenas de su vida, como en El hijo de Reduán, en El bastardo Mudarra, etc., ¡cuánto fuego y pompa oriental, qué gradación de colores tan voluptuosa, qué efectos en los contrastes de ostentoso orgullo y de sensualismo, por una parte, y cuánta sencillez y cuánta fuerza, por otra!

Para comprender rectamente estos dramas, menester es que no olvidemos su inmediato origen de los gérmenes que forman la poesía popular. La última comedia mencionada, por ejemplo, cuyo argumento es la historia de los infantes de Lara y su sangrienta muerte; después El conde Fernán González, en la cual aparece el famoso héroe nacional castellano, celebrado ya en la epopeya del siglo XIV, y los dos, cuyo protagonista es Bernardo del Carpio, á saber El casamiento en la muerte y Las mocedades de Bernardo del Carpio, se ajustan estrechamente á antiguos romances, que se conservan, cuyas palabras se copian á veces en ellos. En otros no es fácil indicar su origen, aunque indudablemente provengan de leyendas nacionales olvidadas, como Las doncellas de Simancas, comedia de las más brillantes y magníficas de Lope, que celebra á las jóvenes de Simancas, á cuya grandeza de alma se debió que su patria se libertase del vergonzoso tributo de las cien doncellas, que los cristianos habían de pagar anualmente á los infieles[1]; El primer Fajardo, El Príncipe despeñado, etc. No se crea por esto que se disminuya en algo el mérito de Lope por ajustarse á la tradición: reálzalo, al contrario, la discreción con que utiliza sus materiales, y hasta se le puede llamar, con justicia, el más perfecto de los poetas populares, y defender que sus obras son el remate de la poesía nacional y su más brillante corona.

En breves palabras expondremos el argumento de algunas de estas comedias.

El conde Fernán González describe la naciente grandeza y la independencia de los condes de Castilla, sujetos antes al dominio de León. En la escena primera vemos al conde Fernán González, que se ha extraviado cazando, y que pide hospitalidad á un piadoso ermitaño. Anúnciale éste su próxima victoria y la futura fama de Castilla. El séquito del Conde, inquieto por su suerte, lo encuentra al cabo, y le participa la noticia de haber atacado los moros á los cristianos. Al oirla, se apresuran todos á tomar parte en la lid, mandados por tan famoso héroe, y acompañados de las bendiciones del anacoreta. Las escenas que siguen inmediatamente á éstas, pintan los estragos hechos por el enemigo, los ayes de los habitantes de las aldeas, y luego la brillante victoria de Fernán González, que, á la conclusión del primer acto, es solemnizada con alegres fiestas por los aldeanos. En el acto segundo aparece el Conde en León, á donde ha sido invitado para asistir á las Cortes. La Reina quiere vengarse de él por haber dado muerte á su hermano el Rey de Navarra; indúcelo á encaminarse á Navarra para desposarse con una Princesa del país; pero apenas llega el Conde á Pamplona, accediendo á su invitación, cuando es encerrado en la cárcel. Sin caudillo entonces los castellanos, son oprimidos por sus enemigos por todas partes; pero hacen una imagen del Conde de tamaño natural, que marcha á la cabeza del ejército, y á la cual juran solemnemente seguir hasta la muerte. Basta la imagen del famoso capitán para infundir miedo en los moros y dar la victoria á los castellanos. No hay después necesidad de libertarlo con violencia, porque, con ayuda de la Infanta de Navarra, se ha evadido de su prisión, juntándose, sin contratiempo, á sus leales súbditos, y desposándose en seguida con su libertadora. En el acto tercero aparece el Conde de nuevo en León para cumplir sus deberes. Disputa con la Reina, y en castigo, es duramente aprisionado; su fiel esposa viene otra vez en su auxilio, visítalo en la cárcel, trueca con él sus vestidos, y le facilita la huída, quedándose en su lugar. Fernán González, no creyéndose en la obligación de guardar más tiempo fidelidad á sus Reyes, viéndose tan indignamente tratado, toma sin rebozo las armas contra León; vence á los leoneses, y, después de abrazar á su esposa, dicta á sus Reyes las condiciones de paz. El soberano de León, muchos años antes, le había comprado un bello corcel árabe, obligándose á pagar el doble del precio por cada día que retardase la entrega. El Conde pide, pues, el pago de esta suma atrasada, ó el reconocimiento de la completa independencia de Castilla; pero la suma es tan considerable, que el reino entero de León no es bastante para satisfacerla, y el Monarca se ve en la necesidad de declarar que los Condes de Castilla, sus antiguos súbditos, quedan libres de todo vasallaje, y serán, en adelante, únicos señores de sus dominios.

El casamiento en la muerte. Jimena, hermana del rey Alfonso el Casto, ha dado á luz del conde de Saldaña, con quien tenía relaciones ilícitas, un hijo llamado Bernardo del Carpio. El Rey, furioso con los amores de su hermana, la obliga á refugiarse en un monasterio; encierra al Conde en una obscura prisión, y educa al hijo en una absoluta ignorancia de cuáles fueron sus padres. Bernardo se distingue entre todos los mancebos en los ejercicios caballerescos, y en breve es el caballero de más fama por su valor y por su osadía. Alfonso, puesto en aprieto por los moros, pide ayuda al emperador Carlomagno, prometiéndole en premio concederle por su auxilio una parte de su reino. Semejante acuerdo mueve gran alboroto entre los nobles asturianos, y Bernardo, á la cabeza de los revoltosos, obliga al Rey á revocar su promesa. En las primeras escenas de la comedia los grandes expresan un sentimiento nacional exasperado, y Bernardo lee el texto á su tío. Los espectadores son transportados después á la corte de Carlomagno, en donde justamente se celebra un suntuoso torneo con motivo del ventajoso tratado del Emperador con D. Alonso, antes de emprender la expedición á España. Aquí encontramos á Rolando, á Reinaldos y á los demás paladines, y asistimos á los amores, tan renombrados en los romances, de Belerma y Durandarte. Estas escenas son tan notables en su género como las primeras de la comedia, y llenas de romántico deleite. De improviso, colérico y sin dar signos de respeto, se presenta Bernardo en medio del salón, en donde se halla Carlomagno rodeado de su brillante corte de damas y caballeros. Llega sin más ceremonia delante del Emperador, y le anuncia sin rodeos que debe renunciar á la esperanza de poseer un solo palmo de tierra en el suelo español. Su insolencia excita en los paladines general sorpresa; pero Rolando dice que le place mucho la osadía de Bernardo, y que se alegrará de medir sus fuerzas con las de tan digno competidor en la guerra que Carlos declara entonces á Alfonso. El acto segundo nos ofrece el campo de batalla de Roncesvalles. Alfonso se ha unido con los moros para impedir al común enemigo el paso de los Pirineos. Bernardo es el caudillo de todo el ejército, y sabe, mientras tanto, el secreto de su nacimiento, obteniendo del Rey la promesa de dejar en libertad á su padre si consigue la victoria. Comienza luego la batalla, en cuya bellísima descripción se aprovechan, cuando conviene, los romances populares. Se ve á Durandarte moribundo, que encarga á un compañero de armas que lleve su corazón á Belerma. La derrota es completa, y Rolando sucumbe (según la tradición española) á manos de Bernardo. El tercer acto comienza con un episodio, utilizando la leyenda titulada La peña de Francia. Los moros emprenden por los Pirineos una expedición asoladora, devastando é incendiando cuanto encuentran. Entre otros fugitivos aparece Deidón, caballero francés, á quien persigue una partida enemiga. Trae consigo una imagen de la Santa Virgen que desea salvar del poder de los infieles; cuando llegan sus perseguidores se abre una peña, que guarda la sagrada imagen. Múdase en seguida la escena á la corte de Alfonso el Casto, en donde se celebra tan gloriosa victoria con una brillante fiesta. Bernardo pide la recompensa prometida á sus hazañas, reclamando no sólo la libertad de su padre, sino también su casamiento con Jimena, para borrar su mancha de bastardo; pero el ingrato Rey le contesta con palabras evasivas. Bernardo, aunque fuera de sí de dolor, no falta, sin embargo, á su lealtad en la comedia de Lope (mientras que en los romances se declara en abierta rebelión), sino que cavila en los medios de prestar á su tío nuevos servicios, para decidirlo al cumplimiento de su palabra. Cuando más adelante libra á Alfonso de grave peligro de muerte, se lisonjea de haber conseguido la realización de su más ardiente deseo: logra una sortija que ha de servirle de señal para rescatar al conde de Saldaña; apresúrase á encaminarse con ella á la cárcel; estrecha entre sus brazos á su padre, á quien deseaba conocer tanto tiempo hacía, y lo besa con ardor; pero permanece en la más absoluta inmovilidad, sin responder á sus apasionadas caricias, y sus miembros parecen yertos é inflexibles. Bernardo cae sollozando sobre su cadáver, y llama á su madre, Jimena, al reanimarse, para que trueque con el muerto su anillo nupcial. Esta escena es la última de la comedia.

Las doncellas de Simancas. Mauregato, usurpador del trono de los Reyes de Asturias, ha celebrado un pacto con los moros, con arreglo al cual ha de entregar anualmente al Califa de Córdoba cien doncellas cristianas de las más hermosas. Este tributo llena de oprobio al país, y muchos vasallos se rebelan abiertamente contra el Rey, distinguiéndose, entre ellos, Nuño Valdés y el joven caballero Iñigo López. Nuño tiene dos hermanas famosas por su belleza, y la mayor, llamada Leonor, es la prometida de Iñigo. Leonor se ha quejado en algunas ocasiones de la vergüenza, que recae sobre los españoles en sufrir que se entreguen á los infieles mujeres cristianas. De aquí que su amante, acompañado sólo de diez bravos caballeros, trate de libertar á las últimas doncellas que se han pagado á los moros; pero sucumbe al mayor número y cae prisionero de Abdallah, hijo del Califa. Amenázale éste con la muerte en castigo de su osadía; pero le sorprende de tal manera el heroismo, que con este motivo manifiesta el español, que acaba por concederle la vida y la libertad. Iñigo, lleno de agradecimiento hacia el noble moro, regresa de su cautiverio; pero en el camino se le aparece de repente un caballero con traje cristiano, en el cual reconoce á Abdallah con no escasa extrañeza suya. Cuéntale éste que ha visto casualmente el retrato de una cristiana de maravillosa belleza, inspirándole tal amor su sola imagen, que no piensa reposar hasta que encuentre el original y lo posea. Dice á Iñigo que, en agradecimiento de la libertad que le ha concedido, espera de él que le ayude á buscar á su amada, y á traerla á sus brazos. Iñigo le pide el retrato, y reconoce aterrado á su Leonor. La lucha entre el amor y el deber de la gratitud es grande en su pecho; pero no se resuelve á ceder su amada al infiel, y para impedirlo indefectiblemente, se apresura á casarse con ella; declara en seguida á Abdallah que ya no le debe favor alguno, y que vuelve á su poder prisionero. Descontento Abdallah con tal contratiempo, persiste, sin embargo, en su propósito de poseer á la bella Leonor, y acude con tal propósito al rey Mauregato. Este, que es enemigo de Nuño, se apresta á acceder á sus deseos; la casa de Nuño, en Simancas, es cercada por hombres armados, y sus hijas, con otras cinco señoras de la ciudad, se reservan para entregarlas á los moros. Desesperado Iñigo, pide al cielo y á la tierra que liberten á su esposa; excita al pueblo á tomar una resolución heróica y á sacudir tan ignominioso yugo, aunque sin conseguirlo, á causa del miedo que inspira el tirano. Las doncellas son, pues, arrancadas de su país; Leonor, sin embargo, la más atrevida, las exhorta con ardor á preferir la muerte á su deshonra, y trama después un plan temerario para libertarse, que se pone en ejecución al punto. Las prisioneras, aprovechando el momento en que sus guardianes no las observan, se apoderan de sus armas y se refugian en una torre situada en el camino, en la cual se fortifican. Cuando las exhortan á que se rindan, aparecen en lo alto de la torre, y Leonor dice, en nombre de todas, lo siguiente:

Cuando firmó esta afrenta Mauregato,
. . . . . . . . . .
Fué condición, en fin, fué ley, fué trato,
. . . . . . . . . .
Que de hermosura y sanidad constasen
Las vírgenes que al Moro se entregasen.
. . . . . . . . . .
Sin salud, sin ornato, sin belleza,
Triunfos ya del dolor más lastimoso
Despojos son del llanto y la tristeza.

y entonces enseñan todas sus brazos izquierdos mutilados, puesto que se han cortado las manos. Abdallah, á pesar de esto, se empeña en lograr su propósito; pero el pueblo, á las órdenes de Nuño, admirando tanto heroismo, se revuelve espada en mano contra Mauregato, del cual obtienen una ley, en cuya virtud la ciudad de Simancas quedará libre en lo sucesivo de contribuir al tributo de las cien doncellas.

Los Benavides. Grandes altercados hay entre los nobles de León acerca de la tutela del joven rey Alfonso: Payo de Bivar, uno de los más poderosos, aunque lleno de orgullo, quiere arrebatarle sus bienes, é insulta grosera é indignamente al anciano Mendo de Benavides, su adversario. Mendo quiere vengar en seguida su afrenta, pero conoce que sus débiles fuerzas se lo impiden, y cede á la resistencia de los demás, hasta que cae postrado en tierra y abandona quejoso la corte bajo el peso de sus años. Los grandes se conciertan después hasta confiar la tutela del Rey al conde Melén González. El poeta nos lleva en seguida á la casa solariega de los Benavides, y nos representa los inocentes solaces de Sancho y de Sol, dos jóvenes campesinos, que, si bien todavía casi niños, se profesan inclinación amorosa. Esta escena es encantadora y de las mejores de nuestro poeta. Pronto aparece Mendo, que cuenta á su hija Clara su afrenta, en un discurso apasionado, reprochándole que aún no se haya desposado, y no tenga hijos que lo venguen. Clara le revela un secreto hasta entonces oculto: años anteriores había llamado la atención del rey Bermudo, y recibido de él promesa de casamiento, que no llegó á realizarse. Sancho y Sol son los frutos de estas relaciones, quienes ignoran cuáles sean sus padres, habiendo sido criados hasta entonces como si fueran dos vulgares aldeanos. Esta noticia reanima al viejo Mendo; perdona la falta de su hija, y se congratula de tener un nieto, que pueda encargarse de vengar la ofensa de su abuelo. Hace con Sancho distintas pruebas para experimentar su valor; demuéstranlo todas, y el anciano se regocija, no dudando ya de la osadía de su nieto; descúbrele su nacimiento y la obligación en que se halla por su parentesco con un anciano sin honra; Sancho deplora la necesidad en que se ve de renunciar al amor de Sol, á quien mira ya como á su hermana, pero se alegra de saber que corre en sus venas noble sangre, y arde en deseos de castigar al insolente Payo de Bivar. Mientras tanto surgen nuevas disensiones en la corte por el orgullo de Payo; pero el joven Rey comienza á ejercer su autoridad, y aleja al rebelde de su lado; éste se ausenta murmurando y pensando en la venganza. Poco después se aparece Sancho, el cual, sin atender á la resistencia de los satélites del Monarca, penetra hasta la antesala regia y pregunta bruscamente quién es Payo de Bivar. La viveza y rústica obstinación, con que se presenta, agradan á los caballeros, y uno de ellos dice ser el ofensor de Mendo; pero la broma termina en tragedia, porque Sancho acomete en seguida al supuesto Payo, y lo tiende muerto á sus pies.—No nos es posible extendernos más en la exposición del argumento de esta comedia, y nos limitamos á extractar lo más esencial. Sancho vive en el error de haber realizado la venganza que se le encargara, y ejecuta otras hazañas: la casualidad hace que salve la vida á Elvira, hermana de Payo, y que con ella se encamine al castillo de su hermano. En él sabe que vive quien creía muerto, y surge en su pecho una lucha terrible entre los deberes que lo ligan á Mendo y su amor á Elvira; éste lo detiene algún tiempo antes de resolverse á inquietar á Payo. Entre tanto el rencoroso Grande, para vengarse del Rey, pide auxilio á los moros para atacar á León. Un enjambre de infieles sorprende entonces al Monarca, que viajaba, mientras descansa de las fatigas del camino, viéndose abandonado de todos sus servidores; ya se lo llevan los enemigos, cuando se presenta Sancho, lo salva, y lo conduce en sus brazos con peligro de su vida. En este intermedio se manda á Payo de real orden que concurra á un combate singular y solemne con Mendo, ó con quien lo represente. Mendo, lleno de ansiedad, y desconfiando de sus propias fuerzas para la lid, pone todas sus esperanzas en su nieto; pero como no se presenta en el momento decisivo, se decide á pelear y hace sucumbir á su enemigo. Poco después llega la noticia de la prisión del Rey; promuévese grande alboroto entre los grandes, hasta que Sancho aparece con el Monarca; todos celebran su hazaña, y no sólo es recompensado por Alfonso con ricas posesiones, sino que lo reconoce como á hermano. El casamiento de Sancho con Elvira termina al fin las antiguas querellas entre las dos casas de Bivar y de Benavides.

El Príncipe despeñado. Dos partidos disputan en la corte de Navarra después de la muerte del rey García: uno, el de D. Sancho, hermano del muerto, que pretende sucederle, y otro, el que defiende los derechos de su hijo, aún no nacido. A su cabeza se hallan los hermanos Guevara, sosteniendo D. Martín las pretensiones de D. Sancho, y D. Ramón los derechos del Príncipe, cuyo nacimiento se espera. Este último se ve obligado á ceder; acusa el egoísmo de su hermano y de todos sus parientes; profetízales que la Providencia castigará su injusticia, y abandona la corte, retirándose á un paraje solitario. D. Sancho es proclamado Rey, y premia á D. Martín concediéndole honores y dignidades de toda especie. Doña Elvira, la Reina, que se halla en cinta del Príncipe póstumo, protesta de aquella resolución ante su cuñado y los vasallos de la Corona, reservándose usar de los derechos que asisten á su hijo, sin que se le atienda en lo más mínimo; poco después se le avisa con sigilo que se ha formado el propósito de asesinarla, por cuyo motivo se decide á huir. En una de las escenas siguientes aparece en áspera montaña, por donde va sollozando, cuando siente que se aproxima el momento del parto, obligándola á buscar un lugar de refugio. Transpórtanos luego el poeta al próximo castillo de Doña Blanca, esposa de D. Martín; llega á él un campesino y dice que en las cercanías se ha visto á una señora desdichada, á quien atormentaban los dolores del parto; mandan buscarla, y pronto regresa un criado con el Príncipe recién nacido, y cuenta que la madre del niño, al oir el nombre de la esposa de D. Martín, se ha ocultado en lo más espeso del monte. Blanca adopta al Infante, de cuya noble prosapia nada sabe, y lo trata como si fuera su propio hijo. Poco antes de celebrarse el Bautismo, se presenta D. Sancho, que cazaba en las inmediaciones, á hacer una visita al castillo, y se presta á ser el padrino del niño. Pero el Rey, al contemplar á Doña Blanca, siente arder en su pecho violenta pasión, y para satisfacerla, toma la indigna resolución de nombrar á D. Martín general del ejército para seducir en su ausencia á Doña Blanca. D. Martín, no sospechando nada, accede á los deseos del Rey, el cual, sobornando á los criados, se introduce la noche siguiente en el dormitorio de Doña Blanca. La esposa de D. Martín, sorprendida de la osadía del seductor, le reprocha colérica la infamia de su conducta y su ingratitud para con su esposo; pero D. Sancho está decidido á poseerla á todo trance, aunque sea empleando la violencia. El poeta hace entonces caer el telón. En el acto siguiente vuelve D. Martín de la guerra. Apresúrase á llegar á su castillo, y encuentra sus muros vestidos de negro crespón; Blanca se le presenta también con traje de luto: cuéntale su deshonra; desenvaina el puñal que llevaba en su cinto para atravesarse el corazón, y cae en tierra desmayada antes de realizar su propósito; D. Martín jura tomar de su afrenta tremenda venganza, poniéndola en obra sin demora, cuando oye que el Rey caza otra vez en las cercanías. Cambia entonces la escena, representando una agreste montaña. D. Ramón, que como la Reina, vive há largo tiempo en la soledad, atraviesa fugitivo el teatro, cubierto con pieles de fiera, y tras él D. Martín vibrando su venablo de caza. Después que se reconocen ambos hermanos, acuerdan que D. Ramón atraiga al Rey á una escarpada peña, y que D. Martín lo precipite desde ella en el abismo. El plan se realiza en toda su extensión: D. Sancho es lanzado desde la enhiesta peña, y D. Martín hace creer á los caballeros, que corren de todas partes, que el Rey se ha precipitado víctima de su imprevisión. La escena es de nuevo en el castillo: traen á él el cadáver mutilado del Rey, y en su presencia se descubre la inocencia de Doña Blanca. Aparece al fin la Reina, á la cual se ha mandado buscar, y se rinde homenaje á su hijo como al sucesor legítimo del trono.

barra decorativa capítulo XIII

CAPÍTULO XIII.

La inocente sangre.La judía de Toledo.Los novios de Hornachuelos.Peribáñez y el comendador de Ocaña.Los comendadores de Córdoba y Fuente-Ovejuna.El Hidalgo abencerraje.La envidia de la nobleza y el cerco de Santa Fe.Las cuentas del Gran capitán.El Nuevo Mundo descubierto, y algunas otras.

O TRA es la índole de las comedias, cuya acción se supone ocurrir en los últimos períodos de la Edad Media en España. Con la misma verdad con que en las anteriores se describen sus costumbres sencillas, con igual grandiosidad y energía se retratan en éstas los personajes más sombríos de una época de degeneración y de desorden. La tiranía de los Reyes; la repugnante hipocresía de los cortesanos; la criminal ambición de la nobleza y su obstinado empeño de debilitar el poder real; el despotismo de los infanzones, ricos-hombres é hidalgos con sus súbditos; las discordias civiles, que desgarran el seno del país, todo esto se pinta en ellas magistral y claramente. Formámonos así una idea tan exacta como triste de la anarquía de los siglos medios, que destrozó á todos los pueblos de Europa, y á España más que á los restantes de ella, de las usurpaciones, barbarie y ferocidad de los potentados; de la época, en fin, deplorable, en que las leyes eran demasiado débiles para proteger al inocente, y en que hasta la justicia se vió forzada á revestirse de formas despóticas, y de aquí también el agradable contraste que en este fondo sombrío nos ofrecen los rasgos aislados de rectitud y grandeza de alma, y las escenas rústicamente sencillas é infantiles, que traza el poeta cediendo á la fecundidad singular de su ingenio. Tales son las siguientes:

La campana de Aragón, cuyo argumento pinta enérgicamente la lucha entre la nobleza aragonesa y el poder real, que al fin deja caer su roto cetro sobre sus inquietos vasallos.

La inocente sangre. Al empezar el reinado de Fernando IV tuvo que luchar este Rey con un partido contrario, que intentaba ceñir la corona en las sienes de su tío Alfonso. El primer acto describe esta contienda. Debióse á los esfuerzos de la heróica reina Doña María, su madre, el reconciliar á los enemigos y obligar á D. Alfonso á renunciar á sus pretensiones. En la parcialidad favorable al Rey se habían distinguido particularmente los dos hermanos Carvajales. Estos, por su conducta algo orgullosa, se habían enemistado con otros caballeros, y en especial con uno llamado D. Ramiro. La animosidad de D. Ramiro contra D. Juan de Carvajal creció mucho de punto por ser éste su rival en los amores de una bella dama, denominada Doña Ana. Con motivo de las fiestas celebradas en Burgos para solemnizar el restablecimiento de la tranquilidad pública, es asesinado en medio del bullicio un favorito del Rey, llamado Benavides. D. Fernando, que sintió amargamente la muerte de su amigo, hace todo linaje de ofrecimientos para descubrir al asesino, y D. Ramiro aprovecha la ocasión de satisfacer su sed de venganza, acusando con testigos falsos á los hermanos Carvajales como á autores del delito. El Rey da fácil crédito á esta acusación, á la cual favorecen otras circunstancias falaces, y condena á muerte á los dos nobles hermanos, inocentes de toda culpa. Inútiles son los ruegos que, por salvarlos, hacen al soberano los grandes más influyentes del reino, y vanos también los de Doña Ana, que se arroja á sus pies sollozando. Los Carvajales son llevados á una empinada peña y precipitados desde ella en un abismo; pero antes de dar tan mortal salto emplazan solemnemente al regio juez y á sus acusadores ante el tribunal de Dios en un plazo determinado. Doña Ana se arroja silenciosa y traspasada de dolor sobre el cadáver despedazado de su caro D. Juan, y se aleja, al fin, desesperada para buscar la muerte en las desiertas montañas. En la última escena se nos presenta el Rey, presa en un instante de rigidez convulsiva, como si lo hubiese herido la justicia divina, embargado por un terror sombrío, mientras se oye una voz que entona el siguiente canto:

Los que en la tierra juzgáis,
Mirad que los inocentes
Están á cargo de Dios,
Que siempre por ellos vuelve.
No os ciegue pasión ni amor;
Juzgad jurídicamente;
Que quien castiga sin culpa,
A Dios la piedad ofende.

Un mensajero anuncia la muerte del falso acusador Ramiro, y poco después espira también el Rey, para responder al emplazamiento de los Carvajales, que lo citaron ante el tribunal de Dios.

La judía de Toledo. Al principiar la comedia se describen las luchas de partido entre los Castros y los Laras, que desgarraron á España al comenzar el reinado de D. Alfonso VIII. Mientras ocurren estas revueltas, hace el Rey su entrada en Toledo con su esposa Doña Leonor, hija de Enrique de Inglaterra. Manifiéstale grande amor, y acuerda con ella hacer una visita á los famosos jardines de Galiana. Después aparece la bella judía Raquel, que ha presenciado la entrada del Rey, y que cree haber observado que la miraba con predilección. Va después á bañarse á un lugar alejado á orillas del Tajo. La casualidad lleva al Rey á este mismo paraje, y ve oculto á la judía, y siente, al contemplar sus gracias, la más violenta pasión. Encarga á su favorito Garcerán que le diga de su parte que desea hablarle; éste hace ver al Rey la inconveniencia de su amor; pero obligado á obedecerlo, lleva á Raquel al real palacio. La Reina, mientras tanto, está intranquila por la ausencia de su esposo, y se sienta á escribirle. El Rey viene entonces, oye las reconvenciones que pensaba hacerle por escrito, é intenta calmarla con mil protestas de su amor. Pero la inclinación de Alfonso á la bella judía es tan poderosa, que no sólo lo fuerza á quebrantar sus mejores resoluciones, sino á descuidar los asuntos del reino. Encamínase, pues, de nuevo á visitar á Raquel, para la cual ha mandado preparar lujosamente un palacio con jardines. Al llegar al dintel de la puerta, oye triste canto, y una aparición que dice ser enviada de Dios; le aconseja que no entre, pero su pasión lo arrastra á desobedecerla. La Reina convoca á los grandes más influyentes á su palacio, y cuando vienen, se presenta vestida de duelo, trayendo en sus brazos al joven infante D. Enrique, les descubre su afrenta y los peligros que amenazan al trono y á la fe; y por último, los excita á dar muerte á Raquel. Esta nueva produce gran conmoción en los grandes, que juran cumplir los deseos de la Reina. La escena inmediata nos ofrece á Alfonso y á Raquel, que se divierten pescando en el Tajo. Conciertan que los pescados que saque el Rey sean para Raquel, y los de ella para el Rey. Alfonso pesca la cabeza de un niño muerto, y Raquel una rama de oliva, por cuyo hallazgo retornan al palacio llenos de sombríos presentimientos. Apenas llega Raquel á su habitación, cuando sabe los proyectos formados contra su vida; pero el aviso es ya tardío, porque llegan los conjurados y matan á ella y á su hermana. Alfonso tiene noticia de su muerte, y expresa en un apasionado monólogo su dolor, su amor violento y su sed de venganza. Entonces aparece un ángel, que, al son de la música, reprueba sus proyectos vindicativos, y le amenaza con la cólera del cielo si persiste en realizarlos. Alfonso cae de rodillas, presa del arrepentimiento, y se dirige á una iglesia, en donde encuentra una imagen maravillosa de la Virgen. En esta iglesia ocurren las últimas escenas de la comedia. El Rey y la Reina yacen de rodillas á pocos pasos uno de otra, sin conocerse, puesto que sólo alumbra al templo la escasa luz de algunas lámparas; sus oraciones, sin embargo, expresan análogos sentimientos. Al fin se reconocen; el Rey confiesa su extravío, pide perdón á su esposa, y toda la corte celebra con suntuosas fiestas la reconciliación del regio matrimonio.

Los novios de Hornachuelos describen las humillaciones, que el rey D. Enrique III hace sufrir á un orgulloso rico-hombre de Extremadura, llamado Meléndez. La escena más notable es aquélla, en que el Rey penetra disfrazado en la habitación de su insolente vasallo para castigar su orgullo. Cierra las puertas, y se presenta cubierto á Meléndez, el cual, aun sin conocerlo, cae en tierra como agobiado por el solo poder de la majestad real. El Rey:

El enfermo rey Enrique,
Tercero en los castellanos,
Hijo del primer Don Juan,
A quien mató su caballo,
Comenzó, Lope Meléndez,
A reinar de catorce años,
Porque entonces los tutores

Del reino le habilitaron.
Por Rey natural Castilla
Le veneraba, no tanto,
Que la edad á los descuidos
No les concediese mano:
Con la enfermedad también
Más le desacreditaron
En la omisión al respeto
Inobedientes vasallos.
El Rey, bien entretenido,
Pero mal aconsejado,
En la caza divertía
Atenciones á los cargos.
Dormido el gobierno entonces,
La justicia á los agravios
De los humildes servía,
Más que de asombro, de aplauso.
Fuéronle, amigos fieles
Los días, avisos dando;
Que en veinte años nunca han sido
Prodigios los desengaños.
Volvió á Burgos una noche
De los montes, más cansado
Que gustoso; cenar quiso;
Y ninguna cosa hallando
Al despensero llamó,
Y preguntóle enojado
Qué era la ocasión. Él dijo:
"Señor, no ha entrado en palacio
Hoy un solo real; y en la corte
Estáis de crédito falto,
Y no hay nadie que les fíe

A vos ni á vuestros criados."
Quitóse entonces el Rey
Un balandrán, que de paño
Traía, y al despensero
Se le dió para empeñarlo.
Una espalda de carnero
Le trujo... ¡En qué humilde estado
Se vió el Rey! Comióla al fin,
Porque en semejantes casos,
Hacer valor del defecto
Siempre es de pechos bizarros.
Díjole, estando á la mesa,
El despensero: "Entre tanto
Que vos, señor, cenáis esto,
Con más costoso aparato
Los grandes de vuestro reino
Están alegres, cenando
De otra suerte, en casa del Duque
De Benavente, tiranos
Siendo de las rentas vuestras
Y del reino, que os dejaron
Sólo para vos, Enrique,
Vuestros ascendientes claros."
Tomó el Rey capa y espada
Para salir de este engaño,
Y en el banquete se halló
Valeroso y recatado,
Y escuchó tras de un cancel,
Con arrogantes desgarros,
Todo lo que cada cual
Refería, que usurpado
Al patrimonio del Rey

Gozaba, con el descanso
Que pocos años de Enrique
Aseguraban á tantos.
Publicó Enrique á otro día
Que estaba enfermo, y tan malo
En la cama de repente
De su accidente ordinario,
Que hacer testamento le era
Forzoso, para dejarlos
El gobierno de Castilla
En los hombros. No faltaron
En el palacio de Burgos
Apenas uno de cuantos
En cas del Duque la gula
Tuvo juntos, esperando
Que orden para entrar les diesen;
Cuando de un arnés armado,
Luciente espejo del sol,
Con un estoque en la mano,
Entró por la cuadra Enrique
Dando asombros como rayos.
Temblando y suspensos todos,
Con las rodillas besaron
La tierra, y sentóse el Rey
En su silla de respaldo,
Y al condestable Rui López
Vuelto con semblante airado,
Le preguntó: "¿Cuántos reyes
Hay en Castilla?" El, mirando
Con temeroso respeto
Dos basiliscos humanos
En el Rey por ojos, dijo:

"Señor, yo soy entre tantos
El más viejo, y en Castilla
Con vos, señor soberano,
Desde Enrique, vuestro abuelo,
Con vuestro padre gallardo,
Tres Reyes he conocido.
—Pues yo tengo menos años,
Replicó Enrique, y conozco
Aquí más de veinte y cuatro."
Entonces cuatro verdugos
Con cuatro espadas entraron,
Y el Rey dijo: "Hacedme Rey
En Castilla, derribando
Estas rebeldes cabezas
De estos monstruos castellanos,
Que atrevidos ponen montes
Sobre montes, escalando
El cielo de mi grandeza,
El sol, de quien soy retrato,
Y sobre todos fulminen
Rayos de acero esos brazos."
Lágrimas y rendimientos
Airado á Enrique aplacaron,
Que á los Reyes, como á Dios,
También les obliga el llanto.
Con esto restituyeron
Cuanto en Castilla, en agravio
Del Rey, los grandes tenían;
Y dos meses encerrados
En el castillo los tuvo,
Y desde entonces vasallo
No le ha perdido el respeto,

Sino sois vos, que tirano
De Extremadura, pensáis,
Lope Meléndez, que estando
En cama Enrique, no tiene
Valor para castigaros;
Respondiendo á cartas suyas
Con tan grande desacato,
Que le obligáis que en persona
El castigo venga á daros
Que merecéis, porque sirva
De temor á los contrarios,
De ejemplo á todos los Reyes,
De escarmiento á los vasallos.
Lope Meléndez, yo soy

(Levántase de la silla y empuña el Rey la espada, y Lope se quita el sombrero.)

Enrique; solos estamos:
Sacad la espada, que quiero
Saber de mí á vos, estando
En vuestra casa, y los dos
En este cuarto encerrados,
Quién en Castilla merece
Por el valor heredado
Ser Rey, ó vasallo lobo
En Extremadura. Mostraos
Soberbio agora conmigo
Y valeroso, pues tanto
Desgarráis en mis ausencias.
Venid, que tengo muy sano
El corazón, aunque enfermo
El cuerpo, y que está brotando

Sangre española, de aquellos
Descendientes de Pelayo.

LOPE (de rodillas).

Señor, no más: vuestra vista,
Sin conoceros, da espanto.
Loco he estado, ciego anduve.
¡Perdón, señor! Si obligaros
Con llanto y con rendimiento
Puedo, como á Dios, cruzados
Tenéis mis brazos, mi acero
A vuestros pies, y mis labios.

(Eche la espada á las pies del Rey y ponga la boca en el suelo, y Enrique le ponga el pie en la cabeza.)

REY.

Lope Meléndez, ansí
Se humillan cuellos bizarros
De vasallos tan soberbios.

Esta escena admirable ha sido imitada por Moreto en su famoso Valiente justiciero[2].

Peribáñez y el comendador de Ocaña, Los comendadores de Córdoba y Fuente-Ovejuna, son tres dramas de asuntos análogos, en cuanto los tres tienen por objeto representar la tiranía y los abusos de los comendadores de las Ordenes militares. Es difícil decidirse por cualquiera de ellos en detrimento de los otros, puesto que los tres, sin género alguno de duda, son de los más notables que existen, y han de enumerarse entre las más preciadas joyas de la corona del gran poeta. Peribáñez y el comendador de Ocaña comienza con la descripción de las nupcias, que celebra el labrador Peribáñez con la bella Casilda. Estas fiestas, juegos y cantos son de repente interrumpidos por lamentos, que se oyen detrás de la escena, y pronto la invade una multitud de gente del comendador de Ocaña, que, habiendo querido hacer gala de su destreza en una corrida de toros en las inmediaciones, se ha caído con su caballo, y está casi moribundo. Peribáñez acoge en su casa al herido, y le prodiga los más afectuosos cuidados. La dicha doméstica de los recién casados, la rústica inocencia de su vida, son retratadas con los colores más bellos de la poesía. El comendador, que se restablece poco á poco, comienza á sentir cierta grata inclinación hacia su bella huéspeda, siendo tratado por ella con la más sincera amistad. Al despedirse hácele ricos regalos, que son recibidos con gratitud. Las escenas siguientes nos transportan á Toledo, en donde se celebra una fiesta en loor de un santo. Encuéntrase en ella Peribáñez con su esposa y otros muchos labradores. El comendador aprovecha esta ocasión de acercarse á ella, pero es rechazado con desprecio, sospechando ya sus propósitos; su desdén acrece el amor del comendador, induciéndolo á disfrazar uno de sus criados para entrar como segador al servicio de Peribáñez, y facilitar á su amo la entrada en su casa. El esposo de Casilda permanece algún tiempo en Toledo ocupado en sus negocios, y mientras tanto atiende ella á todos los quehaceres propios de su estado: se la ve al obscurecer cantando al frente de los segadores á su regreso, rezar después las oraciones y retirarse á su dormitorio. El servidor disfrazado del comendador bebe con los demás compañeros, hasta que caen en tierra embriagados. Penetra en la casa el comendador, pero encuentra bien cerrado el dormitorio de Casilda; y cuando bajo sus ventanas se esfuerza después en ablandarla con las frases más tiernas, aparece ella en la reja de improviso, grita á los próximos durmientes que ya es tarde, y despide al comendador, á quien finge no conocer, hablándole unas veces como de burlas y otras como de veras. Al día siguiente vuelve Peribáñez: ha visto en Toledo en el taller de un pintor un retrato de su Casilda, hecho, según averigua, por orden del comendador, aunque ignorándolo la retratada. Despiértanse entonces sus recelos en el más alto grado: su sombrío silencio y su mal humor asustan á su esposa y á todos sus amigos; en todas las palabras que oye, y en los sucesos más comunes, cree observar pruebas que corroboren sus sospechas. El comendador, mientras tanto, no renuncia á la esperanza de lograr sus deseos á fuerza de constancia: ha recibido una orden del Rey mandándole formar un destacamento de sus súbditos, que ha de reunirse con un ejército numeroso, organizado contra los moros, y resuelve nombrar su capitán al esposo de Casilda. Ya entonces no duda Peribáñez del peligro que amenaza á su honra, ni en ejecutar el proyecto, que ha concebido por esta causa. No es posible esquivar la orden del comendador. Sale, pues, al frente del destacamento, y promete solemnemente, delante del comendador, al ceñirle la espada, que la empleará en defensa de su honor. Esta escena, en que el esposo ofendido recibe sus armas de manos de su mismo ofensor, para arrancarle con ellas la vida, es de primer orden: él, amenazado en su honra, anuncia claramente su propósito, pero el ciego comendador nada sospecha. Peribáñez emprende su marcha con los soldados, pero apenas llega al primer paraje, en donde ha de pernoctar, cuando se apresura á regresar á su aldea, y por una puerta excusada se desliza en su casa y se oculta. Oye al poco tiempo ruido de pasos: son del comendador, que, como antes, ha encontrado medio de llegar hasta la habitación de Casilda. El esposo oculto se detiene un momento para averiguar la culpabilidad ó la inocencia de su esposa; convencido, al fin, de la última, sale de su escondrijo y mata al indigno enemigo de su honra. La última escena es en la corte de Enrique III. Noticioso el Rey de la muerte del comendador de Ocaña, manda castigar severamente al matador: preséntase entonces Peribáñez; expone los motivos que tuvo para dar muerte á su ofensor, y sostiene que se ha visto obligado á hacerlo en defensa de su honor, sometiéndose al fallo de su justicia, si es culpable. El Rey, enterado de la verdad del suceso, aprueba su acción, y nombra á Peribáñez capitán de los soldados, que se han alistado de orden del comendador. Así termina esta comedia, notable en todos conceptos, origen indudable, en muchos de sus rasgos, de la célebre de Rojas titulada Del Rey abajo ninguno, aunque los fundamentos de la fábula sean en ésta diversos.

Fuente-Ovejuna es un drama basado en un acontecimiento verdadero (véase el cap. 38 de La Crónica de la Orden de Calatrava de Francisco de Rades y Andrade), que fué imitado más tarde con fortuna por Cristóbal de Monroy, ocurrido en la guerra civil, que desgarró á Castilla después de la muerte de Enrique IV, y que concluye ofreciéndonos á la vista, con sus consoladoras esperanzas, el recuerdo de Fernando é Isabel, enérgico á un tiempo y grato[3].

Desde esta época comienza una nueva serie de dramas, llenos de vigorosa poesía, para celebrar el naciente brillo de la monarquía universal española. En El mejor mozo de España leemos la romántica descripción del viaje de Fernando á Valladolid (ajustado á lo referido en la crónica de Alfonso de Palencia, y por Zurita, en el cap. 26 del lib. XVIII). Sólo existe la primera parte, que sin formar un todo perfecto, nos ofrece, sin embargo, una serie de cuadros bellísimos de la historia de España. Somos transportados á los últimos años del reinado de Enrique IV, tan funestos para la monarquía española. Las primeras escenas nos muestran á la joven Isabel en su pacífico retiro, ocupada en hilar y en otros quehaceres de su sexo. España se le presenta en sueños, yaciendo en tierra, vestida de duelo, quejándose de sus desdichas, y anunciándole que ella es la elegida para poner término á los infinitos males que la afligen. Poco después llega la noticia de la muerte de su hermano Alfonso, que le abre el camino para llegar al trono legalmente, en caso de fallecer D. Enrique, puesto que las Cortes han declarado ilegítima á la infanta Doña Juana. El Rey convoca las Cortes para jurar por Reina á Isabel, y pide á ésta, movido de sus singulares caprichos, que no contraiga matrimonio mientras él viva. La Princesa accede al principio á los deseos del Rey, pero los grandes le demuestran con empeño, que, para atender á la dicha de su pueblo, debe elegir esposo. Envíanse entonces embajadas á varios Príncipes, para tomar entre ellos esposo; pero ninguno corresponde á los deseos de los grandes, ni posee las prendas que Isabel exige. Estas escenas de las condiciones del futuro cónyuge de la Infanta, están llenas de rasgos característicos del mayor ingenio. El Rey sabe, mientras tanto, que no se le obedece, é Isabel se ve forzada á sustraerse á los arrebatos de su ira. Diversos presentimientos y presagios, que ella interpreta como avisos del cielo, llaman su atención hacia Fernando de Aragón. La escena se muda á la corte de Zaragoza, en donde el infante Fernando presiente también su dicha futura por diversas señales. El Príncipe, que apenas ha salido de la infancia, se solaza justamente en un baile cuando llega la embajada de Castilla. Hállase también dispuesto á buscar esposa; pero como el rey Enrique, para impedirle la entrada en Castilla, ha acordonado con tropas la frontera, se ve en la necesidad de emprender su expedición en secreto y disfrazado: vístese, pues, de mozo de mulas, y los caballeros de su servidumbre fingen ser sus amos. El viaje, con sus peligros y varios sucesos, se representa en el teatro en sus diversas jornadas, mostrándose en ellas el Príncipe, por su viveza y edad casi infantil, de la manera más favorable. Isabel se disfraza de labradora para salirle al encuentro. Ya en camino, se ve expuesta en distintas ocasiones á ser conocida de los centinelas y de su mismo hermano; pero los engaña á todos, y llega felizmente al término de su viaje. Celébranse las bodas de los dos Príncipes disfrazados, y al acabarse la primera parte de la comedia aparece España triunfante, no con vestidos de duelo, hollando bajo sus plantas á sus enemigos, y profetiza las glorias del reinado de Fernando y de Isabel.

En El Hidalgo abencerraje se nos presenta Granada en todo su esplendor, aunque caminando ya hacia su ocaso; en La envidia de la nobleza, la muerte de los nobles abencerrajes por los traidores zegríes; finalmente, en El cerco de Santa Fe, la famosa lucha trabada ante el último baluarte de la morisma, en que tomaron parte activa los dos Monarcas españoles y los más nobles caballeros del reino, y como su personificación ó centro, las hazañas casi fabulosas[4] de Hernán Pérez del Pulgar, cuyo valor temerario corría parejas con su ardiente celo religioso.

La comedia comienza en el campamento cristiano de Granada. La reina Isabel pasa revista al ejército, y premia á los más valientes caballeros; el entusiasmo y ardor bélico de los adalides españoles se pinta con los colores más vivos. La escena cambia entonces, representando lo interior de la ciudad sitiada. El moro Tarfe promete á su amada Alisa depositar á sus pies las cabezas de los tres campeones cristianos más famosos, á saber, de Gonzalo de Córdoba, del conde de Cabra y de D. Martín de Bohorques. Ella no atribuye gran precio á este don, y sólo desea alejar á su amante, porque ama á Celimo, que no le corresponde por la amistad que lo une á Tarfe. Este acomete, en efecto, su arriesgada hazaña, pero es herido delante de las puertas, y observa con dolor que los caballeros cristianos han clavado en una de ellas con sus puñales un cartel de desafío. A su vuelta á la ciudad es agobiado por las reconvenciones de su amada á causa de su cobardía. Prométele entonces, para borrar su afrenta, clavar en la misma tienda de Isabel una cinta recibida de ella. Alisa en persona ha de asistir á esta hazaña, y, disfrazada de aguadora, ha de salir de la ciudad bajo la protección de Celimo. El moro lleva á cabo su temeraria empresa; pero Alisa cae prisionera del conde de Cabra, el cual cumple de este modo una promesa hecha á la Reina. Cuando se descubre la cinta clavada en la tienda de Isabel, se promueve grande alboroto en el campamento cristiano. Hernán Pérez del Pulgar hace voto de no descansar hasta que, en castigo de tamaño desacato, clave el Ave María en la mezquita de Granada, voto que cumple, en efecto, al pie de la letra. Penetra de noche hasta el centro de la ciudad enemiga, y después de realizar su propósito, regresa ileso á Santa Fe. Al día siguiente observan los moros admirados el palladium de los cristianos en la puerta de la mezquita, y Tarfe jura vengar esta afrenta infiriendo otra mayor á sus enemigos. Al comenzar el último acto cuenta Garcilaso al Rey, llegado al campamento hace poco, las temerarias hazañas ejecutadas los días anteriores; aparecen también varios caballeros, que depositan á los pies de sus soberanos los trofeos de sus victorias. Anuncia á la sazón un servidor, que Tarfe se encamina hacia el campamento trayendo el Ave María en la cola de su caballo. Este sacrilegio excita universal indignación; el Rey quiere salir en persona para castigar al insolente criminal; pero el joven Garcilaso consigue la gracia de pelear con él en vez del Rey, y reviste, al efecto, sus armas invocando antes á la Virgen. En una escena intermedia se presentan la España y la Fama para ensalzar los nombres de Garcilaso y de Fernando. El combate entre Garcilaso y Tarfe, en que éste sucumbe, termina la comedia. Verdad es, que, rigurosamente hablando, no hay unidad en la acción, puesto que sólo nos ofrece una serie de hechos y sucesos, enlazados á uno de los acontecimientos más gloriosos de la historia de España; la unión de las escenas entre sí es muy escasa, como consta particularmente del extracto hecho de ellas; pero quien lee la comedia, recuerda el verdadero estilo homérico en estos cuadros animados de la lucha entablada bajo los muros de Granada.

El héroe celebérrimo de esta guerra, el Gran Capitán, es también el protagonista de otro drama titulado Las cuentas del Gran Capitán, cuya copia es, sin duda, la de igual título de Cañizares. Entre sus escenas se distingue una incomparable, en que Gonzalo da sus descargos al requerírsele por el Rey que rinda cuentas de las sumas que se le han entregado. Se ve sentado en una mesa al tesorero del Rey con recado de escribir, presentándose Gonzalo y su compañero el bravo García de Paredes.

CONTADOR.

Y éstos los libros: aquí
Se siente vuestra Excelencia.

GARCÍA.

Y aquí he de tener paciencia:
¿Papelejos? Pesia á mí.

. . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . .

El duque de Sesa ¡cielos!
¿Con tanta sangre y desvelos?
¿Y qué la fama escribió
Por tan extraños caminos
Su historia en libros de cuentas,
Y no con plumas atentas
En sus anales divinos?

. . . . . . . . . . . .


CONTADOR.

De seis mil escudos de oro
Que en Valladolid le dieron;
Otros diez mil en Madrid,
Y veinte mil en Toledo
A Nápoles se enviaron.

. . . . . . . . . . . .

GRAN CAPITÁN.

Señor Contador, dejemos
Partidas de diez y veinte;
¿No hay suma?

. . . . . . . . . . . .

CONTADOR.

Suman los cargos doscientos
Y sesenta mil escudos.

GRAN CAPITÁN.

¿No más? Es poco. No creo
Que tal reino en todo el mundo
Se haya ganado con menos.

GARCÍA.

Yo se lo voto á los diablos:
Y que sustento y dinero
se quitaba á cuchilladas.

. . . . . . . . . . . .


GRAN CAPITÁN.

También traigo yo papel:
Vayan, vayan escribiendo.

. . . . . . . . . . . .

Memoria de lo que tengo
Gastado en esta conquista,
Que me cuesta sangre y sueño,
Y algunas canas también.

. . . . . . . . . . . .

Primeramente se dieron
A espías ciento y sesenta
Mil ducados.

CONTADOR.

¡Santos cielos!

GRAN CAPITÁN.

¿Qué? ¿Os espantáis? Bien parece
Que sois en la guerra nuevo.
Más: cuarenta mil ducados
De misas.

CONTADOR.

Pues ¿á qué efecto?

GRAN CAPITÁN.

A efecto de que sin Dios
No puede haber buen suceso.


CONTADOR.

Al paso desto
Yo aseguro que le alcance.

GRAN CAPITÁN.

Como se va el Rey huyendo
De tantas obligaciones,
Quiero alcanzarle...
Más: ochenta mil ducados
De pólvora.

CONTADOR.

Ya podemos
Dejar la cuenta.

GARCÍA.

Bien hacen:
Temerosos son del fuego.

GRAN CAPITÁN.

Escuchen por vida mía,
Más: veinte mil y quinientos
Y sesenta y tres ducados,
Y cuatro reales y medio,
Que pagué á postas de cartas.

CONTADOR.

¡Jesús!


GRAN CAPITÁN.

Y en correos
Que llevaban cada día
A España infinitos pliegos.

GARCÍA.

Vive Dios, que se le olvidan
Más de doce mil que fueron
A Granada, y á otras partes;
Y aun era tan recio el tiempo,
Que se morían más postas
Que tienen las cuentas ceros.

GRAN CAPITÁN.

Más: de dar á sacristanes,
Que las campanas tañeron
Por las victorias, que Dios
Fué servido concedernos,
Seis mil ducados, y treinta
Y seis reales.

GARCÍA.

Sí; que fueron
Infinitas las victorias,
Y andaban siempre tañendo.

GRAN CAPITÁN.

Más: de limosnas á pobres
Soldados, curas enfermos,

Y llevarlos á caballo,
Treinta mil y cuatro cientos
Y cuarenta y seis escudos.

CONTADOR.

No sólo satisfaciendo
Va Vuestra Excelencia al Rey;
Mas que no podrá, sospecho,
Pagarle con cuanto tiene.
Suplícole que dejemos
Las cuentas, que quiero hablarle.