El Nuevo Mundo descubierto pertenece á las comedias de Lope más satirizadas por los galicistas, y hasta los más benévolos la han calificado de loca extravagancia; pero cuando se fija la atención en lo que constituye su centro de unidad, que es el ensalzamiento de la fe católica, es preciso convenir en que no falta en ella, para ser perfecta, el enlace necesario de sus partes.—Los hechos ocurridos en tiempo del emperador Carlos V, se representan en Carlos V en Francia y en La mayor desgracia del emperador Carlos: en esta última la malograda expedición á Argel. Arauco domado describe la conquista de este pueblo valeroso del S. de Chile, tan célebre por la epopeya de Ercilla; esta comedia es única en su género, y se distingue por su aparato escénico, que desenvuelve á nuestros ojos toda la gala de la naturaleza de los trópicos, y nos transporta á las magníficas soledades de América, y porque nos ofrece igual heroismo en los dos pueblos que pelean, el de los esforzados hijos de las selvas, que batallan rudamente y con ánimo casi sobrenatural por su independencia, formando los contrastes más chocantes y pintorescos, y el de los españoles, cuyo entusiasmo y deseos de extender el renombre de su patria y sus creencias religiosas, nos infunden encanto irresistible; en una palabra, es difícil imaginar ninguna otra comedia que sobresalga como ésta por sus atrevidas creaciones, por el vuelo y el brillo de la fantasía[5].—Sucesos posteriores, ocurridos en vida de Lope, son tratados en La santa Liga, obra animada de espíritu verdaderamente heróico, aunque algo difusa en lo épico, al exponer la guerra contra los turcos, que terminó en la batalla de Lepanto; de la misma clase es La mayor victoria de Alemania, que ensalza á un nieto del Gran Capitán; Los españoles en Flandes, etc.
Entre las comedias cuyos argumentos pertenecen á la historia de España, obsérvanse otras diferencias que no deben pasar desapercibidas, comprendiendo algunas un hecho ó una anécdota aislada, como, por ejemplo, El asalto de Mastrique, El marqués de las Navas, cuya acción se concentra en estos sucesos y personajes que forman su base, y otras, por el contrario, una serie completa de sucesos enlazados entre sí, ya por la unidad que les imprime su protagonista, ya de otra manera menos estrecha. De esta especie las hay biográficas, como El valiente Céspedes, cuyas dos partes (sólo se conserva la primera), describen la vida del famoso espadachín Céspedes y sus hazañas en la Península, Alemania y Nápoles, ó compuestas de actos aislados é independientes, que, sin embargo, constituyen un todo análogo al de las tragedias de una trilogía. Sirva de ejemplo de la última clase El postrer godo de España, cuya primera jornada describe la pasión del rey Rodrigo por la bella Florinda; la segunda, la muerte de este desdichado Monarca en la batalla del Guadalete, y la tercera, la restauración del reino cristiano por Pelayo.
En la clasificación de las comedias de Lope hay también que señalar un lugar determinado á aquéllas que, fundadas en la historia nacional y representando personajes históricos, tratan más bien de intereses privados que de sucesos públicos notables. Utilízanse con frecuencia en ellas asuntos y tradiciones especiales; no pocas veces es la fábula fingida, enlazándose arbitrariamente con ésta ó aquella circunstancia histórica, siempre, á la verdad, con exquisito tacto, de suerte que el suceso inventado convenga al lugar y á la época en que se supone ocurrir, y encuentre en uno y otra su natural asiento. Nunca Lope, mientras no sale de los dominios de su patria, se atribuye la licencia de desfigurar la historia, y de aquí que sus rasgos históricos sean en estas comedias verdaderos en cuanto á las costumbres y demás condiciones de igual clase, que tan célebre lo han hecho en las anteriores, arrebatándonos también en éstas sus magistrales caracteres históricos. La mayor parte de estos dramas aventajan, bajo cierto punto de vista, á los puramente históricos, porque es más estrecha la unidad de acción, más concentrado ó intenso su interés dramático, no oponiéndose, como en aquéllos, á este resultado el deseo de aprovechar, cuanto se puede, todos los rasgos especiales diseminados en las crónicas. Observamos en esta categoría (á la cual, hablando en rigor, pertenecen también algunos de los mencionados antes) muchas de las obras más notables de Lope, que hasta hoy se han conservado en el teatro español.
La Estrella de Sevilla.—Porfiar hasta morir.—El mejor alcalde, el Rey.—La carbonera.—La niña de plata.—La corona merecida.—El vaquero de Moraña.—El duque de Viseo.—El castigo sin venganza.
LA Estrella de Sevilla[6] es una tragedia de sorprendente belleza y de composición vigorosa que, por su clara pintura de los caracteres, por sus situaciones patéticas y conmovedoras, va aumentando el interés dramático hasta la catástrofe; ha sido arreglada después por Trigueros, que la ha alterado en su esencia, representándose de nuevo, y habiendo llegado al teatro alemán con esta forma. La acción, en la original, hoy muy rara, es la siguiente: El rey D. Sancho, que reside en Sevilla hace poco tiempo, habla con su favorito Arias de las beldades que, desde su llegada á Sevilla, ha visto en ella, y especialmente de la más encantadora de todas, de Estrella, hermana de Bustos Tavera. Arias atrae á Bustos, que se humilla en presencia del Rey, y es nombrado por él alcalde de Sevilla, cargo que acepta, aunque protestando traspasarlo á otro más digno. El Rey alaba los nobles sentimientos de Bustos, y le pregunta por su familia, indicándole que case á su hermana. Después vemos á Estrella que entabla un triste diálogo con su amante Sancho Ortiz. Bustos entra, ruega á su hermana que se retire, y cuenta á Sancho el proyecto del Rey de casar á Estrella, prometiéndole hablar en su favor. A poco se presenta Arias, que viene de parte de D. Sancho; Estrella se aleja silenciosa y con orgullo; pero soborna á una esclava, que le promete introducir de noche al Rey en el dormitorio de Estrella. Llega la noche, y el Rey penetra en la casa de Estrella por mediación de la desleal esclava. Tavera viene también, se admira de la oscuridad que reina en su casa, oye hablar al Rey con su esclava, y desenvaina su espada. El Rey se descubre para salvarse; Tavera expresa su indignación contra tan villana conducta, y deja huir al Rey, dando muerte á la esclava. El Rey, de vuelta en su palacio, cuenta á Arias lo ocurrido, y maquina vengarse. Arias, atendiendo á lo desfavorable de las circunstancias y á la consideración de que disfruta Tavera, proyecta quitar á éste la vida ocultamente, valiéndose de la bravura y reconocida lealtad de Sancho Ortiz. El Rey aprueba el consejo, manda llamar á Sancho, y le ordena que, sin pérdida de tiempo, desafíe y mate al caballero cuyo nombre está escrito en una hoja de papel sellado, que le entrega. Sancho queda solo y abre el papel misterioso. Violenta y desesperadora es la lucha que se traba en su pecho, porque el caballero, cuya muerte pide el Rey, es á un tiempo su amigo y el hermano de su amada. Pero la obediencia á las órdenes de su soberano es el primero de los deberes de sus súbditos, y Sancho, casi privado de la razón, se decide á cumplirlas. La escena del desafío y del combate es notabilísima por su verdad, animación, y por el efecto que hace en el lector. La escena siguiente nos ofrece á Estrella, que aguarda inquieta á su Sancho; pide un espejo para engalanarse antes de recibir á su amante; pero el espejo se rompe, y la sortija de Sancho, que lleva en su dedo, salta en mil pedazos, lo cual es de funesto agüero para ella. Tráenle entonces el cadáver de su hermano, y al mismo tiempo, la noticia de quién ha sido el matador. Expresa su dolor en breves, aunque desgarradoras exclamaciones, y desea morir para dejar de padecer. El Rey sabe lo ocurrido, y da sus instrucciones para salvar á Sancho Ortiz. Preséntase Estrella, acusa al matador de su hermano, y pide que se le entregue para expiar su delito; el Rey entonces, después de proferir algunas frases de sorpresa, le da la llave de la prisión del delincuente. Entremos también en ella. Sancho rechaza los medios de salvarse, que le ofrece Arias en nombre del Rey. Preséntase una mujer velada para libertar al preso: es Estrella; escena patética de la entrevista de los dos amantes, que se encuentran tan trocados; pero ni Sancho se arrepiente de la acción, que se le ordenó como súbdito del Rey, ni Estrella se atreve á censurarla: admira la magnanimidad de su amante, que renuncia á salvarse, pudiendo hacerlo, para morir en el cadalso, y se retira decidida á esperar la muerte. El Rey se arrepiente profundamente, mientras tanto, de su conducta, y ordena que Sancho sea llevado á escondidas á su palacio; al mismo tiempo trabaja para que los alcaldes pronuncien una sentencia benigna; pero son justos, y condenan á muerte al prisionero. Estrella asegura que jamás se casará con el matador de su hermano. El Rey, ejerciendo su derecho de gracia, indulta á Sancho. Éste resuelve ir á la guerra contra los moros, en donde espera acabar su triste vida, terminando el drama con la eterna despedida de los dos amantes.
Porfiar hasta morir es un arreglo felicísimo de la historia del desdichado trovador Macías (ved á Argote de Molina, Nobleza de Andalucía, Sevilla, 1588, tomo II, cap. 148, pág. 271), rebosando de estro poético en la pintura del joven poeta, llena de rasgos tan delicados como naturales en todos sus accesorios, de arrebatadora viveza en su exposición, é infinitamente superior por estas cualidades á otras posteriores (El español más amante y desgraciado Macías, de tres ingenios, y El Macías moderno, de Larra). Macías, joven caballero castellano, se encamina á Córdoba para hacer allí fortuna en la corte de Enrique de Villena, gran Maestre de Santiago. La casualidad hace que, no lejos de la ciudad, salve la vida á un caballero atacado por salteadores. Este caballero es el mismo gran Maestre, que después lo acoge con singular benevolencia á causa del servicio que le prestara. En la casa de D. Enrique vive también una dama joven llamada Clara, que, desde el primer instante, inspira á Macías la pasión más viva. El enamorado se informa del objeto de su pasión de un caballero de la corte, y oye de sus labios la respuesta siguiente: Doña Clara es mi prometida, la prometida de D. Tello. Macías se desespera, y va á la guerra en busca de la muerte; distínguese tanto en ella por su valor, que se le condecora con la cruz de Santiago; parece huir de él la apetecida muerte, y su pasión, que trata inútilmente de domeñar, le obliga á encaminarse de nuevo á Córdoba. Clara no parece mirar con malos ojos á su fogoso amante, pero la voluntad del gran Maestre y sus esponsales anteriores con D. Tello la obligan al fin á casarse con éste. El desventurado Macías es atacado de una especie de delirio; las endechas de su amor sin esperanza son celebradas en todo el país, y hasta el día de hoy dura la frase de enamorado como Macías. El esposo de Clara siente nacer en su alma rabiosos celos, y el gran Maestre exhorta al trovador á renunciar á su loca pasión; pero él persiste en ella tenazmente, y hasta se aventura á penetrar en el aposento de su amada, en donde es sorprendido por Don Tello y preso de orden del gran Maestre. El celoso marido no sosiega, sin embargo, ni aun estando en la prisión su rival, puesto que sus amorosas canciones son repetidas por todos, y fuera de sí atraviesa el pecho del cantor arrojándole un dardo á través de las rejas de su prisión.
El mejor alcalde el Rey (cuyo argumento se funda en un hecho contado por Sandoval, Historia de los Reyes de Castilla y de León en 1189, y en el lib. XI, cap. 11, de Mariana) puede calificarse de drama modelo, de cualquier manera que se le considere, por la profundidad y exactitud de los caracteres, por los enérgicos contrastes que nos ofrecen el Rey severamente justiciero, el orgulloso rico-hombre y el pobre y noble hidalgo, y por la pintura, llena de vida, de la época y costumbres de los siglos medios, que nos ofrece; hasta el estrecho encadenamiento de las escenas entre sí, y el efecto de todas sus partes en la impresión total del conjunto, nada dejan que desear á la crítica más exigente.
En La Carbonera, según todas las apariencias, hay una juiciosa mezcla de la ficción con la historia. Leonor, hermana de D. Pedro el Cruel, es criada por unos carboneros en los montes de Andalucía para librarla de su receloso y feroz hermano. Pónese después bajo la protección de su hermano de padre, Enrique de Trastamara, pero así se expone más á las asechanzas del Rey, temiendo éste que Enrique, si casa á Leonor con un Príncipe extranjero, dará más fuerza á su partido. Por este motivo encarga D. Pedro á su favorito Don Juan, que averigüe el paradero de la Infanta, y la traiga á sus manos. El favorito se apresura á ejecutar sus órdenes: llega á descubrir el domicilio de Leonor; pero lo encadenan de tal suerte los encantos y amabilidad de la desdichada dama, que, en vez de prenderla, la ayuda á huir, anunciando después al Rey que no ha logrado apresarla. Leonor se oculta de nuevo entre los carboneros, de los cuales sólo el viejo Laurencio, en cuya casa habita, conoce el secreto de su nacimiento. La noble conducta de D. Juan conmueve su corazón, y nacen entonces entre ambos tiernas relaciones, visitándola él en secreto con frecuencia. Sucede casualmente que el Rey, extraviado en una cacería, y sin haber visto á su hermana, viene á parar á la choza de los carboneros, y concibe por la bella Leonor una pasión violenta. Comisiona entonces á D. Juan para seducirla; la crítica posición, en que se encuentran entonces los dos amantes, da origen á las situaciones más conmovedoras é interesantes. Leonor, para salvarse en tal apuro, imagina fingir que se casa con el rústico Bras, que la pretende largo tiempo hace. D. Pedro se enfurece sobremanera al saberlo, é intenta impedir este enlace y apoderarse de Leonor. Esta sabe por Don Juan el inminente peligro que la amenaza; pero evita el huir, puesto que la cólera del Rey, si no la encuentra, ha de descargar en su amante; descúbrese al tirano, que aparece poco después, creyendo segura su muerte; Pedro, sin embargo, que sabe que es su hermana tan generosa beldad, renuncia á su odio, y la lleva á los brazos de D. Juan, que obtiene así el justo premio de su leal amor.
La figura de D. Pedro, delineada con vigoroso pincel, que desde entonces llamó particularmente la atención de los dramáticos españoles, se nos presenta de nuevo en Lo cierto por lo dudoso, drama, que por su desarrollo interesante y por la artificiosa unión de sus escenas para converger en un desenlace sorprendente, y natural, sin embargo, y bien imaginado, se ha sostenido con justicia en el teatro obteniendo constantemente los aplausos del público. También sucede lo mismo con La niña de Plata, comedia casi tan bella como la anterior por el interés que despierta. Dorotea, joven dama tan célebre por sus encantos como por su talento, ve desde un balcón una procesión solemne, á la cual asiste en Sevilla el rey D. Pedro con sus hermanos, y atrae especialmente las miradas de Enrique de Trastamara. Obsérvalo D. Juan, amante de Dorotea, y siente nacer en su alma rabiosos celos. En la escena siguiente nos transporta el poeta á los jardines del Alcázar, en donde se divierte la bella dama, y en donde el infante D. Enrique, que encuentra ocasión de acercársele, queda tan prendado de ella á causa de su ingenio y amabilidad, que desea poseerla á todo trance. Con tal propósito toma á su servicio á D. Félix, hermano de Dorotea, que en su concepto puede ayudarle á la consecución de su propósito. Asistimos luego á la iluminación y á las fiestas, que se celebran en Sevilla por la noche, para solemnizar la llegada del rey. D. Juan, que se halla mientras tanto en casa de Dorotea, la reconviene vivamente por sus infidelidades; contéstale ella con frialdad, porque sabe que su futuro suegro se opone á su casamiento á causa de los escasos bienes de fortuna que ella posee, é intenta casarlo con otra. Óyese entonces en la calle alegre música: es una serenata, que le da el príncipe D. Enrique. D. Juan se ve obligado á ocultarse, y D. Enrique entra en la casa en compañía de sus hermanos. El ingenio y la gracia de la joven dama encanta á sus visitadores, quienes le hacen ricos presentes. En el acto segundo vemos á D. Juan, desesperado por la infidelidad de su amada; hasta la prueba de afecto, que le ofrece, entregándole todos los regalos recibidos, se estrella en su incredulidad, y resuelve, por tanto, hacer la corte á otra beldad, llamada Marcela. Pero acontece que ésta y Dorotea truecan sus domicilios respectivos, de suerte que las pretensiones amorosas de Don Juan, que ronda el balcón de la primera, van dirigidas á Dorotea. Nacen de aquí singulares equivocaciones, cuyo resultado viene á ser que D. Juan se convence de la fidelidad de su amada. Mientras tanto acomete al Infante negra melancolía, desesperado del mal éxito de sus ulteriores tentativas amorosas con Dorotea. Un moro, que se halla en la corte, como embajador del Rey de Granada, que se dice médico y astrólogo, profetízale las horribles desdichas que la crueldad de D. Pedro ha de causar á su familia, la muerte de Doña Leonor de Guzmán y del gran Maestre de Santiago, así como la de D. Pedro á manos del mismo D. Enrique. Esta escena, aunque episódica, es de extraordinario efecto, y conmueve aún más profundamente á D. Enrique, decidiéndose, en un arrebato de pasión, á poseer á la fuerza á Dorotea. El moro le abre sus puertas y penetra en su dormitorio; pero la dama lo recibe con la orgullosa majestad de la inocencia ofendida, y lo reconviene tan vivamente por su indigna conducta, que él renuncia á su pasión, y para borrar su falta hace á Dorotea un cuantioso regalo, que, aumentando considerablemente su fortuna, la habilita para dar su mano á D. Juan con anuencia de su padre.
En la serie de dramas, que mezclan la historia con caracteres y situaciones fingidas, ó cuyo centro es tal que no penetra en la historia general, cuéntanse La hermosura aborrecida, Las aventuras de D. Juan de Alarcos, D. Beltrán de Aragón, El primer Fajardo, D. Juan de Castro, Quien más no puede, La corona merecida, El vaquero de Moraña, etc.
La corona merecida expone la heróica resistencia de una mujer, de notable grandeza de alma, á las tentativas de seducción del rey Alfonso de Castilla. Éste viaja disfrazado para salir al encuentro de la princesa Leonor de Inglaterra, á fin de observarla en libertad antes de sus nupcias. Conoce en este viaje á la bella Doña Sol, noble castellana, y concibe por ella pasión poderosa. El hermano de Sol, que lo sabe, se apresura á casar á su hermana, para sustraerla así más fácilmente á las persecuciones del Rey; pero éste nombra al esposo de su amada para un cargo importante en la corte, para estar más próximo al objeto de su amor. Doña Sol opone la frialdad y el desdén á las pretensiones de D. Alfonso, y cuando éste prende á su esposo pretextando un delito supuesto de traición, finge acceder á sus deseos, y hasta lo cita para recibirlo; mutílase después y llena su cuerpo de heridas, de suerte que, al verla el Rey, huye despavorido. El heroismo de esta mujer magnánima se divulga pronto, y es alabado por todos; la Reina manda llamarla y ciñe sus sienes con la corona que merece su virtud y grandeza de alma; Alfonso se arrepiente de su culpable amor, renuncia á él, y premia á ambos cónyuges, haciéndoles donación de cuantiosos bienes, y de un escudo de armas para ellos y sus descendientes, que les recuerden hecho tan heróico.
El vaquero de Moraña es un drama de los más interesantes, y lleno de encantadoras descripciones pastoriles. Un Conde, que reside en la corte de León, mantiene relaciones amorosas con una hermana del rey Bermudo, por cuyo motivo excita contra sí el odio del Rey; huye, pues, con su amada, y ambos, disfrazados de labradores, se refugian en la casa de un campesino, en el valle de Moraña. Crúzanse aquí diversos amoríos entre los individuos de la familia del dueño de la casa y los campesinos; la bella Infanta, que se hace pasar por segadora, produce aún mayores complicaciones, excitando con sus encantos en todos los pechos el amor ó los celos. Llega la noticia de que el rey de León prepara una guerra contra los moros para apoderarse de los dos fugitivos, creyendo que se han refugiado ocultamente en la corte del rey de Córdoba. Todos los vasallos de la Corona se ven obligados á acudir á su llamamiento, y entre ellos el dueño de Moraña; éste nombra al Conde capitán de sus soldados, de suerte que lo fuerza á marchar en su propia persecución. Acabada la campaña, que, como es de presumir, no produce el efecto que se deseaba, llega el Rey á su vuelta al valle de Moraña, y conoce á la disfrazada Princesa, que, á la verdad, le recuerda su hermana; pero que representa tan bien su papel, que lo engaña, y tan agradablemente, que al fin no teme descubrirse, y obtiene su aprobación para casarse con el Conde.
Las comedias que tratan de los sucesos de Portugal (El Príncipe perfecto, cuyo argumento es la vida de Juan II; El duque de Viseo; La discreta venganza; El más galán portugués, duque de Braganza), se asemejan en todo á las históricas, fundadas en la historia nacional.
En El duque de Viseo se refieren, formando trágico conjunto, los destinos de Juan de Braganza y del duque de Viseo. El rey Juan II de Portugal, aconsejado de su pérfido favorito, D. Egas, concibe sospechas de los cuatro hermanos de la casa de Braganza, y los reduce á prisión. El duque de Viseo, primo del Rey, y por mediación de su amada Doña Elvira, cuyos favores solicita también el Monarca lusitano, se esfuerza en interceder por los prisioneros; pero el Rey recela también del duque de Viseo, cuya popularidad conoce, temiendo que pretenda subir al trono, y movido asimismo por las insidiosas insinuaciones de D. Egas. El Rey manda llamar al Duque, lo destierra á sus dominios, y le descubre, descorriendo una cortina, el cadáver decapitado de Juan de Braganza, cuya suerte debe servirle de escarmiento. El Duque se retira á sus posesiones, pero vuelve á veces á Lisboa disfrazado para visitar á Doña Elvira. Encuentra casualmente á un pretendido astrólogo, que le profetiza que algún día llevará ceñida en sus sienes la Corona. Más adelante, en efecto, al dar una fiesta á sus colonos, lo proclaman Rey de burlas, y le ponen una corona de flores. Sábese esto en la corte, y sus enemigos lo explotan para perderlo. Cuando va disfrazado á Lisboa y habla á la reja con Doña Elvira, entrégale ésta una carta; al contestarla, en vez de la respuesta, le da equivocado la profecía del astrólogo. El Rey entra en la habitación de Doña Elvira y le arrebata de las manos el papel, porque desea casarla con D. Egas, y ella se opone. El Duque, mientras tanto, permanece solo en la obscuridad. Oye triste canto de una casa, que le recuerda el deplorable fin del duque de Braganza, y mira en un rincón de la calle un crucifijo, alumbrado por una lámpara, á la que se acerca para leer la carta recibida. Una luz repentina circunda entonces al crucifijo, y cree ver á Juan de Braganza con el vestido blanco de la Orden y con la cruz, que le exhorta por tres veces á guardarse del Rey. Éste, cada vez más irritado contra el Duque por las pérfidas insinuaciones de D. Egas, le ordena que se presente, y le mata en seguida con su propia mano. Después concede sus bienes y honores á su hermano Manuel, á quien le avisa le sirva de enseñanza la suerte de su hermano. Descórrese una cortina y se ve el cadáver del Duque con cetro y corona á sus pies; á un lado yace Doña Elvira muerta de dolor. Cuéntase, por último, que D. Egas ha sido asesinado por un criado del Duque, y el Rey expresa el presentimiento de que el duque de Viseo ha sucumbido víctima de la traición.
Cuando Lope refiere dramáticamente sucesos de otros pueblos, ó los combina con sus particulares invenciones, no hace grandes esfuerzos para darles el colorido local ó el carácter particular de otros tiempos. En sus costumbres y afectos se vislumbra siempre á España y al siglo XVII. Esta propensión á imprimir espíritu nacional en elementos extraños, no merece nuestra censura; pero parece que estos asuntos inspiran más débilmente al poeta, tan español en todo; por lo menos casi todas las comedias de esta clase son inferiores á las demás. Entre las que pertenecen á la antigüedad clásica, sólo merece exceptuarse la de Nerón, ó según el título español, La Roma abrasada, que se distingue por la pompa lírica de algunas descripciones. En Las grandezas de Alejandro encontramos otro drama ostentoso, abundante en combates y magníficas fiestas, cuyas figuras, por lo huecas é hinchadas, dan á conocer que esta vez ha abandonado al autor su buena estrella. El honrado hermano, que refiere el combate de los Horacios y Curiacios, contiene, al contrario, muchos rasgos notables y grandiosos, aunque no merezca nuestra alabanza el arreglo y disposición del conjunto. Más afortunado ha sido Lope, por lo común, al tratar asuntos del Antiguo Testamento, á los cuales parece inclinarse con predilección, puesto que el número de sus obras de esta clase no deja de ser considerable. Sin mostrarse muy escrupuloso en la observancia de los accesorios externos, mezcla y harmoniza de tal manera los colores, que resulta un todo agradable. Muy apropiado á esta especie de argumentos es el tono de noble sencillez, que se observa en tales dramas. Distínguese especialmente el que se titula Los trabajos de Jacob (ó José y sus hermanos, aludiendo con mayor exactitud á la acción), tanto por su composición sin defectos, como por sus bellos detalles, y por la profundidad conmovedora y la intensidad de sentimientos que la caracterizan, de tal suerte, que no parece sino que el poeta ha apurado en él la superabundancia perenne de su simpático carácter. Comparado este drama con otros dos, que se titulan El robo de Dina y Su salida de Egipto, ocupa el lugar intermedio, formando los tres una especie de trilogía. Son de la misma especie, y como la continuación de ellos, David perseguido, La historia de Tobías y La hermosa Esther. Cuando se recorren las demás comedias fundadas en hechos de la historia antigua ó moderna, se observa frecuentemente, con admiración, que el inagotable maestro ha tratado con dos siglos de anticipación asuntos, cuyos primeros autores se creen vulgarmente poetas de los tiempos modernos. El castigo sin venganza es la historia de los amores criminales de la duquesa de Ferrara y de su hijastro, que Lord Byron ha hecho después tan célebre, sin otra diferencia que en la obra de Lope se da el nombre de Casandra á la que se llama en la de Lord Byron Parisina[7]. Luis, duque de Ferrara, muestra desde su juventud aversión al matrimonio, consagrándose á cortejar frívolamente ya á ésta, ya á aquella dama. De una tiene há tiempo un hijo, nombrado Federico, á quien ama tiernamente, y á quien espera dejarle sus estados, proyectando casarlo con su sobrina. Pero como su ministro le representa la posibilidad de que, á su muerte, se suscite una guerra civil inevitable entre el pariente legítimo colateral y el hijo natural, se decide, por último, á casarse, y elige por esposa á Casandra, hija del duque de Mantua. Federico siente entonces sobremanera verse excluído de la futura posesión del ducado de su padre; pero éste, que al celebrar su matrimonio, lo hace más bien por razones políticas que por amor, le encarga que vaya á recibir á su esposa. Luis, mientras tanto, siguiendo su costumbre, se entrega á otros amoríos. El drama comienza entonces: vemos al Duque disfrazado que pasea de noche las calles y galantea á las beldades de su corte en sus ventanas; una dama, á quien da una serenata, le reconviene diciéndole que tales galanteos son censurables atendiendo á sus proyectos de matrimonio. La escena siguiente nos ofrece á Federico de viaje para recibir á la prometida de su padre en los límites de ambos estados; encuentra un carruaje, próximo á despeñarse en un abismo, por haberse espantado los caballos; salva á la dama, que va dentro, y sabe de ella y de los demás caballeros de su séquito que es su futura madrastra. En vez del odio, que hasta entonces había sentido hacia ella, se apodera de su alma, al mirarla, la pasión más violenta; también Casandra parece mostrar inclinación á Federico, manifestándose muy retraída. Al acabarse el primer acto, recibe el Duque á la recién llegada. Al empezar el segundo se ha consumado ya el matrimonio; pero Luis de Ferrara no muda por esto de vida, sino que, como antes, se entretiene con otras damas. La bella y joven Casandra, despreciada de su esposo, consagra á su hijastro toda su ternura, afligiéndole su profunda tristeza, cuya causa ignora. Descubre al fin, comentando las palabras de Federico, que el amor es el motivo de su pena, y su inocente inclinación anterior, aumentándose con la conducta torpe del Duque, degenera poco á poco en pasión poderosa; vacila, duda, teme y lucha, pero al fin se abandona á ella. Luis es nombrado mientras tanto general de las tropas pontificias, y en este concepto se ve obligado á salir al campo. El valiente y virtuoso Federico, á lo menos hasta entonces, desea acompañarlo; pero su padre determina encargarle en su ausencia del gobierno de su ducado, por la confianza que le inspira, y le manda permanecer en Ferrara. Al comenzar el acto tercero vuelve el Duque victorioso de la guerra, firmemente decidido á renunciar á su anterior vida disipada y á consagrarse sólo á su esposa é hijo. El adulterio se ha perpetrado ya. El Duque concibe algunas sospechas. Federico, para engañar á su padre, pídele la mano de su sobrina Aurora, despreciada por él en los primeros arrebatos de su pasión; pero Casandra, ciega de amor, y celosa á causa del proyectado casamiento, abruma á reconvenciones á su amante, y el Duque, que los oye, se confirma en sus sospechas. So pretexto de acordar los preparativos para las bodas de Federico con Aurora, interroga el Duque á los dos culpables. Esta escena es de extraordinario efecto. Resulta de ella que el padre y el esposo no puede ya dudar de su deshonra; pero la pasión de los adúlteros es tan violenta, que caminan ciegos á su perdición. El Duque ordena á su hijo que dé muerte á quien encuentre atado en su gabinete, cubierto el rostro con un velo, y con una mordaza en los labios; Federico ejecuta sus órdenes, y averigua después que la muerta es su madrastra; luego perece él á mano de los centinelas por mandato del Duque. Esta horrible tragedia es sublime por la pintura de afectos, y de singular interés por el enlace recíproco y verdaderamente dramático de sus distintas escenas.
Otro drama, que se titula La imperial de Otón, llama nuestra curiosidad por el asunto de que trata, que es la historia del rey Ottokar de Bohemia, representada en los teatros alemanes, no, á la verdad, con la intención dramática que en la obra de Lope, aunque en ésta se desfigura no poco la historia. Al principio se describe la elección del Emperador en Francofordín (Francfort). Los embajadores de España, de Inglaterra y de Bohemia trabajan en inclinar á los electores en favor de sus respectivos soberanos; los diversos partidos pelean también en las calles, pero la elección recae en Rodolfo de Ausburgo, y por la noche se celebra la coronación del nuevo Emperador con fiestas y funciones alegóricas. Inglaterra y España declaran legal la elección, pero el embajador bohemio se retira lleno de ira al ver la inutilidad de sus anteriores esfuerzos. En la escena inmediata se nos presenta el rey Ottokar, que conoce ya la inutilidad de sus esperanzas, y que es excitado por su ambiciosa consorte Ethelfrida á levantarse contra el nuevo Emperador, y á reclamar para sí la Corona. Ottokar sale, en efecto, al campo, y en el acto segundo se observan al obscurecer los dos ejércitos enemigos antes de trabarse la batalla decisiva. El emperador Rodolfo recibe en su tienda á un adivino, que ha solicitado el permiso de entrar, y que le anuncia su próxima victoria, y la elevación posterior de la casa de Ausburgo. Ottokar es, al contrario, visitado por una aparición, que lo reconviene por su criminal empresa y que le profetiza su ruina: el espectro hace en él tal impresión, que resuelve renunciar á su propósito; sin embargo, impone como cláusula de su sumisión que ningún testigo asista al rendir su homenaje al Emperador y pedirle perdón. Rodolfo promete cumplirla. Vese en el fondo la tienda del Emperador, cerrada por todas partes, y delante de ella grupos de guerreros imperiales y bohemios, que, juntos ya, se confunden unos con otros; de repente cae la cortina de la tienda, y aparece Rodolfo con todas las insignias de su cargo, teniendo en sus manos el cetro y la esfera imperial, y á sus pies, y de rodillas, al humillado Ottokar; éste se levanta entonces colérico, y acusa al Emperador de haber quebrantado su palabra; pero Rodolfo le contesta que su homenaje y perdón, con arreglo á su promesa, sería sólo sin testigos, pero que después era justo, en castigo de su delito, humillar al vasallo rebelde por haber osado levantarse contra su legítimo soberano. Ottokar regresa á Praga lleno de sombrío resentimiento, siendo recibido por su esposa Ethelfrida con muestras de desprecio por su pusilanimidad. La Reina sale armada á su encuentro á la puerta del palacio, y embrazando una lanza, y le prohibe la entrada, de cuyo honor le reputa indigno. Sus reproches y exhortaciones dan por resultado que se rebelen de nuevo los bohemios y tomen las armas, y ella en persona lo acompaña á la guerra. Antes de la batalla decisiva se aparece otra vez la visión á Ottokar, pero ahora no la atiende, precipitándose en lo más espeso de la pelea, y sucumbiendo de los primeros. Su cadáver es llevado á la presencia de Rodolfo; viene también Ethelfrida; ensalza el heroismo de su esposo, cuya muerte prefiere á una vida deshonrosa, y se aleja de allí para morir; el Emperador, sin embargo, ordena que se tributen los bélicos honores á su enemigo difunto.
En El ejemplar mayor de la desdicha hallamos la trágica historia de Belisario, según su versión fabulosa, y en los términos en que la han utilizado las novelas, tragedias y óperas, fundadas en las Chiliadas de Juan Tzetze. El gran duque de Moscovia describe la vida y aventuras del falso Demetrio, aunque sin tener en cuenta la verdadera historia, sin duda por no ser bien conocida en España. Los demás dramas de la misma especie, dignos de mención especial, son muy inferiores á los citados en sus argumentos y en el plan á que se ajustan. El Rey sin reino pinta, con los más vivos colores, los desórdenes y revueltas que precedieron á la ascensión al trono de Hungría de Matías Corvinus; los sucesos y catástrofes se repiten con harta frecuencia para no debilitar la unidad de acción. Contra valor no hay desdicha, que representa la juventud de Ciro, se distingue por su carácter pastoril, y contiene, en sus escenas campestres, numerosas descripciones de la especie en que sobresale particularmente Lope. Por el contrario, La reina Juana de Nápoles, es una producción desdichada, porque, exponiendo pasiones vulgares en sus arrebatos más vehementes, sólo engendra inconsecuencias, y, á pesar de su sangrienta catástrofe, anula por entero el efecto trágico que se propone. Desearíamos que Lope no fuese el autor de esta tragedia, cuya autenticidad, por desgracia, es irrecusable.
Algunos otros dramas del mismo género, que nos interesarían especialmente, como La doncella de Orleans, El valiente Jacobín (Jacobo Clemente, según se conjetura), no existen ya, al parecer.
Llegamos, pues (para defender aquellas comedias cuyo argumento no es de invención suya, sino fundadas en materiales anteriores), á los dramas mitológicos de Lope. Su número no es considerable, comparado con los de otras clases del mismo. En su mayor parte pertenecen, según se cree, á sus últimos años (menciónanse algunos en su prólogo del Peregrino), y se escribieron en concurrencia con otros poetas cuando la afición al lujo escénico y á la ostentación, peculiar de las óperas, comenzó á enseñorearse del teatro español. Lope no era propicio á esta nueva dirección del gusto, según asegura rotundamente varias veces, con especialidad en los prólogos á los tomos XV y XVI de sus comedias, y, sin embargo, ha sido aún más indulgente de lo necesario con las comedias de este género. Obsérvase, no obstante, que lo hace más bien por seguir la moda y por obedecer á motivos externos, que por inspiración propia, puesto que, por lo común, se nota como cierta frialdad y cansancio que no puede ocultarse, á pesar del lujo de la exposición y de sus brillantes descripciones. No por esto ha de condenársele; al contrario, tanto en el complicado enredo de estas fábulas pomposas, cuanto en la riqueza y variedad de las situaciones y resortes dramáticos, y en las innumerables bellezas aisladas que las adornan, se encuentra una prueba sólida de la flexibilidad de los talentos poéticos de Lope. Tales son La fábula de Perseo, Las mujeres sin hombres, El laberinto de Creta, Adonis y Venus y El vellocino de oro. Por lo demás, en todas ellas el asunto mitológico se transforma en romántico, de la misma suerte que sucedió más tarde en las conocidas de Calderón de igual índole.
Comedias caballerescas.—Castelvines y Monteses.—El nuevo Pitágoras.—La octava maravilla, é indicación de los argumentos de otras.
A los dramas fundados en las fábulas antiguas sigue otra serie, cuyos argumentos provienen de leyendas ó romances del gran ciclo tradicional de la Edad Media. Algunas se asemejan singularmente á las mitológicas en su propensión á representarnos encantamientos y maravillas sensibles: tal es Los palacios de Galiana, ó la narración dramática correspondiente al ciclo de tradiciones relativas á Carlomagno (cons. á Turpín, cap. 20, y los Reali di Francia, lib. VI, capítulos 18-51). Esta composición encierra en sí todas las bellezas de los mejores libros fantásticos de caballería. La mocedad de Roldán (según indica el prólogo escrito en la juventud de Lope), es la bella historia, popular entre nosotros por la balada de Uhland titulada der klein Roland. La fuente de donde la tomó el poeta español, es La historia del nacimiento y primeras empresas del conde Orlando, por Pedro López Enríquez de Calatayud: Valladolid, 1585. La pobreza de Reynaldos trata de los sufrimientos y hechos de Reynaldos de Montalbán, hijo de Haimón, durante su destierro, con arreglo al Libro del noble y esforzado caballero Reynaldos de Montalbán, por L. Domínguez: Sevilla, 1525. En El marqués de Mantua, la leyenda de Baldovinos y Carloto, muy conocida en España por los romances populares, y fundada en las tradiciones pertenecientes al ciclo de Carlomagno y sus paladines, aunque modificada ya por el sello nacional; en El nacimiento de Ursón y Valentín, un arreglo dramático del libro de las aventuras de los sobrinos de Pipino, muy parecida en su argumento á la leyenda más popular del emperador Octaviano (Histoire de deux nobles et vaillants chevaliers Valentin et Orson: Lyon, 1495; la italiana en Venecia en 1558: no sabemos si existe alguna versión española). La patética historia de la bella Magalona, repetida en todas las lenguas europeas (en español La historia de la linda Magalona, hija del rey de Nápoles y del muy esforzado caballero Pierres de Provenza: Toledo, 1526; Sevilla, 1533), es el asunto de Los tres diamantes, drama excelente por su argumento, aunque en la traza del plan se observen algunos lunares, comunes á las primeras obras de Lope; pero anima al conjunto tanto vigor, reina en todo él tal encanto romántico, que nos arrebata y nos hace olvidar sus defectos.
Otros, fundados en los mismos ciclos tradicionales, como El jardín de Falerina (de Boyardo, lib. II, cap. 3.º, págs. 66 y siguientes), Los celos de Rodamonte y La Circe Angélica (del Ariosto), Angélica en el Catay (continuación de Ariosto, por Lope), Roncesvalles, La venganza de Gayferos, etc., no los hemos leído, y, según todas las probabilidades, no existen ya en nuestros tiempos.
Llegamos ahora á los dramas basados en novelas italianas ó españolas. El mayordomo de la duquesa de Amalfi (del Bandello, parte 1.ª Nov. 26), es importante, porque podemos compararlo con la antigua tragedia inglesa de Webster, cuyo argumento se funda en el mismo suceso (The Duchess of Malfy, en las Works of John Webster, ed. Alexander Dyce, London, 1830, vol. I); pero la ventaja es aquí del autor inglés sin género alguno de duda, porque su obra, excéntrica á la verdad, pero original hasta lo sumo, y de notabilísima pintura de afectos, es de lo más notable que escribieron los coetáneos de Shakespeare, mientras que el drama español, trazado con ligereza, sólo nos ofrece un tejido de ordinarias y vulgares intrigas.
Los Castelvines y Monteses, de Lope, está fundado en la misma versión italiana (Novelle di Bandello, tomo II, Nov. 9), que el Romeo y Julieta, de Shakespeare. Parécenos interesante exponer la serie de sus escenas, para compararlo con la célebre tragedia inglesa.
Jornada primera. Roselo (el Romeo de Shakespeare) y Anselmo, dos caballeros del partido de los Monteses, discurren sobre una fiesta, que se ha celebrado en el palacio de los Castelvines. Se oye á lo lejos la música de esta fiesta; Roselo desea vivamente asistir á ella; su amigo intenta disuadirlo de esta locura, porque los Castelvines son implacables enemigos de los Monteses; pero al fin acuerdan enmascararse y entrar así con los invitados. La escena segunda representa el alegre bullicio de la fiesta. Antonio, caudillo de los Castelvines, conversa con otros de su partido, y manifiesta su ardiente deseo de casar á su hija Julia con el joven Octavio, aunque sienta que el corazón de ella no parezca muy inclinado en su favor. Mientras tanto aparecen enmascarados Roselo y Anselmo. Roselo, al ver á Julia, experimenta tal emoción, que casi pierde el sentido, y en este desorden se quita la máscara. Antonio lo conoce al punto, sale de sí de rabia é intenta matarlo, aunque no lo ejecuta merced á los ruegos de los demás caballeros, que invocan en favor de su enemigo los derechos de la hospitalidad. Roselo se acerca á Julia mientras tanto; ella exclama:
Si el Amor se disfrazara
Para dar envidia á Febo,
Pienso que de este mancebo
El talle y rostro buscara;
Y yo pienso que Amor es,
Que, para quitar la paz,
Viene con este disfraz.
Roselo, por otra parte, prorrumpe en las palabras siguientes:
¡Ay, cielos! ¿Que fuí Montés?
¡No fuera yo Castelvín!
¿Tanto le costaba al cielo?
El enamorado aprovecha estos momentos, en que se imagina que no lo observan, para declarar su amor á Julia; ésta desliza en su mano un anillo, y para la noche siguiente lo cita en el jardín. Retíranse los convidados, y Julia se queda sola con su doncella Celia; confiésale la repentina pasión que se ha despertado en su pecho, pero se arrepiente de su precipitada promesa, y expresa su resolución de esforzarse en dominar su amor; pero éste es tan poderoso, que al fin la vence. Las dos escenas que siguen, son superfluas para el curso de la acción. Asistimos luego á la entrevista nocturna de los dos amantes, llena de fuego y de apasionada ternura; Julia, al fin, después de hacer alguna resistencia, accede á las súplicas vehementes de Roselo de casarse con él en secreto.
Jornada segunda. El enlace clandestino de Roselo y de Julia se supone ya consumado, pero la dicha de ambos es poco duradera. Al comenzar el acto vemos una plaza, que hay delante de una iglesia, en la cual se celebra una misa mayor; durante los Oficios se suscita una ardiente contienda entre los Castelvines y los Monteses: los caballeros de ambos partidos salen en tropel de la iglesia para atacarse; Roselo se presenta en medio de todos, é intenta aplacarlos, manifestándoles que, para extinguir el odio que se profesan las dos familias enemigas, conviene que Octavio se case con una dama de los Monteses y él con Julia. Octavio se enfurece al oirlo; se lanza contra Roselo, y éste, viéndose forzado á defenderse, lo derriba á sus pies sin vida. Aparece entonces en el teatro de la lucha el príncipe de Verona, atraído por el choque de las espadas; ordena á los combatientes que desistan de su contienda, y destierra á Roselo de la ciudad por largo tiempo. Este, antes de partir, visita á su joven esposa, de la cual oye la más tierna despedida. Después de retirarse, sorprende su padre á Julia llorando; pregúntale la causa de sus lágrimas, y ella finge verterlas por la muerte de Octavio. Antonio resuelve entonces enlazarla al conde París en vez del difunto Octavio, y con tal propósito le envía un mensajero. Este encuentra al Conde en compañía de Roselo, que, atacado por los Castelvines delante de la ciudad, debe su salvación al conde París, que lo acompaña hacia Ferrara. El Conde participa á su compañero el contenido de la carta que recibe; Roselo se conmueve naturalmente al oirlo; cree que Julia le es infiel, y en un lastimero monólogo se abandona al dolor y á la desesperación; pero luego prosigue su camino hacia Ferrara, y decide vengarse de su desleal esposa casándose con otra.
Jornada tercera. El padre de Julia, empleando los ruegos y las amenazas, la conmina á prestar su consentimiento á su enlace con el Conde; resístese cuanto puede, pero previendo que habrá de ceder á la fuerza, envía á Celia en busca del sacerdote Aurelio, confesor suyo, para pedirle en este trance su ayuda y su consejo. Al comenzar este acto se supone haber sucedido todo lo expuesto. Preséntase Antonio, y anuncia á su hija que la obligará á obedecer sus órdenes. Julia queda dudosa; acude entonces Celia, y trae un frasco, que le ha entregado Aurelio, conocedor de todos los secretos de la naturaleza; Julia, para salvarse, ha de beber todo el líquido que contiene. Apúralo la desdichada; siente en seguida los efectos del veneno, y cae en tierra pronunciando el nombre de Roselo. Las escenas inmediatas son en Ferrara; forman episodios, y nos muestran á Roselo, que, por vengarse de Julia, hace la corte á otra dama, pero demostrando claramente que su corazón siempre se inclina á su primer amor. Por Anselmo sabe la nueva de que Julia se ha envenenado; se convence así de la fidelidad de su amada, y prorrumpe en desesperadoras lamentaciones; Anselmo lo consuela, sin embargo, diciéndole que el supuesto veneno, según asegura Aurelio, ha sido sólo una bebida soporífera, y que Roselo encontrará viva á su esposa en la bóveda en que se entierran los muertos. Esta noticia infunde en el enamorado nuevo vigor, y, aunque no libre del todo de recelo, se apresura á encaminarse á Verona. En la escena siguiente vemos á Antonio y al conde París lamentándose de la muerte de Julia. Antonio, ya sin herederos, resuelve casarse con su sobrina Dorotea, para que su fortuna no pase á otra familia después de su muerte. Múdase entonces el lugar de la escena, que nos representa el panteón de la familia de los Castelvines. Julia ha despertado; su sorpresa, su horror y su amor le inspiran en esta mansión sombría un monólogo de admirable verdad y sentimiento. Preséntase Roselo y su servidor; el último tropieza y cae, apagándose la luz que lleva; su angustia y su manera ridícula de expresarla, forman el más chocante contraste con lo terrible de la escena, y con la obscuridad del lugar en donde yace. Roselo estrecha en sus brazos á su devuelta esposa, y ambos huyen al castillo del padre de Julia. Esta, Roselo, Anselmo y el criado se disfrazan de labradores, para aprovechar la primera ocasión de alejarse que se les presente. Antonio llega al castillo en compañía de otros Castelvines, para solemnizar sus bodas con Dorotea. Su venida obliga á los disfrazados á ocultarse. Julia se refugia en la parte superior del aposento, que su padre habita, lo cual da origen á una escena admirable; Julia habla á través de las hendiduras del suelo, y Antonio cree oir la voz de su espectro.
JULIA.
¡Padre!
ANTONIO.
La voz conozco. ¡Muerto quedo!
JULIA.
¡Padre!
ANTONIO.
Esta es Julia ó me la forma el miedo.
JULIA.
Oye, ingrato padre mío,
Si acaso sentido tienes,
Estas últimas palabras,
Aunque después de mi muerte.
ANTONIO.
¡Hija! ¿Eres tú?
. . . . . .
. . . . . .
. . . . . .
. . . . . .
JULIA.
Padre, pues del otro mundo
Vengo á hablarte, escucha, atiende.
. . . . . .
. . . . . .
. . . . . .
. . . . . .
Yo me maté por tu causa.
ANTONIO.
¿Por mi causa?
JULIA.
Claramente.
Tú me casabas por fuerza.
ANTONIO.
Mi intento fué bueno.
JULIA.
Advierte
Que el Conde me merecía;
Mas no quiso Amor que fuese
Mi esposo, porque ya estaba
Casada.
ANTONIO.
Culparte debes
A ti misma en no decirme
Lo que tan tarde me ofreces.
Dijérasme: «Padre mío,
Yo soy mujer flaca y débil;
Caséme contra tu gusto,
Yerros de amor oro tienen.»
Perdonárate yo entonces;
Que no es posible eligieses
Hombre tan vil, siendo cuerda,
Y en virtud é ingenio un fénix.
JULIA.
Cualquier hombre te dijera,
Por vil y bajo que fuese;
Y no pude el que me dió
Para marido mi suerte.
Casome Aurelio con él;
Que hasta tanto que tuviese
La bendición de la Iglesia
No fué posible moverme.
Dos meses fué mi marido.
ANTONIO.
¿Que no se supo en dos meses?
JULIA.
No, padre, porque el peligro...
No hay cosa que más enferme.
Pues como me vi casada,
Y que casarme pretendes,
Dime la muerte, y estoy
A donde imaginar puedes.
. . . . . .
. . . . . .
. . . . . .
. . . . . .
Sólo te pido que me honres,
Y que en paz y amistad quedes
Con el que fué mi marido,
Y que su muerte no intentes;
Que si lo haces, te juro
Que los días que vivieres,
Con el fuego que me abrasa,
Cada noche te atormente.
ANTONIO.
Pero di, ¿quién es el hombre?
JULIA.
El que á Octavio dió la muerte,
El hijo del que sustenta
Tus enemigos Monteses.
Roselo, padre, se llama.
Los demás Castelvines descubren mientras tanto á Roselo, y lo traen prisionero para saciar en él su sed de venganza. Antonio, sin embargo, pensando todavía en la voz que ha resonado en sus oídos, abraza á Roselo, y le cuenta su visión. Aplácanse todos al escucharlo. Aparece entonces Julia, y cuenta que Roselo la ha librado de las garras de la muerte, por cuya razón es aprobado por todos el enlace de los dos amantes, que sella la reconciliación de los Monteses y Castelvines. La conclusión es, sin duda, la parte más débil de este drama. ¡Cuán grande es el abismo, que separa á la catástrofe tan patética y tan profundamente conmovedora de Shakespeare de esta terminación cómica! Al contrario, las demás partes de la obra de Lope nos ofrecen escenas, que, por su fuego amoroso, ternura é intensidad de afectos, rivalizan con las de la tragedia inglesa; y, de todas maneras, la comedia de Lope es incomparablemente superior al arreglo dramático de la misma novela, hecho después por Francisco de Rojas.
Infinitamente más bella que las dos últimas comedias es La quinta de Florencia, cuyo argumento se funda también en una novela de Bandelo (consultad además Les histoires tragiques de Belleforest, tomo I, hist. 12, y á Goulart, Histoires admirables, tomo I, pág. 212), y la ventaja resultará, indudablemente, en favor de Lope, y en contra de Beaumont y de Fletcher, quienes, en su Maid of the mill, han tratado dramáticamente de este mismo asunto. Si el drama inglés se divide con poco criterio en dos acciones, la de Antonio, Ismenia y Aminta, y la de Otrant y Florinel, el español le excede por su artística composición, puesto que todas sus escenas están estrechamente enlazadas entre sí, y la atención del espectador no se distrae un solo instante; hasta la pintura de caracteres y de afectos, y las situaciones dramáticas, merecen también nuestra plena aprobación. El halcón de Federigo se funda en la novela del halcón del Decamerón (Giorn. 5, Nov. 9), y El remedio en la desdicha en la celebrada leyenda de Abindarráez y Jarifa de la Diana de Montemayor. El guante de Doña Blanca refiere el mismo suceso que el Handschuh, de Schiller, sin otra diferencia que el lugar de la escena es la corte de Portugal. En La prueba de los ingenios admiramos la misma fábula oriental, que ha sido adoptada en las novelas del Occidente, cuyo origen parece ser el Heft peiger, de Nisami, tan famoso por el Turandot de Gozzi. El mármol de Felisardo muestra en su acción notable semejanza con el cuento de invierno de Shakespeare; y como este drama, según parece, proviene de la Pleasant History of Dorastes and Fawina, de Roberto Green, es de presumir que todas estas obras tengan por base una antigua novela, desconocida para nosotros y aprovechada también por Lope.
Debemos mencionar inmediatamente una serie de producciones literarias, cuya índole puede caracterizarse con el nombre de novelas dramáticas. Aludimos á aquéllas, cuyas escenas se ajustan entre sí levemente y sin sujetarse á verdadero plan dramático, y que además, por sus sucesos novelescos é imprevistos, tienden á impresionarnos insólita y sobrenaturalmente. Cuéntanse, entre ellas, algunas de las citadas; pero hay otras muchas que no deben clasificarse con las anteriores, ya porque son de exclusiva invención del poeta, ya porque nos son desconocidas, á pesar de nuestra diligencia, las tradiciones ó novelas en que se apoyan. Cualquiera que sólo hubiese leído estos dramas de Lope, no dudaría en formar de su talento para la composición dramática la idea más favorable, puesto que plan y caracteres se sacrifican con demasiada frecuencia al afán de ofrecer nuevas y sorprendentes situaciones, y á la propensión á lo sobrenatural y monstruoso. La alternativa de aventuras maravillosas, que no pocas veces sólo dependen de tenue hilo, pero que llevan la atención del espectador de una á otra situación interesante, parece haber sido el blanco principal que se proponía alcanzar el poeta. Cuando para lograrlo no encuentra mudanzas extraordinarias de fortuna, sucesos singulares que tocan en los límites de lo increíble, por ser raros entre los históricos conocidos y por su incompatibilidad con el tiempo y con el lugar real y verdadero en que hubieron de ocurrir, crea países imaginarios, funda reinos y eleva al trono dinastías que jamás existieron. La India y la Persia, la Hungría y Polonia, la Transilvania y Macedonia, se convierten en teatro de insidiosos asesinatos, encantamentos y revoluciones soñadas. La geogragía y la historia de estas obras parece la misma que la de los libros de caballería, y si por casualidad se aprovecha algún acontecimiento histórico, ó que lo parezca, va acompañado de los pormenores más novelescos é inconciliables con la verdad histórica. Lope, según la expresión de Sancho Panza, tiene siempre á mano el reino de Dinamarca ó de Sobradisa, que le vienen tan de molde como anillo al dedo, y destroza con portentosa presteza á los emperadores de Trebisonda ó á los tiranos de la Albania. Obliga á sus personajes á correr de Levante á Poniente, del Septentrión al Mediodía, ya dando batallas, ya danzando en amoríos; el lugar de la escena es ya Alejandría, ya Babilonia, ya Irlanda ó Siebenburga. La acción es frecuentemente un conjunto de sucesos contradictorios de la más extraña especie.
La más rara confusión de elementos heterogéneos; la unión más absurda y caprichosa de catástrofes trágicas y de cómica licencia, de paganismo y cristianismo; el concurso más singular de personajes; el enlace más monstruoso de lo completamente sandio y sin sentido con lo más ingenioso y divertido, se encuentra en El nuevo Pitágoras. Si un poeta fantástico de nuestros días se propusiese, en un arrebato de excéntrica originalidad, escribir una obra llena de disparates, podría difícilmente asemejarse á la de Lope, y, sin embargo, este aborto de la imaginación más desarreglada, nos ofrece muchos rasgos admirables en el oleaje de sus absurdas visiones. La rareza[8] de esta comedia nos autoriza para darla á conocer más exactamente.
Jornada primera. Cárcel de esclavos en Marruecos. Razonte, joven castellano de familia distinguida, es cautivado por piratas moros en las costas de España, cuando se disponía á encaminarse á Madrid para casarse con la bella Angélica. Yace durmiendo en su prisión subterránea, y es visitado por el Dios Amor, que lo exhorta á huir de su cárcel, porque, de no hacerlo, perderá á su prometida. El plan que le sugiere para la realización de este designio, es el siguiente: la sultana Zelora ha tramado con el joven Mahamud una conspiración para atentar á la vida del Sultán la noche inmediata; se encontrará un puñal en poder de Zelora y una carta á Mahamud, que probarán su traición. El Amor aconseja, pues, á Razonte que los delate, para que, agradecido el Sultán, le conceda la libertad, decidiéndose Razonte á seguir su consejo. La escena que sigue nos ofrece á Zelora y Mahamud hablando de sus amores: tan grande es la violencia de su pasión, que discurren sin precaución alguna acerca de su criminal proyecto; es fácil, por tanto, á Razonte conocer hasta los detalles más insignificantes de la conjuración, y se apresura á descubrirla al Sultán; éste hace ahogar á Mahamud y á los demás conjurados, pero perdona á Zelora, á quien siempre ama, y le asegura que la amará también en lo sucesivo; pero ella lo trata con desprecio, rechaza su perdón, y se mata en su presencia. El Sultán dispensa grandes beneficios á Razonte por haberle salvado la vida, embarcándose después hacia España. Múdase entonces la escena á las costas de Andalucía. Razonte y su criado Carlino, que es el gracioso, alcanzan nadando la Sierra, por haberse ido á pique, en una tempestad, el buque que los traía; los pescadores de la costa los acogen hospitalariamente, y son llevados á la casa de un rico molinero, llamado Butrago, en la cual permanecen muchos días. Razonte sufre mil importunidades de Aldonza, sobrina de su huésped, pero guarda fidelidad á su Angélica. Carlino busca á un judío para empeñar unos diamantes que su señor ha salvado del naufragio, y de paso intenta convertir al descreído. Los dos náufragos prosiguen su viaje á Madrid; Aldonza se queda desconsolada, aconsejándole Butrago que nunca ofrezca su corazón á gentes principales. En la escena siguiente vemos un jardín en Madrid, y en él una fuente con su saltador, adornada con la estatua del Amor. Razonte, fatigado del viaje, duerme á los pies de la estatua, excitándole en sueños el Dios á que se encamine á un lugar solitario á orillas del Manzanares, y oiga los consejos de un piadoso ermitaño que lo habita. Despierta entonces el viajero, y emprende su peregrinación; á poco encuentra á Mysón, criada de Angélica, y le pregunta por su amada, informándose también de cuanto ha ocurrido en su ausencia en casa de Doña Beatriz, madre de Angélica. «Tranquilizaos—le dice Mysón,—Angélica es fiel á vuestro amor; pero sabed una nueva extraña: Doña Beatriz se ha casado con el Doctor Cornágoras.»
«¿Es posible?—le replica Razonte.—Los celos, de seguro, no molestarán á este matrimonio. Pero dime ¿de qué encanto se ha valido el Doctor para celebrar esta boda?»
«Su cabeza—añade Mysón—se ha extraviado con la absurda creencia de la transmigración de las almas. Afirma que fué antes Priamo, César, Tamerlán, Alejandro y no sé cuántos más; con estas ideas ha trastornado el seso á Doña Beatriz, habiéndole dicho que en su cuerpo habita el alma de Elena, dándole ella crédito sólo por ser él quien lo dice. Se ha casado, pues, con él, aunque no se oponga á vuestros deseos, proponiéndose que su hija dé su mano á Héctor de Sandrago, por ser para ella el Héctor troyano.»
Razonte se aflige sobremanera al oir esta noticia, y resuelve buscar al ermitaño para pedirle consejo.
Jornada segunda. Escena superflua, en que Carlino se chancea con el criado de Cornágoras; el loco doctor viene también, riñe á su servidor, que es un perfecto imbécil, y sólo sirve para excitar la risa con su endiablada jerigonza. «¡Sí—exclama,—ya sé quién eres, traidor! Eres el infame Anaximandro que negaba la existencia de los Dioses, y todo lo explicaba por la casualidad; te he visto muchas veces, y sostuve contigo, en Mileto, una larga disputa sobre este punto.»
Múdase el lugar de la acción; vese la residencia del ermitaño Helvidio, á quien Razonte cuenta sus penas. Helvidio hace jurar al desdichado amante que, en caso de conseguir algún día la mano de Angélica, edificará en el paraje en donde se levanta la ermita una hermosa iglesia con un hospital para los pobres caminantes. Arrodíllanse ambos á orar; aparécese un ángel que exhorta á Razonte á buscar á una vieja encantadora morisca, para ser testigo de su maravillosa conversión, y para averiguar, con su ayuda, el medio de lograr la realización de sus deseos. Ábrese el fondo del teatro, y se presenta la cueva, en donde Rustana ejerce su infernal arte: describe en el suelo círculos mágicos, y recita fórmulas de encantamentos para que sucumban los héroes marinos españoles, tan peligrosos para los corsarios africanos, volviéndose de vez en cuando á un mono grande, que le revela los misterios de lo porvenir. Preséntase el ángel y manda al mono que indique á Razonte los medios de hacer á Angélica suya; obedécelo el mono, presa de horribles convulsiones, y dice: «Sólo vencerás, si te vuelves loco como Cornágoras,» cayendo muerto después de pronunciar estas palabras. El celestial mensajero se vuelve luego hacia la hechicera, y la exhorta á renunciar á sus artes diabólicas; ella siente de pronto que todo su sér se altera, y promete expiar sus anteriores pecados haciendo rigurosa penitencia. Razonte sale en busca de Angélica; abrázala tiernamente tras tan larga ausencia; declárale las palabras del oráculo, y acuerdan ambos que Razonte finja creer en la metempsícosis y pasar por un héroe de la antigüedad. Entran en la habitación de los padres de Angélica.
Beatriz.—¿Qué veo? ¿Razonte? ¿No os he dicho millares de veces, que renunciéis para siempre á mi hija? Sólo Héctor será su marido.
Razonte.—Más humana ¡oh cruel Elena! fuiste antes conmigo; antes no preferías á Héctor.
Beatriz.—¡Cielos! ¿qué oigo?
Carlino.—¡No dudes ya; éste es Paris, en cuerpo y alma!
Beatriz.—Paris, amante mío, ¿eres tú verdaderamente? ¡Sí! ¡Ya te reconozco! ¿Por qué me has tenido engañada tanto tiempo?
Razonte.—Para espiarte tranquilo. He visto tu infidelidad al casarte con este gran filósofo; pero ya que te he perdido, he determinado consolarme en mi desdicha y ser tu yerno, porque la bella Angélica es tu vivo retrato, y te amaré á ti amando á ella.
Beatriz.—Que Angélica sea tuya ¡cuenta con mi promesa! Pero dime: ¿en dónde has estado después de todas nuestras desdichas?
Razonte.—Por ti he derramado lágrimas bajo formas infinitas; he sido tigre, zorro, oso, ave de rapiña, alguacil, y por último, me alojé en el cuerpo de Razonte.
Beatriz.—Y yo, después de haber sido Elena, anduve largo tiempo errante y sin domicilio fijo; fuí luego ratona y me casé con un ratón, pero la muerte acabó con nuestras alegrías: un gato nos atrapó al salir de nuestro agujero, cuando gustábamos de todas las dulzuras del matrimonio, y el infame nos devoró.
Carlino.—Yo fuí ese gato: lo recuerdo con deleite, porque vuestro sabor era exquisito. Cuando érais ratona no estábais tan flaca como ahora. Sólo habéis conservado el color pardo de vuestro cutis.
Cornágoras.—Y yo fuí antes Pitágoras, Sócrates, Alejandro, Catón, Escipión... (A Carlino.) Pero, ¡santo Dios! ¿veo yo bien? Sí; ¡ya te conozco! ¡Tú eres Aquiles!!
Beatriz.—¿Es posible? ¡Aquiles! ¡Cuántos hombres grandes contemplo en este día!
Carlino.—¿Cómo? ¡El diablo me lleve! ¿Yo Aquiles? Pero ¿quién era Aquiles? ¿No fué un Emperador romano?
Jornada tercera. Beatriz desea que se celebre el enlace de Angélica y Razonte, pero para lograrlo ha de rescindir antes el contrato de casamiento, que se halla en poder de Don Héctor, negándose á hacerlo. Razonte se desespera y vaga, lamentándose, por lugares solitarios. Ocurre luego una escena de devoción católica, que forma el más extraño contraste con las divertidas que le preceden y subsiguen. El ángel se presenta al desolado amante y le dice que recuerde sus votos, escritos en el cielo, á cuyo cumplimiento le exhorta, ya que Helvidio ha muerto. Añade que Rustana, la encantadora, ha fenecido, como el ermitaño, en la expiación y el arrepentimiento; que sus almas yacen en la mansión de los bienaventurados, y que, por mandato de Dios, le presenta sus cadáveres para que su vista le infunda el amor á la virtud y el desprecio de los goces mundanos. Se ve á Helvidio y Rustana muertos, descansando en un lecho cubierto de flores: un coro de ángeles se cierne sobre sus cabezas y canta un himno, mientras Razonte se arrodilla, y al final de cada estrofa repite el Gloria in excelsis. Confirma con nuevos juramentos su anterior voto, y el ángel le anuncia que, al lado de su Angélica, vivirá feliz muchos años como fundador del hospital futuro. Después de estos rasgos de ascetismo recomienzan las escenas burlescas en la casa del Doctor. El divertido personaje Carlino, llamado Aquiles por todos, se imagina que es el héroe griego, y al desempeñar este papel no sale seguramente mal librado, porque lleva vestidos lujosos, propios de su alto rango, y se regala de lo lindo. Pero esta dicha es poco duradera, porque Don Héctor lo cita á singular combate; depone entonces su espada y sus regias insignias, y le dice que el Demonio se lo lleve si ha sido alguna vez un héroe; que creyó vivir sosegado y tranquilo llamándose Aquiles; pero que sabiendo ya que ha de pelear, renuncia á su dignidad y prefiere la vida. Este cambio de carácter en Aquiles admira á todos, pero no por esto se decide á pelear con su émulo, habiéndolo ya vencido en Troya.
Beatriz.—¡A él, valeroso Aquiles!
Carlino.—¡Calla, lengua ponzoñosa!
Razonte.—¡Desenvaina tu espada!
Carlino.—¡Sudo de miedo por todos mis poros! (Desenvaina la espada y se acerca á Héctor haciéndole cortesías.)
Héctor.—¡Dios mío! ¡Mi ánimo desfallece!
Carlino.—Tiene voz de trueno. ¿Quisiérais, bondadoso señor Razonte, tirarle al suelo ó sujetarle las manos?
Razonte.—¡Cobarde!
Beatriz.—¿Es posible, Aquiles?
Carlino.—No veo otro recurso que darle el golpe de gracia; si no, me mata. ¡Toma! (Tira dos botas á Héctor.)
Héctor.—¡Yo muero!
Carlino.—¿Me ha alcanzado? ¡Cielos, qué temblor el mío!
Héctor.—Me doy por vencido. ¡Perdón!
Carlino.—Según parece, también tiene miedo.
Mysón. (La criada abrazando á Héctor.)—Si no nos entregas ahora mismo todos tus papeles y tu persona, sentirás todo el peso de la cólera de Aquiles.
Carlino.—¡Sujétalo bien, Mysón!... ¡Ah, bellaco; ahora verás quién soy! ¡Muerte y asesinato!
Héctor.—¡Misericordia, héroe invencible! ¡Si me lo mandas, abrazaré tus rodillas!
Carlino.—¡No me toques; no pienso en eso ni lo deseo!
Héctor.—Ahí tenéis cuanto pedís.
Razonte.—Angélica. ¡Oh dichoso instante!
Carlino. (Dando sablazos de plano á Héctor.)—Yo te perdono; enmiéndate en lo sucesivo, pero recibe esta amonestación cariñosa.
Don Héctor desaparece; los amantes, poseedores ya del documento en que Héctor fundaba sus pretensiones, se abrazan mutuamente, y Carlino declara su voluntad de casarse con Mysón. Todos se admiran de que un vástago de sangre real elija por esposa á una criada; pero Mysón asegura que es Deidamia, y que hace ya cuatro mil años que busca en vano á su querido Aquiles, hasta que lo encuentra en este instante; de suerte que las dos parejas reales se apresuran á contraer matrimonio. A la conclusión se entona un canto por el coro en alabanza de la doctrina de la metempsícosis.
En La octava maravilla se nos presenta un Rey de Bengala, dedicado al estudio de Hipócrates y Galeno, que excitado por las pomposas descripciones, que le hace un arquitecto español de la geografía de España y de la genealogía de sus familias más distinguidas, se resuelve á visitar á la Península, y después de naufragar en las islas Canarias llega á Sevilla, en donde finge ser un criado y se enamora de una beldad sevillana, convirtiéndose al cristianismo y regresando después á su reino para propagar en él su religión. La escena es, ya en Bengala, ya en las islas Canarias, ya en España. En El prodigio de Etiopía se apodera un moro, por astucia, de la hija del Rey de Egipto, haciéndose pasar por su amante; huye con ella, se convierte en salteador, comete los mayores crímenes y muere al fin ermitaño y mártir. La doncella Teodora refiere las singulares aventuras que suceden en Orán, Constantinopla y Persia á una joven española de admirable ingenio y belleza; figuran también en este drama un profesor de Valencia, un catedrático de Toledo, el Rey de Orán; Selin, gran señor de Turquía, y el Sultán de Babilonia. En El hombre por su palabra sube al trono de Macedonia el hijo de un jardinero, después de ejecutar grandes hazañas y con el favor de una Princesa. En La ventura no buscalla se refugia otra Princesa fugitiva en la casa de un noble de los montes Cárpatos; entra á su servicio, se casa con él, y le trae al fin en dote la corona de Hungría. En El animal de Hungría, un Rey de este país condena á muerte á su inocente esposa y se casa con la cuñada; pero la que se creía muerta vive, se cubre con pieles de fiera y pasa por tal, rondando las selvas próximas al castillo y robando los hijos que el Rey engendra en su hermana. Parecidos son El hijo de los leones, Los pleitos de Inglaterra, etc.