La fuerza lastimosa.—Don Lope de Cardona.—La hermosa Alfreda.—Laura perseguida.—Otras comedias.—El caballero de Olmedo.—Lo cómico de Lope de Vega.—Amar sin saber á quién.
A FORTUNADAMENTE no es grande el número de estas obras informes, que sólo deben considerarse como abortos de una imaginación desarreglada, y que nos ofrece al poeta en sus más singulares extravíos. Otras muchas, que entretejen también sucesos, sin enlace estrecho y á modo de novela, y que, por su índole romántica, pertenecen á la misma categoría, muestran más arte en la traza y ejecución de su plan dramático. La fuerza lastimosa, drama, cuya idea fundamental proviene del conocido romance del conde Alarcos, y que debió ser de las más famosas de Lope por las frecuentes alusiones que á él hacen los escritores españoles, no merece, en verdad, grandes alabanzas en cuanto á su composición, porque se abusa de las ficciones, y la verosimilitud no siempre se observa; pero, á pesar de estos defectos, ¿quién no admirará el fuego y el vigor de la fantasía, y el interés grande que excita en el lector esta extraña obra dramática? Dionisia, hija del rey de Irlanda, pone sus ojos en el bello conde Enrique, y encontrándolo en un paraje retirado de los salones, en una partida de caza, lo cita para la noche siguiente. El duque Octavio asiste á la entrevista anterior á la cita sin ser notado de los amantes, advirtiéndose que ama también á la Princesa, aunque sin esperanza de ser correspondido, por cuyo motivo toma la insidiosa resolución de fingirse el Conde. Preséntase, pues, al Rey con este propósito, y sin decir la causa; pero haciendo al Monarca fervorosas y vehementes súplicas, y prometiendo descubrirle el secreto al día siguiente, le pide que aprisione al Conde. Concédesele su pretensión, y el Duque, sin ser conocido, asiste á la entrevista fijada para otro. A la mañana siguiente pretexta Octavio que la prisión del Conde era necesaria para libertarlo del peligro que corría de ser asesinado. Sale de su prisión el Conde, y es nombrado Almirante para demostrar su inocencia; pero el Duque, atormentado por los remordimientos, y temeroso de que se descubra la verdad, se refugia en sus dominios. Firmemente convencida Dionisia de haber estrechado en sus brazos á su amante la noche de la entrevista, se maravilla sobremanera de que aquél se haga el desentendido, y cree que se propone negarlo; su pasión se acrecienta más y más, reconviene amargamente al Conde por su conducta, y lo obliga, no comprendiendo lo que sucede, á abandonar la corte para siempre y ausentarse á un país lejano. En el acto segundo acomete á la Infanta una melancolía profunda, que casi raya en locura, y cuya causa nadie puede adivinar; nada responde á lo que se le pregunta, y, por último, escribe lo siguiente, importunada por los repetidos ruegos del Rey:
Yo me casé
Con Enrique de secreto,
Y en secreto me gozó;
Fuese á España, y me dejó,
Padre, sin honra en efeto.
Enrique llega á España mientras tanto, y se casa con Isabel, hija del conde de Barcelona. Han transcurrido muchos años desde que abandonó la Irlanda; el deseo de ver de nuevo á su patria no lo deja sosegar, y al fin se encamina á ella con su esposa é hijos. Apenas sabe el Rey su llegada, lo invita á verlo, y le dice:
REY.
Enrique, este papel es una carta
Que del Rey albanés recibo agora:
Contiene, en suma, una desdicha grande,
Y como amigo, pídeme consejo.
Yo, que no fío de mi ingenio cosas
Tan arduas, y del tuyo estoy contento,
Quiero que me aconsejes lo que pueda
Escribirle en desdicha semejante.
. . . . . .
. . . . . .
Tiene el Rey albanés, Enrique amigo,
Sólo una hija, como yo á Dionisia;
Pídensela mil Príncipes y Reyes,
Y ella pone los ojos en un hombre,
Noble por cierto, mas vasallo suyo.
Éste la goza, y con temor del padre,
Huye á otro reino, donde al fin se casa,
Y casado después á Albania vuelve.
ENRIQUE.
Extraño es el suceso, y que pedía
Más ingenio y mas tiempo; mas si es fuerza
Obedecerte, digo que aunque mate
El Rey á ese hombre, no remedia nada,
Pues se queda la Infanta sin remedio,
Y casarle con ella está más puesto
En razón y justicia.
REY.
¿De qué modo,
Siendo casado el hombre?
ENRIQUE.
Dando muerte
Él propio á su mujer, en justa pena
De su delito.
Después de argumentar ambos sobre la justicia y la necesidad de la sentencia de Enrique, el Rey da á éste la carta de la Infanta, copiada más arriba, y le dice:
Tú me diste el consejo; parte luego,
Y á la Condesa quitarás la vida,
Para que aquesta noche seas esposo
De la Infanta mi hija.
El Conde protesta vanamente no haber tenido jamás con la Infanta relaciones de tal especie; el Rey no hace caso de ellas, y repite sus órdenes. Enrique cae en tierra como herido por el rayo: por una parte, el deber más sagrado de un vasallo es la obediencia á su señor; por otra, el asesinato de una esposa amada es un hecho superior á las fuerzas humanas. La horrible lucha, que surge en su corazón, se manifiesta exteriormente por un silencio sombrío, hasta que Isabel descubre el secreto, y lo invita á matarla, puesto que ella morirá contenta con tal que su esposo cumpla sus más imprescindibles deberes para con el Rey. El desventurado Enrique se decide al cabo á ejecutar acción tan repugnante. Isabel se despide tiernamente de sus hijos y de su esposo, á quien asegura, repetidas veces, que recibe gustosa la muerte de su mano; el Conde, no sintiéndose con fuerzas bastantes para matarla, encarga á un criado que lleve á la mar en una barca á Isabel, y que la abandone á merced de las olas. El acto tercero nos ofrece al mísero Conde atormentado por los remordimientos y presa del delirio. El horrendo crimen, cometido por orden del Rey, no produce el resultado apetecido, porque la Infanta se niega á dar su mano al asesino, manchada con la sangre de su esposa. El conde de Barcelona se acerca con una armada para vengar la muerte de su hija; un hijo de la muerta es el Almirante, y el Rey tiembla ya en su capital. Isabel, sin embargo, no ha perecido en la mar, puesto que, asida á un tronco de árbol, es arrastrada á la costa, recibiendo la más benévola hospitalidad en los dominios del duque Octavio. Confía al Duque el secreto de sus desdichas, y él, que se considera como el principal causante de ellas, correspóndele participándole que, en aquella noche misteriosa, usurpó traidoramente el lugar del Conde para poseer á la Infanta. Isabel se disfraza entonces de hombre, y se encamina á juntarse con la armada de su padre, en donde no es conocida, aunque se le recibe benignamente por su semejanza con la que se cree muerta. El rey de Irlanda, viéndose en grave apuro, entrega á sus enemigos al conde Enrique como autor de todo lo ocurrido, pero Isabel descubre la verdad dándose á conocer; su padre, su hijo y su esposo se creen en el colmo de la dicha al recobrar á la que suponían perdida para siempre, y Dionisia borra la mancha, que deslustraba á su honor, casándose con Octavio.
Semejante á ésta por el interés que inspira y por la imperfección de las diversas partes del conjunto, es Don Lope de Cardona. El príncipe Don Pedro de Aragón ha dado muerte en un torneo al hijo del rey de Sicilia; y en su consecuencia se ha declarado la guerra entre los dos países. Lope de Cardona, capitán de las tropas aragonesas, vuelve vencedor y aguarda ser recibido, al desembarcar en Valencia, con las más vivas demostraciones de alegría; en vez de esto, encuentra cerradas las puertas: un carro cubierto con negros paños se le acerca, apeándose de él una dama, vestida también de negro. Esta dama es Casandra, su esposa, que le cuenta que el príncipe Don Pedro la ha requerido de amores, y que el padre de Lope, llamado Don Bernardo, ha salido á la defensa de su honor, sacando su espada contra el Príncipe en el calor de la contienda. El anciano Bernardo, á causa de su precipitación en obrar, ha sido acusado de crimen de alta traición y encerrado en la cárcel, y el Príncipe, lleno de ira, se ha dado trazas de predisponer contra toda la familia de Cardona al bondadoso y justo Rey. Casandra aconseja la huída á su esposo, pero él, confiado en su inocencia, se presenta al Rey, refiere los grandes servicios que ha prestado al trono, y hace valer las razones que disculpan el hecho de su padre, pidiendo que sea puesto en libertad y que él entre en su lugar en la cárcel. El Rey se opone á ello, cediendo á la influencia del Príncipe, y destierra mientras viva al capitán que le ha ganado una de las más brillantes victorias. Lope, pues, se embarca para Nápoles en compañía de su esposa, á la cual intenta retener en vano el príncipe Don Pedro; naufraga en las costas de Sicilia y arriba á la playa, cayendo en manos de Roger, á quien ha vencido en la guerra. Regocíjase éste al apoderarse de tan famoso guerrero, y se esfuerza en atraerle á su servicio, ya haciéndole las más lisonjeras promesas, ya amenazándolo; pero nada es bastante para quebrantar la fidelidad de Lope á su soberano, por grande que sea la injusticia con que lo trata. Roger aprisiona entonces á Casandra, y la conmina con la muerte si su esposo no accede á sus deseos; Lope sucumbe á esta prueba dolorosa, se pone al frente de la armada, y llega con numerosos buques á Valencia. Para economizar la sangre de sus conciudadanos y antiguos compañeros, exhorta á los aragoneses á decidir la contienda por medio de un combate singular. Es aceptada su proposición, y Pedro, para saciar su odio contra los Cardonas, nombra á Bernardo, todavía preso, para pelear contra su hijo. Los combatientes se presentan con la visera calada y sin conocerse; cáese el yelmo de uno, y ambos se reconocen en el momento en que se disponían á pelear hasta la muerte; obstínanse los dos en morir uno por otro; por último, Lope persuade á su padre á que huya, y que pretexte que su enemigo es el príncipe Don Pedro, contra el cual no ha querido levantar su leal mano. La princesa de Sicilia, enamorada de Don Pedro, se ha esforzado mientras tanto en atraerlo á una entrevista, para la cual debe serle útil Casandra, invitándolo á venir á su casa. Él responde afirmativamente á la invitación, pero es sorprendido por Roger en la tienda de Casandra, y hecho prisionero. Lope se enfurece sobremanera á causa de la aparente infidelidad de su esposa, y ésta huye para evitar su cólera, haciendo correr el rumor de que el rey Roger la ha condenado á muerte, por creer que mantenía inteligencias con el enemigo. Alegres los sicilianos de tener prisionero al Príncipe, levantan el sitio y se hacen á la vela; pero los aragoneses los persiguen y sitian á su vez á Mesina, pidiendo que se les entregue el príncipe Don Pedro. Cuando se disponen á dar el asalto á la ciudad, se presenta Don Pedro en las almenas de la muralla, y los sitiados amenazan matarle, si los sitiadores prosiguen sus ataques; la princesa de Sicilia se empeña, por su parte, en impedirlo; para salvar la vida á su amante y establecer la paz entre los combatientes, se entrega también á los aragoneses, para que su cabeza caiga al mismo tiempo que la del Príncipe. Su heróica resolución pone término á tan prolongada lucha; aviénense los dos Reyes, y el casamiento de sus hijos sella por entonces la paz. Lope de Cardona, que, al saber la muerte de su esposa, se retira de la armada desesperado, deseando morir también, ha sido antes llevado á la presencia del soberano de Aragón, el cual, conociendo su injusticia, le devuelve todos sus cargos y honores; finalmente, Casandra es descubierta en el ejército disfrazada de guerrero, y averiguada su inocencia, concluyendo la comedia con la reconciliación de todos sus personajes.
La hermosa Alfreda es otro drama, que participa de las bellezas y defectos de los mencionados. El rey Federico, enamorado de la princesa Alfreda de Cleves por haber visto un retrato suyo, encarga al conde Godofredo que se encamine á Cleves, y que pida á la Princesa para esposa suya, en caso de encontrarla tan bella como aparece en su retrato. El Conde queda tan encantado de las gracias de Alfreda, que, desentendiéndose de la comisión de su soberano, la pide para sí. Alfreda, aunque poco aficionada al Conde, accede, sin embargo, á los deseos de su padre, y Godofredo dice al Rey, á su regreso, que el original es muy inferior á la imagen, por cuyo motivo induce á su esposa con fingidos pretextos á que se disfrace con trajes ordinarios y habite en una obscura aldea. El Rey la conoce aquí, habiéndose extraviado en una partida de caza, y se enamora de ella violentamente siendo correspondido. Cuando averigua el engaño del Conde, declara nulo su casamiento, y se lleva á Alfreda á su palacio para contraer con ella matrimonio. Godofredo, tanto á causa de su aflicción por el rapto de Alfreda, cuanto por los remordimientos de su conciencia, hijos de su mal paso, cae en un estado próximo á la locura, y se presenta sollozando ante el Rey en compañía de los dos hijos que ha tenido de su esposa. Alfreda, aunque engañada también por él, intercede conmovida en su favor y hasta quiere abrazarlo; pero, al intentarlo, observa que la misma fuerza é intensidad de sus sentimientos le ha arrancado la vida.
El drama Laura perseguida se distingue por la vigorosa pintura de afectos. Oranteo, hijo del rey de Hungría, ama á Laura, joven dama de singular belleza, pero cuya condición no es igual á la suya, y tiene de ella dos hijos. El Rey se opone á que se case el Príncipe con Laura, proyectando enlazarlo con otra Princesa. Para lograr su propósito, intenta enemistar á los dos amantes, y se enamora de Laura, á quien no conoce por su verdadero nombre. Una criada de Laura, que se parece mucho á su señora, y un cierto Octavio, secretario del Príncipe, se conciertan para poner en obra los planes del Rey; la criada se viste con el traje de Laura, y celebra de esta suerte con Octavio una tierna entrevista, que presencia el príncipe Oranteo. Este se enfurece y renuncia á su Laura; sin embargo, no le es posible desterrar por completo de su pecho el amor que le inspira, y, fingiendo ser Octavio, se desliza bajo de sus ventanas, para convencerse de su infidelidad, puesto que duda de ésta, á pesar de las apariencias que la confirman. Laura, que ignora la traición que se trama, le habla amistosamente, creyendo que es el secretario del Príncipe, y sus palabras afables, por desgracia, son á los ojos de Oranteo una prueba decisiva de su inconstancia. Laura, pues, es arrastrada á la cárcel, y sus hijos, sin saber su origen, se envían á un lugar escondido entre montañas, para ser criados con una familia de labradores. Un año largo languidece la desventurada en su prisión, al cabo del cual recobra su libertad y emprende una peregrinación á Santiago. A su regreso llega á la aldea, en donde viven sus hijos, y los abraza derramando copiosas lágrimas. El Príncipe, mientras tanto, aunque convencido de su infidelidad, la ama, sin embargo, y rehusa obstinadamente casarse con la Princesa. El desenlace, en que se averigua la inocencia de Laura, y el Rey, que bajo de otro nombre le ha mostrado su benevolencia, la reconoce como á esposa de su hijo, es fácil de presumir.
Poco menos interesante, aunque notable por los caracteres de los personajes, es Los enredos de Celauro, llenos de vida y de ingenio, y de situaciones dramáticas de gran efecto La boda entre dos maridos, La ocasión perdida, Los torneos de Aragón, El testimonio vengado, El gallardo catalán, Carlos el perseguido, Los peligros de la ausencia, La batalla del honor y otros muchos. Ningún otro poeta del mundo nos ofrece en sus novelas, leyendas ó dramas, tantas invenciones interesantes é ingeniosas, tantas situaciones conmovedoras y dramáticas, tantos motivos que exciten y encadenen nuestra atención como Lope; pero en la manera de utilizar estos materiales, en la relación de las partes con el todo, pertenecen estas novelas dramáticas á sus obras más imperfectas.
Entre estas últimas y otras obras suyas, que se asemejan más á la comedia propiamente dicha, hay varias de un género intermedio que, á causa de su plan más regular, no deben clasificarse con aquéllas, ni tampoco confundirse con éstas, diferenciándose por su más serio argumento. Muchas nos ofrecen cierta analogía con los cuadros sentimentales de familia, tan de moda en los modernos teatros, aunque los de Lope se distinguen de ellos por su poesía más elevada. Mencionaremos, entre ellos, á Las flores de Don Juan, cuyo protagonista, en lo relativo al carácter, nos encanta por su fuego y su ternura; La moza de cántaro, Querer su propia desdicha, y sobre todos, La esclava de su galán, bellísimo drama en que descuella una mujer de singular grandeza de alma y pronta á sacrificarse por su amante. El joven Don Juan renuncia, por amor á Elena, á la posesión de una rica prebenda, que debe á su padre, por cuyo motivo es abandonado por aquél. Agradecida Elena al sacrificio que hace por ella su amante, toma la extraña resolución de venderse por esclava del padre de Don Juan[9] para aplacar su cólera y reconciliarlo con su hijo. Esta ficción excita en alto grado nuestro interés, y la serie de escenas en que la heroina se nos presenta, ya arrebatada de su pasión amorosa, ya airada y celosa, lo aumenta aún más á la conclusión, en que se descubre y quiere renunciar á su amante, á quien cree infiel, moviendo entonces al padre, admirado de su generosidad, á dar su aprobación á su enlace con su hijo.
El caballero de Olmedo nos ofrece un notable ejemplo, así de la capacidad extraordinaria de Lope, como de la incomprensible ligereza que tanto le perjudica. Los dos primeros actos son excelentes y de una vis cómica inimitable; con los rasgos más ingeniosos se describen las artificiosas intrigas de una vieja alcahueta y supuesta bruja, de la especie de la Celestina. Don Alonso, caballero de Olmedo, ama á Doña Inés y es amado de ella; pero el padre de ésta quiere casarla con un cierto Don Rodrigo. Inés, para evitar en lo futuro el enlace que la amenaza, pretexta hallarse decidida á entrar en un convento; la redomada vieja Fabia penetra en la casa, en traje eclesiástico, para preparar la novicia á la vida conventual, y un criado de Don Alfonso finge ser maestro de latín; las escenas en que entona cánticos religiosos mientras Inés lee las cartas de su amante, demuestran que en aquella época no se miraban como profanaciones estas burlas. La intriga camina, pues, natural y favorablemente, cuando el drama se convierte en trágico de improviso, en oposición con su anterior índole. Don Rodrigo, el pretendiente despreciado por Inés, intenta vengarse de su rival; en una corrida de toros sálvale Don Alfonso la vida; pero este sentimiento de gratitud, que le debe en remuneración de su servicio, acrece aún más su ira; espíalo, pues, y saliendo de su emboscada, lo tiende muerto á sus pies. Inés pide al Rey justicia contra el matador, y ejecuta entonces verdaderamente su proyecto, fingido antes, de entrar en un convento.
Un gran número de las obras de Lope pueden, por último, ordenarse en la categoría de comedias, pero de comedias de gran valor poético, no de despreciables descripciones de escenas de la vida común, que no debieran denominarse literarias, aunque conserven aquel nombre en nuestros teatros. Por regla general, aun en aquellas fábulas, que más descienden al círculo de la realidad vulgar, la elevación poética del español las levanta de su humilde esfera. Lo cómico de estas obras no consiste, como sucede con frecuencia en las comedias de inferior rango, en trasuntos de locuras ó vicios aislados, con propósitos y exactitud prosáica, ni en caricaturas ó en algunas escenas burlescas, sino que resplandece en toda la composición de mil maneras y la penetra y caracteriza en sus diversas partes. Manifiéstase en el aspecto tranquilo, con que la vida se nos ofrece en su conjunto, revelándose aquí ó allí en relámpagos burlescos, ó esgrimiendo el azote de la sátira contra ésta ó aquella extravagancia, pero en lo esencial presentándonos siempre la parte noble y bella de la naturaleza humana, que resalta hasta en sus delirios y extravíos. En una palabra, la comedia española, como la comprende Lope de Vega, es lo que siempre ha debido ser para llamar nuestra atención, esto es, una poesía en su esencia; de la vida y sus fenómenos sólo aprovecha lo importante; concentra, como un espejo prismático, los rayos más serenos de la naturaleza humana, para reflejarlos con duplicado brillo, y realza caracteres comunes y sucesos vulgares en un mundo lleno de poesía, imprimiendo en la realidad el sello de la belleza. Lo burlesco de estas comedias no consiste en groseros chistes para disipar el mal humor, sino en la inteligente sonrisa de un espíritu superior, que parece retozar en todo el conjunto; cuando se muestra lo cómico de más baja ley, se reviste siempre con las gracias del ingenio; fuérzanos el gracioso á simpatizar con su alegría, porque sus burlas más locas y extravagantes no degeneran nunca en perversos y amargos sarcasmos; reimos con benevolencia, no movidos por amor propio ni por desprecio. Quien busque en las comedias cuadros comunes prosáicos y naturales, imitaciones exactas de la realidad ordinaria, personificaciones de vicios y faltas con ejemplos morales, contrapuestos á ellas; quien concurra al teatro para oir acerbas invectivas y rasgos satíricos, ó para presenciar escenas groseras burlescas, que excitan estúpidas risas, ha de renunciar á Lope de Vega, indemnizándose con Molière ó Wicherley, Goldoni ó Kotzebue. Pero quien sienta los encantos de la poesía romántica, de la más florida imaginación, de la inventiva más inagotable, de los juegos más variados y agudos del ingenio y del enredo, del análisis más delicado del corazón humano y de sus sentimientos, lea las comedias de este español distinguido, y podrá entonces decidir si hay ó no razón para mirar con desprecio, desde tal altura, las miserias y pequeñeces que en otras naciones usurpan aquel nombre.
En estas comedias de Lope de Vega resplandece con un brillo más vivo y con sus diversos colores la llama del genio, que ilumina más ó menos á todas sus obras. Ya nos detengamos en la traza y desarrollo del plan, ó en el esmero con que se atiende á sus diversas partes; ya en el tejido de la fábula ó en su progresivo desenvolvimiento, encontramos siempre al consumado maestro, y nos alegra y nos encanta siempre el lujo y la riqueza de su fantasía, la benevolencia y afabilidad de su carácter, lo noble y puro de los sentimientos, y su penetrante mirada en lo más íntimo del alma. Cuando leemos estas poesías, nos imaginamos entrar en un mundo poético completamente nuevo, en una galería infinita de cuadros de afectos y de esfuerzos humanos, de amor y de odio, de alternativas y cambios de fortuna. ¡Qué variedad de sucesos tan rica é interesante, y cuán poderosamente encadenan nuestra atención! ¡Cuánta gracia y cuánta dulzura en las escenas galantes y amorosas! ¡Cuánto ingenio resalta en las burlas! ¡Qué maravillosa diversidad en los juegos del acaso, y en los infinitos cambios que produce! ¡Cuánta corrección en los contornos de todos estos cuadros, sin omitir un solo rasgo! ¡Qué luz tan brillante, qué fuego en el colorido!
El poeta, según todas las probabilidades, se aplicó cuidadosamente á la composición de estas comedias; el argumento de casi todas ellas ofrece en su arreglo tanto artificio literario; se descubre en su plan tanta claridad, tanta madurez y reflexión; es tan grande la delicadeza psicológica que distingue á los caracteres, la simetría que se observa en la disposición de sus partes aisladas; tanta la sobriedad que se nota hasta en los pormenores más insignificantes, que, aun teniendo del poder del genio la idea más favorable, no se concibe que obras tan perfectas se hayan escrito improvisando, como acontece á muchas otras de Lope.
Su lenguaje llama particularmente nuestra atención. Quizás ningún otro poeta cómico del mundo ha sido tan feliz en conciliar la dignidad poética con la viveza y animación del diálogo. Su dicción, ajustándose siempre perfectamente á la índole del asunto, pasa en ligeras transiciones desde el tono ligero y fácil de la conversación más frívola hasta el estilo poético más elevado, revistiéndose de la forma que cuadra al trato común y ordinario, ó de la que conviene á los rasgos más cáusticos del ingenio, ó á la violencia arrebatadora de la pasión.
La diferencia establecida entre las comedias de intriga y de carácter (cuyo valor, en general, puede ponerse en duda), no es aplicable á las de Lope de Vega. Sólo á algunas, como El desconfiado y La dama melindrosa, puede dárseles el último nombre, á causa de la prolijidad con que se describen sus caracteres y de la importancia que en ellas tienen. En las demás, é indudablemente con arreglo á los preceptos del arte verdadero, se confunden y mezclan de tal suerte los caracteres y los sucesos externos, deduciéndose unos de otros necesaria é íntimamente, que es preciso renunciar á la clasificación indicada. Es, por tanto, absurdo hablar de las comedias de intriga de Lope, para significar que tal es el carácter esencial que las distingue. Menester es que en esta parte evitemos usar expresiones impropias, cuyo origen ha de buscarse en las comedias de Calderón, porque no son aplicables á las de Lope, ni con frecuencia al teatro cómico español. Calderón ha estrechado considerablemente el círculo de los resortes que han de jugar en la comedia; los incomprensibles cambios de la suerte constituyen en las suyas el móvil capital del interés, y en ellas encontramos ciertos tipos que siempre subsisten y se repiten, y que sirven de fundamento á la acción, á las situaciones y á los caracteres de los personajes. Recuérdense sus comedias de capa y espada, y en todas ellas se nos ofrecen los mismos resortes dramáticos: celos de amantes de ambos sexos; luchas del amor con sospechas de padres ó hermanos severos, ó con los deberes de amigos ó de súbditos; disfraces de mujeres con el velo; mudanzas de domicilio y de nombre; entradas secretas y casas de dos puertas. Aunque Lope de Vega haya usado de todos estos motivos dramáticos largo tiempo antes que Calderón, convergen todos en el nudo ó intriga de la fábula, y se vale además de otros muchos muy diversos; sus personajes no se mueven tampoco en el estrecho círculo que los de Calderón, en los cuales siempre se encuentran dos apasionados amantes, un rival, un padre severo, una criada astuta, etcétera, casi en estereotipia. Preciso es ahora que concedamos también á Lope el arte tan admirado en su célebre sucesor; esto es, el arte de trazar un argumento interesante y tener en suspenso la atención de los espectadores, porque si sabe tan bien como Calderón deducir de ciertas luchas ó choques las situaciones más dramáticas, y siempre nuevas, y complicándolas de un modo sorprendente, justo es también, por otra parte, que se le atribuya la gloria de poseer otra dote más importante, cual es la de inventar más motivos cómicos y derramar más vida y variedad en la pintura de caracteres.
La notable diferencia en el tono y asunto de estas comedias y la diversidad de elementos cómicos que en ellas predominan, no consienten hacer la división cómoda de sus distintas clases, que sería de desear. Hay gradaciones tan leves é insensibles, que es difícil señalar con exactitud los límites que las determinan. Sólo las distinciones generales siguientes, casi externas, pueden establecerse con trabajo. En primer lugar, hay comedias que, por su índole y argumento, nos recuerdan sin esfuerzo á Plauto y á Terencio, ofreciéndonos caracteres, situaciones y relaciones análogos á los de los cómicos romanos. Se sobreentiende que, ni por asomos, hay que hablar de la imitación de las formas antiguas; aún menos se proponía Lope llevar al teatro la pintura de costumbres de tiempos pasados: su intento era tan sólo el de inspirar nueva vida en caracteres españoles de su época, que ofrecían cierta semejanza con los protagonistas de los antiguos cómicos. Verdad es que nos las habemos con libertinos, aventureras, parásitos, cortesanos y alcahuetas, que se nos ofrecen en situaciones no siempre decentes; pero Lope ha sabido dulcificar lo repugnante y duro de las mismas con arte singular, no perjudicando por esto á la verdad de sus descripciones, y trazando en sus cuadros bellos rasgos, de suerte, que la impresión total que en nosotros hacen, no tiene nada de repulsiva. En El rufián Castrucho encontramos los personajes de un rufián disoluto y de una astuta alcahueta, así como tipos de la licenciosa soldadesca española, delineados con vigorosos y muy verdaderos contornos, juntamente con una intriga tan ingeniosa como divertida. En El anzuelo de Fenisa, comedia resucitada en nuestros tiempos, obsérvanse también cuadros análogos, aunque más delicados. Existen, sin embargo, en la actualidad, pocas obras suyas de esta especie.
Otras comedias de Lope se distinguen por la particularidad de que sus motivos de interés cómico son acontecimientos políticos, como, por ejemplo, en El palacio confuso, cuyo argumento consiste en la semejanza de dos Príncipes, que truecan alternativamente sus nombres, y corrigen de esta manera las faltas cometidas en su gobierno.
Si siguiéramos ahora la clasificación adoptada por algunos historiadores de la literatura de sus demás obras, separaríamos las que presentan personajes reales, de las que sólo nos ofrecen escenas de la vida privada. Pero como sucede que, aun cuando el lugar de la acción sea corte de Reyes, sólo refieren hechos particulares; y como ambas supuestas especies no se diferencian en ningún punto capital y característico, semejante división sería tan arbitraria como inútil. Entre las comedias que tienen de común el representar personajes de las clases más cultas, resplandeciendo en ellas la más fina urbanidad, y como respirando la flor de la cultura más grata, hállase una larga serie de las obras más perfectas de Lope, que no es dable analizar sin sentir grande admiración hacia la riquísima vena poética, que en todas sus partes se muestra. Pero la misma vida y variedad de los cuadros, que observamos en ellas, nos fuerzan á prescindir del análisis minucioso de cada una. Baste decir que, cuanto expusimos antes en general sobre las bellezas de sus comedias, es aplicable á éstas particularmente, indicando de paso, que, en nuestro concepto, son las mejores entre sus más bellas obras.
Amar sin saber á quién se funda en la más felicísima invención, que es dado inspirar á la musa cómica, exhalándose en toda ella tan romántico aroma, que no puede menos de arrebatar á cuantos sean capaces de sentir los encantos de la poesía. Don Fernando y Don Pedro se desafían en las inmediaciones de Toledo, cayendo el último. Don Juan de Aguilar, caballero sevillano, que en su viaje pasa cerca del lugar del desafío, oye ruido de armas, y abandona á su caballo, para poner paz entre los combatientes, si le es posible; pero llega tarde, y encuentra á Don Pedro bañado en su sangre, y ve huir al matador. Sobreviene al mismo tiempo la justicia, y aprisiona á Don Juan como autor presunto del delito, puesto que se halla al lado del cadáver. La escena inmediata es en la habitación de Don Fernando: Leonarda, su hermana, discurre con su criada acerca de las pretensiones amorosas de un Don Luis de Rivera, que la molestan. Preséntase Don Fernando, y cuenta á su hermana la desgracia ocurrida; sabe que Don Juan ha sido preso por él, y resuelve entonces delatarse, á fin de que no padezca el inocente; Leonarda, sin embargo, lo convence á que aplace por algunos días la realización de su proyecto, porque intenta escribir una carta al prisionero, á quien no conoce, fingiendo ser una dama que lo ha visto al pasar hacia la cárcel, enamorándose de él. De esta manera, y haciéndole algunos regalos, piensa dulcificar las amarguras de la prisión, hasta encontrar una coyuntura favorable para libertarlo, y evitar así que vaya su hermano á la cárcel. Algunas sospechas se suscitan, mientras tanto, contra Don Fernando, y se presenta á Don Juan para que declare si reconoce en él al matador de Don Pedro. No lo duda Don Juan á la primera mirada, pero dice generosamente que nunca ha visto á tal caballero. La carta y el retrato de Leonarda, que recibe el prisionero, lo regocijan hasta el punto de parecerle la cárcel el Paraíso; y si bien ignora el nombre de la dama que le escribe, se enamora de ella ardientemente; crúzanse innumerables billetes entre ambos, y la pasión fingida de Leonarda se convierte en verdadera. Merced á la mediación de Don Luis de Rivera, á quien Don Juan viene recomendado, en Toledo, consigue éste salir á veces de la cárcel y hablar, por la reja, con su amada, que, sin embargo, no se da á conocer; averigua después, con harto pesar suyo, que Don Luis, con quien traba la amistad más estrecha, pretende también á la misma dama; estos lazos y los de la gratitud, por los muchos favores que debe á su amigo, parece como que le obligan á renunciar á su amor. Los esfuerzos reunidos de Don Luis y de Don Fernando lo libran al cabo de la cárcel, y el último se empeña en hospedarle en su casa. Don Juan acepta la invitación, descubriendo entonces por vez primera que la desconocida, á quien ha entregado su corazón, es la hermana de su huésped. Don Luis, que nada sabe de esto, lo solicita para que hable en su favor á Leonarda, y Don Juan se compromete á realizar su deseo, movido de la amistad que le profesa; luchando, pues, con sus propios sentimientos, habla á su amada de la pureza y fidelidad amorosa de Don Luis, y le ruega que le dé su mano. Leonarda, por otra parte, cediendo á razones análogas, ruega á Don Juan que entregue á su amiga Lisena su corazón y su mano; también ella sacrifica su inclinación á la amistad, y los dos amantes generosos se despiden engañados recíprocamente acerca de los verdaderos sentimientos que los animan. A poco lo descubren todo Don Luis y Lisena; resígnanse, pues, no queriendo cederles en generosidad, y llevan á Don Juan á los brazos de Leonarda.
No son todos ruiseñores.—Los ramilletes de Madrid.—La noche de San Juan.—El mayor imposible.—El acero de Madrid.—La hermosa fea.—Otras comedias.—Comedias religiosas.—El Cardenal de Belén.—San Nicolás de Tolentino.—El animal profeta.—Otras comedias de la misma clase.
N O son todos ruiseñores nos recuerda la idea fundamental de una novela de Boccaccio, aunque Lope la idealiza por completo. El amante de una dama entra como jardinero al servicio de los padres de aquélla, y su amada visita con frecuencia el jardín, pasando en su compañía horas deliciosas, so pretexto de escuchar el canto de los ruiseñores. Este es el principal motivo dramático, aunque combinado con otros diversos. Al cabo se averigua la causa verdadera de sus visitas al jardín; desaparecen los obstáculos que se oponían al enlace de ambos amantes, que estrechan felices sus manos, mientras se cantan estos versos:
No son todos ruiseñores
Los que cantan entre las flores.
De igual índole es la fábula de Los ramilletes de Madrid. Un joven caballero, llamado Marcelo, sabe que la bella Rosela encarga á una jardinera que lleve flores á su casa. Ocúrresele entonces concertarse con la jardinera, fingirse su hermano, y llevar las flores. El padre de Rosela lo toma pronto á su servicio para que cuide de un jardín inmediato á su casa, ofreciéndole de este modo continuas ocasiones de ver y de hablar con su amada. Entre las demás concausas que excitan nuestro interés, cuéntase la de que un hermano de Rosela, ofendido antes por Marcelo, desea vengarse; de que Belisa, su anterior amada, se esfuerza en traerlo de nuevo á sus redes; por último, la de que un cierto Fineo, que ama á Rosela, salva la vida al supuesto jardinero, promoviendo en su pecho una terrible lucha entre su amor y su gratitud. Con estos hilos urde el poeta una acción de las más entretenidas.
La noche de San Juan, comedia de los últimos años del poeta, que, por mediación del duque de Olivares, se representó en el verano de 1631 ante Felipe IV y su corte, describe con los más vivos y gratos colores la velada de la noche de San Juan, y las aventuras é intrigas amorosas que surgen esta noche en medio de su alboroto y alegría.
En El mayor imposible parecen juntarse toda la gracia, finura y delicadeza imaginables en una comedia. La reina Antonia de Nápoles celebra en sus jardines una especie de academia poética, en cuyas ingeniosas discusiones rivalizan las damas y caballeros de su corte. Suscítase en ella la cuestión de cuál sea el mayor imposible, sosteniendo la Reina que el mayor es guardar á una mujer. Lisardo, uno de sus caballeros, es de la misma opinión; pero Roberto la contradice ardorosamente, alabándose de guardar tan bien á su hermana Diana, que ningún caballero logrará nunca llegar hasta ella. Interesa entonces á la Reina convencer á Roberto de la verdad de su aserto con el ejemplo de su propia hermana; excita á Lisardo, que ya ha puesto en aquélla los ojos, á apurar su sagacidad para obtener una cita amorosa. Agrada el plan á Lisardo, y encarga su ejecución á Ramón, su astuto criado. Roberto se prepara mientras tanto á guardar á Diana con mayor severidad; pero ella, que tiene noticia de la última aserción sostenida por su hermano, y que se siente herida en su femenil orgullo, se dispone á probar lo imposible que es guardar á una mujer. Ramón, disfrazado de buhonero, se desliza en su casa, y anuda una intriga amorosa llevándole el retrato de Lisardo. Roberto ve el retrato y se enfurece sobremanera; pero su astuta hermana le dice que su criada lo ha encontrado en la calle, y Ramón en seguida, convertido en pregonero, publica la pérdida del retrato, desvaneciendo las sospechas de Roberto. Para servir más eficazmente á los enamorados, y con aprobación de la Reina, se presenta Ramón á Roberto con un soberbio carruaje y un tren de seis caballos, supuesto regalo del almirante de Castilla, y entra de cochero á su servicio. Una noche celebra Roberto en su jardín una fiesta de confianza, á la cual, como es de presumir, sólo son invitados sus más próximos parientes, y, mientras tanto, el astuto Ramón llama de tal suerte la atención de su amo, que Lisardo entra sin ser notado; los amantes se hablan en un bosquecillo, al mismo tiempo que Roberto departe á más y mejor con Ramón, y los cantores entonan la siguiente estrofa:
Madre, la mi madre,
Guardas me ponéis;
Que si yo no me guardo,
Mal me guardaréis.
Diana oculta á su amante en un nicho inmediato á su aposento, en donde permanece muchos días, hasta que huye viéndose en peligro de ser descubierto. Los amantes acuerdan entonces usar de una nueva astucia, que promete ser el remate y corona de todas. Diana sale de su casa disfrazada y con velo, sin ser vista de su hermano, mientras la espera Lisardo. Roberto los encuentra en la calle; no conoce á su hermana, y Lisardo le ruega que acompañe á su casa á aquella dama tapada, á quien persigue un celoso. Roberto no vacila en obedecerlo, y entrega de esta suerte su propia hermana, que creía tan guardada, al mismo que se había comprometido á arrebatársela. En la última escena asistimos á la recepción de Alfonso de Castilla, recién llegado á Nápoles, que ha de casarse con la Reina; suscítase entonces en la antecámara una disputa entre los caballeros, porque Roberto ha sabido las astucias de Lisardo, y le pide satisfacción de ellas; pero la Reina interviene y explica lo ocurrido, por cuya razón se aplaca Roberto, conviniendo en que su adversario se case con su hermana.
El acero de Madrid. Belisa, hija ya crecida del viejo Prudencio, se enamora en misa del joven Lisardo, aunque su amor recíproco sólo se exprese con tiernas miradas. Un día, al salir de la iglesia, deja ella caer un billete, con objeto de participarle un proyecto para verse y hablarse con más frecuencia. Piensa fingirse enferma y Lisardo médico, y éste ha de ordenarle beber agua ferruginosa de Madrid, y en sus paseos por la mañana para visitar la fuente, encontrarán ocasiones favorables de verse y de hablar. Bertrán, criado de Lisardo, se encarga del papel del médico, que sabe desempeñar á las mil maravillas; prescríbele la medicina consabida, y los dos amantes se aprovechan de ella para estrechar más sus relaciones; una vieja dueña, que debe cuidar de Belisa, y que al principio cumple su obligación rigurosamente, da después fácil oído á la conversación de Roselo, amigo de Lisardo, y éste y su amada, mientras tanto, se abandonan á su pasión sin estorbos. Los celos de la prometida de Roselo, de la dueña, y diversos sucesos, que se oponen á la dicha de Lisardo y de Belisa, completan el desarrollo de la comedia, que es de las más interesantes y divertidas.
La hermosa fea. El príncipe polaco Ricardo se halla en la corte de Lorena para pedir la mano de la duquesa Estela; pero como le consta su aborrecimiento á todos los hombres, teme ser rechazado como sus predecesores, y para evitarla, y excitar en su provecho la curiosidad y el amor propio de Estela, hace circular el rumor de que él se burla de su odio. Antes de ser presentado á ella pretexta de repente, que, después de verla, se ausenta de la corte, tomando el nombre supuesto de Lauro, é introduciéndose en ella. Esto da origen á una intriga de las más interesantes. Estela, enferma peligrosamente, se empeña en triunfar del grosero Príncipe á todo trance, y Lauro hace las veces de mediador con habilidad, hasta que, convencido del feliz éxito de su intriga, descubre la astucia, y lleva á su casa á la inconquistable belleza.
La boba para los otros y discreta para sí. Diana, hija natural y heredera testamentaria del duque de Urbino, se ve obligada á luchar con un partido poderoso, que le hace la guerra, disputándole su herencia, y pretendiendo colocar en el trono á otra Princesa. Para evitar los peligros que la amenazan por esta parte, y conseguir la victoria de sus enemigos, se finge loca, y lo hace con tanto ingenio y maestría, que engaña á todos, infundiéndoles ciega confianza, hasta que arroja la máscara, se apodera del trono, destierra á sus adversarios y se casa con su parcial Alejandro de Médicis. La locura fingida de Diana da origen á situaciones del mayor efecto.
En La noche toledana admiramos particularmente su ingeniosísimo plan, y su artístico y bien trazado desarrollo. Florencio, joven caballero granadino, se ve en la necesidad de huir á consecuencia de un desafío. Síguelo Lisena, su abandonada amante, y mientras lo busca en vano largo tiempo, se ve en los mayores apuros y en la necesidad de servir en Toledo en una posada. Después de transcurrir algunos días llega también á esta posada su fugitivo amante, pero en compañía de una dama, que dice ser su hermana. Excita, por tanto, las sospechas de Lisena, que aprovecha cuantas ocasiones se le presentan de interrumpir sus coloquios. Complícase más la acción con las persecuciones amorosas, que sufre la bella sirvienta, de otros muchos huéspedes de la posada, y, por último, viene el antiguo amante de la pretendida hermana de Florencio, que intenta suplantar á su rival. Lisena se da trazas de hacer creer á todos que les ayudará poderosamente á realizar sus deseos. Fija una hora de la noche, para que cada enamorado celebre una entrevista con su amada. Pero todos son engañados: el infiel Florencio se encuentra con Lisena, en vez de la otra dama; la supuesta hermana de Florencio se ve en los brazos de aquél á quien había abandonado, y los demás pretendientes, cada uno por su estilo, se encuentran también burlados.
El secretario de sí mismo brilla por la ingeniosa disposición de su plan, y La villana de Getafe, no menos por esto que por lo claro y homogéneo de la urdimbre de los diversos hilos, que forma su complicada intriga. Los milagros del desprecio es el primer ejemplo del asunto, tan repetido después en el teatro español, de la victoria que consigue un amante de una mujer apática, fingiendo mayor frialdad en su corazón. Esta comedia de Lope aventaja acaso á todas las posteriores, que tratan del mismo argumento, por su naturalidad y lozanía, sin cederles tampoco en el esmerado arreglo de la acción. El perro del hortelano se distingue, así por la verdad con que nos descubre las fibras más delicadas é íntimas del corazón humano, como por las pinceladas tan seguras y acertadas que caracterizan á cada escena. La viuda de Valencia es un verdadero arsenal de burlas de buen tono y de situaciones cómicas, infundiendo en el espectador, con fuerza irresistible, el placer más vivo. En La bella mal maridada y en El maestro de danzar, encontramos al maestro consumado en desenvolver una fábula, y en exponerla con calor y energía. En todas estas comedias, lo mismo que en las tituladas Al pasar el arroyo, Los amantes sin amor, El ausente en su lugar, Si no vieran las mujeres y Por la puente, Juana, nos admiran, además de las bellezas indicadas, el arte del autor en presentarnos bajo del prisma de la poesía todos los fenómenos de la vida, de dar importancia é interés á las cosas más insignificantes, y de imprimir en ellas el sello de la originalidad; admiramos también en todas su constante buen gusto en exponer, su dicción noble y gráfica, siempre ajustada á la idea que representa, y su estilo, ya fácil y ligero, ya elevado y tranquilo.
Concluyamos, por último, diciendo que acaso aventajen á las de Lope, por ciertas cualidades más brillantes, las comedias de otros poetas posteriores: las de Tirso de Molina, por ejemplo, por su gracia y el vivo colorido de ciertas situaciones; las de Calderón, por su plan más artificioso y elevado; las de Moreto, por sus pinturas tan exactas de afectos y costumbres; pero en la harmonía de todas las bellezas indicadas, en el estrecho enlace de los detalles más ricos é interesantes con la traza bien dispuesta del conjunto, en el cual huelgan en sus límites debidos la característica con la intriga, ninguno supera á nuestro poeta.
Los dramas pastoriles merecen sección aparte al clasificar las obras de Lope. Recordaremos que, ya en sus años juveniles, había escrito dos, titulados, El verdadero amante y La pastoral de Jacinto. Entre los pocos que fueron compuestos en sus últimos años, brilla La Arcadia, por la bella claridad de su estilo y por los atractivos de sus cuadros, así de la naturaleza como del sentimiento; pero el interés dramático es escaso, á semejanza de los dramas pastoriles italianos, que les sirven de modelo.
De muy diversa especie, con relación á los demás indicados, son los dramas religiosos, escritos por Lope de Vega en número considerable. Las solemnidades de la Iglesia, y especialmente los días de ciertos santos, han sido origen y causa externa de casi todos ellos. Era antigua costumbre en España, como dijimos en la primera parte de esta obra, exponer en días determinados la historia de la vida de los santos, en cuyo loor se celebraban las fiestas, habiendo llegado á nuestra noticia comedias de santos que se representaron en la época anterior á Lope, que sucedieron á otras de igual índole, pero más antiguas, que se confunden con los misterios de la Edad Media[10]. Para alcanzar el doble fin de edificar y de distraer al pueblo, creíanse obligados los escritores de tales dramas á repetir fielmente, con todos sus rasgos y señales, las leyendas y tradiciones admitidas, y á recrear la vista con la representación de los milagros que se les atribuían. No por esto se advierte la falta de lo cómico al lado de lo devoto. Lope, pues, siguió en esta parte á sus predecesores en tales obras; intentó ennoblecer las suyas revistiéndolas de galas poéticas, y derramando en ellas las perlas de su creadora fantasía; no le era lícito alterar su índole, fija ya y establecida con arreglo á la naturaleza del asunto y á las exigencias del público: veíase, pues, obligado, así por acceder á los deseos de los espectadores y por su propia veneración al conjunto y á los detalles de cada leyenda, á entretejer en sus dramas fielmente todos los hechos y las anécdotas de la vida del santo, que había de ser el protagonista de cada uno. Conviene no olvidar esta indicación, para comprender bien sus dramas de este linaje. Sólo así nos explicaremos que el mismo poeta, que manifiesta en otras obras suyas tan profundo conocimiento de la esencia y condiciones de cualquiera composición dramática, prescinda de ellas en las religiosas de tal suerte, como si comenzase á aprender los primeros rudimentos del arte. Conviene también, para aplicar el justo criterio al examen de estas obras, esforzarse mentalmente en pensar y sentir en materias de religión como el público que las escuchaba; no olvidando cuánto y cuán diversamente penetraba la religión en la vida de los españoles, y cómo la Iglesia favorecía por su parte este medio de simbolizar y presentar al pueblo todos sus dogmas. Menester es también infundir nuevo vigor en este mundo de la fe, que casi pertenece ya á la historia, y recordar que la imaginación de los pueblos de la Edad Media, trabajando sin descanso, predominó en España casi hasta los tiempos modernos, y que no sólo exornaba y transformaba de mil maneras los asuntos bíblicos, sino que había creado con sus leyendas un nuevo dominio de las formas é imágenes más varias. Es necesario conocer el vasto círculo de la alegoría y del simbolismo, en que se había sumergido con particular afición la época contemporánea, y reflexionar al mismo tiempo en la autoridad religiosa, inherente á tales ideas. Sólo bajo este punto de vista se comprende la esencia de las comedias religiosas de Lope; pero á pesar de esto, son algunas tan singulares, se acercan tanto á lo monstruoso y arbitrario, que la crítica más indulgente admira en ellas tan sólo la osadía de algunos conceptos aislados, ó el poético brillo de algunas escenas.
Muchas historias dramáticas de santos no ofrecen en su acción unidad, y lo extraño de su composición llega á su apogeo, confundiendo los elementos más heterogéneos; los religiosos, con los profanos; lo literal, con lo alegórico, y lo serio, con lo burlesco. Sutiles discusiones teológicas y escolásticas se leen al lado de escenas profanas de amor; ángeles y demonios; el Niño Jesús y la Virgen María; santos y figuras simbólicas se ofrecen en las tablas, con reyes, labradores, estudiantes y bufones. Los anacronismos y la inobservancia de los usos y costumbres, se cuentan por millares. No parece sino que la fe disculpa todas las inverosimilitudes é incongruencias de la poesía. Lo que más nos sorprende es la forma externa tan grosera de que se revisten las ideas religiosas; la parte más transcendental de lo supersensible desaparece por completo, y sólo queda su apariencia externa; visiones y sucesos milagrosos llenan frecuentemente estas composiciones desde el principio hasta el fin, y se busca en vano la verdadera devoción y recogimiento del ánimo y la profundidad de los afectos.
Singularmente monstruosa es, especialmente, la comedia El cardenal de Belén ó San Jerónimo. Preséntasenos en ella, además del Santo, que da nombre á la obra, y que en el primer acto es un joven de veinte años, y muere en el último á la edad avanzada de noventa y nueve años, nada menos que San Gregorio Nacianceno, San Agustín y San Dámaso, el arcángel San Rafael, el Demonio, un León y un Asno; y como si no hubiese bastante con tales desatinos, figuran también, entre los personajes, el Mundo, Roma y España. En el primer acto azotan los ángeles en el teatro á San Jerónimo. En el segundo aparece San Dámaso en pomposa procesión, rodeado de obispos y cardenales; después viene una escena en que clérigos disfrazados y con armas recorren las calles de Roma en demanda de aventuras nocturnas; á la conclusión baja San Mercurio del cielo, y mata de una lanzada á Juliano el Apóstata. En el tercer acto anuncia el arcángel San Rafael al Demonio la fundación de la orden de San Jerónimo: esta noticia lo enfurece sobremanera, pero al fin promete no penetrar nunca en casa alguna en donde haya una imagen del Santo. El lugar de la acción es en Constantinopla, Jerusalén, Roma, Persia y Belén.
No menos extraña es la titulada El serafín humano, en la cual se refieren historias de varios santos, como Santa Clara, Santo Domingo y San Francisco de Asís: las visiones extáticas del último se representan también en el teatro.
Iguales rarezas se observan en San Nicolás de Tolentino. Entre otras varias escenas, cuéntanse las siguientes: una reunión de estudiantes que se ejercitan en discusiones escolásticas, hallándose con ellos el Diablo y el futuro Santo; Dios Padre, sentado en su tribunal y conversando con la Justicia y la Misericordia; el Santo, que asciende en los aires, en donde encuentra á la Santa Virgen y á San Agustín; dos Cardenales que muestran á los fieles devotos el paño de la Santa Verónica; San Nicolás remienda el vestido de la Orden, y los ángeles invisibles tocan instrumentos músicos; preséntase el Demonio con séquito de leones, serpientes y otras alimañas, y es arrojado ridículamente de un convento de frailes; por último, á la conclusión desciende el Santo del cielo vestido de estrellas, saca del Purgatorio las almas de sus padres, y regresa al cielo con ellos llevándolos de las manos. Hay, además, intrigas amorosas, escenas de la vida militar, etc.
La comedia El animal profeta[11], ó la vida de San Julián, pertenece á este mismo género excéntrico y arbitrario; pero á lo menos hay en la acción más unidad y enlace entre sus diversas partes. Hela aquí en pocas palabras: Julián, hijo único, muy amado de sus padres, hiere en la cara á un ciervo, que, al caer, le dice con voz humana:
No tengas por grande hazaña
La que hoy en matarme has hecho,
Porque le guarda en tu pecho
Otra más fiera y extraña:
Que en hombre que le acompaña
Tal crueldad, que ha de matar
Sus padres...
El joven, asombrado al oirlo, y creyendo que sus frases son proféticas, determina abandonar su casa y viajar por países lejanos, para no ver más á sus padres, y evitar la ocasión de cometer un delito horrible. En el acto segundo encontramos á Julián en las inmediaciones de Ferrara casado con Laurencia, á quien ha libertado de un ataque de salteadores, obteniendo en premio su mano. Federico, hermano del Duque, amaba antes á la Princesa, que lo abandonó después por Julián. Este, á los pocos días de celebrar su enlace con la Princesa, observa que el antiguo amante de aquélla no cesa en sus pretensiones amorosas, habla con él y lo desafía. El Príncipe acepta el desafío en apariencia; pero con la intención de utilizar la hora fijada para el duelo, robando á la esposa de su enemigo. Llega este proyecto á noticia de Julián, y para defender su honor, se oculta en el aposento de su esposa en vez de ir al lugar del combate. Es de noche; entra en la alcoba, y ve durmiendo en su lecho á un hombre y á una mujer: arrastrado por sus rabiosos celos, saca un puñal y atraviesa con él á ambos. Cuando se dispone á abandonar la alcoba, se le presenta Laurencia. Pregúntale entonces:
¿Quién son dos que ocupan
Mi noble lecho?
LAURENCIA.
Pues son, esposo, tus padres,
Que en busca tuya han venido
Pasando montes y valles.
Así se cumple la deplorable profecía. Al mismo tiempo viene el hermano del Duque para realizar su propósito. Julián, ya fuera de sí, le da también muerte, y huye con su esposa, encaminándose á Roma para pedir al Papa la absolución de su crimen. En el acto tercero encontramos á los dos esposos en la Calabria, en donde han fundado un hospital para los pobres, y expían sus pecados haciendo obras de caridad. Entre los muchos que se les presentan implorando compasión, llega también el Demonio transformado en mendigo, y entra en el hospital: ha imaginado esta astucia para pervertir al arrepentido Julián, y convencerlo de que jamás expiará su pecado, puesto que sus padres murieron sin hacer penitencia. Para confirmarlo en sus escrúpulos le presenta las almas de ambos, rodeadas de llamas infernales. Julián vacila ya en su fe, cuando se le aparece Cristo, destruye la obra del Demonio, y le revela que se propone sacar á sus padres del Purgatorio, y, en efecto, es testigo de la ascensión de sus almas hacia el cielo. Cree entonces el héroe estar en gracia de Dios, y resuelve pasar el resto de sus días entregado á ejercicios devotos.
Lope escribió dramas religiosos, no sólo para los días de los santos, sino también para otras fiestas, como, por ejemplo, El nacimiento de Cristo para la noche de Navidad, y La limpieza no manchada para una solemnidad que celebraba la Universidad de Salamanca en honor de la Inmaculada Concepción. En la última se presentan la Meditación, la Duda, el rey David, el profeta Jeremías, el Linaje humano, España, Alemania, las Indias, Etiopía, la Universidad de Salamanca, estudiantes, pastores, músicos y danzantes. La Fama convoca á todos los pueblos de la tierra á celebrar la fiesta de la Inmaculada Concepción; Alemania disputa con el Pecado, la Reflexión con la Duda; mientras tanto aguzan su ingenio los estudiantes y el gracioso sobre el objeto de la fiesta; Etiopía y las Indias vienen con su séquito, y entonan cánticos nacionales en loor de la Santa Virgen, etc.
La creación del mundo y primera culpa del hombre, es el primer capítulo de la Biblia convertido en comedia religiosa, careciendo, á la verdad, de enlace dramático propiamente dicho, y de un centro alrededor del cual gire la exposición poética, pero mostrándonos, bajo un aspecto más ventajoso, así la poderosa fantasía del autor, que se encumbra hasta perderse de vista, como también su arte imaginando las escenas más pintorescas.
Particular mención merece La fianza satisfecha. La fantasía del poeta se desborda también en ella: no escasa parte es tan hueca como arbitraria; pero tales extravagancias son compensadas con tantos rasgos de la más acendrada poesía, que nos obligan á rendir homenaje al genio del poeta hasta en sus extravíos. He aquí un sumario extracto de la acción. Las primeras escenas representan las calaveradas de Leónido, joven libertino de Palermo, que, al parecer, inclinado á la perversión y como si tal fuera su propósito, demuestra querer apurar la copa del vicio. Adviértase de paso que los dramáticos españoles, cuando intentan ensalzar el triunfo de la fe y de la gracia divina sobre el pecado, pintan á éste con los más vivos colores: así lo vemos en el Condenado por desconfiado, de Tirso de Molina; en La devoción de la cruz y en El purgatorio de San Patricio, de Calderón. Cuando se exhorta á Leónido á acordarse del cielo y corregirse, contesta siempre de esta manera:
Que lo pague Dios por mí,
Y pídamelo después.
Su corrupción llega hasta el extremo de dar un bofetón á su padre y de atentar al honor de su hermana, cuyo esposo lo desafía. Espéralo en el lugar designado para el duelo, en donde es atacado por una nube de moros. El rey de Túnez hace un desembarco en Sicilia para complacer á su amada, que desea un esclavo siciliano. Leónido vence á los moros que le atacan, pero se aviene con ellos, y al fin resuelve acompañarlos á Túnez, en donde reniega de la religión cristiana para poner el colmo á sus crímenes. En el acto segundo lo vemos en gran favor en la corte de Túnez; pero su orgullo le ha granjeado muchos enemigos, y además lo indispone con el Rey. Otros corsarios moros emprenden mientras otra expedición á Sicilia, y traen con varios cautivos al padre y á la hermana de Leónido. El renegado desahoga en ellos su ira; ciega á su padre y lo amenaza con la muerte. Estalla en esto la lucha entre él, apoyado por un partido considerable, que lo ha elegido por caudillo, y el mismo rey de Túnez: éste consigue la victoria, y Leónido se ve obligado á huir. Para escapar á sus perseguidores, se oculta, lleno de rabia, en un desierto inhabitado. Aquí encuentra á un joven pastor, que entona cánticos tan piadosos como conmovedores[12]. Este mancebo es Cristo, el Buen Pastor, que busca su oveja perdida. Las escenas, en que se presenta, intentando ablandar el duro corazón del delincuente, respiran tan tierno sentimiento religioso, son tan profundas y llenas de evangélica unción, y contrastan tan admirablemente con el horror de las escenas más próximas para aumentar el efecto poético, que quizás haya pocas comparables á ellas en el vasto imperio de la poesía. Una voz imperceptible comienza ya á hacerse oir en el pecho de Leónido para responder á la vocación divina; habla entonces el pastor, y dice:
En este zurrón pobre
Está lo que me debes; considera
Si es justo que lo cobre,
Pues lo pagué por ti.
Leónido abre el zurrón que el pastor le presenta, y halla en él la corona de espinas, la lanza y los clavos; cuando torna á mirarlo, después de contemplar aquellos objetos, ve ante sí á Jesucristo en la cruz, en vez del pastor, y oye estas palabras:
Ya, Leónido, llegó el tiempo
En que al justo satisfagas
Lo mucho que has mal llevado,
Haciéndome tu fianza.
El pecador cae en tierra sin sentido, y cuando se recobra de su aturdimiento, no es ya el mismo que antes; arroja lejos de sí caftán y turbante, cúbrese con un saco de cerda, pide á Dios con súplicas de arrepentimiento que le conceda su gracia, y sólo ansía lavar sus pecados. Acércanse entonces sus perseguidores; entrégase á ellos sin hacer resistencia; declara en voz alta que vuelve á profesar la religión cristiana, y considera como un beneficio la muerte de los mártires con que le amenazan. Llevado á Túnez, pide perdón á su padre y hermana con lágrimas de arrepentimiento, y á la conclusión, se le ve morir risueño en la cruz, coronado de espinas. Al mismo tiempo recobra su padre la vista milagrosamente, y con dolorosa alegría es testigo de los últimos momentos de su hijo.
Uno de los dramas más notables de Lope es también El niño inocente de la Guardia, que, á la verdad, se distingue por el odio fanático á otras creencias religiosas, que respira cada verso, produciendo una impresión penosa, y no satisfaciéndonos en su conjunto dramático, pero lleno, por otra parte, de bellezas poéticas de primer orden y de rasgos del más brillante entusiasmo, que derraman en toda la obra seducción maravillosa. Al principio vemos á la reina Isabel, estimulada por una aparición de Santo Domingo á purificar á España de los enemigos de la fe católica. Las escenas siguientes describen la persecución que sufren los judíos, y las leyes establecidas para espulsarlos por completo de la Península. Somos trasladados á uno de sus conciliábulos, en donde maquinan planes de venganza contra los cristianos: uno de ellos promete preparar un encanto que producirá la muerte y el exterminio de sus enemigos; pero necesita para esto el corazón de un niño cristiano que se distinga de todos por su piedad, y en su consecuencia, muchos de la reunión se obligan á buscar y robar un niño con aquella cualidad. En las escenas que siguen se describe la fiesta de la Ascención, que se celebra con la mayor pompa. Juanico, niño de angelical belleza y singular piedad, sale en compañía de sus padres para asistir á la procesión; cuando ve pasar ante sí la imagen de la Virgen en toda su gloria, rodeada de ángeles, exclama:
Bien quisiera
Ser desse Sol resplandor
Algún ángel esta tarde.
Sigue orando á la imagen, se pierde en el tumulto, y es robado por los judíos. La desconsolada madre observa con dolor la pérdida de su hijo, y lo busca en vano por todas partes; entra en una iglesia llena de desesperación, y siguiendo una costumbre establecida en España, hace que un ciego recite la oración del niño perdido; apenas termina ésta, cuando suena en el fondo de la iglesia una voz que canta:
Quien pierda tenga consuelo
Que el bien que de él se destierra,
Cuando se pierda en la tierra,
Se viene á hallar en el cielo.
El martirio del desventurado niño llena el resto de la comedia. Los judíos, para saciar su rabia, deciden sacrificarlo, como á Cristo, con iguales martirios, y el último acto nos representa la serie de dolores que sufre el mísero niño; lo azotan, lo coronan de espinas y lo crucifican, sin abandonarlo en sus tormentos la paciencia y la resignación celestial; al fin asciende al cielo su alma, escoltada por ángeles, mientras los judíos celebran orgías y entonan cánticos alegres, formando el conjunto cuadros sorprendentes por la profunda emoción que excitan en nuestra alma, haciéndonos dudar si hemos de admirarlos por sus bellezas poéticas sublimes, ó censurarlos por su singularidad y extravagancia.