El alcalde de Zalamea.—Amar después de la muerte.—Luis Pérez el Gallego.—El sitio de Breda.—Gustos y disgustos son no más que imaginación.—Saber del mal y del bien.—En esta vida todo es verdad y todo es mentira.—El mayor monstruo los celos.—Los cabellos de Absalón.—Las armas de la hermosura.—La gran Cenobia.
E L alcalde de Zalamea[102].—Aunque este drama se ha traducido dos veces al alemán, sin embargo, en cuanto ha llegado á nuestra noticia, no ha encontrado todavía el aplauso que merece, por lo cual intentaremos, valiéndonos de la exposición, que sigue, de su argumento, excitar algún interés en su favor. Pedro Crespo, rico labrador de Zalamea, pueblo de Extremadura, tiene una hija de singular belleza. Con motivo de la llegada de una tropa de soldados, destinada á Portugal, mandados por Don Lope de Figueroa, forma el proyecto previsor de tener oculta á la seductora Isabel en una de las habitaciones más aisladas de su casa; pero uno de los oficiales que viene con ellos, el capitán Alvaro de Ataide, se da trazas de verla, á pesar de las precauciones de Crespo, y en seguida intenta enamorarla. El mal éxito de su tentativa no lo aparta de persistir en su empeño. Sus diversos proyectos de llegar hasta Isabel, y la serenata que la da, inspiran á Crespo y á su hijo la más viva inquietud, llegando tan lejos la osadía del capitán, que surgen altercados formales entre los campesinos y los soldados, formando partido los unos por Crespo y los otros por Alvaro. Don Lope de Figueroa, á causa de estos disturbios, cree lo más conveniente que las tropas abandonen el pueblo; se despide de su huésped Crespo, con quien ha contraído amistad en el tiempo que han vivido juntos; deja á Isabel como recuerdo una cruz de diamantes, y se lleva consigo al hermano de aquélla, que ha mostrado mucha inclinación por la vida militar, tomándolo bajo su protección. Los soldados dejan efectivamente el pueblo. Alegre ya Isabel de verse libre de su prisión, toma el fresco por la noche en la puerta de su casa, cuando se presenta de improviso Don Alvaro, que quiere satisfacer su pasión á cualquier precio, y que ha regresado secretamente á Zamalea; se apodera de ella con ayuda de algunos soldados, y se la lleva á un monte inmediato. Crespo, que acude á sus gritos de angustia, se empeña vanamente en socorrerla; lo desarman los soldados que acompañan á Don Alvaro, y lo atan con cuerdas á un árbol, impidiéndole moverse á pesar de sus esfuerzos; su hijo, que se proponía justamente seguir á las tropas, corre también detrás de los raptores; pero cuando los alcanza, al romper el día, es ya tarde para salvar el honor de su desdichada hermana, y sólo le queda el recurso de vengarse. Mientras que, furioso, acomete al capitán y lo atraviesa con su espada, huye Isabel del infame, que le ha robado su honra. La casualidad la lleva al mismo lugar, en donde su padre ha sido atado la noche antes. Comienza entonces una escena tan atrevida como original, calculada toda ella para producir la impresión más profunda; pero falta en las palabras de Isabel, que se lamenta de su suerte, y llora arrodillada ante su padre, esa expresión sencilla y natural, que su especial situación exigía; su narración está llena de galas retóricas, metáforas y antítesis. Más nobles y propias son las palabras, pronunciadas por Crespo para consolarla.
CRESPO.
Alzate, Isabel, del suelo;
No, no estés más de rodillas,
Que á no haber estos sucesos
Que atormenten y que aflijan,
Ociosas fueran las penas,
Sin estimación las dichas.
Para los hombres se hicieron,
Y es menester que se impriman
Con valor dentro del pecho.
Isabel, vamos aprisa;
Demos la vuelta á mi casa,
Que este muchacho peligra,
Y hemos menester hacer
Diligencias exquisitas
Por saber dél y ponerle
En salvo.
En el mismo instante se presenta una diputación de los vecinos de Zalamea, para anunciar á Crespo que lo han elegido alcalde. A la vez le anuncian que el rey Felipe vendrá aquel mismo día á Zalamea, y que el capitán Alvaro, herido, ha sido llevado al pueblo. Crespo se apresura á tomar posesión de su nuevo cargo, y su primer acto, como alcalde, es la prisión del capitán, cuya herida no resulta tan peligrosa como se creyó al principio; Alvaro protesta contra la aplicación de la justicia civil á un oficial; Crespo manda entonces que se retiren todos los circunstantes, porque tiene que hablar con él á solas. Admirable es la escena que sigue. El alcalde, con frases enérgicas, echa en cara al oficial que ha deshonrado á su hija la infamia de su conducta, manchando el lustre de una familia, que había subsistido inmaculada siglos hacía; intenta hacerle comprender, que su obligación, según las leyes divinas y humanas, es devolver á Isabel el honor que le ha robado, y que no hay otro medio de conseguirlo que casándose con ella; le ofrece cederle toda su fortuna y todas sus posesiones, y, por último, se arrodilla ante él, conjurándole, por lo más sagrado, que acceda á su justísima pretensión. Pero el insensible capitán rechaza con frío desprecio la súplica, para él insensata, del sencillo anciano, y entonces se levanta Crespo de repente blandiendo su vara de alcalde, y manda á los vecinos que acorren, que encierren al culpable en la cárcel. Alvaro se opone, pero al fin queda preso. Crespo entabla las diligencias judiciales necesarias; toma declaración á los soldados, también presos; les hace confesar el delito, y obliga á su hija á declarar también sobre la existencia del atentado, y sobre el delincuente. Después de esto encierra en la cárcel á su hijo, acusado de sacar la espada contra su superior jerárquico, y, cuando algunos extrañan tanto rigor, les contesta: «Lo mismo haría con mi propio padre si la ley lo mandara.» Mientras tanto, un soldado fugitivo cuenta á Don Lope de Figueroa lo que sucede en Zalamea. Éste, ofendido de que un alcalde se haya aventurado á atacar los privilegios de la milicia, y prender á un oficial, acude corriendo á Zalamea, y suscita un vivo altercado con Pedro Crespo. Pide la entrega del capitán, ofreciendo hacer en él rigorosa justicia; pero el alcalde se opone obstinadamente, sosteniendo que él es el único juez de su honor. Don Lope quiere apoderarse á la fuerza del prisionero; pero Crespo le advierte que hay guardas armados, que defienden la cárcel, y que el primero, que se acerque, morirá fusilado. Ya comienzan los soldados á venir á las manos con los vecinos, preparándose á incendiar el pueblo, cuando se anuncia la llegada del Rey. Éste pregunta cuál es la causa de aquel tumulto, y Don Lope le replica que no es otra que la osadía increíble del alcalde, que ha puesto preso á un capitán y rehusa entregarlo. Crespo se presenta entonces al Rey; justifica su conducta por lo extraordinario del caso, y añade que la justicia se ha cumplido en el delincuente. Abrense las puertas, y se ve al capitán estrangulado. El Rey, sabedor de todo, dice que el criminal ha merecido la muerte; pero censura que se haya faltado á las formas legales por Crespo, aunque perdona esta irregularidad en atención á su ira natural, tratándose del inaudito atentado de Don Alvaro, y le confiere por vida el cargo de Alcalde de Zalamea. Isabel es condenada á entrar en un convento, y su hermano puesto en libertad, por las mismas razones que militan en favor de su padre.
Ningún otro drama de nuestro poeta es superior á éste por su composición, que de escena en escena produce un efecto trágico extraordinario, así como por sus caracteres, tan enérgicos como distintos. El anciano Don Lope de Figueroa, hombre endurecido por su larga vida militar, franco y violento, pero de buen corazón en el fondo; después el valiente Pedro Crespo, que representa á la perfección al campesino español, con sus rasgos más nobles, fiel á su Rey y á su deber, y de una firmeza inflexible; el capitán, orgulloso y libertino; Chispa, la despierta vivandera; los personajes de Juan y de Isabel, de una lozanía encantadora y llena de gracia; finalmente, los diversos soldados, poco escrupulosos y crueles, pero también simpáticos por su franqueza, forman todos una serie de personajes muy diversos entre sí, de una verdad deslumbradora, y que nos hacen acordarnos del poeta inglés, el gran pintor de caracteres. Lugar oportuno es éste de copiar las palabras que siguen, escritas por Luis Viel Castell, ilustrado conocedor de la literatura española, en la Revue des deux mondes, al hacer el análisis detenido de este drama: «Admirables son, sin duda alguna, dice, las gradaciones que ofrece su interés hasta la terrible catástrofe, y el arte con que ésta se prepara. La conducta de Crespo, por violenta que sea, en vez de sernos repugnante, nos parece justificada; el delito cometido contra su hija es tan odioso, tan justo su castigo y tan probable que el criminal lo evite, á no ser por el medio indicado; y, por último, es tan grande la moderación de Crespo al principio, cuando aguarda la satisfacción debida, y tanta después su firmeza y energía, que nos interesamos con toda nuestra alma en su venganza, reconciliándonos por completo este sentimiento con lo sanguinario y lo horrible de su acción en absoluto.»
Amar después de la muerte[103].Calderón—Este drama es un cuadro brillante y animado de la sublevación de los moriscos en las Alpujarras en el año de 1570, y, en cuanto á su composición y argumento, uno de los mejores de este poeta, aunque su estilo, en general, no merezca alabanza. En las escenas más apasionadas, cuando se espera oir el lenguaje sencillo del sentimiento, nos choca con frecuencia lo rebuscado de su expresión. Es muy singular que Calderón, cuyo celo por el catolicismo lo ciega casi siempre contra todos sus adversarios, atribuya aquí á los moriscos todo linaje de virtudes nobles y heróicas, haciendo más interesantes á los vencidos que á los vencedores. La primera escena es en la casa del Cadí de Granada, en donde los moros celebran en secreto su aniversario; llaman de repente á la puerta, y pide entrar Don Juan de Malec, descendiente de los antiguos reyes de Granada, que, sumiso á las leyes de Felipe II, se ha convertido al cristianismo, habiendo sido premiado con el cargo de concejal de la ciudad. Dice que viene entonces del cabildo, en donde se ha leído una orden del Rey, por la cual se imponen á los moriscos nuevos gravámenes. Malec, el concejal más antiguo, había desaprobado el primero estas medidas; pero Don Juan de Mendoza le había interrumpido, replicándole que él era moro, y que se proponía librar á sus correligionarios del castigo condigno. La disputa se había ido acalorando más y más, y terminó, al cabo, dando Mendoza á Malec una bofetada. El ofendido de esta manera, se queja de no tener ningún hijo que vengue su injuria, sino sólo una hija, que lo aflige más en su desdicha; por lo cual demuestra á los moriscos reunidos, que estas medidas no tendrán otro resultado que hacerlos á todos esclavos, excitándolos á vengar su oprobio, porque á todos ellos alcanza. En efecto, toda la reunión pronuncia ese juramento de venganza. La escena siguiente nos muestra á la hija de Malec, desesperada por la ofensa inferida á su padre, aumentando aún más su pena el pensamiento de que su amante, Don Alvaro Tuzaní, la juzgará indigna de él á consecuencia de la mancha que ha recaído en su linaje. Aparece entonces Tuzaní, y solicita su mano para tomar á su cargo la venganza de su suegro. Clara se opone porque su amante no participe de su vergüenza. Mientras tanto, vienen á la casa de Malec el corregidor Zúñiga y Don Fernando de Valor, otro descendiente de los reyes de Granada, que se ha hecho también cristiano, para anunciarle que, hasta la resolución de la contienda suscitada, ha de servirle su casa de cárcel. Valor propone que la hija de Malec se case con Mendoza, y Tuzaní, para prevenirlo, corre á buscar á Mendoza y lo desafía; pero este combate es interrumpido, porque Valor y Zúñiga vienen á casa de Mendoza para hablarle del casamiento que ha de poner término á esta cuestión. Mendoza rechaza la propuesta con desprecio, pronunciando palabras injuriosas contra los moriscos, y Tuzaní, Valor y Malec, sintiéndose también lastimados por Mendoza, se alejan resueltos á promover la rebelión.
En el acto segundo, tres años después del anterior, la rebelión ha estallado ya, y Don Juan de Austria es el encargado de sofocarla. Fernando Valor ha sido elegido Rey, y se ha casado con la bella Isabel Tuzaní; en su misma casa se celebran las bodas de Tuzaní y de Clara, cuando de repente anuncian los tambores la llegada del ejército cristiano. Valor envía á Malec y á Tuzaní á sus puestos, y el último promete á su esposa venir á verla todas las noches. Una de las escenas siguientes nos ofrece esta entrevista, interrumpida por la aproximación de Don Juan de Austria. En el acto tercero, Tuzaní se ha deslizado de nuevo por las murallas de la fortificación, en que vive su amada; pero los enemigos han minado los peñascos, sobre los cuales está edificada la ciudad, y preparado la pólvora de las minas; una terrible explosión hace saltar las murallas, y deja entrar á los españoles en la ciudad. Tuzaní se precipita por en medio de las llamas en la habitación de Clara; pero la encuentra moribunda, herida por la mano de un soldado. Sediento de venganza, corre al campamento cristiano; observa que un soldado tiene un collar, que reconoce como joya de su amada, deduciendo, de esta circunstancia, que este soldado es el asesino de Clara; por cuya razón lo mata. A los gritos del soldado acuden otros muchos, y Don Juan de Austria, Don Lope de Figueroa y otros capitanes españoles rodean al atrevido, que ha penetrado sólo en el campamento español para vengarse y matar al asesino de su amada; pero Tuzaní se abre paso con su espada, á pesar de la muchedumbre que lo rodea, y se pone en salvo en parajes inaccesibles de aquellas montañas. Los moriscos, privados por la conquista de aquella fortaleza de su mejor defensa, deponen al fin las armas, y se acogen al perdón que el Rey les concede.
Luis Pérez el Gallego.—Este no es un drama, en el sentido rigoroso de la palabra, sino una serie de situaciones, enlazadas entre sí, de la vida de Luis Pérez, noble gallego, transformado en salteador por un concurso fatal de circunstancias. Su pensamiento principal tiene mucha semejanza con el de El tejedor de Segovia, de Alarcón, pero no superando, sin embargo, á este último é inimitable drama. Los caracteres y las situaciones son, por lo demás, muy animados. El motivo capital, que ha impulsado al protagonista á hacerse bandolero, es la rígida observancia de la ley del honor, con arreglo á las ideas españolas. Luis Pérez quiere matar á un criado, que ha entregado una carta á su hermana, y al que mira como intermediario de una intriga ilícita, y resiste á la justicia, al presentarse ésta para capturar á un portugués, refugiado en su casa por haber matado á su rival. Forzado á huir ocúrrenle después varias aventuras, y regresa, por último, á su hogar, creyéndose seguro; pero, al saber que ha sido condenado á muerte, busca al juez de la sentencia; pone á sus criados de centinela á la puerta de la casa de éste, su apodera de los autos, los rompe y se escapa con sus servidores. Se le persigue luego en un monte, en donde se ha refugiado, defendiéndose en él con sus amigos contra los agentes de la justicia. Por último, le alcanza un tiro de fusil, es hecho prisionero y se le da al cabo libertad, terminando de este modo la primera parte de las hazañas de Luis Pérez el Gallego. La parte segunda, que existe, no es de Calderón.
El sitio de Breda.—Se escribió para solemnizar en una fiesta la toma de Breda por los españoles. Todo este drama lleva el sello de una composición, escrita para un objeto dado. No le falta elevación ni fuego; el odio contra los enemigos de la fe católica está expresado con tremenda energía; encierra bellezas aisladas, así líricas como épicas, en número no escaso; pero los sucesos de la guerra están enlazados entre sí, sin formar un plan regular, y sin constituir, por tanto, un drama verdadero.
Gustos y disgustos son no más que imaginación[104].Calderón—Este es uno de los trabajos más delicados y perfectos de Calderón, y que se distingue por su profundidad psicológica, por su análisis perspicaz del corazón humano, porque encadena nuestra atención, y por el enlace feliz que se observa entre su argumento y sus situaciones interesantes y bellas. La comparación de este drama con los datos históricos, que le han servido de base, prueba el arte inimitable del poeta para dramatizar y pulimentar una anécdota descarnada é insignificante, no exenta tampoco de cierta repugnancia. Su enredo, en la esencia, consiste en que el rey de Aragón menosprecia el amor de su esposa, prefiriendo á Doña Violante, dama de su corte. Sucede casualmente, que, estando la Reina de noche en una ventana de la habitación de Violante, se acerca á ella el Rey, y la requiere, engañado, de amores; la prudente señora finge, en efecto, ser Violante; acepta sus tiernas declaraciones, y lo provoca á llevar adelante sus propósitos. Con la repetición de estas entrevistas en la reja de la ventana, conquista de tal modo la Reina el corazón de su infiel esposo, que, cuando el misterio se aclara, se precipita éste en sus brazos arrepentido y avergonzado. Éste es sólo un ligero bosquejo del argumento, exornado con muchas otras escenas curiosas.
Saber del mal y del bien.—Más sencilla en su traza, y de un fondo menos rico que la mayor parte de las obras de nuestro poeta, sobresale ésta, sin embargo, por su pintura de afectos. La noble y firme amistad de los magnánimos Don Pedro y Don Alvaro nos recuerda la excelente comedia de Alarcón, titulada Ganar amigos. En la dramatización de las noticias históricas, fundamento de este drama, ha usado el poeta de la mayor libertad. Don Alvaro es hijo de Alvarez d'Armada, conde de Abranches, cuya historia cuenta La Clede, en su Histoire du Portugal, y el suceso trágico, que Don Alvaro refiere á Don Pedro de Lara, es la catástrofe del infante Don Pedro de Portugal, trocados los nombres. Mayor es todavía la libertad que se ha tomado el poeta con la historia de España, puesto que nos ofrece un Don Alfonso, rey de Castilla y de Aragón.
Pasamos ahora á las comedias, cuyos materiales provienen de las historias de la antigüedad ó de la de pueblos distintos del español, de la época moderna. Encuéntranse en esta clase algunas de las mejores composiciones de Calderón, pero también otras muchas de las más débiles. Las primeras, como es natural, serán las preferidas.
En esta vida todo es verdad y todo es mentira.—Las fuentes, indicadas en la nota que va al pie de estas líneas, si se consultan, harán ver la libertad extraordinaria con que Calderón ha utilizado esos hechos históricos[105]. Hace á Heraclio hijo de Mauricio. Supone, que, en vida del último, hubo una reina de Sicilia y un duque de Calabria, vasallos del imperio de Bizancio, lo cual basta para demostrar cuán poco tuvo en cuenta la verdad histórica. El fundamento especial de su drama es un suceso contado por Baronio en sus Anales eclesiásticos, según el cual, después que Focas hizo matar á los hijos de Mauricio en presencia de su padre, intentó la nodriza de los Príncipes suplantar, en lugar de uno de los condenados á muerte, á un hijo suyo para conservar de este modo la vida de un descendiente de la regia estirpe; pero esa tentativa no pudo realizarse. Calderón finge que Heraclio, hijo de Mauricio, escapó efectivamente de la matanza de toda su familia, y que el usurpador Focas no se creía seguro hasta encontrarlo también y matarlo. El tirano encuentra, al fin, dos mancebos, criados en un desierto por un viejo servidor de Mauricio, siendo uno de ellos hijo de su predecesor asesinado, y suyo el otro, robado en sus primeros años. Las dudas de Focas acerca de cuál de ellos será Heraclio y la imposibilidad de averiguarlo; sus sospechas y vacilaciones, impulsado, ya por el odio, ya por el amor paternal; su deseo de hacer desaparecer al heredero legítimo del trono, y al mismo tiempo el temor de dar muerte á su propio hijo, forman el nudo principal del drama, siendo excelentes todas las escenas que tienen relación inmediata con este motivo dramático. Es difícil imaginar nada más poético que la descripción del Príncipe, criado en la soledad, ignorante de su nacimiento, demostrando en la primera ocasión que se le presenta su ingénita y natural nobleza. ¡De qué belleza tan arrebatadora es la escena en que Focas encuentra á los dos jóvenes Heraclio y Leonido ante la cueva en que viven, en los montes, y les anuncia el primero que uno de ellos es de sangre real! Séame permitido intercalar aquí parte de esta escena. Astolfo, el anciano criado de Mauricio, descubre el secreto á Focas; le presenta á los dos mancebos, y le dice:
ASTOLFO.
Ahora, con el resguardo
Que el uno en el otro halló,
Sabiendo que es tu hijo el uno,
Podrás matar á los dos.
FOCAS.
¡Qué escucho y qué miro!
CINTIA.
¡Extraño
Suceso!
FOCAS.
¿Quién, cielos, vió,
Que cuando de mi enemigo
Y mía buscando voy
La sucesión que afligía
Mi vaga imaginación,
Tan equívocas encuentre
Una y otra sucesión,
Que impida el golpe del odio
El escudo del amor?
Mas tú dirás uno y otro
Quién es.
ASTOLFO.
Eso no haré yo.
Tu hijo ha de guardar al hijo
De mi rey y mi señor.
FOCAS.
No le valdrá tu silencio;
Que la natural pasión,
Con experiencias dirá
Cuál es mi hijo y cuál no,
Y entonces podré dar muerte
Al que no halle en mi favor.
ASTOLFO.
No te creas de experiencias
De hijo á quien otro crió;
Que apartadas crianzas tienen
Muy sin cariño el calor
De los padres; y quizá,
Llevado de algún error,
Darás la muerte á tu hijo.
FOCAS.
Con eso, en la obligación
De dártela á ti me pones,
Si no declaras quién son.
ASTOLFO.
Así quedará el secreto
En seguridad mayor;
Que los secretos, un muerto
Es quien los guarda mejor.
FOCAS.
Pues no te daré la muerte,
Caduco, loco, traidor;
Sino guardaré tu vida
En tan mísera prisión,
Que lo prolijo en morir
Te saque del corazón
A pedazos el secreto.
(Echale en el suelo, y levántanle Heraclio y Leonido.)
HERACLIO.
No le ultraje tu furor.
LEONIDO.
No tu saña le maltrate.
FOCAS.
¡Pues qué! ¿Amparáisle los dos?
LOS DOS.
Si él nuestra vida ha guardado,
¿No es primera obligación
De todos guardar su vida?
FOCAS.
¿Luego á ninguno mudó
La vanidad de que pueda
Ser hijo mío?
HERACLIO.
A mí no;
Porque más quiero (otra vez
Digo) morir al honor
De ser legítimo hijo
De un supremo Emperador,
Que vivir de una villana
Hijo natural.
LEONIDO.
Y yo,
Que aunque ser tu hijo tuviera
A soberano blasón,
No me ha de exceder á mí
Heraclio en la presunción
De ser lo más.
FOCAS.
¿Y es lo más
Mauricio?
LOS DOS.
Sí.
FOCAS.
¿Y Focas?
LOS DOS.
No.
FOCAS.
¡Ah, venturoso Mauricio!
¡Ah, infeliz Focas! ¿Quién vió
Que, para reinar, no quiera
Ser hijo de mi valor
Uno, y que quieran el tuyo
Serlo, para morir, dos?
Si lo restante de este drama fuese igual á lo que antecede, había de clasificarse entre los más notables escritos por Calderón; pero el poeta, al comedio de su obra, ha añadido algo soñado y fantástico á la acción para hacer sensible la idea de que en esta vida todo es verdad y todo es mentira; y, aunque en ella se admiren muchos rasgos atrevidos y poéticos de mérito extraordinario, sin embargo, nos vemos obligados á deplorar su extravío, imprimiendo en este argumento grandioso y eminentemente trágico, una modificación más propia de ópera que de drama. Podría esperarse de Corneille, que, al escribir su Heraclio, tuvo á la vista la comedia española[106], hubiese reformado el plan de Calderón, haciéndolo más consecuente consigo mismo; pero, muy lejos de esto, el francés ha desfigurado lo más importante que le ofrecía el español, no resultando de su trabajo sino una pieza de intriga ordinaria y medianamente confusa. Hasta en la misma Francia ha habido unanimidad, desde lo antiguo, en censurar los defectos de esta tragedia.
El mayor monstruo, los celos[107].Calderón—Este drama es una verdadera tragedia, en que domina el destino, y uno de los primeros gérmenes de esos cuadros monstruosos, creados por una imaginación impotente y ávida de lo extraordinario, que pulularon por los teatros alemanes al conocerse las obras de Calderón; pero ¡cuán profunda é ingeniosa es la idea, que nos ofrece nuestro poeta de esa fatalidad, ofreciéndola como el presentimiento del alma que penetra angustiosa en lo porvenir! Marianne cuenta á Herodes, que la ama tiernamente, cierta profecía de un astrólogo, según la cual, ella misma sería sacrificada por el mayor monstruo del mundo, y que su esposo había de matar con su puñal á la persona á quien más amase sobre la tierra. El Tetrarca procura sosegar á su esposa, y tira á la mar su puñal para hacer vana la profecía. En el mismo instante se oye un grito de dolor detrás de la escena; preséntase en ella un cierto Ptolomeo, herido por la caída del arma, lleno de sangre y clavado el puñal en la herida, devolviendo de este modo el instrumento fatídico á las manos de su dueño; Marianne tiembla, al observarlo, pero ocurren otros sucesos, que la distraen de esa temible profecía. Antonio y Cleopatra han sido vencidos por Octaviano, y el Tetrarca, auxiliar de los primeros, vencido también. Aristóbolo, hermano de Marianne, enviado por él al campo contra Octaviano, hace prisionero á su cuñado, y lo lleva ante el vencedor. Ve entonces, en poder de Octaviano, un retrato de Marianne, arrancado á Aristóbolo por el primero, y poco después, otro igual, pero de mayor tamaño, que Augusto, inflamado de amor al verlo, ha hecho copiar del primitivo. Herodes, lleno de rabiosos celos, intenta matar á Octaviano al entrar en su tienda; pero en el mismo instante el retrato de Marianne se cae, y se interpone entre uno y otro, y el puñal lo atraviesa de parte á parte. Es sorprendente el arte del poeta en mantener vivo en los espectadores, por esos diversos signos, el presentimiento de la suerte final que espera á Marianne. El puñal se queda en poder de Octaviano, y el Tetrarca es encerrado en la cárcel. Sentenciado á muerte, despacha un mensajero á Ptolomeo con una carta secreta, en la cual le encarga que mate á Marianne, en cuanto tenga noticia segura de su muerte; pero esta carta llega á las manos de Marianne, indignada con extremo de la injusta sospecha de su esposo: pide primero á Octaviano su perdón, y lo consigue, retirándose luego á sus habitaciones más escondidas, por haber anunciado á Herodes que no la verá más en su vida. Herodes, furioso por haber descubierto Ptolomeo su secreto, intenta matarlo; Ptolomeo busca su refugio en Octaviano, y lo lleva de noche, para vengarse de Herodes, al aposento de Marianne. Ésta se opone á la entrada de su visitador, y, no pudiendo lograrlo, le arrebata el puñal para defender su honor; pero al reconocer esta arma fatídica de su esposo, la arroja al suelo y huye. En seguida se presenta el Tetrarca, á quien los criados cuentan la escena ocurrida: juzga manchado su honor, recoge el puñal, y se empeña en matar á Octaviano; la primera persona, que se le acerca, cae en tierra muerta de una puñalada; engañado por las tinieblas de la noche, asesina á su propia esposa. Cuando conoce su yerro, se precipita desesperado en la mar. Sus últimas palabras son:
Yo no la he dado muerte.
. . . . . . . . . .
.........El destino suyo,
Pues que muriendo á mis celos,
Que son sangrientos verdugos,
Vino á morir á las manos
Del mayor monstruo del mundo.
Los cabellos de Absalón[108].Calderón—Esta magnífica tragedia ocupa lugar preferente entre las obras de nuestro poeta: la vida poderosa, que bulle en ella; su movimiento solemne é imponente, y el gran número de sus bellezas aisladas, brillantes, ó graciosas, ó duras, ó apasionadas, juntamente con el delicado sentimiento artístico, que modela todas sus partes, pintando con la mayor naturalidad las aberraciones más vehementes de la pasión, no son parte bastante á perturbar en lo más mínimo la tranquilidad y la belleza ideal, que reunen en todo el conjunto de este cuadro sublime. Las luchas de los hijos desobedientes y degenerados del anciano David contra su padre; la dulzura y longanimidad de éste con los crímenes que cometen, causa principal de acrecer aún más su rabia, y disminuir el amor que le profesan, tales son los fundamentos de esta composición dramática, de arrebatadora belleza. Desde la soberbia escena inicial, en la cual sobre la pompa del triunfo se ve asomar ya la próxima desdicha, como nube tempestuosa, corre la acción con fuerza irresistible siempre más sombría y enérgica en su progreso, hasta encontrar en el incesto de Annon con Tamar hecho suficiente para precipitarse con inaudita violencia en profundísimo abismo. La escena del incesto es horriblemente bella, y demuestra el poder del arte del poeta, que ha sabido presentar un acto de la inmoralidad más repugnante, sin hacer impresión alguna de disgusto, sino, al contrario, inspirando un horror puramente ideal. No menos admirable, y tan resplandeciente de la más sublime poesía, es la escena de la muerte de Absalón; pero ¿á qué señalar sus perfecciones aisladas, cuando este drama, en la construcción simétrica de tan escogidos materiales, forma un todo perfecto?
Infinitamente más inferior es Judas Macabeo[109], que, con arreglo á su plan primitivo, había de constar de dos partes, pero no se ha terminado más que la mitad. Así este drama, como los que le subsiguen inmediatamente, son, en nuestro juicio, composiciones dramáticas de las más inferiores de nuestro poeta. No es posible censurar que los datos históricos se hayan revestido de un disfraz romántico, por estar esto de acuerdo con la práctica constante de todos los poetas españoles; pero es verdad que Calderón ha manejado la historia antigua harto arbitrariamente, desfigurándola sin motivo, debiendo extrañarnos aún más la frecuencia con que viste con frases huecas y pomposas la desnudez, mal encubierta, y lo indeciso de las formas, que han de representar á los héroes griegos y romanos. La observación de Schlegel, calificando de majestuosa hipérbole á esa manera especial de presentarnos la historia romana, no tiene, al parecer, fundamento serio.
Las armas de la hermosura.—La historia de Coriolano es una de las obras más desgraciadas de Calderón. El héroe romano es aquí general á las órdenes de Rómulo, y, sin embargo, ya se han sometido al imperio romano España y Africa, y Roma es dueña del mundo, y llamada la rival de Jerusalén. Coriolano aparece transformado en un galán del siglo XVII, con capa y espada, muy puntilloso en cuestiones de honor, y amable y enamorado con las damas; promueve una rebelión popular, por haber establecido el Senado, en una ley, que las mujeres no han de ponerse afeites ni llevar piedras preciosas; un senador perece en esta sedición, y su principal autor es desterrado por este motivo. La dicción es enfática y alambicada, y los personajes desaparecen por su falta exagerada de consistencia. De algunos pasajes de ella, por ejemplo, el del ruego, que dirige el gracioso al apuntador para que no lo empale, se podría presumir que el poeta se propuso tratar este argumento irónicamente, pero siempre resulta claro que esa ironía no resplandece por igual en toda la composición. Dios sólo sabe cuáles fueron las fuentes históricas, que hubo de consultar Calderón; pero no hubo de conocer los datos verídicos, que, acerca de Coriolano, se encuentran en Plutarco y en Tito-Livio (II, 34-40). Esta comedia no merece compararse con el Coriolano de Shakespeare.
Darlo todo y no dar nada.—Parece asimismo fruto de una inspiración poética, ya cansada, y digna sólo del gran vate en sus rasgos cómicos. Su asunto es la historia de Apeles y de Campaspe, según Plinio (Hist. nat., 35 y 36).
El segundo Scipión.—Lo histórico proviene de Tito-Livio (XXVI, XXVII y L), pero muy desfigurado. Scipión, el más joven, se transforma en una copia del más desventurado de todos los reyes españoles, esto es, de Carlos II.
Duelos de amor y lealtad.—La adulación de comparar á Carlos II, sin actividad ni energía, nada menos que con Alejandro Magno, que sale al campo contra Tiro, es demasiado grosera. El estilo es defectuoso, hinchado y lleno de hojarasca. Al hacer la descripción de la conquista de Tiro, parece haber utilizado la de esta ciudad que se encuentra en Curcio, lib. IV, cap. 4.º[110].
La gran Cenobia[111].Calderón—Para no terminar esta clase de dramas despojando á Calderón de sus brillantes cualidades, hemos dejado éste para el último lugar. En él forman el poderoso imperio de Occidente y el Oriente misterioso, la rápida elevación y pronta caída de Aureliano, la muerte de la gran reina de Palmira, y el contraste de estos dos caracteres extraordinarios, que se asimilan recíprocamente; forman, repetimos, un cuadro de brillante colorido y tonos vivísimos, cuya magnificencia se realza más por su dicción atrevida y llena de imágenes, acomodada á la índole especial del asunto.
decoración no disponible
decoración no disponible
La hija del aire.—Comedias mitológicas y otras caballerescas y novelescas de Calderón.
L A hija del aire.—Puede clasificarse entre las comedias históricas y mitológicas. Las narraciones tradicionales de los antiguos, acerca de Semíramis[112], se aprovechan en las dos partes de esta tragedia con sumo ingenio, trazando una obra brillantísima, que nos arrebata tanto por su soberbio colorido, cuanto nos admira por el arte magistral, con que están dispuestas las grandes masas de esta composición, tan exuberante en riqueza, y formando un conjunto acabado y harmónico en sus diversas partes.
Semíramis, hija de una sacerdotisa de Diana, milagrosamente nacida, amparada por Venus y perseguida por Diana, yace prisionera, desde los primeros años de su juventud, en un lugar montañoso y solitario, porque un oráculo ha anunciado que llenará á la tierra de horrores y desdichas, que transformará á un Príncipe en tirano, y que se precipitará al cabo en el abismo desde inconmensurable altura. Las precauciones humanas, sin embargo, son insuficientes para detener el cumplimiento del oráculo. Menón, el victorioso general de Nino, llega, en una expedición guerrera, á la caverna que guarda á beldad tan extraordinaria, y la contempla á la luz del día, sin hacer caso alguno de la voz amiga, que intenta disuadirlo de su propósito. El sacerdote, encargado de su guarda, se suicida al ver que se rompen sus cadenas, y que inundarán al mundo las desdichas anunciadas. Pronto empieza á cumplirse el oráculo. Apenas contrae matrimonio con Menón esta mujer infernal, cuando atrae la atención del Rey con sus mágicos encantos; guiada por un poder sobrenatural, que la arrastra á llenar en todas sus partes los acuerdos del destino, se arroja en brazos del soberano, y comparte con él el trono. Menón sucumbe, y es su primera víctima. Nino lo manda cegar para hacerlo inofensivo, y mientras Semíramis es proclamada reina del mundo, profiere su primer esposo contra ella terribles maldiciones. El cielo las acompaña con tempestades y truenos, pero también Nino perece por obra del bello dragón, cuya mirada mata. Semíramis pasa por encima de su cadáver, por mandar sola, y encierra en la cárcel á su hijo Ninias, quedándose señora y soberana única de inmensas regiones. Los pueblos vecinos le hacen la guerra; pero ella, sonriéndose, menosprecia á esos desdichados, y mientras sus damas la revisten de trajes preciosos y peinan sus cabellos, entona cánticos agradables, y corre después á la pelea; vence como si se tratara de un juego de niños, y del campo de batalla vuelve en seguida á su tocador.
El orgullo de la Reina ha irritado al pueblo. Los rebeldes sacan á Ninias de su prisión, y lo proclaman Rey. La afligida Semíramis se retira á los aposentos más escondidos de su palacio; el joven Rey no hace caso de los favoritos de su madre, y, sobre todo, del más influyente, del almirante Frixo, y distribuye entre sus sectarios los cargos más importantes. Semíramis, mientras tanto, ha formado en su soledad el plan más temerario para recuperar de nuevo el mando. Ninias es tan semejante á ella en facciones y en cuerpo, que, con traje de hombre, puede confundirse con él. Con ayuda, pues, de Frixo, se desliza de noche en la alcoba de su hijo, lo arranca de allí y lo encierra en un lugar alejado del palacio real; se pone sus ropas y gobierna como si fuese Ninias, ignorándolo todos menos Frixo. Anúlanse entonces muchos actos del gobierno del Rey; sus favoritos caen en desgracia; el falso Ninias ofrece la esposa prometida del verdadero á su auxiliar Frixo, que la pretende; la confusión es completa; las leyes del espíritu humano que siempre han regido al mundo, se muestran entonces trastornadas, y sólo Frixo comprende la razón del laberinto en que toda la corte se pierde[113]. Por último, estalla nueva guerra con los pueblos inmediatos, y Semíramis perece en la contienda. El imperio se ve en el mayor peligro; el pueblo comprende que sólo su gran Reina podrá salvarlo, y se precipita en el aposento, en donde yace escondida, pero en su lugar, y con admiración de todos, se presenta Ninias, á quien se creía muerto. De esta manera se cumple en toda su extensión el oráculo: el astro brillante, como un cometa mensajero de males, pero iluminando también la tierra, se extingue al cabo, y las cosas siguen su curso ordinario[114].
Las comedias mitológicas de Calderón fueron casi todas escritas por orden del Rey, ó por algún otro motivo análogo, y se destinaban á ser representadas en la corte, en ciertas ocasiones solemnes, en casamientos, etc. Bajo este aspecto pueden calificarse de fiestas, á cuya clase (para repetir una observación, hecha ya en lugar oportuno), pertenecen también otras diversas históricas y sacadas de los romances caballerescos. Refiérense particularmente á estas fiestas las notables palabras de Jovellanos, que dicen así:
«Todo se mejoró bajo sus auspicios (de Felipe IV), y el magnífico teatro que hizo levantar en el Buen Retiro, abrió una escena muy gloriosa á los talentos y á las gracias de aquel tiempo.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
»La música, reducida primero á la guitarra y al canto de algunas jácaras entonadas por ciegos, admitió ya el artificio de la harmonía, cantándose á tres y á cuatro, y el encanto de la modulación, aplicada á la representación de algunos dramas, que del lugar en que más frecuentemente se oían tomaron el nombre de zarzuelas. La danza añadió con sus movimientos, medidos y locuaces, nuevos estímulos á la ilusión y al gusto de los ojos. La pintura multiplicó los objetos de esta misma ilusión, dando formas significantes y graciosas á las máquinas y tramoyas inventadas por la mecánica, y animándolo y vivificándolo todo con la magia de sus colores, Y la poesía, ayudada de sus hermanas, desenvolvió sus fuerzas, desplegó sus alas, y vagando por todos los tiempos y regiones, no hubo ni en la historia ni en la fábula, en la naturaleza ni en la política, acciones y acaecimientos, vicios ó virtudes, fortunas ó desgracias, que no se atreviese á imitar y presentar sobre la escena.
»Entonces fué cuando todos los ingenios se ciñeron para buscar en ella su interés ó su aplauso. Los empleos, la profesión y el estado no detenían á ninguno en esta senda de gloria, y, animados todos por la protección y la recompensa, se vió hasta dónde podía llegar en aquella sazón el talento ayudado de la opinión y del poder. De innumerables dramas que se presentaron á esta competencia, oimos todavía algunos con gran deleite sobre nuestra escena; pero los de Calderón y Moreto, que ganaron entonces la primera reputación, son hoy, á pesar de sus defectos, nuestra delicia, y probablemente lo serán mientras no desdeñemos la voz halagüeña de las musas.»
Con arreglo á su fin de solemnizar fiestas de corte, los dramas de que tratamos ahora descuellan casi todos por su lujo teatral, abundando en apariciones de dioses, terremotos y lluvias de fuego, que el poeta emplea para su objeto, á fin de que los maquinistas y pintores escenógrafos del Buen Retiro hagan alarde de su arte. Con frecuencia nos ofrecen también partes cantables, y éstas, juntamente con las demás mudanzas escénicas diversas, les imprimen cierta semejanza con las óperas; pero, sin embargo, la poesía no se subordina á la música, viniendo ésta en ayuda de la primera, para interpretar á su modo el sentido de la poesía. Hállase sólo una de estas comedias, titulada La púrpura de la rosa, destinada toda al canto. Por lo que hace á su mérito poético, han de estimarse algunas entre las mejores obras de Calderón, ofreciendo los mitos antiguos bajo un aspecto moral al estilo romántico; el elemento poético es siempre aquí lo principal, empleando sólo ese ornato externo y pomposo como una envoltura agradable. Al contrario, en otras fiestas se observa á menudo, por desgracia, que el poeta se amolda más al encargo que ha recibido, que á seguir sus propios y naturales impulsos; el predominio de la pompa escénica, que ahoga alguna vez los arranques poéticos del autor, anuncia la decadencia del teatro, y al parecer arrastra en ella al poeta. Por lo demás, que ciertos resortes dramáticos españoles; que ciertos personajes y situaciones; que los celos y la venganza castellana, y que nombres modernos alternen con los griegos, no debe extrañar á nadie, porque en todas estas composiciones, la mitología toma, en general, la forma de tradición fantástica del ciclo de Carlomagno.
Como lo más esencial del argumento de las comedias mitológicas está contenido en su mismo título, no podemos aquí ser muy prolijos en el examen de estos dramas de Calderón, Sin extendernos, pues, como quisiéramos, nos limitaremos á hacer algunas indicaciones acerca de las siguientes:
El mayor encanto, amor.—Circe, la de Homero, antes de llegar á manos de nuestro dramaturgo, había hecho ya diversas correrías por las obras de los poetas románticos, bastándonos sólo recordar La Morgana, de Lancelote y de Boyardo; La Alcina, del Ariosto, y La Armida, del Tasso. Calderón ha incluído en su poesía, cuyo fundamento es la Odisea, X, 135 á 574, y XII, 8 á 141, algunos rasgos de esas formas románticas de la tradición antigua, particularmente de La Jerusalén libertada, cap. 16, y de El Orlando furioso, cap. 6.º Rejuvenecida por completo con todos sus encantos se muestra en este drama la antigua fábula; pero, en lo general, bajo una forma nueva, y llevando el sello romántico. Así como los compañeros de Ulises se encuentran encadenados por la belleza de Circe, y por su isla, semejante al Paraíso, así también el lector se siente adormecido por las alas del deleite, creyéndose trasladado á una isla maravillosa, desde la cual ve, en lo profundo, á la mar azulada ó á sus riberas encantadas formando graciosas bahías, y á sus suaves colinas, que parecen respirar amor.
El golfo de las sirenas.—Égloga piscatoria, continuación de la anterior, y que refiere las persecuciones, que sufrió Ulises, de la cólera de Circe y de Venus. En Scila y Caribdis vemos alegorías, que indican los extravíos de la razón bajo la influencia de los sentidos.
El monstruo de los jardines.—El antiguo mito, base de este drama, es atribuído á los poetas cíclicos en el escolio á la Iliada, XIX, 332. Calderón aprovechó también algo de Ovidio, Metamorphos., XIII, 162, y Arsamat., I, 689. Aquiles, criado en la soledad de los bosques por su solícita madre, y oculto á todo el mundo, no puede resistir, ya mancebo, á su natural afán de vivir en otra esfera, y huye de su encierro. Encadenado por los encantos de Deidamia se disfraza de mujer, y vive desconocido de todos, entregado á su amor tranquilamente en la corte de la bella Princesa, hasta que la guerra penetra en esta región pastoril, y despierta su alma de esa embriaguez amorosa al cumplimiento de los deberes más sagrados del hombre. El colorido voluptuoso y suave de este cuadro; el vuelo reposado de la lírica que en él se nota; las floridas descripciones de esos tiernos ensueños amorosos; el brillo y la pompa de las fiestas, que se celebran en la corte del rey de Sciros, y, á lo lejos, el estrépito belicoso de los héroes griegos, forma un conjunto harmonioso, que transporta en una especie de éxtasis á quien la lee ó la oye.
Eco y Narciso.—Drama, que forma pareja con el anterior, y no inferior á él bajo ningún aspecto, trazado con arreglo á la conocida fábula de las Metamorfosis, de Ovidio, III, 359 á 510. Según la indicación, que se hace al terminar, fué escrito de orden superior, y se representó por vez primera, ante el Rey y la Reina, en el teatro del Buen Retiro. «¡Cuán grande es la harmonía—dice Malsburg,—de este idilio de Narciso! ¡Es una ópera en palabras! El placer de la música lo sentimos, al oirla sin acompañamiento instrumental alguno. El poeta no se ha propuesto conmovernos ni sorprendernos mucho: es un juego agradable en la dorada y verde Arcadia, con su cielo de azul purísimo; lo trágico, que se encuentra en ella, nos conmueve sólo á la ligera, y se pierde, como por magia, en dulces cantos, acompañados de un arpa melancólica. Toda la composición es flores y colorido, y á pesar de la tempestad, que en ella reina, la seductora catástrofe nos sonríe como grata y lejana canción pastoril[115].»
Ni Amor se libra de amor.—Nos ofrece el lindo cuento de Amor y Psiquis, de Apuleyo, de una manera tan superior, que es preciso calificar este drama entre los primeros y más bellos de las obras de la misma clase de Calderón. Diferénciase de las demás comedias mitológicas por el simbolismo manifiesto, que predomina en toda la composición. La última parte del cuento, narración de Apuleyo, el arrepentimiento y castigo de Psiquis, está muy compendiada. Lope de Vega había escrito también un drama, titulado Psiquis y Cupido (véase el prólogo al Peregrino), que, según parece, se ha perdido por completo.
Celos aun del aire matan.—Con la fábula de Céfalo y Proclis, de las Metamorfosis, de Ovidio, VII, 794, aparece también en íntimo y artístico enlace el famoso Heróstrato, que incendió el templo de Diana. Este drama, también, es uno de los mejores de su clase, y contiene muchos rasgos de verdadero genio.
El faetonte ó El hijo del Sol, Faetón.—Una fiesta, en la cual Calderón ha manejado con gran libertad el mito conocido de las Metamorfosis, de Ovidio, I, 745 y siguientes, y II, 1 y siguientes, variándolo con arreglo á otros motivos dramáticos, inventados por el autor. Faetón y Peleo se enamoran ambos de Tetis, y el primero pierde la razón á la puesta del carro del Sol, al ver que Peleo roba á Tetis y se la lleva.
Apolo y Clímene.—Puede considerarse como la primera parte de El faetonte. Clímene, hija de Admeto, se cría en un desierto por miedo á un oráculo. Apolo es enviado por Júpiter á esta región. Enlázase con esto el amor de Elytia á Apolo, de las Metamorfosis, de Ovidio, IV, 256, y el paseo de Céfiro con Flora, de los Fastos, del mismo Ovidio, V, 195. Este drama, á pesar de algunas bellezas aisladas (en particular la escena nocturna en el jardín, cuando juegan al escondite las varias parejas de amantes), nos ofrece cierto vacío interior y falta de substancia, como sucede también en muchas otras composiciones de esta índole, probando que no siempre brilla el estro poético aun cuando lo mande un Rey.
Los tres mayores prodigios.—Destinado probablemente al jardín del Buen Retiro. El teatro se dividía en tres compartimentos en fila, en los cuales se representaban los tres actos por tres compañías diversas. Esta fiesta es una de las producciones más débiles de nuestro poeta.
Fortunas de Andrómeda y Perseo.—El argumento de este drama, de mucha música y lujo de decoraciones, y también de extraordinaria poesía, proviene de las Metamorfosis, de Ovidio, IV, 609 y siguientes. La gruta de Morfeo, de las Metamorfosis, XI, 592, y la representación del Tártaro, de las mismas Metamorfosis, IV, 932.
La fiera, el rayo y la púrpura.—Drama parecido á ópera, de argumento muy variado y lleno de portentos, cánticos y danzas. La parte poética no es muy importante. Los mitos de Anarete y de Pigmalión (de las Metamorfosis, de Ovidio, XIV, 698, y X, 243), están enlazados con una tercera fábula de la invención peculiar del poeta.
El laurel de Apolo.—Según las mismas palabras de Calderón,
No es comedia, sino sólo
Una fábula pequeña,
En que, á imitación de Italia,
Se canta y se representa.
El argumento, la transformación de Dafne en laurel, la victoria de Apolo contra la serpiente Python y su disputa con Cupido, dimana de las Metamorfosis, de Ovidio, I, 438 y siguientes. A la conclusión se ofrece el laurel al Rey.
La púrpura de la rosa.—Desenvuelve el bello mito de Venus y de Adonis, con arreglo á las Metamorfosis, de Ovidio, X, 503, exornándolo con gracia. Consérvase aquí la loa con las figuras alegóricas. Esta pieza consta sólo de un acto con arreglo á la terminología española; no es comedia, sino zarzuela, como se llama también en las antiguas ediciones. Las modernas de este mismo autor no son, pues, exactas cuando suprimen su calificación propia, dándoles diverso nombre.
Amado y aborrecido.—Sólo son mitológicos los nombres, y su ingeniosa fábula, original de Calderón. Consiste en una disputa entre Venus y Diana acerca de cuál es más fuerte, el odio ó el amor: pruébanlo en un mortal, y la balanza tarda largo tiempo en inclinarse; pero al fin vence el amor.
Fineza contra fineza.—Parecida por su argumento á la anterior, y, como ella, de invención del autor, aunque la mitología desempeñe también su papel exterior. Ni en su pensamiento ni en su desarrollo es más que mediana. Es posible que la historia de Olimpo y Sofronia, del acto tercero, sea una reminiscencia del Tasso.
Fieras afemina amor.—Desenvuelve las hazañas de Hércules. Las aplicaciones de la maquinaria que hubo de exigir su representación, debieron ser de las más complicadas, porque casi todas las hazañas atribuídas á Hércules aparecen en este drama. Entre otras, trepa á la cima del Parnaso, monta allí en el caballo Pegaso y cabalga en él por los aires, para pelear con el dragón, que guarda las manzanas de las Hespérides. En la loa son los personajes parlantes el águila de dos cabezas de Austria, el fénix, el pavo real, los doce meses del año y los doce signos del Zodiaco. No es grande el mérito de esta obra.
De composición muy semejante á las mitológicas, y con el propósito también de interesar los sentidos por la pompa escénica y por el cambio continuo de decoraciones, son la mayor parte de las comedias, cuyo argumento ha sacado Calderón de novelas y poesías antiguas. Con arreglo á las palabras que leemos en El maestro de danzar,
......Las locuras
De Esplandián y Belianís,
Amadís y Beltenebros,
A pesar de Don Quijote,
Hoy á vivir han vuelto.
Hay motivos para extrañar que el poeta haya llevado á la escena los singulares cuentos de los libros de caballería, y en este concepto se ha observado, en son de burla, que los héroes gigantes y damas encantadas de Amadís y de Esplandián se habían refugiado en el teatro después de expulsarlas Don Quijote de los libros; pero tampoco es posible negar que Calderón ha mejorado esas invenciones desordenadas y fantásticas de los antiguos romances, revistiéndolas de verdadera y más brillante poesía. La acción es indudablemente de carácter épico marcado, y, con arreglo á la índole de estos materiales, prestábanse con dificultad á servir para una composición verdaderamente dramática; pero á pesar de este obstáculo, que se encuentra en las obras de Calderón, correspondientes á esta clase, ¿quién podrá oponerse á renegar del encanto de este mundo romántico y maravilloso, realzado con todas las galas de la poesía y expresado en el lenguaje más florido? Esa brillante magia, á cuya señal surgen de los desiertos castillos suntuosos, coros invisibles que entonan dulces cánticos, y ninfas voluptuosas que estrechan á los guerreros en sus brazos después de sus trabajos; esa ostentación escénica que nos transporta, ya á perfumados jardines, á la sombra de mirtos y naranjos, ya á palacios de oro resplandeciente, ya á islas encantadas; esa multitud de aventuras novelescas en un país maravilloso en que toman forma sensible todos los asuntos de la fantasía; todo esto, junto con una exposición que centuplica sus bellezas con sus ricas y artísticas pinceladas, atrae el espíritu con sus gratísimas imágenes, y lo arrulla, haciéndolo olvidarse de la realidad. Hay en este drama, aunque pertenezca á otro género literario, lo mismo que en los cantos del Ariosto.
La puente de Mantible[116].Calderón—Composición llena de los más extravagantes prodigios. La expedición guerrera de Carlomagno contra el gigante sarraceno, Fierabrás; los combates incesantes entre los caballeros moros y cristianos; el lugar encantado, con su río de verdes orillas; el puente maravilloso, que aparece y desaparece, y el palacio mágico, edificado en la cabeza de un enano de bronce, forman el marco, en cuyo centro se desarrollan los amores de Guido de Borgoña y de Floripes. El primero, con otros caballeros francos, ha caído en manos de Fierabrás, siendo encerrados todos en el castillo encantado para morir al día siguiente. Floripes, hermana de Fierabrás, entra en la prisión de su amante y mata á los carceleros; pero Fierabrás acude corriendo, y pone sitio al castillo para rendir por hambre á su hermana y á los caballeros cristianos. Guido cae prisionero en una salida que hacen, y ya está á punto de sucumbir, á pesar de los ruegos de Floripes, cuando sus compañeros lo libertan, y se abren paso por el ejército de Fierabrás para poner en noticia de Carlomagno la situación apurada de sus pares. El Emperador está separado del territorio sarraceno por un río temible y torrencial, no habiendo en él más que la puente de Mantible, guardada por el gigante Galafre; pero Guido se lanza con su corcel en la corriente, y llega así al lugar ocupado por los cristianos. Sabedor Fierabrás de la huída del caballero, acorre al puente y hace allí cara con sus gigantes, por una parte al Emperador y al ejército cristiano que lo ataca, y por otra á los caballeros del castillo, que lo acometen á las órdenes de su hermana Floripes. La victoria se decide al fin por los cristianos: el puente es hecho pedazos por ellos; Fierabrás cae desde él á los pies del Emperador, amenazándole hasta en su caída; Carlomagno da orden de tratarlo con dulzura, y Floripes da su mano á Guido.
El jardín de Falerina[117].Calderón—Trata de la conocida hazaña de Rolando, de Boyardo, cuando vence el arte mágico de la hada Falerina, y pone en libertad á las damas y caballeros cristianos, presos en su jardín mágico. Este drama se distingue también por su brillante poesía romántica, hablando al alma por la nobleza y ternura de los sentimientos, y por el espíritu verdaderamente caballeresco que en toda ella reina, así como arrebata la imaginación por la pompa y variedad de sus decoraciones.
El castillo de Lindabridis.—Drama en general inmejorable, rebosando en hechos maravillosos, sucesos y casos increíbles, en una palabra, en las magnanimes mensonges de la caballería fantástica. Proviene su argumento del libro célebre de El caballero de Febo, espejo de príncipes y caballeros[118]. La princesa tártara Lindabridis, á quien su hermano ha despojado del trono, no dispone de otro medio para recuperarlo que el hallazgo de un esposo, que aventaje al usurpador en valor y en prudencia. En un palacio encantado atraviesa los aires, recorriendo todos los países, para buscar el marido que necesita. Grande es el número de los que, atraídos por sus encantos y por la suerte codiciada que les aguarda, se creen dignos de alcanzar su mano. Las luchas de los rivales y otras diversas aventuras del caballero Febo y del príncipe Rosicler, enlazadas con la acción principal, llenan esta comedia, que termina con un gran torneo que decide la contienda, y con las bodas de Rosicler y de Lindabridis.
Hado y divisa de Leonido y Marfisa[119].Calderón—Vera Tassis asegura que ésta es la última obra de Calderón, escrita á los ochenta y un años. Sin embargo, el fuego de la imaginación del autor es aquí juvenil, encontrándose pocas faltas, de las que se hallan en las restantes comedias de los últimos años de su vida; como afirma muy acertadamente V. Schmidt, parece que la luz de su poesía, antes de extinguirse, brilla por última vez clara y vigorosa. El argumento, con su varia y rica alternativa de las más diversas imágenes y situaciones; con sus caballeros, tan valerosos y tan inquietos, siempre amando ó peleando, y con sus damas varoniles, se nos presenta al alma como un sueño agradable, respirando dulce soñolencia; los cuadros tan sentidos que en ella se trazan, á la vez que su dicción galana y abundante, ya sublime, ya atrevida, ya dulce, ya agradable, realzan más el encanto de su conjunto. Digna es, por tanto, de ser tratada y explicada más prolijamente.
Arminda, princesa de Trinacria, y sus dos pretendientes, los príncipes de Rusia y de Suavia, persiguen á Leonido con sus espadas desenvainadas, dándole apenas tiempo de refugiarse en una barca con un compañero fiel, y escapar, á fuerza de remos, de sus perseguidores. El fugitivo, sin saberlo, ha dado muerte en un torneo á un hermano de Arminda, por haberse alabado de que su novia Mitilene es la dama más bella de la tierra. Arminda promete dar su mano á quien quiera que le entregue el matador, muerto ó vivo, apresurándose los Príncipes á ganar tan codiciado premio. El lugar de la escena se muda de Trinacria á Mitilene. Leonido desembarca con su compañero; deja su escudo y su armadura cerca de una caverna de la ribera, y sale en busca de guarida. Marfisa, vestida de pieles, sale á su vez de la caverna; ve las armas, y experimenta un sentimiento vago y agradable; pero el viejo encantador Argante la arrastra á la fuerza á la gruta. Preséntase entonces la princesa Mitilene, con brillante acompañamiento, con música y cánticos; se propone, por curiosidad, robar á Marfisa, siendo la música el medio más eficaz de lograrlo, ya que los pastores, que han visto muchas veces desde lejos á la beldad portentosa que habita la gruta, le han asegurado que aquélla será atraída irresistiblemente por tan gratos sonidos. Pero lo impiden otros sucesos que ocurren: Leonido, que se hace pasar por un mercader náufrago, se arroja á los pies de Mitilene pidiéndole protección, llegando casi en seguida la noticia de que su amante ha muerto á manos de Leonido. La Princesa clama venganza y se aleja de allí precipitadamente, declarando que, por la muerte de su amante, le corresponde, por juro de heredad, el trono de Trinacria. Alegre Leonido de que nadie se acuerde de él, se queda allí solo, presentándose entonces Marfisa, y sintiendo ambos, al verse por vez primera, tierna y recíproca simpatía. Leonido se prepara á arrancar á Marfisa de su triste morada, cuando acude colérica la furia Megera, evocada del Infierno por Argante, y huye, llevándose por los aires á Marfisa entre tempestades y terremotos.
En el acto segundo reina la mayor tranquilidad. Leonido se acerca de nuevo á recoger sus armas y á ver á Marfisa; arranca un peñasco de la caverna, y mira á la doncella en un salón de cristal en medio de sus ninfas, que la cubren de galas y regocijan sus oídos con cánticos agradables. El mágico Argante rodea á su pupila con estas seducciones para tenerla contenta en la caverna, porque una profecía le amenaza con el peligro de matar á quien más ama, ó de perecer por mano del mismo. Leonido se presenta á Marfisa y le cuenta su vida, diciéndole que había sido expuesto á la inclemencia del cielo, adoptándolo el duque de Toscana, y que más tarde, ya hecho caballero, por amor á Arminda había dado muerte á su hermano. Marfisa, en un espejo mágico, hace ver á su amada, que, con ayuda de los dos Príncipes, busca á aquel matador. El amor aleja de allí á Leonido, á causa del peligro que le amenaza; pero antes de separarse de la joven que habita en la gruta, cambian ambos dos alhajas que llevan desde sus primeros años, y que son exactamente iguales, llenándolos de sorpresa este hallazgo. La escena inmediata es otra vez en Trinacria. Mitilene desembarca con poderoso ejército para conquistar la isla, y ya se prepara á recibirla y á pelear con ella Arminda con sus soldados, cuando Megera abre el cráter del Etna, que despide en todas direcciones corrientes de lava y de fuego, y que obliga á Mitilene á refugiarse en sus buques. Arminda corre el peligro de morir abrasada en su tienda; pero Leonido, vestido como un guerrero ordinario, arrebata su presa á las llamas.
La acción en el acto tercero es en el palacio de Arminda. Casimiro, tío de las dos Princesas, que se hacen la guerra, ha llegado ya para poner fin á su contienda; al ver á Leonido, que, como salvador de Arminda, tiene libre entrada en el palacio, experimenta hacia él extraña simpatía. Arminda (que no conoce al matador de su hermano, no habiéndolo visto nunca, y sólo sabe que se llama Leonido, por cuya razón ignora que el salvador de su vida, que lleva un nombre falso, es realmente ese mismo matador) excita á Leonido, por quien siente cierta inclinación amorosa, á provocar al matador de su hermano y á pelear con él á muerte, puesto que su mano ha de ser la recompensa que obtenga. Leonido se queda anonadado; pero su amigo le hace volver en sí de su asombro, y se ofrece á tomar sus armas, y, fingiendo ser Leonido, á pelear con él. Otra vez aparece de nuevo la gruta de Mitilene; preséntase el amigo de Leonido para recoger las armas de éste; pero lo mata el príncipe de Suavia en una emboscada, tomándolo por Leonido. Marfisa cree también que ha muerto su amigo; se reviste su armadura excitada por el deseo de alejar de él la vergüenza de su cobarde abstención, después de enterarse del suceso, y llega á Trinacria, rompiendo el encanto y desoyendo los consejos de Argante.
En la escena última se han hecho los preparativos del torneo, delante del palacio de Arminda: Marfisa y Leonido se aprestan á la pelea, pero se conocen y combaten con cierto temor. Casimiro los separa, y se informa de su procedencia. Al presentarle las joyas, que ambos guardan, averigua que son los dos hijos gemelos suyos y de Matilde, princesa de Trinacria, que los ha dado á luz en secreto. Los dos, después de nacer, fueron enviados á escondidas á Casimiro; pero el buque que los llevaba naufragó en las costas de Toscana, robando Argante á la niña, y amamantando una leona al varón. Después de esta aclaración, Leonido ofrece su mano á Arminda; el príncipe de Rusia hace lo mismo con Marfisa, y Mitilene se casa con el príncipe de Suavia.
Otras novelas y libros caballerescos son también el fundamento de los dramas siguientes:
Los hijos de la fortuna, Teagenes y Clariclea.—De la célebre novela de Heliodoro[120], que Cervantes tuvo ya á la vista al escribir su Persiles. De los muchos hechos extraños, en parte, y en parte agradables é interesantes, que componen esa novela, sólo se aprovechan los más notables. Bastan éstos, sin embargo, para formar una acción dramática de mucho movimiento; pero el mérito principal de esta obra de Calderón consiste en su belleza moral, y en la pureza de sentimientos que en ella predominan; en la pintura incomparable de la tierna inocencia de la heroína, y en los nobles y elevados sentimientos de su amante, que no sólo salen ilesos, sino que brillan con resplandor más vivo, á pesar de los tormentos y de las contrariedades que experimentan en su vida.
Argenis y Poliarco.—De la novela latina Argenis, de John Barclay, conocida ya en España por dos traducciones de Josef Pellicer de Salas, y de Gabriel Correa (impresas ambas en Madrid en 1626). Evidentemente contiene esta novela una descripción de la historia política de Francia bajo Enrique III, y, con nombres fingidos, la de los hombres más célebres de aquella época, entre los cuales aparece Felipe II con los colores más repugnantes[121]; pero Calderón prescinde de todas estas alusiones, ateniéndose únicamente á su fábula.
Amor, honor y poder.—Se funda en una novela de Bandello (II, nov. 38), que, á su vez, descansa también en datos históricos. Los principales personajes son Eduardo III, rey de Inglaterra, y Estela de Salverich (la condesa de Salisbury). Puede servir la de Calderón para hacer comparaciones interesantes con el antiguo y excelente drama inglés Edward the Third and the Black Prince, atribuída recientemente, con plena razón, á Shakespeare. Ambas son, sin embargo, completamente diversas. Shakespeare no ha tenido presente para nada la novela, sino sólo la tradición histórica. El amor de Eduardo á la bella Condesa llena sólo su acto primero. Esta mujer enérgica se da trazas de proteger su honor, tomando una resolución varonil, y obligar al Rey á volver de nuevo á su heróica y magnánima senda, llenando la segunda mitad del drama las hazañas ejecutadas por el Monarca, después de vencer su pasión. La comedia española, al contrario, gira toda ella sobre la lucha, que se establece entre el honor, el poder y el amor. Eduardo, apasionado hasta el extremo de la bella Condesa, y persuadido de que serán vanos sus esfuerzos para lograr sus deseos, intenta forzarla; pero ella es bastante discreta para burlarse de todas sus estratagemas, y llega á dominarlo de tal modo con la nobleza de sus sentimientos, que su amor sensual se trueca en respeto y veneración, y después, cuando cesa la lucha entre esos tres poderes, ella le ofrece voluntariamente su mano.