IX

UNA SORPRESA

ME podréis decir, Surrey, ¿qué resplandor es ese que se levanta sobre Sowttwark? ¿Han enloquecido los ingleses, ó adivinado nuestra llegada alumbrándola con el incendio?

Quien hacía esta pregunta á lord John Surrey, conde de Surrey, era el mismo personaje que al principiar nuestro relato vimos apoyado en un mástil sobre la popa de una galera, que abandonamos en razón á lo lento de su marcha.

Cuatro horas habían trascurrido desde entonces, y al fin la galera llegaba al muelle de London-Bridge.

En la cámara de la galera había cuatro personas. La que había interrogado á Surrey, era un hombre de cuarenta y dos años, de aspecto severo y feroz, de alta estatura, y vestido con un camisote de mallas. Lord Surrey era un joven de semblante franco, estatura mediana aunque membruda, tez atezada y mirada atrevida. Junto á él había otro personaje, pálido, austero, de faz orgullosa y mirada indomable: era el conde de Exes; y últimamente, un segundón de la casa Nortumberland, joven y de aventajada estatura, estaba apoyado en su espada en un ángulo de la cámara.

Todos estos personajes llevaban sobrevestas de ante, y cruces rojas en el pecho.

—¡ Por San Jorge! milores, dijo el hombre que había interrogado á Surrey, hemos llegado, y haríamos bien en ponernos los arneses. Paréceme que habremos de llamar con las hachas en las puertas de nuestra casa.

Los tres lores descolgaron una pesada armadura de un costado de la cámara, y la ciñeron al que había hecho aquella prudente observación. Después se armaron prontamente, y cuando estuvieron cubiertos de hierro hasta los ojos, el primero tomó un pendón rojo, se dirigió á la puerta y dijo:

—Ola, maese Sult; haced que la galera aferre á la orilla, que se eche un puente, y que desembarquen nuestros caballos.

Esta orden fué obedecida al momento, y poco tiempo después los cuatro jinetes llegaron junto al rastrillo de un postigo de la muralla flanqueado por dos torreones.

—Un ¿quién va? lanzado desde las almenas, fué contestado por la robusta voz de uno de los cuatro.

—¡Inglaterra! gritó.

Hundióse el ballestero tras las almenas, y poco después cayó rechinando el rastrillo sobre el foso. Un capitán seguido de cuatro ballesteros se adelantó á reconocer á los que llegaban.

—¿Quiénes sois? les preguntó.

—Adelantad solo con una antorcha, dijo Surrey.

El capitán adelantó y el hombre atlético volviendo la grupa de su caballo á los archeros, se levantó la visera y dejó ver su rostro al capitán. Este se descubrió apresuradamente.

—Poneos la gorra y marchad en silencio delante de nosotros, añadió aquel hombre calando de nuevo su visera.

El capitán obedeció. Los cuatro jinetes, precedidos del capitán, pasaron el rastrillo, que volvió á caer tras ellos.

A este tiempo los gritos y el alboroto de Tames-Streed llegaban á su colmo.

—¿Por qué gritan de esa manera, capitán? ¿qué hacen los archeros que no dispersan á esa insolente multitud?

—No tenemos orden, señor.

—¿Y qué hacen el canciller y el príncipe Juan?

—Conspirar.

—¡Capitán!...

—Conspirar, señor.

—¡Ola! esto es serio, observó el hombre que así interrogaba, lanzando una mirada desde el collado de la Torre, adonde habían llegado, sobre Tames-Square; muy serio, milores, y con especialidad para la reina regente, el príncipe, el canciller y el Justiciero; oid cómo piden sus cabezas.

En efecto, el pueblo ahullaba embistiendo la Torre. De en medio de este tumulto salieron otras voces numerosas y atronadoras.

—Viva el rey Juan, abajo los tributos.

—Viva el rey Ricardo, gritó otra voz que dominó las demás como el trueno domina los mugidos del huracán.

—¡Por San Bridge! exclamó el caballero que observaba sobre la colina; así Dios me salve, como esa es la voz de mi valiente Espada-larga. Capitán, volved á vuestro puesto. Milores, la guerra civil estalla. ¡A Tames-Square! ¡Adelante mi pendón!

Surrey picó el caballo, llevando desplegado un pendón rojo; tras él aguijaron sus caballos los otros tres caballeros, y bien pronto rompieron á cuchilladas por medio de la turba, entrando en Tames-Square; por la parte opuesta, un hombre solo á caballo, sin más armas que una espada, rompía por medio de la multitud hiriéndola y gritando:

—¡Viva el rey Ricardo!

—¡Viva el rey Ricardo! gritaron los tres caballeros que seguían al hombre atlético, que hería á diestro y siniestro, haciendo silvar en torno suyo una pesada hacha de armas.

La luz de las hachas de los amotinados reflejaba en las armaduras de los cuatro hombres; la del de la hacha de armas era dorada, y en torno de su yelmo se veía una corona real, al mismo tiempo que en su escudo un blasón con un león rapante en campo de oro.

—¿Quién se atreve á llevar en Londres arnés y pendón real? gritó un jayán fornido, encarándose al de la armadura dorada.

El preguntado se levantó la visera, y dejó ver á la luz de los hachones que le rodeaban su severo semblante.

El jayán cayó de rodillas.

—Salud, señor, dijo, y luego levantándose gritó arrojando su gorro al aire: ¡Viva el rey! ¡el rey ha vuelto! ¡el rey está en Londres!

—Ese no es el rey, gritó una vieja. Ricardo Corazón-de-León no volvería de noche y tan de tapada; Ricardo ha muerto. ¡Viva el rey Juan!

—Adelante, milores, adelante, gritó el de las armas doradas; yo enseñaré á esos traidores á que conozcan á su rey.

Pero era poco menos que imposible atravesar la multitud, que se había agrupado en torno de los cuatro jinetes, y les alumbraban con un centenar de hachas.

—Es el rey, gritó el jayán deteniendo, á pique de ser atropellado, el caballo de Ricardo Corazón-de-León (que él era en fin); es el rey. ¿No hay quien lo reconozca entre tantos?

—Sí, sí, gritaron un millar de voces: ¡Viva el rey!

Corazón-de-León se levantó sobre los estribos y extendió su brazo armado en un imperioso ademán de silencio; la multitud calló como por ensalmo, distraída de su objeto anterior por otro nuevo.

—¿Qué hacen los habitantes de la buena y leal ciudad de Londres? gritó Corazón-de-León en una voz que se dejó oir de todos; ¿por qué incendian mi corte y asaltan mi castillo?

—¡Pan, señor, pan! gritó el pueblo en coro.

—¡Abajo los tributos!

—¡La cabeza del Obispo!

El tumulto volvía; algunas voces sin eco gritaron:

—¡Viva el rey Juan!

—Corazón-de-León perdió la paciencia.

—¡Silencio, digo! gritó amenazando á la multitud con su hacha de armas, que calló á este ademán volviendose toda oidos. ¡Silencio y plaza al rey! Que el pueblo elija una diputación, y que esta diputación se nos presente al momento en la sala del Consejo de White-Tower. ¡Adelante, Surrey, adelante mi pendón!

El pueblo calla mientras espera. Surrey adelantó por medio de las turbas, que abrían calle, y la escasa comitiva real llegó al rastrillo de la fortaleza; en aquel punto Espada-larga plantó su caballo junto al del rey, que al verle le tendió la mano estrechándosela como se la hubiera estrechado á un hermano.

A la vista del pendón real, el rastrillo de la Torre se levantó dando paso al rey, á Espada-larga, Surrey, Esex, y Nortumberland.

Cerróse tras ellos, y el rey y su comitiva descabalgaron, pasando entre multitud de hombres que presentaban asombrados sus armas al ver á Corazón-de-León. Las cóncavas bóvedas de la Torre gemían al eco de las aclamaciones de los soldados, que llegado el rey á la sala del Consejo se agruparon á la puerta.

Corazón-de-León adelantó hasta el trono, subió sus gradas y ocupó la silla real, siempre apoyado en su hacha de armas. Rodeábanle en lugar preferente Ricardo Espada-larga, Surrey, Esex, y Nortumberland; más allá los altos funcionarios de la Torre y los capitanes de las tropas.

—¿Quién es? dijo el rey dominando con una mirada severa el concurso; ¿quién es el lord condestable de la Torre?

—Yo, señor; contestó temblando un anciano que se adelantó.

—¡Ah! ¡sois vos, Apsley! exclamó el rey cada vez más severo; ¿porqué habéis permitido que esa turba apedree mi palacio, mi cárcel y mi castillo?

—No tenía órdenes, señor.

—¿Y de cuándo acá se necesitan órdenes para contener un tumulto que rompe los límites de la ley y aterra á los buenos y pacíficos habitantes de un pueblo?

—Me he expresado mal, señor, contestó cada vez más trémulo Apsley; debí haber dicho que tenía órdenes de no batir al pueblo si se amotinaba.

—¿Es decir, traidor, contestó el rey levantándose con ira, que me vendías?

—Señor, vuestra madre, regente del reino por vos, responderá de esa orden.

—¿Y te ordenaron también que permanecieses impasible aun cuando se gritase viva el rey Juan? Apsley, entrega la custodia de la Torre á Esex: Esex, encierra en el calabozo más profundo de la Torre del Traidor á Apsley.

Algunos murmullos sordos sucedieron á esta orden.

El rey se adelantó al centro de la sala blandiendo su hacha de armas.

—¿Hay alguno que se oponga al rey? gritó.

Un silencio profundo fué la respuesta; Corazón-de-León sólo vió rostros adictos. Apsley fué conducido á la Torre del Traidor.

—Esex, continuó el rey; id al rastrillo é introducid á la diputación del pueblo cuando se presente á nuestra presencia.

Esex salió.

El rey continuó:

—Vos, Ricardo, marqués de Tiro, nuestro amado y valiente vasallo; el rey os hace par de Inglaterra, y os nombra su guarda-sellos.

Espada-larga dobló la rodilla y besó la mano á Corazón-de-León. El rey le alzó y dijo:

—Vos, lord John Surrey, conde de Surrey, nuestro compañero en el cautiverio, el rey os entrega su pendón real, que llevaréis junto á él en la corte y el campo. Alzad. Y vos, milord, añadió dirigiéndose á Nortumberland, os hacemos gran justiciero de Inglaterra, y os mandamos procedáis contra lord Huberto.

En aquel momento Esex apareció en la puerta de la sala, seguido de algunos hombres del pueblo.

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X

MEDIDAS PREVENTIVAS

AQUELLOS hombres que habían gritado en la plaza; que habían arrojado piedras á la temible Torre, dentro de ella, y delante de un rey que tenía por cetro un hacha de armas y la corona ceñida sobre un yelmo de guerra, temblaron, no atreviéndose á dar un paso; fué necesario que el rey desarrugase su entrecejo y les mandase acercarse; pero una vez ante el trono, permanecieron mudos.

—¿Qué queréis, pues? les preguntó el rey.

—Justicia, señor, contestó uno de ellos, para vuestra buena y leal ciudad de Londres.

—¿Quién se ha negado á hacer justicia á nuestra buena ciudad?

—La reina, señor, y el Obispo de Eli.

Frunció el gesto Corazón-de-León.

—Tenemos hambre, señor.

—Y bien, ¿qué he de hacer yo á eso si no me indicáis los medios de satisfaceros?

—Señor: los nobles y los eclesiásticos han comprado todo el trigo para ponernos la ley y venderlo al precio que quieren. Eso no es justo.

—Pues bien; buscad vuestro pan en los castillos de los nobles y en las abadías de los clérigos.

—Pero nos ahorcarán, señor, porque tienen las armas en la mano. Vuestra gracia es nuestro rey y puede ahorcarlos á ellos.

—Muy atrevidos sois. Pero vuestro rey no sabe si tendrá que batirse antes de ser obedecido. Vuestro rey ha vuelto de un largo cautiverio, pobre y desnudo como el hijo pródigo; de manera que os ha costado trabajo reconocerle; vuestro rey no posee más que su hacha y su caballo. ¿Sabéis si el rey tendrá pan esta noche?

—¡Viva el rey! gritó la diputación popular, aplaudiendo de aquella manera su último período.

—Pues bien, señor, contestó el que hablaba en nombre del pueblo; si el rey tiene hambre esta noche, nosotros buscaremos un pedazo de pan para el rey; si el rey encuentra traidores, nosotros nos agruparemos en torno del rey; si el rey es pobre, nosotros le haremos rico dándole parte del fruto de nuestro trabajo.

A pesar de su ferocidad, Corazón-de-León se conmovió; levantóse del trono, arrojó el hacha de armas, y despojándose de su cadena de caballero, le dijo entregándosela:

—Toma, y preséntala al pueblo como una prenda de la palabra real, que empeña en su favor Corazón-de-León; dile que su hambre cesará; que sus tributos se moderarán; que el rey, además, le hace libre de ellos por un año. Guardad vuestro pan y vuestro dinero para vuestros hijos; al rey le basta por traje su armadura de guerra, por alimento el pan del soldado, por lecho una piel de tigre. Id, y que se retiren las turbas; Sowttwark está incendiado, y hacen más falta allí que apedreando inútilmente la Torre.

Los delegados del pueblo no se movieron.

—¿Queréis más? añadió el rey frunciendo el entrecejo.

—Señor, se ha vertido sangre inocente...

—Denunciad al causante.

—Es el Obispo canciller, señor.

—Se le reducirá á prisión y se pondrá en juicio.

—Adam Wast y Robín han sido presos esta noche porque reclamaban los fueros del pueblo.

—Se pondrán en libertad.

—Pues bien, señor; si lo hacéis así, Dios os salve.

La diputación salió, dejando solo al rey con sus caballeros.

Corazón-de-León abandonó el trono, y empezó á pasear pensativo á lo largo de la sala del Consejo. Todos los circunstantes callaban; sólo se oía el ruido de las espuelas y de la armadura del rey.

—¿Cuántos hombres de armas defienden la Torre? preguntó Corazón-de-León á uno de los capitanes.

-Quinientos, señor, contestó el capitán.

-¿Y cuántos capitanean á esos hombres?

-Cinco, señor.

-Es decir: vos, Smitt, que sois el primero; Slow, á quien veo ocultarse desde que entré, tras Kewin, que aún no ha levantado los ojos del suelo, y más allá Sunders y Remi. ¿Sabéis mis valientes capitanes, añadió después de una pausa el rey con acento profundo, que trascendéis fuertemente á traidores?

—¡Señor! balbuceó Smitt.

—Si no me engañan mis recuerdos, dijo el rey dirigiéndose á los soldados, veo entre vosotros semblantes conocidos. Paréceme que estos valientes son los mismos buenos normandos á quienes dejé en guarda de la Torre; pero recuerdo también que eran otros sus capitanes. ¡Eh! tú, Glow, mi buen archero, ¿que se ha hecho de los caballeros que dejé á vuestra cabeza?

El archero adelantó un paso.

—Están presos, señor, contestó.

—¡Ola! dijo el rey dirigiéndose á Espada-larga; milord guarda-sellos, mandad buscar al llavero de la Torre.

—Aquí estoy, señor, contestó un hombretón adelantándose.

—Ve por las llaves de los calabozos donde haya presos de Estado.

—Las tengo aquí, señor, contestó el hombre haciendo sonar un pesado manojo que pendía de su cintura.

—Pues guía, dijo el rey; capitanes, acompañadme; y vos, Ricardo, añadió dirigiéndose á Espada-Larga, tomad cien archeros, é id á aseguraros de las personas del Obispo de Eli y del príncipe Juan; para evitar resistencia, tomad esta cédula firmada por nos y sellada con nuestras armas.

Diciendo esto, escribía en un pergamino y le sellaba con su anillo.

Espada-larga tomó la cédula.

—Pero aquí, señor, se manda prender al gran justiciero y al lord guarda-sellos.

—Hacedlo pues.

—¿Y se comprende al príncipe Juan en esta cláusula: muertos ó vivos?

Meditó un momento el rey.

—Juan-sin-tierra no; si resiste, cercad el lugar donde se halle; si apela á la fuerza, sujetadle ¡vive Dios! y encerradle. Cien hombres bien pueden aherrojar á un león. En cuanto á los demás, sin piedad.

Espada-Larga tomó cien archeros, y se dirigió á Whitehall.

—Y vos, Surrey, continuó el rey, buscad los heraldos reales, que deben estar en la Torre, y con suficiente escolta id con mi pendón á Cheapside, y proclamad á son de trompeta la vuelta de Ricardo I, rey de Inglaterra.

Surrey tomó el pendón, y salió.

—Ahora, Nortumberland, seguidme a los calabozos.

El llavero rompió la marcha, llevando una antorcha, seguía el rey, siempre con su hacha de armas, junto a él a alguna distancia a la izquierda, el duque de Nortumberland; cerraban el acompañamiento los cinco capitanes cabizbajos y aterrados, y algunos soldados con hachas.

Cuando hubieron llegado al revuelto laberinto de pasadizos abovedados donde están los calabozos, el llavero se detuvo a la puerta de uno de ellos, y abrió; el rey penetró solo.

Del fondo del calabozo practicado en el espesor del muro, se levantó un hombre, pálido, casi desnudo, con largos cabellos y barba crecida.

—¿Ha llegado la hora? dijo; estoy pronto.

—¿Cómo os llamáis? preguntó el rey.

El interrogado no contestó: estremecióse, púsose una mano delante de los ojos para evitar el resplandor de las antorchas que le deslumbraban, y fijó su vista en el rey; un momento después cayó de rodillas.

—¿Es vuestra gracia, señor, dijo, quien baja a mi sepultura, ó es vuestra sombra que viene a contemplar el estado a que me han reducido los traidores?

—¿Cómo os nombráis? insistió el rey.

—Guido de Richemont, contestó el preso.

—¿Cuánto tiempo hace que estáis aquí?

—No lo sé, señor; la oscuridad y la desesperación no tienen horas, días, ni años. Sólo recuerdo que fuí preso dos meses después de la partida de vuestra gracia a la Tierra Santa.

—¿Quién os mandó prender?

—El Obispo de Eli, señor.

—¿Os juzgaron?

—No, señor; presumo que la causa de mi arresto ha sido negarme a reconocer por vuestro sucesor al príncipe Artus de Bretaña.

—¿Y a quién entregásteis vuestros hombres de armas?

—Al capitán Smitt, señor.

—¿Smitt? exclamó el rey volviéndose a la puerta.

Smitt adelantó pálido como un cadáver.

Entrad y entregad vuestra espada al valiente y leal capitán Guido de Richemont.

Smitt obedeció.

—Capitán Guido, añadió el rey; nos os declaramos libre y os hacemos nuestro primer escudero. Alzad. Vos, Smitt, estaréis aquí hasta que os juzgue mi Consejo.

—Señor, perdón; gritó Smitt arrastrándose á los pies del rey.

—Cerrad, dijo Ricardo al llavero.

La puerta se cerró; el rey adelantó cual si no oyese los gritos desesperados de Smitt.

Tras este calabozo, penetró el rey en otros cuatro: en cada uno de ellos tuvo lugar una escena semejante á la anterior. Slow, Kewin, Sunders y Remi, entregaron sus espadas á otros tantos capitanes adictos al rey, que habían sido presos por la misma causa que Guido, y quedaron encerrados en su lugar.

El llavero siguió adelante, y abrió la puerta de una inmensa mazmorra.

—¿Quién está aquí? preguntó el rey.

—Monederos falsos, señor, contestó el llavero; sacrílegos é incendiarios.

—Cierra, y adelante.

El llavero obedeció, deteniéndose á la puerta de un nuevo calabozo.

—Y estos presos, ¿quiénes son? dijo el rey viendo dos sombras en un ángulo.

—Un abogado llamado Adam Wast, señor, y un tabernero de Sowttwark llamado Robín.

—¡Ola! los causadores del alboroto. ¿No tenéis nada que pedir? les dijo el rey.

Adam Wast no contestó; Robín se arrojó á los pies de Corazón-de-León, y exclamó:

—¡Perdón, señor! y revelaré á vuestra gracia secretos que tal vez le aseguren en el trono.

—¿Y qué me revelarán esos secretos?

—Traiciones, señor.

—Salid.

Robín salió, y á una seña del rey fué cercado por los archeros; el calabozo volvió á cerrarse, y Adam Wast lanzó un rujido el ángulo en que se había replegado.

—¿Quedan muchos presos?

—Este solo, señor, contestó el llavero abriendo otro calabozo.

El rey entró: un hombre anciano dormía tranquilamente sobre un montón de paja; al ruido que hizo el rey golpeando con el extremo de su hacha en el pavimento, despertó y se incorporó.

—¿Qué es esto? dijo; ¿han entrado los rebeldes en la Torre?

—¿Cómo os nombráis? preguntó el rey.

El preso se puso en pie.

—Stek, contestó.

—¿Por qué estáis preso?

—Porque el Obispo de Eli se empeñó en creer que no se había derramado sangre en el calabozo donde murió el conde de Salisbury. Así Dios me salve, monseñor se engañaba; yo había lavado la compuerta después de la ejecución.

—¿Luego sois verdugo?

—No, señor; era llavero de la Torre del Traidor.

—Salid; el rey os declara libre.

—¿Qué rey? preguntó Stek sin moverse.

—¡Imbécil! gritó Nortumberland; ¿qué rey puede ser más que su alteza Ricardo I de Inglaterra?

—Perdón, señor, exclamó Stek arrojándose á los pies del rey; la desesperación y el sufrimiento me han herido. Soy ciego.

—Alzad, dijo el rey. Y tú, que has guardado á mis buenos servidores, añadió dirigiéndose al llavero, será bien que á tu vez seas guardado. Entrega las llaves á Glow. Glow, te nombro llavero de los calabozos de Estado.

El archero á quien se dirigía Corazón-de-León asió las llaves, é inauguró su nuevo destino encerrando, á pesar de sus gritos, al destituído llavero.

Tras esto, el rey siguió en paso rápido adelante al través de aquellos sombríos subterráneos, y subiendo una estrecha escalera de ojo, se detuvo delante de una compuerta de hierro: Glow buscó entre las llaves la de aquélla, y abrió: el rey subió algunos escalones más, entró en un pequeño recinto de bóveda ojiva y muros de extremado espesor, hizo abrir otra puerta, y penetró en un salón octógono, con techo de ensambladura recargado de blasones y grotescos adornos dorados; los muros, las puertas, las ventanas pertenecían al gusto de la arquitectura normanda; una gran chimenea en que cabía una encina entera, mostraba aún ceniza y restos de troncos consumidos. En el centro de la cámara, había una pesada mesa de nogal, cubierta de polvo y pergaminos, y tras ella un enorme sillón recargado de entalladuras, teniendo por respaldo un gigante escudo heráldico con la divisa de los Plantagenet: un león rampante en campo de oro. Armas y arreos de guerra de todo género se presentaban por doquier á la vista, y llamaba asimismo la atención un colosal armario lleno de infolios manuscritos, que contenían la legislación inglesa, la normanda su madre, las crónicas de Inglaterra, y artes de caza y de guerra. Frente á la puerta por donde penetró el rey, había otra mayor que comunicaba á una antecámara; en ella desembocaba una escalera que nacía en un portal situado en un terraplén, al cual correspondían las dos únicas ventanas de la cámara; en ésta, frente á las ventanas, había un retrete abierto en el muro, y dentro de él un lecho cubierto por una piel de tigre. Esta cámara, cuyos accesorios hemos descrito, con un calabozo debajo y un terraplén encima, formaba el conjunto de la torre de Roberto el Diablo.

Sea que su denominación agradase á la imaginación romancesca de Corazón-de-León, sea su gusto por todo lo que era normando, hallamos por resultado que le servía de morada el poco tiempo que la guerra le permitía estar en Londres.

Corazón-de-León arrojó una rápida mirada en torno de su estancia favorita. La encontró exactamente como la había dejado cuatro años antes para ir á la Tierra Santa; sobre la mesa estaba seco y en mal estado, su viejo tintero de hierro, en que el cincelador no había olvidado su real blasón; pergaminos en blanco y borroneados; infolios de cetrería abiertos y arrojados en desorden; el lecho revuelto como si acabase de abandonarle; todo en el mismo estado, pudiendo añadirse sendas colgaduras fabricadas por las arañas.

Todos se habían detenido á la puerta de la estancia real, escepto Nortumberland que alumbraba con una hacha arrancada de las manos de Glow.

El rey se dejó caer sobre el sillón, y puso sus dos manos sobre la empolvada mesa, como tomando posesión de su cámara; Nortumberland permaneció de pie.

—Y bien; he aquí que hemos llegado, dijo el rey, y creo que con la ayuda de Dios, como ahora somos dueños de la Torre, dentro de una hora lo seremos de Londres y mañana de Inglaterra. ¡Ira de Dios! bien aprovechan el tiempo. Dos reyes para un trono ocupado; uno sostenido por el obispo canciller, otro por la reina regente. Mi sobrino y mi hermano se disputan ya mi corona. ¡Por San Dustan, amigos míos! sed menos impacientes, para que el rey pueda tener paciencia.

Luego añadió tras una corta pausa:

—Que entren esos buenos servidores.

—Ola, capitanes, gritó Nortumberland, su gracia os llama.

Los cinco normandos entraron y se arrodillaron ante el rey.

—Levantáos, mis valientes camaradas, dijo el rey dulcificando su ceño natural.

—¡Señor! murmuró Guido.

—Sí, camaradas de infortunio. Mientras vosotros estábais privados del aire y de la luz en poder del canciller, yo estaba en lo más profundo de un calabozo aherrojado por el cobarde y cruel emperador de Alemania. Y bien, ¿que gracia pedís al rey?

—Serviros y defenderos, señor, dijeron á una voz los cinco.

—¿Y no tenéis nada que pedir contra vuestros enemigos?

—Nada, señor, dijo Guido; nuestros enemigos son los de vuestra gracia.

El rey hizo un ademán con la mano, que podía interpretarse por la frase: Ya nos veremos.

—Pero observo continuó el rey, que estáis económicamente vestidos; tembláis de frío, mis buenos amigos. ¡Ola! Glow, ve á ver si encuentras por los rincones de la Torre alguno de los antiguos galopos de mi baja servidumbre. Que inquieran si han quedado algunos trajes en mi guarda-ropas; si hay para el rey en Londres pan, luz, fuego y vino.

Glow partió como un venablo.

—Ahora bien, Guido, prosiguió Corazón-de-León, ¿recuerdas cómo se hacía mi servicio y el de la Torre?

—Sí, señor.

—¿Y te atreverás á jurar que de esos quinientos hombres de armas normandos nos son adictos diez?

—¡Señor! exclamó un soldado que al parecer oyó estas palabras, asomando la cabeza á la puerta donde se habían detenido; ¡señor! los normandos no reconocen mientras vuestra gracia viva otro señor natural, ni rendirán pleito homenaje más que á Corazón-de-León, duque de Normandía.

—¡Ola! gritó el rey; ¡eres tú, Ralf! Guido, no os olvidéis de mandar, se apliquen á ese tuno veinticinco azotes.

Ralf retiró precipitadamente la cabeza, sin murmurar ni pensar en quejarse del castigo que el rey imponía á su atrevimiento.

—Ya lo oís, señor, dijo Guido; siempre son vuestros normandos.

—Pues bien; id á mi guarda-ropas, y que os den vestidos; después traedme esos buenos muchachos á ese terraplén; quiero verlos juntos; después recorreremos los puestos.

Los capitanes besaron sucesivamente la mano al rey, y precedidos de un normando que les alumbraba, salieron por la puerta opuesta á la que habían entrado.

—¡Vive Dios! milord, dijo el rey, que hay momentos en que no trocaría el placer que siento, por la posesión de Jerusalén. ¡Ira de Dios! primo, debes estar cansado de sostener tanto tiempo esa antorcha. ¡Extraña posición para un rey! ¡tener que arreglar su casa como un miserable!

A punto apareció Glow con una lámpara de hierro encendida; Nortumberland arrojó la antorcha al hogar que cayó á propósito para prender un haz de leña que arrojaba en él un pajecillo de la servidumbre real; otros tres pajes traían sobre bandejas de oro una opípara cena; un quinto extendió sobre la mesa un paño de púrpura, y colocó sobre él, dos candelabros de oro con bujías de cera.

—¡Diablo! exclamó Corazón-de-León sorprendido; ¿á que hada debemos tanta grandeza?

Glow se adelantó tímidamente dando vueltas á su gorra, sin atreverse á hablar. Con la velocidad del fluído eléctrico había circulado á alguna distancia la noticia de los veinticinco azotes decretados por el rey en favor de Ralf, y Glow temía exponer, siendo indiscreto, sus espaldas.

Un movimiento de impaciencia de Ricardo le hizo hablar.

—Señor, dijo con miedo, el príncipe Juan da un festín esta noche á los nobles en Whitehall, y ha mandado preparar la cena en el gran salón del Consejo en White-Tower para después del festín.

Concluida esta contestación, Glow y los pajes desaparecieron, quedando otra vez solos el rey y Nortumberland.

—Ya lo ves, milord, dijo Corazón-de-León mientras devoraba un pernil de vaca; ya lo ves. El pueblo tiene razón, ¡uñas de Satanás! Insultan su miseria, haciéndole oir el rumor de los festines, dándole á oler el aroma de sus comilonas. ¡El pueblo tiene razón! le sangran para engordar con su sangre; la alegría de esos miserables es la muerte de Inglaterra. Y bien: ya que hemos encontrado pan, tomémoslo; que esos leales servidores que acaban de salir de una prisión gocen de esos preparativos de orgía; que se entreguen al soldado los vasos de oro y los paños de púrpura. Haz que se lleven esto; he concluído.

La cena de Corazón-de-León había sido, como siempre, muy parca. Los pajes entraron y recogieron el brillante servicio; dejando sólo los candelabros de oro.

Sentóse el rey junto á la chimenea.

—Que entre el preso, dijo.

Nortumberland hizo entrar al preso, y salió.

Corazón-de-León y Robín quedaron solos.

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XI

PRINCIPIOS DE REVELACIÓN

EL rey fijó una mirada escudriñadora sobre el semblante de Robín, y sólo vió en él la expresión de un terror pánico.

—¿Qué tienes que revelarme? preguntó el rey.

—Señor, contestó Robín con voz ininteligible; he visto morir á vuestro padre.

El semblante de Corazón-de-León se nubló.

—Adelante, dijo con voz entrecortada.

—Es, señor, que ese es mi único delito.

—¡Cómo ¿y el alboroto de esta noche?

—Perdón, señor; yo creía que vuestra gracia había muerto.

—¡Ira de Dios! ¿tú también? exclamó el rey cada vez más sombrío; ¿con que es necesario que me deje palpar de mi pueblo, que pasee en procesión por las calles de Londres para que los ingleses crean que estoy vivo? ¡Por San Jorge! yo les probaré muy pronto que aún tengo sangre en las venas.

—Cortad algunas cabezas, señor, y creerán en vuestra gracia.

—¿Con que eres mi consejero? Y bien: ¿qué cabezas son esas?

—La del Obispo de Eli y la de Juan-sin-tierra.

El miedo hacía temblar á Robín.

—¿Luego conspiran?

—Sí, señor; el Obispo pretende que sea rey Artus de Bretaña, y Juan-sin-tierra alega que es vuestro legítimo heredero.

—¿Y sabes tú los nombres de los que están empeñados en esta empresa?

—Yo no, señor; pero alguno hay que lo sabe.

—¿Quién?

—Adam Wast.

—¿Ese preso cuya libertad pedía el pueblo?

—Sí, señor.

—¿Y quién es ese hombre?

—Señor, prometedme perdón y todo lo revelaré.

—Adelante, gritó el rey impaciente, dando una furiosa patada en el pavimento.

—Vuestra gracia me pregunta quién es, y necesito tomar la historia algo lejos, continuó Robín sudando de angustia; es compatriota mío, nacido en el condado de Kent; su padre era mercader y vivía junto al mío, que era herrero. Siempre estábamos juntos; cuando llegamos á ser hombres, Adam Wast siempre meditabundo y reflexivo, se tornó más pensador que nunca y empezó á esquivar mi compañía. Yo le busqué y le reconvine por su abandono.

—«Robín, me dijo; para los juegos de la infancia todos los compañeros sirven; para ayudar la ambición de un hombre como yo, para elevarse con él, son necesarias dotes que tú no posees.»

—¿Y cuál era la ambición de ese hombre? preguntó Corazón-de León arrojando una intensa mirada sobre Robín.

—Oidlo, señor, contestó éste: nosotros nada debemos á la fortuna; me dijo Adam cuando le hice una pregunta igual á la que vuestra gracia acaba de hacerme; nada debemos á la fortuna que nos ha arrojado en un círculo que no nos ofrece otro porvenir que un trabajo asíduo y degradante; mira tus manos: están negras, ásperas, encallecidas por el roce de las tenazas; yo paso mi vida midiendo terciopelos en el fondo de la oscura tienda de mi padre; repara esos caballeros que tienen la mirada orgullosa, una espada á la cintura, y llevan pajes y bufones tras sí con su blasón al pecho y la argolla de esclavos al cuello. Esos hombres son como nosotros. ¿Qué nos falta para igualarnos con ellos? fortuna: la fortuna es de quien la busca.

—No pensaba mal el perillán, observó el rey; y luego ¿qué aconteció?

—Huimos de casa de nuestros padres, contestó Robín, robándoles el dinero que pudimos, y nos encaminamos á Oxfford. Allí nos dedicamos al estudio de las leyes. «De los abogados se hacen cancilleres», decía Adam, cuya primera ambición era ser canciller; y se dedicó con ardor al estudio, adelantando de una manera prodigiosa, mientras por el contrario mis deseos y mis esfuerzos fueron inútiles para ponerme á nivel de los estudiantes menos aventajados. Tenía razón Adam; yo no servía más que para forjar hachas y arados.

Adam concluyó sus estudios, y á pesar de que yo nada había adelantado, no me abandonó; seguí á su lado, pero me hizo trabajar escribiéndole sus defensas; casi me tiranizaba; yo fuí su primer esclavo.

Su dependencia llegó á ser para mí insoportable, y me separé de él; antes de separarnos me dijo:

—Robín, ten en cuenta que eres dueño de mis secretos (en el ejercicio de su profesión había cometido algunas infamias, de que yo era conocedor y á veces partícipe); que nos habíamos unido para buscar fortuna, y que tú eres el primero que abandona la senda empezada, porque no eres capaz de procurarte fuerzas para seguir; vete en buen hora, pero sabe que dependes de mí; que cuando te necesite te buscaré; que si me vendes me vengaré.

—Ofrecíle callar, y me puse en camino para Londres; un día que estaba fatigado, me senté á comer junto á un arroyo, y poco después una mujer que hacía el mismo camino, se sentó junto á mí.

—Ruego á vuestra gracia me dispense un tanto de paciencia, observó Robín notando un movimiento del rey, porque siguiendo la marcha de mis aventuras, me será más fácil expresar lo que á vuestra gracia conviene saber.

Corazón-de-León mudó de postura, arregló unos tizones, y siguió escuchando de una manera indiferente.

—Aquella mujer, prosiguió Robín, iba extrañamente vestida; su traje consistía en un faldellín de seda muy usado, tan corto que apenas cubría sus rodillas desnudas, dejando descubierto sus hombros y parte de su seno, que así como su cabeza y su cuello eran de una hermosura brillante, aunque algo selvática, y un tanto ajada por un trabajo continuo y violento. Llevaba la banda de seda azul de los trovadores provenzales, y una pequeña harpa. Era una de esas pobres mujeres que venden su cuerpo al vicio y su alma al diablo, lanzada á esa profesión aventurera que no hubiera existido sin la protección de la hermosa y desgraciada lady Rosmunda.

Al oir este nombre, los músculos de Ricardo se estremecieron de una manera imperceptible, y sus ojos brillaron con una expresión particular, que desapareció con la velocidad del relámpago.

—Aquella mujer, continuó Robín, me saludó, y arrojó sobre mi escasa comida una mirada involuntaria. Me compadecí, y la invité á que participase de mi frugal alimento, que aceptó; ella era hermosa y de costumbres libres; yo era joven y enamorado; ella me refirió en tres palabras su historia. Se llamaba Clary, no tenía padres, y era trovadora. La conté la mía con la misma brevedad, y cuando hube concluído fijó en mí una mirada que me hizo estremecer.

—¿Quieres, me dijo apoyando su mano en mi hombro, unir tu fortuna á la mía?

—Sí, la dije acabando de enamorarme.

—Pues bien; tú no has amado, ni sabes más que batir hierro; yo te daré mi amor y te enseñaré á bailar y tocar el harpa. Antes de que lleguemos á Londres, ya sabrás lo bastante para acompañar mi canto y recoger los tarines que ganemos. Tras estas palabras...

—Menguado, gritó el rey dando un furioso puñetazo sobre uno de los brazos de su sillón; se breve, ó veremos si en el potro nos dispensas de lo inútil de tu charla. ¡Adelante!

—Es que, señor, por resultado de esta vida tuve la honra de alojar muchas noches en mi casa á su gracia el rey Enrique II.

—¡Adelante! insistió el rey.

—Llegamos á Londres, prosiguió Robín, y allí conocimos otra bailarina escocesa, á quien nos unimos para poner una taberna con el fruto de nuestros mutuos ahorros. Ketti, que así se nombraba, nos impuso por condiciones que guardásemos secreto y prudencia acerca de un alto personaje que se había enamorado de ella; y en verdad, señor, Ketti era muy hermosa.

—¿Y quién era ese personaje? preguntó el rey fijando su mirada de águila en la de Robín.

—Su gracia Enrique II de Inglaterra, señor, contestó inclinándose Robín.

—¡Mi padre! exclamó el rey levantándose de repente y adelantando un paso hacia Robín; ¿y quién te ha dicho, miserable, que el amante de la bailarina era mi padre y no otro?

—¿Recordáis, señor, contestó Robín temblando de antemano por temor al resultado que pudiera tener lo que iba á decir, recordáis, señor, el 1.º de julio de 1189?

El rey palideció, apoyóse trémulo en el cornisamento de la chimenea, y Robín, que le miraba con ansiedad, vió resbalar una lágrima á lo largo de su tostada mejilla. Después pasó una mano por su frente, cubierta de sudor, y empezó á pasear á lo largo de la cámara.

—No fuí yo, murmuró el rey de modo que no pudo oirle Robín; no fuí yo, señor; fué mi hermano Enrique.

De repente se paró delante de Robín.

—¿Y cómo sabes tú eso? le preguntó.

—Vuestro padre murió en mi taberna de Sowttwark, señor, y yo por una casualidad estuve presente á su agonía.

—Mientes; mi padre murió en Chinón el 6 de julio de 1189.

—Eso dijeron, señor; al día siguiente del combate de London-Bridge, un carro cubierto salió de Londres; aquel carro iba escoltado por el conde de Salisbury, y contenía los restos del rey. En Chinón se publicó la muerte; se dijo que el rey había muerto allí de pesar, porque esto era menos escandaloso que decir había muerto herido por un venablo en el puente de London-Bridge, cuando huía de su hijo el príncipe Enrique el joven.

Por esta vez el rey se dominó y tornó á sentarse; su voz más ronca, más profunda que antes, se dejó oir dirigiéndole á Robín la palabra:

—Sigue.

Robín prosiguió:

—De los amores del rey y de la bailarina nació una niña; antes de espirar, el rey llamó á Ketti y la dijo: si mi Ricardo es rey, dile que muero perdonándole; que proteja á tu hija, porque esa es la última voluntad de su padre moribundo.

—¿Y dónde está esa mujer? preguntó el rey, cuya mirada se dilató.

—Ketti, señor; ha muerto, y su hija vive en el collado de la Torre, frente á la horca, junto á los muros de la iglesia de All-Hallow.

—¡Su hija!

—Su hija, señor, es la esposa de Adam Wast.

—¡Esposa de Adam Wast! exclamó el rey con extrañeza.

—Aun no he concluído, señor, contestó Robín. Después de aquella catástrofe, Ketti enloqueció, y nosotros la tuvimos algún tiempo, y criamos la niña. Cuando murió el rey, Ketti, que así se llamaba, sólo tenía dos años; á los doce era la más hábil costurera de Londres.

—¡Costurera! murmuró el rey con amargura.

—Sí, señor; jamás pudimos recavar de Ketti que se presentase á vuestra gracia; cuando en un intervalo de razón Clary y yo se lo aconsejábamos, nos respondía: «no, amigos míos; si el rey no quiere reconocerla, la expongo á las venganzas de la corte; si la reconoce, la separarán de mí, porque yo soy una pobre mujer: no, no; que nunca sepa que es hija de un rey.

—¿Y ella lo ignora? preguntó con interés Ricardo.

—Sí, señor. Avanzó el tiempo, y cuando partió vuestra gracia para Tierra Santa, el hombre que las protegía, el noble y valiente conde de Salisbury, desapareció: hay quien dice que fué ejecutado secretamente en la Torre, por orden del Obispo canciller. Con el conde les faltaron los recursos, y me ví obligado á hacerme montero, para ayudar con el fruto de la caza las atenciones de mi familia, que no alcanzaban á cubrir los productos de mi taberna de Sowttwark. Un día, hace dos años, al volver á mi casa, Clary me dijo que teníamos un huésped; era Adam Wast, que venía á buscarme. Su ambición había sido burlada. A los treinta y tres años se veía reducido á la indigencia. Yo era pobre también, pero le propuse partir con él mi trabajo si quería hacerse montero. Aceptó, y otro día al amanecer nos pusimos en marcha para Middlesex-Vood. Por el camino le referí mi historia, y cometí la imprudencia de revelarle el secreto del nacimiento de Ketti.

—¿Y esa mujer es hermana del rey? me preguntó con interés.

—Sí, le contesté.

—Calló un momento, y cuando hubimos andado un tiro de ballesta, me dijo sentándose:

—Estoy enfermo, y creo que no podré llegar; sigue tú.

Yo le creí, y le dejé.

Cuando antes del toque de cubre-fuego volví á mi casa, encontré á Ketti llorosa; su madre estaba en un acceso de locura, y Clary apostrofaba fuertemente á Adam.

El miserable, aprovechando la libertad que la dejaban un momento de ausencia de Clary y la demencia de su madre, había violado á Ketti.

Corazón-de-León dió salida á un juramento y á un rugido.

—Adam, prosiguió Robín, procuraba sincerarse con Clary, y ofrecía á Ketti reparar su falta uniéndose á ella. Yo me indigné, porque ví claro el doble objeto de la infamia de Adam. Pero este me llevó á otro aposento y me dijo:

—Hemos luchado mucho tiempo buscando la fortuna; ¿por qué hemos de dejarla pasar cuando se nos presenta? Si yo me caso con esa mujer, haré de modo que el rey la reconozca, y seré rico; entonces tú dejarás de ser un mendigo.

—Pero esa mujer ama á mi capitán, le contesté.

—En efecto, Ricardo, nuestro capitán, observó Robín abandonando por un momento su relación, había dicho cuatro galanterías á Ketti, y ésta las había creído hasta el punto de enamorarse locamente de él.

—Si yo consigo casarme con ella, prosiguió Adam Wast, me importa poco tu capitán. Si me ayudas, seremos ricos.

—Señor, el demonio de la codicia se apoderó de mí, y la casualidad nos protegió. Ketti conoció que era madre; Ricardo, perseguido por los archeros del canciller, pasó por muerto, y al fin la hija de Enrique II fué la esposa de Adam Wast.

-¿Y su hijo?

-Murió, apenas dado á luz. Adam Wast, luego que se efectuó su matrimonio, se presentó al príncipe Juan-sin-tierra y le reveló el secreto del nacimiento de Ketti, exigiendo que fuese reconocida. El príncipe se negó y le arrestó en la Torre. Por aquel tiempo estuvo también arrestado un judío que venía de Tierra Santa, y que no tenía otro delito más que ser riquísimo y haber declarado su amor á la joven condesa de Salisbury, de quien estaba perdidamente enamorado el obispo canciller. Allí se conocieron Adam Wast y Saul. Los dos eran ambiciosos, y no tardaron en unirse, vendiéronse á la facción del príncipe Juan, contra la facción de Artus de Bretaña que alentaba el canciller; y engañando á éste y comprándolo á fuerza de oro, fueron puestos en libertad. Desde entonces, señor, Saul es el alma de Juan-sin-tierra, y Adam el alma de Saul. Saul derramaba su oro; Adam se mentía amigo del pueblo y se hacía su jefe, el alboroto de esta noche, sólo era con pretexto para proclamar al príncipe Juan.

Robín calló, porque había llegado al cabo de su revelación.

—De la verdad de lo que me has dicho me responderá tu cabeza, dijo el rey. ¿Pero quien me podrá probar que esa Ketti es mi hermana?

—Señor; el único que podía era el conde de Salisbury y ha muerto.

Corazón-de-León recordó entonces lo que el llavero Stek había dicho era causa de su prisión. Aquellas palabras: El obispo de Eli se empeñó en creer que no se había derramado sangre en el calabozo donde murió el conde de Salisbury... yo había lavado la compuerta después de la ejecución, hicieron nacer una vaga sospecha en el pensamiento del rey.

—¿Y vive aún el verdugo que ejecutó al conde de Salisbury? preguntó á Robín.

—Sí, señor; aun es ejecutor de Estado de la Torre.

—¡Ola! ¡Nortumberland! exclamó el rey.

Nortumberland, que por el momento desempeñaba las funciones de gentil-hombre, entró.

—Haz que lleven este hombre á una torre que le pongan un lecho, y le traten bien. Ve, continuó el rey dirigiéndose á Robín; sí pruebas que es cierto lo que dices, el rey te recompensará.

Nortumberland llamó á Glow, y le trasmitió la orden del rey. Glow condujo á su destino á Robín.

—Milord, añadió el rey, haz que se me presente el ejecutor de Estado de la Torre; asimismo que un atormentador prepare los borceguíes.

Nortumberland salió; el rey quedó paseándose agitado por la cámara.

La relación de Robín había despertado sus más crueles recuerdos; había escuchado terribles revelaciones, y tras ellas el remordimiento levantaba su faz inplacable y amenazadora. Corazón-de-León, el hombre sin miedo y sin piedad, sintió pavor de sus mismos pasos, se estremeció al ver su sombra interpuesta á la luz en los muros, creyéndola un fantasma vengador.

Reinaba el más profundo silencio. El rey se asomó á una de las ventanas de la cámara, desde donde se veía el Támesis y Sowttwark; nada quedaba del alboroto más que la roja llama del incendio del arrabal, tiñendo con reflejos rojos la ancha y serena corriente del río.

Un ruido acompasado y monótono vino á interrumpir el silencio; eran los pasos de los archeros normandos que entraban formados, con sus antiguos capitanes á la cabeza, en el terraplén á que correspondían las ventanas de la cámara. Formaron en tres filas, según la costumbre de aquel tiempo, y esperaron en silencio.

Poco después se oyeron nuevos pasos; cien archeros, á cuya cabeza cabalgaba Espada-larga, llevando á su lado otro hombre también á caballo, se detuvieron á la entrada del portal que conducía á la escalera de la Torre; Espada-larga descabalgó, y á poco después se presentó en la puerta de la cámara real.

—Y bien, dijo Corazón-de León ¿has preso á esos traidores?

—Al obispo canciller, contestó Espada-larga, sí; el príncipe Juan no estaba ya en Whitehall; había terminado el festín, y se dirigía sin duda por distinto camino á la Torre, donde he sabido tenía preparado un banquete.

—Que suba el obispo de Eli. ¡Nortumberland!

El duque entró, volviendo á salir tras algunas palabras que Corazón-de-León murmuró á su oído.

Un momento después estaban solos el rey y el canciller obispo de Eli.

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XII

EL REY SE VENDE

ERA este magnate un hombre como de cuarenta y cinco años; se llamaba Guillermo de Longchamps, y su apostura más era de soldado que de obispo, perteneciendo su traje á ambos estados. Llevaba un ropón morado y un sombrero verde, mientras en su mano se ostentaba el anillo episcopal; pero esta mano se apoyaba en una desmesurada espada, y su pecho estaba protegido por una fuerte coraza, sobre la que pendía una cadena de oro con el gran sello de Inglaterra, símbolo de su categoría de canciller; unos borceguíes de punta aguda y retorcida, armados de dos resonantes espuelas, completaban el aspecto militar del obispo.

Su semblante era uno de esos semblantes sin expresión fija, en que una expresión desaparecía reemplazada por otra, según convenía al lugar ó á las circunstancias. Este hombre, que según las crónicas de aquel tiempo era soberbio, iracundo y duro en sus palabras, cuando nada había en torno superior á él, delante del rey ostentaba un semblante sereno, noble, con una mirada en que no se leía miedo ni turbación; aun más, era el semblante alegre de un buen vasallo delante de un rey á quien es enteramente adicto, ó más bien el de un amigo que vuelve á ver á otro amigo querido tras una larga ausencia.

—¡Cuánto habéis tardado, señor! exclamó hincando una rodilla ante el rey y apoderándose de una de sus manos, que besó, á pesar de estar armada de un fuerte guantelete.

—O por mejor decir, contestó el rey levantándole y fijando en él una profunda mirada; ¡qué pronto habéis venido!

—Y sin embargo, os esperaba, señor.

Una nube sombría de amenaza pasó por la mirada del rey.

—¡Me esperabas, canciller! gritó el rey; ¡y me esperabas armado como para dar batalla! ¡Me esperabas arrojando, para recibirme, un motín entre las puertas de la ciudad y de la Torre! ¡Me esperabas como un traidor, Obispo!

—Vea vuestra gracia lo que dice. Estoy armado... Preguntad al capitán Ricardo Espada-larga cómo me ha encontrado en Westminster. Os dirá que mis hombres de armas estaban también armados hasta los dientes, que la abadía estaba defendida como un castillo, y que sin embargo, á vuestro nombre, sus puertas se abrieron y el canciller, traidor como vos decís, se dejó prender, porque así era la voluntad de su rey, á pesar de que hubiera podido defenderse con ventaja tras los muros de la abadía.

—¿Y por qué, teniendo fuerzas, no corriste á sofocar una sedición en que se proclamaba por rey á Juan-sin-tierra?

—Tened presente, señor, que el condestable de la Torre es lord Apsley, que está vendido al príncipe Juan, y que necesitabais un puesto de guerra que yo debía conservaros.

El rey dulcificó un tanto su acento, y dijo:

—Guillermo; tengo que hacerte grandes cargos.

—Empezad, señor.

—En primer lugar, ¿sabes qué ha sido del valiente conde de Salisbury?

Ricardo, al hacer esta pregunta, fijó una mirada intensa sobre el semblante del canciller, del cual ni un solo músculo se contrajo.

—Ignoro qué ha sido de él, contestó; preguntadlo á Apsley, porque de seguro, cuando un noble desaparece, los calabozos secretos de la Torre deben conocer su suerte, y sólo por orden de Apsley pueden cerrarse sobre un hombre.

—Mis capitanes normandos te acusan de haberles depuesto y preso, por haberse negado á reconocer por mi sucesor en el reino á mi sobrino Artus de Bretaña.

—Cierto es que los invité á que reconocieran al príncipe Artus por sucesor; pero también es cierto que sin duda fueron presos porque su adhesión á vuestra gracia importunaba al príncipe Juan y á su hechura Apsley.

El rey movió incrédulamente la cabeza.

—¿Y pretender la declaración de derecho á sucederme en favor de Artus, viviendo yo, gritó el rey, no es una traición?

—Vuestra gracia estaba preso en Alemania, señor, y era de temer una alevosía por parte del cobarde y cruel emperador Enrique VI. La declaración de derecho en favor de Artus de Bretaña, era una medida previsora. Yo hubiera volado al frente de un ejército á rescataros; pero contando con lo feroz del carácter del emperador; era exponerse á causar vuestra muerte.

—Acabaremos por creer que tras todo lo sucedido, gritó el rey, debemos agradecerte lo que has hecho, canciller.

Guillermo de Longchamps inclinó la cabeza en señal de asentimiento.

—Esto es ya demasiado, milord, contestó el rey, cuyo furor estalló; ¿y ese alboroto en que el pueblo pedía tu cabeza, en que te maldecía, en que te echaba en cara el hambre de sus hijos, á quién se debe? ¿Crees tú que un rey puede permitir que desuellen á su pueblo, para que otro se abrigue con su piel?

—Os digo, señor, que en esto, como en todo, me condenan las apariencias: si he gravado al pueblo con tributos, ha sido por vos señor.

—¡Por mí! murmuró el rey con extrañeza.

—Por vos, señor. ¿De dónde hubiéramos sacado los doscientos cincuenta mil marcos de plata que se han entregado por vuestro rescate al emperador, que se había desentendido de los ruegos de vuestra madre la reina Eleonora, de las excomuniones de nuestro Santo Padre Celestino, y de los amagos de guerra que yo le mostré en nombre del reino? ¿De dónde sacar los dos millones de florines que ha costado el fallo favorable de la Dieta germánica, en la acusación que os señalaba reo del asesinato de Conrado, marqués de Tiro?

-Pero yo me he justificado de esa infame acusación.

-Desengañáos, señor; sin los dos millones hubierais sido condenado.

-Mi madre ha vendido sus joyas...

-Las joyas de la reina no valían mil tarines. En fin, señor, yo he creído, que si para que se salvase un rey debe perecer un pueblo, el rey es lo primero[A]. Además, estoy pronto á entregar á vuestra gracia diez mil marcos de oro, que os servirán de mucho para hacer la guerra á Felipe Augusto de Francia, que os exigirá, á no dudar, pleito homenaje por los Estados del Poitú y la Normandía.