[A] Téngase presente la época, la situación y el carácter de los personajes, y no se hallará monstruoso este pensamiento.

El canciller, viéndose en un apuro, abandonaba su rapiña, y compraba al rey su cabeza á peso de diamante.

El rey meditó un momento; conoció sí, toda la infamia que se ocultaba tras el relato del canciller; conoció que no haciendo justicia al pueblo, el pueblo le maldeciría; pero como al mismo tiempo una mirada al acaso al través de una ventana le mostrase á sus normandos, en cuyas picas y corazas, reflejaba la luz del incendio de Sowttwark, se encogió de hombros, y dijo al canciller:

—Milord, bien hecho está lo hecho. Veté y sigue siendo leal al rey.

El negocio estaba terminado; el rey se vendía.

El canciller salió tras de haber besado la mano al rey, y murmuró para sí mientras bajaba la escalera:

—Me cuestas un tesoro; pero yo lo recobraré vendiendo tu cabeza.

Al atravesar el portal, un hombre conducido por cuatro archeros entraba. Aquel hombre iba vestido de colorado.

Era Godofredo el verdugo.

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XIII

AGIAB

EL canciller montó á caballo, y partió acompañado de su servidumbre á Westminster. Al llegar á la gótica portada de la abadía, un hombre salió de entre sus pardos pilares y se detuvo junto al caballo del canciller.

-Necesito hablaros, monseñor, dijo, y con urgencia.

El Obispo detuvo su caballo, midió de alto á bajo con una mirada particular al hombre alumbrado por las antorchas de su servidumbre, y contestó tres solas palabras:

-En buen hora.

Después echó pie á tierra y entró por medio de sus hombres de armas, que le saludaron chocando sus escudos, y llegó á su cámara, donde quedó solo con el hombre á quien había concedido aquella intempestiva entrevista, y que no era otro que el judío Saul ó Agiab.

Estos dos hombres se lanzaron una mirada sombría y amenazadora; entrambos guardaron silencio, esperando que el uno de ellos le rompiese.

—Y bien, dijo al fin el canciller; ¿qué me queréis?

—Extraño os parecerá, Guillermo, contestó el judío sentándose en un sillón, con una insolencia que hizo fruncir el entrecejo al Obispo; extraño os parecerá ver á vuestro mayor enemigo frente á vos, en una entrevista solicitada por él. Y nada tiene de extraño; he venido á proponeros unas treguas, en que ambos acometeremos á un enemigo común que se cruza á nuestro paso. Después, vencido ese enemigo, volveremos á nuestra lucha. Ese enemigo es fuerte, más fuerte que otros, porque tiene la fuerza en sí mismo. Es el rey.

El canciller miró de una manera recelosa al judío.

—No os comprendo, dijo.

—Procuraré ponerme al alcance de la inteligencia de monseñor. Ambos, vos y yo, amamos á una mujer, que no podía ser más que de uno de los dos, y que ahora no puede ser de ninguno, porque pertenece á otro. Esa mujer es lady Ester, condesa de Salisbury; ese otro es un aventurero llamado Ricardo Espada-larga, á quien vos habéis tenido la necedad de pregonar, y que siendo favorito de Corazón-de-León tiene para vos un doble derecho de muerte. Hacer desaparecer á Espada-larga no sería difícil; pero Corazón-de-León se cobraría de seguro en nuestras cabezas. ¿No os parece, monseñor, que haciendo de manera que el rey muriese, lograríamos el doble objeto de desembarazarnos de Espada-larga y dejar franco el trono para el príncipe Juan?

—Paréceme que no habéis olvidado vuestros antiguos hábitos, amigo Agiab, contestó el canciller mirando de una manera maligna al judío, que palideció al oir el nombre con que le designaba el Obispo.

—No os comprendo.

—Os toca la vez de no comprender, prosiguió el Obispo, y procuraré ponerme al alcance de vuestra inteligencia. Vos erais hace algo más de dos años un miserable judío, que moraba en uno de los barrios más retirados de Jerusalén. Vos creísteis que, venido de la Siria, dejabais allí oculta vuestra historia en el valle de Josafat. Pero no recuerdo por qué, me interesó algo conocerla, y supe que no erais vos el rico y virtuoso hebreo Saul, sino un miserable que se nombraba Agiab y que debía sus tesoros á un asesinato.

—Monseñor...

—Si no os basta mi palabra, puedo presentaros pruebas. Había en el ejército cristiano un bravo y valiente caballero; uno de esos hombres cuya virtud sin tacha y su valor sin límites lo ponían á la altura de los héroes de la fábula. Este hombre era Conrado, marqués de Tiro, que por razones que no vienen al caso, arrojó sobre sí el odio de un terrible y misterioso personaje cuyo nombre figura en la historia de las Cruzadas oculto tras el del Viejo de la montaña. Sea como quiera, vos, que poseíais todo el valor de un asesino, fuisteis encargado de asesinar á aquel valiente caballero. Sois un hombre de mérito en esa parte, y Conrado fué muerto mientras dormía; aun más, le robasteis, Agiab, y huísteis con vuestra presa no tan pronto, sin embargo, que no pudieseis ser conocido por un hombre, valiente también, que acudió á los gritos del infortunado Conrado. Aquel hombre era Ricardo Espada-larga, de cuyas manos escapasteis por la casualidad, feliz para vos, de haber sido arrojado por su caballo cuando os perseguía. Vos, por vuestra elección, hubierais permanecido en Jerusalén, pero tuvisteis miedo. Seamos, pues, francos. El motivo que os impele á querer deshaceros de Espada-larga es de todo punto independiente del amor; una rivalidad no os hubiera detenido; tenéis suficiente oro para hacer robar á lady Ester, y...

—Os engañáis, monseñor; soy tan pobre ahora como el más miserable. El pueblo me ha robado y ha incendiado mi casa.

—Es decir...

—Que vengo á pediros una alianza; vos me daréis oro; yo compraré un hombre.

—¿Y habéis pensado en él?

—Sí.

—¿Es valiente?

—Es ambicioso.

—¿Cómo se nombra?

—Adam Wast.

—Pero ese hombre está preso, y yo no respondo de su cabeza.

—Compraré al verdugo.

—Es aventurado.

—Dejadme hacer. Cuento con vos.

—Creo que si alguien hay aquí que pueda imponer condiciones, soy yo, dijo el canciller. Tú, miserable instrumento, no tienes que elegir. O salvarte conmigo, ó perecer solo. Una sola palabra mía haría caer tu cabeza.

—Bien, balbuceó Agiab levantándose; ¿y qué he de hacer?

—Invertir bien este oro, dijo el canciller, abriendo un armario y arrojando una bolsa á los pies del judío, que la alzó; y ahora salir por aquí.

El canciller tomó la lámpara que alumbraba sobre la mesa, llegó á uno de los muros y oprimió un resorte. El muro se rasgó como obedeciendo á un conjuro, dejando descubierta una oculta salida, por donde se perdieron el hebreo y el canciller.

Media hora después, Agiab llegaba á la horca del collado de la Torre al mismo tiempo que Godofredo. Saul habló algunas palabras al oído del verdugo, y éste le hizo entrar en el sótano de la horca, cuya puerta se cerró tras ellos. Algún tiempo después se abrió; el judío se dirigió á la puerta de Lions-Gatte, y la hizo abrir á fuerza de oro. Bajó á la ribera del río, llamó á una cabaña de pescadores, y á precio exorbitante compró una pequeña lancha. Poco después, protegido por la niebla se ocultó bajo el arco de la Torre del Traidor.

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XIV

EL VERDUGO DE LA TORRE

LA escena que había tenido lugar entre el rey y el verdugo fué muy corta.

Godofredo entró y se arrodilló ante el rey, permaneciendo en aquella postura.

-¿Cómo te llamas? le preguntó el rey.

-El verdugo de la Torre, contestó Godofredo sin levantar la vista del suelo.

-Tu nombre, insistió el rey.

-No tengo nombre.

-¿Cuánto tiempo hace que ejerces tu profesión en la Torre?

-Dos años, señor.

-¿A qué clase pertenecías antes de ser ejecutor?

-Lo he olvidado, señor.

Nublóse el semblante del rey, cuya mirada estaba fija hacía algunos momentos en el semblante de Godofredo; creyó reconocer en él á un antiguo amigo; pero estaba tan desfigurado Godofredo, que rechazó esta idea como un delirio.

—¿Fuiste el ejecutor del conde de Salisbury?

—Para el rey y los hombres sí; para Dios no.

—¡Cómo!

—La Torre donde se preparó la ejecución, tenía salidas secretas que me eran conocidas, y le dejé escapar.

—¿Y te atreves á decir eso al rey?

—Poderoso señor; desde entonces guardo un secreto para vuestra gracia, que me fué confiado por el conde de Salisbury.

—Y ese secreto...

—Cuando entré, señor, en el calabozo, el conde hacía su confesión, que escuché, porque no repararon en mí y me protegía la oscuridad. En la confesión oí revelaciones en que entraba por mucho el nombre de vuestra gracia. El conde moría asesinado por la traición. Cuando salió el sacerdote, yo me adelanté; creía encontrar un hombre débil, y encontré un valiente; esto acabó de interesarme en su favor. Estaba conmigo Stek el llavero.

—Lástima es que este hombre muera, me dijo.

—¿Quieres que le salvemos? contesté.

—¿Qué órdenes tienes?

—Arrojar por la compuerta la cabeza y el tronco, contesté, encerrados en un saco, con una piedra á los pies.

—¡Ah! ¡ya! me contestó; es una ejecución secreta. Luego dijo al conde; caballero, ¿sabéis nadar?

—Sí, contestó.

—Pues bien; si nos dais vuestra palabra de honor de huir sin revelar á nadie que os hemos salvado, os salvaremos.

—¿Y le salvasteis? esclamó con ansiedad Corazón-de-León.

—Sí, señor; abrimos la compuerta de hierro, y antes de arrojarse al Támesis, me dijo: «has hecho un servicio al rey, y el rey te lo recompensará. Voy á encerrarme en un monasterio mientras el rey está ausente. Yo no podré fiarme de nadie sino de vosotros; mi espada está en la conserjería de la Torre: dí que te la dejo, y exige que te la entreguen; cuando venga el rey preséntate á él con la espada y afírmale sobre ella, que estoy retirado en el monasterio de San Bridge.»

—¿Y dónde está la espada?

—La he perdido, señor.

—¿Tenía alguna seña particular?

—Sí, señor; entre los gavilanes un blasón con un león rapante en campo de oro.

—¡El es! ¡El es! gritó con alegría Corazón-de-León. Alza, añadió dirigiéndose al verdugo, y pídeme una gracia.

—¡Una gracia, señor! Pues bien; deseo ejecutar á los reos que se sentencien por resultado de la traición de esta noche.

—¡Sólo eso me pides! exclamó el rey asombrado.

—Sólo eso, señor.

—Pues bien, concedido. Ve por tu hacha; porque pronto harás falta en la Torre.

Cuando Godofredo llegaba á su sótano en busca del instrumento fatal, fué cuando encontró junto á la puerta á Agiab.

Concluida su corta entrevista con éste, volvió á la Torre y se puso á las órdenes de Glow.

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XV

EL PRÍNCIPE JUAN

EL rey entre tanto había revistado á sus normandos, que le habían recibido en medio de las más frenéticas aclamaciones; había recorrido los puestos, y entraba en la sala del Consejo.

Junto al trono, á poca distancia, había una gran mesa cubierta por un mantel de púrpura, sobre el cual se veían multitud de manjares; en el centro de ella había un objeto extraño, por lo que permitía descubrir el paño negro que lo cubría, y dos candeleros de oro con velas de cera colocados sobre la mesa irradiaban su resplandor, recortándolo en los cornisamentos de las ocho columnas de madera, forradas de terciopelo que sostenían la magnífica ensambladura de la Sala del Consejo.

A alguna distancia de la mesa había ocho pajes jóvenes vestidos de brocado, como si esperasen la llegada de su dueño para servir el banquete; más atrás estaba el verdugo de pie é inmóvil; algo más allá Glow el llavero, junto á un hombretón que era el atormentador, y más atrás, en fin, inmóviles como estatuas de hierro, había una veintena de archeros apoyados en sus picas.

Al mismo tiempo que el rey observaba en silencio todo este aparato, una cabalgata de jóvenes señores entraba en Tames-Square. Todos iban silenciosos, escepto uno que reía, cantaba ó apostrofaba á sus silenciosos compañeros, que detuvieron sus caballos junto á la primera entrada de la plaza, desde donde se alcanzaba á ver la Torre.

—¡Hola, valientes! gritó el joven soltando una estrepitosa carcajada; ¿con qué es verdad que os causa miedo mi castillo?

—Y terrible contestó uno de ellos.

—Pánico; repuso otro.

—Glacial; añadió un tercero.

—¿Qué piensas de esto, Huberto? dijo el que había hecho la anterior pregunta.

—Lo que pienso, príncipe, es que os dejo para esconderme, y vos debéis hacer lo mismo, porque el diablo anda suelto.

—¿Y tú que dices, Sidney?

—Exactamente lo mismo que el justiciero.

—¿Y tú, Oxfford?

—En cuanto á mí, si estuvieran abiertos los embarcaderos, desde que oí el primer pregón, hubiera ganado una barca y estaría hace una hora con rumbo á Francia.

—Será necesario creer que Dik[B] está en Londres.

[B] Diminutivo de Ricardo.

—¡Pues no! contestó el nombrado Huberto; ¿quién sino él hubiera sofocado el motín de esta noche? ¿á qué habían de ir esos heraldos pregonando su nombre á son de trompeta por la ciudad?

—¡Bah! ¡Bah! sois muy crédulos, milores; apostaría mi cabeza contra un penique á que está ahora durmiendo muy tranquilo en su calabozo de Francfort.

En aquel momento dejóse oir á lo lejos sonido de trompetas, que se aproximaban con rapidez. La brillante cabalgata se dispersó á la carrera en distintas direcciones, como obedeciendo á un impulso simultáneo, dejando solo á aquel á quien habían llamado príncipe, que puso al trote su caballo atravesando á Tames-Square en dirección al rastrillo de la Torre. Pero de repente el caballo se detuvo asombrado, sin que bastasen los repetidos espolazos del jinete para hacerle adelantar, y de tal modo, que éste se vió precisado á echar pie á tierra para inquirir la causa del asombro del caballo. Nada vió; la niebla era densísima, y en vano pretendió hacer avanzar á su caballo asiéndole del diestro; por el contrario el bruto dió un bote, se desasió y huyó lanzando un relincho de espanto.

—Tú también me abandonas, dijo el joven; en un bruto, pase; pero ellos... ¡Oh! son unos cobardes, y no merecen que yo les dé más festines.

Después se dirigió al rastrillo, pero antes de llegar tropezó en un bulto y cayó; levantóse lanzando un juramento, y palpó el objeto que le había hecho caer; su mano se posó sobre el frío rostro de un cadáver, y se tiño de sangre.

—¡Diablo! murmuró el joven, ya no extraño el asombro del animal; el lance ha sido caliente.

Y entonando á grito herido una balada escocesa, llegó al borde del foso.

—¿Quién va? gritó una voz desde la almena.

—Inglaterra, gritó el joven con acento alegre; yo, el príncipe Juan; abajo el rastrillo.

Las pesadas cadenas rechinaron y el puente cayó con estruendo sobre el foso. Juan-sin-tierra le atravesó saltando, entonando siempre su balada.

Tras él se cerró el rastrillo, y atravesando patios, pasadizos y escaleras, llegó á la Sala del Consejo y se arrojó en uno de los sillones.

—¡Ola! Smiht, Slow, Sunderi, Kewin, mis buenos capitanes, dijo, venid á hacerme compañía. ¿Qué es esto? añadió notando que nadie le contestaba; ¿y qué hacéis vosotros, canallas, que no me servís? insistió dirigiéndose á los pajes.

Ninguno se movió; pero Glow adelantó hasta la mesa, y tirando del paño negro, quedó descubierta una reluciente hacha en el centro de ella.

—¿Qué significa esto? gritó poniéndose de pie y empuñando la espada.

—Esto significa, gritó Ricardo Corazón-de-León saliendo de detrás de una columna y asiéndole de un brazo; esto significa, gobernador de Normandía, que el rey ha añadido una pieza más á vuestro banquete. Pero comed, si tenéis hambre; bebed, si tenéis sed. El rey espera.

Juan-sin-tierra lanzó una larga y alegre carcajada al reconocer al rey, y exclamó:

—¡Ah! ¿eres tú, Dik? ¿y yo no lo había querido creer? Me alegro, me acompañarás; ¡me han abandonado mis cobardes amigos!

Y sin inmutarse, sin contraerse, de la manera más natural, se sirvió un enorme pedazo de lomo de jabalí.

Corazón-de-León enmudeció de asombro; los circunstantes miraron con respeto y aun con miedo aquel loco, que así se chanceaba con la muerte. Juan-sin-tierra era el hombre inalterable, que más tarde debía decir á sus cortesanos, que le anunciaban la ocupación por Felipe Augusto de los Estados de Guinea, Poitú y Normandía; dejadle hacer, yo le tomaré en una hora doble tierra que la que él me ha robado en tres meses.

El rey despidió á la servidumbre y á los soldados con un ademán imperioso, y quedaron solos los dos hermanos.

—¿Sabes, Juan, dijo el rey, que me siento inclinado á hacer contigo un escarmiento?

—Y bien, no pasará de ahí, contestó tranquilamente Juan engullendo un tasajo: soy tu hermano menor, y no te expondrías á que Dios te diga como á Caín: «Ricardo, ¿qué has hecho de tu hermano Juan?»

Corazón-de-León dudó si debía mandar sepultar en un calabozo ó abandonar como á un loco aquel joven gallardo y frívolo que de una manera tan original desafiaba su cólera.

—Sin embargo de eso, observó después de un momento de silencio el rey, nosotros hemos provocado alguna vez la justicia de Dios; ¿crees que el que se rebeló contra su padre y en unión con sus hermanos le destronó y causó su muerte, no se atreverá á poner tu cuerpo en el tormento, tu cabeza en manos del verdugo?

—Y bien; prefiero eso, contestó el príncipe llenando tranquilamente una copa, á verme reducido á la nada, encerrado en una torre, sin mujeres, sin cortesanos, sin vino: lo prefiero mil veces.

—Pues bien; eso será, gritó el rey, eso será si no me revelas tus cómplices.

—¿Cómplices? yo no tengo cómplices, ó si los tengo no los conozco; no sé si se trata de mí más que cuando oigo gritar: viva el rey Juan, ó abajo Juan-sin-tierra. ¡Abajo, vive Dios! es una originalidad; ¿qué más abajo quieren á Juan, que sin tierra?

—Paréceme, Juan, que eres un traidor consumado.

—¿Traidor? No por cierto. Tú estabas ausente; tu trono vacío, enteramente vacío, y dije para mí: «El pueblo cree muerto al rey, y me elige por su sucesor. Aceptemos, gocemos un momento su corona, y cuando vuelva mi hermano devolvámosela.» Yo hubiera deseado tu vuelta á los dos meses de mi coronación, porque todo me cansa pronto; pero tú te has encargado de que no tenga tiempo para fastidiarme; pues bien, ahí tienes tu corona: en cuanto á mí, dame lo suficiente para poder tener de vez en cuando un festín, y no quiero más.

Este razonamiento, pronunciado con la mayor sangre fría, puso el colmo al furor de Ricardo.

—Príncipe Juan, nos os quitamos, dijo, el gobierno de Normandía, os declaramos reo de alta traición, y sólo os dispensaremos nuestra clemencia cuando pongáis en nuestra noticia el nombre de vuestros cómplices.

—¿Y qué más? dijo el príncipe con una sonrisa picaresca.

—¡Juan! gritó el rey exasperado.

—¡Dik! contestó Juan-sin-tierra remedando al rey.

—Está borracho; ¡voto á...! el rey se detuvo y meditó.

—¡Hola! añadió dirigiéndose á la puerta; ¿está ahí el atormentador?

—Sí, señor, contestó Glow apareciendo en el umbral.

—¿Y el ejecutor?

—También.

—Seguidme, príncipe, dijo el rey.

Juan-sin-tierra se levantó casi ebrio, y asió un brazo del rey, siguiéndole así hasta el recinto de los calabozos donde estaba la sala del tormento, en la cual entraron.

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XVI

EL CONDE DE SALISBURY

CREEMOS que el lector no habrá olvidado al extraño personaje que se había presentado en el aposento de la condesa de Salisbury, bien á tiempo por cierto para cortar la desagradable escena que tenía lugar entre ésta y Agiab, ni la profunda impresión que la vista del desconocido produjo en Ester, haciéndola arrojarse á sus pies.

Nosotros no queremos ser misteriosos por más tiempo, y nos apresuramos á decir que aquel hombre de hermosa y noble fisonomía era el conde de Salisbury.

Era el valiente y leal caballero amigo de Enrique II; el que había presenciado su agonía; el poseedor de sus secretos y el que, muerto el padre, había servido al hijo con la misma adhesión, con la misma lealtad.

Es cierto que Ricardo había observado una conducta criminal con su padre, rebelándose contra él y siendo en cierto modo cómplice de su muerte; pero había sido engañado; Salisbury, que no hubiera podido tolerar la vista de Enrique el joven, halló en el dolor y en el arrepentimiento de Ricardo motivo bastante para perdonarle como hombre, lo que Enrique II le había perdonado como padre.

Ricardo, por su parte, indomable y feroz para todos, se dejaba dirigir por el conde; le consultaba sus actos de gobierno, los proyectos que le sugería su genio guerreador y aventurero, y se doblegaba á sus consejos: en una ocasión, empero, fueron inútiles los esfuerzos y las súplicas de su viejo amigo. Ricardo resolvió partir á Tierra Santa, y partió dejando su reino abandonado en manos extrañas, avezadas de viejo á la traición, y que tal vez pretendían arrancarle traidoramente la corona de sobre su yelmo de combate. Una doble causa impulsaba á Ricardo: estaba entonces á la orden del día (digámoslo así) que los reyes cristianos fuesen á derramar sangre sobre el sepulcro del Salvador, y por otra parte, el joven Felipe Augusto de Francia, ya con gloria por el feliz éxito de algunas empresas arriesgadas, y enemigo, por tanto, aunque simulado, de Ricardo, acababa de partir con gran pompa, y seguido de una falanje de caballeros, á arrancar de manos de los infieles la Santa ciudad, conquistada por Saladino al débil Guido de Lusiñán. Ricardo aprestó, como sabemos, lo mejor de sus caballeros, y partió dejando la condestablía de la Torre á Salisbury con quinientos normandos para su defensa, en cuya adhesión tenía gran seguridad. Poseer la Torre era poseer á Londres; poseer á Londres era ser rey de Inglaterra.

Pero no tardaron en mostrarse los resultados que Salisbury había temido á la partida del rey. Guillermo de Longchamps, canciller del reino, se atrevió á decir en el seno del Consejo que era necesario declarar el derecho de sucesión al trono para el caso probable de que Ricardo muriese en Palestina; halló apoyo, y Artus de Bretaña, sobrino del rey, fué declarado su heredero: de aquí resultó que Juan-sin-tierra, apoyado por su madre Eleonora de Guiena, regente del reino, interpusiese su mejor derecho, y la nobleza se dividió en tres bandos; los unos en pro de Artus, bajo la bandera de Juan los más, quedando muy pocos en el partido del rey, á pesar de los esfuerzos de Salisbury.

Ester era enemigo respetable; la Torre estaba en su poder, y su posición pesaba de una manera notable en la balanza política. Tratóse, pues, de comprarle por entrambas partes, y Salisbury desechó con indignación la primera propuesta. Sabemos el resultado de su negativa: desapareció un día que había sido llamado por el Obispo canciller, y como no se volviese á saber de él, Apsley fué nombrado condestable de la Torre. A esto siguió el encarcelamiento de los adictos á Ricardo, y los sucesos de que ya tienen conocimiento los lectores.

Cuando Salisbury fué arrojado al Támesis por la compuerta de la Torre del Traidor, ganó silenciosamente la orilla, tomó tierra y se dirigió al monasterio de San Bridge, cuyos monjes eran adictos al rey, habiendo sido uno de ellos confesor de Enrique II, al par que lo era aún del conde de Salisbury, y los muros del monasterio ocultaron también al fugitivo: fué éste tan prudente, que su muerte se dió por cierta, y su hija fué puesta en posesión de su herencia.

Sin embargo, el conde, una vez en el monasterio, observaba las prácticas religiosas de una manera rígida, y se había hecho un modelo de austeridad para con los monjes más severos. Jamás salía del convento, ni hablaba con otro que con el padre Williams, su confesor, y que lo era á la sazón de su hija.

Ester era religiosa y practicaba; una vez arrodillada ante el confesonario, desplegaba su alma y la mostraba hasta en lo más recóndito.

Los monjes no se veían en el confesonario; llegaban á él por el interior del monasterio, y sólo comunicaban con el penitente al través de una pequeña reja abierta en un nicho profundo y oscuro que correspondía á la iglesia.

Una vez allí, el misterio y la oscuridad presidían al solemne acto; y la voz del monje, partiendo desde lo profundo, parecía en cierto modo la voz de Dios desde la eternidad.

Siempre que Ester confesaba, su padre asistía al confesonario junto al padre Williams, esto podía ser sacrílego y malo; pero así sucedía.

Por este medio Salisbury conocía la sed de venganza de Ester, sus padecimientos, sus alegrías, su amor á Espada-larga, la conciencia de su hija estaba abierta ante él como un libro, y por lo tanto, cuando pasada la primera sorpresa contó á su hija el modo milagroso con que había salvado su vida; cuando llegó el caso de que Ester quisiese referirle su historia, la interrumpió pronunciando estas solas palabras:

—Todo lo sé, y me alegro de saberlo tal como es; porque de otra manera, lo que ahora encuentro noble y grande, me hubiera parecido criminal y vergonzoso.

—¡Ah, señor! murmuró Ester.

—Y bien, ¿nada tenéis que pedirme?

—Nada, si todo lo sabéis, señor, contestó Ester, fijando sus hermosos ojos en su padre.

—Comprendo... Ricardo Espada-larga... Y bien, es pobre, sin nombre, un aventurero en toda la fuerza de la expresión; ¿pero sabes tú si cuando conozca su origen será para él un objeto de ambición tu amor?

—¡Señor...!

—Su nombre es un misterio semejante al nacimiento de una mujer por cuya causa estoy aquí.

—¡Cómo!

—Desde que la peste aflige á Londres, paso las noches auxiliando moribundos; necesito hacer bien para consolarme del daño que me han hecho los hombres. Pues bien; esta noche volvía de auxiliar á un desgraciado, cuando al pasar por entre la horca del collado de la Torre y la iglesia de All-Hallow, llegó á mi oído el acento de una mujer que cantaba, aquella voz me era muy conocida: á poco la puerta de aquella casa se abrió, y la joven que había cantado salió. Entonces del sótano de la horca salió un hombre y siguió á la mujer, yo les seguí también. Aquel hombre y aquella mujer entraron en tu casa.

—¡Ketti! ¡Ricardo! exclamó Ester.

—Cabalmente, esperé y salieron; seguíles de nuevo, y entraron en una taberna en Sowttwark.

—¡En una taberna! dijo Ester con una amargura en que se traslucían el orgullo ofendido y los celos.

—Sí, en una taberna. Pero en aquella taberna murió Enrique II de Inglaterra, y los jóvenes que entraron en ella eran hijos de Enrique II...

—¿Con que son...? dijo Ester, no atreviéndose á proseguir.

—Hermanos, contestó el conde.

—¡Ricardo! ¡Ketti! hermanos.

—Sí; él es hijo del rey y de lady Rosmunda; ella debe la vida á Enrique II y á una bailarina. Más tarde te referiré esas historias.

El estupor no permitía hablar á Ester; su padre prosiguió:

—Yo conservaba una llave que tenía el rey para visitar á la bailarina, y corrí á buscarla á San Bridge. Volví con ella, y entré sin ser notado.

—¡Oh! sí, recuerdo, dijo Ester, que un día, cuando confesaba con el padre Williams, éste me pidió una llave que debía existir en el lugar de vuestro aposento que me indicó: al día siguiente le llevé la llave.

—Sí, dijo el conde; necesitaba derramar lágrimas, necesitaba consuelos, y en aquel aposento los hallaba; parecíame estar en él junto á Enrique II, teniendo sobre sus rodillas á su pequeña hija, y cuando arrojaba una mirada al lecho, mis lágrimas corrían; porque aquel fué el lecho de muerte del rey.

Salisbury suspiró, calló un momento, y después contó á su hija la historia de los amores del rey con Ketti, y la escena que aquella noche tuvo lugar en la taberna.

—¿Y dónde está Ketti? preguntó Ester cuando su padre hubo concluído.

—En esa cámara inmediata.

—¡Oh! ¡que entre! ¡que entre!

—Sí; pero tened cuenta, hija mía, con que esa desgraciada ama á Ricardo, y si sabe por mí que es su hermano.

Ester abrió la puerta y llamó á Ketti; la niña entró pálida y llorosa y se arrojó á los pies de Ester.

—¡Oh! ¡perdón señora! ¡perdón! yo no sabía que era mi hermano, exclamó arrojándose á sus pies y juntando sus manos.

La expresión de dolor, de amargura y de amor del hermoso semblante de Ketti, era sublime como la del rostro de la Virgen del Descendimiento de Rubens.

Ester levantó apresuradamente á la joven, y contestó á la súplica de Ketti abrazándola conmovida y sellando un beso en su frente. Ketti reclinó la cabeza sobre el hombro de Ester y rompió á llorar; Salisbury caló la capucha de su manto sobre los ojos para ocultar su conmoción.

En aquel momento, en el mismo sitio que se detuvo el heraldo que pregonaba la cabeza de Ricardo Espada-larga, se detuvo otra cabalgata; sonaron otra vez trompetas, y la voz del mismo heraldo se elevó proclamando la vuelta del rey y su estancia en la Torre.

Salisbury se puso de un salto en la ventana; el primer objeto que vió fué el rostro del conde de Surrey alumbrado por las antorchas.

—¡Milord! ¡conde de Surrey! gritó.

A aquella voz las antorchas se elevaron iluminando la ventana, y Surrey vió la noble cabeza de Salisbury, que había arrojado atrás la capucha.

Surrey se arrojó del caballo, entró en el zaguán, y siempre con el pendón real, entró instantáneamente en la cámara donde se hallaba Salisbury.

Miró un momento con sorpresa al conde y le abrazó.

—¡Por San Jorge! dijo; ¿aun vivís?

—Sí, exclamó Salisbury, y quiero ver al momento al rey.

—¡Pues á la Torre! contestó Surrey.

—¡A la Torre! sí, vamos; y vosotras también, hijas mías.

Diez minutos después, Salisbury cabalgaba llevando sobre su caballo á Ester, junto á Surrey que conducía de igual manera á Ketti. Había concluido la proclamación, y los archeros apagaron sus antorchas para evitar lo extraño que debía parecer un caballero llevando sobre su cabalgadura una hermosa joven y en la diestra el pendón real.

Deberemos decir que esta precaución era inútil: llegaron á la Torre sin haber encontrado un alma viviente en el camino.

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XVII

LA SALA DEL TORMENTO

ERA esta, en la Torre de Londres, un ancho recinto abovedado, oscuro y profundo, bajo la Torre de Roberto el diablo á la cual servía de cimiento.

Era horrible el aspecto de esta sala; colgaban de las paredes sierras, gárfios, ruedas, poleas, mazas, tornillos y otros instrumentos aterradores; en el centro estaba el potro, y junto á él el aparato para el tormento denominado de los borceguíes.

Era éste un lecho de cuero algún tanto inclinado; en su parte inferior, sobre un barrote, había clavada una especie de caja ancha y larga, lo bastante para dar cabida á los pies de un hombre hasta más arriba de los tobillos.

Cuando entró el rey con el príncipe Juan, encontró el tormento preparado, y los hombres indispensables para él colocados en sus puestos, á la manera que la servidumbre de una pieza próxima á entrar en fuego.

Frente al tormento preparado, había una mesa con recado de escribir y pergaminos en blanco; sentado tras esta mesa había un hombre de fisonomía severa, vestido con una hopalanda talar, cubierta la cabeza con un birrete, y ciñendo una estrecha y larga espada pendiente de una banda roja; era el jefe de la prebostía de la Torre, y su misión allí era la de anotar la declaración del reo puesto á la prueba del tormento.

Junto á este hombre había otro vestido de negro, de fisonomía indiferente y glacial; era un médico destinado á marcar el momento en que el paciente no pudiese tolerar la prueba sin peligro de su vida.

Inmediatamente junto al aparato de los borceguíes había un negro etiope, vestido de amarillo, de expresión estúpida y estatura atlética y membruda: el verdugo de la Torre, Godofredo, teniendo á sus pies un saco de cuero y su hacha al hombro, estaba tras la mesa del preboste. Junto á un tosco altar en que ardían dos velas, estaba arrodillado el clérigo destinado á auxiliar á los que morían en la Torre; últimamente, Glow con algunos hombres de armas estaba junto á la puerta.

Corazón-de-León miró con repugnancia todo éste aparato, en tanto que el príncipe seguía inalterable sin dejar de dispensar una horrible chanzoneta á cada uno de aquellos aterradores aparatos, á cada uno de aquellos rostros sombríos, que se fijaban en el príncipe Juan, creyéndole destinado á representar la parte del protagonista; pero no debía suceder así. El rey buscó á Glow con la vista, y al encontrarle dijo:

—Que bajen los reos.

—¿Quiénes, señor?

—Adam Wast y Robín.

Glow salió con algunos archeros, y volvió con los presos trascurridos algunos segundos.

Adam Wast entró con paso reposado y continente altivo, y se detuvo entre los guardias cuando hubo entrado en la sala; Robín, al notar el extraño aparato del tormento, palideció y hubieron de sostenerle.

—Adelante los reos, dijo el rey.

Adam Wast adelantó hasta llegar al tormento, como si concibiese que de allí no debía pasar; Robín fué traído á la fuerza hasta cerca del rey.

—¿Cómo te llamas? preguntó Corazón-de-León á Adam Wast.

Este pronunció en voz clara su nombre, añadiendo el de su profesión y el de su país.

—¿A quién reconoces por tu señor natural?

—A las leyes inglesas.

Ricardo frunció el gesto y adelantó un paso.

—¡Vive Dios, traidor! gritó; en Inglaterra no hay más ley que la voluntad del rey.

Adam Wast no contestó; pero fijó una mirada terrible en el rey.

—¿Por qué estás aquí? continuó el rey reprimiéndose.

—No lo sé, contestó Adam Wast.

—¿Conoces á este hombre? dijo Ricardo señalando á su hermano Juan.

—No, señor, contestó con la mayor impudencia Adam.

—¿Y vos, príncipe, le conocéis? preguntó el rey á Juan-sin-tierra.

Este, que estaba distraído contemplando con faz burlona la original catadura del preboste, que sudaba de angustia no pudiendo seguir cómodamente el interrogatorio sobre el pergamino en que estampaba con mano temblona enormes caracteres, volvióse al escuchar la pregunta, y contestó:

—¿Me preguntabas, Dik?

El rey, con una paciencia inusitada en él repitió acentuadamente su pregunta.

Juan-sin-tierra fijó su vista en Adam Wast, detúvose un momento contemplando con una insolente expresión su rostro, y dijo extendiendo hacia él su brazo y señalándole con el dedo:

—¿Quién? ¿ese tuno? ¡vaya si le conozco! Conózcole tanto, como que le mandé encerrar en la Torre, por no sé qué parentesco que tuvo el villano atrevimiento de alegar entre nosotros y una mujerzuela. Me acuerdo de que en aquel momento le predije que vendría á parar en manos del verdugo.

El acento de Juan sin-tierra era tan burlón, tan seguro, que el rey hubiera dudado, á no ser por la severa mirada de reconvención que brilló en los ojos de Adam Wast.

—El príncipe asegura que te conoce, dijo el rey: ¿qué tienes que oponer á eso?

—El príncipe miente ó se engaña, dijo agriamente Adam Wast.

A una seña del rey, aquél fué sujeto por la cintura y por los brazos con correas unidas á él; á pesar de su carácter bravío, Adam Wast palideció y murmuró una plegaria pidiendo fuerzas, no sabemos si á Dios ó al diablo.

—¿Te obstinas en callar? preguntó Ricardo.

—Nada tengo que decir acerca de eso, más que lo que he dicho.

—¡Una cuña! gritó el rey al atormentador.

Los pies de Adam Wast fueron colocados en el cajón; entre ellos puso el negro dos tablas, y entre las tablas introdujo una cuña de encina que hizo entrar á golpes de maza en la juntura.

Una convulsión agitó los miembros de Adam Wast, y su semblante se contrajo devorando una expresión de dolor.

El rey se volvió á Robín.

—Empieza tu acusación, le dijo.

Un sudor frío, sudor terrible, como debe ser el de la agonía, pasó por Robín, á quien el miedo enmudeció.

—¡Al potro! dijo el rey.

—¡Ah! ¡no, señor! gritó llorando Robín y arrojándose á los pies del rey; ¡yo lo diré todo, señor!

El atormentador, que se lanzaba ya sobre Robín como un tigre hambriento sobre su presa, se detuvo á su despecho á un ademán del rey; Robín, trémulo, sin levantarse del suelo, acusó á Adam de violencia contra Ketti, de traición al rey; dió á conocer los detalles de la conspiración hasta que fué llevada á cabo; nombró los cómplices que conocía, hombres todos oscuros, y calló.

—¿Qué tienes que oponer á eso? dijo el rey á Adam Wast.

—Que es falso; dijo el paciente.

—¡Otra cuña! gritó el rey.

El atormentador introdujo una segunda cuña, y Adam no pudo reprimir un ligero grito de dolor; sus pies se habían amoratado al principio, y al entrar la cuña en su lugar, brotó de ellos sangre.

Adam Wast era valiente; otros lo hubieran revelado todo á la segunda prueba; él, sin embargo, no contestó á una nueva pregunta del rey.

—¡Dos cuñas más! gritó furioso Corazón-de-León.

Al primer golpe del mazo, los huesos crujieron y la sangre manchó el suelo; Adam, no pudiendo sufrir más, lanzó un grito que estremeció de espanto al sacerdote, al preboste, á Glow y á los archeros; el rey y el verdugo se mostraban impasibles; Juan-sin-tierra gozaba, el etiope descargaba frenético con inmensa y cruel satisfacción furibundos golpes sobre la tercera cuña, que rechinaba al par que los huesos crujían; el tigre devoraba su presa.

—¡Perdón! ¡perdón! gritó con horrible acento de dolor Adam; ¡yo lo revelaré todo, toto!

El rey mandó sacar la tercera cuña. Adam, doblegado, vencido por el tormento, lo confesó todo, y nombró por cómplices al príncipe Juan, al gran justiciero Huberto, al judío Saul y á los condes de Sidney y Oxfford.

Cuando hubo concluido, pidió gracia al rey.

—Concedida, contestó Ricardo; en vez de morir ahorcado como un villano, serás degollado como un noble.

—¡Perdón; señor!

—¡Miserable! si sólo hubieses atentado á nuestra corona, si sólo á nos hubieses herido, podría el rey perdonarte; pero tú has violado una mujer, la has adoptado como un medio á tu ambición, la has hecho desgraciada, á pesar de que sabías el secreto de su nacimiento; después has conspirado, y el incendió de Sowttwark y la sangre de algunos inocentes pesan sobre tu cabeza. ¡Ola, sacerdote! preparad á este hombre para que muera en el término de una hora; Glow, haz que se prepare su ejecución en la Torre del Traidor; ejecutor de la Torre, dentro de una hora me presentarás su cabeza.

El atormentador desató las ligaduras del reo; sentáronle en un sillón, y conducido por dos archeros, siguió al verdugo, que caminaba delante llevando un saco de cuero y el hacha al hombro con el filo vuelto hacia él.

El rey y el príncipe quedaron solos.

—En cuanto á tí, Juan, esta misma noche partirás en la galera que me ha traído á Francia, donde el rey te señalará una renta digna de un príncipe real.

—¡Oh! ¡muchas gracias, querido Dik! me acabas de dar un brillante espectáculo, y concluído me envías á París. ¡ Muchas gracias! Bien mirado, ya estoy hastiado de Londres.

Llegaban á la puerta, cuando un hombre armado se precipitó en la sala; era Surrey.

—Señor, dijo; el conde de Salisbury está en la cámara de vuestra alteza.

—Bien, bien; os doy las gracias por vuestra eficacia, querido Surrey; pero aguardad.

El rey fué á la mesa, y escribió tres pergaminos que selló con su anillo.

Después los entregó á Surrey, y dijo á Juan-sin-tierra.

—Príncipe, quedáos con el conde de Surrey.

Tras esto salió precipitadamente de la sala del tormento.

—El rey me manda conduciros á París, dijo el conde, bajo la protección de Felipe Augusto.

—¿Y si yo no quisiera ir?

—Seríais un loco, príncipe, añadió señalando un segundo pergamino; porque el rey os ama; manda al obispo de Eli os entregue cincuenta mil florines para vuestros gastos en este año.

—¡Ah! en ese caso, contestó el príncipe soltando una alegre carcajada, es un partido aceptable.

Y apoderándose del brazo de Surrey, salió.

El tercer pergamino que el conde había guardado decretaba el arresto de los condes de Sidney y Oxfford.

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XVIII

EN QUE EL REY ENCUENTRA OTROS DOS HERMANOS

EL rey se precipitó en su cámara, y se arrojó á los brazos de un hombre, que con la misma efusión le salió al encuentro; era al anciano conde de Salisbury.

—¡Oh! ¡por San Jorge! gritó el rey; he de perpetuar la memoria de este día en un monumento; ha sido muy feliz para mí.

—Y aun puede serlo más, señor, porque podéis cumplir la última voluntad de vuestro padre.

—¡Oh! sí, la cumpliré, dijo el rey; pero estoy impaciente por conocer tu historia, milord: te escucho.

Salisbury refirió al rey lo que ya había referido á su hija; Corazón-de-León escuchaba absorto la relación de los infortunios que su lealtad había arrojado sobre el buen caballero.

—Y bien, Salisbury; los degollaré, los ahorcaré, los quemaré, los exterminaré. ¡Mi madre! ¡oh! ¡mi madre me ha vendido también! la encerraré en un convento; mandaré descuartizar á Artus de Bretaña, y si mi hermano Juan abusa de su posición, ¡por San Huberto! no le ha de valer dos veces ser mi hermano.

—Al contrario, señor, sed clemente; la sangre que un rey vierte en los patíbulos, es un germen de enemigos, es un lago funesto, de cuyo fondo se levantan sombras vengadoras; la sangre vertida fructifica, robustece al partido perseguido.

—¡Oh! que fructifique en buen hora. En todo caso, doblaremos, triplicaremos, centuplicaremos el número de los patíbulos.

—Tened en cuenta, señor, que todo vuestro poder no os librará de un golpe traidor.

—Y bien, moriremos como debe morir un rey, sin cejar ni volver la espalda. Pero pensemos en tí. ¿De qué modo te puede mostrar tu agradecimiento el rey? Ayuda á mi deseo, pídeme, exígeme... ¡Por San Jorge! te daría la mitad de mi corona.

—¡ Oh! señor, guardadla; pero no por eso dejaré de pediros una gracia.

—Concedida, sea cual fuere.

—Meditad, señor, que puedo tal vez pediros vuestro asentimiento para un enlace en que vuestra sangre se uniría á la mía.

—¡Oh! conde; ¿has pensado unirte á mi hermana Matilde? Sea. Seremos hermanos. Afortunadamente mi compromiso con el príncipe Malek-Adel está roto, y ella es libre. Se lo rogaré; se lo mandaré. Será tu esposa.

—¡Ah, señor! contestó Salisbury sonriendo á la interpretación del rey; ¿ha olvidado vuestra gracia que tengo sobre mis canas setenta años?

—Entonces, añadió el rey vacilando, querrás unir tu hermosa hija con un hombre á quien haría pedazos antes de consentir que la hiciese infeliz. ¡Rayos de Dios! valiera más entregarla á Satanás en persona, milord.

El conde miró fijamente al rey.

—¿Sabéis de quién hablo? le preguntó.

—Si ha de unirse tu sangre á la mía, ¿cómo puede ser sino enlazando á lady Ester con el príncipe Juan?

—¡Ah! ¡señor! ¡nunca! murmuró con desdén Salisbury.

—Pues no comprendo...

—Existe un hombre que ama á Ester, y que es amado de ella. Ese hombre es el noble y valiente Ricardo Espada-larga.

—¿Y se une mi linaje al tuyo con el enlace de tu hija y de mi hermano de armas? preguntó el rey con extrañeza.

—Entended, señor, que Espada-larga tiene derecho á que le nombren, como á vos, Ricardo Plantagenet.

—¿Y qué abona ese derecho?

—Esta cédula, contestó Salisbury sacando de entre sus ropas un pergamino escrito de mano y letra de Enrique II, y autorizado por Santo Tomás, arzobispo de Cantorbery, canciller del reino en la época de su fecha, y muerto después por orden de Enrique en la Torre del Traidor, que desde entonces tomó el nombre, que aun conserva, de Santo Tomás.

El rey pasó rápidamente la vista sobre el pergamino, del que pendía el gran sello de Inglaterra.

En él, Enrique II reconocía por hijos naturales, autorizándolos para llevar su blasón en la corte y en el campo, debiendo poner en él barras de bastardía á Ricardo y Godofredo, habidos en 1169 de lady Rosmunda Chifford, hija de lord Walter Chifford. Dejábales por herencia el palacio y el parque real de Wootstock-Bower, previniendo no fuesen puestos en posesión de sus Estados, ni se les hiciese sabedores de su origen hasta que cumpliesen los veinticinco años. El depositario de este secreto era lord Salisbury, conde de Salisbury, y se suplicaba al rey cumpliese la voluntad real y paternal de Enrique II.

El documento era autógrafo; la firma del arzobispo y el gran sello de Inglaterra, auténticos. No había lugar á la duda; pero el asombro estaba pintado en la mirada de Corazón-de-León, que releía el pergamino.

—Tan cumplidamente has llenado tu encargo, Salisbury, que esto es enteramente nuevo para mí. Pero sin embargo, me colma de placer. ¡Pluguiera á Dios no fuesen bastardos! Muerto yo, un Ricardo Plantagenet sucedería á otro Ricardo Plantagenet. Creo que su nacimiento está unido á una historia terrible.

—Muy terrible, señor; pero me abstendré de referirla á vuestra gracia, porque en ella me sería forzoso pintar á vuestra madre de una manera odiosa, junto á lady Rosmunda, que era un ángel.

—¿Qué me podrás decir que yo no sepa? ¿Ignoro acaso que las locuras, y aun pudiera decir liviandades de mi madre, obligaron á repudiarla á Luis VII de Francia? ¿Que mi padre fué bastante débil para unirse á ella por razones de Estado, y que ha sido una cosa extraña que haya nacido de ella una criatura tan pura como mi hermana Matilde, cuando Enrique, Juan y yo somos tres retoños malditos? ¡Oh! todo lo sé, mi buen Salisbury; pero la historia de esa Rosmunda es para mí poco clara. Necesito saber lo que concierne á mis hermanos antes de reconocerlos.

—Si así lo queréis, señor, oiréis una historia muy triste.

—¡Oh! no importa; te escucho.

—Vuestro padre, señor, sólo contaba veinte años cuando fué coronado en 1154; era un bizarro caballero, y partió, como vos, á Palestina. Dos años después, á despecho de su Consejo y de sus amigos, se unió á vuestra madre Eleonora de Guiena. Era un enlace desigual; Enrique II, niño aún, no podía amar, ni amaba á Eleonora, que nunca fué hermosa, y que sólo tenía en su abono un tacto exquisito y lo alegre y chistoso de su carácter. Eleonora aventajaba trece años en edad al rey, y éste, enamorado é impresionable, la hizo sufrir en infidelidades lo que ella había hecho sufrir á Luis VII. Celosa hasta el frenesí, amando hasta la locura á vuestro padre, de carácter iracundo y altivo, se hizo para él insoportable. Doce años transcurrieron después de su matrimonio en continuas desavenencias, cada una de las cuales motivaba una ausencia del rey con pretexto de caza ó guerra. En 1168 tuvo lugar una de estas expediciones; yo acompañaba al rey; el punto de partida era Wootstock. En la última jornada nos sorprendió la noche junto al castillo de Oxfford, habitado entonces por sir Walter Chifford, que salió al encuentro del rey y le rogó le honrase hospedándose en su castillo. Aquella noche conoció el rey á la desgraciada Rosmunda: era una joven de dieciocho años, cuyo semblante noble y maravillosamente hermoso aún no he podido olvidar. Figuráos, señor, una frente pálida, tersa, majestuosa, coronada por sedosos rizos de largos cabellos rubios; unos ojos azules de mirada diáfana, poderosa, en que se retrataba la paz de un alma purísima y tranquila; añadid á esto un cuerpo esbelto, de soberbias formas, de continente de reina y aéreo y vagoroso como el de un ángel; una imaginación entusiasta y un tesoro de amor en el corazón, y tendréis una pequeña idea de Rosmunda. El rey era como vos á los treinta y cuatro años; prendóse de Rosmunda y Rosmunda de él; lord Walter Chifford cerró los ojos á su honor y los abrió á su ambición. Algunos días después, Rosmunda era la dama de Enrique II, que construyó para ella el palacio y el célebre laberinto de Wootstock. Allí nacieron un año después Ricardo y Godofredo. Enrique II quiso tenerlos á su lado en la corte, y me los entregó; yo los expuse en Westminster y me oculté tras uno de los pilares de la portada para no permitir que nadie los recogiese más que el rey, que con algunos caballeros debía pasar como al acaso; pero os anticipásteis vos; volvíais de San James de una cita amorosa, y oísteis el débil baguido de los niños; llegasteis á ellos, y los contemplásteis un momento conmovido, yo os conocí á la luz del alba y os dejé hacer; tomásteis los pobres gemelos bajo la capa, y partísteis; yo os seguí: fuísteis con ellos á Withe-Tower, residencia entonces del rey, y le entregásteis los niños cuando se preparaba á ir á buscarlos: el misterio envolvió de una manera impenetrable su origen. Fueron adoptados por vuestro padre, declarados caballeros y educados como tales. Enrique II los amaba con todo el amor que sentía por su madre; y cuando Eleonora logró introducirse en Wootstock-Bower y asesinó celosa á Rosmunda, su dolor y su furor no conocieron límites; si vuestro padre viviera, aun estaría encarcelada vuestra madre. Ahora, señor, que conocéis la historia de Ricardo, que sabéis que debe llevar vuestro nombre, ¿consentís en su unión con lady Ester Salisbury, condesa de Salisbury?

—Te hubiera dado mi hermana Matilde, ¿cómo, pues, negarme al enlace de Espada-larga con tu hija?

—¡Oh, señor! exclamó el anciano arrojándose á los pies del rey.

—Levanta, leal vasallo. Mañana quiero ver á tu hija; y ya que conoces los secretos de mi padre, busca á otra hermana mía que se nombra Ketti.

—Han venido conmigo, señor.

—Que entren, dijo el rey; ve por ellas.

Salisbury salió.

—¡Por San Dustan! exclamó el rey; si mi padre hubiera vivido diez años más... ¡Oh! ¿quién sabe dónde hubiéramos llegado? El buen anciano no quiso privarme del consuelo de la fraternidad. ¡Rabo del diablo! una hermana beata, un hermano loco y tres bastardos por añadidura. En cambio yo no tengo hijos; y ha hecho bien Dios: me basta con los de mi padre.

Detuvo en esto el vuelo de su pensamiento, porque Salisbury entró con Ester y Ketti. La primera saludó con nobleza y gracia al rey, felicitándole por su vuelta; la segunda se detuvo, encendida de rubor y trémula de miedo, á pocos pasos de la puerta.

Ricardo la miró de alto á bajo; después dijo á Salisbury en un tono que sólo pudo ser oído por él:

—¿Estás seguro de que es ella?

—Miradla bien, señor, contestó en el mismo tono el conde; es una semejanza perfecta de vuestra hermana Matilde.

—Adelante, niña, la dijo el rey; ¿sabes quién soy yo?

—¡Ah, señor! tartamudeó Ketti arrojándose á sus pies, con los ojos bañados de lágrimas.

—¿Sabéis, Salisbury, dijo el rey levantando á la niña y sellando un beso en su frente, que es lo más bello de mi familia?

Ketti se sonrojó, y se separó suavemente del rey.

—¿Y dónde está milord Espada-larga? preguntó el rey. ¡Ola, Nortumberland!

Nortumberland apareció á la puerta.

—Haced que entre mi hermano de armas.

—Aquí estoy, señor, dijo adelantándose Espada-larga.

Nortumberland permaneció á la puerta.

—¿Qué edad tenéis, milord? preguntó Corazón-de-León á Espada-larga.

—Veinticinco años, señor.

—Hincad una rodilla en tierra, milord, y leed.

Espada-larga dobló una rodilla, y empezó á leer en voz alta la cédula de Enrique II, que le había entregado el rey; cuando llegó á su nombre, su voz, antes segura, tembló.

—Esto no puede ser, señor; exclamó Espada-larga, fijando en el rey una mirada profunda.

—Y sin embargo, milord, contestó el rey, yo, Ricardo Plantagenet, hijo legítimo de su alteza Enrique II de Inglaterra, rey por muerte de nuestro padre del mismo reino, os reconocemos á vos, Ricardo Plantagenet, marqués de Tiro, conde de Chifford, como hijo bastardo de nuestro padre, y de lady Rosmunda, condesa de Chifford, alzad.

Espada-larga se levantó aturdido. El rey le abrazó y le besó en la mejilla.

—Y porque sabemos, añadió el rey, que es vuestro deseo tomar por mujer á lady Ester Salisbury, condesa de Salisbury, tenemos á bien concederos nuestra licencia, y señalar vuestras bodas en un plazo de tercero día.

Ester dió un grito de placer, pero se contuvo. Vió á Ketti trémula, pálida, apoyarse en la mesa, y vacilar. Espada-larga se contuvo también por la misma causa.

—Milord, continuó el rey, dirigiéndose á Espada-larga, haréis que se nos presente nuestro hermano Godofredo Plantagenet.

Espada-larga palideció, acercóse al rey y le dijo en voz baja:

—Godofredo es ejecutor de la torre.

Ricardo Corazón-de-León lanzó un voto horroroso, y golpeó el pavimento con el pie.

En aquel momento la puerta se abrió, y Godofredo se presentó en ella mostrando una cabeza cortada; había pasado la hora prefijada por el rey, y venía á cumplir su deber.

—Señor, dijo, sin pasar de la puerta, é hincado una rodilla en tierra; esta es la cabeza de Adam Wast, ejecutado por traidor.

Ketti dió un grito, y cayó desmayada; Ester sintió circular por sus venas el frió del horror, y Corazón-de-León fijó los ojos en Godofredo, como hubiera podido fijarlos en la esfinge.

—¡Id! ¡id! dijo el rey después de un momento de estupor á Espada-larga; decidle que es nuestro hermano, que deje ese traje y que se nos presente hoy.

Espada-larga salió.

—Y tú, Salisbury, hasta luego. Quiero dar sus dos horas á mi sueño.

Salisbury, Ester y Ketti salieron.

El rey se arrojó maldiciendo, y sin despojarse de la armadura, en el lecho. Cubrióse con la piel de tigre, y un momento después dormía.

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