The Project Gutenberg eBook of El proletario en España y el Negro en Cuba

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Title: El proletario en España y el Negro en Cuba

Author: Ramón J. Espinosa

Release date: June 6, 2012 [eBook #39930]

Language: Spanish

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available at the University of Miami Digital Collections.

*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL PROLETARIO EN ESPAÑA Y EL NEGRO EN CUBA ***

Nota del transcriptor: En esta edición se han mantenido las convenciones ortográficas del original, incluyendo las variadas normas de acentuación presentes en el texto.

El PROLETARIO EN ESPAÑA
Y

EL NEGRO EN CUBA,
PÁGINAS
ESCRITAS PARA EL QUE LAS QUIERA LEER
POR UN OBSERVADOR

AMANTE DE LA VERDAD.

    R. J. E.   

HABANA.
IMPRENTA MILITAR DE M. SOLER, MURALLA 40.
1866.

ÍNDICE

ADVERTENCIA IMPORTANTE.

No somos publicistas, afiliados á este ni al otro partido político; ni abogamos por las aspiraciones de tal ó cual escuela filosófica, ni económica.

Libres, independientes en nuestras ideas; sin que nadie ejerza presión en nuestro modo de ver las cosas; escribimos las siguientes páginas, solo por el placer de escribirlas y por inspiracion propia.

Habrá quien al leerlas, forme tal vez un juicio equivocado de nuestras creencias, en cuestiones políticas, sociales y económicas.

A fin de evitarles el riesgo de equivocarse, y antes de que su errada opinion llegue á tomar cuerpo ó á crear atmósfera, trataremos de destruirla, y la destruiremos con solo dos palabras.

Somos eclécticos.

Pensamos, en teoría, como el mas avanzado discípulo de las modernas escuelas; pero no convenimos en los medios ni en la época de plantear aquellos principios, que han de conmover toda la base del edificio social, de la familia y de la tradicion: mas claro; no creemos llegada aun la hora de establecer en nuestro pais, esas reformas radicales que piden algunos ilusos, sin tener en cuenta, que la tierra cansada de producir, necesita del tiempo y la preparacion necesarias, para que la nueva semilla fructifique.

Comprendemos que la vida de los pueblos de moderna fundacion, pueda adaptarse desde sus primeros pasos á la práctica y planteamiento de esas brillantes teorías que deslumbran, y trasforman el mísero erial de la vida en el mas florido Eden; pero opinamos que las sociedades de la vieja Europa, trabajadas en esa gradacion natural y lógica que el progreso ha venido operando en ellas, á través de los siglos, no podrian resistir una transicion fuerte y repentina en sus leyes y sus costumbres, tal como la sueñan algunos utopistas, sin sucumbir estrepitosamente, arrastrando en sus ruinas á sus mismos reformadores.

Hecha, pues, nuestra profesion de fé, conste que no somos esto, ni lo otro, ni lo de mas allá, sino que somos lo que decimos. No somos eco, ni obedecemos á las inspiraciones de ningun partido ni escuela determinada, sino á las de nuestra propia conciencia, y esto nos basta.

Saludamos y aplaudimos toda idea nueva, que tienda á mejorar las condiciones de nuestra desorganizada sociedad; pero acojiéndola siempre con la prudente reserva del que, víctima de su juvenil entusiasmo, ha visto mas de una vez perdidas sus mas caras ilusiones.

En la primavera de nuestra vida, vivíamos en una provincia, alejados del bullicio de la corte. Los ecos de las brillantes serenatas, que en la prensa y en la tribuna, daban nuestros mas inspirados publicistas y oradores modernos, llegaban hasta allí, impregnados con el delicado perfume de la poesía, del amor á lo bello, á lo sublime, con el prestigio en fin, de lo desconocido y el encanto de la distancia; y arrastrados por nuestra fantasía, fiados en aquellos seductores principios de luz y de armonía, de amor y de justicia, de paz y de ventura; hacíamos de cada uno de aquellos privilegiados apóstoles de nuestro siglo, un ídolo, un ser perfecto; adornado de todas las virtudes; dotados de un corazon fuerte y de una conciencia pura, y con ellos nos forjábamos un mundo ideal, un nuevo paraiso; tal como lo perdieron nuestros primeros padres despues del pecado......

«¡Ilusiones engañosas,
livianas como el placer!......»

El desencanto debia llegar, y llegó.

Así como el adolescente, la primera vez que asiste al teatro, cree ver en cada actriz una diosa y una hada en cada bailarina, persiguiéndole hasta en sueños su seductora imájen; y luego, al penetrar en las misteriosas sinuosidades del escenario, advierte que aquellas encantadoras deidades que su mente acariciaba, son deidades de barro,—y no siempre del mas puro,—cubiertas de falso oropel, y se arrepiente, y se sonroja del culto que les rindiera, suspirando á pesar suyo por sus muertas ilusiones: así nosotros, al llegar al gran teatro de la coronada villa y al ver la funcion entre bastidores, arrancamos de nuestro pecho el culto que consagráramos á aquellos ídolos, tambien de barro, y fuimos á ocultar nuestra vergüenza y nuestro despecho en el seno del mas exajerado escepticismo político; no sin lanzar un profundo suspiro, al ver marchitas y por tierra las flores de nuestras ilusiones queridas.

Aquellos hombres, dotados de un talento superior, armados de bellísimas teorías y poseyendo en el mas alto grado los recursos de la oratoria; conmovían, arrastraban al público, pendiente de sus palabras, de sus ademanes, de sus miradas!..........

Y aquellos mismos hombres...... con la mas impasible serenidad, con sin igual sans façon, destruian hoy, lo que ayer habian edificado; atacaban mañana, lo que hoy habian defendido; segun que el viento de sus ambiciones ó de sus intereses, les arrastrara hácia uno ú otro lado.

Entonces nos convencimos de que el orador y el publiscito político en general, ejercian un oficio como el zapatero ó el sastre, alterando sus principios y reformándolos segun las circunstancias, como aquellos varian la forma y hechura, segun las modas ó el capricho del parroquiano!...

¡No mas ídolos! ¡no mas Dioses!.....—dijimos—y nos encerramos en la mas prudente y fria reserva, y nos decidimos á no juzgar de los hechos y de las cosas, mas que por lo que nuestro pobre criterio nos dictára, ó nos fueran enseñando nuestras modestas observaciones.

Vamos á concluir esta ADVERTENCIA, para entrar en el asunto que la ha motivado. Creemos haber llenado el objeto que nos propusimos al empezarla, pero si no lo hemos conseguido, culpa será de nuestras escasas dotes que no dieron á nuestras frases toda la fuerza necesaria para llevar el convencimiento al ánimo de los que se dignen leer estas líneas.

EL AUTOR.

Habana 26 de Octubre de 1866.

CUATRO PALABRAS QUE PUEDEN MUY BIEN SERVIR DE
PROLOGO.

No es un libro el que tratamos de dar hoy al público; ni tan siquiera es un folleto, por mas que de algunos años á esta parte, se hayan puesto de moda esta clase de publicaciones, hasta para tratar de las cuestiones mas sérias y trascendentales. Todo lo mas será un modesto opúsculo, sin aspiraciones de mas allá, y condenado tal vez á no ser leido mas que por compromiso, y á andar á pié,—desde sus primeros pasos en el mundo,—por esas calles de Dios, hasta dar con su cuerpo en casa de algun bodeguero ó almacenista de comestibles, que, hoja por hoja, lo vaya convirtiendo en cucuruchitos de pimienta, canela y clavo, ó en medios de azúcar.

En fin, sea cual fuere el porvenir que esté reservado á este, que desde luego llamaremos opúsculo, pasaremos á explicar los motivos que nos han impulsado á publicarle.

Hace ya muchos años, que una de esas que en Europa han dado en llamarse grandes potencias, de su propia autoridad, y que por ende, se están permitiendo intervenir hasta en los asuntos mas íntimos y familiares, y en regir los destinos de las que á su vez llaman pequeñas potencias; una de esas, repetimos, impulsada, nó por un sentimiento humanitario y noble, que es incapaz de sentirlos, sino celosa de la floreciente prosperidad de esta venturosa Isla, por lo que á sus colonias perjudica, y de acuerdo con sus demas compañeras de grandeza, empezó á perseguir, con un ardor sin igual, á los buques que hacian el tráfico de negros en la costa de Africa.[1]

[1] Véase el tratado de paz entre Inglaterra y España de 29 de Setiembre de 1817 y prohibicion de la trata desde el 30 de Mayo de 1820.—El tratado de 28 de Julio de 1835 y su promulgacion del 2 de Marzo de 1845 y Proyecto de ley de 19 de Febrero de 1866.

Las demas naciones tomaron tambien muy á pecho esta cuestion y declamaron muy alto en contra de la trata.

La trata es, en efecto, un comercio que la civilizacion rechaza, la razon repele y el corazon humano condena; por lo que el hecho en sí, tiene de injusto y de repugnante.

Hasta aquí, estamos de acuerdo con las grandes potencias, en que levantaran cruzadas contra aquel comercio humano; y si bien el motivo que á ello les impulsára, fuera en el fondo mezquino y egoista, por parte de la potencia iniciadora, la prohibicion está en armonía con nuestros sentimientos y la aprobamos.

Pero no podemos prescindir de decir algo, respecto al extraño contraste que notamos en esa potencia iniciadora de la persecucion de la trata.

Ese nebuloso pais que á ninguno otro se parece; eterno consorcio de luz y de tinieblas, de risa y de llanto, de oro y de cieno; que observa en su interior una política diferente de la que practica en el exterior; que, como vulgarmente se dice, juega siempre con dos barajas: una para ganar y otra para no perder; que con sus excentricidades y su obligado spleen, su egoismo y su avaricia há llegado á captarse las antipatías de casi todos los demas paises del globo: ese pais, repetimos, hace cuantiosos gastos para perseguir la trata, y en cambio deja que pululen por muchos de sus extensísimos barrios, millares de criaturas, que fallecen víctimas de la miseria y del abandono. ¿Dónde están esos sentimientos humanitarios de que se hace tanto alarde? ¿Cómo no atienden á las necesidades de su casa antes de cuidarse de las de la ajena? ¿No ofrece esto un notable contraste y hasta hace dudar de su tan decantada filantropía? ¿A cuántas reflexiones no se presta esta gran verdad que conoce todo el que ha visitado la capital del carbon de piedra?......

Mas dejemos tranquila á la ahumada isla de allende el canal y prosigamos el curso de nuestro disfrazado prólogo.

Tanto y tanto se ha escrito y hablado sobre esta cuestion de los negros en Cuba, de su trabajo y de su vida, que despertóse nuestro deseo de conocerla á fondo; estudiarla concienzuda y detenidamente y emitir despues francamente nuestra humilde opinion.

Poco tiempo despues, por una causa por cierto bien extraña á este asunto, nuestra buena ó mala estrella nos condujo á esta hermosa Isla, donde hemos satisfecho aquella viva curiosidad y cumplido á la vez nuestro propósito.

Este es, pues, el motivo de dar al público en las modestas páginas de este opúsculo el fruto de nuestras observaciones, con la esperanza de que destruirán en parte algunos errores y rancias preocupaciones, sembradas allende el Occéano, que perjudican notablemente los intereses de nuestro pais, sin beneficio alguno real.

I.

BREVE OJEADA RETROSPECTIVA.

Desde que la misteriosa y tradicional Caja de Pandora, abierta en un arranque de travesura y de infantil curiosidad, por nuestros primeros padres, esparció por toda la haz de la tierra el gérmen de las pasiones humanas; desde que Cain mató á su hermano Abel y los demas hombres, hermanos tambien, empezaron á distinguir lo mio de lo tuyo y á despertarse entre ellos la soberbia, la avaricia, la lujuria, la ira, la gula, la envidia y la pereza, es decir, los siete pecados capitales y sus obligados satélites, el mundo comenzó á formarse, tal cual el mundo debia ser.

Habrá quien nos interrumpa, para decirnos tal vez, que aquella malhadada semilla, legado de nuestros descamisados padres, debió perecer bajo las turbulentas ondas del diluvio universal; pero nosotros, que tenemos el deber de saberlo todo, á fuer de cronistas, podemos asegurar de buena tinta, que entre los animales de distintas especies que Noé introdujo en el arca, construida por mandato de Dios, lograron penetrar furtivamente las pasiones humanas; y cuando el martillo de Noé levantó la primera tabla de la tapa del arca, que habia quedado en seco en el Monte Ararat, se escabulleron precipitadamente, lanzándose por esos mundos de Dios á hacer de las suyas.

Decíamos, que el mundo comenzó á formarse tal cual el mundo debia ser, y como lo que estaba escrito debia cumplirse, se cumplió.

Rechazado el hombre por su culpa, de aquel encantado paraiso, eden florido de eternal primavera, donde por primera vez abriera sus ojos á la vida material y admirara extasiado la explendente luz del astro del dia, el riquísimo manto de la noche tachonado de estrellas y adornado por el diamantino broche de la luna; donde contemplara estupefacto los prados y los montes, las fuentes y los rios, las plantas y las flores; todo ese conjunto en fin, de bellezas y armonías, que la omnipotente voluntad del Divino Artista, reuniera allí para servir de expléndido paisaje, de magnífico fondo al mejor cuadro de su creacion: el hombre; lloró desconsolado su destierro, abrasó su frente el sello de la esclavitud, impuesto en justo castigo de su enorme falta y, mohino y arrepentido, aunque consolado á veces por los encantos de su dulce compañera, la mujer, causa primordial de su pecado; empezó á recorrer con ella el escabroso sendero de la vida, legando por fin á su posteridad ese inmenso caudal de lágrimas y sufrimientos; de trabajos y miserias; de vicios y corrupcion; que hacen mas penosa para los mortales su transitoria marcha por el mundo.

Los hombres, esclavos desde entonces de sus pasiones y sin que el lazo fraternal que los unia bastara á contener sus ímpetus, dieron principio á esa lucha tenaz y constante que aun hoy subsiste y que tanto empequeñece á la humanidad: dividiéronse en diferentes bandos ó partidos al esparcirse por todos los ámbitos del mundo, y adoptando diverso lenguaje y religion, y leyes y costumbres tambien distintas, llegaron á desconocerse por completo y á formarse entre ellos, esa division de razas que determinó sin duda el clima de cada uno de los paises en que fueron á habitar.

Las razas fundaron pueblos, ciudades y reinos, y empezaron á establecerse entre ellos mismos distinciones, grados y gerarquías que hicieron señores á los unos, y siervos, esclavos ó vasallos á los otros.

Hé aquí, pues, el principio de la esclavizacion del hombre por el hombre; de esa ley que tantos siglos pesó sobre media humanidad, y que con tan ruidoso estruendo lograron quebrantar algunos pueblos, por aspirar el aura de libertad que mas tarde les habia de dar hambre, miseria, desesperacion y muerte.

Hé aquí tambien la cuna de las diferentes clases en que las modernas sociedades se hallan divididas en los pueblos de la vieja Europa; clases que han sufrido ya distintas modificaciones y reformas, desde los memorables tiempos del feudalismo hasta nuestros dias. Entre ellas se cuenta, como la mas numerosa, la del proletariado, á la cual hemos de consagrar algunas líneas en el siguiente capítulo.

II.

EL PROLETARIO.

Distínguese en Europa bajo este nombre, á aquel que, careciendo absolutamente de bienes, vive solo con el producto de su trabajo.

El es el que únicamente viene sosteniendo de siglo en siglo, de generacion en generacion y á través de las distintas fases por que ha pasado el mundo; el carácter del hombre primitivo, porque en el empleo de su fuerza material estriba su único elemento de produccion y subsistencia.

Labra y siembra los campos que son de otro, ya bajo los ardientes rayos del sol del medio-dia, ó ya azotado por el cierzo y las nieves del norte.

Su brazo es el alimento vivo é indispensable de todas las industrias y artefactos: tanto se encuentra en la elevada cúspide de una torre, como penetra en las entrañas de la tierra, en busca de los productos del reino mineral.

Sin él, el comercio y la navegacion, las artes y los oficios, la agricultura y la industria, no existirian; y la vida de los pueblos se arrastraria lánguida y miserable y sin adelantar un paso en las vias del progreso material é intelectual.

Y sin embargo, el proletario es en todos los pueblos y en todos los paises, el que menos garantida tiene su subsistencia y la de su familia; por mas que los filósofos y sabios de todos los tiempos, se hayan dedicado, con filantrópico afan, á mejorar las condiciones de esta clase desheredada de la sociedad.

Su vida es precaria y triste, y limitado y nebuloso el horizonte de su porvenir.

Hijo del trabajo, fáltale el pan de cada dia, cada vez que por razon de las crísis ó convulsiones que con frecuencia experimentan los pueblos, se suspende ó escasea aquel; así como cuando por causas naturales ó accidentales, se ve postrado en el leche de dolor.

El proletario es una parte importante de ese gran todo que se llama pueblo, y el pueblo es el que constituye la verdadera fuerza y riqueza de cada pais.

Con el sudor de su frente, explota los diferentes veneros de una nacion, y por mas que en los trabajos que ejecuta, se obtengan pingües resultados, nunca le corresponde mas parte en los beneficios que el importe de su modesto jornal.

En algunos pueblos de Europa, se han formado asociaciones de diferente carácter, aunque llevando casi todas por tendencia, la del socorro mútuo entre las clases trabajadoras. En algunos paises y en ciertas y determinadas épocas, fracasaron ó mas bien fueron disueltas por sus respectivos gobiernos, muchas de estas asociaciones, por el carácter político que iban tomando sus numerosas reuniones; y solo las que han sabido librarse de aquel carácter, extraño al objeto de su institucion, dan satisfactorios resultados para sus socios: pero...... ¡son tan pocas las que se hallan en estas ventajosas condiciones!......

Con razon se llaman clases desheredadas á las clases proletarias, porque en verdad que llevan la peor parte en los trabajos impuestos al hombre á su tránsito por el mundo; y en cambio carecen de los goces materiales é intelectuales, que las demas clases de la sociedad se proporcionan, gracias á los medios y elementos de que pueden disponer.

En suma diremos: que el proletario, colocado desde que nace bajo la imperiosa ley del trabajo,—del cual es verdaderamente esclavo,—consume en él la vigorosa sávia de su juventud y de su vida, enriqueciendo con frecuencia al que, poseyendo bienes ó capitales, los emplea en su explotacion, sin que por eso él vea jamás asegurado su porvenir; y allá, cuando la nieve de los años enerva las fuerzas de su cuerpo y de su espíritu, se ve generalmente sumido en la escasez y la indigencia; entonces que es cuando debiera recojer el fruto de sus afanes y vivir tranquilamente los últimos años de su existencia.

CUADROS TOMADOS AL ACASO.

III.

CUADRO PRIMERO.

EL ALBAÑIL EN MADRID.

El pueblo de Madrid, que aun á mediados del último siglo, poseia ese carácter distintivo con que nos le han dado á conocer los mas ilustres de nuestros autores, historiadores y poetas; ha ido poco á poco y gradualmente, perdiendo su sello característico; y formándose, al sucederse las generaciones, de elementos tan distintos y heterogéneos, que el pueblo de los manolos, ese pueblo que tan brillantes pruebas ha dado de su valor y de su abnegacion, el pueblo en fin del dos de Mayo, ha desaparecido por completo, quedando en su lugar un compuesto abigarrado é informe, en que los tipos, carácteres y costumbres de las demas provincias de España, se encuentran amalgamados en desconcertado y desigual conjunto.

Al presentar el primero de nuestros cuadros en Madrid, conste que solo lo hacemos por el conocimiento que hemos adquirido de la vida íntima y social de las clases trabajadoras, en los muchos años que vivimos en aquella localidad.

Pero procedamos á la descripcion de nuestro cuadro.

Nos hallamos á mediados del mes de Diciembre.

Una menuda y constante lluvia cae sobre los infelices obligados á transitar á pié por las calles de la capital de la monarquía.

Hace un frio muy intenso, como que es el helado soplo del Guadarrama, y aunque no son mas que las cuatro de la tarde, es ya casi de noche.

En lo último de la calle de Embajadores, hay una casa de pobre apariencia: una de esas que se llaman corralones ó casas de vivienda.

Penetremos hasta el patio: en él corre á la izquierda una tapia elevada y negruzca, que lo divide del de la casa contigua: á la derecha, se ven en forma de miserables celdas, seis puertas pintorreadas unas, carcomidas y remendadas otras y por encima del marco de cada una de ellas, sobre la amarillenta pared, un número hecho con carbon.

Cada una de estas mal llamadas habitaciones está ocupada por alguna pobre familia, que paga por ella seis reales á la semana, de modo que solo para la casa han de deducir cada dia un real de su jornal ó salario.

Acerquémonos al último de estos cuartos ó celdas: tiene el número seis: penetremos.... ¿Qué es eso?......... ¿retrocedeis?...... ¿tan triste ó repugnante es el cuadro que se os presenta á la vista?..... ¿tan fétido es el aire que en aquella húmeda habitacion se respira?.... Veamos que es lo que causa ese malestar que veo retratado en vuestro semblante.... ¡Ah!... sí... ya comprendo: el cuadro de la miseria y del hambre en toda su horripilante desnudez, es lo que ha herido vuestra vista y afectado vuestra esquisita sensibilidad: el aspecto de esa pocilga húmeda y sombría, como las mazmorras de los grandes criminales; falta de luz y de aire; sin mas muebles que una mala silla de madera y dos sucios gergones que apenas contienen paja, y sobre ellos, acurrucada una mujer pálida y demacrada, medio cubierta de harapos, tiritando de frio y procurando á la vez comunicar á sus dos hijos, pedazos de sus entrañas, el calor que la infeliz no tiene!...... ¡Oh, sí, comprendo vuestra penosa situacion!........ Es un espectáculo que desgarra el alma del ser mas estóico!.... pero, contengamos nuestras lágrimas y observemos: los niños tendrán de siete á ocho años, pero ¡están tan macilentos, tan flacos, tan consumidos por el hambre y la miseria, que solo aparentan tener de cuatro á cinco años! ¡Infelices!.... ¡cuán triste es la primavera de su existencia!...... ¡Desgraciadas criaturas!....

Para ellos no hay flores en el jardin de la vida, ni purísimas auras embalsamadas con su perfume; ni arroyos, ni praderas; ni fuentes ni cascadas; ni blanco cesped ni pintadas mariposas; ni el sol tiene para ellos esos rayos explendentes y vivificadores, que iluminan la frente de otros niños!.........

Un hombre se acerca á la puerta: dejémosle entrar: tal vez sea el padre de esas desventuradas criaturas: está pobremente vestido y calado hasta los huesos: debajo de la remendada chaqueta, oculta con cuidado alguna cosa: ¡ah, es un pan!...... Retirémonos; nuestras miradas no pueden profanar todo lo que de augusto y sagrado encierre la escena que va á tener lugar en esa oscura y hedionda habitacion. Retirémonos: despues de lo que habeis visto, yo os referiré los tristes sucesos de esa desgraciada familia y completaré el cuadro. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Ya estamos libres de la presion de aquella atmósfera tan cargada de miasmas deletéreos: ¡Dios mio!...... ¿Cómo pueden vivir siquiera diez años esas pobres gentes, respirando ese aire impuro que envenena la existencia?....

Mas oidme con atencion.

El hombre que acabais de ver es efectivamente el padre de aquellos pobrecitos niños. Llámase Pablo y es un buen oficial de albañil.

Hace diez años que casó con Antonia, aquella mujer tan pálida y demacrada, que hoy no es ni sombra de sí misma: durante algun tiempo, en que las obras no escasearon, vivieron tranquilos y felices en una modesta buhardilla, estrecha, pero cómoda y ventilada.

Aunque alguno que otro año, por el invierno, faltó el trabajo á Pablo; como economizaban el verano, podian ir tirando hasta alcanzar el buen tiempo: pero el verano último, fué este atacado de unas calenturas tifóideas, que le tuvieron durante muchos dias á las puertas de la muerte y de las que logró al fin salvarse, gracias á los desvelos y cuidados de su buena Antonia y á los eficaces remedios que se le administraron.

Pero los infelices lograron vencer un mal y entraron en otro peor.

El médico y la botica acabaron bien pronto con sus escasas economías de aquel año, y aun no habia entrado el enfermo en el período de la convalecencia, tan largo en estas enfermedades, cuando ya Antonia habia tenido que ir á empeñar lo poco que poseian; de modo que cuando Pablo estuvo ya en disposicion de trabajar, habian tenido que dejar su alegre buhardilla y empeñado ó vendido lo último que les quedaba. Entonces empezaron las lluvias, se suspendieron las obras y los infelices se vieron sumidos en la mayor indigencia.

¿De qué le servia al pobre Pablo ser honrado y trabajador si no encontraba donde ganar un jornal?

Aquellas lluvias, que á los labradores prometian oro, á él le producian hambre.

Y veia que los empleados, los comerciantes, los agentes y en fin, todos los que no estaban como él pendientes de un jornal, se agitaban, bullian, ganaban su vida, lo mismo un dia que otro, sin cuidarse de si el cielo estaba sereno ó nublado. Que si estaban enfermos, sus sueldos ó emolumentos corrian sin interrupcion y rara vez les faltaba pan para dar á sus hijos y abrigo para preservarse del frio.

El infeliz recorria casi diariamente todo Madrid, en busca de trabajo y cada dia volvía á su casa mas triste y desalentado; y á la vista de sus hijos y de su mujer medio muertos de frio y de hambre, se apoderaba de su alma la mas profunda desesperacion y la criminal idea de obtener por la fuerza ó por el crímen, el pan que sus hijos le pedian y no podia ganar con su trabajo, cruzaba tentadora por su mente; pero su buena Antonia, que leia en sus ojos lo que pasaba en su alma, confortaba su abatido espíritu y haciéndole volver los ojos á Dios y confiar en su sabia providencia, borraba pronto de su imaginacion aquella pasajera nube que la oscureciera.

Y aquel hombre vigoroso y fuerte, enérgico y valiente, resignado al fin con su mísero destino, vencido por las virtuosas palabras de su santa mujer, se encierra en un mutismo sombrío y desconsolador, brotando de vez en cuando de sus apagados ojos, cuya hundida órbita revelaba sus terribles sufrimientos, una ardiente lágrima que es una protesta viva y elocuente del abandono en que la sociedad tiene á aquellos de sus hijos que mas necesitan de sus maternales desvelos; los hijos del trabajo; los que verdaderamente hacen reproductivo el pan que llevan á sus labios; la poderosa palanca en que aquella se apoya y sin la cual no existiria, porque ellos son los que sostienen el equilibrio y las fuerzas de una nacion.

Con dolor lo decimos, pero es preciso: aquella desventurada familia, pereció víctima del frio y del hambre en su oscuro rincon, sin que la sociedad se conmoviera al ver que abrian una fosa mas profunda que las demas en el cementerio general.

No así en la otra vida, donde sin duda el Dios de la justicia les destinó un puesto preferente entre los bienaventurados.

Nos reservamos toda clase de reflexiones y comentarios sobre este sencillo y oscuro drama, para cuando llegue su turno.

IV.

CUADRO SEGUNDO.

EL OBRERO EN BARCELONA.

El pueblo catalan es, sin disputa, uno de los pueblos mas activos y emprendedores; mas cultos é ilustrados; mas laboriosos y económicos de cuantos pueblos forman parte de la monarquía española.

Orgullosos y dignos, á la vez que rectos en sus principios, son sobrios en sus necesidades, modestos en su trato y fieles guardadores de la honra de su pais y de sus gloriosas tradiciones.

La gran mayoría de este pueblo, la forman los obreros ú operarios de las innumerables fábricas, que constituyen una de las principales riquezas del antiguo principado.

El obrero catalan, vive dedicado esclusivamente á su trabajo, que desempeña con inteligencia y aficion durante los dias laborables de la semana; pero el dia de fiesta lo dedica por entero á su familia, si es casado, ó á sus amigos si no lo es, con los cuales forma partidas de caza ó pesca, á que suele ser muy aficionado.

Conoce perfectamente sus deberes para con la sociedad, pero á la vez tiene conciencia de sus derechos como ciudadano.

Un triste episodio que conocemos, acaecido en una de esas épocas calamitosas que, casi sin interrupcion, se suceden en aquel pais de algunos años á esta parte, dará á conocer la verdad de cuanto dejamos anteriormente consignado.

Corria el mes de Febrero del año 184... y era el segundo dia de Carnaval ó Carnestoltas, que la condal Barcelona celebrára siempre con extraordinaria pompa y regocijo.

Las calles principales y la Rambla, que en años anteriores se vieran tan animadas por la algazara de numerosas comparsas y cabalgatas, se veian ahora desiertas y silenciosas.

Los rostros de aquellos hijos del pueblo, que tanto aman esta fiesta, macilentos y tristes aquel dia, no expresaban otra cosa que abatimiento y desesperacion.

Las autoridades trataron de organizar cabalgatas y fiestas con que animar el aspecto de la poblacion: ofrecieron los fondos necesarios á los que anualmente se encargaban de la direccion de estas bromas, pero ellos los rehusaron, alegando que no hallarian quien les secundara aunque intentaran hacer algo, porque cuando el pueblo tiene hambre, no está para fiestas.

Y en efecto: hacia ya algunos meses que la mayor parte de las fábricas estaban cerradas y la que trabajaba algo, era á lo sumo un par de dias á la semana.

El que conozca algo aquella poblacion, esencialmente fabril, comprenderá que los operarios y las infinitas familias y pequeñas industrias, que viven solo del alimento que las fábricas les proporcionan, quedarian, al cerrarse estas, en la mas precaria situacion. Y así era, en efecto.

Esta tranquila manifestacion, digna y severa á la vez, fué interpretada por algunos hombres, como una muda y sombria amenaza, en que el órden corria peligro de alterarse; comunicaron á otros sus temores, estos los propalaron como cosa infalible; tomó cuerpo, y la noticia llegó á extenderse de tal modo, que las tiendas se cerraron mas temprano que de costumbre, y las autoridades hubieron de tomar sus medidas de precaucion, colocándose á la espectativa y dictando, entre otras disposiciones, la de que en cada una de las principales calles de la capital, se colocara una pareja de mozos de escuadra, que las recorrieran incesantemente.

En una estrecha y tortuosa callejuela del barrio de San Pedro y en un reducido zaquizami, levantado en la azotea de una casucha vieja, que á duras penas se sostenia de pié, vivia, ó mas bien, prolongaba con trabajo su existencia, un pobre obrero, con su mujer y su anciana madre paralítica.

Los esposos caminaban ya entre los cincuenta años, y en esa edad en que las fuerzas físicas empiezan á decaer sensiblemente, la paralizacion de las fábricas, de que dependian, vino á hacerles probar todos los sinsabores de la indigencia.

Llevaban ya tres meses el uno y el otro sin ganar un solo jornal, no quedándoles ya nada que vender ni que empeñar, para atender á sus mas precisas necesidades y pagar al casero las cuatro pesetas mensuales que les costaba el vivir en aquella especie de palomar.

Mientras lo pudo soportar, el obrero, hijo cariñoso y amante de su madre, la hacia visitar una ó dos veces á la semana por el médico, que si bien no la curaba completamente, la aliviaba mucho en sus dolencias; pero desde que ya no podia pagar á este, ni gastarse los cuatro ó seis reales que le importaba en la botica cada receta, el pobre Jayme, que así se llamaba, sufria el tormento de oir los lamentos de su madre sin poderla consolar. Su mujer la cuidaba con cariñoso esmero y procuraba, con remedios que le facilitaban los vecinos, aliviarla en sus padecimientos; pero nada conseguia y el mal tomaba cada dia mayor incremento.

Serian las once de la noche: negros nubarrones cruzaban por la atmósfera, como fantasmas jigantescos, arrastrados por un fuerte viento del Sudoeste, cuyo desagradable silvido penetraba por las rendijas de la carcomida puerta de aquel albergue.

Jayme y Quima, su mujer, estaban acurrucados en un rincon, envueltos en un pedazo de manta, que apenas les resguardaba del frio y en el lado opuesto yacia la anciana paralítica, tendida sobre un colchon relleno de borras de algodon y cubierta con una vieja frazada y un refajo de Quima extendido á sus piés. Una mariposa improvisada en una taza rota, consumia sus últimas gotas de aceite y alumbraba con su débil y vacilante luz aquel cuadro de dolor y de miseria.

Jayme, con la desesperacion y el desaliento pintado en su rostro, demacrado por las privaciones; meditaba profundamente sobre la triste situacion y el mísero abandono en que se encontraba. Gracias á sus economías, habian podido vivir tres meses sin trabajo, pero ya no podian mas: habianse agotado todos sus recursos y al dia siguiente, para dar á su madre y á su mujer algun alimento, tendria que ir á mendigar por las calles.... ¡mendigar!.... ¡qué vergüenza!.... La poca sangre que habia en sus venas afluia á su corazon y subia á enrojecer su altiva frente, á la sola idea de la mendicidad!.... Y era preciso hacer este inmenso sacrificio: su deber de hijo y de esposo se lo mandaban y forzoso era obedecer......

¡Por qué amargo trance estaba pasando el infeliz Jayme!.........

Pero Quima, que leia en las prolongadas arrugas de su frente, las tristes ideas que le preocupaban; que comprendia sus repentinos sonrojos, sus temblores convulsivos, formaba á su vez la resolucion de aprovecharse del sueño de este y salir muy de mañana á mendigar, á fin de evitarle el rudo golpe, que seguramente no podria soportar.

Pero aun quedaba algo mas que sufrir á aquellos desventurados.

Llamaron á la puerta: levantóse Jayme á abrir y se halló frente á frente con las atléticas figuras de un sub-cabo y dos mozos de escuadra[2] que traian la órden de prenderle.

[2] Institucion creada en Cataluña para la persecucion de malhechores dentro y fuera de la poblacion, que tanto hacen el servicio de la guardia civil, como el de los agentes de policía de las demas provincias de España.

La anciana lanzó un grito de espanto al despertarse: Quima se levantó sobresaltada y aunque lloró y suplicó, y Jayme se deshizo en protestas de inocencia, nada consiguieron; porque aquellos hombres debian cumplir con su deber y no les tocaba á ellos hacer cargos ni admitir disculpas, sino llenar su cometido dentro de los límites que les habian marcado.

Así, pues, Jayme, convencido por las poderosas razones de estos, razones que no admitian réplica, se vió obligado á abandonar su casa y su familia, y salió acompañado de los mozos y el sub-cabo; sin atreverse á volver la cara por que le espantaba el cuadro de miseria que dejaba tras de sí, en las personas mas queridas para él en el mundo. De esta manera fué conducido hasta la cárcel, donde aquellos le entregaron al alcaide.

La puerta de la habitacion quedó abierta de par en par al salir el obrero y los mozos: una ráfaga de aire apagó la ya moribunda lámpara ó mariposa, y el silencio y la oscuridad de la muerte reinaron en aquella estancia; porque Quima cayó al suelo presa de mortal congoja, al ver marchar á su esposo hácia la cárcel.

Precisamente ocurria esto en momentos tan críticos para ellos y sin que la pobre pudiera hacer nada para variar el curso de las cosas.

Oh!...... la fatalidad con su fatídica mano pesaba sobre aquellos desvalidos ó la Providencia les sujetaba á duras y amargas pruebas que tal vez no tendrian fuerzas suficientes para soportar con resignación.

Rendida Quima por las fatigas y las privaciones de tantos dias, permaneció muchas horas aletargada, aturdida y como juguete de una horrible pesadilla; pero al penetrar por la puerta con las primeras luces del alba la fresca brisa matutina, despejáronse poco á poco sus sentidos; empezó á tener conciencia de sí misma, reconoció el cuarto con azorados ojos; recordó la escena de la noche anterior, y como movida por una poderosa fuerza magnética, se incorporó de un salto y su primer ímpetu fué salir á la calle á averiguar el paradero y la suerte de su marido.

Ya estaba en la puerta, cuando una idea repentina cruzó por su mente y volvió á entrar pálida y temblorosa.

Se habia acordado de la pobre anciana y del sobresalto que le causara la brusca aparicion de aquellos hombres. Su pertinaz silencio la espantaba porque todos los dias á aquellas horas ya se la oia quejarse. Presa de un fatal presentimiento, se acercó á su lecho, la llamó repetidas veces y viendo que no contestaba la cogió una mano.......

Un escalofrio y estremecimiento general recorrió todo su cuerpo al contacto de aquella mano rígida y helada con el frio de la muerte: un grito de espanto se escapó de su boca y asustada, despavorida, se lanzó á la azotea, bajó de cuatro en cuatro los escalones y como perseguida por un fantasma aterrador, salió á la calle y huyó sin direccion fija y sin parar, hasta encontrarse en el paseo de S. Juan.

Serenóse algun tanto allí su atribulado espíritu y la razon, recobrando su imperio, vino en su ayuda: reflexionó, y al hacerlo, comprendió sus deberes en aquella apurada situacion; así, pues, volvió sobre sus pasos, entró de nuevo en su casa; llamó á la puerta de dos vecinas, que enteradas por ella del suceso, se apresuraron á auxiliarla, yendo á dar parte al médico, al celador del barrio y á la parroquia y ayudándola por fin en los tristes preparativos que suceden siempre á la muerte........ porque la anciana madre de Jayme habia muerto efectivamente á consecuencia del sobresalto que le causó la violenta escena de aquella noche fatal.

Jayme entre tanto, se hallaba encerrado é incomunicado en oscuro calabozo, presa su alma de mortales angustias y devorando en sus ardientes lágrimas que vertia una á una como otras tantas gotas de fuego, toda la indignacion, toda la rabia que habia encendido en su pecho el injusto atropello cometido en su persona y en su casa.

Un negro presentimiento le anunciaba, que algo mas terrible que su prision, tendria que lamentar, como fatal consecuencia de aquellos sucesos: crispábanse sus dedos; levantábase su pecho á impulsos de la ruda tempestad que en él empezaba á agitarse y de sus trémulos labios, contraidos por el dolor y el despecho, se escapaban inarticuladas frases, cuyo terrible significado era fácil comprender.

En sus momentos de tregua, recorria el infeliz toda su vida pasada y no hallaba en ella nada de que tuviera que reprocharse. Su amor al trabajo, á la familia y á las tradiciones de su pais; su vida pacífica, sus escasas reuniones y amistades; todo, todo lo examinaba..... Una idea acudió á su mente, pero la rechazó en seguida, porque ¿qué delito habia en ello?....

Jayme recordó que entre los tranquilos goces que se proporcionaba en las horas destinadas al descanso en su modesto hogar, se contaba la lectura de libros y periódicos. Estos libros y estos periódicos, escritos por hombres que se decian colocados á la vanguardia del progreso y de la civilizacion, abogaban por las clases proletarias; y aunque en su sano criterio siempre consideraba irrealizables aquellas bellísimas teorías y sueños aquellas imágenes poéticas con que engalanaban sus discursos aquellos canoros ruiseñores; con todo, halagaban su imaginacion y recreaban su fantasía. ¿Qué le importaba al mundo que hubiera uno mas que soñara? ¿qué mal hacia en ello á la sociedad, si al salir cada dia á la calle con la aurora, sus sueños de color de rosa se habian borrado de su mente y en el resto del dia no pensaba mas que en su trabajo?

En estas alternativas pasó hasta las doce del dia, hora en que fueron á sacarle para tomarle la primera declaracion, sobre un delito que el infeliz no conocia.

Su arresto de aquella noche, así como el de otros muchos, fué motivado por las falsas noticias que circularon de que los obreros sin trabajo iban á alterar el órden, y el pobre Jayme fué comprendido en este número, no solo por que se hallaba en esta situacion, sino porque se sabia de público que era suscritor constante á periódicos y obras de política avanzada, en la cual se le consideraba afiliado.

Fácil le fué probar su inocencia y al dia siguiente expidieron su órden de libertad y abandonó las puertas de la cárcel, cuyos umbrales era la primera vez que habia pisado; pero cuando Jayme llegó á las inmediaciones de su casa, lo primero que hirió su vista fué...... ¡Un entierro! Nadie le dijo nada: el atahud iba cerrado, pero su corazon de hijo, adivinó que el cuerpo de su madre iba encerrado en aquella caja, que acompañaban algunos de sus amigos y vecinos!....

Un vértigo se apoderó de todo su ser: una nube de sangre cruzó por su vista y loco, desatinado, sin concierto, se lanzó rápido hácia el centro de la poblacion.

¿Adonde iba á parar aquel hombre?... ¿Cuál era su designio? Ni él mismo tenia conciencia de ello.

En aquel estado llegó á la Rambla: la fatalidad hizo que casualmente acertaran á pasar por delante de él dos mozos de escuadra: este hecho tan insignificante en otra ocasion, determinó sus intenciones.

Estaban arreglando el paseo y habia diseminadas por el suelo algunas herramientas: veloz como un relámpago, se lanzó sobre una de ellas y arremetió furioso á los mozos, recibiendo uno de ellos una herida tremenda en la cabeza, que le hizo bambolearse; pero cuando sus brazos iban á descargar el segundo golpe, dos detonaciones seguidas le arrojaron cadáver al suelo, atravesado su cráneo por dos balas, que le disparó el otro mozo de escuadra.

De esta manera trájica y sangrienta, concluyó el pobre Jayme una vida apacible, honrada y laboriosa.

En cuanto á la desgraciada Quima, estuvo dos meses en el Hospital, luchando entre la vida y la muerte; pero por fin curó y al verse en la calle sin casa, sin familia, sin recursos, se puso á servir de cocinera en casa de unos señores de su pueblo que se habian establecido en Barcelona.

Por ella supimos los tristes detalles de este trágico suceso, que dejó profunda huella en nuestra alma.

V.

CUADRO TERCERO.

EL JORNALERO DEL CAMPO EN MÁLAGA.

Uno de los pueblos en que mas fotografiados quedaron el carácter, los usos y costumbres y hasta el tipo distinguido y poético de los árabes, despues de su dominacion de siete siglos en la mayor parte del territorio de la Península Española, fué sin duda el pueblo de Málaga; último escalon que, vencidos y espulsados, pisaron aquellos al regresar á las ardientes playas del Africa, donde debian ser víctimas de la ferocidad de sus mismos hermanos, que ya los desconocian.

Nacidos en un suelo feraz y bajo los ardientes rayos de un sol abrasador, los hijos de la perla del mediterráneo, como la llamara uno de nuestros inspirados poetas contemporáneos, son en general de carácter vivo y risueño; francos, amables y hospitalarios con los extranjeros; pero á la vez burlones y ponderativos; haciendo alarde de prendas y cualidades que á veces no poseen; indolentes y perezosos para el trabajo material, se entregan con pasion al dolce farniente del que solo se cuida del hoy, y jamás piensa en el mañana.

Dotados por un lado de bellísimas dotes, que hacen ameno y agradable su trato; adolecen por otro, de todos los vicios y defectos inherentes á los hijos de los puertos meridionales.

Son á la vez músicos y poetas, boleros y farsantes; materia siempre dispuesta para todo lo que no sea grave y formal; airosos y gallardos, tienen siempre en sus labios una flor y un chiste para la mujer y en sus ojos una provocacion y una amenaza para el hombre; pero en lo general son tan prontos para lanzar lo uno y lo otro, como para retirarlo cuando conviene.

Calcúlese pues, en hombres hechos así por la naturaleza: ¡cuál no será el sacrificio del pobre jornalero del campo, que para vivir se ha de colgar del hombro el pesado azadon, cuando aun brillan las estrellas; y se ha de encaminar á la viña de Juan ó de Pedro y empezar la ruda tarea de cavar profundamente aquella tierra, desde que amanece Dios, hasta que anochece; y esto, con pequeños intérvalos de descanso y durante todo un dia, que al pobre le parece una eternidad: y para mayor consuelo, repetir esta funcion al dia siguiente, y al otro, y al otro, y por último, todos los dias del año, escepto los domingos y fiestas de guardar!

Y sin embargo, es tal la costumbre y el hábito del trabajo, creado por la necesidad; que este mismo hombre, que de tan mal talante empieza su trabajo por la mañana, concluye generalmente alegre y festivo y dispuesto para una broma y un jaleo, aunque sus huesos esten quebrantados. Es verdad, que mientras sus brazos lanzan una y otra vez el azadon sobre la dura tierra, su voz no cesa de cantar esas melodiosas y poéticas playeras, cuyas ricas armonias y suaves modulaciones jamás ha podido escribir ninguno de los príncipes del arte; y que recrean su mente, trasladando su espíritu á otras regiones y haciéndole olvidar que su cuerpo trabaja.

Pero el dia de fiesta, el jornalero del campo, falto de instruccion y de esos gustos que recrean la inteligencia, sin menoscabar la dignidad del hombre y sin perjudicar su cuerpo; lo pasa entregado á los corruptores vicios del juego y la bebida, entre las pintorreadas paredes de una taberna, donde pierde ó gasta con frecuencia, el mísero jornal que con tantos sudores ganara y de donde salen siempre riñas y pendencias, que le conducen con frecuencia al patíbulo ó al presidio, dejando á su familia deshonrada y sumida en la indigencia.

Dada ya una ligera idea del carácter, costumbres é índole especial de los hijos del pueblo del castillo y la Alcazaba, pasemos á dar á conocer, tambien ligeramente, el asunto que motiva este cuadro.

Un jóven de unos veinte y cinco años, fuerte, robusto y vigoroso, jornalero del campo, vivia con su padre y una hermanita, menor que él, en una modesta, pero aseada casita del barrio de la Trinidad.

La circunstancia de ser hijo único varon de padre sexagenario, le habia servido de escepcion legal, para librarse de la suerte de las quintas y el mozo trabajaba para mantener á aquel y á su hermana, que tambien ayudaba algo, vendiendo frutas y flores por las calles de la ciudad.

Ganaba seis, siete y hasta ocho reales de jornal, segun las circunstancias, y con esto y con lo poco que su hermana se agenciaba, vivian, sino con desahogo, por lo menos sin pasar necesidades, que bien pocas son las de los pobres.

Juan,—que así se llamaba el mismo,—era alegre y de chispa; enamorado y amigo de bailoteos y francachelas, en que figuraba como cantaor que era, y de primo cartello en aquellos barrios, de rondeñas y fandango, playeras y soleá; pero el trabajo no le dejaba tiempo para aquellas bromas y hacia de la necesidad virtud. Con todos, los dias de la semana destinados al descanso, Juan se entregaba en cuerpo y alma á estas bromas con sus amigotes, y mas de una vez, arrastrado por la tentacion del vicio y calientes los cascos por el vinillo seco de Málaga, que embriaga solo de olerlo, hubiera dejado á su familia en ayunas, si su padre, conocedor del mundo en que vivian, no le hubiera con tiempo registrado la faja y sacado de ella todo el dinero, escepto dos pesetas, que cada semana le dejaba para fumar y demas gastos.

Mal que bien, la olla se ponia todos los dias en aquella casa, y esto indicaba un pasar regular entre aquellas gentes en cuyas chimeneas no siempre se veia humo, y tanto era así, que muchos envidiaban su bienestar, citando á Juan y á Cármen como modelo de buenos hijos.

Mas como quiera que nada hay duradero en este mundo, pues que todo en él tiene término; sucedió que empezó á desarrollarse entre las viñas una enfermedad que los sencillos labradores llamaban ceniza y que no era otra cosa que el oidium tukeri y á perderse sus frutos un año y otro año bajo la influencia abrasadora de esta epidemia.

Aquellos, que vieron en el primer año perdido el valor de los jornales invertidos en el cultivo de las viñas, los escasearon en el segundo, y al ver en el segundo el mismo lamentable resultado, los suprimieron por completo en el tercero. Juan fué de los últimos trabajadores que despidieron, porque era un mozo que trabajaba con conciencia, pero al fin le despidieron, porque no podia ser otra cosa.

Este fué un golpe fatal para aquella pobre familia, ante quien se presentaba una larga série de privaciones.

Juan, el primer dia, hizo vivas dilijencias por encontrar trabajo; el segundo vió á algunos labradores y maestros de obras con el mismo objeto; el tercero encargó á algunos amigos que le avisaran cuando supieran donde habia un jornal que ganar: el cuarto se lamentó de ello en la taberna y, por último, el quinto, sexto y subsiguientes, no se ocupó mas del asunto y empezó para él esa vida de desarreglo y desenfreno, en que el dia y la mayor parte de las noches trascurrian entre el vino y los cantares.

Mas como quiera que para todo esto se necesitaba dinero y este no le habia, ni por donde viniera, y en las numerosas tabernas de donde eran parroquianos él y sus amigos, se negaban ya á darles al fiado, sucedió lo que era natural que sucediera, que cada cual empezó por vender y empeñar cuanto tenia en su casa; y cuando esto se acabó, que no tardó mucho, se formaron planes á cual mas descabellados, para obtener á todo trance aquel elemento tan indispensable para continuar alimentando su detestable vicio.

El infeliz padre de Juan, que observaba con espanto el camino de perdicion que habia emprendido su hijo, el único sosten de sus ancianos dias; que veia con amargo dolor que á sus consejos, amonestaciones y reprimendas, contestaba unas veces con el silencio y otras,—cuando su razon estaba ofuscada por los vapores del vino,—con una falta de respeto y hasta con una desvergüenza, que el pobre no podia castigar por su imposibilidad física; que pasó muchas noches en vela, con el alma en un hilo y temiéndose siempre alguna catástrofe; que echó de menos alguna ropa de cama y un cuadrito con marco dorado de la Santísima Trinidad, que tenia en mucha estima y devocion por ser herencia de sus padres; y por último, que su hija Cármen, única que entonces atendia á las necesidades de la casa con lo poco que ganaba, habia sufrido ya en la calle dos ó tres acometidas de su hermano, para que le diera el dinero que habia ganado, llegando hasta á maltratarla una vez porque la infeliz se negaba á ello; y que ya los vecinos empezaban á murmurar en alta voz y á pronosticar un fin desastroso para su hijo; aquel hijo que antes era citado como modelo entre los buenos; todos estos disgustos, bien graves por cierto, unidos á la escasez de alimentos sanos y nutritivos, fueron minando su ya quebrantada salud y acabaron por imposibilitarlo en el lecho, quizás para no levantarse mas.

Cármen, que era una buena muchacha, amante de su padre y de su hermano hasta el delirio, redoblaba sus esfuerzos por ganar lo suficiente para alimentar al primero y aun para dar algunos cuartos á su hermano á fin de tener derecho á llorarle y suplicarle por Dios, que dejase aquella vida y aquellos amigos que habian de causar su perdicion y su desgracia; consejos que aquel oia como quien oye llover.

Una noche, acababa Cármen de dar á su padre un cocimiento de flores aromáticas que una vecina le habia aconsejado, y así que lo vió reposando al parecer, cerró la puerta de su dormitorio y ya se iba á desnudar para descansar de las fatigas del dia.

Varias veces se habia asomado durante la noche á la ventana por ver si volvia su hermano, pero como esto acontecia muy rara vez antes del alba, aunque se asomó una vez mas, fué mas bien por costumbre, que por la esperanza de verle llegar.

Acababan de dar las doce en todos los relojes de la poblacion: las calles estaban silenciosas y desiertas y no se escuchaba otro ruido que el confuso murmullo de las aguas del Guadalmedina, que con las lluvias del dia anterior habia tenido dos fuertes avenidas, y de vez en cuando el grito lejano y monótono del sereno que cantaba la hora.

Ya iba á cerrar el postigo y á acostarse, cuando creyó oir unos pasos sordos y precipitados, como de alguno que corriera descalzo. Cármen prestó atencion y empezó á temblar al percibir aquellos pasos cada vez mas cerca y ahogó un grito al reconocer á su hermano en un hombre pálido, ensangrentado, descompuesto, que de un salto cruzó la calle, empujó la puerta, volvió á cerrar atrancándola por dentro, penetró en la sala, dió un soplo al candil de hoja de lata que ardia colgado de un clavo, cerró cuidadosamente el postigo y agarrándola convulsivamente por el brazo, le dijo al oido con voz lúgubre: «¡A dormir!» y la empujó violentamente hácia su cuarto.

La infeliz, toda trémula y sobrecojida, no pudo articular una frase y temblando de angustia y de miedo, se arrojó vestida en su cama, aunque dispuesta á saber en qué paraba todo aquello, que habia despertado en su alma los mas tristes presentimientos.

Por lo pronto, oyó que su hermano cojió á tientas el porron del agua, se salió al patio y al parecer se estuvo lavando: esto le recordó las manchas de sangre de que le habia visto cubierto al cruzar la calle y cierta húmeda frialdad que notó en sus dedos al cojerla por el brazo. Su mente vió mas claro entonces, y comprendió horrorizándose, que su hermano venia de cometer algun crímen.

Un sudor frio corrió por todo su cuerpo y acurrucandose en un rincon de la cama, contuvo hasta la respiracion y su corazon latió con violencia, por que en medio de la densa oscuridad que la rodeaba, creyó ver mil fantasmas ensangrentados cruzar por delante de su vista.

En esta horrible situacion, oyó dar la una y las dos y antes de dar las tres, oyó fuertes pisadas en la calle, rumor confuso de voces y los secos golpes de los chuzos de los serenos al apoyarlos en el suelo; notó que el ruido se acercaba lentamente y que llegaba hasta su casa y se medio incorporó jadeante y muerta de angustia y ansiedad, porque creyó que aquella patrulla se detenia en su puerta y la reconocian y aun se figuró oir decir en voz baja pero firme: «¡aquí es!...»

Al mismo tiempo creyó percibir un leve ruido por el patio, poco despues sordas pisadas en el tejado y...... nada mas por aquel lado...... pero instantáneamente sonaron en la puerta dos fuertes golpes dados con la contera de un chuzo y una voz, que reconoció por la del celador, intimando la órden de abrir.

Confusa, atribulada y llena de miedo contestó: «¡Ya van!» y levantándose encendió el candil y ya se dirigia á abrir, cuando se vió el brazo izquierdo manchado de sangre: aunque esto la acabó de trastornar, se limpió apresuradamente, fué á la puerta, quitó la tranca y al abrir, vió penetrar la acerada punta de tres chuzos y brillar el cañon de una pistola.

El celador y los serenos, al verla sola, entraron en la casa y el primero le preguntó apresuradamente por su hermano.

Cármen no podia contestar, pues su voz se anudaba en su garganta, pero intimada fuertemente por aquel, dijo al fin balbuceando, que aun no habia vuelto á recojerse.

El celador entonces, cogiéndola del brazo, la condujo hasta la puerta y mostrándole las manchas de sangre, fresca aun, impresas en ella por fuera y por dentro, así como en la tranca, le dijo que ¿quién habia podido dejar allí señalada aquella sangrienta huella sino Juan?

Cármen, ante esta prueba evidente, palpable, del crímen de su hermano, palideció intensamente y cayó de rodillas á los pies del celador, balbuceando algunas frases de súplica que este no solo no escuchó, sino que alzándola bruscamente, la hizo marchar delante de él para registrar la casa; pero colocando antes uno de los serenos en la puerta de la calle, otro en el patio y haciéndose acompañar por el tercero.

Todo esto pasó en menos tiempo del que se necesita para describirlo. Bien pronto hubieron investigado todos los rincones de la casa y ya se dirigian á la alcoba interior donde dormia el anciano, cuando Cármen, que lo creia ignorante de cuanto habia sucedido, pedia ya al celador que por la Vírgen Santísima evitara á su padre enfermo el sobresalto que esta visita y la causa de ella le habia de ocasionar; pero no pudo concluir, porque abriéndose la puerta le vió aparecer en el dintel y apoyándose en su marco, pálido como la muerte, vacilante, herizado el blanco cabello y cubierta la frente de gruesas gotas de sudor, indicando al celador, con su brazo descarnado y tembloroso, que pasara á reconocer aquella habitacion.

Este, á quien la aparicion inusitada de aquel espectro vivo, habia sorprendido momentáneamente, recordó sus deberes y penetró resuelto con el sereno, volviendo á salir al cabo de un momento sin hallar lo que buscaban.

Entonces se dirigió al patio para recojer al sereno y continuar sus pesquisas por otro lado, pero este le dijo algunas palabras al oido y variando de opinion, comunicó rápidamente algunas órdenes á los otros dos y él se quedó en el patio con el primero, esperando el resultado de su disposicion.

El anciano á todo esto, se habia adelantado paso á paso y apoyándose en el hombro de su hija, expresando su rostro una angustia indescriptible y encendida su frente por el rubor de la vergüenza, porque...... ¡lo habia oido todo y en el fondo de su alma, juzgaba á su hijo criminal!

El desenlace de aquella fatal escena, no se hizo esperar mucho: oyóse distintamente una voz que decia: «¡entrégate!» luego, un segundo de silencio, interrumpido por una detonacion: un grito de dolor, y por último, el ruido sordo que produce la caida de una masa inerte desde una altura á la calle.

«¡Mi hijo!..» «¡Mi hermano!..»—esclamaron á un tiempo el padre y la hija, lanzándose á la calle precedidos del celador y el sereno, que se habian precipitado hacia el lugar de la catástrofe.........

A unos quince pasos mas abajo de la casa, se hallaba Juan tendido en un mar de sangre, lívido, descompuesto y lanzando prolongados gemidos de dolor; rodeábanle los serenos y algunos vecinos que habian salido de sus casas al oir el tiro.

Cármen, arrastrando mas bien que conduciendo á su anciano padre, que por un prodigioso y supremo esfuerzo podia seguirla, y exhalando lastimeros ayes, se arrojó sobre su hermano, vió que de su pecho manaba la sangre á borbotones y rasgando sus vestidos procuró restañarla, pero entonces observó con espanto que aquella salia por la boca y que las sombras de la muerte iban cubriendo su faz lívida y descompuesta.

Por fin llegaron el médico y el escribano, á quienes se habia mandado buscar. Examinóle el primero y mandó que inmediatamente se avisara á la parroquia, pues al herido le quedaban muy pocos minutos de vida. El escribano quiso á su vez extender las primeras diligencias, pero no pudo conseguir una sola palabra del moribundo y se hubo de contentar por entonces con las declaraciones del celador, los serenos y algunos vecinos.

El anciano padre de Juan, de quien nadie se cuidaba, fijos sus desencajados ojos en su hijo; entreabierta la boca; crispados sus dedos; sombrío, mudo, sin ver á nadie de los que le rodeaban, iba reflejando en su semblante las rápidas trasformaciones, los mismos signos mortales que se dibujaban, con tintas cada vez mas pronunciadas, en el rostro de aquel, hasta el punto de que, al llegar el sacerdote y cuando ya empezaba á administrar el Santo Oleo al moribundo, se exhaló un ronco y extraño quejido de su pecho, dobláronse sus piernas, nubláronse sus ojos y cayó pesadamente al lado de su hijo, arrancando á los circunstantes un grito general de conmiseracion mezclado de espanto.

El sacerdote tuvo que pasar del hijo al padre y á los pocos segundos, ambos habian dejado de existir.

Los caritativos vecinos se llevaron á Cármen á su casa atacada de horribles convulsiones, y la justicia se encargó de lo demas, enterrando al dia siguiente y en una misma fosa al padre y al hijo.

El hecho que habia provocado aquel sangriento drama, hélo aquí: Juan, y tres mas de sus amigotes de taberna, á quienes, como ya dijimos anteriormente, no fiaban en ninguna parte, se habian pasado algunos dias sin mosto por carecer de blanca y proyectaron robar al tio Curro el tabernero, que segun fama de todo el barrio tenia achocados algunos napoleones en el fondo del arca.

Esperaron á que todo el mundo durmiera aquella noche y asaltando su casa por las tapias del patio trasero, penetraron sigilosamente tres de ellos, pues el otro se quedó en la calle de acecho, y llegaron hasta la alcoba donde el tabernero y su mujer dormian. Por mas cuidado que pusieron, marchando descalzos y sin hacer ruido, el tio Curro, que tenia seguramente el sueño muy ligero ó que aun no se habia dormido profundamente, oyó sus sordas pisadas y levantándose de un brinco,—pues era hombre terne,—cogió la descomunal tea que siempre tenia á la mano, salió al encuentro de los salteadores y les arremetió á tientas, despachando á uno de ellos del primer viaje.

Aunque esto fué rápido como el pensamiento, los otros dos cayeron sobre él y lo arrojaron al suelo sin vida, no sin que arrastrara en su caida á Juan, de quien el tabernero se habia agarrado fuertemente.

La mujer del tio Curro se despertó sobresaltada al ruido de aquella sangrienta lucha, y empezó á dar tan desaforados gritos, que pusieron en fuga á los dos ladrones que quedaban de pié. Saltaron la misma tapia por donde habian entrado y ya no vieron al compañero que habia quedado de acecho, por lo cual huyó cada uno en distinta direccion.

Hé aquí explicado el estado en que Juan llegó á su casa, descalzo y cubierto de sangre.

Cuando Juan se hubo lavado y hecho desaparecer en parte las manchas delatoras que le cubrian, temblando como un azogado y asaltado por atroces remordimientos, porque aquel era su primer paso en la sangrienta carrera del crímen, se sentó vestido en su lecho y se puso á reflexionar sobre su crítica situacion.

Le espantaba el temor de dar en manos de la justicia y aunque creia que las sospechas de esta no podrian recaer sobre él, con todo, su espíritu estaba desasosegado, intranquilo.

Pasaron algunas horas y aunque se recostó y quiso dormir, el sueño huia de sus párpados.

En vela como estaba, oyó los pasos de los serenos y su corazon empezó á latir con violencia, porque comprendió instantáneamente que venian en su persecucion. De un salto se plantó en el patio, se encaramó en el tejado, lo atravesó saltando á otro y de allí á otro, hasta alejarse bien del de su casa y se escondió detrás de una chimenea. Allí estuvo largo rato, interin registraban su casa, pero de pronto vió la luz de un sereno que se acercaba por aquel lado y que hiriéndole con sus rayos le denunciaria en cuanto aquel se aproximara y montando al caballete del tejado iba á descolgarse á la calle, cuando se encontró con otro sereno que le intimó á que se entregara, encañonándole una pistola.

Juan, que á todo trance queria escapar, del poder de la justicia que le horrorizaba, trató de huir de este nuevo peligro, pero la bala que el sereno le envió, le cortó la retirada, pues atravesándole el pecho, le echó sobre el alero del tejado y de allí á la calle, en cuyas duras piedras acabó de hallar el castigo de su crímen.

La huella de su fuga por el patio de su casa, la descubrió el sereno que quedó allí de centinela, porque sus pies descalzos habian pisado en la huida, el agua que vertiera en el patio al lavarse, dejando impresas sus plantas en la pared al trepar por ella.

La pobre Cármen, continúa aun vendiendo flores y frutas, con lo que se mantiene, sin haberse querido nunca casar por mas partidos que se le han presentado, porque no quiere exponerse á que un hijo suyo renueve la profunda herida que dejó en su alma el desastroso fin de su padre y de su hermano.